Atendiendo a mi cuñada

Le abrí la raja con los dedos y mi lengua se dedicó a sacar todo el sabor al clítoris totalmente erecto. Mis dedos buscaron la cavidad rosácea que emergía llamativa entre sus inflamados labios para introducirse en ella iniciando un vibrante mete y saca que provocaban quejidos de placer en la ardiente mujer tan desatendida por su marido.

A veces los acontecimientos nos desbordan y no llegamos a comprender del todo el porqué de las cosas. Allí nos encontrábamos nosotros, en el sofá de mi casa, mi cuñada ofreciéndome el chocho apoyada en uno de los brazos de sofá para que yo con ímpetu, continuara dándole toda mi polla desde atrás. Recuerdo el sonar del teléfono, la insistencia de su timbre cual campana de un concurso que pone límite al tiempo que teníamos concedido. Recuerdo el susto que se llevó mi cuñada, su grito, el intento desesperado por incorporarse.

Demasiado tarde, yo, me derramaba dentro de ella con las convulsiones de un orgasmo que debido a la postura de equilibristas que adoptamos, me hizo caer sobre ella, y enganchado a ella, rodamos los dos por el suelo ante la mirada atónita de mi cuñado que se asomaba incrédulo entre de las ramas del jazmín que separan nuestros arriates. El único movimiento que realizó fue lanzarnos el inalámbrico que se estrelló en mi terraza.

Mi cuñada se vistió de prisa, colocándose el vestido como pudo y se marchó dándome un beso fugaz temerosa de lo que podría encontrar en su casa. Yo por si acaso, me mantuve alerta por si hubiera algún tipo de malos tratos. En ese aspecto es de agradecer el comportamiento de mi cuñado, que sólo se reprochaba a si mismo lo putona que era la mujer con la que se había casado. Habló de separación, de tomarse un tiempo, no sabía exactamente como encajar aquel varapalo que a traición le pegó su mujer y con el marido de su hermana, precisamente. Ella más melosa que de costumbre quitaba hierro al asunto.

– Ha sido una vez, la primera Cari, no volverá a pasar. – ¿Como sé yo que no volverá a pasar? -Se escuchaba lloroso a mi cuñado. – Tienes que confiar en mí. Te lo prometo, ha sido un arrebato que tuve en un instante. No rompamos nuestro matrimonio por un momento de locura. – ¿Locura? -dijo mi cuñado- Llamas locura a la follada que te estabas dando. ¡Pero si aún te escurre la leche por las piernas! ¿O es que esto no es una prueba de que se ha corrido dentro del chocho? -y le levantó el vestido para demostrar que le quedaba resto de semen en el coño.- Bueno, no te pongas así, que ahora me lo lavo y te lo dejo para estrenar -mi cuñada le ponía una mano sobre su paquete- ¿Porqué no terminas tú, lo que empezó tu cuñado? Necesito correrme.

Él la rechazó y se marchó dando un gran portazo. Mi cuñada se acercó al jazmín y me pidió que le pasara por allí los documentos y el disquete que se los dejó en la mesa. Yo además le pasé su braguita que encontré tirada en el suelo.

– Últimamente se está convirtiendo en una costumbre pasarte por aquí las bragas -dije rompiendo el hielo. – ¿Como se lo ha tomado tu marido? – En principio, está hecho polvo, pero creo que lo aceptará y llevará los cuernos con resignación. – ¿Y ahora que vamos ha hacer? -pregunté. – Será mejor dejar correr el tiempo. Por mi marido y tu mujer. No podemos romper nuestros matrimonios. -dijo algo apenada.

– De acuerdo, pero ya sabes si necesitas algo, estoy aquí dispuesto a servirte. -me ofrecí. – Vale, si este asunto se complica más de la cuanta, contaré contigo. -aceptó mi proposición mientras se limpiaba los restos de la corrida, metiéndose las bragas por el inflamado chochito.

Dos días después volvió de Sevilla mi mujer. Fue un par de semanas larga su ausencia, yo temí que se enterara de lo ocurrido, que su hermano se fuera de la boca, pero su hermano tenía tantas cosas en la cabeza que no intentó siquiera hablar con ella. A mí por supuesto dejó de dirigirme la palabra. Algunos miembros de la familia observaron este hecho y preguntaban que había pasado entre nosotros. No supimos que contestar. Durante tres semanas no volvieron a comer con nosotros la paella que los domingos hace mi suegra. Ponían mil excusas para no acudir a nuestra reunión semanal. En el seno familiar comenzaron las sospechas del distanciamiento de la pareja y temían una ruptura.

Por mi parte, mi esposa llegó sin presentir nada lo sucedido. Con la tensión de enfrentarme a ella, temí que después de dos semanas de separación, pidiera una merecida recompensa sexual. La fortuna quiso que volviese fatigada y no deseaba otra cosa que descansar.

– ¿Te importa que lo dejemos para mañana? -dijo antes de que yo la abrazara- Es que estoy muy cansada del viaje.

Yo acepté con agrado. Por la mañana todos estaríamos más relajados. Cariñosamente la abracé por la espalda y me quedé dormido cogido a una de sus tetas.

Los niños se levantaban temprano para ir al colegio. Los llevé yo, después de hacerles el desayuno. Compré algo para comer nosotros y volví a casa. Mi mujer aún dormía. Preparé zumo y café y unos bocadillos de jamón cocido y queso. La desperté. En la cama estaba ella, la mujer con la que contraje matrimonio hace ya 12 años. Se veía luminosa, radiante y guapa aún recién levantada. Cuando nos casamos estaba más delgada, ahora con los años y los dos partos cogió unos kilos que particularmente me encantan. No sé si soy de los pocos que veo las fotos de las gorditas por Internet, tengo una gran colección guardada. Me excitan sobre manera que una mujer esté metida en carnes, sin pasarse claro, algunos kilos de más que aumenten un poco sus caderas y sus pechos y que sus mulos se junten para evitar lo que yo denomino el coño entre paréntesis de las delgadas.

Esa mañana me llevé además una gran sorpresa. Introduje la mano por debajo del pantalón del pijama de mi mujer, y noté una suavidad que antes no tenía, su pubis presentaba una carencia total de pelo.

– ¿Te has depilado? -pregunté. – ¿No te gusta? lo he hecho pensando en ti.

Sin pensarlo dos veces me abalancé sobre el conejo depilado que lucía mi mujer, para comérmelo saboreando cada rincón de su contorno. Lo notaba extraño, no sólo para la vista, era distinto de olor y de sabor, aunque lo disfruté con mucho gusto y tacto.

– ¿Cuando te lo has hecho? -pregunté. – Fui a una clínica de depilación con láser La idea de que aquello fuera perenne me inquietó un poco, luego pregunté como le depilaron el coño, mientras me lo comía nuevamente. – Fue una mujer, poco agraciada, así que no te hagas ilusiones -me dijo, conociendo mi afición a que me cuente unas historias para excitarme más. – Todo muy aséptico y frío.

– ¿No lo supervisó ningún médico? Pregunté mientras le frotaba el clítoris. – No, ya me hubiera gustado a mí que me lo hubiera visto un medico -y añadió – o que me lo hubiera comido como tú.

Esa mañana echamos uno de los polvos más extraordinarios de nuestra vida. La sensación de desnudez que tenía mi mujer, aún con ropa puesta, produjo un segundo despertar en su sexualidad y no había día en que no follásemos como conejos. Pero esta es otra historia y será digna de contar en otra ocasión.

El conflicto sentimental de mis cuñados no tenía visa de arreglo. Ella intentaba pedirle perdón pero él la rechazaba una y otra vez. Desde entonces no mantenían relaciones sexuales aunque de cara a la galería intentaron dejar ver que si rompían el matrimonio no era por ninguna infidelidad. Era un supuesto orgullo de hombre íntegro que mi cuñado pedía a su mujer. En aquella época yo descubrí cosas con mi mujer que me evitó pensar en mi cuñada y atenderla como ella se merecía. Hasta que un viernes por la noche.

Mi mujer tuvo reunión de la directiva de la empresa en la capital. Viajó por la mañana y después de una larga sesión volvió al anochecer, mareada por lo que se acostó temprano. Nuestra actividad sexual iban viento en popa, no pasaba nada si esa noche no follábamos, y para mí aún quedaba la distracción de la porno del Canal Plus.

Sonó el teléfono. Era mi cuñada que me pedía que la acompañase, que después de tres semanas sin comerse una rosca, le apetecía echar un polvo para relajar tensiones. Yo acepté, le di una simple excusa a mi mujer para salir, que creo que no llegó a escuchar y dijo soñolienta un simple “hasta luego”.

Dudoso, entré a la casa de mi cuñada, ella me recibió con un picardías negro que aumentaba su erotismo.

– Pasa -dijo- Mi marido está en su reunión quinielística y volverá tarde. De todos modos no me está haciendo ni caso.

Tenía que aprovechar ese momento. Dejé sobre un recipiente las llaves que llevaba en las manos y la abracé besándola como un poseso. ¡Que buena estaba la jodida! La levanté en brazos agarrándola por el culo, ella comenzó a desabrocharme la camisa con impaciencia, rompiéndome dos botones. Yo le quité el tanga negro, un diminuto trozo de tela suave que cubría simplemente un triangulito entre sus piernas. Me ensimismé mirando su pelo bien recortado y lo besé, pensando que echaba de menos algo de pelo en el coño de mi mujer. ¡¿Por qué diablos se lo habrá depilado?!

– ¿Qué piensas? – preguntó mi cuñada, al verme parado. – Nada que tienes un coño muy bonito.

Le abrí la raja con los dedos y mi lengua se dedicó a sacar todo el sabor al clítoris totalmente erecto. Mis dedos buscaron la cavidad rosácea que emergía llamativa entre sus inflamados labios para introducirse en ella iniciando un vibrante mete y saca que provocaban quejidos de placer en la ardiente mujer tan desatendida por su marido.

