Me convertí en una mujer alocada y libre

Empezó a chuparme delicadamente mi clítoris, abrí mis piernas para que su lengua penetrara más fácilmente, él siguió lamiendo, pero al mismo tiempo subiendo las manos por debajo de mi blusa, desabrochó el brassier y comenzó a masajear mis senos, yo ya estaba de a mil, se me olvidó mi marido, mis hijos, mis penas, mis inhibiciones, todo, sólo quería una cosa, tener dentro su pene.

Hola amigos esta es mi historia, es verídica, pero pueden creerla o no, sólo cambio los nombres para darme un poco de tranquilidad, porque mi esposo, algunas veces lee las historias y el es un cornudo, pero no se ha dado cuenta y no quiero que se dé cuenta porque así vivo muy feliz, en mi casa, con mis hijos, mi vida real y también mi vida secreta, siendo libre y feliz, sin dañar a nadie y sin que nadie salga lastimado.

Soy una mujer de 43 años, mido 1.63 cms. más tacones, tengo buen cuerpo, un poco llenita, la gente me dice que soy guapa y si lo creo porque cuando voy por la calle, siempre me voltean a ver, tengo tres hijos. Yo creía que era una mujer tímida, pero me di cuenta que no, después lo entenderán si siguen leyendo. Sufro de depresiones desde hace 10 años y desde hace nueve voy con Adolfo, un doctor que me veía, ayudaba y supervisaba para salir de las mismas depresiones, soy católica y creía que mis convicciones de monógama estaban firmemente arraigadas. Sí volteaba a ver a los hombres guapos, pero hasta ahí, no me hacía fantasías en la mente ni mucho menos trataba de hacerlas realidad.

A raíz de estas depresiones tomo algunos medicamentos que hacían que algunas veces cambiara mi estado de ánimo, por lo que algunos días estoy muy contenta, pero también me ponen algo, como les explicaré, algo caliente, pero me daba pena decirle a mi marido, que me compensara y si era mucha la urgencia pues me masturbaba con la mano o con algunos de los juguetes que me ha regalado mi esposo aunque algunas veces sólo eran ayudas, pero no quedaba contenta. Bueno pues, entremos de lleno a mi historia, esto pasó hace unos seis meses, estaba yendo a la terapia porque había pasado una crisis muy fuerte de depresión y esto nos había separado un poco a mi esposo y a mí, al aumentar los medicamentos pues también aumentaron mis calenturas y tenía que masturbarme a diario y algunos días más de una vez, aparte de tener relaciones con mi esposo más frecuentemente.

Mi marido era el hombre más feliz del mundo, creo, porque me decía que qué me pasaba y qué bueno que yo por primera vez tomaba la iniciativa para tener relaciones sexuales, intentábamos posturas diferentes que yo no había querido probar, ya no era virgen por ningún lado porque mi esposo ya se había encargado de estrenarme. Quiero mencionar que aunque él cree que sólo había tenido relaciones con él, con mis novios anteriores a mi marido había tenido sexo oral, y generalmente yo era la que les mamaba el pene en los coches porque me daba pena ir a un hotel y mucho más en algún otro lugar por lo que buscábamos calles sin mucha iluminación o sin mucho tránsito y me bajaba a chupar, lo único que en esa época nunca me gustó fue tener que tragarme su semen, casi siempre lo escupía en un kleenex (pañuelo desechable).

Pero ya volví a desviarme de la historia original; un día me tocó ir con Adolfo, mi doctor, a la consulta habitual, y yo había amanecido muy caliente, mi esposo, como de costumbre no me hizo caso de quedarse a apagarla porque según él tenía una cita importante en su oficina y aunque me masturbé no pude llegar plenamente (soy multi-orgásmica), bueno pues el caso es que tenía mi cita a las cuatro de la tarde en el Pedregal y como vivo en la zona de Polanco, el tráfico de esta “maravillosa” ciudad, me obliga a salir de mi casa con una hora de antelación, lo que pasó fue que ese día llegué con 20 minutos de anticipación y curiosamente para Adolfo no era su primera cita sino la última antes de comer y como no llegó la cita anterior quería salir a comer temprano porque su siguiente paciente era hasta las siete de la tarde.

Hasta aquí todo era normal como siempre, pasé a su consultorio me senté y comenzó la consulta, el siempre estaba en un sillón sentado enfrente de mí y yo estaba en un sofá con una mesa como de sala entre los dos, le hablé de mis estados de ánimo, de mis peleas con el marido y finalmente le dije que últimamente había tenido un apetito sexual desmedido y que como de mi marido estaba un poco alejada, pues sólo podía desfogarme masturbándome y quería ver cómo podía Adolfo ayudarme en ese aspecto, claro yo me refería a un cambio de medicinas o una disminución de dosis para quitarme esas calenturas, pero él en cambio me dijo: no te preocupes ven conmigo.

Le pregunté que si platicar con él me ayudaría a quitarme las calenturas, pero él me dijo: mira Mónica tú me acabas de decir que has estado muy caliente, que hoy te masturbaste, pero que eso sólo aumentó tu calentura, si pasas de este lado yo te digo como te quitas la calentura, le dije que si estaba loco y él me respondió: tú quieres una solución, yo te la voy a enseñar, pero necesito que te acerques si yo voy hacia ti lo vas a ver como una agresión a ti y mi ética me lo impide, esto es voluntario si tú vienes de este lado de la mesa te enseño como, sino seguimos con la sesión y tan campantes como siempre, le dije que era mejor continuar con la sesión, pero entonces me empecé a fijar que ya no podía sentarse con las piernas cruzadas y que en medio de esas piernas tenía un tremendo paquete que luchaba por salir de la opresión, seguimos platicando y casi al terminar la sesión que generalmente dura entre 30 y 40 minutos, la recepcionista avisó por el intercomunicador, que como ya íbamos a salir y si Adolfo no disponía de otra cosa, se iba a comer y regresaba a las seis treinta de la tarde, Adolfo le preguntó que dónde comería porque lo más probable es que la alcanzara en unos diez minutos.

