Sensaciones especiales

Seguí a David por las escaleras que conducían al sótano de su casa. Era un amplio salón de acceso exclusivo y reservado solo para sus íntimos, acogedor y confortable, ideal para desconectar del mundo. Allí habíamos celebrado largas veladas de invierno, al calor de la chimenea, con buen vino y mejor compañía. Lugar para las grandes confidencias y para dar rienda suelta a los deseos compartidos. Pocos secretos existían entre David y yo, que en aquel sótano habíamos escrito numerosas páginas de nuestras historias más inconfesables.

El siguiente capítulo iba a tener como protagonista a Lucía, una hermosa veinteañera, alumna de David en la facultad. Fueron los únicos datos que mi amigo me había proporcionado cuando me telefoneó para que acudiera aquella noche a su casa. “Esta noche  te prometo sensaciones especiales”, me había dicho, en ese tono misterioso que David solía utilizar cuando había “cita en el sótano”. No era la primera vez que me llamaba para follar con una de sus alumnas. A ambos nos gustaban los tríos, el sexo en grupo, en realidad cualquier forma de relación sexual que se saliera de la habitual en pareja. Y era evidente que a aquellas jovencitas les gustaba follar con maduros, tal vez para hacer realidad la tópica fantasía de tirarse al apuesto profesor, con amigo incluido en el lote.

“Te prometo sensaciones especiales”… La primera visión de Lucía me hizo comprender que a David no le iba a costar ningún esfuerzo cumplir su promesa. Cuando acabé de bajar las escaleras, me topé con la imagen de la joven muchacha atada y de rodillas, delante del inmenso espejo que David tenía en una de las paredes del sótano. En él se reflejaba la chica de espaldas, completamente desnuda salvo un tanga negro cuya cinta circundaba su cintura y se perdía en la hendidura de sus nalgas apoyadas sobre los talones, para descansar en ellos el peso de su cuerpo. Lucía era hermosa, sin dudas. Tenía la cabeza agachada, su barbilla apoyada sobre el pecho, los ojos vendados por un pañuelo negro, el pelo castaño y rizado. La visión de su cuerpo desnudo era excitante. Sus brazos alzados, las muñecas esposadas, los dedos de sus manos entrelazados, las piernas abiertas, los pechos, breves y redondos. Una cadena que pendía del techo, sujeta a la argolla de las esposas de cuero, mantenía elevados los brazos de Lucía y tenso su torso hasta dibujar sus costillas en la piel, pronunciando la redondez de su ombligo en el vientre plano y el sinuoso contorno de sus caderas.

En el silencio de la estancia, se podía escuchar con claridad la respiración agitada de la muchacha, que no había movido ni un solo músculo de su cuerpo al sentir nuestra presencia, hasta que David se colocó tras ella y, agarrándola del pelo, le obligó a subir la cabeza que cayó hacia atrás por el jalón, logrando que Lucía abriera la boca para dejar escapar un leve gemido.

– Ya estoy de vuelta, putita. Y he traído un viejo amigo que quiero presentarte. – David se agachó para hablarle suave a Lucía, muy cerca de su oído, sin soltarle el pelo enredado entre sus dedos. – Te dirigirás a él como “señor”, ¿me has entendido?

Lucía asintió con la cabeza. Pero David desaprobó el gesto con un nuevo tirón de los cabellos de la chica. – ¿Me has entendido? – le volvió a preguntar, con cierta dureza en la voz.

– Sí, profesor. – La voz de Lucía sonó apagada, apenas un hilo de voz fina y nerviosa.

– Saluda a mi amigo, Lucía, no seas maleducada.

– Buenas noches, señor.

Respondí a su saludo, tal vez con demasiada formalidad, lo que provocó que David riera a carcajadas.

– No hace falta que saludes a la putita. Ella no está aquí para que la saludemos, ¿verdad Lucía?

– Verdad, profesor.

Las preguntas de David a Lucía siempre venían acompañadas de un leve jalón de pelo que la forzaba a echar más para atrás la cabeza, a tensar la cadena con sus manos y a dejar caer más las nalgas sobre los talones, como temiendo que, en algún momento, pudiera perder el equilibrio. En esa postura, su espalda se enarcaba levemente y sus pechos se ofrecían hacia delante, turgentes e incitantes sus pezones endurecidos. Sin soltarle el pelo, David comenzó a sobar sus tetas con la otra mano, a pellizcar los rosados pezones, mientras le seguía hablando, casi susurrándole al oído:

– ¿Y para qué está aquí la putita?

