Paula, mi cuñada, mi pecado.

Hará una cuestión de seis meses, sucedió algo con mi cuñada que me hizo tambalear mi cosmovisión. Mi nombre es Sergio, soy casado. Mi mujer Veronica, es unos años menor y tiene una hermana, cinco años más joven que ella, de nombre Paula. Voy a describirla: es alta, delgada, muy bella de cara, no muy exhuberante, pero aunque sus dones son discretos no dejan de ser apetecibles. Su cabello de color castaño, lo lleva lacio entre suelto y atado, según la ocasión o su humor. Siendo casi una adolescente, Paula me veía como un viejo, por lo que desde que eramos novios con mi mujer, jamás me observó más de dos veces. Esto me dejó siempre con la pregunta que me formulé mil veces. ¿Que la llevo a hacer lo que hizo esa mañana, hace seis meses?
Desde que nos mudamos juntos, mi mujer quiso que mi cuñada tuviera una copia de la llave de nuestra casa, un departamento en Buenos Aires, capital. Con la excusa de regar las plantas y cuidar los gatos que tenemos. cuando nos ibamos de vacaciones. Como mi cuñada está estudiando en la universidad en capital, pero vive en provincia, cada dos por tres se queda o pasa a hacer un alto, aunque más no sea, por nuestra casa. Paula es una joven de unos veinte, algo diferente. Es muy independiente, aunque tiene sus chiquilinadas. Su caracter dominante y su hermoso y esbelto cuerpo espanta a los hombres. Considera que son todos unos cobardes, aunque usa otras palabras. Debo reconocer que no tengo argumentos para rebatirle. Los hombres que ha conocido no son lo mejorcito de mi género. Con mi mujer son muy íntimas, pero conmigo siempre mantuvo una amistosa distancia, algo normal entre cuñados. Ni compinches, ni adversarios. Pero a partir de esa mañana la vi diferente para siempre.
Mi mujer siempre se va a trabajar más temprano que yo y regresa también más temprano. Esa mañana, yo dormía hasta tarde, aprovechando que no tenía que ir hasta la tarde a trabajar y con el agregado que la noche anterior me había desvelado terminando unas tareas atrasadas. Entre dormido y despierto, abrí apenas los ojos y escuché sonidos de llave abriendo la puerta. Creo que pensé que era Veronica que regresaba al olvidar algo. ¿Cuanto habré dormido desde eso? Lo ignoro. Creo que por esa idea de pensar que era Vero, no me sobresalté por nada. Solo duermo con boxers, por lo que estaba casi desnudo. Entre sueños, sentí como me descubrían la verga erecta, dejandola al aire. Como cada mañana, debido a las ganas de orinar de aguantar toda la noche, me desperté erecto. No se si decir que creía que era Vero que me estaba manoseando o que lo consideraba un sueño. La cuestión es que se me hacía muy placentero el roce de una mano. No recuerdo bien, creo que en ese momento seguí durmiendo, pero si me volvió la conciencia cuando sentí que alguien se posaba sobre mi. Yo estando boca arriba, sentí como mi verga entraba en algo humedo y caliente. Mi primer idea es que era mi mujer, dandome un mañanero. De haber estado conciente me habría dado cuenta de dos cosas, que mi mujer no gusta de los mañaneros y que ella sabe que con ganas de orinar no puedo acabar fácil. Hecho por el cual siempre evito hacerlo apenas me despierto, ya que termina siendo doloroso, tanto para mi como para ella. Esto no evita que estando en ese momento caliente, no quisiera seguir hasta el orgasmo.
En fin, como decía, entre somnoliento y muy caliente; sabía que estaba penetrando una humeda vulva. Mi nivel de calentura por estar semiconciente era impresionante. En la penumbra de la habitación, con la persiana baja y casi toda la casa cerrada, quise abrir los ojos. Lo hice segundos después de adelantar las dos manos y manotear la cadera encima mío. Para mi sorpresa, me encontré con una cintura algo diferente a la de mi mujer, es apenas más delgada pero si tiene una piel muy distinta. Abrí los ojos, sobresaltado, para ver ese espectaculo entre paradisiaco y terrible. Mi cuñada me montaba lentamente, intentando no despertarme como supe después, mordiendose los labios para no gemir fuerte. Al ver que ya me había despertado, pese a sus vanas precauciones, abrió la boca y soltó un gemido largo como si hubiera estado conteniendo