Con Eugenia en la oficina

Eugenia abrió las piernas y se subió arriba mío, fue glorioso sentir mi pija resbalando en esa concha, abriéndola, llegando hasta el fondo de Eugenia y sentir sus gemidos mezclarse con los míos, agarrándola de la cintura empecé a darle, ella subía y bajaba, le chupaba las tetas, ella gemía suave, sexy, yo chupaba, mordía, pellizcaba con mis dedos la colita de Euge.

Jueves 10 de abril, miré la agenda y ahí estaban sus iniciales, enseguida recordé nuestra última charla: -Anotate, el jueves 10 voy a poder, mi marido va a estar de viaje y todo va a ser más fácil, no veo que llegue el día lindo. -Dale, espero poder ese día. Besotes.

Eugenia es escribana, tiene 32 años, está casada, igual que yo, y la conocí en la fiesta de cumpleaños de un amigo en común, enseguida me sentí atraído por ella, linda, muy linda, con un gran sentido del humor y con una simpatía mayúscula.

Con un trámite como excusa entramos en contacto, su matrimonio no estaba bien y eso ayudó, un par de semanas después de la fiesta estábamos en un hotel disfrutando de un sexo hermoso y con mucha excitación. Desde entonces cuando se puede nos vemos y soltamos todo ese desenfreno que nos causa tenernos cerca. A veces pasan dos, tres meses sin vernos, solo hablamos por teléfono o por MSN y nos deseamos hasta el límite.

Esa tarde de jueves, las cosas no venían fáciles, cuando Eugenia podía yo no podía y pensé que no iba a ser posible el encuentro, sin embargo un llamado clarificó las cosas.

-Escuchame, estoy en lo de mi tía, cerca de tu oficina, anotá la dirección, Maipú…-¿Pregunto por vos? -Si, le pedí prestada una oficina porque tengo un cliente muy pesado…jajaa…-En diez minutos estoy ahí.

No fueron diez minutos, fueron quince, que me parecieron una eternidad, moría por verla otra vez, hacía casi dos meses de nuestro último encuentro y miles de charlas pasaron en el medio. Llegué, pregunté por ella, subí a un tercer piso, me abrió la puerta una chica de unos veintipico de años, muy linda por cierto, enseguida apareció Eugenia con una señora de unos cincuenta y tantos años.

Eugenia tomó la palabra, señor Martínez, disculpe que no lo pude recibir en mi despacho, por suerte la señora Moreno me presta su oficina para que pueda atenderlo. Le aclaro que la gentileza de la señora Moreno se debe a que es mi tía que sino…

Le agradezco infinitamente señora, estoy con un tema urgente y los tiempos nos impidieron encontrarnos en algún lugar adecuado. La tía de Eugenia dijo que no había porque disculparse, que ella saldría a dar una vuelta y que cualquier cosa podríamos solicitársela a Marisa, la hermosa chica que me había abierto la puerta.

Entré a la oficina de la tía de Eugenia, me senté y después de despedirse de su tía agradeciéndole otra vez por su gentileza entró Eugenia, estaba hermosa, sensual y con esos ojos tan expresivos. Tenía puesto un trajecito negro y debajo podía divisarse una camisa blanca, el pelo atado rigurosamente y unos zapatos negros, muy sutiles.

Cerró la puerta, la trabó, me paré y nos besamos profunda y largamente, dejando a nuestras lenguas encontrarse, mis brazos la rodeaban por todos lados, quería acariciarla, tocarla, recorrerla por cada centímetro de su cuerpo, no podíamos hablar, las ganas de besarnos y tocarnos nos impedía, sentir la respiración agitada de Eugenia me calentó hasta el extremo.

Mientras nos sacábamos la ropa escuchamos el teléfono sonar y a Marisa atender, mientras la chica le explicaba a la persona que había llamado que la doctora Moreno no se encontraba yo estaba chupando las tetas de Eugenia, me vuelven loco, esas tetas me vuelven loco, Eugenia se las agarraba y me las ofrecía, pasaba con mi lengua de un pezón a otro, casi frenéticamente, mientras mis manos acariciaban su colita, me encantó tener su pezón duro y rosado en mi boca mientras con una mano tiraba del hilo de la tanga que salía de su pantalón.

Era una locura hermosa, excitante hasta el cielo, mientras me sacaba la camisa, Eugenia se sacaba el pantalón, ya estaba solo con esa tanguita blanca maravillosa, estaba bien metidita en su culito, tanto había tirado del costado de esa tanga que la había metido bien adentro.

Tenía la pija dura como un fierro, grande, mojada, con ganas de Eugenia, y Eugenia no tenía pensado dejarme con las ganas, se arrodilló, me sacó el slip, tomó mi pija con su mano y sin media palabra, solo miradas, se la metió toda adentro de su boca y empezó a chupar. Era increíble, la agarraba del pelo, y le pedía que me la chupe más y más…así puta, así!, y Eugenia comía, chupaba, hacía ruido con su boca y eso me calentaba más.

Era terrible el morbo que tenía por estar cogiendo con ella ahí, de trampa, en un lugar donde jamás había estado, en un estudio contable, con una pendeja hermosa afuera pensado que dentro de esa oficina había una escribana con su cliente y Eugenia chupaba con más ganas y su mano subía y bajaba por el tronco de mi pija acompañando el ritmo que su boca marcaba.

Que ganas de comerte así la pija que tenía lindo… dijo y pensé que me moría en ese momento, déjame chuparte le pedí, y Eugenia accedió de la forma más sensual que podía hacerlo, me pidió que me agache, antes de hacerlo la besé profundamente, ella se dio vuelta, corrió un portarretratos que había sobre el escritorio de su tía, apoyó las manos sobre el escritorio dándome la espalda, inclinó levemente su cuerpo y quedó ante mis ojos ese culito, esa tanguita que podía volarle la cabeza a cualquiera y me dijo:

Comémela lindo…por favor… yo estaba de rodillas, con su culito en mi cara, le corrí la tanguita y me dejé llevar, le separé los cachetes de su culito y le hundí la lengua buscando la humedad de su conchita, pronto la encontré, Eugenia abría las piernas, casi se recostó sobre el escritorio, el portarretratos cayó al suelo y le chupé la concha como si fuera la última vez, le metí un dedito, dos…mi lengua, me excitaba tener la cara manchada por sus jugos.

Eugenia hacía todos los esfuerzos posibles por no gemir, pero era  imposible, con su voz entrecortada dijo esas palabras mágicas, me vas hacer acabar nene… más chupé, más hundí mi boca y a pesar de todos sus esfuerzos soltó un gemido entrecortado, Aaaaaaaaaahhhhhhhhhhhhh ¡hijo de puta! Así! cuando Eugenia me insultaba era porque la excitación la había superado, cuando estaba poseída por el placer me puteaba y a mí…más me calentaba.

¡Ahora te voy a coger bien esa concha puta! Dije mientras me sentaba en el sillón principal de la oficina, la agarré de la cintura y la traje hacia mí, Eugenia abrió las piernas y se subió arriba mío, fue glorioso sentir mi pija resbalando en esa concha, abriéndola, llegando hasta el fondo de Eugenia y sentir sus gemidos mezclarse con los míos, agarrándola de la cintura empecé a darle, ella subía y bajaba, le chupaba las tetas, ella gemía suave, sexy, yo chupaba, mordía, pellizcaba con mis dedos la colita de Euge.

Éramos un volcán a punto de explotar cuando golpearon la puerta de la oficina, Eugenia con su mano tapó mi boca, a mi nada me importaba y seguía moviendo mi cintura, cogiéndola, le chupaba los dedos mientras Eugenia preguntó quien era, Marisa se escuchó del otro lado, termino en cinco minutos, espérame por favor dijo Eugenia, y riéndose volvió a moverse arriba mío, más fuerte, más salvaje, más caliente.

