El encuentro con Díaz

Yo seguía deleitándome y tratando de chupar esa polla tan gorda. Pude sentir como metía otro dedo, y otro, al final tenía cuatro dedos allí. Logrado esto, me hizo poner boca abajo, y sin ninguna piedad me mandó la polla hasta los pendejos y sentí sus cojones golpearse con los míos. Me estuvo follando así como unos diez minutos, con mi polla en su mano, la apretaba de esa manera ruda que le gusta a él.

Este fue el último E-Mail que recibí de Claudio y Marina, la pareja española que conocí en el chat y que me contaron sus experiencias.

Querido Omar: Marina y yo por el momento hemos dejado las juergas. ¿No te imaginas por qué? Marina va a tener un bebé. Igual nos mantendremos en contacto contigo, y te haremos saber, lo que suceda. La última aventura que tuvimos sucedió hace un mes, más o menos.

Yo fui por unos trámites a la Municipalidad de Madrid y al salir pasaron dos gendarmes en sus motos. Uno me gritó ¡Claudio! Me detuve y le dije: -¿No te reconozco? ¡Como lo iba a reconocer, con casco de motociclista, uniforme de gendarme y gafas! Me acerqué y me dijo que era Díaz un compañero de la secundaria. No me acordé enseguida, pero al pensar un poco tuve un vago recuerdo y le dije: -¿Tú eras el que venía a mi casa a estudiar y nos hacíamos unas puñetas de novela? Dijo que sí. Omar, había pasado tanto tiempo que ni me acordaba de su rostro y con ese casco estaba irreconocible. Le di mi dirección y le dije que pasara por mi casa, que tomaríamos un carajillo y le presentaría a Marina. A los pocos días sonó el timbre y era él. Se sentó en un sillón, y mientras tomábamos el carajillo me contó que se había casado y cogiéndose el paquete me dijo: con esta polla y estos cojones le hice seis hijos a mi mujer. Se notaba que estaba muy orgulloso de su polla. Omar te cuento que en los tiempos de estudios, nos hacíamos la puñeta mientras estudiábamos pero, solo eso.

El me cogía la polla y la jalaba y yo le hacía lo mismo. A veces poníamos las dos juntas y nos las jalábamos al mismo tiempo. Era lindo sentir sobre mi capullo el calor de su polla y la humedad que despedía y después la lefa (leche), salía y me mojaba la polla y yo se la mojaba a él. Nunca pasó de eso. Cosas de adolescentes.

Bueno con él recordamos eso, ese día que vino. Yo le comenté que con el puesto de policía, los travestidos, gay y leandras que se habría tirado. Me dijo que sí, pero que lo que más le gustaban eran las tías. Que a los gay sólo les dejaba que se la chuparan. Sí es lo que les gusta, me comentó. Marina demoraba, en realidad él llegó muy temprano. Y a los travestidos les rompía el ojete con mucha fuerza. El carajillo le dio calor y se sacó la chaqueta del uniforme y se desprendió algún botón de la camisa. Yo le dije te acuerdas que mi polla era más gorda que la tuya. -No, no me acuerdo de esas cosas, hace tanto tiempo… Se le notaba mucho el paquete. Dijo que quería mear y le indiqué el baño. El entró y yo quedé fuera. No cerró la puerta y pude oír una meada larga y con fuerza. Jaló la cadena y se dio vuelta para ir hacia el lavabo.

Ahí me vio en la puerta mirándolo. Tenía la verga en la mano, bastante dura y gorda. Me la voy a lavar, me dijo y procedió a hacerlo. Entré al baño y él dijo, mejor me bajo los pantalones así la podré lavar mejor, hoy tuve un día terrible y estoy muy sudado. Bajó sus pantalones y pude ver que se empalmaba más. Se acercó al lavabo y procedió a lavarse. La descapulló y pude verle la cabeza violácea y le dije: -¡Como te creció! ¡No me acordaba que fuese tan gorda! Se secó y se levantó el bóxer y cuando iba a subirse el pantalón se lo impedí y le dije: -Que te parece si recordamos viejos tiempos, vayamos a la alcoba. No dijo nada y me siguió. Allí me saqué la ropa y quedé desnudo. -¡Como has echado cuerpo!, me dijo. -Ahora te toca a ti, quiero verte en cueros. ¡Omar! ¡Se había convertido en un semental! Peludo como un oso, los cojones enormes y esa polla apuntando hacia arriba era gorda y larga. Nos sentamos en la cama y él dijo: -¿Quien empieza con la puñeta como en los viejos tiempos? Yo le cogí la polla con las manos y pude sentir ese calor tan agradable. Lo comencé a pajear lentamente y él al sentir que le gustaba también cogió mi polla e hizo lo mismo.

Me animé a más cosas que con él nunca había hecho. Me metí su polla en la boca y comencé una mamada muy lenta pues era muy gorda y larga y debía acostumbrar mi boca a esas dimensiones. El seguía con mi verga en la mano sin decir nada, finalmente dijo: -La chupas muy bien, igual que los maricas de la calle. Yo nunca chupé una polla. La saqué de mi boca y le dije: -Adelante mi polla es toda tuya, puedes chuparla o hacerle lo que quieras. El seguía indeciso sólo la cogía con su mano y con ese sube y baja característico de la puñeta. Yo me acosté en la cama boca arriba y le dije que se pusiera sobre mí, como el 69. Así lo hizo y me acomodó su verga en la boca. Su cara quedó sobre mi pubis. El dijo: ¡que dura la tienes! y me la apretó tanto que me hizo gritar. -Hombre no la aprietes tanto, métela en tu boca de una vez. La olió, besó el agujerito, la lamió y finalmente la introdujo en su boca. Enseguida la sacó, hizo una mueca de asco o rechazo. Yo le empujé la cabeza y se la hice tragar hasta la garganta. -Es la primera impresión, ya verás que te va a gustar. Chupa, lame y haz lo que te plazca. Así estuvimos un buen rato. Yo le tocaba el culo, pues de esa posición lo veía perfectamente, apretado y virgen y sus nalgas tan peludas que apenas me lo dejaban ver.

¿Todavía queda alguno?? Ja, ja, ja… Paró y me dijo que eso no, el culo que no se lo tocara. Que él no era sarasa y cosas así. También me dijo que no me corriera en su boca, que le daba asco la lefa. Bueno Omar te cuento que cuando me iba a correr la saqué como él quería y los chorros de lefa cayeron sobre mi pubis. Sentó sus espasmos y me dijo: -Me voy a correeeeer. La sacó de mi boca y con una mano se hizo una o dos puñetas y vi su líquido blanquecino salir a chorros sobre mi cuello y pecho. Quedó agotado y se desplomó sobre mí y al hacerlo sus pendejos quedaron emapapados. En eso llegó Marina y nos vio, uno sobre el otro y rastros de lefa por todos lados. -¿Qué es esto? ¿Hicieron fiesta y no me invitaron? Imagínate Omar. Díaz no sabía nada de las fiestas que hacemos con mi mujer y nuestros amigos. Quedó petrificado y se cubrió con una sábana sin saber dónde meterse ni que decir. Ni presentaciones pudimos hacer, Marina se despojó de la ropa, acomodó unos cojines sobre la cama y se sentó en ellos separando las piernas, invitó a mi amigo a que le chupara el coño. El no sabía qué hacer.

-Adelante hombre! le dije para darle confianza. Se puso boca abajo sobre la cama y empezó una lamida de coño, que a Marina la llevaba a las nubes. Marina con eso del embarazo no quiere que nadie la penetre, ni a mí me deja hacerlo… Le dije que flexionara las piernas, para que yo pudiera lamerlo a él. No puso objeciones y quedó con el culo hacia arriba y la cabeza enterrada entre las piernas de Marina. Yo me ubiqué atrás de él. Allí tenía un panorama espléndido de sus bolas colgando, su garrote que nuevamente estaba enhiesto y su ojete virgen. Comencé a pasar mi mano suavemente por esas nalgas, el perineo, toqué sus bolas y finalmente cogí el mástil y lentamente comencé a hacerle una puñeta, me ubiqué abajo y le lamí los cojones, mientras miraba ese pedazo de carne palpitante, lo lamí, me lo metí en la boca, mientras él seguía ocupado con el coño de Marina. Lamía y tocaba su orificio anal con mis dedos, cambié de posición y me coloqué atrás de él, le lamí los cojones y acerqué mi lengua lo que más pude a ese orificio.

El quiso protestar, pero Marina le cogió la cabeza y la apretó más sobre su coño. Empecé a lamerle toda la zona entre los cojones y el ojete, él gemía, no sé si por mi lamida o porque le gustaba lo que le hacía a Marina. Finalmente me animé y le metí un dedo, lo metía y lo sacaba. Con la otra mano le trabajaba la polla y le lamía los cojones. Cuando noté que su resistencia a apretar el esfínter se aflojaba probé con otro dedo. Entró con un poco de dificultad, me levanté y saqué de la mesilla de noche un pote con crema, le unté el culo y con mis dedos le metí crema para adentro. Quedó muy bien untado y resbaloso, faltaba lo mejor me embadurné mi polla con mucha crema, la tenía muy dura. Le separé los pliegues con los dedos y apoyé la cabeza de mi estandarte en ese agujero rosa pálido, cuando la apoyé y él lo notó, quiso protestar, pero Marina nuevamente le apretó la cabeza con sus piernas y quedó aprisionada contra su coño. Empujé un poco y ese canal estaba tan resbaladizo que la cabeza le entró bastante más fácil de lo pensado. El bruscamente separó las piernas de Marina y dijo: -¡Detente, no soy sarasa para que me hagáis esto!

Aproveché que se iba a dar vuelta y apreté, se la envié toda hacia adentro sin detenerme. Dio un grito de dolor tremendo. Protestó que fui muy bruto, que lo violé y cosas así, pero no hizo nada para que se le saliera o no supo cómo hacerlo. Busqué su polla y por el dolor se le había bajado. Marina, le dijo que siguiera chupándole el coño, que quería llegar al orgasmo. Y él comenzó nuevamente a pasarle la lengua, pero esta vez con mi polla enterrada hasta la raíz. Intenté sacarla y él hizo una exclamación de alivio. La metí de nuevo y busqué su polla, estaba idiota, pero quería empalmarse de nuevo. La cogí con la mano y la empecé a masturbar, mientras mi polla iba y venía de su culo. Al rato Marina se agitó mucho y me di cuenta de que estaba por correrse, Díaz tenía la polla por reventar por mis caricias y la presión que tenía dentro de sus intestinos. Me dijo te estás por correr, siento tu polla palpitar mucho allí adentro, ¡sácala, por favor! Era cierto la saqué, él se dio la vuelta y me acosté sobre él polla con polla.

No hubo necesidad de las manos, el frotarse una contra la otra, nos hizo correr, cosa que aproveché sus jadeos y puse mi boca sobre la suya. El me apretó las nalgas y nuestra lefa se mezcló entre nuestros cuerpos, mientras Marina nos miraba. Después no bañamos los tres y él me dijo: -Nunca me imaginé que alguien me ropería el culo y menos que me diera tanto placer. Fue fabuloso chuparle el coño a tu mujer y sentir esa sensación nueva en las entrañas. Al despedirse me dijo: -¡Me debes una, algún día vendré a cobrarte por haberme roto el culo!

Querido amigo esto no terminó ahí. Yo estoy cansado y ya escribí mucho es la medianoche. Otro día te digo lo que pasó después… ¡Estoy de vuelta y muy feliz! Marina se hizo la ecografía y vamos a ser padres de gemelas. Ya elegimos nombre: Rocío y Concha, ¿te gusta? Bueno había quedado en contarte lo último que pasó con Díaz. Como a la semana me llamó y me dijo que si estaba libre quería venir por casa a cobrarse la deuda… -Hombre, vente hoy a las siete que a esa hora llegará Marina. Le dije. -No, prefiero que ella no esté. Fue su respuesta. Me extrañó, pero le dije ¿bueno a las cinco te viene bien? A esa hora en punto llegó. Le quise servir una copa, conversar, etc. Pero no quiso. Me posó su mano en el paquete y me dijo: -Déjate de rodeos, si sabes bien a lo que he venido. Y me bajó la cremallera sacando mi polla sin preparar para afuera (sin preparar quiere decir sin empalmarse). Nos fuimos para la cama y comenzamos un 69, pero él quiso que yo me pusiera arriba. Nos empezamos a chupar las pollas él lo hacía como con desesperación y furia, al mismo tiempo que me metía la suya hasta la garganta, me tocaba el culo, que en esa posición lo tenía abierto y lo podía ver bien, como yo estaba arriba no podía ver el de él, solo podía lamerle las bolas y la raíz de su polla.

Humedeció un dedo con saliva y empezó a hurgarme el agujero, hasta que logró meterlo, al rato metió otro y me pasó la lengua, pero no le pareció suficiente y me pidió crema diciendo: -Quiero follarte como nunca nadie te ha follado en tu vida, como me lo hiciste a mí en presencia de tu mujer. Le di la crema, sacó un poco con un dedo y a mi ojete. Metió todo el dedo y crema para adentro, yo seguía deleitándome y tratando de chupar esa polla tan gorda. Pude sentir como metía otro dedo, y otro, al final tenía cuatro dedos allí.

Logrado esto, me hizo poner boca abajo, y sin ninguna piedad me mandó la polla hasta los pendejos y sentí sus cojones golpearse con los míos. Amigo, me dolió, porque fue toda de golpe, ni siquiera frenó al sentir la resistencia de mi esfínter. Me estuvo follando así como unos diez minutos, con mi polla en su mano, la apretaba de esa manera ruda que le gusta a él. Aunque a mí no me gusta, me hacía doler, tiraba tanto de mi prepucio que parecía que lo iba a arrancar. La sacaba toda y la volvía a meter siempre con fuerza nada suave, me empezó a doler el recto con esos empellones.

Al final no era nada placentero, mi polla con el prepucio casi arrancado, mi ojete golpeado con fuerza. Le pedí que se detuviese un poco porque me dolía mucho. Me respondió: -Me hiciste puto, ahora me estoy cobrando. En una de esas, que la sacó antes de que pudiera meterla me moví y cuando llegó no encontró mi agujero y pegó en la cama. No sabes cómo maldijo. -¡Carajo! ¡Coño! ¡Me cago en la leche! Y otras cosas por el estilo. Me dio vuelta y me levantó las piernas y me la metió de nuevo. En esa pose podía ver su polla muy hinchada, la cabeza la tenía morada de tanto golpearme. ¡Más gorda era imposible!

Me la metió toda, me cogió la polla nuevamente y me empezó una puñeta más suave, se desplomó sobre mí y me besó en la boca, yo le pasé las manos por la cintura y empecé a jugar con su agujero peludo. Nuevamente empezó el vaivén, no aguanté que sobara tanto mi polla y me corrí sobre mi vientre, su mano quedó toda mojada de mi lefa, la acercó a mi boca y me dijo que lamiera esa porquería que él no quería tener la mano sucia. No me quedó otra opción, lamí su mano mojada de mi lefa. Siguió metiendo y sacando como diez minutos más, a mí me pareció mucho más tiempo. Deseaba que se corriera de una vez y más le metía mi dedo en el ojete a ver si eso lo hacía correrse.

Finalmente me dijo: -¡Estoy caliente como nunca, pero no sé qué me pasa no puedo correrme! La sacó y vi que la tenía muy congestionada, le dije ponla bajo el grifo del agua fría, a ver si se te descongestiona un poco. Inventé esa excusa, para que no me follara más. Lo acompañé al baño y se la lavé con agua fría y jabón. Ni medio centímetro, nada seguía dura como un palo. Volvimos a la cama y se la chupé nuevamente, traté de hacer cualquier cosa antes que me follara nuevamente de esa manera tan fuerte. No podía correrse… Le dije ponte en cuatro patas a ver si logro que te corras. Así le separé las piernas y le lamí el culo, metiéndole mis dedos y también crema.

El dijo: -¿No pensarás follarme de nuevo? -Sí, a ver si eso te hace efecto y te corres de una buena vez. Pensé que se negaría, pero como no dijo nada, arremetí contra ese culo y a las tres o cuatro embestidas, dio un gemido y su lefa saltó a borbotones mojando toda la almohada. ¡Una cantidad increíble de lefa! Después me dijo que desde que lo follé por primera vez no folló más con nadie. Quiso guardar todo para mi culo, pero que no me la pudo largar adentro. Se desplomó sobre la cama y yo arriba de él.

La poca lefa que me quedaba le mojó las entrañas, cosa que no le gustó, pero ya estaba hecho. Mi polla me quedó muy en carne viva por la fuerza de su mano y además, apretaba ese esfínter como un condenado. Una vez terminado todo, puse mi culo a remojo con agua fría en el bidet y él también, se metió los dedos tratando de sacar los restos de mi corrida de allí adentro. Se vistió y al irse me dijo: -Estamos a mano, culo por culo. No sé si otro hombre me lo hará nuevamente, pero contigo disfruté mucho, fue fantástico lamerle el coño a tu mujer con tu polla en mi ojete. Pero más me gustó hoy sentir que tu culo fue mío por tanto tiempo, lástima que no me pude correr dentro tuyo, guardé toda mi lefa para ti y mira donde terminó. En la almohada.

Amigo Omar esto sucedió hace unos meses y no supe más de Díaz. Supongo que seguirá con su trabajo y quizás ahora no sea el follador de gays, travestidos y leandras. Tal vez se deje follar por alguno de ellos…

Recibe un abrazo de Claudio & Marina

PD: Cuando nazcan las bebés te avisaré.

Autor: Omar

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Historia de una nuera muy putona

Mi suegro tenía una tranca maravillosa. Joder, exclamó Blas, es una auténtica puta, la vamos a tener todo el verano abierta de patas. Mi suegro dijo venga Blas, déjame que ahora la folle yo por el culo, ya sabes que mi mujer no me deja. Bien, hermanito aquí tienes su culito para ti. Mientras mi suegro me la introdujo por el culo, su hermano puso su polla entre mis tetas.

La historia que os voy a contar sucedió el verano pasado. Era verano, y como cada año fuimos de vacaciones a la playa, a casa de mis suegros. Aquellas prometían ser unas vacaciones muy divertidas, en la casa estábamos 3 parejas, nosotros, mis suegros y un hermano de mi suegro y su mujer. Por las mañanas suelo levantarme temprano, me gusta bañarme en la playa a primera hora. Y cuando acabo de mi baño me gusta preparar el desayuno. En esas primeras horas del día puedo estar sola, nadie me molesta.

Pensé que durante aquellas vacaciones mi marido recuperaría las ganas de hacer el amor. Él siempre está cansado, y nunca tiene ganas de hacer el amor. Yo soy una mujer con unas grandes tetas y paso la mayor parte del día excitada. Cierta mañana que estaba limpiando el chalet sentí mucha calor y me quité la blusa. Mis maravillosos pechos quedaron al descubierto. La verdad, no pensé que nadie pudiera estar viéndome pero al mediodía pude comprobar que si, que alguien me observaba. Después de comer todos se fueron a hacer la siesta, menos mi suegro y su hermano que se fueron al salón. Yo me fui a otra habitación que está justo al lado de donde se encontraban mi suegro y su hermano.

Les oí hablar y oí como mi suegro le decía a su hermano: “caramba, la verdad es que la visión de sus tetas, ha dejado mi polla tiesa.” Su hermano le contestó, mi mayor sueño sería restregarle a esa puta mi polla entre sus grandes tetas. Oí como se reían y decían como todo lo tenga tan grande tu hijo debe disfrutar mucho. Luego ya no oí nada más. Pensé que se habían dormido o estaban callados. Me acerqué y vi como los dos tenían su polla en la mano y se la estaban pelando como monos. Aquella visión me puso muy cachonda. La verdad es que yo estaba muy necesitada y ver dos pollas tan desaprovechadas me puso muy caliente.

