Marido de alquiler

Vemos a un matrimonio en la cama. Tienen las luces de las lámparas de las mesitas de noche encendidas. Él es un hombre metido en los cincuenta, con leve sobrepeso y calvo. Ella es una muñeca irresistible, rubia, sexy, muy parecida a la actriz Jenna Jameson, aunque algo más delgada. El marido está leyendo y ella se muerde las uñas y mira hacia el techo.

-¿Cómo te ha ido hoy? -pregunta él, sin mirarla.

-Oh, muy bien.

-¿Y eso? ¿Qué has hecho?

-Solucioné un problema de humedad.

-¿De humedad? ¿Dónde? -pregunta él algo inquieto.

-No te preocupes, ya está arreglado. Ha venido un fontanero esta mañana y lo dejó todo muy bien.

-Pero, cuenta, ¿qué humedad?

-Pues verás, esta mañana me levanté, me duché, me depilé enterita y me hice de desayunar. Tú ya estabas en el trabajo. (Él asiente y deja el libro a un lado). Puse la tele y vi que estaban haciéndole una entrevista a Miguel Silvestre para promocionar su nueva serie. Ya sabes lo mucho que me gusta y me empecé a tocar.

-¿Te masturbaste viendo una entrevista?

-Oh cariño, tú ya no me haces últimamente mucho caso y yo soy joven. Es normal que me gusten los hombres atractivos. Pues eso, me senté en el sofá y empecé a darme suavecito en el clítoris mientras veía a aquel tío con barba incipiente, ese rostro tan bello, por Dios.  Me mojé irremediablemente. Pero no me mojé de una forma normal, no. El coñito se me empapó todo todito. Una barbaridad, vamos. (Él pone los ojos en blanco y comienza a sudar; ella se acerca más a él y le pone un dedo sobre los labios). ¿Y dime, cariño? Si tenía un problema tan, tan grave de humedad, ¿a quién iba a llamar?

-¿Al fontanero? -responde él, excitado.

-¡Exacto, mi amor! Pues estuve buscando por internet fontaneros especialistas en la tipología de humedades que me afectaban y encontré uno que me impactó. Tenía una página propia que se llamaba “Marido de alquiler”. Tenía fotos suyas, un muchacho cubano guapísimo, cuerpo de infarto, tatuado, ojos verdes, una pasada. Y tenía un lema que decía que  arreglaba todo aquello que mi marido no podría. Lo llamé de inmediato. Contestó con voz sensual. Le expliqué cuál era la situación y que era algo de vida o muerte. Me preguntó si tú estarías en casa y le dije que no. (Ella aparta las sábanas y comprueba que el marido tiene una erección bajo sus monótonos calzoncillos). Vaya, cariño. ¿Esto qué es? ¿Te gusta lo que estás oyendo?

-Sigue… ¿Qué pasó luego?

-Pues decidí vestirme para la ocasión. Me pusé el corset de encaje negro con lazitos rosa de raso, medias negras y taconazos. Prescindí de las braguitas. Pensé que la humedad debía estar a la vista, ¿no crees? (El marido asiente y se muerde el labio mientras ella le baja el pantalón y rodea su pene con la mano). Ohhh, mira lo tiesecita que  se te ha puesto, mi vida.

-Oh Dios mío, sigue.

-Está bien. Me maquillé, me pinté los ojos así con mucho rímel estilo gatita, y los labios muy fucsia, además me apliqué un brillo especial con efecto calor que compré por internet y que asegura que acentúa el placer para los hombres durante el sexo oral. Me eché perfume (del caro que me regalaste para Navidades) y de pronto… ¡Ding Dong! El timbre de la puerta. Fui con pasos rápidos apoyándome sobre las puntas de los tacones y abrí la puerta. Allí estaba ese hombre. ¡Estaba buenísimo! En persona era mucho más guapo que en las fotos. Vestía un peto de trabajo ajustado,  sin camiseta, con esos tirantes cruzando parte de sus poderosos pectorales. Sus hombros eran voluminosos y redondos, tenía tatuajes muy atractivos. Figuras japonesas con flores y cosas así, muy sexy. Y esa cara, mmmm. Con barba de dos días, ojos verdes, moreno, ohhh. Además esos brazos, con esos músculos, lleno de venas gordas, Diosss. Me apoyé contra la pared para no caerme de lo nerviosa que me estaba poniendo. Se presentó, me dijo que se llamaba Rubén (tenía una voz grave y dulce al mismo tiempo), yo le dije que me llamaba Laura.  Me pidió entrar y yo acepté claro. Llevaba una caja de herramientas en la mano.

“Dime, princesita, ¿dónde tienes el problema de humedad?”, me preguntó y yo suspiré. Le dije que pasara al dormitorio y me puse delante de nuestra cama. Él dejó su caja de herramientas en el suelo y se acercó a mi. “¿En qué puedo ayudarte, Laura?”, me preguntó con sus labios rozando los míos. Sentía una caricia de fuego sobre mis labios, el brillo estaba haciendo su efecto. Él olía a macho protector, una mezcla de madera y tabaco muy atrayente.  Destilaba testosterona, feromonas salvajes de lujuria que me incitaban a abrirme de piernas ante él y dejar que me usara a su antojo. Me estaba derritiendo. “La humedad la tengo en el coño…”, le susurré.  Él sonrió y me tocó suavemente con una de sus manos fuertes y viriles. Sentí su dedo separando con delicadeza mis labios vaginales y me estremecí. “Oh vaya, sí que estás húmeda. Muy húmeda”, confirmó él. Se llevó su dedo mojado a la boca y lo chupó. “Estoy caliente perdida, mi marido no me satisface y necesito que me follen bien, que me folle un hombre como tú, un macho poderoso, un semental rudo y musculoso…”, le dije en plan inocente, ya sabes ese tono que utilizo a veces.

(El marido cierra los ojos, el presemen resbala en forma de hilos por todo el glande mientras ella afloja el ritmo de la masturbación para no adelantar acontecimientos).

-Eres una puta…

-Oh cariño, ¿te estás enfadando conmigo? Si quieres no sigo contándote nada.

-No, no, está bien, lo siento, sigue…

-Vale. Bueno, ¿por dónde iba? A sí, Rubén se puso de pronto en plan machote dominador y me ordenó que me pusiera inmediatamente de rodillas. Yo le obedecí sumisa y me coloqué expectante frente a él. Se desabotonó los tirantes y dejó caer el peto hasta su cintura. Desde mi posición tenía una perspectiva excelente de su cuerpazo. Pude admirar sus abdominales duros como una piedra. Los empecé a acariciar, deslizando mis dedos sobre aquellos relieves tan eróticos. No todos los días tiene una la oportunidad de tocar un vientre así… Él se encendió muchísimo y me apretó las mejillas con una mano, deformándome la boca como la de un pecesito. Entonces me besó, me metió la lengua en la boca y me exploró con ella todos los recovecos. Besaba tan bien… Era increíble. Aquello prometía.
“Mmmm, te arden los labios”, dijo él al notar el efecto del brillo. “Te has puesto uno de esos bálsamos pensando en que me iba a gustar mientras me haces una mamada, ¿no?” Yo asentí. “¿Y quién te ha dicho a ti, que te voy a dejar chupármela? ¿Acaso has hecho méritos para merecerte que te meta mi polla en la boca?” Ufff, ese tono arrogante y humillante me ponía a cien. En ese momento se bajó el peto del todo. No llevaba calzoncillos y dejó a la vista ese… Santo Dios, ese pedazo de pollón al aire. Estaba totalmente depilado, ni rastro de vello, todo liso. Su polla era como un robusto pepino, gordo y grande. Imponente. Yo estaba desconcertada, solo veía venas y pliegues alrededor de ese momumento de carne morena, coronado por un hongo descomunal e inabarcable de un irresistible tono rosado. Al principio sentí algo de miedo al verla, luego me sentí deslumbrada ante un ejemplar de masculinidad de ese realce, al final estaba totalmente abrumada y embebida de una lascivia desquiciada.

-Mierda Laura, espera, espera…

(Ella se detiene y deja de masturbar a su marido. Su pene se tensa y se agita solito. Ha estado a punto de eyacular, pero se detiene. El marido está visiblemente excitado).

-Casi te corres, cielo. Pero si todavía no te he contado nada. Me dijo que debía comportarme como una gatita buena y cariñosa si deseaba mi premio. Y yo enseguida me senté sobre mis talones y comencé a relamerme las manos y a parpadear inocentemente. Su polla comenzó a endurecerse al verme en esa actitud. Yo maullaba y me refregaba por sus piernas musculosas, ronroneando, poniéndome en pompitas, mirándolo a los ojos, suplicante. Su polla estaba ya casi erecta, y vista desde el suelo me daba la impresión de ser un estandarte de hombría, fortaleza y potencia. Tan grande, tan gorda… Me tenía enamorada. Si me hubieras visto, allí, en celo, haciendo la tonta sólo para poder meterme aquel manubrio en la boca. Me da vergüenza decirlo, pero empecé a suplicarle, toda cachonda y mojada. Le pedía clemencia, necesitaba esa polla ¡ya! Ufff, creo que te hubieras ruborizado de la bajeza a la que llegó tu mujer.

(El marido vuelve a cerrar los ojos, su pene está a reventar. Ella deja de tocarlo y prosigue con la tortura).

-Eres la más puta que hay, una zorra imperdonable.

-Bueno, relájate, cielo. Sabía que te enfadarías conmigo… Snif, snif. Mejor lo dejamos, no quería contarte nada…

(El marido suspira. Tiene la cara roja)

-Está bien. Sigue que me vas a volver loco. ¿Se la chupaste al final?

(Ellar se ríe. Una risa encantadora, picarona, dañina).

-Sí, pero fue muy duro conmigo. Me hizo sufrir taaaaanto. Me tuve que arrastar mucho ante de él… Pero al final tuve mi recompensa. Mmmm, no sabía cómo lamerla, chuparla, besarla, para hacerla más mía. La recorría de arriba abajo, la succionaba, le comí los huevos bien comidos… Estaba como una dieciochoañera desesperada mamándosela a su ídolo, volcándome en cuerpo y alma para ofrecerle lo mejor de mi lengua y de mi boca. Cada vez que me la metía entre los labios, amorcito, sentía un placer inexplicable, era cómo estar subyugada ante la superioridad viril, algo que jamás había sentido con ningún tío. ¿Entiendes lo que te quiero decir?

-Oh sí, puta, sí.

(Ella vuelve a reír).

-Él parecía gozar también de lo lindo. Me decía que el calor que desprendían mis labios le excitaba muchísimo. Cuando se hartó de tanta mamada, me tiró sobre la cama y me devoró el coño mojado como un perro rabioso… Ohhhh, me corrí tantas veces… Esa lengua, esos labios acariciando mi clítoris, era tan experto, tan perverso. ¡Y tan guapo! Se dedicó a rebañármelo bien. Abría la boca así como una fiera y me engullía mi débil conejito indefenso. Luego, después de dejarme el coño bañado en saliva, se puso un condón con olor a chocolate y me la clavó hasta el fondo, sin miramientos.

(Ella se acerca al oído de su marido y le susurra:)

Oh, cielos, ese tío me la metió hasta los cojones. Y tenía tanto aguante. Pimpam, pimpam, pimpam. Y así, durante tanto tiempo, metiéndomela sin piedad, follándome como todo un hombre, en posturas que jamás pensé que existían. Una máquina, amor, una máquina. Llegó un momento, cielo, a la hora de follarme sin parar, mientras me partía como un toro bravo por la mitad, con hondas y pesadas penetraciones, que sentí una sensación de renuncia a todo y por todo. Me corrí tan salvajemente que en ese momento me daba igual todo lo demás, solo me importaba que ese pollón entrara más y más dentro de mí. Ya nada le hubiera detenido de seguir follándome, ni yo se lo hubiera impedido pasara lo que hubiera pasado.  Si nos hubieras sorprendido, por ejemplo, hubiéramos seguido follando como locos. Me hubiera dado igual verte entrar por la habitación, cariño, y te puedo asegurar que él me hubiera jodido con más ganas aún de ver tu cara de pasmado. De hecho, mientras me jodía bien me pedía que te llamara cornudo, que le dijera que tenía la polla más grande que tú, que nunca podrías follarme así cómo él. Le gustaba mucho oírlo, cielo, y la verdad es que a mí me ponía una barbaridad decirlo.  ¿Sabes?, cuando te abres de piernas para que te folle un macho así, te sienes como una zorrona deseada y es la más excitante sensación del mundo y lo demás se queda relegado al ridículo, tú incluido.

(El marido se retuerce y se tensa todo. Ella no para de menearle la polla.)

Después de joderme el coño lo que le vino en ganas, me puso a cuatro patas y me la metió por el culo. Ya sabes que nunca te he dejado que me penetraras analmente, y jamás pensaba que eso me pudiera gustar, pero…  mientras me la clavaba por el culito me decía tantas guarradas: que si era una puta, una guarra, que tenía el coño malfollado, que si mi culito estaba hambriento. Además, me vi aquí, en nuestra cama de matrimonio, con ese hombre detrás de mí, partiéndome el ano con ese pollón, apoderándose de lo que se supone que es tuyo, ganándote la batalla como hombre, como marido, como follador, como todo, sodomizando a tu esposa en tu propia casa, que empecé a gritar de placer, suplicándole que no se le ocurriera dejar de follarme nunca, que me arruinara el culo todo lo que quisiera. Ufff, me corrí de nuevo y esta vez como una perra… Me hice pis encima, qué vergüenza. El tío estaba ya a punto también, noté su polla hinchada palpitando dentro de mi esfínter. Le pedí que se corriera dentro de mi boca y así lo hizo. Me la sacó de golpe, dejando un gran vacío en mi interior y yo, como loca, me coloqué debajo de él con la boquita abierta, así, mira… ¿ves? aaaaaaahhhhh. Y él se la meneaba, todo ese embutido gordo de venas, mmmm… Y de pronto, ¡¡splaaash!!, una ráfaga de semen templado me llenó toda la carita, luego otro chorró más potente entró en mi boca, luego otra descarga menos ya más discreta terminó resbalando en mi barbilla. Me dejó toda hecha un desastre. Me tragué su semen y saborée su salada masculinidad hasta el deleite. Después seguí un buen rato chupándosela, hasta saciar mi apetito. Fue el mejor polvo de mi vida.

Y éste ha sido mi día de hoy. (Ella le da un beso cariñoso en la mejilla a su esposo). ¿Y a tí cómo te fue en el trabajo, amor?

(El marido grita y se corre. Un chiato largo y potente salta por lo aires y salpica su abdomen flácido. Ella sonrié y se aparta. Pone la mano tiesa como si le diera asco pringarse).

Por cierto, el tío me cobró 600 euros por el arreglo, gordito. Menos mal que te dejaste la cartera en casa. ¿No es tan caro, verdad?

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Un regalo para mi marido

Hará dos meses descubrí un oscuro secreto de mi marido, su fantasía de ser un cornudo. Todo pasó por pura casualidad, cogí su móvil para comprobar un mensaje que había recibido mientras se duchaba. Más que nada, para asegurarme de que no fuera nada urgente o importante. Al desbloquearlo se abrió una pantalla de un blog con unos talkies de temática “cuckold”. Eran imágenes porno y/o eróticas con frases sobreescritas que aludían siempre a lo mismo: mujeres dominantes humillando a sus maridos cornudos. Estuve rastreando en el historial y todo estaba lleno de blogs y páginas relacionadas con lo mismo. Decidí dejar el móvil tal y como lo encontré y no comentarle nada a Luis.

