Puerta

Sin estorbos recorrí toda su raja repetidamente con mis dedos, reconociendo su tacto, su humedad y el crecido clítoris; provocando que ella lo agradeciese con deseo, arqueando la cintura y abriendo las piernas con entrega. Introduje con cuidado mi dedo anular en su vagina, despacio, pero sin obstáculos, en contra de lo esperado, por lo que apreté más al perder el temor a dañarla.

Los 22 años de Leti son, francamente extraordinarios. No es demasiado alta, ronda los 160 cm., pero sus proporciones mejoran cada día. Ni demasiado delgada, ni demasiado gruesa. Un cuello fino y largo ante delgados hombros. Senos redondeados y tensos, caderas marcadas bajo una delgada cintura y muslos torneados. De esta manera embutida en sus ajustados y cortos vestidos, despierta el deseo por donde pasa. Lo que añadido a su temperamento pone fuego en sus relaciones.

Ya desde jovencita, fue así. Cuando vino a estudiar a Salamanca a nuestra casa. Su madre, hermana de mi mujer, la envió bajo la tutela de su tía, para que terminase el instituto. Confianza a la que había que corresponder, aunque no resultaba nada fácil, puesto que ya a esa edad, la jovencita, estaba adornada por atractivos atributos que acompañaba de un desinhibido comportamiento en el movimiento y en las posturas me lo hacían complicado. Tenía la costumbre de andar por casa con una camiseta de manga corta que le llegaba a medio muslo y bajo la que solo usaba unas braguitas, dejando que se le notaran los bien marcados pezones a través del tejido, se adivinaran sus nalgas en la caída y el movimiento de la tela, y se transparentasen sus piernas al trasluz. Bastante tenía yo, con guardar la compostura y disimular no darme cuenta.

Aún, no comprendo como Ana, mi mujer, no trató de corregir la situación, pues debería haber supuesto el efecto que causaba. O, quizás si lo sabía, pero lo permitía morbosamente, consciente de que yo mantendría la distancia, pues aunque no tengo nada de puritano, si suelo ser comedido. Lo cierto es que inevitablemente, aquellas visiones me llevaban a la excitación permanente, que muy a menudo notaba en la presión consecuente bajo la tela de mi bragueta. Sobre todo cuando se sentaba con las piernas cruzadas sobre el asiento del sofá enseñando, a pesar de haber comenzado por taparse, las braguitas.

A pesar de mantener una línea de respeto en las formas y de no haber insinuado el más mínimo acoso, no podía evitar fantasear con ella cuando le hacía el amor a mi mujer. Pensar que la tenía en mi brazos y que la penetraba haciéndola disfrutar, de manera desenfrenada, y disfrutando, por mi parte, de su juvenil cuerpo en la misma manera; relacionándonos en lo demás con educación y cortesía, incluso cuando las situación, por familiaridad, se hacía complicada, como es el caso de que se sentase ocasionalmente en mis rodillas, o en ocasiones de proximidad, sus pechos rozasen mi espalda al leer algo por encima de mi hombro.

Todo se empezó a enredar, en cierta ocasión en la que tuvimos que desplazarnos un grupo de amigos, demasiado numeroso, en dos coches pequeños. Un primer grupo con mujeres se adelantaron en uno, y en el otro, las seguimos, quedamos con los más jóvenes. Éramos tantos, que nos tocó sentarnos unos encima de otros, con tal fortuna que Leti fue a hacerlo sobre mis piernas. Eso sí, con su natural desparpajo. Como es natural, me resultó imposible evitar la excitación que me produjo sentir su culito sentado sobre mis muslos. Traté de impedir que se enterase de mi erección encogiéndome de manera que no presionase sus nalgas. Cosa que iba consiguiendo a duras penas a lo largo del trayecto hasta que ella cambió a una posición en la que eludir el roce era imposible. Por lo que durante un rato sentí su trasero sentado encima de mi crecida pija, entre el deseo de que siguiese y el sentimiento de culpa de estar creando una situación de acoso.

Cuando bajamos del coche, en el espacio de tiempo que hubo hasta el retorno, no dejé de mirar su cara a hurtadillas presionado por la culpa y el miedo al rechazo, y aunque nada parecía salirse de lo normal, no podía dejar de pensar que era imposible que no se hubiese dado cuenta de lo ocurrido manteniendo en secreto la acusación y el rechazo, que ya aparecería en distanciamientos. Pero que se iba a hacer, si algo surgía acusaría lo comprometido de la situación. Lo extraño fue, que al volver, ella buscó de nuevo el mismo acomodo que en el viaje de ida, causando, claro está el mismo efecto que la primera vez. Pero, está claro, que en esta ocasión, yo estaba llegando al convencimiento de que también a ella le había resultado placentero el descubrimiento. Por lo que ahora ya no traté de disimular la postura, sino de dejar una posición en la que me pudiese notar si lo deseaba.

