Una ardiente paloma en el chat

Me salí de ella, seguía arrobado por la expresión de sus ojos, con un dedo limpio el borde del labio, el color del rouge era solo un vago recuerdo de otro tiempo, pero aún faltaba una caricia a mi ego de macho poderoso, el movimiento de la glotis al dejar pasar dentro de si la esencia de mi masculinidad, degustó el licor de hombre como el mejor y más delicioso elíxir.

Este relato refleja un estado de ánimo, una sensación que trasciende los límites de cualquier deseo, es más, mucho más que un deseo ferviente, es una fantasía que se está haciendo carne, comenzó por una simple curiosidad de conocer el chat.  Hace tan solo un par de días en una, una conversación despertó mi curiosidad por saber cómo era ese tema del chateo.   Esa misma noche luego de cenar, y por no tener nada mejor que hacer, me fui con la taza de café a tomar asiento frente a la computadora y en pocos minutos había entrado a un nuevo escenario, un mundo de relaciones interpersonales, contactos virtuales absolutamente nuevos y desconocidos.

Todo el espectro de una sala de chat, participantes nominados con variedad tal de nick que asombran, desde los nombres comunes, a la extravagancia y originalidad.   Para no ser menos me vestí con un nombre tan simple como lo era mí búsqueda, solo conocer algo más de ese nuevo mundo, busco amiga, poco de originalidad y de expectativas, ingresé en la sala, recorrí la lista de partícipes y mi atención me llevó a uno en particular, por original y por el nick elegido era toda una definición en sí misma: Paloma, intuía que tras esa pantalla podría haber una mujer de valía como para chatear, incitarla a responder era el desafío.  Le escribí una sola frase que resumía toda la intencionalidad -¿podría conversar contigo?

Respuesta afirmativa, y en poco tiempo ese ida y vuelta, jugando a la escondida virtual nos convirtió por un momento en niños lúdicos, del lenguaje juguetón pasando por la insinuación atrevida y de doble sentido, nos citamos para seguirla en un ámbito algo más reservado.   El Messenger fue nuestro reducto de encuentro, el vínculo que permitió conocernos, adentrarnos un poco más en la intimidad del otro interlocutor.

Así por varios días, era esperar la nocturnidad para establecer contacto, en mi caso era como esperar a esa noviecita a la salida del colegio, acompañarnos en nuestra soledad de a dos en las noches.   Llegó el momento que podíamos desprendernos de esa atracción imposible de resistir, el monitor delineaba nuestras palabras en prolija calígrafa, la caligrafía se traducen en frase, la frase en concepto, el concepto en idea, la idea en imagen de una forma de expresión, esa forma de expresión es el vínculo de una pasión que se agiganta y trasciende la barrera física de la pantalla.  Lo virtual accede al sentimiento y del otro lado de la virtualidad se recibe ese mensaje cifrado, que decodificado por el corazón se asimila e incorpora en el otro ser.

Con el decurso de las noches va germinando un sentimiento de simpatía primero, este deviene en afecto y cordialidad para por fin decantar en una especie de amor que va creciendo en intensidad, la conversación matizada con detalles y sensaciones de la intimidad de cada uno suma el condimento necesario para poner la caldera del deseo en su punto máximo. Como si la plática del Messenger no fuera suficiente, sumamos el contacto diurno por los muchos mensajes de texto por celular.

Poco falta, casi nada, para que el estallido de la revelación tome contacto, el contacto virtual está llegando a fin de su ciclo, los mensajes adquieren cada vez mayor voltaje, los ánimos no soportan el alejamiento, y de golpe alguien escribió: -¿Y si nos vemos?

Pero… recién ahí la realidad no dio de golpe en el corazón, el obstáculo de la distancia era de momento una barrera que impedía el acercamiento físico.    Nos dejó pensando, cada uno en su mundo, pero Paloma, asomó de la galera del mago con una carta de triunfo, escribió:   – La semana próxima debo ir a la ciudad próxima a donde vives y debo quedarme al menos un día, te parece si…   – ¿Si que? –fue la respuesta   – ¿Si… nos encontramos?    -¡Siiiiiiiiiiiii! fue la devolución a esa pregunta.

