Encontrar el momento

Le deseaba, y por aquel entonces me maldecía por ello. Pero le deseaba. Me tenía completamente hechizado y no podía dejar de pensar en él, yen cómo encontrar el momento de acercarme a él y satisfacer esa atracción irresistible que ejercía sobre mí. Después de largos años, tuve al fin la ocasión.

Quizá sea mejor empezar por el principio. Aunque la red me garantiza un anonimato y han pasado muchos años de aquello, me llamaré David, y no revelaré el nombre de la ciudad de la que procedo. Aquel año de 1988 fue especial: el fin de curso en el instituto estaba a la vuelta de la esquina, – a duras penas conseguía a probar las asignaturas del COU pero lo paulatinamente lo fui logrando -, había conocido a mi primera novia y el futuro era tan incierto como excitante. Pero más excitante aún fue mi historia con Francis. Francis siempre fue para todos los efectos un chico estigmatizado en todo el instituto. Era el blanco de muchos insultos y miradas de desprecio y asco. Y es que Francis era un chico a todas luces afeminado. Se notaba su amaneramiento a la legua y desde el primer año de bachillerato hasta la licenciatura jamás lo ocultó. El primer día que lo vi me llamó la atención como a todos. Entre mis compañeros no era extraño oír calificativos como “maricón”, “sarasa”, y otros de ese estilo. A mi edad, y forzado por la dinámica de grupo admito que también participé en tales vejaciones, pero me costaba. Me sentía mal por sentirme parte de esa pandilla tan hostil a los gays. Al mismo tiempo y paradójicamente, todos sentían, y yo me incluyo, una lacerante envidia de él, porque siempre estaba rodeado de chicas y se llevaba genial con todas ellas. Era irritante no saber si realmente era gay y por eso congeniaba tan bien con el otro sexo, o era hetero y tenía una habilidad y labia increíbles, a diferencia de nosotros, muertos de hambre. Era detestado, en definitiva. Sin embargo, yo no le detestaba. Todo lo contrario.

Francis era un chico guapo, francamente muy guapo. Tenía unos ojos azules y una mirada que siempre me recordaba a la de una gacela. Nariz recta, boca bien proporcionada, labios carnosos. Su perfil facial era estilizado. Tanto que de hecho a veces nos preguntábamos si utilizaba máscara facial para definir sus rasgos. Tenía mi misma estatura, aproximadamente un metro ochenta, y era delgado, más que yo entonces, y ya es decir. Ese conjunto de rasgos me fascinó desde el primer día. Y, aunque entonces no lo sabía, le deseaba. Desafortunadamente, dada mi relación con mi grupo de amigos, y mi condición de heterosexual, me sentía confundido. Mi fascinación por él o mi rechazo se desvanecieron con el paso de los años. Tenía mi mente en otro lugar y en otras cosas, amén de intentar acercarme a chicas de mi clase. Finalmente sonó la campana y logré ligar con una chica, irónicamente, de fuera de mi escuela.

Cuando conocí a mi novia, su grupo de amigos, que pasó por fuerza a ser el mío, conocía a su vez a otros amigos que conocían a otros amigos, formándose así un amplio círculo. Entre ellos volví a toparme un fin de semana de verano con Francis. Coincidimos en una discoteca muy popular y entre la música y el jolgorio conocernos de vista desde hacía tiempo propició que acercarnos a saludarnos resultase fácil. Seguía igual.

– Hola, Francis – empecé yo.

– Hola – respondió él con su característico tono jovial y amanerado.

Entonces lo noté, volvió como una repentina avalancha la fascinación, sólo que aún más intensa. Llamadlo como queráis, yo lo llamo flechazo. Ni los demás, ni siquiera mi novia, existían en ese instante. Desde ese momento sólo tenía ojos para él. Las palabras me resultaron fáciles, sin embargo. Sin el menor reparo, me puse a conversar con él como un descosido. Cualquier tema de conversación era bueno para mantenerme ocupado con él. El sonreía, animado, no sé si impulsado por su afable carácter abierto, o por que se alegraba genuinamente de verme. El tiempo pasó sin darme cuenta. Las otras chicas, eternas consortes de Francis, así como la mía, se fueron a la pista a bailar animadamente. Él se fue con ellas y yo, que odio bailar, le seguí con cierta reticencia. Empezó a bailar uniéndose al corro de chicas, y yo le imité. Él reía y tonteaba, y yo me unía a las risas de las chicas, sin saber siquiera cuál era el chiste. No me separaba de él, siempre me mantenía a un metro escaso, y a menudo le miraba a la cara y a los ojos, embelesado. El respondía a mis bromas y gestos exagerados con carcajadas y unos ojos entrecerrados que le conferían un toque casi élfico, por cursi que suene esto.

En un momento dado, esos ojos mágicos se cruzaron con los míos. Algo ocurrió entonces. El flechazo que había sentido antes era patente, innegable, y yo habría jurado que Francis lo había notado. El dejó de sonreír tan abiertamente para enfocarme con intervalos cada vez más cortos, tal vez incomodado. Al poco rato noté que su sonrisa era ahora más suave, y la mía también y que nuestros movimientos de baile se ralentizaban. Entonces tuve la certeza de que sabía lo que sentía por él. Ni la cuadrilla, ni los viejos y homófobos compañeros de curso me importaban. Sólo Francis. Puse mi mano en su hombro y me acerqué a su oído. El corazón me latía a mil por hora y no sé como pude pronunciar las palabras.

– Francis, ¿vienes un momento?

Francis parecía algo perplejo, o quizá incluso chocado. No lo esperaba.

– Sí – repuso, recomponiéndose al momento.

Dije a mi novia que volvería enseguida, sin revelar adónde iba, pero apenas se percató. Yo me abrí paso entre la masa de cuerpos danzantes, con Francis siguiéndome. Hice esfuerzos por seguir caminando y al tiempo buscar un lugar algo menos ruidoso. Finalmente llegué a un lugar discreto junto a una pared y una gruesa columna, cuyo hueco nos brindaba algo de intimidad. Al girarme y comprobar que estábamos relativamente lejos de otros oídos, vi a Francis detenerse a menos de medio metro de mí. Estaba tan nervioso, y lo estoy ahora recordando ese momento, que me temblaba la mandíbula. Él lo vio y mantuvo sus ojos sobre los míos, entrecerrándolos. Yo abrí la boca y el se acercó, ladeando la cabeza para intentar entender lo que dijera en el volumen reinante en la sala de fiestas. Llegado ese momento, no tenía sentido salir con una estúpida excusa para explicarle nuestra ausencia de la pista de baile.

