Cogiendo con mi hijo

Me excitaba cuando lo oía que me decía: mami, qué rico esto, qué buena estás mamita. Yo gozaba como condenada a muerte. Solamente de oírlo que me decía mamita, casi me venía otra vez. Y comenzó a metérmela de regreso. Comenzó a bombearme, me la metía y sacaba, me besaba en la boca, en las piernas, en las orejas, me apretaba las tetas.

Estimados amigos: Nunca me había atrevido a contar lo que estoy a punto de relatarles. Me daba vergüenza. Una mujer de 38 años, con un hijo de 18 y mi marido de 62. Soy profesional, mujer educada, soy y he sido caliente, a quien mis padres o la naturaleza dotaron de “demasiado cuerpo y voluptuosidad”. Mi hijo me dice “tú compraste cuando era barato y daban bastante”. En realidad soy alta, morena, pelo negro, pechos inmensos, nalgas grandes y paradas, respingonas, piernas gruesas, soy algo gordita, rellenita.

Desde muy pequeña fui el blanco de todos mis vecinos, de mis profesores, jóvenes y viejos, me deseaban, me miraban, querían tocarme aunque fuera fugazmente. Se ofrecían para llevarme a casa, me hacían regalos, me invitaban a comer, etc. Una vecina le decía a mi mamá que me vistiera con “hábito de monja” por que mucho llamaba la atención y que “por ese culo, siempre iba a tener problemas”. No se equivocó.

Desde los 18 años comencé a tener relaciones con un vecino, que era el papá de mi mejor amiga y compañera de escuela. Fuimos amantes casi por 6 años. Fui su amante y esclava. Con él aprendí todo lo del sexo. Este hombre se volvía loco conmigo y yo con él. Como éramos vecinos nos mirábamos a diario y casi siempre terminábamos haciendo el amor en su cuarto, en la azotea, en el baño. Prefería el sexo anal por mis anchas caderas y nalgas grandes. Me mojo de acordarme cuando me penetraba por atrás.

Sentir esa verga grande y gruesa, mamándome las nalgas y el esfínter, apretándome los cachetes del culo, sobándome las tetas. ¡Wuauu! Aparte de él, siempre tuve otros amantes: en la Universidad, en la oficina, con quienes donde nos viéramos, sabíamos que terminaríamos haciendo el amor. Nadie se me acercaba con otras intenciones que no fueran terminar en una cama. Era mi gracia y mi maldición al mismo tiempo.

Me casé, bajo la promesa de estudiar una carrera universitaria, de ya no ser promiscua y de convertirme en una “dama”. Pero “gallina que come huevos, aunque le quemen el pico…” Mi hijo creció y sacó los rasgos de su madre: alto, bien parecido, atlético. Un bombón para cualquier mujer y comencé a verlo con otros ojos. Cuando estoy en casa, me visto de forma cómoda. A veces ando con una bata un tanto transparente, que deja ver mis grandes tetas y se nota la forma de las tangas que uso, que ya se imaginarán, no me tapa nada y enseño todas las nalgas.

Las lectoras me entenderán y saben que es más cómodo y es bien delicioso sentir ese pedazo de tela que se te mete en medio de las nalgas. A veces, ya en la noche, en mi cuarto permanezco con un baby doll, ya para acostarme, viendo la tele o leyendo un buen libro. Por la diferencia de edades con mi esposo, por su negocio que viaja constantemente por el país y lo acostumbrado a tenerme a su disposición cada 2 meses, mi vida sexual bajó considerablemente. Entonces comencé a fijarme en mi hijo y él se fijaba en mí. Me gustaba. Me mojaba y masturbaba pensando que me poseía, que me metía su verga, que me decía malas palabras y me daba nalgadas. Tener un mozo de 18 años en la casa, lleno de vida, de energía, bien parecido, era demasiada la tentación, quería poseerlo.

En muchas ocasiones llegaba a mi cuarto a ver la tele juntos. Al inicio me parecía algo normal, le gustaba acostarse cerca de mí y a veces hasta me ponía la cabeza en una teta y allí se estaba, se daba vuelta, me la apretaba bien rico, pero no pasaba más. Yo le hacía cariñitos en la cabeza y veía cómo le crecía el bulto en sus bóxers. Después de un rato salía de repente directamente al baño, de seguro a darse una paja a la salud de su madre.

