Miri. El inicio

Infidelidad. Soy divorciado desde hace ya mas de 11 años, tengo 41 años, me conservo en buena condición física, mi nombre poco importa, y lo que interesa en esta historia es la ocasión en que termine cogiendo con Miri, la esposa de uno de mis amigos ella tiene un parecido con la actriz drew barrimore, tiene unos ojos grandes y hermosos con unos labios gorditos que cuando los veo me los imagino al rededor de mi pene. Read more

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Que se quema el sofrito (1)…

Hacía calor. Acababa de salir de la ducha y ya estaba sudando, así que decidí no secarme el pelo y ponerme únicamente un tanguita negro. Me encantaba andar por casa con ropa interior femenina. La noche había sido larga, húmeda y placentera y me había despertado tarde, era casi la hora de comer. Me puse el delantal, eché un chorro de aceite de oliva en la sartén y piqué la cebolla y el pimiento verde con el que hacer un sofrito para hacer la salsa boloñesa con la que acompañar unos espaguetis.
Sería el ruido de la campana o el de la verdura crepitar en la sartén, pero el hecho es que no le oí acercarse. De repente sentí su aliento en mi cuello, su lengua en mi nuca, su mano derecha entre el delantal y mi pecho pellizcando mis pezones, su mano izquierda sobando mi paquete. Me estremecí
Notaba palpitar las venas de su polla mientras la restregaba entre mis nalgas, hubiera podido contar sus pulsaciones si no fuera porque entonces mi mente no estaba pensando precisamente en números. Apenas podía moverme rodeado por sus brazos, aprisionado entre su cuerpo y la encimera.
-Edelmiro, que se va a quemar el sofrito-, acerté a musitar.
Dejó de chupar el lóbulo de mi oreja, -que le den por culo al sofrito-, me susurró al oído.
Pensé en aquel mismo momento que fuera cual fuera el destino del sofrito a mí no me iba a salvar ni el apuntador.
Conseguí desembazarme lo justo para darme la vuelta. Me miro a los ojos y dijo:
-Cómemela- Seguro, seco, rudo.
Me arrodillé, bese su paquete cubierto aún por el slip. Le miré desde abajo a los ojos mientras deslizaba su calzoncillo hasta las rodillas. Bese su glande deslizando cuidadosamente la piel de su prepucio con la mano, lamí la punta y baje por el tenso frenillo. Me entretuve con los bordes de su capullo.
Escuchaba su respiración y sus primeros gemidos y estimulado por ellos fui bajando con la lengua alternando lamidas y besos hasta el nacimiento de sus pelotas. Acurrucándome como buenamente pude le lamí sus pelotas, metiéndome sus huevos en la boca y me entretuve con su periné, su polla golpeaba mi frente, y el la ayudaba con la mano.
Sus gemidos aumentaron, saqué la cabeza, le miré nuevamente a los ojos. No me aguantaba más, necesitaba sentir toda su verga en mi boca. La ensalivé bien para ayudarla a deslizarse, y empecé a tragar lentamente cada centímetro de su carne respirando profundamente por la nariz.
Suspiró.
Mi polla luchaba por reventar la tela del tanga con desesperación. Él comenzó a follarme la boca, agarrando mi cabeza con sus manos para acompasar el ritmo, aunando firmeza y delicadeza. Ahora lento, ahora más rápido y poco a poco cada vez con más violencia. Su glande golpeaba la cara interna de las mejillas, tropezaba con mi úvula, machacaba mi lengua…
Sentí que cesaba el ritmo, que tensaba su cuerpo, oí su gruñido y por una milésima de segundo anticipé lo que llegaba. Noté un chorro caliente en la garganta, su sabroso y viscoso jugo llenando mi boca. Lo saboreé, lo disfruté, me relamí, recogí con mis dedos lo que pude de entre los que mis labios derramaban por no poder contenerlo, limpié su falo, sorbí las últimas gotas que brillaban en su glande y me sentí dichoso por su regalo.
-Vamos a la cama-, me dijo mientras me daba un azote cariñoso. Todo no había hecho sino comenzar.

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Una divorciada muy puta con unas mega tetas 2

Bien esta es otra de las ocasiones en las que me he cogido a la mujer que describí en mi relato anterior, este relato tratare de hacerlo un poco más ordenado y con menos faltas de ortografía para que no me llenen la bandeja de entrada con reclamos y mentadas jaja, en fin las criticas siempre se aceptan.

Recordare que este no es un relato inventado por alguien que tiene mucha imaginación y que mientras con una mano escribe con la otra se masturba, esto es algo que me ha sucedido recientemente. La interlocutora sexual como lo dije en el relato anterior es una cuarentona de carnes prominentes, de color blanco, con unas nalgas más o menos grandes y unas tetas exageradamente grandes.

