Jugando con mi hermana

Amor Filial Hetero, Incesto, Hermana y Hermano. Me introduje más para recibir esos abrazos vaginales tan intensos. Yo apretaba los músculos de mi pene para no eyacular, mi corazón gritaba de gusto de ver a mi hermana tan bella en el mejor de sus momentos. No dejé de moverme, vi su transformación de nuevo, como disminuyó su ritmo, su respiración y jadeos, como volvió a incrementarse.
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La hora del lobo

Setián no pudo más y no alcanzó a evitar correrse en la boca de Patricia, ella no se apartó, sino que, diligente, tragó todo el semen, saboreó todo el semen como si de ambrosía de dioses se tratara, una delicia de gourmet, como si no hubiera comido durante siglos, y en verdad era la primera vez que lo probaba. Y le había gustado tanto, que le lamió el pene hasta que Setián sintió que le ardía la piel.

Patricia Olmos abrió de repente los ojos y no vio nada. En el dormitorio aún se podía percibir el aroma a suave incienso que había prendido a media tarde, aquella costumbre ancestral que ella había adquirido por inescrutables medios atávicos para alejar a los malos espíritus. Algo que no era cuestionable, dado que las mujeres de su familia habían practicado el “rito del incienso” desde hacía décadas, pasando de madres a hijas desde hacía tantos años… No recordaba.

Siempre había sido así, eso era un hecho… algo tan arraigado como la ley de no ser infiel a sus esposos: Las mujeres de la familia Olmos jamás, bajo ningún concepto, habrían de ponerle los cuernos a sus maridos. Podrían, eso sí, padecer todas las penas del desamor, pero jamás demostrarlo. Nunca. Ni aún cuando los maridos les fueran infieles a ellas, en cuyo caso, tendrían que soportar con su mejor sonrisa esa cruz, tan pesada para los frágiles hombros de Patricia.

Poco a poco se fue acostumbrando a la penumbra  de la habitación. Últimamente tenía el sueño ligero, le costaba dormirse por las noches y, si lo conseguía, despertaba repentinamente, así, en mitad de la noche o ya rayando el alba, siendo ya imposible conciliar el sueño. Entonces permanecía quieta, en silencio, con los ojos fijos en el techo, procurando no despertar a Miguel, que yacía a su lado. Y Patricia esperaba. Esperaba para poder escapar a la habitación de invitados en cuanto se aseguraba del sueño de su marido. La habitación de invitados, donde dormía Sebastián desde hacía varios días.

Setián, como le llamaban todos, era el mejor amigo de Miguel, se conocían desde que estaban en la guardería. Hacía ya tres días que estaba con ellos, bajo su mismo techo, por supuesto… Miguel no hubiera permitido que teniendo él una casa, Sebastián durmiera en un hotel a su paso por Madrid. Craso error, pensó Patricia. Miguel tenía una confianza tan ciega en ella, o en su familia (la de ella), que estaba ciego. O quizás, simplemente le daba lo mismo que ella pudiera fijarse en su amigo. Hasta quizá lo deseaba, para librase de culpa.

Patri giró la cabeza para observar a su marido. Apenas llevaban dos años de casados, pero ella sentía que habían pasado siglos: no había sido fácil. En absoluto. Le habían casi obligado a casarse con él porque era un buen muchacho, de buena familia (vamos, con pedigree…  y bien cubiertas las espaldas), guapo, atlético… y encima, ella no le amaba. El matrimonio perfecto. Una condena en vida. Pero lo cierto es que cuando se casó con él, Patricia no estaba enamorada de nadie, así que tampoco le supuso una tragedia. Ella solo amaba la pintura, su sueño era llegar lejos y estudiaba Bellas Artes, pero…el matrimonio arrasó con todo. Tuvo que quedarse en su casa, con la pata quebrada, como quien dice, jugando a las casitas con un hombre al que apenas veía. Casi que mejor, porque juntos solo sabían discutir.

Se colocó de costado y apoyó la mejilla en la palma de su mano izquierda, extendida, para mirarle mejor. Él dormía tranquilamente, como si no hubiera absolutamente nada en el mundo que pudiera alterar su descanso, y ajeno al insomnio y a las excursiones nocturnas de su mujer. Quizás el incienso no cumpliera su cometido, o quizás simplemente que los milagros ya no tenían cabida en la derrota de sus vidas; después de tantos y tantos naufragios y abdicaciones, la Nada. ¿Dónde subyacía el error, en qué momento todo se había quebrado?

Se incorporó en la cama y, alargando el brazo, se colocó sobre los hombros su suave bata de seda. Caminó de puntillas hacia la puerta, furtiva, huyendo de la insensible bestia dormida. Avanzó por el largo pasillo del chalet como en una ensoñación, hasta llegar a la puerta del cuarto de invitados. Accionó el pomo y abrió exaltada, expectante, como si dentro se hallara el más preciado de los tesoros. Setián, adorado Setián… allí estaba él, tumbado de espaldas, el contorno de su cuerpo perfectamente delineado por la fina sábana que le cubría hasta medio pecho. Ella se acercó a los pies de la cama y sujetando uno de los extremos de la misma, la deslizó pausadamente hacia abajo, destapando aquel cuerpo que tanto deseaba, aquel cuerpo que consideraba ya suyo a pesar de que aún él no lo supiera… aquel tantas veces explorado en silencio, un día tras otro, siempre entre las penumbras del cuarto de invitados donde Setián dormía y sin que ella se atreviera ni tan siquiera a rozarle… ¿Cuántas mujeres habrían recorrido aquella divina anatomía? ¿Cuántas conocerían los recovecos de Setián, toda su orografía? Frunció el ceño, molesta por las cuestiones que siempre le asaltaban en los mejores momentos.

