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Empecé a bombear con fuerza, pero ella me atacó por la retaguardia: me metió por el culo el bote cilíndrico de crema, me quedé petrificado, pero tras un breve momento de dolor cobré conciencia del cuerpo extraño en mi ano, lo rodeé con mi esfínter y era excitante.  Gemí de placer, no podía gozar más. El placer me dominó. Grité como un salvaje. Tenía fuego en la polla y en el culo.

Cuando alguien quiere recordar la mejor experiencia sexual de su vida (esto es, “la” experiencia), normalmente atesora al menos una. Claro que hay privilegiados que pueden presumir de dos, tres o más, pero ya se sabe que siempre hay quien destaca sobre el resto. También hay quien por desgracia no tiene nada que contar, pero sabemos que los extremos se equilibran por la media.

En mi caso, sólo hay una experiencia. Con esto no quiero decir que para mí haya sido poco; todo lo contrario, incluso me atrevería a afirmar que vale por muchas experiencias reunidas. Me llamo Juan, tengo treinta años y trabajo en una consultoría medio ambiental. La plantilla de la empresa la componemos gente joven; nadie pasa de los cuarenta, de modo que el ambiente no es demasiado formal, si bien siempre se guardan las distancias lógicas según los cargos de cada uno.

El pasado junio tuve que ir a Madrid (nuestra empresa es de “provincias”), a un seminario. Me acompañaba una consultora que había empezado a trabajar con nosotros el año pasado. Pongamos que su nombre es Eva. De veintiocho años, hay que reconocer que es una auténtica bomba. No hará falta que entre en detalles – la imaginación de cada cual la moldeará a su gusto, pero sólo apuntaré que tiene unos pechos sencillamente perfectos, duros y firmes, que se adivinan estremecedores bajo las ceñidas camisas y conjuntos que lleva. De sus caderas y culo, tampoco hay mucho que decir, pues alcanzando el grado de sensualidad que alcanzan, lo que pueda expresar se queda corto.

Eva sabe lo buena que está. Por cómo se viste, eso está claro: no hay más que verla con esos pantalones claros que lleva en verano, bien ceñidos, dejando adivinar la tanga negra que se le incrusta en el trasero. O como anda y se mueve. Sin embargo, su actitud es más bien distante, un tanto fría e irónica, como si el resto de los mortales fuéramos tan poca cosa que no pudiésemos hacer más que mirar y suspirar. Tampoco quiero decir con esto que sea desagradable o altiva; es otra cosa, no sé cómo explicarme. Quizá es que tenga que ser así, nada más que eso.

En definitiva, cuando llegó el día, tomamos el avión y bien de mañana estábamos en Madrid. El seminario iba a celebrarse en un hotel del centro, durante dos días. Como muchos de los asistentes, habíamos reservado dos habitaciones, ya que era mucha la comodidad de no tener que desplazarnos. El primer día transcurrió como suele transcurrir en estos casos: a ratos bien, a ratos no tan bien, según los ponentes y las materias. A eso de las siete, terminamos. Habíamos hecho una pausa de una hora al mediodía para comer, y estábamos muy cansados. Eva se dirigió entonces a mí.

– Podríamos salir a cenar más tarde, después de descansar un rato – me dijo. Nada más lógico. No estaría mal para romper la monotonía del día. – Bien – le contesté -. ¿Nos vemos a las ocho y media en recepción?

Quedamos de acuerdo, y subí a mi habitación. Allí, descansé un poco, me duché y me cambié de ropa. Nada del otro mundo, ropa cómoda sobre todo. Cuando bajé, a las ocho y media, Eva ya estaba esperándome, con un bonito vestido color crema que le favorecía mucho, lo cual no me extrañó en absoluto, pero difícilmente podría suponerse otra cosa a que se hubiera arreglado para salir a cenar con un compañero de trabajo. Anduvimos un rato y entramos en un restaurante italiano de buena pinta, pero no demasiado caro, según vimos en la carta expuesta en el exterior (no hay que olvidar que pagaba la empresa y no queda bien pasar grandes facturas de dietas). Pedimos un buffet de pasta de diferentes clases para los dos y luego algo de carne. Para beber, vino, un Chianti muy rico.
La cena fue tranquila, agradable, y hablamos de trivialidades. Con el café, el camarero nos invitó a grappa; nos dijo que era casero y muy bueno. De buena gana, aceptamos, y fue en ese momento cuando algo en Eva cambió: me miró de una forma distinta a como lo había hecho todo el rato y me dijo muy seria:

– Te voy a decir una cosa: no me he puesto bragas. Yo me quedé helado, pero creo que no se me notó. Y antes de que me pudiera dar cuenta de lo que hacía, ya estaba hablando: – Pues me da pena, porque me hubiese gustado que llevaras un tanga negro, de esos que llevas en la oficina.