En esta ocasión sucedió algo que ya habíamos acordado (básicamente coger que es lo que siempre acordamos), llegue por la noche a su casa de la cual me ha dado una copia de la llave, abrí y deje mis cosas en el sillón de la sala, entre y la vi de espaldas en la cocina ella cortaba un poco de fruta que más tarde cenaríamos en caso de que alguno de los dos tuviera hambre yo no le salude ella sin embargo sabía que estaba detrás, me acerque sin decir palabra ella llevaba un short blanco y corto que dejaba al descubierto sus piernas, por el blanco se trasparentaba una tanga azul que separaba en dos sus blandas nalgas, detrás de ella la sujete por la cintura y sin escalas mis manos fueron a saludar los pezones de esos enormes senos, que parecían haberme esperado pues estaban bien duritos y evidentemente sin sostén solo debajo de una camiseta holgada, mi boca empezó a besarle la nuca, la espalda y los hombros mientras ella empujaba sus nalgas para atrás como buscando mi pene, mientras mi mano izquierda seguía presionando el botón de su seno la otra mano bajo hasta su tanga acariciando tu pubis sobre la parte delantera de la tanga azul.

Ambos estábamos al cien en excitación, ella pese a estar de espaldas a mi trataba de acariciar debajo de mi camiseta y de mi pantalón aunque por la posición no lo conseguía pero a mí no me importaba yo seguía manoseándola y a ella le encantaba. Pronto mis dedos ya tocaban su caliente y húmeda vagina debajo de si tanga ella ya solo jadeaba y empujaba con fuerza sus nalgas contra mí, yo le baje el short y la tanga hasta las rodillas y sin permitir que ella se volteara baje mi pantalón y mi bóxer hasta la misma altura así mis nalgas rozaban ella dejo caer el short y la tanga al suelo y saco uno de sus pies de ambos con ello podía abrir bien sus piernas y dejar el camino libre para que mi miembro se le deslizara entre sus grandes y blandas nalgas.

Y así sucedió mi pene que ya se sabía recorrido a su vagina se deslizo ágilmente y al hacer contacto con aquella cavidad húmeda ambos soltamos una exhalación de placer y sin mas ambos empezamos en esa lucha sexual mientras mi mano sujetaba sus caderas para jalarla con más fuerza ella se empujaba con las manos de la barra de la cocina, sin detenernos por varios minutos cuando sentí que su vagina se contraía anunciando el orgasmo entonces decidí que no sería la única, así que le empuje con violencia mi verga entre esas dos blancas nalgas hasta que ambos gemimos con fuerza y de mi miembro salió un abundante chorro de semen que le inundaba la vagina, así sin separarnos nos quedamos unos dos minutos en los que ambos aun no balanceábamos pero con menos fuerza yo intentando que saliera el semen restante y ella porque es una caliente.

Nos tranquilizamos, nos limpiamos y nos saludamos con un beso en la mejilla, como si nada hubiese sucedido porque ambos así lo habíamos acordado que me la cogiera por atrás sin siquiera saludarle, ese era el prologo de una noche en la que me la cogí o me cogió jaja 4 veces más y estuvo mucho más pasional y caliente.

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Fíate tú de los amigos guapos de tu novia

Aquella tarde se preveía aburrida viendo alguna serie en casa junto con mi novia Sara.

Nada más llegar a casa del trabajo vi que me había enviado un mensaje al móvil:

SARA: hola cariño. Kike me ha dicho de kedar sta tarde. Hace un montón que no le veo y ya hasta me da vergüenza decirle que no. llegaré para cenar! Muchos besos!

Kike era un viejo amigo del instituto de mi novia. Nunca le había visto en persona, pero mi chica siempre me había hablado muy bien de él. No le di mucha más importancia y me puse a jugar con la consola.

Pasada una hora, miré el móvil y me puse a cotillear el Facebook. De repente me llamó la atención una foto en la que habían etiquetado a mi novia hacía unos minutos. En ella se la podía ver a ella con un chico guaperas y con pinta de ir al gimnasio. ¿Así que éste era Kike?

Sara estaba guapísima con un vestidito colorido de Desigual que dejaba al descubierto sus finas piernas y un escote bastante pronunciado por el que se marcaban sus pequeños pechos.

* * *

Kike guardó su móvil tras leer los últimos comentarios que había recibido sobre la foto que acababa de subir. Su amiga estaba inclinada sobre la mesa mirando el móvil. En aquella postura, sus senos se juntaban dándole más vigor a su escote.

Concentró su traviesa mirada sobre su amiga Sara y le sonrió con su dentadura perfecta.

El chico vestía semi-informal, con una camisa blanca de marca y unos vaqueros ajustados.

KIKE: me alegro que por fin hayamos quedado.

Sara se colocó el pelo de su larga melena morena detrás de la oreja y le sonrió.

SARA: ¡sí! Ha sido un querer y no poder…

KIKE: ¡vaya! ¡Es la historia de mi vida! – y tras decir esto, soltó una carcajada.

SARA: ¿todavía estás con eso?

KIKE: sí… por una vez que nos liamos en el instituto…

SARA: hace mucho de eso, y además estábamos borrachos.

Kike se mordió el labio inferior, y su amiga cambió rápidamente de tema.

SARA: ¿qué tal tú? ¡Cuéntame!

KIKE: bien. Hace poco reformé la cocina de mi pisito.

SARA: míralo, el soltero de oro.

KIKE: pues sí ja, ja. Por lo menos ahora tengo la casa a mi gusto.