No podía más, quería llenarla de leche, acabarle bien adentro, acabame…acabame…acabame hijo de puta que te acabo, me rogó Eugenia, un poco más nena…un poco más, me dio ese poco más, le di un poco más y acabamos juntos, nos hubiéramos quedado ahí tirados un buen rato y hubiéramos vuelvo a coger, pero no se podía.

Nos vestimos, arreglamos un poco el escritorio, nos repusimos en el baño y después salimos, Marisa estaba con una persona que jamás supimos cuando llegó, entró a la oficina tomó unos papeles y se los dio. Yo me despedí de mi escribana y volví a mi oficina, con ganas volver a cogerla…

Espero que les haya gustado, cualquier duda por favor dejen su comentario.

Autor: Joaquin

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Mi juguetona hermana

Mientras yo la penetraba ella me decía que se lo hiciera más fuerte, después más tarde comencé a chuparle el clítoris, Mmmm que rico que sabroso, le daba mordisquitos pequeños y automáticamente ella gemía como una leona en celo, le daba de lengüetazos, lo pellizcaba, y ahora empezaba a subir para mamarle ese hermoso par de tetas que tenía.

Me llamo Darío y tengo 19 años. Todo comenzó cuando empecé a prestarle más atención a mi media hermana Alejandra, ella es hermosa un cuerpo magnifico, una cara hermosa, y por sobre todo un culo de película.

Debido a que era mi media hermana por parte de mi padre nunca tuvimos una excelente relación, fue buena, no digo que no pero no la mejor. Uno de estos días empecé a mirar a Alejandra de una forma muy distinta me calentaba mucho y siempre terminaba en el baño matándome.
Como ellos viven en Ranelagh, una localidad muy apartada de Buenos Aires aprovechaba para que cada vez que yo iba con mis padres a visitar a mis sobrinas ellos se iban al cine o salían de compra, de esta forma había alguien cuidando a mis sobrinas.

Ellos viven en un barrio privado que tiene una importante cantidad de lugares verdes, un montón de caminos, y obviamente poca gente. El día que sucedió todo llegamos como a las 13:00 y estuvimos charlando con Daniel (el esposo de Alejandra), hasta que se terminara de hacer el asado, cuando terminamos de comer, como siempre una linda siestita y una buena paja y a dormir.

Cuando me levanté no había nadie en mi casa solo mi sobrina más chiquita que tiene solo 1 año, entonces empecé a caminar por la escalera para abajo, cuando llegué a planta baja me dirigí a la cocina (porque tenía mucho hambre, y siempre algo ellos tenían en la heladera).

Terrible fue mi decepción cuando llegué a la heladera y no había nada para comer, pero por otro lado, si no hubiese bajado hasta allá, Alejandra no me hubiese visto. Es decir, estoy por agarrar algo de la heladera y escucho que una puerta detrás mío se abre yo supuse que era el viento y entonces cuando me di vuelta la vi a Alejandra que me miraba como diciendo que hacía comiendo a esta ahora, luego de la larga pausa, empecé a notar que me estaba mirando mi bulto, ya que como recién me había levantado tenía una terrible erección.

Ahí supe que le gustó lo que vio, entonces el resto de la semana empecé a complacerla viendo lo que ella quería ver, nunca pensé que pensaría tanto en mi, pero un día, cuando yo me hice el dormido en su cama todo desnudo, ella no perdió momento para matarme con su mirada, me veía desde arriba hasta abajo. Y más tarde me enteré que ella se había ido a pajearse en el baño. Cuando me acerqué al baño escuché unos gemidos muy cortitos pero placenteros.

Yo seguía escuchando, esta vez sin prestarle mucha atención, pero de repente se paró el ruido y la puerta del baño se abrió, en ese momento quedé de rodillas (tipo sumisión) frente a la puerta abierta donde salía mi media hermana, entonces ella pasó delante mío y me preguntó que hacía, y no se me ocurrió mejor idea que decirle que estaba rezando. Ella me miró y esbozó una risa pequeña, y después bajó las escaleras.

¡Como zafé ese día!, nunca había tenido tanta suerte. Igual supuse que Alejandra ya se había dado cuenta y por eso se rió. Otro día me cansé de la espera y me dirigí a su cuarto y le robé una tanguita que tenía ella, era de marca y todo, tenía un aroma hermoso que hacía que lo huelas una y otra vez. Ese mismo día Ale vino de frente y me dijo:

– Vos me robaste la tanga negra que yo tenía arriba.

Pensé dos veces antes de contestar. Si quería que pasara lo que yo quería que pasara tenía que decir la verdad a pesar de que se enoje conmigo, entonces le dije:

-Si la robé yo, quería tener algo de vos En ese momento Ale me miró y me dijo muy simplemente: -Está bien devolvémela mañana, pero que no esté manchada.

Y los dos nos empezamos a reír, yo tratando de ocultar mi vergüenza y ella mostrándose sexy cada día que pasaba.

Pasado ya 2 semanas de los últimos sucesos noté que Ale seguía igual de “caliente” conmigo entonces decidí no esperar más y empezar el show. Ese mismo día ella estaba limpiando la cocina, Daniel había salido al supermercado y mis padres salieron no se a donde. Ahí me decidí y me acerqué con todo y le manoseé el culo hermoso que tenía, entonces ella en vez de decirme que pare la muy perra me dijo que siga, y que le metiera un dedo en el ano.

Levemente mi mano se dirigió nuevamente a su culo y lo apreté con toda mi fuerza y después por arriba del pantalón empecé a meter mi mano para llegar a su ano. Le metí  dos dedos y gimió como una diosa. Comencé un mete y saca con mis dedos hasta que ella me los quitó de atrás y se los pasó por la boca y me miró y me dijo:

-Vamos a la cama, no hay nadie y la comida la preparo más tarde.

Y yo asentí con mi cabeza.

Subimos las escaleras, en ese momento pensaba como iba a ser todo, pensé en que lo que hacía estaba mal pero no quería que se terminara. Entramos al cuarto y ella antes de que yo me sentara en la cama me dijo que le devolviera la tanga. Así fue y me comentó que podía ser mi esclava por todo el tiempor que quisera.

No puedo comentarles el sentimiento de alegría que tuve, nunca estuve tan feliz por coger con una mujer. Entonces le ordené que me hiciera un striptease completo y que se sacara la ropa muy lentamente.

Ella comenzó el show. No se si había trabajado de eso antes o que pero lo hacía muy bien, entonces en ese momento se me empezó a acercar y me tocaba la pija que la tenía re parada. Terminado el show le dije que me entregara el culo y así fue y comencé a penetrarla con todo, por ese culo hermoso y mediano.

Mientras yo la penetraba ella me decía que se lo hiciera más fuerte, después más tarde comencé a chuparle el clítoris, Mmmm que rico que sabroso, le daba mordisquitos pequeños y automáticamente ella gemía como una leona en celo, le daba de lengüetazos, lo pellizcaba, y ahora empezaba a subir para mamarle ese hermoso par de tetas que tenía.

Que lindas, tan redonditas y respingonas, fuertes pero a la vez débiles por dentro. Las pellizcaba con todo, y cada vez que lo hacía ella lanzaba unos gemidos al aire. Estos se sentían por toda la casa, suerte que no había nadie.

Nuevamente tomé por atrás su culo y lo penetré hasta que mis huevos golpearan contra las nalgas de Ale, así seguimos toda la tarde, chupando, cogiendo, tocándonos mutuamente. Desde ese momento no le di restricción a mi imaginación y a mi esperanza con ella. Hacía todo lo que yo quería, en cualquier momento, en cualquier lugar. Era mi esclava del paraíso.

Cuando llegó el momento de volver a Capital Federal (donde yo vivo) me sentí tremendamente mal debido que tenía que dejar a mi hermosa media hermana. Esa última noche ella estaba con su esposo, y yo decidí interrumpir su sesión de sexo abriendo con todo la puerta de su dormitorio. En ese momento Ale me dijo:

– Ven únete con nosotros, así disfrutamos el doble.

