Novia morbosa puesta a prueba

Mi novia Sara, de 28 años, me dijo que un antiguo compañero de trabajo, de nombre Pablo, le había invitado a cenar. Me extrañé, y más aún cuando me dijo que él no residía en nuestra ciudad, sino en Madrid. Conocía a Pablo de haberle saludado alguna vez en la oficina de Sara. Tenía unos 10 años más que ella, y siempre había sido muy educado y correcto.

 

Todo hubiera quedado en una anécdota si no fuera porque hacía tiempo que planeábamos ir a ver un musical a la capital. Sara me animó a que matáramos dos pájaros de un tiro, y aprovecháramos que nos invitaban a cenar.

Razoné con ella sobre las intenciones encubiertas que debía de tener aquel hombre de 39 años con respecto a esa cena. Aquello derivó en una conversación que nos ayudó a tomar una decisión:

SARA: ¿Tú crees, Luis? Es igual. ¿No dices que soy una chica muy morbosa?

LUIS: sí. MUY morbosa. Seguro que él también se lo huele y por eso te invita.

SARA: bueno, le llamo, le cuento el plan y le pregunto si sigue en pie su plan pese a que tendrá que pagar 3 platos ¿vale?

LUIS: me parece bien. A ver qué te dice, y si pone a prueba lo morbosa que eres.

 

Ambos reímos y Sara se fue a hablar a otro cuarto.

Tardó bastante, pero cuando volvió, su cara estaba cruzada por una sonrisa.

LUIS: ¿qué te ha dicho?

SARA: tenías razón…

LUIS: ¿en lo de que me olía raro? ¿Qué te ha dicho?

SARA: que quiere comerme las bragas y que si a ti no te importa, que estamos invitados no sólo a cenar, sino a alojarnos en su casa, que está solo.

LUIS: ¡joder! ¿Qué le has dicho?

SARA: que yo no llevo bragas… ¡sino tanga!

LUIS: ja, ja, ja, ja. ¿Qué hacemos?

SARA: ya he comprado los billetes. Por eso he tardado…

LUIS: qué guarrilla estás hecha…

 

***

 

El día indicado llegó, y Pablo nos vino a recoger al aeropuerto. Vino solo, y nos recibió con la misma formalidad que había manifestado en su antiguo trabajo. Nada hacía sospechar su oscura conversación con Sara.

Nos dejó a nuestro aire por la capital con una copia de sus llaves de casa, mientras él volvía al trabajo. Nos explicó que era la segunda vez en el día que pisaba el aeropuerto, porque su mujer se había ido de fin de semana con las amigas.

 

Por la noche, fuimos a casa de Pablo a ducharnos y cambiarnos. Él seguía igual de educado que siempre, siendo muy servicial.

 

Los dos hombres esperamos a Sara en el comedor. Nos deslumbró con un sencillo vestido de verano marrón, con escote en V, y bastante corto.

Pedimos un taxi y nos fuimos al restaurante. Éste estaba bastante concurrido y las mesas muy cercas unas de las otras. Sara se sentó frente a Pablo, mirando hacia la pared.

La sangría y el buen humor nos fueron desinhibiendo y pronto Pablo sacó a la luz su alter ego.

 

PABLO: ¿le has contado a Luis lo que hablamos por teléfono?

SARA: claro, sino no estaríamos aquí. – Pablo sonrió con algo de malicia.

PABLO: en ese caso, ves al baño, quítate el tanga y déjalo allí escondido.

 

Mi chica me miró, y tras sonreírnos con picardía, se fue al baño.

Volvió rápido.

PABLO: ¿lo has hecho?

SARA: compruébalo tú mismo…

El hombre puso su móvil a grabar un vídeo, y lo colocó debajo de la mesa. Al subirlo y reproducir lo grabado, se podía ver cómo las lisas y largas piernas de Sara se abrían para dejar a la luz su coñito depilado.

PABLO: ufff, qué morbo.

SARA: sí, soy morbosa… – me miró sonriendo.

PABLO: voy un momento al baño. Cuando vuelva, ve al baño de chicas y ponte tu tanga. Veremos lo morbosa que eres…

 

Sin intercambiar palabra, al regresar nuestro amigo, Sara se fue al baño. Al poco rato volvió mi novia.

SARA: joder Pabloooo…

LUIS: ¿qué ha pasado?

PABLO: el tanga de tu chica huele muy excitante…

SARA: y tan excitante… Creo que se ha corrido encima…

LUIS: ¿y lo llevas puesto?

SARA: ¡sí! Creo que nunca había hecho algo tan cerdo. Espero que no me chorree por las piernas.

PABLO: tócaselo y verás…

 

Le hice caso e hice mi comprobación con la mano por debajo de la mesa. Efectivamente, su ropa interior estaba totalmente empapada y caliente.