Entré sin hacer ruido y cerré la puerta. Ellos se quedaron quietos y me observaron. Les dije, ¿puedo hacer algo por vosotros? El hermano de mi suegro dijo, sí, podrías enseñarnos tus tetas, la verdad es que estamos tan empalmados que nos gustaría volver a verlas. Naturalmente no pude negarme, me quité la blusa y el sujetador y mis pechos quedaron al descubierto. Otra vez volvieron a pelársela como dos monos.

Casi me da algo, nunca nadie antes se había excitado de esa manera al verme desnuda. Yo les dije que estaba muy caliente. El hermano de mi suegro dijo, eres una calentorra, seguro que tu chocho ya está encharcado, dije que sí. Se levantó de su asiento y empezó a sobarme el culo. Me bajó las bragas y empezó a tocar mi lindo coño, que es negro y peludo. Mi suegro dijo, eres una puta y te vamos a dar tu merecido. Mi suegro comenzó a restregar su enorme pollón por mi coño, y su hermano empezó a lamer mis pezones. Estaba tan caliente que no podía resistirme.

Mi suegro le decía a su hermano, mira Blas seguro que nunca has conocido a una guarra como esta. Blas dijo, ahora vamos a comprobar si es tan guarra como dice tu suegro, venga ahora vas a chupar mis cojones. La verdad es que la visión de sus cojones me excitaba, eran gordos y peludos. Yo empecé a pasar mi lengua por esas dos grandes bolas, Blas decía, joder qué gusto, qué bien chupa esta puerca.

Mi suegro, dijo, yo aún no estoy convencido de que sea una auténtica puerca, venga puta chúpame el culo. Empecé a chupar su culo, mi lengua entraba y salía de su agujero y con la otra mano le masajeaba sus cojones. Blas, se puso detrás mío y me metió su polla por mi culo. Vamos zorrita, venga que estamos muy calientes, ahora quiero que te metas la polla de mi hermano en la boca. Mientras Blas me daba por el culo, empecé a chupar la polla de mi suegro.

Mi suegro tenía una tranca maravillosa. Joder, exclamó Blas, es una auténtica puta, la vamos a tener todo el verano abierta de patas, va a ser la puta de la urbanización. Mi suegro dijo venga Blas, déjame que ahora la folle yo por el culo, ya sabes que mi mujer no me deja que se lo haga y quiero saber que se siente. Bien, hermanito aquí tienes su culito para ti. Mientras mi suegro me la introdujo por el culo, su hermano puso su polla entre mis tetas, y otra vez me puso sus grandes cojones en mi boca. Oh, puta, qué bien lo haces, chupas tan bien, que ahora soy yo el que va a comerte ese chochazo de putona que tienes.

Mi suegro dejó de darme por detrás y puso su polla en mi cara, me la restregó a base de bien, yo chupaba sus grandes bolas. Blas, me estaba haciendo una gran comida de coño. Entonces decidimos que ya era hora de hacer algo en serio. Mi suegro dijo, vamos, tengo ganas de follar tu coño de zorra caliente, y Blas dijo pues yo voy a encularla.

Yo estaba muerta de placer, tuvo como 6 o 7 orgasmos. Ellos no paraban de entrar y salir, y decían así, puta, así, te la metemos hasta los cojones. Qué buena estás cabrona. Tiene el culo tan abierto que parece un coño. Menuda zorra tenemos en casa y no lo sabíamos. Yo me estaba relamiendo de gusto y ya no podía más. La verdad es que estaba saciando toda mi hambre atrasada con aquellos dos machos.

Ya estaban a punto de correrse y decidieron hacerlo en mi cara. Venga, vamos guapa chúpanosla, nos vamos a correr en tu cara de zorrón. Blas, dijo, yo prefiero correrme en sus tetazas de vaca. Me puso su polla entre mis tetas y empezó a restregarse, yo mientras tanto empecé a chupar la polla y los cojones de mi suegro, se corrieron a la vez.

Fue una tarde muy excitante, durante aquel verano pasaron otras cosas que ya os contaré.

Autora: Supertetas

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Fin de semana con mamá

Se puso a cuatro patas en la cama y yo me coloqué de rodillas tras ella y le fui abriendo el chochete poco a poco con mis dedos. Luego acerqué la punta de mi polla a la entrada del coño. Al principio pensé que no quería verme la cara mientras lo hacíamos, pero me confesó que es una de las posturas que más le gustan.

Hola de nuevo a todos. El siguiente relato me lo mandó un amigo de este tipo de relatos. Para empezar diré que me llamo Jorge. Tengo 25 años y desde hace uno me he independizado de mis padres, puesto que terminé la carrera de Ingeniería Industrial y la verdad es que tuve suerte con el trabajo. Soy de estatura normal, 1,71 metros, moreno hago deporte con regularidad, sin ser un obseso de la figura y me gusta salir los fines de semana a conocer los alrededores de Madrid, ciudad en la que vivo. Por cierto, soy hijo único.

Como he dicho hace 13 meses me fui de casa. Desde entonces las cosas cambiaron allí. A los cuatro meses de haberme ido mis padres me comunicaron que se iban a separar, cosa que no me sorprendió lo más mínimo, ya que si bien no se les veía discutir no estaban de acuerdo en nada y se puede decir que cada uno hacía la vida por su lado. Entre los acuerdos de separación mi padre se quedaría con el piso de Madrid y mi madre con el chalet de la sierra y el apartamento que tienen en Roquetas, en la playa. De todas formas mi madre decidió buscar algo en Madrid, que le quedase más cerca de su trabajo (es profesora de Historia en una Universidad). Al final se decidió por un apartamento de un solo dormitorio, pero muy bien estructurado. Además, no quedaba muy lejos de donde yo tenía mi piso.

Mi madre se llama Laura, es un poco más baja que yo, morena, con una piel igualmente morena, buen cuerpo, ya que se cuida (no hace deporte ni nada de eso, pero controla mucho la comida). Lo que más llama la atención de ella son las tetas, maravillosas. Acaba de cumplir los 51, pero la verdad es que parece tener unos cuantos menos. La cosa es que al principio mi madre estaba bastante deprimida, por lo que pasaba mucho por su casa a ver que tal estaba, procurando sacarla para que no se aburriese y se le viniese el mundo encima como suele suceder en estos casos. Salíamos a comer, cenar, al cine o al teatro.

Al final esto se convirtió en una costumbre. Hasta que mi madre dijo que si bien estaba enormemente agradecida por lo que estaba haciendo, ella sabía que a mi los fines de semana me gustaba salir de Madrid y eso. Yo le dije que no se preocupara, que la verdad es que me lo pasaba muy bien con ella, que además estaba viendo cine, cosa que me encanta y teatro (que le gusta más a mi madre, cosa que no le dije). Al final me dijo, que como ya estaba empezando a hacer bueno, podríamos aprovechar de vez en cuando la casa de la sierra, ya que es un chalet con piscina, en una zona bastante tranquila a una hora de donde vivía. Y que por supuesto también me podría ir los fines de semana por ahí si quería, que por favor no hiciera mis planes pensando en ella. Le dije que no se preocupara.

Quiero decir que otra cosa importante es que poco antes de la separación de mis padres yo había terminado una relación de casi dos años, por lo que estuve un poco mal. El poder ayudar a mi madre, me elevó el ánimo muchísimo.

Quiero decir que sepamos tanto mi madre como yo que el motivo de su separación fue el que no se entendían y no tenían cosas en común, ya que mi padre no tiene amantes ni nada de eso, está demasiado preocupado por su trabajo.

Un fin de semana que no había obra de teatro que nos gustase y que los estrenos de cine eran bastante malos decidimos ir al chalet de la sierra, ya que habían dado sol para todo el fin de semana y con buenas temperaturas. Pasé a recoger a mi madre en mi coche y nos fuimos al chalet el viernes por la tarde, a primera hora para evitar los atascos típicos del fin de semana. Decidimos volver el lunes por la mañana, directamente a trabajar. Al llegar fuimos a comprar víveres y lo necesario para hacer una barbacoa, que es una de las comidas que más me gustan y además las preparo yo, cosa que, modestia aparte, me sale muy bien. Como digo, ese noche cenamos en el jardín carne a la parrilla, muy buena, hablamos un rato y nos fuimos a dormir.

Al día siguiente nos levantamos tarde, como no podía ser menos en un sábado en el que no tienes que hacer nada, desayunamos y nos fuimos a la piscina a tomar un poco el sol. Mi madre me pidió si le podía poner crema en la espalda, ya que era el primer día que tomaba sol y no quería quemarse. Para ello se puso boca abajo y se soltó las tiras del bikini. Le puse crema en la espalda, luego ella me la puso a mí y estuvimos un rato tomando el sol.

-Jorge, si no te importa me voy a quitar la parte de arriba del bikini. Antes con tu padre y tanta gente siempre aquí, no podía hacer topless, pero si no te parece mal… -Por mi haz lo que quieras, claro que no me importa.

Se dio la vuelta y se quitó la parte de arriba del bikini, mostrando las tetas. No recordaba haberla visto nunca así. La reacción inmediata fue que tuve una erección importante. Menos mal que en ese momento estaba boca abajo en la hamaca. La cosa llegó a su máximo extremo cuando cogió el bote de protector solar y empezó a extenderlo por sus bien formadas tetas.

Al cabo de un rato nos retiramos al interior de la casa. Ese día estuvimos a ratos en la piscina (mi madre en topless) y a ratos en la casa, ya que para un primer día de sol no conviene abusar.

Esa noche la pasé de lo más inquieto. Tuve que hacerme una paja al tiempo que se me venían a la cabeza las imágenes de las tetas de mi madre, al tiempo que pensaba. coño, la verdad es que mamá tiene unas buenas peras. Fue la primera vez que vi a mi madre con otros ojos, al tiempo que imaginaba que si no fuera mi madre le pegaba un polvo de campeonato Esos fines de semana en la casa de la sierra se fueron sucediendo. La confianza que había entre mi madre y yo era total. Incluso pasó de llevar un bikini vamos a decir que normal a llevar un tanga de esos que quita el hipo. Un día se lo dije.

-La verdad, mamá, es que un poco más y te quedas en pelotas. -Ya lo se. Ahora me siento más libre. Con tu padre era diferente, sabes que para él el topless es de putas. Pero como tú me has dicho que a ti no te importa… -A mí, que va. Ya te lo dije. Por mí como si te pones en bolas…

Esto último lo dejé caer para ver su reacción, pero no dijo nada. Sin embargo después de comer fui un momento al aseo. Al volver me encontré a mi madre totalmente desnuda tomando el sol en una de las hamacas de la piscina.

-Jorge, cielo, me he tomado en serio eso de que no te importaba. Si no es así, dímelo y me pongo las braguitas. -No, no, por mi no te preocupes. Toma el sol como quieras. -Si tú también te quieres poner en bolas, por mi sabes que no hay problema. -Pero por mi sí. Tengo el culo muy blanco y a lo mejor me quemo. -Pues te pones un poco de crema y listo. En unos días estarás bien. -Vale…

Así estuvimos ese sábado. Sin más importante que relatar, salvo que mí madre y yo tomábamos el sol desnudos en la piscina.

El lunes me llama mi madre y me comenta que el próximo fin de semana hay una exposición de no se qué de arte antiguo en Toledo y que le gustaría ir. Me lo decía por una parte por si quería acompañarla y por otro, por si no era así, que hiciera mis planes, ya que en principio habíamos quedado en volver a la casa de la sierra. Le dije que por mi parte no tenía problemas en acompañarla, que además Toledo es una ciudad que me gusta mucho, ya que he estado muchas veces allí. Me dijo que fantástico, ya que ella apenas había estado un par de veces y no la conocía bien, salvo los monumentos y esas cosas.

Me dijo que ella se encargaba de reservar las habitaciones para los dos. Al día siguiente me llamó para decirme que había llamado a todos los hoteles y que lo único que había conseguido era una habitación en un hotel de cinco estrellas, ya que debido a esa exposición todo estaba a tope. Me preguntó que si seguía queriendo ir y le dije que por mi parte no había problema. Así quedamos en que el viernes, al salir de trabajar me pasaría por su casa a recogerla y llevarla a Toledo.

Al llegar al hotel fuimos a la habitación que la verdad era maravillosa, con unas vistas de Toledo impresionantes, desde una de los famosos cigarrales de la zona. La verdad es que se notaba la categoría del hotel. La cama era una king size, es decir, de esas enormes, en las que podrían dormir hasta cuatro personas sin problema. Sacamos las cosas de la bolsa de viaje y fuimos a ver la exposición que tanto llamaba la atención a mi madre. La verdad es que la exposición estaba bastante bien, incluso para alguien como yo, que eso de la historia le gusta a medias (es decir, unas cosas si y otras no, como por ejemplo el arte, es lo que menos me gusta de la historia).

Mi madre estaba extasiada, y me daba las gracias continuamente por llevarla. Le dije que en realidad había sido ella la que se había ocupado de todo, y yo solo había puesto el coche. Me dijo que no era así, y que por ejemplo mi padre en todos los años que estuvieron casados jamás la había acompañado a nada. Después de casi tres horas viendo la exposición volvimos al hotel y eso que nos fuimos porque cerraban, que si no nos habríamos quedado otro rato. Eso sí, a mi madre le valía de excusa para volver al día siguiente a ver lo que le quedaba por la falta de tiempo.

Cenamos en el restaurante del hotel con unas vistas magníficas a la ciudad de Toledo iluminada y nos fuimos a dormir. Con eso del viaje y las vueltas por la exposición caímos en pocos minutos. Al día siguiente nos levantamos temprano para estar en la exposición desde la apertura. Vimos todo lo que faltaba.

Mi madre estaba como un niño con zapatos nuevos, encantada. Al terminar decidimos comer por el centro de Toledo y dar una vuelta en la zona. Por la tarde volvimos al hotel a darnos una ducha para salir a cenar y a tomar algo. Fuimos a un asador y para redondear el día la comida allí era excelente. Al terminar mi madre me dijo que si ligaba por ella no habría inconveniente en retirarse sola. Le dije que si estaba de broma o que. Había ido con ella y con ella volvería, y que además parecía más mi novia que mi madre. Se rió, me dio las gracias y un beso en la mejilla que hizo que me pusiera un poco rojo.

Nos metimos por la zona de ambiente y nos tomamos un par de cañas, para ir entonando, junto con el vino de la cena. Luego nos fuimos a un disco-pub, donde ya pedimos unos cubatas. Nos fuimos a bailar a la pista. En total nos tomaríamos unos tres cubatas, no para estar completamente borrachos, pero si para estar alegres. Además de la alegría de la bebida estaba contento por ver alegre a mi madre después de la mala racha que había pasado.

Sobre las dos y media pusieron canciones de esas un poco insinuantes y para mi sorpresa mi madre empieza a bailar como si yo fuera una barra de esas de stripers, subiendo y bajando pegada a mi cuerpo. Realmente me estaba poniendo malo. Me dije, que si quería guerra, pues la tendría. La cogí por la cintura y me pegué más a su cuerpo. Ella se frotaba contra mí. Tuvo que notar que estaba empalmado como un animal. Cuando terminó unas las canciones me dio un pico y me dijo…

-¿Nos vamos al hotel?

No sabía si aquello era una proposición o es que quería irse. El problema es que no quería lanzarme a una piscina sin agua y estropear algo bonito. Se agarró a mi brazo y salimos a buscar un taxi. Llegamos al hotel y seguía agarrada a mí. Tras entrar en la habitación y dejar el bolso en una mesa vino a donde yo estaba y me dio un beso, un poco más largo que el pico de la disco, pero sin llegar a ser un muerdo con lengua.

-Gracias por darme uno de los más maravillosos fines de semana de mi vida. -Pero si no he hecho nada… -Como que nada…le has devuelto la vida y la ilusión a esta vieja. -De vieja nada. Estás el doble de buena que la mayoría de chicas con la mitad de años que tú. -Adulador…lo dices por decir… -Lo digo totalmente en serio. La mayoría de mis compañeras de trabajo ni son tan guapas como tú, ni tienen el culo y las tetas tan bien puestos como tú. -¿En serio? -Si quieres te llevo un día al trabajo y te lo muestro… -No, si me fio de ti. Además, creo que no me mientes.

Señaló el bulto que había en mi pantalón.

-Es que uno no es de piedra, mami. -¿Y si esta noche soy Laura?… -¿Qué?… -Si no te parece bien… -Me parece genial. -Entonces vamos a la cama…

La ayudé a quitarse el traje y ver ese cuerpo que tanto había visto en los últimos tiempos, y que ahora tanto deseaba. Me quité la ropa en menos de un segundo y fui a la cama con –Laura-. Juntamos los labios, suavemente al principio. Luego las lenguas se fueron abriendo paso para darnos unos besos apasionados. Con mis manos le masajeaba las tetas, le pellizcaba los pezones, le acariciaba el monte de Venus e incluso le metía algún dedo en su coñito.

-Jorge, déjame que te coma un poco la polla. Me gusta tanto…desde que te vi en la piscina me gustó. Quería una para mí… -Pues es toda para ti, Laura… -¡Hummm!

Era increíble como me pasaba la lengua por el glande, seguía por el resto de la polla y terminaba metiéndose los cojones en la boca, con glotonería. Se notaba que hacía tiempo que no estaba con un hombre.

-¡Que bueno! Hacía mucho que no me comía nada tan rico… -Laura, vas a hacer que me corra en un segundo si sigues así… -¿Solo tienes una bala en el cargador? -Que va, es de cargador de gran capacidad… -Vamos a ver si es verdad…

Al tiempo que me mamaba la polla me puse en posición de comerle el cojones chumino. La primera pasada de mi lengua fue como una descarga eléctrica.

-¡Joder, que bueno! que sensación. Casi no me acordaba como era esto. -Pues no se por qué. Con lo buena que estás, cualquiera querría estar contigo. -Pues últimamente el único que ha querido estar conmigo se llama don polla de goma, y va a pilas.-Y yo. -Ya, pero eso no podía saberlo, hasta ahora.

Seguimos con la sesión hasta que no aguanté más y me corrí…

-Laura, me corro, me corro… -Si, ¡Siiiiiiiiiiiii!

La verdad es que me corrí como nunca lo había hecho. Mi madre tenía la cara llena de semen, a pesar de haberse tragado una buena cantidad del mismo. Se levantó y fue a lavarse la cara. Al llegar se acostó a mi lado y me besó largamente.

-Ha sido increíble. Hasta ahora nunca lo había hecho. -¿El qué? ¿Chupar una polla?… -No hombre, no. Eso si lo había hecho, pero tampoco te creas que mucho. Me refiero a tragarme la leche. La verdad es que me ha gustado… -Pues cualquiera diría que tienes poca experiencia… -Ya ves. A tu padre casi no se lo podía hacer porque es de los que se vienen en seguida, por lo que si se la mamas un rato, adiós polvo y luego a un compañero de la Universidad si que se la chupaba, pero nunca me tragué la lefa…

-¿Quéeee? Jamás pensé que fueras infiel… -Hombre, ya terminó, porque el está casado y eso. Fue como un año antes de separarnos. Hacía otro que tu padre y yo no estábamos juntos… ya me entiendes. -¿Y como aguantabas? -Pues ya ves, con muchas ganas y una buena colección de consoladores… -Y que prefieres, ¿las pollas de verdad o las de plástico? ¿Tú que crees?…las de verdad…no necesitan pilas… ¡ja, ja, ja! -Entonces, ¿qué hacemos con ésta?

Le señalaba mi polla que estaba otra vez en condiciones de ser usada…

-¡Joder, que alegría! Como sois los jóvenes, siempre con el arma a punto… -Siempre… -Ya veo… -¿Entonces, Laura? -Quiero ese tesoro dentro de mí. Quiero que me folles el coño hasta reventarlo. Me pondré a cuatro patas y me joderás hasta que me corra como una perra. Quiero sentirme sucia, quiero ser una puta y saciar mi necesidad de polla.

