Desde el balcón

Como cada año, la convención anual médica se celebraba nuevamente. Era un medio excelente para mantenerse actualizado sobre los adelantos y descubrimientos en la mayoría de los campos de la medicina, y una muy buena oportunidad para relacionarse y obtener contactos, tanto entre los médicos presentes como con las compañías farmacéuticas que la patrocinaban.

Por si fuera poco, esta vez había sido organizada en el destino turístico más importante del país, con las playas más bellas, el sabroso clima tropical y cientos de lugares para la diversión nocturna.

Yo vine solo. Tenía planeado asistir a algunas conferencias, pero también quería descansar y disfrutar lo más posible del sol y la arena. Así que después de dos días en el amplio y atestado centro de convenciones, decidí que era el momento de relajarme y olvidarme de mis responsabilidades profesionales.

La habitación del hotel donde me hospedo está en el piso 15 y tiene un balcón con una vista impresionante hacia el mar azul y casi la totalidad de la bahía. Hoy he decidido no asistir a ninguna conferencia. He pedido un suculento desayuno en mi habitación y planeo disfrutar de la vista mientras amortiguo el calor con media docena de cervezas heladas y hago tiempo para que baje un poco el sol y salir a nadar un rato

Así que desayuno y me tumbo satisfecho en el balcón. Enciendo un cigarrillo y me lleno de azul los ojos. Pasa una hora o algo así y ya acalorado me quito la playera y el short, quedándome en calzoncillos. No creo que nadie pueda verme desde los balcones del hotel vecino, y si me vieran, pues tampoco estoy desnudo, además de que aquí es muy común ver gente con poca ropa.

Como siempre sucede, el idílico momento se rompe cuando mi celular empieza a timbrar. Lo busco por toda la habitación, porque no recuerdo donde lo dejé la noche anterior. Abro cajones, closet y cuando finalmente lo encuentro ha dejado de sonar. El número en la pantalla me indica que la llamada era de mi consultorio y como no quiero que me molesten, mejor apago el aparato. En la búsqueda del celular, me llamó la atención un pequeño maletín de cuero negro que encontré en el fondo del clóset de la habitación. Lo abro con curiosidad y resultan ser unos binoculares, al parecer de muy buena calidad y largo alcance, que de seguro habían sido olvidados por el huésped anterior. Decidí llamar a recepción para devolverlos, pero antes de hacerlo quise probarlos, así que salí al balcón nuevamente y me senté con ellos en la mano.

Pronto ajusté la visión y la playa, con sus pequeños y diminutos paseantes se volvió enorme y sentí que estaba apenas a un metro de los bañistas. En pocos minutos descubrí lo maravilloso que era el aparato. Empecé a hacer acercamientos que en persona sería imposible hacer. Los hermosos senos de una adolescente parecían salirse de su bañador justo frente a mis ojos, un par de bamboleantes nalgas llenaron mis pupilas, y fiel a mis gustos ambivalentes también pude disfrutar de un par de musculosas y velludas piernas y la protuberancia húmeda y sugestiva que mostraba la entrepierna de un atlético y bronceado salvavidas.

Me faltaban ojos para poder mirarlo todo. Por primera vez me di cuenta de lo mucho que disfrutaba viendo sin ser visto. Era como una perversión recién descubierta, y la carne desnuda y desprevenida de toda aquella gente me hicieron sentirme tan excitado y cachondo como nunca. Me demoré enfocando el trasero de un adolescente que tirado boca abajo en su toalla se dejaba tostar por el sol. Sus preciosas nalgas, apenas cubiertas por un breve traje de baño amarillo hicieron arder mi sangre. Cuando se volteó boca arriba para untarse de aceite el pecho lampiño y las rosadas tetillas mi verga se hinchó bajo mis calzoncillos. Me manosee un poco el miembro mientras enfocaba los binoculares sobre el vientre del chico y el caminito de vellos rubios que bajaban desde su ombligo hasta perderse bajo la reveladora y transparente tela de su bañador, que apenas si alcanzaba a cubrir su miembro lánguido y su par de huevitos, que imagine húmedos de sudor y sal.