Cuando le miré la cara a Daniel, este asintió rotundamente. Entonces todo estaba dicho. Me saqué toda la ropa y empecé a penetrar a Ale por su pequeña vagina, estrecha pero dulce, mientras Daniel sobaba sus tetas fláccidas esta vez. Terminamos en una orgía infernal donde la lujuria y la decadencia fueron los principales protagonistas de esta.

Cuando volví a Cap. Fed. pude dejar esos pensamientos de lado desde que me puse a salir con Carla.


Pero eso… eso es otra historia de mi saga.

Autor: Darío

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Disfrutar de mi cuerpo

Él movía la cabeza de un lado a otro, podía sentir dentro de mí como su hinchazón aumentaba. Volvió a arremeter en mi concha. Me hizo doler y gozar como nunca antes. Sentía sus huevos golpear en mi culo, y la profundidad de la penetración me llevó a terminar en varios orgasmos. Con su pija enorme lubricada con mis jugos me penetró el culo con cierta dificultad, mientras me retorcía los pezones.

No soy una ninfómana, aunque ustedes piensen lo contrario. Simplemente me gusta disfrutar de mi cuerpo, fui hecha para el placer y educada para ser libre. Y eso soy, ejerzo mi libertad sin causar daño a nadie. Por eso aquí les cuento mis aventuras. A los 16 perdí mi virginidad, pero me desaté realmente a los 18. Mi padre es diplomático y por esa razón nos habíamos trasladado a España. Terminamos el secundario en Madrid, pero tanto mi hermano mellizo como yo extrañábamos mucho Argentina: nuestros amigos, la ciudad, los olores, las costumbres… estando afuera uno extraña hasta a los colectiveros… es raro, pero es así.

Teníamos casi un año de instalados en la madre patria, pero no lográbamos adaptarnos y apenas cumplimos los 18 les planteamos a nuestros padres que queríamos regresar. Pusieron el grito en el cielo, pero ya teníamos todos los flancos cubiertos: allí teníamos casa, la vida era mas barata que en España, toda nuestra familia estaba en Argentina, los amigos, los olores, el club, los colectiveros, la cancha de Boca, Los Nocheros -la debilidad del viejo-, y el tango. Sí, dimos golpes bajos. Madrid nos gustaba mucho, nos había recibido muy bien, pero la tierra tira. Finalmente, después de unos días, nos dieron el okey. Llegamos unos días después de celebrar el año nuevo en España. Volvimos a la casa que habíamos abandonado un año atrás. Habían cambiado algunas cosas, no muchas, pero todo estaba casi como lo dejamos. Los vecinos eran los mismos, cogotudos (personas de clase alta), y garcas (aprovechados de los demás), igualitos.

Fulanito había engordado y menganita se había rapado. La vieja de la casa de la vuelta se había muerto finalmente. Detalles nomás. Pero algo en nosotros había cambiado. Por primera vez éramos libres completamente. Los papis estaban a años luz de distancia. ¡Uuuuuujuuuuu! Era verano, hacía un calor sofocante y nos pasábamos en la pileta de casa durante el día y a la noche salíamos indefectiblemente. Yo salía con mis amigas o con los de mi hermano o directamente con él. Ah, mi hermano se llama Andrés, mucho gusto. Y yo Pamela.  La libre asociación de ideas está permitida…  Casi todos nuestros amigos se habían ido de vacaciones a Punta o a Pinamar. Nosotros nos quedamos en Buenos Aires. Teníamos varios asuntos que solucionar, entre ellos, problemas con los bancos: nuestro sustento diario proveniente de Madrid no llegaba a nuestras manos. No nos quedaba otra que quedarnos en casa con ese calor del infierno. Igual disfrutábamos estar en casita, cómodos y solitos.

El día en que empecé a desatarme me levanté al mediodía, como siempre, me tomé un juguito de naranja, me puse la bikini, y me tiré en la pileta. Un placer. A las dos horas llegó Andrés.

– ¿Dormiste bien, Piki? – Como un lirón… – Hoy llamó mamá, y dijo que ya había mandado la plata.- Bueno, menos mal. Esto del escaseo de metal me hincha un poco las bolas. – Tendrían que abrir una cuenta, poner la guita ahí, en vez de depender de esto de que nos manden cada mes. – Si, ya se lo dije, pero no la entiende. Nos quedamos en silencio un rato. Después empezó a salpicarme.- Ah, ¿querés guerra? – Que guerra podés dar vos, si sos mujer, tonta. – Ahora vas a ver.

Me acerqué y le manoteé la pija como pude por sobre el short. La solté enseguida. No se por qué hice eso. Me asombré, pero ya estaba hecho.

– ¿Qué haces loca? Tenía que encontrar una razón rápidamente. – Bueno, dijiste que no podía darte guerra por ser mujer… Ahí tenés guerra. – No me refería a ese tipo de guerra, exactamente.

Tenía razón, me remordió la conciencia y le dije: perdóname, lo hice sin pensar.

Se dio la media vuelta y se fue. Me quedé un rato largo en el agua pensando en la cagada que me había mandado. Pero mi mente volvió al tema de la guita que no llegaba. Me olvidé del asunto. Salí de la pile, me sequé con el toallón y sentí que alguien me miraba. Lo sentía. Miré para arriba y logré divisar a medias a mi hermano justo cuando se escondía.  Cuando estaba subiendo para ducharme, lo veo al final de la escalera y me dice como si nada:

– ¿Qué hacemos hoy? – ¿qué querés hacer? – ¿y si vamos a cenar y después nos vamos de marcha? – Y dale…

Me duché, y vieja costumbre argentina, fui a pegarme una siesta para estar fresquita. El sol y el agua me agotaban. Me despertó Andrés: dale loca, levántate y vestite rápido que son las once y estoy cagado de hambre. Comimos en un restorán de medio pelo, con vino y postre incluido, que nos salió bastante baratito. A eso de la una y media encaramos para los boliches del río. Con el vino que había tomado ya estaba alegre. No acostumbraba tomar. Pero apenas entré al boliche fui a la barra y me pedí un vodka con naranja. Huy, loca, pará un poquito, dijo Andrés. No le dije nada. El se pidió un destornillador. La gente fue llegando y después de medio vodka yo ya estaba realmente en pedo. La cabeza me giraba de a ratos, pero todavía me sentía entera, consciente de mí y de lo que me rodeaba. Nos pusimos a bailar. Las luces centelleantes, la música al palo y el pedo me hacían sentir como que flotaba. Andrés iba y venía de la barra. Tomaba rápido. El solía tomar, pero no tanto, ya iba por el cuarto vaso.

– Estás linda hoy, guachita. – Gracias, Piki.

Me había puesto una remerita blanca y unos jeans bien apretaditos. Me agarró de las manos y bailamos así un rato. Me dio vuelta y él bailaba detrás de mí. No me tocaba, pero si yo bajaba, el bajaba, en un baile muy sensual. Subía y bajaba y él me acompañaba por detrás, muy cerquita, siempre sin tocarme, pero aún agarrados de las manos. Intenté acercarme a él, pero disimuladamente retrocedía. Me di la vuelta e hicimos lo mismo, tomados de las manos. Le clavé los ojos y desvió la mirada. En algún momento, fue él quien me miró a los ojos y luego me atrajo hacia si. Sentí su pija dura casi sobre mi concha. Mis tetas se clavaron en su pecho y me la refregó un poco mientras bailábamos. Me soltó y dijo: vamos. Lo seguí.

– No puedo manejar, dejemos el auto acá y lo venimos a buscar mañana. Tomemos un taxi.

Llegamos a casa y yo no sabía que hacer. Lo mejor sería hacerme la tonta. El parece que pensó lo mismo porque fue a la cocina, tomó agua y me dijo: me voy a dormir, hasta mañana. Al otro día, repetí la rutina de siempre, sólo que Andrés ya estaba en la pileta.

– Buen día, Chetito. ¿Qué hacés levantado antes que yo? Me miró nomás. – ¿Te comieron la lengua los ratones? Nada. – Bueno, hoy jugaremos al oficio mudo entonces.