la respiración largo tiempo. Acto seguido, aumentó la velocidad de la penetración y la furia de la cabalgata. Gemía entrecortadamente. La sorpresa no opacó mi ardor, primero quise sacarla y la apreté más de la cintura para levantarla de mi. Ella se apoyó con una mano sobre mis hombros y me miró a los ojos. No articuló sonido, excepto sus jadeos y gemidos. Esa expresión de mujer caliente, aunque muy joven, me hizo dudar. Debo reconocerlo, en ese instante dejé de pensar con la cabeza, solo me funcionaba la de abajo. Paula se movía perfectamente, haciendome delirar en cada roce. Con cada quejido de placer suyo, yo me derretía en mi voluntad. Metido en esa situación, no me detenía a pensar nada más que en gozar de su cuerpo. Ni mi mujer, ni que era mi cuñada, ningún remordimiento ya me frenó. Ella se penetraba con cada vez más fuerza, intenté bombear yo, pero apoyó sus dos manos sobre mis hombros. Eso no solo era para tener asidero, me limitaba los movimientos. Después de un par de estocadas más, me tomó las manos con las cuales yo sujetaba su cintura. Pareció que quería sacarselas de encima, pero mantuvo sus dedos sobre los míos, como distraida por el placer que recibía. Comenzó a molestarme e invadirme una calentura de otra especie, sumandose a la lujuriosa, me estaba queriendo manejar como si fuera uno de esos bobitos que ella conoce, pero a los que apenas les presta atención. Mi orgullo masculino se despertó y decidí rebelarme ante su actitud dominadora. La conocía lo suficiente como para saber que ella era así en la cama como en su vida normal, frontal, dominante, pero jamás la pensé como una tirana y egoista sexual. Me deshice de sus dedos y con mis manos me aferré a sus tetas y las tomé delicadamente. Ella hizo un amague de protestar pero luego se dejó hacer. Volví a su cintura, e intenté levantarme, ella apretó la presión en mis hombros. Casi en susurros como si no pudiera respirar me dijo que no.
-No, por favor.-rogaba en tono de muñeca dolida, entre los gemidos.
No sabría decir si no quería que me moviera o no deseaba que se la sacara. Su concha me apretaba bastante, era bien estrecha, algo que ya imaginaba. Se estremeció y casi se derrumbó sobre mi, apretando mis hombros. Había acabado. Durante un segundo, solo respiró agitadamente, pero luego volvió a retomar el ritmo del coito. Mi calentura cada vez era más grande, quería tomarla yo. No veía otra cosa que mi deseo de llenarla toda, irme dentro de ella. No tenía temor de un posible embarazo ya que se que toma pastillas, al igual que mi mujer. En posibles enfermedades no pensé, honestamente, no estaba como para pensar en eso. Igualmente, siempre había sospechado que no tenía una gran experiencia sexual, uno o dos tipos a lo sumo. Me siguió deteniendo a moverme y gimiendo, mientras yo sentía como se mojaba más, y a mi en el proceso. Esto me sorprendió, ya que era muy distinta a mi mujer, que se lubrica poco. Si sudaba como su hermana, esas comparaciones morbosas me han atormentado, angustiado y excitado desde entonces. Su piel estaba resbaladiza, creí que transpiraba por todos los poros. Continuó así bastante rato, gimiendo y sudando, aumentando cada vez más mi molestia en el vientre. Me pareció que mi próstata iba a explotar, o quizá la vejiga, no estaba seguro. En un momento dado, gritó con un estremecimiento y se derrumbó de costado, sacandome de su interior. Su respiración agitada continuaba, su cuerpo mojado al igual que su interior. La miré entre enojado y sorprendido.
-No acabé.-le dije.
-Yo si.-me respondió, como si eso fuera lo único que importaba.
En mi calentura, la aferré fuerte por las piernas y subiendo por las nalgas. Ella se negó a ser penetrada. Le dije que me dejara acabar.
-No puedo más.-me dijo, totalmente agotada.
Ahora era mi turno de usarla como muñeco. La penetré en cuatro patas y ella gimió casi en un grito. Temí hacerle daño o que lo considerara violación, pero me pareció que ella era la que deseó violarme en primer lugar. De la calentura no entendía nada más, ni pensaba en nada más. Creo que fue un agravante que por esos días mi mujer estaba indispuesta y hacía varios días que no teniamos sexo.
