Juan mira como humillan a su novia delante de su hijo

Juan es un joven soltero que vive en España, navegando por internet, llegó a hacer amistad con una mujer de México, ella creo que se llamaba María del Mar, vivía sola con su hijo, tras unos meses hablando por skype, empezó a surgir algo más entre ellos, ella era bastante guapa, tenía una delicada piel blanca como la nieve que contrastaba con su pelo negro, ella estaba desconfiada, hay mucho loco por ahí, pero el ya se imaginaba a su esposa y pensaba hacerla feliz y quería ser como un padre para el muchacho, su padre real era un celoso maltratador, y ella deseaba largarse lejos de ese hombre que aporreaba su puerta borracho.

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Vacaciones en Ibiza

María se puso con las piernas abiertas a tomar el sol, sin importarle que los chicos tuviesen una privilegiada visión de su coño. Mientras ella se bronceaba yo me di un pequeño paseo, desde cierta distancia observé como los tres muchachos miraban sin disimulo a mi novia, tenían una espectacular visión de su raja sonrosada, brillante y la cavidad de su vagina.

 

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Al otro lado del cristal

–¿Cómo quieres que me vista, amor? –le pregunta Ana al desconocido, al otro lado del celular.

Después de escuchar las últimas solicitudes de su próximo amante ocasional, Ana cuelga el teléfono. Son las diez de la mañana. Tiene cerca de dos horas antes de su encuentro, así que aprovecha para lavar los trastes, dejar tendida la cama y alistarse. Cuando termina, se da una ducha. Le permite al agua sus caricias tibias. Después, sale y se arregla. Desnuda, elije la ropa que el extraño le pidió y de frente al espejo de su cuarto, comienza a vestirse. Se coloca la tanga oscura y el sostén que la acompañará. Desliza por sus piernas la minifalda escocesa de color rojo y la contempla. Es muy corta; demasiado corta. Sonríe, así es como le gustan. Se coloca su blusa negra de mangas y se mira el ombligo descubierto. El piercing es brillante y lucirá muy sexy así. Ahora los tacones. En esta ocasión, serán descubiertos y de correas. Le gusta cómo resaltan sus tobillos y marcan sus muslos en cada paso que da. Ahora, se mira completa y se siente húmeda.

Ana tiene veintisiete años. Su cabello negro le cae como cascada por debajo de los hombros, casi a la altura del omóplato. Es delgada y de piel morena clara; procura cuidarse pero no es una mujer obsesionada con el ejercicio. Y sus piernas… sus piernas torneadas que siempre han sido la fijación de los hombres. Ana recuerda que desde muy jovencita le gustó lucirlas; por ello, ha usado faldas cortas todos los días desde entonces. “Once años para ser exactos”, piensa divertida y se sonríe. Se detiene un momento para contemplarse y respira. “Bien, ahora el maquillaje”. Algo sencillo y sutil; algunas sombras en los ojos, un labial que no llame mucho la atención y listo. Ana toma su bolso y sale del departamento.

Camina por la calle hasta la parada del camión, sabiendo que los hombres a su alrededor le acarician las piernas con sus miradas lascivas. Ana sonríe. Aquella sensación le excita. Se detiene en la esquina y mientras espera al autobús, piensa en las últimas dos preguntas que le hizo el chico con el que se encontrará.

–¿De verdad no cobras por esto?

–No –había respondido ella.

–Y cómo es que teniendo novio haces estas cosas.

Ana sabía la respuesta.

–Porque me gusta ser una puta –contestó–, por eso nada más.

**********

Cuando Ana entró a la preparatoria sintió que un mundo nuevo se abría ante sus pies.

Ana vivía con su madre y con su hermano, quien era cuatro años más chico que ella. En aquel entonces, no llevaban una buena relación y pasaban la mayor parte del tiempo en silencio. Por otro lado, Ana casi nunca veía a su madre. Era una mujer muy ocupada para estar con ellos. Después del divorcio, ella se dedicó a trabajar, mientras su padre se regocijaba con su amante juvenil en algún lugar de Estados Unidos. Por ello, Ana y su hermano tuvieron que aprender a resolverse las cosas por sí mismos.

Ana resultó ser la sensación para los chicos de su clase y para los de último año. Era la única que iba con minifaldas todos los días y su coquetería natural, le ayudaba a tener siempre con quien platicar.

Conoció entonces a un chico del sexto semestre que se llamaba Lalo. A las pocas semanas se supo que Ana y Eduardo eran novios. Él se mostraba siempre protector y cariñoso, detallista y seductor. Ana estaba enamorada. Pero conforme fue pasando el tiempo, la insistencia de Eduardo respecto al sexo se incrementaba cada vez más. Sin embargo, ella tenía cierto temor que, a la hora de la hora, no la dejaba avanzar. Aquello fue irritando a Eduardo, tanto que en una ocasión, amenazó con dejarla. Ana le pidió que reconsiderara, lo intentaría de nuevo la próxima vez. Y así fue. Lo intento. Y volvió a fracasar. Eduardo, desnudo por primera vez ante ella, estaba completamente furioso y le dijo que ese era el fin. Llorando, Ana le pidió su comprensión y admitió abiertamente que sí quería pero tenía algunos miedos de por medio. Él no cedió. Entonces, Ana hizo algo que no se había imaginado hacer: se arrodilló ante su novio. Y le suplicó.

Eduardo vio una oportunidad. Acarició el cabello de Ana y la atrajo hacia su pene, que aún no perdía por completo su rigidez. Ella sintió un temor que le recorrió el cuerpo y supo lo que Eduardo quería. Eduardo le pidió que le diera su mano. Ella lo hizo. Acarició los dedos de Ana y los llevó a su pene. Ana quiso retirar la mano, pero la apretó ligeramente y ella comenzó a ceder. Con movimientos lentos, comenzó a masturbarlo. Después de algunos segundos, Eduardo volvió a jalar a Ana hacia su pene y entonce sí, ella lo vio muy, muy cerca de su rostro. Ana dudó, pero algo dentro de ella quería acercarse. Entonces lo hizo, y con cierto temor aún, le dio un ligero beso al pene de Eduardo, quien se estremeció. Ella sacó su lengua y lo probó. Se acercó cada vez y de pronto, se lo metió completo a la boca. Aquel miembro invasor dentro sus labios, le produjo una sensación que la excitó muchísimo y sin darse cuenta, Ana se encontró a sí misma masturbando y mamando la verga de su novio sin poder detenerse.

Eduardo comenzó a jadear.

–¡Me vengo, me vengo! –Exclamó.

Al no saber qué hacer, y para evitar otro percance, Ana siguió haciendo su labor. De pronto, los gemidos de su novio se convirtieron en un grito y estalló. Ana sintió la descarga de un líquido espeso y tibio que le cubría toda la boca. El pene de su novio se sacudía dentro de ella. “Esto es maravilloso”, pensó Ana y saboreó el semen de su novio. El sabor le resultó tan placentero que la hizo tener una sensación cálida y húmeda entre las piernas. Su cuerpo entero se estremeció. Ana supo, que desde aquel momento, sería una adicta a aquella sustancia blanca y ajena. Había disfrutado tanto la ocasión que la siguiente vez que lo intentaron, Ana pudo finalmente hacer el amor con su novio. Por segunda ocasión, Eduardo había terminado en su boca. Fue aquella tarde cuando Ana descubrió un mundo nuevo, un mundo de lujuria y pasión. Eduardo había sido tan dulce que se sintió de verdad amada y protegida. Sin embargo, algo inesperado sucedió.

Después de aquella tarde de viernes, Ana había intentado llamarle durante el fin de semana sin lograr hablar con él. “No importa”, se dijo con ternura y esperó con entusiasmo al lunes para verlo y decirle cuánto lo amaba. Pero Eduardo no la había buscado en toda la mañana y lo que fue peor: cuando Ana fue a buscarlo en el receso, encontró a Eduardo abrazando a una de sus compañeras.

Durante las siguientes semanas, Ana buscaba desesperada a Eduardo, pero él la ignoraba, se escondía de ella y no le contestaba el teléfono. Hasta que sucedió lo que tenía que suceder.

Una tarde, Eduardo se encontraba en casa con dos amigos más. De pronto, tocaron a su puerta. Eduardo abrió y se encontró de frente con Ana. Aquella imagen lo incomodó muchísimo. Ana estaba llorando. Ella le preguntaba que qué había pasado, que si había hecho algo mal, que la perdonara, que… los amigos de Eduardo miraron desde el sillón.

Eduardo no aguantó y la hizo pasar a la casa, guiándola al piso de arriba. Los dos amigos no pudieron evitar sonreírse cuando la vieron desde abajo mientras la chica subía los escalones. Su minifalda les dejó ver la ropa interior de color blanco y parte de sus nalgas redondas.

–Qué buena está la vieja del Eduardo.

–¡Shh! Creo que ya no es su vieja.

–¿No?

–No… a ver, vamos.