El resto es fácilmente deducible, a las pocas horas de su arribo nos encontramos.  Solo una pequeña foto nos acercaba a una realidad que nos inquieta por igual.

Los años y la experiencia de vida no sirven, ahora la cosa es cara a cara, el todo o nada, gustar o ser rechazado, me sentía como Julio César a la entrada de Roma, y como él me dije, la suerte está echada, entré al discreto barcito, ella eligió el lugar, yo la hora, la reconocí, me gusto, me gustó mucho, era mejor de la imagen que de ella tenía todas noches de diálogo.  Ahora faltaba lo peor, me miró, nos miramos, me sentí rindiendo el más difícil examen de mi vida, no hubo respuesta, solo una sonrisa, sin dejar de mirarme en sus ojos, me senté, el momento de solicitar un café al camarero sirvió para ordenarme y ver como afrontaba el minuto siguiente.

Saqué mi vista de ella para mirar al camarero, era una forma de darle un respiro y que pudiera evaluar sin la inquisidora pregunta ocular, ¿qué tal?, ¿te gusto? Al devolverle la mirada me topé con una sonrisa cálida, había complacencia o resignación, pero al menos no rechazo de plano.

El calor de café parecía crear un clima más natural, más cálido y afable.   De ahí en más, con el hielo del encuentro derretido, más alguna broma de circunstancia la charla fue discurriendo por los carriles usuales de dos personas que saltaron el obstáculo del primer encuentro.  Departimos como una hora, pasamos por varios tópicos sin entrar en esas intimidades que nos habían alentado a llegar a este momento, claro una cosa es el trato a través de una pantalla y otra muy distinta el vis a vis, donde estamos rindiendo examen con cada gesto, con cada palabra, todo en blanco y negro y sobre la mesa.

Como a ella se le hacía tarde para llegar a no sé qué lugar, pagué y salimos, me ofrecí a llevarla en mi auto.  Ahora en el ámbito intimista del habitáculo, y con, no recuerdo bien que excusa, detuve la marcha, mientras la suave música daba marco, iniciamos una nueva conversación, casi al descuido dejé que las manos se encontraran, el roce cómplice y las miradas perdidas, la de uno en el otro, fueron el escenario para llegar a un casto y seco beso.   Contacto breve en tiempo e intenso en repercusión, separados brevemente fue como tomar impulso para otro salto al vacío, volviendo por mis deseos, propicié el acercamiento, ella consintió.

Ahora el beso tenía contacto pleno, en extensión y contención, los labios ocupan más espacio, mi lengua inicia un tímido intento de exploración, ella accede, se deja, invita a pasar al interior de su boca.  Las humedades se mezclan, las lenguas inician el ritual ancestral de amor, intercambio de caricias, abrazo íntimo de dos individualidades que se funden en una sola, dos cuerpos pegados que sueldan esperanzas, manos convertidas en tenazas que aprietan el cuerpo incandescente y lleno de pasión adulta.

Los cuerpos sabios y experimentados parecen de dos jóvenes e inexpertos en su primera cita, si eso somos, nos estamos estudiando, recorriendo, reconociendo, aprendiendo el abc del leguaje cifrado de dos seres que buscan contención mutua, vasos comunicantes de un mismo sentimiento, fluye la pasión y el deseo a través de los labios, las manos son el nervio conductor del deseo y la pasión.   El fragor generado en ese instante alcanzaba para incendiar un bosque, dos leños secos de amor estaban a punto de encender el fuego de sus vidas e inmolarse en la hoguera de la pasión descontrolada.

