El adulterio de mi esposa

La polla estaba encajada en el chumino de Beatriz al máximo de lubricación, yo estaba tan empalmado viendo como se follaban a mi amada esposa que tuve que hacer verdaderos esfuerzos para no correrme, aunque ellos si, ellos si que se corrieron, pude hasta ver como a Beatriz se le ponía la carne de gallina en medio de unos espasmos llenos de voluptuosidad y de jadeos que le salían del alma.

No sé qué harían ustedes si alguna vez pillan a su esposa follando con un chico joven. Yo lo que hice fue esconderme para que no me vieran, callarme para que no me escuchasen y asomarme por entre los arbustos para no perder detalle del polvo que se estaban metiendo, aunque les aclaro que aunque hubiese querido hacer algo, lo más probable es que no hubiese podido, porque estaba tan empalmado viendo joder a mi esposa, que dudo incluso que pudiera haberme puesto de pie.

Hola, soy Doroteo, tengo cuarenta y seis años, estoy casado, o mejor dicho felizmente casado, tengo tres hijos, dos chicas de veintiuno y diecinueve años y un chico de dieciséis años. Vivo en Valladolid, una ciudad de tipo medio en la España del interior que cuenta con una población que supera los trescientos mil habitantes, aunque hace pocos meses se inauguró el tren de alta velocidad que nos comunica con Madrid, que dista apenas doscientos kilómetros y el recorrido en el tren se hace en aproximadamente una hora, lo que a buen seguro hará que nuestra ciudad tome mayor relevancia y progrese económicamente.

Profesionalmente tengo una empresa que cuenta con algo más de cien trabajadores, estoy bastante involucrado en la vida y desarrollo de mi ciudad y familiarmente mi esposa es la auténtica “alma máter” tanto de mi familia como de la suya. La conocí en la Universidad, yo estudiaba en la facultad y ella era la hija de los cocineros de la cafetería. Ella era una chica simpática, desenvuelta y guapa. La “jodía” de la chica era tan guapa que tenía encandilados a todos los estudiantes, aunque finalmente fui yo quien me la ligué y quien se casó con ella.

Ya de casados Beatriz se fue haciendo cargo de ambas familias, de la de ella y de la mía, y se diría que cualquier evento o celebración, necesariamente se le consultaba. Para mí siempre fue un apoyo impagable, pues desde que comencé mi vida profesional, hasta la fecha, no he hecho más que subir escalafones, en gran parte gracias a su saber estar en todo momento. A veces, en reuniones de amigos siempre decía que la mujer del Cesar no sólo tiene que ser decente, además tiene que parecerlo. Eso algunos lo entendían como un aviso para que no diesen escándalos y mantuviesen discreción. Ya les digo, un dechado de virtudes.

Pues bien, ocurrió que con motivo del veintidós aniversario de bodas, yo estaba de viaje de negocios y no pudimos celebrarlo, por lo que le propuse que a la vuelta nos iríamos unos días a Canarias. Y ahí fue donde se produjeron los hechos que les voy a relatar.

Nos hospedamos en un hotel de lujo, pero ya saben que hoy en día los hoteleros el único lujo que respetan es el de la ocupación, y con tal de llenar las habitaciones, poco les importa ofrecer las no reservadas a tour operadores a precios de ganga. Y era el caso que en el hotel había un grupo de chicos ingleses que a todas luces se habían aprovechado de una de esas gangas y no hacían otra cosa que beber y meter bulla.

Recuerdo incluso que Beatriz a la hora de la comida y viéndoles lo poco que comían y lo mucho que bebían criticó en privado su actuación. Ese mismo día, por la noche, había una fiesta en la discoteca del hotel. Ambos nos pusimos nuestras mejores galas y bajamos a divertirnos un rato, hicimos amistad con otros clientes y lo estábamos pasando francamente bien. Yo quizás me excedí un poco en la bebida y al notarme algo cargado, decidí salir al exterior para refrescarme algo, aunque no le dije nada a mi esposa, pues estaba entre un grupo de amigos y no parecía que hiciese falta alguna.

Al salir al exterior busqué un templete que tiene el hotel algo alejado del edificio principal. Las luces estaban apagadas y parecía un lugar discreto para respirar un poco de aire puro y que se me pasara algo el mareo.