Pasaron los días y mi curiosidad por el tema fue en aumento. Decidí investigar por mi cuenta y descubrí que muchos hombres casados tenían el inconfesable deseo de que sus mujeres practicaran sexo con otros hombres más masculinos que ellos, sobre todo, con un pene más grande que el de ellos. En fin, estuve indagando a fondo, viendo muchos videos pornos relacionados con cornudos y comprobé que la mayoría de los corneadores eran siempre hombres negros con unos miembros increíblemente grandes. Debo confesar que me excité en más de una ocasión al ver esos penes. Me estaba infectando de aquella morbosa fantasía más rápido de lo que deseé. De hecho, me empecé a masturbar a solas pensando en aquellos tíos musculosos y tan bien dotados y en la idea de que a mi marido le gustara verme debajo de uno de esos machos, follada hasta el éxtasis.

Por aquel entonces, estaba todo el día super cachonda, en el trabajo, en casa, en la ducha, siempre pensando en dar el paso y serle infiel a mi marido y, sobre todo, en hacérselo saber. Como por arte de magia, el destino puso la tentación en bandeja. Fue un lunes por la mañana. Luis, mi esposo fiel y cariñoso, se fue a trabajar como cada mañana y yo me despedí de él con un beso.  Lo ví marcharse y me preparé el desayuno. Me senté en la salita y puse la tele, entonces oí el zumbido de un cortacésped en el jardín. Tenemos una vivienda en planta baja en una urbanización de lujo y siempre habíamos tenido a un chico de mantenimiento pendiente de las zonas comunes. Sin embargo, llevábamos casi un año sin recibir el servicio y me llamó la atención que lo hubieran retomado. Me acerqué a la ventana y aparté la cortina. Entonces lo ví. No se trataba del mismo chico. Era otro. Tenía unos veinticinco años, no más. Como estaba haciendo una primavera algo más calurosa de lo habitual, el chico había preferido prescindir de la camiseta y llevaba su torso al desnudo. Me impresionó su musculatura, para qué nos vamos a engañar, sus abdominales, ridículamente marcados y aquellos pectorales prominentes. Era mulato, tenía un tono tostado que invitaba al pecado. Estaba muy tatuado, cosa que me pone a cien. Rostro varonil, mandíbulas anchas y ojos claros. Un bombón. Sus shorts desgastados y ajustados le hacían un trasero irresistible. Observé que tenía unas piernas gruesas y musculosas. Llevaba un tatuaje en unos de los muslos que no llegué a discernir en la distancia, pero que me pareció muy sexy. Pensé en que era el candidato perfecto para dar el paso y satisfacer la fantasía de Luis. ¿Pero cómo lo haría? Estuve pensando en las cosas que haría con aquel mulato y dónde. Me empecé a tocar y terminé masturbándome como una descosida allí escondida tras las cortinas, mirando cómo el tío empujaba el cortacésped, cómo se le tensaban los músculos de los brazos. Acabé exhalando bocanadas de deseo. Al final me relamí el dedo mojado imaginándome que era el pene de aquel tío. Un show, vamos.

Pasó una semana y comprobé que el chico estaba destinado a atender toda la zona común. Cuidaba de la piscina, del césped, de todo. Sobre la 13hrs se ponía a comer un bocadillo debajo de una palmera, y reanudaba el trabajo a la 13:30hrs. Estuve elucubrando un plan. Si lograba que aquel tío entrara en casa durante su media hora de descanso, a lo mejor conseguía que Luis nos sorprendiera en plena faena, ya que él sale habitualmente de trabajar a la 13:30hrs y llega a casa sobre las 14hrs. En fin, tendría que lograr que el chico no huyera demasiado pronto y que no acabara tampoco muy rápido. ¿Pero cómo conseguiría que entrara en casa? Tuve una idea. Iba a ser un topicazo, pero para el caso sería perfecto. Le diría que tenía una fuga en el fregadero y le preguntaría si sabía arreglarlo. Seguro que sabía… Seguro que sabía hacer muchas cosas.

El día elegido fue un viernes. Cuando mi maridito se fue a trabajar me  fui rápidamente a mi dormitorio a arregalarme. Esta muy nerviosa. Iba a necesitar un buen rato en prepararme para aquel tío. Me duché, me afeité el sexo hasta dejarlo liso y suave, me hice la plancha, me pinté las uñas (de las manos y de los pies), me maquillé como si fuera noche vieja y elegí la ropa: un vestido de verano con motivos florales supercorto, unas sandalias con tacón de cuña superfashion y unas pantimedias Fatal 15 color cosmetic de la marca Wolford, sin costuras en la entrepierna. Lo de las medias era un gesto para mi marido. Siempre fue un fetichista sin cura de la lencería y sentía especial predilección por las pantimedias. Pensé que si me pillaba con ellas puestas mientras le ponía los cuernos, sería como el ingrediente secreto para que un buen plato se convertiera en uno especial. Las pantimedias Wolford eran una pasada, me las regaló mi marido para San Valentín, pero nunca vi el momento para ponérmelas. La estrenaría para la ocasión. La verdad es que se sentían como una suave segunda piel que proporcionaba un velo sugerente y sexy. No llevaría braguitas, ni sujetador. Evidentemente. Me había vestido tal y como más le gustaba a Luis, y sin embargo lo iba a disfrutar otro tío.  La sensación era increíble. Me di la vuelta frente al espejo. Me gustaba lo que veía. Estaba rozando el toque “provo” sin resultar obvia. Me eché un poco de mi perfume favorito Coco Mademoiselle Chanel y lancé un beso a una foto de nuestra boda.

“Esto lo hago por tí”, le dije a la imagen de mi marido.

Salí a la terraza y busqué al chico. Eran las 12:45hrs, estaba a punto de tomarse su descanso. Lo ví al lado de la piscina. Sin camiseta, con sus tatuajes, sus músculos y el sudor del trabajo duro de toda la mañana. Me dirgí hacia él con pasos ridículamente femeninos, casi de puntillas, a lo Marilyn Monroe cogiendo el tren en “Con falda y a lo loco”. Supongo que esa actitud nunca ha fallado para atraer a un hombre.

-Hola.

El tío se dio la vuelta y me miró de arriba abajo (buena señal).

-¿Sí?

(Ufff, de cerca era más guapo aún y más alto. Me sacaba unos quince centímetros).

-Perdona, me llamo Denisse. Soy la vecina del bajo de allí enfrente. ¿Cómo te llamas?

-Roberto.

-Vaya, qué bonito, tienes un acento muy exótico.

-Soy cubano, mi amor.

Los párpados se me caían de delirio.

-Verás, tengo un problema con el fregadero y me preguntaba si podrías echarle un vistazo…

-¿Ahora?

-Sí, ¿si no te importa?

Me di cuenta que me miraba el escote. Una ráfaga de viento abrió un poco el vestido y noté que se me endurecieron los pezones al roce con la tela. ¿Se me notarían? Por la cara del chico juraba que sí.

-No, vamos si quiere preciosa.

-¡Gracias! Sígueme, es por aquí.

Mi corazón me martilleaba el pecho. Tenía a aquel tío musculoso justo detrás de mí, siguiéndome hasta mi casa. Me volví y le sorprendí mirándome el culo. Sonreí. Esto marchaba.

Entramos y nos dirigimos a la cocina. Me agaché para abrir el fregadero y de pronto me acordé de lo corto que era el vestido y de que bajo las medias no me había puesto braguitas. Me incorporé y me bajé la falda lo que pude. Le miré a los ojos y comprobé que seguramente le mostré más de lo que debía. Estaba supercaliente de ver a aquel tío dentro de casa, sin camiseta, con tantos músculos, oliendo a macho. Noté que me empecé a mojar.

-Mira aquí abajo, está todo muy húmedo -le dije, y me mordí el labio.

El chico ni siquiera miró hacia el fregadero.

-¿Y tu marido? -me preguntó.

-No te preocupes por él… -suspiré.

Ya no podía esperar más y me lancé hacia él y comencé a besarlo apasionadamente. Le di mi lengua para que jugara con ella en su boca. Fue todo muy, muy sucio desde el principio. Llevaba más de quince años (los años que conozco a Luis) que no besaba a ningún otro hombre que no fuera él, y la diferencia me volvió loca. Notaba sus mejillas rasposas mientras me lamía el cuello. Tocaba sus brazos duros y fuertes y pensaba en las consecuencias que traería todo aquello. Me magreaba las tetas justo como a mi me gustaba, sin delicadeza, como un animal. El deseo hacía que quitara el pie del freno y que me tirara cuesta abajo, pero la razón ponía en duda si la fantasía de mi marido de ser un cornudo era sólo eso, una fantasía, y que en realidad no podría tolerar a una esposa infiel. Entre aquel barullo de pensamientos suspiraba cada vez que lo miraba a los ojos, cada vez que nuestras lenguas se rozaban, cada vez que veía toda esa piel tatuada. El olor a macho me hacía derretirme. Sus manos sucias de tierra comenzarón a subirme el vestido y a meterse dentro de las pantimedias.  Empezó a bajármelas.

-No me las quites, por favor. Déjamelas puestas, me gusta más así.

Aquello pareció excitarlo y me cogió en brazos como a una niña pequeña. Le indiqué donde estaba mi dormitorio de matrimonio. Cuando llegamos me lanzó sobre la cama y se quitó los shorts. Llevaba unos calzoncillos Calvin Klein blancos que contrastaban con su piel morena. El tatuaje de su muslo derecho era un tigre de bengala muy logrado. Le daba un aspecto de chico malote muy atractivo. No pude evitar fijarme en su paquete. Su pene dibujaba una gruesa silueta horizontal que se perdía hasta la cadera. Suponía que era un efecto óptico, que no podía ser tan grande. En realidad aquel hijo de puta estaba para comérselo. Me acerqué y me puse de rodillas frente a él. De cerca el bulto me impresionó. Daba la impresión que se había metido un rodillo de cocina en los calzoncillos. Lo acaricié y me di cuenta de que no era un efecto óptico. El miembro era real, inmenso. Me puse a besarlo por encima de los calzoncillos. A lamerlo. El chico gemía.

-¿Ese de la foto es tu marido? -me preguntó.

Cerré los ojos y tomé aire. Me puso cachonda que me lo preguntara. Precisamente en ese momento en el que estaba tan entregada a él.

-Oh sí, ése es.

-Tiene cara de pringao.

-Ohhh, sí lo es.

Le bajé los calzoncillos y liberé la polla más grande que había visto nunca en directo. Estaba totalmente depilado. Me gustó. “Vamos, guarra, cómeme la polla”. Se la sujeté con la mano (apenas la conseguía rodear entera) y la admiré. “Por tu cara parece que te gusta más que la de tu marido”. Era preciosa, robusta, con venas gordas, algo curvada hacia un lado (me encanta) y sin circuncisar. Al principio no supe bien qué hacer. “Hoy es tu día de suerte, perra”. No sabía por dónde empezar. Tragarme todo ese rabo iba a ser imposible, así que saqué la lengua y recorrí todo aquel pollón larga y pausadamente. Me detuve bastante en lamerle los huevos. “Oh, joder sí, cómeme los cojones, putita, así, así, como una gatita en celo, sí”. Los tenía tan depiladitos y tan suaves que me fascinaron. Mi lengua se deslizaba tan bien por aquellas bolas lisas y sedosas. Me dediqué de lleno a relamerle los huevos hasta dejarlos todo lengüeteados y mojados en saliva. Al final fue él el que me pidió que lo dejara ya por miedo a correrse demasiado pronto. Entonces me la metió en la boca, todo lo que pudo. “Ven aquí, preciosa. Esos labios se hicieron para mi polla.”  El tío me sujetó la cabeza y me folló la boca literalmente hasta la garganta. Estuvo así un ratazo. Yo lo miraba a los ojos, gobernable, dispuesta a sus antojos. Hilos de saliva y presemen me resbalaban por la barbilla. “Oh, qué bien la chupas, zorra. A ver si eres igual de buena con mi culo.” De repente, se tendío sobre la cama y abrió las piernas, mostrándome su ano igualmente depilado a conciencia. La verdad es que aquel semental estaba buenísimo.

-¡Lame mi culo, vamos! Me encanta.

Y yo, como hipnotizada, fui gateando hasta él con la lengua fuera y le lamí el ano con devoción. Nunca en mi vida había hecho una cosa tan sucia, sin embargo sentirme tan obscena terminó por impregnar mis pantimedas con una gran mancha de humedad que se extendía hacia los muslos. Esa sensación acuosa en la entrepierna era totalmente erótica. No estoy segura, pero creo que en ese momento tuve mi primer orgasmo junto a él, allí postrada, lamiéndole el culo a aquel chico malo.

Al rato se levantó y me cogió en volandas y me lanzó nuevamente sobre la cama. Me trataba como a una puta de polígono y eso me encendía aún más. Enterró su cara sobre mi coño y quiso quitarme las medias otra vez.

-¡No, no! ¡Comételo con las medias puestas, por favor! ¡Me vuelve loca así! ¡Así es como le gusta a mi esposo, pero nunca le dejo! ¡Quiero que tú disfrutes lo que no le dejo a él!

El tío me cosió el coño a lametazos. El efecto de su lengua, la caricia de sus mejillas sin afeitar sobre mis muslos y la textura de las medias empapadas por mi exceso de fluidos hizo que me bajara una ráfaga de orgasmos electrizantes. Grité y todo. Mientras me asaltaba el placer por todo el cuerpo no sabía si cerrar las piernas o abrirlas un poco más.

De pronto escuché el motor del coche de mi marido. ¡Había llegado a casa! Mi corazón empezó a golpear mi pecho a toda pastilla. Estaba a punto de llegar el momento más importante en nuestra vida matrimonial. Cuando Luis entrara en el dormitorio, ya nada volvería a ser igual.

-Corre, fóllame, mi marido ha vuelto a casa.

El mulato no daba crédito a lo que había oído. Hizo el amago de marcharse y esconderse con rapidez, pero lo detuve.

-No, no te vayas. ¡Fóllame, te lo ruego! A mi marido le gusta que me jodan otros hombres.

(Al menos eso esperaba, porque de lo contario se iba a liar una buena).

Me rompí las medias con las uñas, haciéndole un agujero lo suficientemente grande para que entrara su pene. Dudé un instante cuál sería la posición más adecuada para cuando entrara en el dormitorio y nos sorprendiera. Decidí que me pondría a cuatro patas con la cara mirando hacia la puerta, para mirarle a los ojos a mi marido en el momento culmen.

-Vamos fóllame como a una perra. Si entra mi marido, no pares, tu sigue follándome como loco.

Roberto me penetró por detrás y yo lancé un profundo quejido. Notaba como chapoteaba mi coño cada vez que me embestía. Aquel tío me llegaba hasta donde ningún hombre me había llegado nunca.

-Oh Dios mío, siii, joder, me matas, cabronazo. Oh, fóllame así, venga, así. Oh Dios mío, Dios mio.