Fue entonces cuando Patricia dio el primer paso, apoyando por primera vez las manos sobre la cama de Setián, después de tantos días observándole a escondidas. Y pensando en su madre, en sus tías, en su abuela, se sentó en la cama.

Se inclinó hacia el pecho de Setián, entrecerrando los ojos, sintió su olor. Eso le reconfortó. Posó su mano derecha sobre el vientre de su amante, sintiendo el vello del bajo vientre en la palma de la mano, pero Setián, con un gruñido, se movió, quedando frente a ella, completamente desnudo como estaba, completamente dormido, soñando con solo sabe Dios qué, enteramente entregado a sus fantasías. Ella descendió a la altura de su cintura y le rodeó tímidamente con un brazo, conteniendo la respiración, insegura, sin dejar de mirarle a los ojos  por temor a que despertara. Comenzó a acariciarle el culo prieto, desterrando sus sospechas de infidelidad ajenas, decidida a disfrutar del cuerpo dormido que tan confiadamente se mostraba ante ella.

En un principio simplemente se dedicó a masajear lentamente su retaguardia, rozando el vello que crecía justo en su profunda raja, tratando de abarcar, sin éxito, aquellas considerables nalgas con una mano. Aquel chico tenía un culo precioso, grande (pero no demasiado), redondo, prieto, con unas nalgas suaves y con miles de pelillos protectores por entre la raja, un culo capaz de sostener medio mundo. Patricia inició una prueba de reconocimiento con la punta de los dedos, tratando de alcanzar el ano… y justo lo había conseguido cuando Setián, notando que algo andaba mal en ese noble punto inferior, se removió inquieto.

Patricia, sorprendida, retiró la mano, pero no se movió. Permaneció inmóvil hasta que, pasados unos segundos, pensó que él ya no se despertaría. Entonces descendió un poco más, más allá del bajo vientre, descubriendo la más ansiada de las riquezas de Setián… acercó su cara al laxo pene y rozó juguetona, con la nariz, la base, aspirando su aroma, sumergiéndose en el vello púbico que rodeaba la base de la ansiada verga. No se lo podía creer. ¡Ella, Patricia Olmos, con la nariz hundida en el sexo del mejor amigo de su marido! Si su familia se enterase… ¡si Miguel se enterase!

En ese preciso instante cerró los ojos, tratando de no pensar. Aquel era su momento de gloria, quizás el único en el que podría disfrutar de aquel hombre que tanto deseaba. ¿Violación? No, Solo era… era… bueno, estaba segura de gustarle a Setián y… si, seguro que ella también le gustaba a Setián, si, a veces la miraba… como… ¿libidinosamente? Si. Seguro. Su mano sobre el fuego no se quemaría. Mañana en la batalla piensa en mí, cuando fui mortal, y caiga tu lanza.

Patri, más decidida, sujetó con el índice y el pulgar la base del pene de Setián y se lo introdujo en la boca despacio, casi ritualmente, acariciándolo con los labios, a la vez que con los mismos dedos trataba de retirar la piel. Poco a poco la maravilla dormida comenzó a entrar en calor gracias a su saliva y, despertándose gratamente sorprendido, se quedó totalmente erecto, grandioso, apetitoso – ella lo miraba con gula: aquella era una polla convencida de poder acabar con el mundo de un solo pollazo. Carne en barra de primera calidad.

Ella acarició aquel apéndice sagrado, extasiada ante las dimensiones que había alcanzado, sorprendida por su suavidad y maldiciendo la semioscuridad que le impedía disfrutar del color de tamaño prodigio de la naturaleza. Quizás por eso no se dio cuenta de que  Setián acababa de despertarse, seguramente a la par que el despertar de su miembro, y que la miraba casi sin creérselo, preguntándose si aún soñaba, viendo a Patricia arrodillada, con su rostro a pocos centímetros de la punta de su verga y con las manos paseando libremente por su anatomía más recóndita.

Pero, pese a su sorpresa, no dijo nada. Es más, siguió haciéndose el dormido para no despistar a la chica, la mujer de su mejor amigo, quien le había acogido en su casa, Miguel, su amigo desde la infancia, Miguel, que seguramente jamás había deseado a su mujer tanto como la había deseado Setián desde que, días atrás, la vio por primera vez.