Se puso a cuatro patas en la cama y yo me coloqué de rodillas tras ella y le fui abriendo el chochete poco a poco con mis dedos. Luego acerqué la punta de mi polla a la entrada del coño. Al principio pensé que no quería verme la cara mientras lo hacíamos, pero me confesó que es una de las posturas que más le gustan.

-Despacio, mi amor. -Iré todo lo lento que me pidas, Laura. -Así…ummm. Deja que me acostumbre a tu polla…que rico…hacía tanto tiempo… -Siiii… -Sigue así, muy despacio, quiero gozar cada segundo de este momento. -Que bueno, que rico tienes el coño, Laura… -Si, oh, que bueno, empuja, un poco más…cógeme las tetas,…así, sigue, si amor… -Que gusto, me matas de gusto…

-Ahora mi vida, empuja más, más… -Toma, así, así… -Rómpeme el coño, sigue, sigue. -Ummm,-¡Siii!, sigue, así, así, así…me corro, me corro. -Y yo… -Así, así, dámela, dámela toda…-¡Toda! -¡Lléname el coño!… -¡Me voy! -Y yo, ¡córrete en mi coño!…siiiiiii. -¡Ufffffff!

Había sido apoteósico. Luego pensé en el ruido que habíamos armado… pero afortunadamente nadie se quejó. Quedamos extenuados en la cama, sudorosos y jadeantes.

-Ha sido increíble, Jorge. Ha sido el mejor orgasmo de mi vida. -Ya lo creo. -Bueno, orgasmos, porque me he corrido unas cuantas veces… -¿Si? -Con las ganas que tenía, lo cachonda que estaba y lo bien que lo has hecho, pues si, he disfrutado como una puta…

La verdad es que era raro oír hablar así a mi madre…pero claro tampoco era habitual estar juntos desnudos en una cama después de haber echado un polvo memorable. Fui al minibar a coger una cerveza. Necesitaba hidratación. Mi madre me la cogió y le dio un buen sorbo.

-Lo de esta noche ha sido increíble, Jorge. -Pero… ¿es que ya hemos terminado? -¡No me digas que todavía puedes más! -Te dije que tenía un cargador de gran capacidad… -Pues si que es verdad… ¡ja, ja!

Esta vez fui yo el que decidió la postura, por así decirlo. Nos besamos, sintiendo una excitación que no creo haber sentido ni con el primer beso de mi vida. Estábamos sentados sobre la cama, ella sobre mí, por lo que mi polla quedaba muy cerca de la entrada de su coño.

La verdad es que me había dado cuento del pedazo de mujer que era mi madre. Como dije al principio esta delgada por control estricto de lo que come (es un poco obsesiva con eso) y no debe pesar más de 50 o 52 kilos. Pero como reseñé lo que más me gusta de mi madre son sus tetas. Ahora están muy morenas, por eso de tomar el sol sin tela, con unos pezones que son una debilidad especial, grandes, como de unos 3 cm. de largo y bastante gordos, como un garbanzo grande. Además la primera vez que los vi eran sonrosados y ahora son color café, también debido a la luz del sol.

Por último los pelos del coño se los había depilado dejando un mini triángulo perfecto, de pelos negros. Me fui hasta el borde de la cama donde me puse de pie. Mi madre estaba agarrada a mí. Sus brazos rodeaban mi cuello y sus piernas mi cintura. Poco a poco puse mi polla en posición para dejar caer a mi madre y ensartarla con mi herramienta. Inicié la penetración en el conejo de mi madre, por segunda vez en esa noche. Le pasó como la primera vez que le lamí el coño: dio un respingo como si le acabase de dar un corrientazo.

-¡Oh!, que bueno. No había follado nunca así… -¿Te gusta, Laura? -Siiii, me siento completamente llena…argggg -Me gusta llenarte… -Siiii, así, así, llena… -Siiii…

Estaba en una nube. Me follaba a mi madre viendo como mi objeto de adoración, o sea, sus tetas subían y bajaban frente a mis ojos. Estuvimos un rato follando viendo como la mirada de mi madre era cada vez más lujuriosa, con la vista perdida, pasándose la lengua por los labios y con una respiración cada vez más entrecortada, preludio de un nuevo orgasmo.

-Un poco más Laura, un poco más y me voy… -Y yo, me voy contigo… -Asiii… -Espérame, mi amor, que me vengo. -Siiii… ¡aarrgg! -¡Ahhh!

La verdad es que había sido increíble. Me había corrido tres veces esa noche. Una en la boca y dos en el coño de mi propia madre. Nos duchamos y dormimos, desnudos y abrazados. Cuando desperté mi madre ya estaba en pie, con una bata. Yo me puse unos calzoncillos.

-Buenos días, Jorge.

Estaba un poco seria.

-Buenos días, mamá. -Quiero hablar sobre lo de anoche… -Si, dime. -No se que pasó realmente, si fue un error o que… -¿Tú crees que fue un error? -No, yo no digo eso. Quiero saber si estás molesto conmigo por lo que pasó. Es algo que no ocurre entre madres e hijos… -Bueno, a veces si, ¿no crees? -Ya, ya…déjate de bromas…es algo muy serio. Estoy confundida… -¿Por qué? -Porque no se si lo que hemos hecho está bien… -¿Tú que piensas?

-Hombre…no le hemos hecho daño a nadie y somos los dos adultos… -Eso mismo pienso yo… -Entonces ¿no estás enfadado conmigo…? -Como voy a estar enfadado con la madre más maravillosa del mundo, además de una de las más buenas que conozco… -¿Entonces? -Que por mí… ¡cuando quieras! -¿Siiii? -Claro que si. Ya te lo he dicho y es en serio que estás buenísima.

No besamos.

En el trayecto a Madrid decidimos que lo mejor era, por un tiempo que cada uno siguiese con su casa y si todo iba bien, mi madre se mudaría a la mía, ya que era más grande y la suya la alquilaría. Seguimos con nuestros fines de semana maravillosos, pero ahora había más días. Además las vacaciones estaban a la vuelta de la esquina y teníamos una casa en la playa…

Eso si quieren será otro día…

Autor: Galufo

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Sara, una jamaicana de ébano

Comenzó a tener convulsiones seguidas anunciando el orgasmo, me moví para que gozara de el en todo su esplendor mientras decía cariño y amor y no paré hasta que no soltó un profundo suspiro. Entonces agarró mi polla de nuevo y la trabajó como nunca. Consiguió que me corriera, dirigió mi leche hacia sus tetas y su vientre y se la restregó como si fuera una crema corporal.

La empresa me había enviado a Buenos Aires. Decidí dar una vuelta después de cenar. Me acerqué a ver el mausoleo de José San Martín en la Plaza de Mayo y luego entré en un bar cercano a tomar un gin tonic. Tenía todavía el jetlag y me costaba dormir.

Allí estaba Sara, una jamaicana de ébano, casi una diosa. Inconscientemente me puse cerca para disfrutar de ella. Un individuo, al que le estaré eternamente agradecido, la estaba molestando. Me deshice de él y entablé conversación con ella. Hablaba mal castellano así que unas veces en inglés y otras en spainglish nos fuimos entendiendo.

Había ido a Buenos Aires con su hermana a no sé qué asuntos de familia. Casualmente se hospedaba como yo, en el Intercontinental, así que me ofrecí a acompañarla. Sara se debió dar cuenta de mi cara de panoli al admirarla y en un momento se paró delante y me preguntó si me gustaba, yo contesté afirmativamente con la cabeza, porque no podía hablar.

El sueño erótico de toda mi vida era hacer el amor con una negra. En ese momento me dio un beso y me dijo que quería comerme los cojones, en un perfecto castellano con acento inglés.

Aceleramos, llamó a su hermana para decirle que iba a estar en el hotel, pero no en la habitación, para que no se preocupara. Nada más entrar en mi habitación nos besamos con fruición, nos desvestimos y nos fuimos a la ducha. Pude admirar mejor su cuerpo, era una curva tras otra, de mareo.

Nos enjabonamos mutuamente. Comencé a besar su nuca mientras mis manos recorrían toda su anatomía. Ella tampoco se estaba quieta, si mi polla estaba dura, sus pezones apuntaban al techo con intenciones de salir disparados.

Nos enroscamos en un 69, su clítoris sabía a miel y yo soy goloso. Nadie me había chupado la polla como Sara. Subía y bajaba, daba pequeños mordiscos en el escroto, pasaba lentamente su lengua por mi glande haciéndome estremecer.

Yo seguía concentrado es su rosado clítoris. De repente comenzó a tener convulsiones pequeñas y seguidas de mucho flujo anunciando el orgasmo, me moví para que gozara de el en todo su esplendor mientras decía cariño y amor y no paré hasta que no soltó un profundo suspiro. Entonces agarró mi polla de nuevo y la trabajó como nunca. Consiguió que me corriera, dirigió mi leche hacia sus tetas y su vientre y se la restregó como si fuera una crema corporal.

Hicimos un pequeño descanso. Comenzamos al unísono a acariciarnos. Nos volvimos a poner a tono. La puse a cuatro patas y se la introduje. Le acariciaba sus tetas y su espalda. Cabalgamos juntos por la cama, al final explotamos casi a la vez en el segundo orgasmo de la noche.

Nos quedamos quietos. Al cabo de un rato se vistió, quedamos para el día siguiente y se fue a su habitación. El otro día es una nueva historia, porque si Sara era guapa, su hermana Lisa era más.

Autor: elviajero

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Este último verano

Me cogió de la polla, y fuimos andando hacia su habitación. Se tumbó de espaldas sobre la cama, y abrió las piernas al máximo. Me puse entre ellas, lamí su coño de nuevo, y acerqué mi rabo a su cueva. Se la metí hasta el fondo sin ningún esfuerzo, y me puse a moverme dentro y fuera. Ella suspiraba, se agarraba los pezones, y nos morreamos. Después de un buen rato así, sentí que ella llegaba al orgasmo, con los ojos como platos, y abrazándome como una posesa.

En esta historia yo ya tengo 34 años, por lo que el maduro casi podría ser yo. Pero no. No, porque la mujer en cuestión tiene 50 años, por lo que considero que entra plenamente en la sección de sexo con maduras, más que nada por la diferencia de edad.

Esto ha pasado un verano, en agosto (para los del hemisferio norte, es verano). La verdad es que fue uno de los más calurosos en 100 años, y a mí, pobre, me ha tocado trabajar. Al menos, el calor tuvo su recompensa, en forma de sexo desmesurado y experiencia única. Es verdad que he tenido muchos contactos con mujeres maduras, pero este ha sido especial. Nunca lo había hecho con una mujer de esta edad, y nunca con una mujer con tanta pasión y ganas de gozar al límite. A partir de aquí, ahora ya me inclino por mujeres de esta edad. De los 50 a los 55, queda un universo de sensualidad y placer para los que nos gustan las mujeres maduras. Es algo que debéis probar si tenéis oportunidad; y a las mujeres de esta edad las animo a practicar sexo sin tapujos con hombres jóvenes, y no van a tener ningún rechazo, al menos si se portan como la mujer que va a ser la protagonista de esta historia, de la cual no voy a dar nombre real, ni domicilio. Ella está de acuerdo en que publique nuestra historia, siempre y cuando no trascienda su identidad.

Yo trabajo en una importante empresa inmobiliaria de mi país, después de dejar mi anterior trabajo en la clínica. Me ocupaba de los contactos con los inquilinos. Cobro de recibos a domicilio, partes cuando alguna cosa de la casa se estropeaba y había que arreglarlo, quejas, etc. Un día encontré una nota en mi mesa. Decía que habían llamado de un piso donde el calentador de agua no funcionaba bien, y tenía yo que ir a comprobarlo, y dar parte a nuestro servicio de reparaciones. La verdad es que no me apetecía nada ir, porque el inmueble quedaba lejísimos, y además la casa era muy vieja, siempre había algo que reparar, y las quejas de los vecinos eran continuadas. Me esperaba una buena queja, y una buena discusión, sin duda. Miré el nombre de la nota: M… Bueno, al menos era una mujer. Eso no quería decir nada, seguro que el marido estaría ahí para que el chorreo aún fuera más grande. Me armé de resignación, y partí a ver qué pasaba con el dichoso calentador.

Llegué al inmueble, subí en ascensor al piso y llamé al timbre. Me abrió un hombre de mediana edad. Yo me sorprendí, porque esperaba a una mujer. El me explicó que el piso lo tenía alquilado su hermana, pero que por las mañanas ella trabajaba, y él había ido a esperarme, para contarme el problema. Pasamos a la cocina, y efectivamente, el calentador estaba estropeado. Le dije que el modelo era antiguo (por lo menos tenía 25 años), y que ya veríamos si habría que cambiarlo. Me despedí, llegué a la oficina, y pasé nota a nuestro servicio técnico. Pasó una semana, me olvidé del tema. Un día, casi a punto de ir a comer, me suena el teléfono. La mujer del jodido calentador. Que no se lo han cambiado, que se lo repararon de una manera chapucera, y que vuelve a estar estropeado. Dijo que a ver si podía pasar a verlo por la tarde, ya que estaría ella, y así podríamos solucionar el problema directamente, porque el problema ya pasaba de la raya.

Otra vez para allí, y para colmo, llovía a raudales, la típica tormenta de verano. Salí de la oficina de manera que luego ya no tendría que volver, e ir directamente hacia mi casa. Chaparrón en la calle, y el chaparrón que me iba a caer por parte de la señora. Toqué el timbre del piso, y me abrió la señora. Conté que debería tener unos 45 años, bien cuidada, muy guapa de cara, con un cabello rubio rizado. Vestía una bata de estar en casa, por encima de las rodillas, pero al mismo tiempo recatada. Se adivinaban unos pechos medianos, pero con la bata no se podía hacer una aproximación del tamaño real. Me dio las buenas tardes, y me hizo pasar a la cocina. Evidentemente, le habían hecho una chapuza. Me subí a una escalera y vi que la tubería superior estaba desencajada, aparte de que el calentador no recibía gas y no se encendía.

– Este calentador lo cambiaremos. Usted no debe pagar nada, ya que va a cargo del inquilino.- ¿Pero el fallo dónde está?, dijo ella.- Bueno, no recibe gas, no produce chispa, está para tirarlo.- Ya. Cerré la llave de paso al ver que olía a gas, y es que lo perdía por arriba- Justo. Súbase si quiere, y verá el tubo. Esta medio podrido.- Vale, subo, pero sujéteme la escalera.

Cogió, y subió. Yo aguantaba la escalera, y no me atrevía a levantar la cabeza. Pero claro, el instinto me la hizo levantar. Lo que vi me puso malo. Debajo de la bata sólo llevaba una braguita tanga, que no tapaba ni la mitad de su peludo coño. Se le salían los labios por los lados, y apenas tapaba su lindo agujero trasero. Para mí que se dio cuenta, y juntó las piernas, que eran gruesas, pero no celulíticas, y solo pude ver sus preciosas nalgas, algo caídas, pero para nada despreciables. Bajó inmediatamente.

– Vaya, ya he visto el agujero de la tubería.- Si, respondí. Yo también lo he visto.- ¡Ya, ya! Dijo ella, poniéndose un poco roja.

Me acompañó hasta la puerta, y me preguntó cuánto iban a tardar en cambiárselo. Le dije que unos 4 días por lo menos. Ella contestó que no importaba esperar un poco, porque al fin de cuentas, estábamos en verano y tampoco dependía del calentador. Quedé que pasaría por ahí cuando los operarios le hubiesen instalado el calentador, para verificar que todo estaba bien. Me fui para mi casa con la imagen del coño de esa mujer, que, aunque solo había visto un poco, ya fantaseaba con comérmelo enterito.

Pasaron los días, y me llamó la señora, comunicándome que ya estaba puesto, y que funcionaba de maravilla. Yo le dije si hacía falta que pasara por ahí, y me dijo que sí, que me había comprado una cosita por lo atento que había sido con ella. Quedamos que saldría del trabajo a la tarde e iría a su casa. Llegué, llamé, y me abrió. Ya no iba con bata, sino con un vestido con tirantes, que le llegaba hasta un poco por debajo de la rodilla. Ahora sí que podía ver sus pechos. Eran grandes, y se marcaban los pezones. Iba con sujetador, pero los pezones se adivinaban bien. Estaba más arreglada que el otro día, y me invitó a sentarme en el sofá. Ella se aproximó con un paquete y me lo dio, sentándose enfrente de mí.

– No hacía falta que comprara nada, mujer- Si, si, que te portaste bien. Ahora ábrelo.

Lo abrí, y era una camiseta nike, de color azul marino. Le di las gracias, y ella se arrellanó un poco más en el sillón donde estaba sentada. Se le abrió un poco más el vestido por la falda, y pude ver que llevaba las mismas braguitas que el otro día. Ya me empecé a poner nervioso. Me probé la camiseta, y me iba perfecta. Le di dos besos de agradecimiento, y nos pusimos a hablar de cosas varias. Me contó que estaba separada de su marido hacía 5 años, y por eso vivía aquí sola. Me confesó que tenía 51 años, y me dejó perplejo. Yo le echaba 45, y se lo dije. Ella sonrió.

– La verdad es que me cuido todo lo que puedo, y mi trabajo me cuesta.- La verdad es que está ud., estupenda; le respondí.- Si, pues mira que mi marido me dejó para irse con una 20 años más joven que yo.- No puedo creer que la dejara.- Si, ya ves, las jóvenes son las que ahora cortan el bacalao. Las de mi edad, nada de nada.

Me dijo eso, y me levanté, y me dirigí hacia ella. Ella me miraba seria, y fijamente. Me incliné, y la cogí de los hombros, mientras ella permanecía sentada, y se los acaricié. Sabía que me estaba jugando un tortazo, pero valía la pena. Me incliné aún más, y rodeando su cuello con mis brazos, le lamí la oreja. Ella no dijo nada, y no movió ni un músculo. Luego me situé detrás del sillón, y sin dejar de atacar las orejas y el cuello con la lengua, deslicé mis manos hacia sus pechos, sobándolos por encima del vestido, notando su dureza, que no era poca a pesar de su edad, y sus pezones, que ahora ya estaban desbocados.

– ¿Ves como las mujeres como tú también son apetecibles? Le dije flojito en la oreja.- Mmmm, Mmmm… Ya veo… ¡Aaaah! No tan fuerte… suspiraba ella, poniendo sus manos encima de las mías, mientras amasaba sus tetas.- Espera… dije yo. Ahora sí que vas a suspirar de verdad.

Le desabroché la bata. Me puse delante de ella de rodillas, y ella, acercó su trasero hasta el final del sillón, de manera que su coño quedara a la altura de mi boca. Con una suavidad increíble, puse mi mano encima de sus braguitas, notando su rajita a través de ellas. Mi polla estaba que reventaba, pugnando por salir de su prisión. Separé un poco su braguita, y una raja inmensa apareció delante de mí, brillante por la humedad. Me acerqué, y olí aquel aroma de sexo, que tanto nos gusta a los hombres. Enseguida mi lengua empezó a recorrer los pliegues de aquella vagina, pasando del clítoris al interior de su agujerito.

– Joder… Joder… Joder… Mmmmm. –Iba repitiendo ella, muy flojito, mientras movía su cintura al mismo ritmo que yo movía la lengua. – Te gusta, ¿eh?…- dije yo, mientras con una mano no dejaba de tocar sus pechos.

Luego decidí lamer su trasero. Le quité aquellas braguitas tan tentadoras. Tal como estaba, le abrí un poco las nalgas, y le planté el primer lametón. Ella intentó apartarme con sus manos en mi cabeza, pero yo continué, y ella ya no ofreció resistencia. Con una mano se frotaba el coño, y con otra se tocaba los pezones, que habían alcanzado una medida sin igual. Cuando ella me confesó que ya se había corrido (yo ya lo había notado por los chillidos que pegó), me hizo levantar. Me desabrochó los pantalones, me bajó los calzoncillos, y me acarició los huevos con las dos manos. Luego, dejando una mano en los huevos, con la otra recorrió mi polla de abajo a arriba, y luego hizo como si me masturbara.