Respiré a fondo, tratando de mantener a raya el deseo que empezaba a consumirme y un destello brillante

me llamó la atención. En algún balcón del hotel de al lado algo o alguien había generado el brillo. No se me había ocurrido hasta entonces enfocar los binoculares hacia el hotel vecino, así que lo hice ahora. La mayoría de los balcones estaban vacíos, y en algunos, las familias o parejas disfrutaban del sol igual que yo. Pronto descubrí el origen del destello luminoso. Se trataba del vaso que alguien se llevaba a la boca, de forma que el sol destellaba contra el cristal. Ajusté los binoculares para darles más definición y alcance a ver que se trataba de un hombre solo, que recostado y casi desnudo estaba tomando sol. No podía ver su cara. El sol iluminaba todo su cuerpo, pero la cabeza quedaba en una oscura sombra. Su cuerpo era armónico y bello. Nada de músculos espectaculares, pero en conjunto un cuerpo firme y en buena forma. Recorrí despacio sus piernas bronceadas hasta llegar a la pelvis, cubierta apenas por la punta de una toalla blanca que le cubría los genitales. Su abdomen plano, ligeramente marcado, daba paso a unos pectorales definidos y un par de pezones oscuros y anchos que desee poder lamer despacio hasta hacerlos endurecer. Mi erección definitivamente no disminuyó, y por el contrario, pareció endurecerse más todavía con la vista de aquel hermoso ejemplar masculino.

Comencé a descender de nuevo por aquel cuerpo dorado cubierto de aceite y como si el cielo hubiera oído mis oraciones, el tipo del balcón dejó el vaso en el piso y se secó la mano húmeda con la toalla blanca que lo cubría, descubriendo momentáneamente la única parte de su anatomía que no había podido ver todavía. Me quedé sin aliento. Su pene, moreno y también cubierto de aceite descansaba sobre la mullida cama de un par de gordos y peludos huevos. Su glande relucía, ancho y suave, y la verga debería de tener una semierección, porque se notaba gruesa y pesada colgando hacia uno de sus costados.

Un deseo más se formó en mi mente. Daría cualquier cosa por ver a este tipo masturbándose, sobándose su lustrosa verga con una mano para que yo pudiera disfrutarlo. Por supuesto, ajeno a mis deseos, volvió a cubrirse con la punta de la toalla, y sólo la maraña negra de los pelos de su pubis asomaba bajo la tela. Ya no miré más hacia la playa, me concentré única y exclusivamente en aquel hombre y el bello órgano que ocultaba entre las piernas. Me intrigaba su rostro, que no podía mirar, y en mi imaginación, lo doté con una hermosa cara a juego con su linda verga y su cuerpo esbelto y sensual.

Mis calzoncillos ahora estaban estirados al máximo y con duras penas lograban contener mi creciente erección. Dejé escapar la punta de mi pene sobre el elástico y me acaricié el glande con un dedo sin dejar de observar al hombre del balcón. Como algo sobrenatural, vi que el tipo retiraba la toalla solo un poquito, dejando asomar el glande, y hacía exactamente lo mismo que estaba haciendo yo, y con un solo dedo se acariciaba la punta brillante y roma de su pene, ligeramente más gordo bajo la tela que lo cubría. Que coincidencia, pensé, y la calentura subió algunos grados más en mi cuerpo.