– Para ser sometida, profesor.

– Para ser sometida, ¿por quién? – otra vez el pelo fuertemente jalado, la cabeza hacia atrás, el gemido entrecortado de Lucía, la mano de David estrujando uno de sus pechos – ¿Por quién vas a ser sometida, Lucía?

– Por Vd. y por el señor, profesor.

La respuesta de Lucía fue clara, rotunda, sin titubeos. Me pareció que el tono de su voz incluso denotaba cierta impaciencia, como si Lucía deseara que ocurriera inmediatamente lo que estaba proclamando. Yo era “el señor” que junto a mi viejo amigo íbamos a someter a aquella linda joven, que no parecía tener ningún tipo de miedo a estar allí, en aquel sótano, encadenada, desnuda y de rodillas, a merced de dos hombres, a uno de los cuales ni siquiera conocía. Desde luego que las sensaciones estaban siendo especiales. Sentía tal excitación que creí que la polla me iba a reventar dentro del pantalón. David se percató de mi más que evidente erección y, sonriendo burlonamente, volvió a dirigirse a Lucía:

– Creo que el señor está deseando someterte. Así que será cuestión de no hacerle esperar, ¿verdad putita?

– Cuando Vd. ordene, profesor.

David soltó los cabellos de Lucía, se incorporó y comenzó a desnudarse, indicándome con un gesto que yo también lo hiciera. Cuando los dos estuvimos completamente desnudos, nos colocamos a ambos lados de la chica, con la punta de nuestras pollas erectas en sus labios, para que las chupara. No hizo falta orden alguna para que Lucía comenzara a besarlas y a lamerlas, impregnando de saliva los rígidos troncos de carne que introducíamos en su boca por turnos para que la alumna sumisa de David los chupara magistralmente entre jadeos que se ahogaban cuando las vergas se clavaban en el interior de su boca.

El profesor alentaba a su pupila cuando mamaba mi polla, “vamos, vamos, putita, que el señor vea lo bien que sabes chuparla” y la forzaba a tragarla por completo cuando era la suya la que tenía entre aquellos labios carnosos y humedecidos que sabían perfectamente cómo tenían que cerrarse sobre el capullo para firmes deslizarse, hacia dentro y hacia fuera, por toda la enhiesta longitud de nuestros carajos.

David ordenó a Lucía que se pusiera en pié y ella obedeció al instante, con cierta dificultad, posiblemente al tener las rodillas entumecidas por la forzada posición en la que había permanecido durante todo ese tiempo más el que ya llevara antes de que bajáramos al sótano. Se percibía el temblor en sus piernas, el cual alivió con ligeros y rápidos movimientos de flexión y estiramiento de sus rodillas. Al incorporarse, pudo bajar sus brazos, quedando sus muñecas esposadas a la altura del vientre. David me indicó que me pusiera a su lado, tras de ella, pudiendo contemplar lo que hasta entonces solo había podido ver reflejado en el espejo: la hermosura de su espalda desnuda y la redondez de sus nalgas ya completamente al descubierto. El profesor cogió la cinta del tanga de Lucía y la tensó y destensó para frotar con ella el coño de la joven, que se estremeció por el roce de la tela en la raja de su sexo, hasta que en uno de los tirones la cinta cedió, rompiéndose y dejando a la chica absolutamente desnuda.

– Un culo perfecto – sentenció David, acariciándolo y estrujando sus nalgas sin reparo. – Un culo perfecto para ser azotado, ¿verdad putita? ¿Quieres que te azotemos?

Lucía no respondió, lo que provocó que David asiera sus cabellos y jalara fuertemente de ellos, para obligarla a contestar.

– Cuando pregunto, quiero respuestas inmediatas. A ver si te voy a tener que suspender, alumna. Creo que eres una niña mala y mereces ser castigada, ¿verdad?

– Sí, profesor. – La voz de Lucía volvió a sonar tímidamente y esta vez con una inquietud que apenas pudo disimular.