– Francis, estoy enamorado de ti. Tío, estoy colgado por ti, no te lo puedes ni imaginar. – solté de una sola vez. – Tenía que decírtelo.

El volvió a ladear la cabeza y a escasos centímetros nuestros ojos se encontraron para volver a retirar la mirada. El estaba más perplejo aún que antes, casi boquiabierto. Mi osadía me dio alas, y dejé incluso de temblar al instante. Lo había dicho y ahora no tocaba avergonzarme poniendo tierra por medio, sino que opté por mirarle con determinación, aunque por dentro estaba como un flan. Lo que había dicho, lo había dicho con convicción. Francis me miró pero al principio en su rostro no pude descifrar ninguna emoción. Después de titubear unos pocos segundos sonrió a medias, y me miró intensamente. Estaba loco por él, pero ¿lo estaba él por mí?, ¿qué significaba esa mirada?.

– Bueno, tenía que decírtelo – repetí para romper el hielo.

Él asintió y sonrió. Yo también esbocé una sonrisa. Con un gesto le di a entender que deberíamos volver a la pista con los demás. Una vez allí, seguimos bailando, esta vez con más soltura, y yo sonreía. Ya no tenía ninguna pesada losa sobre mí. Francis siguió bailando y tonteando con los demás igual que antes, sólo que esta vez, nuestras miradas se cruzaron con más frecuencia, brevemente, como casualmente. La diferencia clave era que ambos nos habíamos hecho cómplices de algo.

Al despedirnos todos y después de acompañar a mi novia a la su casa, no paraba de darle vueltas a lo sucedido. Quizá ella había notado mi mutismo durante todo el camino, pero Francis y mi revelación ocupaba todos mis pensamientos. ¿Se sentía halagado porque un gay se le había declarado sin él serlo realmente?, ¿o era realmente gay y le había divertido que un hetero le tirase los tejos?. ¿Y qué vendría después?, ¿cual sería su reacción durante los días siguientes cuando nos topáramos en el instituto?, ¿actuaríamos como si tal cosa?, ¿qué pasaría?. Un qué detrás de otro me torturaron durante todo el fin de semana restante. Y otra pregunta que más me ocupaba era ¿cuándo encontraría el momento para averiguarlo?

El lunes siguiente asistimos a clase, las horas y asignaturas pasaron con los últimos repasos para los exámenes, con preguntas de última hora a los profesores sobre la materia que entraría en los exámenes, intercambios de apuntes entre compañeros… Francis ocupó su habitual asiento en un pupitre situado muy por delante del mío, oblicuamente, por lo que solo podía alcanzar a ver su cuello y una oreja. No se volvió hacia mí ni una vez. Por la tarde, después de almorzar, fui a la biblioteca del instituto y me puse a tomar notas de los libros de texto. Me tenía que preparar, claro, pero tomar notas también me ofrecía una buena distracción de mi inquietud y la falta de contacto con Francis. La biblioteca la cerrarían a las siete de la tarde, y dado que era verano y casi las seis y media, estaba solo, bien enfrascado en mi tarea. Estaba tan ensimismado que me sobresalté un poco al percibir un movimiento a mi derecha. Junto a mí estaba él. Se inclinó un poco sobre mí a fin de susurrarme suavemente un “hola”.

– Hola – respondí, sorprendido, asombrado incluso. No lo esperaba. – Me has pillado bien metido en historia. – No sabía cómo seguir. – ¿Vienes también a empollar? – se me ocurrió finalmente.

– No, es que… estaba buscando una ocasión. Sabía que estabas aquí…

Francis se sentó junto a mí con sus piernas ligeramente orientadas hacia mí. No me miraba directamente a la cara, o cuando lo hacía, volvía a desviar sus ojos. Vi que le estaba costando mucho esfuerzo dar el siguiente paso, cualquiera que fuese. Había puesto sus manos en su regazo y se las frotaba algo ansioso. “Qué guapo eres”, pensé, “cómo me gustas”, y también intuí que Francis necesitaba serenidad, ser reconfortado de alguna forma. Extendí mi mano derecha hacia las suyas y la posé en ellas. No hice nada más. Busqué su mirada y al poco alzó su cara, mirándome a los ojos y a escasos veinte centímetros de él. Ese momento me desarmó, me acerqué y posé mis labios en los suyos. Fue un beso breve, muy suave, sin avasallar. Me retiré y vi que sus ojos estaban entrecerrados. Los cerró entonces completamente y fue el quien acercó su cara a la mía. Esta vez el me besó y sentí su templado y delicioso aliento. Fue una sucesión de picos en mi labio superior, después en el inferior, alternativamente. Yo respondía a sus besos de la misma manera. Instintivamente mi lengua parecía querer atreverse a más y tímidamente empezó a lamer ligeramente sus labios. La suya no tardó en hacer lo mismo con los míos. Sus manos empezaron a acariciar la mía y a enlazar sus dedos con los míos. El ritmo de los besos se aceleró, nuestras bocas se abrieron completamente y nuestras lenguas se encontraron, formando parsimoniosamente círculos una al rededor de la otra. Nuestras salivas fluyeron entre nuestras bocas y para mí fue un intercambio muy íntimo y señal suficiente de que no íbamos a parar. Succionábamos nuestras lenguas, los labios, y pasábamos la punta de la lengua por todos los rincones. Estaba caliente como pocas veces en mi vida y un hormigueo entre las piernas dio paso a una erección que se volvía dolorosa. Mis manos empezaron a sobar suavemente sus muslos y las suyas hicieron lo propio. De alguna manera el gesto de uno era un consentimiento para el otro de no parar, imitarnos o llegar a más. Mi mano derecha subió por su espalda y la froté con profusión, acabando por frotar con la yema de mis dedos su suave y delgado cuello, mientras nuestro beso se convertía en un morreo desenfrenado. Jadeábamos y nuestras manos no dejaban de explorar nuestros pechos, barriga, hombros. Acomodándonos en las sillas nos fundimos finalmente en un abrazo que nos dio la ocasión de poder besarnos más cómodamente.