– Vente -dijo- quiero hacerlo en la cama.

Me senté a los pies de la cama y ella se colocó entre mis piernas de rodillas en el suelo para poder meterse de una tajada mi empinada polla en la boca. Me realizó una genial mamada, con grandes sorbetones que me dejaban un escalofrío por la espalda además de la saliva que resbalaba por el capullo y caía sobre los huevos empapándolos.

Mi cuñada prefirió que no me corriera en su boca, al fin y al cabo, la que estaba desatendida era ella. Se tumbó en la cama boca arriba con las piernas dobladas y por segunda vez esa noche le comí el chochito. Ella se acariciaba las tetas a la par que apretaba las piernas sobre mi cabeza con la intención de que yo no parara de relamer su jugosa almeja y dedicara toda mi atención a disfrutar de su esencia, mientras la hacía disfrutar como loca.

– ¡Puta! ¡Cabrón! -escuché decir a mi cuñado que se encontraba en la puerta del dormitorio.

Nuevamente nos cogió in fraganti. Intenté zafarme de las piernas de mi cuñada pero ella las apretó aún mas y agarrándome fuerte por los pelos mantuvo entre su coño mi dolorida cabeza.

– Tú sigues -dijo- en lo mejor no te vas a quitar otra vez. Y tú, – dijo a su marido- o aprendes a llegar a la hora de costumbre, o más de una noche te encontrarás con este panorama, al menos que decidas hacérmelo de una puñetera vez.

No lo escuché entrar con lo entusiasmado que estaba comiéndole el chocho a mi cuñada pero sí escuché como cogía las llaves y cerraba con estrépito la puerta. En principio no supe reaccionar, pero mi cuñada me animó a seguir hasta que se corrió manteniéndome la cabeza apretada con sus piernas. Luego, más tranquila, se aferró a mi sexo y lo engulló primeramente con la boca, para acabar sentándose sobre él, en una soberbia clavada.

Esta vez fue ella quien cabalgó sobré mi, soltando enormes gemidos que le desgarraban la garganta. Así se corrió dos veces antes que yo eyaculara dentro de su raja. Descansamos un momento, apenas me quedaban fuerzas para continuar y así se lo expliqué.

– Mastúrbame -me pidió.

Aquella hembra estaba bastante falta de sexo y yo dignamente intenté ofrecerle consuelo. Una vela sirvió de improvisado consolador. Yo me dedicaba a meter y sacar de su chocho el cilindro de cera y ella iba tomando diferentes posturas para que le entrara lo más hondo posible. Volvió a correrse en la misma posición que estaba cuando mi cuñado nos pilló la primera vez. Yo miraba desde atrás como se deslizaba entre sus labios vaginales la blanca vela. Una vez satisfecha, la besé tiernamente y me vestí para marcharme.

– ¿No has visto mis llaves? -pregunté, pensando en donde las habría dejado.

Ella se levantó y buscó conmigo, sin resultado. Al abrir la puerta, nos encontramos a mi cuñado sentado en el pasillo, esperando para entrar.

-¿Que haces ahí? -preguntó mi cuñada. – Estaba esperando a que saliera, me confundí de llaves – y diciendo esto lanzó mis llaves para que las cogiera.

Entró dando un beso a su mujer, abrazando su desnudez con ternura.

– Te quiero y no quiero perderte – Has visto como ya no te duelen -le contestó mi cuñada mientras le acariciaba la frente.

Me marché de allí, dejando a la pareja fundida en un interminable beso.

Entré a mi casa a oscura, haciendo el menor ruido posible. En esto los hombres somos unos expertos, no sé como no la apañamos que cuanto más silencio queremos conseguir más ruido hacemos. Yo tropecé con una silla que fue a parar al suelo.

– ¡Qué pronto has vuelto! – dijo mi mujer.

Me desnudé y me metí en la cama.

– ¿Estás despierta? – Sí. – ¿Te importa que no te folle esta noche? Estoy súper agotado -dije. – No me extraña, después del polvo que me has echado. Tenemos que hacerlo más veces en la más intensa oscuridad.

Me quedé perplejo, anonadado, y más cuando al encender la luz vi que aún rezumaba semen por su depilado conejo.

Víctor.

Si os ha gustado o queréis opinar de lo acontecido con mi mujer, se agradecerán vuestros comentarios.

Autor: Víctor

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Fiesta en el pueblo

Estábamos disfrutando como unas perras en celo y decidí darle más morbo a la situación y me encaminé hacia Vanesa, me agaché y le quité su pantaloncito y empecé a acariciarle el delicioso culito por encima de su tanguita blanco. Mi lengua recorría su culito e iba acercándose a su conejo húmedo, y más húmedo que se le iba a poner. Le aparté el tanga y empecé a lamer su agujerito trasero.

Hola mi nombre es María y os voy a relatar lo que me ocurrió este año en las fiestas de un pueblecito cercano al mío. Tengo 18 años y soy morena no muy alta, mido 1,55, tengo el pelo rizado y aunque no soy muy guapa, a los chicos les encanta la mirada de mis ojos verdes, y mis pechos, que son grandecitos y bien parados, con unos pezones duros y unas aureolas grandecitas. Pero sobre todo lo que más les gusta es mi culito, dicen que tengo un culito perfecto, aunque yo creo que no es así, pero bueno sin modestia la verdad es que es redondito y bien parado.

Lo que voy a contaros me sucedió el pasado agosto en un pueblo cercano al mío. Estábamos Vanesa y yo, tomando copas en la terraza del bar del pueblo, rodeadas de miradas de los lugareños, que no nos quitaban ojo de encima, sobre todo a María, que es una amiga que invité a pasar unos días en mi casita con mis padres en el pueblo. Vanesa es una chica muy guapa y simpática muy desinhibida y jovial, mide 1,75 pelirroja y unos ojos que quitan el sentido, junto con unos pechitos pequeños y un culito que deja adivinar las formas, lo que en conjunto hace que sea muy deseable por los hombres.

Estuvimos un par de horas charlando y tomando copas y el aburrimiento empezó a hacer mella, así que decidimos subirnos al coche e ir al pueblo de al lado que eran fiestas y que había, según decía la gente mucha marcha. Pagamos las consumiciones y nos fuimos. Llegamos sobre la 1 y nos dirigimos directamente al baile, que se organizaba en la plaza mayor, seguramente como en todos los pueblos. Pronto comprobamos que lo que nos habían dicho era cierto y que había un muy buen ambiente, mucha gente joven con ganas de fiesta y una buena orquesta. Nos dirigimos a la barra que estaba justo al otro lado de la entrada de la plaza. Cruzamos el baile y fuimos el centro de atención de muchos jóvenes que allí estaban bailando, no se si sería porque no nos conocían o porque íbamos bastante provocativas.

Vanesa llevaba un top ajustado que le marcaba sus lindos pechitos y un pantaloncito corto que enseñaba más de lo que tapaba y yo no era menos con mi blusa desabrochada que dejaba adivinar unos lindos pechitos y una minifalda que casi no me tapaba nada. Llegamos a la barra y nos pedimos dos copas, el camarero no nos quitaba ojo de encima estaba como embobado y nos recorría y desnudaba con su mirada de arriba abajo. Nos miramos y nos reímos, esto nos estaba empezando a gustar.

Cogimos nuestras copas y empezamos a bailar. La mayoría de las canciones eran para esto, pasodobles, tangos, cha-cha-chas y pronto un grupo de chicos nos rodeó. Nosotras al verlos nos juntamos más y bailábamos más agarradas, mientras oíamos sus típicos comentarios: Joder mira que están buenas, vaya culitos, jo como tienen que culear…etc. Esta fue la última canción antes del descanso. Cuando acabó todo el mundo se dirigió a las peñas, que es lo típico que se hace por esta zona, nosotras aprovechamos y nos tomamos otro par de copas en la barra y decidimos hacer lo mismo que la demás gente irnos de peñas.

Mientras recorríamos el pueblo comentamos lo que decía la gente de nosotras y la verdad es que nos excitó, y nos empezamos a reír, esta noche prometía, estábamos las dos en pie de guerra. Llegamos a las afueras del pueblo y vimos una peña en la que parecía haber gente, nos encaminamos a ella y entramos. Había una música de baile de fondo y 5 chicos sentados en unos sillones bebiendo y fumando.

– Hola buenas noches chicos, ¿nos ponéis una copa? Fue Vanesa la que se las pidió. Uno de los chicos, que no estaba nada mal se levantó y nos dijo: -Faltaría más guapas, todas las que queráis.

Nos pusieron unas copas y empezamos a bailar al son de la música, pronto 2 de ellos, el que nos había puesto las copas y otro más empezaron a bailar junto a nosotras. Mi amiga pronto se cogió a su acompañante y empezaron a bailar pegados, me miraba y se sonreía así que yo hice lo mismo y me agarré a mi pareja. Empezó a sonar una música lenta y yo me junté todo lo que pude, y le rodeé su cuello con mis brazos mientras él se agarraba a mi cintura. Esto me empezaba a gustar y empecé a sentir un calorcillo que me recorría todo mi cuerpo, el parece que lo notó y bajó sus manos a mi culo, y noté como me masajeaba mis cachetes ante la atenta mirada de sus colegas.

Acerqué mis labios a los suyos y nos dimos un beso de espanto, su lengua empezó a jugar con la mía, nuestras salivas se juntaron, buscaba cada recodo de mi boca con su lengua, yo estaba en la gloria. Metió sus manos bajo mi minifalda y les enseñó el culo a sus amigos, los cuales abrieron los ojos al ver semejante culo, libre de su primera capa que impedía su visión. Pronto subió una mano y me empezó a desabrochar la blusa, yo estaba excitada y no podía parar y empecé a quitarle la camiseta, la verdad es que no me importaba que hubiera más gente allí, estaba tan cachonda que me traía sin cuidado. Me miró y me dijo: -Creo que necesitas una buena dosis de polla y te la vamos a dar esta noche. Vas a acabar saciada.

