Cura Cachondo

El cura proseguía gozando de Blanca con singular enjundia, cuando hubo un cambio de estrategia, deshicieron su abrazo y ella sin sacarse la polla, apoyándose sobre el escritorio, inició a subir y bajar sus caderas con movimientos cada vez más rápidos, daba gozo el ver las nalgas estrellarse contra los muslos del padre, tragando aquel jugoso coño el pene del sacerdote.

Regresábamos mi novia Blanca y yo en coche hacia Huelva desde Badajoz, era de noche, era la primera vez que hacíamos ese trayecto, el camino resultaba ser muy tortuoso, ya que habíamos cogido para acortar un atajo que nos recomendaron por la sierra, la cual estaba cubierta por vegetación frondosa, que incluso impedía ver normalmente el cielo. Al rato de circular por la sierra, empezamos a sospechar que nos habíamos perdido, estábamos fatigados, y según parecía perdidos. Durante veinte minutos más continuamos en el camino, hasta que se tornó recto y dar a llegar a un monasterio.

Al llegar a este, me bajé del coche para ver si en el monasterio había alguien que me pudiera guiar, y de camino estirar las piernas y tomar un poco de aire fresco. Segundos después, oí los pasos de mi novia acercándose a mí. Blanca es una mujer hermosa, 22 años, con un gran cuerpo donde resaltaba especialmente su cintura, sus caderas y su bello trasero, su rostro era atractivo, con grandes ojos azules, y una piel entre blanca y rojiza, encuadrada en una copiosa y prolongada cabellera rubia, es más en ocasiones, la habían confundido con extranjera. Llevaba un vestido rojo muy femenino, acinturado y con una caída extensa que le alcanzaba ligeramente la parte superior de sus rodillas.

Nos dirigimos a un costado del templo, donde se apercibía una luz encendida, golpeamos una puerta de madera con la ilusión de que nos escucharan. Al momento, oímos como descorrían la cerradura y nos acercamos a la puerta, esta se abrió y apareció un sacerdote calvo con lentes, con un hábito oscuro.

– Buenas noches, ¿qué desean?- Preguntó el sacerdote. – Disculpe la molestia a estas horas, pero queríamos solicitarle un pequeño favor. Contestó Blanca. – Sí, ¿en qué puedo servirles? – Nos hemos perdido, llevamos muchos kilómetros y no sabemos dónde estamos. – ¿Se han perdido?, dijo, normal, si no conocen la carretera, es fácil despistarse y más de noche. – Sí, dije yo, podía guiarnos, estamos cansados, muertos de sed y hambrientos, queremos llegar a Huelva lo antes posible. – Lo mejor que pueden hacer es quedarse a dormir aquí hoy, y continuar mañana por el día, es mejor en vuestra situación que partáis por el día, que será más fácil, además aquí hay camas de sobra, pues solo estoy yo en el convento.

Después de mirarnos, decidimos hacer eso, y le dijimos que vale, que nos quedábamos. Pasamos, él cerró la puerta y lo seguimos entrando a uno de los cuartos laterales de la iglesia, que tenía el aspecto de una menuda oficina, con muebles bastante sencillos, algunas sillas, un añejo escritorio de madera y un estante con libros debajo de la única ventana. Él nos comentaba que estaba solo porque las demás personas habían tenido que ir a la diócesis a no sé que cuestión y estarían fuera unos días. El cura nos ofreció café, ya que alimentos no tenía, lo que tomamos ambos con sumo gusto, él nos acompañó tomando algo de vino e inicio una alegre plática en la que nos distrajimos por un buen rato. Pronto se acabó el café y el padre nos brindó un poco de vino que era lo único que quedaba, sonreímos y aceptamos. Él fue a por dos vasos y por más vino, el hombre era atrayente en su trato, de mediana estatura, algo obeso, con pocos pelos negros debido a su calvicie, ojos castaños, piel clara y velluda, y con algo de papada, no como yo que era más alto que él, peso normal, moreno, ojos negros y piel tostadita.

La charla continuó, al igual que el consumo del vino, que mezclado con el cansancio del viaje, hizo que nos sintiéramos relajados y cómodos, la conversación y el consumo de vino continuaban, y sin darnos cuenta, los tres estábamos ya algo contentos, empezando a decirnos el sacerdote que era muy común que él estuviera solo en grandes lapsos de tiempo, que nuestra inesperada visita era un bálsamo para su habitual soledad, unido a las durezas que impone la vida religiosa, algunas de ellas durísimas de soportar.

– ¿Cuál es la más difícil? Preguntó Blanca terminándose de beber otro vaso de vino. – El lograr mantener con voto de castidad a este pobre. Respondió él, levantándose la parte delantera del hábito y enseñándonos que no llevaba ropa interior.

Nos quedamos sorprendidos al dejar su paquete al descubierto, por debajo de su grueso y peludo vientre tendía un miembro sumamente rollizo, que contaba con una gran mata de vello púbico que le coronaba, debajo quedaban unos testículos grandes. Según parecía, el hecho de mostrar su miembro con mi esposa ahí presente había causado cierto grado de excitación en ellos, y mi novia comenzó a exponer interés en esa polla, se percibía un brillo en su mirada. Arrimándose al sacerdote con cara de admiración, extendió su brazo derecho y con su mano albergó y mimó sus testículos, lo que produjo que la verga comenzara a erguirse, adquiriendo más longitud y más grosor.

Blanca se acuclillaba frente al padre, flexionando sus piernas y separando generosamente sus rodillas. Esto me dejaba pasmado, más que nada por el hecho de ver a mi esposa manoseándole las bolas a un cura, mostrándole su entrepierna cubierta con unas bragas blancas y aproximando cada vez más su rostro hacia ese pene. Me miró como solicitándome mi consentimiento, y yo dentro de mi asombro, asentí con un liviano movimiento de cabeza. Inmediatamente, sacando su lengua aspiró la pequeña gota de humedad de la punta del glande, exclamando, ¡Delicioso!.

Comenzó a darle lengüetazos a la base de la polla, lamiendo posteriormente el tronco a lo largo, hasta llegar a los testículos, donde se deleitó dándole con la lengua por todos sitios, metiéndose por turnos los testículos en la boca, mientras con su mano derecha le hacía la paja al párroco, el cual se mantenía parado pero plegando con ambas manos el frente del hábito. Ella viajaba con su lengua de forma ascendente, hasta llegar a la enorme cabeza de la verga, la cual engulló, fijando la cara de zorra que tenía en la cara del padre, instante en el que el sacerdote echó su cabeza hacia atrás y abrió la boca en un gesto de gozo. Blanca mamaba gozosamente el cipote, encajando sonoramente cada vez mayores porciones, observando con cara pícara su efecto en el rostro del sacerdote. La verga logró su máximo tamaño y dureza, el cura empezó a flexionar acompasadamente sus piernas metiendo grandes trozos del pene en la boca de mi esposa, deformándole a veces sus cachetes, ella como buena hembra, resistía los embates tragando la ración que le decretaba el padre, ensalivando con sus labios aquella polla.

El párroco comenzó a robar el control del escenario, estiró su brazo izquierdo para levantar el cabello de Blanca y manteniendo la correcta posición para seguir follándosela. La visión de ver a mi novia, acuclillada, con las piernas separadas y dejando ver sus mojadas bragas blancas, mamándosela a un representante de la Iglesia, era una visión muy caliente, esto hizo, que mi polla mostrara actividad, la mezcla de emoción, excitación y nervios había logrado excitarme al máximo, más aun cuando el único ruido que se escuchaba era el húmedo sonido del machacar la verga en la lagrimosa boca de ella.

Ella nos sonrió gozosamente, vanidosa por su gesto, su rostro estaba muy ensalivado, y con aquel miembro enfrente de su rostro. No aguanté más, la llevé hacia el viejo escritorio acostándola, situé su pierna izquierda en mi hombro, separando como podía la entrepierna de su braga, y le empotré mi polla en su inundada concha, mientras su pierna derecha estaba pegada a la mesa del escritorio. Mi pene entraba y salía fácilmente de ese jugoso coño, estaba más caliente y húmedo que nunca, el párroco logró adaptarse encima de la cara de mi novia, para que ella le retornara a lamer, volviéndole a encajarle la polla. Durante un gran rato conservamos la posición, solo alterada por él, que a veces cogía su verga y con ella azotaba el rostro de Blanca, quien con cierta desesperación esperaba a que se atajara el dulce castigo para retornar alegremente a seguir mamando, viendo como la calva cabeza del padre se llenaba de gotas.

Seguidamente, el cura se acostó en el escritorio y Blanca se colocó encima, se recogió su falda en la cintura, y tomando la verga con la mano derecha la dirigió a la entrada del depilado coño, el padre ayudaba, retirando con la mano sus braguitas hacia la nalga izquierda de ella, gradualmente pero fácilmente se introducía, hasta que solo quedaron los testículos fuera. El sacerdote situó sus manos en cada glúteo de mi novia, abrió ampliamente sus piernas, colocándose Blanca en los huecos, aprisionándola él con sus piernas, ambos quedaron encajados. La sala se inundó de jadeos y olor a sexo, yo me senté en una silla, contemplando la follada y pajeándome, podía ver el rojizo trasero de Blanca manoseado por el padre, quien le apartaba las nalgas abriéndole la hendidura del culo, mostrándome con total lujo de detalle la follada.

Observando como el cura proseguía gozando de Blanca con singular enjundia, continuaba masturbándome, cuando hubo un cambio de estrategia, deshicieron su abrazo y ella sin sacarse la polla, apoyándose sobre sus pies y manos sobre el escritorio, inició a subir y bajar sus caderas con movimientos cada vez más rápidos, daba gozo el ver las nalgas estrellarse contra los muslos del padre, tragando aquel jugoso coño el pene del sacerdote, era ella la que se lo follaba gozosamente, giró su cabeza y fijó su vista alegre en mí, mostrándome con su culo al aire la forma en que se tiraba al cura.

Me acerqué a ellos, situé una mano en las nalgas de Blanca, y ensalivándome el dedo medio de la otra mano recogía parte de los flujos de ellos con los que lubricaba el pequeño ano de mi novia, el párroco volvió a sujetar y separar las nalgas de ella, facilitándome el trabajo, introduje mi dedo en el ano de Blanca, no perturbándose ella, luego le metí dos e igual. Me quité mis pantalones y slip y con cuidado me subí también sobre el escritorio, acomodándome apropiadamente encima del trasero de ella, situé la punta de mi verga en el pequeño orificio y el diligente padre separó más el culo para facilitar la penetración, doblé las rodillas y efectué presión sobre el culo, entraba muy lentamente por la pequeña hendidura de las nalgas, hasta que la penetración resultó perfecta, quedando solo fuera mis testículos, gritando Blanca con ansia gozando de la doble penetración.

Esta enculada era diferente, no era como otras. Gradualmente sincronizamos e incrementamos nuestro martilleo sobre ella, las vergas entraban y salían cada una en su respectivo agujero, mi novia usando sus brazos se empujaba y mecía hacia atrás, deseosa de recibir la mayor ración posible de pollas. Seguimos reventando intensamente a Blanca, el apretado ano me oprimía deliciosamente el pene y a la vez sentía la polla del sacerdote, la cual alcanzó su primera eyaculación, pude sentir a través de mi pene como anegaba de leche la vagina de mi novia, convulsionándose ella, teniendo un gran orgasmo al sentirlo, que crearon pequeñas contracciones de su ano sobre mi polla. La cantidad de semen arrojada fue bestial, su verga ocupaba tan plenamente el coño de ella, que la leche empezó a escurrir fuera, deslizándose por el tronco del miembro, dejando pringoso el todavía embutido cipote, junto con los testículos del clérigo.

Yo continuaba castigando el culo de Blanca como al quitarme yo, él bombeó un poco a mi novia, y enseguida le dijo que se arrodillara para darle su bendición, ella así lo hizo, abrió la boca, sacó la lengua, y el sacerdote restregó la verga en ella, pajeándose a la vez, hasta que empezó a correrse, la primera leche bendita cruzó la cara de Blanca llegando incluso al cabello, después un flujo más lento y espeso que depositó en la lengua de ella, Blanca la metió de vuelta en su boca y lo degustó tragándoselo todo, después ella volvió a tragar la polla del cura, chupándola hasta sorberle los últimos restos de leche.

Después nos vestimos, y nos fuimos a dormir, partiendo el día siguiente hacia Huelva por donde nos recomendó el sacerdote, llegando sin problemas.

Autor: Fary

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Confesión y penitencia

De pronto, la mano se apartó, y mi coño empezó a temblar, vacío y palpitante. Una polla dura y enorme ocupó el lugar de la mano, embistiendo con fuerza una y otra vez, hasta que llenó mi coño completamente. Mientras las manos tironeaban de mis maltratadas tetas, alternando con pellizcos y azotes en mis enrojecidas cachas.