 

PABLO: ¿por qué no juntas los codos para aumentar tu escote cuando venga el camarero?

SARA: ¿estás poniendo a prueba mi morbosidad?

PABLO: sí…

Llegó el camarero, y Sara juntó sus pechitos de cuerpo de adolescente. El camarero, de pies, podía ver con detalle el valle que formaban. Se le notaba nervioso y cuando se fue nos reímos los tres.

SARA: me ha gustado tu prueba. ¿Algo más?

PABLO: sí. Enséñale las tetas al primer hombre que salga del baño.

 

Sara estuvo atenta, y cuando emergió un hombre de unos cincuenta y pico años, abrió su escote en V bajando el sujetador y le enseñó sus pequeñas tetitas turgentes. El hombre abrió los ojos como platos y siguió su camino.

SARA: ¿lo he hecho bien?

PABLO: ya lo creo. Se me ha quedado la misma cara que a ese hombre.

 

La última prueba de nuestro amigo consistió en que mientras íbamos a pagar a la barra (yo le acompañaba), ella volvería del baño sin sujetador.

Así lo hizo, y el fino vestido marcaba los garbanzos de sus pequeños pezones.

 

***

 

Por iniciativa de Pablo, nos fuimos a tomar algo a un sitio cercano al restaurante.

En el local había gente más cercana a la edad de Pablo que a la nuestra.

PABLO: ¿ves a todos estos tíos? Seguro que te comen con la mirada. Aquí hay pocas chicas, y entre ellas tú eres la más joven y guapa.

SARA: ¿no tendrás en mente alguna otra situación morbosa?

PABLO: pues ahora que lo dices… ¿por qué no te vas al medio de la pista a bailar de forma sugerente?

SARA: vale. Si se acerca algún buitre, no os preocupéis, lo tendré controlado.

 

Mi chica esperó a la canción indicada, y se fue al centro de la pista. Casi nadie bailaba y todo el mundo se dedicaba a hablar y vaciar los cubatas. Cuando Sara empezó a moverse, poco a poco todas las miradas y conversaciones se centraron en ella.

Levantó sus brazos y empezó a girar sobre sí misma lentamente y contoneando su cadera. Hizo una sentadilla poco a poco dejando que el vuelo de su vestido se subiera dejando a la vista todas sus piernas. Se dio la vuelta y empezó a menear sus caderas haciendo que sus nalgas vibraran como demonios. Se acarició las piernas lentamente hasta llegar a su pecho, donde juntó los codos para lucirlo mejor.

 

Mientras bailaba, el círculo de hombres se hacía cada vez más estrecho. Uno le dio una palmadita en el culo, y otro intentó tocarle las tetas. Al acabar la canción, se alejó de aquel corrillo sin dejar de bailar.

Cuando llegó hasta nosotros, estaba empapada en sudor. Comentamos su atrevimiento mientras nos refrescábamos con una copa.

 

PABLO: cuando queráis, nos podemos volver ¿eh?

LUIS: la verdad es que estamos algo cansados del viaje. Por mí ya.

SARA: ¿alguna última prueba antes de irnos?

PABLO: mmmm. En el taxi, siéntate delante y consigue que el taxista se empalme sin tocarle.

SARA: ¡hecho!

 

Nos recogió un taxista de unos treinta pico. Sara se sentó delante, y Pablo y yo detrás.  Desde mi posición podía ver como mi novia se había sentado de tal forma que la parte de debajo de su vestido se arremangase dejando ver casi casi su tanga.

 

Sara empezó a contarnos todas las escenas morbosas por las que había pasado aquella noche. El taxista de vez en cuando la miraba incrédulo.

En una de estas miradas robadas en un semáforo, Sara le pilló de lleno y sonriéndole le dejó ver un poco sus tetas. El hombre tragó saliva y Sara se fijó en el bulto que asomaba en su entrepierna.

SARA: ¡conseguido!

Pablo y yo nos asomamos, y el taxista empezó a mosquearse.

SARA: era sólo una broma, no se enfade. ¿Se alegra un poco más viendo esto?

 

Se subió del todo el vestido enseñándole el tanga.

El taxista se rio y nos dejó en nuestro destino.

 

 

Mientras subíamos a casa de Pablo, me extrañó que aquel hombre sólo hubiera buscado el morbo y hubiera intentado nada con mi chica.

Pablo se tumbó cansado en el sofá.

SARA: ¿ya estás cansado? ¿qué hay de lo que me dijiste por teléfono?

 

Ni corta ni perezosa mi novia se acercó al sofá, se subió el vestido y se sentó sobre la cara de Pablo.

