Evan I

Hace unos meses que me he mudado a esta conglomerada y bulliciosa ciudad para rehacer mi vida y olvidar a mi antiguo novio que terminó engañándome con su mejor amigo (tal vez eso explique las pocas ganas que tenía de tocarme). Conseguí trabajo en un restaurante nocturno de buen prestigio y gano lo suficiente como para comprar libros y poder sobrevivir. Me considero una persona huraña porque no soy muy fanática de ir a fiestas o tomar tragos con amigos. Desafortunadamente, conocí a una chica en el trabajo, Laura, que no comparte mi gusto por la soledad. “Conozco un lugar que te va a encantar, solo va gente de clase alta  y chicos que te comerías con la mirada, anímate, Clara”, me dijo el otro día. Al principio me negué a ir inventando excusas tontas, pero ella insistió y terminó convenciéndome.

El día que fui al bar con Laura y con sus amigas (que parecían que pensaban igual que ella), vestía unos atuendos que Laura me había prestado, poco formales para mi gusto porque me quedaba muy pequeño y pegado. Llegamos a nuestro destino, un bar alumbrado con luces de neón y ambientado con música electrónica con tonos repetitivos y adictivos. Nos fuimos a sentar en los bancos de la barra y Laura me pidió un trago un trago de color azul y, como si leyera mi mente, me dijo el nombre del brebaje “Se llama piscina, te gustará”. Al principio estuvo un poco amargo pero luego sentí la frescura y el leve ardor en la garganta.  Luego de un rato, llega un tipo de cabello corto y barbas castañas que apenas se notaban, esbelto, piel tostada y ojiverde. “Este es mi novio, Evan”, dijo Laura. La piel se me erizó cuando Evan me estiró la mano y me miró con esos ojos salvajes. En poco tiempo, la música se tornó lenta y Laura y Evan empezaron a bailar muy pegados, con movimientos suaves y sensuales. Parecía que ya estaban encendidos porque se besaban más seguido y apasionadamente. Al menos Laura sí lo estaba: sus pezones sobresalían de su ajustado vestido.

Laura y su novio me llevaron en auto hasta la puerta del edificio y se despidieron rápidamente dejando el humo gris y el sonido del auto veloz.

Voy a ser sincera, el tan solo imaginarme a Laura y su novio tan atractivo gozando de placer toda la noche, me puso cachonda. Pero no me quedó de otra más que distraerme leyendo hasta que me dio sueño.

A la mañana siguiente me levanté recordando que tenía que ir a la lavandería del sótano para lavar la ropa sucia amontonada durante la semana. Así que, en pijamas aún, bajé hasta llegar al sótano lleno de lavadoras que, milagrosamente, estaban apagadas. No había ningún solo ruido. Tranquilamente, tiré mi ropa dentro de lavadora y le eché un par de monedas para que funcionara. Entonces me senté frente a ella a esperar mientras veía como mi ropa daba vueltas. Pensaba en lo bien que debió haberlo pasado Laura ayer con Evan, que no sale de mi mente y cada vez que trato de borrarlo, aparece más. De un momento a otro, la lavadora empezó a moverse violantemente y a hacer ruido. Se me ocurrió una idea, que por estar sola, me había incitado. Me desnudé lentamente, me sentía caliente por dentro pero helada por fuera, el miedo de que alguien me vea me excitaba más. Quedé completamente desnuda y me senté sobre la lavadora que seguía moviéndose y vibrando. Pasé mis dedos por mis senos que ya estaban duros, masajeando mis pezones erectos, mi mano acariciaba lentamente el resto de mi cuerpo, mi vientre y mi sexo que ya estaba mojado, jugoso y caliente. Movía dos de mis dedos de mi mano derecha en forma circular sobre mi clítoris y me mordía los labios para no dejar salir un gemido orgasmal. Tenía los ojos cerrados y me sentía  extasiada, muy cachonda, imaginándome al novio de Laura penetrándome con ese falo grueso y grande sin piedad y con violencia. “¡¡¡Ahhh!!!”, solté un gemido estrepitoso e inmediatamente me tapé la boca con la mano izquierda. Alterada por el hecho de que alguien tal vez me haya oído, me vestí muy rápido y saqué la ropa de la lavadora que ya había terminado de secarse. Casi corriendo, me fui hasta mi apartamento para luego ir hasta la cocina y tomarme un vaso con agua tibia para que se me pase.

