Mi poder (I)

El paseo por la playa estaba resultando de lo más relajante.

Se disfrutaba de una temperatura perfecta durante el atardecer del ya bien entrado mes de septiembre y, si bien bañarse sólo estaba reservado a los valientes y los amantes de las sensaciones fuertes, las muchachas aún vestían con atuendos moderadamente reveladores, adecuados para los veintitantos grados que nos brindaba el final del verano. Eran días de reflexión y descanso antes de volver a la rutina normal.

“Normal”… una palabra que no era muy adecuada en mis circunstancias.

El verano había sido una auténtica vorágine de sexo desenfrenado, con tal cantidad de mujeres que ya no podía recordar apenas sus rostros a pesar de lo hermosas que todas ellas eran.

No obstante, me aseguré de recabar sus datos y formas de contacto antes de despedirme de tales beldades. Dado que el sitio en el que me encontraba era una residencia temporal para pasar el verano y que pronto volvería a mi gran ciudad natal, toda una metrópolis, lo más probable es que no tuviera que tener excesiva fortuna para volver a saber de alguna de ellas y sus incuestionables encantos.

Pero eso sería más adelante. Mientras tanto, seguiría caminando por el paseo marítimo, el puerto y la playa, disfrutando simplemente con el paso del tiempo y del rumor de las olas y la charla intrascendente y sosegada de aquellos que, como yo, disfrutaban de su tiempo libre sin prisas.

Mi vida es extraordinaria… una definición precisa pero incompleta. Al cumplir los treinta algo cambió en mí, no sé cómo ni dónde exactamente, si es que acaso fue un cambio provocado por algo externo a mí mismo, cosa que dudo. En cualquier caso empecé a notar que mis deseos se veían cumplidos con una frecuencia inusual…

Al principio pensé que era simple suerte, que la gente a mi alrededor se estaba volviendo más amable conmigo por razones que ellos sólo sabrían, que quizá esperaban algo de mí a cambio, y yo me preguntaba qué pretenderían conseguir, si sólo era un simple trabajador más en el gran engranaje de la sociedad. No tenía dinero, ni era particularmente prominente entre mis conocidos y vecinos, ni tampoco podía concederles favores que realmente pudieran desear más allá de la mera conveniencia de no tener que buscar a otro para ello. Pero tras varios experimentos comprobé que ahí había algo más…

Fue por aquel entonces, cuando sin tenerlas todas conmigo por lo que pudiera pasar, fui a un supermercado de las afueras y aparqué el coche en la mismísima puerta del centro comercial. Inmediatamente el guardia de seguridad se encaminó hacia mí con cara de pocos amigos, pero en cuanto bajé del coche y me dirigí a él, su cara se tornó en un gesto más amable. No obstante me dijo si por favor podría retirar el coche de ahí y dejarlo en las plazas de parking, que apenas estaban a diez metros de allí.

Me quedé unos instantes dubitativo sobre lo que debería hacer, pero al fin y al cabo había ido allí exprofeso para salir de dudas sobre lo que me estaba pasando. Era la ocasión perfecta, puesto que esa persona tenía buenos motivos para hacer valer su autoridad y no me conocía de nada, por lo que no esperaría que le devolviera el “favor”. Así que me armé de valor y le contesté que no pensaba retirar el coche y que más aún, él me lo vigilaría hasta que volviera de comprar.

Inmediatamente tras decir esas palabras me arrepentí. ¿Había ido demasiado lejos al exigirle esa última demanda? Está claro que eso, como mínimo, cabrearía al vigilante más pintado. No es que temiera por mi físico, pero si estaba equivocado no podría volver a pisar ese sitio nunca más, por simple vergüenza…

No obstante, un escalofrío me recorrió el cuerpo cuando el hombre dijo que encantado haría lo que le acababa de decir, y que por favor me tomara todo el tiempo que necesitara, que él se ocuparía de que nadie golpeara mi coche al salir con los carros por la puerta.

Me quedé helado. Entré en el centro comercial murmurando un “gracias”, pensando que acaso el tío pudiera estar siendo sarcástico y que en realidad estuviera a punto de cogerme por el cogote y echarme, pero no sucedió así. Al ver que iba a entrar se adelantó a mí y se colocó a en frente de las puertas automáticas para que me las encontrara abiertas cuando llegara a su altura, momento en el cual se apartó educadamente y me hizo un saludo con la cabeza sonriendo como si acabara de conocer a su mayor ídolo deportivo de todos los tiempos.

Aquello era demasiado, pero tenía que confirmar que no hubiera sido un caso aislado, así que me propuse seguir con la prueba y aumentar las apuestas. Me encaminé a la sección de electrónica y hogar y me fui directo a un vendedor. Antes de que el valor me flaqueara pregunté cuál era el televisor más caro que tenían, palabras ante las cuales hubo un minúsculo momento de sorpresa seguido de una radiante sonrisa de vendedor modélico.