Seguimos platicando y cinco minutos después me volvió a decir: bueno Mónica nos vemos en quince días, si todavía sigues con esos impulsos háblame al radio localizador, yo estaba francamente caliente y al ver su paquete me decidí y fui junto a él y le dije: mira mejor enséñame como quitarme esta calentura y respondió: voltéate, dame la espalda y cierra tus ojos. Yo me di la vuelta, cerré los ojos y él empezó tocándome la cabeza y deslizando sus manos por el cuello, me dijo relájate, después me pasó la manos por los hombros, los masajeó, continuó con los brazos, siguió en la espalda y después las piernas (me gusta usar falda sin medias), siempre masajeando, esto en lugar de bajar mi temperatura obviamente la había aumentado (cuando sus manos empezaron a subir subió la falda hasta mi cintura, para ese momento yo ya quería que me cogiera, quería agarrar su pene y chuparlo, él dijo tu tranquila, después me quitó el bikini que uso y procedió a masturbarme con su mano.

Me dio la vuelta empezó a chuparme delicadamente todo mi clítoris, yo abrí mis piernas para que su lengua penetrara más fácilmente, él siguió lamiendo, pero al mismo tiempo subiendo las manos por debajo de mi blusa, desabrochó el brassier y comenzó a masajear mis senos, yo ya estaba de a mil, se me olvidó mi marido, mis hijos, mis papás, mis penas, mis inhibiciones, todo, sólo quería una cosa, tener dentro su pene, no pude contenerme más, lo separé de mí, me quité toda la ropa, sólo me quedé con mis zapatos, le abrí su pantalón, saqué su pene que era más grande que el de mi marido, pero sin ser tan grande como el de mis juguetes, tenía buen sabor, me pidió: no lo chupes mucho que estoy muy excitado y te lo quiero meter, siempre me has gustado, y ahí me hizo suya. Después nos cambiamos, pasé a su baño privado a retocar mi maquillaje -no uso mucho- peinarme y arreglarme; me perfumé y limpié y Salí con un sentimiento de satisfacción y no de culpa como yo habría creído antes.

Tuve que esconderme en el vestíbulo del edificio para no toparme con la secretaria de Adolfo. La llegada tarde a mi casa se la achaqué al exceso de tráfico y a las muchas citas antes de mí y por supuesto mi marido me creyó. Regresé a los 15 días a mi cita habitual y la secretaria me preguntó cuánto tiempo más habíamos tardando, creyendo ver cierta envidia y duda en sus ojos, le respondí que 15 ó 20 minutos, después que ella se había marchado, que era lo que acordamos decir Adolfo y yo, preguntándole el porqué y contestó que Adolfo no había comido con ella ese día, pues se quedó a arreglar unos expedientes que tenía atrasados, lo que le pareció muy extraño; pero como yo respondí rápidamente lo que acordamos, ella se quedó muy tranquila.

Entré con Adolfo a esa cita, otra vez iba caliente, pero no tanto como la anterior, él preguntó cómo andas, yo sólo le dije bien, cerré la puerta, me hinqué, le abrí el pantalón, le saqué el pene y se lo mamé, después de que se vino-cosa que no me costó trabajo porque creo él estaba esperando ese día- y de que me tragué todo el semen-que antes alucinaba y ahora me gusta-sólo me levanté la falda-ya me había quitado el bikini en el baño de los consultorios-y le dije: “ahora te toca a ti cumplirme papacito” y él obedientemente me hizo un tremendo favor con su lengua y dedos, cuando terminó, me dijo: “por favor háblame mañana”.

Y desde ese día ya no voy al sur, él viene a verme todos los lunes en la mañana, desayunamos en Santa Fe y luego nos tomamos toda la mañana en un hotel cercano teniendo sexo, sexo y más sexo, lo único malo fue que tuve que cambiar de doctor porque Adolfo ya no podía recetarme, sólo quiere hacer el amor conmigo. Además aún sin tomar medicinas sigo siendo una caliente y no pueden pasar más de tres días sin que necesite un buen bombero que apague, como les diré, bueno apague mi fuego interior.

Además aprendí que casi cualquier hombre es fácilmente manejable y si uno lo busca puedes llevártelos a la cama sin problema, en estos seis meses he tenido relaciones aparte de con Adolfo y mi marido, con más de diez hombres, entre ellos mi cuñado (el esposo de mi hermana), un amigo de mi marido y uno o dos conocidos del club al que asistimos y si no voy de cacería a algún centro comercial o algún restaurante, sin embargo esas historias no las puedo contar por el momento, porque sólo esta me dejó un recuerdo tan vivido y feliz, las demás sólo son apaga fuegos para mi calentura.

Autor: isareynavn

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Mi primo el ginecologo y su colega

Yo quería gozar más de su lujuria. Lo insultaba para incitarlo, para que arremetiera con más fuerza. Vicente me abrazaba y gozaba por el morbo que le producía verme tan ardiente, oyendo cómo yo pronunciaba esas palabras lascivas que calentaban a su amigo. Gregorio me inundó el culo con su  esperma y yo llegaba a un orgasmo escandaloso y caí sobre mi primo embriagada de placer.