Cuando se aseguraron de que el cuarto de Eduardo quedó completamente cerrado, subieron con sigilo para espiar. Mientras tanto, al otro lado de la puerta, Ana le rogaba a Eduardo por una explicación. El chico no sabía qué decir, o más bien no sabía cómo decirle la verdad. ¿Acaso tenía otra novia y no se lo había dicho? “No, no era eso”, le dijo una voz muy dentro de él. “Tú sabes que sólo querías cogerte a esta niñita, la más sexy de toda la escuela. Tú has hecho lo que nadie más”.

Entonces, Ana se arrodilló desesperada y comenzó a desabrocharle el pantalón.

–¿Qué haces? –Preguntó Eduardo, tratando de apartarse.

–Déjame demostrarte que te quiero –sollozaba ella.

De alguna manera, Ana logró desabrocharle el pantalón, se acercó y de un solo movimiento, bajó el boxer y sacó el pene de Eduardo. Entonces, se lo llevó a la boca y comenzó a chupárselo. Eduardo fue cediendo ante aquella sensación.

De pronto, la puerta se abrió. Ana vio entrar a los dos amigos de Eduardo e intento quitarse de esa posición para que no la vieran. Sin embargo, Eduardo la tomó del brazo y le impidió que se levantara.

–Dice Omar que ya no es tu vieja.

–Depende de ella –respondió Eduardo.

–¿Qué quieres decir? –Preguntó Ana, alarmada, mientras los dos chicos se ponían junto a Eduardo, frente a ella.

–Que te vas a tener que esmerar para convencerme.

–¡A qué te…!

Entonces, los dos chicos desabrocharon sus pantalones. Ana supo que la pregunta estaba de más.

–No, no, Eduardo, no me hagas hacer esto…

–Anda, nena –dijo él acariciando su cabello– Hazlo por mí… por nosotros.

Ana vio que dos penes extraños se acercaban poco a poco hacia su rostro y comenzaban a hacerle caricias en las mejillas. Ella intentaba apartarse, pero Eduardo hacia presión, sin lastimarla, sobre su cabeza

–No, por favor… –sollozaba ella, mientras la mano de su novio, le giraba la cara hacia la derecha. Su amigo se acercó más y su pene erecto hizo contacto con los labios de la chica. Comenzó a empujar suavemente y Ana no tuvo más remedio que abrir la boca y recibir a aquel nuevo invasor. Mientras tanto, sus manos se dedicaron a trabajar sobre el pene de Eduardo y el de su amigo.

Ana comenzó a sentirse excitada y así arrodillada, fue quitándose la ropa. Entonces hicieron con ella lo que quisieron. Ana no supo de quién era el pene que la penetraba en la vagina, de quién era el que estaba en su boca, de quién el que estaba dentro de su culo. Ana cerró los ojos y se entregó por completo. De pronto, sus amantes cambiaban de posición y ella tenía nuevas sensaciones, nuevos orgasmos, nuevos sabores.

–Qué rica está tu vieja –dijo alguien.

–Ella ya no es mi vieja –respondió Eduardo–, yo no ando con putas.

Y entonces, los tres chicos se rieron a carcajadas, burlándose de ella. Ana, mientras era cogida por ellos, sintiendo un placer físico que no tenía límites, sintió que en su pecho el corazón se le hacía pedazos. Aún sabiendo que la estaban usando y que Eduardo la había engañado, la lujuria extrema que le invadía la obligó a someterse a sus amantes. Al final, todos y cada uno de ellos, terminaron en la boca de Ana y sentir tanta cantidad de semen, la hizo incluso llegar al orgasmo.

–Vete –le espetó el chico–, tú y yo, ya no somos nada.

Humillada, y con sentimientos encontrados, Ana sólo tuvo fuerzas para tomar sus cosas, vestirse con rapidez y salir corriendo de la casa. A los pocos meses, Eduardo y sus amigos terminaron la preparatoria y Ana no volvió a saber de ellos.

Aquella tarde, Ana se encerró en su habitación y tomó una ducha caliente. Dejó que el agua la acariciara por completo y se quedó durante unos minutos ahí, como ida, como perdida en su interior. Al cabo de un rato, se dio cuenta de dos cosas que ahora estaban claras para ella: tenía el corazón roto y tardaría en sanar; el engaño y la degradación física no se irían tan fácilmente. “Me siento ultrajada”, se dijo, “pero no puedo negar que me gustó ser la puta de varios hombres”. Ana supo que ya nada sería igual. “Eso soy y eso quiero ser”, se dijo. “Soy Ana y soy una puta”.

Entonces, comenzó a llorar.

**********

Ana aborda el camión. Le toca irse de pie una parte del camino. No le extraña que no le cedan el lugar.

–¿Sí le van pasando para atrás por favor? –Dice el chofer.

La gente se recorre y se acomoda a lo largo del pasillo. Los hombres observan a Ana, algunos con disimulo, otros con descaro. A ella no le importa; de cualquier manera es muy excitante. De pronto, algún hombre pide permiso para pasar. Ana siente como se restriegan contra sus nalgas. A veces, alguna mano extraña le roza los muslos o descaradamente se introduce por debajo de su falda. Siente las caricias; a veces son suaves, otras apresuradas y a veces forzadas.

Ana se sienta junto a un chico más joven. Ella mira hacia la ventana y de pronto siente la mano del chico sobre su muslo derecho. Lo está acariciando. Ana sonríe y lo deja seguir pero decide no voltear a verlo. Prefiere pensar en su amante. ¿Cómo será? Desde hace algún tiempo, Ana gusta de buscar chicos por Internet. Elije a alguno a través del chat y queda con él para verse en algún lugar público. Por lo general, juega a que es su novia. Comparten muchos besos y caricias. Ella suele sentarse con las piernas abiertas para enseñar su ropa interior. Le gusta ver la cara que ponen a su alrededor. A veces, cuando están por subir al auto, el chico en turno la abraza, la besa y desliza sus manos hacia las nalgas de Ana. Sube la minifalda y acaricia sus muslos desnudos así a los ojos del público. Ya en el hotel, Ana es una chica sumisa. Le gusta de todo, menos las cosas dolorosas y “raras”. Suele complacer a los chicos. A veces le piden, previamente, sexo anal y ella accede. Más allá de eso, nada. Pero eso sí, la única condición que ella pone: “Cuando termines, hazlo en mi boca”. Ana se considera adicta al semen, disfruta del sabor y la textura, y siente un inmenso placer al recibirlo, más si es de un extraño al que, probablemente, no vuelva a ver.

Ana recuerda que durante la preparatoria, después del incidente con Eduardo, se dedicó a salir con varios chicos. No volvió a tener novio en ese periodo pero sí algunas aventuras. En la universidad, Ana conoció a Manuel, quien se volvería su amigo con derechos. Tuve otros, sí, pero con Manuel era distinto. Era un gran amante y compartían sus experiencias con otras personas.

Ana tuvo un trabajo en una agencia de publicidad. Ahí, conoció a uno de los clientes jóvenes y prometedores, un arquitecto en vías de iniciar su carrera. Se trataba de Miguel, su novio actual. De alguna manera, Miguel y Ana se enamoraron y al paso de los meses, se fueron a vivir juntos. Ana dejó de ver a sus amigos cariñosos; creyó que aquella etapa había terminado y se entregó por completo a Miguel.

Ana y su novio tenían una vida sexual plena y el acuerdo era que, siempre que estuvieran en el departamento, Ana estaría desnuda en todo momento. Aunque no se tratara de un momento íntimo e hicieran lo que hicieran, ella se quedaba sin ropa y a veces, podía estar así durante todo el día si no salían a la calle.

Con el paso de los meses, el trabajo de Miguel le exigió mayor demanda de tiempo y comenzó a estar muchos días fuera de la ciudad, viajando a las obras que llevaba a cabo el despacho de arquitectos donde trabajaba. Coincidió, también, que Ana se quedó sin trabajo y se dedicó a la labor del departamento y a sus asuntos personales: la lectura, el ejercicio, el Internet y algunas otras cosas que la mantenían ocupada.

Al principio, resintió mucho la ausencia de Miguel y en el sexo, tuvo que acudir a su propio placer. A veces, Ana podía estar viendo imágenes eróticas en la red y masturbándose con intensidad. Poco a poco, fue buscando otras formas de entretenerse y acudió al cibersexo con personas de otros lugares, completamente desconocidos entre sí. Ana creyó que no tenía nada de malo. Fingían ser novios interactivos, tenían “sexo”, se escribían cosas y si quería, los borraba de su lista de contactos.

Fue en ese entonces cuando Ana se reencontró con su viejo amigo Manuel y bastó una salida a tomar café para que Ana se entregara de nuevo a sus placeres. Aprovechando que su novio pasaba mucho tiempo fuera, y aunque lo quería mucho, Ana se dio cuenta de lo que en realidad le gustaba ser: una puta.

