La flor

La imaginaba gimiendo, ninguno de los dos quería que aquello terminara, pero los dos estaban a punto de explotar, su sexo era más intenso, ya eran el uno del otro, él la besó como si fuera el único beso que tenía que dar en su vida, ella abrió su boca y quiso acariciar su lengua. Con sus bocas unidas les llegó el éxtasis, pos sus piernas corría el fruto de su sexo, él continuaba besándola, ella continuaba acariciándolo, como si fuera la última vez. No querían separarse, querían ser uno.

Antonio trabajaba tallando piezas de manera de forma artesanal, tenía 35 años, y se había pasado los últimos 18 haciendo ese oficio. Siempre era lo mismo, una pieza tras otra. En su empresa se dedicaban a hacer piezas de madera para muebles de calidad, en ella trabajaban mujeres y hombres, las mujeres se dedicaban a lijar y pulir las piezas y los hombres a tallarlas y montarlas. Cada tallista tenía una persona que le ayudaba a pulir las piezas. Había diversidad de piezas, se tallaban crucifijos, brazos para sillas y sillones, pies para mesas, cabeceras de camas y piezas únicas que se hacían por encargo.

El trabajo era monótono, siempre los mismos compañeros, haciendo siempre lo mismo, lo único que cambiaba eran las piezas a tallar, y siempre escuchando de fondo radio, con las mismas canciones todos los días. A Antonio le ayudaba a pulir las piezas su compañera María, ya estaban 3 años juntos en el mismo banco de trabajo, uno de pie al lado del otro, aunque Antonio tenía pena porque era una desconocida para él. María tenía 30 años, casada con dos hijos, aunque se notaba que no era feliz, cuando algún compañero gastaba bromas o hacían alguna gracia, ella nunca reía. Parecía una mujer con falta de cariño, aunque siempre trataba las piezas de Antonio con mucha dulzura, como le gustaría que le trataran a ella. Antonio nunca hablaba con ella, solo la miraba y no decía nada, no quería interrumpir a María mientras trabajaba las piezas de Antonio.

Antonio siempre la veía triste, le gustaría poder hacer algo por ella, estuvo pensando que podía hacer para alegrarla. Durante una semana estuvo quedándose a trabajar dos horas más, y este talló una pieza de madera para ella, después colocó la pieza envuelta en su cajón de trabajo. A la mañana siguiente llegaron juntos al trabajo, Antonio usaba pantalón corto con una camisa abierta, María utilizaba una bata de trabajo, que le llegaba hasta las rodillas. Era verano y las condiciones de trabajo eran muy calurosas.

María llego a su mesa de trabajo como todos los días, tenía el pelo largo, aunque siempre lo llevaba recogido para no ensuciárselo con el polvo de la madera. Abrió su cajón de trabajo y encontró un paquete envuelto, lo abrió despacio, era una flor, una rosa, se notaba que había sido tallada con delicadeza y amor, María sonrió, sus ojos brillaban, suspiraba hondo como queriendo sentir su perfume, como si ese fuera el único momento de felicidad en mucho tiempo. La acercó a sus labios y con los ojos cerrados le dio un beso delicado. Antonio estaba observando, María estaba sonriendo por fin, se le notaba feliz, era otra María. Sus ojos brillaban, su cara relucía, sus pechos estaban erguidos por la excitación, como si sus pezones pudieran sentir el perfume de la rosa. María levantó su mirada hacia Antonio, una mirada distinta como agradeciéndole un detalle, que nunca nadie había tenido y con una sonrisa deliciosa le dio las gracias.

María depositó la flor delante de ella, cerca para poder imaginar su fragancia y sentir su perfume como si de una rosa natural se tratara. Antonio la miraba desconcertado, María no era la que había entrado por la mañana a trabajar, era una mujer cambiada, hoy parecía estar viva por primera vez desde que él la conoció. Antonio pensó que solo por esa sonrisa valía la pena haberse quedado a trabajar todos los días de su vida.

