El adulterio de mi esposa

La polla estaba encajada en el chumino de Beatriz al máximo de lubricación, yo estaba tan empalmado viendo como se follaban a mi amada esposa que tuve que hacer verdaderos esfuerzos para no correrme, aunque ellos si, ellos si que se corrieron, pude hasta ver como a Beatriz se le ponía la carne de gallina en medio de unos espasmos llenos de voluptuosidad y de jadeos que le salían del alma.

No sé qué harían ustedes si alguna vez pillan a su esposa follando con un chico joven. Yo lo que hice fue esconderme para que no me vieran, callarme para que no me escuchasen y asomarme por entre los arbustos para no perder detalle del polvo que se estaban metiendo, aunque les aclaro que aunque hubiese querido hacer algo, lo más probable es que no hubiese podido, porque estaba tan empalmado viendo joder a mi esposa, que dudo incluso que pudiera haberme puesto de pie.

Hola, soy Doroteo, tengo cuarenta y seis años, estoy casado, o mejor dicho felizmente casado, tengo tres hijos, dos chicas de veintiuno y diecinueve años y un chico de dieciséis años. Vivo en Valladolid, una ciudad de tipo medio en la España del interior que cuenta con una población que supera los trescientos mil habitantes, aunque hace pocos meses se inauguró el tren de alta velocidad que nos comunica con Madrid, que dista apenas doscientos kilómetros y el recorrido en el tren se hace en aproximadamente una hora, lo que a buen seguro hará que nuestra ciudad tome mayor relevancia y progrese económicamente.

Profesionalmente tengo una empresa que cuenta con algo más de cien trabajadores, estoy bastante involucrado en la vida y desarrollo de mi ciudad y familiarmente mi esposa es la auténtica “alma máter” tanto de mi familia como de la suya. La conocí en la Universidad, yo estudiaba en la facultad y ella era la hija de los cocineros de la cafetería. Ella era una chica simpática, desenvuelta y guapa. La “jodía” de la chica era tan guapa que tenía encandilados a todos los estudiantes, aunque finalmente fui yo quien me la ligué y quien se casó con ella.

Ya de casados Beatriz se fue haciendo cargo de ambas familias, de la de ella y de la mía, y se diría que cualquier evento o celebración, necesariamente se le consultaba. Para mí siempre fue un apoyo impagable, pues desde que comencé mi vida profesional, hasta la fecha, no he hecho más que subir escalafones, en gran parte gracias a su saber estar en todo momento. A veces, en reuniones de amigos siempre decía que la mujer del Cesar no sólo tiene que ser decente, además tiene que parecerlo. Eso algunos lo entendían como un aviso para que no diesen escándalos y mantuviesen discreción. Ya les digo, un dechado de virtudes.

Pues bien, ocurrió que con motivo del veintidós aniversario de bodas, yo estaba de viaje de negocios y no pudimos celebrarlo, por lo que le propuse que a la vuelta nos iríamos unos días a Canarias. Y ahí fue donde se produjeron los hechos que les voy a relatar.

Nos hospedamos en un hotel de lujo, pero ya saben que hoy en día los hoteleros el único lujo que respetan es el de la ocupación, y con tal de llenar las habitaciones, poco les importa ofrecer las no reservadas a tour operadores a precios de ganga. Y era el caso que en el hotel había un grupo de chicos ingleses que a todas luces se habían aprovechado de una de esas gangas y no hacían otra cosa que beber y meter bulla.

Recuerdo incluso que Beatriz a la hora de la comida y viéndoles lo poco que comían y lo mucho que bebían criticó en privado su actuación. Ese mismo día, por la noche, había una fiesta en la discoteca del hotel. Ambos nos pusimos nuestras mejores galas y bajamos a divertirnos un rato, hicimos amistad con otros clientes y lo estábamos pasando francamente bien. Yo quizás me excedí un poco en la bebida y al notarme algo cargado, decidí salir al exterior para refrescarme algo, aunque no le dije nada a mi esposa, pues estaba entre un grupo de amigos y no parecía que hiciese falta alguna.

Al salir al exterior busqué un templete que tiene el hotel algo alejado del edificio principal. Las luces estaban apagadas y parecía un lugar discreto para respirar un poco de aire puro y que se me pasara algo el mareo.

En esas estaba cuando observé que una mujer acompañada de un hombre salían al rato por la misma puerta que yo utilicé hacía tan solo unos diez minutos. Los vi que se dirigían al lugar donde yo estaba, aunque la poca luz no me dejaba verles, pero según se acercaban, el vestido amarillo de la mujer la delataba, era mi esposa y venia acompañada por un chico bastante joven, me pareció que era uno de los chicos ingleses que tanto alboroto metían.

Yo me quedé sorprendido, porque incluso mi esposa según se acercaba al templete donde yo estaba, no hacía más que mirar para atrás, como cerciorándose de que nadie les seguía. Obviamente si lo que quería asegurar es que yo, su marido, no la viese, pues iba lista, porque estaba justo donde ellos se dirigían.

¿Qué hacer?, me pregunté según se acercaban. Esperarlos y recibirlos, o esconderme entre unos arbustos que rodeaban el templete. Elegí hacer esto último, aunque para decirles la verdad, en ese momento no podría decirles exactamente la razón que me hizo tomar esa decisión, el caso es que me agaché y me escondí entre los arbustos.

Nada más llegar al templete, me quedó muy claro las razones que les traía a ese lugar. El chico, que tendría poco más o menos la edad de mis hijas, ya le había sacado a mi esposa Beatriz las tetas y se las venia sobando y chupándoselas a conciencia. Como pueden suponer yo me quedé paralizado de ver a mi esposa en ese trance y con ese chico, pero la cosa aún ni había comenzado.

La colocó justo al lado donde me encontraba escondido, le metió mano a la entrepierna y le bajó las bragas hasta la altura de las rodillas. Beatriz estaba en ese momento de espaldas, de modo que sus nalgas relucían espléndidamente ante mis atribulados ojos. No estarían a más de tres metros de distancia, de modo que no se me escapaba detalle de todo lo que decían y hacían.

El chico le decía a Beatriz lo buena que estaba y ella le decía la polla tan rica que tenia. Todo eso mientras se besaban, se acariciaban, se tocaban, hasta que Beatriz le dijo algo que me dejó “pasmado”:

-Esta tarde en la piscina me has puesto como una burra, si no es por que mi marido estaba que no nos quitaba ojo de encima, te había follado allí mismo.

Joder, si yo ni siquiera me había fijado que Beatriz estaba en la piscina con un chico, aunque ahora si, ahora si que me estaba fijando, porque justo en ese momento la estaba tumbando en el suelo y se la iba a montar.

La tendió en el suelo, terminó de quitarle las bragas, le abrió un poco las piernas, se encajó entre sus muslos y con bastante delicadeza, se la fue metiendo centímetro a centímetro. Beatriz disfrutaba del momento a tope, se relamía, arqueó el culo y cruzó sus piernas sobre las del muchacho a la vez que sus manos se aferraron a sus nalgas.