Me metí al agua. Se acercó y me salpicó. Yo no hice ni dije nada. Volvió a salpicarme. Seguí igual. Otra vez. Entonces reaccioné. Le agarré la pija, pero ya no había ningún short de por medio. No me había dado cuenta que estaba en bolas. Solté más rápido que el día anterior. Me agarró la mano y la puso en su pija:

– Terminá lo que empezaste ayer. – No. Volví a sacar la mano.

El volvió a ponérsela en la pija que ya estaba parada. Esta vez no me soltó. Empezó a pajearse usando mi mano. Intenté sacarla, hasta le apreté la pija, pero me miró fiero. Siguió pajeándose. Veía su cara de satisfacción. Le gustaba el masajeo que mi mano le estaba dando. Poco a poco aflojó la presión de su mano y me soltó. Y yo seguí pajeándolo. Jadeaba con los ojos cerrados. Se apoyó contra la pared y abrió los brazos. Él empujaba con sus caderas como si el hueco de mi mano fuera mi concha. Deseé que estuviera pensando eso. Le acaricié el pecho y abrió los ojos. Me miró fijo y profundamente. Yo había incrementado el masajeo para hacerlo acabar mientras seguía acariciándolo. Ahora era yo la que deseaba un masajito. Le agarré la mano y la puse en mi concha. Corrió desesperadamente la tanga y me acarició la concha mientras yo no dejaba de pajearlo. Terminó ahí mismo. Me miró con una mezcla de miedo y placer, sacó su mano de entre mi concha palpitante y salió desnudo de la pileta. Sorprendida lo miré alejarse. Salí yo también de la pileta. Subí las escaleras apuradísima y fui a su habitación. Se estaba poniendo el calzoncillo. Me vio parada en la puerta.

– Esto no está bien, loca, me voy. – ¿A donde vas? – A buscar el auto de donde lo dejamos ayer. – Un poco tarde te diste cuenta que esto no está bien. – No te hagas la tonta. – No me hago la tonta. Sólo que me parece que las cosas vienen así y bueno… son así.

Se puso de espaldas mientras se ponía la camisa y me saqué el corpiño del bikini. Yo seguía caliente y quería mi parte. Este histeriqueo me calentaba más. Comprendía que lo que habíamos hecho no estaba del todo bien. Pero a él le había importado a medias. El mismo argumento podía dar yo. Se dio vuelta y vio mis tetas al aire. Me las miró sin asco. Se acercó despacio, con la respiración entrecortada.

– Basta Pamela. – ¿No te gustan? – Basta.

Me le colgué al cuello, le refregué las tetas en el pecho desnudo y le dije: decime ahora que no te gustan, dale. Me miró asombrado, pero no pudo evitar besarme el cuello. Me lamió las orejas y luego pasó a lamerme las tetas. Las mordió despacito mientras me agarraba el culo con las dos manos. Yo ya estaba mojada, recontra caliente. Me acercó a la cama y me empujó sobre ella. Cuando caí sobre las sábanas, lo vi irse de la habitación. Le grité que volviera mientras escuchaba como bajaba la escalera de dos en dos.

Mi hermano estaba volviéndome loca. El guacho me había dejado caliente, recaliente. No quería pajearme yo, quería que él me pajeara. Pero sabía que si no me sacaba la calentura de encima iba a explotar. Volví a la pile. Me saqué la tanga y empecé a acariciar mis tetas, las apreté y pellizqué los pezones con bronca. Me llevé la mano a la concha y ataqué mi clítoris con movimientos circulares mientras pensaba que con esa misma mano había pajeado a mi mellizo. Eso me calentó más, apreté el pezón con mucha más fuerza hasta sentir un poco de dolor y aceleré el ritmo en el clítoris. Exploté rápido. Fui a mi habitación, me puse una remerita y la tanga más chiquita que encontré. Bajé, prendí la tele, me senté en el sillón y comencé otra vez a tocarme. Por más que hubiera acabado cinco minutos antes seguía estando excitada. Sólo podía pensar en la pajeada a mi hermano y en su lengua sobre mis tetas. Frente al televisor volví a acabar y me quedé dormida. Me despertó la puerta de entrada que se cerraba. Era Andrés. Me levanté y me miró de reojo. Hasta mañana, dijo. Carajo mierda, ahora directamente me estaba ignorando. Su juego estúpido más que excitarme me hacía hervir de bronca. Ya me las iba a pagar.

Eran cerca de las 12 de la noche cuando me fui a dormir. Bueno, intentaba dormir. Estaba obsesionada con lo que habíamos hecho y muy caliente, mucho. A las 3 más o menos me levanté y fui a su habitación. Roncaba, no se como podía dormir… Boca arriba. Dormía desnudo, siempre lo hacía y más en verano. Pero entornaba la puerta. Esta vez la había dejado totalmente abierta. Me estaba provocando y no lograba entender su juego. Me acerqué a la cama, vi su pija flácida. La agarré y apenas apoyé mis labios en ella. Luego la punta de mi lengua en su agujerito. Me concentré ahí, suavecito, suavecito, sin parar. Se despertó. Me miró y sonrió. Su sonrisa me desconcertó, pero seguí suavecito. El bultito flácido se estaba endureciendo. Aumenté el ritmo concentrándome en la cabeza, pasando la lengua por todo ella. Gimió de placer. Metí la cabeza en mi boca y la apreté con los labios mientras le daba latigazos con la lengua con mucha rapidez. Esto pareció volverlo loco y se le puso rígida como una piedra.

Lo estaba pajeando otra vez, pero esta vez me di cuenta lo grande que era su pija. Era muy gruesa, no muy larga y un tanto combada hacia arriba. Me pareció desproporcionada para el cuerpo poco musculoso de Andrés. La miré impresionada y volví a llevármela a la boca. Me la metí entera, casi hasta la garganta, llenándola de saliva, recorriendo sus pliegues, presionando con la lengua en la cabeza. Me puso la mano en los huevos y acaricié. Me la sacó de la boca rápido y mientras con mi mano subía y bajaba su tersa piel con mucha rapidez acabó entre mis tetas. Me desilusioné y pensé que me mandaría a volar como ya lo había hecho antes, pero no. Me puso de espalda y me empezó a lamer. Abrió mis brazos, sujetándolos. Apoyó todo su cuerpo en mi espalda, movía su pene contra la raya de mi culo y podía sentir como iba poniéndose gorda otra vez.

Seguía moviéndose y ahora me mordía. Sus mordisquitos apenas dolorosos, seguidos de un lengüetazo me excitaban muchísimo. Hizo que nos pusiéramos de costado, apoyando su pija en mi culo, mientras que con una mano empezó a tocarme las tetas. Con la otra me acariciaba la concha. Atacó mi clítoris con decisión y me vine casi en el instante en que lo hacia él… Sentir su leche chorreándome por el culo, mojando la poca tela de la tanguita que llevaba me hizo desearlo aún más.

– Dame más. – Por hoy es suficiente, hermana… – Dale… no seas malito. – Ándate a dormir, ahora estamos a mano, ¿no? – Si, pero… – Si pero nada. A dormir.

Al otro día me levanté en llamas. Había soñado toda la noche que cogía con él y estaba completamente mojada. Fui al baño, hice pis y apenas había terminado de levantarme la tanguita, lo vi entrar como una tromba. Me empujó contra la pared y me metió la lengua en la boca, mientras refregaba su pija en mi estómago y me agarraba el culo.

– Hoy vamos a llegar hasta el final, dijo susurrándome al oído

Siguió refregándose contra mí, me sacó la tanga y la remerita y empezó a chuparme la concha mientras me apretaba las tetas con las dos manos. Sentía su lengua entre mis pelos, rodeándome el clítoris y por momentos entrando por mi vagina. Yo presionaba su cabeza para que siguiera ahí, chupando todos mis jugos. Rozaba sus dientes contra mi clítoris mientras luego lo suavizaba con la lengua. El roce me hizo acabar. Supo que había acabado porque gemí fuerte y mi pubis se movía despidiendo los jugos, pero siguió chupando.