Ambos, acariciamos nuestros respectivos glandes y nuestras vergas se hincharon más todavía. La mía ya estaba a todo lo que daba, y la de él, parecía continuar creciendo bajo la tela. Sin pensarlo, dejé de acariciar el glande y me apreté el tronco completo sobre la tela de mis calzoncillos. Como en un espejo, el tipo del balcón se apretó el tronco del pene sobre la toalla blanca que lo cubría. No puede ser, pensé, de alguna forma estamos conectados. Como prueba, deslicé mis calzoncillos hacia abajo, dejando que mi verga asomara totalmente fuera en su gloriosa erección. El tipo del balcón alejó la toalla como respuesta, y su verga, ahora si majestuosamente erecta, se mostró ante mis ojos voraces que la acariciaban igual que el sol. Increíble, deduje, y como última prueba, bajé la mano y acuné mis huevos en ella, apretándolos suavemente, haciéndolos hincharse y revelarse bajo el apretón acariciante de mis dedos. En el balcón vecino, el tipo acunó sus peludas bolas de idéntica manera y supe que aquello ya no era ninguna coincidencia, y por supuesto ningún milagro.

El tipo debió de imaginar que por fin había descubierto su broma y me sentí abochornado de mi e

stupidez. La mano izquierda del tipo salió entonces de entre la sombra, permitiéndome observar que él también contaba con un buen par de binoculares, y que llevaba observándome el mismo tiempo que yo a él.

De cualquier forma, la escena no dejaba de ser excitante. Por el contrario, ahora se añadía un nuevo factor que aceleró mi sangre, ya de por sí bastante alterada. Yo también era observado. Alguien que no conocía disfrutaba y se excitaba de ver mi verga erecta y mi cuerpo desnudo. Ahora el juego era otro y me lancé de lleno en él.

Me puse de pie y me quité los calzoncillos. Totalmente desnudo, con mi verga erecta apuntando hacia arriba me di vueltas lentamente, dando tiempo a que el tipo pudiera verme bien, de frente, de costado, de espaldas. Después de unos minutos, tomé los binoculares y lo enfoqué. El tipo del balcón se puso también de pie y lo vi desnudo y hermoso de cuerpo entero. Su cara seguía estando en las sombras, y eso me desesperaba, pero no había forma de hacerle entender eso, y me conformé con disfrutar de su pene erguido y la hermosa forma en que sus huevos colgaban debajo de él. Al darse la vuelta descubrí su magnífico trasero, firme y marcado, rematando de forma gloriosa un par de finos muslos y una esbelta espalda.

Cuando terminó de girar, se acostó de nuevo, pero esta vez, boca abajo. No perdí detalle de sus movimientos, y excitado comprobé que se movía como si se estuviera cogiendo a alguien. Su cadera subía y bajaba sobre el imaginario amante y la forma en que su culo se mostraba y se ocultaba en el vaivén logró excitarme más todavía. Después abrió las piernas totalmente, dejándome observar la maravillosa vista de sus testículos aplastándose sobre el camastro y como si no fuera suficiente, sus manos viajaron hacia atrás, hasta tocar sus propias nalgas y de una forma obscena y despreocupada las separó, mostrándome su agujero secreto y húmedo sin ninguna inhibición. Casi tengo un orgasmo allí mismo. Estaba en el límite, y él parecía saberlo, porque se detuvo y dándose vuelta tomó los binoculares. Era mi turno.

Intenté hacer los mismos movimientos que había hecho él. Me acosté boca abajo y simulé una cogida. Mi pene se restregaba ansioso contra la áspera tela del camastro y estuve a punto de venirme, pero me contuve. Cuando llegó el momento de abrirme las nalgas y exponer mi ano a su mirada, me sentí excitado como nunca antes me había sentido. Sé que tengo un buen culo, me lo han dicho los amantes masculinos que he tenido, que no son muchos, pero sí suficientes. Consciente de esto, me acaricié las nalgas con mis manos calientes y sudorosas. Me abrí para él, dejando que viera con detalle mi agujero rosado y el vello fino y castaño que baja por entre la raja de mis nalgas y lo rodea completamente. Imaginé que el tipo se masturbaba mientras me miraba y me sentí perverso, pero la lejanía del balcón hacía que me sintiera seguro y de alguna forma me sentía libre para hacer cosas que antes no me había atrevido a intentar.

Cuando terminé de mostrarme me enderecé, sentándome mientras tomaba los binoculares. El tipo del balcón, tal como había imaginado, se masturbaba de forma lánguida. Su verga estaba hinchada y dura, y el glande asomaba entre sus dedos mientras la mano subía y bajaba por su engrasado tronco.