Estuvimos así, no sé, veinte largos minutos, hasta que una puerta se abrió bruscamente al otro lado de la sala y la voz de la bibliotecaria nos anunció que iban a cerrar. Igual de bruscamente nos separamos, sobresaltados, y guardamos una discreta distancia, cada uno mirando un papel delante de si. El torpe disimulo ante alguien que no terminaba de aparecer nos hizo primero sonreír, luego reír por lo bajo, para finalmente desatarnos y reír a carcajadas. Francis estaba colorado, y yo seguramente no menos que él. Cómo me atraía. El se calmó, la risa dejó paso a una sonrisa dulce y franca que yo devolví con ternura.

– ¿Nos vamos? – Dijo.

– Venga – respondí.

Al levantarnos de las sillas nuestras erecciones eran tan marcadas en nuestros pantalones que no pudimos evitar volver a reírnos. Cuando nos dirigíamos hacia la puerta cerrada, Francis me detuvo y me dio un beso en la mejilla.

– No sé qué decir… Yo también te quiero, creo. – y se sonrojó.

Casi diría que sus ojos se humedecieron. Al menos los míos sí lo hicieron de puro alivio, tal vez de emoción, tal vez de alivio por este desenlace feliz, tal vez por todas esas razones juntas. Yo en todo caso no cabía en mí de alegría. Con una mirada cómplice le acaricié su precioso y sedoso cabello, se lo peiné improvisadamente y salimos de la biblioteca. En el patio del instituto, a esa hora ya bastante libre de miradas, le dije que me pondría en contacto con él lo antes posible, buscando el mejor momento para un posterior encuentro.

Las dos semanas de preparación para los exámenes transcurrieron sin que Francis y yo apenas pudiéramos hacer más que decirnos un hola o guiñarnos un ojo al cruzarnos por los pasillos. Tampoco es que tuviéramos mucho tiempo. Los exámenes finales se extendieron hasta finales de julio y nos dejaron a todos exhaustos. Ni siquiera tuvimos margen para un respiro y salir con nuestros amigos o novias antes de que estos se fueran de vacaciones durante el mes de agosto. Que también mi novia se marchara a los pocos días fue, sin embargo, más que conveniente para mí. Supe al fin que Francis se quedaba y el agotamiento mental tras los exámenes dio paso a un estado de expectación y excitación insoportables. Encontrarme de nuevo con él no supuso un gran esfuerzo estratégico porque él mismo buscaba el contacto tanto como yo y me facilitó las cosas. Finalmente un día nos escabullimos en los servicios del instituto. Ese iba a ser el último día de apertura y sólo disponíamos de pocos minutos porque fuera ya le esperaban sus eternas amigas, pero los aprovechamos. Tan pronto como vimos que no había moros en la costa nos lanzamos el uno hacia el otro y nos abrazamos con tal fuerza que su delgada figura casi parecía desaparecer dentro de la mía. Nos besamos con tal violencia que parecíamos devorarnos. Saboreé sus labios y casi tragué su lengua como si de un gran caramelo escurridizo se tratara, y ambos ronroneamos de gusto. Ambos buscamos nuestras caras y besamos mejillas, nariz, cejas, frente, y yo acariciaba esa tez femenina y tersa, su cuello y hundía mis dedos en su cabellera, masajeándole el cuero cabelludo con ternura y dejándole más despeinado que un espantapájaros. Más abajo nuestras pelvis se frotaban cada vez con más frenesí, como en una lambada alocada y nuestras pollas se frotaban sobre la tela del pantalón, ya muy duras y anhelantes. Una vez más un sonido, por suerte lejano, nos sacó de nuestro magreo y abrazos. Jadeantes y con mi polla dolorida por la tensión muscular, me separé de él tomándole por los hombros.

– Dame tu teléfono. Mis padres se irán de vacaciones dentro de unos tres días y tendré el piso libre. – logré decir.

Francis asintió, y trató de recomponerse.

– ¿Lo recordarás? – preguntó entrecortadamente. Asentí, ¿cómo podría olvidarlo?

– Ve tu primero, y trata de poner cara de póker – le dije riendo nerviosamente. El también se rió, me dio un beso rápido y se volvió desapareciendo tras la puerta de los servicios. Yo me apoyé en la pared más cercana, resoplando de excitación. ¡Menudo momento!

Le llamé cuatro días más tarde, cuatro días de impaciencia, excitación y preparativos. Vendría, dijo. Su voz denotaba lo que la mía, unas ganas voraces de reanudar nuestro juego. Quedamos en que llamaría a mi portal a las cuatro de la tarde. No sé qué excusa buscó para ausentarse de casa, porque su familia se quedaba durante el verano en la ciudad, pero vino. Subió hasta el tercer piso y lo vi llegar por la mirilla, buscando la puerta correcta. Antes de que llamara al timbre yo abrí, el entró como una sombra y cerré la puerta sin hacer el menor ruido. En el vestíbulo y en la semi oscuridad nos volvimos el uno al otro, pronunciamos un breve “hola” y yo posé mis manos en sus caderas, poniendo él las suyas en mis hombros y después en mi cuello. Sonriendo nos besamos tiernamente, sin prisas, con los ojos cerrados. El piso era nuestro, el momento era nuestro. Entre aquellas paredes haríamos lo que quisiéramos, seríamos el uno del otro. Lo observé más detenidamente y comprendí porqué me encandilaba. Su belleza se basaba en aquellos rasgos faciales a todas luces femeninos, me tenían cautivado e invitaba a besarlo, como si de una bella modelo se tratara. Era más atractivo que mi novia, tuve que admitir. Su cara no tenía ni un sólo pelo, estaba perfectamente afeitado. Pero lo que me atraía de veras era su fragilidad aparente. Su cuerpo y su cara pedían a gritos ser amados con dulzura. Yo me había esforzado por no frustrar este momento con un cuerpo cuidado. Me había afeitado y él pareció apreciarlo porque empezó a acariciar mi cara con toda su palma, lentamente. Tomé su mano con las mías y la dirigí a mis labios. Empecé a besar cada uno de sus largos dedos de perfecta manicura sin dejar de mirarnos a los ojos. Acto seguido, sin poder esperar un segundo más, nos fundimos en el abrazo que dejamos a medias en los servicios de la escuela, y nuestras pollas se endurecieron al instante. Lo separé de mí, lo tomé de la mano y nos dirigimos impacientes hasta mi dormitorio donde proseguimos el besuqueo.

