La infidelidad de mi mujer lo cambió todo

Su amante comenzó a lamerle el coño, mientras ella me regalaba una de las mamadas más maravillosas de toda mi vida. Ella haciéndome el mejor trabajo de su vida, mientras yo contemplaba al todavía para mí desconocido, comiéndole el coñito. Todo aquello había descolocado sin duda a Ana, pero la había puesto tan caliente, que la oía gemir ahogadamente como una loca. Y se corrió.

Desde hace años mi mujer (a quien llamaré Ana), y yo venimos fantaseando con tener sexo con otras personas. Pero siempre ha sido eso: un juego excitante de fantasías. Cuando estamos calientes, mientras lo estamos haciendo, soñamos despiertos con vernos en medio de tríos, intercambios de parejas o incluso, una pequeña orgía.

Pero hasta el momento siempre han sido fantasías inocentes. Sin llegarnos realmente a plantear hacer algo así. Aunque esta pasada primavera, a mediados de junio, todo cambió repentinamente. Tengo tan vivo el recuerdo como si hubiera sucedido ayer. Era un jueves. Uno de los realmente primeros calurosos días del pasado junio. Mi mujer estaba trabajando. Yo había pedido unos días porque tenía un familiar hospitalizado. Por lo que me pasaba todo el día en el hospital. Desde la mañana hasta altas horas de la noche.

Aquel jueves, sobre las 10 de la mañana recibí una llamada de Miguel. Miguel es un vecino que vive en un pueblecito de la sierra norte de Madrid, donde tenemos una casita de descanso para pasar algunos fines de semana. Miguel me dijo que había un coche que él no conocía en la puerta de nuestra casita. Y que había varias persianas subidas. Y que cuando él había llamado a la puerta, no le habían abierto. Todo esto le parecía tan extraño, que no sabía si llamar a la policía o a mí. Le tranquilicé y salí disparado del hospital.

Intenté llamar a Ana. Pero me daba móvil apagado o fuera de cobertura. Por lo que me di cierta prisa y llegué en una hora aproximadamente. En el trayecto no sabía si llamar a la policía, o qué hacer realmente.

Vi el coche parado en la puerta. No lo conocía. Vi dos persianas levantadas. Miré bien todas la ventanas. Miré la cerradura. No había nada forzado. Nada roto. Por lo que me tranquilicé; pues en apariencia, no se trataba de ladrones. Pero entonces, ¿qué estaba sucediendo? Nervioso. Tal vez también con un pequeño temblor de miedo. Me decidí. Con cautela y sigilo metí mi llave y abrí la puerta. La abrí muy despacio. Por suerte no hizo ningún ruido. Me descalcé. Caminé de puntillas, en silencio, conteniendo la respiración.

Nada en la cocina. En el salón un bolso de mujer negro. Lo miré más de dos veces antes de acercarme a él. No había duda: era el bolso de mi mujer. Pero, ¿qué hacía allí? Mil ideas se pasaron por mi mente. Y de todas ellas la que más se repitió fue la de pillarla con otro hombre. Salí del salón. Caminé por el largo pasillo que conducía a las habitaciones y al jardín trasero de la casa. A mitad de camino comencé a escuchar unos ruiditos muy familiares. Eran los gemidos, los grititos de Ana. Me detuve. Intenté cerciorarme de lo que escuchaba. No había duda. Era Ana y lo estaba pasando muy bien. Pero que muy bien a juzgar por el aumento del tono de sus gritos. Y no estaba sola. Se oía una voz masculina.

Me enfadé. Me cegué de celos. Pensé en entrar de golpe a la habitación, tal y como me sentía, lleno de cólera. Pero intenté serenarme. La puerta del dormitorio estaba abierta. Pasé de puntillas y me metí enfrente, en un baño. Me senté en la taza. Desde allí contemplé todo. Estaban tan metidos en lo que estaban haciendo que no se dieron cuenta de mi presencia.

Allí, observando como mi mujer me era infiel, un mundo de sentimientos recorrió mi cuerpo. Pasé del enfado mayor de mi vida a sentirme como un cornudo apaleado sumisamente. Pasé de sentirme el hombre más celoso del mundo, a aceptar que era una escena altamente sensual. Mi mujer, a la que apenas podía ver, estaba a gatas en el suelo, con la cabeza apoyada en la cama. Un hombre de anchas espaldas y atlético estaba arrodillado detrás de ella, penetrándola mientras le azotaba tímidamente el culo. Comencé a recordar nuestras fantasías. Comencé a recordar nuestros juegos. Sentí una subida del calor. Sentí una excitación mayor de lo que recordaba haber sentido jamás.

Entonces, Ana gateó hasta subirse a la cama. Después se sentó en el borde del lateral derecho según yo miraba. El hombre, quizás un poco más joven que nosotros, se puso en pie y se plantó delante de ella. Ana cogió su polla con una mano y comenzó a lamerla con tanta parsimonia, con tanta habilidad como yo no recordaba. Y me di cuenta que su amante tenía una polla tan grande que llamaba la atención. Ana, al sujetarla con su mano, no era capaz de rodearla, de lo gorda que la tenía.

Durante varios minutos Ana siguió lamiendo lentamente su polla. De arriba hacia abajo. Se detenía en los huevos. Los lamía también. Y volvía hacia ese capullo descomunalmente grande. Entonces se lo metía en la boca. Lo absorbía. Lo devoraba. Mientras su mano acariciaba diestramente los genitales. El desconocido jadeaba con la cabeza hacia atrás y las manos sobre la cabeza de Ana.

De repente, la polla del hombre comenzó a desaparecer dentro de la boca de mi mujer. No desapareció toda. Era demasiado larga. Y poco a poco fue saliendo de su boca como si fuera un número de ilusionismo, con lentitud… Repitió el proceso varias veces más, sin dejar de acariciarle los genitales. Y deteniéndose en lamer lascivamente su capullo cada vez que se lo sacaba de la boca. Después de esto comenzó con mayor rapidez a meterse y sacarse aquella polla de la boca. Cada vez más rápido. Hasta alcanzar un ritmo tan frenético que creí se rompería el cuello.

Al final, él la apartó un poco, y lanzando un prolongado gemido, entrecortado, se agarró la verga y llenó el cuello de mi mujer con su semen. Aún con el semen deslizándose hacia sus pechos, Ana agarró con dulzura su polla aún erecta y se la mamó con la mayor de las delicadezas que cualquiera pudiera imaginarse. No recordaba que Ana me hubiera hecho una mamada tan excitante jamás. O al menos eso me había parecido. Lo cierto era que haber sido un testigo no invitado de tal mamada me había excitado más que nunca en mi vida. En cuanto mi mujer dejó de saborear aquella polla. Que fue cuando comenzó a relajarse y perder su erección. Ella se echó en la cama hacia atrás y le pidió al hombre que le comiera el coño hasta correrse.