Setián sentía la respiración acelerada de Patricia sobre si pelvis y pensó en la cantidad de veces que había imaginado la desnudez de aquella diosa cada vez que la observaba afanarse en las tareas domésticas, cuando pasaba a su lado y apenas le rozaba, cuando la veía con esos vestidos que la tapaban desde la garganta hasta más allá de las rodillas… “viene de una familia muy católica”, le había comentado Miguel en un intento de disculpar la forma tan beatífica que tenía su mujer de vestir…

Miguel, el cazador insaciable, que se estaba acostando día si y otro también con su secretaria, Miguel, que apenas valoraba a la diosa encubierta que tenía por mujer. Y ahora, aquella diosa reverenciada, estaba allí, en su cama, disfrutando como una niña del cuerpo de aquel que no era su marido, de aquel desconocido a quien creía dormido. El pensar que Patricia prefería estar con él antes que con su marido le puso malo… estaba a punto de estallar. Ojalá hubiera podido agarrarla y hacer que se montara sobre él, que engullera con su sexo su enhiesto miembro, obligarla  a que cabalgara sobre él como jamás – seguramente- se habría atrevido a hacerlo sobre su marido… pero la respetaba demasiado. Quería a esa mujer para él, acabar sus días con ella, de la mano hacia lo que quedara…

No pudo reprimir un suspiro cuando ella se metió su polla hasta la garganta, y lo hizo varias veces, con frenesí, hasta que Setián no pudo más y, casi avergonzado, no alcanzó a evitar correrse en la boca de Patricia. Pero ella no se apartó, sino que, diligente, tragó todo el semen, saboreó todo el semen como si de ambrosía de dioses se tratara, una delicia de gourmet, como si no hubiera comido durante siglos… y en verdad era la primera vez que lo probaba. Y le había gustado tanto, que le lamió el pene hasta que Setián sintió que le ardía la piel.

Cuando Patricia estuvo convencida de que ni la más mísera gota de semen había sido desperdiciada, se incorporó, cubrió cariñosamente a Setián con la sábana de raso a la altura de medio pecho, y salió sigilosamente de la habitación, tal y como había entrado, sin dejar rastro.

Ya a solas, Setián se incorporó en la cama y palpándose su nuevamente adormecido miembro, se prometió a sí mismo que aquello no podría quedar en una simple aventura nocturna de su anfitriona.
Mientras, Patricia regresaba a tientas por el largo pasillo.

Había comprendido que ya no existía razón alguna por la que temer a la hora del lobo, porque el lobo ya no existía. Había desaparecido, llevándoselo todo consigo. Pero aún quedaba vida.  Se acomodó en su lado concertado de la cama matrimonial y pronto se quedó dormida… soñando con los futuros labios que esperarían soñolientos a que ella los despertara de nuevo…

Autora: Aliena del Valle

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Natalia

Abrí intempestivamente la puerta del baño, allí estaba Natalia, con aquellos refulgentes y exuberantes pechos y su magnífico culo…y con un pene más grande que el mio. Cerré la puerta rápidamente, pidiéndole disculpas y no sin antes vislumbrar una maliciosa sonrisa en su angelical rostro, pero yo ya había visto todo lo que quería ver. Salí como alma que lleva el diablo. Me dejé todo allí.

Estuve buscando un piso para compartir durante casi una semana, peor ninguno me pareció apto para un tipo como yo, y…No. Seamos francos. La verdad es que en el fondo iba buscando a una compañera de piso que, a ser posible, pusiera el piso. No me gusta vivir con más tíos, porque somos todos una manada de espesos. De guarros, vaya. Y a quien le pique que se rasque. Y cuidado, porque yo me incluyo.

No, lo que yo quería era tener una compañera de piso, no para que limpiara, que bueno, si se terciaba pues como que yo no iba a ser quien le pusiera pegas, pero…yo lo que quería, lo que yo realmente buscaba era…je, je, je. Ya os imagináis, no?

Me sorprendió la suerte que tuve. Puse un anuncio en el periódico y al cabo de una semana de rechazar propuestas, me llamó la chica con la voz más profunda y sensual que he oído en mi vida. Quedamos al día siguiente en una elegante cafetería del centro de la ciudad. Yo llegué con unos minutos de antelación porque quería observar a mis anchas a la que ya consideraba mi futura compañera de piso. Una mujer con aquella voz no podía decepcionarme. Y no lo hizo.

Justo cuando mi reloj marcaba las 5:00 de la tarde, hora taurina, aquella maravillosa becerraza entró al burladero.

Natalia era una mujer espectacular. Tendría entre 25 y 30 años, era bastante alta y con un cuerpo que ya quisieran muchas. Estoy seguro de que Elle McPherson se hubiera muerto de envidia ante Natalia. Lucía un pelo larguísimo, como a media espalda y de un negro azabache que contrastaba sobremanera con unos enormes ojos verde claro, y su piel era tan dorada que parecía resplandecer bajo aquella luz de otoño tardío.

Y sus tetas. Tenía unas tetas que eran la excepción a la regla que rige a la fuerza de la gravedad. Y encima parecían en constante lucha por salir del escote del ajustado vestido de muselina con el que quiso celebrar nuestra cita

Y su culo. Tenía un culo tan rico. No era uno de esos culos de chica de pitiminí que igual podría ser de un hombre que el de una mujer. Natalia tenía un culo de verdad, grande, redondo y prieto, como le gusta de verdad a todo hombre que se precie de tener dos pares de cojones bien puestos. Era un culo que podrá servir de apoyo al mundo. Era un culo orgulloso de sí mismo.