No necesito una excusa para contarte mis andanzas en el pueblo. Con esta manía de las fotos, pensé en hacer algunas desde lo alto de la torre de la iglesia. Mis hijas me dijeron que no habría problema, pero de todas formas, pensé que tenía que pedir permiso al cura, así que entré en la iglesia, estaba vacía, pero él estaba en una garita de esas de confesarse. Hace tanto que no las uso. Me acerqué, y antes de que me diera tiempo a decir nada, me preguntó de qué me acusaba.

¡Vaya con el cura! Que cotillo. Me quedé cortada un momento, pero luego pensé en las ganas que tenía de contarle a alguien nuestra historia. Y recordé que los curas, si se lo cuentas allí no se lo pueden decir a nadie. Así que me arrodillé y le solté de golpe: ¡De lujuria, padre!  Eso pareció interesarle. Creo que hasta pegó un salto. No podía verle la cara, estaba muy oscuro. Se puso más tieso y acercó la oreja.  ¿De lujuria, hija?  Me preguntó.

Yo empecé a contarle mis andanzas. Diciéndole cuanto me gusta follar contigo por los rincones. Y como voy a trabajar sin bragas esperando que me toques el coño y me metas los dedos dentro, como una perra en celo. Que le he puesto los cuernos a mi marido en mi propia cama, como chillo y me retuerzo cuando me comes el coño. Que me la has metido por el culo, y también he disfrutado como loca. Él parecía escandalizarse, pero yo creo que se estaba poniendo cachondo.  ¿También has disfrutado con eso? ¡Claro!

Disfruté cuando mi culo se abrió para él. Fue como si me desvirgara. Como si nos desvirgáramos mutuamente. Porque para él también fue la primera vez. Disfruté oyéndole decir una y otra vez que le avisara si me hacía daño. Y sintiendo sus manos por mi cuerpo agarrándome con cuidado. Y cuando se corrió dentro de mi culo después de pedirme permiso… De repente me interrumpió, silenciosamente, abrió la rejilla y, sacando la mano, empezó a sobarme las tetas. Empecé a jadear, conteniéndome. Intentando mantener la compostura. Pero la verdad, es que yo también estaba cachonda de recordar todo lo que habíamos hecho.

Él continuaba tocando y manoseando por encima de mi camiseta. Empezó a tirar de ella hacia arriba, hasta que consiguió meter la mano dentro, haciendo que se contrajeran mis pezones. Me preguntaba detalles. Y yo se los daba cada vez más satisfecha. Y más orgullosa. Cada vez que callaba, él me pellizcaba un pezón y yo gemía. Entonces, volvía a pellizcármelo con más fuerza para que continuara. Continuaba hablando, como si no estuviera manoseándome. Hablaba de los pecados y de la penitencia. Me amenazaba con el infierno, como si hubiera peor infierno que no estar contigo. Así que seguí contándole como te follo de pie, sentado y tirados por el suelo encima de un cartón como indigentes. Y como disfruto cuando te corres para mí. O dentro de mí. O cuando te la meneas delante de mi cara.

Pero… ¿hay algo que no hayas hecho? ¡Sí!. Le dije.  No le he follado por el culo. Tengo ganas de meterle algo por allí. Y ver como su polla crece y crece, antes de meneársela y comérmela hasta que reviente. El tío pesado seguía diciendo: ¡Serás castigada te castigará!  ¡Me sonríe cada vez que él me toca!  Le contesté, y eso parece que le puso de mala leche. Así que cuando llegó el momento de la penitencia me dijo que no iba a ser algo habitual, que yo merecía otra cosa y me dijo que volviera a la iglesia y que me arrodillara delante del altar, pero desnuda.

Me desnudé como me lo había indicado. Y estuve así, desnuda, sintiendo cómo aumentaba mi humedad y resbalaba por mis muslos, a pesar del frío que hacía. Pensando en ti. Preguntándome si te gustaría verme allí, arrodillada en pelotas en una iglesia, temblando de frío, con las tetas de punta. Durante una eternidad no sé porqué, me acordé de la última vez que estuvimos en uno de nuestros escondites. De que también hacía mucho frío. Y de que te enfadaste. De que quería pedirte que me besaras y no me salían las palabras. Y de cómo a pesar de los problemas luego seguimos igual o mejor. De pronto, cuando empezaban a dolerme las rodillas, alguien se acercó y empezó a sobar mi culo.

Empecé a temblar. Unas manos elevaron mis caderas, obligándome a apoyarme sobre los pies, mientras permanecía inclinada, de forma que mi coño estaba abierto y accesible. Imagino que brillaría sonrosado bajo las cachas, entre mis piernas abiertas. Empecé a recibir azotes que estallaban en una extraña mezcla de dolor y placer. Que poco original. Yo esperaba algo mejor de un cura. Pero me gustaba recordar cuanto te gusta que me peguen y las ganas que tengo que lo hagas tú. Así que empecé a mover el culo, gimiendo bajo los azotes. Como tantas veces he soñado hacerlo para ti.

Bien, había sido azotada y estaba excitada, con el culo rojo, igual que las tetas. Unas manos acariciaron mis nalgas enrojecidas provocándome un gemido. Después sentí como me manoseaban el coño, tirando de mis labios mojados y retorciéndoselos, yendo adelante y atrás. Abriendo mi raja y volviéndola a dejar. Yo perdía el control de mi cuerpo y balanceaba las caderas, sin querer, buscando el contacto, igual que cuando me tocas tú. Unos dedos hurgaron dentro de mi coño, donde se movieron con fuerza. Sentí un vacío y la necesidad de juntar las piernas, apretar esa mano y liberar mis ansias de correrme, pero la mano que me controlaba se endureció, sin permitírmelo.

Ahora otra mano tocaba mis tetas con fuerza, casi me dolía, pero estaba demasiado cachonda para ello. De pronto, la mano se apartó, y mi coño empezó a temblar, vacío y palpitante. Una polla dura y enorme ocupó el lugar de la mano, embistiendo con fuerza una y otra vez, hasta que llenó mi coño completamente. Mientras las manos tironeaban de mis maltratadas tetas, alternando con pellizcos y azotes en mis enrojecidas cachas.  ¿Así te folla él, zorra? Me preguntaba con voz muy ronca, mientras empujaba más y más, aplastando sus huevos contra mi coño.  ¡No! Él me follaría mejor. Sobre todo si estuviera aquí y nos viera. Le respondí mientras seguía moviendo el culo.

Mi respiración era una serie de gemidos, acompasados a los empujones una y otra vez; cada vez más profundos; cada vez más firmes; cada vez más largos y más rápidos. Junté las piernas, apretándolas, deseando correrme, sintiendo con más fuerza la carne en mi interior. Me paralicé un instante, justo antes de reventar sobre la polla que tenía dentro. Mi coño palpitó y mis caderas se balancearon tirando de ella arriba y abajo. Él sintió la explosión en su verga estrujada por mi coño que temblaba en un violento orgasmo. Lo sintió y se dejó llevar, explotando en mi interior, vaciándose completamente.  Ahora, vete y no peques más me dijo y no vuelvas la cabeza o te pesará.

Me incorporé y sin volverme, empecé a vestirme. Aunque la corrida resbalaba por mis piernas. Con las prisas, allí se quedaron mis bragas, aún húmedas. Pues parece que ir al pueblo puede ser hasta divertido. ¿Te gustaría?

Autor: Pecadora

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Mi segunda comunión

Cuando estuve acostado me dejó totalmente desnudo. Me pidió si podía penetrarme, evidentemente nunca antes lo había hecho porque se lo notaba nervioso. Yo obviamente accedí gustoso. Y que cogida me dio. Lo gocé muchísimo. Cuando estaba por acabar me dijo que quería bendecirme por hacerlo tan feliz, me hizo poner de rodillas, y me llenó la cara de leche, una leche espesa y demasiado sabrosa.

Tenía yo 21 años cuando sucedió lo que voy a contarles ahora. Si leyeron mi otra historia sabrán que me gusta ser muy putita y siempre tengo fantasías muy calientes. La historia que les voy a contar hoy es sobre como cumplí una de las mejores fantasías que tuve y logré hacer realidad.

Antes que nada y para que me vayan conociendo un poco mejor, les cuento que vengo de una familia bastante “chapada a la antigua”, al menos en lo que a apariencias respecta. Papá casado con mamá, un hijo varón, dos hijas mujeres y católicos desde el nacimiento. Siempre fuimos todos los domingos a misa y así surgió esta fantasía.

Íbamos a una iglesia cerca de casa todos los domingos. La misa era bastante aburrida y la daba un cura joven que no superaría los 30 años. No había notado lo hermoso que era hasta que descubrí mi verdadera orientación sexual. A partir de esa época, empecé a ir mucho más atento a misa, estaba realmente enamorado. Para lograr acercarme al sacerdote, que luego supe se llamaba Andrés, intenté de todo. Me hice del coro de la iglesia, ayudaba en las clases de catecismo, en fin creo que fue tanto lo que hice que me gané algún pedacito en el cielo.

Sin embargo, el padre Andrés no se percataba mucho en mí, o al menos eso creía yo, ya que me trataba como a uno más. Era un hombre muy amable y con el que pudimos llegar a entablar una muy buena relación. Pero por más que me esforcé mucho durante años nunca pude lograr nada con él, y cierto día nos anunció que había sido designado para atender a otra parroquia y debía irse. Mi tristeza fue muy grande al verlo partir, ya que desde que lo conocí siempre tuvo un lugar importante en mis fantaseas más oscuras.

El sacerdote que lo reemplazó era un anciano que con suerte caminaba y se mantenía en pie pero a pesar de eso no pudo hacer desaparecer en mi mente la fantasía de que el padre Andrés iba a volver. Tanto lo deseé que cuando supe que volvía (tres años después) salté de alegría. ¡Estaba feliz! iban a hacer una fiesta de bienvenida ya que era muy querido por todos. Obviamente fui a la fiesta con mi mejor ropa y una calentura inmensa.

La fiesta fue bastante aburrida. Pero al final se fueron yendo todos y quedamos pocos. El padre dijo que quería descansar así que los que quedábamos empezamos a irnos. Uno a uno lo saludaron y se iban, yo quedé al último. Aprovechando mi suerte y tratando de prolongar más el tiempo con él le dije,- Padre, ¿antes de irme puedo confesarme con usted?, la verdad que el padre que lo reemplazó no sabía comprenderme y no me sentía cómodo confesándome con él.

Crucé los dedos para que aceptara y de hecho lo hizo, me hizo pasar a una capilla para que haga mi examen de conciencia mientras él se ponía la sotana. Mi mente estaba a mil revoluciones por minuto, nunca antes había estado tan solo con él y no sabía que le iba a decir. Finalmente volvió y comenzó la confesión.

-¿Hace cuanto que no te confiesas? – La verdad que no recuerdo, creo que un año, un año y medio. – ¿Y qué pecados quieres confesar? Comencé diciendo pecados triviales, como mentiras, peleas en casa y ese tipo de cosas hasta que tomé valor y dije, -¡Creo que soy gay! El padre no pareció asombrarse y me preguntó ¿cómo que creía? -Si le respondí, últimamente suelo vestirme de mujer y tener fantaseas con hombres.

Al llegar a este punto lo noté un poco turbado y supe que tenía que aprovechar la oportunidad, profundicé mi confesión, le conté toda la verdad de como soñaba con tener sexo con él y hacerlo gozar como quizás no lo había hecho nunca nadie. Cuando terminé se hizo un silencio profundo.
Abrí los ojos, que había mantenido cerrados para no avergonzarme, y para mi asombro debajo de la sotana del padre se veía un bulto evidentemente crecido y bastante grande a decir verdad. El se lo acariciaba despacio. – Me gustó mucho lo que me dijiste Sebastián- me dijo. Yo no sabía qué hacer o decir. Estaba todavía de rodillas frente a él que ya había empezado a frotarse con más ganas. Estaba cumpliendo mi fantasía!

Una felicidad enorme me invadió y comencé a desabrocharle la sotana de a poco, evidentemente el padre no tenía mucha experiencia sexual porque estaba tímido y no decía mucho, pero le gustaba porque no me decía que frene. Así que yo proseguí hasta tener en mis manos su pija que era demasiado grande como para ser de un sacerdote, ya estaba un poco húmeda y tenía un olor a excitación muy evidente.

Iba a empezar a chupársela cuando me frenó. Mi felicidad desapareció pero por suerte luego volvió a subir cuando me dijo: -Esperá en tu fantasía, ¿mi pija no tenía un rosario enrollado? ¡Si vamos a hacerlo vamos a hacerlo bien! Sacó su rosario y se lo enrolló en su gruesa verga. Apenas le daba dos vueltas y era muy excitante verlo así.

