Sobre el abismo caliente

Cecilia había cogido el miembro que ahora se mostraba en todo su esplendor, al tiempo que buscaba mi boca para mostrarle a su padre, por medio de nuestro beso, la relación que había nacido entre nosotras. Lo que sucedió allí, fue una tensión demasiado grande para la sensibilidad erótica de Raúl que se derramó en una violenta explosión líquida que empapó nuestro beso.

La verdad es que seleccioné este nombre para encabezar el relato porque me parece que es lo que define la situación que estoy viviendo y si es el adecuado o no serán Uds. quienes lo podrán apreciar luego de leerlo. Soy una mujer de 45 años, morena, más bien de corte intelectual, soltera, y con un éxito profesional ni tan brillante, como para que absorba mi personalidad completa, ni tan opaco como para pasar por ignorada. Creo que soy feliz dentro del contexto que se maneja actualmente, no tengo problemas.

Conocí a Raúl en uno de esos congresos anuales a los que concurre uno para poder apreciar las cosas nuevas que hay en su campo de acción y volver luego al lugar de origen con la sensación de que todo sigue igual.

Él, caminaba lentamente por uno de los pasillos que antecedían al salón de conferencias, mientras yo miraba en el panel del programa cuales eran las presentaciones que ese día cerrarían el evento, me interesaba particularmente una. Anoté su nombre y el del expositor. Cuando percibí que él estaba a mi lado me alteré. No supe por que en ese momento, pero pasaría poco tiempo antes de saberlo. Era la mirada de sus ojos alegres. Sé que es difícil esto de ver alegría en los ojos, pero la verdad era que los suyos la irradiaban. Nos saludamos con una inclinación de cabeza, él me hizo algunos comentarios generales y a los poco minutos caminábamos en medio del grupo que irrumpía en la sala. Se sentó a mi lado.

Cuando la presidenta de la mesa anunció la primera exposición de la sesión final, él se puso de pie y caminó con paso desenvuelto hacia el podio, pero no permaneció frente a él sino unos minutos, la mayor parte de su exposición la realizó caminando sobre el escenario. Era de estatura regular, no era alto ni bajo, de espaldas anchas, de pelo ligeramente canoso, habría de tener unos cincuenta años, después sabría que eran cincuenta y cinco, pero se veía más joven. Sin embargo, a pesar que reparaba en todos esos detalles, he de decir que aquello que más me hacia mantenerme atenta a su exposición, era la forma como se comunicaba con el público. Había un silencio absoluto en la sala ocupada por unas ciento cincuenta personas.

Yo observaba que la gente y entre ellas yo misma, seguíamos la exposición casi con una sonrisa de satisfacción en los labios, el hombre era no solamente sabio sino tremendamente simpático, cautivador diría yo más tarde, de modo que no me sorprendió cuando al concluir su exposición la sala estalló en un aplauso cerrado sostenido por un buen momento. Luego hubo varias preguntas, pero yo ya no supe más nada de eso porque aun estaba cautivada por su presencia y por sobre todo por la forma de hablar. Solamente pude concentrarme cuando él volvió a su asiento junto al mío. Entonces le felicite estrechando su mano, su mano fría, la que mantuve apretada con la mía mientras él no dejaba de sonreír ni yo tampoco.

Cuando concluyó la sesión caminamos, como si hubiésemos estado de acuerdo, hasta el hermoso salón donde se realizaría el tradicional cóctel de clausura, lugar en que habitualmente se producía un ambiente de informalidad y relajación que hacía propicio el conocimiento y el intercambio de más datos de tipo personal. Así pude presentarme formalmente y conocer de parte de él, que vivía allí en la capital desde hacia años, que era casado y que tenía una hija. Yo a mi vez le di los datos que Uds. conocen y luego la conversación se deslizó por otros campos menos formales de modo que al cabo de una hora parecíamos grandes conocidos a tal punto que él insistió en invitarme a cenar a un restaurante que, según el, no podía irme de la capital sin conocerlo.

El ambiente que ambos construimos durante la cena preparó adecuadamente la ruta obvia que seguiría el resto de la noche. Yo diría que fue una seducción mutua, sin explicaciones sin peticiones sin presiones. Comenzamos a desnudarnos en la amplia habitación de mi hotel y casi con premura me abrazó tendiéndome él sobre la cama y dando comienzo, sin preguntarme, a las más sensacionales caricias sobre mi sexo como si lo estuviese deseando desde años. Recorrió con su lengua mi entrada hizo maravillas con mi clítoris, su lengua entraba en mi con una sabiduría para mi desconocida, haciéndome emitir todo tipo de gritos liberadores de mi pasión contenida por meses.