Éste me guío por los pasillos atestados de televisores de un tamaño cada vez mayor, hasta que llegamos al rincón reservado a los dioses. Ahí se encontraba colgada de la pared la mayor pantalla que había visto en mi vida. Probablemente medía unos tres metros de largo y el sistema de sonido que le habían conectado amenazaba con romper los tímpanos de alguien lo suficientemente incauto como para encenderlo.

El vendedor me preguntó si querría verla funcionando y por un momento pensé en darme el gusto, pero inmediatamente pensé en la desilusión que sería que más tarde tuviera que quedarme con la miel en los labios, por lo que le dije que no y le insté a que me dijera directamente el precio de la pantalla, más todo el sistema home-cinema y los aparantemente comodísimos sillones que habían colocado encima de una mullidísima alfombra para completar la sensación de hallarse frente al sistema de entretenimiento más avanzado del planeta.

Cuando me lo dijo casi me da un ataque de risa, tengo que reconocerlo. Era más del sueldo de dos años y no es que en mi trabajo me pagaran mal, sobre todo teniendo en cuenta los últimos aumentos de sueldo que ni siquiera sugerí.

Era el momento de la verdad, así que me olvidé una vez más de la vergüenza que supondría que fallara mi intuición sobre lo que me estaba sucediendo, y le solté al vendedor que ese precio no me parecía bien y que sería mucho mejor que me saliera totalmente gratis…

Lo que vi en el cambio de expresión del vendedor fue casi determinante para saber que había funcionado. No se estaba mosqueando por haberle hecho perder el tiempo, ni tampoco parecía que fuera a responderme con un comentario ridiculizante ni nada… lo que vi fue preocupación.

Tras unos instantes me dijo que nada le haría más feliz que seguir mi “sugerencia”, pero que era imposible sacar tal cantidad de aparatos tan enormes, sin que hubiera validación informática.

Estaba anonadado. No por la dificultad que impediría que me llevara el televisor, sino por la reacción del vendedor que, a todas luces, ¡se le veía frustrado y triste por no poder concederme mis deseos!

Entonces decidí rizar el rizo y le hice llamar al gerente del hipermercado. Estaba claro que por encima del vendedor habría varios niveles de jefatura hasta llegar al mandamás del centro, pero algo me decía que no tendría ningún problema. Es más, algo me sugería que diera un pequeño “toque” al vendedor para que no se diera contra un muro cuando exigiera a la persona que le pagaba el salario mensual, que se levantara de su cómodo sillón y saliera de su despacho para ir a ver a un comprador totalmente anónimo, sin más motivo que su propio consejo. Así que me concentré en ello y dejé “algo” en él.

Esperé no más de diez minutos, hasta que vi cómo se aproximaban el vendedor y alguien un poco más mayor y mucho mejor vestido, acompañado por una mujer joven y bastante atractiva que vestía como correspondería a una administrativa de altos vuelos. La visión de esa chica llevó a mi mente a otros derroteros bastante estimulantes, pero al punto me volví a concentrar en los dos tiburones que se acercaban a mí y me dispuse a comprobar hasta qué punto había tenido éxito.

El director del centro me estrechó la mano y me preguntó qué deseaba, por lo que entendí en ese momento que el vendedor no le había prevenido sobre mi absurda exigencia. Muy inteligente, pensé, y consideré que ese “toque” que le había otorgado había hecho maravillas.

De modo que le comuniqué al director mi deseo y… casi… casi… tuvo la misma reacción de frustración que su empleado, pero un instante después me sonrió afectuosamente y me dijo que no había ningún problema, que ellos se encargarían de todo y que yo solamente debía darles mi dirección para poder efectuar la entrega de todo.

Casi me caigo de la impresión. ¿Acaso estaba dispuesto a pagar de su bolsillo todo el material? ¿O modificaría de alguna forma los datos administrativos del centro para que figurara como extraviado o algo así? Lo que estaba claro es que se iba a buscar un gran problema para satisfacer mis deseos…

El experimento había resultado un éxito y yo estaba en las nubes. Ya apenas oía nada a mi alrededor porque una ola de emociones y de pensamientos se agolpaba dentro de mí, amenazando con explotar y que me desmayara ahí mismo. ¡Tenía poderes! Era algo absurdo y sin embargo me lo acababa de demostrar a mí mismo. ¿Hasta qué punto podría influenciar en los demás?

Fue entonces cuando, por casualidad, mi mirada volvió a posarse en la secretaria del director, que me miraba sonriendo y preparada con un bloc de notas y un bolígrafo para tomar nota de mi teléfono y mi dirección, a fin de recibir los carísimos regalos. Tampoco a ella le había parecido ridículo que su jefe estuviera dispuesto a saltarse todas las normas para cumplir mis exigencias. Por ello, mis pensamientos se dirigieron inevitablemente hacia…

Haciendo caso omiso a los dos hombres, le tome el bloc y el bolígrafo y escribí una frase: “Quédate conmigo. Vamos a ir al baño de mujeres.” Acto seguido se lo devolví y me dirigí al director agradeciéndole su buena disposición y despachando a los dos, que se fueron cada uno por su lado con una sonrisa de puro orgullo en el rostro… increíble.