¡Ahora si empecé a chupársela con ganas! El no sabía mucho que hacer al principio, pero fue dándose cuenta que le calentaba mucho sentir que podía dominarme estando yo de rodillas. Tomó mi cabeza con sus manos y me empujó más y más profundo. Su pija era extremadamente sabrosa. En un momento dijo: -¡Te molesta si rezo? -Yo no contesté pero en el fondo ansiaba que comience a rezar y así lo hizo…

¡Pedía perdón mientras yo le chupaba la pija como una verdadera puta! Era algo muy excitante para ser verdad. Pero lo mejor estaba todavía por pasar. Me dijo si quería ir para alguna cama para estar más cómodos, yo le contesté que ¡sí! Pero mi sorpresa fue enorme cuando en lugar de llevarme a la cama me dijo que me acostara sobre el altar.

Cuando estuve ahí acostado me desnudó todo y me dejó totalmente desnudo. Me pidió si podía penetrarme, evidentemente nunca antes lo había hecho porque se lo notaba nervioso. Yo obviamente accedí gustoso… ¡Y que cogida me dio! ¡Lo gocé muchísimo! Cuando estaba por acabar me dijo que quería bendecirme por hacerlo tan feliz y me hizo poner de rodillas delante de él. Me llenó la cara de leche, una leche espesa y demasiado sabrosa y luego dijo- Yo te perdono tus pecados y me hizo la señal de la cruz, ¡realmente fue una experiencia mágica!

Años después supe que el padre Andrés dejó los hábitos y actualmente tiene una familia con dos hijos. La verdad me alegro mucho por él.

Espero que les haya gustado la historia, y pronto estaré contándoles ¡más!

¡Saludos!

Autor: Sebastiaan

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El sacerdote

Yo con lentos movimientos de caderas comencé a moverme. Sus ojos no dejaban de verme, sus labios chocaban contra los míos con verdadera lujuria. Sus manos las colocó sobre mi cintura y con gran fuerza me traía hacía él. Los dos realmente nos entregamos en cuerpo y alma. Mi vagina recibía una y otra vez su verga, mis piernas las cerré sobre su cuerpo y ambos disfrutábamos como enamorados.

Perdóneme padre, porque he pecado. En pensamiento, palabra y obra. Así era como todos los domingos, yo saludaba al viejo párroco de mi iglesia. Luego de comunicarle, alguna que otra tontería, él me imponía como penitencia, el rezar o un Padre Nuestro o un par de Ave María, o a lo sumo un Rosario. Yo creo que dependía de como se levantase, ya que estoy segura, que jamás realmente escuchaba lo que le decía. Ya que era sordo como una tapia.

Hace unos seis meses más o menos, encontraron el cuerpo del viejo sacerdote, sin vida en el confesionario, según dicen las chismosas de la iglesia, le dio un ataque al corazón, al escuchar la confesión del alcalde del pueblo.

Por lo que a la semana, se presentaron dos nuevos sacerdotes, el padre Marcos, y el padre Antonio. El padre Marcos, es un sacerdote cuarentón. Las malas lenguas del pueblo dicen, y la mía que no es muy buena lo repite, que el padre Marcos es el guía espiritual y consolador, mejor dicho consuelo, de las viudas y de las divorciadas. No muy alto, grueso de espaldas, con manos grandes, con una gran sonrisa y abundante cabellera, la mayor parte del tiempo uno le ve en la calle sin sotana. Mientras que el padre Antonio, era un joven sacerdote, que aun olía a seminario. Delgado, de estatura media, cabellera y barba negra. Grandes ojos marrones, labios carnosos, y me daba la impresión de que no se quitaba la sotana ni para dormir.

La primera vez que vi a los dos nuevos sacerdotes, pensé. Ese curita está como para pecar con él, refiriéndome al padre Antonio, ya que el padre Marcos, me cayó algo pesado. Desde el primer día en que vi, al padre Antonio, me las ingenié para hacerme notar por el joven sacerdote. Antes de entrar al confesionario, me bañé en Chanel nº 5. Con el fin de hacerme notar, mi confesión fue corta y sencilla. Luego a la salida de la iglesia, me ofrecí para dirigir el grupo del coro de niñas. Al presentarnos formalmente, el padre Antonio, comentó el agradable aroma que había en el ambiente.

Cada vez que podía, buscaba alguna excusa para hablarle, y estar cerca de él. Pero el joven sacerdote, por lo general no se daba por enterado de mi existencia, o por lo menos eso me parecía a mí. Mi esposo, era quien a duras penas y apagaba mis calenturas. Por suerte comenzó a usar esa pastilla de nombre “Viagra” y con eso nos hemos mantenido dentro de nuestro matrimonio. El farmaceuta del pueblo, a tono de broma dice que el verdadero nombre de la pastilla es Vieja Agradecida. Pero yo pienso que debería ser Viagro, por viejo agradecido. Pero regresando al tema, preparé un plan de ataque a prueba de fallos, claro a menos que el padre Antonio fuera gay. Lo primero que hice, fue cambiar mi guarda ropa. Lo segundo fue realizar una lista de las horas libres del padre y las mías, y tercero poner el plan en marcha.

En el confesionario, se inició el primer ataque. Llegué temprano, olorosa, y con una blusa que deja ver los encantos de mis bien formados senos. Al entrar para confesarme, me fui por el frente y no por el lado, de manera que el padre Antonio, me tuviera frente a él. Sus ojos de inmediato se posaron en mis tetas, y ese día mi confesión prácticamente fue una narración de la relación sexual que mi esposo y yo mantuvimos la noche anterior. Yo toda apesadumbrada y compungida, le fui diciendo como, aunque yo no estaba de acuerdo, mi esposo me usaba para saciar sus bajos instintos carnales. En ocasiones yo levantaba la vista para ver al padre a los ojos, mientras me confesaba con él, y lo observaba como mantenía sus ojos cerrados, y una de sus manos dentro de la sotana. El solo pensar que lo excitaba a él, me excitaba a mí. Mi coño ardía por dentro, y tendría que buscar la manguera de mi marido para apagarlo, no es que en el pueblo no hubiese más hombres. Lo que sucede, es que todos apenas le tocan la mano a una mujer se van al bar del pueblo para decírselo a todo el mundo, pero de manera muy exagerada. Lo que a mí no me conviene, desde luego.

Bien regresando al tema de nuevo, les diré que con la escusa de ser la directora del coro de niñas me la pasaba metida en la sacristía y en el patio interior de la iglesia, ya que eran los dos lugares donde ensayábamos, prácticamente a diario, bajo la curiosa mirada del padre Antonio, yo por mi parte siempre iba vestida de la manera más insinuante posible. Lo que más me gustaba usar era un conjunto de falda larga, con una gran abertura al frente. La cual, yo abría y cerraba a mi discreción. Por lo general la acompañaba con alguna de las blusas, que compré un par de números más chicas, que las que suelo usar normalmente, lo que hace resaltar mis prominentes senos. Cierto día el padre Antonio, se acercó al coro para darnos la letra de una nueva canción. Yo le solicité que nos la cantara, por lo que él tomó mi puesto y yo me senté en el suelo, con las piernas ligeramente abiertas. Desde luego que sin ninguna mala intención, más bien fue por comodidad, se los juro. Mientras el padre, nos daba la letra de la canción, yo de vez en cuando movía mis piernas, inocentemente desde luego, y fíjense que casualidad, ese día se me olvidó ponerme, mi ropa íntima. El pobre padre se puso tartamudo del tiro, sudaba a mares, y yo ingenuamente le pregunté, si se sentía bien.

En otra ocasión, me presenté con una mini falda extra corta, y un tanga tipo hilo dental. Y ese día nos encontrábamos, preparando una verbena, pro fondos de la iglesia desde luego. A mi grupo y a mí nos tocó, un Kiosco de comida, por lo que preparamos una gran mariscada, para la venta. Pero para decorarlo, era necesario que le pusiéramos unas guirnaldas, y unos globos. Por lo que yo me iba a subir a una frágil escalera, con el fin de ir colocándolas. Justo cuando pasaba el padre Antonio, él muy diligente se ofreció para ayudarnos, se subió a la escalera, y trató de colocar los arreglos, yo me aseguré de que mis pechos quedaran al alcance de sus ojos, y zas, que se da un buen martillazo en un dedo. Por lo que se debió bajar de la escalera, en ese momento yo aproveché, para subirme y terminar de colocar todos los arreglos.

Como las niñas, son muy pequeñas le solicité al buen padre, que me sujetara la escalera. De momento, sentí como su mirada se clavaba dentro de mis nalgas. Yo de re-ojo haciéndome la distraída lo observaba, como se iba poniendo colorado. En ocasiones él bajaba su mirada al suelo, pero a los pocos segundos, yo volvía a tener la sensación de que era observada fijamente por el padre.

La cuarta vez que me trepé en la escalera, el padre Antonio tuvo la amabilidad de ayudarme a subir tomándome por la cintura, sus manos acompañaron mi cuerpo hasta que llegué al último peldaño. Para mí fue excitante, y me supongo que para él también, ya que se encontraba totalmente empapado en sudor. Como estocada lo ultimó fue, que perdí el equilibrio, y el buen padre me tomó en sus brazos, por suerte ya las niñas y el resto de las demás personas se habían retirado. Sus manos recorrieron mis muslos lentamente, mientras me colocaba en el suelo. De momento, nuestras bocas se fueron uniendo, en el más fogoso de los besos. Que jamás persona alguna me hubiese dado. Lentamente los dos nos fuimos arrodillando, dentro del kiosco. Allí continuamos besándonos sin decirnos nada, por un buen espacio de tiempo, su lengua y la mía danzaron juntas. Sus manos aunque algo nerviosas por la inexperiencia, eran fuertes y calientes.

Poco a poco fue conociendo mi cuerpo, y yo el de él. Ya habíamos llegado al punto en que uno se para o continúa, pero por lo visto ninguno de los dos teníamos idea de parar. Lentamente me fue despojando de toda mi ropa, que de paso no era mucha. Yo quede como vine al mundo, completamente desnuda, mientras que él continuaba totalmente vestido, con todo y sotana. Así continuamos besándonos por otro rato, sus manos fueron explorando cada centímetro de mi cuerpo, hasta que llegaron a mis labios vaginales.

Yo me encontraba totalmente excitada, y en el proceso alcancé más de un orgasmo, dirán que soy exagerada, pero así soy yo, cuando me encuentro caliente. El padre Antonio por su parte también se encontraba muy excitado, yo podía sentir su calentura y dureza a pesar de tener la ropa con todo y sotana. De momento él tan solo se subió la sotana a la altura de la cintura, mientras que yo hábilmente le bajé la cremallera del pantalón. El hecho de estar completamente desnuda, dentro del kiosco de madera a las ocho de la noche, teniendo relaciones sexuales con un cura y expuesta a que pasara alguna persona o hasta mi marido, y nos encontraran en plena faena.

Me excitó mucho más aun, a tal punto que apenas tuve su miembro entre mis manos, dejé de besarle la boca. Para besarle su roja cabeza, cosa que a mi marido nunca le había hecho. Al principio tímidamente le pasé mi lengua, pero en cuestión de segundos me la introduje totalmente dentro de mi boca.

Ni él ni yo estábamos preparados, para lo que pasó. En cosa de unos cuantos minutos, derramó todo su semen dentro de mi boca, lo que más me sorprendió fue el hecho de que yo gustosamente me lo tragara todo. Desde luego el padre Antonio hasta ese momento había sido célibe, casto y puro. Pero luego se puso mejor, hay nos encontrábamos los dos tirados en el piso de madera del kiosco, yo totalmente desnuda, y el vestido. A mí me dio vergüenza el que me viera así, completamente desnuda, pero él nuevamente buscó mi boca y me besó, no le importó que rastros de su semen aun se encontraran en mi boca.

Como por arte de magia su miembro se irguió de nuevo, contrario al de mi marido que una vez que se viene, no lo vuelvo a ver hasta la próxima semana. El padre me tomó en sus brazos, y tras una buena ración de cálidos y fogosos besos, yo abrí mis piernas lo más que pude, en señal de que esperaba por él. El padre, de inmediato se dio cuenta del mensaje, y con todo y sotana me lo fue metiendo, lentamente, despacio, con calma. Hasta que llegó a donde tenía que llegar.

Yo con lentos movimientos de caderas comencé a moverme. Sus ojos no dejaban de verme, sus labios chocaban contra los míos con verdadera lujuria. Sus manos las colocó sobre mi cintura y con gran fuerza me traía hacía él. Los dos realmente nos entregamos en cuerpo y alma. Mi vagina recibía una y otra vez su verga, mis piernas las cerré sobre su cuerpo, y ambos disfrutábamos en cuerpo y alma. El padre Antonio, posó su boca sobre mis senos, y me los mamó con gran avidez.

Así continuamos por un largo rato. Como ya les dije anteriormente, yo soy de las mujeres que tienen múltiples orgasmos. Y hacía tanto tiempo que perdí la cuenta, como me sucedió esa noche. Mis caderas se movían con fuerza, al igual que las de él, todo fue sucediendo hasta que él descargó todo su líquido dentro de mi cuerpo.