Me maravillaba la percepción de no notar ninguna barriga sobre mis nalgas al ser penetrada. Con Luis siempre sentía su barriga fofa antes siquiera de que lograr metérmela entera. Pero con aquel tío, solo sentía sus abdominales duros en relieve acaricar mi culo y sus huevos gordos y suaves golpear mi clítoris. Pensé que era una chica con suerte. Escuché la puerta de la casa. Al fondo mi marido:

-Hola cariño, ya he vuelto…

-Ahh, ahh, siii, no pares, tu no pares, sigue, sigue así, dame cachetes en el culo, dime que soy tu puta, así.

-¿Cariño?

-¿Te gusta así puta? Te gusta que te folle un hombre de verdad, ¿eh? ¿Quieres enseñarle a tu marido lo que realmente te gusta, eh?

El tio me estaba haciendo ver las estrellas, me daba cachetes y me castigaba de lo lindo con sus movimientos de caderas cubanos. Los nervios de saber que mi marido estaba en casa y que estaría oyéndonos acrecentaba el erotismo hasta límites inaguantables.

-Ay, siii, asíii, me matas. Enséñame cómo folla un hombre de verdad… Oh, Dios mío…

Entonces se abrió la puerta del dormitorio.

Luis estaba de pronto allí delante, con su traje barato y su cara de lelo. Su palidez era patética. Por un momento se me detuvo el corazón mientras un fuerte orgasmo me sacudió como un latigazo por toda mi columna. Me corrí salvajemente, entre espasmos y convulsiones. Incluso tuve una ejaculación femenina, ya que experimenté pérdidas semejante a la orina que salpicaron las sábanas de nuestra cama de matrimonio.

-¡Denisse! ¡Qué haces!

-Me está follando un macho, Luis, un macho de verdad… Me está dando lo que tu jamás podrías darme. ¿Lo entiendes verdad? Dime que lo entiendes.

La cara de mi marido estaba poniéndose roja. Sus ojos brillaban. Pero no era de cabreo, era más bien una claudicación humillante y lujuria. Soltó el maletín que cayó al suelo.

Roberto hacía círculos con su cadera, follándome como un profesional del porno.

-Joder, zorra barriobajera, te has meado de gusto. Mira cómo ha puesto la cama la cerda de tu mujer -bramó el corneador.

-¿Te gusta verme así? ¡Dime Luis! ¿Te gusta que otro tío me diga zorra barriobajera delante de ti? Mira, me está follando con las pantimedias puestas, con las caras… Las que me regalaste para San Valentín. ¿Te gusta que sea así de puta con él? Dime, ¿te gusta que te ponga los cuernos?

Mi marido me miró y asintió levemente. Tenía los ojos llenos de lágrimas.

-Denisse… -logró escupir:- ¿Por qué?

-Porque estoy harta de tu pichita enana, Luis. Por eso. Porque nunca tengo orgasmos contigo….-comencé a balbucear entre gemidos de gozo:- Mira la polla de este tío, joder. Esto es un hombre, ¿ves? Ah, ah, ah. Me ha dado más orgasmos en media hora que tú en toda nuestra vida juntos -Era difícil hablar mientras se sacuden bien por detrás:- Esto es lo que quiero a partir de ahora… Y tu serás mi cornudo fiel y sumiso. ¿No es eso lo que te pone, maricón? -Y Roberto dándome otro cachete y haciéndome una cola de caballo con su puño, tirándome del pelo, llevándome la cabeza hacia atrás (Dios cómo me ponía eso): – Ah, ah, ah. He descubierto toda esa guarrería que miras por internet, Luis. Lo sé. Sé que te pone ser un cornudo… Y la verdad es que a mí también me pone berraca ponértelos. Ah, ohhhh, no veas cómo empuja este cabronazo, ahhh, ohhh, siiii, cómo me folla cariño, qué bien jode… Me va a dejar el chochito todo irritado. Pero no te importa, ¿verdad? Luego me echas cremita para calmármelo, ¿no cielo? ¿Lo harás? Ohhh, Diosss, siiii, hasta el fondo, cabronazo, me vas a romper en dos, uhhhh.

-¡Mierda, esto es demasiado! -gritó Roberto muy sudado: -¡Me corroooo!

Entre tensas contracciones Roberto descargó un buen chorro y vació sus gordos huevos depilados dentro de mí. Noté el calor del líquido llegarme hasta lo más hondo. Fue un momento íntimo, cálido, reconfortante. La invasión de otro hombre en nuestro matrimonio había sido total, definitiva.

-Se acaba de correr dentro de mi, Luis. Estoy toda llena de su leche, mmmm.

Acordándome de los vídeos que había visto por Internet, decidí llegar al límite y me puse boca arriba abriéndome de piernas. El semen rebosaba de mis labios vaginales.

-¿Dime Luis? ¿Quieres comerme el coño así: recién follado y colmado con el semen de este tío? ¿O prefieres que me duche antes?

Mi marido estaba ofuscado. Se le notaba que estaba teniendo una fuerte lucha en su interior. No sabía si actuar cómo le aconsejaba su cabeza o cómo le rogaba su pequeño pene erecto.

Hice el amago de levantarme.

-Pues me ducharé entonces.

-¡No! Así está bien -me detuvo muy nervioso y miró a Roberto con timidez, avergonzado, cachondo.

Yo estaba alucinando. Al final se dio cuenta de cuál era su verdadero rol en nuestra relación y me limpió el coño con su lengua hasta rebañar la última gota del semen de Roberto.

Mientras lo hacía tuve sensaciones muy extrañas y contradictorias. Por momentos sentía lástima por mi esposo, pero acto seguido me ponía super salida y calentorra al verlo tan dócil y manejable. Sentí un placer especial al notar su lengua lamiendo mi chochito dolorido y bañado con el semen de un extraño, un placer que jamás había sentido con él. No porque mi marido supiera comerme bien el coño (hacía lo que podía), sino por la situación tan humillante a la que consitió someterse. Cuando terminó me incliné y le limpié un cordon blanco que se deslizaba por su barbilla.

-Sólo una pregunta antes de que se despida Roberto. Nunca te has aplicado tanto con el sexo oral. Dime una cosa, ¿me lo has comido con tantas ganas porque te gusta mi coño o porque sabía a su polla?

No me contestó, me miró a los ojos y supe la respuesta.

Yo ahogué un grito con la mano, un grito que terminó en una sonora carcajada. Era increíble, lo cornudo y maricón que era mi marido. Y yo sin saberlo.

Nuestro matrimonio, desde ese instante, ha sido maravilloso. Pero eso lo contaré en otra ocasión.

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Ayuda al Camión (Dedo al Camión 3)

Ayuda al Camión
Por Rebelde Buey

Estaba desesperado. Había reunido a mis dos íntimos amigos, a mi primo y a un vecino de confianza para que me ayudaran, para que me dieran ideas, plata, lo que sea con tal de sacar a mi novia del emputecimiento en el que estaba sumergida.
Los miré uno a uno, tragando saliva. Resultaría difícil no quedar como el rey de los cornudos.
—Se trata de Violeta…
Me miraron preocupados.
—¿Le pasó algo?
—No. Bueno, sí. Pero nada grave. O sí, muy grave…
—¿Qué pasa, Henry? ¿Se van a separar?
Estábamos en el living de mi casa, sentados en los sillones.
—Está en problemas. Tiene un especie de… adicción…
—¿Drogas…?
Los miré. No sabía cómo decirles.
—Es adicta… al sexo.
Uno de mis amigos sonrió como si yo estuviera bromeando.
—No es lindo. Ni excitante. No es solo adicta al sexo… -me sentía tan incómodo de revelarme así delante de ellos. —Es adicta al sexo con… camioneros… Está como obsesionada… Es una historia larga, pero… Se la pasa cogiendo con camioneros…
Primero rieron. Luego vieron mi rostro destruido y entendieron que, por extraño que pareciera, era verdad.
Me eché a llorar.
—Henry, disculpá… -me dijo uno de mis amigos. —Pensé que era una joda…
—No lloro por ustedes, pero ella… Tengo que hacer algo… no quiero perderla…
—¿Te va a dejar? -quiso saber mi primo.
—No. Ella me sigue amando. Y yo también. Pero no puede salir de esa puta parrilla…
—¿Qué parrilla?
—Trabaja en una parrilla y el dueño la hace coger con los camioneros por 100 pesos… Y ella se deja…
—No puede ser…
—Hasta yo… Para cogérmela yo también tengo que pagar… Necesito ayuda…-imploré.
Todos conocían a Violeta y, aunque la veían siempre de polleritas y remeras ajustadas, con sus tetas a punto de explotar y la carita de puta alegre, les resultaba imposible de creer.
—¿Querés que le hablemos?
—Es al pedo hablar. No le importa nada. No es que no me quiera, es que no lo puede evitar… Es como una droga, no puede dejar de cogerse camioneros…
Yo estaba con la cabeza gacha, llorisqueando, y no pude ver cómo entre los cuatro se cruzaron miradas.
—¿Cómo es el sistema…? -me preguntó mi primo.
—Los camioneros comen algo, se anotan en una lista y cuando les toca el turno, pagan comida y polvo y se llevan a mi nena a su camión…
—¿Por cuánto tiempo?
—Media hora…
Se volvieron a mirar.
—¿Y hay alguna restricción… o cualquiera puede ir y…?
—Creo que cualquiera. No sé. Mientras se le pague al hijo de puta de Antonio, el parrillero…
En ese momento entró al living Violeta y nos sonrió. Ya se habían saludado antes y ella iba y venía por la casa sin saber lo que hablábamos nosotros. Llevaba puesto un mini short colorinche, enterradísimo entre las nalgas, que la exhibía demasiado. Esa era otra cosa que me molestaba de todo el asunto: el hijo de mil putas de Antonio, además de prostituirla, le había cambiado la forma de vestirse y comportarse. Ya en el barrio se rumoreaba que era una putita.
Mis amigos la siguieron con la mirada, especialmente cuando se agachó a acomodar unas cosas en una mesita. Mi primo, fanático de los culos grandes y redondos, se quedó colgado del mini short de mi novia, que casi le dejaba media cola afuera.
—¿Vieron? -les dije cuando se fue. —¿Vieron lo cambiada que está?
—Yo no la veo muy cambiada -dijo mi primo. —O por ahí un poquito más delgada, con mucho mejor cola que antes, creo está más buena que nunca…
—¡Cambiada de actitud, boludo!
—Ah, sí, sí -admitió a modo de disculpa.
Los miré a los cuatro, suplicante. Eran mi gente de mayor confianza.
—¿Y? ¿Me van a ayudar o no?
—Por supuesto, Henry. Algo se nos tiene que ocurrir. Pero decime… la parrillita esa… ¿dónde queda…?

