La sauna

Resbalaba mis dedos por mis sedosos labios superiores, lubricados con mi sudor y la miel, y seguía bajando, y al hacerlo me llenaba los dedos con mis jugos y sin poder controlarme y mirar como Silvia llegaba a la parte íntima de Laura y movía la cabeza de izquierda a derecha separando los labios superiores mientras los chupaba delicadamente, yo me llevaba mis dedos a los labios para probar mi propio tesoro agridulce.

Era domingo, uno de esos días en los que no se decide ni el sol a brillar, ni la lluvia a caer. Me sentía un poco cansada de estar toda la mañana en la cama y decidí ir al gimnasio ya que era temprano aún y podría hacer algunos largos y usar la sauna por un rato. Antes de entrar, ese pequeño diablillo que todos poseemos, me hizo marcar el número de mi chica y le comenté que estaba en el casillero y que usaría la sauna, deseaba estar ahí conmigo, ya que habían algunos lugares a los que no podría alcanzar a ponerme yo sola la miel que usaría para untar en mi piel.

Pude escuchar como suspiraba al imaginar mi cuerpo bañado en ese líquido espeso y ambarino. La corté y le dije que la llamaría tan pronto saliera. Al entrar fui recibida por la mirada de dos chicas que se encontraban allí también y que para mi deleite se veían bastante interesadas la una en la otra. Por lo que me sentí en confianza y me quité la toalla que apenas me cubría y les pedí que si podían frotar un poco de miel en mi espalda. No sé quien me tocó primero, lo único que se fue que sentí como unos dedos tibios y largos hacían zig-zag por mi espalda. Fue un toque rápido y casual, que sirvió su objetivo, pero que me dejó la espalda encendida y la imaginación desbordada. Amo profundamente a mi chica, por lo que no me pasó por la mente él serle infiel, aunque la carne traicionera me lanzara dardos de interés al ver como las chicas frente a mí se tocaban delicadamente por las piernas.

Las vi entrelazarse en ese abrazo que tanto promete y pude ver como sus lenguas entraban y salían de la boca de cada una al besarse como si en ello se les fuera la vida. Una de ellas morena, con unas piernas geniales y la otra en contraste más blanda y blanca, me trajo a la mente los sorbetes de chocolate y vainilla al ver como las dos desaparecían en brazos de la otra. La morena parecía tomar el control y la vi sostener la cabeza de su pareja mientras enterraba sus dedos en sus cabellos húmedos y le alaba la cabeza hacia atrás para poder saborear mejor su cuello y seguir bajando hasta el huequito en su garganta, donde serpenteó con su lengua y bebió la mezcla a sudor y frutilla que parecía exhalar.

Yo me retorcía incómoda en el rincón al que había ido a parar, no queriendo interrumpir tanta perfección y a la vez sintiéndome intrusa de su momento. Para ese momento la otra chica que si mal no escuché se llamaba Laura (la morena se llamaba Silvia), se había recostado sobre el asiento y anidada entre sus piernas a Silvia, mientras apretaba sus nalgas con una mano y con la otra torturaba un pezón oscuro que parecía a punto de estallar.

Yo creo que dejé de respirar en el momento que las vi friccionar la una contra la otra, subiendo una encima de la otra, como si lucharan por llegar primero a alguna cima lejana. Silvia se sostenía con las manos a ambos lados de la cabeza de Laura y Laura atrapaba entre sus labios uno de los pezones más puntiagudos que yo hubiera visto.

En cierto momento pude ver como aquel contacto les fue insuficiente y pude escuchar ese sonido peculiar de piel, sudor y secreciones cuando Silvia se restregaba contra Laura y bajaba para morder todo a su alrededor, parecía que estaba en todas partes, Laura movía la cabeza hacia los lados y tocaba ya la cintura, los hombros y la cabeza de Silvia mientras esta seguía bajando

Las palabras que susurraba eran sustituidas por quejidos que iban subiendo de tono.

Y yo para ese momento me levanté suavemente y pasé el seguro de la puerta, no quería que nadie interrumpiera ese espectáculo del cual yo era espectadora gratuita. Para ese momento Las dos abrieron los ojos y miraron en mi dirección y vi como una de las manos de Laura soltaban a Silvia y me pedía que me acercara, intentando atrapar mis piernas. No pudo, puesto que mi piel resbalaba por el sudor que se había multiplicado ya en mi cuerpo.