Laura no fue a trabajar al día siguiente, pero me mantuve en un estado lacónico y me dediqué a trabajar solamente. No pasó nada extraordinario en la jornada y fui la última en cerrar el local. Justo después de asegurar con muchas llaves la puerta principal, me encontré con Evan. Estaba parado frente de mí, muy abrigado, y con los ojos brillantes por el reflejo de la luna. Me paralicé.
-Hola, eres Evan, ¿verdad?
-Novio de Laura, sí. De hecho vengo por parte de ella.
-¿De veras? ¿qué es lo que le pasó?
-Quiere que vayas a casa, dice que ahí te lo explicará. Yo te llevaré en mi auto. -Dijo mientras sonreía apaciblemente. Me moría por arrancarle esa ropa que no tiene sentido en su cuerpo.
-Está bien, vamos.
Su auto arrancó y llegamos a la carrera hasta la casa de Laura.

Cuando llegamos, no había nadie en casa. Evan intento llamar en vano a Laura varias veces. “Seguro salió por unos bocadillos. Siempre se preocupa por agradar a los invitados”dijo después de gritar. Me invitó a pasar a la gran sala de estar donde había una fogata, tres muebles de terciopelo y una alfombra en el medio. Eso y estar sola con él, me excitó un poco (Evan no podía notar eso por ningún motivo).
-¿Quieres un poco de vino?-me preguntó.
Esa propuesta me pareció muy tentadora y es conocida por muchos como el afrodisiaco del sexo. Acepté.
-Bueno, pero solo un poco: no quiero llegar mareada a mi casa.
-¿Cada cuánto tiempo te das este gusto?. No seas aguafiestas.- Y me sirvió la copa llena.
Brindamos y tomamos el vino oscuro y morado. Estaba delicioso y me excité más de lo que ya estaba. Mis pezones sobresalían esta vez de mi suéter. Evan se dio cuenta.
-¿Tienes frío?. Puedo poner más leña en la fogata si quieres.
-No, en realidad tengo calor.- le respondí sin pensar y me saqué lentamente el suéter dejando notar mi blusa blanca casi transparente y mis pezones erectos.
Evan se acercó lentamente y me beso la oreja dejando oír un ligero gemido. Yo empecé a temblar, y él empezó a buscarme los labios con los ojos cerrados y nos besamos violentamente mientras él tocaba mis senos con sus grandes manos. Lo quise detener en vano diciéndole que podía llegar Laura, pero no me hizo caso, me tiró sobre el sofá de terciopelo y se puso sobre mí, atacándome como un tigre. Mis latidos iban a miles de kilómetros por hora y levantaba mi cuerpo de placer. Mientras agarraba su cabeza con mis manos el exploraba su cuerpo con sus labios húmedos y su lengua que ya podía sentirla por mi vientre. Perdí el sentido del tiempo, estaba demasiado excitada y de pronto estábamos desnudos sobre la alfombra. Yo me puse de rodillas y el detrás de mí, mientras me tocaba los senos fuertemente, me penetraba y yo tocaba sus muslos duros. El calor de la fogata nos abrazaba y nos mantenía calientes mientras nos movíamos con pasión. Todo sucedía con magia. El se echó boca arriba y yo me senté en su falo que estaba completamente erecto y duro. Así lo cabalgué mientras mis senos rebotaban y el los agarraba y daba silenciosos gemidos de placer. De pronto, en la misma posición, nos pusimos más rápidos y violentos. Estábamos llegando a la cúspide del orgasmo y yo gemía como nunca lo había hecho antes. Eyaculó dentro de mí y sentí su espeso y caliente semen. El mejor orgasmo que tuve en mi vida fue el de aquel día.

Agitados y sudando, apoyé mi cabeza sobre su fornido pecho mientras el me sostenía del hombro. Con una voz débil producto de estar satisfecho me dijo:
-Hay algo que debes saber.

(continuará…)

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