– Hijo, lo que me has hecho no me lo había hecho ni mi marido cuando yo era joven. ¡Qué pasada!… – Pues creo que podríamos seguir… ¿no te parece?- Si, pero… ahora me gustaría chupártela… Pero me da cosa, a mi marido sólo se la chupé una vez, y al poco, y sin avisar, se corrió como un cerdo en mi boca… Ahora me da un poco de respeto, aparte que hace mucho tiempo que no lo he hecho.- No te preocupes, que aún me queda aguante. Si veo que me haces daño, te avisaré.

Pues nada, abrió la boca y se la tragó enterita. No es que yo la tenga enorme, pero tampoco es pequeña. Sus labios, con mi polla dentro de su boca, casi tocaban mi cuerpo. Luego empezó a sacársela y a metérsela en la boca poco a poco. No era una mamada de campeonato, pero no lo hacía mal. De mientras, ella no dejaba a su coño tranquilo. Ahora un dedito, ahora dos deditos, ahora me frotó el clítoris… estaba como una perra en celo. Yo me moría de gusto, pero aún no estaba por correrme. Eso lo quería hacer en su interior. Le dije que parara, y me preguntó si lo había hecho bien. Yo, como respuesta, la besé en la boca, donde nuestras lenguas se juntaron, y no dejamos de sobarnos y lamernos un buen rato.

Le dije que pusiera su culo en pompa, y ella se puso a cuatro gatas, ofreciéndome su trasero. Puse mi lengua en el agujerito oscuro, y se la pasé de arriba abajo. Mientras, dos dedos míos entraban y salían de su vagina, llenos de flujo, que hacían que el meneo de dedos fuera suave, y la introducción, hasta el fondo. Entre jadeos y suspiros, me dijo que nadie le había lamido el ano nunca, y que no se imaginaba que fuera tan placentero.

– Desde luego, esto es una gozadaaa, mmmm… decía entre jadeo y jadeo. Pero… ¿no te da un poquito de asco?- Mujer, mientras todo esté bien limpio…- Mmmmm… Mmmmm… ¡Aaahhh!. Ahora quiero hacértelo yo a ti.

Y nos pusimos a la inversa. Yo a cuatro patas, y ella detrás. Mmm. Sentir su lengua húmeda en mi trasero, y sus manos en mis huevos, fue una pasada. Mi rabo alcanzó el máximo estiramiento, y necesitaba vaciarme inmediatamente. Después de unos minutos así…

– Bueno, querida, creo que ha llegado el momento de correrse…

No se lo tuve que decir dos veces. Me cogió de la polla, y fuimos andando hacia su habitación, ya que hasta ahora no nos habíamos movido del comedor. No se molestó ni en deshacer la cama, se tumbó de espaldas, y abrió las piernas al máximo. Me puse entre ellas, lamí su coño de nuevo, y acerqué mi rabo a su cueva. La puse hasta el fondo sin ningún esfuerzo, y me puse a moverme dentro y fuera. Ella suspiraba, se agarraba los pezones, y nos morreamos. Después de un buen rato así, sentí que ella llegaba al orgasmo, con los ojos como platos, y abrazándome como una posesa. Simplemente, se corrió. Yo aún no estaba, y , aunque quería hacerlo en su interior en un principio, le pedí que me la chupara.

– Vale, pero por favor, en la boca no te corras…- Tranquila, te avisaré…

Y así fue. Empezó a chupar y amasarme los cojones. Cuando vi que iba a correrme, la saqué, y apuntando a sus pechos, solté mi carga. Sus pechos quedaron bañados de mi esperma, y me derrumbé en la cama. Estaba hecho polvo. Ella se levantó a lavarse, y volvió a tumbarse a mi lado. Al cabo de un rato, ella me pedía más. Entre besos y meteduras de mano, volví a estar tieso. Intenté que se diera la vuelta y metérsela por el culo. Ella me dijo que no. Por ahí no pasaba. Yo tampoco insistí, porque creo que en materia de sexo, no hay que forzar a nadie a hacer cosas que no desea. No voy a presumir de haberle penetrado el culo, porque no lo penetré. Acabamos esta vez al revés. Ella se corrió de nuevo con una lamida vaginal mía, y yo me corrí en el interior de su cuerpo, vía también vaginal.

Ya era muy de noche cuando me fui. Antes de irme estuvimos hablando de lo que había pasado, y quedamos que lo podríamos repetir. Pero esto ya es otra historia.

M… como leerás esto, verás que no he exagerado, y que he sido bastante fiel a la realidad. No voy a explicar, como mucha gente hace aquí, de haber penetrado por el culo ni nada de eso. Tengo tu permiso para publicar esto. Espero que te guste, y recuerdes nuestro primer encuentro. Te envío un beso, y hasta pronto.

Esta es mi historia. Si alguna mujer madura quiere hacer algún comentario.

Autor: Ericsson

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El agujero…de la tubería

Entre besos volví a estar tieso. Intenté que se diera la vuelta y metérsela por el culo. Ella me dijo que no. Por ahí no pasaba. Yo tampoco insistí, porque creo que en materia de sexo, no hay que forzar a nadie. No voy a presumir de haberle penetrado el culo, porque no lo penetré. Acabamos esta vez al revés. Ella se corrió de nuevo con una lamida vaginal mía, y yo me corrí en el interior de su cuerpo.

En esta historia yo ya tengo 34 años y la mujer en cuestión tiene 50 años. Esto ha pasado este verano, en agosto (para los del hemisferio norte, es verano). La verdad es que este verano ha sido uno de los más calurosos en 100 años, y a mí, pobre, me ha tocado trabajar. Al menos, el calor tuvo su recompensa, en forma de sexo desmesurado y experiencia única. Es verdad que he tenido muchos contactos con mujeres maduras, pero este ha sido especial.

Nunca lo había hecho con una mujer de esta edad, y nunca con una mujer con tanta pasión y ganas de gozar al límite. A partir de aquí, ahora ya me inclino por mujeres de esta edad. De los 50 a los 55, queda un universo de sensualidad y placer para los que nos gustan las mujeres maduras.

Es algo que debéis probar si tenéis oportunidad; y a las mujeres de esta edad las animo a practicar sexo sin tapujos con hombres jóvenes, y no van a tener ningún rechazo, al menos si se portan como la mujer que va a ser la protagonista de esta historia, de la cual no voy a dar nombre real, ni domicilio. Ella está de acuerdo en que publique nuestra historia, siempre y cuando no trascienda su identidad.

Yo trabajo en una importante empresa inmobiliaria de mi país, después de dejar mi anterior trabajo en la clínica. Me ocupaba de los contactos con los inquilinos. Cobro de recibos a domicilio, partes cuando alguna cosa de la casa se estropeaba y había que arreglarlo, quejas, etc. Un día encontré una nota en mi mesa. Decía que habían llamado de un piso donde el calentador de agua no funcionaba bien, y tenía yo que ir a comprobarlo, y dar parte a nuestro servicio de reparaciones.

La verdad es que no me apetecía nada ir, porque el inmueble quedaba lejísimos, y además la casa era muy vieja, siempre había algo que reparar, y las quejas de los vecinos eran continuadas. Me esperaba una buena queja, y una buena discusión, sin duda. Miré el nombre de la nota: M… Bueno, al menos era una mujer. Eso no quería decir nada, seguro que el marido estaría ahí para que el chorreo aun fuera más grande. Me armé de resignación, y partí a ver que pasaba con el dichoso calentador.

Llegué al inmueble, subí en ascensor al piso y llamé al timbre. Me abrió un hombre de mediana edad. Yo me sorprendí, porque esperaba a una mujer. El me explicó que el piso lo tenía alquilado su hermana, pero que por las mañanas ella trabajaba, y él había ido a esperarme, para contarme el problema. Pasamos a la cocina, y efectivamente, el calentador estaba estropeado. Le dije que el modelo era antiguo (por lo menos tenía 25 años), y que ya veríamos si habría que cambiarlo. Me despedí, llegué a la oficina, y pasé nota a nuestro servicio técnico.

Pasó una semana, me olvidé del tema. Un día, casi a punto de ir a comer, me suena el teléfono. La mujer del jodido calentador. Que no se lo han cambiado, que se lo repararon de una manera chapucera, y que vuelve a estar estropeado. Dijo que a ver si podía pasar a verlo por la tarde, ya que estaría ella, y así podríamos solucionar el problema directamente, porque el problema ya pasaba de la raya.

Otra vez para allí, y para colmo, llovía a raudales, la típica tormenta de verano. Salí de la oficina de manera que luego ya no tendría que volver, e ir directamente hacia mi casa. Chaparrón en la calle, y el chaparrón que me iba a caer por parte de la señora. Toqué el timbre del piso, y me abrió la señora. Conté que debería tener unos 45 años, bien cuidada, muy guapa de cara, con un cabello rubio rizado. Vestía una bata de estar por casa, por encima de las rodillas, pero al mismo tiempo recatada. Se adivinaban unos pechos medianos, pero con la bata no se podía hacer una aproximación del tamaño real.

Me dio las buenas tardes, y me hizo pasar a la cocina. Evidentemente, le habían hecho una chapuza. Me subí a una escalera y vi que la tubería superior estaba desencajada, aparte de que el calentador no recibía gas y no se encendía.

– Este calentador lo cambiaremos. Usted no debe pagar nada, ya que va a cargo del inquilino. – ¿Pero el fallo dónde está?, dijo ella. – Bueno, no recibe gas, no produce chispa, está para tirarlo. – Ya. Cerré la llave de paso al ver que olía a gas, y es que lo perdía por arriba – Justo. Súbase si quiere, y verá el tubo. Esta medio podrido. – Vale, subo, pero sujéteme la escalera.

Cogió, y subió. Yo aguantaba la escalera, y no me atrevía a levantar la cabeza. Pero claro, el instinto me la hizo levantar. Lo que vi me puso malo. Debajo de la bata sólo llevaba una braguita tanga, que no tapaba ni la mitad de su peludo coño. Se le salían los labios por los lados, y apenas tapaba su lindo agujero trasero. Para mí que se dio cuenta, y juntó las piernas, que eran gruesas pero no celulíticas, y solo pude ver sus preciosas nalgas, algo caídas, pero para nada despreciables. Bajó inmediatamente.

– Vaya, ya he visto el agujero de la tubería – Si, respondí. Yo también lo he visto. – Ya, ya! Dijo ella, poniéndose un poco roja.

Me acompañó hasta la puerta, y me preguntó cuánto iban a tardar en cambiárselo. Le dije que unos 4 días por lo menos. Ella contestó que no importaba esperar un poco, porque al fin de cuentas, estábamos en verano y tampoco dependía del calentador. Quedé que pasaría por ahí cuando los operarios le hubiesen instalado el calentador, para verificar que todo estaba bien. Me fui para mi casa con la imagen del coño de esa mujer, que, aunque solo había visto un poco, ya fantaseaba con comérmelo enterito.

Pasaron los días, y me llamó la señora, comunicándome que ya estaba puesto, y que funcionaba de maravilla. Yo le dije si hacía falta que pasara por ahí, y me dijo que si, que me había comprado una cosita por lo atento que había sido con ella. Quedamos que saldría del trabajo a la tarde, e iría a su casa.

Llegué, llamé, y me abrió. Ya no iba con bata, sino con un vestido con tirantes, que le llegaba hasta un poco por debajo de la rodilla. Ahora sí que podía ver sus pechos. Eran grandes, y se marcaban los pezones. Iba con sujetador, pero los pezones se adivinaban bien. Estaba más arreglada que el otro día, y me invitó a sentarme en el sofá. Ella se aproximó con un paquete y me lo dio, sentándose enfrente mío.

– No hacía falta que comprara nada, mujer – Si, si, que te portaste bien. Ahora ábrelo.

Lo abrí, y era una camiseta nike, de color azul marino. Le di las gracias, y ella se arrellanó un poco más en el sillón donde estaba sentada. Se le abrió un poco más el vestido por la falda, y pude ver que llevaba las mismas braguitas que el otro día. Ya me empecé a poner nervioso. Me probé la camiseta, y me iba perfecta. Le di dos besos de agradecimiento, y nos pusimos a hablar de cosas varias.

Me contó que estaba separada de su marido hacía 5 años, y por eso vivía aquí sola. Me confesó que tenía 51 años, y me dejó perplejo. Yo le echaba 45, y se lo dije. Ella sonrió.

– La verdad es que me cuido todo lo que puedo, y mi trabajo me cuesta. – La verdad es que está Vd. estupenda; le respondí. – Si, pues mira que mi marido me dejó para irse con una 20 años más joven que yo – No puedo creer que la dejara a Vd. – Si, ya ves, las jóvenes son las que ahora cortan el bacalao. Las de mi edad, nada de nada

Me dijo eso, y me levanté, y me dirigí hacia ella. Ella me miraba seria, y fijamente. Me incliné, y la cogí de los hombros, mientras ella permanecía sentada, y se los acaricié. Sabía que me estaba jugando un tortazo, pero valía la pena. Me incliné aún más, y rodeando su cuello con mis brazos, le lamí la oreja. Ella no dijo nada, y no movió ni un músculo. Luego me situé detrás del sillón, y sin dejar de atacar las orejas y el cuello con la lengua, deslicé mis manos hacia sus pechos, sobándolos por encima del vestido, notando su dureza, que no era poca a pesar de su edad, y sus pezones, que ahora ya estaban desbocados.

– ¿Ves como las mujeres como tú también son apetecibles?; le dije flojito en la oreja, mmm, mmmmm…ya veo… ¡Aaaah! no tan fuerte…suspiraba ella, poniendo sus manos encima de las mías, mientras amasaba sus tetas. – Espera…dije yo. Ahora si que vas a suspirar de verdad.

Le desabroché la bata. Me puse delante de ella de rodillas, y ella, acercó su trasero hasta el final del sillón, de manera que su coño quedara a la altura de mi boca. Con una suavidad increíble, puse mi mano encima de sus braguitas, notando su rajita a través de ellas. Mi polla estaba que reventaba, pugnando por salir de su prisión. Separé un poco su braguita, y una raja inmensa apareció delante de mi, brillante por la humedad. Me acerqué, y olí aquel aroma de sexo, que tanto nos gusta a los hombres. Enseguida mi lengua empezó a recorrer los pliegues de aquella vagina, pasando del clítoris al interior de su agujerito.

– Joder…joder…joder…mmmmmm. -Iba repitiendo ella, muy flojito, mientras movía su cintura al mismo ritmo que yo movía la lengua. – Te gusta, ¿eh?…- dije yo, mientras con una mano no dejaba de tocar sus pechos.

Luego decidí lamer su trasero. Le quité aquellas braguitas tan tentadoras. Tal como estaba, le abrí un poco las nalgas, y le planté el primer lametón. Ella intentó apartarme con sus manos en mi cabeza, pero yo continué, y ella ya no ofreció resistencia. Con una mano se frotaba el coño, y con otra se tocaba los pezones, que habían alcanzado una medida sin igual.

Cuando ella me confesó que ya se había corrido (yo ya lo había notado por los chillidos que pegó), me hizo levantar. Me desabrochó los pantalones, me bajó los calzoncillos, y me acarició los huevos con las dos manos. Luego, dejando una mano en los huevos, con la otra recorrió mi polla de abajo a arriba, y luego hizo como si me masturbara.

– Hijo, lo que me has hecho no me lo había hecho ni mi marido cuando yo era joven. ¡Que pasada!
– Pues creo que podríamos seguir… ¿no te parece? – Si, pero…ahora me gustaría chupártela…Pero me da cosa, a mi marido solo se la chupé una vez, y al poco, y sin avisar, se corrió como un cerdo en mi boca…Ahora me da un poco de respeto, aparte que hace mucho tiempo que no lo he hecho. – No te preocupes, que aún me queda aguante. Si veo que me haces daño, te avisaré.

Pues nada, abrió la boca y se la tragó enterita. No es que yo la tenga enorme, pero tampoco es pequeña. Sus labios, con mi polla dentro de su boca, casi tocaban mi cuerpo. Luego empezó a sacársela y a metérsela en la boca poco a poco. No era una mamada de campeonato, pero no lo hacía mal. De mientras, ella no dejaba a su coño tranquilo.

Ahora un dedito, ahora dos deditos, ahora me froto el clítoris… estaba como una perra en celo. Yo me moría de gusto, pero aún no estaba por correrme. Eso lo quería hacer en su interior. Le dije que parara, y me preguntó si lo había hecho bien. Yo, como respuesta, la besé en la boca, donde nuestras lenguas se juntaron, y no dejamos de sobarnos y lamernos un buen rato.

Le dije que pusiera su culo en pompa, y ella se puso a cuatro gatas, ofreciéndome su trasero. Puse mi lengua en el agujerito oscuro, y se la pasé de arriba abajo. Mientras, dos dedos míos entraban y salían de su vagina, llenos de flujo, que hacían que el meneo de dedos fuera suave, y la introducción, hasta el fondo. Entre jadeos y suspiros, me dijo que nadie le había lamido el ano nunca, y que no se imaginaba que fuera tan placentero.

– Desde luego, esto es una gozadaaaaammm…decía entre jadeo y jadeo. Pero… ¿no te da un poquito de asco? – Mujer, mientras todo esté bien limpio… – Mmmmm…Mmmmmmmm, aaaah! Ahora quiero hacértelo yo a ti.

Y nos pusimos a la inversa. Yo a cuatro patas, y ella detrás. Mmmmm. Sentir su lengua húmeda en mi trasero, y sus manos en mis huevos, fue una pasada. Mi rabo alcanzó el máximo estiramiento, y necesitaba vaciarme inmediatamente. Después de unos minutos así…

– Bueno, querida, creo que ha llegado el momento de correrse…

No se lo tuve que decir dos veces. Me cogió de la polla, y fuimos andando hacia su habitación, ya que hasta ahora no nos habíamos movido del comedor. No se molestó ni en deshacer la cama, se tumbó de espaldas, y abrió las piernas al máximo. Me puse entre ellas, lamí su coño de nuevo, y acerqué mi rabo a su cueva. La puse hasta el fondo sin ningún esfuerzo, y me puse a moverme dentro y fuera.

Ella suspiraba, se agarraba los pezones, y nos morreamos. Después de un buen rato así, sentí que ella llegaba al orgasmo, con los ojos como platos, y abrazándome como una posesa. Simplemente, se corrió. Yo aún no estaba, y aunque quería hacerlo en su interior en un principio, le pedí que me la chupara.

– Vale, pero por favor, en la boca no te corras… – Tranquila, te avisaré…

Y así fue. Empezó a chupar y amasarme los cojones. Cuando vi que iba a correrme, la saqué, y apuntando a sus pechos, solté mi carga. Sus pechos quedaron bañados de mi esperma, y me derrumbé en la cama. Estaba hecho polvo. Ella se levantó a lavarse, y volvió a tumbarse a mi lado. Al cabo de un rato, ella me pedía más. Entre besos y meteduras de mano, volví a estar tieso. Intenté que se diera la vuelta y metérsela por el culo.

Ella me dijo que no. Por ahí no pasaba. Yo tampoco insistí, porque creo que en materia de sexo, no hay que forzar a nadie a hacer cosas que no desea. No voy a presumir de haberle penetrado el culo, porque no lo penetré. Acabamos esta vez al revés. Ella se corrió de nuevo con una lamida vaginal mía, y yo me corrí en el interior de su cuerpo, vía también vaginal.

Ya era muy de noche cuando me fui. Antes de irme estuvimos hablando de lo que había pasado, y quedamos que lo podríamos repetir. Pero esto ya es otra historia.

M…como leerás esto, veras que no he exagerado, y que he sido bastante fiel a la realidad. No voy a explicar, como mucha gente hace aquí, de haber penetrado por el culo ni nada de eso. Tengo tu permiso para publicar esto. Espero que te guste, y recuerdes nuestro primer encuentro. Te envío un beso, y hasta pronto.

Esta es mi historia.

