Él empezó, ella le siguió

Él se acostó boca arriba y ella lo montó dando rienda suelta a su pasión. Si bien la chica disfrutó en exceso haciéndolo en su posición favorita, quiso ir más lejos y decidió renunciar a su virginidad anal. Animosos, se separaron; y ella, después de acomodarse un poco, trató de sentarse nuevamente sobre la saliente de su profesor.

In memorian Gustavo Adolfo Bécquer

“Ah… come de mí, come de mi carne”.    Gustavo Cerati/Charly Alberti

Hoy me acosté con una prostituta, lo cual no acostumbraba hacer, ya que siempre tuve la compañía de buenos amigos dispuestos a tener una aventura a cada momento. Pero esta vez quise dejar atrás la rutina y abrirme a lo no corriente en el plano sexual. Y con esto no me refiero sólo a lo de la ninfa, sino que también escribí mi primer cuento erótico.

Después de haber escrito tantos libros y de haber recibido tantos premios, sentía que mi trayectoria como reconocida escritora de ensayos académicos debía llegar a su fin. ¡Ya no quería escribir como si se tratase de una carta a mi abuela! Y esta desviación me parecía la manera correcta de encarar el asunto. No es que no me haya sentido cómoda haciendo lo que hacía, al contrario, me situé allí porque prefería seguir las reglas más infantiles. Pero, con varias décadas en mis espaldas, sentía que había crecido bastante; era hora de reflejar eso en mi vida, incluyéndolo en mi llegada más pública: la literatura.

Siempre veía a esa persona ofreciéndose en la esquina de Bolívar y Francia. Con frío, con calor, de noche o de madrugada, sin cesar ella aguardaba la llegada de clientes. Su madurez le jugaba en contra, pues físicamente competía con chicas más tiernas y curvilíneas que eran predilección entre los consumidores de aquel servicio. Por ponerme en su lugar (o vaya a saber por qué razón), me atrajo la idea de tenerla, y así fue que la cargué en mi coche.

Una vez que la tuve en la cama, saqué un papel con la copia de mi cuento y se lo leí. Ella quedó desconcertada y no sintió mayor conmoción. Desilusionada, doblé la hoja en pliegues cada vez más chiquitos hasta obtener un rollito del tamaño de un dedal y se lo metí “ya sabes dónde”. La mujer no opuso ningún tipo de resistencia, es más, fingió satisfacción. Creo que lo hizo porque sabía que si daba una mala impresión de entrada no volvería a tener la suerte de que la contratase. En otras palabras: cuidaba al cliente.

Con mi cuento donde yo lo había dejado, tuvimos sexo. Para entrar en calor nos dedicamos a explorar delicadamente la superficie de nuestros cuerpos desnudos, hasta que me solté del todo y tomé la iniciativa en lo que a gozar plenamente se refiere. Esto lo conseguimos a través de los contactos lascivos más salvajes. Eso sí: fue rápido. Tuvimos varios orgasmos seguidos (tres en mi caso), el último simultáneo. ¡Una maravilla! Las dos caímos rendidas, mojadas a más no poder. Entonces la desobligué. Sin pérdida de tiempo ella pasó al cuarto de baño sin cerrar la puerta después. Observé cómo se quitó el cuento y –extendido– lo arrojó a la ducha. Un hilo de agua que escapaba de la cañilla lo llevó hacia el desagüe y lo desintegró. No quedaron ni rastros de él.

Ahora –no sé cómo ni por qué– ese cuento llegó hasta ti. Aquí lo tienes. Comienza de esta manera:

A la siesta de un caluroso día de verano, ella tocó a la puerta. La espera el maestro de música, quien le venía enseñando a tocar el violín desde que era pequeña. A mitad de la clase pararon, como era costumbre, para tomar un té. En esta oportunidad él fue quien preparó la infusión, ya que su señora (que era la que hacía ese trabajo), estaba de viaje.

Sentados en un sofá, platicaron hasta agotar los temas abordados. Ella era una chica corta de palabras y él un hombre poco ocurrente, por lo que era normal que aquello pasase después de un corto rato. En lugar de reincorporarse a su labor, el maestro acarició el rostro de la muchacha y le dijo:

– ¡Qué bella eres!

Ella sonrió y él continuó acariciándola. Además de la faz, le acarició el pelo, el cuello, la clavícula… hasta deslizar la mano por su escote y encontrarse con un tierno y desnudo busto juvenil. Giró la mano en círculos para apreciar mejor la curvatura. Poco a poco, sus pezones –prácticamente ocultos– fueron haciendo presión contra la mano hasta terminar en el contacto total. Él notó que ella miraba hacia el dormitorio, el cual estaba enfrente con la puerta abierta. Interpretando eso como un “sí”, la tomó de la mano y la condujo hasta su cama matrimonial.

