Celebración

Mi socio David y yo teníamos una importante entrevista con un potencial cliente en Madrid el primer jueves de octubre. Tan importante era que para nuestra pequeña empresa era la oportunidad de dejar de preocuparnos de muchas cosas en los siguientes 10 años. Ana, mi mujer, me dijo cuando se enteró que nos acompañaría en el viaje y ya de paso nos quedaríamos el fin de semana en Madrid para hacer algunas compras y ver a algunos amigos que hacía tiempo que no veíamos. Los tres éramos amigos desde los tiempos de la Universidad y David y yo éramos socios desde que acabamos la carrera en una pequeña empresa de componentes electrónicos.

Llegamos el jueves por la mañana a la capital y nos dirigimos al hotel. Comimos temprano en un restaurante cercano y luego volvimos al hotel a descansar un rato antes de acudir a la reunión. A las cinco y media, media hora antes de la reunión, David llamó a la puerta de nuestra habitación. Le hice pasar, ya estaba casi listo yo también.

– ¿Voy llamando al taxi? – Me preguntó.

– Sí, estoy listo en menos de un minuto.

Mientras él llamaba por teléfono, le dije a Ana que la reunión sería cosa de dos horas como mucho y que pasaríamos a recogerla para irnos a cenar juntos. Ella me dijo que nos esperaría en el hotel.

– Listo, el taxi llega enseguida. Hasta luego, Ana – Dijo David yendo hacia la puerta.

– Adios, cariño. Te llamo cuando terminemos. – Le dije yo, dándole un beso antes de salir.

– ¡A por ellos! ¡Y volved con ese contrato! – Dijo desde la puerta.

La reunión fue todo un éxito. No sólo conseguimos el contrato sino que además sentamos las bases para otros futuros acuerdos también muy jugosos. Aquello significaba multiplicar la facturación de nuestra empresa por cinco en los próximos meses y, claro está, una mejora sustancial de nuestras situaciones económicas personales.

Al salir del edificio, David y yo apenas no podíamos contener nuestra alegría. Reservamos mesa en uno de los mejores restaurantes de la ciudad y, tras recoger a Ana, nos dimos el mayor homenaje gastronómico de nuestras vidas. La sobremesa duró más de dos horas y en la primera ya perdimos la cuenta de las copas que nos tomamos. Supongo que todo el restaurante se enteró de lo contentos que estábamos de tanto que reímos y alzamos la voz, quizá demasiado a veces. Luego entramos en un pub cercano y bastante tranquilo a tomar la penúltima y fue allí donde todo se empezó a desmadrar.

De alguna manera, probablemente por la euforia de lo conseguido aquella tarde y las copas que ya llevábamos encima, la conversación entre los tres se tornó algo subida de tono. Ana empezó a hacerme insinuaciones, sin cortarse un pelo delante de David, sobre lo que me iba a hacer cuando llegáramos al hotel. Le seguí el juego abiertamente mientras David asistía al espectáculo mitad atónito mitad divertido, a juzgar por sus gestos.

– Vamos a asustar a nuestro amigo – Dijo Ana.

– No lo creo, más bien le estaremos dando mucha envidia. Menos mal que nuestras habitaciones no están juntas, si no seguro que no le vamos a dejar dormir esta noche – Le contesté, haciendo un gesto de burla a David.

– Pobrecito mi niño – le dijo Ana mientras le acariciaba maternalmente la cara.

– Me temo que como sigáis así me voy a matar a pajas esta noche – le contestó David riéndose.

– Pues sabes, a Ana… – titubeé un poco antes de continuar – a Ana le gustaría mucho que lo hicieras delante nuestra mientras follamos.

Lo dije de un tirón, casi sin pensarlo. Los ojos de Ana se clavaron inmediatamente en mí, como queriendo averiguar cuál era mi intención. David se quedó mudo, con la sonrisa congelada.