Autor: Ericsson

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Mil sorpresas con mi vecina holandesa

Pollaburro se jalaba a una chica disfrazada de colegiala con coletas. Ella se agachó y pude comprobar el motivo de su apodo, qué tremenda polla, a ella le costaba trabajo chuparla no le cabía en la boca. Se puso de pie y se sentó a horcajadas sobre ese enorme pollón y se lo fue metiendo poco a poco hasta dejar solo los cojones fuera, pensé que la iba a reventar por los alaridos de placer la chica daba.

La primera vez que vi a mi vecina quedé impactado por el espectacular cuerpo que tiene. Es una mujer alta y recia, rubia natural, ojos azules que realza la belleza de su rostro. Su cara es redonda y de una belleza que diría, inquieta mirarla. Resalta sobre todo sus grandes pechos, firmes y desafiantes y un culo grande y prieto que parecía que se quería salir de su pantalón. Era difícil mirarla de frente sin fijarse en el triangulito que le hacía la entrepierna y que presentía que se le calcaba las formas de su vulva en el pantalón. Yo apenas me atreví a saludarla porque me puso nervioso tanta perfección.

Me crucé con ella en el pasillo mientras metíamos nuestros primeros muebles en lo que sería la casa tras mi boda que ya estábamos preparando. Recuerdo que le pregunté a mi novia (ahora mi mujer), ¿y si la invitamos?

– ¡Qué cosas tienes! ¡Si no la conocemos de nada!

Esa tarde montamos la cama y eché mi primer polvo pensando en mi vecina y el calentón que tenía solo por verla.

Después de casarme, nos trasladamos a nuestro nidito de amor en el que queríamos montar nuestra casa. Yo seguía impresionado con mi vecina, que resultó ser una holandesa casada con un español, quien al parecer era creador informático y trabajaba casi todo el día desde su casa, lo que le permitía cuidar a un bebé de pocos meses que tenían. Ella se iba a media mañana y se despedía de su marido en el portal con un dulce beso mientras le acariciaba la cabeza, pues él se ponía muy triste en esas despedidas; cosa que yo comprendía, yo también me pondría triste si me quedara sin esa mujer. Por aquel entonces yo estaba siempre súper cachondo, empalmado todo el día, ¡qué se iba a esperar de un recién casado! Pero la calentura me la producía mi vecina, que me quitaba el sueño y era fruto de mis más recónditas fantasías.

Con mi mujer, disimulaba, pero cada vez que follábamos era mi vecina la que se metía en mi cama y hacía derramarme dulcemente. Después cuando le sacaba la polla a mi mujer, retiraba el condón y miraba la lechecita que sin duda estaba dedicada a mi vecina holandesa.

Con mi mujer, siempre lo hacíamos con condón, pues ella tenía problemas con la píldora que no le sentaba nada bien y le producía muchos trastorno. A mí no me importaba ponerme un condón, pero tenía ya gana de follar alguna vez a pelo. Y aunque yo estaba obsesionado con esa vecina holandesa, también estaba enamorado de mi mujer, que es morena y delgada, una belleza andaluza que la hubiese pintado Romero de Torres, aunque es bajita en comparación con la tremenda vecina holandesa, también tengo que decir que está muy buena, que tiene un bonito culo respingón y unas hermosas tetas con unos pezoncillos desafiantes a la gravedad que me encanta comerme, recreándome en las puntas y en ese lunar inconfundible que le acompaña desde nacimiento.

Su coñito es pequeño, de un rosáceo incandescente y lo luce con una minúscula mata de pelo con la que me gusta jugar en los preliminares. Cuando follamos se deja llevar, nunca toma la iniciativa y se corre pausadamente y sin mucho escándalo pues siempre ha sido muy recatada y alguna vez me ha comentado que no comprendía como la vecina holandesa podía ser tan escandalosa follando, pues se escuchaba desde nuestro dormitorio cuando follaba con su marido el informático. A ella le ponía nerviosa y a mí a cien, en alguna ocasión me he corrido a la vez que ella.

Así estábamos, yo obsesionado con esa mujer y ella que no me hacía ni puto caso, pasaba olímpicamente de mí, incluso ni se molestaba en devolverme el saludo cuando me la cruzaba por la escalera, tal vez fuera porque se percató del tiempo que me dedicaba a observarla desde mi balcón, sus idas y venidas, las tristes despedidas con su marido, pues nunca quería que se fuera y los dulces besos que se daban cuando regresaba.

Una vez intenté que mi mujer se hiciera amiga de aquella holandesa, con la intención de invitarlos a cenar, haber si tenía alguna posibilidad con ella.

– ¿Tú estás loco? Nosotros no tenemos nada en común con ellos -me dijo y zanjó el tema de la invitación.

Nunca quiso ninguna relación con ellos, y mira que yo le insistía argumentando que sería bueno llevarnos bien con los vecinos y siempre obtuve un no como respuesta durante los dos años que ya llevamos instalados en nuestra vivienda.

Siempre me preguntaba porqué aquella despampanante mujer estaba con aquel escuálido marido, y una tarde comprendí el porqué cuando por casualidad vi a su pequeño haciendo pipí en la calle. De esto que el niño no aguanta y su padre le ayuda a mear, pues cuando se la sacó, el niño, pese a tener dos años, tenía una picha como la de una persona mayor, diría más, sería más grande que la mía. Mi mujer también se percató del asunto y luego me preguntó:

-¿Has visto el pedazo de picha que tiene el niño?  -Si -le dije- es increíble que una personita tan chica pueda tener esa tranca.  – Como el padre la tenga así -dijo mi mujer- ahora comprendo los gritos de la holandesa.

Ante este panorama, ella inaccesible y el presunto pollón del marido, cada vez se me hacía más difícil realizar la fantasía de follarme a la vecina holandesa y me tenía que conformar con hacerme alguna que otra paja para enfriar los calentones que pillaba. Además a mi mujer le habían diagnosticado un problema vaginal por culpa de una infección y tenía prohibido las relaciones sexuales por un tiempo. Lo cual sirvió para que ella se adiestrara en el arte de la paja, que me hacía con entusiasmos por las noches dando besitos y mimitos a su chiquitina, como la empezó a llamar desde el día que le vio la picha al hijo de la holandesa.

Yo estaba que me subía por las paredes, entre no poder follar ni a mi vecina ni a mi mujer, que estaba empalmado todo el día. Así lo comenté a los compañeros de trabajo. Estos me recomendaron que me fuera de putas, cosa que yo negué pues no pensaba pagar por echar un polvo. Entonces un compañero al que apenas trataba y que tenía el apodo de Pollaburro, se encaró conmigo, diciendo que ese era un oficio tan respetable como el que más y que él estaba orgulloso de pagar a sus putas.

– Bueno –dije- esa es tu opinión, respeta la mía.

Como los días pasaban y a mi mujer no se le curaba el problema vaginal, la idea de ir de putas me rondaba la cabeza, así que me acerqué a Pollaburro y le pregunté si conocía algún sitio que me pudiera recomendar.

– Hombre –rió- el que no pagaba, necesita descargar, jajaja. No te preocupes que yo te llevaré. Conozco un sitio ideal para ir por las mañanas, que es muy tranquilo y tiene espectaculares mujeres ¿Cuáles te van?  – Las holandesas –dije yo pensando en mi vecina.  – Pues no te preocupes que conozco a una putita holandesa desde hace varios años y está de escándalo.

La idea de follarme una holandesa me entusiasmó pues sería lo más parecido que hacerlo con mi vecina.  Así que una mañana, planeamos ir al puticlub, en un descuido de nuestros puestos de trabajo, pues los dos trabajamos de funcionarios en la administración pública y es muy fácil escaquearse y que no se den cuenta.

Por el camino hablamos de varias cosas, pero yo me atreví a preguntarle el motivo de que lo llamaran Pollaburro. Una tremenda carcajada salió de su boca, pero no me contestó. Me contó que él se escapaba casi a diario a aquél puticlub, pues necesitaba descargar frecuentemente sus testículos sino le dolían horrores, al menos una vez al día, decía. Y que al principio lo hacía con aquella puta holandesa, aunque se jactaba de haber estado con todas las chicas que llegaban.

– ¿Ya no follas con la holandesa? –pregunté.  – No -contestó- ahora me trajino a una pequeñita que al parecer estaba sin estrenar y la pobre estaba muy necesitada de sexo en condiciones. Y encima me deja hacerlo sin preservativo. Jejeje.

Llegamos a la calle indicada y nunca imaginé que la segunda planta de aquel hermoso edificio se dedicara a la explotación del oficio más antiguo del mundo. Entramos en el puticlub, al que yo lo imaginaba más lúgubre e indecoroso, pero estaba decorado con gusto y era agradable de visitar.
Pollaburro entró como Pedro por su casa y llamó a la encargada.

-A mí me das a la chiquita –dijo- y a mi compañero, búscale a la holandesa.

La madame dijo que estaba encantada de recibir a su mejor cliente y en las mismas condiciones recibiría a su amigo. A él lo invitó a sentarse en el hall, mientras le ponía una copa, pues la chiquita estaba con otro cliente y debía de esperar un poco. A mí me llevó por un largo pasillo a una de las habitaciones donde me invitó a pasar con una sonrisa, ofreciéndome unos condones

– Ahora viene la holandesa.

Yo esperé sentado en la cama y para ganar tiempo me fui desnudando. La habitación estaba en penumbras cuando entró ella. Era rubia y llevaba puesto un sugerente picardias rojo que trasparentaba el sujetador y la braguita a juego.

En el nerviosismo de aquella primera vez, no me atreví a mirarla. Entonces escuché con un suave acento extranjero.

– ¿Tú que haces aquí?

La miré y cual fue mi sorpresa cuando vi delante de mí a la hermosa vecina de mis sueños.

– ¡Vecina! –exclamé.

Tras la sorpresa inicial, me dije que nunca pensé tener tanta suerte. Así que encendí la luz. Allí estaba yo sentado en la cama, desnudo y mi hermosa vecina, delante de mí ¡Y ahora sí me la podía follar. Sin embargo ella seguía con el mismo desdén con el que me trataba siempre.

-Te tienes que ir –dijo- tú no puedes estar aquí.

Seguía con su desprecio, y esto hizo que aflorara lo peor de mí, cosa que me arrepiento.

– ¿Qué no, cacho puta? –me envalentoné- Ahora es cuando voy a cumplir el sueño de follarte como una perra. ¡Desnúdate que quiero ver lo que siempre he deseado.

-Mira Víctor, es mejor que te vayas.

La muy puta, no me hacía caso en mis saludos y sin embargo sí sabía mi nombre.

– Puta, tú te callas y chúpame la polla

Ella no terminaba de decidirse, así que yo me levanté y la desnudé. Me dediqué a contemplar su desnudez y a tocar sus enormes pechos, babeándolo con descaro y sin miramientos, agarrándole el culo con las dos manos ¡Qué placer!

– ¿Sabe tu marido que te dedicas a esto? –pregunté.  – Sí, yo no engaño a mi marido.  – Así que por eso son esas despedidas, te despides para venir a follar con otros tíos -dije- No me extraña que siempre le acaricie la cabeza, será para ver si puede ya la tremenda cornamenta – y me eché a reír. – Mira, si quieres me follas y te vas, pero deja de nombrar a mi marido ¿vale?

Se puso a cuatro y me permitió ver su jugoso coño que me invitaba a entrar. Yo agarré mi polla y la dirigí al centro de sus labios vaginales y fui metiendo la punta. Poco a poco entró entera, no costaba trabajo pues tiene un coño grande y bastante dilatado por su trabajo.

Mientras la cabalgaba, empecé a decirles guarradas, insultándola a ella y al cabrón de su marido.

– ¡Córrete y te vas! –dijo.  – ¿Quieres que me corra? -le pregunté- Claro que lo haré y encima te estoy follando sin condón para que cuando llegues esta tarde a tu casa, el cabrón de tu marido, se coma toda mi leche.  – ¡No nombres a mi marido –dijo- que al menos él sí sabe follar!

Eso que dijo, dolió mi orgullo y le pegué un par de cachetadas en el culo, dejándole una marca roja. Quería disfrutar del momento, pues por primera vez follaba sin condón, pero la actitud altiva de esa zorra holandesa me lo impedía.

-¿Qué no sé follar? –dije ¿Y el cabronazo de tu marido, sí? ¿Por eso estás tú aquí, no? Pues que sepas que me voy a cachondear en la cara de tu marido todos los días que lo encuentre en el portal, le diré ¡qué coño más rico tiene tu mujer, cabrón!  – Ya está bien de nombrar a mi marido –dijo- y tú no le vas a decir nada y lo vas a tratar con respeto.  – Que gracia que hables de respeto, -dije- mientras te tengo la polla clavada en el chocho. Yo no lo trataré con respeto, ni a ese cabrón ni a ti, putón. Es más, no pienso pagarte este polvo. Ni este ni los próximos que te eche.

Y sin más me corrí dentro de su soñado coño.

– Vale, tú no me pagarás, pero que sepas que eres el tío que peor folla del mundo, contigo no siento nada y no creo que nadie sienta -me dijo con todo el desprecio que tenía acumulado en su interior de puta. – Ah sí, ¿y tu marido folla muy bien?  – Él si sabe hacerlo y me respeta, ¡pero tú! ¡Tú eres un hijoputa! Cualquiera de aquí folla mejor que tú.  -Ah sí ¿quien?  -Pollaburro, por ejemplo ¿quieres verlo y aprendes?  – Jajaja –reí- encima me dejas ver como follan a otro putón como tú, y gratis, pues tampoco pienso pagarte por ello. – No te preocupes –me dijo- tú aquí no vas a pagar nunca. Ven y aprende.

Entramos en una habitación cercana, donde en penumbras Pollaburro se jalaba a una chica disfrazada de colegiala con coletas. Ella se agachó y pude comprobar el motivo de su apodo ¡Qué tremenda polla! A ella le costaba trabajo chuparla, pues no le cabía en la boca. Luego se puso de pie y se sentó a horcajadas sobre ese enorme pollón y se lo fue metiendo poco a poco hasta dejar solo los cojones fuera. Yo pensé que la iba a reventar por los alaridos de placer la chica daba.

-¡Fóllame mi macho! –Decía quejumbrosa- ¡Fóllame! ¡Hazme disfrutar como nunca!

La chica, prácticamente botaba sobre el vigoroso pene de Pollaburro, este se puso de pie y dándole la vuelta la tumbó en la cama y sin sacarla le dio media vuelta y la puso a cuatro. Entonces Pollaburro me vio.

– Hombre Víctor, ¿has terminado ya? –dijo- si quieres puedes unirte a esta fiesta. A esta le va la marcha.

La chica hundió su cara mordiendo la sábana, mientras Pollaburro le clavaba su estaca en el coño desde atrás. Yo me acerqué y abrí el culito de la puta y comprobé lo dilatado que tenía su rajita a causa de recibir esas estocadas que metía Pollaburro que pronto provocó a la puta un impresionante orgasmo.

– No, no, no, con él aquí no –decía entre susurro la putita. – Vamos como si fuera la primera vez que follas con dos a la vez –dijo Pollaburro- deja a mi amigo que participe.  – No, no puedo, dile que se vaya –decía con palabras entrecortadas mientras le venía otro espectacular orgasmo.

Yo no le hice ningún caso y me dediqué a acariciar la espalda de aquella puta calentona entre la atenta mirada de mi vecina holandesa. Le besé el cuello, lo que me respondió con un quejido de gusto, aunque seguía con aquellos no, no, no, vete ya.

Le acaricié las tetas que colgaban temblorosas hacia abajo, ella respondió con un ¡ummmm! Se veía que le gustaba que la acariciara. Entonces me tumbé en la cama y me puse debajo de ella, mirando como mordía la sábana. Y me dispuse a disfrutar de aquellos pechos inquietos por las arremetidas que daba Pollaburro. Chupé un pezón y fui hacia el izquierdo y lo vi. ¡Era el lunar que yo tanto conocía! Y miré a aquella puta que tanto disfrutaba con la enorme tranca de mi compañero de trabajo. ¡Y reconocí sus ojos! ¡Era mi mujer! ¡Y estaba siendo follada por el descomunal nabo que gastaba Pollaburro.

Me levanté, no sabía qué hacer y deambulé desconcertado por la habitación. Fue cuando la holandesa se me acercó diciéndome al oído.

– Aquí te quedas. Por cierto, no te cobro porque aquí los maridos no pagan.

Vi la tristeza reflejada en los ojos de puta cuando Pollaburro descargó todo el semen que llevaba en los huevos dentro del conejo de mi mujer. Ella quedó tendida en la cama, deshecha y cansada, inerte, sin atreverse a mirarme siquiera mientras yo veía como rezumaba entre los pliegues de sus labios vaginales chorros ingente de la leche que Pollaburro le había dejado.

Ya ha pasado un tiempo de aquello, y yo también, como mi vecino el informático despido a mi mujer con un beso en el portal, mientras ella va en busca de su macho, el Pollaburro. Él ni siquiera sabe que es mi mujer, ni tampoco que ahora tenemos un hijo.

Mi madre un domingo vino a visitarnos y cambiando el pañal se fijó en las enormes dimensiones que tienen los genitales del niño.

– ¿A quien ha salido este niño con este cacho de picha?

Mi mujer se acercó, me abrazó y mientras me soltaba un beso en la boca, dijo:

– A su padre.

Autor: Darmart

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Follando en las playas

La abrí de piernas, y se la enterré hasta los cojones, la cabalgué en medio de sus gemidos, hacía tiempo que no “saboreaba” una verga como la mía, llegó al orgasmo, sentía en mi verga sus jugos calientes, yo me corría también, se la saqué y me rogó que le diera mi leche, puso su boca para tener mi semen en su garganta, lo paladeó, me miró a los ojos y se lo comió todo, sin dejar rastros.

Esta playa está situada en una zona recóndita, a unos kilómetros de la ciudad de Tarragona, rodeada de una central nuclear, el acceso es complicado, en consecuencia es bastante selectiva.

La primera ocurrió un domingo de hace algunos años. Me encontraba prácticamente solo en una zona apartada de la playa, el día era gris y ya pensaba que tendría un día en blanco.

Pero sobre las 12 horas llegó una pareja que se colocó a mi lado, él era muy gordo y tendría sobre 35 años, y ella sobre 45, alta y con un físico normal, al desnudarse observe que a él apenas se le veía el miembro, tanto por su pequeñez, como por que le tapaba la bolsa de grasa que le colgaba de la barriga.

Al rato ella se dirige al agua y yo la sigo discretamente, de golpe cambia de dirección y se dirige a una zona de piedras, yo por prudencia me mantuve cerca y observé que se agachaba para orinar, para salir de dudas me puse ha hacer lo mismo, sin que ella me viese del todo, cuando acabamos ella se volvió a su lugar en la playa, yo me dirigí al agua y estuve nadando un rato. Al volver ellos habían empezado a comer, hice lo mismo, enseguida empezamos a hablar y nos intercambiamos bebidas, vivían en una población cercana a Barcelona llamada Sabadell, pero que estaban en un camping cercano.

Enseguida quedaron pocas personas en la playa, entonces él se acercó y tapó con su voluminoso cuerpo la vista del resto de la playa, ella se puso al otro lado y empezó una cálida felación a mi miembro, continuamos por un 69, realizamos diferentes penetraciones en varias posturas diferentes, pero me pidió que le arrojase el semen encima de sus pechos, le di gusto y le bañe sus tetas y su cara con mi semen caliente, ella se lo pasó por todo su cuerpo como si de crema se tratase, era realmente toda una puta, a continuación también me pidió que le orinase encima, prácticamente la duché y la dejé sin ninguna muestra de lo que allí había pasado.

Cuando acabamos nos fuimos todos al agua a refrescarnos y quedamos para otro día en su localidad.

La otra historia ocurrió en la playa del Prat, la más antigua de todas. Era un día laborable de junio, había pocas personas.

