Lucia, la bella profesora II

De su interior salía un jugoso y lúgubre líquido blanco con un aroma muy sexual. Estaba bajo mi poder aquella especie de máquina seductora y no lo iba a desaprovechar. Así que esta vez le puse yo mi coñito en su cara y empezó a chupar. No podía contener el placer que me daba.

Parecía que lo mío con Lucía había acabado. Lo que empezó siendo una fantasía erótica propia de adolescente me estaba matando en deseos turbios. La conseguí, conseguí que su cuerpo estuviera junto al mío, que sus labios me besaran, que sus manos me acariciaran… Conseguí llegar al cielo sin moverme de la tierra, pero caí en la más oscura tiniebla cuando descubrí quien era ella. Nada más y nada menos que un ángel caído, un ser maligno. Pero yo la amaba.

Bajo las pretensiones de Lucía estaba el ser directora. Lo podía leer en sus ojos cuando me miraba. Estaba en clase, mirándola y sólo deseaba besarla otra vez. Tumbarla en su mesa y lamer su cuerpo escultural. Pero debía contenerme, pues para ella sólo era un pasatiempo. Que bella era Lucía…
Un fin de semana, me quedé en el centro para acabar un trabajo con unas compañeras. Tenía curiosidad por saber que estaba haciendo Lucía y la verdad es que no sé para que fui porque lo que vi fue desolador. Ella estaba en la habitación de la directora. La puerta estaba entreabierta y las dos estaban en la cama sentadas, hablando. Vaya dos bellezas juntas…

Las dos eran extremadamente bellas y elegantes, pero Lucía destacaba más. De repente Lucía se aproximó a los labios de la directora y la besó apasionadamente. Yo sentí que mi corazón se estaba rompiendo en mil pedazos. Después del beso, se acariciaron mutuamente, se fueron desnudando y se tumbaron en la cama. La vista que tenía no era muy buena así que poco vi… Pero fue suficiente para comprender que aquella mujer no me amaría nunca y que querer estar con ella sería como querer tocar la luna con sólo extender un brazo… imposible.

Pero este sentimiento tan grande no podía quedarse aquí. Aunque ella fuera una mujer abierta a otras mujeres, yo la amaba de verdad y se lo iba a demostrar. Lucía sería mía… Una noche subí a su habitación. Me armé de valor y toqué a su puerta. Tenía miedo de que alguien estuviera con ella en la cama… Abrí la puerta y la vi durmiendo. Aún era más bella cuando dormía. Su cuerpo desnudo yacía sobre una cama grande con sábanas blancas. Era el reflejo de un ángel plateado. Me di la vuelta y cuando estuve a punto de abrir la puerta para marcharme oí su voz:

– Andrea… no te vayas.

Me giré y la vi sentada en la cama, mirándome. Me acerqué sigilosamente a su lado y la besé. Ese momento había sido tan deseado para mí que creía estar soñando. No podía ser cierto. Una simple chica besándose con un ángel. Después del beso nos fuimos acariciando. Poco a poco mis manos sostenían sus perfectos y escandalosos pechos. Besé su cuello, después sus pechos radiantes por la plenitud de sus pezones erectos. Llegué a su cintura y por fin a su apreciado sexo. Abrió sus piernas y accedí hacia el tesoro con más facilidad. Ella me miraba mientras contorneaba su cuerpo de placer. Me encantaba oír sus gemidos, eran calientes y desbordantes. Lucía era un cuadro de deseos.

Mientras la lamía suavemente, por mi cabeza pasaron muchos pensamientos: todo el daño que me hizo acostándose con otras, mintiendo a la directora… Así que mi instinto agresivo salió a la luz y le mordisqueé sus labios vaginales. Ella gimió descaradamente por el placer que le causó. Pensando que era un juego mío, tal vez, se sentía más excitada. De su interior salía un jugoso y lúgubre líquido blanco con un aroma muy sexual. Estaba bajo mi poder aquella especie de máquina seductora y no lo iba a desaprovechar. Así que esta vez le puse yo mi coñito en su cara y empezó a chupar. No podía contener el placer que me daba. Su lengua de arriba abajo surcaba todos los rincones de mi vagina sedienta. Sus dedos llenos de gloria parecía que buscaban algo dentro de mí y por fin tuve el deseado orgasmo y ella saboreó todo lo que salió de mi ser. Me acosté a su lado y nos besamos.

