Alumna madura y tímida descubre el sexo

Había podido, sin saberlo yo con claridad cómo, encontrar y explotar su lado de sumisa, luego había sido sometida, dominada, penetrada y lo que es peor, le había gustado, había disfrutado sentir su cuerpo y atraer con el, no se acordaba lo que significaba despertar el deseo.

De cómo comenzó mi relación con una alumna de más de cincuenta, desperté su sensualidad y gozamos en lo que parecía su primera vez.

¿Que puedo decir?

Durante muchos años la había visto cerca. Había sido mi alumna hacía casi siete años y luego había entrado a prestar el servicio social conmigo, bajo mi dirección. Le gustó el trabajo y se quedó como voluntaria. Quería que yo le dirigiera la tesis pero lo que pro-ponía yo no podía dirigirlo, así que me mantuve cerca, ayudándole, al principio sin entrar ni estar demasiado cerca para no molestar a su asesora, aunque terminé auxiliándola y al cabo dirigiéndola no poco.

De hecho en el trabajo como voluntaria la formé, aprendió a trabajar, a organizar, a pen-sar. Un amigo que la tuvo como alumna en la licenciatura y maestría decía que se veía mi huella, que era tan acuciosa y metódica como yo, no sabía que para ese momento ya era mía.

No soy de ninguna manera un adonis, pero no soy tan feo. No la tengo monstruosa, pero tampoco minúscula, alguien absolutamente normal. Mido 1.75, constitución regular, peso unos 80 Kgs. Nunca hago ejercicio, ni he sido deportista pues me defino como fumador; pero soy bastante inteligente, tengo facilidad de palabra, lo que me hacen buen maestro, que llegan a generar admiración, pues además de una buena formación en la mejor escuela de este país, he trabajado muy duro muchos años, he tenido muy buenos maestros y he leído y trabajado como enajenado, incluso por ello perdí parte de mi juventud y mi experiencia sexual era bastante corta; a pesar de todo, me he construido una reputación, he publicado libros y artículos de temas que serán de interés en cien años.

De hecho desde que comencé a dar clases, comencé a dejar de ser ignorado por las mujeres, desperté simpatías, comenzaron a aparecer algunas oportunidades y tuve mi primera aventura. Hay que aprovechar lo que se tiene, no hay más.

Recuerdo que luego que dejó de ser mi alumna, comenzó a sentirse bien con ella misma; y cuando iba al voluntariado, ocasionalmente se vestía con faldas a media pierna, ajus-tadas, a veces estaba trabajando en una mesa frente a mi oficina y, al levantar la vista de los papeles, la veía concentrada, con las piernas ligeramente abierta y más allá se le veían las medias, los calzoncitos, la entrepierna; cuando me acercaba, su grandes tetas por abajo de las blusas que apenas las podían contener. No era frecuente, pero si una vez al mes así la veía.

No era nada coqueta cuando alumna, de hecho tenía bastante pena de su cuerpo y es-condía sus piernas en unos pantalones deportivos horribles, y sus senos simplemente no se los quitaba porque no podía. Como voluntaria se le abrieron oportunidades y comenzó a creer que sí podía hacer las cosas.

Entones su mundo se amplió y comenzó a usar pantalones de mezclilla ajustados, y su culo se veía soberbio. Se convenció de que no era tonta, como decían y la hacían sentir sus compañeros, y pudo verse de otra manera que con la condescendencia con que la miraban sus propios hijos. Le hice notar que tenía que ser más segura y que era bella, muy bella, luego de ligeros rozones, hasta que un día le dije que habría avanzado lo suficiente el día que se pusiera una minifalda. Ella dijo espantada, sorprendida, agradecida “¡No, cómo crees que yo me voy a poner nunca una minifalda!”. Y le dije que un día, que la vería, que a lo mejor sólo para mí, y dijo que bueno.

Ella no tiene veinte ni treinta, de hecho hoy debe tener cerca de los 60. Sus hijos son de mi edad, quizá poco más grandes, conozco a tres. Ella se divorció, se encargó de sus hijos, inició un negocio y lo sacó a flote. De eso vive ella y una de sus hijas, sospecho que a veces le ayuda a cuando menos otro de sus hijos. Cuando ya el negocio iba bien, cuando se pudo independizar, estudió la preparatoria y luego la carrera. Ahora esta haciendo la tesis de maestría y regresó al estudio de una de las cosas que más le gustan, el piano.