SARA: ya me enseñarás cómo ha quedado..

KIKE: ¿por qué no vamos ahora? Tengo el coche aquí al lado.

Dicho y hecho. Kike no perdió detalle cuando su amiga se sentó en el asiento. La parte inferior de su vestido de verano se subió un poco, revelando algo más de muslo. Ella se percató que la estaba escudriñando y le llamó la atención sin dejar de sonreír:

SARA: mira la carretera hombre, a ver si vamos a tener un accidente.

KIKE: con ese vestidito sí que vamos a tener un accidente.

SARA: ¿qué dices?

KIKE: pues eso, ¡¡que me vas a poner cardiaco!!

Ambos se rieron de buena gana.

Llegaron a casa de Kike, y éste le hizo una guía por el pequeño piso.

SARA: me gusta el toque moderno que le has dado. Se nota que tienes buen gusto.

KIKE: ni que lo digas… – dijo mirándola de arriba abajo.

Llegaron a la cocina, y Sara se quedó maravillada por los colores rojos, la alta tecnología y la pequeña barra americana. Ésta contrastaba con unos taburetes que pese a su aire moderno, parecían realmente cómodos y acolchados.

KIKE: ¿Te gusta? Si quieres pruébalos. Uso más la cocina que el comedor, y quería algo práctico y cómodo.

Sara se subió a un taburete y su vestido se subió hasta el límite de lo correcto.

Kike se acercó por detrás. Sara le podía sentir sobre su espalda. Se giró sonriendo y éste le dijo con tono seductor:

KIKE: ni te imaginas la de cosas que se pueden hacer en esta cocina.

La chica se quedó mirando y sonriendo como una boba a los grandes y oscuros ojos azules de su amigo, y éste aprovechó la distracción para besarla. No fue un beso robado, ya que el acercamiento fue lento, y ella no se apartó. Él la abrazó desde detrás, colocando sus anchas manos en el abdomen de ella. Se volvieron a besar y esta vez fue Sara quien, excitada, le comió los labios con mayor vehemencia.

Kike le besó con delicadeza los hombros descubiertos, al tiempo que con una de sus manos acariciaba los pequeños y firmes pechos de Sara por su parte inferior. Ella le besó el oído, y él pasó su mano con descaro por encima de su escote y ambos pechos.

La mano de su amigo se introdujo dentro del vestido acariciándole los pechos lentamente y con cuidado de no hacerle daño. Todo al tiempo que con la otra  mano le acariciaba el pelo con dulzura.

Lentamente, Kike bajó su mano de los pechos hasta el obligo de ella, llegando finalmente a su entrepierna. Apretó con la yema de sus dedos sobre la junta de sus piernas y percibió un delicioso calor. Sara suspiró y se dejó hacer, mientras su amigo le subía el vestido y dejaba a la luz su tanguita blanco. Aquellos largos dedos le causaron un placer inconmensurable mientras se hundían entre sus piernas y jugaban con sus labios vaginales con caricias y círculos.

A lo largo de un profundo beso, Kike apartó a un lado el tanga de su amiga, y acercó sus dedos a su sexo. Ella tenía los labios pequeños, depilados y muy húmedos, y aquello excitó más al chico.

Sara, con una pierna apoyada en otro taburete y la otra en el suelo, disfrutaba de las caricias en el coño que le daba su amigo.

KIKE: ¿te gusta?

SARA: mmmmm, sí, mmmmm, no pares…

Kike acercó dos dedos a la boca de Sara, y tras chuparlos, la masturbó más rápido. Con la otra mano le acariciaba las tetas mientras Sara gemía y sonreía.

Kike se paró de golpe, y Sara le miró con rabia hasta que su cara se cuajó en risas al ver que el chico tenía su pene sacado por fuera del pantalón.

Con una mano lo agarró, y empezó a masturbarle lentamente  mientras que se besaban con las lenguas por fuera de la boca.

Para sorpresa de de Kike, Sara se tumbó como buenamente pudo, boca arriba sobre dos taburetes. No debía estar anda cómoda pero, con la cabeza colgando por el borde del taburete,  la chica agarró el pene de su amigo y le dio lametones mientras seguía haciéndole una paja.

Contemplar aquel cuerpo delgado tumbado frente a él excitó mucho a Kike. La postura de la chica era muy complicada para hacer una felación, pero perfecta para que le diera lametones en los testículos y el pene.

El hombre alargó el brazo y masturbó a su amiga mientras ella le chupaba la puntita del prepucio.

KIKE: ufff. No aguanto más. Me has puesto muy cachondo. ¡Voy a follarte!

El chico se colocó entre sus piernas, mientras ella se recostaba con los brazos en el taburete.

SARA: sí, mmmm. Fóllame como me hubieras follado en el instituto…. – le dijo con una mirada viciosa.

Antes de metérsela, Kike le dio unas lamidas salvajes al sexo de su amiga. Colocó su gordo pene sobre el sexo de ella, y empezó a darle golpecitos.

SARA: vamos, métemela yaaaaaa.

Él se rio, y restregó su prepucio contra los labios de ella.

Empezó a meterle la puntita para sacarla de repente. Todo aquel juego estaba volviendo loca a Sara.