– Yo creía que te gustaba de verdad…- Y me gustas – Respondió ella.- Me refiero a… solamente yo… Pero veo que únicamente soy un pasatiempo. ¿Verdad?- No sé por qué te lo tomas todo así… Nos lo hemos pasado bien, ¿Verdad? Pues ya está. Deja de pensar en algo más, la vida es hoy, mañana quien sabe… Hoy estoy aquí, mañana no lo sé.

Sus palabras eran agudas, afiladas como cuchillos de hierro. Sólo era un nombre más en su lista negra. ¡Pero yo la amaba! O tal vez sólo la deseaba. ¡Pues la deseaba mucho! Quería que sólo fuera mía algo que jamás conseguiría. A la mañana siguiente la directora entró en mi habitación. Serían las 9 de la mañana de un sábado. La mujer estaba realmente impresionante. De por si era guapísima y muy atractiva, pero esa mañana más.

– Andrea, quiero hablar contigo. Yo, acostada en mi cama le respondí como pude: – Dígame… – Es sobre Lucía… Ella… se ha marchado. Me levanté de golpe. – ¿Cómo dices? ¿A dónde? ¿Por qué? Pero no se puede ir…- Vengo a ver si tú sabes algo… Andrea ¿no te dijo nada?- Quizás se haya ido a dar una vuelta, es sábado…- Su habitación está abierta y no hay nada de ropa. Está vacía…

Sentí una gran pena. La directora me miraba y en sus ojos pude ver lágrimas a punto de caer. Efectivamente, sus mejillas pronto estuvieron mojadas. Me levanté a abrazarla. Las dos compartíamos la misma pena: Lucía se había ido. Mientras tenía a aquella irresistible mujer entre mis brazos me sentía afortunada. Nos miramos a los ojos y la pasión salió a flote. Nos besamos apasionadamente. Fue un beso frágil, pero fuerte. Su lengua y la mía se buscaban… realmente buscábamos a Lucía… Una y la otra, nos saboreábamos. Ella me tiró en mi cama. Mis compañeras no estaban y el hecho de pensar que podrían llegar de un momento a otro nos excitaba más. Se quitó la chaqueta de su elegante traje, dejando al descubierto una camisa blanca sin mangas. Debajo de ellas se insinuaban unos pechos muy apetitosos y bien formados. Poco tardé en verlos pues le desabroché la camisa y le quité el sujetador. Eran todos para mí, sólo para mí…

Y aunque podía haber pasado una tarde de infarto y tener mil orgasmos con aquella mujer de feliz seducción, me negué. Yo amaba a Lucía y lo único que estaba haciendo era saciar mi sed con otra mujer que no amaba en absoluto. Podría desearla, pero nada más allá.

La directora no pareció comprender mi rechazo. Se vistió y se marchó enojada. A mí me daba igual. Por mi propio pie fui a descubrir si era cierto… No había ni rastro en su habitación. Sólo las sábanas blancas eran la señal de que mi ángel había estado ahí. Así que me puse a averiguar el porqué de su ida. Nadie sabía nada. Ni en dirección, ni las alumnas. Era un gran misterio.

Siguió el curso y en lengua castellana vino otra profesora. Nada que hacer al lado de Lucía. Y aunque la busqué en todos los rincones, fui los fines de semana por Irlanda, incluso fui a Londres… ella no aparecía por ningún sitio. Se lo llevó todo dejando un gran vacío en mi colegio y en mi corazón. No me canso de buscarla allá donde vaya esperando ver a mi ángel dorado por algún lugar. Sé que ella me recuerda, aunque esté con mil amores más. Sé que fui especial y si no es así prefiero pensarlo pues mi corazón la llevará siempre en sus recuerdos como a un ángel maldito. Bella por fuera, malvada por dentro. Lucía, día a día, aún te recuerdo…

Autora: Andrea

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