La sauna

Le follaron el culo un montón de veces mientras nosotros nos morreábamos frotando nuestros pechos y vientres el uno contra el otro. En un momento dado, me excitó tanto sentir su cuerpo apretándose contra el mío mientras le daban azotes en las nalgas que tuve un fuerte orgasmo y me corrí con mi polla metida entre sus muslos.

Esta vez era irremediable. Estaba decidido, absolutamente decidido. Tomé tanto valor como me fue necesario, compré las cosas que necesitaba y me dirigí sin pensármelo hasta la sauna aquella, en la que tantas veces había deseado hacerlo.

No se trataba de entrar y echar un polvo con cualquiera, no. La intención era realizar una de mis fantasías salvajes. De modo que entré, pagué y pasé a los vestuarios. Abrí mi taquilla y –sin prisas- comencé a desnudarme.

Tengo buenas espaldas, torso fuerte y brazos musculosos, de modo que enseguida llamé la atención de algunos hombres. Como si no me diera cuenta de ellos, terminé de quitarme la ropa hasta quedarme desnudo del todo. Entonces, distraídamente, me agaché un par de veces (ofreciéndoles una perfecta vista de mi duro culo y de mis testículos colgando con armonía. Me giré varias veces a propósito, haciendo como que arreglaba la ropa, para que advirtieran que traía afeitado el pubis, los testículos y el pecho. Les miré de reojo y advertí que les gustaba la vista.

Cerré la taquilla, me ajusté la goma elástica con la llave en una muñeca, tomé la bolsa con las cosas “especiales” y me metí en los pasillos de la sauna en busca de una cabina. Es costumbre circular por la sauna con una toalla alrededor de la cintura, para no mostrarse completamente desnudo. Sin embargo yo paseé en pelotas y semi erecto por aquellos pasillos en penumbra, mostrándome sin tapujos ante todo aquel que quisiera mirar.

El resultado fue que comenzaron a seguirme varios hombres. Recorrí todos los pasillos sin prisa y volví sobre mis pasos a recorrerlos de nuevo. Al cruzarme con ellos, algunos dejaban paso pero otros forzaban el roce de cuerpos en busca de un fugaz contacto físico. Alguno incluso fue más lejos y aprovechando el cruce me daba un azotito en las nalgas o posaba suavemente una mano sobre mi sexo y me susurraba algunas guarradas que deseaba hacerme. Yo, como si nada, seguía andando y provocando. Así los estuve provocando varias veces, yendo y viniendo por los pasillos. En un momento dado en que parecieron despistarse, tuve unos segundos de intimidad en los que nadie me veía. Aproveché y me metí en una de las cabinas.

Al poco, les oía pasar y pensé que, probablemente me estaban buscando. Entonces saqué de la bolsa una cadena, la pasé alrededor del cuello y enganché el mosquetón dejándola ajustada. Tomé la otra punta, rodeé con ella mi sexo y también ajusté su mosquetón. La dejé de tal modo que al sacar pecho la cadena se tensara tirando de mi polla y huevos hacia arriba. Seguidamente saqué un liguero muy chiquito y me lo puse, luego las correspondientes medias (de malla) y –como no- los zapatos de tacón altísimo, de aguja. Me miré en el espejo y tuve una gran erección de solo verme.

Saqué unas pinzas de la ropa y las coloqué en mis testículos (seis en total). Y finalmente, pincé los pezones con unas pinzas especiales que había comprado en un sex-shop, de las que pendía una cadenilla metálica.

Volví a mirarme y casi me corro de gusto viendo aquel cuerpo. Salí al pasillo semi oscuro y volví a recorrerlo en dirección al vestuario generando un espectáculo que a nadie pasó desapercibido.
Abrí la taquilla, guardé en ella la bolsa y cuando la estaba cerrando nuevamente, un hombre se acercó a mí, se quitó la toalla y comenzó a restregar su vientre contra mis nalgas haciéndome notar con su polla lo muy cachondo que yo le ponía. Tuve una muy buena erección ante los demás admiradores que, inmediatamente, me rodearon y comenzaron a tocarme por aquí y por allá.

Una mano caritativa tomó mi sexo y comenzó a aplicarle un lento y placentero sube y baja que me obligó a cerrar los ojos y lamerme los labios. Sus suaves caricias en la polla se mezclaban con el dolor de las pinzas en los testículos y eso aún me daba más gusto.