La chica no aguantó más, y en una de aquellas metidas, colocó sus talones en el culo de Kike y le aprisionó contra ella hasta que el chico se la metió entera.

Kike empezó un mete saca a buen ritmo sintiendo la estrechez  y humedad de aquella vagina.

El chico estaba muy cachondo follándose a su amiga, quien no se había quitado el vestido y del que asomaban sus pezones por la parte de arriba.

Kike le agarró una pierna, y apoyándola contra su pecho, le empezó a follar con fuerza. Sara gemía con fuerza y su bello rostro dibujaba expresiones de placer total.

En un rápido movimiento, el chico colocó a su amiga tumbada de lado y siguió metiéndosela. Ella se acariciaba los pechos y le pedía que no parara.

KIKE: te voy a follar ese culito que tienes!!

Sara se levantó, y se sentó de espaldas a él en un taburete. Sara se apoyaba en la barra americana y pegó un largo gemido cuando Kike le metió la polla en su interior.

SARA: sí, fóllame el culito. ¡Es todo tuyo! – le arengó.

El chico le agarró de la cintura y se la metió con facilidad. A fuerza de caderas empezó a follarse a su amiga con lujuria. Le sobaba el culito y las tetas mientras se la follaba.

KIKE: ufff, me tienes muy cachondo. No voy a aguantar mucho…

SARA: síiii, mmmmmmm, métemela!!

Kike aceleró el ritmo para de repente sacársela ente fuertes gemidos. Colocó su polla sobre el culo de ella, y masturbándose a toda velocidad empezó a lanzar chorros de semen blanquecino sobre el culo de ella. El líquido viscoso resbalaba entre sus nalgas derramándose hasta el taburete y el suelo.

Sara se dio la vuelta, y masturbándole lentamente besó profundamente a su amigo. Le acarició el pecho y las abdominales y siguió bajando hasta su pene. Una vez allí, le limpió con la lengua los restos de semen, sin dejar nada.

* * *

Sara llegó, tal y como prometió, a su casa a la hora de la cena.

LUIS: hola cariño… ¿qué te apetece cenar?

SARA: ufff, no sé…

LUIS: ¿y eso? ¿Has comido algo?

SARA: la verdad es que sí…. De hecho estoy algo saciada…

-FIN-

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22 minutos

Con una maestría fuera de lo común, desabrochó mi sujetador y liberó mis pezones turgentes y febriles a la vez que comenzó a juguetear con ellos entre sus labios. Sus manos en mis nalgas y el calor y ardor que ponía en follarme hicieron el resto. Rápidamente sentí una sacudida en mi interior y me corrí. No me dominaba. ¿Sería un orgasmo?

No quiero saber cómo llegué a esa situación. Ni tampoco quiero saber porqué. Solo sé que pasó. Y sucedió sin quererlo yo. Al menos es lo que pienso. Esta confesión la escribí días más tarde de sucederme lo que os voy a contar. Ahora, después de cuatro años, confieso públicamente mi falta.

Nos reunimos en mi casa una serie de amigos. Para comer. No celebrábamos nada en especial. En total nos habíamos dado cita 6 parejas. Total, doce personas incluyendo a mi marido y a mí. No voy a hablar de los demás para no liaros la cabeza. Solo hablaré de Manuel y María. Ellos son nuestros amigos, como lo son el resto de nuestros invitados. Todos tenemos casi la misma edad, nos movemos en un arco desde los 23 a los 27 años el mayor, que es Juan Luis. Pero me voy a centrar en Manuel, pues él, y solo él, es el que nos interesa en esta historia.

Manuel lleva un año casado con María. Ellos se llevan bien. Ella es muy dulce y esta bien físicamente. Manuel es un tanto extrovertido, alegre y muy lanzado para cualquier actividad que hubiera que hacer. El siempre quiere ser el primero. Es como un líder. Siempre se esta riendo y eso es agradable. Tanto mi marido como yo no tenemos especial amistad por él, es uno más dentro de nuestro grupo de amigos. Quiero decir que no hay distingos. Se llevan bien los dos y no ha habido problemas conocidos entre ellos.

Yo tengo 23 años y Manuel 25. No es un  dato para nada servible, pero es una referencia que pongo en conocimiento. Su María, como dije antes, tiene mi misma edad. Y casi mi mismo cuerpo, pues ambas estamos como dicen los hombres, muy buenas. Estamos para comernos. Modestia aparte. La comida se desarrolló según lo previsto. Comimos bien y tomamos café y licor, tanto licor que creo que se me subió un poco a la cabeza, si no, no me explico nada de lo que me pasó.

Todos estábamos en el salón sentados alrededor de la mesa. Bromeábamos y hablábamos a la vez. Me levanté para ir a la cocina y pude descubrir el jaleo de platos y cubiertos, adornados con un sin fin de vasos, esperando ser lavados. Confieso que me deprimí y me volví al salón. Permanecí un rato sentada a la mesa y me volví a la cocina. Justo en ese momento se acercó hasta la cocina Mariano. Vio todo lo que había que lavar y me dijo que si necesitaba ayuda, que él le diría a su mujer que me echara una mano. Le dije que no. Que lo iba a dejar para más tarde y ambos nos volvimos al salón.