Por mi parte me entregué a él de una manera desconocida y descarada. Lo mamé, lo mordí, lo succioné. Vestí su miembro fabuloso con mi cabello largo, le ofrecí todas mis entradas y me comporté como la más grande de las desvergonzadas, llenando mi noche de orgasmos liberadores como nunca lo había soñado.

Cuando nos vino el cansancio y antes de quedarme dormida en sus brazos, los pocos minutos que dormí esa madrugada, lo último que vi fue la sonrisa en sus ojos y desde ese momento supe que con ese hombre todas las cosas del mundo eran posibles. Yo no sabía si estaba enamorada. Ahora se que no lo estoy. Lo que si supe con plena certeza. Fue que desde que volví a mi ciudad, a dos horas de vuelo de la capital, en lo único en que pensaba era en volver a estar juntos.

Hablábamos por teléfono dos o tres veces por semana, hacíamos recuerdos íntimos y nos comunicábamos lo que estábamos sintiendo. A veces eran conversaciones nocturnas en que nos excitábamos terriblemente hasta confesarnos que ambos nos masturbábamos si ningún pudor y si bien los dos estábamos de acuerdo en que esto era una locura ninguno dijo nunca que quería que lo termináramos.

Yo viajé varias veces a la capital con el único fin de encontrarme con él. En esos viajes prácticamente no abandonábamos el hotel en el cual nos registrábamos como matrimonio y durante esos días maravillosos él me enseñó todo lo que ni siquiera había sospechado que existiera en el terreno sexual y mi vida se transformó de tal modo que sin exageración puedo decir que prácticamente vivía para esa pasión desenfrenada. Casi no habíamos hablado de la situación familiar de cada uno de nosotros. Yo no tenía mucho que contar ya que soy soltera y no tengo ningún tipo de compromisos, pero él si tenía familia, al menos una hija y yo suponía que también esposa.

Así las cosas, no me sorprendió cuando, en una de nuestras citas de hace aproximadamente dos meses me dijo que él encontraba conveniente que conociera a su hija, para poder de algún modo quitarle algo del tinte clandestino que tenía nuestra relación. Conocí a la hija de Raúl, la noche en que ella me invitó a cenar en su departamento mientras Raúl estaba fuera de la ciudad. Cecilia resultó ser una mujer encantadora, tiene veintiséis años y es médico. Hermosa mujer morena, de una simpatía a toda prueba. moderna, desenvuelta, de educación esmerada e indudablemente hija de su padre por cuanto sus ojos y sobre todo su mirada son la versión femenina perfecta de Raúl. Ella estaba al tanto de nuestra relación y concluida la cena, ya en plano de grandes amigas, me confesó que estaba feliz que su padre hubiese encontrado felicidad y pasión en nuestra relación y que ella estaba dispuesta a ayudarnos en cuanto fuese posible.

Brindamos por eso y ella en seguida comenzó a aconsejarme sobre moda y maquillaje porque según me dijo mi tipo físico era perfecto para poder lucir moderna y seductora, la verdad es que yo me sentía feliz, alegre y satisfecha. Fue entonces, mientras me servía otra copa de champaña, que acepté gustosa, que Cecilia me dijo que ahora que éramos amigas quería hacerme una confidencia, a lo que yo asentí curiosa y con gusto. Ella entonces, sin la menor alteración en su voz y luciendo en su rostro esa maravillosa sonrisa me dijo, como si me contara lo más normal del mundo, que ella y su padre mantenían relaciones sexuales desde hacía más de tres años. En ese momento mi mente pareció detenerse, pero no di ninguna señal externa de ello y por lo demás no hubo tiempo porque Cecilia siguió hablando con pasmosa calma.

Me dijo que desde siempre había admirado a su padre en forma desmedida, que admiraba su inteligencia, su carácter y su forma de ser. Que comparándolo con los hombres que ella conocía no había ninguno que se le pudiera igualar, que siempre fue cariñosa con él y que trataba de llamar su atención, que no tuvo pudores y se acostumbró a verlo desnudo en el baño y que la viera a ella en igual forma, que llegó un momento en que comenzó a desearlo como hombre y que cuando se dio cuenta que él la miraba de igual manera, la unión resultó inevitable y ambos se entregaron de una forma que no fue nada de traumática sino que todo lo contrario plenamente satisfactoria y ardiente.