Si en ese momento me hubieran dicho que solo me quedaban 5 minutos de vida, los hubiera dedicado por entero a acariciar el culo de Natalia y a conocer las dos aperturas más secretas de su cuerpo con solo el tacto de mis dedos, no hubiera osado aspirar a más. Y os aseguro que después de eso hubiera entregado feliz mi mortal cuerpo a la Parca, convencido solo por mis últimos 5 minutos de vida, de que había merecido la pena vivir. Se dirigió totalmente decidida hacia mi – inexplicablemente en aquel momento no me extrañó -. Se sentó frente a mi y su deliciosa voz me dejó oír por mis paganos oídos:

– “Eres Eduardo, ¿verdad?…me alegra saber que eres puntual, creo que si decides quedarte conmigo, vamos a tener una fantástica convivencia” Si decides quedarte conmigo…ángel mío, ya estaba decidido en cuanto te vi entrar al Café…una fantástica convivencia…Natalia, con una palabra tuya bastará para hacerme tu esclavo. Hágase tu voluntad, mi diosa.

Nos tomamos sendos capuchinos mientras nos hacíamos un inventario de nuestras respectivas vidas. Ella era auxiliar de vuelo, pero había dejado ese trabajo para ver cumplido su sueño de ser cantante de jazz, o algo así. A lo Ella Fiztgerald. Desde luego tenía una imagen perfecta para serlo. Seguidamente salimos del café y nos dirigimos al piso. Era un lujoso ático en el centro de la ciudad, muy cerca del Café. En cuanto lo vi decidí considerarme un tipo con suerte. Un ático como aquel y una chica como Natalia eran demasiado para un pobre desgraciado como yo, para quien aquella canción de Gabinete Caligari, “Querida tristeza” era el himno de mi vida.

Comencé a cuestionarme la cuantía del alquiler cuando ella, adivinando mis pensamientos, me anunció que mi estancia sería gratuita, pues el ático era por entero de su propiedad y de lo que ella tenía necesidad era de “un compañero que suavizara sus largas tardes de soledad”, y no el dinero de un alquiler. Me extrañó muchísimo que una mujer como Natalia se aquejara de soledad, pues yo me había imaginado que tendría una vida muy agitada. No obstante me alegré íntimamente, ya que sus “largas tardes de soledad”, compartidas conmigo, me aportarían deliciosas e innumerables satisfacciones.

Feliz y contento le comuniqué que me instalaría al día siguiente por la tarde, ya que ella debido a su trabajo nocturno, solía dormir durante toda la mañana. Para mí fueron las casi 24 horas más largas de mi vida. La espera me corroía. Por fin al día siguiente llegué al ático de Natalia y me instalé. Me había preparado un ligero ágape, del que disfrutamos los dos y hablamos bastante. Ya inicié mi táctica y estrategia de conquista y me satisfizo ver que mi compañera me correspondió de acuerdo a mis expectativas.

Sobre las  11:00 de la noche se marchó a trabajar y yo me quedé solo en aquel enorme piso. Supongo que lo que hice fue bastante censurable, pero quién se hubiera podido resistir a la imperiosa curiosidad de registrar la casa. Me serví pues un vodka con limón y me dispuse para el recorrido. Lo hice someramente. Dejé lo mejor para el final, como un niño que se come rápidamente la comida para llegar al dulce y ansiado postre. Y la  meta de mi periplo era su habitación, el templo de la diosa Natalia, en cuyo altar – una gigantesca cama redonda -, me llegué a imaginar a mí mismo, adorándola y rindiéndomele mis más profundos honores.

Todo lo que vi me dejó muy satisfecho. Incluso, he de admitirlo, me sentí muy complacido al descubrí en uno de los cajones de su cómoda una gran variedad de artilugios de sex-shop. “¡Esta mujer tiene que ser una fiera, tiene de todo!” pensé orgulloso de mi reciente hallazgo. Fue entonces cuando decidí servirme mi quinto o sexto vodka con limón y conocer los dominios exteriores de mi castillo. Salí a la terraza.

No era  tan grande como me esperaba pero para el caso tampoco importaba mucho. Me entregué a maravillosas fantasías sexuales donde una semidesnuda Natalia era la protagonista absoluta, en un escenario de algún pub nocturno, cantando y masturbándose al mismo tiempo. Sobrio de alcohol y sexo imaginario, alcé la vista y me quedé paralizado.

Sobre mí se extendía una cuerda de tender la ropa, que atravesaba la terraza de un extremo a otro.  Una cuerda plagada de ropa interior. Toda la cuerda. Una extensa hilera de ropa interior colgada sobre mí. Pero no era ropa interior de mujer. No, Señor. Era una extensa hilera de ropa interior de hombre. Allí habría unos 30     calzoncillos bien alineados, uno al lado el otro, hasta llegar a la friolera de 30. Seguro, los conté.

Salí corriendo hacia la habitación de Natalia, presa de pánico, y me afané en buscar, cajón por cajón, hasta que encontré lo que temiblemente esperaba encontrar. Natalia no tenía ropa interior femenina. Nada. Ni siquiera un mísero tanga. Sudé la gota fría pensando en lo peor.

Formando cábalas en mi cabeza, me fu a mi cuarto y me introduje en la cama. Pero no me dormí, sino que esperé pacientemente hasta que, alrededor de las 5:00 de la mañana, llegó mi anfitriona.
Con los ojos entornados, haciéndome el dormido, noté cómo abría la puerta de mi habitación y suspiraba maternalmente al creerme en el séptimo cielo aristotélico y en brazos de Morfeo. Seguidamente se metió en el cuarto de baño y al poco rato pude oir el agua de la ducha cayendo.