Eva sonrió, sin dar importancia a lo que yo había dicho. Yo debería de haber estado sorprendido, quizá avergonzado, pero lo cierto es que estaba satisfecho, ni siquiera excitado todavía. Eva pidió entonces una cajetilla de tabaco al camarero, que le fue traída al momento. Me extrañó porque nunca le había visto fumar.

– ¿Y por qué? – me preguntó mientras encendía un cigarrillo y aspiraba el humo. – Así, podría quitártelo y olerlo – le dije. – ¿Te gustaría hacer eso? No sabía que eras de ésos que se ponen cachondos oliendo las bragas de las tías… ¿Fetichistas los llaman? ¿En serio que te calentaría olerme un tanga? – Sí, me gustaría, pero tú ya lo sabes. Si no, ¿para qué los llevas? No me irás a decir que es simplemente porque te gustan o te sientan bien… Porque tú ya sabes que todos te miramos. – Es por eso, pero también porque me gusta poneros cachondos a los tíos. Tienes razón, lo reconozco. Pero no hay nada de malo en poneros calientes, ¿a qué no? – ¿Cómo ahora? – Como ahora. – ¿Crees que me estoy poniendo cachondo? – Por supuesto que sí. Si pudiera ver tu polla, seguro que sabría que se está levantando. A lo mejor estás hasta manchando el calzoncillo con la punta… – ¿Y? – Que quizá yo sabría qué hacer con ese pollón, y no me limitaría a olerte el calzoncillo.

No hará falta que explique que, efectivamente, me estaba poniendo como una moto. Pero paré un momento: ¿a qué jugaba Eva? La contemplé mientras fumaba: una sonrisa distante cruzaba su cara. ¿Y si todo esto fuera sólo juego, un poco de esgrima verbal y nada más? ¿Iría yo a quedar como un gilipollas o algo peor? Entonces me hice la reflexión que siempre me hago en cualquier dilema: ¿qué tengo que perder y qué tengo que ganar? Que perder, me dije, tengo el ridiculizarme, o puede que ofenderla, si sigo por este camino. A lo mejor hasta me denuncia, llegué a pensar medio en broma. Ahora bien, lo que puedo ganar lo tengo delante de mis ojos… y por el momento sin bragas.

Me decidí: en una palabra (o en tres), ir por ella. Pero también comprendí que una rendición desde el principio me llevaría al fracaso. Así que empecé mi estrategia.

– Y yo estoy seguro de que no estás menos caliente que yo. Eres una calientapollas, pero no puedes evitar calentarte. Te contagias. Estoy seguro que tienes el chochito todo mojado, que si tuvieras un tanguita estaría cogiendo un olorcillo a coño que me moriría por saborear y que, encima, cuando te estoy diciendo esto, te estoy poniendo más a punto. ¿O me equivoco? Casi me atrevería a decir que si te digo que eres una perra, una guarra, o una putita, eso te pone aún más, y que es lo que llevas entre ceja y ceja desde el hotel, o a lo mejor desde antes, igual desde que supiste que tenías que venir conmigo al seminario.

Eva abrió su sonrisa, acentuando su expresión de triunfo.

– ¿Eso quiere decir que estás cachondo… de verdad? – Mira, Eva – le dije -, no creo que seas tan tonta como para no saber que con ese cuerpo, es decir, con esas tetas, con ese culo, con las tangas que dejas ver, con como vistes… vas pidiendo guerra, y que a los tíos nos pones la polla dura, y que nos la cascamos pensando en hacer las mayores guarradas contigo. ¿O me vas a decir ahora que esto que te digo te sorprende? Ella se quedó algo parada ante el arranque, pero no tardó en reponerse.

