Casi una obsesión

El calor de su punta dentro de mí nos hizo estremecer. La metía, la sacaba y con ella me embadurnaba el clítoris. Así varias veces hasta que en una de las incursiones, con Hernán totalmente extasiado, de un sólo movimiento, me la metió entera. Su espalda se arqueó de placer y esta vez, era yo, quien gozaba viendo. Me movía hasta dejarla casi salir entera y luego volvía a meterla. El, con los ojos cerrados, metía sus dedos dentro de mi boca los que, recorría con mi lengua y mordía.

La experiencia que aquí les relato realmente obsesionó mi vida al punto de sólo pensar en eso. No es una historia de infidelidades ni relaciones filiales. No hay terceros ni animales. Solo es la historia de una mujer que durante casi 2 décadas disfrutó del sexo, pero a la que hoy un hombre, la ha vuelto la más obsesiva de las damas, la esclava de su lengua, su pene y sus dedos. Paso a contarles.

En los últimos 2 años y por razones familiares, he podido salir muy poco. Mis encuentros sexuales sólo se daban en casa con algún que otro amigo, y el sexo, había ya dejado de tener demasiada importancia para mí. Si bien soy consciente de lo atractiva que resulto, mis prioridades pasaban por mi familia, el trabajo y los quehaceres cotidianos. No me cabe duda que muchos hombres que me conocen piensan que detrás de mi reserva, se esconden historias de sexo salvaje y fiestas sin límites. Muy lejos de la realidad que me tocó vivir hasta hace algunos días.

Hace varios meses, un nuevo vecino llegó al barrio. Mi interés por él no fue en principio por su imagen, que bien valía la pena ver, especialmente de espaldas, sino porque venía con otro nuevo vecino, su perra Root. La primera vez que presté atención fue precisamente al ver que cuando sacaba a la perra a la calle, esta salía suelta sin correa y en lo que primero pensé es en la reacción de mi perro que se cree dueño del barrio. Luego me detuve en él: aproximadamente 30 años, pelo castaño hasta los hombros, su carne llenaban en forma perfecta sus jeans… Se volvió una costumbre mirar a su puerta cada vez que salía a la calle… Desde el principio, resultó muy sociable y con intención de ser aceptado por el barrio. Lo podía ver charlando con vecinos (siempre con su perra al lado), saludando a cuantos pasaran y muy atento.

Si bien, yo ya lo había visto desde mi ventana, el aún no me conocía. El primer fin de semana luego de su mudanza, yo caminaba hacia el supermercado a realizar algunas compras y lo cruzo en la esquina, siempre con su perra. Al girar la cabeza para cruzar y ver si venía algún automóvil, me doy cuenta que él había desandado su paso y me seguía. Esto no me causó buena impresión, me lo imaginé un tipo bastante vacío y con poca experiencia como para tomar una actitud así. Realmente mi estado no era demasiado seductor ya que estaba haciendo las cosas de la casa y poco interés había puesto en mi presencia, llevaba sólo unas calzas cortas y una remera. Al salir del super, aún estaba a mitad de cuadra. Caminé como si no notara su presencia y al verme entrar a mi casa, casi justo enfrente de la suya, cruzó como queriendo disimular el bochorno. A esto siguieron algún que otro cruce con nuestros respectivos canes, y a partir de allí comenzamos a saludarnos.

Un sábado a la tarde, yo estaba haciendo un trabajo en la compu cuando escucho un grito, un golpe y luego otro grito. Miro por la ventana y veo a la Rott tendida en mitad de la calle y un auto delante de ella. Salgo corriendo y sin acercarme demasiado a la perra que miraba suplicante a su dueño, le pregunto si estaba bien. El me dice que no, y con los ojos llenos de lágrimas me miró. Le pregunté si tenía un veterinario de confianza y confundido me dijo que sí, pero que era lejos y no la quería mover. Angustiada y temblando al ver el sufrimiento de la perra le digo que si quiere, le ofrezco llamar a mi veterinaria. Me asiente con la cabeza y entro corriendo a mi casa a llamarla. Ya no la encontraba en la clínica, entonces llamé al celular. Le cuento lo sucedido y me dice que enseguida manda a buscarla y en media hora ella estaba para verla. Corro de nuevo a la calle, el cuadro era espantoso, a la perra le costaba respirar y, lo que más me asustaba, era que no había sangre a la vista lo que me hizo temer una hemorragia interna.

Comencé a llorar también yo mientras ya era un mundo la calle tratando de ayudar. Por suerte, llegó la camioneta y la llevaron. No pude dejar de pensar en el accidente. De vez en cuando me asomaba a la puerta a ver si veía algo, pero nada. Como a las 10 de la noche, llaman a la puerta. Era mi vecino visiblemente desencajado. Al verlo, temí que Karen hubiera muerto. Le pregunté como estaba y, para mi tranquilidad, me dijo que la habían operado por una hemorragia estomacal y como estaba muy delicada había quedado internada. Yo ya había cenado, pero le ofrecí, al verlo tan afectado, pasar a tomar algo. Le serví un vaso de cerveza y luego unas porciones de pizza insistiendo que debía comer. No me había dado cuenta antes de los hermosos ojos color miel y enormes pestañas que tenía. Obviamente, de vereda a vereda, este detalle no era fácil de percibir. Quedé encantada de la sensibilidad de ese hombre enorme, aturdido por el accidente de su mascota.

Luego que comiera un poco mientras le decía que confiara en la médica y contándole como había salvado ya a uno de mis perros, le pedí que al día siguiente luego de ir a verla, me avisara como estaba. Es bastante difícil, para aquel que tiene un animal sin incorporarlo a la familia, hacerlo entender, los lazos que se forman a partir de ellos. Me fui a dormir pensando en la perra, imaginándome en la misma situación con el mío, pero la imagen del dueño me volvía una y otra vez. Me costó bastante dormir y cuando lo hice, sólo era en períodos muy breves, sin lograr descansar del todo. Imágenes de esa tarde, se me mezclaban con sueños y me hicieron una noche tremenda. De pronto, me sorprendí al borde de un orgasmo masturbándome con la imagen de mi vecino en las retinas.

Llegó el domingo. Ninguna novedad, no lo veía y no me animaba a ir a su casa. Con una tremenda angustia, pasé ese día sin saber que estaba pasando. Ya había terminado de cenar y estaba en mi ordenador cuando siento que golpean mi ventana. Pregunto quien es y me dice: ” Soy yo, Hernán”. Aún, no conocía su nombre así que me asomé tímidamente para ver de quien se trataba. Al verlo, le digo que me aguarde, que ya voy a abrir. Su cara había cambiado, sus ojos tenían vida. Pregunté cuales eran las novedades y me dijo que la recuperación había sido muy buena (era aún cachorra), y que posiblemente al día siguiente, ya estaría en casa.

Al comenzar la semana laborar, fue más difícil saber que pasaba. Una vecina me contó que el lunes, había visto venir la ambulancia de la veterinaria trayendo a Karen. Me imaginé que su dueño debía estar cuidándola y por eso no tenía novedades. El jueves, al llegar de la oficina, saco a mi inquieto perro a hacer sus necesidades en la calle. Eran ya más de las 7 de la tarde y aunque el día había sido muy cálido, había empezado a refrescar. Al volver del paseo, lo encuentro cuando volvía del super. Se cruza para encontrarme y me cuenta que la perra está recuperándose aunque muy mimosa por el susto. Charlamos un poco sobre la perra y veo que su mirada abandona mis ojos para mirar, furtivamente, mis pechos. Sospeché que el frío los habría sensibilizado y así lo comprobé al entrar a casa. Ese mismo día, estaba a punto de irme a dormir cuando tocan la puerta. Pregunto quien es.

– “Hernán”. Abro y lo veo con un paquete en las manos. -“Quiero agradecerte mínimamente por todo lo que ayudaste”. El paquete, tenía masitas de crema (mi debilidad). Le digo que es una tontería, que los animales me pueden y no puedo soportar su dolor. Me entrega el paquete y pregunto si Karen está sola. “Ya le di el calmante y va a dormir hasta mañana”. Le pregunto si quiera pasar, entra y yo me cuestionaba con qué acompañar las masitas. Manoteé una botella de champagne y mis mejores copas.