La semi ignoré y me senté frente a ellas, mientras abría mis piernas y comenzaba a tocarme los pezones, el derecho que es mi favorito y jugaba con la entrada de mi parte íntima. Resbalaba mis dedos por mis sedosos labios superiores, lubricados con mi sudor y la miel, y seguía bajando, y al hacerlo me llenaba los dedos con mis jugos y sin poder controlarme y mirar como Silvia llegaba a la parte íntima de Laura y movía la cabeza de izquierda a derecha separando los labios superiores mientras los chupaba delicadamente, yo me llevaba mis dedos a los labios para probar mi propio tesoro agridulce.

Mientras lo hacía notaba como Silvia seguía mis movimientos atentamente con sus ojos e imprimía más rapidez y fuerza a sus movimientos mientras me dejaba notar el grosor y largo de su lengua que parecía abarcar toda la matriz de Laura. Y me hacía preguntar si podría copar la mía de la misma manera.

Laura se movía ondulantemente debajo de la lengua y las manos de Silvia que la sostenían por las caderas y subían para pellizcar sus pechos.

Laura sostenía ya fuertemente la cabeza de Silvia, impidiendo que esta pudiera mirar lo que yo hacía para ese momento. Mientras me pellizcaba los pezones, y con mis dedos mojados ya de saliva, ya de miel derretida, sudor y jugos vaginales, remontaba un concierto de espirales sobre mi clítoris ya inflamado y durito…

Para ese momento los quejidos de Laura se mezclaban con los míos, ya que estaba tan excitada que no tendría que esperar mucho para lograr un clímax explosivo, repiqueteando en mis oídos y mis labios el nombre de mi chica a quien llamaba a la distancia. Pude sentir los temblores internos y las contracciones más fuertes de mi vagina al descargarse sobre mis dedos y esa corriente eléctrica que te sacude por la espina dorsal y te hace sentir gigante y entre carnes prestadas. Rápidamente abrí los ojos recordando donde me encontraba y viendo como mis quejidos habían sofocado los de Laura y esta aún con una mano sobre la cabeza de Silvia y entornados sus ojos, se sucedía en otro glorioso y sucesivo orgasmo.

Para entonces me levanté y recogí mis pocas pertenencias, me até como pude la toalla alrededor, saliendo apresurada. Llegué nuevamente a los casilleros y busqué sofocada mi celular. Por un lado me sentía nerviosa y hasta mal por haber tenido un orgasmo frente a dos desconocidas de las que sabía los nombres por sus demostraciones de placer mutuas, y por el otro seguía sintiendo esa necesidad incontrolable de seguir tocándome, pero esta vez junto a la mujer que sabía complacerme.

La llamé como para asegurarme que si existía y al escuchar su voz, le susurré cuanto la deseaba y le pedí que no abandonara su casa porque la iba a llamar tan pronto llegara a mi casa.

Autora: YoliPoP

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Me comí enterita a mi cuñada

La volví a penetrar desde atrás, con un dedo iba tocando su culito, ella me dijo que no la tocara allí y yo le decía que si, por que lo quería meter allí. Me dijo que no, que le dijeron que dolía. Le dije que con cuidado no y en efecto así le desfloré su huequito, sacando mi dedo y metiendo mi cabezón suavemente, luego más rápido y duro hasta que me vine por segunda vez, esta vez, en su culito.

Hola que tal, les escribo desde Caracas, Venezuela. Soy fan de esta página desde que recuerde, es una excelente página que ha permitido algunas masturbaciones mías!

En fin el relato que tengo fue de una fantasía que tenía de hace mucho y que al fin se me cumplió, con mi cuñada.

Ella es rubia, tiene 25 añitos, mide algo así como 1,58 mts, es muy linda de cara, tiene un cuerpo blanco pero súper sexy, con unas tetas que parecen operadas aún siendo naturales, mi esposa también está muy rica pero no les interesa como es jajaja.

Ella es casada con un tipo, que realmente tiende a ser desagradable, muchas veces por su actitud arrogante, además de ser medio patán.

En fin, sucede que ella me gusta desde tiempo de novios con mi esposa, ella siempre usaba blusas con escotes súper sensuales, algunas veces viéndola sentada se notaba la mini panty (hilo) que llevaba puesto y eso me ponía súper caliente solo de imaginarla.

Ahora bien, de un tiempo para acá ella se juega conmigo de manera extraña, cosas como jueguitos de palabras, de repente algún roce conmigo y cosas así que hacen que uno dude si de verdad son pistas o no, hasta que un día llamó para mi teléfono celular a pedirme unos snacks, por que según tendría visitas en la tarde y necesitaba unos quesos, jamones y embutidos, cosa que normalmente me pedía por que a eso me dedico.