Los fines de semana, en las mañanas, después que salía del baño me quedaba en bata y le daba un gran espectáculo que él gozaba como loco. Me miraba las tetas, se me acercaba y me abrazaba por detrás, poniéndome su paquete en las nalgas. Me rozaba las nalgas con las manos o los codos. Yo siempre me hacía la desentendida y hasta me quedaba parada, dejándole mi culo a su disposición y él me sobaba las nalgas con los codos, mientras leía el diario o algún papel del correo, como “inocentemente”. Algunas veces hasta se atrevía con el dorso de la mano y la metía en medio de las nalgas. Yo solo suspiraba y me hacía la loca, como si nada pasara, pero me excitaba, se me hacía agua la chocha, deseando esa verga, en vivo y en directo. Así jugábamos, pero no pasábamos de allí. Ninguno de los dos decía nada y actuábamos como si ninguno se diera cuenta de lo que pasaba.

Un fin de semana, de repente, un amigo de mi esposo y su familia nos invitaron a ir a un rancho en la playa. Llevé un traje de una sola pieza por razones obvias. No quería llamar demasiado la atención, ni que el amigo de mi esposo tuviera problemas en su casa por pasar viéndome. Todo sucedió con normalidad, las miradas de rigor, pero sin ir más allá de lo acostumbrado. El asunto fue que no me depilé y se me salían unos pendejos por los lados, aparte de las nalgas que andaban al aire libre. Erick, mi hijo, no me quitaba los ojos de encima. Yo me sentía caliente, deseada, sentía las miradas en mis nalgas, con ganas que me poseyeran, que mi hijo me metiera la verga de una vez por todas y calmar mis ganas.

Pensaba y pensaba cómo poder seducirlo. Esperaba una oportunidad en el mar ó en el rancho para que pudiera suceder algo entre nosotros y que él se animara de una vez.

-¡Qué bien te queda esa calzoneta, mamá! Parece que se te encogió o vos creciste! –me dijo. ¡Gracias, y sos bien chistoso! –le contesté. De repente, se me ocurrió una idea, para poder quitarme la calentura y hacer a mi hijo mi amante diario. -¿Sabés qué? Voy a necesitar tu ayuda más tarde, ¿OK? -¿Qué pasa? ¿De qué se trata? –me respondió ansioso y algo inquieto y temeroso.

Lo tomé de un brazo y lo llevé al cuarto que nos habían asignado. Mi esposo y los demás decidieron ir al puerto que quedaba como a 30 kms. del rancho a comprar pescado, prácticamente estábamos solos.

-Sacá del maletín la crema de afeitar y la Gillette de tu papá, por que no quiero andar con estos vellos al aire. Me vas a ayudar a depilarme. Agarra la crema humectante también. Erick puso los ojos del tamaño de un huevo estrellado e instintivamente se llevó la mano a su verga. Al solo escuchar la tarea que se avecinaba, ya se imaginaba el espectáculo que se iba a dar.

Rápidamente cumplió lo que le ordené. Se me presentó con las herramientas en la mano, deseoso de comenzar el trabajo.

-Aquí están Mamá -me dijo. Por mi parte, yo me había quitado la calzoneta y me había puesto una tanga roja brasileña y encima una bata. -Espérame un momentito, solo me voy a duchar- le dije.

Después de bañarme rápidamente para quitarme cualquier mal olor o suciedad, regresé al cuarto y allí estaba Erick con cara de hambriento, se notaba excitado y no disimulaba el paquete en medio de las piernas.

-¿Sabés qué? Pensándolo bien, mejor yo sola lo voy a hacer. -Noooo, mamá –me dijo, casi llorando. – ¿Por queeeeé? Era un sediento en el desierto. Déjame ayudarte, lo voy a hacer con cuidado, te lo prometo. O si querés solo dejame ver, ¡por favor!

En mis adentros sentí lástima por él. Ver a mi bebé ya crecido, ya hombre. Verlo tan deseoso de tocar a su madre, tan excitado por la oportunidad que se le presentaba. Yo estaba que explotaba, sentía mi vagina que destilaba líquidos.