Charlamos sobre nuestras mascotas un rato, luego sobre nuestras vidas sentimentales. Ambos estábamos solos en ese momento y la conversación derivó sobre los conflictos que tenían las parejas constituidas que conocíamos: los hijos, el trabajo, el dinero, el cansancio, etc., llegando ambos a la conclusión que no era fácil adaptarse a otra persona especialmente cuando se sobrepasaron los 30 y uno ya tiene sus manías. La conversación se extendió por más de 2 horas hasta que, levantándose dijo:

-“Me voy, mañana hay que trabajar y ya te entretuve bastante”. Sonreí, no dije nada porque era verdad y los dos nos levantábamos muy temprano. -“Quien cuida a Karen cuando no estás” – “Un amigo está sin trabajo así que se queda con ella todo el día”. “Cuando se recupere no se que voy a hacer ya que la casa no es grande y no va a poder subir escaleras por un tiempo para ir a la terraza”. “No sé, ya veremos, lo importante es que está bien”. Asentí con la cabeza mientras abría la puerta. -“Gracias de nuevo por lo del sábado y por el champagne de hoy”. Me dio un beso en la mejilla y se fue. Debo admitir, que me quedé con un poco de decepción, no se, mientras charlábamos, me imaginaba que en algún momento iba a tratar de seducirme. Me fui a dormir y el alcohol me ayudó a no dar demasiadas vueltas al asunto.

El sábado a la noche vinieron unos amigos a cenar y la velada se extendió hasta las 2:00. Al salir a despedirlos, lo veo venir. Levanta la mano en forma de saludo y entra a la casa. Me pregunté de donde vendría y me tranquilizó que lo hiciera solo. Luego de acomodar un poco el desorden, me di una ducha antes de ir a dormir cuando escucho que Facundo, mi perro, empieza a ladrar. Me puse un poco nerviosa porque mi casa es grande y estaba sola. Salí del baño, me puse mi camisón y la bata y comencé a prender las luces para ver si sucedía algo extraño. Al no ver nada, voy a mi dormitorio donde Facu ladraba de nuevo, entonces escucho los golpecitos en la ventana. La entreabro y veo que es mi vecino. Abro la ventana.

– “Hola, ¿estás sola?” – “Si” Levanta su mano y me muestra una botella de champagne sonriendo.

La primera botella transcurrió contándonos anécdotas que nos surgían al escuchar las canciones que pasaban en la radio que nos recordaban nuestros años de adolescentes. Cuando ya no quedaba una gota en las copas, (a los dos se nos había calentado el pico), voy a la heladera a buscar la segunda. Se la extiendo para que la abra mientras notaba lo enorme que era comparado conmigo. Quita el envoltorio del corcho, el alambre que lo sujeta y la descorcha con total normalidad empezando a salir espuma del pico. A partir de allí, cada cosa que hizo sólo provocaba en mí, excitación. Aunque fue vulgar, detuvo la catarata de espuma con su boca antes de servir las copas. Un bigote blanco le cubría los labios y me hizo reír. Quitó los restos con su dedo índice y colocó la espuma en los míos. Me quedé inmóvil. Sin soltar la botella, la acercó a mis pechos mientras me observaba sentado. Al sentir el roce frío, tuve que sostenerme de la mesa sabiendo que esa, sería la noche.

Tanto la bata como el camisón eran de seda por lo que la reacción de mis pezones fue rápidamente evidente. La situación era un poco incómoda, yo parada visiblemente excitada y él sentado observándome. Por una milésima de segundo pensé: -“Es un extraño, estás sola y apenas lo conocés, nadie te va a escuchar si las cosas se ponen violentas…” Enseguida descarté estos pensamientos, no me importaba, sólo quería que me poseyera esa noche. Sin pararse y dejando la botella, estiró sus manos hacia mis pechos y comenzó a sentirlos a través de la ropa. Una especie de calambre se adueñó del interior de mi vagina anticipando la inevitable humedad que vendría luego. Tomó el cinturón de mi bata y tirando de él, dejó al descubierto el escote de mi camisón. Fácilmente, al ser de seda, se deslizó dejándome sólo con una prenda.

Sin pararse se separó un poco de la mesa, corrió las copas y tomándome por debajo de los hombros, me sentó sobre ella. Bajó los breteles dejando caer todo el diminuto camisón sobre la cintura y quedaron mis pechos al descubierto. Acercó su boca a la mía comenzó a besar dulcemente mi labio superior rozándolo apenas. Siguió con el inferior y luego su lengua los recorrió lentamente provocándome sensaciones ambiguas de querer sentir ya su lengua en mi boca y de que siguiera con esa lenta tortura. Mi lengua rozó la suya en el recorrido y una leve alteración de la respiración pude percibir. Finalmente, su boca abrió mis labios para invadir la mía. Yo ya podía sentir la humedad de mi vagina. Nos besamos un largo rato jugueteando con nuestras lenguas y ese, era el único punto de contacto que teníamos.

Se acercó más a la mesa y me separó las piernas para que cayeran al costado de su tronco. Mojó sus dedos mayores en una de las copas, y comenzó a pasarlos, mojados, por las aureolas de mis tetas. Miraba mis pezones y parecían estallar, esto me excitaba aún más, pero él no los tocaba. Cuando ya no había líquido en sus dedos, con los mismos dos, recorrió con movimientos circulares, la periferia de mis pechos, el espacio que separaba uno del otro, las aureolas, pero sin tocar mis pezones. Enloquecida de placer, este juego me parecía tortuoso y apasionante. Tomándome por debajo de mis brazos y como si fuera un muñeco, me levantó y me sentó encima de él mientras me besaba nuevamente.

Pronto pude sentir su excitación a través de sus jeans y me acomodé para que su bulto calzara en mi clítoris. Al sentirlo, no puede evitar comenzar a moverme sintiendo su dureza. El, también muy excitado a esta altura, me tomó por los glúteos y pateando la silla me preguntó donde estaba el dormitorio. Se lo indiqué y así, sentada sobre sus manos llegamos al borde de la cama. Me paró sobre ella quedando esta vez casi a la misma altura. Mi camisón cayó definitivamente y quedé desnuda frente a él. Le quité la remera contemplando por primera vez ese enorme pecho velludo. Lo acaricié lentamente enredando mis dedos en sus pelos. Me arrodillé para desabrochar su pantalón con una mano mientras con la otra, recorría su cintura y mi índice no dejaba centímetro bajo su ombligo por conocer.

Bajé la cremallera rozando su hinchado pene y deseando verlo y tocarlo. Su respiración se volvía dispareja, exhalaba profundamente con los movimientos de mis dedos. Una de mis manos se abrió sobre su jeans apretando suavemente su polla. Estiró su cuello y un suspiro se le escapó. Mi lengua comenzó a subir desde el elástico de sus calzoncillos por la línea recta hacia su ombligo. Atrapó mi pelo y me obligó dulcemente a subir la cabeza hasta su pecho. En ese momento no sabía que me excitaría más, sin rendirme a sus manos o esclavizarlo a las mías. Cada cambio de su respiración alteraba la mía y me estremecía. Con mi cabeza en sus manos, sus dedos trenzados en mi pelo, se adueñó de mi boca, mientras yo apretaba mis senos a su pecho.

Sus labios fueron bajando por mi cuello apretando cada centímetro y acariciando mi piel con su lengua. Llegó hasta el comienzo de mis axilas y me estremecí pensando en el contacto de su boca con mis tetas. No me facilitaría las sensaciones. Su lengua paseó por alrededor de mis pechos apretándolos levemente y eternizando la llegada a mis aureolas. Se me escapó sin querer un “…umm, por favor”, suplicando acortara el camino. Se rió sin dejar de besarme y tomándome una teta por debajo, dejó a cms, mi pezón de su boca. Levantó la vista para ver si yo estaba mirando, y sin quitar sus ojos de los míos, sacó su lengua para mojar mis ya durísimos pezones. Los apretó primero con sus labios, los estiró mientras mi humedad era ya incontrolable, los colocó entre sus dientes llevándome hasta la locura de placer. Su mano libre, se paseaba por mi cintura, por mi abdomen hasta llegar a mi vientre.

“Me estás matando”. Le dije. Sonrió con sus dientes aún mordiendo mi pezón. Con una mano, me obligó suavemente a abrir las piernas y comenzó a acariciar el interior de mis muslos. Ya mi excitación no la podía controlar y temía acabar sin tener ningún contacto vaginal con él. Lentamente, llegó a mis labios superiores, los acarició de punta a punta, primero uno, luego el otro. -“Estás mojadita”, mi flujo había llegado ya a mi escaso vello púbico. Le contesté atrapando su labio inferior con mis dientes. Esto le encantó. Sin mucho trabajo, encontró el sendero hacia mi vagina siendo mis labios fácilmente separados por la excitación. Rozó su dedo índice y mayor por ella y siguió hasta mi clítoris duro.