-Entra mucho.-me expresó entre jadeos que me parecieron de dolor.
La acosté y la penetré encimado a su espalda empapada, para evitar tanta introducción profunda. Ella dijo que era muy grande para ella. Y no entendí si me halagaba o solo le dolía. Me rogó que acabara pronto. Quise besarla de costado pero ella corrió su cara y la aplastó de costado en la almohada, mirando al lado contrario al mío. Debido a las ganas de orinar, me costó acabar, pero lo hice bestialmente. Soltaba chorros eternos de esperma, o esa era mi sensación. Casi me pareció que fue un ataque de epilepsia mi orgasmo. Casi la levanto en peso de lo que la moví. Me salí y me derrumbé a su lado. Transpirado, manchado y agotado, con un creciente cargo de conciencia.
Después de conseguir respirar normalmente. Se sentó en la cama y rebuscó la ropa que había dejado por el piso. Comencé a cuestionarle lo que hizo, le dije que me había usado, que eso era un traición a su hermana y que me había hecho complice de ello. Ella respondió con su mejor tono altanero que era cierto, me había usado y varias cosas más.
-Si, te use, mi hermana siempre se llenó la boca de lo bien que la cojías y lo mucho que disfruta. Que la tenés bastante grande y… otros detalles más.-
Debo aclarar que mi tamaño es bastante normal, tirando a largo, pero nada del otro mundo. Aunque mi mujer lo siente hasta la garganta ya que no es de una gran profundidad vaginal y muy estrecha. Algo que descubrí también en mi cuñada, aunque en menor medida. Las razones que adujo era que no podía apartar las cosas que le contaba mi mujer mientras que ella no conseguía un tipo que no terminara rápido y la dejara con las ganas. Su idea era cojerme mientras dormía y que ni me enterara, le dije que yo no tenía el sueño tan pesado o que debío drogarme. Hoy día, creo que siempre supo que una vez haciendolo y en estado de calentura, yo no iba a retroceder. Creo que ella contó con eso. Al sentarse, algo de mis jugos cayeron sobre las sábanas, el pánico me invadió y el temor a que mi mujer lo supiera.
-Esto no lo vamos a hacer nunca más. Así que no creo que lo sepa. Yo no pienso decirselo. ¿Vos si?-
Le respondí que ni borracho, ella se vistió y se fue. Para finalizar el día, me hice el buen marido y lavé las sábanas, aduciendole a Veronica que ella había dicho de cambiarlas en esos días. Ella lo creyó y no sospechó nada. Pero a partir de ahí empezó un tormento mental que se fue diluyendo con el tiempo. La culpa por lo que hicimos. Las dudas sobre lo que había sentido. Pero lo peor era el temor a que mi cuñada le confesara todo a su hermana. Esas semanas pensé mil cosas. Si me había contagiado algo al tener relaciones, si se había olvidado de tomar el anticonceptivo, si se confesaba por una irrefrenable conciencia sucia; todos escenarios horribles y posibles. Con el correr de los días y semanas, me di cuenta que ella tenía menos remordimientos que yo y que nunca hablaría. Las siguientes veces que nos vimos, había retornado a su anterior trato para conmigo, distancia amistosa. Yo era el marido de la hermana, nada más. Excepto una leve mirada fija de mutuo entendimiento, que solo yo capté, no se mencionó o trató el incidente. Por mi mujer me enteré, como el amigovio o algo así que le conociamos era más pavote que un preadolescente y encima como dijo maliciosamente mi mujer: “un maní quemado”. Con lo que fui entendiendo por donde le había salido el tiro disparado. Conforme se fue yendo el sentimiento de culpa, fue creciendo la lujuria. Cada vez más fui pensando en Paula. Muchas veces temí llamar a mi mujer por el nombre de la hermana mientras teniamos relaciones, o delatarme al hablar dormido, aunque esto último sería más fácil de disimular. Hoy, me encuentro fantaseando con un posible trio (que es imposible de hecho) entre mi mujer y mi cuñada. Mi perversión está desatada y trato de refrenarla, con cierto exito. Donde no puedo hacerlo, es en que quiero repetir con mi cuñada lo de esa vez. Me asalta la moral y la ética, pero en un punto la lujuria gana terreno. Paula cumplió sus dos promesas, que no se lo diría a la hermana y que no sucedería de nuevo. Y estoy deseando con locura que incumpla esta última.