– No me sorprende, lo hago para eso, al menos en gran parte, pero me gusta oírtelo decir. ¿Tú te la has cascado alguna vez pensando en mí? – me preguntó con una candidez que yo no pude, la verdad, distinguir si era fingida.  – Una no, muchas, Eva. Como todos, seguro.  – No me valen “todos”. Quiero saber de ti.  – Ya te he dicho que sí.  – ¿Y qué te imaginabas?  – Todo. Pero te voy a poner un ejemplo: te quitaba el tanga, lo olía, me frotaba con él el cuerpo, me lo ponía… y me follabas. Me dominabas, me cabalgabas… Me corría dentro de ti…  – ¿Tanto te pondría olerme una tanga?  – Mira, sólo de hablar de ello tengo la polla como una barra de hierro. ¿Te pones cachonda tú pensando en mi polla?  – Me pongo como una puta perra.  – ¿Eres una puta perra?  – Me gusta serlo, y me encanta poner cachondos a tíos como tú.  – Sí que eres una zorra. – No sabes cómo… Me estoy poniendo toda mojada, no me voy a poder levantar de la silla.

– Pues me alegro, te lo mereces. Porque ahora estamos en la fase del calentamiento. – Que no es menos importante que la de la acción…  – No, no lo es. ¿Has hecho esto muchas veces?  – ¿Qué? ¿Hablar así con un hombre?  – Sí, pero con alguien como yo, un compañero de trabajo, fuera de casa…  – No quiero hablarte de mis experiencias sexuales, pero sí que es verdad que nunca había estado en esta situación con un compañero de trabajo, así, en frío…  – ¿Nunca?  – Nunca, pero me está gustando. Yo también te miro en la oficina, pero nunca pareces dar confianza a intimar.  – ¡Mira quién habla! Tú tampoco eres muy sociable, que digamos… – Supongo que tienes razón, pero, ¿qué otra cosa se puede hacer? ¿Abrirme de patas delante de todos?  – Basta con lo que estás haciendo ahora.  – ¿Y qué estoy haciendo ahora?  – ¿Me lo preguntas?  – No me respondas con una pregunta, no hace falta. De todos modos, sí, en la oficina te he mirado muchas veces. No estás mal, ¿sabes?  – Muchas gracias.

– Yo también he pensado en ti a veces, en casa, sola…  – Esto se está poniendo emocionante.  – He pensado muchas veces en cogerte en la oficina, tarde, cuando no hay nadie, y arrastrarte al archivo, por ejemplo, y allí, sobre la mesa, atarte, desnudarte y violarte… contra tu voluntad. Tú te resistirías, al principio, claro, pero más tarde irías entrando en el juego. Imagino tu polla, enorme, a punto de reventar. Yo te lamería el cuello, los lóbulos de las orejas, el pecho, las piernas, los huevos, la polla. Mmmmmm. No sé si dejaría que te corrieses en mi boca, yo creo que te haría sufrir un poco más. A lo mejor te pintaba los labios con el pintalabios, no sé… Sería una especie de violación. – ¿En eso pensabas? ¿Y qué hacías cuando pensabas en eso? – Me tocaba, al principio suavemente, luego no tanto… A veces me meto un cojín entre las piernas y me froto hasta que me corro. Otras veces, me lo hago en la ducha, y otras con un vibrador. No sabes cómo gozo, es brutal…  – ¿Y siempre piensas en mí? – No seas tan presumido. Sólo a veces…

La conversación iba subiendo de tono, aunque a veces debíamos bajar la voz, como cuando vino el camarero a traernos la cuenta.

– No sabía que fumabas, Eva…- Sólo fumo cuando quiero calentar a un tío. ¿A qué no me equivoco?

Tuve que reconocer que tenía razón. El calentón que sufría aumentaba cuando la veía expulsar voluptuosamente el humo de su cigarro. Desde luego que sabía lo que estaba haciendo. Yo intentaba no dejarme llevar del todo por su inercia, pero se me hacía difícil. No quería ser un juguete en sus manos – pensaba que eso le haría perder el interés en la conquista – pero tampoco pretendía ser seco, lo que podría hacerle pensar que yo no estaba interesado en lo que ella pudiera ofrecerme. Sin embargo, pese a lo racional de mis pensamientos, ya digo que no me era fácil controlarme, y por supuesto que me dolía la polla de todo el rato que llevaba con ella enhiesta. Por fin, pagamos y salimos. Ya en la calle, y no puedo asegurar si fue ella la que tomó la iniciativa, o fui yo, o simplemente fuimos los dos, pero lo cierto es que nos arrimamos a una pared y nos incrustamos el uno en el otro, buscando rellenar cada uno los huecos del otro.