Me tomó de la mano y nos dirigimos a una especie de reservado donde había un colchón en el suelo, donde supongo esta peña hacía sus orgías particulares. Entramos y vi a mi amiga que estaba con el chaval que bailaba, estaba con su pechos al aire y con la polla de su amigo en la boca. Me impresionó ver a Vanesa con ese pedazo de carne entrando y saliendo de su boca. La agarraba con las dos manos y recorría su capullo con la lengua dándole toquecitos en la puntita, lamiendo su agujerito. Su cara de satisfacción era genial, tenía el poder sobre su chico, con su cetro en la mano acariciando sus huevos, de vez en cuando pasaba su lengua desde los huevos hasta la punta, lo que arrancaba los gemidos del propietario de aquel cetro. Vanesa me miró y me dijo: está riquísima… menudo cucurucho.

El chaval me miró a mis tetitas y dijo: Tranquila putita que ya la probará después. Umm seguro que me encantará. Esta noche estaba siendo genial y una cosa era cierta que íbamos a tomar ración doble de polla. Mi acompañante me quitó la blusa y el sujetador mientras recorría mi cuello con su lengua haciéndome vibrar y que mis braguitas se pusieran mojadas, mucho más de lo que ya estaba. Me tumbó en la cama y me empezó a lamer todo el cuerpo, empezó por el cuello bajando suavemente por mis pechos, arrancándome gemidos de placer.

Estábamos disfrutando como unas perras en celo y decidí darle más morbo a la situación. Me deshice de mi apuesto galán y me encaminé hacia Vanesa, me agaché y le quité su pantaloncito y empecé a acariciarle el delicioso culito por encima de su tanguita blanco. Mi lengua recorría su culito e iba acercándose a su conejo húmedo, y más húmedo que se le iba a poner. Le aparté el tanga y empecé a lamer su agujerito trasero. Vanesa gemía de placer mientras comía la verga de su nuevo amigo, que estaba extasiado. Vanesa es muy hábil con su lengua y la mamada que le estaba dando debía de ser genial. Yo seguía con su culo, metiéndole mi lengua ensalivándolo y dilatándolo. Mi dedito entró sin ninguna oposición y esto hacía que ella mamara cada vez más rápido. Mi acompañante estaba masturbándose mirando la escena con unos ojos como platos. Cuando saqué mis dedos de su culo, su agujerito estaba dilatado y riquísimo, miré a mi chico y le dije: ¿Cielo te gusta este culito? Lo he dilatado para ti, vamos antes de que se cierre, fóllatelo.

Me obedeció sin rechistar y le metió su polla por el culo de mi amiga, que dio un gran gemido de placer cuando notó ese pedazo de tranca en su culo. Me acerqué a Vanesa y la miraba mientras mamaba la polla de su amigo. Sus ojos delataban gran excitación y me miraban como diciendo, que placer me están dando estos cabrones. Yo dije: Vanesa eres una acaparadora todo lo quieres para ti. Vamos María no te pongas celosa, y prueba esta verga me dijo. Abrí mi boca y me la metí hasta el fondo. El chico dio un grito de placer cuando me la tragué. Era una delicia, menuda polla más rica y encima con el gusto de la saliva de mi amiga. Cogí a mi chico y nos fundimos en un gran beso, mi lengua recorría su boca y empecé a lamer su cuerpo, sus pechos. El se dejaba hacer y gemía de vez en cuando. Era delicioso. El chaval era muy tímido, no decía nada no hacía nada simplemente se dejaba hacer. Esto a mi me excitaba muchísimo, era delicioso tener el control, me lo estaba follando.

Pronto mi culo se sentó en sus piernas y acerqué su rabo a mi rajita, que estaba húmeda. Me levanté y me dejé caer sobre su polla, dio un grito estaba en la gloria, empecé a coger el ritmo un mete saca que me estaba volviendo loca. Besaba sus pechos, su boca, su cara, estaba ida, una loca del sexo. Seguimos así un buen rato y cuando nuestros chicos estaban llegando al punto sin retorno nos separamos de ellos, nos miraron extrañados, diciendo, ¿cómo? ¿Así nos vais a dejar?, pero creo que les regalamos su mejor corrida. Nos acercamos las dos y nos empezamos a besar a comernos nuestras bocas mientras recorríamos nuestros cuerpos con las manos, la vista era genial, dos hembras imponentes dándose placer y dos machos mirando con sus pollas a punto de reventar.

Venga chicos es hora de que nos duchéis con vuestra leche. Se acercaron a nosotras que seguíamos besándonos como fieras y empezaron a contraerse y a sentir espasmos y nos ducharon con su rica leche que nos llegaba a intervalos como un surtidor. El semen resbalaba por nuestra cara y nuestro pelo y estábamos en la gloria. Cuando sentimos esa ducha nos acariciamos las dos nuestras rajas. Después de unos segundos llegábamos al orgasmo las dos juntas, gritamos mientras nos derrumbábamos en el colchón exhaustas de placer.

Autora: María – José

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Charo

Me tumbé en la cama y le pedí que se pusiera encima. Se movía arriba y abajo, cogí sus tetas y le pellizqué los pezones. Ella gemía y se movía cada vez más con los ojos cerrados mordiéndose el labio. Le pedí que me hiciera una cubana, y se inclinó sobre mí, cogió mi polla entre sus tetas y empezó a masajeármela…¡que gusto! En dos o tres meneos ya me había corrido sobre sus tetas.

Me llamo Antonio y os voy a contar una de mis experiencias más interesantes que me han sucedido sexualmente hablando. Por aquel entonces yo tenía 20 años y Charo tenía 50. Charo es la madre de Fran, mi mejor amigo. Mide sobre 1,60, está gordita, es morena y tiene unas tetas grandes y un buen culo. Yo iba mucho a su casa y tenía un trato con ella como si fuera mi madre ya que estaba allí muchas veces con Fran, además, es amiga de la familia.

Fran tiene una hermana de nuestra edad más o menos y yo andaba loco con ella, ya que estaba muy cachonda. Uno de los días que fui a su casa Charo me comentó que Fran y Susana, que así se llama la hermana, habían ido a unos recados, que si quería los esperara. Entonces le dije que subía y los esperaba jugando en el ordenador. Subí y lo que hice fue ver fotos porno en el ordenador de Fran. En fin, que pillé un calentón que no podía más. Fui a la habitación de Susana y busqué entre su ropa unas braguitas. Cogí unas negras de encaje y me las llevé. Volví a la habitación de Fran y delante del ordenador saqué la polla y me puse a meneármela a la salud de las chicas de las fotos. Estaba masturbándome, y acariciándome la polla con las braguitas, cuando de pronto se abrió la puerta y apareció Charo.

– Toni quieres tomar algo mientras espe…

Y se quedó muda en la puerta y yo pálido como una roca.

– Chiquillo, como estamos, a las cuatro de la tarde y ya dándole… anda, termina que yo bajo.

Me quedé helado con sus palabras. La verdad es que mi polla ya no estaba para acabar nada. No sabía que hacer, el corazón me latía a mil por hora, me temblaban las piernas, no podía decir palabra… Pasados unos segundos oí ruidos y escuché como Fran subía por las escaleras a toda velocidad.

– ¿Que pasa Toni?… ¡Joder! Vaya cara que tienes tío.- Pasa y cierra la puerta que te cuento. ¿No te dijo nada tu madre?- No, ¿por qué? ¿Qué tenía que decirme? Larga ya, anda… – Nada, que como no estaban subía al ordenata y… ¡que corte tío! Me pilló machacándomela.

Fran empezó a reírse.

– No jodas, ¿y que pasó? – Que iba pasar, nos quedamos cortados los dos. Imagínate me la estaba machacando con las bragas de tu hermana.

Entonces cogió las bragas que estaban a su lado y me preguntó:

– ¿Con las bragas de Susi? Que cabrón eres jodido…- Si tú ríete, pero yo no sé dónde meterme… – Pasa de todo, mi madre es muy liberal y no vio nada que no viera ya…tú olvídalo, como si no pasara nada.

Total que me fui como si no pasara nada pero no pude pegar ojo en varias noches. Yo, que ante Charo era tal formal, el ejemplo que le ponía a Fran y ahora…. A los pocos día fui a ver a Fran y me abrió la puerta su hermana. Le dije que subía y mientras subía rápidamente la escalera le oí decir:

– Cuidado con mancharme las bragas…

Me quedé casi clavado en el sitio, pero de pronto bajeé y le dije:

– ¿Cuidado con que?- Con mis bragas, que ya me contó mi madre que tienes la mano inquieta.

Subí para arriba colorado como un tomate y pensando en lo que tardó Charo en largarle a la hija lo de la paja. ¡Joder con las mujeres! Llegué arriba y le comenté el tema a Fran.

– Si nos lo dijo ayer comiendo. La verdad es que me reí un rato y a mi hermana no le gustó nada que usaras sus bragas.- ¿Y tu madre que dijo?- Que la tenías bonita…Jejejeje.- Anda ya… ¿Dijo eso? – Que si joder, no sé si en serio o en broma. Tú sabrás.

Cuando estábamos en plena charla llegó Charo y nos dijo:

– Fran, déjame hablar un momento con Toni.

Fran se fue y nos dejó a solas.

