Sara, una jamaicana de ébano

Comenzó a tener convulsiones seguidas anunciando el orgasmo, me moví para que gozara de el en todo su esplendor mientras decía cariño y amor y no paré hasta que no soltó un profundo suspiro. Entonces agarró mi polla de nuevo y la trabajó como nunca. Consiguió que me corriera, dirigió mi leche hacia sus tetas y su vientre y se la restregó como si fuera una crema corporal.

La empresa me había enviado a Buenos Aires. Decidí dar una vuelta después de cenar. Me acerqué a ver el mausoleo de José San Martín en la Plaza de Mayo y luego entré en un bar cercano a tomar un gin tonic. Tenía todavía el jetlag y me costaba dormir.

Allí estaba Sara, una jamaicana de ébano, casi una diosa. Inconscientemente me puse cerca para disfrutar de ella. Un individuo, al que le estaré eternamente agradecido, la estaba molestando. Me deshice de él y entablé conversación con ella. Hablaba mal castellano así que unas veces en inglés y otras en spainglish nos fuimos entendiendo.

Había ido a Buenos Aires con su hermana a no sé qué asuntos de familia. Casualmente se hospedaba como yo, en el Intercontinental, así que me ofrecí a acompañarla. Sara se debió dar cuenta de mi cara de panoli al admirarla y en un momento se paró delante y me preguntó si me gustaba, yo contesté afirmativamente con la cabeza, porque no podía hablar.

El sueño erótico de toda mi vida era hacer el amor con una negra. En ese momento me dio un beso y me dijo que quería comerme los cojones, en un perfecto castellano con acento inglés.

Aceleramos, llamó a su hermana para decirle que iba a estar en el hotel, pero no en la habitación, para que no se preocupara. Nada más entrar en mi habitación nos besamos con fruición, nos desvestimos y nos fuimos a la ducha. Pude admirar mejor su cuerpo, era una curva tras otra, de mareo.

Nos enjabonamos mutuamente. Comencé a besar su nuca mientras mis manos recorrían toda su anatomía. Ella tampoco se estaba quieta, si mi polla estaba dura, sus pezones apuntaban al techo con intenciones de salir disparados.

Nos enroscamos en un 69, su clítoris sabía a miel y yo soy goloso. Nadie me había chupado la polla como Sara. Subía y bajaba, daba pequeños mordiscos en el escroto, pasaba lentamente su lengua por mi glande haciéndome estremecer.

Yo seguía concentrado es su rosado clítoris. De repente comenzó a tener convulsiones pequeñas y seguidas de mucho flujo anunciando el orgasmo, me moví para que gozara de el en todo su esplendor mientras decía cariño y amor y no paré hasta que no soltó un profundo suspiro. Entonces agarró mi polla de nuevo y la trabajó como nunca. Consiguió que me corriera, dirigió mi leche hacia sus tetas y su vientre y se la restregó como si fuera una crema corporal.

Hicimos un pequeño descanso. Comenzamos al unísono a acariciarnos. Nos volvimos a poner a tono. La puse a cuatro patas y se la introduje. Le acariciaba sus tetas y su espalda. Cabalgamos juntos por la cama, al final explotamos casi a la vez en el segundo orgasmo de la noche.

Nos quedamos quietos. Al cabo de un rato se vistió, quedamos para el día siguiente y se fue a su habitación. El otro día es una nueva historia, porque si Sara era guapa, su hermana Lisa era más.

Autor: elviajero

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