– Tu concha es la más rica que probé en mi vida. Me va a ser difícil dejarla. Vamos a mi habitación.

Tenía el pedazo gordo y empinadísimo. Intenté agarrarlo, pero no me dejó. Me sentó encima de él y me la metió con fuerza. Lo cabalgué con violencia, yo me echaba hacia atrás, y él me apretaba las tetas… Siiiiiiigueeeee, siiiiiigueeeeee, nooooooooo paresssssssss… Hhhhhhhhhhuuuu, uuumm, mmmmmmm, voy a aaaacabaaaar dennnnntroo de vvvvvossssss. En una serie de espasmos rápidos sentí su leche caliente llenando mi agujero. Seguí cabalgándolo para que se le parara otra vez. Quería más. Mientras me movía de atrás para adelante le pellizcaba las tetillas, él movía la cabeza rubia de un lado a otro… podía sentir dentro de mí como su hinchazón aumentaba.

Hizo que dejara de cabalgar, me puso de costado, él detrás, me levantó una de las piernas y volvió a arremeter en mi concha. Me hizo doler y gozar como nunca antes. Sentía sus huevos golpear en mi culo, y la profundidad de la penetración me llevó a terminar en varios orgasmos… Con su pija enorme lubricada con mis jugos, me penetró el culo con cierta dificultad, mientras me apretaba y retorcía los pezones.

La penetración me hizo saltar, grité de dolor, a la vez que lo oí quejarse a él también. Me estaba haciendo doler, pero me gustaba tanto que pedía más. Nunca había experimentado el placer que me estaba dando mi hermano: Mmmmmaaasssssss, que meeeeeee parttttttttíiiiiiiiis y me gusssssssta… másssssssss… Bombeó con tanta fuerza que éramos los dos un solo grito de goce. Siguió serruchándome con violencia un tiempo, acompañando el traqueteo con gritos desesperados de ardor, dolor y placer y casi acabamos al mismo tiempo.

Sudados y exhaustos nos quedamos dormidos. Al otro día, nos despertamos y nos quedamos en la cama, cogiendo, cogiendo y cogiendo. Así durante semanas. Solo salíamos a hacer compras. Se volvió una obsesión. Hasta que se me ocurrió que sería bueno encontrar un segundo hombre para hacer un terceto. Quería ver que se sentía ser cogida por delante y por detrás a la vez… Hhhuuuuuummmmm, el haberles contado mi experiencia hizo que me calentara. Ahora mismo estoy toda mojada. Andrés me está masajeando las tetas y no puedo resistirme. Me voy chupar toda su leche. En la próxima, y sin esta calentura que tengo ahora, les contaré la experiencia fabulosa del terceto. Un beso en la puntita.

Autora: Pame

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De nuevo a las andadas

El esfínter presionaba el nacimiento de mi verga y me ayudaba a mantener la erección. Le di tiempo  de adaptación y comencé a bombear despacio; le pedí que tratara de moverse, lo hizo entre quejidos. La ayudé con mis dedos en su clítoris; el placer que sentía ella en su concha la hizo moverse como si la estuvieran cogiendo por allí; y la verga en ese culo de antología estaba a sus anchas.

Mientras cursaba mi carrera fui muchas veces ayudante de cátedra, histología, fisiología, semiología, clínica médica, ginecología y otras materias que me interesaban. A poco de graduarme, mientras hacía mi residencia en ginecología en el Hospital de Clínicas de la Universidad Nacional de Buenos Aires, me designaron monitor de mi promoción. Luego fui adjunto de la cátedra de Ginecología en Buenos Aires.
Actualmente soy profesor titular de Ginecología en la Universidad Nacional de Cuyo.

Todos estos cargos o son ad honorem, o tienen remuneraciones muy bajas; lo que evidencia que me apasiona la docencia. Y esa pasión docente se traslada a todos los órdenes en mi vida. Así es que hoy sigo enseñando, tanto en la facultad como en privado. En la facultad enseño los temas de mi especialidad; en mi vida privada también, pero con otros fines. Son innumerables las mujeres que aprendieron a coger bien bajo mi dirección. Y más aún las que aprendieron a mamar muy bien una verga. He desvirgado varias conchas y más culos.

Claro que todo eso lo he enseñado con el único interés de que las mujeres que cogen conmigo lo hagan a mi entero gusto. No es que sea más experto que nadie, pero me he topado con muchas mujeres que ignoraban asuntos elementales. Por ejemplo Marta, mi pareja más o menos estable, a pesar de haber estado casada por años, mamaba muy mal y era virgen del culo. Su hijita Marilú era virgen e inexperta en todo. Muchas de las amigas de Marilú (Lu) estaban en las mismas o parecidas situaciones. La hermana de Marta era una mal cogida.

Hoy todas ellas y algunas más que no menciono para no fatigar al lector son expertas cogedoras y mamadoras. Si quieren más detalles pueden leer mis relatos anteriores en esta web. Pero mi intención no es jactarme de mis cualidades docentes, sino contarles algo que me sucedió hace poco.

Sigo alternando mi vida entre Mendoza y Buenos Aires, aunque estoy más tiempo en Mendoza por cuestiones laborales. A Buenos Aires voy casi siempre por asuntos personales, generalmente estoy en la casa de Marta porque esa situación me deja libre la mayor parte de los días hábiles. Y sin moverme de allí tengo a Lu, a Estela, la novia de Carlitos el hijo de Marta; a las otras hijas de Marta que vienen cuando saben que el terreno está despejado; a pocas cuadras vive Lucrecia, la hermana de Marta. El caso en cuestión es que hace unos días estaba en la cama con Lu, a la siesta, y me descerrajó un pedido.

-Tengo una prima que no has conocido, es hija de una hermana de mi padre, tiene veinte años y es virgen. No es fea, tampoco es muy linda; ha tenido solamente dos novios y no se ha animado a hacerlo con ninguno, es muy tímida. Le he contado como vos me desvirgaste y lo mucho que me hacés gozar cada vez que cogemos, en fin le he contado todo lo que hacemos. También los favores que les hiciste a mis amigas Sammy, Marina y Cris. La cuestión es que ahora Ethel, mi prima, quiere conocerte para saber si se decide a que la hagas mujer de una buena vez. Me dijo que quiere hacerlo sola, sin mi presencia. Sergio, te pido ese favor, complaceme.

Comprenderán que no podía negarme a ese pedido aún sin saber como era la tal Ethel, pero sé que ninguna mujer a los veinte años carece totalmente de atractivos para un hombre mayor como yo. De modo que arreglamos para que la conociera al día siguiente. Siempre previsor, aunque ignoraba como se desarrollarían las cosas, hablé con mi amigo y colega que me presta el departamento en estos casos, y del que tenía una llave. A las dos de la tarde nos encontramos con Ethel en un bar cercano al departamento, Lu me la presentó y se fue.

La chica no era una belleza, pero tampoco era desagradable. Llenita sin ser gorda, alta como de 1,70, rostro simpático, pelo al hombro rubio, blanca de piel. Llevaba un vestido por debajo de la rodilla, lo que se veía de piernas era bueno, pantorrillas bien formadas. Imposible apreciar el busto y la grupa, ya que la ropa era más bien suelta y nada provocativa.Por cierto que era bien tímida, el gasto de la conversación lo estaba llevando yo. Hasta que la llevé al grano de la cuestión, se puso colorada como un tomate maduro, tartamudeaba y no atinaba con las palabras, pero asintió con la cabeza cuando la invité a irnos al departamento.

Sin hablar caminamos las dos cuadras, subimos en el ascensor y entramos. La decoración con pinturas eróticas le hizo volver el poco de rubor que había perdido en el trayecto. La invité a sentarse y serví dos whiskys bien cargados; le dije que se tranquilizara, que no dijera nada si es que no quería hablar. Que me dejara hacer en silencio, y que de allí no se iría virgen como entró.