– Oye Toni, perdona por lo del otro día, yo sé que es normal a vuestra edad, pero me dijo Fran que estabas molesto. A mí no me pareció mal, son cosas vuestras, pero procura ser más discreto. – Yo soy quien lo siento. Perdona que hiciera eso, y cogiera las bragas de Susi, pero yo… no sé que me pasó.

– Venga déjalo ya. Yo lo olvido vale. Justo en ese momento se levantó y me dio un beso en los labios con un ligero roce y se despidió. En ese momento tenía la polla a punto de reventar. Charo que acababa de poner como una moto. Desde ese día empecé a ver a Charo con otros ojos. Tanto es así que siempre le pregunta a Fran cosas de su madre y él un día me dijo, medio en broma, si me gustaba su madre o que. Cada vez que iba a su casa me ponía enfermo y llegaba a mi casa y me mataba a pajas. Me fijaba más en ella que en su hija. Un día estaba viendo la tele con Fran cuando llegó de trabajar. Le pidió a Fran que le bajara unas bolsas del coche y las pusiera en la despensa. Se sentó en el sofá a mi lado y se descalzó los pies. Con solo ver sus piernas desde la rodilla a sus pies enfundados en las medias negra me puse como una moto. Empezó a charlar conmigo:

– Que, como lo llevas. Yo vengo muerta de trabajar, traigo las piernas hechas polvo de estar todo el día de pie.- Tienes que buscarte un masajista que te cuide las piernas…

Ella suelta una carcajada y se rió un buen rato.

– Si, era lo que yo necesitaba, que me trataran como una reina.

No se lo que pasó por mi cabeza pero tomé sus piernas y las llevé encima de las mías. Ella se giró para ponerlas encima de las mías. Yo, con suavidad, empecé a masajear las piernas hasta la rodilla, de arriba abajo, con cuidado, lentamente. Ella tenía los ojos cerrados. Me quedé un poco cortado cuando vi a Fran en la puerta observando. Me hizo gestos de que siguiera y se fue para arriba en silencio. Seguí masajeándole las piernas y empecé a subir por debajo de su falda. Tenía los muslos firmes y muy calientes. Entonces me armé de valor y le dije:

– Vamos a tu habitación y te doy un masaje.- ¡Tú estás loco! Si puedo ser tu madre…- Si, pero no lo eres y yo te deseo.- Estás loco, si nos ve Fran ¿Qué?- Ya nos vio, acaba de subir y no dijo nada. – Estoy loca pero…vamos a mi cuarto.

Yo estaba ya como una moto. Me cogió de la mano y me llevó a su cuarto. Cerró la puerta y allí de pie me besó. Nos estuvimos comiendo la lengua durante un rato pero se separó de mí:

– Esto es de locos, dejémoslo ahora que estamos a tiempo, antes de que sea demasiado tarde… – Charo, yo estoy soltero y tú divorciada, no estamos haciendo daño a nadie.- Si, pero y mis hijos… – Fran ya se lo imagina después de lo que vio y Susana no tiene por que saberlo. Yo te deseo, quiero que seas mía…por favor.

Se acercó a mí y seguimos besándonos. Levanté su falda y le clavé las manos en el culo. Lo tenía grande y firme. Era una gozada sentir el tacto de su piel y de sus bragas por encima. Empezó a desnudarme, enseguida me quitó la camiseta y dejó mi torso al descubierto. Empezó a acariciarme los pezones, y a lamerlos, me estaba poniendo a cien. De pronto sentí un placer increíble cuando me pellizcó los dos pezones a la vez. Le quité la camisa y ante mi aparecieron dos hermosos pechos. Tenía un sujetador negro que los mantenía comprimidos, tan grandes y hermosos.

Después de un ligero movimiento le saqué el cierre y le solté el sujetador dejando sus tetas al aire. Apenas se cayeron, eran grandes pero estaban firmes. Tenían unos pezones grandes y muy morenos. Lentamente empecé a lamerlos y a besarlos, chupándolos como un niño pequeño, no sabía lo que hacer con ellos, los sobaba, lamía… Nos desnudamos y nos tumbamos en la cama. Nos abrazamos y seguimos besándonos, notando como mi polla rozaba con los pelos de su conejo.

Charo se tumbó boca arriba y se abrió de piernas. Las cogí y llevándomelas a los hombros se la metí. tenía el chocho todo mojado, caliente y delicioso. Empecé a follarla lentamente ya que estaba a punto de correrme, pero a los dos o tres minutos ya no pude más y me corrí dentro de ella. Pero seguí metiéndosela pero que no se me aflojaba.

Me tumbé en la cama y le pedí que se pusiera encima. Madre mía que veían mis ojos… Se movía arriba y abajo, cogí sus tetas y le pellizqué los pezones. Ella gemía y se movía cada vez más con los ojos cerrados mordiéndose el labio. Le pedí que me hiciera una cubana, y se inclinó sobre mí, cogió mi polla entre sus tetas y empezó a masajeármela…¡que gusto! En dos o tres meneos ya me había corrido sobre sus tetas. Se acostó a mi lado y me cogió la mano.

– ¿Te gustó como lo hicimos?- Si, Tony, hacía tiempo que no follaba y me gustó mucho…pero es mejor que no se repita. – Bueno, eso ya lo veremos.

Desde ese día Fran y yo ya no nos llevamos como antes. Aunque no decía nada sobre el tema no le gustaba que me follara a su madre, aunque lo respetaba.

Después de nueve meses dejamos de vernos ya que Charo empezó a salir con un señor de su edad y yo hacía ya un par de meses que tonteaba con una niña.

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Autor: Antonio

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Mi primera vez

Por fin era una mujer, había follado, que bien me encontraba; sin embargo, lo malo de empezar es que deseas más, estaba súper excitada y me había dado cuenta que en el fondo soy tan puta como la que más, y deseo como cualquier otra una buena verga que me penetre. Después de aquellos tres días me convertí en toda una mujer y además adicta al sexo.

Me he decidido a escribir mi historia porque hace meses que vengo leyendo a diario esta página y me excitan muchos sus relatos. Esta historia es la de la pérdida de mi niñez, y el descubrimiento del sexo, aquello ocurrió cuando tenía 18 años. Me llamo Isa y en realidad soy una chica llamémosle caliente, pues desde hace unos años me vengo masturbando casi a diario, por las noches, y también utilizo consoladores. La verdad es que me moría de ganas de follar y aunque imaginaba que sería con un chico guapo y cachas, la realidad, a pesar de que fue diferente, no menos placentera. Permitirme que este relato lo divida en tres fases.

La primera empezó cuando el profesor de literatura  encargó hacer un trabajo en parejas y a mí me asignó a María, en realidad yo era lo que se puede llamar una “pija insatisfecha”, pues aunque había intentado mantener relaciones con compañeros de clase, novios,  la realidad es que el primero de ellos no se atrevió por el miedo al embarazo y  se corría fuera, en mi tripa, y el segundo aunque me penetraba, no conseguía que me excitara lo más mínimo, no sé si porque la tenía muy pequeña o porque se movía muy de prisa. Mi relación académica con María no fue mala, realizamos el trabajo y nos hicimos amigas; yo le comenté mis problemas y ella se rió, me dijo que ella follaba mucho sin salir de casa. Eso me dejó perpleja, así que una tarde en que estaba de buen humor le pregunté que cómo lo hacía y me contó la siguiente historia: “mi madre nos abandonó hace quince años, desde entonces yo me he ocupado de la casa, durante muchos años mi padre, después de trabajar por las tardes se emborrachaba y llevaba a casa en un estado lamentable, no creas, es un buen padre y de hecho muy consentidor y trabajador para sus hijos.

Yo cuando venía borracho lo metía en la cama y me acostaba a su lado, por si necesitaba algo; los días que venía sobrio cuando se acostaba oía moverse la cama, se estaba masturbando, después de un leve gemido todo quedaba en silencio.

Teniendo yo 18 años, un día que vino borracho, por pura curiosidad le dejé desnudo para acostarlo y empecé a acariciarle su miembro, aquel parecía que tenía vida propia, por cuanto empezó a ponerse dura, cuando vi el miembro tieso, en mi interior se despertó algo, mis senos se pusieron tiesos y mi coño se humedeció,  sentía en mi interior un deseo que no podía reprimir, así que me la metí  en la boca, chupé  su cabeza, luego recorrí toda ella con mi lengua, hasta los huevos, me la tragué toda.

Entonces mi padre empezó a moverse y su polla entraba y salía de mi boca rápidamente, mi excitación no tenía límites así que me  toqué el clítoris, estaba llegando al clímax cuando mi padre eyaculó dentro de  mi boca, llenándola de su semen que me tragué  con fruición, al tiempo que me introducía los dedos en la vagina y lograba llegar a un pequeño éxtasis.

Al día siguiente por la tarde, mi padre me llevó aparte y me preguntó porque había hecho aquello, yo en vez de contestarle, le abrí la bragueta, extraje su polla que ya estaba tiesa y sin decirle nada me senté  encima, metiéndola toda en mi coño, me movía lentamente notándola  dentro y cuando sentí que mi interior se despertaba le pedí que me estrujara, que me rompiera el coño, y me mordiera los pechos, ¡que placer me deba sentir sus manos sobre mí!, entonces ambos empezamos a  gemir, yo gritaba:

– Fóllame, soy tu hembra, venga lléname.

Cuando sentí que él se iba yo también llegué al orgasmo, Ooohhhhh, que placer, casi pierdo el sentido. Desde entonces follamos un par de veces a la semana, mi padre ya no bebe y yo no necesito buscar la polla fuera de casa, ¡como otras!