Los dos permanecimos abrazados, en un largo beso. Hasta que el ruido hecho por unos, vecinos que pasaron cerca del kiosco, nos trajo a la realidad. Las personas continuaron de largo, el padre Antonio se arregló la sotana, me dio un beso y quedamos en vernos luego. Yo por mi parte, permanecía totalmente desnuda, despeinada, sucia por el polvo acumulado en el piso de la construcción, chorreando semen por mis muslos, sudada, cansada, pero gozosa. Lentamente recogí mi ropa, con la tanga me fui limpiando entre los muslos, me coloqué la mini falda, la blusa, y me calcé las sandalias que yo traía puestas anteriormente. Me arreglé el cabello, y con discreción salí del kiosco, en la plaza no se encontraba ya ninguna persona, al parecer durante nuestra sesión de amor, llovió algo.

Camino a mi hogar, estaba pensando cómo le explicaría a mi esposo, lo sucia que me encontraba, sin que fuera a sospechar algo. Y justo cuando me encontraba frente a mi casa, pasó un coche a toda velocidad por un charco de agua lodosa que se acumula frente a mi casa. Mi primera acción, fue recordarle la madre al chofer. Pero luego en silencio le di las gracias. Mi marido al verme, y luego de escuchar mi grito, comprendió que mi estado se debía a ese pequeño accidente. Entré furiosa a mi casa, me di un baño, y me acosté temprano.

Al día siguiente, me reuní a solas con el padre Antonio, y desde ese momento fuimos formalmente amantes. Nuestros encuentros, son cosas que si se las cuento quizás no me las crean. Pero para mí lo importante es que las disfrutamos al máximo. Hasta los actuales momentos.


Autor: Narrador.

narrador@hotmail.com

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El cura del pueblo

Ayudé al padre a ir metiendo su pene dentro de la cola de Claudia, yo me acosté boca arriba debajo de ella y chupaba su conchita, Así hicimos hasta que el padre penetró todo su pene en el culo de su secretaria. Luego comenzó a entrar y salir de esa dulce cola, hasta que sintió que Claudia estaba por acabar, ahí el padre le llenó la colita de leche y Claudia se vino con un hermoso y largo orgasmo.

Estaba yo casada con el médico de una ciudad del interior y esta historia pasó cuando yo tenía 27 años y mi marido 35. Llegó a una de las parroquias de nuestra ciudad un nuevo sacerdote que recién salía del seminario, por lo que tenía unos 25 años.

Hacía ya unos meses que había llegado a la ciudad, cuando viene a consultar a mi marido por un problema. Por lo que después escucho que mi marido habló con un colega de otra ciudad, el padre tenía un fuerte dolor en sus testículos. El problema era que tenía erecciones y dejaba que se le baje la erección sola, sin hacer nada para eliminar el líquido seminal que allí se juntaba. Por lo que tenía mucho dolor en ellos. También escuché como mi marido le contaba a su colega “No sabes el miembro que tiene, nunca vi uno tan grande, y el cura no lo usa, las mujeres correrían a su confesionario si se enteran”.

Mi marido le había dicho que seguro era debido a la acumulación del líquido seminal y que tenía que eliminarlo, y que lo mejor sería que se masturbara, pero el sacerdote le dijo que eso no podía hacerlo porque era pecado, por lo cual mi marido le dijo que entonces consultaría con un colega urólogo si existía un remedio para eliminar el liquido y con eso el dolor.

Quedó en mi cabeza lo que mi marido le había dicho a su colega, que “Nunca vi uno tan grande”, y la curiosidad se apoderó de mí, como así también provocó una excitación que fue en aumento cada vez que pensaba en eso.

Mi marido viajaba generalmente algunos fines de semana a la capital del país, donde vivía su madre que ya tenía bastantes años, para ver como estaba, y hacerle compañía. Ese fin de semana viajaría a la capital por lo que como salía el viernes después del mediodía, no había tomado ningún paciente para esa tarde.

Cual sería mi sorpresa esa tarde cuando tocan el timbre de su consultorio, que lo tiene delante de nuestra casa y a acercarme a ver quien era veo al sacerdote parado frente a la puerta. Yo en ese momento estaba vestida con un pantalón corto y ajustado, que marcaba bien mi trasero y una remera pegada al cuerpo que marcaba bien mis pechos, que para decir verdad son generosos, pero que también dejaba notar que no llevaba sujetador.

Le abro y le digo que pase, y le pregunto que le sucedía a lo que me dice si no estaba el doctor porque quería consultarle un problema. Le dije que esperara un poco que ya volvía. No sabía que hacer, la excitación no me dejaba pensar, fui hasta el comedor a pensar que podía hacer. Volví al consultorio, le dije que pase, me puse un guardapolvo de mi marido pero lo dejé abierto a propósito. Me senté en el sillón del escritorio, hice como que acomodaba los talonarios y la agenda que estaba encima del escritorio y le dije.

– Mi marido me avisó recién por teléfono que tuvo que viajar a la Capital porque lo llamó la mamá y que va a llegar el domingo a la tarde, pero que yo lo ayude en lo que necesite. – Lo que pasa es que el dolor ha aumentado y necesito ver a un médico. – Mi marido me contó, yo soy médica uróloga, y me consultó si había algún medicamento para su caso. – Si eso era lo que quería preguntarle. – Mire, no existe ningún medicamento, pero podemos darle algún tratamiento. – Bueno, la escucho.- Tendría que acostarse en la camilla que voy a revisarlo. – Pero doctora, yo soy sacerdote.

– Y yo soy médica, y debo revisarlo. Más todavía si ha aumentado el dolor. En condiciones normales uno se desnuda delante de otra persona. Pero usted imagínese en un accidente, si hay que quitarle la ropa a algún paciente para curarle las heridas, y el médico dice “no, no lo curamos porque tengo que verlo desnudo y eso no se hace”. Las enfermedades son situaciones que no entran dentro de la normalidad y que usted se desnude delante de mí no es un pecado, porque lo que yo estoy haciendo es tratar de curarlo y quitarle su dolor.

El sacerdote accedió a mostrarme la zona, se recostó encima de la camilla, se abrió el pantalón y lo bajó un poco. Me acerque a él, mientras miraba su miembro que estaba un poco excitado, y realmente era enorme. Agarré el miembro y lo corrí hacia su panza, para ver sus testículos, pero no lo solté, apoyé toda mi mano sobre ese hermoso miembro, tenía unas ganas enormes de metérmelo en la boca y chuparlo, se me hacía agua la boca realmente. Comencé a tocarle sus testículos despacio, haciendo que lo revisaba y le pregunté si le dolía mientras tocaba en una zona o en otra. Al pobre le dolía mucho. Noté mientras que su miembro empezó a crecer y tenía que hacer fuerza yo para sostenerlo contra la panza. Entonces lo solté y se levantó apuntando al techo. Miré al sacerdote y se puso todo colorado de vergüenza.

– Perdón doctora. – Pero no se preocupe padre, es normal lo que le pasa. Usted es joven y se excita mucho. Pero tiene que hacer algo para sacar todo el esperma que tiene porque va a seguir doliéndole mucho sino. – Ese es el problema doctora, me duele cuando camino o cuando me siento y cada vez aguanto menos el dolor.- Mire voy a tener que estudiar el esperma, y necesitaré que salga un poco del líquido pre-seminal, para hacerle un estudio.

Agarré su miembro mientras le decía esto y subía y bajaba mi mano por el, pajeándolo.

– ¿Qué hace doctora? – No se preocupe Padre, sólo quiero que salgan las gotitas que salen cuando se excita, así podré hacer el estudio.

Agarré ese miembro del medio y bien fuerte y comencé a subir y bajar mi mano lentamente. No hubiese podido abarcarlo por más que lo agarré con ambas manos. Era enorme en su plenitud. El padre cerraba sus ojos. Enseguida comenzaron a salir las gotas preseminales.

– Así está le dije.

Agarré un tubo de ensayo, lo apoyé sobre la cabeza de su pene. Yo seguía sosteniéndolo. Recogí un par de gotas de ese riquísimo líquido que nadie había probado todavía y le dije.

– Quédese así padre que me fijaré si con esto alcanza. Ya vuelvo. Fui un minuto al comedor y volví.

– Padre. Lamentablemente era muy poco y de baja calidad. Por lo que tendremos que sacar un poco más. – Pero doctora, si me sigue masturbando cometeré un pecado, lo mismo que usted. – Mire Padre, si usted tiene relaciones con alguien comete pecado, si usted se masturba también es un pecado. Pero esto es distinto. Usted tiene un dolor y debe hacer un tratamiento. Usted vino acá para que un médico lo vea, y yo soy médica, y le estoy indicando el tratamiento. Por lo que no diga más nada y quédese acostado.

Nuevamente agarré ese miembro con la mano y comencé a frotarlo, le subía la mano y la bajaba, mientras lo miraba a los ojos. Él me miraba tratando de no demostrar cuanto le gustaba lo que le estaba haciendo. En un momento cerró sus ojos, lo que aproveché para agarrar con mis labios la cabeza de su pene y pasarle mi lengua por toda la cabeza. El padre abrió sus ojos y me dijo.

– Doctora, por favor no haga eso. – padre debo limpiarla para sacar el líquido que no sirve y esperar que salga más espeso para poder hacer el experimento. – Pero Doctora, si sigue así voy a eyacular pronto.

No hizo más que decirlo y comenzó a eyacular, lanzando su semen para todos lados. Entonces le dije.

– Huy padre, acabó muy rápido, ahora ese líquido no servirá porque se juntó con cosas que no están esterilizadas. Pero no se preocupe.

Agarré un trapo y comencé a limpiarlo. Le dije:

– Mire padre hay que volver a hacerlo, quítese la ropa, así esta más cómodo.- ¿Pero doctora, esto es necesario? – Claro que si Padre, esto hay que solucionarlo lo antes posible.

El padre se quitó el pantalón y la camisa y la acomodó en el perchero. Se recostó nuevamente. Su pene no había bajado ni un poco, continuaba levantado en toda su majestuosidad. Comencé a masturbarlo nuevamente, bien despacio, para que lo disfrute. Cuando de su pene comenzó a salir una gota le dije.

– Ve padre, ese líquido es el que no sirve porque es casi agua y hay poco esperma.

Y mirándolo a los ojos acerqué mi boca a su pene y pasé lentamente la punta de la lengua por su cabeza para retirar la gota. Y así hacía con cada gota que aparecía. El placer en la cara del cura cada vez que mi lengua tocaba su cabeza era indescriptible.

– Doctora, ¿no hay forma de acelerar el proceso? – Si padre, pero no quiero acelerar mucho el ritmo porque podrá salir el esperma nuevamente sin aviso y lo perderemos nuevamente.

Solté un segundo el pene y me quité el guardapolvo. Me puse de costado a él con mi colita apuntando para su cara. Agarré su mano y la coloqué en mi trasero y le dije:

– Padre usted toque mi cola que eso hará que tenga mejor excitación y así saldrán las gotas con más semen que nos servirán. Yo intentaré ayudarlo con mi boca.

Continué subiendo y bajando mi mano mientras su mano recorría toda mi colita y mi boca mamaba ese rico pene. Hasta que a los minutos no aguantó más y la mano que agarraba mi cola la apoyó en la cabeza, agarró su pene con la otra mano y comenzó a soltar su semen dentro de mi boca, aprisionando mi cabeza para que no pueda salir. Yo no dejé escapar ni un poco de su semen y lo tragué todo.

Me miró y me dijo:

– Perdón doctora, me excitó mucho lo que estaba haciendo y no aguanté hacer eso. Quería acabar en su boca. – No se preocupe padre, está bien. Igual es muy rico su semen. Pero veo que tiene mucho semen todavía dentro. Que tal el dolor.  – Disminuyó bastante. – Está bien. Pero tendremos que sacar un poco más entonces. Como ve padre, este es el mejor tratamiento para su dolor. – Eso veo Doctora.

Mi mano seguía sosteniendo su pene, el cual había bajado después de esta segunda eyaculación.

– Padre ahora descansaremos un poco mientras tomamos algo fresco, y también así le daremos un poco de tiempo a su pene para que recupere fuerzas. Póngase esta bata y acompáñeme.

Le di una bata esterilizada, de esas que se usan para que los pacientes no sientan del todo desnudos, pero que son transparentes y no tapan nada. Lo lleve hasta el living, le dije que se siente en el sillón y prendí la televisión. Yo le dije que me iba a bañar porque había transpirado un poco. Me bañé dejando mi pelo un poco mojado, y me vestí con mi pollera tableada de colegiala y una camisa blanca media transparente y sin corpiño, dejando abiertos varios botones lo cual dejaban mis grandes pechos mostrando un escote generoso. Me puse unas sandalias de taco alto y una tanga bien chiquita.

Bajé al living, pero me dirigí hacia la cocina, agarré dos vasos y una cerveza bien fría y fui nuevamente al living, apoyé los vasos en la mesa ratona y de espaldas al padre me agaché para servir la cerveza, mostrándole al padre una buena imagen de mi cola, no pudo menos que tener nuevamente una erección.

