Mi amiga la dentista

Estuvimos un buen rato dándole hasta que ella me avisó que iba a tener un orgasmo que continuase igual. Me cogió la mano derecha y me lo acercó a su chochito. Yo busqué su clítoris pero ella quiso que bajara un poco más lo que interpreté que quería un dedo por la vagina. En ese momento de doble penetración noté un calor en la palma de mano…Perdóname, pero me estoy meando de gusto.

Esta semana me dolió la muela de juicio y recordé que mi dentista me aconsejó quitármela. Pero como a todos, no es un tema nos entusiasme mucho lo fui posponiendo. La dentista  en cuestión  es amiga de mi mujer y mía, y además de ser un encanto de mujer,  está buenísima.

La cosa es que me presenté en la consulta para que me mirase la muela. Me dijo que debía sacármela pero mejor otro día. Me dio las instrucciones para ese día y cuando le dije que me cobrara, pues ya no me cubría la mutua, se negó. Yo le insistí pero ella no cedió. Yo bromeando le dije que entonces debería pagarle en especies. No sé, te cambio alguna bombilla, te pinto la casa, te hago un masaje, – Ummm, no sé, no sé, eso estaría bien, si no fuera porque a tu mujer no le gustaría. Me dijo. -Si, si, además ya le hace poca gracia que venga solo. -¿Por qué..? – ..Mira, cosas de ella.

La verdad es que cuando íbamos los dos, siempre hablaba conmigo más que con ella. A veces llegaba el punto que parecía que flirteábamos. Yo me puse un poco nervioso, pues soy muy tímido y quise cambiar de tema. Le pregunté por su hermana que se casó el año pasado y recordé la fiesta que hicimos en su casa para despedir la soltería de su hermana. Estuvo muy divertida, además tuvo su punto picante, le dije. Me sorprendió mucho que en los juegos que preparaste siempre sacaras temas de tangas, posturas y chochitos depilados. No me imaginaba que fueras tan picante. Ella se rió y me dijo que un poco. Que suerte, yo también lo soy pero mi mujer no me sigue. La verdad es que yo había fantaseado mucho con ella y tenía mucha curiosidad por saber hasta dónde podría llegar con el tema sin que se molestara. Así que me lancé. -Paula, ¿te puedo hacer una pregunta? –  Si claro – ¿Tú, como lo llevas? – ¿Qué?, me dijo con cara de espanto. -Ya sé que es muy atrevido, pero llevo tiempo preguntando me como lo llevas, si depilado totalmente o te dejas algo de vello…

Ella todavía colorada de la vergüenza, me confesó que lo tenía sin un solo pelito. – Que suerte debe tener tu chico. – Bueno, no tengo en estos momentos. – Pues que coqueta  que eres entonces. Yo todavía no he podido convencer a mi mujer para que se lo haga y mira que me hace mucha ilusión. Pero creo que excepto en pelis o por internet, no voy a tener la oportunidad de ver uno así. – Seguro que si que la tienes, me dijo queriéndome consolar.

– Sabes, de vez en cuando a mí también me gusta arreglarme esa zona. – Ella se rió en parte por la conversación surrealista entre una dentista y su paciente. -Paula, puede que me mandes al carajo, pero me encantaría que me lo enseñarás – le solté así, de golpe. – Pero tú estás loco, y si se entera tú mujer, nos metemos en un lío tremendo. – Tienes razón, pero yo no se lo diría a nadie, si tú no lo haces no habrá ningún problema, en la consulta no hay nadie, con no abrir y no coger el teléfono nadie molestaría. Ni hablar, me soltó. – Mira, te encuentro muy atractiva, y puede que sea la única oportunidad para ver una rajita así. Además, solo será mirar, y si quieres te bajas los pantalones y sin quitarte las braguitas te bajas la goma  y así me lo muestras. -Mira Javi, es una locura pero te lo voy a enseñar un momento para que te quedes tranquilo. Pasa nuevamente a la consulta que voy a cerrar la puerta no vayamos a tener un susto.