Mientras tenía enfocada su verga y la mano con que la acariciaba, el tipo del balcón soltó la verga y me mostró cuatro dedos, cerró la mano en un puño y ahora me mostró tres dedos, volvió a cerrar, y cuatro de nuevo. No entendí lo que quería, hasta que junto a su verga apareció un pequeño celular. Quería que lo llamara por teléfono y me estaba indicando el número. Memoricé la secuencia, tratando de decidir si era prudente llamarle o mejor no hacerlo. Me ganó la calentura y tomé mi propio celular para marcarle.

El timbré sonó una sola vez y una voz profunda y masculina me atendió.

– No quiero nombres, ni datos personales – fueron sus primeras palabras.

– De acuerdo, – acepté.

– Quiero que sostengas tu celular con una mano y con la otra hagas lo que yo te diga – continuó.

– Sí, pero no …. – empecé a decirle.

– Nada, no quiero explicaciones, sólo obed&e

acute;ceme y cállate.

Ya no contesté, sólo asentí con la cabeza y él debió verme desde su balcón, porque dijo:

– Así me gusta. Ponte de pie, y date la vuelta. Quiero ver ese hermoso trasero blanco que tienes.

Me puse de pie nuevamente sin soltar el celular. Si alguien más podía verme no me importaba, solo quería complacer al sujeto del balcón.

– Brinca un poco – me ordenó – quiero ver como se agitan esas nalgas.

Salté. Pensé que tal vez eso era algo estúpido, pero tampoco me importó. Mis nalgas bailaron con el movimiento, lo mismo que mi verga dura y mis huevos. Los sostuve con la mano libre mientras continuaba dando pequeños saltos.

– Ahora quiero que te empines sobre el camastro y subas bien la cola para echarle un buen vistazo.

Me puse de rodillas y bajé la cabeza hasta recostarla, dejando la grupa arriba. Mis nalgas se abrieron con el movimiento, dejando asomar un poco de mis testículos aprisionados entre los muslos.

– Qué rico par de huevos aparecen por allí. Con gusto te los mordería y lamería, papacito. Abre las nalgas, quiero ver con todo detalle tu agujero peludo.

Obedecí, separando más las piernas y con la mano libre, jalé la nalga derecha para que pudiera ver mi ano.

– Ahora quiero que mojes tus dedos con saliva y te acaricies el hoyo para mí.

Lo hice. Lamí mis dedos y los llevé hasta mi culo, acariciando el borde rosado frente a su mirada.

– Métetelos dentro – susurró sensualmente en mi oído – siéntelos entrar en tu culo caliente.

Me los metí. Ya lo había hecho antes, pero nunca había sentido como ahora, cuando sabía que lo hacía para alguien más y porque me lo habían ordenado. Mi conducta servil me tenía sorprendido.

– Se nota que te encanta que te piquen el hoyo, papacito. Sé que ansías algo más grande y gordo. Mete otro par de dedos – ordenó.

Me metí un dedo más, y luego otro. Tres de mis dedos entraban y salían de mi culo ahora.

– Esto me está poniendo muy caliente – confesó – quiero que te metas algo más grande. Tienes algún consolador?

– No – contesté en un breve murmullo.

– Busca algo entonces – dijo en forma autoritaria.

Empecé a retirar mis dedos, y el teléfono tronó:

– No te di permiso para sacarte los dedos del culo. Ponte de pie y busca algo, pero no te saques los dedos del culo. Te estaré vigilando.

Sabía que dentro de la habitación no podría verme, pero inexplicablemente no desobedecí. Con lo incómodo que pueda parecer, entré en la habitación, sosteniendo el celular con un hombro y caminando con los dedos de la mano metidos en el culo. En el baño lo mas parecido a un consolador que encontré fue el tubo de crema de afeitar, que era largo y cilíndrico, así que sin pensarlo mas lo tomé y salí al balcón nuevamente.

