L. (I)

Saqué mi polla y comencé a follarla por el coño. A través de la cortina podía ver la gente de la calle, y alguien que se paraba a mirar, aquella chica que, con cara desencajada de placer, estaba allí desnuda, mostrando sus pechos pegados a la ventana. Pero L. no veía nada, estaba con los ojos cerrados, disfrutando de mi polla, de la polla de su amo, que la estaba follando, cada vez más rápido.

Conocí a L. casi sin quererlo. Era una mañana gris y espesa, y entré al chat unos minutos. Vi su foto, claramente falsa, y piqué sobre su nombre, con indiferencia, casi mecánicamente. L. contestó enseguida, y comenzamos una breve charla. En unas pocas frases tuve la sensación de estar hablando con alguien que conocía desde hacía mucho tiempo, con quien me entendía perfectamente. Iba de frente y, como comprobé más tarde, era absolutamente sincera. No hubo punto intermedio, y enseguida pusimos las cartas sobre la mesa. L. buscaba lo que yo estaba dispuesto a dar, y ella me ofrecía lo que estaba buscando. Así que decidí probarla.

L. es lo que se diría una triunfadora, o al menos está en ese camino. Y por eso todos los que tiene alrededor la respetan y la temen. Todos menos yo. Y por eso elegí su cueva de triunfadora, su despacho, para probarla, para saber hasta donde era capaz de llegar. Me contó que iba vestida de manera elegante, con blusa y falda ajustada. Que le gustaba vestir bien, sentirse deseada. En la distancia no podía explotar por mi mismo el deseo, por lo que decidí que serían otros ojos los que lo hiciesen por mí esa vez.

Hice que se quitara las bragas y el sujetador, que abriese sus piernas y que se tocase para mí, hasta que su excitación aumentase. Quería que estuviese húmeda, que casi se puede oler su humedad, y que sus pezones estuviesen duros y excitados. L. me obedeció, como siempre a partir de este momento, y comenzó a tocarse, tanto que humedeció su falda. Imaginaba cómo sería su coño, y quería que mis dedos fuesen los suyos, esos los que estaban sintiendo su calor y su humedad, esos que la acariciaban.

Cuando estaba a punto de llegar al orgasmo hice que parara. Le ordené que llamase a alguien de su despacho, cualquier hombre al azar, de esos que la temían y respetaban, y que lo hiciese venir a su mesa. Tenía que estar con la blusa abierta, para que ese desconocido pudiese ver sus pechos al acercarse. Tendría que comportarse como una puta para mí, haciendo que él se acercarse a su lado, que pudiese ver, que pudiese oler. Y L. lo hizo, sin rechistar, sin pensárselo dos veces. Lo hizo y me lo contó. Lo hizo y le gustó. Más de lo que seguramente pensaba. Una puerta en ella se abrió, y yo entré por allí. Porque, como luego L. me confesó: “se folla con la cabeza y no con la polla”.

Nos citamos en un hotel céntrico, en una 5ª planta, en una habitación que daba a la calle. Era un edificio modernista de esos que abundan en Barcelona, que los turistas van mirando y fotografiando continuamente. L. llegó puntual, y yo ya estaba esperando dentro, sentado en una cómoda butaca, en penumbra. Le dije que se quedase en el centro de la habitación y que se fuese desnudando para mí, poco a poco. Primero su blusa, luego su falda. Llevaba puesto un erótico conjunto de bragas y sujetador que se había comprado especialmente para mí.

Le ordené que recogiese su pelo, de manera que su cuello quedase completamente libre, y que se quitase su collar, anillos y pendientes, pero que dejase sus tacones. “Toma”, le dije, y le tiré el collar de perra que había comprado para la ocasión. Era de cuero negro, con tachuelas brillantes, ancho. Al ponérselo resaltaba aún más su cuello esbelto y elegante, y el contraste con su piel.