No pude evitar el espasmo y recostarme sobre su pecho con mi cabeza hacia atrás. En esa posición, siguió acariciándolo mojando con mi flujo sus dedos para seguir apretándolo, rozándolo. Cada pasada de sus dedos por mi vagina me desestabilizaba, mis rodillas (único apoyo), y me rendía al sostén que su brazo daba a mi cintura. Disfrutaba viendo la satisfacción que me provocaba. Sabía que estaba totalmente rendida a sus dedos y a su boca en mi pecho. Era un muñeco inerte disfrutando demasiadas sensaciones al mismo tiempo. Por un segundo, pensé lo egoísta que estaba siendo sólo disfrutando yo, pero no tenía fuerzas para revelarme a sus caricias para hacer las mías. Luego, entendí, el placer que a él le daba mi éxtasis bajo su dominio, como el ego de hombre crece al dar satisfacción extrema y se refleja en su propia virilidad.

Con su brazo en mi espalda y sin dejar de acariciarme, me atajó y dejó recostar en la cama con mis piernas cayendo al costado de ella. Me tomó de la cintura y me deslizó hasta el borde arrodillándose frente a mi concha. Abrió mis piernas y las levantó para que apoyara mis pies sobre el borde de la cama dejando mis rodillas altas cual ginecólogo a punto de hacer una revisación. Mientras una de sus manos acariciaba fuertemente mis pechos, la otra, separaba mis labios y pronto sentí su caliente lengua subiendo desde mi vagina hasta mi clítoris. Mi flujo se mezclaba con su saliva y sentía como me mojaba más y más. De pronto, metió uno de sus dedos delicadamente en mi vagina. Un espasmo se apoderó de mí, y me moví hasta sentir todo su dedo adentro. Luego siguió otro y enseguida otro. Comenzó a moverlos en forma circular dentro de mí, mientras lamía mi clítoris. Mis movimientos eran cada vez más duros y continuos.

En un momento los sacó y sin tiempo a protestar, siento como me separa los labios y comienzo a sentir su lengua en mi interior. Ya no podía más y le digo que pare. Quería que la primera vez llegáramos juntos. Tomé su mano para quitarla de mi interior, pero él dejó de manosearme las tetas con su otra mano y me tomó el brazo inmovilizándomelo. Parecía que no podía dejar de chuparme. – “…ummm, que rico, ummm…” Con la punta de su nariz rozaba mi clítoris y fue insoportable ver el gusto que sentía chupándomela. No pude resistir más y acabé. Bebía mi jugo sin cesar, saboreándolo y con este primer orgasmo no pude dejar de sentirme excitada.

Le pedí que parara, que subiera a la cama. Se recostó a mi lado y me abrazó mientras con una de sus manos apretaba una de mis tetas y con la otra, mojaba sus dedos con mi flujo, lo pasaba por mis pezones y luego los lamía. ¡Como descansar de esta manera! Giré y coloqué una de mis desnudas piernas sobre él descansando en su hombro y permitiéndole seguir tocándome. Disimuladamente, como por inercia, bajé mi pierna hasta su bulto y lo noté duro. Comencé a apretarlo con mi muslo mientras sus caricias se volvían más intensas. Le quité los pantalones que aún tenía puestos y comencé a acariciarlo a través de sus calzoncillos.

El tamaño y dureza de su polla invitaban a mi boca a comerla, no pude resistirlo mucho tiempo y comencé a mamarla de manera como nunca había hecho. No podía dejar de besarla, apretar con mis labios su punta, recorrer con mi lengua todo su largo. Metí uno a uno sus testículos dentro de mi boca y lo besé y apreté descontrolada por la excitación que su excitación me daba. Ya, al borde del orgasmo, me pide que la meta. En realidad, quería devolverle la gentileza y que acabara en mi boca, pero mi egoísmo fue mayor y no pude resistir la tentación. Comencé a recorrer con su glande mi clítoris, el borde de mi vagina, lo mojaba con mi flujo y bajaba para mojar con el mis tetas. Volvía a meterlo en mi boca queriendo sacar todo su jugo, pero quería tenerla adentro.

Me senté sobre ella, y delicadamente, tiré todo su cuero hacia atrás. Bajé para una última lamida y lentamente, comencé a meterla. El calor de su punta dentro de mí nos hizo estremecer. La metía, la sacaba y con ella me embadurnaba el clítoris. Así varias veces hasta que en una de las incursiones, con Hernán totalmente extasiado, de un sólo movimiento, me la metió entera. Su espalda se arqueó de placer y esta vez, era yo, quien gozaba viendo. Me movía hasta dejarla casi salir entera y luego volvía a meterla. El, con los ojos cerrados, metía sus dedos dentro de mi boca los que, recorría con mi lengua y mordía. En uno de esos movimientos giró sobre mí y quedo de espaldas a él. Comienzo a moverme buscando encontrar mi punto G, pero me sorprende tomándome de la cintura y sentándose en la cama.

En esta posición, fue inevitable el orgasmo inmediato y su leche corriendo dentro de mí me causó el máximo de los placeres. Esa noche, como nunca, había tenido sexo durante 6 horas corridas. Tres, cuatro, cinco orgasmos como nadie me había dado. El domingo siguió la batalla, no salimos hasta la medianoche y no hubo lugar de la casa donde hacerlo. Demasiado tedioso sería la descripción de cada acto. El fin de semana terminó, pero la obsesión por él continúa de manera enferma.

En la oficina, a pesar de estar tapada de trabajo, no puedo dejar de revivir cada noche. Debo cambiarme el protector hasta 3 veces en 8 horas por la excitación que me provoca. Nuestras noches se prolongan hasta la madrugada. De más, está decir, el estado en el que vamos a trabajar.
Mi historia, no es una historia fuera de lo normal, no hay relaciones prohibidas ni juegos cuestionados. Sólo una vagina y un pene que se complementan y necesitan de tal manera que se han vuelto el motor de nuestras vidas.

Autora: Cautiva

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Huinca Rayen, 26 de agosto de 1848

Nota del Editor: Ponemos a vuestra consideración este relato, el tema tratado merece, bajo la versión del historiador, ser conocido por todos Ustedes. No por ello dejamos de lado que los relatos que contengan sexo no consentido, en general, no sean aceptados, salvo este caso que lo publicamos para que conozcamos usos y costumbres indias, aguardamos vuestros comentarios.

Escribo estas líneas, sobre sucesos ocurridos hace ya más de sesenta y cinco años, con la muerte ya muy cerca de mí, casi pisándome los talones, con el objeto de poner en negro sobre blanco la verdad acerca de mi liberación a mis veintitrés años de edad de la toldería araucana del cacique Cubachiminí, más comúnmente conocido por su apodo, Caballo Grande.

Sobre este tema, relacionado además con la cautividad de mi prima Remedios y de su marido Manuel y  las forzadas y extrañísimas relaciones sexuales entre el citado cacique Caballo Grande y mi prima, he mantenido absoluto silencio durante todo este largo tiempo. Si dejo trascender esto ahora, es porque cuando lean la presente, yo ya habré muerto, como muertos están ya también los citados Remedios, de cuyo deceso  tuve noticias hace unos diez años, y Manuel, defunción como todos recordarán, acaecida hace ya larguísimos años.

Vivíamos cuando cumplí los dieciocho años, con mi madre en un pequeño poblado cerca de la frontera con la Araucanía, en una pequeña y modesta casita que manteníamos gracias al trabajo de ambos, ya que mi padre había muerto cuando yo aún era muy pequeño, y primero mi madre, y luego ambos, debimos encargarnos de nuestra propia subsistencia. Por aquella época, mi prima Remedios Reboldo, vino a vivir al poblado en compañía de su marido, Manuel Muñiz. En realidad no era mi prima carnal, sino una parienta lejana, a la cual, a falta de familiares más cercanos, mi madre llamó siempre sobrina.

Ésta tenía en aquel entonces unos veintidós años de edad, y llevaba ya tres casada con Manuel. Era una joven mujer rubia, de mediana estatura, rostro bello y delicado, piel blanca y hermosa figura. Un dejo de tristeza acompañaba siempre su semblante. Era obvio para quien quisiera verlo, la total ausencia de felicidad en su espíritu. No tenía hijos, circunstancia extraña por aquellos tiempos para quien tuviera ya ese tiempo de casada, y dado que en los pueblos pequeños las lenguas suelen ser muy largas, no faltaron los comentarios, que más temprano que tarde comenzaron a llegar a mis oídos.

Así, los malintencionados decían que siendo Remedios una mujer tan hermosa, su marido no la atendía porque era impotente; peor intencionados eran los que decían que gastaba toda su energía en mujerzuelas y que por ello no se dedicaba en absoluto a su esposa, y finalmente, los fantasiosos que nunca faltan, quienes insinuaban que Manuel no andaba precisamente detrás de prostitutas, sino que sus intereses eran totalmente diferentes y había casado con Remedios, simplemente para mantener las apariencias.