Me deslicé fuera de la cama y abrí intempestivamente la puerta del baño. Y efectivamente, allí estaba Natalia, mi ángel, mi diosa…con aquellos refulgentes y exuberantes pechos y su magnífico culo…y con un pene más grande que el mío. Cerré la puerta rápidamente, pidiéndole disculpas – y no sin antes vislumbrar una maliciosa sonrisa en su angelical rostro -, pero yo ya había visto todo lo que quería ver. Salí de aquel ático de mis sueños como alma que lleva el diablo. Me dejé todo allí.

El caso es que hoy por hoy me recome la curiosidad: ¿Qué hubiera pasado si me hubiera quedado allí a vivir? Estoy convencido de que podría haberme adaptado a la verga de Natalia, la divina, mi ángel, mi demonio…ella. Y él. O todo. Natalia…

Autora: Aliena del Valle

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En el billar del pueblo

Ana estaba a punto de tener un orgasmo cuando le di la vuelta, la puse a cuatro patas y comencé a masajearle el culo, mientras Lorena seguía chupándole la concha y Cristina se estaba metiendo la barra del futbolín. El culo de Ana se notaba que nunca había sido penetrado así que empecé poco a poco a introducirle mi polla, cuando llegué al final el grito de Ana se tuvo que oír en todo el pueblo.

Aquel día se presentaba como tantos otros, normal, como todos los días desde que decidí marcharme a un tranquilo pueblo. Había ido allí a trabajar de camarero y la verdad es que ganaba un buen dinero. Solamente tenía un problema, el sexo.

En aquel pueblo, eran muy mayores todas las mujeres que había y las jóvenes estaban ya casadas. Así que la sequía estaba siendo larga. Aquella noche solamente quedaba un cliente en el bar, ya estaba muy borracho y me negué a servirle más copas, debido a que el muy cabrón ya me había roto dos vasos. En esas, llegó su mujer, Ana, para llevarlo a casa. Era una mujer de 30 años guapísima, con el pelo moreno y unas medidas que catalogué como 95-60-95. Llevaba solo un camisón, y se notaba que no se había arreglado mucho.

¡Otra vez borracho!- Abroncó ella a su marido – Anda vamos para casa.

Pero el marido ya estaba dormido en la barra. Así que trató de cargar con él ella sola. Yo vi mi oportunidad en ese momento con lo que me ofrecí muy galantemente a acompañarla a casa y ayudarla con su marido. Ella aceptó ya que no podía con su marido ella sola. En un momento del camino, el marido estuvo a punto de caerse. Cuando ella se agachó a cogerle pude ver que no llevaba ropa interior e inmediatamente me empalmé debido a que tenía un coño bien rasurado.

Llegamos a casa, le hicimos vomitar en el lavabo y el muy cabrón me llenó de mierda. Después le metimos en la cama y se quedó inmediatamente dormido. Salí al comedor y ella se ofreció para dejarme ropa, ya que estaba lleno de mierda.

Toma pruébate estos pantalones que seguro que te quedan bien- Me dijo…

Mientras, ella se sentó cono las piernas abiertas, la visión por segunda vez de ese coño tan perfecto, hizo que me volviese a empalmar. Pero en esta ocasión ella lo tuvo que ver ya que yo estaba sólo con mi bóxer. Me puse los pantalones como pude y comprobé que eran más ajustados que los que yo llevaba, con lo cuál la zona del paquete estaba a punto de reventar.

Si quieres tomarte algo- me dijo…

En ese momento yo recordé que el bar todavía estaba abierto, con lo que debía ir a cerrarlo. Maldiciendo por lo bajo, le dije que tenía que ir a cerrar el bar y ella me dijo que otra vez sería. Llegué al bar maldiciendo la ocasión que había perdido. Cuando estaba haciendo la cuenta, un coche paró justo a la puerta del bar. Abrí pensando que podía ser Ana, pero no era más que la Guardia Civil que estaba haciendo la ronda por el pueblo.

Por este pueblo pasaban dos Guardias Civiles mujeres y aquel día con el calentón que llevaba me parecieron más atractivas que nunca.

-¿Hola está el bar cerrado? -Preguntaron. -No, para la Guardia Civil siempre está abierto- contesté.

Pasaron las dos y se pidieron dos orujos. Se lo tomaron mientras charlábamos. Me dijeron sus nombres: Cristina y Lorena. Lorena era la más pecosa y Cristina era rubia con unos pechos firmes y grandes. Les invité a un segundo orujo y ellas empezaron a comentarme que no era normal ver gente tan guapa como yo por esa zona y demás cosas.

En estos términos seguía la conversación cuando a Cristina se le cayó el décimo orujo que se estaban tomando. El orujo fue a caer a mis pantalones, (aquel no era el día de los pantalones), y ellas pudieron ver lo empalmado que estaba. Lorena se ofreció a secármelo y empezó a manosearme primero con la servilleta y luego sin ella, por encima del paquete que se puso mucho más empalmado.