No había ninguna intención por mi parte en el momento de decirlo, supongo que fue simplemente fruto de la desinhibición por el alcohol, pero en aquellos segundos posteriores a hacerlo muchas ideas pasaron por mi mente. Nuestras fantasías, que muy a menudo nos susurrábamos cuando hacíamos el amor, muchas veces implicaban a una tercera persona. La mía más frecuente era que otro hombre y yo nos acostábamos con Ana. La fantasía más recurrente de Ana era que alguien nos miraba mientras follábamos, otro hombre por lo general, sin intervenir directamente pero sí masturbándose viéndonos. No tenía claro que aquel fuera el momento de llevar a cabo mi fantasía pues las pocas veces que Ana y yo habíamos hablado sobre meter a un tercero en nuestra cama al único punto común que llegábamos era que, si alguna vez eso pasaba, había de ser con un perfecto desconocido, no con alguien que de un modo u otro tuviera relación con nuestras vidas. Pero ya no podía dejar de pensar en que era una noche perfecta para dar rienda suelta a la fantasía de ella.

Ana siguió mirándome como esperando que dijera algo más, pero no supe muy bien qué decir. David estaba en una actitud mitad a la expectativa, mitad pretendiendo que no había oído lo que había dicho. Fue Ana la que rompió el silencio.

– Bueno chicos, creo que va siendo hora de retirarse al hotel, que ya es tarde y estamos desvariando – dijo levantándose.

La conocía lo suficiente como para saber que no la había molestado en absoluto la situación y que probablemente en media hora estaríamos echando uno de nuestros mejores polvos. David fue a pagar las consumiciones mientras Ana y yo salíamos a buscar un taxi que nos llevara de vuelta al hotel. No dijimos nada por el camino. Al llegar, en los ascensores nos despedimos de David, aunque estábamos los tres con la risa tonta, y nos fuimos a nuestra habitación.

Nada más entrar Ana y yo nos fundimos en un largo y apasionado beso. Nuestras lenguas se buscaban ansiosas por la espera y nuestras manos empezaron a buscar cremalleras y botones. De pronto Ana se detuvo, me sujetó la cara con las dos manos como obligándome a que la mirara directamente a los ojos…

– Llama a David y dile que venga. Ahora mismo.

– ¿Estás segura? – le pregunté, aunque mi mente ya estaba pensando en dónde había dejado el móvil.

Su mirada lo decía todo. Volvió a besarme fuerte y profundamente, apretándome contra ella. Luego se separó y se dirigió al baño. Sin haber pensado mucho qué decir, ya había marcado el número de David. Lo cogió enseguida.

– David, ¿te has quitado ya la ropa? – le solté.

– Er… esto, no…

– Habitación 321, creo que mi mujer tiene algo para ti.

– Yo… esto… yo no quisiera… no sé…

– Ya tardas – le dije. Y colgué.

Ana salió del baño en ese momento, se había quitado la ropa quedándose solo con la interior. Me volvió a besar, más calmadamente ahora, mientras me desabrochaba la camisa. Luego me quitó el cinturón, dejó caer mis pantalones y metió su mano en mis slips. Una tremenda erección la recibió, creo que no había estado más excitado en mi vida. En ese momento llamaron a la puerta, Ana me empujó sobre la cama y se dirigió a la puerta. Creo que David terminó de entrar en estado de shock cuando mi mujer le abrió la puerta de aquella forma. Se quedó quieto en la puerta, sin saber muy bien qué hacer, hasta que ella le cogió de la mano y tiró de él hacia dentro.

– Siéntate ahí – le dijo señalando un pequeño sillón que había a los pies de la cama, apenas a un metro de mí.

David obedeció. Yo estaba tumbado enfrente suya, con la camisa abierta, los pantalones bajados y mi polla asomando. Ambos mirábamos a Ana, realmente ninguno de los dos sabíamos cuáles eran sus intenciones pero estaba claro que allí era ella quien mandaba.