Me fui hacia dentro. Mi corazón iba a mil. Entró detrás de mí se desabrochó la bata blanca, se bajó los pantalones y me recordó que solo mirar. Bajó la goma de la braguita justo hasta donde empezaba su rajita, y la volvió a subir. Yo apenas pude verla. – ¡Ya esta! Dijo. – Por favor Paula, sabes que apenas he podido ver nada. – Perdona, estoy muy nerviosa y un poco excitada.

– Venga relájate, no pasa nada.- Esta vez se bajó un poco más, y yo le ayudé cogiéndole de las manos para que las braguitas, que eran rosas, pequeñas y muy sencillas, bajaran por debajo de sus muslos. -Es un chochito precioso. ¿Quien lo disfrutará?, dije.- ¿Es qué no lo estás disfrutando?, me preguntó. – Sí, pero me refería a algo más, ya sabes. – Pues venga, dejémoslo ya que te vas a poner muy malo. – Espera, espera, le supliqué. Ya que estamos en este punto déjame pasar un par de dedos por tu pubis y tus labios para sentir lo suavecito que se ve. – Te estás pasando, quedamos que solo mirar. – Sí, tienes razón, pero tampoco es tan grave…  pero si te vas a sentir mal lo dejamos pero si tú también lo deseas  déjame tocarte. – Está bien, pero nos estamos pasando.

Yo no contesté, simplemente deslicé la punta de mis dedos por su inexistente triángulo púbico. En ese momento mi miembro que estaba bastante hinchado se puso como una piedra hasta el punto de estar incómodo. Seguí acariciándola y sin perder el contacto fui a buscar sus labios. Ahí noté que ella ya no dijo nada y se dejaba hacer. No sabía si pasar un dedo por la rajita para no romper aquel momento. Lo que sí hice fue inclinar mi cabeza hacia adelante y aproximarme un poco al juguetito. En ese momento yo estaba sentado en el asiento del paciente y ella de pie justo en frente. -¿Qué haces me preguntó?  -Quería saber cómo es tu aroma. -Pues a que quieres que huela… además con lo caliente que está… Justo en ese momento se quedó callada, roja como un tomate pues reconocía que estaba disfrutando también con aquella situación.

Le cogí de las manos, se las besé y le dije, -Mira Paula, yo estoy disfrutando mucho y me gustaría que tú estuvieras disfrutando igual que yo. -Si yo también lo estoy pasando bien, me contestó. -Pues mirá, para acabar si no te importa me acercaré para olerte el conejito y  te daré unos besitos de despedida. Ella no dijo nada por lo que entendí que aceptaba. Así lo hice. Mientras disfrutaba de su olor le di el primer besito  y fui dando un rodeo hasta poner mis labios en la rajita. Entonces noté como ella ponía sus manos en mi pelo y me acariciaba la cabeza despeinándome. Eso lo entendí como una rendición y aproveché para sacar mi lengua y repasar el interior de su coñito de abajo hacia arriba. Al no esperarlo, como un acto reflejo, hizo que se separara de mí y que sus rodillas se doblasen al sentir la punta de mi lengua contactar con su clítoris.

-¿Qué haces? me dijo con un tono rozando el enfado. -Perdona Paula, siento haber abusado de la confianza,  pero he disfrutado con la vista, el tacto y el olfato, y si te hubiese pedido permiso no sé si me hubieses dejado. -Pues igual sí, me dijo bastante enfadada, pero ahora no. No te conformas con nada. Recuerda que todo empezó con vérmelo y mira a donde hemos llegado.