El desconocido se arrodilló. Metió su cabeza entre los muslos de Ana. Ella jadeaba. Movía la cabeza con desesperación. La muy… estaba tan caliente como yo. En una de esas ocasiones en que su cabeza se quedó mirando hacia donde yo me encontraba, sus ojos se abrieron y me vio. En un solo movimiento, apartó al hombre de sí, se levantó de la cama y se acercó temblorosa y tapando con las manos sus pechos y coño desnudos hacia la puerta de la habitación.

Yo me acerqué. Nos quedamos los dos en la misma puerta. Apenas a unos centímetros de distancia. Frente a frente. Ana pálida. Temblaba. No le salían las palabras. Detrás de ella, el otro hombre nervioso, intentaba encontrar su ropa. Se cayó al suelo. Y finalmente se sentó en la cama y se cubrió con la colcha.

-Te pu… No sé como… -intentó decir tartamudeando ella. -No te enfades. Deja que se vaya y hablamos a solas –acertó finalmente a decirme sin poder mirarme a los ojos. -Ni estoy enfadado. Ni estoy molesto –dije estúpidamente yo. -Por alguna extraña razón, que no alcanzo a comprender, lo que estoy es altamente excitado –añadí señalando el bulto de mis pantalones.

A mi mujer le cambió la cara. Pareció serenarse. Aunque sus manos aún tenían cierto temblor. La pedí que se sentase junto a su amante en la cama. Les dije que sólo quería respuestas. Sólo eso. Le advertí que quería sinceridad, por duro que pudiera parecer. Pues si alguna posibilidad había de salir airosos de todo aquello, era que yo tuviera la certeza de su sinceridad. Y comencé con mis preguntas:

-¿Cuántas veces habéis hecho esto?

Se miraron. Él hizo un gesto con la cabeza para que ella contestase. -Esta es la tercera vez. -¿Cuándo fue la primera? -En diciembre, tras la comida de navidad. -¿Ha habido otros hombres? -Jamás. –contestó Ana rotunda y rápidamente. -¿Y por qué ha pasado? -No lo sé. –pareció pensar. –Yo nunca había estado con otro hombre que no fueras tú. Y llevamos tiempo fantaseando con hacerlo con otras personas. Y aquella tarde-noche, la fiesta, el alcohol… No sé… Simplemente pasó. -Y te gustó y has repetido.

Ana simplemente asintió bajando la mirada. Un tenso silencio llenó la habitación.

-¿Por qué no me dijiste que eran algo más que fantasías? ¿Por qué no me dijiste que verdaderamente sentías curiosidad por hacerlo con otros hombres? -Porque ni yo misma lo tenía claro. Yo también pensaba que sólo eran eso: fantasías. ¿Por qué no dejas que se vaya él y lo discutimos a solas? -Porque me habéis puesto muy cachondo. Porque estoy muy excitado. Y porque si realmente tienes ganas de salvar nuestro matrimonio, lo haremos a mi manera. Si te parece…

Ana asintió.

-Lo primero, -comencé a decir mientras me desnudaba –quiero que tu amigo continúe comiéndote el coño hasta que te corras. Y mientras él lo hace, quiero que tú me hagas una mamada como se la has hecho a él.

Y lo hicimos. Ana se recostó de lado, con las piernas muy abiertas. Su amante comenzó a lamerle el coño, mientras ella me regalaba una de las mamadas más maravillosas de toda mi vida. Era mucho más excitante que nuestras mejores fantasías. Ella haciéndome posiblemente el mejor trabajo de su vida, mientras yo contemplaba al todavía para mí desconocido, comiéndole el coñito… Todo aquello había descolocado sin duda a Ana. Pero la había puesto tan caliente, que la oía gemir ahogadamente como una loca. Y se corrió. Sin soltar de la mano mi polla, apartó su boca, gimió gritó, su cuerpo se curvó y finalmente cayó casi sin sentido sobre la cama.

Me di cuenta que su amante, al incorporarse, presentaba nuevamente una buena erección. Y sin pensarlo, se me ocurrió, y le pedí que se tumbara en la cama. Y a continuación le pedí a mi mujer que se pusiera encima y le cabalgara un poco. Ana me miró con una pícara y sorprendida sonrisa. Pero no dudó más de dos segundos. Se sentó sobre su polla y dejó que ésta desapareciera toda entera dentro de su coñito. En cuanto la sintió toda dentro, Ana comenzó a deslizarse por ella como el niño que saborea el primer helado del verano. Con delicadeza, disfrutando de  cada milímetro de aquel helado de carne y hueso.

Yo me fui al cuarto de baño. Cogí el bote de aceite corporal. Me eché un poco en las manos. Me puse detrás de mi mujer y lubriqué su estrecho agujerito anal. Ana supuso lo que tenía en mi mente. Por un momento detuvo sus movimientos. Me miró y me dijo:

-No estarás pensando…

Simplemente asentí.

-Sabes que sólo me gusta que me metas un dedo. Que me duele cuando lo has intentado.-Sí. Pero. Ahora mando yo. –contesté.

Me arrodillé detrás de ella. Con las manos separé sus cachetes. Ella se inclinó hacia abajo, pegándose a su amante, totalmente resignada y entregada a su suerte. Con toda la delicadeza de que fui capaz comencé a penetrar su virgen culito. Me costó un poco. Pero el aceite ayudó. Y pasado un primer punto muy estrecho, mi polla pareció ser engullida por su culo. Un grito, más de dolor que otra cosa, salió de la garganta de Ana. Me quedé inmóvil. Los tres parecíamos estar en una foto. Hasta que ella fue la que dejó de lanzar grititos lastimeros. Comenzó a moverse muy despacio. Sus quejidos fueron dando paso a gemidos de placer. Hasta que los sonidos de su boca volvieron a ser los sonidos más dulcemente lascivos y lujuriosos que jamás le he escuchado.

Y en eso, practicando nuestro primer trío, nuestra primera doble penetración, no pude más y llené el culito de Ana con mi semen. Poco después, mientras yo me relajaba, Ana cabalgó a su amigo hasta que volvió a correrse, y mientras ella lo hacía, él la empujó para quitársela de encima, y regó las sábanas con su segunda corrida.

-Ahora, ya sí puede irse –dije, mirándole a él.

En cuanto nos quedamos a solas, Ana comenzó a gimotear. A pedirme perdón. A decirme lo mucho que me quería y lo arrepentida que estaba de todo.