-Está bien –le dije. Me vas a ayudar, pero con mucho cuidado y que nadie vaya a saber de esto. Lo hago por que me da miedo que me vaya a cortar yo sola. Por un momento pensé que mi oportunidad de poseer a mi hijo había fallado. Mejor me callo, pensé y manos a la obra. Me acosté en la cama, puse unas almohadas para recostarme en ellas y abrí las piernas. Mi hijo no podía pronunciar palabra alguna. Los ojos se le salían.

Prácticamente estaba a su disposición, aunque no me había quitado la tanga. Sin embargo, le enseñaba todo.

-OK. Con cuidado échame la crema a las orillas. Yo miraba para otro lado. Como no dándole importancia. Erick comenzó a untarme la crema: lo hacía despacio, delicadamente, con manos temblorosas, se hincó en el suelo y me cambió de posición, para tenerme más cerca y verme bien, de seguro sus amiguitas no tenían la vulva tan grande, ni la tenían tan peluda. No es lo mismo la concha de una vieja madura, que la de una niña de 18 años. Me untaba la crema y yo solo daba brinquitos de gusto, movía la pelvis cadenciosamente, pero suave, despacito, para que mi hijo se diera gusto viéndome y tocándome.

-¡Aaaah, Aaaah! Umm, uuummm –daba gemiditos. Le agarré la mano por molestar y se la llevé a un lado de mi monte de venus. Le tomé la mano poniendo la mía encima de la de él, supuestamente para guiarlo. Mientras le indicaba donde quería, hice que me sobara toda mi chocha con su mano, para darle confianza. Se la mantuve así por unos segundos.

Con su mano me aplasté la torta para estar seguro que él la sintiera, me la apreté con ganas, despacio, esa chocha grande y peluda, esos labios bien carnosos que tengo.

-Hacéme aquí –le decía. De aquí como que se me salen más los pelos. ¿Querés que abra más las piernas, amor? -Fíjate bien que no queden pelitos rebeldes y me hagan pasar otra vergüenza –le dije, mientras me pasaba su mano otra vez sobre mi monte de venus. -No. No te preocupes –me dijo con voz nerviosa y entrecortada. Pero sí tengo que ver más adentro de la tanga, te la tengo que hacer a un lado, un poquito –me dijo. -Dale, dale, no tengas pena, solo fíjate no me vayas a cortar. Acercate más –le dije. No tengas miedo que soy tu madre y estamos solos.

Yo pensaba que ya iba a comenzar a mamarme los labios de la vagina. Yo sentía que ya no podía. Estaba lubricando y mojándome. Casi temblaba y el corazón me palpitaba a mil por hora. Con una mano me tocaba los pechos. Los pezones los tenía súper duros y parados. Con la otra mano, la tenía bajo de la tanga por ratos y por ratos la sacaba y me apretaba los labios. Daba gemiditos y estaba súper nerviosa, temblorosa, no coordinaba bien mis palabras, era un gran suspenso y excitación.

Comenzó y me bajó un poco la tanga y la hizo a un lado. De seguro que miraba todo mis labios mojados y mi vulva, carnosa, pidiéndole a gritos su verga. Yo tenía los ojos cerrados, me mordía los labios saboreando el gusto que mi hijo me proporcionaba. Movía la cadera de arriba hacia abajo, bien despacio, pero se notaba que estaba gozando.

-Ahhh, ahhh, papi qué rico-le dije. ¿Me estás dando masaje y acariciando ó cortándome los pelos, amor? ¡Yo creo que las dos cosa, picarón! Con el afán de provocarlo un poco, de darle un empujoncito de ánimo. -Noooo mamá -me contestó algo asustado y retirando las manos. Te estoy rasurando. Pero es que la tenés bien grande –me dijo tímidamente. Discúlpame. -No amor –le dije rápidamente para no desanimarlo- es que me estoy sintiendo bien rara –le dije, haciéndome la pendeja. Esto como que me está gustando más de lo que te imaginas. ¡Aaaaay, aaaaaah. Uauuu! -¿Te arde mamá? ¿Te molesta? -No hijo, al contrario. Te digo que me siento bien, me siento rara, siento bien rico, bieeen riiico. Seguime haciendo no te detengas, no tengas pena. Cuando termines de rasurarme me avisas. Concéntrate. No tengas miedo –le contesté. Acordate que estamos solos, no tengas prisa, y entre nosotros nos tenemos confianza.