La secretaria acababa de leer mi simple frase y aún me miraba sonriendo. Era morena, de pelo largo y liso y muy guapa, la verdad. Una de esas chicas que recién levantada son una belleza natural y que no necesitan maquillaje para resultar una monada. Tendría unos veintitantos y éste seguramente sería de los primeros trabajos que habría conseguido tras terminar alguna carrera tipo administración de empresas o económicas.

Sus ojos claros desprendían inteligencia y prometían, por su expresión entre pícara e inocente, que lo que hiciéramos en el baño sería memorable. Su vestido de corte de negocios era ceñido y aunque no llevaba un escote particularmente revelador, sus pechos se intuían firmes, redondos y de un tamaño moderadamente grandes, quizá casi de una talla 90C. El traje era de chaqueta y falda corta, por lo que se le apreciaban unas piernas largas y esbeltas, precedidas de un culo que prometía ser rayano en lo perfecto.

Un bellezón, simple y llanamente. Si esa chica fuera a hacerse un book con un fotógrafo de PlayBoy, apenas se notaría la diferencia… La verdad es que no era el prototipo de chica con la que hasta entonces había llegado siquiera a soñar tener en mi cama, por lo que esto prometía mucho.

La estreché entre mis brazos y lentamente, saboreando el momento, acerqué mis labios a los suyos. No se apartó, ni tampoco se acercó. Simplemente me esperaba, correspondiendo a mi abrazo pero dejándose hacer. Toqué sus generosos labios y lentamente, casi temiendo un repentino rechazo, introduje mi lengua en su boca, buscando la suya. Al punto empezó a moverla, y noté cómo exhalaba un pequeño suspiro y le flaquearon momentáneamente las piernas, como si le hubiera besado su primer amor adolescente.

La sensación era estupenda. Cada vez se mostraba más activa y, mientras su lengua se movía furiosamente en mi boca, sus manos me apretaban con más fuerza y urgencia. Sus gemidos eran ahogados a duras penas por la falta de aire del prolongado beso. Yo mismo estaba empezando a quedarme sin resuello, por lo que la aparté, no sin un cierto esfuerzo y la observé atentamente.

Estaba sudando y totalmente colorada. Me miraba con un deseo y una adoración que nunca vi en ninguna otra mujer. Se podría decir que estaba a un tris de quitarse la ropa allí mismo, en los pasillos y ofrecérseme en el suelo, sin ningún tipo de pudor. Y yo no quería eso… No al menos hasta comprobar el alcance de mi nuevo poder sobre la gente. ¿A qué distancia podría influenciar? ¿A cuánta gente a la vez? ¿Habría personas resistentes a mi poder? Todos esos interrogantes aplacaron mi lujuria y me aconsejaron proceder con cautela.

La cogí de la mano y miré a mi alrededor. Varias personas ya nos observaban con curiosidad, ya que el beso había sido extremadamente apasionado y erótico. Además, la chica jadeaba a mi lado y no dejaba de mirarme con los ojos vidriosos. Había que salir de allí y pronto, y pensé que quizá no era tan buena idea, después de todo, ir a los baños. Algo me decía que cuando empezáramos a follar, ella proferiría tales gritos de placer que sería imposible pasar desapercibidos.

Así que empecé a andar hacia la salida con ella a mi lado, siguiéndome sumisa y expectante. Pronto llegamos a la entrada y ahí me encontré con mi coche, justo donde lo había dejado, rodeado de las miradas de personas molestas por su ubicación, pero que eran impelidos a rodearlo por el vigilante de seguridad al que se le veía totalmente concentrado en su cometido.

Cuando me vio cambió su expresión de decidida autoridad por la más cordial de las sonrisas y me preguntó si ya había terminado. Le dije que sí y le agradecí su esfuerzo, a lo que quedó visiblemente anonadado por la gratitud. Casi se pone a llorar de la emoción… increíble.

Abrí el coche e insté a la chica a que tomara asiento junto a mí en la parte delantera. Lo arranqué y tomé el camino para salir del centro comercial. A todo esto la chica sudaba cada vez más y el tono de su piel ya era de un rojo intenso que mezclado con su bronceado natural le daba una imagen de lo más erótica y atractiva.

“-Vamos a mi casa. Mientras conduzco puedes hacerme una mamada, ¿de acuerdo?” –le dije. Apenas podía creer que aquello hubiera salido de mi boca, pero me dije que de perdidos al río. Parecía que la tenía totalmente encantada y qué demonios… aquella era una de mis fantasías sexuales desde hacía tiempo. Desde luego a ella no pareció importarle lo más mínimo si aquella frase fue demasiado soez o poco romántica, dadas las circunstancias, porque con un gemido casi animal se precipitó a la cremallera de mis pantalones, y en un par de diestros movimientos sacó mi pene al exterior, que ya había alcanzado un estado de erección bastante considerable.