Al rato de estar allí vino una familia, abuela, madre y tres hijos, es raro encontrarlos en este tipo de playas, pero enseguida descubrí que había algo más, se situaron a mi lado, ambas señoras empezaron a conversar conmigo, eran de Barcelona, eran suegra y nuera, la abuela tendría unos 60 años y la joven 30, la mayor se conservaba muy bien.

Enseguida me pidió, que le indicase un lugar para orinar, yo la acompañé con la excusa de la dificultad del camino, cuando llegamos al sitio me pidió que me quedase y le hiciera feliz, se tumbó sobre la arena y comencé un acalorado cunnilingus, ella bufaba de placer, teniendo en cuenta que ella estaba gruesa, después de su orgasmo le ayudé a levantarse, y ante mi situación me dijo que no me preocupase que ella lo arreglaría en seguida.

Se volvió al lugar de las toallas y habló con su nuera, esta vino enseguida hacía donde yo estaba, y al llegar me dijo que había venido a acabar lo que su suegra había empezado, se arrodilló delante de mí, proporcionándome una estupenda mamada, no cabe duda que sabía muy bien como hacer feliz a un tío, su lengua era una víbora que recorría palmo a palmo toda mi verga abajo arriba, me chupó los huevos como nadie, a continuación la tumbé.

Le practiqué un muy sabroso cunnilingus y la abrí de piernas, y sin dudar se la enterré hasta los cojones, la cabalgué largo rato en medio de sus gemidos de placer, al parecer hacía tiempo que no “saboreaba” una verga como la mía en su interior, hasta que llegó al orgasmo, sentía en mi verga el deslizar de sus jugos calientes, yo me corría también, se la saqué de su concha y me rogó que le diera mi leche, ella se puso su boca sobre mi miembro para conseguir mi semen en su garganta, lo paladeó, me miró a los ojos y se lo comió todo, sin dejar rastros, nos besamos, regresamos…

Al volver los hijos seguían jugando y hubo una mirada de complicidad entre ambas mujeres, las dos habían quedado ampliamente satisfechas, me prometieron repetir la experiencia siempre que los respectivos maridos los permitiesen.

Y vaya que lo repetimos, y los tres juntos, vaya que par de putas encuentras en la playa y que te hacen más feliz la vida…

Autor: Buenrollo

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La fiesta en la plaza

La polla de Juan con el roce de la espalda de Ernesto, comenzó a crecer, mientras que este que tenía las manos sobre el culo de su amigo, le tocaba los cojones. En un momento dado, se lanzaron sobre una cama y jugando se tocaban todo el cuerpo, mientras intentaban derrotar a un supuesto enemigo.

La jornada laboral, estaba llegando a su fin y el calor dentro de la nave se dejaba sentir, Juan estaba terminando de arreglar el carburador al Mercedes 220, mientras que Ernesto, colocaba los asientos traseros al Peugeot 306, después de soldarle las tirantas traseras.

Los dos trabajaban en el mismo taller de reparación de coches y eran íntimos amigos, ambos tenían 24 años y como buenos deportistas que eran, tenían cuerpos bien formados y ni una pizca de grasa.
Juan era moreno, fuerte y con un pelo negro y rizado que costaba trabajo de fijar, simpático y alegre siempre estaba de buen humor y le gustaba una fiesta en cualquier lugar y hora.

Ernesto, era castaño claro, más serio y le gustaba más el deporte y la buena vida en el campo.
Sus respectivas novias eran hermanas y aquel fin de semana lo pensaban pasar en el pueblo de Ernesto que estaba en feria, ya que sus novias estaban de veraneo en la bella localidad de Nerja con sus familiares.

Cuando sonó la sirena anunciando el final, fueron los primeros en pasar a las duchas, ya que querían salir para el pueblo, lo más pronto posible en la moto de Juan.

El agua resbalaba por los cuerpos de ambos, quitando la capa de espuma y formando un charco a sus pies, Ernesto, al pasar al lado de Juan, vio que este totalmente desnudo, tenía el cipote en erección y dándole una suave palmada en el mismo, le dijo que tenia que dejarle en buen lugar entre las niñas de su pueblo y que a ver si esa noche presentaba la misma estampa.

Juan se queda un poco cortado ya que nunca le había gastado esa broma su amigo. La carretera estaba solitaria y la moto, devoraba kilómetros a buen ritmo, Ernesto se abrazaba a Juan y la velocidad, impedía que pudiesen hablar. Cuando salieron del bar en el cual habían parado para tomar un bocadillo y un par de cervezas, la noche los recibió y sin perdida de tiempo reanudaron el camino que les quedaba.

El pueblo, estaba engalanado y hasta habían traído una plaza de toros portátil que estaba montada en las afueras del mismo. La casa de Ernesto estaba situada en una calle lateral y a pesar de ser pequeña, tenía dos plantas y un pequeño patio, era bastante bonita. Se cambiaron y se fueron para la plaza del pueblo que era donde se había montado el escenario y una buena orquesta de música, desgranaba viejas canciones, en un rincón, se había colocado una barra y la gente, bailaba y bebía felizmente.

Ernesto, tenía muchos amigos y amigas y pronto aceptaron a Juan como uno más. Petri, una chica de 20 años, tenía una minifalda bastante corta que dejaba ver sus hermosos muslos y la camisa con los dos primeros botones abiertos, también dejaban ver la canal de sus pechos.

Juan y Petri, bailaban un bolero totalmente pegados y la polla de este, se encontraba metida entre las piernas de la chica, estaban en un rincón de la plaza que casualmente tenía la farola sin luz y la mano del mozo, estaba apretando el culo de ella.

Cuando terminó la canción, y viendo que se iba a rifar una caja de vino entre los asistentes, se alejaron y se metieron en el cajero del banco, cerrando la puerta del mismo. Juan, se saca el badajo que estaba en total erección (18 cm) y aunque intentó de todas las maneras posibles metérselo en el chocho, no pudo, ella se negaba en redondo ya que decía que tenía novio formal y que estaba en la mili, solamente le pudo tocar los muslos, mientras le hacía una estupenda paja.

El chorro de esperma, salió como una bala, manchando los números del cajero automático, mientras que Petri, reculaba intentando sacar la mano de Juan que se había metido por el pernil de las bragas y le estaba masajeando el coño. Las voces de unas personas cantando una canción, apresuran la salida de ambos que sudando y colorados por el esfuerzo, salieron corriendo en dirección a la plaza.

Ernesto, que estaba totalmente bebido, les estaba esperando, se había quitado la camisa y se había metido en la fuente, las risas de todos los amigos que trataban de no ser mojados, atronaban el lugar. Juan lo sacó como pudo y se despidieron de los amigos, camino de la casa los dos dejaban un reguero de agua, iban empapados por fuera y por dentro.

Cuando estaban abriendo la puerta, sonaron en el reloj de la torre, las 4 de la madrugada.
Ernesto se quita toda la ropa, quedándose totalmente desnudo, mientras que Juan, no se quitó los calzoncillos, ambos cogieron unas toallas y se rodearon el cuerpo con ellas secándose rápidamente.
Un estornudo de Juan hizo que este se quitara los calzoncillos, luego quitándose las toallas, comenzó a hacer posturitas resaltando sus músculos.

Ernesto, le imitó y ambos con la media borrachera a cuestas, reían mirándose en el espejo de la habitación. Juan de pronto dijo que era un vaquero del oeste y dando un salto se montó a cuestas sobre Ernesto y haciendo alusión a que era su caballo, le dijo que diera unas galopadas.

La polla de Juan con el roce de la espalda de Ernesto, comenzó a crecer, mientras que este que tenía las manos sobre el culo de su amigo, le tocaba los cojones. En un momento dado, se lanzaron sobre una cama y jugando se tocaban todo el cuerpo, mientras intentaban derrotar a un supuesto enemigo.
Los cipotes de ambos, estaban en total erección, cuando Ernesto que tenía la cara sobre los muslos de Juan, levantó un poco la cabeza y empezó a dar lametones sobre el glande del miembro de su amigo.
Juan, no dijo nada, solamente abrió los brazos en cruz y separando las piernas permitió que su amigo, le chupase, como si de un polo se tratara, su hermosa polla.

Ernesto, disfrutaba mientras le tocaba los huevos y su lengua hacía malabarismos, algunas veces notaba como le llegaba hasta la campanilla de lo profundo que se la metía. Un gran suspiro seguido de una convulsión, fue la señal para que comenzara a salir esperma que por otra parte su amigo no dejaba escapar, tragándoselo todo.

Sin decir ni media palabra, se echó a su lado y los dos se quedaron dormidos. El sol entraba a raudales, cuando Juan se despertó y viendo a su amigo dormido, pasó al cuarto de baño a darse una buena ducha.

El pelo lo tenía enjabonado y la espuma caía por su cara con lo cual los ojos los tenía cerrados, el agua resbalaba por su cuerpo, cuando sintió la puerta abrirse y como descorrían la cortina del baño, después de un “buenos días”, las manos de Ernesto, recorrían su cuerpo extendiéndole la espuma, y se paraban frotando sus tetillas, comenzaron a bajar peligrosamente y se apoderaron de su verga que con unos cuantos meneos, se puso en forma.

Cuando por fin se pudo quitar la espuma de los ojos y pudo abrir estos, vio como su amigo totalmente enjabonado, estaba de espaldas y con su mano intentaba introducir el cipote en su culo. Lo cogió por la cintura y apretando poco a poco introdujo su miembro con gran facilidad debido a lo lubricado que estaba por el jabón. Ernesto suspiraba mientras pedía —“más rápido”–.

El metisaca de Luis fuerte y enérgico producía un chop chop, cuando los huevos tropezaban con el culo de Ernesto.

El agua seguía cayendo con fuerza sobre ambos cuerpos, cuando con un salvaje alarido, Luis se corrió en el culo de su amigo, quedándose totalmente flojo sobre su espalda. Después de vestirse salieron a desayunar donde se encontraron con varios amigos y juntos se fueron hasta el río para ver una función de pirotecnia.

La siesta que en estas fiestas era obligada, prometía ser muy feliz para Juan y Ernesto.

Autor: Fistulo

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Una madre deseada

Empecé a bombear, los cojones chapoteaban contra su culo. Noté el orgasmo de mi madre. Paquita me abrazó con las piernas dejándose dominar por el placer sin ofrecer resistencia, no me quedaba mucho para escupir semen, es buenísimo, dijo y aceleré el ritmo notando la fuerza deliciosa del orgasmo en todo el cuerpo. Paquita estaba corriéndose conmigo, al borde del desmayo.

La historia que voy a contar ocurrió hace muchos años, más de treinta, pero la viví con tal intensidad que puedo recordar sus detalles con mayor precisión que muchas cosas que me han ocurrido recientemente.

Yo tenía entonces 18 años y era virgen. Mi excitación sexual era la propia de la edad. Estaba obsesionado con todas las mujeres que veía. Una de ellas era mi madre, Paquita, una mujer de poquito más de cincuenta. No era especialmente atractiva físicamente (pequeñas tetas, culo no demasiado notable), aunque tenía bonitas piernas y una piel muy blanca que despertaba mi voraz apetito. Poseía además una cara muy agradable.

Paquita era inteligente, sensible y muy religiosa. Aunque eso es algo que supe después, estaba completamente desatendida sexualmente por su marido, mi padre, no sé muy bien por qué, si porque él había perdido todo interés en el sexo, o porque había perdido todo interés en mi madre, o por ambas razones. Nunca lo he sabido. Mi madre no era el único objeto de mis pajas, sino una más en el abanico de mis obsesiones, pero tenía la ventaja de que la tenía cerca y la podía observar cuando había suerte. Cada vez que tenía una oportunidad la escudriñaba por la cerradura del cuarto de baño mientras meaba, aunque la visión no era muy buena, pero en una ocasión, en que no había bajado la cortina del baño, conseguí verla con más detalle mientras se bañaba. En sí mismos esos espectáculos no eran demasiado estimulantes, pero lo morboso de la situación conseguía excitarme todavía más de lo habitual.

Hasta ahí habían llegado las cosas cuando un día me había hecho una herida en la parte superior del muslo. Era una rozadura muy dolorosa. Tenía que darme una pomada y vendármelo para evitar las escoceduras. Mi madre se ofreció a hacerlo porque de soltera había trabajado como enfermera. Nunca pude imaginar todas las consecuencias que tendría esa cura.

Después de bajarme los pantalones y dejármelos en los tobillos me senté en la silla que me había indicado mi madre. Entretanto ella preparaba la pomada y las gasas para la herida. Cuando todo estuvo dispuesto se agachó delante de mí y empezó a extender suavemente la pomada con las yemas de los dedos a escasísimos centímetros de los calzoncillos, en el punto donde se apretaban los huevos. De forma automática y completamente imprevista la polla empezó a crecer de modo casi cómico. Me sentí invadir por una vergüenza infinita: levantar la polla a escasa distancia de las narices de mi madre que seguía afanándose con la pomada era mucho más de lo que un joven que acababa de cumplir dieciocho años podía soportar sin querer que la tierra se lo tragara.

Intenté disimular pero era imposible. Debía estar completamente rojo. Miré con discreción y tuve la impresión de que mi madre trataba también de disimular el significado innegable de lo que tenía delante. La visión de la blancura de sus pequeños pechos a través del escote no mejoraba tampoco las cosas.

Cerré los ojos, pero fue en vano. El contacto de sus dedos cerca de la ingle era una sensación irresistible y mi erección se desplegaba sin ambigüedades. Trataba de pensar qué iba a decir si ella hacía algún comentario, pero de pronto tuve la sensación de que el masaje se prolongaba más de lo necesario, y de que quizás no era yo solo el único que lo estaba disfrutando. Estuve a punto de hacer un comentario sobre lo agradable que me resultaba aquello, pero no me atreví. Sin embargo sí fuí capaz de ir acercando lentamente mi otra rodilla, la izquierda, hacia su cuerpo. Tampoco encontré resistencia mientras presionaba suavemente sobre su hombro. Abrí de nuevo los ojos y tuve la sensación de que se mordía con delicadeza el labio inferior. ¿Concentración?, ¿signo de placer? La sesión terminó sin otras novedades. En cuanto terminó el vendaje y salió de mi cuarto inicié una masturbación frenética que duró segundos antes de empezar a disparar interminables hilos blancos sobre mi vientre.

En los días siguientes el ritmo de masturbaciones, habitualmente elevado, se disparó hasta cifras que resultaban insólitas para mi. A partir de ese momento mi madre se convertiría en mi objeto sexual obsesivo. El resto de las mujeres pasaron a un tercer plano. Una y otra vez repasaba mentalmente aquellos minutos de excitación absoluta. A veces pensaba que podía haber eyaculado ante ella. ¿Cómo habría reaccionado?, ¿habría mantenido entonces su silencio?

Un par de semanas después estábamos los dos solos en casa. Ella leía sentada en una silla del cuarto de estar. En esa ocasión nada, ni su modo de vestir, ni su gesto, ni comentario alguno justificaba mi deseo, pero éste era atroz. Era mero fruto de mi obsesión y de la soledad casual en que nos encontrábamos, Nervioso, sin saber qué hacer y descompuesto por la cercanía de su presencia, me movía continuamente de un sitio a otro. Finalmente me coloqué en otra silla a su espalda donde ella no podía verme sin volver la cabeza. Ahora la contemplaba sin que ella lo advirtiera con una lujuria incontenible. Sin pensarlo me abrí la bragueta sin ruido y saqué la polla que alcanzaba entonces su máxima erección. Sin apartar la mirada de su cuello empecé a masturbarme suavemente. En ese momento me di cuenta de que el olor que despedía mi polla desplegada era inconfundible. Me asusté. Si ella se volvía no sabría cómo explicar la situación.

Me quedé quieto mientras el olor a sexo se extendía por la habitación. Me pareció que mi madre estaba más inmóvil de lo que era natural. Quizás el olor le hacía adivinar lo que ocurría a sus espaldas, y el recuerdo de nuestra sesión de masaje proporcionaba una pista inconfundible de lo que tenía detrás. Aparté la mano y durante un par de minutos continué allí inmóvil con la polla enhiesta, deseando que efectivamente Paquita percibiera el tributo de admiración muda que le rendía su lujurioso hijo. La magia quedó interrumpida cuando se oyó el ruido de la puerta de la calle. Mi padre. Rápidamente recuperé un estado presentable y me refugié en el cuarto de baño para masturbarme con furor. Cuando estaba a punto de correrme mi madre llamó a la puerta. Le pedí que esperara unos segundos y sabiéndola cerca me aticé un par de molinetes que abrieron de nuevo la puerta de un excelso orgasmo.

En ese punto tuve un momento de atrevimiento. En lugar de tirar de la cadena y hacer desaparecer todo rastro de la juerga íntima decidí dejar allí todo. Mi madre iba a entrar e iba a ver algo que quizás le resultara estimulante, sobre todo porque era ella la que se lo había provocado. Así lo hice. Un poco colorado abrí la puerta y la dejé pasar mientras yo salía. No me atreví a quedarme mirando por la cerradura. Mi padre andaba por casa, y por nada del mundo, ni siquiera por saber cómo reaccionaba mi madre al ver aquel acuario que acababa de dedicarle, estaba dispuesto a correr el riesgo de que me pillara observando a su mujer por el ojo de la cerradura.

En los días siguientes nada en el comportamiento de mi madre hacia mi me permitió sacar conclusiones sobre cuál había sido su reacción ante los restos de semen que le había dejado en el cuarto de baño. Tampoco tuve otras oportunidades de transmitirle nuevas señales de mi deseo hasta que unos días más tarde supe que mi padre iba a tener que pasar un par de semanas fuera de casa. Todavía eso no nos dejaba solos a mi madre y a mi porque estaban mis hermanas. Sin embargo, por las tardes ellas tenían que ir al colegio y yo durante aquel año no tenía clase por las tardes. Para aumentar mi excitación, mi madre tenía la costumbre de echarse la siesta por las tardes. Normalmente no dormía sino que descansaba leyendo el periódico. Eso me facilitaba una excelente disculpa para entrar a su cuarto. A veces quería leer alguna parte del periódico, y entraba y se lo pedía. Así hice el primer día en que mi padre estaba fuera de casa.

Una vez en su cuarto, mientras ella leía las páginas locales le pedí las páginas nacionales, pero en lugar de salir a leerlo a otra parte, me senté en una silla a la izquierda de su cama. Me sumergí en el periódico con inusitada atención. La sensación de proximidad de su cuerpo semidesnudo unida a la soledad me provocaba un agradable hormigueo. Era verano y hacía bastante calor. Mi madre estaba en la cama bajo una sola sábana. Llevaba puestas las gafas y leía el periódico con la concentración habitual. De pronto levantó la rodilla izquierda, la más próxima al borde en el que yo estaba. Se levantó así la sábana dándome una visión perfecta de su maravillosa pierna hasta el borde del culo. Levanté la vista con disimulo y sentí un vahído en el estómago. Tenía a unos pocos centímetros aquello que anhelaba más en este mundo. Bastaba con que estirase la mano para que tocara aquella piel que me enloquecía. Varias veces estuve a punto de hacerlo, pero no tuve suficiente valor.

Entonces mi madre dejó deslizar la sábana por encima de su rodilla, de manera que ahora quedaba toda la pierna y medio culo bien a la vista. La polla me dolía de la intensidad de la erección. Notaba los latidos hasta las orejas. Mi madre, al parecer ajena a lo que estaba provocando, seguía absorta en el periódico, sin mirarme. Por mi parte, mientras sujetaba el periódico con la izquierda inicié un cauto movimiento con la derecha hasta abrir un par de botones de la bragueta y sacar unos centímetros de la polla. Me acaricié maquinalmente y empecé una lenta masturbación mientras mi mirada quedaba clavada en aquella parte indescriptiblemente hermosa del cuerpo de mi madre. Me di cuenta de que ahora Paquita sostenía también el periódico solo con la mano izquierda mientras tenía la derecha debajo de la sábana. ¿Se acariciaba? No podía decirlo, pero la posibilidad de que ocurriera multiplicó mi excitación. Esta empezaba a vencer al miedo y los movimientos de mi brazo se hicieron más marcados. Cualquier testigo que observara la escena habría sabido que aquel muchacho estaba meneándosela y que la fuente de inspiración no provenía del periódico.