Hasta allí todo normal, llegué hasta su edificio, le llamé al celular, me abrió la puerta y a diferencia de las otras ocasiones, me pidió ayuda para mover unos muebles, para hacer más espacio en casa para las visitas, a lo cual accedí sin pensar mal. Y me disfruté mucho subir las escaleras detrás de ella admirando esas preciosas nalgas con su lycra pantalón blanco.

Al llegar arriba en efecto me hizo mover un sofá y luego fuimos a la cocina, donde me preguntó si deseaba algo de allí, cosa que me cortó (apenó) y opté por decirle una cerveza, me la sirvió en la mesa y se recostó a esta preguntándome…

-¿Algo más que desees de mi marido por aquí hoy?

Solo contesté que quizá si haya otras cosas que me gustan de él pero no sería bueno decírselo, luego me acarició la cara y me dijo:

– Que lástima, que ella sabía de algo de su marido que me quedaría muy bien…yo le dije que me mostrara a ver.

Ella se me acercó y me besó muy cerca del labio. Allí no aguanté más la abracé y la besé toda. Me dijo:

– ¡Al fin! No sabes cuanto he deseado esto…

Le dije que ya que ella quería eso entonces íbamos a hacer todo de una vez…

Me dijo que lo que yo quisiera, ella quería…

Comencé a besarla, susurrándole a su oído cosas sucias, que era una perra, que se lo iba a meter sin compasión y solo me decía que si…

Fuimos hacia el sofá que me había hecho mover, en el camino pude quitarle la chaqueta de lycra que cargaba y le besaba esos adorables senos por encima del blanco brasier.

Se lo quité y empecé a mamar esas tetas blanquitas, de pezón rosado como nunca, mientras con mis manos las iba tocando por todas partes.

Ella me quitó la camisa y me empezó a besar todo también, me decía que me deseaba, que se había tocado pensando en mí y hasta lo había hecho con su marido pensando en mí…

Le tocaba su vaginita y culito por encima del pantalón, y ya sus líquidos mojaban su pantalón, eso me puso a mil, así que decidí quitarle todo y la empecé a comer desde los pies, piernas, hasta que llegué a su bello, limpio y depilado coñito…

De esos que provoca quedarse allí comiéndoselo todo el día.

Eso estaba todo mojadito, yo lamía, mordía, pasaba mi barba por encima de el hasta que sus gemidos fueron intensos y acabó, me jaló el cabello de lo excitada que estaba.

Luego le dije que me devolviera el favor así que me desabotonó  el pantalón y me masturbaba por encima del bóxer, hasta que sacó mi juguete y se lo llevó a la boca, y me besaba las bolas, subía y bajaba como la profesional que siempre imaginé que era.

Luego de unos 5 minutos en eso, la tumbé de espalda al sofá y la penetré así mientras la tomaba por el cabello y le preguntaba si le gustaba, la nalgueaba, y solo gemía de placer la muy zorra.

Luego le seguí un rato al clásico misionero y le acabé entre las tetas,

cosa que no le gustó mucho al principio pero luego me dijo que la hizo sentir como la perra que había sido.

Descansamos un rato y lo volvimos a hacer, pero esta vez, la volví a penetrar desde atrás con un dedo iba tocando su culito, ella me dijo que no la tocara allí y yo le decía que si, por que lo quería meter allí.

Me dijo que no, por que nunca lo ha hecho por allí, y que le dijeron que dolía al principio. Le dije que con cuidado no y en efecto, así le desfloré su huequito, sacando mi dedo y metiendo mi cabezón suavemente, luego más rápido y duro hasta que me vine por segunda vez, esta vez, en su culito.

Y bueno así hemos tenido media docena más de eventos así, ¡cosa que me fascina!

Espero os haya gustado…

Autor: Pedro

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La historia de Cynthia – XVI

Ya desnuda, me contemplé en el espejo haciendo posturas y sobándome a mi misma como lo hubiera hecho un amante. Luego entre a gatas en la cama que ocupaba Ana- Leonor y le di un beso carnal en plena boca, que esta vez saboreó, y sin poder contenerme, recorrí con mi lengua todo su hermoso cuerpo, pellizqué sus pezones, acaricié su bajo vientre y la masturbé con el dedo hasta el orgasmo.

La historia de Ana

A nadie se le habrá pasado por alto que lo que llamo perversión de Ana está dicho en sentido convencional e irónico. A estas alturas de mi propia “perversión” ese proceso no fue otra cosa que la destrucción de un parásito moral hondamente asentado en el corazón de Ana, que la estaba conduciendo a la enajenación mental y a la autodestrucción. Me refiero a la moral sexual burguesa diseñada para uso y disfrute de los varones de la alta y media burguesía, (que se comportaban generalmente como si esos tabúes morales no les concernieran a ellos y sólo fueran de rigor para las mujeres) para la garantía de líneas sucesorias, acumulación de patrimonios, seguridad de herencias en detrimento muy principalmente de la libertad y la realización de la mujer, sacrificada como un bien negociable más del patrimonio familiar.