Se colocó de pie entre nosotros, dándome la espalda y mirando a David. Se quitó el sujetador ante su atónita mirada y se lo tiró a la cara. Se acarició los pechos y el vientre para él, que no pestañeaba. Yo aproveché para quitarme los zapatos y los pantalones y tirarlos a un lado. Ana se dio la vuelta y me quitó los slips. Cogiendo mi polla se inclinó sobre mí y la besó. Entonces, como quien ha ensayado aquella situación miles de veces, empezó a chupármela lentamente mientras ofrecía el magnífico espectáculo de su trasero a nuestro todavía perplejo invitado. Ella es realmente maravillosa con la boca, es absolutamente capaz de tenerme a punto de correrme el tiempo que quiera, cosa que sabe que me vuelve loco. De vez en cuando se movía a un lado o a otro, bien para que yo pudiera ver la cara de David, bien para que él pudiera ver el espectáculo de su boca trabajándose mi polla. En un momento dado paró y se quitó las bragas, que también tiró a David, y mientras siguió chupando ayudándose con una mano, con la otra se tocaba el clitorís por entre las piernas, abriendo y mostrando su sexo, apenas a medio metro de la cara de David. No creo que nada me hubiera excitado hasta aquel momento que ver su cara de deseo mirando a mi mujer.

Al cabo de unos diez minutos paró, se incorporó y se sentó sobre mí de espaldas. David dispuso de una inmejorable vista de cómo mi mujer cogía mi polla y se la introducía lentamente en su coño. Imaginaba los gestos de mi mujer a través de la cara con que la miraba él. Ella comenzó a moverse lentamente sobre mí, mientras se acariciaba.

– Venga, quiero verte la polla, sácatela ya… ¿Es que no te gusta lo que ves? – le soltó de pronto.

David, obediente se abrió los pantalones y bajándoselos un poco dejó completamente libre su polla, con una erección tremenda. Comenzó a masturbarse lentamente, exhibiéndose de una manera similar a como Ana lo estaba haciendo para él.

– Así, así, quiero ver vuestras pollas a mi servicio, quiero que te corras y que yo lo vea. – decía Ana, mientras poco a poco iba incrementando el ritmo sobre mi polla.

Aquello era más de lo que probablemente hubiera imaginado sobre las fantasías de Ana, lo confieso. Sentí como me iba a correr en apenas unos segundos irremediablemente.

– Te voy a llenar de leche, guarra, es eso lo que quieres, ¿verdad? Sí, sí, sigue, síiiiiiii…. – le dije, casi grité, mientras me corría llenando su coño.

– Sí, mi vida, dámelo todo, así… dáselo a tu guarra, lléname… síiiii…

Yo paré mis movimientos pero ella siguió, saltando sobre mi polla y tocándose el clítoris a la vez.

– Vamos, ahora tú… quiero ver como te corres, quiero ver tu leche, sácala para mí, vamos… – de decía a David.

– Él aceleró el ritmo y al poco vimos como primero un gran chorro y después otros dos salían de su polla, mientras gemía de gusto con los ojos cerrados.

– Sí, síii… así lo quiero, quiero toda vuestra leche para mí.

De pronto paró, se sacó mi polla, y con su mano recogió parte del semen que le empezaba a chorrear por los labios y los muslos. Se lo llevó a la boca y lo chupó con avidez. Luego se acercó a mi oído:

– ¿Quieres que me lo folle para ti? – me dijo. David pudo oirlo con toda seguridad.

– Que te limpie primero el coño – le dije.

Me besó. Todavía le quedaba semen en la boca… me encanta cuando hace eso. En aquel momento me pareció un precio justo por tirarse a mi mujer el que David limpiara mi leche. Ana se bajó de la cama y se dirigió hacia él. Levantó su pierna izquierda y la puso sobre el brazo del sillón para después coger la cabeza de David y acercarla a su coño, obligándole a lamérselo. David no se hizo de rogar y yo he de reconocer que aquella visión de otro hombre lamiendo mi semen sobre el coño de mi mujer me excitó con pocas cosas hasta entonces.

