En la cola con Rebequita

No sé cuanto tiempo estuvimos pegados, pero ya no podía más y aceleré mis embestidas; me vine con una eyaculada que casi explota el condón y caí rendido sobre ella; estábamos cansados y tan satisfechos que nos quedamos dormidos. Al despertar caí en cuenta de la situación; Rebequita dormía sobre mi pecho, desnuda, en un cuarto de motel, después de una de mis mejores cogidas de la vida.

Hola, ante todo debo confesar que es primera vez que me atrevo a compartir una experiencia tan íntima como la que a continuación les voy a relatar; también es primera vez que vivo ese tipo de situación en mi vida. Comienzo diciéndoles que tengo 32 años, soy abogado y vivo en Caracas, Venezuela. Llevo una vida normal, dentro de lo común. Novia, apartamento de soltero, buen empleo, buen carro, soy, como dicen aquí en Venezuela, un tremendo partido; aparte, físicamente llamo bastante la atención: 1,78 mts; 85 Kgs. blanquito, cabello lacio oscuro, ojos cafés y con muchísimas pecas. Mi novia es bellísima, y, hasta los momentos, tenemos una relación del más allá.

Mi historia comienza un martes, saliendo de la oficina; mi novia se había ido hacía 3 días a Margarita con su mamá por trabajo, y aún me quedaban 3 días más de ausencia, esperándola como un loco. Bueno, saliendo de la oficina, aproveché la oportunidad de que aún era temprano y me dispuse a comprar un caucho (neumático) para mi carro, y, sin tener un sitio específico donde ir, entré en la primera “cauchera” que me pasó por la vía. Me atendieron, pedí el caucho, y, cuando me dispuse a pagar, me encuentro con la sorpresa que la encargada de la caja era Rebeca, una prima de la mejor amiga de mi novia. Yo la conocía, habíamos salido en grupo un par de veces y la verdad, me había fijado en el cuerpazo que se gasta, sobre todo en su trasero, enorme y super bien formado, ya que al bailar con ella en alguna oportunidad, casi me fractura la pelvis con los movimientos de cadera que me daba al ritmo del reggeatton.

Al verme me saludó efusivamente, me atendió de maravillas y hasta me hizo un descuento en el pago; yo, en franco agradecimiento, le pregunté si quería que la llevara hasta su casa, que podía esperarla hasta que ella saliera, ya que mi novia estaba de viajes y la verdad no tenía mucho apuro en llegar al apartamento vacío. Ella muy sonriente me dio las gracias y me dijo que la esperara, que no tardaría más de 15 minutos en estar lista.

No pude evitar verla de arriba abajo, vestida con su uniforme, un pantalón negro ceñido que no dejaba mucho a la imaginación, una blusita de rayitas blancas y negras muy sensualmente desabrochada a la altura del escote y una chaqueta negra abierta, en juego con el pantalón; llevaba el cabello suelto, perfectamente arreglado, y usaba un perfume muy rico. Quizás el hecho de llevar varios días solo, quizás porque yo sabía que ella gustaba de mí, fue que me atreví a ofrecerme a llevarla, con la intención de pasar un tiempo a solas con ella y hablar de cualquier cosa.

Estuvo lista y nos fuimos. Nos montamos en mi carro y nos dispusimos a aventurarnos en la diaria desgracia de nuestra querida ciudad: el tráfico. En Caracas se hacen colas interminables, insoportables, hasta de dos horas, donde los conductores nos las ingeniamos para sacar el mejor provecho del tiempo (es en esas colas donde me hice asiduo a estos relatos, aprovechando el wireless de mi laptop) como mejor se nos ocurre. Y la verdad que pasar 2 horas en cola con Rebequita no era para nada mala idea. Nos pusimos a hablar de cualquier cosa, desde el clima hasta los tragos que más nos gustaban, de su prima, de mi novia, de política, cualquier cosa, hasta que caímos en el tema que nunca falta: el sexo.

Rebeca me decía que había terminado con su novio hacía más de un mes, que estaba cansada del tipo, que si no la satisfacía, que si esto, que si aquello; comenzó a darme detalles de cómo era el sexo con su ex y lo poco que lo había disfrutado, describiendo a la perfección lo que le gustaba a ella y que su ex novio no le daba.  La conversación se ponía intensa, yo solo podía atinar a decirle que su ex había sido un idiota al no saber aprovecharla, que ella era una mujer espectacular y que cualquiera mataría por complacerla; ella puso su mano en mi pierna y me dijo…

“Eres demasiado lindo! Que suerte que tiene Anita de ser tu novia” Ese contacto comenzó a subirme la temperatura, sentí como la sangre iba acumulándose en mi pene y éste comenzaba a ponerse duro, claro, me daba vergüenza porque la tela del pantalón del traje era muy suave y denotaba mi incipiente erección.