Le alcancé el vaso agachándome frente a él y mostrándole una linda imagen de mi escote. Cuando alzó la vista y vio que lo estaba mirando a los ojos, yo seguí su vista hasta mis pechos y le dije.

– Por como se movió su amigo parece que le gustaron mis pechos. – La verdad Doctora que no puedo menos que excitarme al verla así vestida. Aparte tiene un cuerpo hermoso. Y yo nunca vi a una mujer desnuda y menos toqué la cola de una mujer. – Pero a mi tampoco me ha visto desnuda. – Es cierto pero se ve bastante de sus pechos. – Bueno padre, miremos un poco la televisión y tomemos algo fresco. Así veremos si le pasa más el dolor que tiene.

Era una tarde de mucho calor y encima yo en la cocina encendí el horno para que esparza más el calor en la casa. La cerveza se acabó rápido, al padre le gustaba mucho la cerveza, por lo que fui a buscar otra. Vi que el padre no perdía detalles de mis pechos cuando yo me movía para agarrar el vaso o servir la cerveza, entonces le dije.

– Parece padre que le gustan mucho mis pechos. – La verdad doctora que se notan muy lindos. – Entonces mírelos bien.

Me arrodillé en el sillón a su lado y me abrí los botones de la camisa hasta llegar al último, y abrí mi camisa de par en par dejando mis pechos totalmente a la vista del padre y acercándolos bien a su cara. Quiso mover su mano para tocar uno pero no se animó por lo que yo misma agarré su mano y la coloqué en mi pecho y le dije, mire que suave que es la piel. Tímidamente comenzó a sobarlo primero uno y luego el otro, hasta que los agarró con ambas manos. Pero los soltó rápidamente.

– Padre, entonces nunca chupó un pecho. Pruebe que rico que es.

Agarré su cabeza con una mano y acerqué un pecho a su boca. El sacerdote abrió su boca para recibir mi pezón en su boca y comenzó a chuparlo desesperadamente. Le indiqué que lo haga más despacio y puse primero uno y luego otro pecho en su boca, así los fue besando a los dos pechos una y otra vez. Yo agarré su pene con una mano y comencé a frotarlo, sus manos agarraron mi espalda y luego bajó una, comenzó a subir por la pierna hasta que llegó a mi cola, levantando mi pollerita y tocando la piel de mi cola y mi tanguita.

– Padre parece que le gustan mucho mis pechos y mi cola. – Si doctora me encantan, son muy ricos y su cola es muy hermosa. – Bueno pero debemos seguir con el tratamiento para quitar todo ese dolor.

Me arrodillé en el suelo entre sus piernas y comencé a chuparle el pene nuevamente. El padre me había agarrado con una mano la cabeza y entrelazaba sus dedos en mi pelo, mientras suavemente cada tanto empujaba mi cabeza contra él, para meter mi pene más dentro de mi boca. Pero lamentablemente entraba muy poco porque era demasiado grande. Me levanté y coloqué nuevamente un pecho en su boca, tiré mi pelvis para adelante y acerqué mi rajita hacia la cabeza de su pene. Cuando el padre sintió este contacto me dice.

– ¿Que hace doctora? – Nada padre, es para lograr una mayor excitación y que finalicemos rápido el tratamiento.

Agarré su pene y recorrí con su cabeza toda mi conchita, desde atrás hasta el clítoris, jugaba con el y volvía hacer el movimiento para recorrerla toda. Tiré mi cuerpo un poco para atrás para que el padre vea como su pene tocaba mi conchita.

– Padre, ¿usted nunca vio a una vagina no? – No doctora. – Entonces debe mirarla y conocerla de cerca

Me recosté en el sillón y abrí bien mis piernas para que el padre me vea bien. Le indiqué que acerque más su rostro a fin de que la vea bien de cerca.

– Padre, porque no la besa y conoce el gusto de una conchita de mujer.

El padre acerca tímidamente su boca a mi conchita y le da un beso.

– No padre usted acérquese, bien, ahora con la punta de su lengua toque mi clítoris, acá, muy bien, ahora recorra con su lengua el resto de la conchita, Muy bien padre, lo está haciendo muy bien. ¿Le gusta el sabor? – Si doctora mucho. – Siga padre, siga un poco más.

Con mis manos apretaba su cabeza contra mí, no quería que salga, y pronto llegué en un orgasmo increíble. Contenido ya desde hacía un par de horas. Cuando finalicé le hice chuparla bien para que la limpie.

– Que bien padre. Me encantó como me chupó la concha. Me hizo gozar mucho. Ahora siéntese nuevamente mientras yo sigo con su tratamiento. Ahora vamos a hacer lo mismo que hacía con la lengua pero con la cabeza de su pene.

Me paré en el piso y coloqué una pierna al costado de afuera y otra entre sus piernas. Agarré su pene y dirigí su cabeza para recorrer mi conchita, la cual estaba súper mojadita. Poco a poco cuando recorría la conchita yo bajaba más para intentar meter su pene en mi conchita. Hasta que logré que se meta su cabeza dentro.

– Salga doctora, por favor, ya fue bastante lo que hicimos. – Padre, el tratamiento lo debe indicar la doctora no el enfermo. Por lo que tendrá que hacer lo que le pida. Agarre mi cintura con sus manos e intente levantarme y bajarme sin que su pene salga de mí. Muy bien así. Mire como cada vez entra más.

Sentía como su pene iba llenando todo mi interior, que placer indescriptible, me vine una vez mientras iba penetrando despacito mi interior. Por lo que me apreté fuerte a él mientras me estaba viniendo. Me siguió penetrando hasta que lo metió casi todo, dejé caer mi peso encima de esa hermosa pija que me partía en dos y llenaba todo mi interior. Le dije que espere un poco y le indiqué que ahora me agarre de la cola y me haga salir y entrar el pene en mi conchita. Me agarró un múltiple orgasmo y me hizo llegar como diez veces cuando él llegó y descargó su semen dentro de mí. Fue un placer indescriptible. Lo abracé y me dejé caer sobre él. Sentía su pene igual de duro y parado que antes.

– Padre ni se le ocurra sacarme el pene. Agárreme de la cola y levántese y sin sacar el pene de mi conchita, lléveme así con mis piernas abrazando su cintura hasta mi habitación. Recuéstese despacio y gire el cuerpo para quedar usted encima mío. Ahora siga entrando y saliendo con su pene de mi conchita. Muy bien padre, usted es un excelente paciente, así dele, más fuerte, pártame en dos, penétreme fuerte. Descargue toda su leche en mi interior. Muy bien, lo está haciendo perfecto. Ahhhhhhhhhhhh. Muy bien padre me hizo llegar de nuevo.

Así me tuvo como 30 minutos penetrándome, y descargó nuevamente su leche en mi interior. Lo abracé con mis piernas y mis brazos y lo hice acostar encima de mí y le prohibí sacar su pene de mi conchita hasta que yo le diga. Me quedé dormida así, penetrada por ese enorme pedazo de carne que llenaba todo mi ser. Cuando desperté, su pene había salido de mi interior y él estaba dormido boca arriba a mi lado.

Ya eran casi las 9 de la noche. Escucho que alguien toca el timbre. Desde mi habitación no se escuchaba muy bien. Me pongo la bata y voy a abrir. Cuando me fijo quien es, me di cuenta que era una compañera mía del secundario. Le abrí la puerta y ella también se sorprendió al verme. Le pido que entre porque estaba solo con la bata. Le pregunté que necesitaba y me dijo que ella era la secretaria de la parroquia y que el padre había venido a ver al doctor y no había regresado a la parroquia y que estaba muy preocupada, por lo que luego de cerrar la puerta de la Casa Parroquial, ella vino a ver si el doctor sabía a donde había ido.

Yo siempre había sido muy amiga de ella, desde chicas, y en la secundaria salíamos juntas, por lo que tenía mucha confianza con ella, por más que hacía mucho que no la veía. Ambas de jóvenes nos gustaba mucho salir con chicos, hasta que uno la dejó embarazada y la abandonó, a partir de eso no quiso saber nada con ninguno y se dedicó a cuidar a su hijo. Le dije que no se preocupe que el padre estaba bien. Y le conté todo lo sucedido. Desde que él vino a ver a mi marido hasta esa tarde en que tocó el timbre y le abrí.

– Pobre padre, seguramente tendría muchísimo dolor y habrá ido a ver a otro médico a otra ciudad. – No le dije, Está aquí, en mi cuarto durmiendo.

Y le conté todo lo sucedido esa tarde. Ella abría su boca sin poder creer lo que le contaba y como el padre me había penetrado. – ¿Y también te chupó la concha? – Si y te digo que para no haberlo hecho, lo hace muy bien. – No te puedo creer. ¿De verdad lo tiene tan grande? – Vamos a mi cuarto y lo veras por vos misma. – Es enorme. – Y no sabes lo lindo que se siente cuando te penetra.

Nos acercamos a la cama. El padre dormía profundamente. Había quedado rendido después del tratamiento que había recibido esa tarde. Le indiqué a Claudia que se acerque y lo vea de cerca. Nos sentamos en la cama al costado del padre. Ella lo miraba fijamente y tenía un brillo especial en los ojos. Yo sabía que se había excitado con mi relato y más ahora que estaba viendo lo bien dotado que estaba el padre. Lo agarré con mis manos y le indiqué que lo tocara. Ella lo agarró con su mano, lo introduje en mi boca y el padre se movió en sus sueños. No tardó mucho en ponerse duro nuevamente, le dije a ella que lo besara. Que pruebe lo rico que es. Ella se lo metió en la boca y comenzó a chuparlo. Hacía mucho que no tenía un miembro entre sus manos.

Yo apagué la luz y esa habitación quedó totalmente a oscuras. No entraba ni un poco de luz. Me senté al lado de mi amiga y chupábamos ese pene, primero una y luego la otra. El padre se despertó y colocó una mano en la cabeza que le estaba chupando la pija, sin darse cuenta que no era su doctora quien le estaba dando esa rica mamada, sino su secretaria.

– Así doctora que rico, me encanta, muy bien, me vengo doctora, voy a acabar, voy a acabar en su boca nuevamente doctora, siiiiiiiiiiiiiii, así muy bien, que rico, que placer, tómelo todo doctora.

En ese instante prendí la luz y él se dio cuenta que no era yo la que tenía en ese momento la boca llena con su semen, sino que era su secretaria. No sabía que decir. Soltó la cabeza de su secretaria pero ella no sacó su pene de su boca, sino que siguió chupando hasta no dejar ni una gota.

– ¿Pero que está pasando, que sucede aquí? – No se preocupe Padre. Su secretaria vino a buscarlo porque nos quedamos dormidos y ya eran las nueve de la noche y usted no había vuelto a su parroquia. Yo le conté su problema y le ofrecí a enseñarle como debía hacerle el tratamiento ella misma, para ayudarlo a que no le duelan tanto los testículos. Por lo visto lo hace muy bien y a usted también le gustó mucho ese tratamiento.

– Le hago bien el tratamiento padre. Lo quiero ayudar con este problema. – Si Claudia lo haces muy bien. Me gustó mucho como me chupaste. – Bueno padre ya es de noche, ¿porque no bajamos a comer algo y a ver algo de televisión? – Es que yo no tengo mi ropa aquí. – Póngase esta bata que le caerá bien. Vaya y tome un baño, mientras nosotras preparamos la comida.

El padre fue a bañarse. Mientras nosotras estábamos abajo preparando todo, él bajó envuelto en la bata. Le dije que se siente en uno de los costados de la mesa, yo me senté al lado y mi amiga en la punta, al otro lado del padre. Preparé unos milanesas y una ensalada y abrimos otra cerveza para tomar. Mientras comimos miramos una película por lo que no hablamos mucho.

Cuando finalizamos mi amiga comenzó a levantar la mesa. La mirada del padre se dirigió al culo de su secretaria que llevaba puesto un pantalón de jeen que le marcaba muy bien su hermoso culo, que era más grande y redondo que el mío.

– Parece que le gusta el culo de su secretaria, padre. – Para decir la verdad, esa es una de las causa por las cuales me excito a cada rato y comenzó este dolor. – Lo que pasa padre es que usted tiene muchas fantasías en su cabeza y hasta que no las cumpla, no podrá aguantar las erecciones y este problema continuará.- Perdón padre, no me di cuenta que causaba eso en Ud, dijo la secretaria. – No te preocupes, no es tu culpa. – No es tu culpa pero podes ayudarlo ven acá.

La hice parar entre el padre y yo y le hice recostar en la mesa su cuerpo, cosa que su culo quedaba más hermoso todavía.

– Deme su mano padre. Sienta lo lindo que es este culo.

Agarré su mano y le hice recorrer todo ese culo, inclusive dirigí su dedo para que lo pase por toda la raya de mi amiga. Era increíble pero nuevamente comenzó a tener otra erección. Le indiqué a Claudia que se saque el pantalón, así podrá tocar bien ese sabroso culito que tanto lo atormenta. Cuando se lo sacó la cara del padre se llenó de placer. Le dije al padre que abra las piernas ella se paró entre ellas y le indiqué al padre que con ambas manos tocara esa cola, le moví la mano para que también toque ese culito en su plenitud tocando con un dedo el agujerito de su cola. Me puse detrás de ella y le ayude a sacarse la camisa que tenía puesta, le desabroché el corpiño y saltaron sus pechos. Agarré la cabeza del padre y lo dirigí hacia los pechos de su secretaria, la cual estaba excitadísima.