En eso me confesaron que durante el servicio de hoy habían estado haciéndose unos dedos las dos y que al verme entrar en el bar habían decidido que yo les quitara el calentón. Empezaron a quitarse la ropa, mientras yo me empezaba a pajear. Cuando terminaron yo ya estaba muy caliente. Ellas empezaron a chuparme mi hermosa polla, alternativamente. Cristina viendo que sobraba comenzó a chuparle el coño a Lorena. Lorena, que debía estar aún más caliente que yo terminó corriéndose enseguida, en ese momento coloqué a Cristina encima del billar del bar y comencé a metérsela por el coño. Mientras Lorena me chupaba los testículos, en aquel momento la vi correrse y con su humedad yo hice lo mismo.

Lorena se levantó y fue a donde guardaba los palos de billar, cogió uno y comenzó a metérselo por su concha. Eso me puso cachondísimo y volví a empalmarme, en ese momento Cristina comenzó a chupármela como una posesa, mientras tanto yo no podía dejar de mirarle las tetas, que estaban en erección y eran tremendamente grandes.

Tumbé a Cristina y mientras Lorena se me colocaba encima restregando su concha por mi hombro, yo coloqué mi polla entre las tetas de Cristina y las moví suavemente. Cristina colaboraba y comenzó a mover ella sus tetas con lo que yo le empecé a meter un dedo por su chocho. Acompasaba el ritmo y según yo metía y sacaba más rápido mis dedos ella movía sus tetas igual.

Al final Cristina se corrió y Lorena que a estas alturas ya llevaba dos orgasmos se colocó encima de mí y me cabalgó como una amazona, sujetando la piel en la base del pene. Aquello me dio una excitación que me hizo estar a punto para correrme.

En ese momento colocaron el tricornio que estaba en el suelo y me hicieron correrme en el interior. Cuando estaban las dos lamiendo el tricornio, oímos la puerta del bar y nos asustamos.

-¿Tan caliente te he dejado que has necesitado dos para enfriarte?- Oí como decía Ana desde la puerta, convertida en una diosa con su camisón repleto de transparencias.  -No- respondí- ni con dos me basta para enfriarme le contesté.

Ana se desnudó y cogió la botella de orujo que todavía estaba en la barra, se tumbó y echó el orujo por todo su cuerpo. Comencé a chuparle, el sabor del orujo se me subía a la cabeza mientras que a Ana se le iban erizando los pezones. Al llegar a su concha el orujo se mezclaba con sus propios flujos y hacían que chupara con mayor avidez.

Al final se me volvió a empalmar y comencé a follármela. Estaba apunto de tener un orgasmo cuando se me ocurrió una última posibilidad, le di la vuelta y la puse a cuatro patas y comencé a masajearle el culo, mientras Lorena seguía chupándole la concha y Cristina se estaba metiendo la barra del futbolín.

El culo de Ana se notaba que nunca había sido penetrado así que empecé poco a poco a introducirle mi polla, cuando llegué al final el grito de Ana se tuvo que oír en todo el pueblo. Comencé a bombearla y cuando terminé el orgasmo de Ana estaba siendo espectacular. Me corrí en sus intestinos y caí exhausto. La noche fue inolvidable, la repetimos en más ocasiones y conseguimos hacer aquella orgía semanal. Nadie sospechó. Ni siquiera cuando encuentran un palo de billar o la barra del futbolín mojados.

Autor: Joaquin

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Sofía me hizo mujercita sin saberlo

Era yo una diosa, y al mirarme en el espejo sentí el reflejo de mis sensaciones al encontrarse: por un lado el macho que lentamente se apagaba dentro de mí, arremetió a tocar esas bellas piernas y pies, cintura, nalgas y tetas, y por otro la dulce jovencita que aparecía en la imagen frente a mis ojos se ruborizaba al sentirse hostigada, y descubrirse disfrutándolo.

Todo empezó como la mayoría de las cosas que duran mucho: en un momento de ocio, de soledad. Vivía en ese entonces en un departamento alquilado junto a otros dos chicos y tres chicas de edad universitaria, como yo. Mis compañeros y compañeras se habían marchado a visitar a sus familias, y yo por falta de recursos tuve que quedarme sólo en el depa durante las fiestas de fin de año. Me había bebido media botella de vino la noche anterior y me desperté iniciando la tarde, luego del mediodía.

Estaba desnudo en la cama de una de las chicas que era realmente la más atractiva de las tres, muy dedicada a los estudios, pero también muy coqueta y provocativa. En esa misma cama ya se habría tirado a unos siete chicos de la facultad. A los “roomies” nos había aclarado que no lo hacía por putería, era simplemente “una forma de aliviar el estrés del estudio”. Como decía, ella era muy estudiosa.

La chica de la que les hablo, Sofía, era delgada, pero muy bien formada, todas sus curvas y contornos estaban en su lugar, e incluso habría unos cuantos que pocas chicas ostentaban con tanta perfección. Su piel era blanca y perfecta, sin una sola mancha o imperfección, excepto por un pequeño y casi imperceptible lunar sobre sus labios, del lado derecho. Cabello ondulado rubio cobrizo, alta, dulce, de manos y pies perfectos, solía caminar por todo el apartamento descalza, en una pequeña faldita de mezclilla y con un pequeño top, que le aliviaba del calor y le permitía mayor libertad de movimiento, mientras nos mantenía a todos sus compañeros del departamento atendiéndole a diario, para envidia de sus otras dos compañeras de habitación.

