La inspectora

Nos estuvimos besando y acariciando por todo nuestro cuerpo durante más de media hora. Nos colocamos en la posición de sesenta y nueve, nuestras bocas estaban cerca del sexo la una de la otra. Lengüeteamos nuestros coñitos y clítoris logrando tener varios orgasmos simultáneos, nuestros ritmos eran tan sincronizados que llegué a pensar que por fin había descubierto a mi alma gemela.

Isabel me llamó a su despacho, aunque yo llevaba poco tiempo dando clases en el instituto, ya éramos muy buenas amigas. De hecho se puede decir que éramos amigas muy íntimas. Isabel es más bien lo que se dice una lesbiana, que cualquiera puede ver que lo es. Se cuida poco y no tiene ningún aprecio por todo lo que huela a masculino. En mi vida he conocido a otras lesbianas que no se nota nada que lo sean, son incluso muy femeninas, pero Isabel tenía formas masculinas, gustos masculinos y le encantaban las mujeres, por lo que nos hicimos muy amigas desde el principio del curso, en que los profesores tenemos que pelear por una serie de historias que no vienen al caso.

Isabel me anunció la inminente llegada de la nueva inspectora. Los profesores por regla general tememos las visitas de los inspectores porque eso puede suponer cambios en los horarios o en las obligaciones que las autoridades educativas requieren de nosotros. A nadie le gusta que otros les inspeccionen sobre todo cuando son personas que no conoces y que sabes y saben que lo que digan va a misa. Ella se veía algo preocupada, no es que el instituto tuviera excesivos problemas por esta época, salvo algunas relaciones entre profesores y determinados alumnos, intervenciones más o menos afortunadas de la dirección del centro y del consejo escolar.

Todo estaba en calma porque nadie destapaba lo que había debajo, a nadie le interesaba o no había pasado tiempo para que todo desembocara en una situación comprometida. Pero ahora, con la visita de la inspectora, todo podía írsenos de las manos. Al día siguiente, llegó a primera hora Doña Juana, la nueva inspectora.

-Loli, te presento a Doña Juana. Loli es la profesora de Cultura Clásica. -Encantada Loli, puedes llamarme Juani. Me comentaba Isabel que tus alumnos están muy contentos contigo. No obstante, me gustaría que revisáramos juntas tu programa y modo de dar las clases. -No hay ningún problema y en cuanto a que están contentos conmigo, unos lo estarán, los que aprueban los exámenes y otros no, los que suspenden. Siempre pasa lo mismo, los profesores somos héroes o villanos según a quién preguntes.

Pasamos toda la tarde revisando los proyectos educativos de los cuatro grupos de los que soy profesora. Me extrañó que la inspección se centrara particularmente en mí. En el centro había más de cincuenta profesores en secundaria y no parecía que les fueran a investigar a todos, al menos eso hubiera supuesto que Juani pasara más de un mes en nuestro centro y no era normal. Me hizo toda clase de preguntas sobre mi relación con los profesores, con los alumnos, con los padres. Empecé a sospechar que alguien se había chivado de lo que pasaba en el instituto y tal vez, yo era la cabeza de turco. ¡Pero bueno, es que antes de estar yo todo era un remanso de paz! Estábamos en un despacho junto al de la Directora Isabel, era muy cómodo y tenía varios sillones y un sofá para las visitas. Tenía mucha luz y daba a un patio de recreo.

-Loli, quisiera contarte después que me hayas enseñado todos tus métodos y proyecto educativo en el centro, que mi propósito al venir es esclarecer unos rumores, debo decir unas cartas de confesión o de acusación que se han recibido en la central. -¿Unas cartas? ¿Sobre mí? -Bueno, he de decir que se te menciona como promotora de unas prácticas de dudosa reputación. Lo más grave es que parece que incluyes a ciertos alumnos en ese tipo de conductas.

-No puedo creer que desde la central se crean todo lo que les escriben, ya saben que los alumnos inventan frecuentemente maldades sobre los profesores que les caen peor. -Lo cierto es que no creemos lo que nos dicen, pero no podemos permitir que se extiendan los rumores, por eso he venido a averiguar la verdad. Loli por favor tienes que ser completamente sincera conmigo. Yo soy una mujer muy liberal y no me importa lo que hagas en tu tiempo libre, pero necesito saber si están implicados los alumnos.