Aquella confesión, me dejó muy perpleja, así que llegado el verano María me invitó a ir a su casa y aunque éramos amigas yo seguía siendo una pija y ella una charlatana; sin embargo, me acordé de esta historia y la verdad me entró curiosidad saber si era cierta. El chalet en realidad no era más que una casa en medio del campo con un salón, dos habitaciones y un huerto, cuando llegué y mis padres me dejaron allí,  vi al padre de María, me sorprendió pues era un hombre bajito y gordito; después de pasar la tarde llegó la noche, una vez que habíamos terminado de cenar, yo me senté en el sofá  y a mi lado se puso el hermano de María, de 20 años;  cuando así estábamos María le dijo a su padre  que se preparara, él me miró y ella le contestó que no se preocupase que yo sabía todo; entonces él se bajó la bragueta y sacó su polla, yo no sabía dónde mirar.

María se acercó quitándose la ropa y quedándose desnuda, se montó encima de él y empezó  a moverse lentamente, al tiempo que se  fundían en un morreo bestial, las manos de él se clavaban en la espalda de ella, yo al principio no sabía si irme o qué, pero poco a poco viendo como se la follaba me fui excitando, aprovechándose de ello el hermano de María se bajó el bañador, sacándose su polla y bajándome las bragas empezó a acariciarme el clítoris,  yo estaba ya muy excitada por lo que no me importó que me llevara mi mano a su polla la que comencé a acariciar, sin dejar de ver y envidiar la follada que se estaban dando padre e hija, oyendo  sus gemidos y susurros: “Ohhhhh, ahhhhhh, Siiiiiiii, así dentroooooo”; yo estaba súper caliente, seguí masturbando a mi acompañante cuya polla había crecido.

Aquel viendo mi excitación me cogió la cara y me la metió toda en mí boca,  se la chupé con ganas, metiéndole la lengua, mojándole el capullo una y otra vez, luego la chupaba toda ella, él me tocaba el clítoris  primero despacio y después deprisa, noté que mi coño estaba ardiendo y me vino un fuerte espasmo, ¡menudo orgasmo! Le clavé los dientes a la polla cuando se corrió en mi boca llenándola de una leche espesa que me tragué, al tiempo que oía a mi amiga y a su padre gritar:

– Córrete ya, si, ssi, ssi, si, siiiiiiiiii, ah, ah, ahhh, y veía como él la estrujaba y le metía toda su verga  con gran violencia, al tiempo que ella se abrazaba con gran fuerza y se dejaba ir.

Terminado, nos quedamos los cuatro satisfechos, aunque a mí me hubiera gustado que me follaran toda, pero hoy el espectáculo había terminado.

II

Al día siguiente cuando me desperté, el padre de María estaba hablando con Juan, el cabrero, María me preguntó si me gustaría pasar unos días en el monte con él, es de confianza no te preocupes, yo fui el año pasado y es una experiencia de lo más relajante; aunque no me hacía mucha gracia pensé que quizá así me tranquilizaría pues no sabía si podría soportar otra noche como la anterior, sin ser bien follada.

El cabrero tendría unos 60 años, de aspecto hosco, yo me puse el bikini y encima y un pañuelo y una camiseta,  andamos todo el día, sólo paramos un par de veces para comer algún  bocado o para que el cabrero fumara, no me dirigió casi  palabra, más allá de preguntarme si estaba cansada;  cuando empezó a anochecer llegamos a una explanada con abundante hierba para las cabras y él se sentó apoyado en un  árbol y las piernas abiertas, estando así se bajó el pantalón y se sacó la polla, empezó a masturbarse, yo me quedé mirándolo y él se rió, me preguntó si me gustaba, entonces sin decir nada me cogió la mano y  la llevó a su miembro yo empecé a moverlo, en otras circunstancias le habría llamado guarro y me habría ido, pero después de lo ocurrido el día anterior,  como seguía excitadísima, y  tenía miedo allí sola con aquel, masturbé su verga moviendo mi mano por toda ella y bajando y subiendo su piel, en esta situación él me agarró de los hombros, venciéndome y  poniéndome a cuatro patas, comprendí lo que quería,  le comí la polla, chupándola.

No me dio asco que oliese mal y su suciedad, al contrario aquella polla estaba adquiriendo unas dimensiones impresionantes, me la sacaba, la lamía con mi lengua,  le tocaba sus huevos, me la metía toda entera; mientras yo me ocupaba de su miembro, el cabrero con su manos me quitó el sujetador  y me acarició las tetas, sus dedos eran ásperos  y más que acariciar me las estrujaba, susurré:

– Ahhhhhh como me gusta…

Me estaba poniendo húmeda, cuando él  me quitó la braga del bikini dejándome completamente desnuda, con sus dedos acarició mi sexo, cuando notó la humedad se rió:

– Vaya, vaya si eres una putita…

Entonces se levantó y me la metió de golpe, mi coño aunque no lo esperaba, llevaba tanto tiempo deseándolo que la dejó pasar y se aferró a ella, sus movimientos fueron al principio lentos me la metía toda y me la sacaba, ¡qué gusto!, a la tercera vez ya estaba rabiando de placer y gritándole: que quería su polla. Al mismo tiempo me iba abriendo con los dedos el esfínter, introduciéndome dos dedos en el  culo,  al principio me causó dolor, pero con la excitación aquel pasó a un segundo plano: que gusto; sin embargo como él no iba más de prisa no alcanzaba el clímax, estaba en una situación de goce permanente,  entonces cambió, su polla empezó a  moverse de prisa y a fondo, chillé:

– No puedo más, bbbbbuuuuffff.

Mi cara se puso roja mi coño estalló de calor, roto, mi cuerpo crujió y tembló como nunca:

– Que placerrrrrr.

Al tiempo él soltó todo su semen por la polla, llenándome el coño. Terminado la sacó y me la metió en el culo, como estaba empequeñecida no me hizo daño, allí la dejó un rato hasta que nos dormimos,  a la mañana siguiente seguía con su polla en mi culo, me dolía un poco, sin embargo no quería follarme por allí, así que nos levantamos y sin decir nada  bajamos  a casa de María.

III

Por fin era una mujer, había follado, que bien me encontraba; sin embargo, lo malo de empezar es que deseas más, así que cuando llegó la noche le pregunté a María si podría follarme a su padre, pero ella se negó dijo que era sólo suyo, pero que si tan necesitada estaba que me fuera al pueblo y buscara a los hermanos Gutiérrez. Por qué le hice caso, yo que era una chica recatada y pija, no lo sé, seguramente porque estaba súper excitada y me había dado cuenta que en el fondo soy tan puta como la que más, y deseo como cualquier otra una buena verga que me penetre. Bajé al pueblo, aquel en realidad sólo era una aldea con cuatro casas, una de ellas hacía de bar, entré al mismo había dos hombres de unos 50 años,  bebiendo,  uno de ellos era el camarero, le pedí una coca cola, y me preguntó quién  era y yo; le contesté  que era amiga de María la del Luis; ellos se presentaron como los hermanos Gutiérrez.

¡Vaya, vaya, me dije!, me invitaron a sentarme con ellos, yo me había puesto una falda vaquera y una camisa, sin sujetador ni bragas, la camisa permitía ver prácticamente mis tetas, a las que  aquellos dos no les quitaban los ojos, hablamos de cosas sin  sentido, además su vocabulario era bastante reducido.

Como la conversación decaía me senté encima de la barra abriendo un poco mis piernas, como por descuido, por lo que el que estaba sentado me vio hasta el coño, que por cierto lo tengo negro y peludo pues no me gusta depilarme, aquel fue el banderazo de salida ya que se levantó y sin decir nada se acerco a mí y me metió mano hasta el coño, empezó a masajearlo, se abalanzó sobre mis tetas, me quitó la camisa, al tiempo que me levantaba la falda, como lo hicieron no me acuerdo, pero me encontré desnuda, en el suelo con una polla metida en mi coño y un tío peludo y sudoroso encima de mí moviéndose y clavándome aquella larga verga hasta  lo más profundo, la excitación me empezó a subir primero como un calorcito en la cara, luego en mi coño reventando de calor, no podía más de gusto, que placer, grité y grité:

– ¡Fóllame! dame tu semen, inúndame.

Aquel hombre al oír esto me la introdujo con más fuerza golpeándome con sus huevos mi culo, estaba en el cielo solo gritaba:

– Así, sigue, rómpeme, rómpeme, soy tu puta, vengaaaaa, rómpeme.

Al tiempo que apretaba mi coño contra su cintura para sentir mejor su polla dentro de mí, sus empujes eran muy violentos, pero yo seguía provocándolo:

– Más, más, que me voy, venga clávamela, ahhhhhhhhhhh.

El orgasmo llegó en cuando noté que el semen de aquel macho inundaba mi conejo, le clavé mis uñas en su espalda, apreté mis nalgas contra él al tiempo que decía: que placerrrrr. Me quedé tumbada, estaba exhausta, cuando el otro hermano que se estaba masturbando, al ver que había terminado tomó su lugar, yo estaba aún extasiada cuando se  abalanzó sobre mí, me levantó las  piernas y me la metió por el culo:

– ¡Que dolor! grité; sin embargo, él no paró, me introdujo aquella monstruosidad de verga de golpe, chillé: – No, no, nooooooo; pero el bestia no paraba, al contrario iba a más, al tiempo empezó a meterme los dedos en mi coño hasta introducir casi toda su sucia mano: – ¡Que dolor! chillé; pero, no  importaban mis gritos al revés le excitaban más, su mano hurgaba dentro de mi sexo, su otra mano estrujaba mis tetas, sin embargo, me sorprendí al darme cuenta que me estaba excitando a pesar del dolor, la polla se movía en mi culo  que debía estar súper dilatado, yo empecé a notar que me iba, como podía ser, me gustaba el dolor ¿acaso?, no lo sé, pero: – Ahhhhhhhhh, grité; él me chupó la cara y siguió con más fuerza, le grité:

– Rómpeme el culo vengaaaaa, acaríciame el coño; le escupí yo a él.