Con una mano se supone me estaba rasurando y con la otra, ya con más confianza, jalaba la orilla de la tanga y recostaba su mano encima de mi vulva, y disimuladamente me la sobaba, hacía como que seguía depilándome y con la otra mano me apretaba el monte de venus, acariciándome. Ahora, me sobaba todos los labios y diestramente con los dedos comenzó a separármelos y dejar entre abierta la chocha de su madre. Por mi complexión se imaginarán que tengo la vulva bien carnosa y los labios grandes. Yo estaba en la gloria. Otra vez le tomé la mano y “supuestamente” le indiqué dónde me tenía que cortar. Esta vez le apreté la mano y con descaro la pasaba por todos mis labios como masturbándome. Ya sentía el olor a mis fluidos y el inconfundible olor a semen. Cuándo se va a animar, pensaba yo en mis adentros. Yo ya esperaba que me metiera la verga o comenzara a darme lamidas en la vagina, pero nada.

-Mami, la rasuradora hay que cambiar la Gillette para que no te raspe –me dijo, estaba sudando, nervioso y casi temblaba. Voooy al baño ráaapido y… traigo un recipiente con agua. De seguro va ir a masturbarse, pensé, pero no voy a dejar que malgaste un polvo.

Yo algo molesta cuando se detuvo, porque estaba sintiendo lo más bello, casi llegando al orgasmo. Ya me había metido una toalla en la boca y la mordía.

-¡No hijo, nooo! –le dije, casi regañándolo. No te preocupes. Yo creo que ya casi terminaste. Mejor echame un poco de crema para que no me vaya a arder. Untámela bien, sin miseria, ¿OK? ¡No quiero andar toda roja después! Pero apúrate hijo, le decía. Estaba sintiendo tan riiiiico.

-¿De veras, mamá? ¿Te gusta? ¿No te molesta? -Hijito. Amor. Acordate dónde me estás tocando, hijito. Cualquier mujer se pone nerviosa y excitada al sentir las manos de un hombre por ese lugar, papito. Pero no te preocupes, hacé lo que tenés que hacer para dejarme bien rasuradita, ¿OK? Si doy gemidos no es porque me lastimas, sino de gusto, papito. Ya te dije estamos solos, no hay prisa y nos tenemos confianza. Lo que aquí se habla y se hace, aquí se queda, ¿OK amor? Te he puesto todo a tu disposición. Lo que quiero es que me depiles bien. ¡Dale con confianza! No tengas miedo, papito.

Yo continuaba con la toalla encima de mi cara, pero podía verlo y observarlo, mis piernas flexionadas sobre la cama. Mi hijo arrodillado escuchándome. Viéndome, deseándome meter su verga, pero no se animaba a dar el gran paso.

-¡OK, sí, sí está bien, ya sé, ya sé mamá! -me dijo, con más aplomo. Y comenzó a sacarme la tanga de en medio de mis nalgotas y con mucho esfuerzo comenzó a bajármela, solo de una pierna.

Yo instintivamente me tapé con las manos. No sabía lo que iba a hacer. -Tengo que revisarte abajo, por las nalgas, que tampoco queden vellos atrás –me explicó. –Flexioná bien las piernas o date vuelta –me dijo. ¿Sabés qué? Mejor date vuelta, así voy a ver mejor –me dijo, mientras me agarraba las nalgas para ponerme en cuatro patas.

-Así me gusta papito. Eso es lo que quiero, hijo. Haceme lo que vos quieras. Así me gusta, hijo. Dígame lo que quiera que yo haga, papito. No tenga pena. Ahora usted manda, usted manda hijo -le enfaticé tratando que diera el siguiente paso.

Ya se imaginan: puse todo el culo en pompa a su completa disposición. Cualquiera de mis hoyos estaba para que él los tomara.

-Gracias, mami. Sí así –me respondió. ¡Aaaasíiií mami, aaaassíii! -me repetía con voz entrecortada. ¡Escuché un suave wuauu! Cuando me di vuelta, ¡ahaa… assssí quédate mamá! Aaaah, qué bien –pensé- al fin tomó control de la situación -me dije y comenzó a abrirme más las piernas. Yo estaba en cuatro patas, con todo mi culote y vulva al aire. El estaba parado en el suelo. De repente, me jaló para acercarme a la orilla de la cama.