En esas estaba cuando observé que una mujer acompañada de un hombre salían al rato por la misma puerta que yo utilicé hacía tan solo unos diez minutos. Los vi que se dirigían al lugar donde yo estaba, aunque la poca luz no me dejaba verles, pero según se acercaban, el vestido amarillo de la mujer la delataba, era mi esposa y venia acompañada por un chico bastante joven, me pareció que era uno de los chicos ingleses que tanto alboroto metían.

Yo me quedé sorprendido, porque incluso mi esposa según se acercaba al templete donde yo estaba, no hacía más que mirar para atrás, como cerciorándose de que nadie les seguía. Obviamente si lo que quería asegurar es que yo, su marido, no la viese, pues iba lista, porque estaba justo donde ellos se dirigían.

¿Qué hacer?, me pregunté según se acercaban. Esperarlos y recibirlos, o esconderme entre unos arbustos que rodeaban el templete. Elegí hacer esto último, aunque para decirles la verdad, en ese momento no podría decirles exactamente la razón que me hizo tomar esa decisión, el caso es que me agaché y me escondí entre los arbustos.

Nada más llegar al templete, me quedó muy claro las razones que les traía a ese lugar. El chico, que tendría poco más o menos la edad de mis hijas, ya le había sacado a mi esposa Beatriz las tetas y se las venia sobando y chupándoselas a conciencia. Como pueden suponer yo me quedé paralizado de ver a mi esposa en ese trance y con ese chico, pero la cosa aún ni había comenzado.

La colocó justo al lado donde me encontraba escondido, le metió mano a la entrepierna y le bajó las bragas hasta la altura de las rodillas. Beatriz estaba en ese momento de espaldas, de modo que sus nalgas relucían espléndidamente ante mis atribulados ojos. No estarían a más de tres metros de distancia, de modo que no se me escapaba detalle de todo lo que decían y hacían.

El chico le decía a Beatriz lo buena que estaba y ella le decía la polla tan rica que tenia. Todo eso mientras se besaban, se acariciaban, se tocaban, hasta que Beatriz le dijo algo que me dejó “pasmado”:

-Esta tarde en la piscina me has puesto como una burra, si no es por que mi marido estaba que no nos quitaba ojo de encima, te había follado allí mismo.

Joder, si yo ni siquiera me había fijado que Beatriz estaba en la piscina con un chico, aunque ahora si, ahora si que me estaba fijando, porque justo en ese momento la estaba tumbando en el suelo y se la iba a montar.

La tendió en el suelo, terminó de quitarle las bragas, le abrió un poco las piernas, se encajó entre sus muslos y con bastante delicadeza, se la fue metiendo centímetro a centímetro. Beatriz disfrutaba del momento a tope, se relamía, arqueó el culo y cruzó sus piernas sobre las del muchacho a la vez que sus manos se aferraron a sus nalgas.

Lo tenía atrapado, sus cuerpos estaban aferrados, aunque el chico tomó la iniciativa y en esa misma posición comenzó a metérsela y sacársela. Era un metisaca pausado, arqueaba el culo y lo dejaba caer pausado sobre la barriga de mi esposa, le debía estar metiendo la polla hasta el ombligo, porque lo hacía meticulosamente, con maestría, se la estaba follando con una intensidad extrema, como si el mundo se fuese a acabar, como si fuese el último polvo de sus vidas.

Me dio envidia de la pasión que mi esposa derrochaba follando con aquel chico, conmigo creo que nunca folló con tanta intensidad. La polla la debía tener tan majestuosamente encajada en el chumino de Beatriz que se escuchaba perfectamente el choc, choc, del metisaca, lo que significaba que el chocho de mi esposa debía estar al máximo de lubricación.

Aunque a mi me estaba sucediendo prácticamente lo mismo que a Beatriz, estaba tan empalmado viendo como se follaban a mi amada esposa que tuve que hacer verdaderos esfuerzos para no correrme, aunque ellos si, ellos si que se corrieron, pude hasta ver como a Beatriz se le ponía la carne de gallina en medio de unos espasmos llenos de voluptuosidad y de jadeos que le salían del alma.

Al cabo del rato se levantaron, se arreglaron un poco las vestimentas y se dirigieron hacia la puerta de entrada al hotel. Antes de marcharse el muchacho intentó besar en los labios a Beatriz, pero ella no se lo permitió y le dio una explicación que me dejó sorprendido: no es amor, es sexo.

