Cena de Empresa de Navidad

Un año más había llegado la semana en la que se haría la cena de Navidad de la empresa. Todos los empleados estaban invitados, y este año, por cortesía del jefe, corrían rumores de que iba a ser una de las mejores. Pese a la crisis económica, el propietario de la empresa no se podía quejar ya que no sólo habían tenido beneficios, sino que habían ampliado la plantilla.

Sara, de 29 años, se estaba tomando un café con las otras compañeras de trabajo. Cuchicheaban sobre qué sorpresas podría tener guardadas su jefe, Don Gregorio.

El día de la cena de empresa de Navidad Sara se vistió acorde a las circunstancias. Lucía un vestido corto, negro, acabado en palabra de honor, junto con medias y tacones. Dada su delgada figura, la prenda le quedaba como un guante. Puesto que no tenía mucho pecho se puso un sujetador con relleno el cual le realzaba un pequeño escote. Su culo era una obra de arte gracias a la estrechez de la tela y el tanga que escondía en su interior.

Llegó algo tarde al restaurante, aunque tuvo la suerte de que aún quedaban sitios vacíos en alguna mesa y no tendría que sentarse en la siempre aburrida mesa de los jefes. En su mesa no había más chicas, y para sorpresa suya resultó ser bastante aburrida. Los chicos hablaban sólo de trabajo, y de no haber sido por su compañero Sergio, de más o menos su misma edad, se habría aburrido como una ostra.

Justo al lado suyo estaba la mesa de los jefes. Se arrepintió de sus pensamientos y perjuicios anteriores, ya que parecía que era la mesa más animada. Todo el rato se oían risotadas provenientes de Don Gregorio y sus allegados.

Antes de que trajeran los postres, hubo mucha gente que salió a fumar, o simplemente se cambió de sitio para hablar con la gente con la que tenía más confianza.

Sara le comentó a Sergio el contraste de una mesa a otra, y lo alegres que estaban los jefes.

–          ¿A qué sí? ¡Vente, vamos a sentarnos con ellos, ya verás qué bien! – dijo Sergio animados.

–          ¡Qué dices! ¿No parecemos pelotas? – preguntó Sara con el ceño fruncido.

–          ¡Qué va! La gente está muy equivocada con ellos. ¡Son unos cachondos!

A regañadientes, Sara se levantó y siguió a su compañero hasta la mesa.

–          Bueno, bueno. Qué tenemos aquí. ¿No habrás venido a pedir un aumento de sueldo aprovechando que nos hemos tomado una copa de más, verdad? – dijo muy serio Don Gregorio.

–          Ehhh, yo…. – balbuceó Sara.

–          ¡Es broma! Ja, ja, ja. – Dijo el obeso jefe riendo con fuerza.- ¡Sentaros, que no mordemos!

La compañía era tan grata, que ambos treintañeros se quedaron en aquella mesa a tomar los postres. Para sorpresa de Sara, se lo estaba pasando mejor con aquellos carcamales que con sus compañeros coetáneos o más jóvenes que ella. Aquellos hombres no paraban de contar chistes y hacer bromas.

–          Doctor, doctor – contó Sergio – Últimamente me siento más gordo y feo, ¿qué tengo…? – tras unos segundos de pausa. – ¡Mucha razón!

Todos se rieron, pero pronto los chistes cambiaron de color y se volvieron más verdes.

–          ¿Por qué a las mujeres les viene la menstruación? – preguntó Antonio, un jefe de departamento – ¡Porque la ignorancia se paga con sangre!

El grupo estalló en carcajadas y Antonio pasó un brazo por los hombros de Sara para disculparse ya que sólo era un chiste, y no nada personal.

–          Un marido le dice a su esposa: ¿hacemos un 68? ¿Y eso qué es lo que es?, le dice ella. – Andrés empezó a reírse antes de acabar, y entre risas dijo – Tú me la chupas y yo te debo una.

Más y más risas inundaron la mesa. Sara se reía como uno más y finalmente contó un chiste por petición popular.

–          Esto era una calle oscura en la que se acerca un hombre a una esquina donde hay una mujer despampanante apoyada y le dice: “Buenas noches. ¿Aceptaría usted mi compañía”. A lo que la puta le dice: “claro mi vida, son 60 € un completo”. – Sara miró a todos sonriente y pegando un grito dijo – ¡Joder qué chollo! De acuerdo señorita. ¡Compañíaaaaaaaaaaaa, ar! ¡En fila de tres! ¡Adelante, arrrrrrrrrr!

Sorprendidos, todos los hombres se rieron hasta soltar lágrimas.

Terminada la cena, el jefe anunció que para los que quisieran ir, invitaría a una ronda en un pub famoso de la zona. Por el mero hecho de que lo hubiera dicho el jefe, muchos se excusaron e hicieron planes a parte para salir con sus grupitos de amigos dentro de la empresa. Para decepción del dueño, sólo el grupito de su mesa y pocos más fueron al pub.

Tras la primera copa, casi todo el mundo se fue dando las más variopintas excusas. Don Gregorio se quedó solo con una copa en la mano y la compañía de Antonio, Andrés, Sergio y Sara.

El grupito siguió con el buen humor de la cena, pero quizás gracias al alcohol, con un contenido cada vez más picante.

–          ¿Por qué no nos haces un bailecito? – increpó Andrés a Sara.

–          ¡O un strip tease! – dijo Gregorio ante las sonrisas de asentimiento del resto.

–          ¿Aquí? ¡Qué va! ¡Eso en privado! – contestó Sara con sonrisa coqueta.

Sergio se acercó al sonriente Gregorio, y tapándose la boca con la mano le dijo algo oído. El jefe le respondió sin dejar de sonreír y levantando las cejas, a lo que Sergio le volvió a cuchichear algo hasta que el aludido respondió con una risotada.

–          ¡Eh! ¿Qué tramáis? – dijo Sara con un falso enfado.

–          Nada, nada – le respondió Sergio.

–          Venga, ahora dilo. Ahora no estamos entre jefes y empleados, sino entre amigos.

–          Le decía a Gregorio, que dudo mucho que te atrevieras a hacer un strip tease. No lo he dicho en voz alto porque no quería ofenderte.

Sara se quedó quieta sin responder unos segundos, y con un arrebato de honor patrocinado por las copas que se había bebido le respondió:

–          ¡Claro que sí! ¡Pero aquí no!

–          Pues vamos al piso piloto que nuestra empresa tiene aquí al lado, y nos lo demuestras.

Sara hizo un amago de coger un bolso pensando que allí terminaría el cachondeo. Para sorpresa suya, sus compañeros de trabajo se estaban todos levantando y cogiendo los abrigos. Con la respiración entrecortada, les imitó y siguió hacia la calle, donde se despidió de Antonio, que se iba a casa.

Los cuatro llegaron al citado piso piloto. El apartamento estaba totalmente amueblado, aunque para disgusto de los componentes masculinos del grupo, en el frigorífico sólo había una botella de agua que usaba el comercial como refrigerio cuando enseñaba el piso.

Pusieron la calefacción y tras quitarse los abrigos, los tres hombres se acomodaron en el sofá.

–          ¡Vaya! ¡Qué caballerosos! No me habéis dejado sitio…

–          Claro, para que puedas bailar – dijo Sergio mientras que buscaba una canción en el APP de Youtube de su móvil. – ¿Qué te parece ésta?

Desde su móvil, a todo volumen, sonaba una canción de striptease por el que todo el mundo aplaudió.

Los chicos le vitoreaban para que bailara. Ella no sabía muy bien qué hacer. Pensó en coger el bolso e irse de allí, pero las inhibiciones del alcohol empezaron a dar ritmo a sus caderas. Se colocó a la izquierda del sofá, pegada a unas largas cortinas blancas y comenzó a contonear su cuerpo, lentamente, al ritmo de la música.

No se atrevía a mirar a sus compañeros de trabajo, quienes seguro no le quitarían ojo de encima. ¿Cómo podría volver al trabajo el lunes siguiente? Daba igual. De perdidos al río, se dijo.

Cogió los bordes de las cortinas, y las incluyó en su baile empleándolas como si fueran un chal.

Los chicos aplaudían, y ella se animaba cada vez más. Se subió un poco la parte de abajo del vestido, sin llegar a dejar ver su ropa interior, ante los gritos de júbilo de sus compañeros.

Animada, se escondió tras las cortinas, y rotó dándoles la espalda. Sonriendo a sabiendas de lo que iba a provocar, fue subiendo de nuevo la parte baja de su vestido hasta enseñar a su audiencia su pequeño y prieto culo enmarcado en un pequeño tanga.