Había tenido algunas experiencias sexuales fuera del matrimonio y pensé que sería oportuno hacerme reconocer por un ginecólogo. Quién mejor que el marido de mi prima, con el que tengo confianza y además, tiene buena fama en su especialidad. Me puse en contacto por teléfono con él para concertar día y hora y me dijo que, al día siguiente a las siete, podía pasarme por su consulta. A esa hora terminaba y así podría dedicarme todo el tiempo que hiciera falta. A las 7 y cinco del día siguiente llamé al timbre y me abrió una enfermera, al decirle mi nombre, me hizo pasar directamente al despacho del doctor. Me recibió con dos besos en las mejillas, como siempre que nos veíamos, que no era frecuente y nos preguntamos por la familia.

Vicente, el marido de mi prima, de 38 años, es un típico hombre mediterráneo, moreno, ojos marrones muy pícaros, pelo abundante y ondulado, de aproximadamente 1,75 m., más bien delgado, simpático y de trato agradable.

Estábamos sentados, él en su sillón y yo al otro lado de la mesa. Empezaron las preguntas profesionales. Le aclaré que no iba con algún problema concreto sino que, últimamente había tenido más sexo del habitual y no siempre con mi marido. (Al confesarle esto último, le noté un brillo momentáneo en los ojos). Y que mi visita era simplemente para saber si todo estaba bien en mi cuerpo, más que nada, quería saber si había contraído algún tipo de enfermedad oculta. El asintió con la cabeza y me hizo algunas otras preguntas. En esto, se abrió la puerta y apareció la enfermera a preguntar si la necesitaba o podía marcharse. Vicente le dijo que podía irse, ya que, la paciente es familiar y había confianza.

Antes de cerrar la puerta, la enfermera (guapa y de unos 26 años), me recorrió con una mirada crítica, no disimulada. Yo seguía mirando la puerta por donde había salido la enfermera y, al hablarme Vicente, volví la cara hacia él, le sonreí y le guiñe un ojo. El se puso un poco nervioso y me indicó que me desnudara tras el biombo del rincón y que me pusiera la bata verde, que allí había colgada. Yo me desnudé, pero no me puse la bata, salí de detrás del biombo a preguntarle qué debía hacer ahora. Al verme delante de él, completamente desnuda, se quedó un momento con la boca abierta y me dijo, mientras salía de detrás de su mesa! coño Carmen…qué cuerpo… y yo…solté una carcajada, por su expresión tan espontánea y le dije, sin parar de reír…eh, doctor, que soy una paciente.

Me tomó del brazo y me llevó a una mesa de esas altas de ginecólogo. Me ayudó a subir y me colocó las piernas en unos soportes altos. El, con disimulo, no dejaba de mirarme con ojos de deseo. A esto que suena el teléfono y me deja allí, tumbada en aquella mesa, con las piernas bien abiertas y las rodillas en alto.

Al volver junto a mi, me dijo que lo había llamado un colega, para ver si se iban juntos a tomar unas copas y él aprovechó para pedirle que viniera a la consulta, a ayudarle en el reconocimiento que estaba a punto de hacerle a una familiar. Bueno, le contesté, más verán cuatro ojos que dos, así quedaré más tranquila. Se puso unos guantes, se sentó en una banqueta y empezó a hurgar por mi vagina con unos aparatos. Lo primero que hizo fue quitarme el “diu”. Mientras me reconocía, me preguntaba (muy profesionalmente), por la variedad de mis relaciones sexuales. Yo, con total sencillez, le expliqué mis experiencias, incluidas las del hostal con dos desconocidos, con Nuria (la transexual) y otras. También le hablé de mis experiencias lésbicas y la utilización de “juguetitos”. El ponía una cara de asombro enorme al irle confesando yo todo eso.

El siempre había pensado de mi, como de mi prima (su esposa), que éramos más bien frígidas y no daba crédito a lo que yo le iba contando. Noté que se estaba poniendo nervioso y excitado y, yo misma, al irle relatando mis aventuras, me estaba excitando sin querer, recordando lo mucho que había disfrutado en todas las ocasiones. Sonó el timbre de la puerta y fue a abrir. Al momento apareció acompañado del otro médico y nos presentó. Jo…no es que me diera mucho pudor que me viera desnuda, pero me sentí incómoda de estar allí tumbada, tan expuesta, con dos hombres vestidos, mirándome, por muy médicos que fueran.

Gregorio, que así se llama el otro médico, es más o menos de la edad de Vicente, es rubito y un poco más bajo que él. Supe después que eran muy amigos, estudiaron juntos, aunque Vicente se especializó en ginecología y Gregorio es Analistas (o algo así). Vicente tomó del brazo a Gregorio y entraron en otra habitación, supongo que Vicente puso al tanto a Gregorio de mis experiencias sexuales y el objeto del reconocimiento. Al rato salieron. Gregorio se puso una bata blanca y guantes y Vicente se puso unos guantes nuevos. Gregorio se colocó delante de mí y con unos utensilios, tomó muestras del interior de mi vagina y de mi recto, también me tomó una muestra de sangre y saliva y no sé qué más. Una vez obtenidas las muestras, se marchó rápido, despidiéndose hasta luego y Vicente siguió con el reconocimiento visual y táctil. Después de un rato con la vagina, me colocó un nuevo “diu” y pasó al recto, que también lo hurgó y examinó un buen rato, con diferentes aparatos.