Lo tenía atrapado, sus cuerpos estaban aferrados, aunque el chico tomó la iniciativa y en esa misma posición comenzó a metérsela y sacársela. Era un metisaca pausado, arqueaba el culo y lo dejaba caer pausado sobre la barriga de mi esposa, le debía estar metiendo la polla hasta el ombligo, porque lo hacía meticulosamente, con maestría, se la estaba follando con una intensidad extrema, como si el mundo se fuese a acabar, como si fuese el último polvo de sus vidas.

Me dio envidia de la pasión que mi esposa derrochaba follando con aquel chico, conmigo creo que nunca folló con tanta intensidad. La polla la debía tener tan majestuosamente encajada en el chumino de Beatriz que se escuchaba perfectamente el choc, choc, del metisaca, lo que significaba que el chocho de mi esposa debía estar al máximo de lubricación.

Aunque a mi me estaba sucediendo prácticamente lo mismo que a Beatriz, estaba tan empalmado viendo como se follaban a mi amada esposa que tuve que hacer verdaderos esfuerzos para no correrme, aunque ellos si, ellos si que se corrieron, pude hasta ver como a Beatriz se le ponía la carne de gallina en medio de unos espasmos llenos de voluptuosidad y de jadeos que le salían del alma.

Al cabo del rato se levantaron, se arreglaron un poco las vestimentas y se dirigieron hacia la puerta de entrada al hotel. Antes de marcharse el muchacho intentó besar en los labios a Beatriz, pero ella no se lo permitió y le dio una explicación que me dejó sorprendido: no es amor, es sexo.

Eso me halagó un poco, aunque la verdad lo que más me halagó fue ver tiradas en el suelo las bragas de Beatriz, que recogí con mimo, las acerqué casi, casi, con devoción a la nariz y pude disfrutar por unos segundos del profundo aroma a chumino que aún desprendían.

Minutos después  aparecí por el salón donde estaba Beatriz. Estaba radiante, disimulaba riéndose con otra clienta tomándose una copa de champaña, como si no hubiera roto un plato en su vida, mantenía con altivez lo de la mujer del Cesar, que además de virtuosa debía parecerlo. Bueno, ella precisamente virtuosa no lo era, pero lo disimulaba a la perfección. Me dedicó la mejor de sus sonrisas, sus ojos derrochaban brillantez, su cara dulzura, sus labios calidez, su cuerpo sensualidad, tenía un culo maravilloso y el chumino lo debía tener encharcado de flujo.

-Dónde te has metido que llevo un buen rato sin verte- me preguntó con todo el cinismo del mundo. Yo le contesté con una explicación inocente y medio creíble y se quedó de lo más satisfecha. Su infidelidad había quedado a buen recaudo, lo que no suponía es que en uno de mis bolsillos se escondían sus braguitas.

La invité a dar por terminada la fiesta y a subirnos a la habitación, lo que aceptó de muy buen grado. Ella ya llevaba la fiesta en el cuerpo. Al subir en el ascensor los dos solos y agarrados de la mano, le di un beso en la boca y ella me la abrió suavemente y sacó su lengua al encuentro de la mía. Eso me halagó, quizás no habría la pasión del sexo que derrochaba con el chico, pero me pareció que si había amor.

A continuación deslicé una mano entre sus piernas y como era de esperar llevaba el chumino al aire.

-No llevas bragas- le dije haciéndome el sorprendido. -Hoy no me las puse- me contestó con rotundidad, aunque desde luego mentía. -Si, si que te las pusiste, te pusiste una tanguita negra. Me sorprendió porque siempre dices que las tanguitas no son nada cómodas-

Ella se quedó sorprendida y no dijo nada. En ese momento el ascensor llegaba a la planta y se abrían las puertas, aunque antes de salir eché mi mano al bolsillo y saqué sus braguitas diciéndole:

-Toma, te las olvidaste en el suelo bajo la pérgola del bar exterior del hotel.

Se quedó lívida, no pudo o no quiso pronunciar palabra. Le pasé la mano sobre su hombro y la invité a salir del ascensor. Me dio pena verla tan desconcertada, de modo que cogí su mano y juntos caminamos por el pasillo en busca de nuestra habitación sin decir absolutamente nada. Al llegar frente a la habitación me adelanté y abrí la puerta, la invité a entrar y nada  más cerrar la puerta se volvió hacia mí y con voz temblorosa me dijo:

-Llevaba mucho tiempo queriendo decírtelo, pero nunca me había atrevido, lo siento mucho, entenderé que quieras divorciarte. -Yo no quiero divorciarme- le contesté con rotundidad y añadí: lo que yo quiero ahora mismo es tumbarte en el suelo y follarte.

Ella no dijo nada, pero se tendió sobre la moqueta rosa de la habitación, se subió el vestido hasta dejar al descubierto su chochito sin bragas y me tendió las manos para recibirme. Yo casi me desplomé sobre ella, busqué afanosamente su boca y le introduje la lengua hasta encontrar la suya y las entrelazamos a la vez que mi atribulada polla penetraba furiosa dentro de su más que lubricado chumino para correrme casi de inmediato.

Los dos nos quedamos en silencio, tendidos sobre la moqueta, abrazados y desnudos, y así, en esa posición, nos dieron las claras del día. Tempranito, sin siquiera desayunar abandonamos el hotel y salimos hacia el aeropuerto en dirección a Madrid. Ya acomodados en un lujoso hotel de la Castellana se abrazó a mí, me miró a los ojos y me contó minuciosamente todas sus infidelidades.

-Habrá más, le pregunté con extrema precaución, aunque ella me contestó con rotundidad. -Probablemente sí, pero sólo si tú lo quieres. Nunca más te lo volveré a ocultar.

Bueno, algo había ganado. Nuestras relaciones sexuales cada vez se espaciaban más y cada vez eran más monótonas. Desde ese día follábamos como si el mundo se fuese acabar, además siempre había el aliciente de que cualquier día mi esposa podría cometer adulterio y yo sería testigo de excepción.

Autor: Pancho Alabardero

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Métesela a mi esposa

Pepa suspiraba cada vez que se la metía y exhalaba cada vez que se la sacaba, se le ponía la carne de gallina, se le relajaban las piernas, sus jadeos se incrementaban, sus labios se agarrotaban, su culo se endurecía, su chocho se comprimía, y omenzaban sus espasmos desde dentro hacia fuera. Se estuvo corriendo como jamás la había visto nunca.

El matrimonio de Pepa y Vicente languidecía, la chispa se había agotado hacía tiempo y las relaciones sexuales a la vez que se espaciaban más y más, eran una auténtica ruina, llegando en ambos casos a preferir hacerse pajas que follarse, pero cierto día sucedió algo imprevisto y todo cambió a mejor.