Me agarró la cara y empezó a  morrearme,  su boca olía a  tabaco, pero su lengua me entraba toda entera hasta la garganta, al tiempo que su polla se me introducía dentro del culo más y más:

– Penétrame toda, másssssss.

Él cada vez me follaba más violentamente, aunque ya había sacado su mano de mi coño me estrujaba las tetas, me cogía de la cintura con fuerza, su sudor me caía encima, el placer me llenó el coño, el culo me reventó, el calor me salía por todos los poros, no pude más que gritar:

– Que bieeeeeeeen, por favor que no termineeeeeee.

Al tiempo que descargó en mi culo todo su semen, estuvo tirando y tirando semen que me corrió por las piernas. Cuando salió me quedé muerta en el suelo, me dolían todos los agujeros, las tetas, la boca, pero era muy dichosa, aquella noche comprendí que el dolor en ciertos sitios es el preludio del placer.

Después de aquellos tres días me convertí en toda una mujer y además adicta al sexo, desde entonces he follado con mucha gente, pero las primeras veces nunca las podré olvidar y aún busco a alguien que me haga sentir como entonces.

Autora: Isabel

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Mucha leche para mi mamá

Yo estaba en pleno éxtasis y entregado como un cordero, y ella comentó: No podía permitir que me dejaras, en ese instante se montó encima, se introdujo la polla y empezó a cabalgarme, las tetas enormes se bamboleaban de un lado a otro y me las metía en la boca, al mismo tiempo que ella misma se las sobaba hasta que yo empecé a sobárselas, a cogerla por el culo y sobárselo bien.

Me acababa de separar, con 35 años tenía que reiniciar una nueva vida y al quedarme sin casa opté por solicitar a la empresa que me destinara de nuevo en Gran Canaria.  Yo nací allí y por motivos de trabajo había vivido los últimos 15 años en Málaga, donde me había casado y tenido dos hijos, pero había llegado el momento de volver, a pesar de que la separación había sido muy amistosa y de mutuo acuerdo. La empresa aceptó mi petición e inicialmente me fui a vivir a casa de mamá mientras encontraba algo que me gustara y para disminuir gastos. Mamá aceptó bien la situación, ella vivía sola desde la muerte de papá, ya hacía 6 años. Ella tenía por aquel entonces 58 años y vivía de una pequeña pensión que le había quedado y no le venía mal el compartir gastos. Por mi parte, si bien tenía que pasar una pensión a mis hijos, mi trabajo me daba cierta holgura y económicamente no me iba mal.

Iban pasando los meses y la verdad es que noté un gran cambio en el ritmo de la casa desde mi llegada, se notaba que había más dinero y mamá incluso llevaba un ritmo de vida superior, ella misma lo reconocía, salía más con las amigas, se compraba más ropa, iba de vez en cuando al bingo, etc, cosas que no podía hacer antes y la verdad es que se le veía bastante más contenta.

Ya llevaba casi seis meses viviendo en Las Palmas cuando conocí a Pilar, una mujer de cuarenta años, separada, muy bien plantada, vamos, que estaba muy buena. Pilar era una mujer de estatura media, con un culo espectacular y unas tetas de las que quitan el sentido. Como es lógico, empecé a salir más y se la presenté a mamá. Aparentemente le había caído muy bien e incluso se hicieron amigas e iban de compras juntas de vez en cuando. Yo seguía con mi rutina de trabajo y luego veía a Pilar casi a diario y en alguna ocasión me la llevaba a casa para follar con ella ya que en su casa era imposible por sus hijas y ya no éramos tan jóvenes como para hacerlo en el coche. A mi parecía la situación más normal del mundo.

Un día al llegar a casa por la tarde encontré a mamá un poco rara, enfadada quizás. Le pregunté y me dijo que no le pasaba nada, pero yo sabía que algo ocurría. Me duché y me disponía a salir cuando ella se acercó y me dijo que si podía hablar conmigo. Como es lógico le dije que si. Nos sentamos en el sofá y ella no sabía como empezar, hasta que se arrancó y me dijo: Yo no puedo continuar así. La verdad es que no le entendía a que se refería, entonces ella continuó  Eduardo, desde que estás saliendo con Pilar, me haces menos caso, además estás aportando menos dinero en casa y por si fuera poco…, de vez en cuando tengo que soportar el que te la traigas a casa a hacer el amor.

Yo me quedé perplejo, y me pareció un comentario muy egoísta, me quedé callado unos segundos pero le tuve que contestar  Mira mamá, Yo soy un hombre y como es lógico necesito estar con una mujer y tener sexo con ella, por lo que respecta al dinero, sigues viviendo muy bien, mejor que antes de yo llegar, y si te hago caso, pero como comprenderás, también tengo que compartir mi tiempo. Ella, rompió a llorar y dijo:  Tengo tanto miedo de que te vuelvas a ir. A esto yo le contesté, Mamá,  es ley de vida y lo tienes que entender. Me levanté un poco enfadado y me fui.

Apenas estuve una hora y media fuera, era jueves y al día siguiente había que trabajar. Al llegar a casa me fui directo a mi habitación y ni tan siquiera pasé por la de mamá a darle las buenas noches. Me acosté y como siempre dejé la puerta entornada. Seguía viendo algo de luz en el pasillo. No podía dormirme y de repente se abrió la puerta, era mamá. Se acercó y se sentó en el borde de la cama y me dijo.  Perdona hijo por lo de esta tarde,  pero es que te quiero tanto y no quiero perderte, desde que has vuelto ha cambiado tanto mi vida y cuando no estás conmigo te echo tanto de menos. Se levantó, se dirigió hacia la puerta y desde ella me dio las buenas noches, se quedó mirándome unos segundos y luego entornó la puerta.

Yo me quedé embobado, mirando a la puerta, no por lo que me acababa de decir, que en ese momento no le encontré su verdadero significado, sino porque mi madre llevaba una camisón muy transparente, no llevaba sujetador y le había visto por completo sus tetas, que eran enormes, bien formadas, con una areola muy grande y oscura. Por si fuera poco con el trasluz en la puerta había visto que llevaba un tanga pequeñísimo y al girarse le había visto el culo, también muy bien formado para su edad. Realmente me sorprendía que mi madre fuese tan moderna, o quizás yo no me había fijado, pero por mucho que intentaba recordar nunca la había visto así.

A la mañana siguiente me sorprendí porque ya estaba levantada, había hecho el desayuno y aun seguía con su camisón transparente. La verdad es que intentaba evitarlo pero cuanto más lo intentaba más miraba sus tetas y cuando se levantaba no podía dejar de mirarle el culo y el pubis, con aquella braguita que apenas le tapaba y dejaba ver su vello, por cierto muy abundante y  oscuro. Evidentemente ella se dio cuenta de que la miraba pero aparentemente no le importaba. Yo estaba muy perturbado, incluso avergonzado por mi actitud de mirar y encima estaba empalmado como un burro. Cuando acabé de tomarme el café con leche me levanté y llevaba un paquete considerable. Pude ver como mi madre me lo miró, lo cual me avergonzó aún más y me fui poco menos que a la carrera.

Ese día decidí no volver a la comida, no podía quitarme de la cabeza las tetas, el tanga, el pelo negro en el pubis, y todo aquello me tenía desorientado y sobre todo avergonzado. Esa noche volví tarde y decidí, contrariamente a lo que era habitual, no salir con Pilar. Era viernes, me tomé unas cervezas y volví a casa sobre las once de la noche. Al llegar a casa no había nadie, mamá estaba seguramente en el bingo con las amigas, como solía hacer todos los viernes. Me fui a la cama directamente, incluso sin ducharme, que siempre lo hacía.

Me dormí casi de inmediato y serían aproximadamente las dos de la madrugada cuando algo sobresaltado me desperté pues mi madre entró en la habitación y tocándome en el hombro me dijo  ¿No has salido hoy?, si llego a saber que no sales me hubiera quedado en casa para estar contigo.., Yo medio dormido y deslumbrado por la luz del pasillo, le contesté: No pasa nada, está bien que hayas salido, tienes que divertirte, a lo que ella replicó No, de aquí en adelante mi única misión es cuidar de ti y que estés bien.  Ya por ese tiempo se me había aclarado la vista y volvía ver mejor.

Mamá se había cambiado y volvía a tener un camisón, aunque diferente, más oscuro pero igual de transparente, con encajes en los bordes. Me dio un beso y se levantó. Al llegar a la puerta me miró y me dijo Por cierto, te gusta este camisón, me lo he comprado hoy, es muy bonito verdad. Mientras decía esto se daba vuelta sobre si misma para enseñármelo mejor.  La verdad es que era espectacular, pero yo sólo podía ver lo que estaba debajo del camisón, esta vez no llevaba ni el tanga puesto.

Estaba avergonzado pero no pude evitar el tener que hacerme una paja y creo que por primera vez empecé a pensar en mi madre como una mujer. Además aquella situación me generaba una especie de morbo y en la semana siguiente se convirtió en una especie de adicción, estaba deseando llegar a casa, para luego ver a mamá con sus camisones, igual que en los desayunos. Dejé de salir con Pilar, le di la excusa de que no me encontraba muy bien y en toda la semana no salí.  Mamá estaba muy contenta y me atendía de una forma muy especial, estaba muy cariñosa conmigo, me acariciaba el cuello, veíamos la televisión juntos y ella apoyaba su cabeza, incluso me abrazaba mientras estábamos allí sentados…Ella tampoco salió en toda la semana.

La siguiente semana llevaba el mismo camino pero había una un matiz diferente y era que llevaba diez días sin sexo, lo cual para mi era mucho tiempo. Estaba francamente cargado y aunque me estaba haciendo pajas no me aliviaban lo suficiente. Quedé con Pilar pero con la mala suerte que se puso mala, y además de verdad. El sábado estaba ya como loco, empalmado todo el día. Salí para tranquilizarme, pero al volver a casa, todo volvía a ser igual y mamá no paraba de ser cariñosa conmigo y aunque llevaba ropa normal, no podía dejar de mirarla, era una auténtica obsesión.