A continuación, de pie a mi lado, me examinó las tetas, palpándolas sin guantes un buen rato, buscando algún bulto extraño. Me dijo que no encontraba nada anormal, solo un poco irritada la vagina y el recto, pero que era normal, por el uso intensivo que le estaba dando. Mientras me hablaba, veía y sentía yo, cómo me seguía sobando las tetas y no precisamente ya como médico. También me dijo que Gregorio había ido al laboratorio a hacer un análisis preliminar, con las muestras que me había tomado y que pronto vendría con el resultado. Con el toqueteo que me estaba dando a mis tetas, mis pezones se endurecieron y yo, que soy muy fácil de excitar, noté que mi vagina empezó a mojarse. Cerré los ojos y me empecé a abandonar al deseo, puse mis manos sobre las suyas y le imprimí movimientos más intensos sobre mis tetas.

El comprendió que le daba vía libre y acercó su cara a uno de mis pezones y lo chupó con glotonería, después el otro, mientras sus manos no paraban de sobarme las tetas. Yo gemía por los primeros placeres. El acercó su boca a la mía y nos fundimos en un largo y apasionado beso, mientras se iba quitando a tirones la bata y demás ropa. Yo bajé mi mano a su bragueta y noté, por encima de su pantalón, que tenia la polla completamente dura. Pronto se quedó sin camisa y con los pantalones y calzoncillos en los tobillos, se vino a mi entrepierna, abrió con sus dedos mis labios vaginales y enterró su boca en mi coño, ya muy húmedo y con la lengua me dio un masaje divino a mi hinchado clítoris. En pocos minutos, sentí cómo su polla se abría camino en mi vagina, uuuuummmmmm, qué rico sentí, me la metió hasta los huevos y empezó un mete y saca que me provocó el primer orgasmo.

Me decía, Carmen, jamás pensé que podría follar contigo, aunque siempre te deseé. Eres mi fantasía hecha realidad. El no tardó en soltarme toda su leche caliente en mi interior, quedando un momento recostado sobre mi. Sonó el timbre de la puerta y él trató de recomponer su ropa, se subió el pantalón y se puso la bata a medio abrochar. Le oía, sin distinguir las palabras, que hablaba con alguien. Yo, aunque había tenido un orgasmo, me sentía muy caliente e insatisfecha y, con los ojos cerrados, con una mano me masajeaba las tetas y con la otra me restregaba el clítoris. Cuando abrí los ojos, vi a Vicente con la bata quitada y a Gregorio desnudándose. Le dije a Vicente que me había dejado en lo mejor, que uno de los dos Después me ayudaron a bajar de aquella mesa y me fui al aseo a orinar y lavarme.

Cuando salí, me llamaron desde la otra habitación. Allí había un sofá y dos sillones, una mesita en el centro y varios muebles. El suelo estaba casi todo cubierto por una gran alfombra. Cada uno tenía una copa en la mano y a mi me ofreció Vicente otra. La necesitaba, tenia la boca seca. Los tres seguíamos desnudos. Los dos me miraban con cara de admiración y mucho deseo. Pude observar que los dos tenían sus pollas duras, mirando al techo. La polla de Gregorio era normalita, de unos catorce centímetros y poco gruesa y unos huevos gordísimos. En cambio, la polla de Vicente, de unos dieciséis centímetros, era normalita por la punta, pero iba engrosando cuanto más se acercaba a la base, siendo muy gruesa junto al cuerpo. Me dijeron que, por lo analizado, estaba completamente sana, pero que en una semana, podrían tener los resultados definitivos. Eso me tranquilizó muchísimo.

Me senté en el sofá y Gregorio, arrodillado en la alfombra ante mi, me abrió las piernas para hacerme una rica mamada de coño y Vicente, de pie a mi lado, acercó su polla a mi boca. Se la rodeé con una mano y con la otra le agarré los gordos huevos. Con la punta de mi lengua le daba golpecitos en la boquita de su glande, después se la chupé por los lados, terminando por tragármela totalmente, succionándola con mucho deleite. Vicente, con los ojos cerrados y su cara mirando al techo, temblaba de placer con la mamada que yo le hacía. Gregorio, mientras, no paraba de darme placer con su lengua en mi coño palpitante.

Al rato se levantó Gregorio y se tumbó boca arriba en la alfombra, invitándome a sentarme sobre él. Le pasé una pierna por encima y me fui agachando, hasta ensartar su polla en mi chochete, mirándolo a la cara. Una vez metida, me atrajo sobre él para besarme y masajearme las tetas. En esa postura, mi culazo estaba invitando a Vicente para que lo disfrutara. Se arrodilló entre las piernas de Gregorio, detrás de mi y puso crema en mi culo. Acto seguido, con mucha delicadeza, empezó a penetrarme el culo…uuuuummmmmm…yo me derretía de placer con las dos pollas dentro de mi.

Cuando Vicente me penetraba a fondo, notaba el grosor exagerado de su base y me gustaba cómo me abría el culo. Sentía las dos pollas muy duras y palpitantes, pero no me hacían daño, las gozaba con un dulce ronroneo. Ellos alucinaban de tenerme en medio y penetrándome al unísono. Vicente me besaba por la espalda y yo me comía la boca de Gregorio, que gemía como un crío en su primera experiencia sexual. Fui entrando en un estado de bienestar lujurioso y mi cuerpo ya pedía más marcha, más penetraciones fuertes y profundas. Venga niños, dadme fuerte, demostrarme lo machos que sois, dadle caña a esta hembra caliente. Ellos arremetieron con furia, con ganas, entraban en mi con fuertes embestidas y yo me retorcía de gusto y los animaba a más, más, más….cabrones, no paréis, puteadme fuerte. Entré en un frenesí lascivo y mi baba caía sobre el pecho de Gregorio que, con la cara descompuesta por el placer y el esfuerzo, empujaba su polla contra mi coño espasmódicamente y Gregorio me la metía fuerte por detrás, dándome de vez en cuando en mis nalgas con sus manos abiertas.