Y sin más preámbulos, sin ceremonias, ni ningún tipo de jugueteo previo pude ver, a escasos cuarenta centímetros, cómo esa chica preciosa y sexy, que antes de obtener mi poder ni siquiera me habría mirado en un ascensor, engullía mi polla hasta la base de una sola embestida violenta.

La sensación fue indescriptible y lo más intenso que experimenté en toda mi vida. No sólo vi como su nariz llegaba a chocar contra mi pubis, sino que la furiosa succión a la que sometía a mi miembro mientras bajaba era tal que casi me corrí en su garganta antes de que pudiera retirarse una sola vez. Casi pierdo el control del coche, aunque afortunadamente no fue así. En ese momento me di cuenta de que ni en mis más salvajes fantasías estaba preparado para el placer que una mujer desaforada y poseída como ésta podría concederme de una forma tan entusiasta.

Supongo que adivinando mis pensamientos, se quedó así, con todo mi miembro alojado en su boca y su garganta, mirándome con los ojos muy abiertos, anhelantes y mostrando su absoluta sumisión. Parecía como si estuviera invitándome a agarrar su cabeza con ambas manos y usarla a mi conveniencia. Para embestir su garganta una y otra vez hasta correrme, sin preocuparme de si acaso pudiera respirar.

El instinto animal así me lo demandaba, pero pude controlarme debido a que la única forma de llevar a cabo ese deseo sería parar el coche en medio de la calle en la cual ya nos encontrábamos, y haberla usado de esa forma frente a la vista de todos los transeúntes que pasarían a nuestro lado. De modo que le dije que siguiera ella y me concentré lo mejor posible en llevar el coche hasta nuestro destino.

La tarea se reveló ardua y placentera a partes iguales. Apenas podía retirar la vista de la maravillosa y excitante visión que suponía tener a una morenita de ojos azules mirándome fijamente y con devoción, mientras su boca recorría una y otra vez toda la longitud de mi ya durísima polla. A la visión se unían los sonidos de su garganta abriéndose y cerrándose, forzada por la punta de mi miembro, y de su saliva cada vez más abundante en torno a mi pene. Era una sintonía celestial a la par que vulgar y chabacana.

Cuando noté que ya no podría aguantar más bajé la velocidad del coche considerablemente, y justo unos segundos después noté cómo las primeras contracciones prometían uno de los orgasmos más violentos de toda mi vida. Mientras mantenía la mano izquierda en el volante, agarré su pelo con la derecha y comencé a bombear furiosamente, sin preocuparme lo más mínimo de sus leves gemidos de sorpresa. Unos instantes después, sentí cómo el primer chorro de esperma era literalmente disparado por mi polla y entonces, mientras prorrumpí en un grito desgarrador y salvaje, apreté su cabeza contra mi entrepierna con todas mis fuerzas.

Se tragó mi semen, chorro tras chorro, sin que pudiera hacer nada al respecto, ya que la punta de mi miembro estaba alojada profundamente en su garganta. En mis últimos estertores noté como luchaba sin demasiadas fuerzas, llevándose las manos a la mía con la que tenía aprisionada su cabeza. Entonces recuperé algo de mi cordura y tiré súbitamente de su pelo hacia arriba.

A la par que mi polla era bruscamente liberada de su boca, la chica tomó aire de forma desesperada en una sola inspiración que pronto se trasformó en grito de dolor por el maltrato que sufría su pelo en mis manos. Me apresuré a disculparme, aunque a decir verdad no me arrepentí demasiado de cómo la había usado instantes antes. Sin duda había sido la mejor mamada de mi vida y eso era lo único que me importaba.

Pero, como era previsible, al punto me miró con dulzura y me dijo que no me disculpara, que había obtenido ella tanto placer como yo, haciéndomelo así. Mi primera reacción fue de soltar una carcajada. ¿Cómo podía decir eso después del placer sin medida que acababa de experimentar? Y mientras tanto, allí estaba ella, sin apenas poder respirar, con un pene clavado hasta lo más hondo de su garganta y violentada por un tipo que acababa de conocer y que aún no sabía su nombre siquiera.

Eso me hizo recordar que efectivamente aún sabía muy poco de ella, aparte de que estaba increíblemente buena y acababa de hacerme una felación extraordinaria, pero deseché la idea de preguntarle nada.

Al fin y al cabo no sabía hasta qué punto era posible que repentinamente mi poder se agotara y nos viéramos en la tesitura de tener que despedirnos de una forma, como mínimo, claramente incómoda. Ella se preguntaría cómo demonios había podido hacer algo así, con un desconocido y que a fin de cuentas no era gran cosa, y yo tendría que olvidarme de ella para siempre, por mucho que nunca olvidaría el placer que me dio.

Así que seguí conduciendo con la chica preciosa y desconocida a mi lado. Durante el resto del camino estuvo acariciando mi pene y ocasionalmente lamiéndolo sin metérselo en la boca, lo que me hizo pensar que efectivamente había algo en mi poder que hacía que la gente adivinara mis deseos, o al menos mi estado de ánimo actual.