Agitados de pasión, nos separamos, no lo deseábamos, pero lo hicimos por el bien de ambos, era necesario un impasse a tanto fuego, generar un espacio físico y de tiempo para digerir los últimos e intensos momentos vividos.   La despedida fue breve pero llena de sentimiento, cada gesto, cada mirada, cada silencio era una estridencia que nos llenaba la cabeza de música, los ojos de amor y la boca de cálida humedad, recuerdo del contacto reciente.

Nos despedimos, no hubo promesas de encuentro, no hubo acuerdo de nada, para qué, que falta hacía todo había sido dicho, todo había sido acordado, los cuerpos y el deseo eran sabios, no hacían falta más palabras para decir la necesidad harto manifestada en ese contacto, tan breve como pródigo en gestos y señales corporales. No habían pasado más de quince minutos cuando estaba por tomar el celular para llamarla que, el bip, bip electrónico me hizo atender, sí era ella, se anticipó por un par de segundos a mi intención de hacer lo mismo.   Después del ritual -¡hola!, sabes que…    – ¡Si!, yo también…

Respondió con un sí a la nunca formulada pregunta, ambos coincidimos en volver a vernos, a revivir la misma experiencia de un momento antes.   Desandar el corto trayecto al lugar del encuentro previo, como cábala, como para repetir los mismos instantes. Había transcurrido muy poco tiempo, era la pausa necesaria para calmar la timidez y darnos un tiempo de reflexión, ese momento a solas con uno mismo para digerir la emoción de conocernos, ahora era el momento de reencuentro, volver a vernos las caras, sin la ansiedad y la incertidumbre de hace tan solo un momento, ya no era la primera vez.

Nuevamente, en el mismo café, solo que ahora habíamos elegido un lugar más reservado, algo más íntimo, la infusión daba aromático marco a la charla, mezclando temas, lo trivial e intrascendente con otras de más sustancia,  mientras charlábamos nuestros ojos se llenaban de deseo, nuestras manos se fueron buscando, las  de ella estaban húmedas se agitaban, denotaba cierta ansiedad que no podían esconder, las atrapé  entre las mías, la Paloma se deja enjaular, mansamente, disfrutando del encierro.

Terminamos el café, lentamente nos dirigimos al auto, sin preguntar, tomé en dirección a un hotel de la zona, subimos a la habitación, tomados de la mano, dos pequeños amigos temerosos en el primer día de clases, como dos tórtolos, sin hablar, miradas furtivas que insinuaban todo sin decir nada.   Ingresé tras ella, cerré, apoyando la espalda contra la puerta, haciendo contención con el afuera, dejar el recién para entrar en el ahora, nuestro primer momento de intimidad estaba poniendo en negro sobre blanco el deseo y la fantasía que devanaba nuestros sesos y consumía nuestros sexos.

Era ese momento, como un flash nos pasa todo, se detiene el tiempo, el corazón deja de latir, la imagen generada por mil palabras  escritas y otras tantas sugeridas pasan a ser letra muerta, ahora es tiempo de amar, tiempo de poseer, momento de expresar esa pasión incontenible del mejor modo, avasallante, arrollador, tierno, dulce y contenedor.   Era el momento, sentimientos encontrados, darle cauce al desborde del deseo de la mejor manera, sentir y hacerla sentir, canalizar la pasión, hacer imborrable ese momento mágico que irrumpe en nuestras vidas con la fuerza de un potro desbocado agitándose en el pecho, un ciclón de sentimiento.

Registrar visualmente la amplia habitación, bonita y acogedora, sin exagerada decoración para el común de las de estos lugares, para nada recargada de luces ni espejos, creaba un ambiente discreto y maravillosamente intimista.   Ella de espaldas, al otro lado de la habitación, contra la pared opuesta parecía compartía mi evaluación, me sonríe, dulce y tímida.   Se estaba gestando el marco propicio para nuestro encuentro sexual, excusa válida y propicia, fragua donde dos cuerpos serían una sola carne, la idealización de ese momento de nocturna soledad escribía el prólogo de la fogosa pasión.