Es sorprendente su vitalidad, su juventud, su inocencia. Le digo que es tan asombrosa como una adolescente, y aun cuando ya ha parido, sé que le quité cuando menos dos virginidades, la de la boca y la del culo; y si definimos la virginidad como tener un orgasmo, creo que fui su primera experiencia.

Muchas veces le había tirado un poco los canes, pero se asustaba. Ella dice hoy que siempre le gusté. Recuerdo que en una ocasión entregó un muy mal trabajo y le puse una calificación bastante baja, y a la hora de la revisión no quería pero la senté frente a mí en la cafetería donde estaba con el grupo y le critiqué el texto que me entregó, diciéndole que ya sabia que decían los libros, que la quería oír a ella –en el fondo si me hubiera dicho que sexo por calificación me hubiera puesto en un verdadero aprieto. El siguiente semestre trabajó más duramente, fue más ella y sin mostrar sus piernas obtuvo un nueve. Sus compañeros la hacían menos, yo la defendía un poco.

Ya en el servicio, al principio no me dejó acercarme mucho, pero no era ya tan tímida. Luego vino un proyecto y había con ella una muchacha muy joven, quizá 22, que me atraía bastante. Más de uno pensaba que yo la pretendía. Trabajaban mucho y se llevaban bien. Ahí nos hicimos amigos y nos tomamos confianza, la muchachilla hace unos meses se casó y con alguien de mi edad, pensé que si me hubiera arrojado… Luego comenzó una larga tarea en la que ha estado casi cinco años. Trabajamos juntos por mas un año muy cerca, luego la fui soltando y ahora ella concluyó la tarea, y nadie disputa que es su esfuerzo, su autoría, su compromiso.

Era muy tímida, de modo que parecía que sus senos le estorbaban; se trataba de hacer chiquita y pasar desapercibida. La edad le pesaba con lo muchachos de los proyectos, pero a ellos no parecía importarles mucho. Luego, algunas compañeras la fueron inte-grando. Una ocasión bailamos y ella ya no lo quiso hacer más: le gustó que con el pre-texto de las copas de más, me le repegara.

Ocasionalmente cuando nos despedíamos le daba un beso más cerca de los labios, a veces le rozaba una pierna o el brazo. Una ocasión le dí una nalgada y se volteó a verme feo pero le dije que qué quería, que estaba muy guapa y no dijo nada, la sorpresa y el piropo la aplacaron. Otra ocasión le dije que se parara derechita, para que se vieran sus senos en su esplendor, y desde abajo se los toqué, los levanté, me tardé apenas unos segundos, y goce, y ella también pero pudo más su moral y se puso seria un par de días; luego, la siguiente semana, llegó con una blusa ajustada, con un botón abrochado de menos.

Un día la incluí en un proyecto especial, y luego en otro, y en ambos apareció su nombre. Para el segundo fui a verla a su casa y ella me recibió muy amable un lunes, con ropita escogida, pero demasiado seria, propia de su edad, ni siquiera sus blusas más ligeras o sus faldas a media pierna.

El viernes había atendido largamente, con atención, a una clienta que no se destacaba por su belleza sino lo contrario, y eso la impresionó; esa tarde al despedirnos se despidió besándome muy, muy cerca de los labios, a continuación le robé un breve beso en los labios. Ella intuía y yo sabía.

Nos sentamos en el sillón de su sala, vive sola y no había nadie. Le tomé de las manos, entrelazamos los dedos, nos quedamos viendo; la solté y pasé el brazo por sus hombros y la abracé, nos quedamos viendo, ella dijo que qué, que había estado pensando el do-mingo y en misa había oído que todo lo que vale la pena es amor así que había decidido que si. Que se trataba de construir, no de destruir por lo que hiciéramos sería secreto.

Nos comenzamos a besar, suave, luego más fuerte; ella parecía que no supiera besar, a pesar de tener cuatro hijos. Nunca la habían manoseado rico, la decencia católica nunca le había permitido gozar. Creo que su sorpresa era mayor cuando perdió el aliento la pri-mera vez.

Ella es pequeña, debe medir 1.55. Sus medidas son 90, 65, 85, tiene la carne firme y unas piernas muy bien torneadas, porque hace ejercicio diario. Sus senos son grandiosos, pero sus piernas de plano son bellas, tiene una cinturita… Tiene cara de ratoncita, orejitas pequeñas y un cuello largo, es blanca y de ojos azules, labios delgados y sensuales cuando se los muerde un poco, como cuando le meto la mano debajo de la falda. Es rubia natural. Es pequeñita y suele vestirse con ropa discreta, pero cuando se arregla… y cuando se arregla para mí… No es joven, pero está muy bien conservada, su figura es notablemente mejor que la de sus hijas.