– ¡Qué ganas tenía! – dije sin resuello. – ¡Cómo te deseo!

– Y yo a ti… – dijo volviendo a mis labios.

Ya no había vuelta atrás, la fase previa ya estaba más que aprobada e íbamos lanzados. Empecé a quitarle su camiseta, dejando al descubierto una piel tan inmaculada y pálida como la de su cara. Era realmente delgado, sus costillas se marcaban y le daban la apariencia de fragilidad que siempre había intuido al ver su rostro. El empezó a hacer lo propio conmigo con una presteza y habilidad inusitadas. Jadeábamos y nuestras manos se empezaron a ocupar de nuestros pantalones. Los desabrochamos y nuestros calzoncillos quedaron al descubierto, conteniendo a duras penas nuestras pollas que formaban sobre la tela un relieve inequívoco. Semi desnudos volvimos al morreo, pero nuestra curiosidad fue mayor, teníamos que ver nuestras armas. Lentamente empecé a bajar el elástico de su calzoncillo al tiempo que me doblaba. Su polla, dura, saltó y cimbreó en el aire ante mi cara. Antes de que me pudiera precipitar con el siguiente paso, Francis se apresuró a imitarme y mi polla quedo libre. Completamente desnudos, nos abrazamos y, besándonos con pasión, frotamos nuestros miembros. Estábamos a mil y nuestro abrazo se transformó en un culebreo incesante de brazos y piernas por nuestros cuerpos. El suyo se notaba muy suave, cálido. Besé su cuello y noté su aliento en mi oreja.

– Cariño… – me susurró. No tuvo que decir más. Le miré a la cara y a sus ojos azules de gacela. Acaricié con mis pulgares sus pómulos, sus labios finos y gruesos. Entrecerrando los párpados abrió súbitamente la boca y dejó que uno de ellos penetrase dentro. Lo lamió como un caramelo sin dejar de mirarme. Como entró, lo volvió a dejar salir y se abrazó a mí con efusión y suspirando. Francis se había transformado en una mujer. La faceta que más me atraía de él, afloró definitivamente. Su abrazo se asemejaba a los que me daba mi novia. Una vez comprendí cuales eran nuestros roles, lo abracé con más fuerza y lo alcé, mientras reía en voz baja. Lo deposité sobre mi cama y yo me tendí junto a él dispuesto para hacerle el amor. Cara a cara seguimos acariciando nuestros rostros y besándonos, cada vez con más pasión. Francis me pidió que bajase a medias la persiana, y yo lo hice. Al volver a la cama la visión del chico tumbado ahí me recordó a la Maja Desnuda de Goya. Adoptó una postura coqueta, y con un gesto de la mano me indicó que volviera con él. El juego de besos siguió. El no quitaba la vista de la mía y parecía subrayar que él era mío, total e incondicionalmente.

Empecé a lamer muy lentamente su cuerpo, empezando por su cuello, sus orejas, su pecho y hombros, sus tenues pezones, formando círculos alrededor, su barriga, su ombligo, dejando una brillante estela de saliva. Finalmente me topé con su polla. Era blanca, brillante, con un glande rosado y palpitante. Mediría lo mismo que la mía, quizá unos dieciséis centímetros. La contemplé apoyando mi cabeza sobre su vientre. Nunca había tomado una polla que no fuera la mía. Decidí simplemente que haría lo mismo que me gustaría que me hicieran o que yo me hacía cuando me masturbaba. Con mi mano izquierda abarqué su escroto y lo amasé con mucha ternura, sintiendo la anatomía interna de sus testículos y cómo se contraían. A continuación besé y lamí tímidamente el glande en la punta. Era mi primera vez y me supo magnífica, salada, era cálida y las rugosidades características eran tenues, dada la erección. Fue una invitación clara y acepté. Empecé a lamerla marcando círculos por el glande y el frenillo, pero apenas me entretuve un minuto o dos en esta tarea, porque su glande invitaba urgentemente a ser devorado. Me lo metí completamente en la boca y lo saboreé, acelerando las lametadas a medida que escuchaba a Francis gemir y ronronear, sentir su mano despeinando mi cabello, contraer ligeramente sus rodillas y levantar ligeramente su pelvis. Dejé su escroto libre para comenzar a masturbarle lentamente al principio, y al poco acrecentando el ritmo. Esta vez me atreví a dejar ceder ese capullo ardiente hasta alcanzar mi garganta. Un conato de arcada me marcó la frontera y mantuve mi mamada al mismo ritmo y a la misma profundidad. Entonces se me pasó por la cabeza que podría correrse de un momento a otro. ¿Qué haría? No había probado el semen jamás, ni siquiera el mío propio. Sin embargo, estaba tan salido y desbocado devorando esa polla de un chico como Francis, entregado a mí incondicionalmente, que irracionalmente llegue a la conclusión de que no podía saber mal, de ningún modo. Todo lo contrario, quería probarle. Aceleré más el ritmo del pajeo y los lametones y me preparé. Francis empezó a retorcerse y estirarse, tensando los músculos, casi dejando escapar un grito que temía se pudiera oír en todo el hueco de la escalera. Sentí que la boca se me llenaba de su semen, poco viscoso, copioso y de un sabor que describiría como neutro, algo amargo quizá, pero que en mi paladar se sentía bien, como una extraña leche condensada. Una vez en mi boca, no sé bien por qué lo hice, quizá por no querer poner nada perdido de semen, su piel, o la cama, decidí tragarlo. Francis gemía y luchaba por recuperar el aliento, mientras se contraían sus piernas hasta casi atraparme la cabeza con ellas y su barriga. Su polla siguió en mi boca y tan solo pude dar dos o tres pasadas de lengua antes de que me pidiera que parara, que no podía más. La dejé en la boca unos segundos y luego me aparté. Francis yacía hora estirándose, hora encorvando su espalda y miembros, pasando sus manos por su pecho y sus ingles, los ojos cerrados.