Con manos temblorosas encendió un cigarrillo, y con la segunda bocanada que aspiró disminuyó el temblor que traía desde el bar. La dejé sola en el living para verificar que en el dormitorio todo estuviera en orden. La cama enorme estaba allí con sus sábanas impecables, y un aroma suave a lavanda se expandía por el ambiente. En el baño me desnudé y vestí una amplia bata que había dejado en el placard meses antes.

Volví a buscarla, y tomándola de la mano la conduje hasta la habitación; temblaba nuevamente. La abracé suavemente y rocé sus labios con los míos, no respondió al intento de beso. Viendo que también allí tendría que hacerme cargo de todo la alcé en brazos y la deposité en la cama vestida. Le quité los zapatos y subí mis manos por sus muslos, eran suaves, rotundos, firmes y muy cálidos. Me tendí a su lado para reconocer algo más de su cuerpo por sobre la ropa. Las tetas eran medianas y duras; el culo igualmente duro y amplio. Al fin no iba a ser desagradable mi tarea.

Con infinita paciencia inicié la fatigosa batalla contra botones, lazos y broches. Todos sabrán la dificultad que implica quitar un vestido entero sin la menor colaboración; debía menearme, sentarme, pararme; pero lo conseguí y quedó en bombachita y soutien. Debo reconocer que al menos había elegido una ropa interior sugerente en tonos pastel.

Sin dejar de acariciar esas formas tan apetecibles y suaves le desprendí el sujetador y se lo quité; sus pezones estaban erectos y duros como aceitunas verdes. Esta vez aceptó el beso y respondió con su lengua ávida. La apreté contra mí, y entreabriendo mi bata le hice sentir la dureza de mi verga parada contra el vientre. Me negué a su pedido de apagar la luz, me agrada ver con quién cojo, y que ella me vea a mí. Fui bajando su trusa hasta sacarla por los pies. Me gustó lo que vi, un culo muy bien formado, paradito y duro; la concha semi depilada y de labios mayores carnosos.

Hasta esa conchita bajé y abriéndole las piernas ubiqué mi cabeza entre ellas para darle una buena chupada de concha que la desinhibiera un tanto. Separé con mi lengua sus labios mayores y recorrí toda la caliente entrada. Di con el clítoris y lo lamí, chupé, rocé con una dedicación admirable; Ethel respondió a los estímulos y comenzó a gemir, ya no temblaba, más bien agitaba todo su cuerpo procurando estrechar el contacto con la lengua que la excitaba y a ratos la penetraba. La concha era una verdadera sopa de tantos jugos que segregaba. Su orgasmo fue movido y estridente.

La dejé recuperarse mientras enjuagaba mi boca con whisky, tampoco yo hablaba ahora. Me quité la bata por entero y le ofrecí a la vista mi poronga erecta. Llevé una de sus manos hacia allí y se la hice apretar, es decir al principio lo hice yo, luego ella se encargó de apretar mi verga y recorrerla entera.

Volví a besarla y acariciarle toda, le susurraba cosa ininteligibles para preparar el momento en que iba a penetrarla; aunque estaba bien lubricada naturalmente por la calentura que llevaba le unté generosamente la concha con gel y probé con un dedo, luego con dos y con tres. No iba a ser tan sencillo, su vagina era muy estrecha, pero tengo madera de héroe y no hay empresa que me desaliente. Ella tendida con las piernas abiertas y yo entre ellas verga en mano me dispuse a iniciar la clásica posición del misionero.

Apoyé mi glande en la entrada de su concha, me sostuve con un brazo mientras con la mano libre guiaba mi poronga hacia su glorioso destino. Empujé un tanto, con poco resultado por cierto, el canal era pequeño para la nave que quería cruzarlo; me dijo que le dolía un poco, pero que no parara. Volví a empujar y la punta de mi verga empezó a abrirse camino trabajosamente; la cabeza era más gruesa que el resto, de modo que por donde esta pasaba quedaba el camino expedito para el tronco. Ya no hacía falta guiarla con la mano que estaba dedicada al clítoris por entero para darle placer y ayudarla a relajarse.

Las paredes de la concha de Ethel se ceñían sobre mi poronga, apretaban deliciosamente; la verga iba sólo hacia adentro, ya había entrado poco más de la mitad. De un solo envión destrocé su virgo, dio un grito de dolor, y aproveché el momento para metérsela toda, y acostado prácticamente sobre ella continué hablando pavadas inconexas, le sobaba los pezones y el clítoris alternativamente mientras se iba acostumbrando a la carne extraña que tenía en su interior.

Y el trabajo dio resultado, Ethel se empezó a mover, primero lentamente, luego más rápido. Yo también empecé a mover mi verga dentro de su vagina con suaves vaivenes de mis caderas. Poco a poco fuimos tomando la cadencia de una buena cogida, eso es tan natural como estornudar, ella ya gemía y jadeaba, puse mis dos manos bajo su culo, esto además de regalarme el fantástico tacto de esas cachas redondas y duras me permitía subirla un tanto y hacerle entrar un poco más mi poronga en la concha.

Habló por fin, para decirme que no parara, que le encantaba como la estaba cogiendo, que la rompiera toda. Entre gemidos y jadeos convulsivos me pedía más, más verga. Le metí el dedo medio de mi mano derecha en el culo, entró con dificultad pero no me dijo nada.

Creo que de golpe tuvo mil orgasmos juntos. Aunque el dueño del departamento me había asegurado que no se escuchaba nada de afuera, temí que llegaran los bomberos por los gritos de Ethel. Me mordió el cuello hasta sacarme sangre, no lo pensé en el momento, pero me costó un esfuerzo de imaginación explicarle a Marta ese hematoma con dientes marcados.

Mi acabada fue de campeonato, volqué toda mi leche en esa concha recién estrenada, mis espasmos me ayudaban a penetrarla cada vez mejor; no recordaba muchas veces de haber eyaculado de esa manera; fue la apoteosis del polvo.

En el relax post coito me volvió la razón y le di a tomar una de las pastillas del día después, con agua, mientras yo bebía otro whisky.

Tardamos en reponernos, y me pidió seguir con la lección. Le enseñé a chupar una verga y se reveló como una discípula aventajada; no eyaculé en su boca porque me reservaba para la lección final. Nos dimos una hermosa ducha, juntos, la aproveché para acariciarla otra vez mientras la jabonaba. Mi poronga estaba nuevamente lista, parada, dura y caliente.

Preparé una enema de un litro y medio, agua tibia con sal, la tendí en el piso del baño y penetré su culo con la cánula del irrigador. Con toda el agua adentro la hice mover un poco para acentuar el resultado, y la dejé sola para que evacuara y se lavara el culo.

Volvimos a la cama, entre arrumacos, más propios de novios que de quienes estaban cumpliendo una misión, me confió que había gozado demasiado, que si hubiera sabido que coger era tan bueno lo hubiera hecho mucho antes.

Luego inicié la culminación de mi obra, en medio de besos y caricias que nos daban mucho placer a ambos tomé el tubo de gel y le unté los alrededores del ano, hice lo mismo con los dedos de mi mano derecha para empezar introduciendo el índice en su recto, entró sin demasiada dificultad, lo hice jugar un rato dentro del estrecho orificio, lo saqué y probé de volver a meterlo pero esta vez junto con el mayor, me costó bastante más, pero Ethel colaboraba ansiosa. Mientras tanto le hablaba con calma, pidiéndole que se relajara, que no temiera, que iba a ser muy delicado con su bello culito. Siempre dándole tiempo para que asimilara lo que le iba entrando logré tener ambos dedos en su culo y los moví en círculos; luego los fui abriendo para poder dilatar un poco más su anillo muscular.

Cuando consideré que su esfínter no dilataría más por esos medios la acomodé boca abajo, con una almohada bajo sus caderas y las piernas ligeramente separadas. La experiencia me había enseñado que esa era la forma menos traumática de desvirgar un culo; la posición boca arriba con las piernas tocando el pecho es más placentera pero tensa demasiado los músculos y hace más dolorosa la penetración anal. Le pedí que se separara las nalgas con sus manos, un anillito marrón claro, arrugado se ofreció a mi vista. Allí ubiqué la punta de mi estaca dura, la guié con mi mano y presioné con fuerza, al entrar mi glande dio un bramido desgarrador, era notorio que le dolía, no esperaba yo otra cosa.