Pero yendo a lo concreto diré que Princesa me había citado a mi hora aquella tarde en su consulta, en un céntrica calle de Madrid. La terapia se había organizado en colaboración con el burdel al que revertirían partes sustanciosas de los altos honorarios de la sexóloga por el tratamiento completo de este difícil caso, y el burdel me había asignado a mí como colaboradora directa de Princesa, como más tarde lo haría con algunos empleados selectos. A las seis llegué yo allí vestida con ropa normal de calle: unos vaqueros y un suéter. La consulta ocupaba un piso de unos 120 m2  con una entrada normal que mostraba una placa “Dra. XX. Psicóloga. Tratamiento de disfunciones emocionales” lo más discreta posible para salvar las intimidades que allí se trataban. Por dentro estaba amueblada con gusto y cierto lujo. Una mesa a la entrada era el puesto de la enfermera recepcionista. Una reducida sala de espera – Princesa casi nunca trataba más que uno o dos casos diarios – daba paso al despacho de Princesa o a los servicios.

El despacho era funcional y según el estilo del de cualquier psiquiatra, diván incluido, pero con cierta coquetería que chocaba en un ambiente de clínica. Una puerta daba entrada a un pasillo con tres habitaciones para los tratamientos. Y estas se parecían bastante a las de los burdeles de lujo, pero decoradas con mucho más gusto, de acuerdo con las preferencias de Princesa. Por lo demás estaban profusamente adornadas con litografías y cuadros de subido tono erótico, por no decir pornográfico. Todas incluían cuarto de baño con ducha, lavabo, bidet, inodoro, etc. En armaritos ad hoc se encontraban todos los adminículos imaginables para el juego erótico: perfumes, cosméticos, preservativos, “consoladores”, máscaras, antifaces, aceites lubricantes, etc. Se había pensado en todo.

A las seis y diez llegaron Ana y Mario, y afortunadamente no estaba yo en el vestíbulo sino en el despacho, con Princesa. Y digo afortunadamente porque por el hueco entreabierto de la puerta pude verla y la conocí al punto. Algo conturbada se lo comenté a Princesa que me tranquilizó al instante y me dijo que no me preocupara porque dado el caso actuaríamos ambas con antifaz. Salió un instante hacia el pasillo interior y entró en la primera habitación llamándome para que la siguiera allí, y tras sacar dos preciosos antifaces de encaje, negro y rojo, me alargó el segundo y me ordenó que la aguardara allí hasta que trajese a Ana, ya que la primera parte del tratamiento se había de hacer en este cuarto. Que me relajara porque la espera podía alargarse. Así que me tendí en la cama. Las puertas habían quedado entreabiertas y podía mantenerme al tanto de la entrevista. Me coloqué el antifaz rojo: era sensacional y me sentaba de maravilla.

Aunque Mario había puesto al corriente a la sexóloga sobre las líneas generales del caso, Princesa advirtió que tendría que hacerle no obstante preguntas muy personales sobre aspectos que deseaba conocer. Ana se alarmó y dijo que quería dejar su identidad lo más a salvo posible. Princesa la tranquilizó diciéndola que no iban por ahí sus necesidades de información, e incluso el anonimato se trataría de llevar al extremo, hasta tal punto que, entregándoles a ambos sendos antifaces les rogó que en lo sucesivo los usaran nada más franquear la puerta de la consulta o de otros departamentos que en lo sucesivo deberían visitar. Que sin embargo le era preciso conocer datos exactos sobre los usos y costumbres sexuales de la paciente. En ese punto Princesa hizo salir a Mario, que se encontró conmigo en la habitación de terapia, y Ana, más tranquila se dispuso a contestar a las preguntas de la sexóloga. Ahorraré las mayor parte de ellas, referidas a distintos aspectos del estado general de salud de la paciente, y me centraré en los más importantes a nuestros propósitos:

– ¿Cuándo tuviste la primera percepción agradable, sensual o de placer en relación con tu sexo? – No sé. Quizá a los doce o trece años. Observaba con sorpresa y curiosidad los primeros cambios en mi cuerpo: la creciente turgencia de mis pechos, el nacimiento del vello en el pubis … Y no sé, comenzabas a acariciar por aquí y por allá y notabas que aquello reaccionaba, y no era desagradable; entraba un dulce sofoco, te surgían anhelos de algo impreciso pero deseable … No sé.