Soy Pancho Alabardero, tengo casi cuarenta años y vivo en Madrid donde hemos formado un grupo de amigos seguidores del sexo con imaginación, aunque nada de nada de sexo no consentido, sólo entre adultos y placentero, degradante no son bien recibidos. Le llamamos “Abre tu mente a tu sexo” porque el sexo o es con imaginación o apenas merece la pena. Esta es una historia deliciosa en la que la imaginación salva de la ruina un matrimonio bien avenido. ¿Quizás es su caso?, cuéntennoslo a todos en los comentarios y todos podremos disfrutarlo y compartirlo.

Hola soy Vicente, tengo 52 años, vivo y trabajo en Guadalajara (España), estoy casado, tengo dos hijos aunque sólo vive con nosotros la menor, el otro ya esta independizado, trabajo en un Banco y vivimos razonablemente acomodados, aunque desdichadamente en lo sexual mi mujer y yo hemos estado atravesando una crisis que me hizo temer lo peor: el divorcio.

La convivencia, en un matrimonio de largo recorrido, tiene cosas muy buenas y cosas francamente desastrosas. La buena es que pronto la pasión se va convirtiendo en cariño, camaradería, complicidad, cosas que te aportan felicidad y seguridad, pero a la vez el sexo se va arruinando progresivamente, porque la rutina mata la pasión y sin pasión, sin imaginación, el sexo, lejos de ser algo placentero, puede convertirse en el mejor aliado de las separaciones. Personalmente he llegado a tener tan poco interés por follar con Pepa que muy a menudo he preferido hacerme una paja a la vez que daba rienda suelta a la imaginación, y no es porque precisamente Pepa haya dejado de ser una mujer atractiva, muy al contrario, está quizás más seductora que nunca y si tuviera que ponerle una frase actualmente de moda, diría que “está de lujo”.

Creo además que a Pepa le ocurre lo mismo que a mí, porque las pocas veces que follamos, no más de dos veces al mes, me cuesta conseguir que se corra, con lo que a veces ni lo consigo y me doy cuenta que ella, posteriormente, tiene que auto servirse. Las pajas mitigan nuestra pésima relación sexual, pero la cosa va a peor. Hace apenas unas semanas, ambos estábamos follando a la hora de la siesta en una de esas sesiones que desde el principio barruntas que va a terminar en fracaso, pero inopinadamente y sin la más mínima premeditación le dije unas frases a mi mujer que en ese momento se me ocurrieron y que de siempre las sentía aunque nunca me atreví a decírselas a ella.

-Qué buena estás jodía, no me extraña que te la quieran meter- Eso se lo dije mientras se la estaba metiendo y mientras ambos estábamos un tanto pasivos. -¿Quién me la quiere meter?Fue su inmediata respuesta a tan oportuno comentario, a la vez que me percaté, más allá de cualquier duda razonable, que su interés por el polvo que nos estábamos metiendo creció exponencialmente. -Un chico joven que se empalma cada vez que te ve el culazo que tienes- le dije también improvisando. -Si, ¿Qué chico?, ¿Quién es?, ¿De qué lo conoces?, ¿Cuándo me ha visto?- las preguntas se le amontonaban a la vez que sus bellísimos ojos se abrían de par en par, sus mejillas se enrojecían, su chocho se humedecía, su culo se encrespaba, sus manos se aferraban a mis carnes y su respirar se agitaba.

Inmediatamente fui consciente que tenia al alcance de mi mano un polvo con mi esposa de los que hacía años no disfrutaba, se trataba tan sólo de improvisar algo y de mantenerla interesada, de modo que me acerqué a su oído y le fui recitando lo que deseaba escuchar:

-Te quiere follar, trabaja en una inmobiliaria del barrio, le escuché hace unos días cómo le decía a un amigo en el bar que te quería follar, que llevabas unas bragas muy insinuantes y que te las quería comer, que te la quería meter, que quería mamarte el chochito, que quería…

No fue necesario decirle nada más porque al momento se estaba corriendo como una burra a la vez que repetía enardecida y fuera de si: me van a follar, me la van a meter, me quieren follar, me quieren comer las braguitas.

Apoteósico, nos echamos un polvo de los que marcan carácter, de los que enganchan, de los que se recuerdan de por vida, y no hubo nada especial, sólo unos comentarios oportunos, pero eso era justo lo que estábamos necesitando, decirnos cosas, erotizarnos, sucumbir a las pasiones de la carne y entregarnos frenéticamente a sus arrebatos.

Una vez alcanzada la calma y aún saboreando las mieles de tan excelente polvo, me atrevía a hacerle alguna sugerencia deshonesta, que a nuestras edades son las únicas que merecen ser escuchadas:

-¿Quieres que te lleve para que te folle algún chico joven? -Algo habrá que hacer- me contestó restregándose en la cama y ronroneando como una gata en celo.

Lo tenía claro, o llevaba a mi esposa para que me la follasen o lo haría por su cuenta y me quedaría fuera del festín, de modo que desde ese mismo momento comencé a idear un plan maestro para satisfacer las necesidades de mi esposa, y las mías naturalmente, aunque era casi seguro que una cosa llevaría a la otra. Si conseguía que mi esposa estuviese satisfecha yo estaría satisfecho.

Y así fue como a lo largo de una semana busqué, indagué, me asesoré de los mejores lugares de Madrid para ligar y para follar, y la verdad es que me llevé una alegría porque la oferta era abundante y variada, se podía escoger la que más se adaptase a su gusto.

Y allí estábamos, dispuestos a que la follasen. Pepa iba endiabladamente tentadora, con un vestido suelto y corto, muy corto, con unas braguitas negras de encajes y ribeteadas con una cinta roja, con unos ligueros negros que harían las delicias de quien pudiera contemplarlos y con un escote más que generoso que dejaba al descubierto un canalillo insinuante. Vamos para follarla, y a eso íbamos, a que la follasen, porque antes de salir de casa hicimos planes concretos:

-Vamos a una discoteca a bailar donde la clientela es tanto gente joven como maduros, y donde hay un ambiente muy liberal donde se puede ligar fácilmente. Si quieres y te gusta algún chico joven hay una zona un tanto discreta donde se puede follar a gusto- le dije sin ningún tipo de rubor.

Ella aceptó muy ilusionada, tanto que a punto estuvimos de desnudarnos y echarnos un polvo antes de salir, pues ambos estábamos de lo más cachondo, pero sabíamos lo que queríamos, y nos fuimos derechos a la discoteca.

Llegamos a muy buena hora, cuando la sala aún no estaba muy llena y había espacio para ver y ser visto. Nos sentamos en una mesa bastante centrada, donde se podía ver la pista de baile y donde se nos podía ver razonablemente bien, pues las luces eran más bien tenues. Nada más sentarnos y pedir las consumiciones comenzó el difícil arte de la seducción.

No, no me mal interpreten, yo no tenía que seducir a mi esposa, pero si que tenía que exhibirla para que algún chico me la follase, de modo que tomando como bueno aquel viejo refrán de los tenderos que lo que no se enseña no se vende, comencé a sobarle las tetas a mi esposa, que se mostraba muy participativa y a meterle mano discretamente entre las piernas.