“Ahora, abre la ventana, zorra”. L. se dirigió a la ventana, sin rechistar, y la abrió de par en par. “La cortina también”, le ordené. Ella descorrió la cortina, y el sol de la ciudad entró y acarició su cuerpo.
“Bien, acércate a la ventana, que se te vea de la calle”. L. se acercó, casi hasta rozar el cristal, y mostró su cuerpo al exterior. Observó como circulaba un río de gente. Cualquiera que pasase por la calle podría verla allí, de pie, casi desnuda. Pero para eso había que levantar la cabeza y fijarse un poco. Había que observar atentamente. Comprobó también que cada cierto tiempo algún turista hacía una foto del edificio. Y L. se excitó pensando que su imagen, semioculta y discreta, iba a estar viajando por cualquier lugar del mundo, que más adelante, cualquiera, en cualquier lugar, vería aquella mujer desnuda en la ventana, aquella puta obediente a las órdenes de su amo.

“Ahora, zorra, quítate las bragas y el sujetador”. L. me miró, un poco desconcertada, pero hizo lo que le ordenaba. Ahora sí, su cuerpo se mostraba totalmente desnudo. “Bien, vas a hacer lo siguiente: quiero que te inclines un poco, de manera que tu cara y tus pechos rocen el cristal. Abre tus piernas y haz tu culo para atrás, de manera que te vea bien, zorra. Eso es. Ahora tócate, muy despacio, quiero que estés mojada, mientras miras hacia la calle, a ver si alguien ve tu cara de puta.” “Y no quiero oírte gemir, zorra”

L. me obedeció, y comenzó a tocarse muy despacio. Podía ver su cuerpo estirado, abierto, sus pechos y su boca abierta por el placer, pegada al cristal. Movía su mano un poco más rápido cada vez y comenzó a respirar aceleradamente. Hacía esfuerzos por no gemir, y su olor a hembra, a puta, fue invadiendo la habitación. Me levanté y cerré las cortinas detrás de ella, dejando su culo detrás de la tela. De esta manera, desde la calle se podía ver su cuerpo, su cara y sus tetas. Pero no se me podía ver a mí, que estaba ahora detrás de ella. “Para”, le dije.

Toqué su coño húmedo, muy húmedo, con mis dedos, y llevé un poco de sus jugos hasta su culo. Estaba realmente excitada. Tomé un pequeño consolador anal que llevaba en mi mano y lo introduje en su culo, hasta casi el final. L. gritó un poco, porque no estaba preparada para esto. “Calla, zorra”, y le di un fuerte azote en sus nalgas por haberme desobedecido. “Si, amo”, contestó ella. “Qué calles, te he dicho”, y volví a azotarla con fuerza. L. aguantó los golpes en silencio. “Así me gusta, zorra”.

L. estaba como yo quería, excitada, humillada, expuesta. Era mi puta, mi zorra. Y me excitaba. Saqué mi polla y comencé a follarla por el coño, muy despacio. Empujaba su cuerpo, que se pegaba contra el cristal. A través de la cortina podía ver la gente de la calle, y alguien que se paraba a mirar, aquella chica que, con cara desencajada de placer, estaba allí desnuda, mostrando sus pechos pegados a la ventana. Pero L. no veía nada, estaba con los ojos cerrados, disfrutando de mi polla, de la polla de su amo, que la estaba follando, cada vez más rápido.

L. sólo quería que la siguiese follando, mostrarle al mundo lo puta que era y lo que la hacía disfrutar su amo. Y quería que su amo se corriese en ella, completamente, para complacerlo hasta el final. Yo la follaba cada vez más rápido, y comencé a azotar su culo, a follarla con fuerza, mientras me vaciaba completamente en el coño de mi puta, de mi zorra, de mi esclava. Mientras lo hacía, L. tuvo un orgasmo intenso, y no pudo reprimir sus gemidos, sus gritos. Ya no le importaba nada, sólo quería disfrutar, sólo quería sentir mi polla, y sentirse mi zorra, mi hembra.

Nos derrumbamos y caímos al suelo exhaustos, agotados por el placer. Empujé a L., y la aparté de mi lado. La dejé allí un rato, tumbada en el suelo, desnuda, recuperando el ritmo de su respiración.
Yo me levanté, me vestí y me fui. Sabiendo que L. siempre sería mía.