Los hombres gritaron como si hubiera marcado su equipo de fútbol y pidieron más y más. Sara contoneó su culito al ritmo de la música a sabiendas que el ambiente se estaba caldeando por momentos.

Se acarició las piernas y las nalgas y se giró para ver la reacción de sus compañeros de trabajo. Éstos estaban muy animados y no paraban de hablar entre ellos y relamerse al verla.

–          ¿Queréis más?

Todos gritaron un “sí” al unísono.

Sara bailó de lado y se fue bajando lentamente la parte de arriba de su vestido. Una vez con el sujetador a la vista de todos, se giró hacia ellos y se llevó un dedo a la boca provocativa.

–          ¡Otra cosa te daba yo para que te llevaras a la boca! – gritó Andrés.

Contoneándose como una profesional, se terminó de quitar el vestido, quedándose en ropa interior frente aquellos cuatro hombres.

Bailó sensualmente mientras los chicos le pedían que se quitara más prendas.

Totalmente desenfrenada y algo excitada, se quitó el sujetador y se lo pasó por la entrepierna antes de lanzarlo al sofá. Sus pequeños y níveos pechos apuntaban al cielo con los pezones duros como el granito.

Se quitó el tanga, y todos  aplaudieron al ver su sexo depilado. Justo en ese momento, se acabó la canción, y se quedó quieta sin saber qué hacer.

 

Todos la aplaudieron y Gregorio, el jefe intervino.

–          Muy bien Sara. Nos has puesto muy cachondos a todos. ¿No hay nada más que sepas hacer?

–          ¿Vestirme? – contestó provocando risas.

–          Je, je. No me refiero a eso. Ya te hemos visto todos desnuda, y guardaremos el secreto. Puestos a guardar secretos… ¿No te animas a hacer algo más para alegrarnos?

–          ¡Don Gregorio! ¡Qué está casado! ¿Es que no hay límites?

–          ¿Por qué no lo compruebas, pequeña?

Sara se acercó al orondo jefe de su empresa y se arrodilló frente a él en el sofá. Deslizó sus manos desde las rodillas hasta su entrepierna, donde se detuvo.

–          ¿Sigo, o no te atreves?

Don Gregorio asintió sonriente, y Sara le acarició el paquete por encima del pantalón. ´

–          Qué piel tan suave tienes – le dijo el hombre mientras le acariciaba la espalda.

Ella sonrió, y le bajó los pantalones. Su calzoncillo escondía un bulto, que presta, Sara empezó a acariciar.  Le dio mordisquitos y lo acarició, ante la excitada mirada de su jefe.

Gregorio le acariciaba el pelo con ternura, mientras Sara seguía a lo suyo. La chica notó la mano de Andrés en su culo.

–          ¡Vaya culo tiene! – dijo Andrés.

Sergio, le palpó la nalga a la que llegaba y se unió a los comentarios de aprobación de su compañero. Los dedos de Andrés se aventuraron más allá de las nalgas, rozando la entrepierna de la joven con cada caricia. Ella se movía revoltosa entre aquel mar de manos sin dejar de excitar a su jefe.

Lentamente, Sara peló el envoltorio del platanito de su jefe y sacó su pene a la luz. Era pequeño y estaba lleno de pelo. Lo lamió de arriba abajo y agarrándolo con dos dedos, empezó a succionarlo como si fuera un chupete. Don Gregorio cerró los ojos de gusto mientras su empleada le chupaba la polla.

Andrés y Sergio se dedicaban en conciencia en masturbar a su compañera. Con el coñito rosado y depilado delante de su cara, Sergio hundió su cabeza entre las nalgas de la joven y empezó a chupar como un cachorro hambriento. Andrés le pidió turno y le imitó. Sergio se volvió a sentar al lado de Gregorio y alargando las manos empezó a tocar las tetas de Sara. No eran muy grandes, pero eran naturales, bien proporcionadas mirando al cielo y duritas. Le apretaba las tetita que danzaban al ritmo de la mamada que le hacía al jefe.

Sin soltar el pene de su jefe, Sara agarró el de Sergio y plantó sus labios sobre su potente pene. Éste era mucho más grande y rico que el anterior. Lo mamó también como pudo, dado su tamaño, mientras que Andrés, tumbado en el suelo, se masturbaba a la par que le comía el coño.

La chica llegó a meterse las dos pollas en la boca y chuparlas como si tocara algún tipo de extraño instrumento musical.

Gregorio se levantó del sofá e invitó a Sara que se sentara en su sitio. Una vez se colocó en posición, el jefe se arrodilló frente a ella y le comió el coño. Ella gemía fuertemente de placer, y él paraba de vez en cuando para masturbarla con dos dedos.  Los otros dos chicos se coordinaron colocándose a los lados de la chica y acercando sus pollas para que ella se las chupara.

–          Soy el más veterano, así que seré el primero – dijo Don Gregorio.

El hombre se agachó y colocó la punta de su pene sobre la entrada a la vagina de Sara. Empujó, y su pequeña polla entró fácilmente en aquella húmeda caverna. Don Gregorio la aplastó con su barriga e inmenso cuerpo y empezó a moverse como un muñeco con las pilas recién cargadas. Sara estaba sorprendida del vigor de aquel hombre. Le abrazó el cuello mientras él, como un oso, la follaba en la postura del misionero dándole besos en el cuello. Con cuatro embestidas finales apoteósicas, el hombre se corrió dentro de Sara llenándola con más semen del que se podría haber imaginado que aquella pequeña manguera pudiera dejar fluir.

No tuvo tiempo para recobrarse porque Andrés la agarró y la colocó encima de él para que le cabalgara.  Aquel pene era de un tamaño normal, y Sara disfrutó mucho más pese a tener la vagina empapada de semen. Sara cabalgaba y al mismo ritmo que sus tetas saltaban, ella se la chupaba a Sergio.

Sergio, el chico más joven, le pidió que le cabalgara también a él. Ella se sentó dándole la espalda y empezó a cabalgar aquel pollón sin parar de gemir. Sus gritos cesaron cuando Andrés le metió la polla en la boca. Sergio le manoseaba rozando la bestialidad los pechos y se la metía con fiereza. Cambiaron, turnándose, varias veces de postura ante la atenta mirada del jefe: de lado, misionero, con las piernas levantadas y a cuatro patas. En esta última postura Sergio le estaba dando muy duro y ella estaba con todo su peso apoyado en el sofá gritando como una poseída.

–          Ufff, no aguanto más, voy a correrme. – dijo Sergio.

El chico ayudó a que Sara se arrodillara, y tanto el como Andrés empezaron a masturbarse frente a ella, quien daba chupaditas periódicamente. En una de estas chupadas, agarró el pene de Sergio y empezó mamarlo como una desesperada. Sergio estalló en su boca al tiempo que Andrés disparaba un chorro hacia la cara de la chica. El resultado fue que de la boca de Sara caían borbotones de semen y saliva mientras que su cara y su pelo estaban siendo trazados por las líneas blanquecinas de la corrida de Andrés.

Los tres descansaron en el sofá hasta que Sara se levantó para ir a limpiarse al baño. Cuando salió, los otros entraron por turnos en el baño y ella pudo volverse a vestir recogiendo las prendas dispersas por el comedor y recomponerse.

Sergio se ofreció llevarla de vuelta a casa. Al despedirse en el portal de la casa de Sara y su novio, ella le dio dos besos.

–          ¿Estás de broma después de lo que hemos hecho?

El chico le cogió la barbilla y le dio un beso metiéndole la lengua en la boca y jugueteando con ella dentro de la de Sara.

Sara entró en su casa, e hizo más ruido del que se dio cuenta, pues todavía estaba bajo los efectos del alcohol. Al llegar al cuarto, encendió la luz de su mesilla y vio como su novio se desperezaba y le preguntaba qué tal. Respondió que aburrido, como siempre.

A la mañana siguiente, Luis, el novio de Sara se despertó mucho antes que ella, quien dormía plácidamente. Al salir del cuarto se tropezó con algo tirado en la puerta. Lo recogió y pudo ver que se trataba del tanga de Sara. Estaba totalmente manchado de lo que habrían sido los flujos de ella. El chico sonrió pensando que quizás la noche no habría sido tan aburrida como ella decía. Justo al lado de donde había estado el tanga, encontró el vestido de ella. Lo recogió para llevarlo al cesto de la ropa sucia y algo le sorprendió. Por un lateral destacaban manchas como de salpicadura de una sustancia mucosa. Lo olfateó, y detectó el olor del semen.