Me gusta / No me gusta

Noche de pasión

Aquel fin de semana fuimos a casa de mi tío Fredy de visita. Llegamos el sábado a mediodía y nos quedaríamos ahí hasta la tarde del domingo. Yo pensé que toda mi estadía ahí sería terriblemente aburrida, pero pronto me daría cuenta que me equivocaba.

La primera parte de mi estancia fue bastante amena, leí un poco mientras mis padres charlaban con mis tíos y mis primos jugaban fuera. A las nueve de la noche llegó mi tío Chuchín a la casa. Solo de verlo se me hizo agua la boca. Mi tío había sido mi fantasía por varios años, pues era el más chico de los hermanos de mi papá, alto y delgado como todos en la familia, y basta decir que muy guapo además.

Inmediatamente me disculpé y subí al cuarto de mis primos para escuchar música e intentar olvidarme de mi tío Chuchín. Era un imposible al que no podía anhelar. O al menos eso creía yo.

Poco antes de medianoche nos mandaron a dormir a mis primos y a mí. Como tenían una litera mis dos primos se acostaron en la cama de arriba mientras yo me acostaba en la cama de abajo. No tardé mucho tiempo en quedar completamente dormido.

Me desperté cuando todavía era de noche, miré el reloj y me di cuenta que eran las cinco de la madrugada. En el suelo del cuarto se encontraban mis padres dormidos. Me levanté porque tenía ganas de ir al baño, lugar donde me dirigí. Una vez satisfechas mis necesidades fisiológicas, me puse a pensar que si mis papás se habían dormido en el mismo cuarto que yo, eso significaba que mi tío Chuchín estaba solo en la sala o en el cuarto de mis tíos.

Bajé a ver a la sala y vi que se hallaba dormido en el sillón. Mi pene comenzó a ponerse erecto ante la perspectiva que tenía ante mí. Una sola idea atravesaba mi mente: tener la mejor noche de sexo de mi vida mientras mi tío dormía. Ya lo había hecho un par de veces, y aunque quizás para algunos no tenga ningún chiste tener sexo con una persona dormida la cual con trabajos reacciona y que obviamente no hace gran cantidad de movimientos, para mí tiene su encanto el estarte esforzando con la lengua para lograr que la verga del otro se ponga dura, y me encanta pensar que ése tipo está soñando que se está cogiendo la mujer de sus sueños mientras tú tienes tu boca llena con su instrumento. La sola idea me pone como burro.

Me acerqué lentamente al sillón en el que se encontraba mi tío. Una vez cerca me arrodillé y lo observé atentamente. Estaba tapado con una cobija hasta el pecho. Se la quité lentamente, dejándola del lado contrario donde yo me encontraba, es decir, amontonándola contra el respaldo del sillón. Me di cuenta que estaba desnudo a excepción de la truza de color blanco que llevaba aquel día. Jamás lo había visto de esa manera. No estaba marcado, pero sí justamente como me gustan los hombres, delgado y ligeramente velludo. Era una visión maravillosa, la cual me quedé viendo por un momento mientras mi pene terminaba de ponerse duro y empezaba a soltar líquido preseminal.