Idearon rápidamente un plan. Me pidieron 400 pesos, 100 para cada uno. Irían en la semana a ver cómo era el sistema ese, por el que el Antonio prostituía a Violeta. Santiago, uno de mis amigos, consiguió un camión. Pagarían, llevarían a mi novia a la cabina y tratarían de convencerla. Por supuesto, ellos no le harían nada. Eso me aliviaba. Si bien me iba a costar 400 pesos, al menos esa noche ella no sería tan usada como de costumbre.
Llegamos a la parrillita y mis amigos y mi primo se anotaron en la lista. Casi se atragantan cuando la vieron llegar de un camión con su uniforme de ese día, una mini falda tableada y cortísima, que le dejaba media cola al aire, y una tanga demasiado metida en la raya. Arriba, un top corto donde las tetotas se peleaban por salir.
—Hola, mi amor -me saludó mi novia. —¿Trajiste platita para hacerme el amor?
—N-no… -balbucí. —Pero mis amigos… -Ella giró para verlos y les sonrió. —Vienen a hablarte.
—Que se anoten en la listita, mi amor… -dijo con cierta indiferencia.
Media hora después, mi amigo Dani se llevaba a mi gordita hermosa al camión, previo pago de los 100 pesos que le había dado. Dani era el más pirata de todos, a excepción quizá de mi primo, por lo que verlos entrar a la cabina me despertó una alarma. ¿Y si se llegaba a propasar con ella?
—Tranquilo -me dijeron los otros tres. —A Dani lo conocés desde la primaria. ¿Cómo te va a hacer una cosa así?
Me calmé. Todo este asunto me estaba poniendo paranoico. Fue una media hora de chicle, nunca se terminaba. Por un lado mejor, pensé, todo este tiempo estaría tratando de convencerla.
Pero cuando regresaron, también lo hizo la paranoia. Porque conozco a Violeta y en la cara le vi que había cogido. Mi amigo venía feliz y relajado. Algo andaba mal.
—Santiago -anunció Viole con el papelito en la mano, y le sonrió a mi vecino cuando éste se levantó de un salto. Le vi el bulto que le hacía el pantalón y lo noté muy poco concentrado en su misión real.
—¡Ey! -reclamé mientras se alejaba con mi novia de la cintura y le magreaba disimuladamente las nalgas. —Tratá de convencerla…
Los vi entrar al camión y otra vez algo se me atragantó. Giré ansioso hacia Dani, el que recién había estado con Viole.
—¿Y?
—Formidable… -respondió con una sonrisa de satisfacción plena.
—¿Cómo formidable?
—Quiero decir, difícil… Mirá, traté de hablar, pero es imposible, tenías razón…
—¿Y qué hiciste media hora ahí?
No esperé a que me contestara. Fui corriendo como un loco hacia el camión. Llegué agitado y subí al estribo y me asomé por la ventanilla. Santiago estaba con los pantalones por los tobillos bombeando a mi chiquita, que lo atendía con sus piernas abiertas y abrazándolo por la cintura. ¡Se estaba cogiendo a mi novia!
—¡Santiago! -grité indignado.
Pero el hijo de puta se la seguía garchando y masajeándole las tetotas, mientras ella entrecerraba los ojitos.
—¡Santiago, dejá de cogerte a Violeta! -volví a gritar. Se ve que no me escuchaban porque mi amigo seguía dándole maza y penetrándola como una animal. Entonces golpeé el vidrio de la ventanilla. —¡Hijo de puta, largá a mi novia!
Ahí saltaron del susto. Santiago me miró con culpa pero no se salió de entre las piernas de mi amorcito. Levantó los hombros y puso cara de disculpa.
Y se dio media vuelta y continuó fifándosela.
Golpeé de nuevo, inútilmente. Decidí abrir la puerta del camión. El turro la había trabado. Forcejeé con la manija mientras miraba angustiado cómo mi amigo seguía bombeándola hacia arriba y hacia abajo, entre las piernas de ella. Su culo peludo moviéndose contra mi nenita hermosa y ella con las piernitas arriba, recibiendo verga, asiéndolo de la cintura y trayéndolo hacia sí para que la penetración fuera más profunda. Volví a forcejear.
Permanecí en el estribo del camión la media hora que duró esa cogida, asomándome angustiado por la ventana y tratando de abrir. En ningún momento Santiago dejó de cogérmela y le acabó adentro un par de veces.
Al salir de la cabina me encontró como amansado, resignado, seguramente, y con una erección que no me correspondía. Intentó explicarme algo pero yo me quedé allí, sin reacción, y él y mi novia volvieron hacia la parrillita. Nadie me vio entrar al camión. No me iban a cagar otra vez, mi primo y mi otro amigo me iban a tener adentro para evitar que me la zarpen otra vez.
Los sorprendí cuando entraron. A Violeta y a mi amigo Juanjo.
—¿Qué hacés acá? -me retó ella. —No me vengas a hacer lio al trabajo.
—Vengo a impedir que estos hijos de puta me sigan cagando.
—¿Pero qué decís? ¡Son tus amigos!
—Sí, Henry, ¿cómo te vamos a cagar? -me dijo Juanjo sorprendido, mientras se abría el cinturón del jean.
—¡Se están cogiendo a mi novia desde que llegaron, hijos de puta! ¡Se suponía que solamente iban a hablar!
—¿Y qué querés que hagan si ya le pagaron a Antonio, mi amor? -Encima mi novia los defendía.
—¿Quién te entiende, Henry? Estamos tratando de ayudarte -y luego se refirió a Violeta en otro tono: —Girá la colita más para acá, mi amor… así…
—¡Dejá a Violeta en paz! ¡No te la cojas, Juanjo!
—¡No me la voy a coger, boludo! -me quiso tranquilizar mi amigo, pero ya tenía la pija dura en la mano y a mi novia sin el culote puesto. La tomó de la mano y la guió hacia él.
—Henry, dejá de hacer papelones… ¿querés?
—Estoy tratando de ayudarte con Violeta. -Juanjo le hizo pasar la pierna por arriba y la ayudó a mi novia a ponerse por encima de él, de frente, con la conchita deliciosa a punto de clavarse.
—¡Te la vas a coger, hijo de puta! ¡Dejala!
—¡Te digo que no me la voy a coger! -prometía. Tomó de la cintura a Viole y la acomodó sobre su pija, puerteándola, y le marcó a ella el movimiento hacia abajo. Violeta solo se dejó caer sobre esa pija durísima y el entierre de la verga en esa conchita fue impecable. —Mmm…
—¡Turro de mierda, te estás cogiendo a mi novia!
—No…. No… -jadeaba el hijo de puta mientras hacía subir y bajar a Viole sobre su pija. —No me la estoy… uhhh… cogiendo…
—¡Te la estás cogiendo, hijo de puta, te estoy viendo!
—Te juro que… no me la estoy… uhhh… uhhh… síii… asíii…. -Su verga venosa salía de mi novia y volvía a entrar, y los líquidos de ella le sacaban brillo a la cogida.
—¡Henry, no seas desubicado! -me retó mi novia, que lo cabalgaba como una puta.
—Me dijeron que iban a convencerla de salir de acá. -dije a mi amigo con un nudo en la garganta.
—No, Henry. Te dijimos que íbamos a ver cómo era todo este sistema. Esto es parte del sistema… -y le gimió bajito a ella: —Uhhh… qué buena que estás, corazón…
Tuve el impulso de pegarle una trompada, pero el guacho empezó a acelerar sus embestidas y vi claramente cómo su pija horadaba una y otra vez esa conchita que era de mi propiedad. Eso me distrajo y ya no supe qué contestar. Viole fue más práctica.
—Además ya pagó, mi amor… ¿No creés que es justo que me coja un poquito…?
Ahora Viole se daba vuelta y le ofrecía la espalda, siempre sentada sobre su verga. Mi amigo la elevó un instante, con la pija en la mano.
—Correte, Henry -me regañó mientras la agarraba de la cintura a ella para bajarla y clavársela otra vez. —Estás muy cerca y no me dejás mover la pierna para mandársela bien al fondo…
Me corrí.
—Ahhhh… -comenzó a gemir mi novia cuando la pija de Juanjo le entró en esa nueva posición.
—Gracias -mi amigo finalmente empujó a mi novia hacia abajo y se la clavó hasta los huevos.
—Ay… Síii… -gimió ella. —Así, Juanjo…. ¡qué buena pija…!
—¡Viole! ¡Al menos tené la decencia de callarte!
Pero siguió gimiendo como una puta en celo mientras mi amigo se la garchaba sin compasión, disfrutando de mi novia con cada embestida, sintiéndola toda para él.
—Sostenémela un poquito de ahí para que no se me vaya para adelante -me pidió. Lo hice, ¿qué podía hacer? Mi amigo la agarró de las nalgas y con cada penetración le abría la cola para metérsela más adentro. Violeta gozaba de verdad, aunque también podía ser la actuación aprendida en este trabajo.
Lo que no era actuación, estoy seguro, fue cuando media hora después se la cogió el último de los cuatro a los que yo les estaba pagando: mi primo. Es que a ese hijo de puta mi novia siempre le había tenido ganas. Y eso lo sabía yo de una charla tonta que había tenido una vez con Violeta. Ya dentro del camión, mi primo se impuso ante mi primera queja y no me dejó margen de negociación:
—Cuerno, no me rompas las pelotas porque a tu novia le tengo ganas desde hace años y pienso darle sin asco. -Me quedé helado. —Cerrá la jeta, no hagás quilombo y portate bien.
No me sentí tan humillado como debiera. Quizá porque ya él era el cuarto que se la iría a coger y estaba claro para todos que yo era un flor de cornudo.
Mi primo puso a Violeta en cuatro patas hacia adelante, con el culazo hermoso y redondo a su total merced. Le subió la poco decente minifalda y apoyó el sobrecito del preservativo sobre su cintura, ahí donde muere la espalda. “Menos mal”, pensé. “Por lo menos éste me la va a coger con forro”
Pero lo que hizo en realidad mi primo fue quedar con sus dos manos libres, y entonces le abrió con hambre las nalgas a mi novia.
—¡Qué pedazo de culo que tenés, Violeta! No sabés cuánto hace que le quiero entrar. -Mi novia echó una risita halagada y paró más la cola. Mi primo la manoseó lujuriosamente, gozando cada centímetro de carne, y cada segundo que la tenía para sí. Agarró su pija enorme y durísima y se la fue acercando despacio hasta que comenzó a penetrarla.
Con el movimiento de pelvis que hizo mi chiquita para que la penetración fuera más adentro reparé en que el sobrecito del preservativo seguía sin abrir en su cintura.
—Uhhh… -gemía él. —Qué rica estás… Estás tan buena como siempre te imaginé…
—Primo, te la estás cogiendo sin forro. -le reclamé más resignado que firme, patético. —Ponete el forro, por favor…
—Uff, no seas escandaloso -minimizaba, y seguía meciéndose hacia ella una y otra vez, despacio, pero penetrándola cada vez más profundo. —Ahhh… Qué buena que está tu novia, cuerno…
—No seas hijo de puta, ponete el forro, aunque sea.
—Ay, mi amor -terció Violeta. —No seas tan pesado, al fin de cuentas es de la familia.
Mi primo no dejaba de enterrarle la pija hasta los huevos ni por un segundo. La sacaba casi íntegra y la volvía a meter despacio pero sin detenerse jamás. Y el hijo de puta disfrutaba ese roce húmedo y me lo demostraba con cada jadeo.
—Te voy a acabar adentro, Viole… No sabes las veces que soñé con hacerte eso…
—Ay, sí, llename de leche…
—¡Pero ustedes están locos! ¡Viole, te puede dejar embarazada!
—No estoy ovulando, mi amor… Y ya te dije que no me molestes cuando trabajo para Antonio…
—Primo, no me podés hacer esto… -le supliqué.
—No quiero, cuerno… -le abría las nalgas y miraba lascivo la penetración que él mismo le propinaba a mi novia. Y gozaba. —Pero no sé si voy a resistir la tentación… -Con cada pijazo que le clavaba jadeaba más y más. —No sabés… ahhh… lo que es … Uhhh… esto… mmm… Es el mejor polvo que me eché en mi vida…
—¡Dejate de joder, mirá si la embarazás!
—Te la lleno, cuerno, te la lleno… -anunció y comenzó a acelerar las embestidas. Mi novia jadeaba al ritmo de mi primo.
—¡No seas hijo de puta…!
—Te la lleno… Disculpame, primo, pero te la lleno de leche…
Y aceleró más y empezó a bufar sonoramente, y de pronto el recontra hijo de putas de mi primo empezó a deslecharse adentro de mi novia.
—Síiii… -se emocionó Violeta. —Llename… ¡Llename de leche, papito!
—¡Sos un hijo de puta! -le grité al borde de las lágrimas.
—¡Te la estoy llenando, cuerno! ¡Te la estoy llenando! -me anunció mi primo mientras la seguía bombeando. —¡Mirá!
Y yo miraba. ¿Cómo no iba a mirar? Me sentía furioso, indignado, contenido de violencia y a punto de explotar en un llanto, pero hipnotizado por esa imagen surrealista de la verga de mi primo latiendo dentro de la delicada conchita de mi novia. Y sabia que cada latido era un chorro de semen directo a sus entrañas, y cada quejido de ella no era otra cosa que una súplica de placer, porque también sabía que le excitaba sentir adentro la leche tibia de sus machos.
Me fui en seco sin poder evitarlo y un lamparón de humedad afloró en mi pantalón, avergonzándome. En cambio, el hijo de puta de mi primo seguía bombeando a mi chiquita mientras la asía de las nalgas con sus garras y la surtía sin compasión.
Pensé que todo iba a terminar ahí. Mi vejación no podía ser peor.
¡Qué equivocado estaba! Mi primo sacó el buen pedazo de verga del que dispone y lo apoyó sobre las nalgas de ella. Estaba brilloso de fluidos y todavía duro. El peso de esa pija sobre su cola, y el chasquido que el semen viscoso hizo contra su piel fue toda una premonición.
—Uuuy… -dijo mi novia, mimosa.
—Te voy a romper el culo, muñequita. Siempre quise hacerte esa colita hermosa que tenés.
“Já”, me ufané en mis pensamientos. “Si le quiere hacer el culo está jodido, solo le pagó 100 pesos a Antonio, y para hacerle también la cola debería haber pagado 150”
—Mmm… me encantaría, primito… -respondió mi novia.
La respuesta de Violeta no me gustó ni medio.
—Mi amor, no te puede hacer la cola -le recordé. —Él te pagó nada más que 100 pesos.
Mi primo se enojó.
—Callate, cornudo, no seas botón.
—Es que es una pija tan rica…
—¡Viole, sos una hija de puta, a mí no me dejaste!
—¡Callate, te dije, cuerno!
—Si te dejás hacer la cola por cien pesos le cuento a Antonio.
Me sentí tan extraño declamando semejante cosa. Pero ya todo estaba muy fuera de lugar. Mi primo me miró con odio. Quizá si no estuviera recomenzando la cogida a mi novia, otra vez, me habría pegado. Viole gimió al recibir esa pija, pero me sonrió y me tranquilizó:
—Nunca le fallaría a Antonio, amor… Nadie puede hacerme la cola si no paga 150.
Sonreí triunfal. Sí, le sonreí triunfal a mi primo, que estaba de rodillas detrás de mi novia, penetrándola otra vez, haciéndola gemir y pedir más pija. Sí, triunfal, aunque no sé por qué.
—¡Qué pedazo de cornudo…! -sentenció mi primo. Y mi triunfalismo flaqueó. Comenzó a ensalivar el ano de mi novia, masajeándolo, de paso, pero solo para ensalivarlo de nuevo y otra vez.
—¿Qué hacés?
—Voy a romperle el culito a la puta hermosa de tu novia…
—No podés… Ya escuchaste a Viole, tenés que pagar 150.
—Vengo acumulando ganas desde hace tres años, primo…
Me miraba y seguía dilatando el agujero de Violeta. El turro le apoyó la punta de la verga en la entrada del ano. Solo lo apoyó, y empujó casi nada, como para marcar presencia.
—Tenés que darme antes los 50 pesos que faltan, corazón -anunció mi novia, rindiendo obediencia a su proxeneta parrillero.
—Ya lo sé. -Le apoyó más fuerte la cabeza de la pija y le metió unos dedos en la conchita.
—¡No lo hagas, hijo de puta! Viole, no lo dejes, o le aviso a Antonio.
—No va a hacer falta, alcahuete… -se quejó mi primo. Le metió media cabeza de pija en el ano ya bastante dilatado de mi novia y me dijo lo más campante: —Prestame 50 pesos.
La turrísima puta se desinfló con una sonrisa de satisfacción total.
—Sos un hijo de puta… -le festejó. Yo no quería entender.
—¿Qué? ¿Cómo?
—¡Que me preses 50 pesos, cuerno! -me ordenó muy firme, casi con violencia. —Dame la guita que le quiero romper el culo a tu novia.
—¡No me digas cuerno! -fue mi reacción desesperada, confundida.
—¡Dame los 50 mangos, la re puta que te parió!
—¡Viole, decile algo!
—Ay, Henry, dejá de portarte como un chiquilín. Después te los devuelve.
No me los iba a devolver nunca, lo sabía.
—Dale, cuerno, que tengo la verga dura y el culo de tu novia a punto de caramelo… Te prometo que no le va a doler….
Violeta se rió.
Y yo me vi como un autómata sacando mi billetera despacio, incrédulo, viendo cómo mi gordita putona, culo para arriba, me miraba a los ojos y me tiraba un besito silencioso.
—Tengo un solo billete y es de cien.
—Mejor -dijo mi primo. —Así le queda de propina. No quiero que tu novia piense que soy un miserable.
Le di los 100 pesos.
—Así me gusta, cuerno.
Mi primo agarró los 100 pesos y sacó su propia billetera. Sacó de allí un billete de 50 y se guardó el de cien. Vi que tenía al menos 200 pesos más.
Vencido, vi como mi primo tomó el billete de 50 y lo enganchó en el elástico de la bombacha de mi novia, en la cintura, donde termina la espalda. El elástico hizo un chasquido y mi novia se contorsionó de placer.
—Putita… -le dedicó mi primo. —Ahora sí…
Volvió a ensalivarse la pija y el ano de ella. Lo masajeó un ratito y le fue enterrando la cabecita de a poco pero firmemente.
La buena de mi novia bufó callada y se esforzó por dilatarse. No le costó mucho. Aunque esa noche no le habían hecho la cola todavía, no le faltaba práctica. La cabeza de la pija de mi primo entró íntegra y allí descansó unos segundos. Y luego siguió perforando.
—Vení, cuerno, mirá -me invitó orgulloso.
Aunque lo odiaba, fui.
—¿Ves? -me preguntaba mientras le iba enterrando muy muy despacio la pija por el culo. Yo no daba crédito a mis ojos. Jamás había visto a mi novia penetrada desde una distancia tan corta. Y fue más corta aun: —Acercate, primo. Mirá bien de cerca cómo le lleno el culo de verga.
Le hice caso y puse mi rostro pegado a las nalgas de mi Viole, mientras la pija de mi primo seguía taladrándola a cuatro centímetros de mis narices.
—Escupile -me ordenó de pronto mi primo. Y me señaló el ano de Viole, que estaba tapado por el grosor de su miembro, metido bien adentro de ella. Yo escupí ahí donde él me dijo, y entonces él retiró la pija unos centímetros. —Escupí de nuevo, dale.
Y se la empezó a enterrar otra vez. Repetimos la acción un par de veces, yo escupiendo sobre su pija, y él sacándola y metiéndola.
—Ahora ayudame, cuerno, mantené la bombacha de tu novia al costado, que no me moleste.
Tuve que rozar la mano de él, que estaba agarrando las nalgas de mi novia como si fueran una masa, abriéndole lo más posible sus gajos para comenzar a penetrarla más seguido. Y yo le sostuve la tanguita en el costado, para que él la sodomizara más cómodo.
—Uhhh -gimió ella.
Mi primo retiró un poco la pija.
—Escupile de nuevo, cuerno.
Escupí. Y mi primo arremetió otra vez perforando el ano de mi Viole.
—Ahhhh…. Siiiii…
—Qué buen orto que tiene tu mujer… -bufó él. —¡Escupí, cornudo! Ayudá a tu novia.
Me tuvo así, lubricando su propia cogida unas cuatro o cinco veces más. Para escupir tenía que acercar mucho mi rostro, y como él nunca terminaba de sacar su pija, todo me quedaba muy cerca. Tenía un plano tan detallado de la penetración a la que sometía a mi novia que me fue inevitable despedir otro chorrito de semen dentro de mi pantalón.
Mi primo comenzó a bombearla más y más rápidamente. Yo seguía sosteniendo con una mano la bombachita para que él no estuviera incómodo mientras se la cogía. Con el correr de las estocadas, la pija de mi primo se fue tornando más y más audaz, e iba cada vez más rápido y más profundo.
Violeta jadeaba y gritaba como una puta. Bueno, lo era. Pero gozaba de verdad. La pija de mi primo la taladraba ya con violencia y le entraba y salía completa sin delicadeza, y cada envión del hijo de remil putas le enterraba la pija hasta la garganta, y la hacía gemir. La estuvo sodomizando durante diez minutos, quizá menos, en los que mi primo se solazaba con la cola de mi novia “te estoy haciendo el culo, Viole. Por fin te lo estoy haciendo…” y mi novia, bien puta: “sí, primito, sí… siempre quise saber cómo se sentiría tu pija adentro mío…”
Hasta que él anunció que se venía.
—Me voy, mi amor… Te lleno el culo de leche…
—Sí, papito, sí -suplicaba Violeta.
Mi primo cambió apenitas su posición, elevándose para lograr una penetración más profunda todavía. Y comenzó a redoblar velocidad. Ya a esa altura bufaba como una locomotora y con cada embestida que penetraba a mi novia, en el mismo movimiento le separaba las nalgas, logrando llegarle literalmente hasta los huevos.
—Te lleno el culo, Viole, te lo lleno…
—Sí, sí, sí, sí…
—Cuerno, soltá la bombacha y agárrame la pija que le acabo a tu mujer…
Quise poner una cara de ofendido pero no me salió.
—Dale, boludo, que nunca vas a tener otra chance como esta.
Solté la tanguita y con dos dedos hice un círculo sobre la pija de mi primo, ahí donde nace, que era el único lugar que no penetraba la cola de mi novia. Mis dedos quedaron como un anillo en la base de su pija, chocando constantemente contra la cola de mi amada con cada embestida con que la sodomizaba.
—Apretá, cuerno. Quiero que sientas venir la leche. -Le hice caso y apreté. —Así, así, cuerno, muy bien… Uhhh… -era puro morbo toda la situación. Yo agarraba la base de la pija de mi primo y la piel que tocaba no se movía, pero sentía cómo la carne de la pija, la que estaba dentro de esa piel, corría hacia adelante y atrás como un pistón, clavándose a mi novia. —Muy bien, Henry… sentí cómo te la cojo… -Seguía columpiándose dentro del culo de mi Violeta con violencia. —Qué buen cornudo resultaste, yo sabía… sentime, primo, sentime… -Y vaya que lo sentía. Era una barra de pija que le incrustaba a mi novia en el culo y mis dedos eran escribanos que certificaban fehacientemente la superioridad de él como macho por sobre mi patética inferioridad de cornudo.
Entonces mi primo le mostró a Violeta:
—Mirá lo que hace tu novio, preciosa.
Violeta giró y el morbo de verme anillando la pija que la estaba taladrando fue demasiado.
—Mi amor… -musitó. Y comenzó a acabar como una yegua hija de puta, y eso le disparó lo propio al turro de mi primo.
—¡Te la lleno, cuerno! -me dijo con sonrisa sádica. —Apretá más fuerte que te la lleno de leche.
Obedecí y le apreté más la pija, ya con tres dedos. De pronto sentí la pija latir con una fuerza increíble. Estaba a punto de venirse.
—Me viene la leche, primito… -al borde de acabar, trataba de erguirse un poco para penetrar a mi novia más de arriba y seguir clavándosela más profundo, si es que eso era posible. La redondez gordita de la cola de mi chiquita era de una perfección que me enloquecía. Y era mi perfección. Ver esa cosita inmaculada perforada por el pistón de mi primo me humillaba pero me excitaba como nada. —Me viene la leche, pedazo de cornudo…
Aferrado a las nalgas ya rojas de mi novia, mi primo comenzó -por fin- a llenarla literalmente de leche y yo pude ver cómo la pija se le dilataba y contraía, y sentí fluir los chorros entre mis dedos como si se tratara de un sachet de mayonesa.
—Te estoy llenando de leche, mi amor… -le decía mi primo. Violeta ya estaba acabando morbosamente mientras no dejaba de mirarme anillando a su macho.
—Te la lleno de leche, cuerno, te la lleno de leche… -me repetía mi primo mientras se la seguía bombeando y la inundaba con los últimos chorros. —Te la lleno de leche…
Se derrumbó sobre ella, empapado de sudor y exhausto. Yo quedé medio descolocado, pero con mis pantalones totalmente mojados en mi propio semen.
Un minuto después él se irguió y antes de sacarla dijo:
—¿Querés hacerla acabar vos, ahora?
Semejante compensación no me la esperaba, y asentí agradecido. Aunque no sabía si se me iba a parar, ya que recién había acabado sin tocarme. Me desabroché el pantalón.
—No, cuerno, no seas iluso… -sacó su pija del ano de mi novia, la pobre estaba totalmente dilatada, como yo nunca había visto, y embadurnada de semen, por dentro y por fuera. —Dale -me invitó. No le entendía. —Dale -me insistió.
Me tomó desde arriba de la cabeza y me empujó hacia la cola de mi novia, a ese ano explorado y explotado, cubierto de él. Violeta gimió tan encantada de placer que pensé que iba a acabar de nuevo.
—¿No querías darle placer a ella? Vas a ver que le va a encantar.
Y la hice acabar por primera vez en mi vida con solo tocarla.