Otras manos agarraban las nalgas, jugaban con las ligas, sobaban las medias… De pronto, alguien aprisionó mis pezones, ya aprisionados de por sí por las pinzas, y los estiró y retorció hasta arrancarme gemiditos de dolor y suspirazos de gusto.

-¡Mmmmhhhhhhh!- si esto seguía así me iba a correr de inmediato, así que los aparté con los brazos y volví a los pasillos.

La primera fase de mi plan -el juego exhibicionista con tintes de sadomaso- había sido un exitazo rotundo. Y ahora que los tenía más encandilados que el flautista a las ratas de Hamelin, comenzaba la segunda fase…

Entré en la sala que más me gustaba… Tenía una pared llena de agujeros bien hechos, circulares, con los cantos suavizados, cuya finalidad es meter la polla y dejar que alguien –del otro lado del tabique- te la chupe. Esta circunstancia hacía de la habitación un lugar plenamente morboso. Pero lo que más me excitaba, lo que verdaderamente me atraía de la sala era que en otra pared había cadenas y argollas para atar a alguien y jugar con él.

Me fui directamente al rincón de las cadenas, apoyé la espalda contra la pared, alcé los brazos, abrí las piernas y dije a mis seguidores: -¡Atadme! Cadenas y correas pasaron de inmediato por mis tobillos y muñecas dejándome inmovilizado e indefenso.

-¡Tensar más las cadenas, quiero sentirme estirado, abierto y a merced de cualquier vicioso!-

Sacaron los mosquetones de sus anclajes en la pared y volvieron a ponerlos, esta vez dejándome muy abierto de piernas y brazos. Muy, muy tenso. Tanto que apenas tocaba el suelo con los pies de puntillas.
¿Que qué pasó después? Imaginarlo no es muy difícil… Me la metieron por la boca, me la metieron por el culo, se hicieron pajas sobre mi cuerpo, me azotaron a palmadas los muslos (por dentro, cerca de las ingles), estiraron las pinzas, retorcieron mis pezones, me hicieron pajas, mamadas y todo, todo, todo, todo lo que se les antojó. Naturalmente hubo de todo, se formaron tríos, cuartetos… Se hicieron pajas mutuamente, se la mamaron unos a otros, se dieron por el culo… Hubo varios sesenta y nueve…

¡Fue una orgía espectacular (y yo el anfitrión de ella)! Incluso vino un jovencito aniñado, de piel lampiña y muy suave, al que le dio morbo verme así y quiso estar como yo.

Me lo pusieron cara a cara, apoyados el uno contra el otro y lo ataron a las mismas cadenas que me sujetaban a mí.

Le follaron el culo un montón de veces mientras nosotros nos morreábamos frotando nuestros pechos y vientres el uno contra el otro. En un momento dado, me excitó tanto sentir su cuerpo apretándose contra el mío mientras le daban azotes en las nalgas que tuve un fuerte orgasmo y me corrí con mi polla metida entre sus muslos.

No sé la de veces que nos corrimos, solo sé que cuando todo acabó (por falta de semen en el grupo), todo el mundo se había corrido más de una vez y aquello estaba hecho un verdadero asco.

Cuando nos soltaron, nos fuimos los dos a las duchas y nos refrescamos. Después pasamos a una cabina, me tumbé en la colchoneta y él se dedicó a tocarme con mucho cariño y dulzura. Me acarició con tanto mimo que me sentí en la gloria. Cerré los ojos y me dejé hacer. Él lamió y besó todo mi cuerpo con tacto, con delicadeza. Lo hizo tan a conciencia que, aunque creía que me habían ya ordeñado a fondo, volví a empalmarme.

Él, aprovechando el regalo, se dedicó en cuerpo y alma a estimular mi polla, a lamer mi culo, a ensalivar mis pelotas. En fin que puede que estuviéramos así cerca de una hora. Finalmente, me metió un dedo ensalivado en el culo y mientras me la mamaba empezó a hacerse una buena paja. Al final me corrí en su boca.

Aún hoy (ha pasado ya bastante tiempo), cuando recuerdo aquella bacanal, tengo grandes erecciones y me hago unas pajas riquísimas.

Autor: Ivan

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