-No quiero tus disculpas. El mal está hecho. Ahora simplemente quiero tragármelo y aprender a vivir con ello. Quiero recuperar la confianza en ti. Y quiero dos cosas más para intentarlo. -¿El qué? -Lo primero: que antes de marcharnos, metidos en la ducha me vuelvas a hacer una mamada como la de antes. -¿Y lo segundo? -Lo segundo: quiero resarcirme de la ofensa de tu infidelidad. -¿Qué? ¿Cómo? -Siéndote infiel. Pero contigo delante. Quiero hacerlo con otra mujer. Pero delante de ti.

Ana, creo que se sorprendió tanto de aquello que no supo qué decir. Aunque finalmente reaccionó y dijo:

-Y la mujer, supongo, que sería Esther, ¿no? -Sí. -Lo podemos pensar y no precipitarnos. No digo que no lo hagamos. Pero deja primero que asimilemos todo esto. Y después lo organizamos –me pidió, ella.

Esther es una vecina que tenemos desde hace más de dos años. Una guapísima morena de 31 años, que lleva separada poco más de un año. Y que en alguna ocasión ha dicho, y muy en serio, que yo le daba tanto morbo, que si algún día Ana la dejaba, no le importaría montárselo conmigo.

Autor: Emilio

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Ana, la mujer de mi amigo

Ana empezó a cabalgar sobre mí. Ese polvo matutino era si cabe el más rico, pues podía tenerla más de cerca, su cuerpo pegado al mío, su piel más suave que la noche anterior, acariciando sus tetas y su espalda, viendo como su preciosa figura se apretaba contra mí y como su coñito se comía mi polla. Ella tuvo un nuevo orgasmo, algo más apagado que la noche anterior.

La mujer de mi mejor amigo es Ana, una chica fantástica en todos los sentidos: guapa, simpática, cariñosa, sincera, inteligente y con un cuerpo divino. ¿Qué puedo decir?, a mí me encanta, no paro de recordar muchas de sus poses, de sus gestos, de sus curvas… Me he matado a pajas siempre pensando en ella. Es mi mujer ideal, lástima que sea la mujer de mi amigo.

Físicamente podría decir que es alta, con el pelo liso de media melena color castaño, ojos verdes, nariz pequeña, labios carnosos no muy grandes, una dentadura perfecta, una piel fina como terciopelo, unas tetas bien puestas, cintura estrecha, culo redondo, piernas largas con buenos muslos… es difícil describir a Ana y expresar lo preciosa que es. Ella es muy elegante y sexy, con unos vaqueros no tiene rival, con faldas está para comérsela, en bikini te desmayas y desnuda…

Vayamos por partes, me llamo Emilio, tengo 29 años, actualmente divorciado, tengo dos hijos guapísimos y siempre he tenido una relación maravillosa desde muy pequeño con mi gran amigo Miki. Siempre hemos ido juntos a todas partes, a la playa, al cine, de paseo, de viaje, hasta en nuestras bodas fuimos padrinos respectivamente uno del otro. Un buen día Miki conoció a una chica, Ana, la primera vez que la vi, supongo que como él, me quedé electrizado. Alta, delgada, guapa y muy sexy, para colmo era simpatiquísima. Miki y yo mantuvimos nuestra amistad a pesar de nuestras parejas y así continuamos durante largo tiempo saliendo los cuatro, incluso después de casados, viajando siempre juntos a todos lados, y saliendo las dos parejas juntas todos los fines de semana.

Yo, naturalmente, con Miki tenía mucha confianza, pero también la empecé a tener con su mujer, que como ya he dicho es muy simpática y muy agradable. Muchas veces bailamos juntos, luchábamos en el agua cuando íbamos a la playa, o la llevaba en mi moto, que le gustaba mucho, era un placer sentir su cuerpo pegado al mío, sus tetas adosadas a mi espalda…, o íbamos de compras ya que el horario de trabajo de Miki no le dejaba acompañarla. La confianza se hizo mutua y nos hicimos muy amigos. Sus movimientos, sus frases, sus gracias, su silueta, me volvían loco, la deseaba por cada cosa que hacía o decía, hasta el punto de que cuando hacía el amor con mi mujer tenía a Ana en mi pensamiento.

Pasados los años, mi mujer y yo, pasando por malos momentos en nuestro matrimonio, supongo que por incompatibilidad o por cualquier otro motivo, acabamos divorciándonos, aunque amistosamente, ya que al fin y al cabo tenemos dos hijos en común. Después de nuestra separación, yo pasé por alguna que otra depresión, pero gracias a mis amigos Miki y Ana, lo superé, y es incluso hoy que no me separo de ellos y seguimos yendo juntos a todos lados. Parecemos el trío La, la, la.

Pasado un año de mi divorcio, es cuando me sucedió algo increíble: Una noche de sábado, como otras muchas veces, Ana y Miki me invitaron a cenar en su casa, aunque esa vez celebrábamos mi cumpleaños. Llegué pronto y ayudé a Ana en la cocina, ya que me gusta cocinar, mientras Miki ponía la mesa en el salón. Después de una charla más o menos poco trascendental, ella me hizo una pregunta algo más directa:

– Oye, ¿te puedo hacer una pregunta íntima? – me dijo. – ¡Claro! – contesté. – No tienes que contestarla si no quieres. – No seas tonta, ya sabes que con vosotros yo no tengo secretos. – ¿Cuánto tiempo hace que no haces el amor?.- preguntó ella.

Aquella pregunta me dejó un poco sorprendido, pero como ya he comentado, tenemos mucha confianza y no me importó responderla, además Ana no se cortaba a la hora de hacer ese tipo de preguntas: – Pues si te digo la verdad ni me acuerdo. Debe hacer más de un año. – le dije.

– ¿Tanto? – Pues sí… – mi respuesta fue un poco de conformidad. Al fin y al cabo en ese tiempo no había conocido a ninguna chica con quien poder intimar. – ¡Vaya, vaya! – respondió irónica. Estarás como un toro. – Sí, sí. Así que ten cuidado, no te descuides, que como te pongas a tiro. – afirmé a modo de broma. – Ja, ja, ja, o sea que si me pillas, me violas…

Yo ya estaba acostumbrado a sus comentarios al respecto, ya que es una tía muy cachonda, que por cierto siempre me pone cachondo. “Si ella supiera…” pensaba para mí. El caso que Ana insistía en hacerme preguntas de ese tipo, que yo en principio interpretaba como normales, pero poco a poco me fui mosqueando con tanta preguntita y tanta risa, pero más adelante entendería el motivo, el caso que yo me estaba poniendo a tope. Ella fue a cambiarse y Miki y yo nos quedamos charlando tomando un vino en el salón, esperándola para cenar. Cuando Ana apareció por la puerta me quedé petrificado. Ella siempre acostumbra a vestir elegante y a mostrar todos sus impresionantes atractivos, pero en ese momento se puso una ropa extremadamente sensual que habitualmente no usa.