Me levanté y acerqué a la ventana, los árboles iban perdiendo sus hojas, el viento revoloteaba en el patio y unos niños tiraban un balón a una canasta de baloncesto. Mis ojos se llenaron de lágrimas, alguien había hablado y yo no tenía escapatoria. Mis labios temblaban cuando unas pocas palabras salieron de mi boca.

-Juani, por favor, no me quitéis mi trabajo. No lo volveré a hacer. Ahora todo está normalizado y ya nadie recuerda lo que pasó. Juani se acercó a mí, y me acarició los brazos para reconfortarme. -Loli, te comprendo perfectamente. No llores.

Juani se había quitado la chaqueta de su uniforme, ahora sin ella se podía ver su blusa semi transparente, mucho más femenina, holgada y cómoda, de seda muy suave. Se veía claramente su sujetador negro de buen tamaño para cubrir sus pechos grandes y no podía disimular sus pezones prominentes. Cuando la vi estaban erectos, pero no sé si estaba excitada o era de esas mujeres que mantienen un buen tamaño en su pezones aún en condiciones normales. Seguía acariciándome. No dijo nada, se acercó a mí por detrás y me besó en la parte superior de mi oreja.

-No comprendes que nadie quiere hacerte daño, eres una mujer magnífica, me he dado cuenta al pasar contigo estas horas revisando tus trabajos. Seguro que no quieres hacer daño a nadie.

Yo seguía sollozando, como una niña que trata de ser consolada por su madre. No había sin embargo gran diferencia de edad entre Juani y yo, unos cinco años como máximo, pero era su tono maternal y esas caricias que yo no podía achacar a otra cosa sino a tratar de darme consuelo, tal vez ocultándome que después de un poco de jabón vendría el palo, el despido.

-Juani, te aseguro que nunca hice daño a esos chicos. Reconozco que no tengo unos gustos ni unos entretenimientos como para contarlos en la página parroquial, pero ¿quién no tiene cosas que ocultar o al menos que no va proclamando por ahí? -Tranquila, mi niña. No te pasará nada. Vamos, estás muy sofocada, quítate la camisa, estás sudando.

Era cierto estaba sofocada, tenía escalofríos. Me acariciaba e iba desabrochando mi camisa, botón a botón, con suavidad, yo empezaba a notarme rara con aquellos besos que comenzaron maternales, pero que ahora me empezaban a calentar de un modo conocido para mí. Inconscientemente me dejé quitar la camisa, asomando ya a plenitud mi sujetador blanco de encaje y mi ombliguito blanco que es una de mis zonas más erógenas. Llevé mis manos a la cintura de Juani y al tocar su cuerpo noté que estaba ardiendo, hacía calor, pero ese modo de arder me sonaba más a ardor sensual. Mientras me quitaba la camisa me besaba en la frente y susurraba que no temiera nada, que ella me iba a cuidar.

Muy bajito me dijo que le quitara la blusa. Ya no me quedaban dudas, aquella mujer que me venía a inspeccionar a mí, era una hembra súper caliente y mi modo de vestir femenino y sexy, mi minifalda, tal vez la conversación y ahora el ver lo vulnerable que me sentía, lo desesperada, le había llevado a proponerme que tuviéramos un acercamiento amoroso. Ella se sentía segura de su dominio sobre mí, yo no podía negarme a nada, estaba por completo en sus manos. Pero además, yo también la deseaba, desde que la vi me pareció hermosa, seria desde luego, con poder sobre mí, pero esos labios jugosos pintado de rojo intenso y esos pechos que imaginaba tras ese traje chaqueta gris, impedían mi concentración, iba demasiado formal para la mujer sensual que Juani resultó ser.

La deseé desde el primer momento y estaba segura de que no me engañaba al pensar que era muy caliente y era una mujer arrolladora y pasional en la cama. Sin pensar más fui quitando su blusa y acariciando por encima del sujetador sus pechos generosos y firmes, muy duros, y en particular sus pezones me llamaban mucho la atención y no pude parar hasta acercar mi boca a uno de ellos para comprobar si lo que veía era un espejismo o la cosa más maravillosa de la naturaleza. Mientras lamía su pezón derecho como infante desesperado y hambriento, ella acertaba con pericia a desprender el broche de mi sujetador dejando que mis pechos coronados por unas aureolas rosadas y unos pezones no pequeños botaran libres y gozosos.