Le dije a Claudia que se arrodille y me ayude a bajar la excitación que había provocado en el padre. Ambas nos arrodillamos delante del sacerdote y agarramos su pene con una mano cada una y comenzamos nuevamente a una chupada increíble. El padre estaba que no podía creerlo, tener entre sus piernas a su secretaria y a la doctora chupándole la pija. Hice parar a Claudia y le indiqué que se siente encima de la mesa.

– Padre, ahora pruebe los jugos de la conchita de su secretaria, que ella esta deseando mucho eso.

El padre empezó a chuparle la concha a Claudia y yo seguí chupándole su pija. Claudia no tardó mucho en tener un orgasmo. Ahí me paré, le dije al padre que se pare, que ahora penetraría una conchita que hacía mucho nadie penetraba. Entonces le agarré su pene y lo apoyé encima del clítoris de Claudia, él jugaba con mi cola y con la otra le tocaba un pecho a su secretaria, moví el pene para que juegue con el clítoris y lo moví recorriendo esa conchita de arriba abajo. Claudia tenía cerrados sus ojos cuando sentí que esa conchita estaba lista para ser penetrada porque ya se metía como media cabeza, lo saqué, le pasé la lengua a la conchita de Claudia, chupé la cabeza del pene y lo empecé a meter despacio, le indicaba que moviera su cintura para adelante y para atrás despacio, mientras su pene entraba cada vez más en la conchita de su secretaria. Ya había ingresado la punta, Claudia le pidió que pare, que le dolía, que la saque. Lo retuve al padre para que no salga y le dije.

– Claudia quédate así mientras te acostumbras a este pene.

Empecé a pasar mi lengua por el clítoris de Claudia, lo cual hizo que ella se excitara muchísimo y dijo, “Para que voy a llegar”. Le empujé la cintura al padre fuerte para que la penetre de golpe, Claudia gritó, le había entrado la mitad, yo seguí chupándole y le indiqué al padre que se quede quieto un ratito, cuando vi que ella disfrutaba muchísimo le indiqué al padre que empiece a sacarlo y meterlo despacio.

– Si padre, penétreme más, pártame en dos, deme más fuerte.

Con mi mano en la cintura le iba indicando el ritmo al padre, ya Claudia había tenido otro orgasmo y seguía disfrutando, le empujé nuevamente fuerte la cintura al padre el cual empujó más todavía con lo que todo su pene entró dentro de su secretaria, hice que el padre se quedara quieto hasta que Claudia se acostumbró y continuó gozando. Le indiqué al padre que continuara entrando y saliendo despacio de su secretaria. Me fui al living y agarré una cámara de fotos y comencé a filmar al padre penetrando a su secretaria.

– Bien padre, mire como la parte en dos a su secretaria, que rico. Mire como su pene se metió todo dentro de esa conchita.

El padre al oír mis palabras le daba más rápido a Claudia. Y Claudia estaba en el Cielo recibiendo a ese pedazo de carne en su interior. Claudia llegó nuevamente. Me acerqué a ellos, le dije al padre que se quede un segundo quieto con el pene dentro. Le saqué una foto así y comencé a filmar nuevamente mientras él sacaba su pene de Claudia y ella gozaba mucho.

– Parece que esta vez no va a llegar tan rápido. Claudia vamos a mi habitación.

Subimos nuevamente a la habitación. Una mano del padre se había apoderado de mi cola y la otra de la cola de Claudia.

– Claudia ponete en cuatro que el padre te va a dar así.

El padre comenzó a penetrarla así, por la conchita desde atrás, se había excitado mucho con la posición, le indiqué que lo sacara y apoyé su pene en el agujerito de la cola de su secretaria. Claudia se quiso retirar pero la calmé, le dije que se tranquilizara que iba a ser muy dulce la penetración. Ayudé al padre a ir metiendo su pene dentro de la cola de Claudia, cuando veía que le dolía, el padre paraba y yo me acostaba boca arriba debajo de ella y chupaba su conchita, Así hicimos hasta que el padre penetró todo su pene en el culo de su secretaria.

Luego comenzó a entrar y salir de esa dulce cola, hasta que sintió que Claudia estaba por acabar, ahí el padre le llenó la colita de leche y Claudia se vino con un hermoso y largo orgasmo. La hice recostar a Claudia y al padre encima de ella sin que lo sacara, le dije, “Déjelo que se baje adentro”.

Después de eso, Claudia se tuvo que ir rápido porque había dejado a su hijo con su madre y el padre se fue curado a su parroquia.

Desde ya que nuestras vidas no fueron iguales y el tratamiento debía continuar.
Besos…

Autora: Lorena

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Con el cura de mi pueblo

En cuanto logró encontrar mi diminuto y virginal orificio posterior, el buen padre hizo acopio de toda su experiencia para que la punta de su herramienta se incrustara en ella, no sin algunos esfuerzos y dolores iniciales. Luego todo fue cuestión de perseverancia y entusiasmo, aferrándose a mis hombros o a mis pechos desnudos para meter centímetro a centímetro todo aquello en mi interior.

A mis dieciocho años me consideraba una mujer de lo más casta y pura. Virgen, por supuesto. Educada desde muy niña en los más severos principios religiosos por una madre excesivamente autoritaria que nunca permitía que me concediera las más mínimas libertades, velando en todo momento por mí.

Debido a que mi padre murió muy joven, ella debía trabajar en la parroquia, educando a jóvenes descarriados por una paga más bien paupérrima. Esta, unida al poco dinero del estado no daba para mucho, por lo que nunca he estudiado, y me limitaba a cuidar de la casa, y a coser de vez en cuando para ayudar a la magra economía familiar.

No es que no se acercaran a mí porque fuera fea, que no lo soy, es por la ropa holgada y antigua que siempre he de vestir, siguiendo los arcaicos dictados de la conciencia de mi madre. Pues ella afirma que mi abultada y firme delantera, así como mi pétreo trasero solo pueden servir para atraer malos hombres, y que he de ocultar mis encantos hasta que encuentre al adecuado. Suceso que tenía visos de no poder ocurrir jamás.

Ese domingo el párroco me contempló de modo extraño durante la misa, supongo que por ser la primera vez que me veía con unas ropas tan livianas. Pero mi ingenuidad, y las enseñanzas recibidas, hicieron que creyera que de algún modo se veía escrita en mi cara mis malos pensamientos que no podía evitar.

Al acabar la misa decidí acudir en confesión al párroco, pues creí que era mi deber y mi obligación, no sólo como buena cristiana sino porque él me podía ayudar a aliviar mis preocupaciones. Así que acudí a su despacho y, arrodillándome ante él, le pedí confesión. Supongo que mi acción le sobresaltó, pero permaneció sentado en su silla y el buen cura accedió a que le contara lo que me pasaba.

Empecé por contarle mis pensamientos pecaminosos con un vecino, y para cuando le conté mis fantasías con el doctor ya tenía a tan solo un palmo de mi cara una elocuente muestra de cuanto afectaba al párroco mi relato. Pues el enorme bulto que veía en su sotana sólo podía deberse a lo que ya supondrá. Así que decidí relatarle mis pensamientos e ilusiones impuras describiéndole con tantos detalles que el pobre hombre terminó por desabrocharse la sotana, pidiéndome una demostración de mis fantasías y deseos.

Yo, que ya llevaba un ratito deseándolo no me lo hice repetir dos veces, y me abalancé sobre su pantalón en cuanto lo tuve a la vista. No era tan grande como había supuesto… pero sí sabroso, por lo que me di un buen atracón a su salud. El párroco, disfrutando casi tanto como yo con lo que estaba pasando, me dejó completa libertad de acción, dedicándose a liberar uno de mis pechos de su encierro para acariciarlo ansiosamente mientras yo seguía chupando y lamiendo con frenesí.

Tanta devoción tuvo su recompensa, y pronto pude saborear su espesa miel, tragándola con un hambre feroz. Lamiéndola a continuación con tantas ganas que logré su pronta recuperación para su satisfacción… y la mía.

El párroco decidió darme su penitencia particular, y llevándome ante su reclinatorio me hizo permanecer de rodillas e inclinada, situándose a mi espalda después de despojarme de las bragas y de alzarme la falda todo lo posible.

Yo pensé que el hombre era bastante inexperto, pues a pesar de estar tan encharcada, y de tener su herramienta tan resbaladiza por mis lameteos no era capaz de acertar en tan ansiosa diana… pero me equivocaba.

En cuanto logró encontrar mi diminuto y virginal orificio posterior, el buen padre hizo acopio de toda su experiencia para que la punta de su herramienta se incrustara en ella, no sin algunos esfuerzos y dolores iniciales. Luego todo fue cuestión de perseverancia y entusiasmo, aferrándose a mis hombros o a mis pechos desnudos para meter centímetro a centímetro todo aquello en mi interior.

Tanto arduo trabajo tuvo su recompensa y pronto el dolor dio paso a unos orgasmos tan intensos como largos. Cuando después de muchísimo tiempo el buen cura eyaculó en mi culito estaba tan agotada y feliz que no me importó que se quedara con mi ropa interior de recuerdo… pues sabía que este era el principio de innumerables confesiones.

Autora: doloresxxx

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El cura del pueblo

El padre la penetró por la conchita, le indiqué que lo sacara y apoyé su pene en la cola de su secretaria, cuando veía que le dolía, el padre paraba y yo me acostaba debajo de ella y chupaba su conchita, el padre penetró todo su pene en el culo de su secretaria hasta que sintió que Claudia estaba por acabar, ahí el padre le llenó la colita de leche y Claudia se vino con un hermoso orgasmo.

Estaba yo casada con el médico de una ciudad del interior y esta historia pasó cuando yo tenía 27 años y mi marido 35. Llegó a una de las parroquias de nuestra ciudad un nuevo sacerdote que recién salía del seminario, por lo que tenía unos 25 años.

Hacía ya unos meses que había llegado a la ciudad, cuando viene a consultar a mi marido por un problema. Por lo que después escucho que mi marido habló con un colega de otra ciudad, el Padre tenía un fuerte dolor en sus testículos. El problema era que tenía erecciones y dejaba que se le baje la erección sola, sin hacer nada para eliminar el líquido seminal que allí se juntaba. Por lo que tenía mucho dolor en ellos. También escuché como mi marido le contaba a su colega “No sabes el miembro que tiene, nunca vi uno tan grande, y el cura no lo usa, las mujeres correrían a su confesionario si se enteran”.

Mi marido le había dicho que seguro era debido a la acumulación del líquido seminal y que tenía que eliminarlo, y que lo mejor sería que se masturbara, pero el sacerdote le dijo que eso no podía hacerlo porque era pecado, por lo cual mi marido le dijo que entonces consultaría con un colega urólogo si existía un remedio para eliminar el liquido y con eso el dolor.

Quedó en mi cabeza lo que mi marido le había dicho a su colega, que “Nunca vi uno tan grande”, y la curiosidad se apoderó de mí, como así también provocó una excitación que fue en aumento cada vez que pensaba en eso.

Mi marido viajaba generalmente algunos fines de semana a la capital del país, donde vivía su madre que ya tenía bastantes años, para ver como estaba, y hacerle compañía. Ese fin de semana viajaría a la capital por lo que como salía el viernes después del mediodía, no había tomado ningún paciente para esa tarde.

Cual sería mi sorpresa esa tarde cuando tocan el timbre de su consultorio, que lo tiene delante de nuestra casa y a acercarme a ver quien era veo al sacerdote parado frente a la puerta. Yo en ese momento estaba vestida con un pantalón corto y ajustado, que marcaba bien mi trasero y una remera pegada al cuerpo que marcaba bien mis pechos, que para decir verdad son generosos, pero que también dejaba notar que no llevaba sujetador.

Le abro y le digo que pase, y le pregunto que le sucedía a lo que me dice si no estaba el doctor porque quería consultarle un problema. Le dije que esperara un poco que ya volvía. No sabía que hacer, la excitación no me dejaba pensar, fui hasta el comedor a pensar que podía hacer. Volví al consultorio, le dije que pase, me puse un guardapolvo de mi marido pero lo dejé abierto a propósito.
Me senté en el sillón del escritorio, hice como que acomodaba los talonarios y la agenda que estaba encima del escritorio y le dije.

– Mi marido me avisó recién por teléfono que tuvo que viajar a la Capital porque lo llamó la mamá y que va a llegar el domingo a la tarde, pero que yo lo ayude en lo que necesite. – Lo que pasa es que el dolor ha aumentado y necesito ver a un médico. – Mi marido me contó, yo soy médica uróloga, y me consultó si había algún medicamento para su caso. – Si eso era lo que quería preguntarle. – Mire, no existe ningún medicamento, pero podemos darle algún tratamiento. – Bueno, la escucho.- Tendría que acostarse en la camilla que voy a revisarlo. – Pero Doctora, yo soy sacerdote.