Sé que no hay placer sin dolor, por eso seguí presionando a pesar de sus quejas. No hay mujer que goce la primera vez que la penetran por el orto, en las sucesivas es otro cantar. La abundancia de gel ayudaba un tanto y seguí introduciendo mi verga en ese preciado recto. Fue un trabajo lento, un centímetro y parar para dejar que el canal se vaya adaptando. Después de muchos “un centímetro” ya se la tenía toda adentro; se seguía quejando del dolor, le dije que aguantara, que era sólo la primera vez. Pero de verdad ese culo era tan estrecho como estrecha había sido su concha, aunque algo bastante más.

Me dolía la verga por lo apretada que se hallaba; los dos sentíamos una mezcla de dolor y placer; ella porque se sentía penetrada que era lo que quería; yo porque me estaba comiendo un culito precioso; esto hacía que el dolor de ambos fuera soportable. El esfínter que presionaba el nacimiento de mi verga me ayudaba a mantener la erección. Le di el tiempo suficiente de adaptación y comencé a bombear despacio; le pedí que tratara de moverse, lo hizo entre quejidos. La ayudé con mis dedos en su clítoris; el placer que sentía ella en su concha la hizo moverse como si la estuvieran cogiendo por allí; y la verga en ese culo de antología estaba a sus anchas.

Poco tiempo pude aguantar el torrente de leche que empujaba desde mis profundidades, me derramé entre los gritos desaforados de ambos; nunca supe si ella tuvo también un orgasmo, estaba yo demasiado atento a otras cosas.

En el relax subsiguiente me dijo que me agradecía lo que había hecho por ella, le retribuí su agradecimiento, para mí había sido una fuente de enorme placer.

Convinimos dejar pasar unos días y repetir la experiencia, Ethel quería aprender algo más y fijar los conocimientos de esta tarde.

Afortunadamente siempre tengo un buen stock de Viagra, pues esa noche Marta quiso que cumpliera con ella. Pero en los días de semana Marta se conforma con un solo polvo, aunque muy largo; y en mi estado, pese a que me costó un triunfo la erección, tardé bastante en acabar, lo suficiente para que Marta tuviera tres orgasmos.

Autor: Sergio

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Una vez de a tres

Me dijo, vamos a coger ahora, quiero que él también esté, me encantaría ser doblemente penetrada. Como estaba medio ebrio y muy caliente a esas alturas accedí sin chistar y subimos a lo nuestro, cogimos largo rato, a mi me encanta el sexo oral y me calentó mucho el que ella pasara tanto tiempo en cuatro mientras el argentino, la cogía por su concha y a mí me la lamía extasiada sin descansar.

¿Qué raro que uno cuando sale de casa como que se libera y su moral se hace un tanto más flexible, no te parece?

En uno de mis viajes a Buenos Aires salí con una amiga a la cual quería cogerme hace mucho tiempo y como tuve que ir por trabajo me aproveché de los viáticos para invitarla jeje.

Estuvimos como una semana allá, yo con bastante trabajo pero en las noches me daba el tiempo de salir a comer, bailar, etc., para empezar con mi movida. Me fue bastante simple la verdad, la segunda noche ya estábamos cogiendo como enfermos, para mi sorpresa mi amiga era demasiado caliente y yo que siempre he creído que tengo mucha experiencia, me vi un tanto sorprendido pero muy, muy contento.

Hicimos todo lo humanamente posible en nuestro primer encuentro y en el segundo, el sexo anal estuvo a la orden del día y ella gustaba de penetrarme a mi con sus dedos todas las noches, debo reconocer que al principio me fue un tanto incómodo pero luego y dada la calentura lo deje pasar siempre.

Ya en nuestros últimos días traté de desocuparme temprano para alcanzar a coger unas cuantas veces más antes de irnos ya que ella volvería a su casa con su novio cuando volviéramos de nuestra aventura. Pasé a comprar algunas cosas para encender más nuestras noches, lubricantes, cremas de masajes, etc., y para mi sorpresa cuando llego al hotel veo que en el restaurante del mismo estaba mi amiga besándose con un argentino muy descaradamente.

Debo reconocer que me dio un poco de rabia y celos pero me contuve porque la verdad no había nada exclusivo entre nosotros y fui muy tranquilamente a saludarla. Ella ni siquiera se inmuto, y rápidamente me pidió un trago, bebimos, conversamos, el tipo era muy simpático y nos llevamos bastante bien.

Más adentrada la tarde mi amiga me preguntó porque llegaba antes y yo un poco movido por el alcohol, le dije que me había desocupado antes para tener más tiempo para cogérmela y ella ante este comentario se largó a reír.

Me dijo, -vamos a coger ahora- y yo le dije que fuéramos, me despedí de su amigo y mientras lo hacía me dijo, -quiero que él también esté, me encantaría ser doblemente penetrada-. Como estaba medio ebrio y muy caliente a esas alturas accedí sin chistar y subimos a lo nuestro, cogimos largo rato, a mi me encanta el sexo oral y me calentó mucho el que ella pasara tanto tiempo en cuatro mientras el argentino, cuyo nombre no recuerdo, la cogía por su concha y a mí me la lamía extasiada sin descansar.

Fue tanta la excitación que debo reconocer que acabé un poco más rápido de lo normal, y vi como ella se volvía loca tragándose todo mi semen mientras su amigo seguía embistiéndola fuertemente. Ella se vino al mismo tiempo que yo y su amigo el argentino paraba de embestirla una y otra vez sin acabar, debo reconocer que me sentí un poco apenado por acabar antes que él, pero todo quedo en nada cuando muy rápidamente comencé a recuperar mi vigor. Ella no lo podía creer, estaba en otro mundo con todos nuestros juegos, hasta que llegó el momento más freak de todo mi viaje.

Estaba mi amiga tendida en un sofá muy grande y yo estaba felizmente devolviéndole el favor comiéndome su concha como un animal, lamí todo su sexo mil veces, estaba muy mojada (me encanta tragarme los jugos que salen de una concha caliente siempre, no se por qué, es como mi fetiche). Estaba en 4 en el suelo yo más por accidente que a propósito, y mientras mi lengua se introducía en la vagina de mi amiga siento que alguien me toma la cadera y siento pasar una verga por mis nalgas. Por supuesto que salté pidiendo explicaciones más intrigado que enojado, pero actuando un nivel de enojo mayor.

Mi amiga dijo muy estricta –ya córtala, atrévete a probar cosas nuevas, ¿no te gustó romperme el culo? Es tu turno, si aceptás podrás seguir haciéndome eso a mi, cuando quieras de vuelta de nuestro viaje- Dudé mucho, mucho rato, debo reconocer que mis ganas de seguir jugando cesaron de sopetón, mi verga se puso lacia y dije, -ok, lo haré-, volví a lamer a mi amiga que estaba más mojada que antes, lo que ayudó a que me volviera loco y se me parara inmediatamente, hasta que sentí de nuevo esas manos en mis nalgas.

Fue muy incómodo, muy raro, estaba bastante asustado pero seguí concentrado en la felación a mi amiga más que en otra cosa y de repente lo sentí. Algo abría con violencia mis nalgas y se introducía en mi ano con vigor, el dolor lo sentí de inmediato, atravesó todo mi cuerpo, se me recogieron las piernas tanto que incluso tuve que calmarme para no aplastar mis bolas con mis propias piernas. Sentí el glande de este tipo introducirse completamente y con ello bajó la intensidad del dolor muchísimo, así pude volver a lo mío.