– Hijo de puta… – me susurró Eva al oído -. Me tienes tuya, soy tu puta, tu guarra, hazme explotar con tu polla…

Y mientras esto decía, frotaba su entrepierna contra la mía, capturando la barra de mi miembro contra sus muslos y haciéndome perder la cabeza, si es que aún la conservaba. Al mismo tiempo, unimos nuestras bocas en un espasmo de beso animal, intercambiando lenguas, saliva, aliento y gemidos. Creí que me corría ahí mismo.

– Vámonos al hotel – logré farfullar, conservando un resto de firmeza en la voz. – Hijo de puta – repetía ella, –  no sabes dónde te metes. Te voy a comer. Tengo el coño con hambre, no puedo más, te voy a matar.

Afortunadamente, pudimos coger un taxi y calmarnos lo suficiente para llegar al hotel sin ningún incidente. Allí, pedimos las llaves de la habitación y subimos al ascensor. Una vez dentro, con gesto más aparentemente seguro de lo que realmente era, marqué el botón de su piso. Ella no dijo nada, sólo se llevó la mano bajo su falda, me miró como sólo una mujer de verdad puede mirar, se frotó el sexo, la sacó y me la dio a oler. Las puertas se abrieron antes de que yo pudiera hacer nada, pero el olor a coño de hembra se me clavó bien dentro.

– Qué puta eres… – acerté a decir mientras introducía la tarjeta magnética en el lector de la puerta de su habitación y ésta se abría.Cuando cerró, y la luz se encendió, Eva se volvió y pude ver su cara contraída con un gesto de enfado, casi de cólera. – Y ahora, ¿qué? – me interpeló. Yo comprendí que se trataba de otra prueba.

– Ahora – le dije muy despacio – vas a saber que el hacerse la guarrita de boquilla no sale gratis porque te voy a follar hasta que no puedas levantarte de la cama, y no voy a tener ningún miramiento con una zorra como tú que lleva dos horas calentándome. ¿O te crees que soy un eunuco, pedazo de puta?

Quiero aclarar que no soy un violador, pero tampoco soy tan gilipollas como para dejar que unos mohines de niña consentida me detengan cuando me han estado tocando los huevos – y nunca mejor dicho – toda una tarde. ¿Qué es demasiado crudo lo que digo? A lo mejor, pero es como lo siento. Y en ese momento, yo sabía que Eva me estaba poniendo a prueba y que si me acojonaba y no respondía como un hombre ya podía subir deprisa a mi habitación y pajearme toda mi vida pensando en lo que pudo haber sido y no fue. Así que seguí.

– Esta noche eres mi guarra y vamos a hacer lo que yo diga, vamos a hacer lo que me salga de la polla y tú no vas a decir esta boca es mía.

Según iba yo diciendo esto, me iba quitando el pantalón, la camisa, todo excepto el calzoncillo. Si antes estaba muy excitado, ¿cómo explicar cómo me sentía en ese momento? Mi polla literalmente explotaba, vibraba trémula con una trepidación tal que parecía que iba a cobrar vida propia e introducirse en el coño de Eva. El someter así a la hasta entonces para todos inaccesible Eva (no se le conocía absolutamente ningún asunto con nadie), el hablarle y dominarla, me estaba llevando a momentos de excitación que yo jamás había conocido. Pero pronto pude ver que si yo me estaba poniendo como una bestia, eso era nada comparado a como se estaba poniendo Eva, que empezó a tocarse el coño por encima de la falda, primero lentamente para luego subir el ritmo hasta que empezó a jadear.