Y es que tras el increíble orgasmo lo que más me apetecía era un poco de descanso hasta que llegáramos a casa, y no otra supermamada que acabara por exprimirme los huevos. Al fin y al cabo aún no había visto desnuda a esta chica y tenía la intención de pasarme toda la noche con ella, tomándome mi tiempo, explorando todas las posibilidades de placer que se me ofrecían.

Finalmente llegamos a casa. Ya había oscurecido y apenas se veía gente por la calle, así que aproveché para darle otro largo beso húmedo antes de salir del coche. Esta vez le metí una mano por debajo de la chaqueta y palpé sus pechos. Efectivamente eran firmes, naturales y afortunadamente el sujetador no tenía relleno. Era todo suyo y cada vez me gustaba más.

Salí del coche y le abrí la puerta como un caballero. No es que el trato que le había dado durante la felación fuera precisamente ejemplar, pero creí que eso no quitaba para intentar tener algún gesto con ella. Después de todo, yo controlaba sus sentimientos hacia mí y técnicamente fue como si la hubiera violado, aunque a decir verdad pareció disfrutar bastante dándome placer… Me prometí a mi mismo que cuando estuviéramos en casa intentaría devolverle el favor, para que no tuviera un terrible recuerdo de mí, en caso de que el control de su mente fuera totalmente restaurado cuando nos separáramos.

Entramos en el portal y la invité a que subiera las escaleras por delante. Ella me miró pícaramente, reconociendo mi intención, así que caminó sugerentemente hasta el primer tramo de escaleras y se fue subiendo la minifalda poco a poco, hasta el punto de que pudiera ver perfectamente su maravilloso culito y sus braguitas, ya empapadas, mientras subíamos por la escalera. Fue un verdadero ejercicio de control no poseerla allí mismo, pero me dije que no me haría un gran favor si dejaba que los vecinos pudieran ver el espectáculo a través de la mirilla, alertados por los gemidos de ambos.

Llegamos milagrosamente a la puerta de mi casa y saqué las llaves. Ella me abrazó por detrás, amorosamente… era una sensación muy agradable. La verdad es que hacía tiempo que no tenía una relación con nadie, quitando algún que otro lío que otro, en el que casi a priori se reconocía por ambas partes una simple y llana búsqueda de placer sin compromiso. No frecuentaba sitios que pudieran ser propicios para nada más, la verdad. Y quizá lo pretendí yo mismo así, después de varios desengaños amorosos en el pasado, no voy a negarlo. Y ahora tenía a aquella preciosidad, que minutos antes me había demostrado de una forma devastadora lo mucho que podría disfrutar con ella a nivel sexual, suspirando mientras me abrazaba y gemía de placer mientras olía mi pelo…

Me sentí confuso por un momento. ¿Tenía derecho a hacerle esto a esa chica, sólo por el hecho de poder hacerlo? ¿Qué pasaría si se enamoraba, o ya estaba enamorada de mí? ¿Podría considerarse ésa una relación viable a pesar de mi control sobre ella…? Entonces mi di cuenta: mi propio experimento había escapado a mi control.

Fue entonces cuando entendí que algo había hecho sin darme cuenta, que había influido sobre ella de una forma especial. Quizá, en el fondo, sí que ansiaba volver a tener novia y al verla a ella, tan bonita, tan sexy, un verdadero orgullo para todo hombre que estuviera con ella, mi subconsciente moldeó la forma en la que mi poder influyó en su psique.

Me di la vuelta y la miré bien… Sí… acababa de conocerla y habíamos empezado la casa por el tejado, por decirlo así, pero observando sus ojos pude comprender que me enamoraría de ella más tarde o más temprano. Tenía algo que iba más allá del físico… e iba a averiguarlo.

Me acerqué a ella y algo en su expresión cambió, como si pudiera leerme los pensamientos, como si en ese preciso instante supiera que acababa de tomar la decisión de ocuparme de ella, de que viviéramos juntos en mi casa, independientemente de lo que pudiera suceder en el futuro con mi poder y sus consecuencias. Al final fue ella la que se lanzó a besarme con urgencia y pasión. Noté cómo, aun habiendo cerrado los ojos, las lágrimas se le escapaban a raudales. Fue, sin duda, el beso de una mujer enamorada. Le correspondí con toda la pasión y sinceridad que pude.

Fue un momento muy emotivo, pero a la vez excitante. Sentí cómo nos subía la temperatura a ambos ante lo que ya no podía posponerse ni un minuto más. La urgencia por desatar nuestros instintos ya no obedecería a convencionalismos ni más consideraciones hacia el pasado o el futuro. En cuanto traspasáramos esa puerta que nos separaría del mundo, íbamos a follar y a hacer el amor como si no hubiera un mañana.

Por fin pude sacar las putas llaves del bolsillo y casi rayo la puerta al abrirla con tantas prisas. Estreché otra vez entre mis brazos a aquel ángel y la hice pasar velozmente por el umbral de mi humilde morada. Le pegué una patada a la puerta, que se cerró con un sonoro portazo, mientras ya me quitaba a toda prisa la camiseta.