– ¿Hiciste preguntas sobre ello? ¿Qué respuestas obtuviste? – Las hice, ¿como no? A mi madre, que eludió cuanto pudo entrar en el tema; me decía que eran cosas sucias, pecaminosas, que guardara mucha limpieza, me pusiera compresas si aquello sangraba y, por lo demás que acudiera a mi confesor. De mi confesor que voy a decir: me dio una versión muy negativa de todo ello, me habló de la virtud de la castidad, de la imitación de la Virgen María y de que todo eso lo había puesto Dios para llegar a la perfección mediante la maternidad y la entrega sincera al marido. Me recomendó que leyera cuando fuera algo mayor “La perfecta casada” de Fray Luis de León, todo un manual de sumisión, como pude comprobar más tarde. En cuanto al placer, huir de el porque era la puerta de entrada al pecado.

En cuanto a mis amigas, entre ellas encontré una mezcla de ignorancia y torpe picardía: risitas, manejar bien el dedito, mientras las más pías se indignaban. – ¿Cuándo te masturbaste por primera vez, si es que llegaste a hacerlo? ¿Qué impresión te causó? ¿Seguiste haciéndolo? ¿Con qué frecuencia? – Tendría unos trece años y medio y fue casi por casualidad, por probar lo que las más lanzadas de mis amigas me habían sugerido veladamente. Lo hice muy torpemente, el dedo mal lubricado y mal dirigido, pero resultó; y la impresión de placer fue tan fuerte que me asusté; luego me arrepentí angustiosamente por todo lo que me habían contado del pecado mortal, hasta tal punto que por un tiempo lo omití en mis confesiones. Por fin, el sentimiento de culpa fue tan grande que se lo conté al confesor; éste me reprendió con tal acritud que quedé horrorizada. Me dijo que había cometido un pecado gravísimo tanto más cuanto que al ocultarlo en las últimas confesiones y comulgar después había incurrido en horroroso sacrilegio. Me exigió hacer confesión general so pena de todas las del infierno.

Quedé tan aterrorizada que nunca más me atreví hasta después de casada. Ya casada llegué a ello por desesperación ante las patentes infidelidades y la acritud de mi esposo, por puro desahogo. Y lo hice al menos una vez al mes, hasta que conocí a Mario. El confesor de ahora fue algo más comprensivo; lo cierto es que la humillación constante en que vivía me hicieron alguna vez pensar en el suicidio, que no ejecuté quien sabe por qué, por miedo a la muerte, por miedo al más allá … ¡Quien sabe!

– ¿Tuviste contactos carnales con otras personas antes de tu matrimonio? ¿Cuántas veces y como? – Apenas ninguno. El pavor a mi confesor me lo impedía. Una vez a los quince años me sentí atraída por un chico. Íbamos en grupo, pero se dio la ocasión y él se lanzó a ello: me besó intensamente, me acarició los pechos y sentí crecer mi excitación; entonces me asusté y salí corriendo; estuve seis meses sin salir con mis amigas, mientras  me recluía en casa como una monja. Esto me dio fama de estrecha y espantó a los muchachos, por lo demás muy normales que frecuentaban el trato de mis amigas.

– Háblame de tu matrimonio en cuanto el trato sexual. ¿Cómo era? ¿con qué frecuencia lo practicabais? ¿de quien era la iniciativa? ¿Era frecuente el orgasmo en tu relación? Háblame de todo esto. – Tendré que hacer un esfuerzo. Porque todo ello me resulta penoso. El matrimonio fue concertado por las familias y yo lo acepté pasivamente, resignadamente. El noviazgo fue breve y sin cariño. Yo era tan dependiente no tuve el valor de plantarme y no hay cosa que más haya sentido en la vida.

La noche de bodas sólo se diferenció de una violación en que no hubo resistencia por mi parte, pero tampoco cooperación. Fue una bestial toma de posesión, a oscuras, sin cortejo, sin halago alguno, sin duda peor que con sus putas. Los primeros días, sin duda por la novedad me poseyó cuando le apeteció, sin permisos ni explicaciones: como un animal. Ni le preocupó si yo obtenía placer ni hizo nada por que así fuera; según la educación recibida seguro que pensaba que una mujer que gozaba era un ninfómana o una puta.

Después, esos coitos pasivos le fueron hastiando y afortunadamente  los fue espaciando hasta quedar en nada. Lo que fuera de mí le importó un bledo. Si alguna vez más me folló creo que fue por pura pereza de salir a buscar alguna puta. En total no creo que pasaran de treinta los coitos que tuve que padecer. De ninguno de ellos obtuve placer. Los temía y los aborrecía: eran una muestra patente de mi indignidad, los aceptaba por el adoctrinamiento (la doma podría decirse con propiedad) que la religión y moral al uso habían hecho de mí, como mujer casada burguesa. Eso me daba acceso a un cierto “status” social pero en el fondo pienso que mi humillación era mayor que la de una prostituta. Me hizo un hijo que se malogró y aborté. Eso es todo.