(Continuará…)

Autor: Amobcn

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Mente y cuerpo III

Has sido una buena alumna, le dijo la Maestra tras despertarla. Se había desmayado. La habían soltado del aparato y lavándola y adecentándola conducido a la celda. Ahora, le llevaron sus ropas y la dieron una carta de su amado Amo en que la felicitaba y la mostraba su orgullo y dentro de unos días sería llamada a servirle y que si ella quería también sería su pareja cosa que la llenó de felicidad.

La soltó del collar donde estaba atada y la dio una botella de medio litro de agua. Ella pensó que gracias a dios que había orinado unos minutos antes que si no le vendrían muchas ganas. Fue conducida al salón principal. Allí en mitad se encontraba una especie de mesa de madera redonda con lo que se asemejaban a esposas y correas de cuero. Fue conducida allí y atada. Estando allí fueron entrando varios Amos y Amas con sus sumisos y sumisas atad@s con collares que se postraron a sus pies. De pies había algún sumiso y alguna sumisa casi como objeto decorativo.

Ahora empieza la última parte de la sesión. Antes bebiste medio litro, cada cierto tiempo te daremos a beber más agua pero en ningún momento podrás orinarte encima ni pedir ir al baño sino quieres ser castigada.

Una de las sumisas vino con una bandeja con varias fustas de diversos colores y materiales. Cogió la primera fusta. La chica estaba boca arriba y fue dando pequeños golpes en los pezones, suaves pero firmes. Luego fue aumentando la intensidad de los golpes. Cambió de fusta y empezó con golpes en los muslos, la chica apretaba los músculos porque no quería orinarse encima. La dieron otro botellin este de 33 cl.

En la mesa acercaron los tobillos hacia arriba cerca de las muñecas, los músculos se tensaron más y las nalgas se elevaron ligeramente. Ahora tenía los dos agujeros expuestos. Colocaron un par de plug-ins en culo y coño y los inflaron solo ligeramente. Empezaron con los azotes otra vez en pezones y ahora en nalgas. La chica aguantaba pero el dolor era cada vez mayor porque las ganas de orinar le estaban viniendo y para aguantar tenia que apretar los muslos y eso hacía que cada fustazo por suave que fuera le pareciera un gran latigazo.

Ahora la volvieron a dar otros 33 cl de agua y retiraron el plug del coño. Ahora los azotes eran con látigo. Suave en el coño, las tiras solo acariciaban su pubis para luego empezar a azotar las nalgas rápido y cada vez más fuerte para luego volver a bajar el ritmo. Pararon y la colocaron unas pinzas en los pezones. Una de las sumisas las conectó a una pequeña batería y las accionaba de cuando en cuando provocándole ligeras sacudidas. Estaba completamente expuesta, siendo azotada delante de aquella gente extraña.

Ahora los azotes se conectaban con las sacudidas y cada vez le ponían más pinzas ahora también en los labios vaginales. El dolor era grande en varios puntos con lo que también hacía que no pensase en uno concreto pero disminuía su resistencia a orinar. Luego la inflaron más el plug del ano y la sacaron varias pinzas. Pero una de las sumisas mientras la azotaban la puso una especie de teléfono de ducha que vibraba y lo aplicó en el clítoris. Ya eran demasiados frentes a los que prestar atención así que se le escapó un pequeño chorro.

Zorra que te has creído vas a ver lo que es bueno—la dijo la Maestra y la cara de su Amo tampoco presagiaba nada bueno.

Fue liberada de sus ataduras. La ataron a una mesa, los pies en el suelo, las piernas completamente abiertas, las manos atadas a los lados de la mesa. En la boca le fue colocado un aparato que le abría las mandíbulas para que no la pudiera cerrar.