Nuestras manos trabajaban con simetría bajando mutuamente, una la falda de la otra. La mía más pequeña, casi minúscula, fácil de quitar, apenas una pequeña cremallera, la de ella unos cuantos botones y ya estaban las dos en el suelo. Me encantó su ropa interior, unas bragas negras que no cubrían totalmente su vello púbico que era de un tono castaño claro muy bonito, nunca había visto nada igual, muy sedoso muy rizado. Era un verdadero placer acariciar a esa mujer alrededor de su coñito y ella también lo recibía con suma delicia, a juzgar por su respiración entrecortada y ronroneo incontrolable.

Dejé que mantuviera sus medias negras con su liguero correspondiente porque siempre me ha parecido que las piernas femeninas con medias, ganan mucho de erotismo y excitación, ese tacto de media contra media no se puede igualar a nada, siempre me ha puesto mucho esa sensación. Sé que a los hombres les gustamos con medias, pero yo como mujer siento un placer especial cuando lo hago con las medias puestas a otra mujer en idéntica vestimenta. A Julia también le gustaba que le dejara puestas las medias, las bragas se las quité y seguí acariciando rítmicamente su coñito, con la cadencia que me imponía con sus jadeos Juani.

Nos tumbamos en el sofá, nos estuvimos besando y acariciando por todo nuestro cuerpo durante más de media hora. Ya las dos conocíamos las zonas más erógenas la una de la otra. Es algo que nos pasa siempre a las mujeres. Nunca he tenido igual comunicación con los hombres, nosotras intuimos los gustos de nuestra compañera de cama sin una sola palabra, solo tenemos que mirarnos, observar su cara, su mirada de placer, no necesitamos más. Nos colocamos en la posición de sesenta y nueve, nuestras bocas estaban cerca del sexo la una de la otra. Lengüeteamos nuestros coñitos y clítoris logrando tener varios orgasmos simultáneos y encadenados, tampoco esto lo logré con ningún hombre, nuestros ritmos eran tan sincronizados que llegué a pensar que por fin había descubierto a mi alma gemela.   

Después de una hora, repasando con todo tipo de caricias nuestros cuerpos, incluso hubo tiempo para que algún que otro dedito se colara en el ano la una de la otra, quedamos rendidas, muy gozosas, completamente relajadas y satisfechas a plenitud.

-Loli, no te podré olvidar. Te quiero. -Yo tampoco a ti, por favor no me dejes. Te necesito. -Sabes que no estaría bien que nos vieran juntas por el barrio, las inspectoras debemos ser neutrales y no tener amigas íntimas entre el gremio de las profesoras. Pero nos veremos, te llamaré y quedaremos. Además quiero invitarte a mi casa a cenar. ¿Qué te parece?

-Juani, eres la mujer que me ha hecho más feliz, no sé si podré estar sin ti un solo día. Te necesito y te amo, ahora lo sé, eres mi alma gemela. -Loli, no te puedo prometer otra cosa, pero te llamaré y quedaremos. Soy una mujer casada aunque mi matrimonio es un fracaso porque yo descubrí que me gustan las mujeres y mi marido me da asco, pero tengo que seguir con él porque tenemos un hijo.

-Tenemos que hacer algo para estar juntas, por favor piensa en algo. -Estaremos en contacto querida y por favor, cariño, sé discreta y deja a tus alumnos en paz, no mezcles el trabajo con el amor. ¿No conoces ese dicho masculino que dice: “Donde tienes la olla, no metas la polla”.  Pues eso, guapa. Dame un besito tierno, te quiero.

Nos vestimos cariñosamente y nos despedimos, aunque nos costó mucho. Yo no dejaba de pensar en Juani, me pasaba los días añorando esa tarde tan feliz que pasamos y deseando volver a tenerla.

Cualquier comentario lésbico o de mujeres será bien recibido.