Mientras él se sacaba los zapatos con toda calma, la joven se desvistió. A continuación se acostaron. Él se disponía a besarla cuando ella se inhibió, evitando la mirada y tensando los músculos. El maestro se dio cuenta de que así la cosa no iba a andar. Optó por acercarse lo más que pudo, sin tocarla, y le aconsejó:

– ¡No tengas vergüenza! Piensa en las veces en que lo deseaste intensamente y no podías hacerlo porque te estaban vigilando. Piensa en los momentos en que querías un amor cualquiera y no había nadie. Piensa en el fuego que te invadía, quemándote, y nadie hacía nada para remediarlo, ni siquiera tú. Piensa…

A ella le vinieron mil imágenes a la mente. Recordó las innumerables oportunidades en que, durante las tardes, se quedaba con su abuela en un pequeño departamento donde no podía distender sus necesidades carnales (adoraba a su abuela, pero aquello la fastidiaba); recordó la angustiante soledad que había sentido los últimos tres años desde que deseó tener una pareja, sin conseguirlo; recordó el ardor en sus órganos más íntimos pidiéndole a gritos su atención, y ella haciendo como que no oía.

– ¡Por favor! –exclamó. – ¿Lo ves? –preguntó él, tomándola suavemente del mentón. – ¡Cerdo! ¡Cerdo, cerdo! –Le gritó transformada, haciéndolo estremecer– ¡Quiero que seas un cerdo!

Esta última afirmación le devolvió el alma al cuerpo.

–A mi juego me han llamado –dijo él presumiendo de lo que no era, contento de haber obtenido, por su intervención, un resultado mejor que el esperado.

Rieron a la par. Él la tomó de los senos como se toma a un prismático con las dos manos y los apretó hasta arrugarlos. Ella, con un brazo asió la cintura de su maestro y con la mano libre lo tomó de los testículos y le hizo lo mismo.

– ¡Uh…! –dejó escapar un lamento y su erección se volvió pétrea, empequeñeciendo al mundo con su dilatación.

Siguieron con un 69. Acto seguido él se acostó boca arriba y ella lo montó dando rienda suelta a su pasión. Si bien la chica disfrutó en exceso haciéndolo en su posición favorita, quiso ir más lejos y decidió renunciar a su virginidad anal.

Animosos, se separaron; y ella, después de acomodarse un poco, trató de sentarse nuevamente sobre la saliente de su profesor, pero no pudo: la presión que ofrecía su esfínter era demasiada. Buscando una penetración exitosa, la chica levantó sus dos piernas en el aire en una pose gimnástica y, apenas sosteniéndose, dejó caer su peso a plomo sobre “el misil” que él sostenía de su base. Tampoco así lo consiguieron.

Entonces él, arqueándose como un loco, elevó su pelvis al máximo, y, jalando a la chica de la cintura –en principio– y finalmente de las caderas (porque sus manos fueron deslizándose por el gran esfuerzo), logró desflorar el rebelde orificio, recibiendo una brusca embestida.

– ¡Beeee! –baló ella como becerra, lagrimeando con cara de indescriptible dolor. Luego rió sin dejar de llorar y gozó, gozó inmensamente. – ¡Ay, ay, ay…! –se quejaba con razón, pues no era de fingir sus emociones.

De esta forma la joven dio sus primeros pasos en el sadomasoquismo.  Cuando estaba a punto de estallar, él le pidió que lo enfrentara para mostrarle la expulsión. Ella la esperó con la boca bien abierta y los ojos más abiertos todavía, porque no quería perderse de nada. Además, con las manos tenía sus pechos levantados para que cayera allí lo que pudiese derramarse.

¡Madre mía! La erupción del Chimborazo fue pequeña comparada con aquella. El primer brote fue a parar derecho a la boca de la muchacha, el segundo le regó la cara, alcanzándole un ojo debido a que ambos se movieron por la emoción.

– ¡Ay! –se quejó ella y frunció el ceño desaprobando a su maestro injustamente.

Y el tercer y último vestigio se volcó sobre su fuente. Él, para desquitarse, agarró a su discípula del cabello y la frotó contra su sexo.

–Servida –le dijo, la besó en la limpia frente y la abrazó; y ella se sintió una niña en brazos de su abuela.

Autor: Ale Spain

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