Fue mucho rato, estar en cuatro con una verga entre las nalgas es algo muy raro, duele, pero al final calienta mucho… hicimos muchas posiciones así, él me penetraba a mi, yo a ella, mientras más duro me la metía él más duro se la metía yo a ella. Lo único que no me gustó es que él acabara dentro mío, su verga se hinchó muchísimo, su glande parecía que iba a explotar lo que me causó demasiado dolor para ser verdad, fue muchísimo en verdad, casi inaguantable y la sensación de tener semen caliente dentro del culo es muy incómodo, pero bueno.

Acabé yo un par de veces más, ya lo había hecho en la boca de mi amiga, y lo hice una vez más en su ano como venganza y seguí moviéndome hasta que se me volvió a parar y volví acabar dentro de ella. Después la noté que no se podía sentar, lo que me dio mucha satisfacción  como venganza lo que me había hecho…

Aun me dice en broma cuando nos vemos, -sigue saliendo tu leche de mi culo-. Yo solo me río no más, pero no me he vuelto a reunir con ella nunca, y del argentino no supe nunca más.

Autor: clau_webcam

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Una dulce cogida con mi tía

Cuando ya estaba suficientemente dilatado su ano, le puse mi cabezota, le pregunté si no la lastimaba y me respondió que si, pero que estaba sintiendo tan rico que no le importaba, que se la metiera toda de una vez, se la empujé y ella volvió a gritar de placer, me dijo que sentía ganas de cagar, pero era porque se estaba viniendo como nunca antes.

Hola a todos, lo que les contaré ocurrió hace ya unos cuantos años.

En una visita que tuve a Puebla, yo tendría unos 18 años aproximadamente, estando tomando unas copas con mi primo, mi tío y unos amigos, llegamos a la casa de mi tía Karla, ya entrada la noche y todos ya en estado inconveniente, salimos a comprar más alcohol ya que se había terminado. Pero al momento de salir, unos chavos que estaban a unas cuadras de la casa de mi tía, comenzaron a buscar pleito, por lo que al ver que éramos menos que el grupo de vándalos, corrimos, todos por diferentes caminos.

Yo, buscando un arma para poder hacerles frente a los jóvenes, regresé a la casa de mi tía, la cual se percató de lo que intentaba, en ese momento me detuvo y me pidió que entrara en su casa, ya estando dentro y sentados, con una copa cada uno, le platiqué lo sucedido. Me dijo que tenía una botella que estaba reservando para una buena ocasión, pero como ya nos había notado muy tomados, prefirió no sacarla en ese momento, y así entre la plática de lo que hacía en mis ratos libres y las novias, comenzó a subir de tono la conversación.

En esos días, su esposo, mi tío político trabajaba en otra ciudad y llegaba a su casa cada fin de semana, por lo que me platicó que tenía la idea de que su esposo estaba con otra persona, a lo que le respondí que era un tonto al tenerla, siendo tan joven aún y con tan buen cuerpo. Debo decir que mi tía, todavía en estos días, tiene unas piernas sumamente bien torneadas, un culo riquísimo y unos labios mordibles, que solo de verlos se antoja una mamada. Por lo que no tardé en imaginar cómo sería que le hiciera el amor a la hermana de mi propia madre.

Creo que mi tía también lo imaginaba porque comenzó a abrir y cerrar las piernas, cada vez con mayor insistencia, aunque yo no me animaba a dar el primer paso, por lo que al terminarse la botella decidimos ir a dormir, yo me despedí pero me sugirió que mejor me quedara esa noche, puesto que los chavos esos que se reunían cerca de su casa podían seguir ahí, yo accedí y me destinó una habitación. Ya para entonces, con las copas encima, la platica y viendo las reacciones que había tenido mi tía, ya estaba bien caliente, por lo que me metí a la cama sin nada encima, para poder acariciarme la pija, de momento, una idea loca me entró a la cabeza, pensé que podía intentar algo, a ver si resultaba.

Me levanté, solo con unos bóxers, haciéndose notar mi paquete por lo recto que estaba, me aproximé a su habitación, con la respiración agitada, no sabía que podía pasar pero ya era más mi excitación que mi temor por lo que resultara, toqué a su puerta, sus hijas (mis primas) que eran muy pequeñas ya estaban dormidas en sus respectivas recámaras. Mi tía, preguntó quien era, le respondí que era yo, que deseaba platicar con ella, me dijo que pasara, y al abrir la puerta, cual fue mi sorpresa al verla desnuda, levantando su sábana para pedirme que me acostara junto a ella para poder platicar mejor, en eso mis ojos saltaron de gusto al ver tremendos senos, riquísimos, grandes, redondos, y un monte de Venus repleto de vello público, me recosté y de inmediato me jaló de los cabellos para restregar mi cara en sus adorables pechos.

Yo, de inmediato los mamé, los mordí y los jalaba con mis manos, al mismo tiempo de comenzar a acariciar su vagina, la cual para entonces ya estaba más que empapada, parecía que se había orinado, sus sábanas estaban mojadísimas, me dijo que aún cuando su esposo llegaba los fines de semana, en ocasiones ni la tocaba, y cuando lo hacía era muy rutinario, por lo que deseaba probar más verga. Yo le besaba los pechos, le metía tres dedos en su bizcochito y con otra mano le agarraba las nalgas, que son más que excelsas, grandes, morenas y con un aroma a sexo que nunca había percibido en otra mujer.

Ahí estaba yo, haciéndole el amor a mi tía que desde niño causaba en mí ideas morbosas y que hizo que me masturbara muchas ocasiones, oliendo su sexo tan rico, lo juro, nunca he vuelto a tener esa sensación, de sentir esa química que se necesita para poder decir, me voy a conocer ese coño tan exquisito.

Le abrí de piernas, le enterré mi cara en su conchita para saborearla por casi una hora, mi lengua estaba extasiada y por eso recurrí a chuparle la concha hasta comerme todos sus jugos que brotaban como agua de manantial, de verdad, no me canso de decir que aquello olía muy rico, yo creo que algunos de ustedes me entienden, lo que es que una mujer te pida sexo oral y que su olor no sea del todo de tu agrado.

Así, mi hermosa tía se vino tres o cuatro veces, yo estaba más borracho por el delirio que me causaba todo ese ambiente, cuando ya sentía que me venía solo de mamársela, le coloqué mi miembro que ya estaba babeante y de un jalón se lo dejé ir, todo, así después de 10 minutos aproximadamente ya no aguanté más y terminé dentro de ella, sin importar que no tenía preservativo en ese momento y que ella estuviera en sus días fértiles.

La locura era tal, que ni los gritos le importaron a mi tía, pues podían despertar a sus hijas, pero ella gozaba y me repetía que era un sueño hecho realidad, ya que me confesó que desde hacía unos años también fantaseaba conmigo…

Yo no podía parar, así que mi verga que es de tamaño normal pero con una cabeza muy grande y gruesa, le dije que yo quería meterle mi pito por su culo, se volteó boca a bajo y me dejó a mi libre albedrío todo su enorme y suculento culote, que también despedía un aroma fenomenal, nada más de verlo mi pija se puso como acero, le besé cada centímetro de sus nalgas, las lamia, las mordía y al abrirlas vi un ano igual de delicioso que todo lo demás de mi tía.

Comencé la labor, le metí un dedo, aprovechando sus propios jugos lo moje para dilatarlo, estaba tan mojada que no me costó trabajo meterle –otra vez- tres dedos, cuando ya estaba suficientemente dilatado su ano, le puse mi cabezota, le pregunté si no la lastimaba y me respondió que si, pero que estaba sintiendo tan rico que no le importaba, que se la metiera toda de una vez, se la empujé y ella volvió a gritar de placer, me dijo que sentía ganas de cagar, pero era porque se estaba viniendo como nunca antes.

Así pasamos, casi al amanecer, descansando claro, pero por ratos, pues despertábamos y lo único que queríamos era seguir cogiéndonos, saborear nuestros sexos y gozar de esa maravillosa locura.

Después de eso, ya nunca lo repetimos, hasta el momento, pues se divorció, se volvió a casar, pero al parecer ya necesita otro desliz ya que sigue igual o más de sabrosa.

Autor: Alberto

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