Mi madre continuaba absorta en la página que tenía adelante que, por cierto hacía demasiado tiempo que no había pasado. Un detalle del que fui consciente a pesar de la excitación. Decidí dar un paso más y bajé un poco el periódico protector. Ahora si Paquita mirase en mi dirección y levantara un poco la cabeza podría ver lo que yo tenía en la mano, si es que no se lo decía el movimiento del brazo. La situación estaba clara de modo que fui yo quien movió la cabeza, inclinándola ligeramente para intentar ver un poquito más allá del muslo levantado de mi madre. Tuve que moverme todavía algo más hasta conseguir intuir la parte de las bragas que le tapaba el coño.

Creí vislumbrar parte de la pelambrera que desbordaba la tela blanca. En ese momento mi madre giró hacia su derecha dándome la espalda. La visión no era tan estimulante, pero a cambio me facilitaba la parte mecánica de mi actividad. No tardé mucho en sentir la inmediatez del orgasmo. Traté de contener todo el semen posible en el pañuelo, que había conseguido sacar a tiempo, pero supongo que desde el olor hasta ciertos ruidos le transmitían a mi musa la naturaleza de la composición que había inspirado. Lancé un largo suspiro, y extraordinariamente relajado me levanté y salí de la habitación donde acababa de disfrutar uno de los orgasmos más intensos de mi vida.

Todo aquello ocurrió un viernes, de manera que en los días siguientes no pude repetir la visita a la hora de la siesta por la presencia de mis hermanas en la casa. En realidad podría haber entrado en el cuarto de mis padres, pero siempre con el riesgo de verme interrumpido en mis actividades recreativas. Durante ese fin de semana el comportamiento de mi madre hacia mí resultó normal salvo la impresión de que evitaba mi mirada. Esos días los dediqué a reflexionar sobre todo lo que había ocurrido. Mi madre no era nada tonta, al contrario era una mujer muy lista y además bastante desconfiada. Por tanto debía de ser consciente de lo que estaba pasando. Tampoco era alguien tan débil como para no detenerlo a tiempo si no deseaba que sucediera. Por tanto, si no decía o hacía nada para impedirlo era porque aquello le resultaba agradable, tanto como para permitir que ocurrieran a su lado hechos que vulneraban sus convicciones más profundas. Pero seguramente todo aquello no era lo bastante fuerte (¡todavía!) para que quisiera ir más allá, porque no le hubiera resultado difícil insinuármelo.

Estaba seguro de que la posibilidad de contacto físico quedaba descartada. De manera que de lo que se trataba era de aprovechar la situación todo lo que permitía, y de dedicar las tardes de la próxima semana a repetir momentos tan morbosamente deliciosos como los del viernes. Nadie podía decir adonde podía llegar todo aquello si seguía velando sus siestas con la polla en la mano.

Por fin llegó el lunes, y a la hora de la siesta acudí a leer el periódico al cuarto de mis padres. Se repitió la escena del viernes, pero ahora cuando entré ella tenía ya alzada la rodilla. Me dio la sensación de que la acababa de levantar, que lo había hecho en el momento en que me oyó llamar a la puerta. Sin decir una palabra me senté en la silla y cogí la parte del periódico que ella me había dejado en el suelo. La situación era la misma que el viernes. Ella abstraída en el periódico, la pierna maravillosamente expuesta, y yo con el corazón bombeando a toda potencia. Durante unos segundos no hice nada. Mi madre movía ligeramente la pierna, recogía y avanzaba alternativamente el pie, levantando y bajando la rodilla. No sabía si me quería indicar algo, si quizás eso significase que quería pasar a la acción. Finalmente decidí sacar la polla.

Esta vez había acudido con la bragueta desabrochada, de manera que la operación resultó sencilla. Inicié mis movimientos sin demasiado disimulo. Era evidente adonde se dirigía mi vista, y supongo que tampoco los movimientos del brazo permitían interpretaciones alternativas, incluso -no estaba seguro- con atención se podían escuchar ligeros ruidos muy expresivos. Tampoco esta vez Paquita pasaba las hojas del periódico, ni despegaba su mirada del artículo que parecía leer. Su pierna repetía a veces los mismos movimientos. Finalmente volvió a girarse dándome la espalda, pero esta vez la visión era mucho mejor que la del viernes. Su culo estaba tapado solo parcialmente por la tela de la braga que se había insertado en la raja. El orgasmo fue inmediato. Otra vez el pañuelo me sirvió para recoger los chorretones de semen. Tuve que esforzarme mucho para levantarme de la silla y dejar un cuarto impregunado de un olor inconfundible.

Al día siguiente mi excitación era mayor que nunca. No podía esperar a que llegara la hora de la siesta. Durante un tiempo pensé en entrar antes de tiempo, sin llamar, cuando mi madre se estuviera desnudando, pero comprendí que era absurdo provocar esa brusquedad que tampoco me iba a permitir ver nada especial. Pero quería avanzar un poco más. Decidí que me masturbaría sin taparme con el periódico para que ella pudiera verlo al menos por el rabillo del ojo.

Cuando entré en su cuarto me sentí decepcionado. No había levantado la rodilla. Salvo la cabeza y los brazos, todo el cuerpo se escondía bajo la sábana. Me senté a leer el periódico sin saber muy bien qué hacer. Al cabo de unos minutos Paquita levantó la rodilla dejando que el borde de la sábana cayera sobre la entrepierna. Recuperé toda la excitación que se había evaporado en parte. Cogí el periódico con la mano izquierda, pero sin ponérmelo delante, sino dejándolo a mi izquierda, donde lo hubiera encontrado mi vista si hubiera girado la cabeza, cosa que no hacía. Era, supongo una imagen surrealista, alguien sosteniendo un periódico a su izquierda, que no miraba. En todo caso, eso le daría a mi madre una visión de mi cuerpo sin estorbos si se decidía a mirarlo. Con la mano derecha saqué la polla y empecé a acariciarme.

Aunque Paquita tenía la mirada fija en el periódico era casi imposible que no vislumbrara lo que hacía su hijo. El corazón me estallaba, pero la excitación era más fuerte que el miedo. Me detuve para sacar el pañuelo, pero todavía no lo coloqué sobre la polla. Ahora era el momento en que ella debería darme la espalda para facilitar el remate de la faena, pero no lo hacía. Tampoco pasaba página alguna. Aquello era una locura. Empecé a sentir los deliciosos escalofríos que anunciaban lo que se avecinaba. En medio del placer pensé “Ahora. Ahora me va a llamar la atención justo cuando me estoy corriendo, ¿qué voy a decir?” Y claro no se me ocurría ninguna respuesta. Tuve la lucidez necesaria para cubrirme con el pañuelo cuando el geyser empezó a dispararse. Paquita seguía imperturbable leyendo el periódico, mientras su muslo maravilloso me hacía guiños que se traducían en toneladas de placer.

El miércoles decidí entrar solo con los calzoncillos y con un expresivo pañuelo en la mano. El calor era un argumento suficiente si es que mi madre me preguntaba por lo singular de mi atuendo, pero no me iba a preguntar y desde luego no me preguntó. Al dirigirme al asiento ella levantó la rodilla como para darme la bienvenida. Me senté, pero no cogí el periódico. Contemplaba lo que tenía delante sin disimulo. Si Paquita me preguntaba le diría claramente lo que me pasaba, que estaba enloquecido de deseo por ella y que haría cualquier cosa porque me dejara mirarla (devorarla con la vista) mientras me masturbaba, pero no me preguntó. Me saqué la polla sin ningún disimulo e inicié mi ejercicio cotidiano esta vez con mayor comodidad que nunca. La situación era escandalosa. De pronto, aparté la vista de su pierna y la miré a la cara.

Me quedé estupefacto. Ella había girado la cabeza y me observaba fascinada. Nos miramos a los ojos. Ella dirigió de nuevo la vista hacia la polla. Retiré la mano para que pudiera contemplarla en todo su esplendor. Conseguí levantarla un par de veces sin soporte manual, algo que yo creía muy excitante. Abrió la boca para decir algo, pero siguió callada. Era mi momento. Susurré. “Ayúdame” mientras me acercaba y me sentaba al borde de la cama. No hizo nada. Entonces tomé su mano izquierda y la acerqué hasta la polla. No se resistió, pero se quedó inmóvil con los dedos sobre el tronco palpitante. Poco a poco empezó a moverlos muy suavemente.

La sensación era fastuosa. No me atrevía a hacer nada más por miedo a romper el hechizo, y que cesara en sus caricias. Poco a poco ella intensificó el ritmo. Entonces me atreví a acariciarle el brazo con las yemas de los dedos. Ella se incorporó ligeramente para poder darme el masaje con la intensidad que la situación requería. Le dije que iba a correrme, pero no hizo nada. Cuando la polla comenzó a escupir los inmensos chorretones cayeron sobre la sábana, el camisón, el hombro y el brazo. Le ofrecí el pañuelo que había traído, pero no me dejó. Dijo solo: “Deja. Ya me encargo.” Susurré “Gracias” y salí del cuarto en medio de la confusión.

Ni esa noche ni a la mañana siguiente pude observar en el comportamiento de mi madre ningún signo extraño. Ni siquiera evitaba que nuestras miradas se encontraran, y cuando eso ocurría no podía captar señas de complicidad. En algún momento llegué a pensar que había imaginado todo lo ocurrido durante la siesta, pero sabía que no era así, y pensaba encontrarme con pruebas de que no había soñado en la siesta del jueves. Por otro lado, a pesar de lo satisfactorio del recuerdo me atormentaba la duda de si debería ser más atrevido y avanzar o si cualquier avance pondría en peligro lo conseguido. Estaba casi seguro de que mi madre no iba a estar dispuesta a dejarme metérsela, pero no sabía si me dejaría acariciarle el coño o chuparle las tetas, o tan siquiera besarla en la boca.

Cuando conseguía ver las cosas con cierta frialdad creía haber alcanzado el límite más allá del cual Paquita no se iba a aventurar. En algún momento pensé en la posibilidad de la coacción, la amenaza de contar lo ocurrido a mi padre presentándome a mi mismo como víctima, como medio de despejar el camino hacia su vagina, la imagen de cuya gelatina hacía que mi polla babeara de modo enfermizo. Pero la mera idea de esa canallada me hacía despreciarme. Además el placer tan intenso que estaba sintiendo en todo aquello nacía justamente del deseo que advertía en ella. Al final no pude llegar a ninguna decisión clara, aunque tendía a conformarme con lo alcanzado.

La mañana del jueves me resultó tan interminable como la de los días anteriores. Después, durante la comida hubo una llamada de una hermana de Paquita que quería quedar con ella nada más comer. Al oírlo me dio un vuelco el corazón. Pero mi madre insistió con mucha firmeza en que le venía mal en aquel momento y consiguió quedar a última hora de la tarde. Tuve la impresión de que mientras se negaba con tanta vehemencia mi madre me miraba de soslayo y se ruborizaba ligerísimamente. Tal vez ella también esperaba con ansia la llegada de la siesta.

Después de comer fui a mi cuarto y me desnudé completamente. Esperé a que mis hermanas se fueran. Nada más oír que mi madre había entrado en su cuarto tras salir del cuarto de baño, me dirigí hacia allá. Esperé tras la puerta hasta que cesaron los ruidos que indicaban que se estaba desnudando. En cuanto oí los muelles de la cama llamé a la puerta, y tras oír un suave “Pasa” me dirigí desnudo hacia el borde de la cama. Paquita había cogido el periódico, pero todavía no lo había abierto. Me senté muy cerca de ella en silencio, sin hacer ningún ademán de querer parte del periódico, sino tan solo que su atención se dirigiera hacia mi incipiente erección. “¿Otra vez?”, dijo sonriendo. Asentí con la cabeza y me desplacé ligeramente hacia la cabecera. Sin apartar la mirada de mis ojos extendió la mano hasta tocarme suavemente el muslo, y después la deslizó hasta acariciarme los huevos con la yema de los dedos. La polla empezó a babear.

En aquel momento me fijé en el amasijo de ropas que se acababa de quitar y que reposaban sobre una silla y observé algo que casi me hace saltar. Encima de todo el montón se encontraban unas bragas blancas. ¡Paquita estaba sin bragas debajo de la sábana y me invitaba elocuentemente a que explorara un terreno nuevo! Deslicé la mano temblorosa bajo la sábana. Paquita volvió a sonreír. El roce de su muslo hizo que mi polla creciera medio centímetro. Se puso seria, o eso me pareció, pero ahora yo estaba decidido. Llevé la mano hasta encontrar la suavidad de sus pelos. Me resultaron mucho más largos y abundantes de lo que imaginaba. Me aferró la polla por el tronco, pero no abrió las piernas. Forzando un poco conseguí llevar la mano hasta la entrada de su vagina, completamente empapada. Sentí que me mareaba. La polla seguía creciendo. El glande había adquirido un color más allá del morado. Pensé que me podía ocurrir algo, que quizás hubiera infartos de polla, y si los había yo debía estar al borde. No sabía muy bien qué hacer.

Conseguí introducir un dedo por la vagina acentuando así la sensación deliciosa. Ella me apretó con más fuerza y cerró los ojos. Empecé a mover el dedo acompasadamente, y ella siguió mi ritmo en la polla. Ahora dudaba nuevamente. No sabía si debía arrojar la sábana al suelo, echarme encima de ella y clavarle la polla, o mantenerme en el terreno de la doble paja. Una vez más el cobarde venció en mi y pospuse mentalmente para el día siguiente el paso a la siguiente fase. Además, ahora estaba seguro de que sería ella misma la que, como hoy, me lo indicaría. Me concentré en su coño. Ella había abierto los ojos y me miraba con lo que me pareció cierta timidez. Esbozó una sonrisa. Le dije: “Me está gustando mucho”. “A mi también”, contestó. Bajé la voz: “Lo vamos a hacer muchas veces, ¿verdad?” Esta vez se limitó a sonreír. En ese momento me juré que mañana intentaría follarla. No solo por el placer que me prometía, sino porque se lo merecía.

Tenía que darle todo el placer de que fuera capaz. De pronto sentí que el dulcísimo placer que me recorría no era algo perverso, pecaminoso, ni nada parecido, sino una manifestación sobrenatural de lo más sublime. Con esa sensación de bondad empecé a notar la proximidad de la corrida. “Me parece que ya viene.” “Espera un poco”, me dijo, y sin detenerse intentó sacar un pañuelo de debajo de la almohada con la otra mano, pero en aquel momento se produjo la explosión y los churretazos esta vez aterrizaron en su cuello, pecho, y camisón. En ese momento noté en el dedo que le trabajaba la vagina lo que debía ser un orgasmo simétrico. “Perdona, no me he podido contener.” “No importa, Nacho. Pero ahora déjame un poco que necesito descansar.” Le di un beso en la mejilla, uno de los besos más filiales y más expresivos que le había dado nunca, le dije “Gracias”, y salí de su habitación. Desde la puerta me volví y la vi sonrojarse.

Por la noche en mi cuarto me atormentaba la duda. ¿Presentarme o no en el cuarto de mi madre? Por una parte, sentía unas ganas enormes de volver a sentir la delicia de sus dedos, de tocarla, de correrme con ella, pero ahora en medio de la voluptuosidad sin prisas de la noche. Pero por otra parte debía descartar la tentación por el peligro de ser descubiertos, o al menos porque Paquita lo temiera: las chicas dormían cerca y podrían oír algo.

En medio de mis cavilaciones me empecé a dar cuenta de que en el fondo lo que me detenía no era el peligro de ser descubiertos. El riesgo era mínimo, y el deseo era mucho más fuerte. Lo que me paralizaba era el miedo a enfrentarme con el cumplimiento de mi promesa, el paso a la acción, el intento de follármela. Pero lo más sorprendente era que lo que temía no era en realidad el rechazo de Paquita o que con mi atrevimiento hiciera peligrar tan placentera situación. Lo que me atemorizaba en el fondo era que ella me dejara que se la metiera. Me daba cuenta de que lo que me hacía dudar era la fuerza del tabú del incesto. Por eso en realidad estaba intentando elevar la presión en la caldera del deseo para que cuando llegara el momento de montarme a mi madre, los temores -¡sobre todo los míos!- se desvanecieran ante la energía incontenible de esa caldera cuyo manómetro avanzaba cada día. O en todo caso no quería enfrentarme con esa eventualidad.

En los días anteriores había pasado los momentos más deliciosos de mi vida, pero no sabía cómo reaccionaría ante el cuerpo de mi madre expuesto para que se la clavara. Peor aún no sabía qué iba a ser de mi mismo después de follarme a mi propia madre, qué iba a pasar con todo el cariño que en medio de todas las peripecias sexuales seguía sintiendo por ella, quizás un cariño aun mayor que antes. Además, por lejano que estuviera mi padre, en todo el asunto gravitaba el temor ante su figura. Lo que habíamos hecho era grave, pero follar podría ser terrible. Decidí esperar hasta la próxima siesta, que desdichadamente sería la última antes del fin de semana y el probable regreso del padre para la mañana del domingo.

Aquel viernes se presentaba como la última sesión antes de un período seguramente largo de abstinencia, sin la ilusión que en los últimos días me había dominado al acercarse la hora de la siesta. Además, a pesar de todos los temores, en ese día iba a intentar follarme a Paquita. Decidí forzar las cosas desde el principio. No iba a respetar los minutos de espera hasta que mi madre se desnudase y se metiera en la cama. Aguardé desnudo en mi cuarto hasta que oí a mi madre entrar en su cuarto. Sin dudarlo me dirigí hacia allá y abrí la puerta sin llamar. Paquita se sorprendió y se puso nerviosa. Me pidió que esperara fuera cinco minutos mientras se metía en la cama. Le dije que prefería quedarme. Se negó. Insistí. Le dije que no miraría mientras se desnudaba. No sabía por qué, pero sentía que si la conseguía la aceptación de Paquita sería un paso definitivo. Al final me dijo que me volviera de espaldas. Di la vuelta a la silla desde donde se había iniciado la aventura una semana atrás y esperé lleno de ansiedad.

Me resultó difícil no volver la cabeza mientras oía los ruidos de la ropa de mi madre. Una vez más me atormentaba la duda: ¿debía darme la vuelta o era preferible mostrarse obediente de momento? Mientras, trataba de imaginar lo que estaba ocurriendo a mis espaldas, qué prenda se quitaba, cómo lo hacía. Mi polla, ya muy estimulada, estaba adquiriendo aquel morado tumefacto que me había hecho pensar días atrás en la posibilidad de un infarto. Quería que Paquita la viera. Me acaricié, y sin volver la cabeza giré un poco el tronco de manera que ella pudiera advertir con qué material se iba a encontrar en breve. En ese momento oí los muelles de la cama. Me volví y la vi desnuda, tapándose con la sábana. Me acerqué sujetando la herramienta con la mano. Esta vez di la vuelta a la cama y me dirigí al lado derecho, eso facilitaría el trabajo de los dos.

Sin preámbulos Paquita me aferró la polla y empezó a menearla con más ímpetu que nunca. Por mi parte, deslicé la mano bajo la sábana hasta encontrar la pegajosa entrada de su vagina. Mejor colocado esta vez le metí dos dedos, lo que fue recibido con un respingo. Pero había hecho un pacto conmigo mismo y no podía pararme en el estado delicioso en que me adentraba. Me forcé a mi mismo a actuar. Con la mano izquierda empecé a retirar la sábana. Saqué la mano de la vagina de mi madre, que me miró un poco sorprendida. La sonreí, y soltándome de la presión de su mano me incliné sobre ella con la visible intención de tumbarme encima.