Estiré un poco el elástico de su ropa interior, el cual afortunadamente no era muy ajustado, y toqué su pene. Estaba totalmente flácido, pero aún así me encantó tocarlo. Mi tío hizo un ligero movimiento y yo retiré mi mano al mismo tiempo que me ponía de pie de manera silenciosa. Él estiró su mano y jaló la cobija para volverse a tapar. Me le quedé viendo mientras pasaba por mi cabeza la idea de dejarlo así, pero estaba ya tan excitado con la idea y la imagen de mi tío solo en trusa que decidí volver a intentarlo.

Me volví a arrodillar a su lado, y comencé por acariciarle sus piernas por encima de la cobija. Incluso de esa manera se notaba que mi tío tenía unas piernas muy bien trabajadas. Me pregunté si practicaría asiduamente algún deporte. Después de unos minutos de masaje decidí arriesgarme nuevamente y le volví a quitar la cobija. Su pene estaba semierecto y asomaba un poco por el elástico de la trusa. Lo tomé una vez más y empecé a masturbarlo. No era un pene muy grande, debía estar un poco por debajo del promedio del mexicano, unos trece o catorce centímetros; pero llevaba tanto tiempo deseándolo que lo disfruté en grande.

Acerqué mi cabeza para poder ver mejor el pito que mi tío se cargaba entre sus piernas, con sus huevos peludos y apetitosos. No supe cómo fue que de repente ya tenía su pene entre mis labios. Aquello fue lo más delicioso que había probado en mi vida. Mi tío tenía ese sabor a macho que me vuelve loco, no un macho sudoroso, si no un olor animal que aún así olía a limpio. Saboreé todo aquel pedazo de carne sin dejar un pedazo de su superficie que no tocara mi lengua. Bajé hacia sus testículos y los empecé a lamer. Era sumamente agradable la sensación rasposa que provocaba la mata de pelos que los rodeaban. Subí una vez más hacia su glande y empecé a chuparlo mientras lo embarraba todo de saliva.

Hice maravillas para quitarme el pantalón y los boxers que llevaba sin dejar de chuparlo. Separé mi boca de su pene, y aprovechando un pedazo de sillón que quedaba me subí arriba, con sus piernas entre las mías. Puse mi pene contra el suyo y comencé a masturbarlos en conjunto. Fue una delicia sentir su pene contra el mío.
Estaba perdiendo el control. Las veces que había tenido sexo con gente dormida había tenido gran cuidado, ya que sabía que podían despertar en cualquier momento. Sin embargo, mi tío me enloquecía. Bajé mi cara hasta su pecho y comencé a besarlo. Me encantó recorrer su pecho con mi lengua, especialmente sus tetillas, las cuales estaban duras y sabrosas.

Seguí bajando mi lengua por todo su abdomen hasta llegar nuevamente a su pene. Lo lamí una vez más mientras soltaba toda la saliva de la que era capaz. Había soñado muchas veces con aquello, pero en mis sueños no nos quedábamos ahí. En mis sueños siempre llegaba hasta el final con mi tío.

Me separé un poco de mi tío, intentando tomar una decisión. Miré todo su cuerpo. No, sería muy arriesgado llevar mis deseos al final. El sexo oral es fácil de disimular. Antes de que la persona se despierte del todo puedes fingir que estabas buscando algo y retirarte antes de que se dé cuenta de lo que realmente sucedió. Y luego es improbable que te reclamen, ya que no pueden estar seguros que tú realmente estabas con la boca ahí. Simplemente tienes que soltar el elástico de tal manera que cubra y él llegué a la conclusión de que tenía un sueño erótico. Pero el sexo anal… ¿cómo justificarle a alguien que estás ensartado sobre él? No le veía ninguna oportunidad para retirarte como si nada.