Después de media hora bebiendo más y más chupitos de licor, la conversación derivó, al estar próximas las elecciones, en política. No hace falta que diga que al ser doce las personas las que allí nos encontrábamos, cada una era de un signo político, que en algunos casos, hasta dentro de una pareja era de distinto rango que su compañero o compañera. Sea como fuere, se enrolló una conversación y discusión muy apasionada. Ante la magnitud de la disputa, opté por emplear mi tiempo en algo que más tarde o más temprano tendría que hacer yo, fregar. Me puse en pie y les dije a todos, en especial a mi marido, que me ausentaba a recoger un poco la cocina. Así lo hice. Ellos siguieron discutiendo sus temas políticos, cada uno dando su versión de lo que pasaba según el color del partido político al que era afín, y yo en la cocina, fregando. Nadie me echó de menos. Al menos eso parecía, porque nadie se dignó en echarme una mano con el fregado.

No llevaba más de quince minutos en la cocina, con la puerta cerrada, pues no quería oír sus escandalosos argumentos, cuando esta se abrió y apareció ante mí Manuel, sonriéndome como siempre hacía. Me pareció extraña su presencia allí, pues en la mesa del salón había de todo y yo acababa de llevar una cubitera de hielos entera y al menos habría cubitos para dos horas. Tampoco debía faltar licor, pues en mi casa había bastante y el lugar donde guardábamos las botellas, estaba en el salón.

Con las manos bajo el chorro de agua, le saludé y le pregunté si quería algo. No me contestó. Sólo se acercó tras de mí y levantó mi vestido para ponerme una mano en mis nalgas. Solté el plato que estaba fregando y me asusté ante lo inesperado de la situación. Enseguida él me rodeó y me besó en los labios fuertemente. Yo estaba como aturdida. Y también estaba algo bebida. Pero no lo estaba tanto como para no darme cuenta de dónde estábamos y qué estaba pasando.

Traté de protestar y mis protestas se ahogaron en un nuevo beso mientras con la mano seguía hurgando entre mis piernas. Lo malo o lo bueno de estas situaciones, es que por imprevistas, a una le pillan de sorpresa y no sabe como reaccionar. A mí no me dio tiempo a nada. Manuel me rodeó frente a él y me miró sonriéndome muy seguro de su conquista. Me tomó por el talle y me subió sobre la encimera. Cualquiera que hubiera entrado en la cocina en ese momento se hubiera extrañado de verme sentada sobre la encimera y Manuel besándome en la boca ávidamente. Le hubiera parecido un escándalo monumental. Pero a él parecía no importarle nada y yo, bueno yo simplemente estaba allí para ser objeto de él. Pensé en un momento de lucidez que aquello era un arrebato propio de los chupitos que habíamos bebido, pues jamás había tenido acercamiento alguno con otro hombre que no hubiera sido mi marido. Y menos con Manuel, aunque con este siempre me había mostrado agradable y dulce. Quizá lo interpreto mal.

Pero todo se desvaneció cuando él me levantó el vestido de gasa blanco que yo llevaba puesto, delantal incluido, y me besó en los muslos. Noté como mis piernas cedían ante la sensación térmica de sus labios en mis mulos y se separaban algo. Un escalofrío recorrió mi cuerpo e impactó en mi estómago. Un vértigo sin precedentes se adueñó de mí. Ya el tanga no fue obstáculo para Manuel, pues con su mano lo separó hacia un lado y dejó ante su vista placentera la totalidad de mi raja adornada con mi vello. Inmediatamente su lengua descendió hasta allí y comenzó furtivamente a proporcionarme placer, a la vez que separaba mis piernas más. Eché ligeramente la cabeza hacia atrás y cerré los ojos. Antes, miré el reloj de la cocina, marcaba las 4,20 h.

Un ruido leve y una sensación de liberación me indicaron que Manuel acababa de romper mi tanga. Ahuequé el culo y él lo sacó de mi cuerpo. Ahora su lengua iba  y venía con total libertad. Abrí mi boca para poder respirar más, ante la insistencia del placer que me estaba proporcionando con su lengua, y tomé su cabeza entre mis manos, enredando mis dedos en sus cabellos. El se levantó y me miró, siempre sonriendo, y se acercó a la puerta de la cocina. Echó el pestillo y volvió al lugar que acababa de abandonar.

Me puso en pie y subió mi vestido hasta la cintura y me dejó desnuda desde el ombligo para abajo. Y volvió a lamerme una vez más. Su lengua se hundía en mi grieta con precisión. Con la punta me daba golpecitos en mi clítoris mientras causaba en mí un sin fin de sensaciones. Cuando él creyó que ya había conseguido excitarme por completo se incorporó y se bajó los pantalones y los calzoncillos, dejando asomar una verga dura y tiesa que apuntaba hacia el techo de la cocina. Y yo sin decir nada de nada. Me bajé de la encimera  y me agaché en cuclillas para poder meterme aquel miembro vigoroso en la boca. Allí, en esa postura, lo mamé con deseo y rabia. Llena de excitación, lamí sus testículos y su periné. Paseaba mi lengua de abajo hacia arriba con lentitud, para una vez llegado al glande, absorberlo y envolverlo en mi saliva.