Luego de quedar firme el hecho de que si nos gustábamos, por los besos, y que si nos atraíamos, de besarla y besarla, de que ella estuviera de acuerdo, comencé a tocarla, a pasar mis manos por su cintura, por sus piernas con un pantalón de tela gruesa, y ella protestaba, pero no dejaba de besarme y de besarla.

Después le desabroché un botón de la blusa y protestó pero le besé la parte del cuello que quedó descubierta, y ya no dijo más nada; luego le comencé a acariciar por encima de la ropa los senos y comenzó a decir que no y que no. Pero la seguí besando y acariciando hasta que le desabroché todos los botones y le abrí la blusa; puso cara entre sorpresa, reprobación y de pronto otra vez se sintió mujer, se la estaban cogiendo a su edad.

Había visto parcialmente esos senos: el canalito, el volumen, las pequitas, el límite del brasier, pero la maravilla que vi superó mi imaginación, grandes que me caben en una mano, casi sin aureola, blancas, con un pezón justo, que se endurece de una manera que me enloquece, sin arrugas, nada flácidos, no se colgaban y excitados como ella estaba, estaban bien durito.

Para quitarle la blusa aflojé los botones de los puños, pero por falta de técnica no le quité una primero y luego la otra, sino las dos a la vez, con lo que quedó con los brazos atrás, inmóviles, dejando todo su pecho absolutamente descubierto, todavía con brasier ¡Qué maravilla! Sus senos,  completamente a mi merced, y no tuve la piedad que suplicaba. Bajé las tiras de los hombros a los brazos y con eso realmente sintió que la estaba desnudando, mucho más  que quitarle toda la blusa.

A sus cincuenta y tantos, que le bajaran el brasier primero por los tirantes y luego las copas era difícil de aceptar, que lo desabrochara fue más difícil de aceptar y si que pre-sentaba resistencia. Y luego cuando se los besé y sintió, decía “¡No! y ¡No!” y “¡Ya, para!” que parecía primero una orden y que se fue transformando luego en algo que sonaba a una súplica y “¡No más…  no!”. Fue todavía más problema tocarle las piernas y las nalgas, pues por muchos, muchos años no le habían dado una buena sobada, y la de veces que había soñado con eso.

El siguiente nivel fue más difícil, pero solo el primer paso: desabrochar el cinturón. Abrir el cierre, en medio de besarle la boca, magrear sus tetas, correrle las manos sobre su cintura, su cadera, fue mas complicado y para ese momento el “¡No!” alcanzó niveles de grito. Pero ya no era una orden, es que creo que no sabía qué decir ni qué hacer, y el instinto le ganó, perdió la voluntad y la mujer apareció.

Sentados como estábamos en el sillón, lado con lado, se hincó sobre mí, y me besó con mucha pasión. Luego de un rato la tiré sobre los cojines y se dejó quitar los panta-lones, mientras ella misma me ayudaba a bajarlos en medio de reclamos de “¡No!”, e inmediatamente se quitó las pantimedias y comenzó a hacer sonidos que creo ni ella sabía que podía hacer, cercano a los gruñidos, porque digo yo, comenzaba a sentir.

Hasta ahí, lo que pasaba se asemejaba por momentos a una violación. En realidad era eso, la estaba forzando a tener sexo y ella sólo al principio se debatió entre el si y el no, creo que no imaginaba que yo podría luego luego besarla, querer meterle mano y con lujuria, y mucho menos que me despertara deseo. Su yo decente se oponía. Creo que pensaba en una relación casi platónica, besitos castos, manita sudada, literatura y música, y sin siquiera preguntarle ya estaba de espaldas, con las piernas abiertas y desnuda, en su sillón.

Estando acostada ya no hubo más problema, ni conflicto. Seguía diciendo “¡No!”, “¡No, no por favor!”, pero me abrazaba, me besaba, descubrió que podía gustarme, que su cuerpo no era para nada lo que ella imaginaba.

Le quité los calzones con una mano, mientras que con la otra le acariciaba las nalgas, se la pasé entre las piernas, toqué su vulva, acaricié sus muslos por dentro: era un toqueteo lleno de deseo, de lujuria, y ella así lo percibió y creo que le gustó.

Acostada, no fue ningún problema abrirle las piernas, pero ahora yo, separándoselas, pero de hecho ella misma colaboró bastante y me jaló hacia ella, para que entrara en ella.