La nalgada sonó hueca, como un chasquido de la palma de la mano contra la piel blanca que enrojeció al instante, el contorno de los dedos señalados. Otra más y otra más. Y a cada manotazo, el suave gemido de Lucía y la suave convulsión de su cuerpo. David palmeaba cada vez con más fuerza el culo de su alumna y la obligaba a contar los azotes. Uno… Dos… Diez… Un descanso. Y mi turno. “Todo tuyo”, me dijo con esa sonrisa burlona que se gastaba cuando estaba disfrutando verdaderamente. Uno… Dos… Diez… Sentía la piel caliente del culo de Lucía quemándome la palma de la mano. Como había visto hacer al maestro, mi mano cada vez golpeaba con mayor intensidad las nalgas enrojecidas, provocando el quejido de Lucía que trataba de endurecer la carne para amortiguar la fuerza del azote. Otro descanso. Y vuelta a empezar, a doble mano, la nalga izquierda para David, la derecha para mí, palmada tras palmada, nuestras manos libres en los pechos de la muchacha, pinzando con los dedos sus pezones para darle el doble castigo del pellizco en sus tetas y del azote en su culo.

Ya Lucía trataba de zafarse, zarandeándose y contorsionando su cuerpo, jadeando con esfuerzo, suplicando que cesáramos en nuestros palmetazos contra su piel dolorida, mostrando incluso un atisbo de rebeldía que nos hizo enardecer. “Se nos rebela la putita. Creo que vamos a tener que follárnosla para que sepa quiénes mandamos aquí”, dijo David, como anunciando lo que iba a suceder a partir de ese instante.

El profesor se colocó tras Lucía y puso su mano izquierda bajo su barbilla, obligándola a levantar su cabeza. Me pidió que liberara sus muñecas de las esposas de cuero y procedí a ello. En cuanto que la chica tuvo las manos libres, David agarró con su brazo derecho el mismo brazo de Lucía, ordenándole que abriera sus piernas. Agarrada por el brazo y por el cuello, Lucía obedeció, apoyando su cabeza contra el hombro de su profesor y enarcando su espalda para que la polla del hombre pudiera penetrar su coño ofrecido. David la embistió con fuerza, sin soltarla, sometiéndola a un brutal escorzo que hizo que Lucía buscara los muslos de su dueño para agarrarse a ellos mientras era clavada y desclavada por la dura verga que le provocaba oleadas de placer en el cuerpo sometido. Su vientre, curvado hacia delante, quedó expuesto para que mi lengua y mis manos lo recorrieran, para subir hasta sus pechos ofrecidos y continuar hasta su boca abierta, que gemía ya sin contemplaciones. Mientras David seguía empalándola y mordía su oreja, en la que le susurraba sucios improperios –eres la sumisa más putita que me he follado en la vida, te voy a partir el coño a pollazos- yo sellaba sus gemidos con mis labios y le provocaba nuevos quejidos al estrujar sus tetas y retorcer maliciosamente sus pezones hinchados por el deseo. Y mi mano también descendía hasta el capuchón de su clítoris y acariciaba su vulva empapada, frotando su sexo hasta sentir el roce de la polla de David que entraba y salía frenéticamente del coño de Lucía, provocándole espasmos de placer a la alumna sumisa.

El bramido de David anticipó su inmediata corrida sobre la espalda y el culo de la joven que apretó sus nalgas contra los huevos del profesor para, en un sensual y oscilante movimiento, frotar la verga aún endurecida y sentir las últimas sacudidas de esperma en la estrecha grieta divisoria de sus redondos glúteos.

Fue el propio David quien, sin soltar el brazo de Lucía, la hizo andar a empujones hasta la mesa situada en el ala izquierda del sótano, colocando a la chica en uno de sus extremos y obligándola a doblar su cintura hasta que su tronco quedara apoyado sobre la tabla. Lucía se dejó hacer y trató de acomodarse, doblando su cabeza para que el lado izquierdo de su rostro descansara en la mesa, mientras David tiraba hacia detrás de sus brazos y entrelazaba las manos de su alumna a la altura de sus lumbares. Reclinándose hacia ella, le habló suavemente al oído:

– ¿Te gustaría que te follara tu señor, putita? ¿Eh? ¿Te gustaría que te follara ahora mismo?

– Sí, profesor.

– Suplícaselo.