Al principio, Ana salía con amigos y personas conocidas. Después, fue conociendo y entregándose a los desconocidos en las discotecas y más adelante a través del Internet. Tal era el caso del chico de hoy. La sensación de estar con alguien desconocido era algo excitante para ella. Se habían descrito físicamente, Ana le dijo lo que le gustaría hacer, escuchó las peticiones del chico y quedaron para esa misma mañana. No se dijeron sus nombres, se reconocerían por la ropa. Él llevaría una camisa blanca y jeans azules. Era alto y delgado. Se encontrarían a la puerta de un café y dejarían que todo fluyera según el ritmo de las cosas.

El chico que está al lado de Ana en el camión se levanta. Ana no lo mira pero sonríe, como agradeciéndole por las caricias sobre sus muslos. Ana introduce su mano entre las piernas y se descubre húmeda. Comienza a acariciarse. Suspira. Mira hacia la ventanilla y después cierra los ojos. En lo que llega a su encuentro, Ana piensa en aquella última ocasión que vio a Manuel, antes de que el chico se fuera a otro país por cuestiones laborales.

**********

Manuel era un chico agradable e intenso, así lo definía ella. Habían compartido muchas cosas juntos, eran cómplices de sus aventuras. Ana se preguntaba algunas veces cómo había sido que, conociéndose tan íntimamente bien, nunca se hubieran enamorado. Tal vez, eso era lo que hacía funcionar la relación.

Pues resultó que Manuel le dio la noticia de que lo transferían a otro país, así que deseaba pasar algún tiempo con ella. Coincidió que era el cumpleaños de Ana y en alguna ocasión, le había contado a Manuel una fantasía que hasta ese momento no había podido realizar. Aquella última vez, Manuel tenía la sorpresa perfecta.

Manuel la invitó a casa de unos amigos suyos a las afueras de la ciudad. Le dijo que sería de sábado a domingo.

–Vente muy sexy –le había dicho.

Ella no tuvo problema. Habló con su novio, quien para variar estaba fuera de la ciudad, y le dijo que saldría con unas amigas y que pasaría la noche fuera de casa. Todo en orden. Manuel pasó por ella y tomaron la carretera hacia la casa de “las amigas”.

Ana se veía tremendamente sensual. Traía puesta una minifalda negra muy ajustada que apenas le cubría el trasero, zapatillas de tacón, top negro y tanga de color blanco. Tenía el cabello suelto y sombras ligeras en los ojos. Durante el trayecto, Manuel aprovechaba para acariciarle los muslos y de vez en vez, se regalaban un beso tierno y apasionado.

Al cabo de unas horas, llegaron al lugar. El clima era caluroso. Era una casa con un jardín que rodeaba la estructura y en la parte posterior tenía una piscina. Ana escuchó voces.

–¿Y eso? –preguntó sorprendida.

–Es una sorpresa –respondió Manuel con un beso en su mejilla.

Así, tomados de la mano, Ana y Manuel cruzaron a la parte de atrás.

–¡Llegó la festejada! –exclamó un chico.

Entonces, aplaudieron. Ahí, frente a ella, había ocho hombres, amigos de Manuel. La única mujer era ella.

–¡Bienvenida, princesa! –dijo el chico–. Yo soy Roberto y ésta es tu casa… cuando gustes.

–¿Mani? –le preguntó Ana a su amante.

–Bueno –dijo Manuel–, esta es una fiesta privada para ti por ser tu cumpleaños y, pues, como me dijiste alguna vez que tu fantasía era estar con varios hombres pues…

–¿Es en serio? –insistió Ana. En verdad estaba sorprendida. En unos momentos, sintió la adrenalina en todo su cuerpo, se puso nerviosa, no supo bien a bien qué decir. Lo único cierto era que de inmediato, Ana se sintió sumamente húmeda.

–Es cierto –dijo Manuel–. ¿O no, chicos?

–¡Sí! –dijeron ellos.

–Tómate algo y relájate, preciosa –dijo Roberto, extendiéndole una cuba–, siéntate acá con nosotros.

Ana se acercó adonde estaban los demás y se sentó en una silla. Su falda era tan corta que todos pudieron apreciar su ropa interior de color blanco. Sus muslos parecían brillar con la luz del sol; lucían suaves y hambrientos de caricias. Ana se sentó con las piernas ligeramente abiertas y así se quedó. Pudo sentir las miradas lujuriosas de los chicos. Durante un rato, ellos platicaban y Ana escuchaba y reía. De vez en cuando comentaba algo y aunque estaba muy sonriente, no podía evitar sentirse nerviosa. A veces, alguno de ellos pasaba y le acariciaba una pierna. Otro la abrazaba y le daba un beso en la mejilla. Aún con los nervios, Ana estaba muy excitada y el calor que su bebida producía en su cuerpo, fue ayudándola a relajarse. Así, con el paso de las horas, fue sintiéndose más en confianza. Manuel notó que ella se relajó cuando abrió por completo las piernas para quedarse en esa posición. Entonces, se acercó. Acarició su mejilla y la besó apasionadamente en la boca. Deslizó su mano a las piernas de Ana, acarició los muslos y la subió. Ana sintió que Manuel apretaba su vagina húmeda y que la acariciaba en círculos, y no pudo evitar emitir un ligero gemido de placer.

–¿Y para nosotros no hay besos? –preguntó alguien. Los demás exclamaron “sí, sí, sí” y Ana y Manuel se rieron.

–¡Oigan, oigan! –dijo Roberto–. La verdad es que Ana ya se siente más relajada y en confianza. Yo opino que la motivemos para que se quite el top.

–¡Sí, sí! –exclamaban todos sin parar.

Ana sonreía nerviosa. Se estaba animando pero…

–Sí quieres yo te ayudo –le susurró Manuel en el oído. Ella asintió.

Suavemente, Manuel se acercó a su rostro y lo llenó de besos en las mejillas. Se miraron un momento y la besó en los labios. Mientras se entregaban al encuentro de sus lenguas, las manos de Manuel descendieron hacia los senos de Ana y los acariciaron por encima de la ropa. Poco a poco, Manuel fue introduciendo sus manos dentro del top, lo levantó y lo deslizó sobre sus hombros. Ana levantó los brazos, sintiendo las caricias de Manuel en su espalda. Aquello la hizo estremecer. Cuando abrió los ojos, se sentía invadida por una excitación nueva al ser observada por tantos hombres. Sus senos eran redondos, pequeños pero firmes. Manuel acarició los pezones, se agachó y los chupó. Ana gimió sintiendo las manos de su amante entre las piernas.

Manuel quiso hacerse para atrás, pero Ana lo retuvo y con besos en la boca lo animó a continuar. Un silencio alrededor se hizo y lo único que había eran miradas sobre ella. Ana puso su mano en el pene del chico por encima del pantalón y comenzó a acariciarlo. Entonces, Manuel levantó a la chica de su lugar, puso sus manos en la minifalda y la deslizó hacia abajo, dejándola sólo con la tanga. Sus nalgas eran redondas, firmes y paradas. Manuel las acarició y removió la parte trasera de la ropa interior. Jugó con ella y de la misma manera, la fue llevando hacia abajo hasta despojarla por completo. Ana se quedó con los tacones, se sentía húmeda, excitada; a partir de ahora, ya nada la detendría.

–Deléitanos a todos, putita –le susurró Manuel. Ana sonrió. Buscó el camastro más cercano y se acostó. Cerró los ojos, abrió las piernas y comenzó a acariciarse todo el cuerpo. Bajó una mano por su vientre y se masturbó delante de todos. Al cabo de unos minutos, Ana gimió y cuando alcanzó el orgasmo, no pudo contener un grito intenso de placer. Por unos momentos, su cuerpo tembló hasta encontrarse relajado nuevamente. Entonces, Ana llevó sus dedos hacia la boca y lentamente, los chupó.

Los chicos se quedaron boquiabiertos. Uno de ellos se acercó y la ayudó a ponerse de pie no sin antes acariciarla y darle un beso en los labios. Ana se quedó desnuda el resto de la fiesta. Hubo mucho baile y todos ellos pudieron ir gozando de sus labios y su piel. A veces, alguno de ellos se la encontraba en un pasillo de la casa, la sujetaba y la besaba mientras recorría su cuerpo con las manos.

En algún momento de la tarde, Ana entró al baño, pero uno de los chicos se escabulló con ella. No la dejó preguntar, sólo se introdujo, la colocó de espaldas al lavamanos y la penetró. Empujaba fuerte y la jalaba del cabello. Ana no supo cómo reaccionar al principio, pero decidió que era mejor entregarse a él. Entonces, comenzó a disfrutarlo y a gemir.

–Desde que te vi, te quise coger –dijo él.

–Entonces, cógeme –dijo Ana–, cógeme así.

–¡Ah, qué rico, putita! ¡Te gusta!

–¡Me encanta!

–No sabes ni mi nombre.

–Tú cógeme. Así, así…

El chico aceleró el paso y comenzó a gemir. Ana se volteó y sentada sobre el retrete, llevó ese pene extraño a su boca y lo dejó eyacular sobre su lengua. Entonces, saboreándolo, miró al chico y se tragó el semen.