– Háblame ahora de tu caída en brazos de Mario, de tu seducción, de tu adulterio. – Es evidente que en mi grado de frustración matrimonial y sexual yo era fruta madura – en eso también tiene razón Mario. Aunque mis convicciones morales implantadas eran muy fuertes, Mario fue la primera persona que se dirigió a mí con ternura, con consideración, con intención de buscar un placer común, no sólo el suyo. Eso tan sólo era ya suficiente. Mario estudió mi emotividad, mis gustos sexuales, mis zonas erógenas, mis ritmos óptimos y hasta la manera de mitigar el efecto negativo de mi gendarme interior. Si yo me retrasaba el se contenía hasta lograr que cogiera el paso. Con él logré mi primer orgasmo pleno y no hubo contacto en que no lo lograra. Con él he conocido algo que para mí era solo una especie de leyenda: el placer sexual. Pero estaban los hondos tabúes morales y religiosos que no sólo funcionan a niveles conscientes sino lo que es mucho peor a niveles o en capas inconscientes, subconscientes e instintivas, y esto, convertido en remordimiento me ha llevado, puedo asegurarlo, al borde de la esquizofrenia y de la histeria.

– Lo has descrito bien. Conozco además el diagnóstico que te hizo el propio Mario, que suscribo íntegramente. Para todas las alternativas que él te expuso sería imprescindible o muy conveniente eliminar los perversos efectos de esa falsa moral implantada. Eso puede hacerse si y sólo si tú tienes voluntad de ello. Ello va a implicar acciones que van a chocar frontalmente contra esa moral, lo que será muy duro para ti. Para llegar a ser una mujer liberada sexualmente deberás conseguir:

1) Considerar tu cuerpo de forma positiva – con orgullo – como órgano de una función sexual generadora de placer con independencia de una eventual procreación y maternidad, perfectamente compatible con la primera. ¡El placer es bueno y deseable!

2) Sentirte plenamente ser viviente con sexualidad plena sin restricciones, capaz de recibir y de dar placer, de gozar y hacer gozar sin remordimiento alguno. ¡Guerra sin cuartel al sentimiento de culpa!

3) Liberarte en tu ejercicio sexual de pasión posesiva alguna; es decir, cualquier relación sexual eventual o estable entre dos personas, no ha de generar derechos de exclusividad de una con respecto a la otra, salvo que a la otra así le convenga, guste o apetezca. ¡Los celos han de quedar por siempre desterrados!

De aquí una última pregunta ¿Aceptas seguir en estas condiciones para tratar de conseguir tales hitos?

Ana, preocupada, se demoró unos instantes en contestar. Al fin dijo:

– No sé si seré capaz, pero estoy dispuesta a intentarlo.

Princesa la abrazó y le dio el consabido beso en los labios. Ana dio un respingo pero no protestó. Se iniciaba el proceso de perversión. Princesa la tomó del brazo y la condujo a la habitación donde Mario y yo nos encontrábamos, me presentó a mi y despidió a Mario pidiéndole un teléfono de contacto. Después se dirigió a Ana:

– El tratamiento será martes y jueves de seis a ocho de la tarde. Deberás habituarte a usar lencería sexy fina, zapatos de tacón alto y ropa ligeramente provocativa. El próximo jueves puedes quedar conmigo para comprar lo necesario. Lo que queda de hoy lo emplearemos en que te vayas acostumbrando a tu cuerpo desnudo, como organismo bello y placentero. Vete desnudando y te tiendes en la cama. Procura ya ir desterrando el falso pudor, para ello mientras te desvistes lo vas haciendo lentamente, provocativamente, la vista alta, arrogante y sin dejar de mirarnos a los ojos. Antes de tenderte, caminas por el cuarto desnuda, con los zapatos puestos y te contemplas largamente ante el espejo corrido de la pared. No te soliviantes si hacemos comentarios o te tocamos.

Se desvistió lentamente, pero su actitud distaba mucho de ser provocativa ni arrogante; su talante seguía siendo lánguido y sumiso, tenía mucho de perra apaleada. Habría que dar tiempo al tiempo. Princesa se lo hizo notar, aunque lo consideró lógico dadas las circunstancias de que partía.  Se miraba al espejo aún con vergüenza pero creí atisbar en su mirada  un brevísimo relampagueo de complacencia si no de orgullo. Caminó sobre sus tacones, no muy altos, pero no había altivez despreciativa. Era muy pronto. Su historia me había conmovido: me abracé a ella fraternalmente, ella lo advirtió y juzgó adecuadamente y me devolvió una caricia.