Sara tenía que contarle cómo había ido aquella cena, supuestamente aburrida, de empresa…

 

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Escarceo laboral

Se sentó sobre sus talones y cogí la postura de estar a cuatro patas pero no me dejó subir de ahí. Aprovechó la postura para cogerme de las caderas por detrás y arrimarme a él. Buscó con los dedos para metérmela. Tiró de mi pelo para atrás mientras empujaba su cadera. Al segundo empellón no pude más y  le empampé con mi flujo.

Las copas después de la comida de empresa se estaban alargando. Ya había desertado uno, y los que quedábamos estábamos riéndonos, charlando, buena música y sólo las 9 de la noche. No queríamos enfadar otra vez a las parejas.

Era hora de otra ronda por que las copas estaban vacías pero otro se descolgó y se ofreció a llevarme. Lo más amablemente que pude le rechacé, quería quedarme un poco más, El lo notó y me echó un cable aludiendo a que tenía que invitar a otra ronda. Mientras se fue el jefe la otra bajó al baño por lo que no le vio irse, al subir ella del baño le dijimos que era el jefe el que estaba en el baño, que también nos íbamos pero que le esperábamos.

Ella no esperó y se fue con lo cual nos quedamos solos y con coartada, lo que nos dio un olor a libertad tan rico que pedimos ésa última ronda. Bajé al baño a refrescarme y arreglarme, El había conseguido una pequeña mesa. Nos sentamos unos en frente del otro mirándonos a los ojos, diciendo halagos corteses (…estás muy guapa;…que ojos tan bonitos no me había fijado…estás muy fuerte…).

Hubo un minuto de un millón de segundos donde nos quedamos mirándonos fijamente a los ojos, nos veíamos el alma. Solo salió de su boca, “Nos vamos”. Cogí el bolso y un poco contrariada me levanté para dirigirme a la salida. ¡Siempre pasaba lo mismo! Cuando empezábamos a acercarnos, lo cortaba.

Al pasar por la barra me giré para preguntarle por si se debía algo, pero me contestó con un pequeño beso en los labios. Uffff! Tiré para adelante sin mirar atrás. No llegaba nunca a la salida. Desde detrás de mí él buscó mi mano y me la agarró. Al llegar fuera nos pusimos frente a frente. Tiró de la mano que tenía cogida y me acercó hacia él, me cogió de la cintura y acercándose lentamente y sin dejar de mirarnos a los ojos me susurró…

“… Por que tú también quieres que pase ¿verdad?”, apenas salió un leve “… verdad” pero lo escucho y empezó a besarme largamente. Hacía tantos años que no tenía un beso tan apasionado que casi me desmayo. Finalizó con pequeños besos en boca, cara y cuello, y como si fuese lo más habitual nos dirigimos hacia el coche cogidos de la mano.

Cuando nos metimos en el coche empezamos otra vez a besarnos y me acariciaba el pelo. Me separó un poco para preguntarme:

-¿Te fías de mi?  -¿Que me vas a hacer? -Cositas buenas. -Y… ¿donde? – Vamos a mi local de ensayo ¿vale? – Vale…

Se ajustó el cinturón de seguridad, el asiento, el espejo, más por nervios que por necesidad de colocarlos. Durante el corte viaje empezamos una conversación picante que nos sirvió para que no decayera:

-…Y… ¿tienes allí tu guitarra? -Si, ¿por qué? -Por si me tocas algo. – Yo te voy a tocar todo lo que te dejes.

Unas risitas nerviosas intentaban disimular nuestra fervorosa impaciencia. Había bastante movimiento en el recinto por lo que entramos por la puerta de atrás del local, lo que hizo que estuviéramos en penumbra por que la luz estaba en el otro lado.

En la penumbra, tanteó mi cuerpo para cogerme por la cintura nuevamente y atraerme hacia él para besarme de nuevo, esta vez con su lengua dentro, que movía suavemente y hacía que me cosquilleara todo el cuerpo. Me apretaba contra él cada vez más fuerte, para coger más fuerza bajó las manos de las caderas al trasero apretando cada cachete con una mano. Además empezó a mover sus caderas en movimientos circulares que hacía que notara su miembro en mi tripa.

Abandonó mi boca para empezar a besarme el cuello. Subió una mano para bajarme el tirante de la camiseta y bajar su dedo bordeando mi sujetador para rozarme el pezón. Lo desabrochó con gran maestría y ya con las dos manos me quitó la camiseta y el sujetador luego sus manos volvían abajo para quitarme el cinturón y bajarme el pantalón.

Me empezó a frotar su mano entre mi cuerpo y el tanga y al tercer vaivén, introdujo un dedo, luego en otro vaivén, otro, hasta tres. Yo le agarraba por los brazos para no desfallecer, cerraba los ojos y echaba la cabeza para atrás. Cuando los abrí le vi mirándome y me avergoncé. El lo notó y se abalanzó a mis pechos  con su boca mientras seguía tocándome abajo. Era como ser la golosina en la boca de un niño; me lamía, me besaba, me daba pequeños mordiscos.

Sacó su mano de dentro para ayudar a masajear a acariciar, a estrujar, e incluso a pellizcar, pechos y pezones.

Paró por que su respiración agitada le estaba ahogando. Yo le tomé el relevo y empecé a besarle su pecho a mordisquear sus pezones a acariciarle el torso y él empujando despacito mi cabeza y mis hombros me indicó que bajara. Recorrí su cuerpo con besos, lametones y mordisqueos hasta llegar a sus pantalones, que ya se había abierto. Los bajé para jugar con mi boca por fuera del slip. No aguantó y se los bajó.

Yo viendo la urgencia, junté toda mi saliva y se la extendí desde la base hasta la punta con mi lengua. Al llegar arriba me la introduje poco a poco pero hasta el final.

Agarré su trasero para atraerlo más hacia mi y comérmela enterita. Pero él con su mano en mi cabeza empezó a dirigir mis movimientos, dentro de mi boca, la sacaba despacio, la metía fuerte, la sacaba despacio… Me separó el pelo hacia un lado y me miraba desde arriba. “Uffff! No puedo más.” Me incorporó rápidamente y me subió a horcajadas en él para llevarme hasta un sofá donde me dejó caer mitad tumbada mitad sentada en el borde.

Me abrió las piernas y metió su cabeza entre ellas.

Al principio pasaba la lengua sin discriminación, luego con sus manos se ayudó para separar más lo labios y chupar más adentro. La zona se inflamó por el placer y él aplastó todo el ancho de su lengua contra mi sexo y lo recorrió de abajo a arriba.

Se irguió entre mis piernas y tomando cada una con una mano atrajo nuestros sexos. Se metió sola y fue tanto el placer que gemimos al unísono sin importarnos dónde estábamos. Realizó otra embestida y seguidamente, casi con dolor la sacó para ponerse un preservativo.

Esto no hizo más que tensar la espera, por lo que cuando se volvió a introducir fue el mismo placer de la primera metida. Otro gemido. Estuvo unas cuantas embestidas tirando fuerte de mis piernas para introducirla con más fuerza, pero era extenuante. Se sentó sobre sus talones y me ensartó encima de él.

Se reclinó para estar más dentro de mi, pero a pesar de subir y bajar las caderas no conseguíamos el ritmo. Me quitó de encima de él. Yo para incorporarme cogí la postura de estar a cuatro patas pero no me dejó subir de ahí. Aprovechó la postura para cogerme de las caderas por detrás y arrimarme a él. Buscó con los dedos para metérmela. Tiró de mi pelo para atrás mientras empujaba su cadera. Al segundo empellón no pude más y  le empampé con mi flujo.

El lo notó por lo resbaladizo  y me lo extendió por toda la parte de atrás para entrar por allí. Al principio entró suave y poco a poco hasta acabar metiéndomela sin compasión.

Tan bien lo hacía y el roce de su escroto con mi sexo era tan rítmico y directo que cuando me llenó de su leche, alcancé un nuevo orgasmo, esta vez sin poder evitar gritar de placer, al igual que él.

Caímos al suelo agotados, tumbados de lado, él detrás de mi y aún dentro sin parar de eyacular en pequeños reflujos. Me acarició el hombro, me besó la espalda y caímos dormidos.

Autora: Gema

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En la alberca y a escondidas

Mi vagina todavía no recuperaba el tamaño que había dejado mi primer amante de ese día. Entró y salió como 10 veces y de pronto sentí  nuevamente la sensación de su miembro iba a eyacular, y otra vez apreté con fuerza, él gritó y soltó su semen dentro de mi, y creo que vació sus bolas dentro de mí, sentí como salía por mis labios menores, esta vez escurriéndose hacia mi clítoris.