– Y yo soy médica, y debo revisarlo. Más todavía si ha aumentado el dolor. En condiciones normales uno se desnuda delante de otra persona. Pero usted imagínese en un accidente, si hay que quitarle la ropa a algún paciente para curarle las heridas, y el médico dice “no, no lo curamos porque tengo que verlo desnudo y eso no se hace”. Las enfermedades son situaciones que no entran dentro de la normalidad y que usted se desnude delante de mí no es un pecado, porque lo que yo estoy haciendo es tratar de curarlo y quitarle su dolor.

El sacerdote accedió a mostrarme la zona, se recostó encima de la camilla, se abrió el pantalón y lo bajó un poco. Me acerque a él, mientras miraba su miembro que estaba un poco excitado, y realmente era enorme. Agarré el miembro y lo corrí hacia su panza, para ver sus testículos, pero no lo solté, apoyé toda mi mano sobre ese hermoso miembro, tenía unas ganas enormes de metérmelo en la boca y chuparlo, se me hacía agua la boca realmente. Comencé a tocarle sus testículos despacio, haciendo que lo revisaba y le pregunté si le dolía mientras tocaba en una zona o en otra. Al pobre le dolía mucho. Noté mientras que su miembro empezó a crecer y tenía que hacer fuerza yo para sostenerlo contra la panza. Entonces lo solté y se levantó apuntando al techo. Miré al sacerdote y se puso todo colorado de vergüenza.

– Perdón doctora. – Pero no se preocupe Padre, es normal lo que le pasa. Usted es joven y se excita mucho. Pero tiene que hacer algo para sacar todo el esperma que tiene porque va a seguir doliéndole mucho sino. – Ese es el problema doctora, me duele cuando camino o cuando me siento y cada vez aguanto menos el dolor.- Mire voy a tener que estudiar el esperma, y necesitaré que salga un poco del líquido pre-seminal, para hacerle un estudio.

Agarré su miembro mientras le decía esto y subía y bajaba mi mano por el, pajeándolo.

– ¿Qué hace doctora? – No se preocupe Padre, sólo quiero que salgan las gotitas que salen cuando se excita, así podré hacer el estudio.

Agarré ese miembro del medio y bien fuerte y comencé a subir y bajar mi mano lentamente. No hubiese podido abarcarlo por más que lo agarré con ambas manos. Era enorme en su plenitud. El Padre cerraba sus ojos. Enseguida comenzaron a salir las gotas preseminales.

– Así está le dije.

Agarré un tubo de ensayo, lo apoyé sobre la cabeza de su pene. Yo seguía sosteniéndolo. Recogí un par de gotas de ese riquísimo líquido que nadie había probado todavía y le dije.

– Quédese así Padre que me fijaré si con esto alcanza.

Ya vuelvo. Fui un minuto al comedor y volví.

– Padre. Lamentablemente era muy poco y de baja calidad. Por lo que tendremos que sacar un poco más. – Pero doctora, si me sigue masturbando cometeré un pecado, lo mismo que usted. – Mire Padre, si usted tiene relaciones con alguien comete pecado, si usted se masturba también es un pecado. Pero esto es distinto. Usted tiene un dolor y debe hacer un tratamiento. Usted vino acá para que un médico lo vea, y yo soy médica, y le estoy indicando el tratamiento. Por lo que no diga más nada y quédese acostado.

Nuevamente agarré ese miembro con la mano y comencé a frotarlo, le subía la mano y la bajaba, mientras lo miraba a los ojos. Él me miraba tratando de no demostrar cuanto le gustaba lo que le estaba haciendo. En un momento cerró sus ojos, lo que aproveché para agarrar con mis labios la cabeza de su pene y pasarle mi lengua por toda la cabeza. El Padre abrió sus ojos y me dijo.

– Doctora, por favor no haga eso. – Padre debo limpiarla para sacar el líquido que no sirve y esperar que salga más espeso para poder hacer el experimento. – Pero Doctora, si sigue así voy a eyacular pronto.

No hizo más que decirlo y comenzó a eyacular, lanzando su semen para todos lados. Entonces le dije.

– Huy padre, acabó muy rápido, ahora ese líquido no servirá porque se juntó con cosas que no están esterilizadas. Pero no se preocupe.

Agarré un trapo y comencé a limpiarlo. Le dije:

– Mire Padre hay que volver a hacerlo, quítese la ropa, así esta más cómodo.- ¿Ppero doctora, esto es necesario? – Claro que si Padre, esto hay que solucionarlo lo antes posible.

El padre se quitó el pantalón y la camisa y la acomodó en el perchero. Se recostó nuevamente. Su pene no había bajado ni un poco, continuaba levantado en toda su majestuosidad. Comencé a masturbarlo nuevamente, bien despacio, para que lo disfrute. Cuando de su pene comenzó a salir una gota le dije.

– Ve padre, ese líquido es el que no sirve porque es casi agua y hay poco esperma.

Y mirándolo a los ojos acerqué mi boca a su pene y pasé lentamente la punta de la lengua por su cabeza para retirar la gota. Y así hacía con cada gota que aparecía. El placer en la cara del cura cada vez que mi lengua tocaba su cabeza era indescriptible.

– Doctora, ¿no hay forma de acelerar el proceso? – Si Padre, pero no quiero acelerar mucho el ritmo porque podrá salir el esperma nuevamente sin aviso y lo perderemos nuevamente.

Solté un segundo el pene y me quité el guardapolvo. Me puse de costado a él con mi colita apuntando para su cara. Agarré su mano y la coloqué en mi trasero y le dije:

– Padre usted toque mi cola que eso hará que tenga mejor excitación y así saldrán las gotas con más semen que nos servirán. Yo intentaré ayudarlo con mi boca.

Continué subiendo y bajando mi mano mientras su mano recorría toda mi colita y mi boca mamaba ese rico pene. Hasta que a los minutos no aguanto más y la mano que agarraba mi cola la apoyó en la cabeza, agarró su pene con la otra mano y comenzó a soltar su semen dentro de mi boca, aprisionando mi cabeza para que no pueda salir. Yo no dejé  escapar ni un poco de su semen y lo tragué todo.

Me miró y me dijo:

– Perdón Doctora, me excitó mucho lo que estaba haciendo y no aguanté hacer eso. Quería acabar en su boca. – No se preocupe padre, está bien. Igual es muy rico su semen. Pero veo que tiene mucho semen todavía dentro. Que tal el dolor.  – Disminuyó bastante. – Está bien. Pero tendremos que sacar un poco más entonces. Como ve Padre, este es el mejor tratamiento para su dolor. – Eso veo Doctora.

Mi mano seguía sosteniendo su pene, el cual había bajado después de esta segunda eyaculación.

– Padre ahora descansaremos un poco mientras tomamos algo fresco, y también así le daremos un poco de tiempo a su pene para que recupere fuerzas. Póngase esta bata y acompáñeme.

Le di una bata esterilizada, de esas que se usan para que los pacientes no sientan del todo desnudos, pero que son transparentes y no tapan nada. Lo lleve hasta el living, le dije que se siente en el sillón y prendí la televisión. Yo le dije que me iba a bañar porque había transpirado un poco. Me bañé dejando mi pelo un poco mojado, y me vestí con mi pollera tableada de colegiala y una camisa blanca media transparente y sin corpiño, dejando abiertos varios botones lo cual dejaban mis grandes pechos mostrando un escote generoso. Me puse unas sandalias de taco alto y una tanga bien chiquita.

Bajé al living, pero me dirigí hacia la cocina, agarré dos vasos y una cerveza bien fría y fui nuevamente al living, apoyé los vasos en la mesa ratona y de espaldas al padre me agaché para servir la cerveza, mostrándole al padre una buena imagen de mi cola, no pudo menos que tener nuevamente una erección.

Le alcancé el vaso agachándome frente a él y mostrándole una linda imagen de mi escote. Cuando alzó la vista y vio que lo estaba mirando a los ojos, yo seguí su vista hasta mis pechos y le dije.

– Por como se movió su amigo parece que le gustaron mis pechos. – La verdad Doctora que no puedo menos que excitarme al verla así vestida. Aparte tiene un cuerpo hermoso. Y yo nunca vi a una mujer desnuda y menos toqué la cola de una mujer. – Pero a mi tampoco me ha visto desnuda. – Es cierto pero se ve bastante de sus pechos. – Bueno Padre, miremos un poco la televisión y tomemos algo fresco. Así veremos si le pasa más el dolor que tiene.

Era una tarde de mucho calor y encima yo en la cocina encendí el horno para que esparza más el calor en la casa. La cerveza se acabó rápido, al Padre le gustaba mucho la cerveza, por lo que fui a buscar otra. Vi que el padre no perdía detalles de mis pechos cuando yo me movía para agarrar el vaso o servir la cerveza, entonces le dije.

– Parece Padre que le gustan mucho mis pechos. – La verdad doctora que se notan muy lindos. – Entonces mírelos bien.

Me arrodillé en el sillón a su lado y me abrí los botones de la camisa hasta llegar al último, y abrí mi camisa de par en par dejando mis pechos totalmente a la vista del Padre y acercándolos bien a su cara. Quiso mover su mano para tocar uno pero no se animó por lo que yo misma agarré su mano y la coloqué en mi pecho y le dije, mire que suave que es la piel. Tímidamente comenzó a sobarlo primero uno y luego el otro, hasta que los agarró con ambas manos. Pero los soltó rápidamente.

– Padre, entonces nunca chupó un pecho. Pruebe que rico que es.

Agarré su cabeza con una mano y acerqué un pecho a su boca. El sacerdote abrió su boca para recibir mi pezón en su boca y comenzó a chuparlo desesperadamente. Le indiqué que lo haga más despacio y puse primero uno y luego otro pecho en su boca, así los fue besando a los dos pechos una y otra vez. Yo agarré su pene con una mano y comencé a frotarlo, sus manos agarraron mi espalda y luego bajó una, comenzó a subir por la pierna hasta que llegó a mi cola, levantando mi pollerita y tocando la piel de mi cola y mi tanguita.

– Padre parece que le gustan mucho mis pechos y mi cola. – Si doctora me encantan, son muy ricos y su cola es muy hermosa. – Bueno pero debemos seguir con el tratamiento para quitar todo ese dolor.

Me arrodillé en el suelo entre sus piernas y comencé a chuparle el pene nuevamente. El padre me había agarrado con una mano la cabeza y entrelazaba sus dedos en mi pelo, mientras suavemente cada tanto empujaba mi cabeza contra él, para meter mi pene más dentro de mi boca. Pero lamentablemente entraba muy poco porque era demasiado grande. Me levanté y coloqué nuevamente un pecho en su boca, tiré mi pelvis para adelante y acerqué mi rajita hacia la cabeza de su pene. Cuando el padre sintió este contacto me dice.

– ¿Que hace doctora? – Nada padre, es para lograr una mayor excitación y que finalicemos rápido el tratamiento.

Agarré su pene y recorrí con su cabeza toda mi conchita, desde atrás hasta el clítoris, jugaba con el y volvía hacer el movimiento para recorrerla toda. Tiré mi cuerpo un poco para atrás para que el padre vea como su pene tocaba mi conchita.

– Padre, ¿usted nunca vio a una vagina no? – No doctora. – Entonces debe mirarla y conocerla de cerca

Me recosté en el sillón y abrí bien mis piernas para que el padre me vea bien. Le indiqué que acerque más su rostro a fin de que la vea bien de cerca.

– Padre, ¿porque no la besa y conoce el gusto de una conchita de mujer?

El Padre acerca tímidamente su boca a mi conchita y le da un beso.

– No Padre usted acérquese, bien, ahora con la punta de su lengua toque mi clítoris, acá, muy bien, ahora recorra con su lengua el resto de la conchita, Muy bien padre, lo esta haciendo muy bien. ¿Le gusta el sabor? – Si doctora mucho. – Siga padre, siga un poco más.

Con mis manos apretaba su cabeza contra mí, no quería que salga, y pronto llegué en un orgasmo increíble. Contenido ya desde hacía un par de horas. Cuando finalicé le hice chuparla bien para que la limpie.

– Que bien padre. Me encantó como me chupó la concha. Me hizo gozar mucho. Ahora siéntese nuevamente mientras yo sigo con su tratamiento. Ahora vamos a hacer lo mismo que hacía con la lengua pero con la cabeza de su pene.

Me paré en el piso y coloqué una pierna al costado de afuera y otra entre sus piernas. Agarré su pene y dirigí su cabeza para recorrer mi conchita, la cual estaba súper mojadita. Poco a poco cuando recorría la conchita yo bajaba más para intentar meter su pene en mi conchita. Hasta que logré que se meta su cabeza dentro.