Yo contemplaba sus nalgas, aún enrojecidas por los azotes, húmedas y brillantes por los regueros de leche vertidos por David. Aquella posición era realmente excitante y ansiaba poder penetrar a aquella hermosa chica que, dócilmente, se sometía a todo lo que su profesor le ordenaba. Como se demoraba en la respuesta, le pegué un seco manotazo en su nalga derecha que le hizo soltar un pequeño grito a manera de lamento y me decidí a ordenarle:

– Te ha dicho tu profesor que me supliques, putita. ¿Es que quieres que volvamos a castigarte?

David me miró, sonriéndome con complicidad y aprobación, mientras apretaba con su mano izquierda la parte posterior del cuello de Lucía para aplastar su rostro contra la mesa. La voz de la mujer sonó apagada:

– Fólleme, señor. Me gustaría que me follara ahora mismo.

Agarré mi polla para orientarla y dirigirla al centro de su raja y la penetré lentamente, como queriendo hacerle sentir toda la extensión del carajo endurecido en el interior de su coño que palpitaba de deseo. Agarré sus manos como si fueran las riendas de una yegua a punto de desbocarse, lo que permitió que David usara las suyas para jalar de su pelo y obligarla a levantar su tronco de la mesa cuando él quisiera, para magrear sus tetas o apretarlas contra la tabla de madera, mientras yo aumentaba el ritmo de la embestida y estiraba los brazos de Lucía para contorsionar su cuerpo nuevamente estremecido por el placer.

– Vamos, vamos, fóllala con más fuerza – me alentaba David, mientras tapaba la boca de Lucía para impedir que se escucharan sus gemidos. Sí se oían perfectamente mis jadeos y los rítmicos golpes de mi pubis contra las nalgas de la muchacha, cada vez más continuos y crecientes, mientras la polla entraba y salía, entraba y salía, duramente, ardorosamente, perforando el coño licuado de Lucía que aulló de placer en el momento que David liberó sus labios permitiéndole gozar de un orgasmo que sacudió todo su cuerpo, en el justo momento en que yo también me corría sobre su espalda, sus nalgas y sus muslos, con intensas sacudidas que hicieron brotar calientes chorros de esperma que se estrellaban contra la piel de la chica cuyas piernas temblorosas parecía que estuvieran a punto de doblarse por el placer y el cansancio.

Sensaciones especiales. Sin dudas, las había sentido y gozado en aquel cuerpo joven y hermoso de la alumna de David. Cómo el viejo profesor la había seducido y convencido para que fuera nuestra sumisa aquella noche, formaba parte de los secretos inconfesables de mi amigo. Aunque tal vez, alguna noche, en alguna velada de invierno al calor de la chimenea, me desvelaría el inicio de una historia que acabó con Lucía durmiendo entre los dos, abrasando con el ardor de su cuerpo joven y desnudo la piel también desnuda de nuestros cuerpos curtidos.

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Una confusión afortunada

Estaba apoyado en el mostrador de recepción del motel donde había pasado la noche. Todavía aún no había amanecido pero yo ya estaba disponiéndome a reemprender mi ruta. De pronto oí, al tiempo que alguien abría la puerta de entrada, un entusiasmado suspiro de sorpresa de la recepcionista:

– ¡Guau!- fue la exclamación de entusiasmo súbito que pude oírle.

Miré a la recepcionista y entendí su entusiasmo al percatarme del recién llegado. No era para menos, también yo mismo quedé admirado y prendido de la prestancia de aquel mocetón, tanto por su altura y por su corpulencia bien conformada como por su rostro de esbelta y sublime masculinidad.

Cuando llegó al mostrador puso su petate casi al borde de mis pies. Sin decir ni buenas noches, le pidió alojamiento a la recepcionista, se registró y, cuando ésta le dio la llave de la habitación, él me la pasó a mí confundiéndome sin duda como un mozo de servicio del motel. Me dejé llevar por su confusión y traté de simpatizar con él mientras subíamos por la escalera pero no logré, ni por asomo, vencer su adustez de tío complacido de sí mismo. La recepcionista se quedó mirándonos extrañada, pero posiblemente, después del tiempo que estuve paseándome en recepción esperando que amaneciera, debió creer que aquel nuevo huésped era alguien al cual yo había estado esperando.

