Una vez con Eusebio

Otras veces, antes, lo había intentado, no tengo problemas en reconocerlo, pero aquella vez ni siquiera me había dado cuenta de la extraña casualidad sino hasta que había sido evidente hasta lo obvio. Yo había estado yendo al gimnasio, con intermitencias, desde hacía casi un año, y siempre me había subyugado el impresionante físico del encargado, un muchacho colombiano de piel oscura como un lago a media noche. Su sonrisa de dientes voltaicos conseguía que me olvidara del significado y articulación de cualquier palabra que necesitaba pronunciar en su presencia.

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