Llevaba el pelo recogido con un moño, la boca pintada de rosa fuerte, bastante maquillada, los ojos bien perfilados, un colgante brillante al cuello, varias pulseras, anillos y lo mejor de todo, un mini vestido de lycra de tirantes, color crema, ajustado al máximo a su cuerpo, que mostraba todas sus curvas perfectamente. Un grandioso escote mostraba un canalillo más que deseable, sus pezones se notaban erectos por debajo de la fina tela. El ceñido vestido dejaba entrever la silueta de sus braguitas tipo tanga. Sus esculturales piernas destacaban morenas en contraste con su vestido beige, aquellas hermosas piernas brillaban y ese corto vestido las mostraba por entero. Una pulsera de oro brillaba en su lindo tobillo. Unos zapatos de tacón fino negros remataban una vestimenta más que sensual. Estaba divina.

– ¡Preciosa! , ¿No crees? – dijo su marido señalándome.

Yo me quedé sin habla y así se lo hice entender, también estaba cortado, aunque deseaba devorarla con la mirada. No pude contestar y simplemente afirmé con la cabeza. Ellos se miraban y se reían de mi embarazosa situación. Servimos la cena en una redonda mesa de cristal, que naturalmente permitían ver las hermosas piernas de Ana que estaba situada casi frente a mí. No podía evitar desviar mi mirada, entre bocado y bocado, hacia la escultural figura de esa chica, su cinturita, sus piernas cruzadas, su perfil, su lindo cuello… Sus movimientos me hacían enloquecer, con sus intencionados cruces de piernas, con su inclinación de cabeza ofreciéndome algún condimento para la comida y con esos gestos que te hacen las mujeres y que a nosotros nos vuelven locos.

Mi pene se mantuvo bastante erecto durante toda la velada y era casi imposible, para un ser humano normal, no empalmarse con esa mujer. Aquel vestido la hacía mucho más explosiva. Fue una cena divertida como siempre, charlando de muchos temas y contando algún chiste y las aventuras del pasado. Ya rozando los postres se fue caldeando y los temas se hicieron más picantes.

– ¿Qué es lo que más te gusta de una chica? – se atrevió a preguntar una de las veces la insinuante de Ana. – Su sinceridad, su inteligencia… – respondí yo inocentemente. – ¡Tonto!  Digo de su físico. – me recriminó ella. – Bueno… – dije – … yo lo primero en lo que me fijo es en sus ojos, pero luego los míos se desvían a sus piernas, a su culo, a sus tetas… creo que eso nos pasa a casi todos los hombres.

– ¿Y de mí?, ¿qué es lo que más te gusta de mí? – me cuestionó la muy víbora. – De ti… – dejé una pausa – … ¡me gusta todo!- contesté azorado, aunque sonreí para no darle mayor importancia al asunto. – A mí… – prosiguió Miki – …me gustan los muslos y la entrepierna, es algo que me vuelve loco, después de chequear la cara de una mujer, me fijo en sus piernas y luego voy subiendo a su chochito, como un instinto animal… – Y… ¿a ti de los chicos ? – le pregunté a ella.

– Yo me fijo en los ojos y en las manos, es algo que debe superar mi test de prueba, después ya me fijo en su culo o en su paquete, pero en primer lugar miro a los ojos y las manos, yo creo que es una manía. Sus ojos deben de expresar belleza y sensibilidad y sus manos deben ser tiernas y fuertes a la vez. Yo capto el carácter de una persona con una mirada y un apretón de manos.

Lo cierto es que Ana lo sabía bien pues su profesión de intérprete de francés en muchos congresos le habían convertida en una experta en apretón de manos.

– ¿Y mis manos y mis ojos pasan tu test? – pregunté yo, siguiendo el juego. Los dos se carcajearon mirándose con cierta complicidad.

– ¿Qué pasa? – pregunté. – Nada,… – dijo Miki- … es que precisamente ayer lo comentamos y a Ana le encantan tus ojos y tus manos. Creo que enrojecí.

Bueno, después la conversación se fue caldeando cuando, tras varias risas y comentarios, llegó la hora de contar nuestra primera experiencia sexual y fue Miki el primero en contarla. Ya he dicho que para nosotros eso es normal y nos contamos todo.

– La primera vez… – recordó Miki…- fue un poco precipitada, ya que casi nos pillan, fue con mi vecina de enfrente que tenía por entonces unos 40 años. El caso es que me la encontré en el portal una tórrida mañana de verano con un montón de bolsas de la compra y yo muy cortésmente me ofrecí a ayudarla, ya que en aquel edificio donde vivíamos no había ascensor y vivíamos en un cuarto piso.

La verdad es que aquellas jodidas bolsas pesaban lo suyo. Cuando las metí en la cocina y ya dispuesto a irme a mi casa, me dijo ¿no quieres una Coca-cola?, y siempre recuerdo que ella metía un trozo de limón en la botella, metía una pajita, me la daba y me decía: ¡Su Coca-cola a la americana!

El caso es que acepté el refresco, me senté en la encimera del fregadero, colgándome los pies y la muy bestia se apretó contra mí preguntándome, ¿Nunca te han hecho una mamadita? Me dejó flipado, pero sin darme tiempo a contestar me bajó la cremallera de mi pantalón y sacó mi polla que en su mano fue creciendo más y más. Se agachó y de un bocado se la metió entera en la boca y fue apretando con sus labios y lamiendo con su lengua.

Creo que yo me traspuse pues no recuerdo como reaccioné. Lo que si sé es que sin poderlo remediar y sin casi disfrutar del asunto, me corrí en su cara y ella pareció de estar encantada ya que también tuvo un orgasmo mientras mi miembro soltaba toda la leche del mundo, cayéndole mi semen por las cejas, los párpados, el cuello. Asustado me subí la cremallera y salí corriendo para casa. Esa fue mi primera y acelerada experiencia.

Aquella historia de Miki nos entonó bastante, por lo menos a mí, y fue entonces cuando me tocó a mí seguir el turno de contar la primera historia: – Yo recuerdo la primera vez perfectamente. Tenía unos 18 años y fue con una prima mía de Valencia que vino a pasar el verano a mi casa. Ella se llama Tere y tenía entonces muy bien puestos 20 años.