Al punto de hacerlo ella se quitó la chaqueta, dejando a la vista una blusa blanca y liviana que no ocultaba demasiado las formas de sus generosos pechos. Hice una pausa para ver cómo se la quitaba y ella, viendo el interés que puse, lo hizo sonriéndome traviesa y lentamente. Un gemido escapó de mis labios cuando por fin se quedó sólo con el sujetador. Como ya adiviné en el coche, sus pechos eran una maravilla. Juraría que el sujetador que llevaba era una mera formalidad, porque ni era de aros ni llevaba relleno. La miré con expectación…

Ella, por primera vez, me miró con timidez y cruzó sus brazos frente a sus pechos, pero al poco tiempo, comprobando que yo me movería ni un ápice hasta verla desnuda, bajó los brazos y optó por retrasar el momento bajándose la minifalda, que cayó al suelo. Ya sólo faltaban un par de trozos de tela sin importancia. Podría decirse que ya estaba desnuda ante mí, y lo que estaba viendo me quitó el aliento.

El traje de negocios que llevaba, si bien no era particularmente recatado, no hacía justicia a las formas esculturales de esta muchacha… Sus piernas eran aún más largas de lo que había imaginado. Su vientre liso y fuerte era algo más que el resultado la simple genética y sin duda estaría moldeado por varias horas semanales de gimnasio. Su trasero no se quedaba atrás en absoluto en cuanto a lo merecedor de elogios, y no veía el momento de poner mis manos en él. Todo en ella clamaba a la perfección y cientos de artistas habrían dado una pierna para poder tener el privilegio de usarla de modelo. Y así con todo, ella estaba delante de mí. Era mía para recibir y dar placer, durante todo el tiempo que quisiera. Un sueño del que nadie querría despertar.

Supongo que al ver mi mirada asombrada y admirada se relajó un poco y decidió llevar sus manos al cierre de su sujetador, mientras me dirigía una sonrisa sincera a la par que provocadora. Sonó el clic y al poco dejó caer la prenda el suelo, junto a las demás. Sus pechos apenas se movieron de donde estaban y quedé aún más maravillado si cabe al contemplar sus senos llenos, redondos y firmes. Mi mirada se posó en sus pezones, que eran moderadamente planos y grandes, de un color rosado, increíblemente apetecibles.

Aquella visión era demasiado y a punto estuve de abalanzarme sobre ella en ese momento, pero decidí esperar a verla totalmente desnuda frente a mí. Era un momento especial y quería atesorarlo y disfrutarlo. Miré sus braguitas con deseo y no tardó mucho antes de comprender lo que quería.

Me sorprendió al darse la vuelta y hacer una de las poses más excitantes que una mujer puede dedicarle a un hombre… se inclinó hacia delante, con las piernas levemente separadas, y muy poco a poco, casi en un movimiento que era una agonía, fue bajándose las braguítas, dejando al descubierto sus más preciados tesoros ante mí. Lo primero que apareció fue su ano, una preciosa estrella rosada sin el menor asomo de vello. Lo siguiente que golpeó mis ojos y mi presencia de ánimo fueron sus labios vaginales, preciosos, delicados y cerrados, también perfectamente depilados al láser, ya que igualaban al tono de piel bronceada que lucía en el resto de su cuerpo. Aquello ya sí que fue demasiado…

“-Quédate así…” –le rogué. Ella lo entendió al instante y separó un poco más las piernas. Saqué mi miembro de los pantalones y ni siquiera me molesté en bajármelos. Fui hacia ella y le acaricié los labios vaginales con la punta, abriéndolos como una flor, poco a poco, impregnándome con sus abundantes fluidos. Se la notaba excitadísima y sabía que si quisiera podría metérsela de un solo empujón. Casi presentía cómo lo ansiaba.

No obstante continué con mi juego, acariciando sus labios con la punta de mi pene, pasando por el clítoris y excitándola aún más si cabe. Sus gemidos sonaban a angustia y placer, con un tinte de desespero por algo que tardaba demasiado en llegar. Acaricié sus pechos desde atrás y sentí con gran placer su tacto suave y firme. Cabían a duras penas en mis manos, sin llegar a ser demasiado grandes.

Era una sensación realmente increíble estar a punto de penetrar a una chica así. Con esa cara y ese cuerpo perfecto podría tener a quien quisiera, y sin embargo allí estaba yo, disponiéndome a usarla a mi antojo, tantas veces como quisiera, sin una sola queja por su parte, sin que fuera a echarme en cara que tardo demasiado en correrme, o que por el contrario llegara antes que ella, sabiendo que respondería con un gemido de placer a cada movimiento mío, y sin que me negara ninguna postura ni ningún orificio de su cuerpo… Nuevamente, el animal que llevo dentro salió de su guarida y tomó el control de mi ser.