Así las cosas, pasaron dos años viviendo en el pueblo, sin tener descendencia, Remedios acompañada siempre de su lánguida áurea, su marido siempre con semblante ausente, y dando origen, por supuesto sin desearlo, a crecientes rumores aún más descabellados que los que acabo de expresar.
Quiso la casualidad, viajar los tres juntos en una galera Remedios, Manuel y yo con destino a un poblado ubicado a un día de camino. Yo viajaba por motivos de dinero; nunca supe la razón del viaje de la pareja. El camino pasaba cerca del territorio de los araucanos, por una zona inhóspita habitualmente no transitada por indios ni blancos.

La  suerte nos jugó, sin embargo, una mala pasada. Fuimos avistados por una avanzada araucana, y poco después éramos rodeados por unos treinta indígenas. El cochero hizo lo posible por escapar, pero fue herido de muerte y nosotros inmediatamente capturados. Los indios no corrieron riesgos. Mediante un golpe certero me hicieron perder el conocimiento, y otro tanto hicieron con Manuel. A mi prima se contentaron con atarla de pies y manos, y así la llevaron en la grupa de un caballo.
Desperté completamente maniatado, acostado en un camastro dentro de un toldo araucano. En otro camastro a mi lado, Manuel estaba en una situación similar; había recobrado la conciencia antes que yo. Enfrente nuestro, del otro lado de la tienda, también atada como nosotros, mi prima Remedios exhibía un rostro empalidecido por el terror.

Y es que no eran ni pocos ni agradables los relatos que corrían de boca en boca acerca del trato que ciertos indios brindaban a sus huéspedes blancas. Por aquellas épocas era frecuente que cuando una mujer blanca habiendo sido tomada  cautiva por un indio de alto rango de una tribu, y decir esto equivale a decir que o estaba preñada de él o había ya parido a sus hijos y las cosas se daban de manera tal que recobraba fortuitamente su libertad, entonces al volver a la civilización era tratada casi como un fenómeno de circo. No era inhabitual para estas mujeres ser la comidilla de los presentes en todas las reuniones. Su vida entonces se hacía imposible, y no era infrecuente su regreso voluntario a las tolderías, donde por ser la manceba de un jefe, a pesar de tener que realizar pesados trabajos en el campo, gozaba de un cierto status social.

Aún estaba también presente en la memoria el recuerdo de Magdalena Aguarí, esposa de un teniente de caballería; fue tomada cautiva por un malón y liberada casi un año después por una patrulla de frontera. Cuando se la trajeron al marido, ostentaba un vientre de siete meses de embarazo. Al verla en ese estado, el militar tuvo una inesperada y negativa reacción. Al día siguiente, Magdalena apareció colgando de una cuerda atada a una viga del techo de su cuarto. No habíamos tenido aún tiempo de intercambiar palabra entre nosotros, cuando cinco mujeres indígenas hicieron su aparición en fila. Traían varios objetos que depositaron en la tienda, entre ellos un cofre con los efectos personales de Remedios y Manuel, y un bolso con los míos. Nada en ellas llamaba la atención especialmente, excepción hecha de que todas eran jóvenes, y cuatro de ellas se encontraban preñadas en distinto avance.

Muchos de los hechos que siguen en mi relato pude aclararlos posteriormente gracias a la asistencia de un joven mestizo cuyo nombre no recuerdo ahora; sólo sé que era muy gracioso, algo así como Ardilla Veloz; y ese es el nombre con el que lo voy a llamar en el presente. Él hablaba también castellano, aunque no fluidamente, y es así como me fui enterando de ciertos pormenores de la vida en la tribu. Así fue como me enteré que esa era una de las tiendas de Caballo Grande; que la mujer que se encontraba en ese momento en el estado más avanzado de gravidez, era su esposa; las otras tres preñadas eran sus mancebas, esto es cautivas indígenas quitadas en correrías y malones a otras tribus vecinas y ahora esclavas del indio.

La quinta, también cautiva del cacique, era una doméstica; una mujer con la que no tenía relaciones sexuales y era solamente usada en quehaceres diarios. Había un claro orden social en las mujeres, siendo la de mayor status la esposa, y la de menor la doméstica. Las cinco mujeres se encontraban al parecer de un estupendo humor –acicateado seguramente por el botín capturado, ya en humanos, ya en objetos- y luego de dejar los bultos se detuvieron a darnos una mirada. Al posar la vista sobre Remedios, viéndola tan asustada y en completo desamparo, comenzaron a hablar entre sí en su idioma, por lo que nosotros no entendimos una palabra, y comenzaron a reír abiertamente. De pronto la esposa del cacique, con un gesto casi travieso, levantó sus ropas dejando su vientre a la vista. Yo tenía veinte años en ese momento, y nunca había visto un vientre de preñada; la moda civilizada usaba por esos días ropas que disimulaban el embarazo de las mujeres.

Así que la tremenda deformidad del vientre, enormemente abultado por el hijo que Caballo Grande había allí engendrado, con el ombligo salido hacia fuera, la mujer cruzando las manos por debajo de la gran barriga para poder pararse derecha, la piel tostada tan brillante y estirada que parecía a punto de romperse; los grandes pechos llenos de leche que se insinuaban debajo de la parte del vestido no totalmente levantada…en fin, eran todas cosas totalmente nuevas para mí, y no alcanzaban mis sentidos para abarcarlo todo. La mujer se acarició lentamente el inmenso vientre, y luego, se acercó lentamente a Remedios y con gesto inequívoco le acarició su vientre plano mientras decía unas palabras. Las otras mujeres festejaron riendo. Sin comprender una palabra lo entendimos todo: estaba asegurando que muy pronto, Remedios estaría tan preñada como ella, cuando cayera en las manos de Caballo Grande.

A través de Ardilla Veloz me enteré luego que cada una de esas mujeres tenía ya varios hijos con el indio. Que la fama del cacique se debía en parte a su enorme valentía durante los malones, y en parte a su enorme vigor sexual, a su virilidad y gran fecundidad. Que el indio ponía especial voluntad en mantener preñadas siempre a todas sus mujeres, siendo esto como me enteré luego, casi una obsesión en él; así que cuando una de ellas daba a luz a su hijo, poco después el cacique privilegiaba las relaciones sexuales con ella antes que con las que estaban preñadas, hasta que le plantaba un nuevo hijo en las entrañas. Luego atendía a todas por igual hasta el siguiente parto. La manía con engendrar hijos en sus mujeres llegaba casi a un absurdo, como lo demuestra la siguiente historia contada por Ardilla Veloz:

Habiendo en cierta oportunidad el indio tomado como cautiva una joven de una tribu cercana, hija de un importante cacique, que resultó ser a todas luces  estéril, se obsesionó de tal manera con preñarla, que al no poder lograrlo, mantenía con ella varias relaciones diarias, desatendiendo los asuntos importantes de la tribu, y a sus otras mujeres. A tal punto llegó la cosa, que ya se sugería entre los ancianos notables de la tribu la idea de reemplazar a Caballo Grande en sus funciones de jefe; las hordas enemigas habían avanzado ya sobre la frontera común penetrando abiertamente en el territorio de Caballo Grande sin encontrar resistencia. Por primera vez, además, ninguna de sus mujeres se encontraba preñada, ya que hacía varios meses la última había dado a luz a su hijo y el indio las desatendía a todas.

Finalmente, un buen día, la esposa de Caballo Grande tuvo una reunión secreta con Búho Sagaz. Este era hacía muchísimos años la mano derecha del cacique. Lo aconsejaba tanto en cuestiones de guerra como de paz. Sin embargo, por primera vez también, sus sugerencias habían caído en saco roto; no habían sido tomadas en cuenta por Caballo Grande: el indio seguía obsesionado con su última adquisición. Entonces, como resultado de esa trascendente reunión, habiendo alejado con una excusa trivial al cacique de la toldería, un par de indios de absoluta confianza de Búho Sagaz entraron en la tienda de Caballo Grande; ataron y amordazaron a la cautiva, la pusieron sobre un viejo caballo de la tribu y se alejaron con ella rumbo al monte. Al llegar allí mataron a la pobre joven a puñaladas y destazaron su cuerpo a machetazos, dispersando los restos para alimento de las alimañas. Otro tanto hicieron con el viejo caballo.