Al regreso volvíamos los seis en el camión: Violeta, mi primo al medio y yo, manejando. El resto atrás. Nadie hablaba.
Justo antes de entrar al pueblo mi novia se recostó en el asiento, apoyando su cabeza entre las piernas de mi primo, que viajaba a mi lado, y comenzó a chuparle la pija con total naturalidad, como si nada. Miré la escena de reojo. Supuestamente no debía… Antonio no la dejaba… No debía estar haciendo eso…
Pero mi primo me hizo notar un detalle, que me llenó de esperanza.
—¿Ves? -me dijo al oído. —Ya no obedece tan ciegamente a ese Antonio… Con dos o tres sesiones como la de hoy, yo creo que te la sacamos de la parrilla sin ningún problema…
—¿Qué? Pero… ¿Se la quieren seguir garchando, hijos de puta…? -le hablaba en un murmullo, mientras mi chiquita tragaba carne ahí abajo. Mi indignación era total. —¿Y encima quieren que yo lo pague?
Al otro día les di a mis amigos 400 pesos para que vayan a la parrillita a seguir convenciendo a mi novia de que abandone esa vida perdida. Y el fin de semana, otros 400. Me la cogieron dos o tres veces por semana durante un mes y medio, siempre a costas mías, que tuve que empezar a trabajar horas extras para juntar el dinero para que me la sigan cogiendo.
Pero mi primo tuvo razón porque los resultados llegaron. Un buen día él mismo me planteó una solución, algo que a mí jamás se me hubiese ocurrido y que, les debo ser franco, me daba un poco de miedo. Aunque eso, amigos, ya será historia del próximo capítulo.

Fin

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Ni Gorda ni Flaca (Parte 2, Final)

Agustín fue a reemplazar a Carlos en menos de un segundo. Tan rápido fue todo que mi novia no pudo cambiar de posición, o siquiera moverse. Ella seguía con su conchita y cola sobre mi cabeza, pegadas a mi rostro, que quedaba aplastada sobre el sillón, mientras mis amigos se la cogían sin misericordia; todo para mostrarme que ella no era ninguna gordita.

Así que en instantes tuve una segunda pija recorriéndome toda la cara con cada una de las embestidas que le entraban a mi novia. Bruni enseguida comenzó a jadear, y a juzgar por la superficie de verga que se friccionaba en mis mejillas, ésta era bastante más ancha. Igual que los jadeos. Agustín parecía más salvaje que Carlos. La tenía tomada de las nalgas, clavándola como un poseso desde el minuto cero, con velocidad, con violencia. Se ve que la conchita de mi novia le enguantaba bien (es que en serio él la tenía muy ancha) porque a cada rato se frenaba, para calmar la calentura y no acabar, y así seguir cogiéndomela.

En uno de esos descansos Agustín sacó la pija casi en su totalidad, dejando la cabezota de su verga en la puerta, apenas suspendida en el aire. Mi Brunita ronroneó y reclamó la falta de pija con un movimiento involuntario de su pelvis, y la cabezota de la verga de mi amigo fue a caer directamente sobre mi rostro. Estaba muy húmeda, pegajosa y bastante caliente. Sentir esa pija sobre mi rostro me desesperó del asco, pero estaba aprisionado por todo el peso de mi novia y no podía sacármelo de la cara. Agustín, tan borracho como cualquiera de nosotros, se rió un poco y comenzó a hamacarse contra mi novia, como cogiéndola. El problema era que su pija estaba afuera, rozando por completo toda mi cara. Su cabeza se metía apenas unos milímetros en la conchita de Bruni, el resto de pija me lo debía aguantar yo. Agustín se estaba pajeando sobre mi rosto, sin querer, y yo ni siquiera podía hacerme entender para que supiera que le estaba errando.

—Goggig megstgs goggiendo a meggijaaa..

Agustín siguió como si tal cosa, cogiendo la nada, friccionándose sobre mi rostro. En un momento pidió más vodka y Carlos le trajo una botella. Si bien yo estaba atrapado bajo el peso de los cuerpos, mi rostro quedaba libre. Agustín destapó la botella y comenzó a verter tragos en mi boca, forzándome a tomar y tomar.

—Vas a necesitar un poquito de ánimo ahora, cornudo… —explicaba mientras me metía el vodka.

A los pocos minutos dejó de hamacarse sobre mi novia y se me acercó para decir:

—Cuerno, se me secó la pija, voy a necesitar un poco de lubricación para seguir cogiendo…

Yo estaba demasiado alcoholizado para entender por dónde venía la mano. Sentí que en una de las veces que la pija me acarició la cara hacia abajo, al regresar en dirección a mi novia el recorrido fue otro. Y de pronto sentí una carne dura y gomosa penetrar entre mis labios y avanzar dentro de mi boca, provocándome un escalofrío.

No sé ni cómo me di cuenta que era una pija. El alcohol podría haberlo ocultado bien, pero lo que tenía en la boca era indudablemente un buen pedazo de pija. Traté de escupirlo hacia afuera, cerré mis labios, solo que la vergota era tan gorda y ancha, y había calzado tan bien dentro de mí, que realmente se hizo difícil expulsarla. Hasta que por fin lo logré.

—Muy bien, Cuerno, ahora que me lubricaste te la puedo seguir cogiendo…

Aunque yo no entendía, me di cuenta que me habían usado para facilitar la penetración de mi novia.

Le mandó una estocada a fondo.

—Ahhhhhhh… —gimió entonces Bruna.

Otra.

—Ayyy, Diossss… —suspiró, vencida por el placer.

—Se me volvió a secar, Cuerno.

Agustín volvió a sacar por completo la pija y esta vez, advertido, me vi venir la vejación. Cerré la boca para que no me entrara nada. Agustín empujó y la cabezota embadurnada con los flujos de mi Bruni me caminó toda la línea de los labios, sin lograr entrar. Ahí Agustín se me acercó y estiró sus manos, y metiéndome unos dedos me abrió la boca a la fuerza. Sentí cómo reacomodó su cuerpo y adiviné que el vergón infame me taladraría. Me entró su pija con tanto ánimo que me la clavó hasta la garganta.

—Muy bien, Ramiro… Así se tiene que comportar un buen cornudito…

El muy hijo de puta comenzó a hacer pequeños movimientos hacia adelante y atrás, siempre adentro. Yo sentía el buche lleno de carne dura y caliente; todo lo que tocaba, no solo con la lengua sino las mismas paredes de la boca, estaba abrazando el vergón de Agustín, así que sentía la piel de la pija recorrerme todo por dentro, un instante hacia afuera, otro instante hacia adentro, y así. Fueron dos minutos de una humillación total, que los efectos del alcohol no lograban esconder.

Gracias a Dios la sacó y volvió a penetrar a mi novia.

—¡¡Ahhhhhhhhhhhhhhhhh…!! —gritó ella, muy fuerte, muy puta.

—El Cuerno te está ayudando, ¿sabés, Bruna?

—Sí… sí… Que ayude, que siga ayudando así aprende cómo tratarme…

Y se la volvió a clavar.

—¡Dios, Dios, Diosssss…!!

—Tomá, puta… —le murmuraba Agustín.

—¡Turro, qué pedazo de pijaaahhh…! —se desinflaba mi novia de calentura.

Y se la serruchaba suave y lentamente.

—Tragá verga, putón… Así… Así…

—¡Uhhhhh…! ¡Síii…! ¡Más fuerte! ¡Dame más duro!

Cada tanto el vestidito blanco se le corría al putón, digo, a mi noviecita, pero Agustín, con las mismas manos que le abría las nalgas redondas y voluminosas, le volvía a subir la falda hasta la mitad de la cola. Y penetraba con más ganas, ya con cierta furia.

—Cuerno, se me volvió a secar.

Esta vez, creo que por el vodka que me habían obligado a tomar, obedecí como un imbécil y abrí la boca.

—¡Muuuuy bien, Cuerno…! —me festejaron mis victimarios—. Así me gusta, que te portes bien y obedezcas a los que se cogen a tu novia…

Yo asentí humillantemente con la cabeza, en un movimiento casi imposible, patético.

—Abrí más grande, Cuerno…

Obedecí y abrí la boca más grande.

—¡Muy bien, Cuerno, muy bien…!

Un segundo después la vergota ancha de Agustín penetraba mis labios y me recorría por dentro toda la garganta.

—Así, Cuerno… ¡Uhhh…! ¡Síii…!

Me bombeaba, el hijo de puta. Me bombeaba adentro con ese gomón asqueroso. No fuerte, más bien suave y tranquilo, como gozando. ¡Me estaba cogiendo por la boca otra vez, como cuando éramos chicos y me castigaban por haberme puesto de novio con Estelita, la gorda del barrio!

—Ensalivá bien, ¿eh? Que ahora voy a romperle ese hermoso culazo a la putita de tu chica.

Bruna levantó la pelvis, dándome un baño de aire, de frescura, que bebí como si fuera oxígeno bajo el agua.

—Mi amor, ensalivalo bien que por fin me vas a hacer la cola.

Y yo chupaba y chupaba, recorriendo con mi lengua la cabeza de la pija y tratando de dejarle la mayor cantidad de saliva posible.

Medio minuto después Agustín dejó de bombear dentro mío y debo reconocer que tuve un minúsculo gesto instintivo, creo que más bien un reflejo, y estiré los labios para retener la cabeza de la pija que abandonaba mi boca. El violador volvió con Bruna. A clavar. Por la concha y a fondo. Hasta hacerla gemir y putear de placer.

Y entonces comenzó a puertear el exquisito orificio de aquella no menos exquisita cola.