Me tumbé junto a él y le pasé la mano por el pecho, la cabeza y los hombros. Cuando abrió los ojos, empezó a reír.

– ¿Qué tal estás? – pregunté dejándome contagiar de su risa.

– Bien, muy bien. Ha sido genial. – jadeó. – ¿Te has tragado mi corrida?

– Sí. – El rió más aún. – ¿Puedo besarte? No sé si te gustará el sabor. A mí me gusta. – Río esta vez más bajo y accedió. Nos deleitamos en este beso aún más que con los anteriores. Pasó su lengua por todos los rincones de mi boca, dejando claro que no le importaba lo que encontrara dentro. Al cabo me miró pícaramente.

– Ahora déjame a mí, cariño.

Francis tomó mi polla con su mano derecha y empezó a pajearme, él arrodillado entre mis piernas abiertas. Se notaba que él tampoco estaba muy experimentado en el sexo con otro hombre. No sabía que hacer, deduje, porque empezó a realizar exactamente la misma maniobra que yo, paso por paso. Sentí su suave y humedísima lengua en mi glande y sus manos calientes y cariñosas en mi escroto y mi falo. El se concentró quizá algo más en hacerme un masaje en mi sexo que una masturbación propiamente dicha. Se notaba que quería agradarme porque se tomó más tiempo, y sus ojos lascivos y enamorados me miraban mientras realizaba su tarea. Llegado el momento, tomé su cabeza y la mantuve fija entre mis piernas, sentí que se me vaciaban los pulmones, los músculos se me tensaban y se aflojaban espasmódicamente, y mi polla empezó a disparar semen en su boca. Una, dos, tres, cuatro veces, cada vez una cantidad que estimé de grande. Aflojé mi presión y llevé mis manos a mi cara para tratar de enmudecer mis jadeos, acompañados de auténticos estertores. Francis se detuvo, y aunque tenía mis ojos cerrados, creí que se tomaba tiempo para degustar mi corrida y decidir sobre su destino. Abrí los ojos, lleno de curiosidad expectante y ví que Francis se estaba relamiendo los labios y su garganta se contraía: se la había tragado.

Alcé como pude mis piernas, atrapé su torso con ellas y lo atraje hasta hacerlo caer sobre mi cuerpo. Lo abracé fuertemente como si quisiera darle calor, volví a cerrar los ojos y le acaricié la espalda y apretujé su culo. Se sentía bien sentir el calor que emanaba su piel y mi polla en contacto con su barriga. Su cara yacía sobre mi pecho y simplemente nos relajamos.

– Te quiero – susurró Francis. – Yo, demasiado agotado para hablar, sólo le apreté más.

La habitación se había caldeado aún más por nuestro ajetreo, amén del calor que reinaba fuera. Fuera cual fuera la causa esto hizo que nos durmiéramos abrazados, confiados en que nadie molestaría nuestro momento.

Al despertar, como una hora más tarde, seguimos tumbados en mi cama hasta que a ambos nos entraron ganas de ir al váter. Teníamos tantas ganas que nos levantamos al unísono y casi competimos por quién llegaba antes al baño. Desnudo de espaldas ante mí lo miré entrar en el baño y orinar durante un buen rato. Su figura era a mis ojos simplemente sublime. Hombros ligeramente más anchos que sus caderas, prácticamente lampiño, excepto por debajo de sus rodillas, y un culo delgado, de nalgas estrechas. Su sensual figura hizo que mi deseo se disparara de nuevo. Después de mi turno para orinar fuimos a la cocina para beber. Estábamos deshidratados y abrí la nevera para sacar lo que hubiera dentro, con tal de que estuviera fresco.

– ¿Te apetece leche? – pregunté con una sonrisa pícara. Francis entendió la indirecta enseguida y ambos nos reímos a carcajadas. Nos sentamos a la mesa mientras bebíamos. De cuando en cuando yo extendía mi mano para acariciar su antebrazo y enlazar mi mano con la suya. Sonriendo nos miramos y le lancé un beso al aire.

– Estoy loco por ti. Me enganchaste desde el principio. Siento que los otros te hicieran pasar todo aquello. Lo siento de veras. – Me avergonzaba de verdad, tanto como pocas veces en mi vida. – No podía negar más mis sentimientos. – Concluí.

– Yo noté tu mirada y tu trato conmigo. Tú fuiste siempre muy majo. Gracias.

Tome su rostro con ambas manos y lo besé por toda la cara, y él me correspondió de igual manera hasta que finalmente nos pusimos en pie y seguimos morreándonos en mitad de la cocina.

– Vamos al dormitorio.- Propuse.

Tomados de la cintura volvimos a la cama. Allí seguimos amándonos, el encima de mí, nuestras pollas en estrecho contacto. Las frotábamos y la lujuria volvió a apoderarse de nosotros. De la flacidez a la erección más inconfundible pasamos en medio minuto. Traté de abarcar nuestros miembros con mi mano y como pude empecé a pajearnos, pero era un a postura algo incómoda. Retiré mi mano humedecí mis dedos con mi saliva. Al volver a los penes comencé a lubricar los glandes. Tuve que repetir la acción varias veces hasta recopilar suficiente líquido para poder masturbarnos. Francis se estremeció, se percató de mi propósito y de mi esfuerzo y decidió asistirme con la saliva. Empecé a pajearle y él y el a mí. El ritmo aumentó muy paulatinamente y al final eyaculé sobre mi barriga. Francis, caliente como se debió de poner por mi orgasmo, cerró los ojos y comenzó a salpicarme la barriga e incluso el pecho de su leche. Finalmente volvió a arrojarse sobre mí casi bruscamente. Nuestro esperma se mezclo cobre nuestra piel y producía minúsculas succiones. Tras recuperar el resuello, abrimos los ojos y nos besamos suave y lentamente.