Mi prima Tere siempre ha sido muy pecaminosa y muy cachonda, le gustaba contarnos chistes verdes, besarse con mi hermano menor y conmigo y que la metieran mano por todos lados, unos años atrás mi hermano y yo habíamos descubierto en la oscuridad de un cine lo que eran unas tetas y un coño, pero la luz del revisor no nos dejó contemplar mucho tiempo. Pero un día de ese verano la cosa fue más allá. Fuimos a la playa mi hermano, ella, otro amigo y yo. Estuvimos jugando y bañando toda la tarde. Tere estaba buenísima con su bañador de colores y sus 20 añitos la hacían muy deseable. Luego nos contó que ya no era virgen y que en Valencia lo había hecho con varios chicos. La muy putilla nos ponía como motos. Luego me dijo que quería dar un paseo por la playa hasta el pinar. ¡Oh si el pinar hablase!. Yo era el mayor y se la veía muy cachonda con ganas de jarana. Llegamos al pinar y detrás de un montecillo me dijo ¿te gustaría tocarme entera sin el bikini? ¿Qué iba a hacer?

No me podía negar y así fue, se quitó el sujetador y sus redonditas tetas, más bien pequeñitas estaban más blancas que el resto de su cuerpo. Sus pezones estaban duros. Se bajó la braga del bikini y su piel también más blanca se resaltaba con los pelitos negros de su coño. Venga tócame. me dijo agarrándome por las manos. Yo no sabía muy bien qué hacer pero gracias a su ayuda fui acariciando sus tetas, su cintura, su espalda, su húmedo chochito. De repente me bajó el bañador y mi polla saltó dura como uno de aquellos pinos que nos rodeaba. ¿Te gustaría metérmela?.

Nada me apetecía más en ese momento que estrenarme en aquel coño. Me tumbó en el suelo, se colocó en cuclillas sobre mí, agarró mi polla la masajeó un poco mientras me sonreía, acercó la punta a su chochito mojado y se sentó sobre mí de golpe. Me hizo daño, pero cuando empezó a botar sobre mí, el gusto que sentí era mejor que cualquiera de las mil pajas que yo me había podido hacer. Sus pequeñas tetas rebotaban a cada impacto, hasta que ella tuvo un orgasmo, levantó su coñito de mi, me agarró la polla que estaba a punto de reventar y empezó a pajearme muy deprisa y me corrí sobre sus muslos , su culo y sus caderas. Me hubiera gustado correrme dentro, pero ella lógicamente no quería riesgos. Nos pusimos los bañadores y regresamos donde los demás. Esa es más o menos mi primera historia.

Fue Ana la siguiente en contar su primera vez y con su habitual sonrisa dijo: – Esa historia que has contado es muy excitante Emilio. Os contaré la mía, aunque Miki ya la sabe: Tenía un compañero de clase que me tenía loca. Recuerdo que aquel día, Víctor, que así se llamaba aquel chico de unos 18 ó 19 años, que era el mayor de la clase pues había repetido 3 veces el curso, era guapillo, un poco pijo y con melena, se quedó castigado en clase de gimnasia y yo aproveché la situación e hice honores para quedarme castigada también. Nuestro amado profesor nos dejó solos dando vueltas por todo el gimnasio y al final le dimos pena y nos levantó el castigo. Víctor se fue a las duchas de chicos y yo a las de las nenas.

Estaba como loca por verle desnudo, ya que vestido me atraía mucho, había visto algún chico desnudo pero a escondidas y de lejos. Me metí sigilosamente en el vestuario de los tíos, donde sólo estaba Víctor. Se oía la ducha, me acerqué y tras una cortina se oía canturrear a Víctor mientras se enjabonaba. Metí mi cara por aquella cortina y me puse a observarle desnudo durante un rato. Estaba como un tren, musculoso, un culo precioso y el agua y el jabón cayéndole por toda la piel. Me decidí a arriesgarme y quitándome el chándal y mi ropa interior, me puse en pelotas y me metí en la ducha con él. ¡Hola! le saludé. Cuando se giró y abrió los ojos no se creía lo que veía, teniéndome desnudita frente a él. Yo no sabía cómo iba a reaccionar. ¿qué haces? me preguntó, pues ayudar a ducharte, le contesté y sin más miramientos le empecé a enjabonar la espalda.

Al principio él se quedaba un poco parado, pero se fue animando poco a poco. Se giró y empezó a enjabonarme por todo mi cuerpo, los hombros, las tetas, la tripita, las piernas, el coño y yo le toqué su miembro duro como una roca, era la primera vez que le tocaba la polla a un chico y empecé a masajearle, cosa que pareció gustarle mucho. Aquel chico se excitó muy rápido y besándome ardientemente, me agarró por la cintura y me hizo brincar sobre él, poniendo mis piernas alrededor de sus caderas. Notaba como su polla golpeaba deseosa en mis muslos y en mi culo. En esa posición intentó colocar su aparato en mi cuevita, pero no podía, la postura, los nervios y el agua cayéndonos encima no era muy cómodo.

Me llevó en brazos hasta uno de los bancos del vestuario y allí me tumbó al borde. Colocó su erguido nabo en mi sexo e intentó penetrarme, pero tampoco lo conseguía, ya que yo era virgo y él estaba demasiado nervioso. ¿Eres virgen? me preguntó muy excitado. Sí, pero haz que deje de serlo, le contesté también muy cachonda. Parece que mis palabras le ayudaron y situándose de nuevo a las puertas de mi sexo, me logró penetrar. Él suspiró y a mí me dolió bastante, ya que no tuvo excesivo cuidado y lo hizo a lo bestia. Apenas llevábamos un minuto en el forcejeo, cuando oímos la voz de nuestro profesor que se acercaba a las duchas y tuvimos que separarnos rápidamente, y yo recogí mi ropa y salí disparada a mi vestuario. No nos pilló por los pelos. Esa fue mi frustrada primera experiencia que por cierto a pesar de haber perdido la virginidad, me dejó con las ganas y él también se quedó puesto.

A mi, la verdad, después de aquella vez tan frustrada, aquel chico dejó de gustarme. En otra ocasión y en un portal pude hacerlo con otro compañero y fue mucho más divertido, entonces aprendí lo que era echar un polvo, pero mi primera vez no me dejó muy buen sabor de boca.

La conversación fue muy entretenida y Ana sirvió el café en el sofá. Primero sirvió a Miki, dándome la espalda y mostrándome de cerca su redondo culo. Su vestido ascendió un poco hacia su culito y pude contemplar todas sus piernas por completo hasta llegar a ver donde los muslos se juntan con las posaderas. ¡Qué vista más hermosa!. Yo notaba como aquellos movimientos eran intencionados. A continuación me sirvió el café a mí, agachándose y enseñándome todo el escote y viendo casi por entero sus tetas, hasta el punto de notar el color encarnado de sus pezones. De buena gana una de mis manos se hubiera lanzado a agarrar uno de sus senos. Para entonces yo me estaba percatando de que todo aquello era una encerrona y que lo estaban preparando contra mí, pero no entendía muy bien el juego.