Ella sabía lo que estaba haciendo, y comenzó a acercar su mano hacia mi entrepierna, se sacó el cinturón de seguridad y se fue acercando a mi, yo, comenzaba a ponerme nervioso, nunca antes había estado en una situación similar con una mujer que no fuera mi novia, y la verdad, que eso me calentaba aun más. Puso su mano izquierda en mi nuca, sosteniendo mi cabeza, y acercó su boca a mi oreja, susurrándome “¿qué pasó papi? Como que estás alborotado?”, su aliento tibio en mi oreja me puso a tres mil, no hallaba palabras que decirle, ella, sabiendo que me tenía literalmente en sus manos, comenzó a lamer mi oreja, metiendo y sacando su lengua, ya mi erección estaba a tope, mis 20 centímetros estaban en su máxima expresión, ahogados dentro de mi bóxer, haciendo una enorme carpa en el pantalón; Rebequita diestramente bajó el zipper y metió su mano en mi bóxer, de inmediato quedó expuesta mi verga, perfectamente parada y con el glande rosadito en todo su esplendor.

Rebeca tomó mi bicho en su mano derecha y me dijo “¡Que verga tan linda! Papi, ¿Anita se come esto ella solita? No señor, tiene que compartir!” Mi respiración estaba demasiado acelerada, sentía que el corazón se me iba a salir del pecho, le dije “Anita no está, así que te la presto para lo que quieras, agarra con confianza mami”. Como toda una experta, Rebequita comenzó a pajearme de lo lindo, bajaba su mano por todo mi instrumento, la subía, me apretaba las bolas, hacía circulitos en mi glande que brillaba de líquidos preseminales; mientras su mano derecha me deleitaba la verga, la izquierda acariciaba la base de mi cuello, me halaba el cabello y me apretaba la nuca mientras me susurraba al oído “¿te gusta papi, te pajeo rico, verdad?” alternando frases como esa con metidas y sacadas de lengua.  Me sentía en el cielo, pero a la vez en el infierno, no podía corresponderle como quería, entre la palanca de cambios y el volante, no tenía chance de meterle mis dedos en la conchita, le frotaba de a raticos por encima del pantalón y sentía que le palpitaba, ¡estaba tan caliente! Y yo con unas ganas de cogérmela ahí mismo.

Mi cara de placer no era normal, poco nos importó que los conductores vecinos se dieran cuenta de lo que estábamos haciendo, Rebeca me estaba matando de placer y yo sentía la necesidad de retribuírselo. “Que rico mami, dale, así, agárrame las bolas, pajéame rico mami” le decía, Rebequita me dijo al oído “te la voy a comer aquí mismo”, y diciendo esto, se agachó, se acomodó entre mi abdomen y el volante y comenzó a darme una mamada de campeonato. ¡Como mama la condenada! Pasaba su lengua por la cabecita, succionaba el meato, luego lamía todo el tronco, me mordisqueaba las bolas, se la metía completita hasta la garganta como toda una experta; comenzó un vaivén de arriba abajo con su boca, mientras yo como podía, le masajeaba el culo y le metía la mano dentro del pantalón halando su hilo dental hacia arriba acompasadamente.

Estaba que iba a morir de la excitación, no sé cuanto tiempo me estuvo mamando, pero ya no podía más, mi verga se hinchó más y más en su boca, señal que iba a eyacular y la aparté; ella retiró su boca y retomó la paja con su mano; el primer chorro de semen salió con tal fuerza que cayó en la consola de velocidad, en el volante, seguí acabando a borbotones y ella ni corta ni perezosa me dijo “quieres que me lo tome?” y yo le dije “es tuyo mami, has lo que quieras” Acercó nuevamente su boquita y me limpió el rabo hasta dejarlo sin una gotita de semen.