SARA: ¿no querías comerme las bragas? ¡Pues cómeme el tanga!

PABLO: mmmm. Aquí hay más fluidos que los que yo te he dejado en el baño…

SARA: con tanta situación morbosa, esta noche me he puesto a tope.

 

Pablo chupaba, mordisqueaba, lamía y presionaba sobre el tanga de Sara absorbiendo todos los fluidos que contenía. Lo apartó hacia un lado, y su larga lengua jugueteó entre los labios de la joven. Sara empezaba a gemir mientras que yo contemplaba de pies la escena.

Pablo se ayudaba de sus dedos para masturbar a Sara al tiempo que intercambiaba lametazos fugaces.

 

Me desnudé y empecé a masturbarme viendo la escena.

Sara se levantó y se acercó a ayudarme con su mano. Pablo se levantó del sofá y tras levantar el vestidito de Sara, le empezó a masturbar por encima del tanga.

 

PABLO: ¿sabes qué me daría morbo? – le susurró al oído.

SARA: ¿el qué…?

PABLO: que te masturbaras tú misma para nosotros…

SARA: ¡reto aceptado!

 

Los tres nos fuimos al dormitorio principal, y Sara se sentó en la cama y tras pensárselo un poco sonriente, se arrodilló para después tumbarse boca abajo. Poco a poco fue subiendo su culito respingón hasta dejarlo en pompa. Aquel culito cortado por su tanga era desconsoladoramente tentador. Ella nos miraba con cara de vicio mientras que se contoneaba ligeramente.

Mi novia se tumbó boca arriba y bajó lentamente su vestido dejando a la vista sus pequeños y hermosos pechos. Se pellizcó los pezones y los humedeció con sus dedos sin dejar de sonreírnos.

Se acarició lentamente la parte frontal del tanga hasta quitársela. Sus dedos paseaban como las patas de un insecto sobre su propio clítoris. Humedecía su bolita recolectando néctar de su rajita empapada.

Sara tenía los ojos cerrados y estaba totalmente concentrada gimiendo en su masturbación. Sin soltarse el coño, se puso boca abajo  y siguió con su placer. Aquella visión tan morbosa y excitante provocó que tanto Pablo como yo nos masturbáramos viéndola.

 

Sara se paró justo antes de tener un orgasmo, se sentó y nos miró riéndose.

SARA: ¿qué, os ha gustado?

PABLO: ufff, mira cómo nos has puesto – dijo agarrándose la polla erecta.

SARA: ¿por qué no os sentáis aquí conmigo? – nos guiñó un ojo.

Nada más sentarse nuestro anfitrión, mi novia se arrodilló, le agarró la polla y se la llevó a la boca.

PABLO: vas al grano ¿eh?

Ella siguió a lo suyo lentamente. Desde mi posición podía ver perfectamente cómo se la metía en la boca despacito, pero bien hondo.

Sara se estiró para agarrar mi pene y chupármelo. El miembro de Pablo chocaba contra sus tetitas, y ella lo agarraba y masajeaba con lentitud.  Mi chica paró de darme placer para continuar con nuestro amigo.

PABLO: ¿sabes qué Luis? Ahora mismo tengo los dedos en el coñito de tu chica. Lo tiene bien suave y mojado.

LUIS: ¿sí? Pues me lo voy a follar…

 

 

Me levanté y Sara aprovechó el momento para terminar de desnudarse.

Agarré a Sara por el culo, y le restregué la polla por encima del coño. Lo tenía tan mojado que dudaba si sentiría algo… Se la metí entera lentamente sin que ella dejara de chupársela a Pablo. Empecé un movimiento rítmico de cadera, y ella aumentó la velocidad de su felación.

PABLO: ¿cómo tiene el culito?

LUIS: buenísimo, ¡pruébalo!

Me desenganché de mi novia y Pablo ocupó mi lugar.

Nuestro amigo no se anduvo con chiquitas, y empezó a follársela a toda velocidad sin dejar de resoplar. Sara chillaba como poseída, y yo contemplaba la escena desde un lateral sin dejar de pajearme. Sus testículos golpeaban contra el cuerpo de mi novia como si estuviera azotando una alfombra para sacudirla.

 

Pablo salió del interior de mi novia y le ayudó a tumbarse boca arriba en la cama. Con el puntero fijo en un punto concreto, colocó la punta de su pene entre los labios inferiores de mi chica y se la metió de golpe. Las embestidas no eran muy profundas pero sí rápidas. Las tetitas de Sara saltaban como ramas bamboleadas por rachas de fuerte viento.

Ella pronunció mi nombre en apenas un gemido y me acerqué, polla en mano. Sacó la lengua, y me apresuré a colocar mi pene en su boca. Me la chupó entre las fuertes embestidas de nuestro amigo al son de sus intermitentes gemidos.