La seducción comenzaba a dar los primeros resultados, pues algún que otro chico joven no le quitaba ojo a mi encantadora esposa. Primero de reojo, con cuidado, con disimulo, pero aprovechando una de las veces que la pista de baile estaba medio a oscuras, le metí la mano a la entrepierna de Pepa y dejé al descubierto las braguitas y el liguero que mi esposa lucía esa noche. La cosa fue de lo más afortunada, pues noté, más allá de cualquier duda razonable, que un chico que merodeaba por la pista, ojo avizor a nuestra mesa, se acercaba casi desafiante para no perderse nada de lo que allí sucedía. Fue en ese momento cuando le propuse a Pepa salir a bailar a la pista. La suerte estaba echada. Pepa medio salida, el chico encandilado y yo a punto de recoger carrete con una magnifica pesca. El joven prometía: guapo, elegante y atrevido. Pepa también prometía: buen porte, provocativa, sexy y mojada, tenía las bragas totalmente mojadas, lo que evidenciaba que era el momento y el lugar para que se follasen a mi encantadora esposa.

Ni que decirles que el chico bailaba casi pegado a nosotros. El baile era suelto pero el chico se nos pegaba cuanto podía. Aprovechando una de las veces que el volumen de la música decaía ligeramente me acerqué a su oreja y le pregunté algo que parecía evidente:

-¿Quieres meterla?- le dije como si la pregunta fuese de lo más normal del mundo, vamos, casi, casi como si le preguntase la hora. -Naturalmente- me contestó el chico, aunque él en cambio me lo contestó con solemnidad, con firmeza, con decisión y casi se podría intuir que con prisas, con apremio. -Pues fóllate a mi esposa- le propuse. -¿Estás seguro?- me preguntó un tanto precavido. -Seguro, disfrútala porque ella se lo merece- le dije animándole.

No hizo falta insistir, porque la agarró suavemente por el brazo y la condujo hacia un lugar de la discoteca donde había un pasillo largo con los servicios a un lado, unas puertas que ponía privado a otro y al final del pasillo una especie de salita redonda y amplia, bastante oscura y donde los más afortunados iban a echarse un polvo, mi encantadora esposa entre ellos.

Yo los seguí a prudente distancia y los vi perderse en la salita del fondo. Al cabo del rato me acerqué disimuladamente para ver qué pasaba, y lo que pasaba era lo era de esperar, allí estaban unas cuantas parejas echándose un polvo, Pepa una de ellas. La tenía de pie y ya se la estaba metiendo. Abierta de piernas, sin bragas y el chico entre sus muslos metiéndosela y sacándosela, despacio, sin prisa, sin empujones, como disfrutando el momento, paladeándola.

Pepa estaba con la cabeza apoyada en su hombro y entregada totalmente. Se cimbreaba cada vez que se la metía, como para encontrarse con la polla que la estaban metiendo y se relajaba cuando se la sacaban para volver a ofrecerle su chochito para que se la volviesen a meter. Estaba disfrutando como una loca, como una posesa, absolutamente ausente de cuanto la rodeaba, por eso no podía ver que otro chico estaba al lado mirándoles y como queriendo participar.

Eso me dio pie para acercarme algo más y escuchar sus jadeos. Pepa jadeaba al ritmo de las embestidas, suspiraba, resoplaba, exhalaba, bufaba, se aferraba a las espaldas del chico cada vez que se la metía, era un espectáculo verla y un deleite escucharla, a mi esposa se la estaban follando a conciencia.

Cuando el muchacho se corrió en su chochito, ella se agarró furiosa a su culo y lo retuvo con vigor, con rabia. Noté que ella no se había corrido, pero apenas medio minuto después me di cuenta que le soltaba las nalgas y que trataba de recomponer su desangelada figura. Me acerqué a ella y con mimo, con delicadeza la ayudé a meter sus tetas en el sujetador y subirle el liguero que tenía medio caído por los muslos. El chico me miró, me dio las gracias y desapareció del lugar.

Al momento noté que el otro chico que les estaba mirando se acercó a nosotros y también comenzó a vestir a Pepa. Creo que no se había dado cuenta que ella era mi esposa y venía a participar en el festín. Con delicadeza le ajustó el liguero y le acarició las nalgas, le buscó las tetas y se las besó con suavidad, con exquisitez. Pepa nos miraba y se dejaba hacer, no entendía la escena, no comprendía qué hacíamos los dos magreándola, pero mi dulce esposa estaba aún demasiado cachonda para no aprovechar la ocasión que se le brindaba de seguir follando.

Me percaté que el nuevo chico también se la iba a meter, de modo que no pugné con él para decidir quién se la metía, sencillamente abracé a mi esposa por la espalda, coloqué la mía contra la pared y dejé que se la metiera. Ella ahora estaba entre dos hombres, yo que le servía de colchón y el joven que ya se la había metido y comenzaba a follarla.

Ahora Pepa estaba mucho, muchísimo más relajada, pues yo la tenía entre mis brazos y el chico se la metía con dulzura, con fineza, casi con ternura. Notaba cómo las embestidas se amortiguaban contra mi cuerpo, notaba como Pepa suspiraba cada vez que se la metía y exhalaba cada vez que se la sacaba, notaba como se le ponía la carne de gallina en sus nalgas, notaba una tensión contenida que iba en aumento, notaba que se le relajaban las piernas, los brazos, notaba como sus jadeos se incrementaban, como sus labios se agarrotaban, como su culo se endurecía, como su chocho se comprimía, y, finalmente, como comenzaban sus espasmos desde dentro hacia fuera.

Se estuvo corriendo como jamás la había visto nunca, como jamás creí que se pudiese correr una mujer. El chico tampoco tardó demasiado en correrse, pero entre tanto alboroto de mi esposa, su corrida casi nos pasó desapercibida.

Nos quedamos solos el uno frente al otro. Nos miramos, nos besamos, nos reímos, y, como dos adolescentes, nos marchamos de aquel lugar hacía nuestra casa, nuestro hogar, nuestra rutina. Mi esposa iba satisfecha, rutilante, bella y sexy, apasionadamente sexy, tanto que en el camino tuve que parar el coche y lamerle su chochito. Sabía a gloria y ella, consciente de su momento, me agarró con fuerza la cabeza y me la enterró en su chorreante chumino.

Por favor, cuéntanos brevemente en los comentarios cómo se la han metido a tu esposa.

Autor: Pancho Alabardero

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Fin de semana con mamá

Se puso a cuatro patas en la cama y yo me coloqué de rodillas tras ella y le fui abriendo el chochete poco a poco con mis dedos. Luego acerqué la punta de mi polla a la entrada del coño. Al principio pensé que no quería verme la cara mientras lo hacíamos, pero me confesó que es una de las posturas que más le gustan.

Hola de nuevo a todos. El siguiente relato me lo mandó un amigo de este tipo de relatos. Para empezar diré que me llamo Jorge. Tengo 25 años y desde hace uno me he independizado de mis padres, puesto que terminé la carrera de Ingeniería Industrial y la verdad es que tuve suerte con el trabajo. Soy de estatura normal, 1,71 metros, moreno hago deporte con regularidad, sin ser un obseso de la figura y me gusta salir los fines de semana a conocer los alrededores de Madrid, ciudad en la que vivo. Por cierto, soy hijo único.