Y así fue, su culito se apretaba distraídamente contra mi erección, por lo que al poco tiempo, yo también me apreté contra su trasero sintiendo la presión que estaba ejerciendo en él, obteniendo como respuesta el mantenimiento de la postura, lo que generó más dureza en mi crecido pijo. Todo ello con el disimulo correspondiente a una situación como la referida, en la que sólo ella y yo nos estábamos enterando de lo que ocurría. Pero que no evitó que en un determinado momento, ella apoyada con los brazos en el respaldo del asiento delantero, pusiese su chochito sentado en mi erección. Estaba a punto de reventar cuando maldije el final del recorrido, que dejó en suspenso la alucinante situación.

Tres días pasaron hasta que nos quedamos solos en casa, en los que no cruzamos una sola palabra al respeto, alguna mirada de complicidad y el reconocimiento implícito del deseo. Así, que cuando mi mujer salió de compras ese día dejándonos ante el televisor, fue cuando rompí el silencio, que no sabía cómo interrumpir, este se hacía realmente espeso.

-¿No te gustaría sentarte sobre mis rodillas, mejor que ahí? – Pregunté, como salida, no sin cierto nerviosismo dada la situación, quedando a la expectativa de su respuesta, con cierto temor al fracaso y sus posibles consecuencias, a pesar del grado de seguridad que se había generado por aquel viaje. -Claro. – Contestó también con cierto azaro, que noté en el enrojecimiento de su rostro, pero que no evitó una tímida sonrisa. Quedando no obstante, sentada donde estaba, sin duda paralizada también por esos momentos de tensión.

-Ven, entonces. –Le pedí, animándola a salir de su indecisión. A lo que obedeció, dirigiéndose hasta mí y sentándose como le había pedido. -¡Bien!, así está mucho mejor. -Comenté, dejándola sentada en una de mi piernas, con las suyas entre las mías abiertas, pasándole una mano sobre la cintura para quedar viendo de este modo el programa de televisión, al que ya no prestábamos la más mínima atención a pesar de parecerlo.

La atraje un poco hacia mí, procurando tenerla cerca, intentando reiniciar una situación similar a la ocurrida en el coche. Lo que no tardó en producirse, pues su proximidad produjo el efecto previsto de inmediato, generando el empuje deseado entre los dos cuerpos, al que yo ayudé un poco desplazando mi pelvis, gesto que agradeció manteniendo por su parte ninguna resistencia al empuje. Así estuvimos cierto tiempo, sin atrevernos a más, hasta que, sin haber mediado palabra, por no saber qué decir, y sin mirarnos, con los ojos puestos en una pantalla que no veíamos, poco a poco, comenzamos un ligerísimo y lento movimiento, correspondido por ambos, en una búsqueda de sensaciones. La mía rozarle mi endurecido deseo por su trasero, y la suya sentir su empuje y su tamaño en las nalgas. Mientras tanto, apoyaba yo mi mano por encima de una de sus rodillas, con la que comencé a recorrer su tibia y suave piel, en lentos desplazamientos hacia la cara interior, y ella se acomodaba para dejarle sitio a la caricia.

No sé el tiempo que transcurrió hasta que nos relajamos absortos por el deseo, pero una vez ocurrido, sin darnos cuenta, yo tenía mis dedos dentro de sus bragas notando, sintiendo, su sedosa humedad y ella con un brazo sobre mi cuello y la otra mano, con el brazo extendido, apoyada sobre la rodilla de la pierna en que estaba sentada, mientras movía su trasero, muy lentamente, en círculo de modo que su nalga izquierda estaba masajeando mi paquete. Moví la mano hasta la cinturilla de sus bragas, deseoso de tocarla sin estorbos, y comencé a tirar de ellas hasta quitárselas, con la inestimable ayuda de sus caderas que hicieron los movimientos justos para facilitar su salida. Y después, sin estorbos recorrí toda su raja repetidamente con mis dedos, reconociendo su tacto, su humedad y el crecido clítoris; provocando que ella lo agradeciese con deseo, arqueando la cintura y abriendo las piernas con entrega. Introduje con cuidado mi dedo anular en su vagina, despacio, pero sin obstáculos, en contra de lo esperado, por lo que apreté más al perder el temor a dañarla.