Al regresar el cacique, la noticia que le fue informada fue que la cautiva había tomado uno de los caballos y había logrado huir de las tolderías. Por dos largos días estuvo el indio batiendo los alrededores, por supuesto en vano. Finalmente tuvo que conformarse. Tardó no menos de dos semanas en volver a la normalidad. Poco después volvía a controlar las fronteras. Cuatro meses más tarde, todas sus mujeres estaban nuevamente preñadas. Así que esto era lo que le esperaba a Remedios. La excitación del indio sería también mayor, por ser Remedios una mujer blanca y hermosa por añadidura. Como podríamos comprobar pronto, el cacique hacía además gala de un sadismo incomparable. Nada le agradaba más que violar y embarazar a una mujer ante la impotente mirada de su marido, padre o pariente. Los gritos proferidos por la cautiva y sus afectos, pedidos de clemencia, promesas de grandes sumas de dinero si se abstenía de someterla, no hacían sino excitarlo aún más.

Muchos miembros de la tribu poblaban en estas ocasiones las inmediaciones del toldo del jefe, si bien no para observar, cosa que les resultaba imposible, sí para escuchar los ayes de dolor de la cautiva violada y las súplicas de sus parientes. Cuando terminaba la violación, aclamaban a los gritos a su cacique. Y en nuestro caso, para implorar estaríamos, lamentablemente,  Manuel y yo, traumados testigos de toda la operación del aborigen. Las mujeres preñadas se retiraron, y minutos después lo hizo la doméstica, que se tardó un poco más en ordenar la tienda. Nosotros nos quedamos atados, solos y en silencio. Sólo escuchaba el castañeteo de mis propios dientes, y el acelerado latido de mi corazón. Recuerdo que estaba totalmente aterrorizado. No podía ni imaginarme cómo estaría mi prima.

A través de las cañas de la tienda pude observar como gran cantidad de indios de ambos sexos y todas las edades, se juntaban a una prudencial distancia del toldo del jefe, algunos llevándose un asiento, como si fueran a asistir a una puesta en escena, o a alguna maldita y extraña obra de teatro y pretendieran estar lo más cómodos y confortables que fuera posible. Esto no era ni más ni menos que una especie de comunión. Una ceremonia cuyo principal objetivo era revalorizar a Caballo Grande como el cacique de toda su tribu a través de sus enormes aptitudes sexuales. De pronto, la tienda se abrió, y un extraño personaje hizo su aparición. Era un indio de edad madura y baja estatura, pero muy musculoso como la mayoría de los aborígenes, debido al tipo de vida que llevaban. Era de piel muy oscura, acentuado esto por la acción del sol y endiabladamente feo aún para ser indio; llevaba el pelo largo y sucio, y tenía una mirada definitivamente desafiante y lasciva. Éste era Caballo Grande. Debo decir que en el primer instante, algo en él resultó decepcionante para mí. Lo imaginaba un individuo corpulento y dominante. Tal vez vestido como yo pensaba que se debían vestir los caciques, demostrando con su hermoso ropaje su rango elevado. Como vería pronto, el indio mostraba a su tribu su supremacía de maneras bien distintas.

El cacique nos miró a Manuel y a mí con absoluto desdén, con una amplia y burlona sonrisa. Entonces su mirada se posó en Remedios, y su sonrisa se transformó de repente en una expresión de deseo casi incontrolado. Sin apartar sus malignos ojos de ella, comenzó a pasearse lentamente de un lado a otro a lo largo de su camastro, mientras se excitaba, observando a su cautiva de pies a cabeza. De repente se acercó a ella, y en un solo movimiento, le quitó las ataduras de los pies, y abriéndole las piernas, levantó su vestido dejando a la vista la parte inferior de su corsé, y le rasgó su ropa interior dejando su pequeña vagina expuesta a nuestras miradas. El vello púbico, casi rubio como su cabellera, crecía uniformemente a su alrededor, ocultando casi, la maravillosa entrada. El indio la observó con expresión de enorme deseo, y sin preocuparse por sus lloros y nuestras súplicas, que seguramente no entendía ni le interesaba comprender, se quitó primero la sucia camisa, y luego el taparrabos. Debo decir que entonces comprendí el apodo que le habían dado al cacique.

Yo había en mi vida visto miembros de caballos, toros y algunos otros animales a punto de copular con sus respectivas parejas, pero no recuerdo que nada me llamara tanto la atención por ser tan brutalmente desproporcionado. El pene del cacique llegaba casi a sus rodillas –estaba ya parcialmente erecto- y era grueso como su antebrazo. Jamás había pensado que un hombre pudiera ostentar semejante herramienta. Apenas podría creerse que pudiera mantenerse en pie debido al peso de tamaña monstruosidad. Sus testículos, tan grandes que los míos parecían en comparación dos pequeñas arvejas, se adivinaban llenos de esperma, listo para ser liberado. Por un instante comparé la pequeña vagina de mi prima con ese tronco y me pareció imposible que pudiera penetrarla; el recuerdo reciente de las cuatro preñadas, me hizo sin embargo cambiar rápidamente de idea.
Al ver semejante monstruosidad, Manuel, Remedios y yo, comenzamos cada uno como podía a rogar y suplicar al indio. Él continuó como si no existiéramos; peor todavía, creo que como me enteré más tarde, nuestros ruegos lo excitaron aún más.

Colocó a Remedios en una posición conveniente para que nosotros pudiéramos observar en detalle la penetración. Puso también debajo de las caderas de mi prima un trapo que llegaba a sus rodillas y cuya utilidad no adiviné hasta más tarde. Hecho esto se untó lentamente su enorme tronco, ya totalmente erecto, con una sustancia aceitosa que sacó de un recipiente que había traído la doméstica. Era obviamente para facilitar la violación. Finalmente se colocó en posición sobre Remedios, y separó sus piernas con sus fuertes brazos, apuntando con su anormal sexo a la vagina de mi prima. Para ese momento los gritos de ella eran insoportables y Manuel tenía el rostro cubierto de lágrimas. Muy lentamente comenzó a hacer presión con su miembro, clavando la punta del glande contra la vagina de Remedios. Ésta pareció soportar al principio la presión, pero de repente comenzó a abrirse muy despacio como una flor y el miembro del indio empezó a hacer su ingreso en el cuerpo de mi prima.

Para que el cacique pudiera avanzar, primero el tamaño de la entrada debía multiplicar por cinco o seis el que tenía al principio, y por eso Caballo Grande avanzó despacio al comienzo. El vello de los alrededores de la vagina empezaba de pronto a formar una corona circular alrededor del miembro del cacique, a medida que aumentaba la dilatación. Para ese instante, los gritos de Remedios eran insoportables. Manuel y yo teníamos clavados nuestros ojos, sin poder evitarlo, en los dos sexos que se estaban uniendo irremediablemente. Aunque te parezca mentira- me diría Ardilla Veloz- el cacique logra penetrarlas a pesar de su tamaño y de la negativa de las mujeres a recibir a semejante semental, porque el terror, el miedo profundo, la seguridad de que van a ser violadas, les lubrica completamente su vagina sin que puedan controlarlo.

Finalmente, el diámetro de la vagina de Remedios alcanzó el tamaño máximo del glande del cacique, y entonces comenzó la penetración propiamente dicha. Poco a poco, centímetro a centímetro, el monstruo fue siendo tragado por la vagina de Remedios, que increíblemente parecía un pozo sin fondo, ya que el pene no encontraba resistencia alguna que limitara su brutal entrada. Yo permanecía con la boca abierta, pues nunca en mi vida había visto algo semejante, y no podía apartar la mirada; Manuel observaba a su mujer, siendo violada y mancillada, ya callado, impotente, mientras gruesas lágrimas corrían por sus mejillas. La vagina estaba tan estirada que se veía el borde brillante alrededor del miembro que la poseía. Algunas gotas de sangre, cayeron entonces sobre el trapo que había colocado previamente el indio bajo las caderas de Remedios.

– No importa si la mujer es casada o soltera; si es virgen o si ya ha conocido hombre en su vida pasada –me diría Ardilla Veloz- Caballo Grande las desflora a todas sin remedio.- Así que me resultó imposible en base a sus dichos, saber si Remedios había sido en algún momento la mujer de Manuel, o éste nunca la había tocado y era aún doncella como decían algunos en el pueblo.