—Le vamos a hacer el culo a este putón, ¿eh, Cuerno?

Yo asentía con la cabeza aprisionada, contento como un imbécil. La concha usada de mi novia me aplastaba la cara, y cada vez que Agustín le aprisionaba el orificio de su ano hacia abajo, enterrándole un dedito bien despacio, mi cabeza se hundía bajo ellos.

—Mi amor, por fin me vas a llenar la cola de pija…

Me hablaba a mí, ¿no?

Le estuvieron dilatando el ano unos cuantos minutos —Agustín y Carlos, que estaba otra vez al palo— masajeándolo y llenándolo de saliva. En un momento Agustín se alzó sobre sus rodillas y fue a alcanzar la cola de mi novia con la pija. Sentí un leve respiro y enseguida el peso de él sobre Brunita me aplastó hasta hacerme doler el cuello.

Sentí más presión hacia abajo.

—¡Ahhhhhhh…! —gritó mi novia, muy fuerte.

—¿Te duele, mi amor…? —Agustín pareció levemente preocupado.

—Ggghhh… Fffgzzss… Ñññ… —me quejé.

—Un poco, sí… Pero seguí…

Más movimientos. Otra vez el dolor insoportable.

—¡Ahhhhhhhhhh…! —ella.

—¿Te la aguantás, mi amor…?

—Sí… Sí… Pero despacio que me estás partiendo…

—Te metí media cabecita, hermosa… Igual no te preocupes que ahora me lubrico un poco más…

Sentí que el peso despareció y revivió mi cuello chamuscado.

—Abrí la boca, Cuerno.

Abrí la boca bien grande.

—Ensalivá.

Y otra vez a tragar esa buena verga… quiero decir, esa verga.

—Ensalivá bien así no le duele a tu novia…

Ensalivé con todo mi corazón, mientras Carlos seguía escupiendo el agujerito de Bruna y lo agrandaba con sus dedos.

Agustín me sacó la pija y otra vez fue a subirse sobre la cola de mi novia. Cuando mi cabeza se aplastó contra el sillón escuché un nuevo grito de mi Brunita.

—¡Ahhhhhhhhhh…!

—Tranquila, mi amor… Me quedo ahí…

—Sí, sí… No te muevas…

En ese instante en que el tiempo se detuvo sentía claramente sobre mi rostro el latir de la cola de mi novia. Llena de pija y a medio romper, el culo de mi amorcito se resistía a la invasión bombeando sangre a la zona dinamitada. Pero mi novia quería que la corrompieran. Quería esa brutalidad hasta los huevos para regalarme vaya a saber qué lección. Sentí cómo se relajó para acostumbrarse a esa verga y re comenzar la penetración.

—Muy bien, Bruna… Dilatá… Así…

—Sí, Agus… pero no me claves todavía…

—Tranquila, mi amor… Tenemos toda la noche para enterrártela como Dios manda…

Carlos seguía escupiendo sobre la penetración, aunque no entraba saliva porque el orificio del ano estaba taponado por la pija de Agustín. Alguno la masajeaba abajo como para excitarla. O distraerla.

—Cornudo, si pudieras ver cómo dilata tu novia con la chota bien adentro estarías orgulloso de ella… Sabe relajar… como si ya le hubieran hecho la cola un montón de veces.

No podía escuchar muy bien lo que me decía mi amigo, que seguro era algo bueno sobre mi Bruni.

—Mgggffhhzziagsss…

Carlos le propuso a mi novia:

—Mostrale al cornudo lo que se va a perder por andar diciendo que estás gordita…

Bruni pareció encenderse, más de venganza que de deseo.

—Sí… Sí… Cornudo hijo de puta, mirá cómo me van a llenar la cola de verga… Mirá bien, cornudo…

—Mfffghhh… SSgghññ…

—¡Clavame, Agustín! ¡Clavame para que el cornudo aprenda a respetarme y tratarme como a la novia ejemplar que soy!

Agustín sonrió, escupió sobre la penetración y le abrió los gajos en un mismo movimiento.

—Sí, bebé… Te la mando hasta los huevos…

—¡Síiiiii…! ¡Por Dioooossss…!

Y comenzó a taladrar.

—Tomá, bebé…

—¡Ahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh…!

No fue hasta los huevos, por los movimientos que noté. La cosa no estuvo así de fácil, pero tampoco tan difícil para una cola supuestamente virgen, como me había hecho creer hasta ese día Bruna.

—¡Qué buen pedazo de culo que tenés, mi amor!! ¡Cómo te lo estoy gozando…!

—¡Clavame, Agustín! ¡¡Llename de pija!!

—Desde que llegaste a la fiesta con el cornudo que no hago otra cosa que mirarte y desearte este tremendo culazo que tenés…  ¡Te lo lleno de pija, bebé…!

Se hamacaban sobre mí. El turro de Agustín se la iba enterrando más y más con cada embestida, aunque el que debía soportar la peor parte era yo. Bueno, mi novia también parecía dolorida, pero al menos ella gozaba como una puta.

—¡Ya tenés media pija adentro, mi amor…!

—¡¡Síiiiaaaaaaaahhhhhhhh…!!!

Al cabo de una media hora la hermosa y carnuda cola de mi novia estaba taladrada por la verga de Agustín hasta la base, tragándose toda esa pija como si fuera un dedito meñique.

—¡Mi amor! —se entusiasmó Brunita—. ¡Tengo el culo relleno de verga! ¡Mirá, mi amor, mirá! ¡Por fin me estás haciendo la cola!

Bueno, yo no estaba haciendo mucho, más que lubricar a mis amigos para que se la empernen a ella, pero de alguna manera me sentía participe

—¡Dejalo salir, quiero que me vea clavada hasta los huevos!!

Me dejaron salir y medio mareado por el dolor de cuello, me arrodillé ante el sillón, donde a escasos centímetros de mi rostro Agustín perforaba la colita virgen de mi novia. Hacia adentro. Hacia afuera… Hacia adentro… Hacia afuera…

—¡Ahhhhhh…! ¡Ahhhh…! ¡Ahhhh…!

—Ramiro, qué pedazo de puta tenés de novia…

—¡Cornudo, mirá bien! ¡Mirá bien y aprendé a tratar a tu mujer!

Yo estaba como en trance.

—¡Necesito lubricación, Cuerno! —me exigió de pronto Carlos, sin el mínimo rodeo.

Agarré la botella de vodka y le robé un trago generoso. Y abrí la boca como si ensalivar la pija de mis amigos fuera lo más natural del mundo, y mientras al lado Agustín seguía taladrando la cola perfecta de mi novia, Carlos, de pie, me tenía arrodillado entre sus piernas ensalivándolo desde la punta de la pija hasta la base.

—Muy bien, Ramiro… Tragá pija… Tragá pija, cornudo…

Y yo estiraba la cabeza hacia arriba, tratando de cumplir mi parte, cualquiera sea el rol que estuviera cumpliendo.

Estuvimos así unos cinco o diez minutos hasta que Agustín anunció.

—Te acabo, Brunita… Estás demasiado buena para aguantar más…

—Síii… Llename la cola… Llename la cola de leche para el cornudo…

—Yo también me voy… —anunció Carlos. Mi borrachera se disipó unos instantes, abrí los ojos con total sorpresa. Se ve que Carlos se dio cuenta y me tomó la cabeza por los pelos para que no dejara de ensalivarlo.

—Chito, Cuerno… —me advirtió—. Seguí chupándole al macho de tu novia, que es lo que corresponde… —No me dejaba salirme de su pija. Sus manazas me tenía sujeto a ella y mi voluntad no era la más firme. Así que seguí chupando—. Tragá, Cuerno… Tragá pija que enseguida vas a tragar leche…

Yo hacía con la cabeza que no, pero Carlos me sujetaba bien y mis movimientos hacia los costados no alcanzaban a hacerme zafar de la pija, así que seguía tragando carne. De pronto Carlos comenzó a jadear sonoramente.

—Uhhhh… ¡Síiii…!

Mis ojos se abrieron más. Ya estaba sintiendo desde hacía unos minutos una cosa viscosa en la lengua, medio asquerosa.

—Agarrame la pija por el tronco, cornudo… con las dos manos…

Obedecí como un imbécil.

—Pajeame, así… Uhhhh… Sí… Sí, Cuerno, así… ¡Uhhhhhh…!

Estaba de rodillas, tomándole la pija con ambas manos y sosteniéndome con la boca, que iba y venía sobre su tronco en una mamada fenomenal, tambaleándome un poco, aunque sostenido de mis cabellos por el propio Carlos, que me los tironeaba hacia atrás y adelante para guiar a su ritmo la felación a la que me sometía.

A mi lado Agustín seguía sodomizando a mi novia, que comenzaba a acabar como una puta, influenciada por verme chupando la pija del que fuera su macho un rato antes.

—Me viene la leche, cornudo… Abrí la boca bien grande que me viene…

No sabía qué hacer. Miré a mi Bruna buscando un consejo, pero estaba tan llena de pija y morbo que no me veía. Ya que no lograba zafarme, debí seguirle el juego a Carlos, pero en medio de su acabada iba a escupir todo por la comisura de mis labios.

Carlos se arqueó y gimió como un animal.

—¡¡Ahhhhhh…!! ¡¡Me viene!! ¡¡Me viene, Cuerno…!!

Se dobló sobre sí mismo y sin soltarme los pelos con una de sus manos, fue a tomarme la mandíbula con la otra, no permitiéndome bajarla o ladearla.

—¡¡Sentila, Cuerno…!! ¡¡Ahhhh…!! ¡Acá viene…! ¡Ahhhhh…!

Me moví más fuerte. Me agarró más fuerte.

—Viene, Cuerno, viene, viene, viene, vieneeeee…

—Mfffgggghhh…

—Ahhhhhhh siiiiiiiiiii…

—GGGHHHHH…

—¡¡¡SIIIIIIIII…!!!!

—GGHHHHFFFGGHHH…!!

—¡Te estoy acabando, Cuerno!! ¡¡Te estoy acabando!!

No podía escaparme para ningún lado, y la leche comenzó a invadirme a ráfagas breves y rápidas, y a llenarme toda la boca.

—¡¡Tragá, Cuerno!! ¡¡Tragá la leche del macho de tu mujer!! ¡¡Tragá, putito, tragá!!!

No podía escupirla, y la manaza me aprisionaba. En un momento me di cuenta que si quería respirar, no me iba a quedar otra que tragar. Miré a mi fiel Brunita, la cabeza hacia abajo, los cabellos sudados y pegados a su rostro, jadeando, movida una y otra vez con los violentos topetazos de Agustín, que ya le acababa adentro y se la gozaba a morir. Tragué.

—Muy bien, Cuerno… Así se tiene que comportar un noviecito como vos… —Y volví a tragar—. Mirá, Bruni… Mirá al cornudo cómo toma la leche de tu macho…

Bruni giró, despejó sus cabellos y me vio arrodillado y con el garguero trabajando para tragar lo que me surtía Carlos desde su vergón. Se revolucionó. Y comenzó a agitarse otra vez y a gritar en medio de un orgasmo que le vino repentino, tan solo de verme.

—¡¡Ahhhhhhhh…!! Cornudo, así te quiero ver siempre… Desde ahora vas a tragar pija cada vez que me den… ¡Cómo vas a tragar pija, cornudo…! ¡¡Cómo vas a tragar pijaaaaahhh…!! ¡Por Dioooosss… Síiiiiiii…!!

—¿Escuchaste, Cuerno? —me retó Carlos—. Desde hoy vas a tragar pija de los machos de tu novia…

Arrodillado como estaba, asentí mientras miraba hacia arriba a Carlos, a los ojos, y me quitaba su cabezota rechoncha de los labios, a la vez que me secaba una gota de semen.

Eran las once de la mañana cuando nos fuimos todos a dormir. Ellos a la cama matrimonial, y yo al sillón donde habían estado sodomizando a mi Bruna. A la tarde siguieron y yo debí seguir chupando pija.

Desde ese momento comencé a verla sexy. Es cierto que también desde ese día ella cambió su forma de vestir y algunas costumbres. Empezó a ir al gimnasio y a andar muy atractiva todo el día, no de puta, pero sí sensual, y se permitió hacerse garchar por mis amigos. No solo por Carlos y Agustín, sino el resto de la banda, uno siete chicos más.

Y sí: comencé a tragar pija en forma casi proporcional a los cuernos que me fue poniendo. Pija de sus machos. O como dice ella, de nuestros machos, porque ya no tengo permitido cogerme a mi propia novia: mi única actividad sexual es ensalivar a sus machos para que le hagan la cola o por simple placer de ellos o de mi Bruni.

Eso sí, la buena noticia es que me curé, porque ya no la veo gordita a mi novia Bruni.

Fin (final)

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Ni Gorda ni Flaca (Parte 1, de 2)

Bruna es mi novia desde hace unos meses y, si se las tuviera que describir, no sabría cómo hacerlo. Mi primer impulso sería decirles que es una gordita. Pero les estaría mintiendo. Bruna no es gordita, creo que ni siquiera rellenita. Pero la impresión que da —o que me da a mí, al menos— es que es gordita. Un poco por la cara, y bastante por la pancita que tiene. Bueno, no tan pancita, es más bien una panza. Para mí es bastante grande, para los demás parece que no tanto. Fuera de eso —de la panza— no es gordita. Aunque a mí igual me lo parece. Los muslos no son los de una modelo. Son llenos, no gordos… bueno, no sé. La cola redonda, inflada… linda cola. Espectacular cola, si no fuera que parece la cola de una… No sé, mejor les cuento lo que opinaron mis amigos cuando la conocieron, porque lo que es yo, no voy a ponerme de acuerdo nunca, ni siquiera conmigo mismo.

Para mí Bruna siempre había sido gordita; siempre la vi como gordita. Ella se vestía con ropa holgada, pantalones que no le marcaban la cola, se recogía el cabello y la verdad es que conmigo nunca se producía. Más allá de la ropa, yo la veía rellenita. Especialmente cuando se desnudaba y hacíamos el amor.

Ustedes dirán: qué importancia tiene. Bueno, la tuvo. Porque a partir del segundo mes el cuerpo de ella, o su panza, ya era medio una obsesión para mí y me des-erotizaba por completo. Primero, porque ella se vestía siempre de la manera más anodina y ordinara que había, lo cual ya no me despertaba gran cosa. Y cuando íbamos a la cama… verla medio gordita, verle la panza y esa ropa interior casi de vieja… ¡qué quieren que les diga, no se me paraba mucho!

Estuvimos así tres o cuatro meses más. Sin coger porque a mí no me terminaba de funcionar a pleno. Intentábamos, pero la mayoría de las veces yo no podía. Créanlo o no, a ella parecía importarle poco. Se desquitaba con una porción de torta o unas facturas y se iba a dormir. Y ahí era peor, porque cuando la veía comiendo, la veía más horrible.

Pero un día pasó algo. Uno de mis amigos hizo de su cumpleaños una fiesta de disfraces, y Bruna se mostró muy entusiasmada.

Ya saben que para las mujeres las fiestas de disfraces son una excusa para vestirse de putas sin culpa y sin que nadie las acuse de… putas. Bruna se preparó toda la semana para esa fiesta.