Hola, me llamo Mariel, soy estudiante universitaria,  tengo 24 años y vivo en la ciudad de México,  soy muy bonita, dulce y femenina, aunque no tengo mucho busto, si tengo unas caderas anchas y un buen trasero. Quiero compartirles un relato de algo que me sucedió cuando tenía 19 años.Un fin de semana fuimos varios compañeros de la universidad a nadar a un lugar por Hidalgo donde hay albercas amplias y bonitas, con agua caliente y borbollones, desde que íbamos en el camino yo iba con mi novio jugueteando, besándonos y todo eso que podemos hacer en una camioneta, y pues echando relajo y cantando canciones.

Debo mencionar que el que era mi novio en ese tiempo, lo quería mucho y ya habíamos hecho el amor unas dos veces, entonces pues ya conocíamos nuestros cuerpos y nos queríamos mucho; pero yo sentía que necesitaba más de los 15cm. que él me ofrecía y me daba mucha pena decirle y además no tenía la confianza para decirle lo  mucho que me atraía el placer sexual.

Llegamos al lugar y pusimos  un asador y  todo eso; me fui a ponerme mi traje de baño, era bonito amarillo sin ningún dibujo, me gusta ese color pues contrasta lindo con mi piel morena, lo único malo era que no era de buena marca y si se me ponían duritos los pezones se me notarían fácilmente y ya mojado se transparentaba un poquito, pero pues dentro del agua ya nadie lo notaria (pensé).

Nos metimos a la alberca, nadamos todos, y comenzamos a jugar todas las parejas un juego que aquí en México le llamamos caballazos, este juego consiste en que las chavas nos sentamos en los hombros de los hombres ellos se paran dentro de la alberca y gana el que logre derribar a la pareja oponente, ¿lo has jugado alguna vez?, Jejeje.

Entonces sabrás que lo más rico del juego es el contacto corporal, yo sentía como mi novio me acariciaba la piernas, de pronto ponía sus manos en mis piernas acariciándome la parte interna de los muslos, eso me mojaba más que el agua misma, mi pubis se frotaba conta su cuello y yo lo apretaba más con mis piernas, eso me hacía sentir un liquido más caliente entre mis piernas que el agua misma y mira que eran agua termales, o sea calientes.

Esto me estuvo excitando, luego comenzamos a tomar un poco y yo me sentía mareada  y dentro de la alberca sentía que todo se me movía, además de que reía como loca. Entonces le dije a mi novio que fuéramos a una parte un poquito alejada de la alberca, hasta donde había una cascada, y fuimos.

Fue muy romántico, nos pusimos debajo del agua y no podíamos ni abrir los ojos, entonces así a ciegas, comenzamos a besarnos y acariciarnos, mis pezones se pusieron erectos, él me tocaba  con sus manos bajo el agua solo nos separaba la delgadilla tela de licra de nuestros trajes de baño, sentí como su miembro crecía y eso hacía que me lubricara más. Yo estaba muy excitada y comencé a sentir el deseo de ser penetrada, era como un calor, una ardor o un dolor intenso en mi conchita que exigía ser calmado con una gran inyección dentro de mí, esto aumentaba cuando comenzamos a frotarnos, yo estaba contra la pared de roca atrapada por él y su miembro que me aprisionaba y no me dejaba moverme.

El se movía como si estuviera penetrándome pero los movimientos eran muy discretos pues había gente cercana que podía mirar lo que hacíamos, era delicioso, mi  clítoris estaba tan paradito que podría verse una pequeñísima protuberancia a través de la delgada tela de mi bañador.
Entonces le dije fuerte en el oído (el ruido de la cascada no nos dejaba hablar), métemelo, lo necesito métemelo todo, entonces él me dijo, no como crees, puede vernos alguien. Eso me apagó me frustró y me enojé con él. Nos salimos de la alberca y yo estaba muy molesta, todo el placer que había sentido se había cambiado por  enojo, nos reunimos todos lo que íbamos a comer y era notorio ante todos que estábamos molestos y ya no estábamos juntos ni nada.

Para darle celos empecé a juntarme con un amigo mío… que también iba en el viaje, (me gustaba hace tiempo pero no se habían dado las cosas).  Yo veía como se enojaba y eso me alegraba más, eso le pasa por despreciar mi conchita y por pudoroso, comencé a tomar y  a bailar con mi amigo mientras mi novio ya estaba medio borracho con sus amigos y ni me hacía caso, no se si fue el alcohol o las ganas de  fastidiar a mi novio pero le dije a mi amigo que fuéramos a nadar juntos y él sí quiso.

Mi novio no hizo nada, yo creo que pensaba que lo quería demasiado para hacer algo malo, además ya ni se podía parar, entonces nos metimos a nadar y platicar y me rocé con él varias veces y  me dijo, puedo ver tus pezones a través de tu traje ¡eh! Jejejejeje y le respondí, jajajaja! Yo también veo los tuyos y  le agarré ambos pezones y se los pellizqué con fuerza, eso lo excitó y sentí su miembro crecer, y pensé… ¡wow! Esto si es una buena arma.

Eso me excitó mucho y a él también, entonces le dije que fuéramos a la cascada y accedió, allí cubiertos por el agua nos besamos y tocamos,  fue riquísimo, la idea de estar con otro hombre, que no era mi novio, me excitaba más aun, mi conchita estaba tan mojada que sentía que calentaba el agua de la alberca. Entonces yo no me iba a quedar sin sexo en esa tarde y le dije métemelo, y él, a diferencia de mi novio dijo Siii…

Entonces me recargó contra la pared de aquella cascada artificial, y sin quitarse su traje sacó su miembro, no se si era el agua pero yo lo vi del doble de tamaño que el de mi novio, lo tomé con mi mano y lo sentí tan fuerte, tan grueso, entonces sin quitarme el bikini solo lo hizo a un ladito y se asomaba mi rajita, el jugueteó un poco con mi vellos, esos vellos cortitos y delgados, suaves como un algodón, rizaditos como solo los tienes a los 19,  ya que nunca te has rasurado…

Bajó más su mano y sentí su dedo que iba hurgando lujurioso por mi rajita, hizo pequeños círculos en mi clítoris eso lo levantó, mis  pezones paraditos llamaron su atención y deslizó su mano desde mis nalgas, por mi espalda hasta llegar a mi seno, el cual mordisqueó suavecito mientras lo apretaba con fuerza por su circunferencia. Estando bajo el agua lo abracé con mis piernas y acercó su miembro; a mi me emocionó mucho, sentí su glande buscando abrirse paso entre la tela de mi bañador, como cuando un toro empuja la puerta de su prisión, solo que esta vez no para escapar si no para ser prisionero de mi muy estrecha cueva en ese entonces.

Dirigí mi mano hacia abajo y  antes de que llegara él movió bruscamente su pija y eso le abrió paso hasta el fondo, solo pude gritar un fuerte ¡ahhhhhhhhhhh! de placer, fue un momento inolvidable, sentirme flotando en el agua abrazada a él con brazos y piernas, ensartada en tan tremendo pene y sobretodo ancho miembro viril , fuerte, penetrante, empezó  a entrar y salir, mi propio peso hacía que mi clítoris rozara y se aplastara con fuerza en la base de su pene y eso me hizo tener un orgasmo, pero de pronto algo sucedió…

Una señora con sus dos hijos estaba cerca entonces, para que no se diera cuenta de lo que estaba pasando nos quedamos inmóviles, y eso fue genial, no tienes idea de lo emocionante que fue estar allí, como desnudos ante la gente, sin movernos y su pija dentro de mi,  nos seguimos besando como si fuéramos una pareja común, besándose en un parque o cualquier lugar, entonces como no se iban me acerqué y le susurré al oído, relájate ahora me toca ordeñarte.

Le dije apriétate bien fuerte contra mi, y sentía su pubis fuertemente contra el mío…, podía sentir nuestros vellos púbicos tallarse con tal fricción, lo abracé con fuerza con mis piernas y empecé a contraer mi vagina, a apretar su pene  una y otra mordida, como si mi vagina fuera un becerrito y su pene mi alimento, pude sentir como se excitaba y crecía más dentro de mi…

De pronto tuve un orgasmo y eso me hizo contraer fuertemente mi vagina, él me abrazó bien fuerte y con un grito masculino comenzó a eyacular dentro de mí, sentía la fuerza de sus contracciones, fue tan intenso que hasta imaginaba sentir las venas de su pene duras, dándole firmeza a la pija que en el fondo de mi concha bombeaba espesa leche, como estábamos inmóviles puede contar sus chorros de semen, saliendo dentro de mi, no puedo olvidarlo…

Una contracción pequeña, una mediana , luego una grande acompañada de esa sensación de líquido caliente, otra contracción igual de fuerte y más leche, otra acompañada de un gemido, ahhhhhhhhhhh,  y sentí como su leche salia por mis labios menores escurriendo hasta mi ano, para luego  diluirse por el agua, cuatro contracciones pequeñas más y sentía como se desvanecía entre mis brazos mientras recargaba su cabeza en  mi cabello, inmóvil, su piel erizada y pequeñísimas contracciones cada vez más espaciadas hasta que terminó.