– ¡Bien! – dijo Miki de repente – creo que es hora de darte tu regalo de cumpleaños. – No tenías que haber comprado nada hombre. contesté yo cortésmente. – No lo hemos comprado, respondió Miki. – Entonces, ¿cuál es el regalo? – pregunté totalmente desconcertado. – Yo. – afirmó Ana. – ¿Qué? – mi pregunta saltó de pronto. Ana se sentó a mi lado y me concretó: – Pues que el regalo no nos ha costado un duro. El regalo soy yo, toda entera para ti, aunque sea por una noche.

Mi cerebro no alcanzaba a digerir aquello. Estuve durante unos segundos en silencio pensando si aquello era una broma o iba completamente en serio y quise salir de dudas:

– ¿Qué broma es ésta? – No. – respondió Miki riendo- Mira te puedo explicar que Ana y yo hemos estado hablando durante estos días y sabemos que no mojas desde hace mucho tiempo, por otro lado ella siempre me ha dicho que tras saber que yo que soy un poco promiscuo, y en mis viajes por ahí, me he acostado con alguna que otra chica, pues que a ella también le apetece probar otro cuerpo y yo egoístamente he preferido que seas tú.

– Esto es una pasada – dije con cierto enfado, ya que como broma era de mal gusto. – No te mosquees – respondió Ana – lo hacemos con todo el cariño. Perdónanos por el atrevimiento.

Yo sé que te gusto mucho, solo hay que ver con qué ojos me miras. Seguro que en más de una ocasión te has masturbado pensando en mí. ¿ no es verdad? – ¿Cómo lo sabes? – pregunté completamente asombrado.

– Tontito – me respondió ella – las mujeres lo sabemos, os brillan los ojos…, además yo también me he masturbado mogollón de veces pensando en ti. Me gustas mucho. Cuando estuvimos hablando Miki y yo, él propuso tu nombre y yo me alegré un montón, pues me apetece muchísimo hacerlo contigo. ¿A ti no te gustaría follarme?

¡Madre mía! pensaba para mí. ¿Me estaba ocurriendo aquello a mí? ¿Era un sueño?, ¿se me había subido el vino a la cabeza y estaba alucinando?, ¿estaba proponiéndome la mujer de mi amigo hacer el amor con ella? ¿Me lo preguntaba tranquilamente delante de su marido?, ¿había oído bien la pregunta?, ¿que si me gustaría follármela? – Sí, claro – dije con cierta timidez – me encantaría, pero…

– ¡No hay peros! – afirmó Miki – Os dejo solos.

Tras decir esto, se levantó, cogió su chaqueta abrió la puerta y salió de casa, cerrándola tras de sí.

– Pero… ¿dónde va? – pregunté a Ana algo aturdido.

Ella me miró a los ojos, me sonrió y dijo: – Pues, él se va a pasar la noche por ahí. Así lo hemos acordado. Hoy le doy libre. Habíamos quedado que yo soy tu regalo de cumpleaños por esta noche y estoy toda entera a tu disposición, además, ¡súper encantada! – Pero… yo no entiendo nada… – me levanté confundido y nervioso.

Me agarró por un brazo, me hizo sentarme de nuevo a su lado, se puso su dedo índice en los labios muy tiernamente y me hizo callar. Mi pene quería salirse de la bragueta de mi pantalón, pero la situación todavía se planteaba muy cortante para mí, aunque algo menos para ella, pues se le notaba mucha excitación. Servimos dos copas de cava.

– Por ti. – dijo ella – ¡Feliz cumpleaños! – Gracias. – no pude decir otra cosa. Yo estaba muy aturdido.

Bebimos aquel trago, seguimos hablando para ir rompiendo el hielo hasta que ella se levantó, hizo un giro y me dijo:

– No me has dicho nada de mi vestidito. – ¡Pues que me encanta! – afirmé. – ¡Gracias! – contestó ella haciendo una especie de reverencia. – Pero, yo no entiendo lo que está pasando Ana, ¿qué es todo esto? – ¿Quieres dejar de hacer preguntas? – saltó ella- déjate llevar y relájate. Por fin vas a poder probarme y hacerme el amor. ¿No es lo que querías?

Ella, sin dejarme contestar se volvió a sentar a mi lado me alargó la mano hasta mi cuello y dulcemente apoyó sus labios en los míos. Todo el vello se me erizó. Su boca se entreabrió invitando a mi lengua a jugar con la suya. Tímidamente introduje mi lengua en su boca para más tarde morrearnos sin ningún pudor. Toda su boca ardía. Fue un beso largo e intenso. Yo le acariciaba la espalda y ella mi nuca. Mi sueño, el sueño de mi vida, se estaba haciendo realidad, más realidad de la que hubiera podido soñar jamás. Me agarró una mano y la colocó sobre una de sus rodillas, que yo al principio acaricié suavemente y luego fui subiendo la mano sobre sus muslos por su parte exterior y luego su parte interior, rozando su entrepierna, después seguí por encima del vestido rozando sus caderas, su cintura y sus pechos.

Ana me soltó tres botones de la camisa y metió sus blancas uñas por mi pecho, rozando mis pelos y acariciando mi torso, después me quitó el resto de los botones y posteriormente la camisa entera. Yo proseguía en mis caricias por sus curvas. ¡Qué hermosa mujer!, seguía rozando sus desnudos hombros, acariciando su cuello, su pelo, su cara… Ella hacía lo propio con mi espalda, todo sin dejar de besarnos con pasión. Nos separamos por un momento como si algo nos hubiera frenado, pues nuestra confianza se había apartado para pasar a intimar de repente. Nos quedamos frente a frente mirándonos por unos segundos y nos sonreímos.

Volvimos a besarnos de nuevo y aquello ayudó más a desinhibirnos, seguimos con nuestras mutuas caricias. Ana se soltó una horquilla del pelo y su moño desapareció en un instante. Puso su boca en mis hombros y empezó a besarme por ellos, por mi cuello, por mis tetillas y con sus habilidosas manos consiguió sin muchos problemas soltarme todos los botones de mi bragueta y soltarme el cinturón. Me quitó un zapato, luego el otro, me agarró los pantalones por debajo de mi culo y tirando de ellos me los sacó enteros.

Me quedé solo con el slip, enormemente abultado. Yo le quité un tirante del vestido, besándole el hombro, luego el otro tirante y fui bajando poco a poco su ajustada prenda, estaba deseoso de ver sus tetas y a medida que iba mostrándome su escote yo me quedaba más alucinado, hasta que su vestido quedó a la altura de la cintura y pude contemplar unas tetas preciosas, con un tamaño ideal y duras como rocas.