–Qué rico, putita.

–Delicioso –dijo ella.

Ana se levantó y lo besó en los labios.

–No le digas a los demás de esto.

–Claro que no, putita –respondió él guiñándole el ojo.

El chico se abrochó el pantalón y antes de salir le dijo:

–Por cierto, me llamo Daniel.

Ana se río.

Fue hasta la noche, cuando dentro de la casa, ella se entregó por completo a esos hombres, todos juntos y a la vez. Ella cerró los ojos y se dejó llevar. De pronto, se veía a sí mismo sobre el cuerpo de alguno de ellos. De pronto, alguien llegaba y la penetraba por atrás. Ana recibía a otro en la boca. Sentía que se salían y que intercambiaban lugar. Ana no supo quién la penetraba por delante, quién por detrás, o a quién le hacía sexo oral. No supo de quién eran los labios, las manos, el cuerpo. No supo cuántas veces había llegado al placer.

Al final, Ana se arrodilló delante de todos y con un vaso de cristal en las manos, los hizo eyacular uno por uno. Cuando terminaron, Ana se levantó y comenzó a bailar de manera muy sensual. Ellos la animaron y entonces, Ana tomó despacio el vaso y bebió todo su contenido. Los chicos le aplaudieron y Ana se sonrío.

–Qué rica eres –dijo alguien.

–Y esto apenas comienza –dijo otro, acercándose y poniéndola de nuevo sobre la mesa.

La noche se prolongó y Ana se dedicó a recibir a aquellos hombres, a sentirlos, a ser su objeto de deseo. Ana se tragó el semen de todos, no una, sino varias y aquello la dejó extasiada; se percibía saciada, llena y viva. Pero al cabo de un rato, la sensación fue abandonándola para entregarla por completo al cansancio. Poco a poco, cada uno de ellos se fue a dormir y ella pasó la noche en una cama. No supo a qué hora la venció el sueño ni si había estado acompañada.

A la mañana siguiente, Ana despertó cansada y adolorida. Manuel la llevó a su casa y durante el trayecto no cruzaron ninguna palabra. Cuando llegó la hora de despedirse, se dieron un beso y Ana descendió del auto. No hubo adiós, no hubo gracias, no hubo sonrisas. Aquella vez, fue la última que vio a Manuel.

Así, al otro lado de la puerta, Ana se quitó la ropa y se dio un largo baño, dejando que el agua tibia la cubriera una y otra vez. Al salir, se secó y desnuda, se acostó en la cama para no salir en todo el día. Ana se abrazó de una almohada. Suspiró. Se aferró más al cojín, buscando unos brazos que le correspondieran. Entonces, cerró los ojos.

Ana comenzó a llorar.

**********

Ana vuelve en sí. Se ha dejado llevar por sus pensamientos y ha tenido un orgasmo prolongado. Abre los ojos. Mira a su alrededor y se da cuenta de que el camión se ha vaciado casi en su totalidad. Nadie la ha visto al momento de terminar. Mira de nuevo hacia la ventana, más allá de su propio rostro, más allá de sí misma. El sol desciende sobre sus mejillas y la hace enfocar hacia el cristal. Por primera vez en todo el trayecto, Ana mira su reflejo. Pareciera como si se estuviera viendo por vez primera. Ana se reconoce. Hasta ese momento, se da cuenta de la tensión que había acumulado durante el camino. Por primera vez, se siente relajada. Ana sonríe. Algo ha pasado en su interior. Mira su propio rostro y pareciera que el reflejo ha adquirido otro semblante, otras facciones, un rostro distinto al de ella, el rostro de un hombre quizá. Entonces, con sus pensamientos, habla con él, tierna y dulcemente.

Existo gracias a ti a través de la hoja. Podría decirse que soy una mujer encerrada tu cuerpo. Podríamos decir muchas cosas. Hasta hoy, nos vemos frente a frente. Me has imaginado, me has soñado, me has llevado a los límites de la perversidad. Me he dejado llevar por las circunstancias, lo he gozado, ha sido muy intenso, pero la verdad, es que nunca me has preguntado qué pienso, qué siento o qué espero de todo esto. La verdad, también, es que yo nunca había hablado sobre el tema. A estas alturas, ya no espero nada, tan sólo que me dejes ir. No es tu culpa; tampoco mía, pero es que yo también quiero dejarte para no volver.

Tardaste mucho en hacer esto; tal vez por miedo, por tu moral prejuiciosa hacia tu persona, tal vez porque no soportabas la idea de que esto te excitara; o tal vez, simplemente, porque yo no quería hablar sobre mí.

Mi vida en el papel ha sido sólo esto. Y lo he disfrutado. Pero hoy, por primera vez, me detengo para aceptar que siempre me he sentido sola. Hoy, existe algo en mí que me dice que todo puede ser diferente. Hoy, por primera vez, me pregunto: “¿para qué todo esto, cuál es el fin, es que no podrá terminar nunca?” Hoy, ya no deseo pensar en lo que pasó, no quiero pensar en Miguel, no quiero estar con nadie, quiero perderme en un lugar en el cual, tú tampoco me encuentres y ser ahí otra de la que he sido hoy. Sí, eso es lo que anhelo. Sé que me estás viendo sonreír. A ti, sí te puedo decir un “adiós”, porque de alguna u otra manera, hemos vivido esto los dos, tú desde ese otro mundo que yo no conozco. Tal vez, ni siquiera me llamo Ana. Hoy, quiero encontrar mi propio nombre. Yo veré este lado del vidrio con mis propios ojos y eso será todo. Adiós, adiós te digo. Adiós. Encontraré la noche oculta de mis piernas y amanecerá en este lado del cristal.

El camión llega a la plaza donde Ana ha quedado con aquel desconocido en el teléfono. El chofer la mira descender. Ana camina hacia el lugar. Los hombres a su alrededor clavan su mirada en sus muslos, en sus muslos morenos y desnudos, en esa minifalda roja que se levanta levemente con su andar y que permite la contemplación de sus nalgas redondas.

Ana sabe que el chico ya debe estar ahí. Pero ya no se pregunta cómo es. Ana tiene otro semblante, otro rostro, otro destino. Ana se desvía y entra a la plaza. Va directamente a su tienda departamental favorita. Mira la ropa, la estudia, la conoce. Hay muchas minifaldas de varios tipos. Ana las ve y les regala una sonrisa. Es una sonrisa coqueta, tierna. Ana sigue hacia el fondo de la tienda y observa algo que le llama la atención. “Sí, eres tú al que vine a buscar”, se dice para sus adentros. Ana se va al probador y cuando sale, lo hace sonriendo. Por primera vez, Ana se ha puesto unos pantalones de mezclilla.

–Me los llevo puestos –le dice a la cajera.

Ana paga y sale de ahí, sale de la plaza, sale de sí misma para entregarse a sus pasos, al camino incierto, a la sorpresa.

Ana camina por una calle solitaria. Ahí, en algún lote baldío, Ana abre su bolsa, avienta su minifalda escocesa y sigue caminando. Sonriendo. Libre. Libre de sí misma, sin ver el lugar donde la falda se pierde para no volver jamás.

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De vuelta a casa

Tenía los pezones completamente excitados y el cuello rojo de excitación. Entró en la oficina y paseó por los pasillos de la tienda de la gasolinera, recogiendo un par de cosas. Después se dirigió a pagar. El operario de la caja no dejaba de mirar la abertura por la que sin duda se atisbaba medio pecho, canalillo y casi hasta el ombligo.

La carretera se hacía larga y no pude por menos que recordar la agitada mañana. Todo había empezado esa mañana en la habitación de la casa de nuestros amigos Joan y Juani. Yo desperté muy caliente tras una noche de intensos sueños sensuales y abracé a Sandy por su espalda, sintiendo su piel en mi pecho, y agarrándome fuerte de sus tetas para acercarla a mí.

Estaba empalmadísimo y el sueño erótico de última hora de la mañana no había hecho más que empeorar la situación. Sandy tenía puesta una camiseta y unas bragas de color blanco, yo vestía sólo bóxer azul marino. Ella comenzó a desperezarse y al sentirme, echó atrás su mano, me cogió la polla y comenzó a masturbarme muy lentamente, separaba muy despacio la piel de mi glande mientras ronroneaba juguetona. Mi polla rozaba la piel de su culo y mientras yo le decía guarrerías susurradas, del tipo:

– Tengo ganas de follarte por todos tus agujeros.- Quiero que seas muy puta.

Cuando intenté bajar la mano de las tetas a sus bragas, saltó juguetona de la cama y me dijo:

-No te vayas a mover de ahí, que en un momento estoy contigo.