Como he dicho hace 13 meses me fui de casa. Desde entonces las cosas cambiaron allí. A los cuatro meses de haberme ido mis padres me comunicaron que se iban a separar, cosa que no me sorprendió lo más mínimo, ya que si bien no se les veía discutir no estaban de acuerdo en nada y se puede decir que cada uno hacía la vida por su lado. Entre los acuerdos de separación mi padre se quedaría con el piso de Madrid y mi madre con el chalet de la sierra y el apartamento que tienen en Roquetas, en la playa. De todas formas mi madre decidió buscar algo en Madrid, que le quedase más cerca de su trabajo (es profesora de Historia en una Universidad). Al final se decidió por un apartamento de un solo dormitorio, pero muy bien estructurado. Además, no quedaba muy lejos de donde yo tenía mi piso.

Mi madre se llama Laura, es un poco más baja que yo, morena, con una piel igualmente morena, buen cuerpo, ya que se cuida (no hace deporte ni nada de eso, pero controla mucho la comida). Lo que más llama la atención de ella son las tetas, maravillosas. Acaba de cumplir los 51, pero la verdad es que parece tener unos cuantos menos. La cosa es que al principio mi madre estaba bastante deprimida, por lo que pasaba mucho por su casa a ver que tal estaba, procurando sacarla para que no se aburriese y se le viniese el mundo encima como suele suceder en estos casos. Salíamos a comer, cenar, al cine o al teatro.

Al final esto se convirtió en una costumbre. Hasta que mi madre dijo que si bien estaba enormemente agradecida por lo que estaba haciendo, ella sabía que a mi los fines de semana me gustaba salir de Madrid y eso. Yo le dije que no se preocupara, que la verdad es que me lo pasaba muy bien con ella, que además estaba viendo cine, cosa que me encanta y teatro (que le gusta más a mi madre, cosa que no le dije). Al final me dijo, que como ya estaba empezando a hacer bueno, podríamos aprovechar de vez en cuando la casa de la sierra, ya que es un chalet con piscina, en una zona bastante tranquila a una hora de donde vivía. Y que por supuesto también me podría ir los fines de semana por ahí si quería, que por favor no hiciera mis planes pensando en ella. Le dije que no se preocupara.

Quiero decir que otra cosa importante es que poco antes de la separación de mis padres yo había terminado una relación de casi dos años, por lo que estuve un poco mal. El poder ayudar a mi madre, me elevó el ánimo muchísimo.

Quiero decir que sepamos tanto mi madre como yo que el motivo de su separación fue el que no se entendían y no tenían cosas en común, ya que mi padre no tiene amantes ni nada de eso, está demasiado preocupado por su trabajo.

Un fin de semana que no había obra de teatro que nos gustase y que los estrenos de cine eran bastante malos decidimos ir al chalet de la sierra, ya que habían dado sol para todo el fin de semana y con buenas temperaturas. Pasé a recoger a mi madre en mi coche y nos fuimos al chalet el viernes por la tarde, a primera hora para evitar los atascos típicos del fin de semana. Decidimos volver el lunes por la mañana, directamente a trabajar. Al llegar fuimos a comprar víveres y lo necesario para hacer una barbacoa, que es una de las comidas que más me gustan y además las preparo yo, cosa que, modestia aparte, me sale muy bien. Como digo, ese noche cenamos en el jardín carne a la parrilla, muy buena, hablamos un rato y nos fuimos a dormir.

Al día siguiente nos levantamos tarde, como no podía ser menos en un sábado en el que no tienes que hacer nada, desayunamos y nos fuimos a la piscina a tomar un poco el sol. Mi madre me pidió si le podía poner crema en la espalda, ya que era el primer día que tomaba sol y no quería quemarse. Para ello se puso boca abajo y se soltó las tiras del bikini. Le puse crema en la espalda, luego ella me la puso a mí y estuvimos un rato tomando el sol.

-Jorge, si no te importa me voy a quitar la parte de arriba del bikini. Antes con tu padre y tanta gente siempre aquí, no podía hacer topless, pero si no te parece mal… -Por mi haz lo que quieras, claro que no me importa.

Se dio la vuelta y se quitó la parte de arriba del bikini, mostrando las tetas. No recordaba haberla visto nunca así. La reacción inmediata fue que tuve una erección importante. Menos mal que en ese momento estaba boca abajo en la hamaca. La cosa llegó a su máximo extremo cuando cogió el bote de protector solar y empezó a extenderlo por sus bien formadas tetas.

Al cabo de un rato nos retiramos al interior de la casa. Ese día estuvimos a ratos en la piscina (mi madre en topless) y a ratos en la casa, ya que para un primer día de sol no conviene abusar.

Esa noche la pasé de lo más inquieto. Tuve que hacerme una paja al tiempo que se me venían a la cabeza las imágenes de las tetas de mi madre, al tiempo que pensaba. coño, la verdad es que mamá tiene unas buenas peras. Fue la primera vez que vi a mi madre con otros ojos, al tiempo que imaginaba que si no fuera mi madre le pegaba un polvo de campeonato Esos fines de semana en la casa de la sierra se fueron sucediendo. La confianza que había entre mi madre y yo era total. Incluso pasó de llevar un bikini vamos a decir que normal a llevar un tanga de esos que quita el hipo. Un día se lo dije.

-La verdad, mamá, es que un poco más y te quedas en pelotas. -Ya lo se. Ahora me siento más libre. Con tu padre era diferente, sabes que para él el topless es de putas. Pero como tú me has dicho que a ti no te importa… -A mí, que va. Ya te lo dije. Por mí como si te pones en bolas…

Esto último lo dejé caer para ver su reacción, pero no dijo nada. Sin embargo después de comer fui un momento al aseo. Al volver me encontré a mi madre totalmente desnuda tomando el sol en una de las hamacas de la piscina.

-Jorge, cielo, me he tomado en serio eso de que no te importaba. Si no es así, dímelo y me pongo las braguitas. -No, no, por mi no te preocupes. Toma el sol como quieras. -Si tú también te quieres poner en bolas, por mi sabes que no hay problema. -Pero por mi sí. Tengo el culo muy blanco y a lo mejor me quemo. -Pues te pones un poco de crema y listo. En unos días estarás bien. -Vale…

Así estuvimos ese sábado. Sin más importante que relatar, salvo que mí madre y yo tomábamos el sol desnudos en la piscina.

El lunes me llama mi madre y me comenta que el próximo fin de semana hay una exposición de no se qué de arte antiguo en Toledo y que le gustaría ir. Me lo decía por una parte por si quería acompañarla y por otro, por si no era así, que hiciera mis planes, ya que en principio habíamos quedado en volver a la casa de la sierra. Le dije que por mi parte no tenía problemas en acompañarla, que además Toledo es una ciudad que me gusta mucho, ya que he estado muchas veces allí. Me dijo que fantástico, ya que ella apenas había estado un par de veces y no la conocía bien, salvo los monumentos y esas cosas.