Cecilia parecía disfrutar plenamente su relato y como yo no manifestara ninguna reacción de celos siguió diciéndome, que en ningún momento, ni su padre ni ella, se habían sentido culpables y que habían acomodado sus vidas de tal modo que disfrutaban a plenitud. Que él le había contado su relación conmigo y que ella la había aprobado plenamente sin tener celos para nada.

En seguida me contó como disfrutaba en la intimidad con las cosas que hacían, sin ahorrar detalle en las descripciones, por cuanto, me dijo, yo había de estar plenamente de acuerdo ya que en la cama seguramente su padre hacía lo mismo conmigo y yo hube de reconocer que así era. Cuando llegó mi turno de hablar, ya me había recuperado del impacto. Mi inaudita sorpresa inicial había sido paulatinamente reemplazada por la comprensión, luego por la aceptación de un hecho consumado y en seguida por la excitante sensación de estar ante una mujer que compartía la intimidad de su padre conmigo sin que viera, ninguna de las dos, inconveniente alguno en ello.

Por sobre todas las cosas yo quería conservar mi relación con Raúl y aunque me daba cuenta que la situación, por decir lo menos, era atípica, no tuve la intención de plantear ningún inconveniente, ya vería más adelante como se desenvolvía la situación. Al menos si de algo estaba segura era que ninguno de los tres revelaría el secreto. Así se lo manifesté a Cecilia y como la noche había avanzado demasiado, ella me pidió que me quedara en su departamento para evitar la vuelta a mi hotel que quedaba muy distante del lugar.

Ella me acompañó a la pieza de alojados y nos despedimos amorosamente. Al siguiente día tendría yo tiempo suficiente para contarle a Raúl nuestra conversación cuyo resultado con seguridad él ansiaba saber. No pude quedarme dormida. Tan pronto estuve metida desnuda en la cama me pude dar cuenta que estaba totalmente alterada y no era para menos. Lo que tenía en mi mente era un río de pensamientos y de imágenes tórridas a medio elaborar. La imagen recurrente de Cecilia en brazos de su padre ocupaba mi mente por completo.

La evocaba como un hecho poco común, cierto, pero al mismo tiempo tremendamente excitante. Los imaginaba amándose en la cama y sin quererlo substituía la imagen de Cecilia por la mía y de ese modo podía percibir claramente los placeres que ella habría experimentado, porque eran los mismos míos, en esas sesiones de sexo con Raúl en nuestras noche de amor desenfrenado y de pronto me di cuenta que por primera vez tenía la oportunidad de hablar de eso con otra mujer, de hablar, de escuchar, de comparar y a medida que esto pensaba me encendía cada vez más y me agitaba en la cama sin poder contener una calentura que se arrancaba por cada poro de mi piel.

Quizás mis movimientos en la cama ocasionaban ruidos que Cecilia pudo escuchar desde su cuarto o quizás ella tampoco podía dormir bajo el efecto fuertemente emotivo de su confesión, el hecho fue que pude observar que la luz del pasillo se encendía y en seguida Cecilia apareció en bata de noche en la puerta de mi cuarto. Me dijo que no podía dormir, que estaba alterada por la conversación, sentía que había sido quizás muy dura al contarme. Me parecía acongojada y su rostro triste me pareció más hermoso en la penumbra y le pedí que se acercara. Ella lo hizo con pasos suaves y yo alcé la cubierta para que ella entrara en mi cama.

Casi instantáneamente se abrazó a mi y sentí el intenso calor de su piel a través de la diáfana tela de su camisón. Reposé su cabeza entre mis pechos desnudos y le acaricie suavemente el cabello, la mujer ardía como yo y pensé en ese momento, que de alguna manera el recuerdo del hombre dueño de nuestros cuerpos nos tenía allí unidas la una en brazos de la otra y sin poder detenerme acaricié sus muslos preciosos, como Raúl lo hacía conmigo, al paso que ella me besaba tiernamente los pechos como seguramente él lo hacía con ella.

Le había despojado pausadamente de su camisón y cuando sentí sus muslos desnudos y calientes separando los míos supe que estábamos vibrando bajo el mismo sortilegio. Queríamos decirnos con nuestros cuerpos lo que no habían podido decir las palabras, seguramente porque nuestros cuerpos tenían un lenguaje más directo. En ese abrazo y en esas caricias nos estábamos contando cada momento y cada noche con el mismo hombre y los matices del pecado que las palabras no eran capaces de mostrar.