Bajo mi mano, toco sus huevos y están duritos pegados al pene, como fieles bombeadores se relajan y se cuelgan de nuevo, bajo mis piernas, él se hace para atrás y saca su ya débil y semi flácido miembro, acomodamos nuestros trajes de baño, reposamos, no besamos y reímos como niños que han hecho una travesura.

Salimos de la alberca y regresamos con los compañeros, a la fogata, a cantar y convivir un rato, mi novio  me mira, seguro podía distinguir en mi rostro el placer de más de dos orgasmos en menos de una hora, le digo, oye  chiquito, acompáñame al baño ¿no?

El estaba afuera de la puerta del baño, yo me bajé el bikini y él podía ver mis pies con sandalias y bikini en el piso, se escuchaba mi orina dorada caer en el inodoro, un chorro recio, como el de una hembra que acaba de tener sexo, miré hacia el agua del inodoro y veía como mi orina se hacía espuma al chocar con el agua, esa espuma eran mis jugos y el semen de mi amigo, eso me excitó en sobremanera pensar en la leche de mi amigo pegada a las paredes de mi vagina, escurriendo lentamente como espuma en una bañera.

Abrí la puerta del baño, lo jalé adentro, cerré la puerta, le bajé su short y comencé a chupar frenéticamente su pija, los ojos de mi novio se desorbitaban, saqué su pene de mi boca, y mirando su glande, empecé a meterle mi lengua en el orificio de su pene, él se estremecía y alejaba diciendo, nononoo, me duele, pero si paraba decía, sigue, sigue por favor…

Ya lo conocía y sabiendo que pronto terminaría, tuve un deseo sucio y bajo, pensé: ¿tener leche de dos hombres dentro de mí? ¡Wooooow! Me volteé  e incliné con mi mano, dirigí su pija a mi estrecha y casi virginal conchita, entró hasta el fondo muy rápido y él me dijo, oye nena, si que te tengo a mil.

Yo le respondí, claro tigre, jajajaja, lo que él no sabía era  lo que lubricaba mi cuevita eran el semen que su amigo minutos antes había bombeado inundándome,  y que mi vagina todavía no recuperaba el tamaño que había dejado mi primer amante de ese día.

Entró y salió como 10 veces y de pronto sentí  nuevamente la sensación de su miembro iba a eyacular, y otra vez apreté con fuerza, él gritó y soltó su semen dentro de mi, y creo que vació sus bolas dentro de mí, sentí como salía por mis labios menores, esta vez escurriéndose hacia mi clítoris, pues estaba volteada, me acaricié y  nos relajamos.

Volvimos con mis compañeros y estuvimos hasta media noche en la fogata, la sensación de tener el semen de dos  hombres me mantuvo a mil toda la noche, podía sentir como escurría un poquito a  cada instante y se salía caliente de mi concha, una sensación similar a la de estar en mis días, pero esta vez salía semen de mi.

Regresamos a casa al otro dia, y como es de esperarse tuve remordimiento de conciencia, pues temía quedar embarazada, fui muy afortunada y no pasó nada, tampoco me contagiaron de nada, creo… yo solo se que han pasado 5 años de eso, y nadie puede saberlo, pero se que soy adicta al sexo, o a la leche, o no se.

Creo que tengo mucho que contarte.

Autora: Mariel – littlewetgirl

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Aparentemente dormida…

Mis labios lo envolvieron y comencé a juguetear con él dentro de mi boca, lamiéndolo, presionándolo con mi lengua. Lo succioné con mucha suavidad y ella estiró las piernas cerrándolas un poquito, sentía la presión de sus muslos sobre mi cara y su respiración muy agitada y entonces emitió un suspiro muy profundo relajándose al instante, se estaba corriendo.

Este relato comienza una noche de viernes en Madrid, varios compañeros de trabajo nos encontrábamos en un local en la zona de Argelles. Entre todos, destacaba Sonia; 1.68, morenita, muy bien proporcionada, tenia el pelo recogido en una coleta y llevaba un vestido de algodón, algo suelto, con una falda dos palmos por encima de la rodilla que dejaba ver con claridad sus contorneadas piernas.

La noche transcurría por los cauces habituales, aunque dado que celebrábamos un cumpleaños el alcohol corría a mayor velocidad de lo habitual. A la 1 de la madrugada Sonia nos dijo que necesitaba algo de aire y me ofrecí a acompañarla. Nada más salir se apoyó entre dos coches y vomitó.

En esos momentos no estaba especialmente atractiva pero no podía dejar de mirar sus piernas y el tanga que se intuía bajo su vestido. Le sugerí que camináramos un poco y así lo hicimos, durante aproximadamente media hora. Yo la hablaba pero no parecía enterarse de nada, sin embargo los continuos roces con su cuerpo, dado que ella iba apoyada sobre mí, me estaban provocando una tremenda excitación.

Llegamos a un parque y decidimos sentarnos; Se sentó, apoyándose sobre mis piernas y creo que se quedó dormida. No pude por menos que alegrarme dado que hubiera sido difícil disimular mi erección en esos momentos. Pero entonces, un providencial golpe de aire levantó su vestido lo justo para que pudiese ver sus piernas en toda su extensión, justo hasta el elástico de su tanguita. Estiré la mano para devolver el vestido a su posición normal y al hacerlo rocé su piel con las yemas de mis dedos… estaba caliente.

Aparentemente estaba dormida y no puede evitar acariciarla un poco más. Deslicé mi mano desde su rodilla hacia arriba apenas rozándola con las yemas… estaba nervioso pero no podía parar. Mi mano alcanzó el elástico de su tanguita… sobre sus caderas y siguiendo el borde… alcancé el pequeño triangulo de tela que cubría su sexo… La miré y continuaba dormida… así que decidí ir más allá y deslice mis dedos sobre aquel pedacito de tela…. dibujando una S sobre el tejido… casi sin rozarlo… Ella suspiró levemente, lo que me excitó aun más así es que comencé a juguetear con mis dedos….

De pronto ella abrió los ojos e instintivamente retiré las manos. Ella me miró nerviosa mientras se colocaba el vestido y al hacerlo se le cayó el bolso. Me agaché para recogerlo, apoyándome instintivamente sobre su rodilla y al levantarme pude ver perfectamente aquel triangulito de tela que segundos antes estaba acariciando…. me quedé embobado mirando y entonces ella se recostó un poquito y me dijo susurrando…

-Me gustaría que siguieras…

Aquello me dejó totalmente helado y tardé algunos segundos en reaccionar. Finalmente me decidí y comencé a besar sus piernas… comenzando desde las rodillas… subiendo lentamente… apenas rozando su piel con mis labios…deslizaba mi lengua sobre la cara interna de sus muslos… levantando el vestido con mis manos según avanzaba hasta que mi nariz tops con su tanguita… la miré y puse mi mano sobre el borde tirando de el hacia arriba, haciendo que presionase su sexo…

Ella emitió un leve gemido mientras mi dedo dibujaba el contorno de su sexo sobre el tejido de su tanguita. Puse mis manos sobre sus caderas y bajando… arrastré su tanguita hacia abajo, dejándolo sobre sus rodillas. Humedecí un poquito mi dedo índice y lo deslicé desde su pubis hacia abajo… jugueteando con el vello, apenas rozando los labios…. y subiendo muy lentamente, presionándolo con la yema…

Noté como su respiración se aceleraba y unos gemidos muy suaves comenzaron a salir de su boca mientras mi dedo se deslizaba bordeando su clítoris… apenas rozándolo…. Suspiró profundamente en el momento en que puse mi dedo sobre el y comencé a masajearlo, haciendo pequeños círculos sobre el… presionándolo con la yema muy despacito…. Ella jugueteaba con mi pelo… acariciando mi nuca… y con suavidad empujó mi cabeza contra ella, así que deslicé mi dedo un poquito más abajo y mi lengua ocupó su lugar bordeando su clítoris… humedeciéndolo… besándolo…

Mis labios lo envolvieron y comencé a juguetear con él dentro de mi boca, lamiéndolo…. presionándolo con mi lengua…Lo succioné con mucha suavidad y ella estiró las piernas cerrándolas un poquito…sentía la presión de sus muslos sobre mi cara y su respiración muy agitada y entonces emitió un suspiro muy profundo… relajándose al instante… se estaba corriendo.