Después de unos minutos, él me incorporó y me volvió a sentar en la encimera. Se sacó los zapatos para liberar sus prendas de los tobillos. Aproximó su polla hacia mí y lentamente, pero sin pausa, fue paseando su glande entre mi surco. Traté de protestar pero él me lo impidió con su mano en mi boca. Siguió lubricando su pene con mis jugos, profundizando cada vez más en mi grieta. Después me la clavó hasta el fondo.

Comenzó con vaivenes rítmicos y yo comencé a sentir como esa verga caliente se me iba clavando una y otra vez dentro de mí. Nuestros vellos se mezclaban y se enredaban entre si. Opté por desabrocharme el vestido y tiré de el hacia atrás para dejarle mis pechos libres. El hizo el resto. Con una maestría fuera de lo común, desabrochó mi sujetador y liberó mis pezones turgentes y febriles a la vez que comenzó a juguetear con ellos entre sus labios. Sus manos en mis nalgas y el calor y ardor que ponía en follarme hicieron el resto. Rápidamente sentí una sacudida en mi interior y me corrí. No me dominaba. ¿Sería un orgasmo?

Como él no se había corrido aún, seguía empujando dentro de mí, lo cual me llevó a sentir una prolongación del orgasmo increíble. Ya saciada por completo de su miembro, le dije que ya había acabado y él me la sacó, tiesa, mojada, dura y arrogante. Le pregunté si él ya había terminado y me dijo que no. No dudé en agacharme delante de él y meter aquello en mi boca. Sin ascos. Con agradecimiento por el gozo que me había proporcionado. Puse tal interés en hacer aquella felación, que no tardó en correrse y aunque se separó de mi boca para hacerlo, la primera salva de su semen se estrelló en mi cara y las siguientes dentro de mi boca, pues yo soy agradecida y le dejé que se vaciara dentro de una de mis bocas. Y allí, mientras él compungía su cara y ya liberado su glande de mi boca, le chupé los cojones duros y arrugados que me mostraba.

Rápidamente como si la vida se nos acabara en un instante, comenzó a subirse los calzoncillos y los pantalones. Yo le imité y me coloqué mis ropas, me abroché el sujetador y cerré mi parte superior del vestido para después colocarme el delantal nuevamente. No dijo nada. Una vez se hubo recompuesto me miró sonriente, me hizo un gesto de despedida con la cabeza y salió de la cocina sin mediar palabra. Yo me quedé quieta sin saber que hacer y lentamente volví a mis platos mientras de mis ojos brotaban unas lágrimas. Miré el reloj a través de mis lágrimas y marcaba las 4,42. Veintidós minutos, eso era lo que habíamos necesitado para follar o para echar un polvo en la cocina. A escondidas del resto. A escondidas de mi marido y de María. Veintidós minutos para ser infiel. Y sin saber por qué.

Luego, una vez yo hube terminado de fregar, salí al salón con todos. Manuel estaba allí sentado con su mujer al lado y la besuqueaba mientras el resto bromeaban con ella. Aquello me impactó. ¿Cómo puede un hombre estar follando con una mujer y luego actuar con la suya como si no hubiera hecho nada? Mi marido me miró visiblemente bebido y yo me inserté en la conversación, que seguía desbarrando por los campos de la política en sus más variados extremos, pues todos iban a arreglar la situación del país. De vez en cuando, Manuel y yo cambiábamos una mirada y yo notaba como me mojaba al recordar el polvo de la cocina. Así, sin darme cuenta me sorprendí con la mano bajo mí vestido, y tapada por el paño de la mesa, comencé a acariciarme el coño lentamente. Después, el clítoris. Luego incrusté dos dentro de mí y fui masturbándome, hasta que un gemido ahogado salió de mis labios mientras cerraba los ojos.

Después los abrí y sorprendí once caras mirándome atónitos. Me habían oído gemir. El silencio sepulcral delataba algo y yo no sabía que. Parecía que todos se hubieran dado cuenta de mi exceso. Pregunté que es lo que pasaba y ninguno cambio su expresión. Saqué la mano y la dejé encima de la mesa, sobre el mantel blanco, tamborileando con mis dedos. Y allí, pegados entre ellos, tres vellos negros de mi pubis, delataron donde había estado mi mano hacía unos instantes.

Se que todos lo vieron como lo vi yo. Escondí mi mano y me puse muy colorada. Manuel hizo el resto. Desvió la atención con una sonrisa larga y escandalosa a la vez que decía “¡Joder!,  me acabas de recordar a María cuando…la tengo encima” Y ya todos fueron risas, incluida la mía que se mostró nerviosa.

Hoy, después de cuatro largos años, donde no he sido capaz de olvidarme de aquel polvo, seguimos viéndonos con nuestros amigos. Y aunque Manuel y María ya no viven en Madrid, pues por motivos del trabajo de ella se ausentaron a Galicia, me masturbo de vez en cuando rememorando aquella escena de veintidós minutos, donde un amigo nuestro me folló en la cocina. Algo que jamás quiere hacer mi marido.