Gregorio profería palabras incoherentes, lascivas, invadido por el ambiente lujurioso que estábamos protagonizando. Yo chillaba, orgasmaba una y otra vez, mis jugos resbalaban por los huevos de Gregorio que, con los ojos cerrados, agarrado a mis tetas, no paraba de meterse dentro de mí. Vicente profirió una fuerte exclamación, incrustando su polla hasta lo más profundo de mi culo y soltándome dentro todo su néctar masculino, quedándose totalmente quieto, agarrado a mis caderas. Gregorio le siguió de inmediato en su corrida y me inundó la vagina con su leche. Quedamos los tres aplastados, inundados de jugos, sudores y cansancio, agotados de placer.

Los tres nos fuimos después a la ducha y me enjabonaron con mucho mimo y amor. Me secaron con dulzura, como a una diosa, con algunos besos por mi piel. Salí del aseo y me fui a buscar alguna botella, encontré una de JB y me la llevé al sofá a darme unos tragos. Pronto llegó Gregorio y se sentó a mi lado, enseguida apareció Vicente y se sentó, al otro lado, dejándome en medio de los dos. Se dieron unos tragos y encendieron unos cigarrillos. Comentábamos lo bien que lo habíamos pasado. Alababan mi cuerpo, mi calentura y mi espontaneidad, según decían ellos. Gregorio, que es solterón y me parece que se come pocas roscas, alucinaba como un niño de lo mucho que había disfrutado y Vicente….bueno…

Vicente decía que no se lo podía creer, que siempre me había deseado como hembra, pero nunca imaginó que algún día podría poseerme. Me dijo que muchas veces se había masturbado pensando en mi y que, en ocasiones, cuando follaba con su mujer, mi prima, se hacía la idea que era conmigo. Para él tenía esto un morbo más especial, el morbo de la familia, del incesto. También me dijo que le gustaría que mi prima (su esposa) cambiara y le gustara más disfrutar del sexo, lo mismo que había hecho yo. Le prometí que trataría de ayudarle, que hablaría con ella….en fin, que si podía, lo convertiría en otra loquita como yo. Mientras hablábamos, no paraban de tocarme por todo el cuerpo y besarme. Gregorio la tenía ya durísima y Vicente lucía una erección impresionante, se le marcaban las venas y tenia el capullo amoratado de la hinchazón. Me compadecí de él y me senté en la alfombra, pronto tenía su durísima polla en mi boca, le arañaba suavemente por los huevos y el interior de sus muslos.

Me la tragaba entera, hasta la campanilla, apretando los labios alrededor en el sube y baja. Sus manos sobre mi cabeza y gimiendo de gusto, me decía…así Carmen, así prima, sigue…sigue….cariño no pares….

Pronto emborrachó mi garganta y toda la boca con unas descargas abundantes de su deliciosa leche. Recogí con los dedos la que me caía por la barbilla y me chupaba los dedos, mirándolo sonriente a los ojos. Después, me abrazó y me besaba y repetía…gracias Carmen, gracias Carmen… me has hecho muy feliz. Gregorio, detrás de mi, restregaba la dureza de su polla por mi culo.

Me agaché, apoyé mis manos en las rodillas de Vicente, que estaba sentado y ofrecí mi culo a Gregorio que, sin pensárselo, me la metió en profundidad, dándome empujones contra Vicente, en sus embestidas. Yo le pedía más, quería sentirlo más dentro de mi, quería gozar más de su hombría, de su lujuria. Lo insultaba para incitarlo, para que arremetiera con más fuerza.

Vicente me abrazaba y besaba y gozaba por el morbo que le producía verme tan ardiente, oyendo cómo yo pronunciaba esas palabras lascivas que calentaban más y más a su amigo. Y Gregorio me inundó el culo con su caliente esperma, al tiempo que yo llegaba a un orgasmo escandaloso, bestial y caí sobre mi primo embriagada de placer.

Sonó mi teléfono móvil y era mi marido, para decirme que llegaría tarde a casa, que tenia una cena. En vista de eso, les propuse a Gregorio y Vicente irnos los tres a cenar juntos. Ellos aceptaron encantados. Nos fuimos en mi coche, para no tener que volver a recogerlo. La cena fue muy agradable, hablamos de nuestras aventuras y nuestras fantasías, nos reímos mucho y después yo me fui a casa muy feliz, con el cuerpo rebosante de plácida dulzura.

A la semana siguiente me llamó Vicente y me dijo que esa tarde le llevaba Gregorio el resultado de los análisis. Ni que decir tiene que….esa tarde nos encontramos de nuevo los tres en la consulta de Vicente y, para celebrar que no había nada negativo en mi salud, lo celebramos con una follada memorable. Ah…y posterior cena, jajaja. Después, cada mes…iba a “chequeo médico”.

Besos a mis queridas lectoras y lectores de vuestra amiga Carmen Aguirre.