Aunque demostraba seguridad y aplomo también estaba algo nervioso, ella como desinhibida se movía por la habitación como si fuera su reino, tal vez actuaba, al menos daba la impresión de parecerlo, la situación tenía magia, encanto por lo desconocido, parecíamos dos contrincantes midiéndose, evaluándose para la épica de la pasión.

Tomé dos cervezas del frigo bar, brindamos, un buen sorbo de cerveza helada fue bálsamo para el ardor interior, nos reímos, ella sentada al borde del lecho yo en un silloncito frente a ella, no hablábamos solo reímos.  Hablamos de trivialidades sin dejar de sonreírnos todo el tiempo, casi sin notarlo, una segunda botellita nos fue poniendo en clima más acorde a la situación, momento propicio para un brindis por nosotros, por cómo se había dado la magia de encontrarnos y esta deliciosa locura de acá y ahora.

El alcohol la había desinhibido, se dejó caer de espaldas sobre la cama, por momentos se miraba refleja en el espejo del techo como evaluándose los gestos que ensayaba, se lo hice notar y reía dando vueltas en la cama, haciendo mohines y graciosos giros como una niña y sin dejar de sonreír, me aproximo a ella para hacerle una cosquilla, alarga los brazos y me toma, aprieta sobre su pecho y me da un profundo beso.

El contacto con sus labios, húmedos y la lengua activa en mi boca, llenarme de su perfume, sentir su respiración agitada.  Se dejo estar sobre el lecho, recostado a su lado contemplando esa espléndida mujer, su serena belleza, la expresividad de los ojos parecen indicar cierto grado de excitación, fija su atención en mí, en un momento me dice:

-Te dejé mi marca, tienes mi rouge en el labio y en la cara.  –sonríe y con el dedo pulgar humedecido en sus labios trata de borrarlo. -¿Sabes una cosa?… jamás me imaginé conocer, menos aún que llegáramos a esto, pero no quiero olvidarlo, se ha producido como por arte de magia, ahora lo necesito, no podría vivir sin sentirme tuya.

Enseguida me pides: -Sácate esto, tocando la camisa que tenía puesta, -¿Por qué no lo haces tú?

Sentada comienza a desprender los botones, uno a uno, lenta y perezosa tarea, la abre y besa el pecho, en gracioso y sensual gesto, lame mis pezones, gusta lamerme la piel, retribuyo la gentileza con mi mejor sonrisa.  Me salgo de la cama, ella se queda expectante, mirando como me desprendo del pantalón, mira el bóxer y nota lo excitado que estoy, aprecia el estado de mi erección y me regala una sonrisa de aprobación.

La despojo de su camisa de seda blanca, levanta los brazos ayudando, los pechos llenan totalmente el soutién, colman su capacidad y rebasa por encima, el delicado encaje no puede con la erección de los pezones, se marcan en la tela, presionando en busca de libertad, ahora es turno de la falda, suelto el broche y jalo hacia abajo, se tiende de espaldas, arquea la pelvis hacia arriba, la deja escapar, deslizar por sus piernas.   Estamos en igualdad de condiciones, solo las íntimas prendas para acrecentar el sentido de intimidad, regodeo la vista en la contemplación de este soberbio ejemplar de mujer, ansiosa pero calma, caliente pero mesurada, anhelante pero cauta, deseo salvaje pero pudoroso recato, pasional deseo pero morosa en la entrega.

El sutil juego del cortejo entra en su etapa final, le gusta, disfruta esa silenciosa admiración, nota que fijo mi atención en la bombacha de encaje negro, no era tanga pero igualmente pequeña, elogio lo bien que se luce en su graciosa figura -La compré para la ocasión.  ¡Mi amor es para ti, solo para ti, para que disfrutes sacándola!

