Feliz cumpleaños

Después de una buena comida que me tomé en un lujoso restaurante con motivo del aniversario de mi nacimiento, ─cumplía 47 años ─ fui al mingitorio, por decirlo muy finamente, por simple necesidad fisiológica, pero allí me encontré junto a mí, a la derecha, en la retahíla de urinarios, un individuo aproximadamente de mi edad que desde que se abrió la bragueta y se sacó el pene, le estuve ojeando disimuladamente – creía yo – hasta que él, sin ningún disimulo, me espetó:

─ Te gusta, ¿Eh? ─ No cabe duda que se refería a su verga, de la que parecía presumir sacando y metiendo el capullo en el prepucio y arquear la micción hacia arriba como insinuándome su potencialidad viril.

Yo, avergonzado por mi indiscreción, más que por lo que él pudiera pensar, pues tenía bien asumida mi identidad sexual, aparté mi vista de inmediato, girándola a la izquierda, y ─ ¡oh, sorpresa! ─ me encontré a mi lado, en el urinario lindante, una verga que su dueño la blandía como un fuete. Era un joven que no tendría más de 21 años. Éste también me miró, sonrió y siguió moviéndosela intencionadamente sin mear mientras espiaba mis miradas furtivas. Intuí que esperaba a que se fuera el individuo que yo tenía al lado opuesto. Éste sí que meaba arqueando, como he dicho antes, su flujo urinario hacia arriba hasta llegar a salpicarme intencionadamente y, cuando terminó su meada, acomodándose la polla en sus calzoncillos o lo que fuere, se marchó haciéndome un guiño. Quedamos en solitario el joven y yo. El chico, sonriéndose y siguiendo blandiendo su verga sin que yo pudiera dejar de mirarla atraído y confiado por su descarado atrevimiento como si de una humorada se tratara, se acercó a mi oído y me dice:

─ ¿Te gustaría hacerme una paja? ¿Verdad, eh?

No esperó mi respuesta, blandiéndosela me hizo un gesto para que le siguiera y se metió en uno de los retretes. No cerró la puerta ante mi mirada atónita: aquello era demasiado para mí y le seguí.

Entré, cerré la puerta, pasé el pestillo, se la cogí y empecé a masturbarle con una mano, con la otra acariciaba sus huevos y, de vez en vez, le movía su verga empalmándola con las dos manos sin superponerlas sino deslizándolas una al lado de la otra sin llegar a poder cubrir toda su largura que mediría, al menos, de 20 ó 23 centímetros. Él se echaba el cuerpo hacia atrás, presionándose la pelvis, para dejar a descubierto hasta el tope todo el tronco de su pinga. Era delicioso zarandear aquella pieza musculosa erecta y oír sus inevitables gemidos de placer cuando le acariciaba el frenillo.

─ Eres experto, ¡maricón! Qué bien sabes moverla, se nota que te gusta.

Yo, encendido como estaba con aquellos huevos y aquella verga en mis manos, ya no pude reprimir mis ansias de fantasear como más me gusta cuando estoy con un macho e incluso, a veces, pese a mi bisexualidad, con una mujer invirtiendo los roles: sentirme mujer con mis cuarenta y siete años a cuestas.

─ Qué feliz me harías si me trataras como si fuera tu mujercita ─ le dije atrevidamente sin sonrojo ni disimulo.

─ ¿Qué quieres decirme, que quieres que te preñe? ─ me respondió ─ ¡Vale!, pero chúpamela antes.

Guardamos un momento en silencio, alguien entró a mear. Cuando se fue el intruso, me arrodillé ante él, le lamí los huevos, me los metí uno a uno en la boca hasta dejársela totalmente abierta para que me la metiera hasta donde gustara. Y me la metió casi entera penetrándomela hasta la garganta. Su flujo preseminal mezclado con mi saliva resultó ser un lúbrico suavizante que nos permitió, a él y a mí, gozar del placentero vaivén de sus enbestidas hasta que se corrió jaleándome repetidamente, una y otra vez, con los espasmos de su orgasmo:

─ Traga, puta! ¡Traga, te voy a dejar preñada, zorra! ¿Te gusta, eh? ¡Traga, traga, que vas a parir por ese culito de puto, zorra!

Con los ojos cerrados, conteniendo las arcadas que me provocaban sus enbestidas ardientes, tragaba y tragaba con mi boca chorreando sin poder contener todo el flujo seminal de aquella bestia humana.

Quedamos exhaustos, pero él aún quiso verguearme el rostro con su verga medio fláccida hasta dar por terminado aquel inesperado festín.

─ Quizás nos veamos otro día por aquí, chato ─ me dijo mientras se metía su polla en sus slips, se subia los pantalones, se pasaba la bragueta y descerraba el pestillo para marcharse sin ni siquiera permitirme que le besara como era mi deseo.

─ Lavate bien esa boca, marrana. Conmigo no te confundas ─me dijo ─. Soy un tío muy macho, aunque me gustan las putitas como tú. Au revoir.

Yo me mantuve un buen rato en el retrete, culminando con un placentero orgasmo tras una paja que me permitió soñar y delirar con mis deseos sexuales más profundos. Al terminar, tiré de la cadena del inodoro y me limpié, con el agua que salía de la cisterna, manos y boca enlechados de los sémenes de ambos.

Mi gran sorpresa, al salir del restaurant, fue encontrarme con el individuo que había estado meando a mi derecha arqueando su flujo y que me hizo un guiño al marcharse… Estaba allí en la puerta, me llamó al verme y me entregó una tarjeta de visita advirtiéndome que leyera la nota que había escrito en el dorso:

La nota era esta: Cuando quieras, de lunes a viernes, a estas horas más o menos, me llamas por el móvil y, si quedamos en algo, te pasas por la dirección indicada. Si quieres te traes al joven que acabas de gozarte. También tienes ahí el número de su móvil por si quieres quedar con él para que se una a la fiesta. Espero que no me falles, nena.

Y no le fallé, pero eso es otra historia que quizás cuente algún día.

¡Vaya, fueron dos buenos regalos de aniversario!

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