Le acompañé al primer piso y busqué el número de habitación que marcaba la llave. Cuando le abrí la puerta, me recriminó ásperamente que no le hubiera subido el petate como era mi obligación. Me obligó, pues, a bajar a recogerlo y además me encargó que sacara dos o tres condones de la máquina dispensadora si la hubiera o que me los facilitasen en recepción, pues «estos moteles – me añadió – son de mucho puterio como bien lo sabes tú».

Dos o tres condones eran muchos, pensé, y me supuse que llegaba con un plan previsto para mantener algunas relaciones sexuales con quienes aún no habrían llegado, incluso para una orgía. Pensando en eso, fantaseé calzándole yo mismo los condones con los que, uno tras otro, me culeaba y descargaba su verga. No obstante, a pesar del agrado que me producía aquella fantasía, la corté de inmediato pues empecé a temer que podría ser más real que simple probabilidad puesto que, a su llegada al motel y mientras se registraba, no le habrían pasado desapercibidas, pese a mis disimulos, mis miradas furtivas a su entrepierna y a su singular figura y, con ello, habría descubierto las apetecibles querencias que me provocaba su imagen vigorosa que, además, la intuí como de varón bravo y osado. Era un joven de los que más de una mujer o un gay, incluso un hombre heterosexual, aunque con distintos propósitos, no dudarían de admirarlo y exclamar en sus adentros de manera parecida a la que yo exclamé en mí interior:

– ¡Vaya tío bien hecho y bien parido!

Pese a eso, puesto que aquel individuo, por su acritud, no me producía ninguna confianza, estuve a punto de aclararle su confusión conmigo. Sin embargo, pudo más la atracción de su físico y, aunque parezca contradictorio, los fuertes deseos de sumisión que me despertó la prepotencia de su trato y todo el morbo que despertó en mi imaginación. Así que, aunque con cierta reticencia, bajé a por el petate y los condones. Suerte que, en aquellos momentos, no había nadie en el mostrador y no tuve que dar ninguna explicación. Recogí el petate, saqué los condones de una máquina dispensadora, y me subí presuroso tomando el ascensor para evitar cualquier encuentro indeseado que pudiera aclarar la confusión en la que estaba metido y yo pretendía que continuase

La fantasía que provocaron en mí la petición de los condones y mi recelo de que ésta pudiera ser más real que probable, tal y como yo lo deseaba, se confirmó: cuando de regreso entré en la habitación, él ya estaba desnudo tirado sobre la cama, solamente el slip le cubrían sus parte bajas que se mostraban enormemente bulbosas y apetecibles con un rabo que le cruzaba la pelvis tirando hacía arriba y mostrando un asomo de su capullo al descubierto.

– Pasa el cerrojo y desnúdate. – Oí bien su mandato. Con su voz recia y exigente me demostraba que no necesitaba darme explicaciones, ni yo las deseaba pues ya estaba dispuesto a rendirme a su trato áspero y prepotente como me lo pedía mi libidinoso subconsciente. Reconozco que más que sorprendido, por aquella situación tan inaudita, me sentía anonadado: aquel magnifico cuerpo extendido sobre la cama, y la voz de quien estaba seguro de mi docilidad demostrada, no admitía dilación ni disimulos pueriles.

– Tus miradas, desde que me viste, me delataron tus deseos… Voy a complacerte – me dijo, y aún añadió – ¿Te apetezco, verdad? ¡No eres el único! Me gusta que me apetezcan y, sobre todo, complacer a los maricones que, como tú, se me muestran deseosos, a primera vista, de gozarme como lo pudiera hacer una delirante ninfómana… incluso, mejor. Lástima que os falte el coño que algunos tanto desearíais tener. Pero bien, para las ansias que tengo de que me pajees y follarte, tu culito me pareces muy apetecible para lo maduro que eres y lo desvirgado que ya debes de tenerlo….

No pude más y miré su enorme paquete con el mayor descaro para dejarle patente mis apetencias y, así, demostrarle mi desinhibición y mi sumisión a sus deseos.

Empecé a desnudarme pausadamente con torpeza como lo haría una hetaira meliflua.

– ¡Date prisa, maricón! No creas que me vas a calentar más con la ridiculez de tu puto estriptis de puta ridícula.

Se sentó al borde de la cama con las piernas separadas incitándome para que me apresurara.

– ¡Ven aquí… mira el regalo que voy a ofrecerte! – Sin quitarse el slip, me mostró los testículos. – Ven… ya ves lo mucho que tendrás que mamar y engullir para dejármelos secos.