Decidí hablar con mamá, explicarle lo que sucedía, y pedirle que dejase de usar sus camisones, que aunque me diese vergüenza me ponían a 150. El problema es que no encontraba el momento adecuado y llegó de nuevo la noche. Cuando mamá vino como siempre a darme las buenas noches, aproveché el momento y se lo dije. Ella al decírselo se quedó parada, mirándome, con una ligera sonrisa en los labios. Me pasó la mano por la frente y me dijo: Vale, voy a dejar de usar esta ropa, para que lo dejes de pasar mal, pero entre madre e hijo no tiene porque haber tapujos. Se levantó, se quedó unos instantes como pensativa, pensé que se iba a ir, pero insistió” Haré lo que me pides. En ese momento se abrió el camisón y lo dejó caer, se quedó totalmente desnuda ante mí, mirándome. Me volvió a decir ¿No es esto lo que me has pedido, que deje de usar el camisón?, se sentó desnuda a mi lado, levantó la sábana y se metió conmigo en la cama. Yo estaba paralizado y solo puede decir Mamá, mamá…

De la sorpresa hasta se me había arrugado la polla, pero mi madre empezó casi de inmediato a pasarme la mano, primero por encima y luego ya la metió dentro del calzoncillo y empezó a darme caña en la polla. Yo estaba en pleno éxtasis y entregado como un cordero, y ella comentó: No podía permitir que me dejaras, tú eres para mi, aquí en casa vas a tener todo lo que necesitas.  En ese instante se montó encima, se introdujo la polla y empezó a cabalgarme. Estábamos los dos como locos, las tetas enormes se bamboleaban de un lado a otro y me las metía en la boca, al mismo tiempo que ella misma se las sobaba hasta que yo empecé a sobárselas, a cogerla por el culo y sobárselo bien.

Me puse encima y la empecé a bombear sin piedad, ya no había madre e hijo, sino que tenía debajo a un pedazo de hembra y no la iba a dejar escapar, la sujeté por el culo y la empitoné con fuerza. Así estuvimos bastante rato, yo soy un poco lento, hasta que ella explotó. Sólo con ver la cara de gusto que tenía ya no pude evitar correrme y soltarle un buen chingazo de leche en el conejo. Me puse de rodillas en la cama, ella se incorporó y empezó a limpiarme bien la polla, acariciándome los huevos, me hacía tan bien la mamada que apenas en un minuto volví a descargar con un orgasmo que para mi no tenía precedentes, jamás me había corrido dos veces casi consecutivas. Me quedé agotado, hacía mucho, mucho tiempo que no descargaba de esa manera, incluso diría que ha sido el mejor polvo de mi vida.

Nos quedamos dormidos, pero de madrugada me volvió a despertar y me dijo. Venga que yo necesito más palo y tú tienes que levantarte bien seco de los huevos para que no vuelvas a estar con Pilar, ni otra mujer. No dije nada y me puse a la faena.

Desde ese día, hace tres años, somos pareja en todos los sentidos, mi madre es una amante excepcional, siempre está dispuesta a follar, a descubrir nuevas cosas, nuevas posturas, nuevas sensaciones. Queréis que os diga algo: le voy a seguir dando caña mientras el cuerpo le aguante y me aguante a mi.

La verdad es que me ha cambiado la vida este hecho, que jamás pensé que me podía suceder a mi y os aseguro es totalmente real. Os aconsejo una cosa, si estáis en disposición de follar a vuestra madre, o siendo madre a vuestro hijo, mientras que sea de mutuo acuerdo y mayor de edad, no os lo planteéis, que la vida son tres días, y dos los perdemos en tonterías.

Autor: Edufarla

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Mi amiga la dentista

Estuvimos un buen rato dándole hasta que ella me avisó que iba a tener un orgasmo que continuase igual. Me cogió la mano derecha y me lo acercó a su chochito. Yo busqué su clítoris pero ella quiso que bajara un poco más lo que interpreté que quería un dedo por la vagina. En ese momento de doble penetración noté un calor en la palma de mano…Perdóname, pero me estoy meando de gusto.

Esta semana me dolió la muela de juicio y recordé que mi dentista me aconsejó quitármela. Pero como a todos, no es un tema nos entusiasme mucho lo fui posponiendo. La dentista  en cuestión  es amiga de mi mujer y mía, y además de ser un encanto de mujer,  está buenísima.

La cosa es que me presenté en la consulta para que me mirase la muela. Me dijo que debía sacármela pero mejor otro día. Me dio las instrucciones para ese día y cuando le dije que me cobrara, pues ya no me cubría la mutua, se negó. Yo le insistí pero ella no cedió. Yo bromeando le dije que entonces debería pagarle en especies. No sé, te cambio alguna bombilla, te pinto la casa, te hago un masaje, – Ummm, no sé, no sé, eso estaría bien, si no fuera porque a tu mujer no le gustaría. Me dijo. -Si, si, además ya le hace poca gracia que venga solo. -¿Por qué..? – ..Mira, cosas de ella.

La verdad es que cuando íbamos los dos, siempre hablaba conmigo más que con ella. A veces llegaba el punto que parecía que flirteábamos. Yo me puse un poco nervioso, pues soy muy tímido y quise cambiar de tema. Le pregunté por su hermana que se casó el año pasado y recordé la fiesta que hicimos en su casa para despedir la soltería de su hermana. Estuvo muy divertida, además tuvo su punto picante, le dije. Me sorprendió mucho que en los juegos que preparaste siempre sacaras temas de tangas, posturas y chochitos depilados. No me imaginaba que fueras tan picante. Ella se rió y me dijo que un poco. Que suerte, yo también lo soy pero mi mujer no me sigue. La verdad es que yo había fantaseado mucho con ella y tenía mucha curiosidad por saber hasta dónde podría llegar con el tema sin que se molestara. Así que me lancé. -Paula, ¿te puedo hacer una pregunta? –  Si claro – ¿Tú, como lo llevas? – ¿Qué?, me dijo con cara de espanto. -Ya sé que es muy atrevido, pero llevo tiempo preguntando me como lo llevas, si depilado totalmente o te dejas algo de vello…

Ella todavía colorada de la vergüenza, me confesó que lo tenía sin un solo pelito. – Que suerte debe tener tu chico. – Bueno, no tengo en estos momentos. – Pues que coqueta  que eres entonces. Yo todavía no he podido convencer a mi mujer para que se lo haga y mira que me hace mucha ilusión. Pero creo que excepto en pelis o por internet, no voy a tener la oportunidad de ver uno así. – Seguro que si que la tienes, me dijo queriéndome consolar.

– Sabes, de vez en cuando a mí también me gusta arreglarme esa zona. – Ella se rió en parte por la conversación surrealista entre una dentista y su paciente. -Paula, puede que me mandes al carajo, pero me encantaría que me lo enseñarás – le solté así, de golpe. – Pero tú estás loco, y si se entera tú mujer, nos metemos en un lío tremendo. – Tienes razón, pero yo no se lo diría a nadie, si tú no lo haces no habrá ningún problema, en la consulta no hay nadie, con no abrir y no coger el teléfono nadie molestaría. Ni hablar, me soltó. – Mira, te encuentro muy atractiva, y puede que sea la única oportunidad para ver una rajita así. Además, solo será mirar, y si quieres te bajas los pantalones y sin quitarte las braguitas te bajas la goma  y así me lo muestras. -Mira Javi, es una locura pero te lo voy a enseñar un momento para que te quedes tranquilo. Pasa nuevamente a la consulta que voy a cerrar la puerta no vayamos a tener un susto.

Me fui hacia dentro. Mi corazón iba a mil. Entró detrás de mí se desabrochó la bata blanca, se bajó los pantalones y me recordó que solo mirar. Bajó la goma de la braguita justo hasta donde empezaba su rajita, y la volvió a subir. Yo apenas pude verla. – ¡Ya esta! Dijo. – Por favor Paula, sabes que apenas he podido ver nada. – Perdona, estoy muy nerviosa y un poco excitada.

– Venga relájate, no pasa nada.- Esta vez se bajó un poco más, y yo le ayudé cogiéndole de las manos para que las braguitas, que eran rosas, pequeñas y muy sencillas, bajaran por debajo de sus muslos. -Es un chochito precioso. ¿Quien lo disfrutará?, dije.- ¿Es qué no lo estás disfrutando?, me preguntó. – Sí, pero me refería a algo más, ya sabes. – Pues venga, dejémoslo ya que te vas a poner muy malo. – Espera, espera, le supliqué. Ya que estamos en este punto déjame pasar un par de dedos por tu pubis y tus labios para sentir lo suavecito que se ve. – Te estás pasando, quedamos que solo mirar. – Sí, tienes razón, pero tampoco es tan grave…  pero si te vas a sentir mal lo dejamos pero si tú también lo deseas  déjame tocarte. – Está bien, pero nos estamos pasando.

Yo no contesté, simplemente deslicé la punta de mis dedos por su inexistente triángulo púbico. En ese momento mi miembro que estaba bastante hinchado se puso como una piedra hasta el punto de estar incómodo. Seguí acariciándola y sin perder el contacto fui a buscar sus labios. Ahí noté que ella ya no dijo nada y se dejaba hacer. No sabía si pasar un dedo por la rajita para no romper aquel momento. Lo que sí hice fue inclinar mi cabeza hacia adelante y aproximarme un poco al juguetito. En ese momento yo estaba sentado en el asiento del paciente y ella de pie justo en frente. -¿Qué haces me preguntó?  -Quería saber cómo es tu aroma. -Pues a que quieres que huela… además con lo caliente que está… Justo en ese momento se quedó callada, roja como un tomate pues reconocía que estaba disfrutando también con aquella situación.