La miré, no hubo palabras solo nos abrazamos para sentirnos, el contacto de nuestros cuerpos, una deliciosa caricia la piel de uno frotando la del otro. Nos besamos, profundo intercambio de caricias y saliva.  Dejé sus labios para besar sus pechos, chupar esos pezones, solo gemía y atraía mi cabeza hacia ella, luego su mano se metió en mi calzoncillo, entró y tomó el pene, lo acaricia, estudia su tamaño y consistencia, aprecia su dureza, mientras mi mano entra en su bombachita, dos dedos indiscretos se introducen en su sexo para robar la humedad que brota desde lo profundo de su calentura.

Seguí acariciando su intimidad, gemía, estaba en el trance de una creciente excitación, movimiento intenso y profundo, incluyendo al clítoris, al cabo de unos minutos así se apretó contra mí, luego devino una intensa contracción y un profundo suspiro.

-¡Ah!, ¡Ahhhhh! ¡Siii!  -me besó en la boca.  Ahogaba ese grito de amor.

Observaba esa transformación, maravillas del amor, hace poco menos de una hora me había extasiado viendo esa cara llenad de formalidad y ahora era la antítesis de esa mujer, la mirada poseída por la lujuria, se acerca a mi gateando sobre el lecho, movimiento sinuoso como gata en celo, se deshace del bóxer, toma mi pene, agarra entre sus manos, me observa, se mira en mis ojos, y sin dejar de observarme, comienza a mamar la verga.

Sus gestos hablan del gusto que le produce hacerme gozar, sabe masajearlo, y chupar, lento, despacio, rápido, violento, varía tiempos e intensidad, no pude precisar cuanto, pero estimo no menos de un cuarto de hora estuve alojado en su cálida boca.

Puedo apreciar el deleite de su acción, notar el deseo contenido y tanto tiempo esperado.

No necesité decir nada, ella parecía saberlo todo, podía leer el leguaje sexual, decodificar el mensaje, volvió a mirarme con esa intensidad infinita, mirada espesa y comprensiva, sabía lo que deseaba y estaba dispuesta a darme ese regalo, sus manos supieron del temblor que precede a la erupción, sin alterarse ni contraerse, con toda naturalidad, se dejo estar, acompañó las variaciones de ritmo que provocaba yo con el movimiento pélvico en su boca.

Se dejó hacer, pasiva espero el momento culminante, la primera erupción de lava ardiente, un destello en sus ojos dio un gracias, luego dos, tres, hasta que el volcán dejó de latir.

Sus ojos decían lo que no podían sus labios, prolongaba el placer, sentía y comprendía los latidos de la carne volviendo al estado de relax, apreciaba ese momento que el hombre se guarda para sí, quería compartir ese momento conmigo.  Nos miramos, nos entendíamos como de habernos conocido toda una vida.

Me salí de ella, seguía arrobado por la expresión de sus ojos, con un dedo limpio el borde del labio, el color del rouge era solo un vago recuerdo de otro tiempo, pero aún faltaba una caricia a mi ego de macho poderoso, el movimiento de la glotis al dejar pasar dentro de si la esencia de mi masculinidad, degustó el licor de hombre como el mejor y más delicioso elíxir.

Desperté del letargo de tan intenso ajetreo, ella seguía en plácido reposo, fui al baño para tomar una reparadora ducha, debí estar no menos de seis minutos cuando la escucho decir en remedo de una voz de niña: – ¡Papi!, ¡no me invitaste a tomar un baño con vos!, ¡qué malo eres!  -me asomé y la invité con un gesto.  Ingresó, nos bañamos juntos, jugando con el agua, riendo como dos niños.   En medio del juego de enjabonarnos, como no podía ser menos, el miembro retomó protagonismo, se hizo notar, tan pronto lo notó se agachó y comenzó una caricia bucal, ¡qué bien lo hace!, luego se levanta, arquea la cadera y se pega a la pared, apoyando las palmas.

Los abundantes jugos, vaginales hacen todo fácil, solo necesité aproximarme y colocarla en la puertita, tomarlas de la ingles y en un movimiento combinado nos acoplamos, en un solo envión entré todo en ella.  Estaba preparada para una penetración intensa, el movimiento se torna por momentos convulsivo, nos sacudimos con el apremio del deseo.