Autora: Carmen Aguirre

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Urgencias

Yo quería más, quería notar esa polla dentro de mi coño, le pedí que se tumbase en la camilla y me coloqué encima, rozando con mi coño la punta de su polla y él me pedía que la metiese más, puse su capullo en la entrada de mi cueva y metí el capullo, despacio, recreándome en la situación y sin esperarlo me la metí toda de golpe, cosa que hizo que ambos diésemos un grito de placer.

Pues allí estaba yo, un sábado por la noche en urgencias. Eran las 22.30 horas y estaba muerta de asco pensando en que mis amigos se lo estarían pasando de muerte mientras yo estaba esperando mi turno. Tenía un terrible dolor de espalda y antes de salir decidí pasarme por allí haber que me decían.

Antes de continuar he de decir que soy una chica resultona, soy castaña con pelo liso y ojos grises, mi físico es normal pero no puedo quejarme.

– ¿Diana?- Preguntó la enfermera.

Me levanté y ella me llevó hasta el box de urgencias donde iba a ser atendida. Me senté a esperar a que llegase el médico y la verdad me sorprendió. Era un muchacho alto, musculoso, moreno y con unos enormes ojos verdes. Le expliqué lo que me pasaba y me mandó quitarme el pantalón que llevaba para poder oscultarme. Yo debajo llevaba un bonito tanga negro de encaje que resaltaba mi piel pálida. Comenzó a tocar mis caderas para ver si el dolor provenía de ahí, como no era así me mandó ponerme de pies y quitarme la camiseta para mirarme la espalda, así que me quedé delante de él en sujetador y en tanga.

Comenzó a tocarme la espalda y un escalofrío recorrió mi cuerpo, me estaba poniendo muy caliente saber que un tío como él me estaba tocando. Me mandó vestirme y salir fuera, me iba a hacer una radiografía. Así que de nuevo volví a la sala de espera del hospital. Minutos después me hicieron la radiografía y me llamó de nuevo el médico. Yo no estaba dispuesta a irme sin el número de teléfono del doctor.

De nuevo me volvió a decir que me desnudase como antes para volver a mirarlo porque no encontraba nada raro en la radiografía, así que de nuevo me quedé desnuda ante él. Esta vez no pensaba desaprovechar la ocasión. Incliné mi culo hacia atrás para rozar, sin querer, su paquete. No se apartó así que comencé a apretar un poco más. Y sus manos se deslizaron por mis muslos suavemente, eché la cabeza hacia atrás para apoyarla en su hombro de tal modo que comenzó a mordisquearme el cuello.

– Espera, pondré el pestillo en la puerta- dijo…

Yo no me moví de mi posición y ahora lo noté pegado a mi cuerpo semidesnudo pero con una diferencia, tenía su polla muy dura apretando fuerte y pidiendo a gritos que la sacasen de allí. Me desabrochó el sujetador y me volteó, estaba frente a él y nuestras bocas se unieron, estaba deseando sentir su lengua en mi boca, comencé a desabrocharle la camisa y descubrí un torso depilado y fuerte, comenzó a tocarme las tetas y quiso bajar su boca hasta ellas pero no lo dejé y me puse de rodillas, tenía ganas de ver su polla, bajé su pantalón y salió sin esperar.

No era demasiado larga pero si ancha y por supuesto muy apetecible. Comencé a bajar y subir la piel de su polla y notaba como su respiración cada vez era más agitada, momentos después comencé a lamer su capullo muy lentamente, de modo que pudiese sentir cada movimiento de mi lengua y comencé a meter su polla en mi boca.

Despacio y presionando sobre ella para que notase mis labios, una vez dentro comencé a lamerla con mi lengua y comencé a sacarla también despacio y rozándola suavemente con mis dientes. Me pedía que por favor se lo hiciese más rápido pero quería hacerle sufrir un poquito así que continúe despacio y fui incrementando el ritmo poco a poco, llegó un momento en el que el ritmo era frenético y me dijo que se iba a correr y en ese mismo instante comencé a notar su esperma en mi boca, me lo tragué a pesar de que nunca lo había hecho

– Túmbate que ahora tendrás tu recompensa- me dijo.

Me tumbé en la camilla y lamió mi ombligo haciendo que mi coño se empapase aún más, comenzó a bajar mi tanga con los dientes hasta que estuve completamente desnuda al igual que él. Separó mis piernas y comenzó a pasar su lengua por mi raja y notó como estaba de húmeda y empezó a meterla cada vez más hasta que se encontró con mi clítoris que pedía a gritos un poco de atención.

Me succionaba el clítoris y yo me derretía de placer, su lengua buscó mi agujero y hábilmente se introdujo en mi vagina. Siguió lamiendo mi coño y metió dos dedos en mi coño, y ya no pude más y exploté en un orgasmo increíble, pero yo quería más, quería notar esa polla dentro de mi coño, lo necesitaba. Le pedí que se tumbase en la camilla y me coloqué encima, rozando con mi coño la punta de su polla y él me pedía que la metiese más, así que puse su capullo en la entrada de mi cueva y metí el capullo, despacio, recreándome en la situación y sin esperarlo me la metí toda de golpe, cosa que hizo que ambos diésemos un grito de placer…

Comencé a moverme cada vez más rápido y me vino otro orgasmo pero yo no quería que él acabase tan pronto, así que me saqué la polla y me agarró para ponerme a cuatro patas y metérmela de nuevo, cada vez el placer era mayor y sabía que no tardaría mucho en tener otro orgasmo. Mientras metía y sacaba su polla de mi coño me agarraba y masajeaba las tetas. De repente noté como se corría en mi coño a la vez que yo tenía otro orgasmo. Nos besamos y salió a hablar con la enfermera, no sé que le dijo pero nos fuimos a su casa y continuamos con una noche llena de sexo, pero eso ya será en otro relato.