El sábado se metió en el vestidor por espacio de dos horas, y cuando salió casi se me para el corazón (y no solo el corazón). Ahí estaba mi gordita, mirándome provocativa bajo la puerta, pero hecha una perra en celo, fuertísima como nunca la había visto, desparramando ya no sensualidad, sino sexualidad. Estaba enfundada en un vestidito blanco muy breve que terminaba en una minifalda corta, demasiado corta en realidad —¡extremadamente corta!—. No podía ni agacharse dos centímetros que se le subía la faldita y se le veía claramente el borde bajo de la cola. Si se agachaba un poco más, directamente se le veía la tanguita, también blanca. Me preocupé al descubrir esto, ya que en uno de sus movimientos descuidados vi que llevaba una bombachita muy sensual, bien de guerra, metidísima entre las nalgas. Por suerte —pensé— esa cola era nada más que mía y si esa noche se me paraba… Iba con botas muy altas, la turra, y se había arreglado el pelo de una manera que parecía recién salida de la ducha. ¡Estaba para matarla! ¿Dónde habían ido a parar los kilos que llevaba antes de entrar al baño?

—¿De qué…? ¿De qué te disfrazaste, mi amor…? —atiné a preguntar.

Se acercó a una bolsa sobre una silla, de la que sacó un gorrito blanco que reconocí enseguida.

—De marinerita.

Nos fuimos a la fiesta y en el taxi aproveché para manosearle los muslos desnudos, un poco la cola; lo que podía. Yo estaba alzadísimo, y mi novia lo festejaba, aunque comenzó a reprimirme en cuanto notó que el taxista espiaba por el espejito.

Ya sé, van a decir que soy un hijo de puta. Pero la verdad es que con ese freno que me puso, me fui enfriando. Cierto es que ella estaba más sexy que nunca, y muy hermosa, pero se ve que me fui acostumbrando y se me hizo evidente lo de siempre: que mi novia no tenía una gran cintura, y la panza seguía ahí. No digo que no estaba linda —porque lo estaba, doy fe— pero ya al entrar al departamento de mi amigo yo la veía como siempre, solo que mejor vestida.

Me di cuenta que Bruna causó en mis amigos la misma impresión que había causado conmigo. Se quedaron todos boquiabiertos, los pocos que la conocían murmuraron entre ellos su aprobación. Los que no, la zalamearon con adulaciones pegajosas, bordeando lo pajero.

Un rato después y cuando pude separarme de mi novia, Carlos, el anfitrión, se me acercó conspirativo.

—¡Boludo, me dijiste que tu novia era una gorda!

—¡Gorda, no! Gordita. ¡Te dije gordita!

—Pero qué gordita, ¿estás en pedo? ¡Está re fuerte!

—Es por el vestido, pero fijate la cintura…

—Está re buena, ¡Mirá el culazo que tiene! ¡¡¡Y las tetas!!! Te felici…

—Sí, sí…  A mí me gusta, no es que no me guste… Pero nobleza obliga: es gordita.

—¡Vos estás enfermo!

No me lo decía mal, sino sorprendido. Me dejó y fue a atender a otros invitados. La fiesta estaba llena de gente. Las mujeres, como era de esperarse, casi todas disfrazadas de algo-putas. Una de enfermera puta, otra de bruja puta. Todas de putas. Pero la que acaparaba la atención era Bruna. Inesperadamente, estaba más sociable que nunca. No es que no fuera sociable, pero parecía más animada, más segura de sí misma. Creo que era porque se daba cuenta que todos los hombres en ese cumpleaños —absolutamente todos—, se la querían coger. Sentirse deseada la habría dado confianza, imagino. Estaba sola la mayor parte del tiempo, mis amigos me solicitaban a cada rato para ayudarlos, y también para manifestarme su sorpresa por lo buena que estaba mi novia y felicitarme por ello. Bruna, entonces, aprovechaba e iba a charlar con unos y otros. La vi riéndose, tomando vino, hablando con otras chicas, tomando champagne, seduciendo sin seriedad a unos muchachitos, tomando un daiquiri, eligiendo música con otro de mis amigos, tomando un vodka con Gancia.

Yo también tomaba a la par, solo que no estaba tan acostumbrado. Me juntaba de a ratos con ella, pero mis amigos me solicitaban una y otra vez. Aproveché en un momento en que Bruna no estaba a la vista para acercarme a Lucila, una morocha delgada y hermosa, bien flaquita como las modelos europeas. No sé bien qué pretendía yo. Con mi novia en la fiesta, difícilmente pudiera seducirla y sacarla de allí. Quizá quise conseguir su teléfono, no recuerdo; el alcohol comenzaba a hacer estragos. La cuestión es que apenas me insinué, la morocha me miró a los ojos, aguantó una risita, luego simplemente se rió en mi cara y me dijo:

—Pero… ¿para qué querés mi teléfono si a vos no se te para…?

Me quedé helado. Por un segundo la adrenalina me puso sobrio.

—¿Cómo que no se me para…? ¿Estás loca? ¡Eso es mentira! ¿Quién te…?

—No te enojes, bebé… —fue condescendiente—. Me caés bien… pero el sexo me gusta demasiado como para estar haciendo beneficencia por las noches… Perdoname, pero en la cama necesito un macho de verdad…

Me puse de mil colores, no me había sentido tan humillado en toda mi vida. En eso la vi a mi novia charlando y riendo con dos chicas y dos chicos más, y uno de ellos la tenía medio abrazada por la cintura. A mi novia. Nada grave, casi como de casualidad, pero Bruna no le había sacado la mano. Fui hasta ella y la increpé al oído.

—¿Vos estuviste diciendo que a mí no se me paraba…?

—Ay, mi amor, no sé… puede ser… Estuve hablando de sexo toda la noche con todo el mundo…

—¿Pero cómo vas a decir semejante…?

Mientras hablaba, vi que mi novia se había medio recostado sobre el chico que la abrazaba. No había mucha luz, pero sí la suficiente como para darme cuenta. Me tranquilizó que no la tenía tomada de la mano o algo personal, aunque la terrible cola enguantada en esa minifalda escandalosa se recostaba sobre la pierna del vividor.

—Es que tomé mucho… —se disculpó Bruna—. Por ahí se me fue un poquito la lengua, la verdad que no sé…

Fue cuando me llamó Agustín, el más crápula de mis amigos. Casi me arrancó del pequeño grupo, lo que salvó a mi novia del reproche.

—¡Hijo de puta! —me festejó—. ¡Me dijiste que tu novia era una mina del montón y es una terrible perra!

—¡No es una perra, no sé qué le picó hoy que se vino así!

—No lo digo por cómo está vestida, boludo, si están todas de putas… ¡Lo digo porque tiene un lomazo!

—No sé… Está un poco pasadita de… Está bien —reconocí finalmente—. Admito que por ahí estoy un poco susceptible con ese tema, pero ya sabés por qué es…

Mi amigo se hizo a silencio mostrándome su arrepentimiento.

—Éramos chicos… Tenés que dejar de enroscarte con eso… Vas a terminar cagándola con tu novia, que está más buena que el dulce de leche.

—Para mí no está taaan buena, pero igual la quiero…

—Más vale que la vas a querer… No sabés la suerte que tenés… No sabés cómo te envidio… No sabés cómo me gustaría cogerla…

Era ya una conversación de borrachos.

—Y yo que puedo, no se me para… Nunca me motivaron las gordas…

—Dejate de decir boludeces, lo único que tiene es un poco de panza que se le va con cuatro meses de gimnasio…

En algún momento se ve que me dormí. No sé cuándo. No sé cuánto. Pero me desperté en el sillón del living, con todo dándome vueltas producto del alcohol que todavía me tenía bien ebrio. Estaba solo. La fiesta había terminado y había botellas y paquetes de porquerías por todos lados. La luz era bastante poca, solo un velador iluminaba el ambiente.

Unas risas que venían de la habitación me dijeron que no estaba para nada solo. Eran las risas de mis amigos y de mi novia, y sus voces que hablaban como en susurros fuertes. También parecían borrachos.

Me quise levantar para ir a ver qué pasaba y me caí, arrastrando algo de la mesita ratona. Todos vinieron por el ruido.

Me encontraron en el piso, caído, y fue un estallido de risas general. Estaban dos de mis amigos —Carlos y Agustín— y mi novia, ellos en camisas sueltas y calzoncillos, y mi novia casi igual que como la había visto por última vez, solo que el escote de su camisa parecía más importante.

Carlos me fue a socorrer, mientras me gastaban bromas.

—Mi amor —intervino Bruna, tentada—. ¡Nunca te vi tan pasado de copas!

Yo no estaba de humor, me sentía realmente mal, todo me giraba alrededor.

—Vamos a casa, tengo mucho sueño…

—No podés manejar así, mi amor…

—¿Por qué están en calzoncillos…?

—Le estábamos demostrando a tu novia que no está tan gorda como vos decís…

En ese momento no estaba en condiciones de advertir lo absurdo de lo que me estaban diciendo. Solo asocié palabras y disparé.

—Pero si está gorda.

—¡No estoy gorda, Ramiro! —me gritó Bruna—. ¡Me tenés harta con mortificarme de esa forma! —Mi novia se puso seria y como angustiada—. ¡Sos un hijo de puta!

No sé qué me decía. No me importaba. Yo solamente quería dormir en mi cama y que el living del departamento de mi amigo dejase de dar vueltas.

—Sos un boludo, Ramiro. Bruna no es gorda, y te lo vamos a demostrar. Todo depende de cómo la mires, no de lo que mires. —Se dirigió ahora a mi novia—. Parate derechita, bombón.

Bruna se paró erguida delante de mí, que todavía permanecía sentado en el sillón. Agustín se sentó a mi lado. Carlos fue a no sé dónde y regresó con un centímetro.

—¡Mirá!

Se le puso a un costado y con el centímetro le midió el busto a mi novia. En el tambalear de la operación, las manos y uno de los brazos le frotaron los pechos notoriamente. Bruna rió un poco. Carlos también. Finalmente me dio el resultado.

—120. ¡Una diosa!

—¡Cualquier gorda tiene 120! —dije, rebelde. Mi novia me miró con rencor.

Carlos le tomó los brazos y me los mostró.

—¡No tiene brazos de gorda, pelotudo!

No, no los tenía. Carlos se arrodilló y con las dos manos comenzó a maniobrarle los muslos. Con el movimiento, la falda de mi novia se había subido un poco y se le veía la bombacha blanca en la parte de la conchita. Mis amigos se quedaron sin aliento y Agustín fue a agacharse, solo para mirarla. Ahí me di cuenta que bajo sus calzoncillos, estaban al palo.

Carlos midió los muslos y me dijo:

—53. Muslos de puta madre.

—Sí, sí… Tiene lindos muslos… —admití, pero en casa parecían de gorda. No sé por qué ahí y ahora parecían de una terrible hembra.

Carlos fue a medirle la cola. Bruna sonrió divertida, se dio vuelta y se arqueó un poco, sacando bastante su fabulosa cola, que les dejaba entregada. Era innecesario, era parte de un juego. Pero Agustín, que se había arrodillado, tuvo entonces un primerísimo primer plano de su culazo cortado a la mitad por la minifalda, y la tanguita blanca enterrada entre los glúteos.

—Yo quiero medirle los pechos —dijo Agustín, saltando del piso.

Carlos le midió la cola y esta vez también fue parte del juego manosearla bien manoseada. Bruna tenía dos manos en su cola y reía alcoholizada. Agustín le tomaba la medida del busto, pero no tenía centímetro.

En dos minutos mi novia estaba siendo hurgada por mis dos amigos de forma descarada, ella de pie y dejándose vejar alegremente, con el vestido todo desencajado, la minifalda subida y ya casi toda la bombacha al aire, el escote desbordado, sin corpiño —que había perdido en la habitación— los pelos revueltos, ebria y caliente; y yo frente a ella, a treinta centímetros, sonriendo borracho en el sillón.

—¡110! —gritó Carlos al terminar de medirle la cola, y todos gritaron como si se hubiera proclamado la constitución nacional.

Bruna me miraba y me sonreía con cierta revancha en los ojos. Carlos se le puso de costado y la miró con ojo clínico.

—¡Yo la veo bárbara a tu novia, ché! —dijo y se le acercó. Comenzó a manosearle las piernas—. Hermosas gambas… —La otra mano se la metió en la cola, como una pala que la recorrió desde arriba hacia abajo. Pude ver claramente la expresión de mi Bruni cuando Carlos se aventuró bien abajo, ya adelante, y ella hasta cerró los ojos—. Buenos pechos… —concluyó metiéndole mano por el escote. Sin soltarla de arriba fue hacia atrás de ella y dijo—: De atrás está mejor que de ningún lado, Ramiro… Tiene una cola… —Lo dijo con lujuria, y volvió a empalarle la mano recorriéndole toda la raya de la cola, pero por sobre la bombacha (la minifalda ya estaba arriba) y otra vez mi novia entrecerró los ojos y se arqueó mucho más cuando él llegó abajo.

Esta vez, sin embargo, Carlos se quedó allí y la siguió manoseando asquerosamente. Era una imagen extrañada, además por el alcohol. Como la tenía de frente, veía a mi novia levemente a horcajadas hacia mí, con la minifalda subida por el manoseo. Podía verle la conchita enguantada en la tanga blanca, interrumpida rítmicamente por la mano  de Carlos que se le colaba por la entrepierna una y otra vez, todo el tiempo, para darse y darle placer. Agustín seguía midiéndole el busto, lo que significaba que le metía mano dentro del escote, y como ya no había corpiño, imagino que ella ya tendría los pezones rosados y duros de tanta fricción.

—Yo te digo cómo hacer para no verla gordita a tu novia… para verla tan fuerte como la veo yo…

Bruna giró su rostro, libidinoso rostro, y con la boca abierta de deseo le pidió:

—Sí, decile…

Carlos sacó a Agustín de encima de mi novia y la llevó a ella hacia el sillón, el mismo en el que estaba yo sentado y me había despertado hacía unos minutos.

—Parate, Ramiro —me ordenó.

Me puse de pie con dificultad, tambaleante. Carlos tomó de la cintura a mi novia y la depositó sobre el sillón, poniéndola de rodillas como un perrito… bueno, una perrita. Los dos muslos eran unas columnas duras y poderosas, la cola le quedó bien paradita, cortada a la mitad por la minifalda, que había sido reacomodada en un absurdo gesto de decencia.

—Meté la cabeza entre tus brazos, mi amor —pidió Carlos. Mi novia obedeció. Agustín permanecía expectante.

Carlos se ubicó detrás de ella, también arrodillado, y posó sus manos sobre los generosos glúteos de mi Bruna, sobándolos. Me llamó.

—¿Ves? —me preguntó cuando estuve a su lado—. Mirá cómo se ve desde acá.

Miré. La verdad es que no sé si por el alcohol o el cansancio, o por la postura de mi novia, la cola aparecía como formidable.

—Está buena.

—¿Ves, boludo? ¿Qué te dije? Mirá estas piernas… —y la manoseaba—. Mirá esta cintura… —le subió la minifalda nuevamente hasta arriba y mi novia quedó expuesta ante mis amigos, solo protegida con la tanguita calzada bien profundo entre sus nalgas. La verdad era que así tenía una mejor cintura, pero tampoco era una modelo—. Con esta posición se te para sí o sí… ¡mirá! —y se señaló su propio bulto, que dentro del calzoncillo se presumía importante.

Se bajó un poco el bóxer y peló una pija grande y rechoncha, totalmente erguida y en plenitud.