Se las acaricié y besé sus encarnados pezones, para luego chupar con mi lengua aquel dulce manjar. Ella seguía besándome en los hombros, hasta que su mano acarició mi polla por encima de los calzoncillos. Pegué un brinco, levanté la vista, me sonrió y siguió con sus caricias. La música acompañaba aquella divertida velada.Mis manos algo temblorosas, se esforzaron por terminar de quitarle el vestido y con su ayuda salió por completo. Sus pequeñísimas braguitas transparentaban su negro vello púbico.

– Tengo ganas de ver cómo la tienes. – me dijo agarrándome con fuerza mi verga.

Se arrodilló en el sofá y tiró del slip quitándomelo por completo. Mi juguetona polla saltó jubilosa.

– Tal como me imaginé… – dijo ella – – ¿Cumple tus expectativas?- pregunté – Sí. – Ahora quiero ver yo tu chochito – le dije.

Tal y como estaba de rodillas no tuve problemas para sacarle las braguitas. Esa impresionante mujer era y es aún más bella desnuda.

– ¡Estas buenísima! – me salió aquella frase como resumen de lo que estaba viendo.

Yo no creía estar viviendo algo real, sus redondas tetas, su cinturita, su fina piel, su coñito con poco pelo, sus preciosas piernas. Me dio la mano y tirando de mí dijo:

– ¡Vamos a la cama!

Y prácticamente corriendo fuimos a su habitación. Su culo temblaba a cada paso que daba y aquel panorama que tenía delante me extasiaba. Llegamos al cuarto, me empujó a la cama y me quedé sentado. Se arrodilló a mis pies y empezó a menearme el pene con mucha ternura.

– Si supieras las ganas que tenía de tocarte y poder hacer esto… – me comentó.

Cómo me gustaba que me dijera aquello y que me masturbara así. Me sonrió, me lanzó un besito y con su lengua, sin dejar de pajearme con la mano, empezó a chupar la base de mi tronco. Mi cuerpo se estremecía. Su mano libre acariciaba mis muslos. Su lengua fue subiendo despacio por todo lo largo de mi polla hasta llegar al prepucio donde saboreó mis jugos con sus ardientes labios, con los dientes apretaba ligeramente todo mi glande como si se lo fuera a comer y yo me estremecía de placer. Apretando fuertemente con sus labios fue introduciéndose en la boca todo mi falo hasta llegar a tocar con la punta su garganta. Entre mis movimientos pélvicos y su experimentada lengua el gusto era mayúsculo y nunca había sentido un gusto semejante.

– ¡Qué rico! – soltó ella en una de las veces que se sacó mi aparato de su boca.

Y siguió en su meneo de meter todo mi miembro en su boca una y otra vez. En un momento le separé la cabeza pues me venía una incontrolable eyaculación.

– ¡Quiero tragármelo todo! – dijo. Y a continuación se dedicó por entero a mi glande y sus labios se apretaban en el perímetro de su base. Sin poderlo remediar, un cosquilleo invadió todo mi cuerpo y un gusto feroz llegó hasta mis genitales, soltando todos mis jugos en su boca en una corrida sin precedentes para mí. La leche iba saliendo a borbotones pero ella no dejó derramar ni una sola gota fuera de su boca, tragándose aquella cálida leche sin dejar de bajar sus labios por todo el falo. ¡ Qué gusto sentía de ver su preciosa cara y mi pene penetrando en su boca!

Me sonrió una vez más y con su lengua acaparó las últimas gotas de semen que le pudieran quedar en la comisura de sus labios.

La levanté por las axilas y la tumbé suavemente en la cama.

– Ahora me toca – dije dispuesto a comérmela entera. Y así lo hice, tumbada como estaba fui besándole por la frente, por la boca, por el cuello, los hombros, los erectos pezones, sus tetas, su cintura, su ombligo, sus muslos, sus caderas, volviendo al interior de sus muslos hasta llegar a su pubis. Le separé bien las piernas y me quedé observando como atontado aquel sexo que tantas veces yo había deseado.

Estaba allí frente a mí, diciéndome que me le comiera entero, aquella mujer entregada totalmente para mí. Ella se acariciaba las tetas y esperaba que yo empezase con la merienda. Primero quise dedicarle unas buenas lamidas a sus depiladas ingles y a sus muslos y en un momento que mi lengua rozó sus labios vaginales, ella soltó un suspiro y me agarró la cabeza.

– ¡Chúpame ya! – me rogó.

Yo quise esperar algo más para que su placer fuese mayúsculo, dándole mayores besos al monte de Venus y siguiendo con mi lengua la unión de sus muslos al tronco. Mi lengua se entretuvo cerca de su ano y ella no paraba de rogarme.

– ¡Por favor, Emilio, cómeme el coño!

A mi aquello me encantaba, verla completamente entregada a mí, rogándome, por lo que hice durar aún más su desesperación, hasta el punto de que cuando mis labios y mi lengua decidieron empezar a explorar su húmedo agujero, en la primera lamida, no pudo contener un largo y profundo orgasmo que la hizo dar un pequeño grito y varios gemidos de placer. Tuvo una buena corrida y yo con sus gemidos de placer tuve una rápida erección que me hizo colocarme sobre ella y pasar mi glande por su vagina ardiente, cosa que le provocó un nuevo orgasmo, sin apenas recuperarse del anterior. De una sola embestida metí mi polla en su dulce coñito. El gusto me hizo agarrarme a la cama pues me impedía mantener el equilibrio y mi falo iba creciendo en cada metida.

Mis huevos chocaban contra su culo y ella se relamía los labios con la lengua. Yo embestía con más fuerza y notaba como las paredes de su coño se apretaban para sentir de lleno todo mi tronco en su interior. A cada acometida en su chochito, todo mi cuerpo se estremecía de gusto. Yo la contemplaba a ella, disfrutando de tenerla debajo, viendo por entero toda su belleza sólo para mí. Observaba cómo entraba dentro de ella y eso me encantaba. Por un momento pensé en mi amigo Miki, pero después ese pensamiento se esfumó. Seguí disfrutando de aquel polvo, de como esa tan deseada mujer gozaba de como me la estaba follando. Su cuerpo desnudo brillaba por el sudor y yo le acariciaba en sus muslos y en su cinturita. Nuestros gemidos se entremezclaban…

– ¡Qué gusto, qué gusto! – decía ella. – ¡Qué polvo más rico, qué bien! – decía yo.

Ana puso sus manos en mi culo y cuando mis embestidas llegaban al fondo, me apretaba fuertemente contra ella para sentir más fuerte la penetración. Los músculos de su rico coñito se apretaban y se comían mi miembro mientras nuestros jugos lubricaban las metidas. El mayor placer me llegó cuando uno de sus dedos me rozó el ano y sus uñas me arañaban por todo el trasero. El gusto me fue subiendo por el culo a través de mi espalda, por mi nuca, hasta llegar a erizar mi cabello.