Totalmente atraído y entregado a sus exigencias, me postré desnudo entre sus piernas y, apenas le baje la cinturilla del slip, su verga saltó ante mis ojos lujuriosos haciéndome sentir la voracidad inmediata de empapar mis papilas de sus flujos pre seminales. Cogí su verga, la descapullé con una mano y empecé a pajearle mientras le lamía el glande y todo su tronco de bajo a arriba; con la otra mano en sus testículos se los acariciaba rozándole con suavidad el vello de su escroto. No conseguí provocarle ningún gemido, pareciera que gozara más viéndome postrado entre sus piernas gimiendo y manejando su verga rosácea con sus venas y arterias prietas. Le estaba totalmente entregado: su falo se me mostraba majestuoso, no muy grueso ni cabezón, pero largo, muy largo… y con una rigidez eréctil de extrema y espléndida verticalidad.

No sé cuánto tiempo estuvimos así. Sé que gocé mucho sintiéndome bajo su dominio insultante y avasallador mientras le mamaba la verga, le lamía capullo, le sobaba los testículos y le pajeaba como lo haría, según él, una ninfómana delirante y además, como yo, en aquellos instantes, muy puta satisfaciendo sus exigencias.

¡Qué bien lo haces, cabrón! ¡Y que bien aprendido tienes lo que desea tu macho! ¿Quieres ser mi nena, verdad?

–Quiero ser lo que tú desees. Mi mayor complacencia es poderte complacer – le dije.

Me respondió rápidamente:

–Pues quiero que me complazcas como hembra y que te comportes como damisela caprichosa y complacida de su amante. Me gustáis, más que las hembras, los maricones que saben comportarse como si lo fueran, incluso mejor… Demuéstralo así, aunque no lo desees ni necesites de plumas de mariquita. Te lo exijo, aunque solo seas un simple homosexual. Por unos momentos vas a ser mi entretenida y a comportarte como si fueras mi amante.

Mientras él me hablaba, no dejé de mamar y lamerle la verga, ni deje de acariciarle los testículos y, aunque no conseguí que gimiera de placer, mis ojos me hicieron gozar más aun sosteniendo sumisamente sus miradas y sonrisas sarcásticas de autocomplacencia y gozando de verme humillado entre sus piernas.

Tras todos estos escarceos, intentó meterme su verga en mi garganta y yo mismo, queriendo complacerle, traté de facilitarle el acceso pese a las ligeras arcadas que me producía. Lo conseguimos venciendo las naturales resistencias que, por fin, me permitieron sentir como me penetraba y, con una suavidad que contradecía su talante hosco, empezara un vaivén placentero con mi garganta dispuesta a tragar su leche cuando lo deseara.

– ¡Qué buenas tragaderas tienes, nena! ¡Te la voy a sacar por tu puto culo, puta!

Así se estuvo sacando y metiéndome incansablemente su verga, incluso haciéndome presión en mi cabeza y elevando su pubis para penetrármela hasta lo más adentro posible de mi garganta. Me estaba follando con toda la intención de llegar al orgasmo y descargar, como yo lo estaba deseando, todo el semen que pudiera cargar con aquellas penetraciones tan satisfactorias. Así fue como, tras un largo y rítmico vaivén que traté de aguantar complaciente, descargó y me tragué en abundancia todo el semen que pude y, aun así, chorreándome por mis comisuras, quise retener su verga fláccida en mi garganta y seguir empapando mis papilas del sabor dulzón de su esperma hasta conseguir que su verga se endureciera nuevamente.

Así, con su verga de nuevo erecta y dura, me pidió que me levantara. Se quitó el slip, lo restregó por mi rostro y me obligó a que oliera y lamiera los efluvios fétidos de las naturales excreciones impregnadas en ellos.

– ¡Toma, guarra! Me gusta follar con tíos como tú, más que con cualquier hembra desaborida – Y añadió  – ¡Qué dispuesta estás para satisfacer al macho que te enamore! Estoy seguro que aquella recepcionista no te hubiera superado.

Me pidió que me subiera a la cama y que me acostara boca arriba con las piernas en alto y muy separadas

Sin deseo de contradecirle, le sugerí que yo no tenía inconveniente de ponerme a cuatro patas, para él, como un perrita.