Habíamos hecho el amor dos ves aquel día. Sudorosos y pegajosos por nuestro semen, tomamos una ducha juntos y la tercera vez tuvo lugar entre manos ansiosas que enjabonaban el cuerpo del otro. El agua resbalaba por su cabello y su torso y me deleitaba pasándole las manos por su columna vertebral y su culo. Abrazados y con nuestras pollas de nuevo dispuestas, me atreví a deslizar mi dedo corazón por la raja de su culo. Francis me lo permitió y me lo confirmó con un beso de lengua muy sensual y paciente. Estaba degustando la presión de mi dedo buscando con atención su esfínter. Al localizarlo comencé a masajearlo y el gimió complacido. Notaba que sus labios formaban una sonrisa mientras besaba. Suspiró y yo proseguí. Volvíamos a las andadas y yo así su polla iniciando una paja que el agua y el gel de ducha facilitaban. Me emplacé lateralmente a él y me deleité en su expresión. A los pocos minutos Francis eyaculó una vez más. Menos cantidad, pero el placer que dejó notar era similar al de las dos primeras veces. Sus piernas flaquearon y tuve que sujetarle pensando que se desplomaría. Le abracé y besé cariñosamente en la mejilla.

– ¿Estás bien? – Pregunté algo preocupado.

– Si, cielo. – Sonrió. – Me ha gustado mucho. – Dijo y volvimos a abrazarnos. Estaba tan hecho polvo que decidí secar yo mismo su cuerpo, por todos los rincones. El sonreía, coqueto.

Cuando llegó la hora de que Francis regresara a su casa, me despedí de él con un beso suave en el recibidor.

– Te llamo, ¿vale? La casa estará libre durante diez días hasta que vuelvan mis padres.

– Vale. ¿Mañana?.

– Sí, mañana.

En nuestros ojos leímos un mensaje, una promesa, el anhelo del siguiente momento juntos.

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Pepe, mi vecino peludo II

Me decía que siempre que yo pasaba por su casa lo ponía caliente y que se había masturbado miles de veces pensando en penetrarme, jalarme de los cabellos y hacerme gritar, que se moría de ganas de hacerme suyo y fue que aquel día con su amigo Ricardo que me obligaron a tener sexo con ellos, que se dio cuenta lo mucho que gozó con su verga enterrada en mi culito, y mi cara de dolor y placer que puse al penetrarme profundamente con su gruesos 22 cms.

Era una tarde lluviosa a finales de agosto, el mes más caluroso del año, así que la lluvia nos caía de maravilla, estos días me ponen nostálgico y melancólico pero de un modo extraño y deliciosamente feliz, como recordando un gran amor que nunca tuve y haciendo de mi memoria el huésped perfecto para historias de amor prohibidas.

Tomé el periódico del día anterior y me fijé en una noticia sobre un accidente ocurrido en la madrugada. Inmediatamente se dibujó en mi rostro una mueca de asombro y un frío recorrió toda mi espina dorsal, vi las fotos ¡y era el carro del padre de pe-peludo! ¡No podía creerlo! Era demasiada coincidencia, estaba convenciéndome a mí mismo de que era un error cuando continué leyendo y vi que en negritas venía marcado: José Luis Villegas joven accidentado y muy grave internado en el hospital general.

La sangre se me fue a los pies y los sentía de plomo, no podía moverme y mi respiración se volvió agitada, dentro de la penumbra que en ese momento era mi mente, reaccioné y tomé el auto para el hospital general.

Al llegar el ambiente me abrumó, había unos familiares de Pepe llorando inconsolablemente, sentados en unas bancas afuera del segundo cuarto de traumatología, donde llevan a los pacientes de choques y accidentes, reconocí a su madre y le pregunté que como estaba –mal- me dijo sollozando,

-Charly, (como me dice de cariño la mamá de Pepe) parece ser que el auto que lo chocó comprimió su auto, y el asiento le quebró la espalda además de muchas fracturas en otras partes del cuerpo, ¡los doctores piensan que no volverá a caminar!-

En ese momento mis fuerzas me abandonaron y quise caer al suelo a llorar, pero me contuve, me repuse como pude porque además quería verlo pero me dijeron que en unos minutos más lo llevarían al quirófano a practicarle una seria y complicada operación.

Las horas fueron eternas, y para animarme mientras esperábamos como había salido de la operación, me puse a pensar en Pepe antes del accidente, su cuerpo fuerte y macizo, peludo y lleno de vigor, incluso pasó por mi mente el incidente en donde él y su amigo tuvieron sexo conmigo, a pesar de que no era un buen recuerdo debido a la tristeza que me dio el saber que solo sería sexo con el y nunca amor, incluso ese recuerdo me parecía dulce en estos momentos.

Cuando por fin salió el doctor, solo pude recoger fragmentos de su conversación con sus Padres: múltiples fracturas, futuro incierto…lo siento. A partir de ese momento decidí que siempre estaría con él, aunque el no quisiera, iba a animarlo y ayudarlo en su recuperación, no sabía como pero iba a hacerle sentir mejor.

Pasó una semana y por fin salió de terapia intensiva y pude verlo, estaba acostado en su cama con un aparato que le presionaba la cabeza con unos tornillos y bajaba hasta su cuello, tenia una de esas batas de hospital abiertas en el frente, y su hermoso pecho peludo al descubierto, tenía algunos golpes en la cara, pero aún así me pareció el hombre más guapo de esta tierra. Cuando me vio su expresión cambió de triste a enojado, e inmediatamente le dijo a su madre que no quería verme, yo contrariado no tuve más remedio que salir del cuarto sin siquiera decir un: ¡hola! ¿cómo te sientes?.

Tres días después recibí una llamada telefónica de su madre diciéndome que Pepe se quería disculpar conmigo, que aún no aceptaba su condición y le daba miedo no volver a caminar y por ende estaba frustrado y malhumorado. Un vuelco me dio en el corazón y dejé mi clase para ir a verlo al hospital. Esta vez su actitud fue otra y hacia el esfuerzo por sonreír y ser amable, platicamos por espacio de 15 minutos, y poco después su madre tuvo que salir a hablar con la enfermera así que me quede a solas con él.

-Carlos… comenzó a decir, yo, quiero disculparme por lo que te hicimos, en serio yo…

¡Hey, olvídalo no pasa nada, le interrumpí, ahora debes de concentrarte en ponerte bien, te esperan unos días difíciles, tienes que echarle ganas a la terapia física ¡tienes que ponerte bien!-

En ese momento soltó el llanto y una ternura profunda se apoderó de mí, quería abrazarlo así que me acerqué y lo abracé, él descargo todo su pecho en lágrimas y lamentos lastimosos, cuando pudo calmarse me dijo – gracias por haber venido, me gustaría que siguieras viniendo si puedes-

-Claro que lo haré, le dije sonriendo, verás que pronto podrás levantarte de esa cama-

Pasaron los días y las semanas, haciéndole bromas, llevándole presentes, cantándole e incluso una vez me disfracé de payaso para hacerlo reír hasta que lágrimas brotaban de sus ojos.