Volviendo a mi historia, me encontraba tendido sobre esta cama cuyo aroma era puramente el de esa adolescente que se ha convertido en mujer, delicado, con no más de una semana de antigüedad, incluyendo los tres días que ella tenía de haberse ido de vaca, y su textura era suave, tan suave que provocaba revolcarse en ella por horas.

La resaca había pasado y la única sensación que tenía en ese momento era el delicioso contacto de esa suave y perfumada tela sobre mi piel, y quería más. Me movía deliciosamente sobre las sábanas y almohadas, y de alguna manera comencé a pensar que eso es lo que ella sentía cada día. ¿Estaré sintiendo exactamente lo que ella siente? Seguramente, aunque un pequeño detalle haría la diferencia en contra de mi recién nacida fantasía: Sofía tenía su cuerpo totalmente depilado, como es lo correcto para toda mujer que se sienta muy femenina. Incluso nos había confesado en una noche de conversaciones calientes que ella depilaba por completo su pubis y axilas porque disfrutaba mucho de tocar esas partes de su cuerpo y sentirlas tan suaves como el trasero de un bebé.

Comprendí entonces que para sentir por completo la suavidad y dulzura de esa suave cama tendría que tener una piel depilada y suave como la de Sofía, y por unos momentos sentí tristeza porque aunque mi torso y en general mi cuerpo eran bastante lampiños, mis piernas si tenían una espesa población de vello y ni qué decir de mi entrepierna, muy masculinas, total, yo era un macho a toda regla y mi cama también tendría varias historias que contar para ese entonces.

Pero la tristeza duró muy poco. Sólo levantarme de la cama y pisar la suave alfombra alrededor de la misma me tomó el idear un plan. Ya que tendría todo el verano para disfrutar de la suavidad de su cama, por qué no hacerlo al máximo como Sofía. Me fui al baño, tomé crema de afeitarme y la unté en la parte inferior de mi vientre, y la fui untando suavemente en mi zona púbica. Sólo tomó unos ocho recorridos de la navaja, y mi piel quedó como la de una niña de quince años, lisa y bella, como nunca la había visto. No pude resistir bajar la crema y la navaja por una de mis piernas, y me depilé hasta la rodilla, ambos muslos quedaron divinos, hermosos. No me había fijado en lo femeninas que eran mis piernas hasta ese momento, y sentí un nuevo tipo de orgullo.

Ni me imaginaba las largas caminatas que darían esas bellas piernas sobre tacones de aguja, o las veces que soportarían el peso de algún chico musculoso del equipo de futbol. Pero ya llegaremos a eso.

Para no alargar mucho la depilada duró hasta que no tuve nada que depilar. Con cada pasada de la navaja sentía que había que perfeccionar otra parte, y al mirarme al espejo vi un cuerpo delgado, muy femenino, de hecho bello, sin un solo pelo y lo más delicioso, suave como los pétalos de una rosa, con una durísima erección en el centro. Que poco varonil y masculino se veía mi pene, a pesar de tener muy buen tamaño y forma, parecía algo mal puesto en ese cuerpo que era el motivo de mi propio deseo. Estaba teniendo una erección por mis propias piernas y cola, y era maravilloso. Estaba listo para una deliciosa paja, pero recordé la cama de Sofía y decidí disfrutar primero de ese placer.

Volví al lecho de mi musa inspiradora y me recosté suavemente sobre esas dulces sábanas. Indudablemente era otra sensación, poderosamente superior a la anterior y mucho más profunda y placentera. La piel se deslizaba sobre la tela a mayor velocidad y no había casi ninguna fricción, era sencillamente el cielo y yo volaba sobre él como un ave migratoria en dirección al sur.

Pasaba arrebatadoramente mis manos por mi nuevo cuerpo, un nuevo físico tan suave y deseable como el de Sofía, a quien secretamente había admirado durante mucho tiempo, y comencé a restregarme mi verga como tantas veces lo había hecho pensando en ella, lentamente deslizaba mi mano desde mi ombligo hasta mi “monte de Venus”, y luego a lo largo de mi semi erecta polla que palpitaba emocionada con mi excitación. Lentamente me pajeaba cuando pensé nuevamente en las sensaciones de Sofía, en lo que sentía ella recién bañadita como yo lo estaba, y vestirse con sus seductoras y pequeñas prendas de ropa íntima, y sus atrevidos conjuntos de calle.

Así que me puse de pie y caminé hacia el guardarropas y ups, me di cuenta de que lo hacía de puntillas, con mis bellos y delicados pies apoyando sólo la parte frontal en el suelo y mis talones flotando como si lo hicieran sobre imaginarios tacones de entre seis y siete centímetros.

Verme así en un espejo de cuerpo entero que adornaba la puerta del guardarropa me hizo sentirme poco varonil, de hecho bastante marica, pero estaba sólo en el depa, sin nadie para criticarme o comentar nada, y al final lo estaba disfrutando tanto que incluso me di una vuelta y miré mi hermosa cola. Mientras lo hacía mis propios pensamientos me preguntaban cómo era posible que una cola de nena como esa jamás hubiese estado en manos de un chico. Llegué incluso a pensar que las chicas que terminaron conmigo alguna vez lo habrían hecho por no seguir acostándose con lo que prácticamente las convertía en lesbianas, y por esto último se me escapó una leve risilla, casi como la de una chica que comenta sus picardías con sus amigas.