Mis dedos en su coño estaban haciendo el efecto deseado haciéndole mover las caderas al compás de su roce y obligándola a llevar su mano hasta mi bragueta en la que buscó identificar y sentir mi polla a la que se agarró a través del pantalón, deseando reconocer su excitación y su forma, pasando la mano a lo largo de ella ansiosa y repetidamente. Sin duda, su sexualidad, sujeta hasta entonces a sus propias caricias se encontraba sobre excitada por la presencia, por primera vez, del otro sexo, con un resultado diferente al que sus masturbaciones, como se adivinaba por la facilidad de la entrada de mi índice y anular, le habían producido; pues en muy corto período de contacto, su pequeño cuerpo se retorcía de placer al paso de mis manos, runruneando, a la vez, como única conversación.

Comencé a desabrocharme el pantalón mientras chupaba sus duros pezones, erectos sobre dos pequeños senos, duros y tersos, después de extraer del bolsillo posterior un preservativo que dejé sobre la mesita de al lado, y tras abrir la bragueta tiré del pantalón y el slip hasta quitármelo, mientras ella se sentaba al lado en el sofá, sin dejar de mirar mi erección a la que llevó sus manos nada más que las mías volvieron a su chocho y sus pezones. Mientras sus pequeñas manos me rodeaba la polla, casi sin abarcarla, y me movía de arriba abajo desplazándose, arrastrando la piel que descubría, en un pausado, vaivén mi enrojecido glande, le pregunté si le resultaría violento que la penetrase.

A lo que contestó, con cierto rubor, pero con seguridad que le gustaría. Así que con un escorzo, mientras ella se entretenía con una mano recorriendo mi falo y la otra palpando mis testículos, alcancé el preservativo sin retirar la otra mano de su empapada raja, y tras romper su envoltura, comencé a colocármelo pidiéndole que terminara ella de extenderlo. Lo que hizo pasando su mano en repetidas ocasiones desde mi glande hacia abajo con presión suficiente como para que se fuese desenvolviendo, hasta que el recorrido llegó al límite de los testículos consiguiendo que aún se me empinara más de lo que estaba.

Tiré de sus hombros hacia atrás hasta que quedó recostada con la espalda en el brazo del sofá de modo que el cuello lo apoyaba en su parte superior. Empujé levemente sus rodillas hacia los lados y me ayudó separando las piernas que dejó suspendidas en el aire, medio encogidas. Me coloqué entre ellas apoyando mis manos a sus costados con una rodilla en el asiento del sofá y un pie aún en el suelo. Tomé mi endurecido pijo, con una mano mientras me apoyaba en la otra y lo fui orientado hacia su conejito tratando de entrar en el, con su ayuda la punta encontró el sitio y comencé a empujar despacio, pero continuadamente. A medida que entraba su cara esbozó una mueca de dolor y placer. Con los ojos cerrados, el ceño fruncido y la boca entre abierta exhaló un suspiro largo, casi en murmullo, para llegado al fondo, relajar el gesto en una expresión de satisfacción.

En la posición en la que estábamos, arqueé el cuerpo manteniéndome los más profundamente que podía, y alargué mi cuello para alcanzar su boca y entregarle, tras un beso mi lengua, de la que, me sorprendió por inesperado, comenzó a chupar suavemente mientras que sus caderas se agitaban debajo de mi empuje rítmico. Durante un corto período de tiempo fue incrementando el ritmo de su vientre hasta hacerse vivo, y acompañarse de exhalaciones, que del mismo modo elevaban el tono. De repente se abrazó a mi cuello con fuerza apretándose contra mí. A lo que correspondí hundiendo todo lo que pude mi pijo en ella con fuerza hasta después de tensarse como un arco, se relajó de repente, su cuerpo se convulsionó en tres espasmos, abrió los ojos y apareció una espléndida sonrisa en su rostro para decir: -Ahora tú.

La verdad es que no necesité mucho. Tras un pequeño inciso; en el que acomodé mis brazos de modo que apoyado en los codos mis antebrazos pasaban por sus costado bajo los suyos y mis manos se cerraban con la palma hacia arriba alrededor de sus hombros, comencé una serie de embestidas hundiéndome todo lo que podía en ella, que hicieron que el placer se fuese concentrando cada vez más en la punta de mi polla, hasta que reventó en convulsiones soltando el contenido almacenado en mis testículos como una sensación de celofán insonoro recorrió el interior de mi uretra, para quedar después desmadejado sobre su pequeño cuerpo.

Autor: perverso_s

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