En ese momento sonó mi móvil. Tratando de tranquilizarme, lo cogí y respondí, nuestros compañeros nos buscaban así que tuvimos que interrumpir nuestro encuentro. Nos levantamos y nos dirigimos hacia el local. Ella no hizo ningún comentario aquella noche… Pero el futuro me depararía una agradable sorpresa.

Este ha sido mi primer relato…

Autor: Arved

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Eva, la mejor experiencia sexual

Yo seguí lamiendo la delicia salada de su coño, y sus jugos me resbalaban por la cara. Que una tía te chupe la polla es algo increíble; estar excitado por ello, y comerte literalmente su ano y su coño es algo que no se puede describir con palabras. Cuanto más te excitas con más furia atacas el coño, y más te vas excitando por ello, Eva se corrió dos veces seguidas y también yo lo hice en su boca.

Cuando alguien quiere recordar la mejor experiencia sexual de su vida (esto es, “la” experiencia), normalmente atesora al menos una. Claro que hay privilegiados que pueden presumir de dos, tres o más, pero ya se sabe que siempre hay quien destaca sobre el resto. También hay quien por desgracia no tiene nada que contar al respecto, pero sabemos que los extremos se equilibran por la media.

En mi caso, sólo hay una experiencia. Con esto no quiero decir que para mí haya sido poco; todo lo contrario, incluso me atrevería a afirmar que vale por muchas experiencias reunidas. Me llamo Juan, tengo treinta años y trabajo en una consultoría medioambiental.

La plantilla de la empresa la componemos gente joven; nadie pasa de los cuarenta, de modo que el ambiente no es demasiado formal, si bien siempre se guardan las distancias lógicas según los cargos de cada uno. El pasado junio tuve que ir a Madrid (nuestra empresa es de “provincias”) a un seminario. Me acompañaba una consultora que había empezado a trabajar con nosotros el año pasado. Pongamos que su nombre es Eva. De 35 años, hay que reconocer que es una auténtica bomba.

No hará falta que entre en detalles – la imaginación de cada cual la moldeará a su gusto, pero sólo apuntaré que tiene unos pechos sencillamente perfectos, duros y firmes, que se adivinan estremecedores bajo las ceñidas camisas y conjuntos que lleva. De sus caderas y culo, tampoco hay mucho que decir, pues alcanzando el grado de sensualidad que alcanzan, lo yo pueda expresar se queda corto.

Eva sabe lo buena que está. Por como se viste, eso está claro: no hay más que verla con esos pantalones claros que lleva en verano, bien ceñidos, dejando adivinar la tanga negra que se le incrusta en el trasero. O como anda y se mueve. Sin embargo, su actitud es más bien distante, un tanto fría e irónica, como si el resto de los mortales fuéramos tan poca cosa que no pudiésemos hacer más que mirar y suspirar. Tampoco quiero decir con esto que sea desagradable o altiva; es otra cosa, no sé cómo explicarme. Quizá es que tenga que ser así, nada más que eso.

En definitiva, cuando llegó el día, tomamos el avión y bien de mañana estábamos en Madrid. El seminario iba a celebrarse en un hotel del centro, durante dos días. Como muchos de los asistentes, habíamos reservado dos habitaciones, ya que era mucha la comodidad de no tener que desplazarnos.

El primer día transcurrió como suele transcurrir en estos casos: a ratos bien, a ratos no tan bien, según los ponentes y las materias. A eso de las siete, terminamos. Habíamos hecho una pausa de una hora al mediodía para comer, y estábamos muy cansados. Eva se dirigió entonces a mí.

– Podríamos salir a cenar más tarde, después de descansar un rato – me dijo.

Nada más lógico. No estaría mal para romper la monotonía del día.

– Bien – le contesté -. ¿Nos vemos a las ocho y media en recepción?

Quedamos de acuerdo, y subí a mi habitación. Allí, descansé un poco, me duché y me cambié da ropa. Nada del otro mundo, ropa cómoda sobre todo. Cuando bajé, a las ocho y media, Eva ya estaba esperándome, con un bonito vestido color crema que le favorecía mucho, lo cual no me extrañó en absoluto, pero difícilmente podría suponerse otra cosa a que se hubiera arreglado para salir a cenar con un compañero de trabajo.

Anduvimos un rato y entramos en un restaurante italiano de buena pinta, pero no demasiado caro, según vimos en la carta expuesta en el exterior (no hay que olvidar que pagaba la empresa y no queda bien pasar grandes facturas de dietas). Pedimos un buffet de pasta de diferentes clases para los dos y luego algo de carne. Para beber, vino, un Chianti muy rico.

La cena fue tranquila, agradable, y hablamos de trivialidades. Con el café, el camarero nos invitó a grappa; nos dijo que era casero y muy bueno. De buena gana, aceptamos, y fue en ese momento cuando algo en Eva cambió: me miró de una forma distinta a como lo había hecho todo el rato y me dijo muy seria:

– Te voy a decir una cosa: no me he puesto bragas.

Yo me quedé helado, pero creo que no se me notó. Y antes de que me pudiera dar cuenta de lo que hacía, ya estaba hablando:

– Pues me da pena, porque me hubiese gustado que llevaras un tanga negro, de esos que llevas en la oficina.

Eva sonrió, sin dar importancia a lo que yo había dicho. Yo debería de haber estado sorprendido, quizá avergonzado, pero lo cierto es que estaba satisfecho, ni siquiera excitado todavía. Eva pidió entonces una cajetilla de tabaco al camarero, que le fue traída al momento. Me extrañó porque nunca le había visto fumar.

– ¿Y por qué? – me preguntó mientras encendía un cigarrillo y aspiraba el humo. – Así, podría quitártelo y olerlo – le dije. – ¿Te gustaría hacer eso? No sabía que eras de ésos que se ponen cachondos oliendo las bragas de las tías… ¿Fetichistas los llaman? ¿En serio que te calentaría olerme un tanga? – Sí, me gustaría, pero tú ya lo sabes. Si no, ¿para qué los llevas?. No me irás a decir que es simplemente porque te gustan o te sientan bien… Porque tú ya sabes que todos te miramos. – Es por eso, pero también porque me gusta poneros cachondos a los tíos. Tienes razón, lo reconozco. Pero no hay nada de malo en poneros calientes, ¿a qué no?

– ¿Cómo ahora? – Como ahora. – ¿Crees que me estoy poniendo cachondo? – Por supuesto que sí. Si pudiera ver tu polla, seguro que sabría que se está levantando. A lo mejor estás hasta manchando el calzoncillo con la punta… – ¿Y? – Que quizá yo sabría qué hacer con ese pollón, y no me limitaría a olerte el calzoncillo.

No hará falta que explique que, efectivamente, me estaba poniendo como una moto. Pero paré un momento: ¿a qué jugaba Eva? La contemplé mientras fumaba: una sonrisa distante cruzaba su cara. ¿Y si todo esto fuera sólo juego, un poco de esgrima verbal y nada más? ¿Iría yo a quedar como un gilipollas o algo peor? Entonces me hice la reflexión que siempre me hago en cualquier dilema: ¿qué tengo que perder y qué tengo que ganar? Que perder, me dije, tengo el ridiculizarme, o puede que ofenderla, si sigo por este camino. A lo mejor hasta me denuncia, llegué a pensar medio en broma. Ahora bien, lo que puedo ganar lo tengo delante de mis ojos…y por el momento sin bragas. Me decidí: en una palabra (o en tres), a por ella. Pero también comprendí que una rendición desde el principio me llevaría al fracaso. Así que empecé mi estrategia.

– Y yo estoy seguro de que no estás menos caliente que yo. Eres una calientapollas, pero no puedes evitar calentarte. Te contagias. Estoy seguro que tienes el chochito todo mojado, que si tuvieras un tanguita estría cogiendo un olorcillo a coño que me moriría por saborear y que, encima, cuando te estoy diciendo esto, te estoy poniendo más a punto. ¿O me equivoco? Casi me atrevería a decir que si te digo que eres una perra, una guarra, o una putita, eso te pone aún más, y que es lo que llevas entre ceja y ceja desde el hotel, o a lo mejor desde antes, igual desde que supiste que tenías que venir conmigo al seminario. Eva abrió su sonrisa, acentuando su expresión de triunfo.