Finalmente el cacique terminó introduciendo toda su monstruosidad dentro de mi prima. Yo no comprendía cómo su cuerpo podía albergar semejante aparato. Seguramente su matriz, totalmente deformada por el miembro, estaría en su interior comprimiendo el resto de sus órganos, y esta sería la razón por la cual Remedios lloraba a lágrima viva. Entonces, lenta pero inexorablemente, comenzó a bombear dentro de mi prima. Retiraba su tronco tres o cuatro centímetros y luego lo introducía de repente. Cuando hacía esto Remedios gritaba a voz en cuello debido a que el animal estaba destrozando brutalmente sus entrañas. Sus gritos excitaban aún más al aborigen, y por momentos parecía que su diámetro aumentaba aún más, arrancando horribles gritos de mi prima, al estar ya su vagina a punto de ser desgarrada. Unos quince minutos duró este trance. Yo seguía mirando pero Manuel había apartado la mirada y sollozaba en silencio. Finalmente el indio alcanzó su orgasmo, y comenzó a gritar. Su miembro se expandió aún más mientras esto sucedía, dilatando aún más la pobre vagina de Remedios.

Comenzó a eyacular, llenando las entrañas de mi prima con su fértil semen. Estuvo eyaculando y gritando a voz en cuello por al menos dos minutos. Luego poco a poco fue deteniendo su bombeo, hasta que se quedó inmóvil, con todo su pene dentro del cuerpo de Remedios. Y es aquí cuando ocurrió algo extraño. Yo esperaba que retirara su tronco (todavía completamente erecto según podía verse), pero en lugar de hacerlo, en una increíble demostración de potencia, vigor y virilidad, comenzó a incorporarse, manteniéndose siempre bien adentro de mi prima, de manera tal que ella comenzó a quedar con sus piernas y caderas arriba y su cabeza hacia abajo. Finalmente se incorporó parándose e inclinándose hacia delante y estando Remedios con sus piernas abiertas hacia arriba y sus brazos y cabeza hacia abajo arrastrando por el camastro y completamente penetrada por el indio.

– El cacique las coloca en esa posición luego de eyacular dentro de ellas, para asegurar el preñado, ya que a pesar de que el semen es descargado muy profundamente en el interior de las entrañas de las mujeres debido al inmenso tamaño del miembro, y es extremadamente fértil, quiere asegurar al poner hacia abajo el tronco, su llegada a los lugares más inaccesibles en el interior de sus víctimas.- me diría Ardilla Veloz.

Mantuvo a Remedios en esa grotesca posición al menos cinco minutos, durante los cuales mi prima sollozaba cabeza abajo con el cacique tomándola de los muslos y manteniéndola en ese estado.
Finalmente la bajó, y una vez horizontal, comenzó una lenta extracción de su miembro. Cuando terminó, un inmenso agujero se veía donde antes se encontraba la pequeña vagina. El pene, ahora en el exterior continuaba tan erecto como antes de comenzar y no podía creerse que hubiera salido del interior de mi prima. No se veía nada de semen alrededor de la vagina ni sobre el trapo que había colocado el cacique. Todo había quedado en las profundidades de las entrañas de Remedios. El indio sacó el trapo ensangrentado de debajo de mi prima y se acercó a la puerta. Afuera esperaba su preñada esposa, que lo tomó, y unos segundos después se escuchó un intenso clamor por parte de la indiada, señal indiscutible de que les había sido mostrado. Caballo Grande había cumplido una vez más con su cometido.

-Las mujeres quedan arruinadas de por vida- me diría el mestizo-. Sólo con el cacique pueden sentir algo debido a la inmensa dilatación sufrida, tanto en la vagina como en las entrañas. No conocemos ninguna hembra que haya querido regresar con su marido después de haber estado una vez con él.

Si todos los que estábamos en la tienda, incluida Remedios, pensamos que al menos por el momento el terror había terminado, nos equivocábamos por completo. El cacique se encontraba todavía desnudo y con su miembro totalmente erecto. Miró con lascivia y desdén el rostro de Remedios, totalmente lleno de lágrimas, observó con atención lo que quedaba de su vagina, un enorme agujero, ahora ya totalmente inflamado, enrojecido y sangrante, y dijo con voz grave y profunda unas palabras que por supuesto no entendimos, mirando burlonamente a Manuel. Justo al terminar de hablar hizo un gesto con ambas manos delante de su vientre, como si estuviese abultado. Le confirmaba a Manuel que le iba a plantar un hijo mestizo en las entrañas a su esposa.Entonces colocó un nuevo trapo limpio debajo de Remedios, y ésta empezó a llorar y gritar desesperadamente ante la nueva violación que se anticipaba.

Yo había observado ya, con preocupación, que los indios que estaban alrededor de la tienda no se habían dispersado luego de ver el trapo ensangrentado, lo que sugería que el espectáculo que el cacique estaba dando, iba a continuar. Caballo Grande tomó a Remedios, que aún tenía sus manos atadas, y como una pluma la dio vuelta, dejándola con el rostro hacia el camastro. Entonces abrió sus piernas y se colocó arriba de ella, y ante nuestra estupefacción y terror, vimos que esta vez apuntó su temible arma, si se puede creer, todavía más dilatada que al comienzo, al ano de mi prima.

-Es costumbre de la indiada, desde hace muchos años – me diría el mestizo – asegurar que la cautiva no pueda escapar de las tolderías hacia la civilización. Por ello se ha acostumbrado desollar a palazos las plantas de los pies de las víctimas.

El primer tratamiento que ofrece un indio a su futura manceba, es colocarla atada sobre una mesa y golpear las plantas de sus pies con palos de madera hasta cansarse, sin importar los gritos de la víctima. Luego, los pies ensangrentados se envuelven con trapos para evitar la proliferación de larvas de moscas y otros bichos, y la mujer es dejada en un camastro, que no puede abandonar por varios días. Luego, por varias semanas podrá apenas caminar penosamente. Para cuando sus pies sanen completamente, ya tendrá su vientre cargado con el hijo de su captor, y por lo tanto ya no pensará en escapar. El método, sin embargo –me decía pensativo- ha presentado a veces problemas. Hay indios que se han ablandado con las súplicas de su cautiva, y han aplicado un tratamiento insuficiente. Esas mujeres han podido escapar, llegando de alguna manera a un caballo y montando. Otros han sido tan despiadados, que la futura manceba no resistió sus heridas y murió a causa de ellas. Aún los que aplican un trato justo, inmovilizan a su víctima por varias semanas, y ésta no puede trabajar en el campo durante todo ese tiempo.

Caballo Grande es el inventor de otro método: él las sodomiza con su enorme miembro. Su ano queda totalmente destrozado. Por dos o tres días no podrán caminar, y recién podrán hacerlo normalmente unos diez días después. No podrán montar a caballo para poder escapar por dos meses. Y cuando terminan de sanar, si todavía no están preñadas – cosa bastante rara siendo servidas continuamente por un macho como él- su espíritu estará tan debilitado por el ultraje recibido, que ya no pensarán en volver a la civilización. Cómo presentarse ante su marido y mirarlo a los ojos habiendo pasado por ese trance?  Así las cosas, el indio comenzó a presionar su enorme miembro contra el ano de Remedios que gritaba desconsoladamente. Manuel aullaba con una voz ronca, diciendo que cuando lo pudiera agarrar lo mataría. Yo estaba tan abrumado, que no recuerdo lo que dije, si es que realmente dije o grité algo. El miembro del cacique estaba aún lubricado por los líquidos vaginales de mi prima, y poco a poco comenzó a abrirse paso a través del esfínter de mi prima. Su ano empezó a dilatarse formando una ajustadísima abertura alrededor del miembro bestial, que horadaba su intimidad. Finalmente en medio de los gritos de dolor, el glande pasó por el ano, y el miembro se abrió paso rumbo a los intestinos.

Un pequeño reguero de sangre comenzó a verterse sobre el trapo colocado bajo Remedios. Mi prima abría sus ojos, totalmente desorbitados, y su boca completamente en expresión de ahogo, mientras Caballo Grande avanzaba centímetro a centímetro en su interior. Finalmente sus testículos golpearon los glúteos de mi prima. Los abrió un poco para poder penetrar un poco más, arrancando un grito desesperado. Entonces empezó a bombear. Manuel lloraba como una mujer, a lágrima viva viendo como semejante monstruo sodomizaba a su esposa. Mientras el indio bombeaba, en un momento Remedios vomitó sobre el camastro. Seguramente por haber terminado ya una vez hacía pocos minutos, el bombeo anal se prolongó por bastante más tiempo que el vaginal, por alrededor de  veinte interminables minutos. No disminuía en absoluto la excitación del cacique la sangre que manchaba el trapo, sus testículos, las piernas de mi prima…su miembro continuaba duro, y clavado en ella como una estaca, con el ano de Remedios convertido en un horrible agujero enrojecido, alrededor del enorme garrote.