–No me digas tú de qué manera me gusta follar a los maricones. Antes que nada deseo verte como mujerzuela hambrienta de verga que se espatarra para mostrar el aleteo de su coño abriéndose y cerrándose que es como presiento ahora tu ano mientras esperas que te penetre hasta sacar mi rabo por tu boca.

Inmediatamente se puso delante de mí y me pidió que me arrodillara para que le colocara el condón. Lo hice tras una buena chupada al glande.

– ¿Cuántos habrás puesto así en tu puta vida?

Así, tras colocarle un condón y ya en la cama con mis piernas levantadas y forzándome para mantenerlas separadas, apuntaló su verga en mi ano y puso sus manos en mis pechos estrujándolos y manoseando los pezones hasta ponerlos duros y erectos. Cuando me tuvo así, empezó a susurrarme a mis oídos fantaseando como si fuera su entretenida cortesana para satisfacer sus deseos más morbosos. Me gustaba lo que me susurraba y empecé a contornearme lo más femenilmente que supe. Me ensalivé el culo metiéndome mis dedos en mi orto para dilatarlo, también él se ensalivó su capullo y con lentitud, sin prisa y sin pausa, me estuvo calentando el ano con su verga removiéndome los esfínteres y haciendo probaturas de penetración. En esa posición y de esa manera, gocé enloquecido cuando sentí su verga metida dentro de mí y, tanto más, en la medida que sus fuertes nalgadas me la metían profundamente en el intestino y sus vaivenes derivaron en delicias al vencer el dolor provocado por la dilatación forzada de los esfínteres y la estrechez del orto, no pude reprimirme pidiéndole que no parara y que me diera con toda su fuerza hasta lo más profundo que pudiera llegar.

– ¡Folla! ¡No pares! ¡Quiero tu semen dentro de mí! ¡Folla, fóllame, no pares!

Con tanto goce, a pesar del dolor que me provocaba, acabé llorando por la satisfacción añadida que me producían sus caricias y sus susurros en mis oídos.

– Déjate de lloros, nenita. ¿Quieres que te preñe, verdad? ¿Quisieras tener un vástago de un tío como yo, eh? Pues espera…

Rápidamente se quitó el condón de un zarpazo y empezó a culearme con fuertes nalgadas hasta que de pronto y muy contradictoriamente – siendo yo quien le dejaba hacer – llegó a un punto que parecía que le doliera que, en aquel lecho y con mi sumisión a sus deseos, estaba perdiendo totas las apariencias de hombre superior en su porte duro y adusto, de tal manera que sintiéndose vencido, explotó con enormes gemidos, suma de todos los que había logrado retener con su trato prepotente y sarcástico.

– ¡Bruja! ¡Eres una bruja!  – Diciendo todo eso, sin sacar su verga, se echó encima de mí y besándome mis pechos y lamiendo los pezones se corrió metiéndome su leche en mis entrañas  con fuertes sacudidas y gemidos. Al terminar sus espasmos se recostó a mi lado y pude volver a chuparle la verga, lamerle su capullo y, mientras yo mismo me masturbaba, lamerle siguiendo la ristra de vello que le subía desde la pelvis hasta llegar a su ombligo, rastrear el vello de su pecho, chuparle sus pezones y conseguir besarle en la boca, mordisquearle sus labios apasionadamente y descargar mi leche restregándome en sus bragaduras…

Al final, después del festín que nos dimos, se quedó dormido. Cuando le percibí con su cuerpo exánime de tanto trasiego y sus reiteradas eyaculaciones en mi boca o en mi culo, me levanté, le puse sobre su petate una nota con el número de mi móvil, y mis deseos de reencontrarnos. Me vestí, recogí mis bártulos y lo deje en la cama sin despedirme.

Al salir, la recepcionista, con cierta sorna, me preguntó si había quedado satisfecho de los servicios extra del motel.

–Sí – Le contesté sonriente y, correspondiéndole a su sorna, salí del motel pavoneándome, moviendo mis caderas y bamboleando mi culo.

Aunque creo que será muy improbable, espero reencontrarme algún día con tan apuesto y delirante amante, en ese motel o en otro cualquiera, puesto que, por mi trabajo de agente comercial, suelo recorrer bastantes veces la misma ruta. ¡Ojalá, se así!

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