Como el piso se pone resbaladizo, sin despegarnos nos trasladamos hasta que ella queda con las manos tomada del lavatorio, la curva pronunciada de su cadera ofrece un nuevo ángulo de erotismo, una nueva posición de ataque a su deseo.  Nuevamente esa vibración de su cuerpo se transmite en ligeros latidos vaginales, suaves al comienzo un poco más nítido después, el gemido profundo avisa que tiene su primer orgasmo con el pene como artífice, no le aflojo al movimiento y deviene un segundo round en la intimidad de la hembra.

La humedad del piso y el cansancio de la posición ponen en peligro la estabilidad de los danzarines, es prudente dejar ese escenario y continuarla en el tálamo del amor.  Ella va delante de mi, camina con cadencia y gracia, la misma que pone cuando danza, promesa de nuevos placeres, llega, se deja caer de bruces sobre el lecho, eleva un poco los glúteos, adoptó esa posición como leyendo mi mente, le acerco una almohada, acomoda debajo de su vientre, le permite estarse elevada con menor esfuerzo.

Entré en ella, se sacudió toda, la impulsé hacia arriba, tal vez un poco brusco o la intensidad de la penetración fue la que desplazó su cuerpo en la cama, totalmente acoplados, enterrado en sus entrañas hasta donde lo permiten los límites de su anatomía.   De ahí en más todo fue ritmo y movimiento continuo, entrar y salir, empujar y retroceder, se deja llevar por mi pasión y por la salvaje intromisión, se agarra a las sábanas, siente como se abre su sexo, sabe como aprisionarme, hacerme sentir sus músculos en el ejercicio de ser mujer activa.

Su sexo me aprieta en la entrada y cede en la salida, el delicioso proceso del goce tiene un límite, el nuestro también.   Se muestra dispuesta a llegar a la estación del éxtasis, espera el tren arrollador que se desliza por el túnel su sexo, agita la bandera de aviso una vez, la maquinaria del amor está presta a arribar a la estación en el tiempo convenido.

Un solo gemido, gritado a dúo, festejó el arribo triunfal, la bienvenida de ella fue apoteósico, el espeso semen hizo las veces de licor para en brindis en tan magno suceso.

Nos quedamos, quietos, muy quietos.   Me dejé derrumbar de costado, a su lado, así en silencio, en cucharita, sintiendo su espalda húmeda contra mi pecho, la convexidad de sus glúteos acoplados en la concavidad de mi pubis hasta que los temblores de la épica gesta fueran desapareciendo, los ritmos respiratorios y cardíacos a niveles normales.  En silencio, cada uno en lo suyo estaba haciendo el racconto de los últimos momentos, un renovado placer nos embargaba al recordar las imágenes aún latentes en la retina. La ducha nos recibió, tomados de la mano entramos y gozamos de la caricia del agua, luego nos secamos el uno al otro jugando como dos novios.  Una nueva cerveza nos acompañó en una charla matizada por besos, caricias y sonrisas.

Ella me volvió a confiar que jamás había pensado en hacer algo como esto, para nada lo había considerado como algo realizable, pero se había sentido seducida, contenida y cuidada que ante la insinuación de esta locura de amor, se colgó de la misma nube, se dejó llevar a mi fantasía, habitar mi isla solitaria, compartir mi tiempo, quedarse en ese espacio creado para nosotros. Estaba conmigo, gustosa de haberlo hecho, agradecida de haberla hecho sentirse tan mujer, recuperar sensaciones olvidadas y descubrir inéditas formas de gozar y ser gozada.

La devolví donde la había recogido, nos despedimos con un beso tierno y apasionado.

Desconozco si este fue el final o continúa, el destino y ella tienen la próxima palabra, por ahora estoy en el messenger, esperando verla.

Me interesa tu comentario.

Autor: El Marqués

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