Finalmente alcanzó su orgasmo, llenando de esperma los intestinos de Remedios. Estuvo gritando como una fiera por un par de minutos, hasta que se fue aplacando, y entonces comenzó a extraer su herramienta del cuerpo de Remedios, que gritaba enloquecida del dolor. Su ano era ya un círculo completamente ensangrentado e inflamado alrededor del poste saliente del indio. Un último grito desgarrador nos confirmó que el glande acababa de pasar por el ano. Sin quedarse ni medio minuto tendido en la cama, haciendo gala de un vigor descomunal, el indio se puso de pie con su miembro aún erecto, se puso el taparrabos y la camisa, tomó el trapo ensangrentado que había puesto previamente debajo de mi prima y se fue dejándonos en la más absoluta desolación.  Un agujero informe y sangrante  estaba donde alguna vez había estado el ano de Remedios. Su diámetro era inconcebible. Mi prima estuvo llorando aún largos minutos hasta que se fue calmando. Una nueva gritería anunciaba la exposición del trapo sangrante a la tribu.

De esta manera comenzó nuestra vida en las tolderías de Caballo Grande. El cacique venía dos o tres veces diarias, y violaba a Remedios en nuestra presencia. Ella ya no gritaba como el primer día, sino que unos cuantos días después, esperaba ya como un cuerpo inerte los embates del indio. Evidentemente no quería premiar al cacique con sus gritos y lamentos. Además, su vagina se estaba acostumbrando también al tamaño descomunal de Caballo Grande y el dolor producido en la violación no debía ser tan grande como al principio. Nosotros tampoco gritábamos pero las lágrimas de Manuel siempre rodaban por sus mejillas. Finalmente, muy tarde, había descubierto que amaba a su esposa.
El indio no volvió a sodomizarla. Obviamente quería concentrarse en utilizar toda su esperma en hacerle un hijo lo más rápidamente posible.

Los tres vivíamos al principio en la misma tienda, y tratábamos de hacerlo de la manera más decorosa posible. El indio nos trataba a los tres como a simples animales, pero nosotros queríamos sentirnos como seres humanos. Pusimos una manta a modo de cortina para proteger la intimidad de Remedios cuando la poseía el cacique y en general para proveerle privacidad. Era como un lugar de la tienda propiedad de Remedios. Poco después Manuel pidió –y extrañamente le fue concedido- vivir en otra tienda, ya que no toleraba las violaciones a las que su esposa era sometida permanentemente.
Tiempo después me llamó la atención también que Caballo Grande dejara que Remedios continuara usando sus propias ropas.

-No importa- decía Ardilla Veloz- Se destrozarán muy pronto porque esas ropas de la civilización blanca son totalmente inadecuadas para estos parajes y para las tareas que deberá hacer Remedios. Y con respecto a su ropa interior… muy pronto no entrará en ellas cuando haga efecto el tratamiento que le da diariamente el cacique y deberá vestir como el resto de las indias. Caballo Grande lo hace como otra forma de humillarla, puesto que en el fondo, odia a todos los blancos. Para que se dé cuenta que jamás volverá a su antigua vida.

Cuando Remedios pudo volver a caminar, comenzó a trabajar varias horas en el campo con el resto de las mujeres. Volvía destrozada de cansancio, pero igualmente debía atender las visitas del cacique. Él continuaba con su extraño acto de pararse al terminar la eyaculación para preñarla con mayor facilidad. Yo, del otro lado de la manta, ya no observaba todos los detalles. Notaba sin embargo, que la mayoría de las veces terminaba dos veces seguidas dentro de ella sin extraer su enorme herramienta. Luego se paraba manteniéndose en su interior por largos minutos. Algunas veces, poco antes de algún orgasmo del indio, podía escuchar unos débiles y ahogados gemidos de Remedios como respuesta a los durísimos embates del monstruo. En alguna oportunidad, también pude observar la espalda del cacique al retirarse luego de someter a mi prima, y vi varios arañazos sangrantes en ella, justo antes de que se pusiera su camisa.

Aproximadamente un mes después de nuestra llegada a la toldería, comencé a observar un cambio importante en el comportamiento del cacique: seguía violando regularmente a Remedios, pero ya no la sometía al rito de colocarla cabeza para abajo. Poco después mi prima me confirmó que estaba preñada de Caballo Grande. Este hecho no cambió para nada su actividad diaria. Continuó su duro trabajo diurno en el campo, y su aún más pesada  actividad nocturna en la cama, hecho que continuó por los largos meses siguientes. Poco tiempo después sus ropas ya no le entraron, y, sin remedio, tuvo que comenzar a vestir como una india. El indio continuó violándola demostrando por ella siempre la misma excitación, deseo y desprecio que tuvo desde un principio.

Cuando mi prima estaba ya de unos cinco meses de embarazo, el indio comenzó a visitarla con menor asiduidad, ya que dos de sus otras mujeres habían parido hacía ya algún tiempo, y eran requeridos nuevamente sus servicios para con ellas. Remedios se vio un poco libre y durante los meses siguientes tuvo algún tiempo diario para pasear por la toldería y sus alrededores. Nadie se preocupaba por ello, ya que no se fugaría, debido al estado en que se encontraba.Estando ya muy cerca de su parto, y no siendo ya visitada por el cacique hacía un par de meses, ocupado éste en guerrear con tribus lejanas y en volver a preñar a las mujeres que ya no lo estaban, se dio la casualidad que en uno de esos paseos, se encontró con Manuel, a quien no veía evidentemente desde hacía algún tiempo, siendo yo por accidente, testigo mudo de dicho encuentro.Iban los dos por el mismo camino, en direcciones contrarias. Manuel observó ya desde lejos el caminar dificultoso de su esposa, con su vientre enorme sostenido por sus brazos, con las manos con los dedos cruzados por debajo, para poder llevar mejor el peso del mestizo que Caballo Grande había allí plantado.

Apenas le entraban las ropas de india que quedaban completamente estiradas alrededor de su inmenso vientre donde se adivinaba un ombligo que se iba hacia fuera, empujado por el engendro del cacique. Sus pechos se habían agrandado muchísimo, y se adivinaban ya totalmente llenos de leche.
Cuando estuvieron uno frente al otro, se detuvieron, y sin decir una sola palabra se contemplaron en silencio. Entonces, muy lentamente, Remedios se acarició con sus dos manos su gran vientre deformado clavando sus ojos azules en Manuel. Él, sólo atinó a dejar escapar un par de lágrimas, que rodaron por sus mejillas. Finalmente se separaron sin decir palabra.

Remedios dio a luz al hijo de Caballo Grande al estilo indio. Era un robustísimo niño, aún más feo que el padre. Los gritos de mi prima al parir al niño se oyeron desde todos los rincones de la toldería.
A pesar de todo, Remedios demostró ser una buena madre. Cuidaba al hijo del cacique como si hubiera sido su esposa y hubieran engendrado aquel niño por amor o al menos, por mutuo consentimiento y no por haber sido sometida a  permanentes y reiteradas violaciones. Unos pocos meses pasaron, y el indio comenzó a visitar a Remedios otra vez dos o tres veces por día, a pesar de que ella consideraba que su primer hijo era aún demasiado pequeño para que el cacique le engendrara otro. Trató inútilmente de convencer al cacique – ya podía pronunciar algunas palabras en su idioma – de que la poseyera si la deseaba tanto, pero que no la preñara nuevamente ya que no huiría de la toldería ahora que cargaba con un hijo de él. El indio no sólo le llenaba de esperma los lugares más profundos de sus entrañas, lugar donde ningún otro hombre hubiera podido llegar, sino que volvió a la técnica de colocarla cabeza abajo al terminar de eyacular.

Yo escuchaba sus súplicas y lloros cada noche pidiendo que no la embarazara, súplicas que no conseguían evitar que el indio metiera en ella su inmenso miembro y la dejara siempre llena con la carga de sus enormes testículos. Todas sus demás mujeres estaban en ese momento preñadas, y Caballo Grande no permitiría que mi prima fuera la excepción. Un par de meses de esas violaciones, y Remedios quedó preñada del segundo hijo del cacique a pesar de estar aún amamantando al primero.
Cuando Remedios estaba embarazada de cuatro meses, con su cuerpo comenzando a deformarse nuevamente, algo muy extraño empezó a ocurrir. Si bien todas las mujeres estaban aún preñadas en ese momento, el indio dejó de pronto de visitar a mi prima. Que el cacique no la violara dos o tres veces diarias, máxime teniendo al resto de sus mujeres con el vientre lleno, era algo realmente curioso. Si bien esto dejaba más tiempo libre a Remedios y la liberaba de soportar diariamente el enorme pene del cacique, comenzó a preocuparse cuando se enteró que las demás mujeres, también estaban desatendidas.