Me dijo que ella se encargaba de reservar las habitaciones para los dos. Al día siguiente me llamó para decirme que había llamado a todos los hoteles y que lo único que había conseguido era una habitación en un hotel de cinco estrellas, ya que debido a esa exposición todo estaba a tope. Me preguntó que si seguía queriendo ir y le dije que por mi parte no había problema. Así quedamos en que el viernes, al salir de trabajar me pasaría por su casa a recogerla y llevarla a Toledo.

Al llegar al hotel fuimos a la habitación que la verdad era maravillosa, con unas vistas de Toledo impresionantes, desde una de los famosos cigarrales de la zona. La verdad es que se notaba la categoría del hotel. La cama era una king size, es decir, de esas enormes, en las que podrían dormir hasta cuatro personas sin problema. Sacamos las cosas de la bolsa de viaje y fuimos a ver la exposición que tanto llamaba la atención a mi madre. La verdad es que la exposición estaba bastante bien, incluso para alguien como yo, que eso de la historia le gusta a medias (es decir, unas cosas si y otras no, como por ejemplo el arte, es lo que menos me gusta de la historia).

Mi madre estaba extasiada, y me daba las gracias continuamente por llevarla. Le dije que en realidad había sido ella la que se había ocupado de todo, y yo solo había puesto el coche. Me dijo que no era así, y que por ejemplo mi padre en todos los años que estuvieron casados jamás la había acompañado a nada. Después de casi tres horas viendo la exposición volvimos al hotel y eso que nos fuimos porque cerraban, que si no nos habríamos quedado otro rato. Eso sí, a mi madre le valía de excusa para volver al día siguiente a ver lo que le quedaba por la falta de tiempo.

Cenamos en el restaurante del hotel con unas vistas magníficas a la ciudad de Toledo iluminada y nos fuimos a dormir. Con eso del viaje y las vueltas por la exposición caímos en pocos minutos. Al día siguiente nos levantamos temprano para estar en la exposición desde la apertura. Vimos todo lo que faltaba.

Mi madre estaba como un niño con zapatos nuevos, encantada. Al terminar decidimos comer por el centro de Toledo y dar una vuelta en la zona. Por la tarde volvimos al hotel a darnos una ducha para salir a cenar y a tomar algo. Fuimos a un asador y para redondear el día la comida allí era excelente. Al terminar mi madre me dijo que si ligaba por ella no habría inconveniente en retirarse sola. Le dije que si estaba de broma o que. Había ido con ella y con ella volvería, y que además parecía más mi novia que mi madre. Se rió, me dio las gracias y un beso en la mejilla que hizo que me pusiera un poco rojo.

Nos metimos por la zona de ambiente y nos tomamos un par de cañas, para ir entonando, junto con el vino de la cena. Luego nos fuimos a un disco-pub, donde ya pedimos unos cubatas. Nos fuimos a bailar a la pista. En total nos tomaríamos unos tres cubatas, no para estar completamente borrachos, pero si para estar alegres. Además de la alegría de la bebida estaba contento por ver alegre a mi madre después de la mala racha que había pasado.

Sobre las dos y media pusieron canciones de esas un poco insinuantes y para mi sorpresa mi madre empieza a bailar como si yo fuera una barra de esas de stripers, subiendo y bajando pegada a mi cuerpo. Realmente me estaba poniendo malo. Me dije, que si quería guerra, pues la tendría. La cogí por la cintura y me pegué más a su cuerpo. Ella se frotaba contra mí. Tuvo que notar que estaba empalmado como un animal. Cuando terminó unas las canciones me dio un pico y me dijo…

-¿Nos vamos al hotel?

No sabía si aquello era una proposición o es que quería irse. El problema es que no quería lanzarme a una piscina sin agua y estropear algo bonito. Se agarró a mi brazo y salimos a buscar un taxi. Llegamos al hotel y seguía agarrada a mí. Tras entrar en la habitación y dejar el bolso en una mesa vino a donde yo estaba y me dio un beso, un poco más largo que el pico de la disco, pero sin llegar a ser un muerdo con lengua.

-Gracias por darme uno de los más maravillosos fines de semana de mi vida. -Pero si no he hecho nada… -Como que nada…le has devuelto la vida y la ilusión a esta vieja. -De vieja nada. Estás el doble de buena que la mayoría de chicas con la mitad de años que tú. -Adulador…lo dices por decir… -Lo digo totalmente en serio. La mayoría de mis compañeras de trabajo ni son tan guapas como tú, ni tienen el culo y las tetas tan bien puestos como tú. -¿En serio? -Si quieres te llevo un día al trabajo y te lo muestro… -No, si me fio de ti. Además, creo que no me mientes.

Señaló el bulto que había en mi pantalón.

-Es que uno no es de piedra, mami. -¿Y si esta noche soy Laura?… -¿Qué?… -Si no te parece bien… -Me parece genial. -Entonces vamos a la cama…

La ayudé a quitarse el traje y ver ese cuerpo que tanto había visto en los últimos tiempos, y que ahora tanto deseaba. Me quité la ropa en menos de un segundo y fui a la cama con –Laura-. Juntamos los labios, suavemente al principio. Luego las lenguas se fueron abriendo paso para darnos unos besos apasionados. Con mis manos le masajeaba las tetas, le pellizcaba los pezones, le acariciaba el monte de Venus e incluso le metía algún dedo en su coñito.

-Jorge, déjame que te coma un poco la polla. Me gusta tanto…desde que te vi en la piscina me gustó. Quería una para mí… -Pues es toda para ti, Laura… -¡Hummm!

Era increíble como me pasaba la lengua por el glande, seguía por el resto de la polla y terminaba metiéndose los cojones en la boca, con glotonería. Se notaba que hacía tiempo que no estaba con un hombre.

-¡Que bueno! Hacía mucho que no me comía nada tan rico… -Laura, vas a hacer que me corra en un segundo si sigues así… -¿Solo tienes una bala en el cargador? -Que va, es de cargador de gran capacidad… -Vamos a ver si es verdad…

Al tiempo que me mamaba la polla me puse en posición de comerle el cojones chumino. La primera pasada de mi lengua fue como una descarga eléctrica.

-¡Joder, que bueno! que sensación. Casi no me acordaba como era esto. -Pues no se por qué. Con lo buena que estás, cualquiera querría estar contigo. -Pues últimamente el único que ha querido estar conmigo se llama don polla de goma, y va a pilas.-Y yo. -Ya, pero eso no podía saberlo, hasta ahora.

Seguimos con la sesión hasta que no aguanté más y me corrí…

-Laura, me corro, me corro… -Si, ¡Siiiiiiiiiiiii!

La verdad es que me corrí como nunca lo había hecho. Mi madre tenía la cara llena de semen, a pesar de haberse tragado una buena cantidad del mismo. Se levantó y fue a lavarse la cara. Al llegar se acostó a mi lado y me besó largamente.