Quiero mucho a mi marido y no soportaba ocultar por más tiempo lo que había pasado aquél día. Me he armado de valor y se lo he contado todo. El no me cree, dice que tengo una imaginación bárbara, pero que si eso me sirve para excitarme, que siga pensando en ello.

Ciertamente han pasado cuatro años ya, ahora tengo 27 años, y no he tenido ninguna experiencia fuera de mi matrimonio, pero aquellos veintidós minutos de placer en la cocina, aún hacen que me moje alguna mediodía mientras friego y miro los platos. Parece como si en el fondo del plato, viera la película de lo que pasó allí, cuatro años atrás. E inevitablemente, algunas veces dejo caer mi mano mojada, y con la suavidad del agua y el jabón, doy rienda suelta al placer de masturbarme mientras rememoro en imágenes dentro de mi mente, aquellos veintidós minutos.

Autor: Coronelwinston

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Follando en la cocina

Empecé a sentir cómo mi semen ascendía por mi verga y retirando la polla de la boca de mi chica empecé a descargar mi leche en su rostro. Ella recogía un poco en su boca entreabierta y luego lo dejaba escurrir entre sus labios. Era increíble ver a mi mujer con la boca cubierta con mi esencia, escurriéndose entre sus labios, deslizándose por las mejillas y la barbilla y cayendo en sus pechos.

Llegué temprano a casa. Había sido un día de trabajo normal, ni malo ni bueno, pero estaba deseando estrechar a mi chica entre mis brazos y oler el aroma de su cuerpo. Me había mandado una serie de mensajitos cachondos a la oficina y eso le había dado su vidilla a la jornada. Así que en cuanto entré en casa quise saber dónde estaba:

-Hola, ¿hay alguien? -Sí, aquí, en la cocina.

Dejé mis cosas y me dirigí a la cocina. Allí estaba ella, preparando una receta que seguramente estaba para chuparse los dedos.

-Hola, cielo ¿qué tal?

Le di un piquito en los labios y me puse detrás de ella, estrechándola entre mis brazos.

-Hola, cariño. Bien. Uhmmmm, qué ganas tenía de abrazarte. -Uhmmmm, qué bien… ¿leíste mis mensajes? -Jajajajaja. Mira que decirme esas cosas…así no hay quien se concentre… -Sólo quería distraerte un poco, cielo. -Pues desde luego lo has conseguido. Has conseguido hasta que no me pudiese levantar de la silla. -Jajajaja, ¿Y eso? -Pues nada, que se me puso dura como una piedra. No me iba a levantar allí, con la tienda de campaña en los pantalones. -¿De verdad se te puso dura?

Ella empezó a restregar su culo contra mi polla y provocó lo inevitable, es decir, que fuera ganando tamaño.

-Uhmmmm Sí, cariño sí, como ahora, ¿la notas? -Uhmmm. Síííííííííí, es verdad. Se te ha puesto durita.

Le di la vuelta y mis labios se apoderaron de los suyos. Me echó los brazos al cuello y nos fundimos en un beso apasionado mientras mi mano acariciaba uno de sus pechos por encima de la blusa, lo que provocó que un suspiro de placer se escapara de entre sus labios. Mi mano descendió de su pecho hasta su coño y cual fue mi sorpresa cuando me lo encontré directamente, sin tela de por medio.

-Oyeeeeee, ¿no te has puesto braguitas? -No – me respondió con una sonrisa pícara-. Quería esperarte así, con mi flor desnuda para  ti. -¿Ah sí? Pues esto hay que aprovecharlo. Le dije.

La senté sobre la encimera y puse una de sus piernas encima. Su sexo se me ofrecía como el más delicioso de los manjares, invitándome a degustarlo. Me arrodillé en el suelo y acerqué mi rostro a él. Un hilo de flujo asomaba entre sus gruesos labios, hinchados por el deseo. Mi lengua lo recorrió de abajo arriba y un gemido escapó de su garganta. A esa lamida siguieron otras, también en su ano, por encima, sintiendo cómo se contraía con mis caricias.

Mi lengua comenzó a lamer su sexo despacio al principio y luego fue acelerando los movimientos, entrando y saliendo de su coño como si la follara con ella. Mi mujer empezó a moverse acercando y retirando su flor de mis labios, pero yo me pegué a ella, introduciendo también un dedo en su sexo, sacándolo y metiéndolo. Luego fueron dos los dedos con que la penetraba mientras mi lengua no dejaba de succionar su clítoris, enrojecido, duro ya, que como un pene diminuto sobresalía de su capuchón. Los gemidos de mi mujer se hacían cada vez más intensos y su respiración se fue acelerando hasta que con una de sus manos me oprimió la cabeza contra su sexo y empezó a correrse  de una forma que hasta las piernas le temblaban. Mi boca no abandonó su coño hasta que el orgasmo disminuyó su intensidad. Quería beber toda la miel que brotaba de su sexo, saciarme con su flujo exquisito.

Cuando se recuperó un poco me incorporé y la atraje hacia mí. Nuestras lenguas iniciaron una danza fascinante. Los besos dulces y apasionados a la vez se sucedían sin descanso.