Entré al guardarropas y descubrí el inmenso tesoro de prendas de vestir que tenían Sofía y sus dos compañeras guardado. Con razón tardaban tanto en arreglarse, obviamente tomar una decisión en ese lugar debía ser todo un reto. En un lado, canastas de ropa interior, sostenes, panties de hilo, tangas, cacheteros, entre otros cuyo nombre desconocía, en otras tops, blusas y remeras, mientras de las perchas colgaban faldas largas, cortas, cinturones, pantaloncitos muy cortos y algunos pantalones largos, pero eran los menos.

A pesar de tener plena consciencia del mucho tiempo con el que contaba, tomé un panti tipo tanga, de color negro, que hacía pleno contraste con mi piel muy blanca, como la de Sofía, y lo deslicé desde abajo, lentamente por mis piernas perfectas, hasta acomodarlo con algo de dificultad entre mis nalgas. Y digo dificultad porque a pesar de que mi cuerpo tiene dimensiones y proporciones similares al de Sofía, sigue teniendo ese “extra” que en ese momento parecía querer explotar. Tonta de mí que aún no comprendía cómo manipular este “percance” y tuve que esperar unos minutos a que bajara su rigidez para luego acomodarlo hacia atrás entre mis muslos, dentro de mi reluciente y bella tanga negra.

Luego tomé la faldita de mezclilla preferida de Sofía, me la puse en la cintura, le cerré los botones y la bajé hasta donde mi cola se volvió un obstáculo, quedó poco más arriba de la mitad de mis muslos, pero se veía perfecta. Me encantó la sensación de abrigo y calor que le producía a mi cintura y nalgas, mientras que dejaba entrar la brisa entre mis muslos y hasta mi entrepierna, provocándome una sensación morbosa de que incluso el aire deseaba meterme mano.

No podía creer lo que hacía. Allí estaba yo depilada, sintiéndome sencillamente hermosa y atractiva, parada sobre las puntas de mis pies modelando frente al espejo mi precioso y curvilíneo cuerpo con sólo una tanga y una minifalda. Yo, el chico, el hombre, al que le gustaba penetrar y bombear a las chicas del primer año de la universidad que necesitaban ayuda en un proyecto, estaba allí casi listo para ser llevado por algún enamorado al cine, a que me usara a su antojo.

Me faltaba la parte superior y para esto elegí una blusa amplia, con muchos vuelos sobre los brazos y mediano escote, con la espalda descubierta, que se amarraba detrás de la nuca. Me formé unos hermosos senos con un “wonderbra” de Laura, otra de las chicas, y aunque los zapatos de la bella Sofía no me calzaban ya que eran levemente más chicos que mi talla, los de Tatiana, la segunda compañera de Sofía, me quedaron perfectos. Escogí unas sandalias doradas de tiras muy delgadas y un elevado tacón, que hacían ver mis pies como si fuesen copas de champaña listas para beberse y lamerse si fuera necesario.

Era yo una diosa, y al mirarme en el espejo sentí el reflejo de mis sensaciones al encontrarse: por un lado el macho que lentamente se apagaba dentro de mí, arremetió a tocar esas bellas piernas y pies, cintura, nalgas y tetas, y por otro la dulce jovencita que aparecía en la imagen frente a mis ojos se ruborizaba al sentirse hostigada, y descubrirse disfrutándolo.

Me cansé de mirarme luego de una media hora. Todo ese tiempo había estado excitada, pero aún no me había terminado de hacer la deliciosa paja que tanto necesitaba desde mi despertar.

Caminé por el apartamento, asegurándome de que nadie me viera por alguna ventana abierta, hice mi cena, para cuando sobrevino la obscuridad de la noche, ya estaba terminando la segunda mitad de la botella de vino, sentada en una silla en el salón del depa, frente a la puerta, con las piernas cruzadas de tal suerte que mi ya relajada verga estaría posiblemente azul, con la copa en mi mano derecha y una revista Cosmopolitan en mi mano izquierda.

“Con que así se siente ser ella”, pensé, mientras la puerta del apartamento se abría lentamente, dejando entrar la fuerte luz del pasillo, dibujando una silueta parecida a la de la famosa “Sailor Moon”, cuyas aventuras habrán entretenido a más de una de mis lectoras.

La puerta se cerró detrás de Sofía, y mientras mi mundo se descomponía lentamente y mi rostro reflejaba la angustia y desnudez que me embargaban, los dilatados ojos de la mujer que me había convertido en un mariquita travestido y depilado, con un trago en la mano y una revista de mujeres en la otra sin siquiera mover un dedo, me recorrían una y otra vez mientras sus labios dibujaban una sonrisa perversa y caliente.

Sofía, yo…

Continuará…

Creo que si me hubiera hecho una paja al amanecer en la cama nada de esto habría pasado. Tal vez aún sería un chico coqueto con las damas y posiblemente estaría en algún bar bebiendo con mis amigos, y no escribiendo esta historia como testimonio al mundo de que a tres metros del ordenador en el que me encuentro ahora, hay un hombre satisfecho y que sobre mi silla hay un culo adolorido, pero orgulloso. Si deseas comentarme algo escríbeme.

Autor: vixcur

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