—¿Ves? Así se te va a parar… —Se la tomaba con una mano y se la masajeaba como para parársela todavía más, mientras con la otra tenía tomada a mi novia de una nalga.

—Sí, sí —dije desesperado. Veía a mi amigo arrodillado detrás de mi novia, las piernas de él casi pegadas a las piernas de ella. Mi novia se asomaba de entre sus brazos y echaba miradas hacia atrás, cada tanto, pero más hacia Agustín, con quien sostenía un diálogo mudo que les provocaban sonrisas. Yo quise agregar—: Entonces ahí le meto con todo…

—No, Ramiro, mirá… —comenzó a magrearle las nalgas y meterle unos dedos en los pliegues de la tanga, allí donde cubría la conchita de mi novia—. Así tenés que hacer…

Le metió un dedo, luego dos dedos, y comenzó a pajearla suave y rítmicamente. “Así, Ramiro… Así le tenés que hacer…” Mi novia comenzó a arquearse y respirar distinto. Carlos le corrió un poco la tanguita y ya le metió cuatro dedos y la seguía serruchando.

—Acercate, mirá bien… —Me acerqué—. No seas boludo, poné la cara pegada a la cola de tu novia.

Sin preguntar ni decir nada, puse mi rostro a un costado de la cola de Bruna, mientras vi con cierta zozobra cómo Carlos se tomaba la pija gorda y dura y la enfilaba para la conchita de mi novia, todavía entangada de blanco.

—Mirá bien, ¿eh? Así le tenés que hacer a tu novia…

Se acercó más y más, ya casi para tocarla con la pija. Mis ojos estaban a centímetros de todo y yo —como hipnotizado— no atinaba siquiera a decir nada.

—Correle la bombachita para el costado, cornudo…

Borracho, obedecí. Tomé a mi novia de una de las nalgas y la magreé con lascivia. El contacto con esa piel tan de ella y tan mía me calentó. Metí la mano debajo de la tanguita, a la altura de la concha, y mis dedos rozaron su humedad tibia y deseable. Me estremecí y la dejé desnuda ahí —solamente desnuda ahí— expuesta por completo a la vergota dura y venosa de mi amigo. Le corrí la tanguita para mi lado, y la sostuve con mi dedo índice haciendo de gancho, para que no se volviera a su posición y molestara a Carlos.

Tenía la acción a no más de cinco o diez centímetros. Ver la cabezota gigante de la pija de mi amigo, el chorizo venoso detrás que empujaba como un ariete de profanación, toda esa carne, toda esa pija yendo despacio pero directo a la conchita de mi novia… Era mucho y era como si nada a la vez.

—Así, Ramiro… Mirá bien…

Y miré bien. Miré cómo la cabeza tocó la conchita de mi novia y cómo empujó y le costó penetrar la primera fracción de segundo. Cómo la cabezota se quedó allí en una breve vacilación; breve, un suspiro. Hasta que perforó.

—¿Bruna? —la llamé. Ella se giró para mirarme y Carlos empujó nuevamente y le enterró apenas la mitad de la cabeza.

—Ahhhhh… —jadeó Bruna, entrecerrándome los ojos.

—¡Mirá, cornudo! —se enojó Carlos. Es que yo había volteado para verla a mi novia. Vi que la cabeza de la pija de mi amigo ya estaba adentro, tragada por la conchita golosa de mi novia—. No te molesta que te diga cornudo, ¿no, Ramiro?

Ni me daba cuenta qué me estaba diciendo. Todos mis sentidos ahora estaban en esa pija entrando centímetro a centímetro en los pliegues de mi amada gordita.

—¡Qué bueno, Ramiro! Siempre quise decirte cornudo, no sé por qué…

—Por la novia que se echó —festejó Agustín, y rieron un poco, menos mi novia, que ya comenzaba a jadear.

—Mirá, cornudo, mirá bien… ya le entró la mitad…

—Sí, Carlos, veo…

Mi novia ya tenía la mitad de la verga adentro, mientras Carlos seguía empujando muy despacio.

—Vení, parate y ponete al lado mío. —Lo hice. Mis ojos estaban muy cerca y a la altura de los suyos—. ¿Ves…? —preguntó mientras me mostraba el cuerpo de guitarra de mi novia, pero yo solo podía ver esa vara gruesa clavada hasta la mitad, dura y quieta, a medias dentro de ella—. La agarrás de la cintura así… —Y se aferró de la cintura de mi novia—. Y empezás a enterrarle la verga despacito… —Y empezó a penetrarle la media pija que le faltaba. Mis ojos no podían apartar la vista de esa perforación lenta y soberbia—. Y se la clavás… así… así… Uhhh… ¿Ves, cornudo, que tu novia no es gorda…?

Le fue enterrando la pija centímetro a centímetro, despacio, con delicadeza. El otro zángano acompañaba en silencio la coronación de otro cornudo en el mundo, aunque yo no me daba cuenta, creo que por el alcohol. Es que así como Carlos me lo explicaba, parecía que todo era una molestia suya para enseñarme a valorar a mi novia. Le fue clavando la pija hasta que su abdomen chocó con la cola de mi Bruni.

—Abrile un poquito las nalgas, cornudo, así se la clavo hasta los huevos.

—¡Ya se la clavaste hasta los huevos!

—No… Abrila y vas a ver que puede entrar un poquito más.

Le pedí permiso a mi novia.

—¿Te puedo abrir un poquito más, mi amor?

—Sí, Cuerno…  —me sonrió ella.

La abrí y Carlos la agarró de las nalgas, con lujuria, me miró a los ojos sonriendo y movió brutalmente la pelvis hacia adelante, remachando a mi novia literalmente hasta los huevos.

—¡Ahhhhhhh…!

—¿Te dolió, Bruni? —me preocupé.

—No, Cuerno… —y esta vez directamente se rió en mi cara.

Carlos comenzó a sacársela lentamente.

—Vení, cornudo, mirá desde acá…

Me acerqué otra vez y a su lado. Me mostró la pija toda afuera, húmeda del flujo de mi amorcito. Y comenzó a enterrársela otra vez. Mi novia volvió a gemir.

—Ahhhhhhh…

—Mirala bien… —Y otra entrada de verga. Carlos ya comenzaba a moverse más rápido—. ¿Qué ves…?

—¡A mi novia cogida por un terrible pedazo de pija!

—No, boludo, mirala a ella… —Y otra estocada a fondo.

—Ahhhh… Sí, Carlos, así… —gemía mi novia.

—Ahora vení acá… —Me puse otra vez junto a él. Como si fuera él, solo que yo estaba parado y él le estaba enterrando la pija a mi novia, sin piedad y sin forro—. Mirala desde acá… ¿le ves la pancita…?

Desde arriba, solo se le veía la espalda, que se movía sensualmente con cada empujón de Carlos.

—No.

—Pero le ves los hombros, la espalda…

Me hablaba como si nada, pero no dejaba ni por un segundo de bombearla y usarla.

—Uhhhh… por Diosss… —murmuraba mi novia.

—Sí, sí…

—El cabello cayendo re sensual… Mirá…

Y otra clavada a fondo.

—Ahhhhhh… —gemía mi nena.

—Sí, es cierto…

—Y mirale la cintura, boludo… Mirá la cinturita que tiene…

Carlos era un genio. Mientras ella estuviera en cuatro patas y yo cogiéndomela desde atrás, la cintura como que se le angostaba.

—Tenías razón, Carlos… —De seguro la adrenalina de la cogida y de ver a mi novia siendo profanada por mis amigos me fue despabilando. Las cosas me seguían dando vueltas y me sentía tan mal como cuando me desperté, pero comencé a preguntarme si todo lo que estaba sucediendo debía ser así o había algo mal—. ¿Pero no debería estar yo ahí, en vez de vos…? Porque Brunita es mi novia, ¿no…?

—Mi amor, no seas tan detallista… —opinó Bruna—. Agus, servile un poco más de vodka, el cornudo lo necesita…

—¡Y mirá la cola! —seguía entusiasmado Carlos. Justamente de ahí la agarraba, de las nalgas. Tenía clavados los dedos y enrojecía los cachetotes blancos de la cola de Bruni. Y le surtía pija sin misericordia.

—Una cola hermosa —le admití mientras Agustín me inclinaba el vaso que yo ya tenía en la boca, para apurar mi trago—. Dan ganas de hacérsela —agregué secándome el vodka con la manga.

—Y se la vamos a hacer, Ramiro. Quedate tranquilo, y te vamos a enseñar de qué manera, para que no la veas tan gordita a tu novia, que es una diosa… Mirá cómo se queda para que vos aprendas…

Se quedaba quietita, mi Bruni. Aunque quizá porque estaba entretenida con algo que ahora le metían en la boca. Bruni comenzó a cabecear rítmicamente con una verga en el buche mientras Agustín la tomaba de sus cabellos.

—Tragá, bebé… Así… Tragá pija, tragá…

Y mi nena tragaba.

—¡Qué rica que está tu novia, cornudo…! ¡No sé qué carajo le ves de gorda, si está buenísima…! —Carlos le surtía pija ya moviéndose muy fuerte. La seguía tomando de la cola, a veces de la cintura para darse más fuerza y penetrarla más profundo. Mi novia gemía con cada sacudida, y ya mi amigo comenzaba a gemir también.

Carlos comenzó a sacudirse más y más. La verga le sobresalía brillosa como el sol y se le volvía a esconder dentro de mi Bruni. Comenzó a agitarse ya fuerte y a pegarle chirlos a la cola.

—¡Qué buena estás, puta…! Ahhhhh…

—¡Ey!¡No le digas así a mi novia!

—Te estoy enseñando cómo tratarla, cornudo… Ahhhh, por Diosss… Abrile las nalgas, Cuerno… Abrile que te muestro cómo te la tenés que enlechar…

Fui de un salto a abrirle las nalgas. Si había algo que me hacía volar hasta el cielo era acabarle adentro a mi novia.

—Así, Cuerno… Así te la tenés que coger… —me decía Carlos, aferrado a la cintura de su víctima y hamacándose dentro de ella como un mono en celo.

Bruna soltó por un segundo el vergón de Agustín, que estaba mamando, y giró divertida para constatar cómo yo miraba su violación.

Carlos comenzó a bombearla más rápido, y a bufar notoriamente. Sacudía a mi novia tanto que a ella le costaba retener en su boca la pija de Agustín.

—¡Qué buena puta que tenés, Cuerno, qué buena puta que tenés!!

Yo sonreía orgulloso, con mi rostro pegado al culazo de mi novia y mis dedos abriéndola para que Carlos me enseñe más cómodo. La telita de la tanguita se tensaba con cada sacudida de mi amigo y a veces me costaba retenerla bien abierta para no tocarlo a él.

Tan cerca estaba que podía ver claramente las venas hinchadas de la pija de mi amigo, y la porosidad de la cabeza cada vez que salía del todo para taladrar nuevamente a mi novia.

—Así la vas a llenar, asíiii…

Yo le abría más las nalgas a ella, la perforación era escandalosa.

—¿Ves, Cuerno? ¿Ves bien?

No le respondí porque estaba absorto observando el pistón de carne entrar y salir dentro de esa conchita inocente, a centímetros de mis ojos. Carlos habrá entendido que yo no veía bien y me tomó la cabeza y me empujó hacia la penetración que él mismo sojuzgaba. Mi cara fue a dar a la concha empapada de mi novia y, como además estaba siendo penetrada, el vergón de Carlos también me rozó la cara. Y el hijo de puta apretaba mi cabeza contra verga y concha, y me gritaba:

—¡Mirá, Cuerno, mirá cómo te la enlecho!

—No pfffedo verff nada, Cagglogggs… —Mi cara pegada a ellos estaba soldada con tanta presión, ejercida por sus manos y movimientos, que no me permitía hablar bien. Sentía la conchita exquisita de mi Bruni en uno de mis ojos y la pija yendo y viniendo sobre mi nariz y parte de una mejilla.

Sin dejar de bombear, Carlos empujó violentamente mi cabeza contra el sillón, pero por debajo de mi novia, que seguía en cuatro patas. La puso encima de mí y le trajo las rodillas hacia él, empujando la cola de ella hacia abajo. Mi cabeza quedó aprisionada entre el sillón y mi Brunita, así que para no asfixiarme la puse de costado. La concha me quedó entonces sobre la oreja, por lo que se me dificultó escuchar. Carlos se apoyó desde arriba con las dos manos sobre las ancas de mi amorcito y comenzó a perforar empujando hacia abajo. En su recorrido hacia la concha de mi novia, la pija dura y carnosa me acariciaba toda la mejilla, de ida y de vuelta.

—Te la enlecho, Cuerno… ¡¡Te la lleno de leche!!

Yo no escuchaba más que una voz indescifrablemente grave, y los gemidos de mi novia directo desde su cuerpo.

—¡Te lleno de leche, putón!

—Llename, Carlos… ¡¡Llename toda!!

Carlos ya comenzaba a temblar, pero no dejaba de bombearla con velocidad. La pija entraba y salía y me impregnaba la mejilla de pija, de fricción, de disfrute de ella.

—Te lleno para que aprenda el cornudo, mi amor…

—Llename para el cornudo… ¡¡Para que aprenda a valorarme!!

—Te lleno, mi amor, te lleno, te lleno te lleno te llenoooo…

—Síiii, para el cornudo, síiiiiiiii…

—Para el cornudooooaaahhhh…

Sentí sobre mi rostro cómo los chorros de semen latigueaban dentro de la pija e iban a dar al interior de mi novia. Lo sentía en la cara, como pequeños temblores, y en el vientre de Bruna, a quien se le había puesto la piel de gallina y acababa en pequeños espasmos de placer.

—Tomá, puta… Toda para el cornudo… Toda para vos…

Y le seguía acabando.

—Sí, sí, Carlos, para el cornudo…

Mi novia le festejaba a Carlos la dedicatoria. Como sus piernas  estaban demasiado abiertas, los primeros hilos de leche comenzaron a salírsele y bajar desde su concha para dar sobre mi rostro. Por suerte casi todo fue bien adentro de mi novia y resultó poco lo que tuve que soportar.

Carlos le acabó por completo adentro y se desinfló sobre Bruna, aplastándome todavía peor. Tenía la pija clavadísima hasta el fondo y la hacía descansar. El problema, me percaté recién ahí, era que sus holgados huevos también descansaban, pero sobre mi rostro, incluso uno de sus testículos se recostaba directamente sobre mis labios, que yo obviamente mantenía sellados. El semen de mi amigo seguía cayendo de la conchita de mi novia y goteaba sobre mi cara. En eso, Carlos se salió, cansado, con esfuerzo, y sacó lentamente su pijón embadurnado de flujo y semen. La verga se salió y fue a dar sobre mi mejilla, dejándome un reguero de leche a lo largo de mi rostro.

—¡Caggglogggsss…! —me quejé.

—No te pongas impaciente, Cuerno, que ahora mismo te enseñamos cómo romperle el culo a tu novia, y que te parezca delgadita como a vos te gusta.

Así aplastado como estaba y con media cara embadurnada de semen, no pude estar más contento con la propuesta. Seguramente producto del alcohol que corría por mis venas, pero lo cierto es que en ese momento pensé que ¡qué bien, que por fin le iba a hacer la cola a mi novia!

Aunque eso, claro, será contado en la próxima.

(concluye en la parte 2)

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