Se incorporó y me dio un beso tan apasionado que sentí que quería arrancarme la lengua; su saliva mezclada con mi semen, su lengua hurgando hasta el último rincón de mi boca,  ¡Era fantástica!. Le dije “Rebequita no puedo dejarte así, de verdad quisiera que hiciéramos una parada antes de llevarte a tu casa, ¿quieres?” Ella me respondió “lo que tu digas papi, lo que quieras, hoy considérame de tu propiedad” ¡Esa mujer si que sabe como volver loco a un hombre!

Enfilé la dirección hacia un motel de la famosa “calle de los hoteles”, pagué el servicio y entramos al cuarto. Al cerrar la puerta, Rebeca se vino encima de mi, la levanté, pasó sus piernas alrededor de mi cuerpo y la tenía agarrada por el culo; nos pegamos un beso tan largo y tan profundo que nuevamente estaba tan parado y listo como si no hubiera tenido sexo en 7 días. Empecé a frotar mi verga contra su conchita por encima de la ropa, le quité la chaqueta, le desabotonaba la blusa con desespero; ella a su vez me sacó la corbata y me abría la camisa; le bajé los pantalones y quedó solamente en brasier e hilo, realmente es una hembra monumental; un culo perfecto, un vientre planito adornado con un piercing en el ombligo y unas tetas que muestran orgullosamente unos 500 cc de silicona. Ella me quitó los pantalones y el bóxer de una vez; me agarró por la espalda y clavó sus uñas atrayéndome hacia ella para decirme “ahora si papi, cógeme rico, quiero sentirte bien adentro”

La enfilé hacia la cama, la acosté boca arriba y fui besándola desde el cuello hacia abajo; me deleité mamando esas tetas perfectas, mordisqueando esos pezones rosaditos y duros como dos caramelos; le acariciaba el cuerpo; seguí bajando, lamiendo su vientre, su ombligo; bajé por sus piernas, besé la corva de sus rodillas y enloqueció de placer; subí hasta sus ingles y me detuve frente a esa conchita, depiladita, rosada, hinchada y húmeda; empecé a soplársela tenuemente, a echarle mi aliento tibiecito; se volvió loca de placer y de repente, le arremetí una mamada de película: lamía de lado su raja, metía y sacaba mi lengua sin cesar, mordisqueaba su clítoris.

Rebeca se arqueaba de placer, sus jugos me llenaban la barbilla, los labios, la nariz; me gritaba desesperada “métemelo, cógeme papi, ¡cógeme ya!”; paré la mamada, me incorporé, me puse un condón (siempre hay en estos moteles), abrí sus piernas al máximo y le apunté directo al huequito: en un instante se tragó toda mi verga y comencé un bombeo que ella acompasó con un sinuoso movimiento de caderas; subí sus piernas a mis hombros y podía ver su cara de placer; veía su culito, rosado, cerradito, y no resistí darle un masaje como para dilatarle; sus gemidos eran fenomenales y me excitaban tanto que la cogía con más fuerza y rapidez.

Le di vuelta, la puse boca abajo, le levanté las caderas y se lo metí desde atrás; le masajeaba las tetas y besaba su espalda. No sé cuanto tiempo estuvimos pegados, pero ya no podía más y aceleré mis embestidas; me vine con una eyaculada que casi explota el condón y caí rendido sobre ella; estábamos sudados, cansados y tan satisfechos que nos quedamos dormidos. Al despertar caí en cuenta de la situación; Rebequita dormía sobre mi pecho, desnuda, en un cuarto de motel, después de una de mis mejores cogidas de la vida.

La desperté y le di las gracias, le pedí disculpas porque yo no estaba acostumbrado a ese tipo de situaciones y que era la primera vez que engañaba a mi novia. Ella sonrió, me dio un beso y me dijo: “papi, tranquilo, yo no me quiero casar contigo, te tenía ganas desde la primera vez que te vi, imaginé que debías coger muy rico y no me equivoqué. Tú con tu novia, no me voy a meter en eso…pero, aun te quedan tres días de soltería, ¿no? Ya sabes donde trabajo, si gustas me puedes buscar al salir y nos hacemos compañía en la cola, para que no sea aburrido el tráfico, ¿quieres?”

Está demás decirles que los siguientes tres días fueron de una pasión descontrolada; Rebeca me dejó literalmente seco y me hizo el tiempo del tráfico muy feliz. Después de esos tres días no volvimos a tener encuentros de ese tipo; mi novia regresó y volví a la normalidad. Pero sé que cada vez que ella salga de la ciudad, voy a contar con la compañía de Rebequita. Y tengan por seguro que lo compartiré con ustedes.

Autor: Beto

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