 

De repente un sonido nos interrumpió a los tres. Era el timbre de la casa y fuertes golpes de unos nudillos en la puerta. Pablo se fue corriendo y tras volver nos dijo que era el vecino.

PABLO: ¿te atreves a salir así y pedirle que nos deje acabar?

SARA: ¿está solo?

PABLO: sí…

 

Sara nos dedicó una sonrisa de lado y se fue a la puerta. La seguimos corriendo y nos colocamos en un ángulo del salón desde el que no nos pudieran abrir.

Entreabrió la puerta dejando ver su cara…

SARA: ¿sí?

VECINO: ¿se podrían comportar un poco? ¡se oye por todo el edificio? – dijo en tono indignado.

SARA: ¿el qué?

VECINO: ¡pues qué va a ser! ¡el ruido que estáis montando!

SARA: verá… es que hay un problema.

VECINO: ¿problema? ¡el problema lo tengo yo, que no puedo ni ver la tele tranquilo!

SARA: el problema es que yo no puedo evitar hacer ruido, porque ellos no pueden evitar hacer algunas cosas muy bien por lo que ven…

VECINO: ¿ellos? ¿Cuántos sois pervertidos? ¿Por lo que ven?

Mi novia abrió más la puerta, lo justo para que se le viera un pecho.

SARA: sí… por lo que ven…

El señor orondo se quedó con la boca abierta mirando el pecho de mi chica.

VECINO: qué c…

Mi novia le cortó las palabras terminando de abrir la puerta y mostrando su cuerpo desnudo posando apoyado en el marco de la puerta.

SARA: ¿lo entiende ahora? – el hombre tragó saliva mientras sus ojos bailaban en todas direcciones.

SARA: como comprenderá no estamos haciendo nada malo… ¿le importa que sigamos?

VECINO: ¡pero qué dices chiquilla!

SARA: ¿no se fía?

 

Sara le guiñó un ojo y se dirigió al dormitorio dejando al hombre plantado en la puerta. De camino, nos hizo una seña para que le siguiéramos.

Se sentó en la cama y nos chupó las pollas para volverlas a dejar en su máximo esplendor.

Me senté en la cama, y Sara se subió encima de mí.

SARA: ya es hora que me folle a mi novio – dijo en un tono más alto de lo normal.

Ella seguía empapada, y mi pene se coló con facilidad en su interior. Mi novia me cabalgó saltando sobre mis piernas dándome la espalda, mientras se la chupaba a Pablo.

PABLO: hombreeeeee…. – Oí que decía nuestro anfitrión.

Me giré a un lado, y ante mi sorpresa, el vecino estaba asomado en la puerta del dormitorio.

SARA: ¿ve como no hacemos nada malo?

VECINO: eres una zorra.

SARA: ¡no lo sabe usted bien!

 

Dicho esto, la polla de Pablo silenció sus palabras. Ella miraba al vecino mientras relamía y rechupeteaba aquel miembro.

PABLO: ufff, déjame que me folle a tu novia, porque me voy a correr como siga así.

Se colocó de lado detrás de ella y empezó a follársela profundamente a toda velocidad.

PABLO: sí, sí sí, sí, sí, me corrooooooooooo…

El hombre se la sacó, la apoyó encima del culito de Sara y empezó a soltar chorros de semen sobre sus nalgas y espalda.

 

Me excité con la escena, me abalancé sobre mi chica y la aprisioné con mi cuerpo mientras, muy pegados, la follaba a toda velocidad en la postura del misionero. Cuando llegó mi hora, me la saqué y corrí sobre su sexo ardiente.

 

Pablo y yo estábamos tumbados exhaustos en la cama, pero Sara aún no había terminado. Se acercó al vecino y le dijo:

SARA: ahora verá lo zorra que soy…

Sus dedos jugaron con el pantalón del señor ante su absoluto mutismo. Le bajó los pantalones dejando al aire su pequeño pene. Mi novia colocó su cabeza bajo la panza del hombre, y se introdujo aquella pequeña polla entera en la boca. La succionó como si fuera un helado ante los resoplidos del hombre, que aún erecto seguía teniéndola pequeña.

VECINO: ohhh síiiii.

El hombre eyaculó dentro de la boca de Sara. Ésta no se amedrentó, y siguió chupándosela hasta que el hombre la tuvo que separar. Ella se levantó, y tras quedarse a centímetros de él, le abrió la boca para enseñarle que la tenía vacía.

SARA: ¡así de zorra soy!

 

 

La noche siguiente, Pablo nos acompañó al aeropuerto, con el cálido recuerdo del morbo que habíamos compartido, y la promesa de nuevos retos…

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