La poca luz que entraba por la persiana me permitió ver como se ponía una camiseta de tirantes y abría la puerta rumbo al baño que estaba justo enfrente de nuestra habitación. Yo me entretuve en la espera acariciando mi polla que ya se erguía esperando su vuelta mientras fantaseaba con follarla. El tiempo pasaba y no podía oír ningún ruido, ni del baño ni de otro tipo, y decidí levantarme y quitarme el bóxer mostrando una mediana erección. Abrí la puerta y me asomé discretamente, que tampoco era menester que me viesen de esa guisa, esperando oír a mi mujer en el baño y me encontré que estaba al otro lado del pasillo de espaldas a mí, mirando semi escondida por la abertura de la puerta semi abierta de la habitación de nuestros anfitriones. El pasillo estaba sólo iluminado por la claridad que entraba por esa abertura, prueba que tenían abiertas o parcialmente abiertas las persianas.

La parte inconsciente que tiene mi carácter hizo que saliera al pasillo, desnudo y me acercara a mi mujer, más que nada por la curiosidad de que estaría mirando. Cuando la rocé suavemente dio un respingo y solicitó mi silencio con un dedo. Asentí y miré por encima de ella. Nuestros amigos hacían un 69 encima de las sábanas. Juani, más bajita que Jordi estaba encima y se metía su polla hasta los mismísimos huevos. El se incorporaba de vez en cuando y con esfuerzo hundía su cara en ella. Se oía un ruido de succión muy leve mientras nosotros mirábamos y veíamos en primer plano como la polla de Jordi desaparecía entre el pelo volcado de Juani claramente enfilado a su garganta.

Mi polla adquirió una erección total y observé que mi mujer se masturbaba por encima de las bragas sin perder detalle de lo que ocurría. En silencio comencé a masturbarme también mientras pasaba de mirar a mi mujer al espectáculo que nos daban nuestros amigos. Juani siempre me había gustado, y verla en acción era, además de una delicia, un espectáculo excitante y morboso a más no poder. No podíamos ver bien la cara de Jordi, pero por sus gemidos, no cabía duda de que le estaban dando la mamada de su vida.

Cuando vimos que procedían a cambiar de postura, nos apartamos de la puerta cada uno a un lado mirándonos con complicidad y sin dejar de masturbarnos. Cuando los gemidos, que aumentaban de volumen, intensidad, y que ahora eran de los dos, nos dieron la seguridad de poder asomarnos de nuevo, lo hicimos. Primero se asomó ella y cuando me asintió salí yo. El cuadro era genial. Jordi de rodillas con una pierna estaba detrás de Juani a cuatro patas y la embestía como un poseso, muy rápido y muy fuerte. Paraba unos segundos y volvía a la carga. Juani alojaba su cabeza entre los antebrazos, ofreciéndose por entero y gemía muy alto.

De vez en cuando le decía:

– Fóllame cabrón.

Veía como se movían sus tetas fruto de las embestidas de Jordi, que no se cortaba un pelo, y la cogía del pelo tirando de él con fuerza. Mi excitación era máxima y me iba a correr en cualquier momento. Mi mujer tenía los espasmos propios de un orgasmo enorme y se acariciaba por encima de la camiseta, mientras frotaba su clítoris rapidísimo. Jordi se corrió entonces entre bramidos y dando sonoros golpes con su pelvis en el culo de Juani, que había metido una mano entre las piernas y se frotaba. Mi mujer que ya se había corrido decidió no correr riesgos y se dispuso a abandonar la escena. Yo estaba a medias, pero el riesgo de que nos pillaran allí se iba acrecentar y decidí salir tras ella mientras oía a Juani gemir. Mi intención no era otra que follarme a mi mujer a toda costa. Así entramos en nuestra habitación. Me acerqué a ella y me dijo al oído con cara picaruela:

– Si aguantas hasta el viaje de vuelta sin acabar, te ganas un premio que te gustará.-¿Cuál premio? Dije yo.- Haré lo que me pidas durante el viaje.

Me lo pensé un buen rato, porque mi erección era descomunal, pero mis fantasías eran muy atractivas, así que acepté.

Cuando después coincidimos con nuestros amigos todo fue normal, excepto mis miradas a Juani, ahora ya vestida. Aún no he olvidado ese polvo que vi. Salimos tarde de Madrid, no en vano, había que ducharse y ponerse ropa cómoda para el viaje. La verdad es que estuve toda la mañana como en una nube pensando en todo lo que había visto, y tuve que hacer enormes esfuerzos en la ducha para no masturbarme pensando en Juani cabalgando a Jordi y en el morbo que me dio el poder ser descubierto junto a mi mujer en pelotas masturbándome. Siempre me quedará la duda de qué habría pasado. La primera parte del viaje fue intrascendente, hablamos y oímos la radio. De todas formas, se respiraba un ambiente cargado eléctricamente.

Sandy vestía un vestido largo de esos que se abotonan por delante y sandalias, y yo un pantalón de chandal azul marino con una camiseta blanca y zapatillas de deporte.

-¿Tú crees que nos han visto? Con sonrisa pícara y mirándome con sus ojos particularmente brillantes, Sandy retorcía el colgante de cuero que bordeaba su cuello.- Yo creo que no, estaban muy ocupados, ¿por qué lo dices? ¿Tú crees que sí? Pregunté intuyendo que había algo más.- Por la despedida que me ha dado Juani. Sandy emitió una risa nerviosa, como si quisiera contar algo y no se atreviera. ¿Te fijaste en su despedida al marcharnos?

– Pues si, en que no llevaba sujetador (Sandy se sonrió), pero por lo demás, los dos besos de rigor. Dije mientras miraba la carretera, y a Sandy.- ¿No te fijaste que me dijo algo al oído?- Pues no, no me fijé. A ver cuenta… (Me estaba empezando a poner nervioso).

Sandy miró hacia delante y como ensoñando empezó a contar:

-Después de que te besara a ti, que por cierto se notó un huevo que mirabas sus tetas por encima de la camiseta, ¿no observaste como miraba Jordi? Tenía los ojos muy brillantes y una erección de campeonato cuando le besé yo, incluso se rozó conmigo. Cuando fui a besarla a ella, me dijo al oído.

–Espero que te haya gustado el espectáculo, era para vosotros. Y mientras me decía eso me pasó su mano por el vientre y por encima del vestido metió la mano entre mis piernas muy suavemente. Después se retiró y yo me fui un poco cortada hacia ti en la escalera.

– Yo noté que estabas algo ida en ese momento, pero no le di mayor importancia, ha sido una mañana muy rara y por otro lado excitante. ¿Por cierto, te gustó? La curiosidad podía conmigo en ese momento y el morbo que me daba el asunto me estaba poniendo cachondísimo.

Sandy me miró, sonrió, y tomó mi mano izquierda, la dirigió a su vestido y metió dos dedos por entre los botones de su vestido que daban a sus bragas. Estaba empapada. Decidí tomar la iniciativa y subí mis manos por encima de la ropa hasta su pecho y comprobé que sus tetas estaban duras como piedras y los pezones de punta. Volví a poner las manos en el volante y dije con voz autoritaria (o al menos lo intenté):

– Dame tus bragas Ella miró hacia delante, y tras pensárselo un momento metió las manos por los lados del vestido y levantando ligeramente el culo del asiento las deslizó hacia sus pies. Se quitó las sandalias y quedó descalza sobre la moqueta del coche. Cuando volví a mirar me enseñaba unas braguitas diminutas colgando de un dedo que se acercaba a mi cara. Pude oler un aroma de terrible excitación que me puso a cien por hora. Le cogí las bragas y las tiré por la ventanilla.

– Ahora quiero el sujetador, pero no te quites el vestido.

Antes de que ella hiciese nada, yo llevé mis dedos a los dos botones que ella me hizo visitar antes y busqué su coño. Chorreaba. Masturbé su clítoris lentamente mientras conducía. Gimió y empezó a deshacerse del sujetador. Cuando se lo hubo quitado dejó los botones de arriba del vestido abiertos aunque se mantenían ocultos.

– Deshazte del sujetador, le dije bajando su ventanilla.

Ella me miró y después miró hacia atrás a ver si veía algún coche cercano. No lo había y tiró su sujetador por la ventana. Yo solté mi presa, y la dejé durante unos kilómetros sin hacer ni decir nada. Se retorcía nerviosa, estaba acalorada pese al aire que entraba por la ventanilla y llenaba su vestido. Entré en una gasolinera a repostar. Ella se cerró la parte de arriba del vestido con la mano, pero sin abotonarse. Paré el coche delante del surtidor y dije:

– Lleno, por favor. Entregué las llaves del coche.

Ella se bajó y se fue a la parte posterior abrió el depósito y esperó a que llegara el operario. La veía moverse inquieta, mientras le decía al chico lo que quería. No paraba de mirarle el escote que ella cerraba con la mano. Cuando terminó de llenar el depósito, le dijo el precio y ella se asomó a la ventanilla para coger la cartera. El vestido se abrió por los botones desabrochados y me dio un bonito espectáculo. Tenía los pezones completamente excitados y el cuello rojo de excitación. No hicieron falta palabras, se levantó y fue a pagar, esta vez sin cerrar el vestido con las manos. Entró en la oficina y paseó por los pasillos de la tienda de la gasolinera, recogiendo un par de cosas. Después se dirigió a pagar. El operario de la caja no dejaba de mirar la abertura por la que sin duda se atisbaba medio pecho, canalillo y casi hasta el ombligo. Sandy pagó y tras hablar algo con el operario salió deprisa. Llegó al coche algo envarada y nerviosa, pero sonriente.