– Pues venga, hazme tuya y fóllame hasta reventar.  – Quítate la ropa ahora mismo – le ordené, y ella obedeció, mostrándome el incomparable espectáculo de su desnudez lujuriosa.  – Y ahora ven aquí.  Eva se me acercó, se puso de rodillas, me sacó el miembro y se lo introdujo en la boca. – ¡Aún no! – le ordené -. Hay algo que quiero que hagas antes.  – Dímelo ahora mismo porque no puedo más.  – Dame un tanga tuyo.

Eva sonrió y abrió una maleta que tenía en una esquina, sacando de una bolsa de plástico un minúsculo tanga negro.

– Es el que he traído en el viaje. ¿Te sirve este? – me preguntó con malicia.

¡Vaya que si me servía! Se lo arrebaté y lo olisqueé con ansiedad. ¡Qué olor más delicioso! Mejor dicho, ¡qué gama de olores! Desde el suave olor a entrepierna, con ese resto de sudor limpio sobre piel limpia, al punto ácido de orina en la parte delantera, al difuso aroma anal de la trasera.

– Mmmmmmm, cómo huele a sexo – jadeé -, a tu sexo, a tu coño, a tu culo, ¡me pone a cien!  – ¿Te gusta, eh? ¿A qué te gustaría más comérmelo todo?  – A una perra como tú me gustaría hacérselo todo. – ¿A qué esperas entonces? Me puse el tanga, que se me metía por la raja del culo, y caía por un lado de la polla y los huevos, dejándolos en libertad. La polla, por cierto, como una roca y bien húmeda. – Túmbate en la cama, zorra.

Eva se tumbó y yo la ataqué como un poseso, penetrándola hasta el fondo en la primera acometida. Creo que los dos estábamos hasta arriba de excitación y morbo, porque al tercer o cuarto vaivén nos corrimos juntos dando alaridos animales de placer, mezclando nuestros jugos, que nos mojaron y empaparon parte de la cama. Había sido brutal, una verdadera descarga de fluidos que se habían desbordado como consecuencia del calentón de las tres horas anteriores. Había saboreado la boca de Eva, entrelazando nuestras lenguas con frenesí, mientras los más bajos instintos me corroían las entrañas. Hubiera deseado ser su esclavo, encadenado a un potro de tortura mientras ella me azotaba y me escupía, pero también agarraba mi miembro, lo acariciaba y se lo metía en la boca a la vez que se introducía un vibrador por el coño. Pero al segundo siguiente pensaba en azotar su hermoso culo con mi polla, restregársela por su coño y correrme encima de ella mientras le obligaba a tragarse mi semen e impregnárselo por el rostro.

– Eres una bestia – me dijo. – Me haces ser una bestia. Me pones a cien. – Me gusta ponerte caliente y que me folles, me folles, me folles… – Eres tan puta, me pone tanto que seas tan puta y lo sepas… – ¿No hubieses preferido desvirgar una niñita estrecha? – No, yo quiero mujeres como tú, que sepan lo que quieren, y que quieran una buena polla para hacerles sentir mujeres de verdad. – Seguro que me hablas de todo esto por el polvo que acabamos de echar.

Pero había sido breve, y queríamos más. En pocos instantes tenía otra vez el miembro como el mástil de una bandera, y estaba dispuesto a meterlo en el chocho de Eva, un chochito húmedo, cálido y acogedor que se había tragado como si nada mis buenos veintitantos centímetros de polla. Hice de nuevo el ademán de embestirla, pero me paró con un gesto.

– Eres de los que necesitan más que un polvo, ¿eh, cabrón? Espérate un momento. Se levantó de la cama, fue al baño y trajo un bote de crema hidratante, de forma cilíndrica, pero redondeado por la parte superior, lo abrió y extendió abundante crema en su mano.- ¿Qué haces? – le pregunté.- ¡Fóllame!

No necesitaba más, con el miembro en la mano la penetré con furia, agarrándole el culo con ambas manos y levantándole por ello las piernas en vilo. Empecé a bombear con fuerza, pero ella me atacó por la retaguardia: me metió por el culo el bote cilíndrico de crema, que había lubricado sin darme yo cuenta. Me quedé petrificado, pero tras un breve momento de dolor, cobré conciencia del cuerpo extraño en mi ano, lo rodeé con mi esfínter y… ¡era excitante!  Encima, ella empezó a sacarlo y meterlo, primero lento, y luego más rápido. Gemí de placer, no podía gozar más. Mi ano estaba lubricado y ¡me estaba convirtiendo en una maricona! Aunque me estuviese follando a una mujer de bandera ahí abajo… yo me sentía follado. El placer me dominó. Perdí la cabeza. Grité como un salvaje. Tenía fuego en la polla y en el culo…

– ¡Zorra! ¡Puta! ¡Sigue…! Me gusta…! ¡Sigue, sigue, sigue, no pares…! ¡Me estás matando!