Paula, era unos siete menor que yo pero en ese momento parecía al revés. -Además ya veo por dónde vas, después de saborear mi conejo faltará el quinto sentido, el oído. ¿Este como lo experimentarás? -Muy fácil, le dije, si me dejas comerte el coño y consigo que goces me será suficiente con oír como gimes. -Eres un cabrón, me has embaucado poco a poco. -Pero no me digas que lo estás pasando mal, pregunté. – Mira, estoy tan caliente que espero  que no me dejes así ahora, así que  comételo y no pares hasta que te lo diga o caiga muerta.  Le hice quitarse toda la ropa y se puso nuevamente la bata blanca pero desabrochada. Se tumbó en el sillón y yo en su butaca con ruedas y nos intercambiamos los papeles. Yo sería el médico y ella la paciente. Se tumbó, se abrió de piernas todo lo que pudo y empecé a trabajárselo todo lo bien que supe.  Primero gemía y yo estaba que iba a reventar. Quise meterle un dedo pero me lo impidió.

Cuando llevaba un buen rato, y esperaba que se corriese en cualquier momento una alarma sonó a mi lado. Era el móvil de Paula en el bolsillo de su bata, una llamada. Le dije que no lo cogiera. Pero miró, era su hermana. Después le llamo. Yo cambié de opinión, cógeselo, que es muy morboso que hables mientras te lo estoy comiendo. Me dijo que parase un poco y descolgó. Yo no puede parar y mientras que hablaban de tonterías yo volví a la faena. Conseguí que se le escapase un pequeño gemido y tuvo que mentir. Dijo que estaba abriendo un video muy gracioso por internet y se le escapó la risa. Seguidamente me lanzó una mirada basilística y que hizo recapacitar y no seguir jugándomela. Entonces aproveché para sacarme mi pieza y para seguir con la broma y tentar a la suerte di la vuelta y le puse mi tronquito cerca de la boca para ver que hacía.

Lo agarró y para mi sorpresa mientras que su hermana hablaba ella me lo lamía y se lo metía en la boca sin acabar de cerrarla simulando una mamada. Al poco se despidieron y eso evitó que me corriese. – Cariño, esto hay que acabarlo ya, otro día hacemos más cositas. Yo me quedé blanco. No contaba con repetirlo. – Ahora sí que quiero que me metas dos deditos mientras me chupas la pepita. Así lo hice, me pedía más fuerte y más rápido y en dos minutos noté como sus piernas en alto dieron un espasmo y temblaron. – Estoy destrozada, no había experimentado nunca nada igual. Yo estaba muy satisfecho acariciando mi tranca. – ¿Y ahora que quieres?, me preguntó. – Que no seas tú quien me dejes a medias. – Si quieres voy a por un condón a la farmacia de enfrente. – No, no quiero que salgas todavía. – Pues, no sé Paula, chúpamela hazme una paja, lo que quieras, pero me hagas salir empalmado. Ella echó una risita y me dijo, – Tranquilo tonto, mi rajita está tan agradecida que vas a poder correrte dentro de ella. No te preocupes porque estoy tomando pastillas para un problema con la piel. Se levantó de la camilla, y se dirigió a mí y me propinó un morreo espectacular.

Se dio la vuelta, apoyó una rodilla sobre la camilla se subió la bata e inclinándose hacia adelante con el culo en pompa me dijo. – Ahora me vas a follar salvajemente. – Tranquila que con esta posición no aguanto mucho. – Lo sé me dijo ella con un tono de superioridad. Se la clavé y empecé a bombear despacio. Era espectacular la visión del agujerito de su culito. Le pregunté que si se lo habían estrenado. Mi contestó que solo una vez y que le  gustó pero el tío la tenía muy gorda y vio las estrellas. – Ahora ya pasado tiempo y tengo ganas de probarlo otra vez si puede ser con una no tan grande, así como la tuya. Te gustaría. – Nunca lo he hecho y me volvería loco. – Vale, pero si no te importa lo haremos en mi casa, en la cama que es más cómodo. – Cómo quieras.

Por segunda vez daba a entender que esto lo repetiríamos y yo no lo tenía tan claro. – Venga- me dijo- dejémonos de palabrerías y fóllame fuerte, como una perra, hazme daño. Entre las palabras, los gemidos que empezaban a ser gritos, la postura, y el rato de que llevábamos no pude aguantar más de cinco minutos. Rápidamente me dio otro beso, me obligó a vestirme deprisa y me echó de la consulta mientras que ella medio desnuda con mi semen resbalando por sus piernas me decía que me esperaba mañana para sacarme la muela.