El tiempo fue pasando, y ya mi prima estaba de ocho meses sin haber recibido ninguna vez las atenciones del indio en ese lapso, y estar ya paridas todas las demás, y ninguna vuelta a preñar, lo que era algo verdaderamente insólito. Se había adoptado además durante aquel tiempo una actitud muy pasiva con las tribus enemigas cercanas, que habían empezado a asolar impunemente el territorio de Caballo Grande. Se hablaba de que el indio estaba enfermo. Se lo veía taciturno y completamente negado a iniciar ninguna conversación y completamente esquivo, incluso con Búho Sagaz. Los ancianos comenzaron a preocuparse, y algunos de ellos a sugerir que un nuevo jefe era necesario en la tribu antes que fuera tarde. Una nueva idea comenzó también a tomar pie muy lentamente. El cacique debía tener como amante secreta a la esposa de algún miembro de la toldería y por eso desatendía a sus propias mujeres y a sus obligaciones. Era seguramente porque se reservaba permanentemente para ella. Este tipo de adulterio era una falta gravísima en esa comunidad y era castigada duramente.

Y aún con más severidad si la mujer era esposa de un miembro con menor jerarquía que el adúltero con que se veía. Debía ser por eso que el cacique no quería hablar con nadie sobre su actual comportamiento. La posición de Caballo Grande era esta vez, realmente comprometida.
Por esos días, Remedios dio a luz al segundo hijo del cacique, otro varón. Su parto fue esta vez menos doloroso que el primero. Nuevamente demostró mi prima ser una madre excelente. Cuidó de sus dos hijos como la más esmerada de las madres.

Pasaron dos meses del parto, y Caballo Grande seguía sin visitar a Remedios, ni a ninguna de sus otras mujeres. Ninguna de ellas estaba en ese entonces  preñada. El problema parecía ser realmente grave y terminal. Y entonces, una noche de frío invierno y luna llena, se produjo el inesperado desenlace que cambiaría para siempre nuestras vidas. Apareció en nuestra tienda uno de los secuaces de Búho Sagaz  buscando a su jefe. Aparentemente tenía una importante noticia para él. Remedios y yo percibimos que era algo relacionado con el cacique y lo seguimos en su búsqueda. Finalmente fue encontrado en un sector de la toldería en conversación con la esposa de Caballo Grande. El indio le dijo a Búho Sagaz que había visto al cacique a unos quinientos metros de la toldería. En un abrir y cerrar de ojos éramos cuatro siguiendo al indio en medio de una fría y nublada noche.

Lo seguimos por los pajonales que rodeaban la toldería, y poco a poco nos fuimos alejando de ella.
Cuando pareció estar cerca, el indio pidió a todos silencio y avanzamos lo más cautamente que pudimos en medio de la oscuridad. Realmente se veía únicamente lo que estaba a una muy corta distancia. De pronto comenzaron a escucharse unos sonidos ahogados que me resultaron de alguna manera familiares, obvio indicio de que el cacique estaba manteniendo relaciones sexuales con alguna mujer. Aguzando el oído, pudo percibirse un segundo gemido, más débil, de la mujer que estaba con él. Era evidente que no era la primera relación que mantenían, porque las mujeres recién estrenadas por Caballo Grande solían gritar a voz en cuello debido al intenso dolor que les causaba su enorme miembro. Esta era una relación que llevaba seguramente ya bastante tiempo. Cuando estuvimos muy cerca nos detuvimos casi sin respirar alrededor de los amantes, y en un momento en que la luna se asomó débilmente tras las nubes, tuvimos nuestra primera sorpresa. El indio tenía su bestial garrote totalmente introducido en el ano de la mujer, a la cual sodomizaba sin contemplaciones.

Este era un comportamiento en extremo inusual en el cacique que no desperdiciaba esperma donde pudiera preñar a su hembra. Tal vez ésta fuera una mujer que no podía embarazar para no poner al marido sobre aviso. Los segundos pasaron lentamente observando los embates del aborigen contra la mujer. Entonces, en una nueva aparición de la pálida luna que finalmente había logrado esquivar unos oscuros nubarrones, la escena se volvió a iluminar muy pobremente, y tuvimos la sorpresa de nuestras vidas. El indio no estaba con una mujer. A quien estaba sodomizando el cacique, no era otro que a Manuel. Ambos tenían una profunda expresión de éxtasis en su rostro y tenían los ojos cerrados. Nos quedamos todos completamente paralizados por la impresión. Caballo Grande, el hombre más potente de la tribu, el mejor guerrero, el que mantenía a todas sus mujeres preñadas haciendo gala de su inmenso vigor y virilidad, manteniendo relaciones con un hombre!  El cacique estaba acabado. En cuanto la noticia corriera por la toldería, el indio sería historia. Todos estábamos como congelados, incapaces de realizar el menor movimiento, ateridos por la noche gélida, y mucho más por la impresión recibida.

Todos no. Alguien mantuvo una sangre completamente fría. Alguien quitó en un felino movimiento el cuchillo de monte del cinto a Búho Sagaz sin que éste ni siquiera se diera cuenta. Alguien tomó el cuchillo con ambas manos sobre su cabeza, sosteniéndolo ahí un breve instante, suficiente para que el reflejo de la luna en la hoja hiriera mis ojos. Era Remedios. Sin que atinásemos a detenerla, golpeó con el arma asesina una vez y otra vez y otra…Cada golpe volvía a levantar el cuchillo con ambas manos y volvía a bajarlo con todas sus fuerzas, brutalmente, como si hubiera sido una grotesca y mecánica marioneta. Un cuchillo cuya hoja no reflejaba ahora la luz de la luna, ya completamente cubierta de sangre. Golpeaba con furia al amasijo de cuerpos amantes, teñidos de rojo como la propia Remedios, cuyas ropas de india estaban ya completamente bañadas en sangre.

A los cuatro o cinco golpes, pudimos recién reaccionar, y abalanzándonos sobre ella, la detuvimos y desarmamos. En el suelo, al lado nuestro, ocultos casi en su totalidad por la negra noche, los dos cuerpos aún unidos por el sexo, se adivinaban completamente tintos en sangre. De pronto, algo comenzó a moverse. En unos instantes que parecieron años, uno de los cuerpos se separó del otro. Luego se puso de pie. En el piso, y boca abajo, con cinco enormes y certeras puñaladas en la espalda, yacía el cadáver de Manuel. Y entonces el otro cuerpo de pie, el del cacique Caballo Grande, gritó. Gritó con un grito con que jamás había oído gritar a un hombre, y que no volvería a oír jamás. Gritó con un grito de animal herido. Con un grito de un ser que ha perdido todo lo que quería en este mundo. Gritó con el grito del que ya nada tiene para perder.

Grandes surcos habían aparecido en su rostro, por los que caía un río de lágrimas plateadas. Búho Sagaz reconfortó de inmediato al cacique. Su secuaz, el que nos había llevado hasta ese horrible lugar, comenzó a cavar un foso siguiendo las instrucciones de su jefe. Remedios y el cacique se lavaron la sangre que manchaba sus cuerpos en un arroyito cercano. Media hora después, no quedaban rastros de Manuel. Para el resto de la tribu, había robado un caballo y huido a la civilización. Volvimos en silencio a las tolderías. Cuatro meses le llevó a Caballo Grande recuperarse de la muerte de su amado. Pero finalizado ese tiempo, volvió a ser el mismo de siempre. Volvió a guerrear contra las tribus enemigas y las obligó a retroceder. Tres meses después, todas sus mujeres, incluyendo a Remedios, se encontraban nuevamente preñadas.

Finalmente  pude comprender a mi prima. Caballo Grande había dado a su vida en la toldería, un sentido que Manuel no le había podido dar en la civilización. Y ella había defendido esa nueva vida, la única que realmente había tenido, de la única manera que había podido. Cuando Remedios estaba preñada de ocho meses del tercer hijo del cacique, en una incursión en una toldería enemiga, Caballo Grande capturó una joven india. Remedios participó alegremente en la ceremonia de iniciación de la joven. Fue ella misma, quien entregó esta vez a una tribu vociferante, los dos trapos ensangrentados de rigor. Muy pronto la nueva y joven cautiva, cargaría en sus entrañas a otro hijo del cacique.

Yo tuve por aquellos días el permiso para volver a la civilización. Ya sea porque era uno de los pocos que sabía. Tal vez por gratitud por haber guardado el secreto. Quizá sólo porque sí.

Me despedí para siempre de mi prima Remedios, radiante y enorme, con su vientre cargado del hijo del cacique, con casi nueve meses de embarazo, y partí, finalmente, de regreso hacia mi pueblo.

Autor: J.C.C.

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