-¿Te ha gustado? Dijo con rechifla.

Mira si me ha gustado y señalé mi erección que amenazaba con romper la bragueta. Desde la tienda los dos operarios miraban hacia el coche, yo cogí delicadamente la cabeza de mi mujer y la hice agacharse hasta besar mi polla por encima del pantalón. A reglón seguido arranqué, dejando a aquellos hombres soñando con lo que podía estar haciendo mi mujer, que no era otra cosa que darme pequeños mordiscos en el miembro. Cuando salimos a la carretera Sandy se incorporó:

– En mi vida había sentido tanta excitación. Es una sensación increíble sentir el aire entre mis piernas y acariciar mi coño mientras hablo con un hombre que no lo sabe.- ¿Qué hablabas con el gasolinero? – Eso ha sido lo mejor, dijo sonriendo, me pagaba la gasolina si le enseñaba las tetas.

– Joder, podía habernos salido gratis, dije de coña.- Pues gratis le ha salido a él, porque se las he dejado ver después de pagar. Lo que más me ha puesto es cuando ha dicho, “que pedazo de zorra”. Joderrr, eso ha hecho casi me corra de gusto. Empiezo a no soportar la excitación, necesito que me folles.- Todavía te queda por sufrir zorra. ¡Ábrete el vestido! ¡Por entero! Dije subiendo el tono.

En un santiamén se abrió todos los botones, el vestido quedaba parcialmente cerrado, pero se adivinaba su desnudez y su coño completamente rasurado. Ella miraba de reojo cuando por azar de la autopista adelantábamos a un camión o un autobús, pero no se movía, sus pies, su respiración rápida y el color de si cuello y cara, mostraban la excitación que soportaba. Cuando noté que aflojaba un poco en su nerviosismo le dije:

– Dame el vestido. – No lo tires por favor, suplicó.- No lo iba a tirar, sólo quiero que me lo des y que todo el mundo pueda ver lo zorra que eres.- Ahora mismo haría cualquier cosa que me pidieras, pero necesito que me folles, no sé cuanto podré soportarlo.- Tú dame el vestido.- Levantó el culo del asiento para pasar el vestido a un lado, y después se lo quitó de las mangas. Lo dobló con cuidado y lo puso encima de mi polla. Estaba completamente desnuda y comenzó a acariciarse.

Si a alguien le gusta este recuerdo, tiene alguno parecido, le surgen dudas del relato envíe su comentario. Si este recuerdo gusta, escribiré la continuación de lo que pasó.

Autor: robertoastu

Completa bajando un buen video: http://www.videosmarqueze.com/

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Lenguas en cuatro patas

Te mueves ofreciendo tu ano a esa boca, tratando de hacer contacto, sientes el aliento y los espasmos aumentan, las bocas en tus pechos muerden y succionan tus pezones, la boca besa u ano hambriento, y tu clítoris es comido con firmeza y delicadeza. Te corres en espasmos. Tus gritos son ahogados por el beso de tu boca. Tu piel se eriza y comienzas a sudar. Te corres, te corres, te corres.

Te tomaste un tiempo para decidir vivir esta fantasía. Eso es bueno, andar apresurando las cosas suele traer resultados desagradables. Te ves hermosa en cuatro patas, desnuda, con tus pechos colgando y tu vulva, depilada entera por primera vez, y tu ano, también sin ni un pelo, expuestos, aun cerrados, pero no por mucho tiempo. Parece una escena de sadomasoquismo, salvo porque el propósito no es someter, humillar ni causar dolor, sino que, al contrario, estás inmovilizada y expuesta para que se te pueda entregar placer de mejor forma.

No ves nada, ya que tus ojos están vendados. No oyes mucho, por los tapones en tus oídos. La idea es que toda tu sensibilidad se concentre en tu piel. La idea es hacer de tu piel una sola zona erógena para darte todo el placer posible.

Tu pelo recogido en un moño deja tu cuello al descubierto, y ahí es donde cae el primer beso. Se supone que tu fantasía es ser lamida entera por un ejército de lenguas que recorran tu cuerpo, estimulen tus puntos de placer y beban toda la miel que te hagan producir, pero un beso es un buen comienzo. Todos los voluntarios para darte esta fantasía somos gente que te quiere. Probablemente serás besada entera antes de ser lamida.

El beso en el cuello pasa a ser una serie de besos y caricias con la boca en tus hombros. Comienzas a reaccionar rápidamente: tus pezones te delatan, duros, tu respiración te delata, tu clítoris comienza a crecer y endurecerse, asomándose por sobre tus labios.

Aparece otra boca. Sin que la primera boca deje tus hombros, sientes una segunda boca besando la parte externa de uno de tus pechos, cerca de tu axila. Esto hace que comiences a gemir muy despacio, y a respirar agitadamente. La boca de los hombros comienza a bajar por tu espalda mientras que la de tu pecho se acerca y aleja de tus pezones, evitándolos.

Saltas al sentir un beso en un muslo, que se convierte rápidamente en una lenta y cariñosa lamida en la parte interna. A estas alturas tu excitación es más que evidente. Tu vulva destila jugos que comienzan a escurrir por tus muslos y se ve abierta y brillante, tu clítoris está enorme, y tu ano palpita casi imperceptiblemente, como pidiendo un beso.

Mientras las bocas se ocupan de uno de tus pechos y uno de tus muslos, la lengua en tu espalda baja, besando y lamiendo con cuidado, no dejando ni un centímetro cuadrado sin atención.

Dos bocas más, besando los lóbulos de tus orejas. Tus gemidos suben de volumen y comienzas a moverte dentro de tu inmovilidad buscando un estímulo más directo. Tu vulva se abre y cierra espasmódicamente y tus jugos hacen las delicias de la boca que está en tus muslos, que los recoge y bebe con avidez.

Otra boca comienza a ocuparse de tu otro pecho. Tus pechos están hinchados de deseo y nunca habíamos visto tus pezones tan grandes. Comienzas a gemir y pedir una boca en tu vulva o ano, por favor. En vez de eso, una boca que conoces bien comienza a besar tu boca. Besas con desesperación, sorbiendo la lengua en tu boca como si estuvieras chupando una verga, mordiendo los labios y abriendo tu boca para ser penetrada por esa lengua. Quizás, que estarás pensando.

Van varios minutos de estímulos cuando una boca besa tus nalgas y se dirige, lenta pero decididamente a tu ano. Te mueves ofreciendo tu ano a esa boca, tratando de hacer contacto, pero nada.

Cuando vemos que el fin se acerca, nos sincronizamos y quien tendrá el honor de lamer tu vulva se pone en posición. Sientes el aliento y los espasmos y la producción de jugos aumentan. A la una, a las dos y a las 3. Al unísono, las bocas en tus pechos muerden y succionan tus pezones, la boca de tus nalgas besa por fin tu ano hambriento, y tu clítoris es comido con firmeza y delicadeza.

Te corres en espasmos. Tus gritos son ahogados por el beso de tu boca. Tu piel se eriza y comienzas a sudar. Te corres, te corres, te corres, y finalmente caes como muñeca de trapo, desarmada y desmadejada. Te abrazamos entre todos mientras recuperas el aliento, agradeciéndote la oportunidad de lamerte tanto y diciéndote lo deliciosa que eres.

Cuando recuperas la conciencia, te llevamos al jacuzzi para lavarte, y quién sabe que más.

Autor: Rodrigo

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De fresa o de vainilla I

Le encantaba la aventura, se robaba pequeñas cosas de los almacenes, cosas pequeñas, como esas pastillas que venden en las cajas de las tiendas departamentales, incluso una vez se sacó una playera sin pagarla de un Liverpool, no por que no pudiera pagarla, sino por diversión, de hecho me la regaló al otro día por que me había gustado mucho, para ella todo era un juego.

Así comenzó todo

Quizá esta historia íntima nos pertenece solo a mí y a ella, tal vez no la debería compartir con nadie, pero de alguna manera siempre me ha inquietado platicarlo con alguien, pero no puedo por obvios motivos, sería desastroso. He estado a punto de contárselo a mis amigas e incluso a mi prima mi prima, pero gracias a dios aun no me he atrevido. Supongo que eres la persona correcta, que aunque algún día me veas por ahí, en alguna plaza del df por ejemplo, ni siquiera te imaginaras que sabes mi más intimo secreto.  Originalmente lo escribí para mi, para poner en orden algunas cosas en mi cabeza, y tal vez lo debí conservar así, en un archivo oculto en mi compu,  pero en fin aquí lo tienes, para que puedes asomarte por una ventana a lo más secreto que tengo, y observarme una día a solas con mi mejor amiga, desnudas haciéndolo, o por que no, sentir  Alejandra y seducir a una chava o  ponerte en piel de Sandra y hacer cosas locas solo por dejarte llevar por tus emociones.