No me hice mucho del rogar, pero antes, estando yo entre sus piernas, subí y bajé un par de veces, haciendo que mi pene se restregara contra su vulva, y ella sintiera un poco en su clítoris. Luego apunté y comencé a entrar. Estaba estrecha, se que le dolió porque movía la cabeza de un lado a otro, y hacía gesto de que dolor, pues por años nadie le había entrado.

Su cueva esta deliciosamente cerrada, abrirla un poco a la fuerza, un poco con consentimiento, estando ella sólo un poco húmeda, fue hermoso.

¡Cómo disfruté por estar en ella! porque al fin, luego de años, en una tarde le había quitado la blusa, magreado las tetas, besado los senos, agarrado obscenamente las nalgas, pasar con lujuria las manos por todo su cuerpo, como tocando lo prohibido, es decir, con el deseo.

Y por encima de todo me la estaba cogiendo, la estaba penetrando, me estaba dando a mí mismo gusto, estaba haciendo algo que bien podía pasar por forzarla, pero lo realmente sorprendente para mí en ese momento es que ella además cooperaba en medio de sus gritos de “¡No!”.

La penetraba, la abría, ya no decía nada. Luego de un rato, la voltee y la puse de espaldas a mí, viéndole la espalda, se la acaricié desde el cuello hasta las nalgas, ¡Cómo las gocé! y le abrí las piernas, separándoselas apenas un poco, y así nada más la penetré por detrás, y entré a su vagina sin problemas.

Estar sobre sus nalgas que tanto me gustaban, entrando entre ellas, en ella, con fuerza. A las pocas embestidas me vine y la llené de semen: por su edad, ya no tiene regla así que desde ese día cuando quiero, puedo, a la hora que podemos, simplemente hacemos el amor, sin problema.

Unos minutos más tarde, ella apenas pudo levantar un poco la cabeza por un lado, con el pelo sobre la cara y una gran sonrisa, le primera que le ví. Parecía que le había pasado un tren encima.

No creo que haya llegado al orgasmo, aunque ella dice que sí y que esa vez fue la primera en que sabía para qué servía el sexo, además de para tener hijos; no creo que realmente lo haya gozado como yo, no creo que esa haya sido la experiencia de su vida, entre otras cosas porque una vez me dijo que no quería acordarse de aquella tarde, que cómo era posible que después de haberse portado como se portó, tan rígida, tan sin colaborar, tan sin saber qué hacer, tan inexperta.

Sospecho que su marido sólo se orinaba en ella, aunque de joven debió haber sido un verdadero mago. Se preguntaba que cómo era posible que siguiera con ella luego de haber visto cómo se comportaba, y que no sabía.

La cosa es que le había gustado, estaba enamorada y de pronto había sido forzada, en su casa y sus sillones, debajo de su retrato de cuando se casó; había podido, sin saberlo yo con claridad cómo, encontrar y explotar su lado de sumisa, luego había sido sometida, dominada, penetrada y lo que es peor, le había gustado, había disfrutado sentir su cuerpo y atraer con él, no se acordaba lo que significaba despertar el deseo.

Una semana más tarde la visité en su negocio, era sábado y tarde: me lo enseñó, lo caminamos y estaba orgullosa; me besaba y la besaba, nos abrazábamos, ya teníamos nuestra cuenta de correo propia; en las mesitas para el café le bajé el pantalón a las rodillas, luego los calzones y la hice apoyar las manos en una silla, abrir la piernas y así, casi en frío, la penetré. La penetré y la gocé, la llené de semen. Y ella gozó. Fue la primera vez que me invitó a ir “a su camita”.  A las pocas semanas nos acostamos en su cama e hicimos largamente el amor, tanto que al terminar ella lloró: nunca había sentido un orgasmo tan largo, profundo, prolongado que la vista se le fue, una explosión de luz, felicidad, placer la inundó.

Ese orgasmo, la ternura luego de la cama, me aseguró que pudiéramos avanzar por la senda del placer mutuo, encontró su sumisión y luego su putería; le permitió conoce el placer de ser nalgueada y de ser amarrada; dejó de preocuparse por hacerme gozar y hoy es capaz de tener orgasmos sin penetración, y de no sentir culpa; de hecho su vida ha cambiado porque ciertamente es mucho más libre, pues su mente se ha abierto.

Y por años hemos gozado.

Hace mucho que lo quería contar, porque no le he dicho.

Agradecería sus comentarios y, si les gusta, les platicaré otras experiencias.

Autor: Chinguirito

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