Autora: Diana

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El médico ruso

Mis orgasmos comenzaron a explotar y mis gemidos aumentaron en intensidad. El doctor explicaba que lo estaban haciendo bien porque esa era una reacción natural de alivio, mis orgasmos brincaban de mi culito a mi clítoris y a mi punto G estimulado por ese aparato que mi esposo había metido dentro de mí y era el responsable de metérmelo. La sesión duró poco, pero fue muy intensa.

Ha sido costumbre de mi esposo el estar presente en mis exámenes en el momento en que el médico los realiza. Ha presenciado exámenes donde he estado totalmente desnuda y pobremente cubierta con una bata de papel en manos de un doctor haciéndome un tacto vaginal, o insertándome una inmensa manguera por mi culito. Aún así lo que me acaba de pasar no logró entenderlo. Les cuento…

Sentía una molestia en la cadera que parecía originarse en la columna y decidí visitar a un neurólogo. Mi esposo se encargó de conseguirme la cita con uno de origen ruso. Al llegar a su consulta y luego de esperar por mucho rato nos hace pasar y le explico el problema. El doctor era un hombre mayor, aún entrado en canas lucía muy bien y lo que me llamó la atención fueron sus enormes manos.

Después de una conversación donde mi esposo participó activamente el doctor me manda a la salita de examen y a quitarme la ropa y quedarme en pantaleta y sostén, y colocarme una de esas batas de papel que apenas cubren y son prácticamente transparentes. Me acuesto en la camilla pensando que tenía puesto una tanga blanca de tela muy delgada en conjunto con un sostén muy sexy que me lucían muy bien. Nunca pensé que el médico me iba a examinar físicamente.

Entra el doctor seguido por mi esposo quién se coloca en el otro lado de la camilla y observa muy callado las manipulaciones del médico. Comienza con el tradicional chequeo del corazón y me pide con mucha delicadeza que me quite el sostén. Mi esposo me ayuda y mis senos quedan descubiertos frente al médico.

En estos momentos estoy de espalda a mi esposo, pero de frente a él. Siento sus enormes manos apoyarse en mi seno izquierdo mientras su otra mano se posa en mi espalda. Hasta ahora todo es normal, pero los duendes traviesos comienzan a brincar en mi mente.

Me sonrojo en pensar que me encuentro casi desnuda frente a este inmenso hombre quien libremente me toca los senos con la excusa de querer oír mi respiración y mis latidos del corazón. Casi presiento que conoce el estado de excitación que está promoviendo por lo rápido que mi corazón comienza a latir. Manteniendo la posición mete sus manos entre mis muslos y los separa dejando expuesta a sus ojos esa zona donde el hilo dental se desaparece entre las nalgas. Me golpea con un martillito para revisar mis reflejos y a cada brinco de mis piernas solo sirve para exponer mi cuquita apenas cubierta por la delgada tela de la pantaletita ante sus ojos.

Mientras palpa y acaricia con descaro la cara interna de mis muslos le explica a mi esposo su teoría sobre la debilidad de los músculos y como puede eso promover mis dolencias. Era una manera de justificar sus manos muy cercas de mi conchita y sus caricias que rozaban alegremente el borde de mi hilo dental. Continúa con el jaleo del martillito y me agarra los brazos manteniendo mis piernas separadas por posición de su cuerpo.

Lo sentía muy cerca de mí, pero con la excusa de querer ver algo en mi espalda prácticamente se mete entre mis muslos y doblándome hacia delante le expongo la entrada del hilo dental en mis nalgas.

Sus enormes manos bajan y comienzan a presionar algunos puntos en la cintura e inclusive le dice a mi esposo que lo ayude apretando algunas zonas y le describa lo que siente. Joder… las manos monstruosas del doctor, las manos de mi marido y estar doblada forzando la tela del hilo dental dentro de mis labios vaginales comenzaron a estimular mis sentimientos. Se me ocurría que la situación era sensual y sentía como mis jugos comenzaron a fluir. Me preocupaba porque siempre he lubricado en abundancia y lo menos que quería era mojar la tanguita.

El doctor seguía dándole explicaciones a mi esposo mientras continuaba masajeándome la espalda y el comienzo de mis nalgas. Me manda a acostar boca arriba para revisar mis reflejos y la posibilidad de una lesión en la columna. Lo que parecía un examen tonto se convirtió en una verdadera deliciosa tortura. Nuevamente me separa las piernas y se coloca al final de la camilla para observar como las movía.

Me ordena separar primero la pierna izquierda y hacer círculos. Cada movimiento solo servía para exponerme más a sus ojos. Podía sentir como la tela del hilo continuaba metiéndose entre mis labios depilados dejándolos expuestos al placer de la mirada del doctor.

Mi clítoris se marcaba abultado en la tela del tanguita. De repente siento su mano acariciándome internamente el muslo y explicándole a mi esposo lo que siente. Mi reacción de rechazo no le pudo ganar al placer de la caricia prohibida y pienso que son solo exageraciones mías aunque el estímulo lo siento en el roce de la tela en mi vagina. El doctor continúa con su manoseo y le dice a mi esposo que coloque una mano exactamente encima de la línea donde el hilo dental es tragado con saciedad por mis nalgas.