Cuando se hubo tendido en la cama más o menos como en la imagen Princesa le dijo:

– Mira. Coral se va a desnudar ahora más voluptuosamente, con arrogancia y orgullo de su hermoso cuerpo, con más estilo lascivo. Fíjate bien y pasado mañana, en la próxima sesión tratas de repetirlo. Métete en la cabeza, lo que por otra parte es cierto, que tu cuerpo no es menos hermoso que el de ella. Tienes un cuerpo espléndido y lo primero que tienes que hacer es convencerte de ello y valorarlo justamente. Sin eso no conseguiremos nada. Tienes un cuerpo de bandera que levantaría  el ánimo hasta de una estatua de piedra. Quizá no es tan exuberante como el de Coral pero esa languidez que te cae tan bien, bien explotada te puede dar un éxito notable. Como puta, y perdona, te cotizarías muy alto, pero tienes que echar fuera de ti muchos complejos.  Venga Coral, sin apabullar, muéstrale un poco a Leonor – la llamaremos así – el camino del descaro.

Lo hice con todo el descaro y picardía de puta que había acumulado en los meses precedentes, contoneándome, sacando la lengua en pico por el borde de mis labios maquillados en rojo intenso, abrazándome y levantando mis pechos con mis propias manos como sostén, y haciendo pausa sensual tras del abandono de cada prenda.

Al final, ya desnuda, me contemplé largamente en el espejo haciendo posturas y sobándome a mi misma como lo hubiera hecho un amante. Luego entre a gatas en la cama que ocupaba Ana- Leonor y le di un beso carnal en plena boca, que esta vez saboreó., y, sin poder contenerme, recorrí con mi lengua todo su hermoso cuerpo, pellizqué sus pezones ya claramente hinchados, acaricié su bajo vientre y tras verter bálsamo lubricante en su abertura la masturbé con el dedo hasta el orgasmo, que fue franco y violento.

Nunca había hecho el número lésbico pero la belleza de Leonor me tentó y no pude evitarlo. Ella quedó algo avergonzada pero satisfecha en el fondo. La consolé con caricias y besos, esta vez inocentes, y ella me abrazó llorando. Me disculpé:

– Perdona, Leonor, esto no estaba en el guión, pero te vi tan hermosa  y tan triste que no pude contenerme. No llores; me ha gustado mucho aunque es la primera vez que he amado a otra mujer. Perdóname si te he ofendido. – No me has ofendido, Coral: lo he sentido como algo tierno y agradable, aunque estoy muy confusa. Gracias por quererme.

Princesa añadió algunas instrucciones:

– El tiempo de las sesiones no es suficiente para tu entrenamiento, procura complementar con trabajo en casa: Ejercítate en desnudarte lo más voluptuosamente que sepas o se te ocurra, acostúmbrate a caminar desnuda de cuando en cuando por la casa, cuando puedas o en ropa interior sexy, tanga y sostén o tanga solo, por ejemplo. Mastúrbate al menos una vez al día, untándote bien con aceite lubricante, y llegando bien hasta el final disfrutando sin prisas. Puedes excitarte con alguna revista sugerente o como quieras. Pero de momento no tengas contacto con Mario. Y el jueves quedamos en El Corte Inglés de Princesa para las compras, luego podemos ir a alguna boutique especializada. Así que hasta entonces.

[Continuará]

Autor: El Filósofo

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Mujer contra mujer

Nos besamos en la boca largamente mientras nos acariciábamos mutuamente. Nos agarrábamos las nalgas y nos chupábamos la piel de una manera agradable. Le pedí que me enseñara como sentir más placer y me dijo que nos chupáramos mutuamente la vagina. Ahí aprendí la pose del 69, y de tanto lamer nos bebimos los jugos que salían de nuestras partes.

Tengo 23 años y me llamo Guacimara. Estudio en la Universidad de La Laguna y desde que ingresé me hice muy amiga de una compañera de mi clase. Íbamos de arriba a abajo y nos comprendíamos muy bien ya que éramos de la misma edad. Fue hace unos meses que un chico de otra facultad me pretendía, y debo decir que él me gustaba mucho.

Me enamoré como una boba de él pensando que era correspondida, a pesar que mi amiga me decía que fuera con cuidado. Vanos fueron sus consejos ya que una noche él me hizo suya en el asiento trasero de su coche. Desde esa vez, me hacía el amor casi a diario y yo era la mujer más feliz sobre la tierra.