Todos los hombres que había en la habitación fueron pasando por su boca primero, le fue retirado el aparato y tuvo que mamarla a todos. Si no lograba ponerla dura en menos de un minuto el castigo sería ampliado pero afortunadamente salvo con uno que rozó el limite con todos lo logró. Luego fue follada por el culo y el coño, llevándolos a todos al borde de la eyaculación. Ella podía tener orgasmos, todos los que quisiera pero nadie se podía dar cuenta de que disfrutaba con lo que fue un autentico suplicio ya que aunque pensó en cosas completamente antieróticas estaba estallando casi a partir del tercer polvo en un orgasmo continuo.

Después de salir de su coño o culo, los otros sumisos o sumisas mantenían las erecciones hasta que todos probaron los tres agujeros. Entonces fue liberada y arrojada en el suelo. Allí se masturbaron todos sobre ella y la llenaron de semen. La cara de su Amo era la de un hombre enfadado.

Ahora la dijeron quedaba la parte final. Fue atada en un aparato en que sus rodillas estaban en el suelo, sus manos atadas y sostenidas en horizontal a ambos lados de la cabeza. De repente notó como sus rodillas se abrían y bajaban en altura y una especie de asiento subía. En el asiento sobre salían como una serie de pinchos. La postura la tenía que sostener casi a pulso con lo que el cansancio cuando comenzó a hacer mella hizo que se fuera cayendo y acercando a los pinchos.

Cada vez que esto sucedía recibía un fuerte fustazo. Le fue introducido un vibrador en marcha en el coño con un pequeño apéndice en su clítoris. La excitación hizo que tuviera más problemas en mantener la distancia con los pinchos, por lo tanto en recibir mas golpes y en sentir los pinchos más cerca.

Aquello era una autentica tortura. Ahora su torso fue inclinado hacia delante, sus pechos atrapados en dos agujeros que comprimían la base de los mismos y unos aplicadores metálicos colocados en los pezones. Sus piernas abiertas a tope. Unas pinzas con pesos puestas en los labios vaginales y unos plug en culo y coño. En el coño también antes fue introducido un huevo vibrador. El huevo empezó a vibrar y los plugs a inflarse hasta que ella vió en un espejo en que la mostraban  su imagen reflejada sus agujeros abiertos de una manera cuasi obscena. Ahora la Maestra cogió una gran vela y con suaves movimientos comenzó a dejar rastros de cera en el cuerpo de Maria.

Por otro lado, desde el comienzo de la presente tortura ya le habían dado un litro de agua. Con la cera hacía que instintivamente su cuerpo se contrajera. Aparte su coño estaba completamente dilatado y unido a la excitación que sentía no aguantase más y estallando en un gran orgasmo del que lo único que pudo aguantar fue el grito ya que no chilló solo en el preciso momento que se derrumbaba miró a su Amo y rompió a llorar de forma silenciosa como pidiéndole perdón por haberle defraudado y se meó toda.

Después del primer chorro cayeron todos uno detrás de otro. La Maestra la cogió del pelo y la dijo al oído lo mala puta que era y otras lindezas similares. Ahora el castigo será temible la indicaron. También le aseguraron que la marca que iba a recibir no iba a ser la misma que si se hubiera portado bien y un grupo de sumiso entraron una especie de caldero con brasas al rojo y un hierro en medio. Ella sabía lo que era, la iban a marcar al fuego. Eso no estaba en el cuestionario y se le había olvidado comentarlo como limite. Le entró el miedo. Su cara era de pavor. La dejaron elegir o seguir ó renunciar y por lo tanto no vería a su Amo en la vida. Decidió aguantar y que la marcaran. Seguro que lo habían hecho con más de una y sabían hacerlo sin que su salud se viera comprometida. La Maestra cogió el hierro y se lo cedió al Amo. Este lo acercó y…lo aplastó contra la madera.

Has sido una buena alumna—le dijo la Maestra tras despertarla en la celda.

Se había desmayado. La habían soltado del aparato y lavándola y adecentándola conducido a la celda. Ahora, la llevaron sus ropas y le dieron una carta de su amado Amo en que la felicitaba y la mostraba su orgullo y como dentro de unos días sería llamada a servirle y que si ella quería también sería su pareja cosa que la llenó de felicidad.

Este relato es imaginario.

Aguardo Vuestros comentarios.

Autor: Picante100

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