No obstante, al ver el cuerpo de mi tío, con su pene volando encima del elástico de la trusa, moviéndose como si me invitara a darle aún más placer; cualquier precaución se fue al traste. Bueno, no todas. Estiré mi mano y tomé la condonera que colgaba de mi pantalón. Jamás salía de casa sin ella, y mis padres y demás creían que ahí guardaba dinero, así que no había problema. O al menos eso es lo que parecían creer.

Saqué rápidamente el condón que guardaba, lo saqué de su empaque con cuidado y rápidamente gracias a la práctica que ya había acumulado se lo coloqué rápidamente. Tendría que hacer aquello antes de que perdiera la erección. Levanté mis caderas, y volví a sentarme, esta vez sobre él. Normalmente prefería usar lubricante extra, pero aquel día no lo había llevado conmigo y de todas formas estaba tan excitado que bien podría hacer frente a cualquier dolor que hubiera. Sin embargo, no hubo tal, ya que su verga entró con facilidad dentro de mí, y por cada centímetro que se perdía dentro de mi culo sentía que me acercaba al cielo.

Una vez que estuvo totalmente dentro de mí me levanté un poco para que la polla de mi tío saliera, y me volví a sentar para comenzar un ligero mete y saca. Era tan delicioso que me olvidé de todo lo demás y solo me entregué ciegamente al placer que me proporcionaba su pene. Cerré los ojos sin dejar de moverme y lo único que me preocupaba era seguir gozando.

Pasé unos minutos así, hasta que abrí los ojos y me quedé paralizado. Mi tío estaba despierto y me miraba fijamente. Sentí la sangre huir de mi rostro, y también de otro lugar mientras me aterrorizaba. Pensé que la única razón por la que no me había golpeado y quitado de encima mientras me gritaba era porque todavía no se despertaba completamente, pero sentía que aquello sucedería muy pronto.

Aquel momento en el que me quedé totalmente quieto me pareció eterno, hasta que…

-No te detengas. Continúa.

Me quedé anonadado con lo que acababa de oír. No podía creer que mi tío dijera algo como eso. Probablemente me lo había imaginado. Pero comprendí que no había sido mi imaginación y que mi tío sí quería que continuara cuando me puse las manos en la cintura y me empezó a levantar. Yo ni tardo ni perezoso comencé a saltar nuevamente, mientras la sangre volvía al sitio adecuado gracias a la nueva excitación que me producía la situación. Y ahora era aún mejor, porque mi tío empezó a mover sus caderas para lograr un mete y saca más profundo. Si antes había sentido que me acercaba al cielo, en ese momento hubiera jurado que entraba en él. El hecho de que el hombre con quien deseaba tener sexo desde que entré en la adolescencia estuviera de acuerdo con eso multiplicó mi placer.

Comencé a gemir sin ningún recato ni descaro. Mi tío aparentemente también estaba disfrutando en grande la cogida, ya que él también se puso a gemir, al mismo tiempo que me hablaba.

-Eres un canijo… Te gusta, ¿verdad?… No sé porque no lo habíamos hecho antes… Eres mejor que muchos otros… Muévete más rápido, así… Eres todo un dios… Te adoro… Eres el mejor… Nunca había probado un culo tan exquisito… Síguete moviendo así.

A mí me encantaba oír todo aquello de boca de mi tío, un hombre que había alimentado mis sueños húmedos por mucho tiempo. Eso me producía el placer más grande que había conocido en mi vida.
Un momento después mi tío sacó su pene de mi ano. Se quitó el condón para después proponerme:

-Hagamos un sesenta y nueve.

No me lo tuvo que decir dos veces. Tardó más en hablar que yo en ponerme en posición. No perdí el tiempo y me puse su deliciosa verga en mi boca para poder lamerlo. Sabía algo extraño debido al lubricante del condón, pero sabía que aquel sabor se perdería rápidamente con mi saliva y solo quedaría aquel sabor a hombre que tanto me había enloquecido hacía unos cuantos minutos.