Pude haberlo resumido a la parte en que tuve relaciones con ella, pero esa no es la verdad, no me acosté con Alejandra, no solo eso. Si solo narrara eso, no tendrías idea, mi historia solo una niña la puede entender, no es como los demás relatos donde lo padre es lo vulgar y exagerado, que algunos se imaginan, es una relación entre chavas, ¿y creen eso excitante? Te voy a contar como una niña hetero terminó en el cuarto de su amiga cerrado con seguro y a oscuras.

El destino es consecuencia de decisiones, unas veces tan fáciles como elegir un helado y otras no tanto, que no siempre tomas conscientemente, de hecho gran parte de tu realidad la escogen otras personas y tu voluntad poco o nada importa.

Soy de la Ciudad de México allí nací y viví mis primeros años, tuve una infancia se puede decir “normal”, educación tradicional de clase media,  siempre hice lo que las niñas hacen, tenía muchas amigas y amigos también.

Mi mejor amiga era sin duda Jenny, mi vecina, éramos como macarrones y queso, siempre juntas y felices, teníamos nuestras altas y bajas, nos enojábamos y nos dejábamos de hablar, pero no podíamos vivir una sin la otra, nos conocíamos desde el kínder, entre nosotras no había secretos, ella era muy bonita y por esa razón muchos chicos del colegio la asediaban y le gustaba cambiar de novio como a sus calzones (como dice mi mamá), por eso a veces no tenia tiempo para mi. Pero cuando le conté que  mi papá había decidido tomar la plaza que  le habían ofrecido en otra ciudad, empezamos a pasar todo los días juntas,  saber que eran nuestros últimos días juntas nos ponía algo nostálgicas, pero hacía que disfrutáramos al máximo cada día. Pensaba que no encontraría en Guadalajara alguien tan padre como ella, por esa razón  se me dificultó cambiar de ciudad, también tenía novio, que no era tan en serio pero sabía que lo extrañaría.

Además extrañaría a mis primas, que a pesar de que eran menores que yo, siempre las he querido mucho y me caían súper. Sin otra opción en verano de 2003, una vez hubieron terminaron las clases nos mudamos y dejé atrás aquella época de mi vida.

De cómo nos conocimos

Al principio en Guadalajara me sentía bien sola y deprimida, melancólica, extrañando México; mis padres cada día se llevaban peor, y ya no nos soportábamos mi odiosa hermana mayor y yo. A la familia le cayó mal el cambio y así trascurrieron los peores días de mi adolescencia. Pronto comenzaron los cursos de final de semestre de mi nueva escuela, a los que la directora tuvo a bien convencer a mis padres a inscribirme para que me familiarizara con mi nueva escuela, y con el método que llevaban ahí, como si mis broncas no fueran suficientes, ahora también tendría trabajos y  tareas. Por más que hice berrinche, mis papás me obligaron a ir al pinche curso.

En la escuela era aun peor que en casa, me sentía como bicho raro, en especial por que había un grupo de 3 chicas que se aconsejaban al oído mientras me miraban,  a veces sentía que solo se reían de mi, ya me caían de la patada, me hacían sentirme insegura. Dos semanas después de haber comenzado el curso, Alejandra la que parecía la líder del grupo se acercó en un descanso y me hizo plática; cosas x, tú sabes:

¿Como te llamas?, ¿cuantos años tienes?,  ¿De que colegio vienes?, y cosas así.

Me dijo que ella tenía 19,  ya debería haber salido de prepa pero perdió un año por floja y burra, me platico que la directora tenía algo en su contra a pesar de que sus padres se llevaban bien con ella, me presentó a las otras dos chavas, Fabiana y Andrea, y me invitó a salir con ellas el próximo fin.

El siguiente sábado, salimos a plaza galerías y estuvo bastante chido, no eran unas perras como había pensado, me jalaron a su grupo y en menos de un mes ya éramos súper friends, con ellas el tiempo se pasaba volando, me sentía incluso más a gusto que con mis amigas del df.

Eran muy lindas conmigo, hacíamos de todo juntas, tú sabes; íbamos al cine,  pasábamos las tardes de los jueves en un centro comercial, íbamos al club deportivo, nos reuníamos en la casa de alguna para ver películas o jugábamos con el Xbox de ale, también salíamos de vez en cuando a fiestas en las noches, a Faby y Ale como eran ya mayores les encantaba y como conocían a medio mundo nos pasaban a Andrea y a mi.

El verano  terminó, Andrea y yo entramos a segundo de preparatoria, Ale y Fabiana a tercero, pero en los recesos y al final de clases siempre estábamos las 4.

Al comenzar el curso conocí a Julio que era un niño muy lindo, todos pensaban que quería conmigo, pero a mis nuevas amigas no les caía “por que lo conocían” decían que era un loser y un naco, le hacían muchas groserías, por ejemplo; si estaba con él, Alejandra lo interrumpía y me invitaba a la café con ellas, y a él ni le hacia caso, o cuando  Julio me invitaba a salir el fin, les encantaba ponerme entre la espada y la pared, a que escogiera entre ellas o él, esas payasadas no me agradaban, se me figuraban inmaduras pero aun así, siempre les seguí el juego y me iba con ellas, no me quejo por que era bien padre. De echo me terminaron de convencer que Julio no me convenía por teto.

Ellas eran extrañas, y medio lo notaba pero no estaba segura. Fabiana y Andrea eran muy confianzudas entre ellas, además nunca hablábamos de niños como es normal, cuando yo comentaba de alguien que se me hacía atractivo, nadie se interesaba en seguir la conversación,  a pesar de que donde fuéramos  siempre nos volteaban a mirar niños bastante bien, especialmente a Ale y Faby que eran muy populares y realmente muy bonitas, delgaditas y como de 1.65 cm más o menos, Fabiana güerita y muy finas facciones, Ale de pelo lacio y negro, de ojos verdes y una personalidad que hacía notarse siempre, de lo demás te diré que estaban también bien.

Parecían no hacerle caso a ningún niño, ni de la escuela ni en las plazas que visitábamos, primero creí que no lo notaban, pero después observé que no hacían más que ignorarles, tal vez por hacerse las interesantes.

Eran buenos tiempos y así llegaron las vacaciones, casi no había día que no nos viéramos, no las pasmos súper, por las fiestas de navidad, mi cumple que me lo celebraron en grande y todo ese mes sin clases

Nos hicimos muy amigas

Después de las vacaciones de invierno. Algunas cosas cambiaron desde que me confiaron el secreto de que Fabiana y Andrea eran “girlfrieds”, Ale ya lo sabía pero no me lo habían dicho para no  frikearme, realmente no tuve objeción alguna, no me afectaba, era cosa de ellas, seguimos saliendo juntas pero ahora, preferían andar ellas por su lado de la mano, abrazándose y cosas así.

Empezó a haber más química con Ale, todo el tiempo estábamos pegadas como chicle, la confianza era “total”, pasábamos toda la tarde juntas y a veces dormíamos juntas en la casa de cualquiera de las dos, sabíamos “casi” todos nuestros secretos.

Su color favorito era el anaranjado,  le gustaban las películas de terror, le fascinaba los helados de vainilla y las galletas finas, odiaba la carne de puerco, se ponía el mismo pantalón sin lavarlo hasta tres veces, dormía sin ropa interior,  y ya había tenido su first time, y se depilaba allí por que odiaba sus vellitos.

Ella sabía de mi que me gustaba el azul, que nunca comía atún, mi debilidad era el helado de fresa, y además de Jenny era la única persona que sabía lo de un incidente con un primo medio lejano, nos besamos en una fiesta disque para saber que se sentía, y también sabía que aun era virgen.

Platicábamos de todo, no había pena para tocar ningún tema, yo le preguntaba mucho de su experiencia, de cuando había estado con un chavo, yo sentía mucha curiosidad, aun que ella le era indiferente, decía que me emocionaba de más, “que no era la gran cosa” Nos entendíamos padre, juntas comprábamos todo hasta  ropa. Comíamos helado en el centro de la ciudad mientras nos burlábamos de los frikies que pasaban, en fin con cualquier cosa la pasábamos bien.

Hasta nos llevábamos medio pesado a veces nos empujábamos, nos ofendíamos en juego, tú sabes cosas como “bitch, estúpida o perra”, nos aventábamos agua en la cara cuando su mama nos hacia lavar los trastes y hasta  a veces cuando me agarraba distraída me daba una nalgada, y yo se las devolvía más fuerte, también hacíamos travesuras ñoñas como leer los mails cachondos de mi hermana cuando descubrí su contraseña, o nos escapábamos de la escuela y nos íbamos a su casa a desayunar y  a ver tv o a echarnos una siesta, a veces también tomamos dinero de su mamá para ir a gastárnoslo.