Un día me contó que ninguno de sus amigos le había llamado, y que sólo una ex novia vino a verlo una vez, pero que jamás regresó. Le daba gusto verme casi todos los días, me había convertido en su único amigo, pero a mi me daba miedo ser eso: solo un amigo. Aun así me decía a mi mismo, que valdría la pena, si nunca surgía nada entre nosotros, si podía verlo caminar de nuevo. Soy una persona bastante optimista, siempre le veo el lado bueno a las cosas, y algo me decía que Pepe volvería a caminar, así que le regalaba libros de motivación personal y espiritual, siempre le decía que declarara que algún día saldría por su propio pie de ese lugar, y eso siempre le sacaba una sonrisa.

Los doctores checaban su progreso y siempre se sorprendían de los avances que Pepe presentaba a cada momento, pronto llegó el tiempo de terapia física, enseñarlo a ponerse de pie y a dar sus primeros pasos otra vez.

Ya podía estar sentado en silla de ruedas y eso lo ponía feliz, su espalda estaba haciéndose cada vez más fuerte y recuperándose.

Un día se me hizo tarde para ir a verlo porque tuve un examen en la universidad, y cuando llegué su cama estaba vacía, una enfermera me dijo que estaba en las regaderas y que insistió en bañarse solo pero que si yo llegaba pasara a ayudarle.

Entré al cuarto de las regaderas y estaba semidesnudo con una toalla cubriéndole solamente los genitales, regulando el agua caliente de las manijas, sentado en su silla de plástico.

Cuando me vio entrar una enorme sonrisa dibujó su rostro, -¡hola que bueno que viniste! Estaba pensando que ya no vendrías ¿me puedes ayudar?- claro repliqué nervioso por verlo desnudo de nuevo.

En cuanto se quitó la toalla un espasmo recorrió mi cuerpo y comencé a excitarme, yo sabía que él se daba cuenta que me ponía cachondo el poder verlo desnudo, siempre lo supo.

Su verga estaba semi erecta y más peludo que nunca, fue cuando me di cuenta que Pepe, se recortaba un poco el vello de su cuerpo, pero ahora estaba totalmente en su estado natural.

Con una sonrisa me dijo que cerrara con seguro la puerta, así nadie podría molestar, titubeando le pregunte – ¿molestar? ¿Que vamos a hacer?, tu sabes que vamos a hacer, tengo muchas ganas de que me la chupes, me dijo jalándose la verga, sus huevos colgaban hasta la silla de plástico y se veían relajados y enormes.

Me quité lo más que pude de mi ropa y me hinqué a mamarle la verga, el chorro del agua caía sobre nosotros, le tomaba los huevos con una mano mientras mordisqueaba delicadamente la cabeza de su pene, pasaba mi lengua por sus ingles peludas, y de vez en vez subía hasta sus pezones rosas y duros, cubiertos de vello negro.

Le pasaba la lengua por su pecho mojado, y él subía los brazos a la nuca para saborear sus axilas peludas, regresaba a su verga y la tomaba delicadamente en mis manos y lamía todo su tronco como si fuera un caramelo, viéndolo a los ojos, le lamía los testículos y con cada pasada de mi lengua él se retorcía de gusto y de placer –ooohh si así nene, pasa tu lengüita por mis bolas- eran sus palabras casi tartamudeando por el placer, sus huevos tenían unos pelitos largos y muy gruesos eran en realidad unos huevos muy peludos.

Sentado en la silla de plástico se inclinó tanto hacia abajo y abrió tanto tus piernas por la mamada de huevos que le estaba dando, que su culo lleno de pelos quedó expuesto a mis ojos, titubeando un momento bajé por ese camino de pelitos de su escroto hasta su ano con mi lengua, y a él pareció no importarle, en cuanto llegué ahí me puse a pasar la punta de mi lengua en círculos por los pliegues de su culito, él solo jadeaba y bufaba como toro, y me decía que se sentía poca madre, tenía los ojos cerrados y los brazos detrás de su nuca con la boca abierta y jadeando de placer, le estaba dando su primera mamada de culo y tenía un sabor a limpio delicioso, ya que se había enjabonado todo su cuerpo, su verga parecía querer reventar la tomaba con una mano y la aventaba contra su abdomen rebotando hacia mi de lo dura que estaba, y todo esto sin dejar de mamar su culo.

Me tomó de la cabeza y me dijo que parara porque todavía faltaba lo mejor.

-Quítate la trusa y agáchate parado dándome la espalda quiero dedearte ese culito- me ordenó, inmediatamente hice lo que me pidió y comenzó a meterme un dedo húmedo en mi colita, yo gemía lo mas bajo que podía y movía mis nalgas en círculos alrededor de su dedo, pronto me metió dos y me decía que mi culito blanco con mis dos grandes nalgas sin pelos lo excitaban mucho, y que también le excitaba mucho ver mi agujerito rosado con pelitos alrededor, me pidió que así como estaba me sentara poco a poco en su verga, yo tenía miedo de lastimarlo así que lo hice con mucho cuidado, pero al estar totalmente penetrado hasta sus huevos me abrazó y me apretó contra él.

Yo tuve que moverme de arriba abajo cogiéndome yo solo con su gran pene dentro de mí, el por su parte me apretaba las nalgas, me mordía el cuello, me decía obscenidades al oído, me decía que siempre que yo pasaba por su casa lo ponía caliente y que se había masturbado miles de veces pensando en penetrarme, jalarme de los cabellos y hacerme gritar, que se moría de ganas de hacerme suyo y fue que aquel día con su amigo Ricardo que me obligaron a tener sexo con ellos, que se dio cuenta lo mucho que gozó con su verga enterrada en mi culito, y mi cara de dolor y placer que puse al penetrarme profundamente con su gruesos 22 cms.

– ¡Me la estás aguantando toda! Todas las viejas que me he cogido lloran cuando les meto la mitad de la verga y ya no quieren continuar, y tú te la estas tragando toda- me dijo al oído casi susurrándome.