Así nos buscamos casi con desesperación, nos entregamos enteras mordiéndonos, besándonos, penetrándonos con la dulzura que solo podemos dar las mujeres, y a medida que el tiempo de la noche se iba acabando nos fuimos dando cuenta que ya no estábamos evocando la figura del hombre común, sino que nos estábamos amando en la cama simplemente porque éramos dos mujeres encendidas, calientes, pasionales que se gustaban desesperadamente y que en cada orgasmo se decían más de lo que podría expresar cualquier frase de amor.

Esa mañana nos duchamos juntas para poder darnos a la luz del día las caricias que habíamos compartido en la oscuridad y mientras el agua corría por nuestro cuerpos pude apreciar la belleza diabólica de esta mujer, que me tenía cautivada, mientras ella recorría con sus labios mojados la geografía de mi cuerpo maduro y caliente que se le seguía brindando plenamente para sacarnos los últimos y más violentos.

Salíamos apenas cubiertas con una toalla pequeña y lo vimos sentado en el living con esa sonrisa en los ojos que había sido el inicio de nuestro conocimiento. Era evidente que tenía llave del departamento de Cecilia pues no lo habíamos escuchado entrar. Irradiaba seguridad. Como podría no tenerla si las dos mujeres que desnudas lo miraban eran amantes suyas. Ninguna de las dos demostró sorpresa sino más bien alegría. De alguna manera los tres nos sentíamos en ese momento en medio de la comprobación de ser habitantes de un mundo que se había construido sin que ninguno de los tres se hubiese opuesto.

La visión de nuestros cuerpos que él seguramente no esperaba porque yo debería haber estado en mi hotel, pareció excitarlo, nos hizo una seña para que nos acercáramos. Yo he de reconocer que al verlo me excité poderosamente. Me senté a su lado y como a manera de una explicación que nadie me había pedido, comencé a acariciar su sexo que bajo el pantalón apreciaba drásticamente erecto, yo estaba aun claramente excitada por nuestra ducha con Cecilia.

No puedo decir que yo pensaba que estaba bien, porque en esos momentos no pensaba, pero yo sentía que estaba bien lo que hacia, porque allí no cabría ninguna explicación, que por lo demás ninguno de los tres pedía. Pero por este hombre habíamos llegado a esta forma de pasión y yo tenía en ese momento en mi mano esa parte de Raúl que de alguna forma era el centro de nuestra diabólica relación. Así lo masturbaba suavemente al comienzo y luego, con la violencia de la erección, lo hacía con amorosa fuerza porque quería hacerle sentir que me gustaba.

Cecilia se había sentado al otro lado y también había cogido el miembro, que ahora se mostraba en todo su esplendor, al tiempo que buscaba mi boca para mostrarle a su padre, por medio de nuestro beso, la relación que había nacido entre nosotras. Lo que sucedió allí, fue una tensión demasiado grande para la sensibilidad erótica de Raúl que se derramó en una violenta explosión líquida que empapó nuestro beso.

Entonces parecimos felices, pero yo sentía abrirse a mis pies el abismo caliente que parece tragarme hacia un torbellino de inauditos placeres prohibidos y subyugantes, frente al cual he de confesar que siento la peligrosa llamada de las profundidades desconocidas.

Autora: Mercedes

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Una tarde con mi hijo Luis

Empezó a chupar muy sonoramente. Esa es una de mis debilidades: me encantan los sonidos del sexo, las chupadas, los gemidos, el sonido de los cuerpos golpeándose. Sentía entrar su lengua, el ruido de una sonora chupada, mis labios atrapados entre sus dientes, su cara metida entre mis piernas. Puse mis manos entre sus cabellos, su boca estaba empapada, lo besé una y otra vez.

Me gustaría contarles una experiencia que viví hace ya varios años. Debo decirles que mi nombre es Cecilia, tengo 46 años y soy viuda desde hace varios años. Tengo un hijo, Luis, y siempre lo consideré mi más grande tesoro, por eso, me molestaba verlo retraído y poco sociable con sus compañeros (por ese entonces tenía 18 años y hacía 3 de la muerte de su padre). Sabía que se masturbaba e incluso le había descubierto varias revistas porno, pero me molestaba que no se animara a hablarles a sus compañeras de colegio.

Una tarde volví temprano del trabajo, y mientras subía la escalera escuché unos gemidos ahogados. Mi primera reacción fue entrar a su cuarto, donde lo encontré masturbándose. Se asustó terriblemente. Yo no sabía que hacer. Me acerqué a él y abrazándolo le pedí perdón. Besé su pelo, acaricié sus mejillas, levantando su cabeza. Él me miró, besó mis mejillas y besó suavemente mi oreja.