-Me encanta probar el sabor de mi coño en tus labios. -Y a mí me encanta dártelo.

Mi mujer echó mano a mi polla y empezó a moverla en una masturbación deliciosa.

-Ummmmmm. Qué polla se te ha puesto. Qué grande está. ¿Me la vas a meter? -Sí, claro que sí; ¿quieres que te la meta cariño? ¿Quieres sentirme dentro llenándote con ella? -Sí, amor; lléname con ella; lléname toda con ella.

Se recostó sobre la encimera y yo, cogiendo mi polla con una mano empecé a acariciar la entrada de su coño con ella, sin llegar a penetrarla.

-Uhhhmmmmm. Cómo me gusta eso. Síííííííííí…

Mi miembro iba y venía sobre su raja, frotando su hendidura, su clítoris, empapándose con su flujo, le daba unos golpecitos con ella…hasta que no pudo más y me pidió que la penetrase:

-Fóllame cielo, quiero que me penetres con tu polla inmensa. Fóllame ya.

Empecé a penetrar despacio. Su coño fue engullendo mi polla que iba desapareciendo poco a poco. De su garganta escapaban sonidos roncos que anunciaban lo que estaba disfrutando. Me detuve antes de llegar al final y retrocedí suavemente. Mi miembro apareció reluciente, empapado con su miel. Era maravilloso penetrar aquél coño húmedo, suave, sentir deslizarme en el interior de mi mujer.

Volví a entrar con movimientos también suaves, en un ir y venir pausado, disfrutando al máximo de las sensaciones, introduciendo sólo la mitad de mi miembro. Así hasta que decidí empujar hasta el fondo. Un gemido se ahogó en la garganta de mi chica, quien echó la cabeza hacia atrás y abrió la boca  mientras sentía la penetración profunda de mi miembro hasta lo más hondo de su ser.

Subí sus piernas sobre mis hombros y empecé a bombearla despacio al principio, luego cambiando el ritmo y la forma de mis movimientos. Era fascinante tenerla así, gozando, abierta, ofrecida…

Después de un rato así la levanté y después de besarla le di la vuelta y puse su espalda sobre mi pecho, la hice inclinarse y mientras se apoyaba sobre la mesa hundí mi polla de nuevo en su sexo. Tomé su hombro con una mano y su cadera con la otra y empecé a penetrarla rítmicamente, hasta el fondo. Al golpear de mis caderas contra su culo se unió el chapoteo delicioso de su sexo. Un aroma embriagador inundaba la cocina.

– Sí, si, sí, sigue, sigue, no pares…qué bien me follas amor.

Empezó a acariciarse el clítoris con una de sus manos en un movimiento cada vez más acelerado mientras mis envites eran cada vez más rápidos.

-Sííííííííííí, sí, sí, me corro, me corro, me corro…Ah, ahhhhhh, ahhhhhhhh, ahhhhhhhhhh…

Tuve que sujetarla de las caderas porque literalmente se quedó sin fuerzas, mientras yo presionaba su sexo con mi polla, sin entrar ni salir, simplemente llenándola con mi miembro, echando mi pecho sobre su espalda. Mi boca besaba su nuca con delicadeza y mis manos acariciaban su espalda y sus pechos, apretándolos dulcemente.

-Uhhhmmmmm. Qué rico, qué rico…

Mi mujer se incorporó y me echó los brazos al cuello. Nos besamos apasionadamente.

-Qué bien me he corrido. Ahora te toca a ti.

Y volviéndome a besar se arrodilló y tomando mi polla delicadamente se la llevó a la boca. Tuve que apoyarme en la pared para no caerme del gustazo que me dio. Una primera lamida recorrió todo el tronco de mi polla para después empezar a chupar y hacerla desaparecer y salir de entre sus labios. Mientras, con la otra mano me masajeaba delicadamente mis testículos, hasta que subiendo mi polla hacia arriba los introdujo suavemente en su boca y los lamió con toda ternura. El placer que me hacía sentir era indescriptible. Sus labios rodeaban mi verga que entraba y salía de su boca. Acaricié su cabeza acompañándola en esa felación absolutamente deliciosa.

-Me viene cielo, me viene. Me voy a correr, tómala, tómala toda. -Sí, sí, dámela cariño; dame tu leche blanca y caliente.

Empecé a sentir cómo mi orgasmo empezaba a crecer, cómo mi semen ascendía por mi verga y retirando la polla de la boca de mi chica justo en el momento oportuno empecé a descargar mi leche en su rostro. Ella recogía un poco en su boca entreabierta y luego lo dejaba escurrir entre sus labios. Era increíble ver a mi mujer con la boca cubierta con mi esencia, escurriéndose entre sus labios, deslizándose por las mejillas y la barbilla y cayendo en sus pechos.

La ayudé a levantarse y de  nuevo hundí mi lengua en su boca mientras la suya se enroscaba en la mía. Acaricié su rostro con delicadeza, y mientras la limpiaba le pregunté:

-Tengo hambre ¿preparamos algo para cenar?

Los dos sonreímos.

¿Te ha gustado? ¿Qué te ha parecido? Cuéntamelo.

Un beso.

Autor: Leoeses

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