Me corrí tres veces seguidas. Rompí el tanga con el frenesí de mis movimientos. Recuerdo que mientras me corría, apretaba aún más el tubo con los músculos de mi ano. Mil fantasías más de dominación y sumisión cruzaron a la velocidad del rayo por mi mente. Pero yo sólo podía sentir como si me derritiese y me disolviese por algún desagüe… probablemente, el coño de Eva. Ella no se quedaba atrás.

– ¡Ah! ¡Aaaaaaahhh! ¡Cómo me gusta! ¡Métemela hasta el fondo, cabrón! ¡Me corroooo…! – gritaba como una cerda.

Al final, los dos nos quedamos exhaustos sobre la cama, en un mar de sudor y fluidos corporales. La habitación olía a semen, coño… a todo. Pero el final estaba por llegar. Eva, como si no hubiese tenido suficiente, se incorporó a medias y se sentó sobre mi tórax, dándome la espalda. Contorsionándose como una acróbata, se inclinó sobre mi polla, lacia en ese momento, y se la introdujo en la boca, empezando a mamar con ganas. Yo no podía más, estaba agotado, lo reconozco, pero al ver – y sentir – a esa guarra comiéndome la polla, otra vez comencé a despertar. Ella tragaba y tragaba, metiéndose el miembro hasta el fondo de la garganta, mientras no dejaba de masajearme los huevos con malicia. Resultado: pronto tuve el pene otra vez como un tronco, buscando guerra, excitándome con cada uno de los vaivenes que ella imprimía.

– Me estás poniendo caliente otra vez… – Yo ya estoy caliente. – No pares, no pares – gemía yo.

Reclinado sobre la almohada, podía ver el perfecto trasero de Eva, quien seguía inclinada sobre mi miembro. Era precioso, la verdad, y me entraron unas ganas irresistibles de acercármelo a la boca y comérmelo hasta el final, así que eso hice. Pronto lo tuve en mi boca, y estaba húmedo por los jugos que abundantes le corrían por sus piernas. Separando las nalgas lo suficiente, introduje mi lengua en su ojete, que se dilató por el placer, y pude entrar más y juguetear con mi lengua. Un espasmo recorrió el cuerpo de Eva, que sin embargo no dejaba su presa, mientras no se resistió a un gemido de placer que me sonó a puro pecado glorioso. Seguí porfiando y ella pronto empezó a mover sus caderas al ritmo de su felación, a lo que yo sin problemas me adapté, pasando a su coñito.

– ¡Aaaaahhhhhh! ¡Qué gusto! ¡Más, máaaaaaas!

Yo seguí lamiendo la delicia salada de su coño, y sus jugos me resbalaban por la cara. Que una tía te chupe la polla es algo increíble; estar excitado por ello, y comerte literalmente su ano y su coño es algo que no se puede describir con palabras. Tiene que haberse hecho para comprenderlo. Cuanto más te excitas porque la polla te va a explotar, con más furia atacas el coño, y más y más te vas excitando por ello. Al fin, Eva se corrió dos veces seguidas y también yo lo hice en su boca, transportado en un éxtasis imposible.

Con eso, terminamos. Estábamos agotados, y dado que al día siguiente teníamos otra jornada de convención por delante, decidimos dormir al menos unas horas. Por no hacer el relato largo, no hubo otro momento más digno de mención. Volvimos de Madrid, y al poco tiempo, por circunstancias que no vienen al caso, yo cambié de trabajo. No he vuelto a ver a Eva, aunque tampoco creo que yo signifique para ella más que el arrebato de una noche de sexo. Desde luego, no me considero con ningún derecho sobre ella aunque, ¿para qué negarlo?, no me importaría que ella sí se considerase con algún derecho sobre mí.

Autor: Salami77

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