Agarrando sus nalgas con ambas manos se las separé ligeramente, y con un único y violento empujón le clavé la polla hasta que mis huevos chocaron con su clítoris. No sé si el grito que profirió fue de placer o de dolor. Lo cierto es que no me importó, aunque intuí por el tono quejumbroso en el que se convirtió al final del alarido, que sería más bien lo segundo. Por eso dejé mi miembro enterrado en su sexo violado, a fin de que pudiera acostumbrarse a la tirantez que ejercía alrededor de mi durísimo pene.

Mientras esperaba me recreé en la visión que me ofrecía su espalda sudorosa y sin mácula, su largo pelo negro como el azabache cayendo en cascada sobre sus hombros delicados y femeninos y sus brazos esbeltos y ligeramente musculados, apoyados en el respaldo del sillón que tenía delante, y su increíble culo en forma de corazón, duro como una roca como sólo una deportista podría aspirar a tenerlo.

Mi polla estaba embutida entre aquellas dos nalgas… era algo que aún en ese momento apenas podía creer. Contemplar además cómo su pequeño ano rosado se contraía por el dolor de su vagina forzada, estando a tan escasa distancia de ella… era más de lo que cualquiera podría aguantar. Pero me contuve. Al fin y al cabo acabábamos de empezar…

Comencé a mover mis caderas y ella, a pesar del dolor, se esforzó por seguir el ritmo que le imponía, cada vez más rápido y brusco. Sus gemidos de placer se mezclaban con pequeños gritos de dolor cuando el ángulo de penetración era demasiado forzado. Cualquier otra mujer habría obligado a su compañero a parar o a cambiar de posición, ¡pero no mi chica…! Ella recibía embate tras embate, empujón tras empujón sin protestar, aguantando estoicamente el dolor que le producía mi polla invadiendo una y otra vez su intimidad violentada.

“-¡Eres mía!” –le gritaba entre embestida y embestida, a lo que ella me respondía “-¡Sí!”, entre gemido de placer y grito de dolor.

Sin duda alguna la sensación de dominación sobre su cuerpo y su mente no hacía sino aumentar el placer que estaba experimentando. No era sadismo gratuito, sino más bien la embriagadora droga que genera el poder sobre otros. Debía tener cuidado de no propasarme con ella, no obstante.

Al fin decidí que ya había tenido bastante dolor, de modo que la cogí por las muñecas y la obligué a incorporarse, mientras seguía penetrándola, esta vez en un ángulo más natural para ella, que no dejaba de ser excitante para mí, ya que podía disponer de sus pechos desde atrás, o incluso acariciar su clítoris mientras mi miembro entraba y salía a menos de un centímetro de mis dedos.

Casi inmediatamente noté cómo empezaba a disfrutar más y pronto todos sus gemidos fueron de puro placer. A veces se daba la vuelta y me ofrecía su boca y su lengua para darnos un beso húmedo totalmente lascivo y carente de romanticismo o ternura. En sus movimientos animales ya no se notaba ningún tipo de pudor, y su único objetivo al igual que el mío era la más absoluta y pura satisfacción física sin más consideraciones.

Se movía como una serpiente. Sus caderas eran un continuo vaivén circular, retorciéndose para que mi miembro alcanzara todos los rincones de su sexo, y me apretaba las manos con las que sujetaba sus pechos, animándome a que los estrujara sin miramientos, a que disfrutara de ellos como estaba disfrutando de todo su cuerpo, sin límites, sin reglas… efectivamente me estaba demostrando que era mía.

Por segunda vez en menos de una hora, empecé a sentir la llegada de un apoteósico orgasmo. De pronto, en un momento de extraña lucidez, recordé que no sabía nada de esa chica y por supuesto no tenía ni idea de si estaría tomando la píldora, así que antes de que comenzara la primera contracción, se la saqué bruscamente de la vagina y la obligué a ponerse de rodillas ante mí. Ella, sin perder un solo segundo, volvió a engullir mi verga tal como hiciera en el coche y empezó a usar su garganta para terminar de hacerme llegar al orgasmo y al séptimo cielo.

En esta ocasión, mi posición era mucho más ventajosa para poder tomarla de la cabeza con ambas manos y nuevamente me importó muy poco si mi chica podría mantener la respiración o no. No obstante, mientras le inyectaba el primer chorro de semen por su garganta, sí sentí un pequeño ramalazo de culpa, ya que al menos hubiera querido darle un orgasmo antes de llegar yo al mío. Simple cuestión de orgullo masculino, supongo…

No obstante, mi sorpresa fue mayúscula cuando reconocí en ella los síntomas y la culminación final de un orgasmo que casi hace que se caiga al suelo. ¡Se estaba corriendo mientras yo hacía lo propio en su garganta! Casi me da la risa al recordar el guión absurdo de una de las películas porno clásicas más conocidas: “Garganta Profunda”, en la que la protagonista sólo podía obtener placer a través de las felaciones profundas que les hacía a los hombres, ya que su clítoris lo tenía localizado en la garganta.

Pero algo me decía que esto era distinto, por supuesto. ¿Acaso había tenido ese orgasmo porque yo me sentía culpable de que no hubiera tenido uno? Era una pregunta interesante que se me vino por la cabeza, pero que tendría que esperar a otro momento más apropiado, porque el placer que me provocaban las contracciones de la base de mi polla era sin duda más satisfactorio.

