Asignatura pendiente.

Nunca había creído en las asignaturas pendientes, con chicas de la adolescencia, que se aprueban ya en edad adulta. Pero he de decir que estaba equivocado. Soy un hombre de 38 años, felizmente casado, con 3 hijas pequeñas, abogado de profesión y socio de un bufete que no funciona mal.

Estudié la enseñanza secundaria en un instituto de mi pequeña ciudad de provincias, donde yo era el típico empollón. No era bueno jugando al fútbol, no tenía éxito con las chicas, era responsable, no faltaba a clases, sacaba buenas notas…. En fin, un empollón.

Miraba a las chicas que estaban más buenas, las imaginaba desnudas, escudriñaba su coño bajo el chándal ajustado, seguía el vaivén de sus tetas mientras corrían en clase de educación física…. y luego, por la noche, en mi cama, me masturbaba dos o tres veces, pensando en ellas.

El tiempo del instituto no fue infeliz, ni mucho menos, pero me hubiera gustado ser yo el macho que iniciara a aquellas chicas, con las hormonas revolucionadas.

Con el paso de los años, dejé de ver a las compañeras y compañeros de clase. Cada uno tomó su camino, sus estudios superiores, su profesión y no volvimos a saber unos de de otros. Hasta que un día recibí una carta en la que David, un antiguo compañero de clase me informaba de que estaba tratando de hacer una fiesta de antiguos alumnos del instituto, y concretamente de nuestra clase. Le llamé al número de móvil que me indicaba en su carta y me apunté a la fiesta.

Llegado el día, allí estábamos la mayoría, sin parejas, unos 30 en total entre chicos y chicas. La naturaleza había hecho un trabajo, en unos casos cruel, en otros de depuración y en otros parecía que casi no había hecho nada. Abrazos, besos, risas, rememorando antiguas anécdotas (que sólo son divertidas para los que las vivieron, y que aburren al resto de la Humanidad) y también miradas cargadas de deseos pasados.

Miraba las tetas de mis antiguas compañeras, ya madres casi todas, y recordaba sus pezones duros los días de frío en el gimnasio. Ahora todo había cambiado. Yo soy un hombre de éxito y todas querían hablar conmigo, me hacían consultas de Derecho, y yo notaba que era en parte la atracción de la cena.

Me senté entre Sonia y Conchi. Dos antiguas compañeras que me ilustraron mis pajas nocturnas durante varios cursos. Ellas se conservaban bastante bien y lo cierto es que me seguían poniendo cachondo. Entre risas, bromas y chistes subidos de tono de unos y otras, noté que Sonia me ponía la mano en la pierna, por debajo de la mesa. Al principio no hice mucho caso, pero ella no se conformó con eso y cada vez subía más la mano hasta que llegó a identificar la posición de mi polla dentro del pantalón, y estuvo manipulándola, excitándola y casi consiguió que me corriera, pero le separé la mano con la mía y se la tuve cogida para darme un respiro.

Cuando me tranquilicé un poco, fui al baño. Entré y me estuve echando un poco de agua en la cara, ya que entre el vino y la situación vivida, me había acalorado. Cuando salí, allí estaba Conchi, que acababa de salir del baño de mujeres. Me miró con tanta lujuria como yo recuerdo que ella miraba a otros compañeros en nuestra época de estudiantes. Le sostuve la mirada, pensando mientras clavaba mis ojos en los suyos “te quiero echar un polvo, zorra”. Pensaba esto mientra la miraba, porque siempre pensé que si se piensa algo así mientras se sostiene la vista a una chica, ella recibe el mensaje.

Y Conchi debió recibirlo, y entero, porque se me acercó, y me dio un beso en la boca como no me lo habían dado antes. La tomé por la cintura, y me apreté contra ella y la pared. Sus tetas, grandes, bajo un vestido de escote palabra de honor, fueron el destino de mis manos casi al instante. “Vamos a tomar una habitación en recepción, tengo que follarte por cada vez que te deseé y no pude a los 17 años”, le dije. Ella no respondió, sólo me tomó de la mano y fuimos a la recepción.

De camino, Sonia se cruzó con nosotros. Iba al baño. Yo me iluminé de repente y la tomé del brazo, susurrándola al oído “por qué no vienes con nosotros y hacemos un trío?”, pudo haberme dado una bofetada, pero lo que hizo fue meterme su lengua hasta la garganta, como respuesta.

Y así, en el medio de las dos, con mis brazos en sus caderas, sobándolas el culo a ambas, contraté la habitación y subimos en el ascensor. Ambas estaban casadas, con hombres que fueron galanes de juventud, pero que por sus profesiones y condiciones de vida ya estaban venidos a menos físicamente. En el ascensor las agarré por el coño bajo las faldas a ambas y alternaba sus besos, de boca en boca.

En la habitación les dije que se desnudaran por completo. Me eché en la cama y me recreé, imaginándolas con 17 añitos, en el vestuario de chicas. Cuando terminaron de desvestirse vinieron a la cama conmigo.

La primera en probarme fue Sonia. Le metí la polla en la boca, mientras le chupaba los pezones a Conchi. Las llamaba putas, mis putas, y ellas decían que sí, que lo eran. Cuando me pareció, saqué la polla de la boca de sonia y la puse a 4 patas, agachándola su cabeza a la fuerza contra la almohada. La penetré por el culo, sin piedad, por más que ella me pedía que no lo hiciera que nunca lo había hecho por ahí porque le dolía. Conchi me miraba y sonreía mientras me acariciaba los huevos y me ponía la polla en posición de romperle el culo a Sonia. “No la hagas caso, Javier, rómpela el culo, que es una puta y se lo merece. Me quitó el novio en el instituto”. Apreté y le perforé mientras ella pedía que no lo hiciera. Cuando estuve a punto de correrme, entre los besos de Conchi que me acompañaba en esta situación, saqué mi polla del culito de Sonia y se la metí en el coño, corriéndome y llenándola de leche.

Conchi me empezó a chupar la polla, hasta que me empalmé de nuevo. En ese momento, se me subió encima. Disfrutaba como una loca ante la mirada de su compañera, que se excitaba por momentos y me besaba mientras yo le pellizcaba los pezones. Cuando me iba a correr, me zafé de la cabalgada de Conchi y le metí la polla tan adentro de la boca que ella hacía gestos de que se asfixiaba. Hice que se tragara toda mi leche, entre atragantones y toses. Quedamos los tres tendidos en la cama. Había dos cintas de las que atan las cortinas. Con una de ellas, até las manos de Sonia al cabecero de la cama. Con la otra, las muñecas de Conchi a los pies de la cama, quedando ambas mujeres inmovilizadas. Me di una ducha, me vestí y me despedí de ellas diciéndoles “Sois iguales de putas que cuando íbamos a clase; ahora casadas y con hijos, pero iguales de putas. Hoy he aprobado una asignatura que tenía pendiente y vosotras, creo, que habéis suspendido y vuestros maridos os tendrán que aprobar en septiembre”.

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