-Ha sido increíble. Hasta ahora nunca lo había hecho. -¿El qué? ¿Chupar una polla?… -No hombre, no. Eso si lo había hecho, pero tampoco te creas que mucho. Me refiero a tragarme la leche. La verdad es que me ha gustado… -Pues cualquiera diría que tienes poca experiencia… -Ya ves. A tu padre casi no se lo podía hacer porque es de los que se vienen en seguida, por lo que si se la mamas un rato, adiós polvo y luego a un compañero de la Universidad si que se la chupaba, pero nunca me tragué la lefa…

-¿Quéeee? Jamás pensé que fueras infiel… -Hombre, ya terminó, porque el está casado y eso. Fue como un año antes de separarnos. Hacía otro que tu padre y yo no estábamos juntos… ya me entiendes. -¿Y como aguantabas? -Pues ya ves, con muchas ganas y una buena colección de consoladores… -Y que prefieres, ¿las pollas de verdad o las de plástico? ¿Tú que crees?…las de verdad…no necesitan pilas… ¡ja, ja, ja! -Entonces, ¿qué hacemos con ésta?

Le señalaba mi polla que estaba otra vez en condiciones de ser usada…

-¡Joder, que alegría! Como sois los jóvenes, siempre con el arma a punto… -Siempre… -Ya veo… -¿Entonces, Laura? -Quiero ese tesoro dentro de mí. Quiero que me folles el coño hasta reventarlo. Me pondré a cuatro patas y me joderás hasta que me corra como una perra. Quiero sentirme sucia, quiero ser una puta y saciar mi necesidad de polla.

Se puso a cuatro patas en la cama y yo me coloqué de rodillas tras ella y le fui abriendo el chochete poco a poco con mis dedos. Luego acerqué la punta de mi polla a la entrada del coño. Al principio pensé que no quería verme la cara mientras lo hacíamos, pero me confesó que es una de las posturas que más le gustan.

-Despacio, mi amor. -Iré todo lo lento que me pidas, Laura. -Así…ummm. Deja que me acostumbre a tu polla…que rico…hacía tanto tiempo… -Siiii… -Sigue así, muy despacio, quiero gozar cada segundo de este momento. -Que bueno, que rico tienes el coño, Laura… -Si, oh, que bueno, empuja, un poco más…cógeme las tetas,…así, sigue, si amor… -Que gusto, me matas de gusto…

-Ahora mi vida, empuja más, más… -Toma, así, así… -Rómpeme el coño, sigue, sigue. -Ummm,-¡Siii!, sigue, así, así, así…me corro, me corro. -Y yo… -Así, así, dámela, dámela toda…-¡Toda! -¡Lléname el coño!… -¡Me voy! -Y yo, ¡córrete en mi coño!…siiiiiii. -¡Ufffffff!

Había sido apoteósico. Luego pensé en el ruido que habíamos armado… pero afortunadamente nadie se quejó. Quedamos extenuados en la cama, sudorosos y jadeantes.

-Ha sido increíble, Jorge. Ha sido el mejor orgasmo de mi vida. -Ya lo creo. -Bueno, orgasmos, porque me he corrido unas cuantas veces… -¿Si? -Con las ganas que tenía, lo cachonda que estaba y lo bien que lo has hecho, pues si, he disfrutado como una puta…

La verdad es que era raro oír hablar así a mi madre…pero claro tampoco era habitual estar juntos desnudos en una cama después de haber echado un polvo memorable. Fui al minibar a coger una cerveza. Necesitaba hidratación. Mi madre me la cogió y le dio un buen sorbo.

-Lo de esta noche ha sido increíble, Jorge. -Pero… ¿es que ya hemos terminado? -¡No me digas que todavía puedes más! -Te dije que tenía un cargador de gran capacidad… -Pues si que es verdad… ¡ja, ja!

Esta vez fui yo el que decidió la postura, por así decirlo. Nos besamos, sintiendo una excitación que no creo haber sentido ni con el primer beso de mi vida. Estábamos sentados sobre la cama, ella sobre mí, por lo que mi polla quedaba muy cerca de la entrada de su coño.

La verdad es que me había dado cuento del pedazo de mujer que era mi madre. Como dije al principio esta delgada por control estricto de lo que come (es un poco obsesiva con eso) y no debe pesar más de 50 o 52 kilos. Pero como reseñé lo que más me gusta de mi madre son sus tetas. Ahora están muy morenas, por eso de tomar el sol sin tela, con unos pezones que son una debilidad especial, grandes, como de unos 3 cm. de largo y bastante gordos, como un garbanzo grande. Además la primera vez que los vi eran sonrosados y ahora son color café, también debido a la luz del sol.

Por último los pelos del coño se los había depilado dejando un mini triángulo perfecto, de pelos negros. Me fui hasta el borde de la cama donde me puse de pie. Mi madre estaba agarrada a mí. Sus brazos rodeaban mi cuello y sus piernas mi cintura. Poco a poco puse mi polla en posición para dejar caer a mi madre y ensartarla con mi herramienta. Inicié la penetración en el conejo de mi madre, por segunda vez en esa noche. Le pasó como la primera vez que le lamí el coño: dio un respingo como si le acabase de dar un corrientazo.

-¡Oh!, que bueno. No había follado nunca así… -¿Te gusta, Laura? -Siiii, me siento completamente llena…argggg -Me gusta llenarte… -Siiii, así, así, llena… -Siiii…

Estaba en una nube. Me follaba a mi madre viendo como mi objeto de adoración, o sea, sus tetas subían y bajaban frente a mis ojos. Estuvimos un rato follando viendo como la mirada de mi madre era cada vez más lujuriosa, con la vista perdida, pasándose la lengua por los labios y con una respiración cada vez más entrecortada, preludio de un nuevo orgasmo.

-Un poco más Laura, un poco más y me voy… -Y yo, me voy contigo… -Asiii… -Espérame, mi amor, que me vengo. -Siiii… ¡aarrgg! -¡Ahhh!

La verdad es que había sido increíble. Me había corrido tres veces esa noche. Una en la boca y dos en el coño de mi propia madre. Nos duchamos y dormimos, desnudos y abrazados. Cuando desperté mi madre ya estaba en pie, con una bata. Yo me puse unos calzoncillos.

-Buenos días, Jorge.

Estaba un poco seria.

-Buenos días, mamá. -Quiero hablar sobre lo de anoche… -Si, dime. -No se que pasó realmente, si fue un error o que… -¿Tú crees que fue un error? -No, yo no digo eso. Quiero saber si estás molesto conmigo por lo que pasó. Es algo que no ocurre entre madres e hijos… -Bueno, a veces si, ¿no crees? -Ya, ya…déjate de bromas…es algo muy serio. Estoy confundida… -¿Por qué? -Porque no se si lo que hemos hecho está bien… -¿Tú que piensas?