Su garganta envolvía firmemente la punta de mi pene, y chorro tras chorro de semen fueron directamente a su estómago, mientras ella disfrutaba lo suyo gracias a las violentas contracciones de su propio orgasmo. No podía evitar morderme ligeramente el miembro con cada uno de sus espasmos, y eso no hacía más que aumentar mi placer.

Al fin saqué mi polla de su garganta y su boca. Múltiples hebras de saliva surgieron entre sus labios y mi miembro. Era una visión de lo más excitante, así que mientras ella recuperaba el aliento respirando atropelladamente, acaricié su hermoso rostro con mi verga distribuyendo los fluidos por toda su cara… Nunca había tenido delante una escena como esa, y me maldije a mí mismo por no tener una cámara a mano… pero todo se andaría.

“-¿Te ha gustado, pequeña?” –le pregunté. “-Ha sido maravilloso. ¡He tenido el orgasmo más increíble de mi vida! ¿Cómo lo has hecho?” –me dijo. Aquellas habían sido las frases más largas que me había dirigido desde que la vi, y desde luego definían bastante bien lo que había pasado entre nosotros. No tenía ni idea de cómo responderle, así que me encogí de hombros y la levanté para darle un merecido beso en la frente.

Aquello pareció gustarle, porque enseguida enrojeció y volvió a abrazarme como antes, poniéndose tierna después del increíble polvazo. Otra vez me sentí culpable por cómo la había tratado y le pregunté qué tal se encontraba de ahí abajo. Me dijo que le dolía, pero que se acostumbraría a ello, y que por mí haría lo que fuera para que fuera feliz. Aquello aumentó más aún mi complejo de culpa. Tenía en mis brazos a una chica dominada, pero también enamorada. Eso era incuestionable, así que me prometí a mí mismo cuidar de ella lo mejor que supiera, aunque sólo fuera entre polvo y polvo, ya que según parecía era incapaz de controlarme cuando se me ofrecía la oportunidad de follármela de forma salvaje. Cosa que, por otro lado, ella también pareció disfrutar de lo lindo.

Le sonreí y le di otro beso en los labios, muy tierno. Su suspiro fue casi de desmayo, como los de las novelas románticas de época en las que las damas perdían el resuello por su galán, amén de no poder respirar por los corsés que se gastaban las mozas, claro. Pero en este caso no había corsé y casi tengo que agarrarla para que no se me cayera al suelo.

“-Acostúmbrate a esto. Tengo pensado hacerlo muchas veces y no tengo planes para separarme de ti.” –le dije con un susurro al oído. Y entonces, sin que en el fondo me sorprendiera demasiado, abrió los ojos como platos y acto seguido sí que se desmayó en mis brazos.

Apenas podía creer en lo que había pasado en las últimas horas, mientras la llevaba a mi dormitorio y la depositaba delicadamente en la cama. La contemplé un momento más, admirado de su desnuda belleza, que no hacía sino aumentar ante mis ojos, y la tapé con una ligera sábana antes de que mis bajos instintos volvieran a aflorar. Sugerí a su mente que no se despertara hasta el día siguiente y me encaminé al salón para meditar… tenía mucho en lo que pensar.

Desde entonces vivo con Paula. Estoy enamorado de ella sin remedio y me duele que nuestra relación esté condicionada por mi poder sobre ella, pero sé en el fondo que no podría haber sido de otra forma y no estoy dispuesto a renunciar a ella. Es el amor de mi vida… a pesar de tener la sensación de que cada vez que lo hacemos, en realidad la estoy violando.

Tampoco ayuda mucho a mi paz mental el hecho de que no hay día que no disponga del cuerpo de una o varias desconocidas, a veces incluso llevándolas a casa para montar una orgía en la que hago participar a Paula. En ocasiones incluso llevo a otros hombres para que posean a las mujeres que llevo, e incluso a Paula. Es algo que me excita enormemente, el poder disponer de su cuerpo porque sé que su alma me pertenece, que no hay otro hombre en su vida más que yo, y que por mucho placer que ella obtenga con esos hombres que penetran su cuerpo, el único que puede penetrar hasta lo más hondo de su alma soy yo y nadie más.

Es mía… y yo de ella…

Con esos pensamientos en la cabeza decidí dar por terminado el paseo y encaminarme a la casa de la playa a buen paso.

Y es que los momentos de reflexión y de relax están muy bien por un rato… pero cuando en casa te esperan varias chicas en bikini, con sus novios dispuestos a ayudarte a que las uses como te plazca, amén de tu amor preparada para ser tomada por todos esos novios… a cualquiera no le entran muchas ganas de regresar al hogar… ¿no?

Nota del autor: Este relato es el resultado de varias horas de improvisación calenturienta, je, je… por lo que me gustaría que comentarais el texto dándome vuestra opinión, para saber si merece la pena que siga con la serie o no. Es mi primer relato subido para l@s amig@s de Marqueze.net

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