Autora: doloresxxx

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Profesora madura quiere aprender

Mis braguitas minúsculas se vieron violentadas por unos dedos que las bajaron con delicadeza. Su mano ya estaba sobre mi vello público, Estaba mojada, encharcada. Su trabajo en mi boca, mis tetas y mi coño tenía unos efectos claramente manifiestos. Me susurraba que estaba muy buena, que le gustaban las maduras cachondas y que me iba a follar allí mismo hasta hacerme desmayar.

Como ya he contado, soy una profesora de 35 años y hace unos años quedé viuda. Mis características y tal vez mi pasado han hecho de mí una mujer sexualmente activa, no es que vaya por ahí buscando a los hombres o mujeres, porque como algunos que hayan leído mis relatos saben, soy bisexual, lo hago tanto con hombres como con mujeres. Lo que busco es sentirme satisfecha y querida, y cómo no, disfrutar del sexo a plenitud.

Pues bien, el caso es que este verano, me habia convencido de la necesidad de hacer algo útil. Me iba a quedar en mi casa de Madrid, porque mi trabajo de interina se me había terminado el curso pasado. Como tengo que estudiar para los próximos exámenes, a pesar del calor me iba a quedar en Madrid, y me parecía que tal vez si me apuntara a mecanografía, eso sería util para pasar trabajos a Word y preparar clases para el curso que viene.

El caso es que acudía a una academia renombrada por su revolucionario método, que al final no ha consistido más que en practicar y practicar. El asunto es que el secretario me dio la información amablemente y noté que me miraba fijamente. Bueno, a mi me gusta ir con poca ropa y ahora en verano pues con minifaldas, no me pongo medias negras como suelo casi todo el año y ligueros pero es que con este calor, no hay quien lo soporte. Mi sujetador era minúsculo y algo apretado, creo que me ha encogido y mis pechos grandes me desbordaban un poco.

Aunque soy madurita al parecer a este joven le parecía muy apetecible, o al menos le parecía morboso hacerme una radiografía con su mirada. Total que le dije que sí, que cuando empezaba a practicar la mecanografía. Esa misma mañana comencé con el método y me di cuenta que esto es más difícil de lo que parece. Pedí al joven que me indicara algún truco para ir más rápido. Para qué quieres ir más rápido, todo lleva su tiempo –me dijo.

-Yo también iría más rápido en muchas cosas y no puede ser, me decía esto último mientras me taladraba con su miraba en mis tetas y piernas. Mi minifalda al estar sentada frente a la máquina, se había subido casi dejando ver mi tanga negro.

De todas formas se puso detrás de mí, para ver cómo lo hacía y darme algunas sugerencias, mientras lo hacía se acercaba a mi espalda y pude notar con rotundidad su paquete que me rozaba en mi columna. Tenía una fuerte erección, pero yo apenas había empezado a mostrar mis armas de seducción.

Ese día no pasó nada más, pero en la despedida había un poco de cachondeo, un guiño, un hasta pronto.

El día siguiente volví, hacía mucho calor, mi ropa no era más larga, tal vez más sugerente. Sujetador negro, camiseta trasparente, ombligo al aire, faldita tipo cinturón, braguitas gemelas a las del día anterior.

Mi joven y guapo encargado de la academia se mostraba sonriente y dejaba ver esta vez sus brazos musculosos y pantalón que marcaba paquete, todavía en reposo, pero que ya se alegraba de verme.

Yo es que estaba muy sola, mis relaciones del curso pasado había terminado y mis experiencias con profesoras y madres de alumnos me traían a la cabeza momentos llenos de placer y sexualmente plenos. Así que me propuse que no podía ir tan lenta, me parecía que estaba perdiendo facultades. Le dije que me indicara donde me tenía que sentar. Lo hizo amablemente y me dijo que cualquier cosa que necesitara, estaba a mi disposición. ¿Cualquier cosa..?-pensé. Hice mi clase, había mejorado algo, pero mi único pensamiento era como me podía tirar a aquel hombre y aliviar en parte esa tensión acumulada.

Le dije que tenía mucho calor y que si tenía algún refresco. Me dijo que sí, que descansara un poco y me invitaba a una coca cola. La academia tenía un cuarto cerrado, tal vez para guardar materiales, papel, máquinas. Cogió la llave, me indicó que pasara, allí había una nevera pequeña, y un fregadero con unos vasos. Me sirvió un refresco y él otro. Estuvimos hablando el calor. De por qué me apunté a la academia. Yo estaba sentada en una silla, con mis piernas cruzadas, porque de lo contrario me vería las bragas, estaba frente a mí mirándome fijamente. De nuevo se paraba en mis pechos grandes, apretados y turgentes.