Nos miramos unos instantes y, sin decir palabra, comencé a besarlo. Sus labios se abrieron y mi lengua penetró en su boca.

Apenas lo hice sus manos empezaron a acariciarme las tetas. Mis pezones se marcaban en la remera, bien duros y parados. Le pedí que los bese y levantando mi ropa empezó a chuparlos. Su pija estaba durísima y, yo estaba empapada. Empecé a masturbarlo y a acariciar sus huevos. Sentía su mano subir por mi pierna y sus labios chupando fuertemente mis tetas y ya no pude controlarme. Me abalancé contra su pija y me la metí en la boca. Sus gemidos no se hicieron esperar. Se la chupé tratando de sacar toda su leche. Él puso sus manos sobre mi cabeza y a empujaba suavemente. Empecé a meter toda su pija en la boca.

La quería entera, pero realmente era enorme. Lo miré a los ojos, él me miro y sonrió. Cuando lo hizo, me di cuenta que haría todo por él, y me metí todo su pedazo en mi boca. Sentía sus pelos contra mis labios y la sentía tensa dentro de mí. Con un fuerte gemido acabó en mi boca llenándola de leche que bebí con desesperación. Aún no la había tragado cuando un segundo chorro volvió a llenarme, incluso escapó de entre mis labios.

Me separé de él. Me miró sonriente y, pasando un dedo por mi pera, junto la leche para pasarla luego por mi boca.

-Te quiero, mamá-me dijo.

Abajo sonó el timbre de entrada. Me acomodé rápidamente la ropa.

-Te quiero, Luis-respondí y, antes de bajar agregué:-Espera un poco, ya vuelvo.

Bajé las escaleras recordando que un amigo del trabajo me dejaría unos trabajos para corregir urgentemente, pero lo que más deseaba era volver al cuarto de Luis.

Efectivamente, era Carlos, quien me explicó lo que debía hacer. Lo veía enfrente de mí pero no podía concentrarme en sus palabras. ¡Acababa de chupársela a mi hijo! No sabia que pensar, me sentía una degenerada y, a la vez, sentía el gusto ligeramente amargo de su semen en mi boca, lo que me excitaba más y más. Tomé los trabajos, me despedí de Carlos y subí a toda prisa. Él me esperaba en la cama.

-Vení con mami-le dije.

Se acercó y nuevamente me besó. Estiré mi mano y agarré su pija. Aún estaba dura, y la sentí mojada, con una mezcla de saliva, mi saliva, y su leche. Él empezó a sacarme la remera y acariciar mis pezones. Me saqué los zapatos, desprendí mi pollera y la bajé junto con mi tanga. Él besaba mis pezones, los mordía…-Mmmmhh… -Me miró casi intrigado.-No, no pares, seguí…

-¿Te gustó que te muerda? -Si, mi bebe. Mordeme, chupa tu teta.

Seguía besándome y, lentamente empezó a bajar. Sentía su lengua inexperta sobre mi estómago, mi ombligo y sobre mis pelos. Me senté en la cama y abrí mis piernas:-Dale seguí por favor-

Se inclinó sobre mis pelos. Metí mis manos delante de su cara y abrí mi concha. -Chúpame ahí. Su lengua se movía rápidamente. -Shhhh! Lento, lento… así. Se separó un instante, lo que me intrigó bastante. Luego pasó su dedo sobre mi culo, subiendo hacia mi agujero, y llevándoselo a la boca lo saboreó profundamente.

-¿Te gustan mis jugos?-dije- Entonces, tómalos todos.

Empezó a chupar muy sonoramente. Esa es una de mis debilidades: me encantan los sonidos del sexo, las chupadas, los gemidos, el sonido de los cuerpos golpeándose…

Sentía entrar su lengua, el ruido de una sonora chupada, mis labios atrapados entre sus dientes, su cara metida entre mis piernas…Puse mis manos entre sus cabellos. -Así mi amor, así… mi bebe… Mmmmhh, toma mi amor…tómala toda…assssí…Mmmmhh…Aaahhhh! Se acostó a mi lado. Su boca estaba empapada, lo besé una y otra vez.

¿Te gustó mama?- -¡Me encantó!

Nos quedamos tirados uno al lado del otro, cansados, pero eso no importaba: la tarde recién empezaba.

Autora: Cecilia

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