– Ven a la cama – le dijo al cabo de unos minutos – Quiero que me folléis los dos a la vez, os recuerdo que todavía no me he corrido y me debéis uno bien grande. Tú Carlos por detrás, que ya tienes experiencia – añadió guiñándome un ojo.

Mientras David se tumbaba junto a mí en la cama, Ana sacó de la maleta un tubo de lubricante que me lanzó. Luego se vino a la cama y nos chupó las pollas a los dos hasta que estuvieron a punto de nuevo. Esperé a que se pusiera encima de David y empezaran a follar, le había cogido el gusto a mirar a mi mujer disfrutando de aquella forma delante mío. Al cabo de unos minutos empecé a introducir un dedo lubricado en su culo mientras ella seguía moviéndose sobre David y gimiendo cada vez más. Tras meterle el segundo dedo puse una buena cantidad de lubricante por mi polla y la dirigí hacia su culo. Ella paró un segundo para que me resultara más fácil y cuando sintió mi glande apretando sobre su culo empezó a moverse de alante atrás metiéndose cada vez más mi polla y aunque la de David se salió un par de veces en el proceso finalmente conseguimos metérsela los dos a la vez. Ambos apretamos nuestros cuerpos contra el de ella como queriendo llegar más adentro todavía y a los pocos segundos los tres empezamos un suave movimiento que no nos costó mucho sincronizar. Ana se dejaba hacer. Mi vieja fantasía se estaba haciendo realidad por fin, podía sentir la polla de David dentro del cuerpo de mi mujer añadiendo presión sobre la mía en su culo. Ana no paraba de gemir, cada vez más, cada vez más fuerte. Se corrió tres veces ante nuestras embestidas hasta que finalmente se derrumbó diciendo que no podía más, empapada en sudor. Sacamos nuestras pollas y la dejamos tumbarse a un lado, jadeando.

Yo empecé a masturbarme de rodillas a la altura de sus pechos y David hizo lo propio entre sus piernas. Supongo que el alcohol y el cansancio hizo que tardásemos en corrernos pero finalmente ambos lo hicimos sobre su vientre y sus pechos para dejarnos caer junto a ella exhaustos.

Cuando abrí los ojos, Ana también se estaba despertando. El sol ya entraba por la ventana y David estaba a los pies de la cama, vestido y poniéndose los zapatos.

– ¿Dónde vas tan temprano? – le dijo ella.

– Mi tren de vuelta sale a las 9:15 y ya voy justo.

– ¡Ah! Es una pena – dijo sonriendo – Bueno, ya nos veremos.

Yo no dije nada. Me dolía la cabeza y empezaba a pensar en cómo iba a afectar todo aquello a nuestras vidas a partir de aquel momento.

– Venga, nos vemos el lunes, pareja. ¡Qué lo paséis bien el fin de semana! – dijo, y se dirigió hacia la puerta. Creo que él estaba bastante fuera de juego también en aquel momento.

– Hasta luego – dije.

– Hasta luego – dijo Ana.

Cuando cerró la puerta miré a Ana desnuda a mi lado. Olía a sudor y semen. La abracé y nos besamos. Bajé por sus pechos y su vientre, lamiéndola con suavidad. Saboreé el semen de mi compañero sobre su piel y bajé hasta su coño para comérselo suave y despacio durante un buen rato hasta que se corrió para mí.

Al rato, de pronto Ana estiró la mano y cogió el móvil de la mesita de noche. Buscó un número en la agenda y llamó.

– ¿David? ¿Dónde estás? – preguntó. Oí como David contestaba algo que no pude entender.

– Anda, cuando llegues a la estación cambia tu billete para el domingo. Todavía tenemos más para ti. – Y colgó…

——

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