Ya en la puerta, antes de abrirla para salir nos volvimos a dar un beso de campeonato. Mis manos recorrían todo su cuerpo y se recreaban en sus pequeños senos y en el culito que un día sería mío. En ese momento sonó un móvil. Era el mío, mi mujer que llegaría tarde. Me ofrecí para ir a buscarla. Totalmente confundido no relacionaba la maldad que acababa de cometer con mi ofrecimiento.

Ella me dijo que sí, pero que más tarde, que ya me avisaría. Mientras Paula aprovechó la oportunidad para devolverme la jugada que le había hecho antes mientras hablaba con su hermana. Se levantó la bata y acercó su trasero a mi bragueta y comenzó a hacer movimientos sensuales en círculo. Pasé mi mano libre por su vientre y fui bajando hasta dar con el inicio de la rajita.

Por un momento había olvidado la depilación y eso me hizo reaccionar con otro intento de erección. Mientras mi mano aplicaba un masaje a aquel conejo insaciable mi mente no sabía como cortar con la conversación telefónica que hacía rato que había perdido el hilo. Cuando colgué le recriminé que había sido muy mala. – Te lo debía, me dijo riéndose.  – Ah, por un momento pensé que querías adelantar tu sesión de sexo anal. – Si no fuera porque mis piernas no pueden y que seguro que tú tampoco…

– Oye, ¿quien ha dicho que yo no puedo? Además, cuando lo tengas dilatado yo ya me habré recuperado. Se lanzó a mi cuello y nuevamente me besó metiendo su lengua hasta la campanilla de mi garganta. – Vamos para adentro que en el botiquín tengo una cremita que servirá de lubricante, me ordenó.

La Paula que ahora se paseaba desnuda por la consulta no era la misma que una hora antes me había revisado la muela. Aprovechaba cualquier oportunidad para besarme. Me pidió que me quitara toda la ropa y mirándome con cara de niña caprichosa me pidió un último deseo:

– Quiero que me beses el culito. – ¡Que! – Quiero que me pases la lengua y me des gustito – Lo siento pero no veo capaz. –Pero yo sí que quiero.  Tranquilo me he pasado una toallita húmeda, lo tienes limpito para ti.

No tuve otra opción y rápidamente yo también empecé a disfrutar de aquello hasta el punto que se me puso nuevamente la poya como una piedra. Después le metí un dedo y después dos tal y como ella me dirigía para finalmente avisarme que se acabaron los juegos y que quería empezar la guerra. Estábamos de pie apoyados en un pequeño mostrador llenos de instrumental y medicamentos. Estuvimos un buen rato dándole hasta que ella me avisó que iba a tener un orgasmo que continuase igual. Me cogió la mano derecha y me lo acercó a su chochito. Yo busqué su clítoris pero ella quiso que bajara un poco más lo que interpreté que quería un dedo por la vagina. En ese momento de doble penetración noté un calor en la palma de mano.

– Perdóname, pero me estoy meando de gusto. Soy una guarra, perdóname. – Cariño, no te preocupes, le dije para consolarla mientras notaba el pipi caliente que caía por nuestras piernas. – Sigue por favor, córrete dentro de mí, me pidió.

Cuando acabamos nos limpiamos nos vestimos y me fui. La despedida fue más tranquila. Estábamos exhaustos. Salí y me metí en el coche. No podía conducir. Me quedé unos minutos en trance. Pensado en la situación que se me presentaba. En mi mujer. En lo que había pasado en la consulta. Un golpe sonó en el cristal de lateral. Miré y era Paula. Bajé la ventanilla y ella metió la cabeza para volver a meter su lengua en mi boca.  Después se fue, no sin antes decirme: mañana te llamo y no se te ocurra no cogerme la llamada. Ahora eres mío.

Autor: Emile Zola

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