Eso me halagó un poco, aunque la verdad lo que más me halagó fue ver tiradas en el suelo las bragas de Beatriz, que recogí con mimo, las acerqué casi, casi, con devoción a la nariz y pude disfrutar por unos segundos del profundo aroma a chumino que aún desprendían.

Minutos después  aparecí por el salón donde estaba Beatriz. Estaba radiante, disimulaba riéndose con otra clienta tomándose una copa de champaña, como si no hubiera roto un plato en su vida, mantenía con altivez lo de la mujer del Cesar, que además de virtuosa debía parecerlo. Bueno, ella precisamente virtuosa no lo era, pero lo disimulaba a la perfección. Me dedicó la mejor de sus sonrisas, sus ojos derrochaban brillantez, su cara dulzura, sus labios calidez, su cuerpo sensualidad, tenía un culo maravilloso y el chumino lo debía tener encharcado de flujo.

-Dónde te has metido que llevo un buen rato sin verte- me preguntó con todo el cinismo del mundo. Yo le contesté con una explicación inocente y medio creíble y se quedó de lo más satisfecha. Su infidelidad había quedado a buen recaudo, lo que no suponía es que en uno de mis bolsillos se escondían sus braguitas.

La invité a dar por terminada la fiesta y a subirnos a la habitación, lo que aceptó de muy buen grado. Ella ya llevaba la fiesta en el cuerpo. Al subir en el ascensor los dos solos y agarrados de la mano, le di un beso en la boca y ella me la abrió suavemente y sacó su lengua al encuentro de la mía. Eso me halagó, quizás no habría la pasión del sexo que derrochaba con el chico, pero me pareció que si había amor.

A continuación deslicé una mano entre sus piernas y como era de esperar llevaba el chumino al aire.

-No llevas bragas- le dije haciéndome el sorprendido. -Hoy no me las puse- me contestó con rotundidad, aunque desde luego mentía. -Si, si que te las pusiste, te pusiste una tanguita negra. Me sorprendió porque siempre dices que las tanguitas no son nada cómodas-

Ella se quedó sorprendida y no dijo nada. En ese momento el ascensor llegaba a la planta y se abrían las puertas, aunque antes de salir eché mi mano al bolsillo y saqué sus braguitas diciéndole:

-Toma, te las olvidaste en el suelo bajo la pérgola del bar exterior del hotel.

Se quedó lívida, no pudo o no quiso pronunciar palabra. Le pasé la mano sobre su hombro y la invité a salir del ascensor. Me dio pena verla tan desconcertada, de modo que cogí su mano y juntos caminamos por el pasillo en busca de nuestra habitación sin decir absolutamente nada. Al llegar frente a la habitación me adelanté y abrí la puerta, la invité a entrar y nada  más cerrar la puerta se volvió hacia mí y con voz temblorosa me dijo:

-Llevaba mucho tiempo queriendo decírtelo, pero nunca me había atrevido, lo siento mucho, entenderé que quieras divorciarte. -Yo no quiero divorciarme- le contesté con rotundidad y añadí: lo que yo quiero ahora mismo es tumbarte en el suelo y follarte.

Ella no dijo nada, pero se tendió sobre la moqueta rosa de la habitación, se subió el vestido hasta dejar al descubierto su chochito sin bragas y me tendió las manos para recibirme. Yo casi me desplomé sobre ella, busqué afanosamente su boca y le introduje la lengua hasta encontrar la suya y las entrelazamos a la vez que mi atribulada polla penetraba furiosa dentro de su más que lubricado chumino para correrme casi de inmediato.

Los dos nos quedamos en silencio, tendidos sobre la moqueta, abrazados y desnudos, y así, en esa posición, nos dieron las claras del día. Tempranito, sin siquiera desayunar abandonamos el hotel y salimos hacia el aeropuerto en dirección a Madrid. Ya acomodados en un lujoso hotel de la Castellana se abrazó a mí, me miró a los ojos y me contó minuciosamente todas sus infidelidades.

-Habrá más, le pregunté con extrema precaución, aunque ella me contestó con rotundidad. -Probablemente sí, pero sólo si tú lo quieres. Nunca más te lo volveré a ocultar.

Bueno, algo había ganado. Nuestras relaciones sexuales cada vez se espaciaban más y cada vez eran más monótonas. Desde ese día follábamos como si el mundo se fuese acabar, además siempre había el aliciente de que cualquier día mi esposa podría cometer adulterio y yo sería testigo de excepción.

Autor: Pancho Alabardero

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