– ¿Eso quiere decir que estás cachondo…de verdad? – Mira, Eva – le dije -, no creo que seas tan tonta como para no saber que con ese cuerpo, es decir, con esas tetas, con ese culo, con las tangas que dejas ver, con como vistes…vas pidiendo guerra, y que a los tíos nos pones la polla dura, y que nos la cascamos pensando en hacer las mayores guarradas contigo. ¿O me vas a decir ahora que esto que te digo te sorprende?

Ella se quedó algo parada ante el arranque, pero no tardó en reponerse.

– No me sorprende, lo hago para eso, al menos en gran parte, pero me gusta oírtelo decir. ¿Tú te la has cascado alguna vez pensando en mí? – me pregunto con una candidez que yo no pude, la verdad, distinguir si era fingida. – Una no, muchas, Eva. Como todos, seguro. – No me valen “todos”. Quiero saber de ti. – Ya te he dicho que sí.

– ¿Y qué te imaginabas? – Todo. Pero te voy a poner un ejemplo: te quietaba el tanga, lo olía, me frotaba con él el cuerpo, me lo ponía…y me follabas. Me dominabas, me cabalgabas…Me corría dentro de ti… – ¿Tanto te pondría olerme una tanga? – Mira, sólo de hablar de ello tengo la polla como una barra de hierro. ¿Te pones cachonda tú pensando en mi polla? – Me pongo como una puta perra.   – ¿Eres una puta perra? – Me gusta serlo, y me encanta poner cachondos a tíos como tú.

– Sí que eres una zorra. – No sabes cómo… Me estoy poniendo toda mojada, no me voy a poder levantar de la silla. – Pues me alegro, te lo mereces. Porque ahora estamos en la fase del calentamiento. – Que no es menos importante que la de la acción… – No, no lo es. ¿Has hecho esto muchas veces? – ¿Qué? ¿Hablar así con un hombre? – Sí, pero con alguien como yo, un compañero de trabajo, fuera de casa… – No quiero hablarte de mis experiencias sexuales, pero sí que es verdad que nunca había estado en esta situación con un compañero de trabajo, así, en frío…

– ¿Nunca? – Nunca, pero me está gustando. Yo también te miro en la oficina, pero nunca pareces dar confianza a intimar. – ¡Mira quién habla! Tú tampoco eres muy sociable, que digamos… – Supongo que tienes razón, pero, ¿qué otra cosa se puede hacer? ¿Abrirme de patas delante de todos? – Basta con lo que estás haciendo ahora. – ¿Y qué estoy haciendo ahora? – ¿Me lo preguntas? – No me respondas con una pregunta, no hace falta. De todos modos, sí, en la oficina te he mirado muchas veces. No estás mal, ¿sabes?

– Muchas gracias. – Yo también he pensado en ti a veces, en casa, sola… – Esto se está poniendo emocionante. – He pensado muchas veces en cogerte en la oficina, tarde, cuando no hay nadie, y arrastrarte al archivo, por ejemplo, y allí, sobre la mesa, atarte, desnudarte y violarte…contra tu voluntad. Tú te resistirías, al principio, claro, pero más tarde irías entrando en el juego. Imagino tu polla, enorme, a punto de reventar. Yo te lamería el cuello, los lóbulos de las orejas, el pecho, las piernas, los huevos, la polla. Mmmmmmmmmmmmmm No sé si dejaría que te corrieses en mi boca, yo creo que te haría sufrir un poco más. A lo mejor te pintaba los labios con el pintalabios, no sé… Sería una especie de violación.

– ¿En eso pensabas? ¿Y qué hacías cuando pensabas en eso? – Me tocaba, al principio suavemente, luego no tanto… A veces me meto un cojín entre las piernas y me froto hasta que me corro. Otras veces, me lo hago en la ducha, y otras con un vibrador. No sabes cómo gozo, es brutal… – ¿Y siempre piensas en mí? – No seas tan presumido. Sólo a veces…

La conversación iba subiendo de tono, aunque a veces debíamos bajar la voz, como cuando vino el camarero a traernos la cuenta.

– No sabía que fumabas, Eva… – Sólo fumo cuando quiero calentar a un tío. ¿A qué no me equivoco?

Tuve que reconocer que tenía razón. El calentón que sufría aumentaba cuando la veía expulsar voluptuosamente el humo de su cigarro. Desde luego que sabía lo que estaba haciendo. Yo intentaba no dejarme llevar del todo por su inercia, pero se me hacía difícil. No quería ser un juguete en sus manos – pensaba que eso le haría perder el interés en la conquista – pero tampoco pretendía ser seco, lo que podría hacerle pensar que yo no estaba interesado en lo que ella pudiera ofrecerme. Sin embargo, pese a lo racional de mis pensamientos, ya digo que no me era fácil controlarme, y por supuesto que me dolía la polla de todo el rato que llevaba con ella enhiesta. Por fin, pagamos y salimos. Ya en la calle, y no puedo asegurar si fue ella la que tomó la iniciativa, o fui yo, o simplemente fuimos los dos, pero lo cierto es que nos arrimamos a una pared y nos incrustamos el uno al otro, buscando rellenar cada uno los huecos del otro.

– Hijo de puta… – me susurró Eva al oído -. Me tienes tuya, soy tu puta, tu guarra, hazme explotar con tu polla…

Y mientras esto decía, frotaba su entrepierna contra la mía, capturando la barra de mi miembro contra sus muslos y haciéndome perder la cabeza, si es que aún la conservaba. Al mismo tiempo, unimos nuestras bocas en un espasmo de beso animal, intercambiando lenguas, saliva, aliento y gemidos. Creí que me corría ahí mismo.

– Vámonos al hotel – logré farfullar, conservando un resto de firmeza en la voz. – Hijo de puta – repetía ella – , no sabes dónde te metes. Te voy a comer. Tengo el coño con hambre, no puedo más, te voy a matar.

Afortunadamente, pudimos coger un taxi y calmarnos lo suficiente para llegar al hotel sin ningún incidente. Allí, pedimos las llaves de la habitación y subimos al ascensor. Una vez dentro, con gesto más aparentemente seguro de lo que realmente era, marqué el botón de su piso. Ella no dijo nada, sólo se llevó la mano bajo su falda, me miró como sólo una mujer de verdad puede mirar, se frotó el sexo, la sacó y me la dio a oler. Las puertas se abrieron antes de que yo pudiera hacer nada, pero el olor a coño de hembra se me clavó bien dentro.

– Qué puta eres… – acerté a decir mientras introducía la tarjeta magnética en el lector de la puerta de su habitación y ésta se abría.

Cuando cerró, y la luz se encendió, Eva se volvió y pude ver su cara contraída con un gesto de enfado, casi de cólera.

– Y ahora, ¿qué? – me interpeló.

Yo comprendí que se trataba de otra prueba.

– Ahora – le dije muy despacio – vas a saber que el hacerse la guarrita de boquilla no sale gratis porque te voy a follar hasta que no puedas levantarte de la cama, y no voy a tener ningún miramiento con una zorra como tú que lleva dos horas calentándome. ¿O te crees que soy un eunuco, pedazo puta?

Quiero aclarar que no soy un violador, pero tampoco soy tan gilipollas como para dejar que unos mohines de niña consentida me detengan cuando me han estado tocando los huevos – y nunca mejor dicho – toda una tarde. ¿Qué es demasiado crudo lo que digo? A lo mejor, pero es como lo siento. Y en ese momento, yo sabía que Eva me estaba poniendo a prueba y que si me acojonaba y no respondía como un hombre ya podía subir deprisa a mi habitación y pajearme toda mi vida pensando en lo que pudo haber sido y no fue. Así que seguí.

– Esta noche eres mi guarra y vamos a hacer lo que yo diga, vamos a hacer lo que me salga de la polla y tú no vas a decir esta boca es mía.

Según iba yo diciendo esto, me iba quitando el pantalón, la camisa, todo excepto el calzoncillo. Si antes estaba muy excitado, ¿cómo explicar cómo me sentía en ese momento? Mi polla literalmente explotaba, vibraba trémula con una trepidación tal que parecía que iba a cobrar vida propia e introducirse en el coño de Eva. El someter así a la hasta entonces para todos inaccesible Eva (no se le conocía absolutamente ningún asunto con nadie), el hablarla y dominarla, me estaba llevando a momentos de excitación que yo jamás había conocido.

Pero pronto pude ver que si yo me estaba poniendo como una bestia, eso era nada comparado a como se estaba poniendo Eva, que empezó a tocarse el coño por encima de la falda, primero lentamente para luego subir el ritmo hasta que empezó a jadear.