-Dejame ver aquí, ¿OK?-me dijo. Tengo que ver bien aquí –me dijo mientras con una mano me agarraba un cachete del culo y con la otra me tocaba los labios de la vulva. -Dale, dale amorcito. No me pidas permiso hijito. Tócame sin pena y hacé conmigo lo que quieras. Hacelo con confianza papito, no tengas miedo, ni tengas pena papito-le dije casi regañándolo por ser tan lento o respetuoso con su madre. Yo ya no aguantaba. -Untame esa crema con lo que quieras mi amor, pero hacelo ¡YA! No me voy a molestar hijo, dale, daaale mi amoooooor –le dije yo casi rogándolo.

De repente, solo escuché como un quejidito de su parte y un -¡aaaaay mami! ¡Pero que riiiico! ¡Qué buena estás! Pero con voz suave, casi murmullo- y comencé a sentir su lengua por mis nalgas, me daba besos y me pasaba la lengua en los cachetes y ya con ambas manos me apretaba las nalgotas y me metía lengua en la vulva y el esfínter. ¡Al fin!-dije. ¡Al fin!-pensaba. Y comencé a saborear lo que mi hijo me hacía, gemía sin pena y le animaba a que continuara: -¡Uuummm! ¡Aaaaay! Dale papito, dale hijo, hacéme, hacéme, no tengas pena mi amor, soy toda suya, hijo, hágale rico a su mami, mi cosita rica, dame hijo, dame, dese gusto con su mami, papito-le animaba.

Erick solo decía – ¡Uuummm, mamita, qué rico! ¡Ay, mami qué rico! ¡Mami qué riiico! Y seguía ocupado mamándome, saboreando mis fluidos.

Me quitó la tanga y me dio vuelta para estar frente a frente. Nos quedamos viendo un segundo. Quizás solo para reconocer lo que estábamos haciendo. Para reconocer que somos madre e hijo. Y quizás para decirme con los ojos que iba a proceder a hacerme el amor. Que momento más memorable. Hasta hoy me mojo de acordarme cuando nos vimos fijamente a los ojos. Duró medio segundo, pero para mí fue la eternidad. Ese amor de madre a hijo se estaba consumando. Erick ya estaba con la verga fuera. Le eché una mirada rápida a su verga, una verga preciosa: de buen tamaño, cabezona, estaba roja y húmeda. Me volví a recostar en la cama, invitándolo a que me penetrara, tomándolo de las manos por un momento.

-Sí papito, hágame rico hijito, no se preocupe. Todo esto es suyo, hijo. Usted ya es un hombrecito, yo soy su mamita, papito lindo, usted sabe lo que debe hacer-le dije. Así me gusta papito, usted es un hombrecito, haga feliz a su mami, hágame lo que quiera papito –le dije, mientras abría mis piernas.

El me tomó por las piernas, me las besaba, me las apretaba, buscó la entrada a mi gruta y sentí la gloria cuando me penetró. Primero me metió la mitad, como tanteando, como saboreando y después me la dejó ir de un solo. Sentí esa verga caliente dentro de mí, sentí ese pedazo de carne hirviendo en mis entrañas, mi cosita linda –pensaba.

-Aaaaay mami, qué buena sos mami. Te quiero, te quiero mamá –gemía.

-Yo también papacito, ¡qué riiico! Mi amor lindo, mi hijito precioso, siga mi amor, siga cosita, le animaba. Sí mi amor, sí mi amor, sí, sí, yo también lindo, ay papito, yo también te amo, sí, sí, ¡sí mi amor, aaaaay! Sí, sí, sí mi vida, yo también te deseaba, mi amor, sí está bien rico, papito, sí sí así me gusta cosita linda –le respondía, mientras me metía la verga hasta el fondo, me la sacaba y me la volvía a meter bien rico.