De pronto, sin apenas poder contenerme, eyaculé como un colegial dentro de aquella preciosa mujer. Mi polla soltaba toda la leche en el interior de Ana y ella lo recibía con gusto, haciéndome sentir todo el placer del mundo. Mi cuerpo suduroso y cansado, al igual que el suyo, cayó sobre el de ella, quedándonos un buen rato así. Ella me separó pues mi peso casi no le dejaba respirar. Todavía sentía por todos mis poros un gusto enorme y ella también.

– ¡Qué preciosa eres! – le alcancé a decir mientras la contemplaba tumbada en la cama, agotada y sudorosa. Se incorporó, me agarró la cabeza y me besó. – ¡Qué bien me has follado! – me susurró al oído.

Encendimos un cigarrillo cada uno y tumbados boca arriba mirando al techo, fumamos casi sin hablar, pues estábamos en plena recuperación. Ella fue la primera en recuperarse y dándome la espalda se sentó sobre mi sexo. Podía observar las espléndidas curvas de Ana, su espalda brillante, su estrecha cintura, su culo redondo y respingón. Comenzó a moverse adelante y atrás, haciendo que los músculos de su pelvis y su trasero despertaran a mi pene.

Éste no tardó en reaccionar y fue creciendo, poco a poco, hasta alcanzar un tamaño más que considerable. No podía creer que después de haberme corrido dos veces como nunca, estaba dispuesto a una tercera embestida. Me agarró la polla, la situó a la entrada de su cueva y otra vez entré en su interior. Ana se colocó casi a gatas y se sentaba literalmente sobre mis huevos. Mi dolorido miembro todavía disfrutaba con un nuevo polvo. Ella no parecía estar completamente satisfecha.

¡Métemela por el culo! – me pidió. – Nunca lo he hecho, no sé… – dije hasta que ella se volvió.

Se agachó de nuevo sobre mi erguida polla y se la metió en la boca de nuevo para lubricarla bien. Puso bastante saliva en la punta. Se giró, poniendo su culo en pompa y yo me arrodillé colocando mi glande en la puerta de su ano. Al principio se resistía a entrar, pero centímetro a centímetro fue introduciéndose. Ella daba grititos y con la cabeza pegada en el colchón, mordía y apretaba las sábanas.

Mi pene logró penetrar por completo y pude sentir un dolor punzante en la punta que fue convirtiéndose en placer a medida que salía y entraba de aquel culito tan lindo, mientras yo le agarraba las posaderas con mis manos. Ella apretó el culo en un momento, concentrándose en las acometidas y con mi mano empecé a sobarle su húmeda rajita, rozando con la punta de mis dedos su clítoris, hasta que irremediablemente se corrió, girando en redondo sus caderas lo que hizo que yo también tuviera un nuevo orgasmo dentro de su culo.

Esa tercera corrida fue también potente y sentía mi miembro escocido y dolorido. Me separé de ella y esta vez nos quedamos un buen rato tumbados boca a abajo. Nunca me había corrido tres veces en tan poco tiempo. Nos quedamos dormidos en esa posición y me desperté cuando Miki entró en la habitación y nos tapó con una sábana. Al ver que me despertaba, en un susurro para no despertar a Ana, me preguntó:

– ¿Qué tal?

Yo estaba algo incómodo, ¿cómo podía decirle a Miki que me había divertido como nunca follándome a su mujer?, aunque él lo organizara todo. Tímidamente le respondí.

– Bien… ¿ qué hora es? – pregunté para evadir la cuestión. – Las 7 y media de la mañana, me voy a la cama del cuarto de arriba, hasta luego.

Olía bastante a alcohol y tras esa frase se marchó. Me quedé mirando a Ana, que estaba acurrucada a mi lado, destapé algo la sábana y estuve observándola un buen rato mientras dormía. Estaba bellísima, allí dormida, desnuda junto a mí. Creo que después de tanto mirarla me quedé otra vez dormido.

Cuando volví a despertarme, Ana estaba a los pies de la cama observándome desnudo sobre las sábanas. Ella permanecía de pie con una rodilla subida en el colchón y una especie de combinación de tirantes encima. Vestida así aún estaba más excitante y apetecible. Se quedó mirando mi erección matutina.

– ¿ Qué tal has dormido ? – me preguntó. – Muy bien, ¿y tú? – Estupendamente. Lo pasamos en grande anoche, ¿ no? – dijo ella. – Como nunca. Acércate, quiero quitarte esa combinación.

Parece mentira, pero aún estaba yo con ganas de seguir tirándomela. Se acercó a mí, le quité los tirantes de su fina prenda y ésta cayó al suelo. Volvió a quedarse en pelotas de pie frente a mí. Me senté al borde la cama y ella pasó sus piernas por encima de mis caderas y abrazados nos besamos, me agarré el pene con una mano y no le costó volver a entrar en su cálido chochito.

Ana empezó a cabalgar sobre mí. Ese polvo matutino era si cabe el más rico, pues podía tenerla más de cerca, su cuerpo pegado al mío, su piel más suave que la noche anterior, acariciando sus tetas y su espalda, viendo como su preciosa figura se apretaba contra mí y como su coñito se comía mi polla. Ella tuvo un nuevo orgasmo, algo más apagado que la noche anterior y yo seguí agarrándola por el culo metiéndome dentro de ella una y otra vez.

– ¡No quiero que esto se acabe nunca! – le repetí una y otra vez sacando todo el jugo a ese último polvo.

Por fin me vino el orgasmo y toda mi leche inundó su interior. Ella me mordisqueó en el cuello lo que hizo hacerme sentir mayor placer.

Nos separamos, nos duchamos juntos acariciándonos de nuevo y metiéndonos mano a base de bien, como si hubiéramos hecho nada en toda la noche y fuimos a desayunar y a comentar la ajetreada faena. La noche mágica acabó ahí. Fue la mejor noche de mi vida, que nunca podré olvidar, ya que disfruté del sexo como nunca hasta entonces con la mujer que más deseaba.

Hoy en día seguimos recordando esa fiesta de cumpleaños tan especial y aún nos hemos hecho mucho más unidos y la confianza de los tres es total. Lo más curioso de todo es que Miki y yo compartimos la misma mujer.

Después de aquella magnífica velada, esporádicamente hemos seguido celebrando estas fiestas Ana y yo, siempre con la aprobación de Miki, que no parece importarle, ya que él se siente más libre, su mujer disfruta y su mejor amigo, o sea yo, también disfruta con su mujer.

Autor: Tartufo

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