Ahora me pide que mueva las dos piernas como un abanico y me abra cada vez más. Él continúa haciendo preguntas sobre que siento y mete su mano entre la camilla y mi cintura mientras sus dedos buscan un contacto en el borde de la rajita del culo para verificar algo en la columna, pero realmente solo hurgan en la rajita muy cerca de mi huequito del culo. La mano de mi esposo reposa con timidez prácticamente en mi vagina, pero son las del doctor las que me tienen excitada.

Detiene el movimiento de mis piernas y me indica que me quede en posición como si fuese a dar un hijo. Le pide a mi esposo que se ubique en la cabecera de la camilla y él se coloca en el otro extremo entre mis piernas. Saca una pequeña aguja y comienza a pinchar delicadamente la piel. Comienza con los pies alternado cada uno de ellos. Sigue subiendo por las piernas y se mete entre mis muslos… Coño… estaba segura que la mancha en mi pantaleta era obvia y por eso el desgraciado mandó a mi marido para la cabecera, para que no se diera cuenta.

Charlaba sobre reflejos y daños neurales y muchas otras cosas que yo dejé de oír, pero que el manifestaba para complacencia de mi esposo. La aguja comenzó a subir y con el mismo desenfreno pidió permiso y haló mis pantaletitas con sus enormes dedos para descubrir mis labios exteriores de mi mojada vagina que los pinchó con la aguja que usaba.

Me sobresalté, pero la ocurrencia era traviesa y el resultado fue un chorro de fluidos bajando apresuradamente por mi canal vaginal. Colocó de vuelta la pantaletita en su lugar y me la ajustó usando uno de sus enormes dedos como cuña directamente en el clítoris. No soporté y un orgasmo rápido y travieso se me presentó y traté de disimularlo, pero un grito se me escapó el cual expliqué con el cuento de que el corrientazo había regresado.

Lamentablemente eso dio pie para que el doctor pensara en un tratamiento. Me ayuda a ponerme boca abajo mientras sus manos descuidadamente continúan agarrándome las nalgas. La bata de papel ya era un desastre y mis nalgas quedan expuestas y nuevamente me critico por haberme puesto el hilo dental el cual debe de estar mostrando mi humedad frente a los ojos del doctor.

Mirando directamente a mi esposo le explica que lo que va a hacer es verificar un reflejo antes de hacer el tratamiento y mete su mano por debajo de mi cuerpo y me introduce un dedo entre la pantaleta y mi piel llegando directamente a mi clítoris.

El movimiento es preciso y pego un grito de sorpresa. Mientras el doctor comienza a dar toda una explicación, su dedo se mueve rítmicamente y su otra mano reposa suavemente en mis nalgas para reafirmar el movimiento. Todo esto me trae otro orgasmo que me hace gemir de placer. Satisfecho saca sus manos y llama a mi esposo aparte. Al poco rato vuelven los dos y mi marido me susurra al oído con mucho cariño que lo que me van a hacer es un tratamiento y que el doctor ya me había pedido autorización para hacerlo. Confiando en él me puse en sus manos literalmente…

Mi esposo me pide que me arrodille y me incline hacia adelante en una posición que a mí se me antojó muy sensual. De nuevo mi tanguita blanca se metió entre los labios y mi culito se relajó, efecto del roce de la tela. Veía a mi esposo como el enfermero que prepara a la paciente para que el doctor proceda a examinarla. Siento como él toma un instrumento largo y con forma de pene y lo engrasa ligeramente y el mismo me lo introduce en mi concha mojada. Wau, creo que mi querido esposo no tiene idea de lo que me está haciendo. Me relajo y me gusta que sea directamente mi marido quien me suministre el tratamiento.

Me concentro en el instrumento que me tiene ensartada. No me doy cuenta cuando bajan la intensidad de la luz en la salita de examen. Entra el doctor y enciende un aparato que lo primero que hace es enviar una señal de vibración al aparato que tenía insertado en mi conchita. Con sus enormes manos y aprovechando la oscuridad siento como recorre mi espalda con una sensación más de caricia que de examen médico.

Se acerca a mi oído y con voz de amante me dice que me relaje y me deje correr. En España ese término significa otra cosa, pero la suave vibración en mi concha decía a gritos que si.

Sentí como sus manos abiertamente acariciaron mis nalgas de una manera lasciva y descarada, y todo frente a los ojos de mi esposo. Luego con la excusa del tratamiento uno de sus inmensos dedos encontró camino entre la tela del tanga y la rajita del culo tomando posesión de mi agujerito, penetrándomelo poco a poco acompañado de las vibraciones del instrumento que tenía en mi conchita.

Su dedo en mi culito entraba y salía con mucho cariño, pero definitivamente firme y violador. Me pareció oír la respiración fuerte del doctor cuando me tenía metido el dedo hasta lo último y la otra mano me la acercaba a la boca y por reacción tomé uno de sus inmensos dedos y comencé a chupárselo.

Mis orgasmos comenzaron a explotar y mis gemidos aumentaron en intensidad. El doctor explicaba que lo estaban haciendo bien porque esa era una reacción natural de alivio.

Mentiras, eran mis orgasmos que brincaban de mi culito a mi clítoris y a mi punto G estimulado por ese aparato que inocentemente mi esposo había metido dentro de mí y era el responsable de metérmelo y sacármelo suavemente. La sesión duró poco, pero fue muy intensa.

Poco a poco mis agujeros invadidos quedaron libres y mis sensaciones regresaron al normal. Mi culito me ardía, mi conchita todavía lubricaba a chorros y mi dolor en la espalda continuaba… pero realmente el rato fue muy agradable y excitante…

Autora: Mariepablo

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