Erick no decía nada y comenzó a meter y sacar su verga de mi concha, al ratito dijo: -¡Aaay mami voy a acabar! ¡Maaaamiiiii, me veeeeengo! Y fue una explosión de sus líquidos en la vagina de su madre. Sentí cuando me llenó con ese chorro de semen -Siga, papi. Siga –le decía. No se preocupe. ¡Échele esa lechita rica a su mami! Usted es mi hombrecito, siga papito rico, siga, no tenga pena.

-¡Ooooooh mami, qué rico! ¡Ooooooh mami! Oooooh, aaaaaah, -decía mientras me daba sus últimas culeadas bien sabrosas hasta que terminó.

Sacó la verga de mi vulva, aún palpitante, mojada de semen y mis fluídos.

-¡Aaaay mami! –me dijo y se abalanzó a mí a abrazarme y besarme. Se acostó encima de mí, nos abrazamos, nos besamos, nos tocamos cada parte de nuestros cuerpos, quería morderlos, lo apretaba, me mamaba las tetas, me metía dos dedos en la chocha.

Al momentito la verga ya la tenía parada otra vez y yo se la pajeaba con una mano. Éramos dos amantes por primera vez. Me excitaba cuando lo oía que me decía: ¡aaay mami, mami, qué rico esto! ¡Mami qué buena estás, mamita! ¡Mami que rica sos, mamita! ¡Ummmmm, mamita! ¡Deliciosa! Yo gozaba como condenada a muerte.

Solamente de oírlo que me decía mamita, casi me venía otra vez. Y comenzó a metérmela de regreso. Comenzó a bombearme, me la metía y sacaba, me besaba en la boca, en las piernas, en las orejas, me apretaba las tetas. –Mamita, mamita, qué rico –me decía -ay mami, mamita –me repetía.

Yo gozaba como loca, lo agarraba de la cintura para sentirlo mejor, sintiendo varios orgasmos que duraban un mundo.

-Sos lindo hijito, mi cosita linda –le decía. No te preocupes hijo. Goza mi amor. Disfruta a tu madre, papito. Soy toda tuya mi bebecito precioso. Metémela aquí también mi amor –le dije, mientras me agarraba con ambas manos las nalgas, ofreciéndole mi culo. Sí mi hijito, metémela, metémela, métamela bien cosita –le decía. Métamela allí también, mi amor. Todo esto es suyo, papito –le decía. Hágame rico sin pena, papito.

Me acosté bien y comenzó a maniobrarse la verga para metérmela por el culo. Así papito, así, sí, así, no tenga miedo–le decía y sentí como me penetraba por el culo. Me tenía agarrada de ambos pies, me los besaba, hasta que logró penetrarme por atrás y sentí toda su verga en mis adentros y después no dejaba de meter y sacarme la verga.

Yo con una mano me aplastaba las tetas, me jalaba los pezones y con la otra, le tomé de la mano a Erick y le mostré como masturbarme. –Aaaaay, hijo, sí así papito, sí hijito, yo también, papi, usted también está rico mi amor. No se detenga. Sí mi amor, lo vamos a seguir haciendo, papito rico, no se preocupe, sí así mi amor, siga, siga, sí, sí hijo, sí así, sí así cosota rica, ¡aaaaay, aaaaay, aaaaay papi! Aaaaay papi, queee riiiii…coo –le contestaba.

Tuve un orgasmo bárbaro, sensacional. Al rato terminó con otra eyaculación gigante, dando gritos de ¡maaaaami! ¡Maaaaammi, aaaaay! ¡Ooooohhhhhhhh! ¡Aaaah… mami qué rico mamita! Casi llorando y besándonos en la boca, dándonos una morreada como novios primerizos. ¡Al fin! ¡Al fin! –me decía a mí misma. Qué rico. Ya solo me imaginaba los días y las noches que iba a disfrutar cogiendo con mi hijo. ¡Wuauu! ¡Qué dichosa soy! ¡Tener este ejemplar solo para mí! Y así hemos pasado desde ese día: disfrutando uno del otro, haciendo el amor casi a diario.

Espero que este relato les haya gustado. Y a las mamás que lo leen y quieren acostarse con sus hijos, un consejo: ¡Háganlo! No saben el placer, la experiencia bárbara que tendrán. No hay palabras para describirlo.

P.S. Gracias a un amigo, quien me ha ayudado a escribir estas líneas y su apoyo moral y sexual en mi vida.

Autora: El pie fetichista

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