Miraba con deseo mis piernas y mi culo. Las mujeres notamos eso muy bien. Yo también miré su paquete creciente. Sus piernas largas y sus brazos fuertes. Debía tener como 22 años pero a mí me daba igual, después de mis experiencias del instituto, mis alumnos y alumnas que habían calmado mi calentura hacía solo unos meses, lo que todos, jóvenes y mayores buscamos es apaciguar nuestra lujuria y nuestros fuertes deseos de sexo.

El caso es que comentó que una mujer tan guapa como yo debería tener cuidado de ir sola por ahí, y con tanto calor, los bombones se derriten. Sonreí, y descrucé las piernas coqueta. Le dije que él no estaba nada mal y se notaba que se alegraba de tenerme cerca porque su pantalón se iba a romper. Se sentó más cerca de mí, me dijo que mis manos que podían dañar si escribía tanto a máquina al día. Me cogió la mano, para ver si las tenía doloridas, estábamos haciendo manitas. Luego me puso su mano en mi rodilla. Y de ahí, es un segundo pasó a acercarse a mi boca y besarme en los labios. Yo ya no daba crédito, no podía comprender que le pudiera poner cachondo a un joven de 22 pero no me importaba, yo lo que quería era gozar, así que mientras nos besábamos, le llevé mi mano a su paquete, le acaricié por la bragueta, acerté a bajarle la cremallera y le toqué sobre el calzoncillo.

Sus manos ya avanzaban sobre mis pechos, mis pezones crecían por momentos. Siempre he sido una mujer muy caliente y mis pezones aumentan casi un centímetro cuando me excito. Sus manos se metían hábilmente bajo mi suje y me apretaban los pezones, que ya explotaban sin necesidad de darles más atención. La otra mano, bajaba a mi cintura, mi ombligo era acariciado. Mis braguitas minúsculas se vieron violentadas por unos dedos juguetones que las bajaron con delicadeza. Su mano ya estaba sobre mi vello público, Estaba mojada, encharcada. Su trabajo en mi boca, mis tetas y mi coño tenía unos efectos claramente manifiestos. Me susurraba que estaba muy buena, que le gustaban las maduras cachondas y que me iba a follar allí mismo hasta hacerme desmayar.

Había una mesa larga y me llevó hasta ella, me fue tumbando poco a poco mientras no dejábamos de magrearnos. Mis bragas estaban casi en mis tobillos, mi sujetador dejaba libres mis pechos por arriba y mi pelo largo estaba a estas alturas completamente suelto y despeinado. Nuestras respiraciones eran aceleradas con tanto esfuerzo. Mis manos jugaban con su pene que ya estaba libre y logró un buen tamaño, era largo y delgado con la cabeza roja y más grande que el tronco.

Me levantó las piernas y mientras seguía chupando y succionando con su lengua mis pezones que a estas alturas se salían de las órbitas, creo que pocas veces los he tenido tan excitados. Intentó la penetración, apuntó con su dedo a mi coño que ya estaba chorreando, decidió meter un dedo primero, luego dos, entrando y saliendo, me acariciaba el clítoris y eso me vuelve loca, que movía en la mesa histérica. Le dije que me penetrara que no podía más.

-Tranquila puta, poco a poco, aquí el maestro soy yo.

No podía más, levanté mi culo para acercarlo a su pene. Ante esto me lo introdujo violentamente y estuvo mucho rato metiendo y sacándolo salvajemente.

Quedamos exhaustos, tumbados uno junto a otro, sudorosos, cansados, relajados. Se levantó, se vistió y salió a atender a una cliente que reclamaba su ayuda con un programa informático que no funcionaba.

Ese día se repetiría con algunas variantes, pero lo contaré otro día.

Lean mis anteriores relatos por doloresxxx.

Espero comentarios de mujeres maduras que se sientan vivas como yo.