Él también metió mi pene en su boca y comenzó a chupar. Sabía mover la lengua de una manera soberbia, y eso me provocaba un placer máximo. Además, también aprovechaba por mi posición para masajearme las nalgas y meterme un dedo en mi agujero. Yo no podía hacer otra cosa que gozar con todo aquello.

Después de un rato nos separamos, él para quitarse la trusa y yo la playera.

-Chúpamelo -me dijo mientras se sentaba en el sillón.

Yo me arrodillé en el suelo y me acomodé entre sus piernas para poder lamerle el pene a placer. Su pene soltó algo de líquido preseminal mientras lo chupaba, el cual saboreé con avidez.

-Chúpame los huevos -me ordenó.

Bajé por todo su falo hasta sus huevos peludos, los cuales con su sabor me llevaron a la gloria. En aquel lugar no había ni rastro del lubricante del condón. Mientras estaba entretenido pasando mi lengua por aquellas bolas, me dediqué a acariciarle las piernas a mi tío con mis manos.

-Métetelos todos a tu boquita -me dijo.

Abrí la boca lo más que pude y me tragué por completo aquellos dos hermosos huevos. Era maravilloso sentir como sus vellos tocaban mi lengua y mi paladar. Después de un momento saqué uno y me quedé jugando en mi boca con su testículo derecho.

Al cabo de un rato volví a subir hacia su pene y me dediqué a chupar su glande como si fuera un caramelo.

-Métetelo todo putito -me dijo mi tío.

Comencé a introducir su pene en mi boca, lentamente, disfrutando de cada centímetro que se perdía en mi interior. Sin embargo, no alcancé a tragarlo completo. Nunca he sido muy bueno en eso de introducir penes hasta el fondo de mi garganta, ya que me ganan las náuseas.

-Vamos puto -me animó mi tío mientras me jalaba la cabeza-, quiero tener mi pene totalmente en tu boca.

Empujo su pene con fuerza hacia dentro, y yo hice un esfuerzo para que entrara totalmente. Por un momento pensé que las náuseas me ganarían, pero por otro lado el placer que estaba experimentando era aún mayor, así que continué con la boca llena de su miembro.

Poco después desaparecieron las náuseas y ahora solo disfrutaba del sabor de su pene. Le acaricié con una mano sus huevos, y él me empezó a acariciar la cabeza.

-Eso es, lo haces muy bien -me dijo mi tío-. Eres todo un profesional.

Mientras tenía la boca llena de su miembro comencé a bajar la mano hacia su ano. Mi tío abrió involuntariamente (o quizás no) las piernas. Comencé a frotar suavemente con mis deditos la entrada a su interior, y ésta se empezó a dilatar.

-¡Oh, méteme un dedo! -exclamó mi tío.

No tuvo que decírmelo dos veces para que lo intentara. Traté de meter mi dedo índice, pero no hubo forma en un principio.

-Ensalívatelo para que entre mejor -sugirió mi tío.

Retiré mi mano de su culo y mi boca de su pene. Escupí sobre mi dedo y volví a intentarlo. En esta ocasión sí entró, y una vez dentro comencé a mover mi dedo, tocando las paredes de su recto.

-¿Alguna vez te había metido algo por el culo tío? -le pregunté.

-Nunca -me contestó-. Y ahora me arrepiento.

-Bueno, aún queda tiempo para recuperar -le dije.

Él sonrió, saqué mi dedo de su culo y volví a escupir, solo que esta vez sobre dos dedos: mi índice y mi medio. Se los metí por su pequeño agujero como pude y él comenzó a gemir.

-¡Oh sí, esto es lo mejor! -exclamó.

Me puse a mover ambos dedos dentro de su culo y él a gemir más fuerte. Cerró los ojos y se dejó llevar. A mí en ese momento se me ocurrió una idea. Afortunadamente a mi condonera le caben dos condones, o no sé que hubiera hecho en ese momento. Sin embargo, eso no hace que me deje de preguntar si no me convendrá comprarme otra que tenga más capacidad.