– Salga doctora, por favor, ya fue bastante lo que hicimos. – Padre, el tratamiento lo debe indicar la doctora no el enfermo. Por lo que tendrá que hacer lo que le pida. Agarre mi cintura con sus manos e intente levantarme y bajarme sin que su pene salga de mí. Muy bien así. Mire como cada vez entra más.

Sentía como su pene iba llenando todo mi interior, que placer indescriptible, me vine una vez mientras iba penetrando despacito mi interior. Por lo que me apreté fuerte a él mientras me estaba viniendo. Me siguió penetrando hasta que lo metió casi todo, dejé caer mi peso encima de esa hermosa pija que me partía en dos y llenaba todo mi interior. Le dije que espere un poco y le indiqué que ahora me agarre de la cola y me haga salir y entrar el pene en mi conchita. Me agarró un múltiple orgasmo y me hizo llegar como diez veces cuando él llegó y descargó su semen dentro mío.

Fue un placer indescriptible. Lo abracé y me dejé caer sobre él. Sentía su pene igual de duro y parado que antes.

– Padre ni se le ocurra sacarme el pene. Agárreme de la cola y levántese y sin sacar el pene de mi conchita, lléveme así con mis piernas abrazando su cintura hasta mi habitación. Recuéstese despacio y gire el cuerpo para quedar usted encima mío. Ahora siga entrando y saliendo con su pene de mi conchita. Muy bien padre, usted es un excelente paciente, así dele, más fuerte, pártame en dos, penétreme fuerte. Descargue toda su leche en mi interior. Muy bien, lo está haciendo perfecto. Ahhhhhhhhhhhh. Muy bien padre me hizo llegar de nuevo.

Así me tuvo como 30 minutos penetrándome, y descargó nuevamente su leche en mi interior. Lo abracé con mis piernas y mis brazos y lo hice acostar encima de mí y le prohibí sacar su pene de mi conchita hasta que yo le diga. Me quedé dormida así, penetrada por ese enorme pedazo de carne que llenaba todo mi ser. Cuando desperté, su pene había salido de mi interior y él estaba dormido boca arriba a mi lado.

Ya eran casi las 9 de la noche. Escucho que alguien toca el timbre. Desde mi habitación no se escuchaba muy bien. Me pongo la bata y voy a abrir. Cuando me fijo quien es, me di cuenta que era una compañera mía del secundario. Le abrí la puerta y ella también se sorprendió al verme. Le pido que entre porque estaba solo con la bata. Le dije que necesitaba y me dijo que ella era la secretaria de la parroquia y que el padre había venido a ver al doctor y no había regresado a la parroquia y que estaba muy preocupada, por lo que luego de cerrar la puerta de la Casa Parroquial, ella vino a ver si el doctor sabía a donde había ido.

Yo siempre había sido muy amiga de ella, desde chicas, y en la secundaria salíamos juntas, por lo que tenía mucha confianza con ella, por más que hacía mucho que no la veía. Ambas de jóvenes nos gustaba mucho salir con chicos, hasta que uno la dejó embarazada y la abandonó, a partir de eso no quiso saber nada con ninguno y se dedicó a cuidar a su hijo.

Le dije que no se preocupe que el padre estaba bien. Y le conté todo lo sucedido. Desde que él vino a ver a mi marido hasta esa tarde en que tocó el timbre y le abrí.

– Pobre padre, seguramente tendría muchísimo dolor y habrá ido a ver a otro médico a otra ciudad. – No le dije, Está aquí, en mi cuarto durmiendo.

Y le conté todo lo sucedido esa tarde. Ella abría su boca sin poder creer lo que le contaba y como el padre me había penetrado. – ¿Y también te chupó la concha? – Si y te digo que para no haberlo hecho, lo hace muy bien. – No te puedo creer. ¿De verdad lo tiene tan grande? – Vamos a mi cuarto y lo veras por vos misma. – Es enorme. – Y no sabes lo lindo que se siente cuando te penetra.

Nos acercamos a la cama. El padre dormía profundamente. Había quedado rendido después del tratamiento que había recibido esa tarde. Le indiqué a Claudia que se acerque y lo vea de cerca. Nos sentamos en la cama al costado del padre. Ella lo miraba fijamente y tenía un brillo especial en los ojos. Yo sabía que se había excitado con mi relato y más ahora que estaba viendo lo bien dotado que estaba el padre. Lo agarré con mis manos y le indiqué que lo tocara. Ella lo agarró con su mano, lo introduje en mi boca y el padre se movió en sus sueños. No tardó mucho en ponerse duro nuevamente, le dije a ella que lo besara. Que pruebe lo rico que es. Ella se lo metió en la boca y comenzó a chuparlo. Hacía mucho que no tenía un miembro entre sus manos.

Yo apague la luz y esa habitación quedó totalmente a oscuras. No entraba ni un poco de luz. Me senté al lado de mi amiga y chupábamos ese pene, primero una y luego la otra. El padre se despertó y colocó una mano en la cabeza que le estaba chupando la pija, sin darse cuenta que no era su doctora quien le estaba dando esa rica mamada, sino su secretaria.

– Así doctora que rico, me encanta, muy bien, me vengo doctora, voy a acabar, voy a acabar en su boca nuevamente doctora, siiiiiiiiiiiiiiiii, así muy bien, que rico, que placer, tómelo todo doctora.

En ese instante prendí la luz y él se dio cuenta que no era yo la que tenía en ese momento la boca llena con su semen, sino que era su secretaria. No sabía que decir. Soltó la cabeza de su secretaria pero ella no sacó su pene de su boca, sino que siguió chupando hasta no dejar ni una gota.

– ¿Pero que está pasando, que sucede aquí? – No se preocupe Padre. Su secretaria vino a buscarlo porque nos quedamos dormidos y ya eran las nueve de la noche y usted no había vuelto a su parroquia. Yo le conté su problema y le ofrecí a enseñarle como debía hacerle el tratamiento ella misma, para ayudarlo a que no le duelan tanto los testículos. Por lo visto lo hace muy bien y a usted también le gustó mucho ese tratamiento.

– Le hago bien el tratamiento padre. Lo quiero ayudar con este problema. – Si Claudia lo haces muy bien. Me gustó mucho como me chupaste. – Bueno padre ya es de noche, ¿porque no bajamos a comer algo y a ver algo de televisión? – Es que yo no tengo mi ropa aquí. – Póngase esta bata que le caerá bien. Vaya y tome un baño, mientras nosotras preparamos la comida.

El padre fue a bañarse. Mientras nosotras estábamos abajo preparando todo, él bajó envuelto en la bata. Le dije que se siente en uno de los costados de la mesa, yo me senté al lado y mi amiga en la punta, al otro lado del padre. Preparé unos milanesas y una ensalada y abrimos otra cerveza para tomar. Mientras comimos miramos una película por lo que no hablamos mucho.

Cuando finalizamos mi amiga comenzó a levantar la mesa. La mirada del padre se dirigió al culo de su secretaria que llevaba puesto un pantalón de jeen que le marcaba muy bien su hermoso culo, que era más grande y redondo que el mío.

– Parece que le gusta el culo de su secretaria, padre. – Para decir la verdad, esa es una de las causa por las cuales me excito a cada rato y comenzó este dolor. – Lo que pasa padre es que usted tiene muchas fantasías en su cabeza y hasta que no las cumpla, no podrá aguantar las erecciones y este problema continuará.- Perdón padre, no me di cuenta que causaba eso en Ud, dijo la secretaria. – No te preocupes, no es tu culpa. – No es tu culpa pero podes ayudarlo ven acá.

La hice parar entre el padre y yo y le hice recostar en la mesa su cuerpo, cosa que su culo quedaba más hermoso todavía.

– Deme su mano padre. Sienta lo lindo que es este culo.

Agarré su mano y le hice recorrer todo ese culo, inclusive dirigí su dedo para que lo pase por toda la raya de mi amiga. Era increíble pero nuevamente comenzó a tener otra erección. Le indiqué a Claudia que se saque el pantalón, así podrá tocar bien ese sabroso culito que tanto lo atormenta. Cuando se lo sacó la cara del padre se llenó de placer. Le dije al padre que abra las piernas ella se paró entre ellas y le indiqué al padre que con ambas manos tocara esa cola, le moví la mano para que también toque ese culito en su plenitud tocando con un dedo el agujerito de su cola. Me puse detrás de ella y le ayudé a sacarse la camisa que tenía puesta, le desabroché el corpiño y saltaron sus pechos. Agarré la cabeza del padre y lo dirigí hacia los pechos de su secretaria, la cual estaba excitadísima.

Le dije a Claudia que se arrodille y me ayude a bajar la excitación que había provocado en el padre.
Ambas nos arrodillamos delante del sacerdote y agarramos su pene con una mano cada una y comenzamos nuevamente a una chupada increíble. El padre estaba que no podía creerlo, tener entre sus piernas a su secretaria y a la doctora chupándole la pija. Hice parar a Claudia y le indiqué que se siente encima de la mesa.

– Padre, ahora pruebe los jugos de la conchita de su secretaria, que ella esta deseando mucho eso.

El padre empezó a chuparle la concha a Claudia y yo seguí chupándole su pija. Claudia no tardó mucho en tener un orgasmo. Ahí me paré, le dije al padre que se pare, que ahora penetraría una conchita que hacía mucho nadie penetraba. Entonces le agarré su pene y lo apoyé encima del clítoris de Claudia, él jugaba con mi cola y con la otra le tocaba un pecho a su secretaria, moví el pene para que juegue con el clítoris y lo moví recorriendo esa conchita de arriba abajo.

Claudia tenía cerrados sus ojos cuando sentí que esa conchita estaba lista para ser penetrada porque ya se metía como media cabeza, lo saqué, le pasé la lengua a la conchita de Claudia, chupé la cabeza del pene y lo empecé a meter despacio, le indicaba que moviera su cintura para adelante y para atrás despacio, mientras su pene entraba cada vez más en la conchita de su secretaria. Ya había ingresado la punta, Claudia le pidió que pare, que le dolía, que la saque. Lo retuve al padre para que no salga y le dije.

– Claudia quédate así mientras te acostumbras a este pene.

Empecé a pasar mi lengua por el clítoris de Claudia, lo cual hizo que ella se excitara muchísimo y dijo, “para que voy a llegar”. Le empujé la cintura al padre fuerte para que la penetre de golpe, Claudia gritó, le había entrado la mitad, yo seguí chupándole y le indiqué al padre que se quede quieto un ratito, cuando vi que ella disfrutaba muchísimo le indique al padre que empiece a sacarlo y meterlo despacio.

– Si padre, penétreme más, pártame en dos, deme más fuerte.

Con mi mano en la cintura le iba indicando el ritmo al padre, ya Claudia había tenido otro orgasmo y seguía disfrutando le empujé nuevamente fuerte la cintura al padre el cual empujó más todavía con lo que todo su pene entró dentro de su secretaria, hice que el Padre se quedara quieto hasta que Claudia se acostumbró y continuó gozando. Le indiqué al padre que continuara entrando y saliendo despacio de su secretaria. Me fui al living y agarré una cámara de fotos y comencé a filmar al padre penetrando a su secretaria.

– Bien padre, mire como la parte en dos a su secretaria, que rico. Mire como su pene se metió todo dentro de esa conchita.

El padre al oír mis palabras le daba más rápido a Claudia. Y Claudia estaba en el Cielo recibiendo a ese pedazo de carne en su interior. Claudia llegó nuevamente. Me acerqué a ellos, le dije al padre que se quede un segundo quieto con el pene dentro. Le saqué una foto así y comencé a filmar nuevamente mientras él sacaba su pene de Claudia y ella gozaba mucho.

– Parece que esta vez no va a llegar tan rápido. Claudia vamos a mi habitación.

Subimos nuevamente a la habitación. Una mano del padre se había apoderado de mi cola y la otra de la cola de Claudia.

– Claudia ponete en cuatro que el padre te va a dar así.

El padre comenzó a penetrarla así, por la conchita desde atrás, se había excitado mucho con la posición, le indiqué que lo sacara y apoyé su pene en el agujerito de la cola de su secretaria. Claudia se quiso retirar pero la calmé, le dije que se tranquilizara que iba a ser muy dulce la penetración. Ayudé al padre a ir metiendo su pene dentro de la cola de Claudia, cuando veía que le dolía, el padre paraba y yo me acostaba boca arriba debajo de ella y chupaba su conchita, Así hicimos hasta que el padre penetró todo su pene en el culo de su secretaria.

Luego comenzó a entrar y salir de esa dulce cola, hasta que sintió que Claudia estaba por acabar, ahí el padre le llenó la colita de leche y Claudia se vino con un hermoso y largo orgasmo. La hice recostar a Claudia y al padre encima de ella sin que lo sacara, le dije, “Déjelo que se baje adentro”.

Después de eso, Claudia se tuvo que ir rápido porque había dejado a su hijo con su madre y el padre se fue curado a su parroquia.

Desde ya que nuestras vidas no fueron iguales y el tratamiento debía continuar.

Besos.

Autora: Lorena

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