Autor: doloresxxx

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La muy recatada mujer del tendero

Ella dejó escapar un suspiro que delataba que pedía más y no quería que lo sacara. Acercó su pene a los pechos enormes de Ana y le dio a entender que quería que le masturbase con las tetas. Ella comenzó con gran lujuria desatada a sujetar el pene de Ramón entre sus pechos, Ramón eyaculó en las tetas de Ana que quedó agotada y muy satisfecha con la follada de Ramón.

Cuando este verano estuve en el pueblo de mis abuelos para relajarme un poco y liberarme de mis obligaciones habituales me contaron una historia que creo que vale la pena relatar. Resulta que mi abuelo me contó la historia de la tendera. Era una mujer de unos 40 años de medidas grandes, pechos grandes, buen culo. Muy recatada, nunca se le había conocido ningún desliz. Su marido estaba enfermo y era mucho mayor que ella, se casaron hacía veinte años, era casi una niña, la niña más mona del pueblo y este hombre ya rico la engatusó.

Ahora la tienda la llevaba ella. Tenía que hacer una ampliación eléctrica y llamó a un nuevo electricista que se había cambiado a vivir al pueblo hacía poco tiempo. Era un hombre de unos treinta años, bien parecido. Tenía novia también muy recatada y pueblerina, siempre vestida con ropas largas y amplias que no dejaban ver nada.

Ramón se alegró de saludar a Ana en la tienda, no se conocían, pero esa primera mirada revelaba simpatía a primera vista.

-Hola, soy Ramón, el electricista -Pasa, yo soy Ana. Verás es por dentro, lo que quiero es ampliar la instalación para poder hacer más grande el almacén. Mira en ese altillo quisiera poner unas estanterías.

Se subió a la escalera sin darse cuenta de que desde abajo tal vez Ramón iba a admirar mejor su cuerpo. Debajo de esas ropas se notaba una mujer muy poderosa, con un cuerpo joven y con mucha vida. No llevaba la falda corta, pero al subir a la escalera se le veía por encima de la rodilla.

-Espera que te sujeto la escalera no te vayas a caer.

Ramón no pudo evitar mirar para arriba. Le vio casi hasta las bragas negras que llevaba, no eran pequeñas, pero se notaban sensuales. Una mujer que viste sensual promete alegrías si se lo trabaja uno bien, pensó por un momento Ramón. Ana notó que Ramón había visto lo que había debajo de su falda y se ruborizó bajando en seguida.

-Perdona es que esta escalera es muy insegura, te la arreglaré gratis. -Vale, lo que te decía, allí voy a poner las cajas y quiero que pongas más luz.

Sus miradas se cruzaron otra vez y una media sonrisa hizo pensar maldades a Ramón.

-No te preocupes, pero es un poco tarde deja que te invite a un refresco. -Pero tiene que ser poco porque me espera mi marido en casa.

En el bar charlaron amistosamente y Ana le contó que su marido era muy mayor y que estaba en una silla de ruedas hace dos años, así que el negocio ahora lo llevaba ella. Un deje de amargura se notaba en su miraba y en la forma de contarlo.

-¿Y como se lleva lo de tener un marido imposibilitado? -¿Cómo crees? Es muy triste que una persona a la que quieres esté así, pero vamos a trabajar juntos en esta reforma.

Ana iba con una blusita con escote que dejaba ver un pecho grande y una faldita bastante corta para lo recatada que era. Se sentaron juntos en un pequeño sofá que había en el almacén. Estaban alegres y reían porque Ramón era muy chistoso y Ana por primera vez se sentía contenta y feliz. -Pero ¿tú tienes una novia no? que alguna vez te he visto de la mano.

-Bueno, no es nada serio, estamos saliendo. En realidad es que nunca he conocido nadie que merezca la pena, así como tú, una mujer de una vez, tan guapa y tan valiente.

Ana se sonrojó y agachó la vista, pero le encantaba que alguien se fijara en ella y Ramón era un hombre tan majo y correcto.

-Sí Ana, creo que te mereces lo mejor, que no puedes estar así dejando pasar tu vida, que tienes que disfrutar, reír, salir por ahí. Estás muy bien Ana. -No digas eso Ramón, cada uno tiene que cargar con su cruz, y la mía es esto, mi vida, mi marido, mi tienda y poco más. Estoy sola y marchita y me tengo que conformar -No puedes conformarte tan joven, te sienta muy bien esta blusa, eres tan preciosa.