Un día en que cancelaron una clase fui a buscarlo a su casa, y grande fue mi sorpresa cuando la que abrió la puerta me dijo que era su esposa. Me puse colorada de la vergüenza y no le dije nada a su esposa, pero por dentro sentí que lo odiaba por su engaño.

Desconsolada fui al único refugio que conocía, mi amiga.

Ella me recibió y me abrazó fuertemente mientras yo le contaba todo en medio de un llanto incontrolable.

Pasaron los días y me sentía muy sola, apoyada únicamente por mi compañera de estudios. Ella al verme así me propuso que fuera a vivir con ella y me dijo que compartiríamos los gastos del departamento.

No me pareció mala idea así que me mude casi sin pensarlo.

El departamento era pequeño y tenia tan solo una habitación por lo que ambas dormíamos ahí. En las noches nos contábamos nuestras cosas y lo que me llamaba la atención es que nunca le había conocido novio alguno a mi amiga.

Me dijo que ello era debido a que los hombres eran muy traicioneros. Quedé satisfecha con la explicación pero noté que cuando nos desnudábamos en el cuarto ella se quedaba mirando mis senos fijamente. Como las dos éramos mujeres yo no tenía reparo en mostrárselos. Desde chica he tenido el busto grande y el resto de mi cuerpo es proporcional.

Un día antes del verano me encontré con el chico que me había engañado y quiso darme explicaciones, pero le dije que ya no estaba interesada. Parece que eso le molestó ya que cuando me iba me dijo “cuidado con la machona”.

Supongo que se refería a mi amiga pero me fui sin tomarle importancia a su comentario.

Unos días más tarde, mi amiga y yo nos fuimos a la playa y debido a que tengo la piel blanca me puse colorada por el sol. Mi amiga por el contrario era morena y lo soportó mejor. Al llegar al departamento nos bañamos y cuando estábamos en el cuarto le enseñé mi cuerpo todo colorado diciéndole que me ardía la piel.

Ella me dijo que me acostara en la cama para que me untara crema en el cuerpo. Me eché boca abajo y el recorrido con sus manos llenas de crema calmaron el ardor que tenía en la piel. Ella agarraba mis nalgas con ambas manos, pero me pareció que lo hacia de forma natural.

Me volteé quedando boca arriba y mis senos fue lo primero tomó para masajear. Sus caricias empezaron a darme calor y en un momento cerré mis ojos para disfrutar los masajes hasta que sentí que uno de sus dedos tocó mis labios vaginales. Di un brinco y abrí mis ojos asustada. Ella me pidió por favor que no le dijera nada y que la dejara acariciarme.

En ese momento caí en cuenta porque le decían machona, pero no me importó saber que me deseaba como mujer. Dejé que pasara sus manos por donde quisiera, y ella al ver que yo me dejaba hacer empezó a besar la parte interior de mis muslos. La sensación era deliciosa y no la había sentido nunca ya que cuando tuve relaciones con este chico, me penetraba sin ninguna caricia previa.

Su lengua llegó hasta mi vagina y sentí como me lamía suavemente. Abrí mis piernas para sentirla más y empezó a chuparme como si me quisiera beber. Yo me retorcía en la cama de placer y olvidé el ardor que sentía. De pronto se puso encima mío y su cuerpo suave y caliente hizo que me mojara toda.

Nos besamos en la boca largamente mientras nos acariciábamos mutuamente. Nos agarrábamos las nalgas y nos chupábamos la piel de una manera agradable.

Le pedí que me enseñara como sentir más placer y me dijo que nos chupáramos mutuamente la vagina. Ahí aprendí la pose del 69, y de tanto lamer nos bebimos los jugos que salían de nuestras partes.

Luego me pidió que me pusiera en cuatro patas y metió dos dedos a la vez. Cada vez se hacia más rápido el meter y sacar de sus dedos haciéndome dar gritos de placer por la corrida que me estaba dando.

Yo hice lo mismo con ella hasta que quedamos rendidas en la cama abrazadas y besándonos. Desde ese día hemos gozado mutuamente y dormimos desnudas en una misma cama dándonos amor y placer. En la universidad comentaban que éramos lesbianas pero no nos importaba ya que lo que sentimos era mas fuerte que cualquier habladuría.

Luego mi amiga fue transferida de universidad, y aunque a veces nos comunicamos no creo que nos volvamos a ver.

A pesar que me pretenden muchos chicos el hecho de haber estado con otra mujer, me dejo el deseo de experimentar nuevamente esas sensaciones.

Autora: YoLiPoP

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