Me costó trabajo abrir el condón con una sola mano, y me tuve que ayudar con los labios. Pero bajo ningún motivo pensaba desocupar el hermoso agujero que tenía mi tío Chuchín. Una vez que me hube colocado el condón sí saqué los dos dedos que tenía dentro de él, y puse mi glande en la entrada de su ano y lo empecé a penetrar.

-¿Qué? -inquirió mi tío inseguro abriendo sus ojos. Evidentemente había notado el cambio de material.

-Te juro que te va a gustar -le aseguré a mi tío mientras seguía empujando lenta pero firmemente.

Sin embargo, no llevaba ni la mitad dentro cuando mi tío se empezó a quejar.

-No wey, espérate que me duele -me dijo.

-No te preocupes -le respondí mientras comenzaba a frotar su cuerpo con mis manos.

Pasé mis manos por su pecho, su abdomen y su pene. En este último lugar me entretuve a lo grande. De repente le planté un beso que él correspondió magníficamente. Para ese momento mi pene ya estaba totalmente dentro de él.

Sin dejar de besarlo comencé un mete y saca muy lento. Comenzamos a jugar con nuestras lenguas y yo empecé a masturbarlo.
Separamos nuestros labios mientras seguía masturbándolo y aumentando la velocidad del mete y saca. Mi tío empezó a gemir, era obvio que le gustaba. Pasamos un buen rato así, hasta que él me dijo que quería llegar al clímax dentro de mi culito.

-Pero ya no traigo condones -le dije contrariado mientras detenía mi mete y saca.

-¿Te da miedo hacerlo a pelo? -me preguntó.

-Pues sí -le contesté sencillamente mientras le sacaba mi pene de su culito.

Él se puso de pie y se dirigió hacia donde había dejado su mochila al llegar a casa de mi otro tío. Por un momento pensé que él me diría que entonces lo dejáramos así, que quizás había ido por un cigarro o algo así para suplir la falta del orgasmo. Me planteé seriamente la posibilidad de que me cogiera a pelo. Aunque me disgustaba la idea quería llegar al clímax junto a mi tío, o algo me decía que me arrepentiría el resto de mi vida si no lo hacía. Sin embargo, me sentí feliz cuando me di cuenta que mi tío regresaba hacia mí mientras abría un condón con sus manos.

-¿Entonces listo? -me preguntó mientras se lo colocaba sobre su hermoso pene.

Él se volvió a acostar en el sillón, y yo volví a subirme encima de él para meterme su hermosa verga en el culo. Me puso las manos sobre la cintura y yo comencé a saltar. Volví a sentirme en el cielo, aquello era lo mejor que había sentido, con ningún otro amante he experimentado una sensación similar.

Mi tío movió su mano derecha y comenzó a masturbarme. Estuvimos así un rato, hasta que sucedió lo que ambos deseábamos. Yo le llené su pecho y abdomen de leche viscosa mientras yo sentía como el condón se inflaba en mi interior. Me recosté sobre él y lo besé. Fue un beso de lo más apasionado y candente que puede haber, de aquellos en que las lenguas se enredan como si fueran una sola.

Cuando nos terminamos de besar me levanté, recogí mi ropa y volví a subir al cuarto de mis primos. Ya eran las seis de la mañana.

Al mediodía de aquel día, mi tío Chuchín comenzó a despedirse de todo el mundo, ya que tenía otro compromiso. Cuando los demás se distrajeron, se acercó por detrás a mí y me agarró una nalga.

-A ver cuando me las vuelves a dar -me susurró al oído.

-Lo más pronto posible -le contesté yo también en voz baja.

Él me sonrió y yo le devolví la sonrisa. Si no hubieran estado todos los demás, probablemente le hubiera plantado un beso. Pero me tuve que conformar con rozar su pene sobre su pantalón. Mi tío salió y se fue, pero yo me quedé con el recuerdo de aquella noche de pasión.

Me gusta / No me gusta