Sus manos acariciaron el pelo y la cara de Ana, que se empezaba a preocupar, y alejar.

-No te alejes, solo deja que te dé un beso Ana, lo he deseado desde que te vi el otro día, creo que me he enamorado de ti, no puedo irme sin que me des un beso.

-Pero solo uno, uno pequeño.

Sus labios temblorosos se acercaron muy despacio. Ramón se acercó un poco más, y abrió su boca despacio, tratando de abrir los labios de Ana, e introducir su lengua en la boca de ella, lo hizo despacio y con ternura y ella no pudo evitar que inconscientemente su boca se abriera y sus lenguas se cruzaran.

-Ramón, no puede ser, soy una mujer casada, no puedo abandonarme -Tranquila Ana, despacio, no pienses en nada, solo disfruta del momento, yo te quiero y quiero que seas feliz, despacio, mi niña, vamos, muy despacio.

Y poco a poco Ana iba cediendo y una mano de Ramón se introdujo por el escote de Ana, le desabrochó un botón y luego dos. Tenía una mano en un pecho de Ana por encima del sujetador que era negro de encaje bastante provocativo.

-No puedo Ramón, no puedo, me estoy excitando y no debo, mi marido me espera.

-Vamos, abandónate, tu marido está bien y tú le vas a cuidar, pero tienes que cuidarte a ti un poquito y yo te voy a ayudar porque te quiero y vas a disfrutar, te lo mereces porque eres genial y estás muy rica y yo te quiero hacer muy feliz.

Y con esta palabrería le iba levantando el sujetador y una mano se iba introduciendo y tocando directamente su pecho, notó su pezón bastante grande como un garbanzo y palpitaba y parecía crecer un poco más. Ana ya apenas podía hablar, jadeaba y se iba abandonando. Se seguían besando cada vez más salvajemente y Ramón tenía en su poder un pecho con una mano y la otra iba bajando por su espalda haciendo un movimiento rápido había conseguido desabrochar el sujetador de Ana y hacia abajo se introdujo por la falda, abriendo la cremallera.

Al oído le seguía susurrando:

-Vamos, Ana yo te quiero, disfruta, vas a ser muy dichosa. Te lo mereces.

Ella ya no decía nada, se dejaba hacer, ni siquiera le había importado que su sujetador se abriera y sus pechos generosos botaran dentro de su blusa medio abierta. Con su mano Ramón ya podía viajar de un pecho a otro acariciando cada vez con más energía. La otra mano giraban en todo el contorno de las braguitas que vio que eran pequeñas y en círculo se introdujo a su entrepierna que notó al tacto peluda y muy mojada.

Sobraban los susurros porque Ana ya estaba convencida de que lo iba a pasar bien, se aferraba a él como una niña temerosa de que le pasara algo, pero segura de que estaba próxima al momento que tanto deseaba.

Con un solo movimiento la penetró hasta el fondo y entraba y salía con fuerza, así durante diez minutos, ella le subió las piernas alrededor de la espalda para que la penetración fuese más profunda, su coño pedía más y que no saliera de allí ese intruso tan delicioso. Ramón sudaba de agotamiento.

No quiso eyacular dentro para evitarle un posible disgusto y sacó su pene enrojecido y en plena erección. Ella dejó escapar un suspiro que delataba que pedía más y no quería que lo sacara.

Acercó su pene a los pechos enormes de Ana y le dio a entender que quería que le masturbase con las tetas. Ella comenzó con gran lujuria desatada a sujetar el pene de Ramón entre sus pechazos y a hacer movimientos arriba y abajo.

En unos minutos Ramón eyaculó en las tetas de Ana que quedó agotada y muy satisfecha con la follada de Ramón. Aquella era solo la firma del contrato. La obra vendría más tarde.

Autora: Doloresxxx

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Con el cura de mi pueblo

En cuanto logró encontrar mi diminuto y virginal orificio posterior, el buen padre hizo acopio de toda su experiencia para que la punta de su herramienta se incrustara en ella, no sin algunos esfuerzos y dolores iniciales. Luego todo fue cuestión de perseverancia y entusiasmo, aferrándose a mis hombros o a mis pechos desnudos para meter centímetro a centímetro todo aquello en mi interior.