Ella cogió una pieza de un montón para empezar a trabajar. Antonio reanudó su trabajo. Él la miraba, ella aún estaba excitada, tocaba la pieza que estaba trabajando como si estuviera animada, la acariciaba con los dedos. El se excitó, estaba acariciando su pieza con las yemas de los dedos como si de un trozo de carne se tratara, ella se dio cuenta que la estaba mirando, los dos suspiraban profundamente, María acercó toda su mano a la pequeña pieza que estaba tocando como queriendo agarrarla para que nadie se la quitara, era suya. Miraba la flor, humedeciéndose los labios. Antonio la miraba a ella, y su pene excitado ya era como la pieza que María estaba acariciando.

Antonio se la imaginó entre sus manos, con los dedos preciosos queriendo que fuera para ella. Quería que ella cogiera su pene y lo acariciara como había acariciado su flor, para poder sentir su sexo entre las manos de María, pero sobre todo quería tenerla cerca para poder sentir los latidos de su corazón sobre su pecho. María tocaba la pieza, sus pechos estaban duros, él nunca los había imaginado así, eran redondos como una manzana y sus pezones apuntaban a Antonio como si quisieran ir hacia él.

Fue un día muy largo, María se despidió con una sonrisa hasta mañana. Antonio siempre era el último en terminar su trabajo. Se fue hacia el vestuario para ducharse, cuando se desnudó comprobó que su pene estaba triste, había estado toda el día luchando por salir de los pantalones y ahora estaba derrotado. Entró en la ducha y al cerrar los ojos se imaginó como sería ella, con su pelo recogido, con su sonrisa, sus delicadas manos y su cuerpo de mujer, la imaginó con él dentro de la ducha, acariciándola, con el agua cayendo por su rostro, tocando sus pechos duros, acariciando su cuello, sintiendo los latidos de su corazón contra su pecho, besándola, clavando los dedos en sus nalgas para poder penetrarla toda.

María suspiraba con la boca abierta, él estaba dentro de ella, el agua estaba corriendo por sus cuerpos excitados, los dos se movían sin querer apartarse uno del otro, sintiéndose. María acariciaba el pelo de Antonio, él la sujetaba por la base de sus nalgas para que fuera suya y tenerla dentro, se movían como si fuera la primera vez que hacían el amor. Gozaban, estaban dentro, ella lo acariciaba y él recorría su cuerpo mojado con sus manos, los dos gemían, se estremecían con sus labios mojados y su boca abierta. Antonio no quería abrir los ojos, no quería que terminara aquel sueño, quería tenerla más, para siempre, su miembro estaba duro y a punto de estallar, se mordía los labios suspirando rápido, sintiendo que María con los ojos cerrados abría la boca, sintiendo un placer extremo, como nunca ella lo había sentido y quería más, más placer y que la quisieran, quería que la penetraran con cariño, más, quería más.

La imaginaba gimiendo, ninguno de los dos quería que aquello terminara, pero los dos estaban a punto de explotar, su sexo era más intenso, ya eran el uno del otro, él la besó como si fuera el único beso que tenía que dar en su vida, ella abrió su boca y quiso acariciar su lengua. Con sus bocas unidas les llegó el éxtasis, pos sus piernas corría el fruto de su sexo, él continuaba besándola, ella continuaba acariciándolo, como si fuera la última vez. No querían separarse, querían ser uno. Pero de repente sintió que se enfriaba, al agua estaba cambiando de temperatura, en breve tiempo pasó de ser agua caliente a agua fría, Antonio se sobresaltó, abrió los ojos y vio que se había corrido, se apresuró en limpiarse y salió de la ducha. Antonio no podía imaginar todo lo que había soñado, era como si de algo real se tratara, los dos estaban vivos, lo sentía.

A la mañana siguiente Antonio llegó al trabajo, María ya estaba allí con la flor en la mano, sonriendo, se había cortado el pelo, estaba distinta, radiante, quería ser otra mujer. El abrió su cajón para coger las herramientas de trabajo, y encontró una nota, la leyó con los ojos sorprendidos: “Hoy también me quiero duchar contigo”. Antonio no podía creerlo, la había tenido, habían gozado juntos, las caricias eran reales. Ella sonreía y lo miraba con cara de complicidad. Hoy si que iba a ser lerdo el día para los dos. María se pasó el día mirando la flor y mirando a Antonio con los pechos excitados. Antonio se pasó el día con el pene duro pensando en la sonrisa de María.

Cuando sonó la sirena del trabajo, Antonio recogió sus cosas y se marchó a su casa a ducharse.

Autor: Salomón

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