-Hombre…no le hemos hecho daño a nadie y somos los dos adultos… -Eso mismo pienso yo… -Entonces ¿no estás enfadado conmigo…? -Como voy a estar enfadado con la madre más maravillosa del mundo, además de una de las más buenas que conozco… -¿Entonces? -Que por mí… ¡cuando quieras! -¿Siiii? -Claro que si. Ya te lo he dicho y es en serio que estás buenísima.

No besamos.

En el trayecto a Madrid decidimos que lo mejor era, por un tiempo que cada uno siguiese con su casa y si todo iba bien, mi madre se mudaría a la mía, ya que era más grande y la suya la alquilaría. Seguimos con nuestros fines de semana maravillosos, pero ahora había más días. Además las vacaciones estaban a la vuelta de la esquina y teníamos una casa en la playa…

Eso si quieren será otro día…

Autor: Galufo

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La señora vecina

Nos besamos, le comí las tetas; y me preparé en su coño metiendo la lengua hasta el fondo, haciéndola vibrar. Ella se apoderó de mi pito mientras yo le chupaba el semen derramado entre sus piernas y su almeja. El placer que me daba era casi imposible soportarlo. Sin apenas fuerzas para moverme me puse a lamer su clítoris.

Me llamo Miguel, tengo 20 años y el gusto por esa señora comenzó a finales del verano del 2006. Estaba estudiando cuando me asomé a la ventana cansado de estudiar. Como a tres metros la observé dando la merienda a sus hijos, tan acalorada estaba que no llevaba nada debajo de la bata y con dos ojales sin abrochar, mostrando todo el regato del tetamen, y cuando se agachaba ¡hala!, el escote abierto de par en par, y la delantera, bamboleante como si tuviera vida propia, luchando por salir a tomar el aire. Pero hay algo más, desde niño me excitaban los sobacos de las mujeres; y mucho más si olían a sudor.

Y la Mariana sudaba de los sobacos como no os lo podéis imaginar. Y de vez en cuando alzaba los brazos, suspirando, mostrándome impúdicamente aquella maravilla de sobacos húmedos, con unos pelillos que asomaban por la cortísima manga de su bata. Yo me la pelaba como un mono pensando en Mariana y me puse a observarla desde mi ventana en las noches de estudio. Lo mejor llegó en una cálida noche de junio. Eran las cuatro de la madrugada en el momento en que una brisa fría la hizo levantar de la cama para bajar la persiana. La luz de su cocina, era ella y no podía creer lo que veía.

La contemplé por primera vez con un viso gris claro transparente, que dejaba ver su blanco sujetador y sus bragas del mismo color, en las que no sólo se apreciaba ese bulto del chumino sino que se descubría todo el triángulo negro. Estaba tomando un vaso de leche, cuando apareció su marido, colocándose a sus espaldas y con las manos en sus caderas, le empezó a dar besos tanto en los hombros como en el cuello y los brazos, Ella ponía una cara sonriente y una boca abierta dando muestras de su goce, que más bien en aquellas partes eran escalofríos de placer. Después, sus manos se posaron en las tetas de su mujer, las cuales empezó a frotar, exprimir y acariciar. La despojó del viso, y erotizado por el gusto, le desabrochó el sujetador, dejando las tetazas al aire libre de la cocina.

Después se fueron hacia su cuarto y yo me la meneé hasta correrme vivo en dos minutos. Sus bragas quedaron tiradas en el suelo y con su única visión me corrí como un poseso. Este hecho quedó guardado en mi memoria en espera de ser yo el que algún día ocupara el lugar de su marido, es decir, que mi polla entrara en aquel húmedo higo.

Pasé mucho tiempo espiándoles y a mediados de Julio me llegó la oportunidad. En la tienda del barrio, el tendero me preguntó si conocía a una señora con dos hijos que vivía en frente de mi piso. Le respondí que sí, y me dio su bolso del dinero, pues ella se lo había olvidado. Con mucho gusto decidí llevárselo.

– Sí, ¿Que quieres?- Venía a darle el bolso que se ha dejado en la carnicería- le respondí nervioso.- ¡Ah, sí, gracias! Pero pasa dentro que te daré una pequeña recompensa- me dijo, sonriendo muy agradecida.

Cuando estuve dentro, todo se me hizo nervios y excitación, la dije que no tenía que darme nada. Se me acercó poco a poco, hasta que sus labios dieron con los míos. Al principio, no sentí nada; pero después un calor me invadió el cuerpo haciendo que mis brazos la estrecharan. Fue un beso largo. Me derretía ese placer que llegaba de la cabeza a los pies. Mi polla parecía explotar de lo dura que la tenía. Después de dos besos me moría de gusto por follarla, pero ella gemía:

– ¡Miguel, vale… Vale ya, sólo era un beso! ¿ Te digo… Te digo que vale! ¡No… Noooo… Noooo! Yo seguí besándola, sin poderme contener.-¡Así… Ohhhhh… Qué bien lo haces, Ahhh… qué bien! ¡Venga… no seas tímido y acaricia mis pechos! ¡Ahhhh!.

Por fin pude acariciar sus enormes melones, tan blancas en contraste con sus grandes pezones marrón oscuro.

Con su teta en la boca y acariciando su culo, la puse a tope, le ofrecí tal placer que empezó a decir palabrotas y obscenidades mientras jadeaba:

– ¡Cabroncete, que me corro…Ahhhh! Empezó a mover la cabeza en todos los sentidos, vibró su cuerpo, se agarró a mis nalgas y apretó con fuerza mi polla contra su coño mientras se corría entre jadeos. No pude evitarlo y yo también me fui.

Si nos hubieran visto: de pie, apretándonos el uno contra el otro, gozando cada uno manchado de sus distintos líquidos orgásmicos. Me entraron ganas de joderla; pero me agaché para lamerle el conejo. Tenía lefa por todos los sitios, en el pantalón, en sus bragas y en sus piernas. Cuando me dirigí a aquel sitio peludo, me agarró la cabeza y me dijo:

– Soy tuya, hazme disfrutar con tu lengua; pero recuerda: ¡nada de metérmela! Nos besamos, le comí las tetas; y me preparé en su coño metiendo la lengua hasta el fondo, haciéndola vibrar. Ella se apoderó de mi pito mientras yo le chupaba el semen derramado entre sus piernas y su almeja. El placer que me daba era casi imposible soportarlo. Sin apenas fuerzas para moverme me puse a lamer su clítoris hasta que dije:

– ¡Mariana… Mariana, para! ¡Que me llega! ¡Sácatela…sácatela! ¡Ohhhhh…! ¿Qué haces, que haces Mariana. ¡Así, así; así! ¡Otra vez, otra vez, que me corro; que va…! ¡Ooohhhhh…Ooohh! Me corrí en su boca y ella se bebió mi lefa. Yo agradecido le lamí el ano y así pasamos dos horas maravillosas.

Follamos dos o tres veces más entre el otoño y el invierno con la misma pasión. Nunca la llegué a penetrar, porque el placer que me daba chupándome el nabo era tal, que olvidé hacerlo. Mejor diré que respeté sus ruegos de no metérsela…

Autor: erospopuli

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