– Pues venga, hazme tuya y fóllame hasta reventar. – Quítate la ropa ahora mismo – le ordené, y ella obedeció, mostrándome el incomparable espectáculo de su desnudez lujuriosa. – Y ahora ven aquí.

Eva se me acercó, se puso de rodillas, me sacó el miembro y se lo introdujo en la boca.
– ¡Aún no! – le ordené -. Hay algo que quiero que hagas antes.- Dímelo ahora mismo porque no puedo más. – Dame un tanga tuyo.

Eva sonrió y abrió una maleta que tenía en una esquina, sacando de una bolsa de plástico un minúsculo tanga negro.

– Es el que he traído en el viaje. ¿Te sirve este? – me preguntó con malicia.

¡Vaya que si me servía! Se lo arrebaté y lo olisqueé con ansiedad. ¡Qué olor más delicioso! Mejor dicho, ¡qué gama de olores! Desde el suave olor a entrepierna, con ese resto de sudor limpio sobre piel limpia, al punto ácido de orina en la parte delantera, al difuso aroma anal de la trasera.

– Mmmmmmmmmmmmmm, cómo huele a sexo – jadeé -, a tu sexo, a tu coño, a tu culo, ¡me pone a cien! – ¿Te gusta, eh? ¿A qué te gustaría más comérmelo todo? – A una perra como tú me gustaría hacérselo todo.

– ¿A qué esperas entonces?

Me puse el tanga, que se me metía por la raja del culo, y caía por un lado de la polla y los huevos, dejándolos en libertad. La polla, por cierto, como una roca y bien húmeda.

– Túmbate en la cama, zorra.

Eva se tumbó y yo la ataqué como un poseso, penetrándola hasta el fondo en la primera acometida. Creo que los dos estábamos hasta arriba de excitación y morbo, porque al tercer o cuarto vaivén nos corrimos juntos dando alaridos animales de placer, mezclando nuestros jugos, que nos mojaron y empaparon parte de la cama. Había sido brutal, una verdadera descarga de fluidos que se habían desbordado como consecuencia del calentón de las tres horas anteriores.

Había saboreado la boca de Eva, entrelazando nuestras lenguas con frenesí, mientras los más bajos instintos me corroían las entrañas. Hubiera deseado ser su esclavo, encadenado a un potro de tortura mientras ella me azotaba y me escupía, pero también agarraba mi miembro, lo acariciaba y se lo metía en la boca a la vez que se introducía un vibrador por el coño.

Pero al segundo siguiente pensaba en azotar su hermoso culo con mi polla, restregársela por su coño y correrme encima de ella mientras le obligaba a tragarse mi semen e impregnárselo por el rostro.

– Eres una bestia – me dijo. – Me haces ser una bestia. Me pones a cien.- Me gusta ponerte caliente y que me folles, me folles, me folles… – Eres tan puta, me pone tanto que seas tan puta y lo sepas…- ¿No hubieses preferido desvirgar una niñita estrecha? – No, yo quiero mujeres como tú, que sepan lo que quieren, y que quieran una buena polla para hacerles sentir mujeres de verdad.- Seguro que me hablas de todo esto por el polvo que acabamos de echar.

Pero había sido breve, y queríamos más. En pocos instantes tenía otra vez el miembro como el mástil de una bandera, y estaba dispuesto a meterlo en el chocho de Eva, un chochito húmedo, cálido y acogedor que se había tragado como si nada mis buenos veintitantos centímetros de polla. Hice de nuevo el ademán de embestirla, pero me paró con un gesto.

– Eres de los que necesitan más que un polvo, ¿eh, cabrón? Espérate un momento.

Se levantó de la cama, fue al baño y trajo un bote de crema hidratante, de forma cilíndrica, pero redondeado por la parte superior, lo abrió y extendió abundante crema en su mano.

– ¿Qué haces? – le pregunté. – ¡Fóllame!

No necesitaba más, con el miembro en la mano la penetré con furia, agarrándole el culo con ambas manos y levantándole por ello las piernas en vilo. Empecé a bombear con fuerza, pero ella me atacó por la retaguardia: me metió por el culo el bote cilíndrico de crema, que había lubricado sin darme yo cuenta. Me quedé petrificado, pero tras un breve momento de dolor, cobré conciencia del cuerpo extraño en mi ano, lo rodeé con mi esfínter y… ¡era excitante!. Encima, ella empezó a sacarlo y meterlo, primero lento, y luego más rápido. Gemí de placer, no podía gozar más. Mi ano estaba lubricado y ¡me estaba convirtiendo en una maricona! Aunque me estuviese follando a una mujer de bandera ahí abajo…yo me sentía follado. El placer me dominó. Perdí la cabeza. Grité como un salvaje. Tenía fuego en la polla y en el culo…

– ¡Zorra! ¡Puta! ¡Sigue…! Me gusta… ¡Sigue, sigue, sigue, no pares…! ¡Me estás matando!
Me corrí tres veces seguidas. Rompí el tanga con el frenesí de mis movimientos. Recuerdo que mientras me corría, apretaba aún más el tubo con los músculos de mi ano. Mil fantasías más de dominación y sumisión cruzaron a la velocidad del rayo por mi mente. Pero yo sólo podía sentir como si me derritiese y me disolviese por algún desagüe…probablemente, el coño de Eva. Ella no se quedaba atrás.

– ¡Ah! ¡Aaaaaaaaaaah! ¡Cómo me gusta! ¡Métemela hasta el fondo, cabrón! ¡Me corrooooooo…! – gritaba como una cerda.

Al final, los dos nos quedamos exhaustos sobre la cama, en un mar de sudor y fluidos corporales. La habitación olía a semen, coño…a todo. Pero el final estaba por llegar. Eva, como si no hubiese tenido suficiente, se incorporó a medias y se sentó sobre mi tórax, dándome la espalda. Contorsionándose como una acróbata, se inclinó sobre mi polla, lacia en ese momento, y se la introdujo en la boca, empezando a mamar con ganas. Yo no podía más, estaba agotado, lo reconozco, pero al ver – y sentir – a esa guarra comiéndome la polla, otra vez comencé a despertar.

Ella tragaba y tragaba, metiéndose el miembro hasta el fondo de la garganta, mientras no dejaba de masajearme los huevos con malicia. Resultado: pronto tuve el pene otra vez como un tronco, buscando guerra, excitándome con cada uno de los vaivenes que ella imprimía.

– Me estás poniendo caliente otra vez… – Yo ya estoy caliente. – No pares, no pares… gemía yo.

Y yo, reclinado sobre la almohada, podía ver el perfecto trasero de Eva, quien seguía inclinada sobre mi miembro. Era precioso, la verdad, y me entraron unas ganas irresistibles de acercármelo a la boca y comérmelo hasta el final, así que eso hice. Pronto lo tuve en mi boca, y estaba húmedo por los jugos que abundantes le corrían por sus piernas. Separando las nalgas lo suficiente, introduje mi lengua en su ojete, que se dilató por el placer, y pude entrar más y juguetear con mi lengua.

Un espasmo recorrió el cuerpo de Eva, que sin embargo no dejaba su presa, mientras no se resistió a un gemido de placer que me sonó a puro pecado glorioso. Seguí porfiando y ella pronto empezó a mover sus caderas al ritmo de su felación, a lo que yo sin problemas me adapté, pasando a su coñito.

– ¡Ahhhhhhhhhhhhhhhhhh! ¡Qué gusto! ¡Más, máaaaaaaaaas!

Yo seguí lamiendo la delicia salada de su coño, y sus jugos me resbalaban por la cara. Que una tía te chupe la polla es algo increíble; estar excitado por ello, y comerte literalmente su ano y su coño es algo que no se puede describir con palabras. Tiene que haberse hecho para comprenderlo.

Cuanto más te excitas porque la polla te va a explotar, con más furia atacas el coño, y más y más te vas excitando por ello. Al fin, Eva se corrió dos veces seguidas y también yo lo hice en su boca, transportado en un éxtasis imposible.

Con eso, terminamos. Estábamos agotados, y dado que al día siguiente teníamos otra jornada de convención por delante, decidimos dormir al menos unas horas.

Por no hacer el relato largo, no hubo más digno de mención. Volvimos de Madrid, y al poco tiempo, por circunstancias que no vienen al caso, yo cambié de trabajo. No he vuelto a ver a Eva, aunque tampoco creo que yo signifique para ella más que el arrebato de una noche de sexo. Desde luego, no me considero con ningún derecho sobre ella aunque, ¿para qué negarlo?, no me importaría que ella sí se considerase con algún derecho sobre mí.

Autor: salami77

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