Le cogí de las manos, se las besé y le dije, -Mira Paula, yo estoy disfrutando mucho y me gustaría que tú estuvieras disfrutando igual que yo. -Si yo también lo estoy pasando bien, me contestó. -Pues mirá, para acabar si no te importa me acercaré para olerte el conejito y  te daré unos besitos de despedida. Ella no dijo nada por lo que entendí que aceptaba. Así lo hice. Mientras disfrutaba de su olor le di el primer besito  y fui dando un rodeo hasta poner mis labios en la rajita. Entonces noté como ella ponía sus manos en mi pelo y me acariciaba la cabeza despeinándome. Eso lo entendí como una rendición y aproveché para sacar mi lengua y repasar el interior de su coñito de abajo hacia arriba. Al no esperarlo, como un acto reflejo, hizo que se separara de mí y que sus rodillas se doblasen al sentir la punta de mi lengua contactar con su clítoris.

-¿Qué haces? me dijo con un tono rozando el enfado. -Perdona Paula, siento haber abusado de la confianza,  pero he disfrutado con la vista, el tacto y el olfato, y si te hubiese pedido permiso no sé si me hubieses dejado. -Pues igual sí, me dijo bastante enfadada, pero ahora no. No te conformas con nada. Recuerda que todo empezó con vérmelo y mira a donde hemos llegado.

Paula, era unos siete menor que yo pero en ese momento parecía al revés. -Además ya veo por dónde vas, después de saborear mi conejo faltará el quinto sentido, el oído. ¿Este como lo experimentarás? -Muy fácil, le dije, si me dejas comerte el coño y consigo que goces me será suficiente con oír como gimes. -Eres un cabrón, me has embaucado poco a poco. -Pero no me digas que lo estás pasando mal, pregunté. – Mira, estoy tan caliente que espero  que no me dejes así ahora, así que  comételo y no pares hasta que te lo diga o caiga muerta.  Le hice quitarse toda la ropa y se puso nuevamente la bata blanca pero desabrochada. Se tumbó en el sillón y yo en su butaca con ruedas y nos intercambiamos los papeles. Yo sería el médico y ella la paciente. Se tumbó, se abrió de piernas todo lo que pudo y empecé a trabajárselo todo lo bien que supe.  Primero gemía y yo estaba que iba a reventar. Quise meterle un dedo pero me lo impidió.

Cuando llevaba un buen rato, y esperaba que se corriese en cualquier momento una alarma sonó a mi lado. Era el móvil de Paula en el bolsillo de su bata, una llamada. Le dije que no lo cogiera. Pero miró, era su hermana. Después le llamo. Yo cambié de opinión, cógeselo, que es muy morboso que hables mientras te lo estoy comiendo. Me dijo que parase un poco y descolgó. Yo no puede parar y mientras que hablaban de tonterías yo volví a la faena. Conseguí que se le escapase un pequeño gemido y tuvo que mentir. Dijo que estaba abriendo un video muy gracioso por internet y se le escapó la risa. Seguidamente me lanzó una mirada basilística y que hizo recapacitar y no seguir jugándomela. Entonces aproveché para sacarme mi pieza y para seguir con la broma y tentar a la suerte di la vuelta y le puse mi tronquito cerca de la boca para ver que hacía.

Lo agarró y para mi sorpresa mientras que su hermana hablaba ella me lo lamía y se lo metía en la boca sin acabar de cerrarla simulando una mamada. Al poco se despidieron y eso evitó que me corriese. – Cariño, esto hay que acabarlo ya, otro día hacemos más cositas. Yo me quedé blanco. No contaba con repetirlo. – Ahora sí que quiero que me metas dos deditos mientras me chupas la pepita. Así lo hice, me pedía más fuerte y más rápido y en dos minutos noté como sus piernas en alto dieron un espasmo y temblaron. – Estoy destrozada, no había experimentado nunca nada igual. Yo estaba muy satisfecho acariciando mi tranca. – ¿Y ahora que quieres?, me preguntó. – Que no seas tú quien me dejes a medias. – Si quieres voy a por un condón a la farmacia de enfrente. – No, no quiero que salgas todavía. – Pues, no sé Paula, chúpamela hazme una paja, lo que quieras, pero me hagas salir empalmado. Ella echó una risita y me dijo, – Tranquilo tonto, mi rajita está tan agradecida que vas a poder correrte dentro de ella. No te preocupes porque estoy tomando pastillas para un problema con la piel. Se levantó de la camilla, y se dirigió a mí y me propinó un morreo espectacular.

Se dio la vuelta, apoyó una rodilla sobre la camilla se subió la bata e inclinándose hacia adelante con el culo en pompa me dijo. – Ahora me vas a follar salvajemente. – Tranquila que con esta posición no aguanto mucho. – Lo sé me dijo ella con un tono de superioridad. Se la clavé y empecé a bombear despacio. Era espectacular la visión del agujerito de su culito. Le pregunté que si se lo habían estrenado. Mi contestó que solo una vez y que le  gustó pero el tío la tenía muy gorda y vio las estrellas. – Ahora ya pasado tiempo y tengo ganas de probarlo otra vez si puede ser con una no tan grande, así como la tuya. Te gustaría. – Nunca lo he hecho y me volvería loco. – Vale, pero si no te importa lo haremos en mi casa, en la cama que es más cómodo. – Cómo quieras.

Por segunda vez daba a entender que esto lo repetiríamos y yo no lo tenía tan claro. – Venga- me dijo- dejémonos de palabrerías y fóllame fuerte, como una perra, hazme daño. Entre las palabras, los gemidos que empezaban a ser gritos, la postura, y el rato de que llevábamos no pude aguantar más de cinco minutos. Rápidamente me dio otro beso, me obligó a vestirme deprisa y me echó de la consulta mientras que ella medio desnuda con mi semen resbalando por sus piernas me decía que me esperaba mañana para sacarme la muela.

Ya en la puerta, antes de abrirla para salir nos volvimos a dar un beso de campeonato. Mis manos recorrían todo su cuerpo y se recreaban en sus pequeños senos y en el culito que un día sería mío. En ese momento sonó un móvil. Era el mío, mi mujer que llegaría tarde. Me ofrecí para ir a buscarla. Totalmente confundido no relacionaba la maldad que acababa de cometer con mi ofrecimiento.

Ella me dijo que sí, pero que más tarde, que ya me avisaría. Mientras Paula aprovechó la oportunidad para devolverme la jugada que le había hecho antes mientras hablaba con su hermana. Se levantó la bata y acercó su trasero a mi bragueta y comenzó a hacer movimientos sensuales en círculo. Pasé mi mano libre por su vientre y fui bajando hasta dar con el inicio de la rajita.

Por un momento había olvidado la depilación y eso me hizo reaccionar con otro intento de erección. Mientras mi mano aplicaba un masaje a aquel conejo insaciable mi mente no sabía como cortar con la conversación telefónica que hacía rato que había perdido el hilo. Cuando colgué le recriminé que había sido muy mala. – Te lo debía, me dijo riéndose.  – Ah, por un momento pensé que querías adelantar tu sesión de sexo anal. – Si no fuera porque mis piernas no pueden y que seguro que tú tampoco…

– Oye, ¿quien ha dicho que yo no puedo? Además, cuando lo tengas dilatado yo ya me habré recuperado. Se lanzó a mi cuello y nuevamente me besó metiendo su lengua hasta la campanilla de mi garganta. – Vamos para adentro que en el botiquín tengo una cremita que servirá de lubricante, me ordenó.

La Paula que ahora se paseaba desnuda por la consulta no era la misma que una hora antes me había revisado la muela. Aprovechaba cualquier oportunidad para besarme. Me pidió que me quitara toda la ropa y mirándome con cara de niña caprichosa me pidió un último deseo:

– Quiero que me beses el culito. – ¡Que! – Quiero que me pases la lengua y me des gustito – Lo siento pero no veo capaz. –Pero yo sí que quiero.  Tranquilo me he pasado una toallita húmeda, lo tienes limpito para ti.

No tuve otra opción y rápidamente yo también empecé a disfrutar de aquello hasta el punto que se me puso nuevamente la poya como una piedra. Después le metí un dedo y después dos tal y como ella me dirigía para finalmente avisarme que se acabaron los juegos y que quería empezar la guerra. Estábamos de pie apoyados en un pequeño mostrador llenos de instrumental y medicamentos. Estuvimos un buen rato dándole hasta que ella me avisó que iba a tener un orgasmo que continuase igual. Me cogió la mano derecha y me lo acercó a su chochito. Yo busqué su clítoris pero ella quiso que bajara un poco más lo que interpreté que quería un dedo por la vagina. En ese momento de doble penetración noté un calor en la palma de mano.

– Perdóname, pero me estoy meando de gusto. Soy una guarra, perdóname. – Cariño, no te preocupes, le dije para consolarla mientras notaba el pipi caliente que caía por nuestras piernas. – Sigue por favor, córrete dentro de mí, me pidió.

Cuando acabamos nos limpiamos nos vestimos y me fui. La despedida fue más tranquila. Estábamos exhaustos. Salí y me metí en el coche. No podía conducir. Me quedé unos minutos en trance. Pensado en la situación que se me presentaba. En mi mujer. En lo que había pasado en la consulta. Un golpe sonó en el cristal de lateral. Miré y era Paula. Bajé la ventanilla y ella metió la cabeza para volver a meter su lengua en mi boca.  Después se fue, no sin antes decirme: mañana te llamo y no se te ocurra no cogerme la llamada. Ahora eres mío.

Autor: Emile Zola

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