Su reacción fue inmediata. Se tapó con la sábana. Dijo. “¡Eso no! ¡Ni hablar! ¡Ni se te ocurra!” Fui tan estúpido como para contestar: “Pero, ¿por qué?” “Porque no me da la gana. Además es un pecado terrible e irreparable. Es incesto. Acaso no lo sabes.” Recuperé la cordura. Sabía que era inútil discutir con ella, y explicarle que lo que llevábamos haciendo desde hacía una semana era igualmente incesto, malsano, pecado, etc. y ella lo estaba disfrutando de lo lindo. “Vale. Está bien. Pero volvamos adonde estábamos.” “No sé. ¿Te vas a portar bien?” “Sí, de verdad. Anda.” Tomé su mano y la volvía a llevar hacia la polla. Sin mucha resistencia, conseguí que volviera al meneo, mientras yo volvía a taladrar su vagina.

Al cabo de unos segundos estaba inmerso de nuevo en el trance, pero me di cuenta de la codicia con que Paquita me miraba la polla. Volví a decirle lo mucho que estaba disfrutando, que tenía unos dedos maravillosos y que quería seguir haciéndolo muchas veces. Me sonrió dulcemente, y me dijo que sí con los ojos. Le dije que necesitaba apartar la sábana para verla. Se negó con la cabeza, mientras seguía con su labor. Le arreé a la vagina un envión con los dedos lo que le hizo soltar un respingo. “No es justo que tú disfrutes viéndomela y que yo no pueda mirarte”. Me volvió a sonreír y me dejó retirar la sábana. Ahora tenía delante el espectáculo único de sus muslos blanquísimos abiertos, las piernas un poco flexionadas, mientras una mano la taladradaba a través de la densa pelambrera, y esa mano era la mano de su querido hijo, que en aquel momento sentía cómo su polla babeante era acariciada magistralmente por la mano materna.

Sentía que dentro de algunos días conseguiría clavarle la polla en esa vagina cuyas deliciosas paredes trabajaban incansables mis dedos. Fue excesivo. En unos segundos aquello me provocó una eyaculación inmediata. Se lo advertí. Esta vez ella apuntó la polla hacia sus pequeños pechos, que quedaron cruzados por churretones brillantes.

No estaba seguro de que ella se hubiera corrido por lo que volví a poner mis dedos en movimiento. Paquita me dejó hacer. A pesar de mi inexperiencia me daba cuenta de que follármela era cuestión de tiempo, no mucho. La notaba cada vez más caliente y sobre todo, más desinhibida. Sin embargo, teníamos por delante un paréntesis, que durante un tiempo imprevisible iba a impedir esas hermosas siestas materno-filiales. Con la izquierda empecé a acariciar los pequeños pechos de mi madre completamente pringados con el fruto de sus labores meneíles.

Aparté un poco su brazo derecho, ahora inerte, para ver bien el sobaco que yo sabía muy peludo, y que era otro de los puntos de su cuerpo que me fascinaban. La visión de la espesa mata de pelo me provocó una extraña asociación lujuriosa. Me incliné hacia el sobaco y lo besé, a pesar de su ligera resistencia. Noté un gusto acre que no consiguió frenar mi excitación. Desde ese punto me dirigí afanosamente hacia sus tetas, que sorbí con pasión. En ese momento empecé a notar los apretones de su corrida, lo que hizo que recuperara una erección notable, y la ilusión de volver a intentar montarla, hasta tal punto la notaba entregada. Cuando iba a tumbarme a su lado sonó el teléfono. Maldije en mi interior a Graham Bell. Era mi tía, que quería salir de comprar con mi madre. La siesta había terminado.

La perspectiva de los dos días del fin de semana sin siesta y la ahora segura llegada de mi padre el mismo domingo me decidió a tentar la suerte ese viernes por la noche. Acudiría al cuarto de mi madre para darme un último atracón, y tratar de completar lo que esa tarde había sido interrumpido. Había notado además algunos signos que parecían invitarme a la aventura nocturna. No solo ciertas miradas y una caricia descuidada en el pelo mientras cenábamos. Más tarde, cuando veíamos la televisión después de cenar, me senté en la butaca frente al sofá en el que se encontraba mi madre.
De forma disimulada, salvo para Paquita, había estado dirigiendo miradas inflamadas a sus piernas.

Por su parte, ella había dejado que la falda se deslizara un poco hacia arriba, mostrando una ración generosa de la blancura de sus muslos. En algún momento abrió liberalmente las piernas para facilitarme la visión interior, sin que mis hermanas lo advirtieran. No era necesario tanto estímulo. Tenía a su hijo caliente como un perro en celo, y dada la situación, estaba decidido a intentar pasar parte de la noche en brazos de su madre; si era posible, entre sus muslos, que notaba cada vez más abiertos para él.

Sin embargo, la espera hasta estar seguro de que mis hermanas dormían me resultó insoportable, sobre todo porque solo dependía de mi acabarla cuando deseara. Quizás fue el rato más difícil de toda aquella aventura. Hacia la una y media decidí que había llegado el momento. Conseguí recorrer el pasillo hasta su cuarto con la perfección silenciosa de un sioux. Tardé interminables segundos en hacer girar el abridor de la puerta, y después la empujé milímetro a milímetro. Aunque no conseguí completarla operación con todo el silencio que pretendía, el resultado fue satisfactorio. Finalmente, repetí el proceso a la inversa hasta cerrar la puerta a mis espaldas. Oí entonces el susurro de mi madre. “Echa el cerrojo”. Sonreí, mientras obedecía su orden. Mi madre me había esperado despierta. Por su voz parecía algo nerviosa, quizás con más deseo que yo mismo. Me di cuenta de que lo ocurrido hacía unas horas había sido una meditada serie de provocaciones para asegurarse esta visita.

Sin preámbulos levanté la sábana y me tumbé a su lado. Ella llevaba puesto el camisón. No sabía muy bien cuál debía ser mi estrategia. Empecé a acariciarla y descubrí con un vahído que no llevaba bragas. Mientras pasaba y repasaba el dedo por su vulva empecé a acercar mi cuerpo en busca del abrazo. “Hay una cosa que no vamos a hacer. Ya sabes”, me dijo. Mientras asentía, mi polla estaba ya a pocos centímetros de su pubis. “Vale”, contesté. “No. Me tienes que prometer que no lo vas a intentar. Es incesto, Nacho. Es muy grave. Es irreparable. No podemos hacerlo.” “Si quieres, firmamos la promesa con un beso.” Mi cinismo ascendió varios escalones en ese momento. “Bueno, dame un beso.” Nuestras bocas se juntaron por primera vez. Ella la mantenía cerrada, mientras yo trataba de introducirle la lengua. Se resistió con tenacidad.

Me separé un poco. “No podemos firmar una promesa de esa forma. Si es un beso es un beso.” Con la mano izquierda acariciaba la suavidad de su culo, y empecé a acercar su cuerpo al mío. La polla entró en contacto con su vientre, ya a escasísimos centímetros de la entrada de su vagina. El contacto actuaba sobre sus miedos como la llama sobre la cera. Intenté besarla de nuevo. Esta vez ella dejó la boca entreabierta. No intenté meter la lengua. Nos quedamos así con las bocas abiertas unidas. Mientras, apretaba y movía la polla contra su vientre. Desde su culo mi mano intentaba alcanzar la entrada de la vagina. Paquita abrió un poco más la boca y dejó que insertara un centímetro de lengua.

Aquel era el agujero en la muralla por el que iba a penetrar el ejército invasor. Uno tiende a minusvalorar la excitación sexual que puede llegar a producir un beso, y a veces -como en esa ocasión- su efecto es casi tan potente como un orgasmo. Mi madre empezó a sorber mi lengua con toda su alma, y yo le metí por allí la fuerza de todo mi deseo. Pero no perdí la cabeza, había conseguido llevar la punta de la polla hasta su vulva, y trazaba allí líneas irregulares con mi capullo babeante. Paquita había perdido la cabeza, me dejaba hacer casi inconsciente.

Puedo jurar que no fue en absoluto deliberado, aunque ningún tribunal me absolvería, supongo, pero de pronto mi polla entró en su vagina del modo más natural e imprevisto que se pueda imaginar. Cuando ambos fuimos conscientes de lo que había ocurrido, Paquita tenía ya dentro dos tercios de mi instrumento, que no es ciertamente el monstruo de longitud habitual en un relato pornográfico, pero que es considerable. El placer era irresistible. Se desprendió del beso. “¿Pero qué haces? No puede ser. No puede ser. Esto es terrible.” Pero aparte de sus protestas verbales su cuerpo no se resistía. Si estaba sintiendo tan solo la mitad del placer que yo experimentaba no había ninguna probabilidad de que aquello se viera interrumpido por su voluntad.

No contesté, sino que acabé de meterle la polla hasta que mi pubis sintió la caricia del suyo, pero con un significativo trozo de mi anatomía ya dentro de su vientre. “No puede ser. Sácala, Nacho, por favor. ¿Qué vas a pensar de mi?” Me mantuve inmóvil, respirando con fuerza, mientras abrazaba a mi madre, e intentaba besar su boca. Apartó la cabeza, pero no el coño, que seguía taladrado por mi instrumento, que había alcanzado un tamaño y una dureza monstruosos. “Me habías prometido… Anda, sácala.” Por un momento, pensé en obedecerla solo por el placer de ver su reacción, pero el placer me lo impedía. ¡Estaba follándome a mi madre!

El sueño de felicidad más insensato que podía concebir, el que durante semanas me había obsesionado hasta extremos absurdos. Tan solo con un puñado de movimientos me iba a correr e iba a inundar su útero con la semilla nacida de ella misma. Hubiera necesitado una fuerza de voluntad inhumana para renunciar en aquel momento al abrazo delicioso de su vagina. Necesité parte de esa voluntad para mantenerme tranquilo y no estallar en una especie de epilepsia.

Empecé a moverme. Primero con muchísima suavidad. Paquita abrió un poco más sus muslos. “No. No puede ser.” Repetía, pero ahora hablaba más consigo misma que conmigo. Los dos sabíamos que aquello era irreversible, y sólo acabaría de la mejor manera posible. Por abajo se preparaba el orgasmo de nuestras vidas. Seguí moviéndome suavemente, y conseguí hacer girar nuestros cuerpos hasta que mi madre quedó tumbada sobre su espalda, conmigo encima. Sentí la intensidad del olor agridulce de sus sobacos, lo que consiguió excitarme todavía más.

Empecé a bombear la polla a un ritmo creciente. Ahora los cojones chapoteaban contra su culo. Noté el inicio del orgasmo de mi madre. Paquita me abrazó con las piernas y con los brazos, dejándose dominar por el placer sin ofrecer resistencia. La tapé la boca con un beso. Ahora temía que fuera ella quien despertara a mis hermanas. Me detuve. Me incorporé un poco y la miré. “¿Qué vas a pensar de mí ahora?” “Que eres maravillosa. Te quiero más que nunca. Quiero follarte muchas, muchas veces, y hacer todo contigo.” Reanudé mis acometidas. Noté que no me quedaba mucho para que empezara a escupir semen a toda presión. “Me falta muy poco.” Ella se estaba dejando llevar, de nuevo. “Es buenísimo”, dijo. Volví a besarla con toda la boca, y aceleré el ritmo de mis movimientos notando la fuerza deliciosa del orgasmo en todo el cuerpo.

Paquita estaba corriéndose de nuevo conmigo, que rebuznaba de forma apagada, al borde del desmayo. Cuando las oleadas de placer se fueron apagando me di cuenta que en ese momento mi vida había cambiado, que nada volvería ser igual, que en ese momento se iniciaba algo nuevo. Volví a besarla. Salí de ella, y me eché a su lado. A los pocos segundos estaba profundamente dormido.

Cuando me desperté tardé un par de segundos en advertir que estaba en la cama de mi madre, y que ésta yacía a mi lado. Me incorporé ligeramente para ver la hora en el despertador de la mesilla. Las cuatro y cuarto. Disponía de más de dos horas para poner en práctica algunas de mis fantasías. El movimiento debía haber despertado a Paquita. La acaricié ligeramente el brazo. “Nacho, espera. Tenemos que hablar.” No era precisamente lo que más me apetecía en ese momento, pero sabía que tendría que escuchar el sermón que se avecinaba. Aguardé en silencio. “Necesito explicarte algunas cosas. Es necesario que me entiendas.” Hizo una pausa.

Le costaba encontrar la manera de decirme lo que quería. “¿Sabes, tu padre y yo…? Bueno, el caso es que tu padre y yo hace mucho tiempo que no hacemos… Ya sabes.” “¿Quieres decir que no hay sexo entre vosotros?” “Eso es.” Sentí una mezcla de estupefacción y alivio. En realidad, aquella revelación no era del todo inesperada. Desde el momento en que todo aquello había empezado sabía que mi madre se veía empujada por alguna carencia. Paquita no era una ninfómana, ni yo era tan imbécil como para pensar que mi cara bonita había trastornado a una mujer de cincuenta años. No lo había llegado a formular, pero la única explicación posible era la que acababa de oír de sus labios. “Para mi ha sido muy difícil. Por eso ha pasado. Además tenía miedo de que ocurriera fuera. Aunque te parezca mentira he pasado situaciones peligrosas.”

Ahora sí que había conseguido sorprenderme. “Me han hecho insinuaciones.” “¿Pero quién?”, no pude evitar preguntar. “El caso es que no quería que ocurriera. Uno de ellos ha sido el tío Federico” ¡Hostia! El marido de la pesada de mi tía Fuencisla, aquel ser distante y desagradable había tratado de beneficiarse a mi madre. La polla se había estirado como un resorte. Necesitaba saber detalles de aquella historia, pero eso debía esperar. Paquita siguió con su explicación. “Estaba muy asustada porque pudiera ocurrir algo con él. Me sentía débil porque tu padre no me hacía caso. Entonces empecé a notar cómo tú también me mirabas así. Eso era distinto. Creí que podía manejarlo. Eres mi hijo. Me sentía excitada, me gustaba que me miraras. Era distinto, y además aquí en casa. Sin peligros. Nunca pensé que pudiera llegar tan lejos. Al principio había excluido cualquier contacto, y ya ves. Ahora estoy muy preocupada.

Me da miedo que nuestra relación se resienta. Me parece que deberíamos dejarlo.” “Por favor, no seas absurda. Te sigo queriendo igual. No. Mucho más de lo que te quería antes, como madre. Desde hace unos días tengo la sensación de estar más unido a ti que nunca. Es todo. Contigo he sentido la felicidad mayor. Es el secreto, el que sólo lo sepamos tú y yo. Saber que al recibir placer de ti te lo doy también. Es poder contarte lo que siento. Todo. No tienes que preocuparte por mi cariño.”

Sentí cómo mis palabras, susurradas más que dichas la penetraban por todos los poros. Empecé a acariciarle el brazo, luego el pecho. Quizás había llegado el momento de contarle mi lado de la historia. “Hacía mucho que me sentía atraído por ti. No sé si contarte una cosa que me da un poco de vergüenza.” “Cuéntamelo, Nacho.” “Verás. Algunas veces miraba por la cerradura del cuarto de baño cuando tú estabas dentro.” “¿Sí?” “Sí. Estaba obsesionado. Me masturbaba después recordando lo que había visto.” “Hombre, había notado cómo me mirabas a veces, pero no pensaba que eras tan sinvergüenza.”

Se rió. Ahora había llevado la mano hacia su muslo. “Perdona, pero tenía muchas ganas. Hasta que el día en que me pusiste la pomada no pensé que… Bueno, ya sabes. Desde ese día solo he pensado en ti, todas las otras no me importaban. Y lo que ha pasado, bueno, me encanta. Ha habido momentos en que yo también tenía miedo de que pasara esto, pero ahora lo he superado. Estoy encantado. Me lo he pasado maravillosamente, y me lo pienso seguir pasando.” Reí silenciosamente. Mientras llevaba la mano hasta su coño, completamente empapado.

Había llegado el turno de las revelaciones de Paquita. Me contó que el viernes anterior ella era consciente de que me estaba excitando. Levantó la pierna de forma casual, pero al percibir mi reacción la mantuvo. Se dio cuenta de que me estaba tocando, y se excitó muchísimo con todo el proceso. Se dio la vuelta para que pudiera completar mi propósito con más comodidad. Aquella siesta le proporcionó más bienestar sexual que todo lo experimentado en los últimos dos o tres años, incluidos los acosos de su cuñado, pero desgraciadamente le dejó con ganas de más. El lunes siguiente esperó ansiosamente mi aparición.

Luego el asunto se le fue escapando de las manos. En realidad, ella pensaba seguir haciéndose la despistada, fingir que no se enteraba de nada de lo que ocurría a su lado, pero sin dejar de disfrutarlo, tal como había hecho el primer día. Todo se estropeó la tarde que aparecí en calzoncillos y no me tapé con el periódico. “Fue automático. Miré y ya no pude apartar la vista. Y cuando me pediste ayuda y te acercaste no podía resistirme. No pensé. Fue todo reflejo. Luego ya no lo pude parar.” Entre el relato y el trabajo de mis dedos estaba a punto de correrse. No sabía si montarla o esperar. Opté por echar leña verbal al fuego: “Ha sido además mucho mejor de lo que había esperado, desde las pajas que me hice ahí en la silla hasta el polvo que echamos antes. ¿Sabías que ha sido la primera vez que follaba?” Paquita inició un corridón oceánico.

Cuando empezó a recuperarse continué: “Lo malo es que ahora nos va a ser muy difícil hacer estas cosas, con papá por aquí. Lo único seguro es que hay que tener todas las precauciones. Que se enterase alguien es lo realmente malo.” “Claro. Pero no te preocupes, tu padre tiene muchos viajes este año.” “En todo caso, yo voy a estar siempre dispuesto para ti. Cada vez que haya una oportunidad y a ti te apetezca te la voy a meter.” Se incorporó y nos dimos un profundo beso. Paquita no solo estaba muy caliente, se había emocionado.

Me dijo: “Soy toda tuya. Quiero que hagas conmigo todo lo que quieras hacer.” “Pues tengo unas ideas malísimas.” “Lo que quieras. Para mi lo importante es ahora saber que te doy placer a ti.” “Gracias. Una pregunta, ¿cómo quieres que te llame aquí, ‘Mamá’ ó ‘Paquita’?” “De las dos formas me gusta. Lo que te apetezca en cada momento.” “Ahora vamos a follar un poco, pero para el futuro tengo planes. Quiero que me la chupes, y chuparte yo el coño, y quiero darte por el culo. Eso me hace mucha ilusión. También me apetece que nos meemos el uno al otro. No sé, todas esas cosas.”

La acaricié. Estaba aun más excitada. “Ponte de espaldas, que te la quiero meter desde atrás.” Se rió en silencio y se dio la vuelta. Encendí la luz de la mesilla. Por nada del mundo quería perderme el espectáculo que venía ahora. Mi madre desnuda a cuatro patas, ofreciendo la vagina a su hijo, que sabía que también era dueño del culo. Me incorporé, y le amasé las tetas desde atrás. Tomé en la derecha la erección y traté de dirigirla hacia su agujero. Me costó ajustarla pero finalmente se deslizó con el ruido de un obsceno chapoteo. Paquita lanzó un gemido. “¿Te gusta?” “Mucho.” “A mi también mamá. ¿Así que el tío Federico quería hacerte esto?” Volvió a reírse. Asintió con un gruñido. “Pero no me dejé.” “¿Y te gustó que te hiciera proposiciones guarras?” “Sí. Me sentía muy mal porque tu padre ya no me hacía caso.

Una mujer necesita saber que todavía atrae a los hombres. No acepté, pero le dejé avanzar un poco …” “¿Ha sido hace mucho?” “La primera vez fue hace mucho, pero últimamente había vuelto a la carga.” “No sigas contándolo que me voy a correr, y tengo que meterte mi semen y el del tío Federico que te has quedado sin él.” “Pues, córrete tonto.” “No me lo digas dos veces”, dije, mientras aceleraba los enviones, consciente de que aquello no tenía remedio y la iba a volver a llenar de semen. Para rematar el desaguisado, Paquita empezó a correrse con una fuerza bestial.

Autor: Ignacio

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