A mis dieciocho años me consideraba una mujer de lo más casta y pura. Virgen, por supuesto. Educada desde muy niña en los más severos principios religiosos por una madre excesivamente autoritaria que nunca permitía que me concediera las más mínimas libertades, velando en todo momento por mí.

Debido a que mi padre murió muy joven, ella debía trabajar en la parroquia, educando a jóvenes descarriados por una paga más bien paupérrima. Esta, unida al poco dinero del estado no daba para mucho, por lo que nunca he estudiado, y me limitaba a cuidar de la casa, y a coser de vez en cuando para ayudar a la magra economía familiar.

No es que no se acercaran a mí porque fuera fea, que no lo soy, es por la ropa holgada y antigua que siempre he de vestir, siguiendo los arcaicos dictados de la conciencia de mi madre. Pues ella afirma que mi abultada y firme delantera, así como mi pétreo trasero solo pueden servir para atraer malos hombres, y que he de ocultar mis encantos hasta que encuentre al adecuado. Suceso que tenía visos de no poder ocurrir jamás.

Ese domingo el párroco me contempló de modo extraño durante la misa, supongo que por ser la primera vez que me veía con unas ropas tan livianas. Pero mi ingenuidad, y las enseñanzas recibidas, hicieron que creyera que de algún modo se veía escrita en mi cara mis malos pensamientos que no podía evitar.

Al acabar la misa decidí acudir en confesión al párroco, pues creí que era mi deber y mi obligación, no sólo como buena cristiana sino porque él me podía ayudar a aliviar mis preocupaciones. Así que acudí a su despacho y, arrodillándome ante él, le pedí confesión. Supongo que mi acción le sobresaltó, pero permaneció sentado en su silla y el buen cura accedió a que le contara lo que me pasaba.

Empecé por contarle mis pensamientos pecaminosos con un vecino, y para cuando le conté mis fantasías con el doctor ya tenía a tan solo un palmo de mi cara una elocuente muestra de cuanto afectaba al párroco mi relato. Pues el enorme bulto que veía en su sotana sólo podía deberse a lo que ya supondrá. Así que decidí relatarle mis pensamientos e ilusiones impuras describiéndole con tantos detalles que el pobre hombre terminó por desabrocharse la sotana, pidiéndome una demostración de mis fantasías y deseos.

Yo, que ya llevaba un ratito deseándolo no me lo hice repetir dos veces, y me abalancé sobre su pantalón en cuanto lo tuve a la vista. No era tan grande como había supuesto… pero sí sabroso, por lo que me di un buen atracón a su salud. El párroco, disfrutando casi tanto como yo con lo que estaba pasando, me dejó completa libertad de acción, dedicándose a liberar uno de mis pechos de su encierro para acariciarlo ansiosamente mientras yo seguía chupando y lamiendo con frenesí.

Tanta devoción tuvo su recompensa, y pronto pude saborear su espesa miel, tragándola con un hambre feroz. Lamiéndola a continuación con tantas ganas que logré su pronta recuperación para su satisfacción… y la mía.

El párroco decidió darme su penitencia particular, y llevándome ante su reclinatorio me hizo permanecer de rodillas e inclinada, situándose a mi espalda después de despojarme de las bragas y de alzarme la falda todo lo posible.

Yo pensé que el hombre era bastante inexperto, pues a pesar de estar tan encharcada, y de tener su herramienta tan resbaladiza por mis lameteos no era capaz de acertar en tan ansiosa diana… pero me equivocaba.

En cuanto logró encontrar mi diminuto y virginal orificio posterior, el buen padre hizo acopio de toda su experiencia para que la punta de su herramienta se incrustara en ella, no sin algunos esfuerzos y dolores iniciales. Luego todo fue cuestión de perseverancia y entusiasmo, aferrándose a mis hombros o a mis pechos desnudos para meter centímetro a centímetro todo aquello en mi interior.

Tanto arduo trabajo tuvo su recompensa y pronto el dolor dio paso a unos orgasmos tan intensos como largos. Cuando después de muchísimo tiempo el buen cura eyaculó en mi culito estaba tan agotada y feliz que no me importó que se quedara con mi ropa interior de recuerdo… pues sabía que este era el principio de innumerables confesiones.

Autora: doloresxxx

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