– Ya veo, puto goloso, – dijo al teléfono en cuanto aparecí de nuevo en el balcón – te conseguiste el frasco más largo y grande que encontraste. Bien. Mójalo con tu saliva y lentamente métetelo en el ano. Hazlo despacio. Quiero que imagines que es mi verga dura penetrándote.

Lo hice. Mojé el frasco con saliva y lo acerqué a mi culo. Me lo empecé a meter. Jamás había hecho una cosa así. Sentí que era algo degradante, pero lo estaba disfrutando y no me quise detener. La base del frasco presionaba mi esfínter, me lastimaba, y no lograba meterlo.

– Qué pasa?, cariño, tu culito está muy apretado?

– Sí – contesté casi en un murmullo.

– Pues reviéntate el culo – me gritó en el oído – no me vengas con esas. Sé que te han metido cosas mas gruesas y más largas. Se te nota a leguas que te encanta la verga y que estás acostumbrado a recibir eso y más por el culo. Déjate de tonterías y métetelo hasta el fondo – ordenó.

Sus palabras me hicieron brincar, no sé por qué, y sin vacilaciones me metí de lleno el tubo de crema hasta la mitad. El dolor momentáneo y sorpresivo tuvo un efecto inmediato en mi pene, y sentí que podía venirme en cualquier momento.

– Así, papacito, – dijo cariñoso nuevamente – así es como me gusta, date por el culo, s

iente el fierro abrirte las nalgas, piensa que es mi verga, caliente y cabezona traspasando tu ano, rosado y abierto para mí.

El teléfono quedó sobre el camastro y me oreja pegado a él, mientras con una mano me metía y sacaba el tubo en el culo y con la otra empecé a masturbarme frenéticamente.

– Eso, así es, sigue, continua, – dijo jadeante – quiero verte mientras te vienes, quiero ver tu culo abierto y traspasado, quiero verte venir! – gritó en un espasmo que reconocí de placer -. Me estoy viniendo! – me informó.

Eso disparó mi propio orgasmo y el placer contrajo mi esfínter y eso incrementó el placer y entré en una espiral sin fin que me llevó hasta lugares y sensaciones tan fuertes y claras como el implacable sol que iluminaba el día.

Los jadeos al otro lado de la línea sonaban tan satisfechos como los míos y desmadejado y laxo dejé que pasaran unos segundos para poder recobrar las fuerzas necesarias para levantarme. Cuando lo hice, tomé los binoculares inmediatamente. Quería verlo, quería constatar que él había gozado tanto como yo. Quería ver su cuerpo desnudo y satisfecho después del placer.

Pero el balcón estaba vacío.

– Dónde estás? – le pregunté al teléfono.

– Dentro de mi habitación – me contestó con aquella voz profunda y rica.

– Sal un momento – le pedí tímidamente – déjame verte.

– Para qué?, no tiene ningún caso.

– Por favor, – le rogué – sólo quiero ver tu cara. Me muero por ver tu cara.

– Ya la verá usted, doctor – me dijo – le prometo que la verá muy pronto.

Y colgó.

Mil ideas pasaron por mi atropellada mente. Sabía que yo era un doctor. Debería de ser uno de los asistentes a la convención. Sabría mi nombre también?, me conocería desde antes?. Me sentí lleno de angustia. No es que me importe mucho que la gente sepa o no sepa sobre mi sexualidad, pero tampoco me interesa mezclar mi vida profesional con estas cosas. La duda me mataba.

Y me sigue matando, porque han pasado ya tres semanas desde aquel viaje y no he podido descubrir la misteriosa identidad del tipo del balcón. No hay día que no repase de arriba a bajo a cuanto doctor amigo, conocido o desconocido se topa conmigo en el hospital. Trato de imaginar si ese cuerpo bajo la bata blanca será el de él, si la voz de cualquier hombre al teléfono pudiese ser la suya, y aún tengo la esperanza de que cualquier día de éstos, en el momento más inesperado, desde algún balcón me llamará.

Si te gustó, házmelo saber.

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