Le encantaba la aventura, se robaba pequeñas cosas de los almacenes, cosas pequeñas, como esas pastillas que venden en las cajas de las tiendas departamentales, incluso una vez se sacó una playera sin pagarla de un Liverpool, no por que no pudiera pagarla, sino por diversión, de hecho me la regaló al otro día por que me había gustado mucho, para ella todo era un juego.

Te cuento esto por que creía ser heterosexual y es importante que entiendas como a pesar de esto, logró seducirme al grado de un día jugar desnudas en su cama.

Mi madre pensaba que era una mala influencia y que cada vez era más como ella, siempre en la calle,  incluso afirmaba que ya era fachosa e irreverente como ella. A lo mejor si éramos algo distintas pero por eso hicimos buena química, los polos diferentes se atraen.

Autora: Sandra W

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Juegos de madres e hijos II

Vivi se levantó su camisolín y empezó a acariciarse y seguíamos contándonos cosas, estábamos las dos frente a frente, y yo también empecé a masturbarme, ya la miraba a ella y ella a mí, dejamos de hablar y solo escuchábamos nuestras respiraciones y quejidos de gozo, juntas llegamos al orgasmo, fue una experiencia alucinante, ninguna dijo nada más. Nos quedamos viéndonos y acariciando cada una su entrepierna muy suavemente.

El miércoles al volver del trabajo Jorge no estaba y Vivi estaba preparando algo para la cena. Ma tengo que contarte 2 cosas me dijo, pero son de mujer a mujer así que tenemos que hablarlas ya y rápido. Bueno, le dije, venite y charlamos mientras me cambio, fuimos para el dormitorio y yo me saqué el conjunto de pollera y chaleco que tenía puesto y mientras esto pasaba me dijo: lo masturbé a Jorge. ¡Qué! Para ser más gráfica, me dijo, le hice una paja.  Vivi vos estás loca, es tu hermano, que té pasa por la cabeza, no sé cuantas cosas más le dije. Para mamá, es un chico re calentón que anda alzado todo el día, y está desesperado por una mina, y le di una manito. Si, dije yo, literalmente le diste una manito y ahí largamos las dos la carcajada, yo en ese momento estaba en corpiño y bombacha, ella dejando de reír me dijo: epa viejita está lindita, te estás re cuidando, mirá que linda estás.  Bueno Vivi, listo, me puse una remera larga y volvimos a la cocina charlando de lo mismo.

Me dio pena ma, que se esté haciendo tantas pajas y bueno lo vi sentado en el inodoro, obvio que lo hacía para que yo lo viera, el caso es que me acerqué y lo empecé a masturbar yo, tengo bastante de practicar con Eze (Ezequiel, el novio), ahí nos volvimos a reír las dos ya que en sus comienzos ella no quería saber nada de tener relaciones con Eze y se masturbaban mutuamente.

Le pregunté que le había dicho Jorge, y me dijo que primero puso cara de asombro, después se puso rojo cuando ella lo tocó, que incluso perdió un poco la erección, pero que después lo disfrutó mucho y que lo único que se atrevió a decirle fue gracias. Vivi también me dijo que ella le había dicho a Jorge que era la primera y última vez que hacían algo así. Bueno le dije, y la segunda cosa. Ma ¿vos practicas el sexo anal?  Me quedé paralizada, si bien siempre fuimos muy confidentes y compinches en el tema sexo, esto me superaba. ¿Por? Ma lo que pasa es que Eze quiere que lo hagamos, y a mí, que sé yo viste, mientras estamos en la cama y él me acaricia ahí o por ahí me mete un dedo me gusta, pero me da miedo el tema de la penetración, lo vemos en las porno, pero déjame de joder eso no es normal, viste como le queda el agujero de abierto.

En ese momento entró Jorge como una bala, y parándose delante de mí me dijo: esta (por Vivi), ¿te contó algo?, y yo muy inocente le pregunté ¿de qué? No nada ma, ya pasó. Nos reímos con Vivi, y le dije que después seguíamos con el tema. Después de cenar nos fuimos con Vivi a mi cuarto a seguir charlando, ella primero se fue a cambiar y mientras yo me ponía mi remera de dormir (sin nada abajo), ella apareció con su camisolín también desnuda por debajo. Nos sentamos en la cama a charlar, y a mí sin darme cuenta por la pose con una pierna cruzada me quedó a la vista la entrepierna. Epa viejita tan canchera que sos y andas con el pelo largo, me dijo. Yo me quedé mirándola y me hizo señas para donde ella estaba mirando. No seas zarpada le dije.

Lo que pasa ma es que queda más lindo si te lo afeitás o te lo dejas recortito, mirá y se levantó el camisolín mostrándome su vagina totalmente depilada, bueno paremos acá, sigamos con lo de hoy. Bueno la cosa es que quiero saber si lo hacés o lo hiciste para saber si me animó a hacerlo y para saber como. Vivi eso es muy íntimo que se yo, pasa por hasta donde quieras llegar vos con el sexo, yo creo que en una pareja está todo permitido siempre y fue cuando me contó que me había estado espiando y me había visto acariciarme. Oopps me quedé con la boca abierta.

La cosa estuvo bastante calma los días siguientes, obvio que Jorge todo el tiempo espiándonos, tal como las veces anteriores. A mí todo esto me excitaba mucho (ya sé que parece una locura excitarse con el hijo, pero me pasaba), en ese momento estaba sin pareja así que la masturbación pasó a ocupar varios momentos de mis días.

Un sábado a la nochecita, Jorge tenía un cumpleaños y se quedaba a dormir en la casa del amigo, yo me aprestaba a alquilar una película en Direct TV (Identidad Desconocida), me había puesto bien cómoda, remera larga sin nada abajo y me había servido un fernet con coca, cigarrillo y en ese momento llegó Vivi, yo pensé que ella iba a salir, pero me dijo que no que Eze tenía un asado con los amigos y se quedaba, le conté mis planes y le gustó la idea, volvió en camisolín, se sirvió también un fernet y nos pusimos mirar la peli. Un par de fernet más adelante y mirando la tele Vivi me dice “Ma lo hice…”, yo la miré interrogándola y sigue, “lo hice por la cola”. Me quedé mirándola, y del alma me salió: “contame como fue”, ella empezó a contarme sus sensaciones, más vale que no me contó lujos de detalles, pero sí como se lubricó, la pose (estilo cucharita), y esas cosas, el ambiente se fue entibiando y empezamos a contarnos anécdotas sexuales (de la película nada), yo le relaté la vez que con su papá habíamos tenido una experiencia de intercambio de parejas (en realidad fue compartir la cama entre cuatro).

El fernet nos había sacado las inhibiciones, ella me preguntó si había mantenido relaciones con la mujer, yo le dije que no, que apenas algunos roces y besos, pero nada más, le conté que había tenido una doble penetración y que la otra mujer había ayudado a dilatarme, y así como si nada Vivi se levantó su camisolín y empezó a acariciarse y seguíamos contándonos cosas, estábamos las dos frente a frente, y yo también empecé a masturbarme, ya la miraba a ella y ella a mí, dejamos de hablar y solo escuchábamos nuestras respiraciones y quejidos de gozo, juntas llegamos al orgasmo, fue una experiencia alucinante, ninguna dijo nada más. Nos quedamos viéndonos y acariciando cada una su entrepierna muy suavemente. Un rato después rompió el silencio Vivi. “Estuvo bueno ¿no?” Menos mal que la película era de esas de todo el día, así que terminamos viéndola más tarde. De este tema no se habló, y esto quizás fue un error. Un error el camino que habíamos tomado, un error hablar sobre el sexo en la situación especial en que yo me encontraba después de ese domingo, un error masturbarnos al mismo tiempo, y un error no haberlo conversado y que las cosas terminaran ahí.

El miércoles siguiente, me acuerdo hasta la fecha (22 de octubre), había tenido un día muy difícil en el trabajo, cuando llegué a casa había una nota de Vivi de que no venía a dormir y de Jorge ni noticias, no era muy tarde así que no me preocupé, entré a la ducha, me empecé a enjabonar y no se que pasó que empecé a acariciarme, en eso estaba cuando escucho la voz de Jorge que me dice si puede usar el baño que estaba muy apurado, le dije que sí siempre y cuando no fuera nada oloroso, nos reímos. Al cerrar la ducha Jorge me pidió que esperara que no saliera, y yo inocentemente le pregunté porqué. “Me estoy haciendo una paja”, fue su respuesta; me quedé dura “¿querés que te mire?”, la pregunta me salió sin pensarla, “me da vergüenza”, “¿te estás acariciando mientras hablás conmigo?” le pregunté; “sí” fue su respuesta, tomé aire y coraje, corrí la cortina y lo dejé verme totalmente desnuda.

“¿Esto te excita? Quiero verte mientras te acaricias” le dije, verme y acabar fue una sola cosa. Recién en ese momento me di cuenta de lo que había hecho, agarré la toalla, me tapé y me fui a mi cuarto avergonzada (y creo que también excitada, en ese momento no me di cuenta, pero luego recapacitando sé que me excité al exhibirme a él y al verlo masturbarse).

Autora: julietas4

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