Me movía cada vez más fuerte hasta que comenzó a venirse dentro de mi, -ahhhhhh me vengo ¡me vengo!- Y en ese momento pellizco mis pezones y recargó una mejilla contra mi espalda mientras me mordisqueaba, cuando me saqué su verga no podía creer la cantidad de semen que me escurría por las nalgas, habían sido más de tres meses sin soltar su descarga cremosa.

Al instante yo mismo tuve un orgasmo, vaciando mi semen por completo en la regadera de ese cuarto de hospital.

Estaba feliz esta vez había sido muy tierno y cariñoso, incluso sentí en algunas ocasiones sus labios en mi hombro y espalda mientras me cogía.

En ese momento me incliné para darle un beso en la boca y él me rechazó volteando su cabeza, y me dijo –nada de besos, yo no puedo besarte- me dijo en un tono serio -¿y entonces que fue esto? ¿Otra cogida y nada más verdad? Le reclamé molesto, penetrarme no te da asco pero besarme si, ¿sabes que? No puedo ser tu juguete sexual y un día te cases o andes de novio con una mujer, ¡no voy a poder soportarlo! Discúlpame pero no puedo vivir con eso- me vestí rápidamente y lo dejé desnudo sentado en su silla de plástico.

Decidí olvidarme de él que al final de cuentas él sin ninguna dificultad haría lo mismo y se recuperaría, y reharía si vida con una mujer de nuevo.

Yo hacía mi vida lo mejor que podía entre clases, trabajo y exámenes se me iba el tiempo, aún así en las noches extrañaba su aroma masculino, su sonrisa torcida, su barba de tres días, su cuerpo masculino y velludo y sobre todo su simple compañía.

Su madre me mantenía al tanto de su situación y pronto comenzó a decirme que ya aguantaba más tiempo de pie solo sin ningún tipo de apoyo, o que ya daba sus primeros pasos en la sala de recuperación física. Sin querer darme cuenta pasó el tiempo otros seis meses para ser exactos, y yo estaba seguro que Pepe ya estaba casi recuperado por completo.

Había sido casi un milagro que Pepe hubiera resistido tanto y que su recuperación hubiera sido casi completa en tan pocos meses, me daba gusto saberlo bien y haciendo su vida normal de nuevo.

Un sábado por la tarde decidí hacer un poco de bicicleta en un lugar cerca de mi casa donde había una pista, estando ahí reconocí un hombre alto y moreno con unas piernas musculosas vistiendo un short de licra de ciclista dirigirse hacia mí.

-Hola Carlitos, me dijo sonriendo, era Ricardo el amigo de Pepe, hola ¿cómo estás? Bien gracias, ¡que milagro verte! Me dijo sonriendo aún más con sus dientes perfectos, en ese momento me di cuenta de lo guapo que el amigo de Pepe era.

– ¿Qué has hecho? Le pregunté, pues trabajando todo normal, ahora que vuelvo a verte recordé aquella noche contigo, ¿sabes? No te he olvidado ni he olvidado lo que te dije, quiero ser tu pareja- yo estaba sonrojado y halagado por su propuesta encontrando las respuestas correctas en mi cabeza, cuando de entre las gradas un joven con un bastón se acercó a nosotros.

Era Pepe enfundado también en un short de licra presumiendo su enorme bulto entre sus peludas piernas, en ese momento Ricardo cambió su cara a una molesta, -Rica, ¿puedes dejarme un rato a solas con Charly? – Le dijo Pepe, y Ricardo se despidió de mí de mala gana y asintiendo se dirigió de nuevo a las gradas.

-Hola Carlos, ¿cómo estás?, bien le dije algo serio, tú te ves muy bien me da gusto que estés recuperándote muy bien, ¡Gracias! Me siento muy bien y pronto dejaré este bastón para siempre, yo, quiero decirte que… en ese momento lo interrumpí, no hay nada que decir me dio gusto verte de nuevo- y tomando mi bicicleta di unos cuantos pasos hacia la salida,

-¡Espera! Me dijo sosteniendo mi brazo derecho, no sé que me pasa, pero he pensado muchísimo en ti y quiero decirte, que desde ese día que estuvimos en las regaderas del cuarto de hospital, algo cambió y… yo no quería dejarlo continuar y le dije: mira Pepe, no revuelvas más las cosas yo estoy bien ahora así como están las cosas, dejémoslo así tu nunca serás para mí ya me quedó claro, sólo quieres cogerme de nuevo y no quiero que vuelvas a lastimarme-

– Esta vez no será así, mira, yo me recuperé gracias a ti, porque me enseñaste muchas cosas me demostraste que me quieres y bueno, pues me hacías reír y quiero eso de nuevo, últimamente me he dado cuenta de muchas cosas, este accidente me sirvió para cambiar mi vida y mi forma de ser, y también cambió mi manera de ver mi sexualidad-

-Pues no te creo, le dije mirándolo enfurecido, la gente no cambia de la noche a la mañana, no quiero enamorarme de ti ¡para que luego descubra que me engañas con una mujer o incluso con otro wey!-

Tomé mi bici y pedaleé lo más rápido que pude, Ricardo al verme tomó su bici y trató de alcanzarme, pero sólo escuché que Pepe le gritó algo y no los vi más.

Muchos de ustedes tal vez piensen que exageré y que debí quedarme y aceptar su propuesta de intentar algo, pero si alguna vez han vivido una situación parecida, sabrán que con una persona que ha sido heterosexual toda su vida y de pronto cambia así como así no es mucho de confiar, ya que son personas muy inestables que en cualquier momento pueden dejarte por una mujer sin explicación alguna así sin más. Y yo no estaba dispuesto a vivir eso nunca.

Mis días en ese entonces eran aburridos y melancólicos, hay una canción del grupo Lu llamada “la vida después de ti” lo cual habla perfecto de los sentimientos que yo tenía en aquel momento, de desesperanza, de fantasmas del pasado y tristeza por un amor que no pudo ser.

Estaba como de duelo, nada me apetecía nada me llamaba la atención, Ricardo fue a buscarme varias veces a mi casa y Pepe dejaba recados en mi celular, pero a ninguno de los dos quería atender, incluso pensé que de nuevo planeaban obligarme a tener sexo con ellos, a estas alturas los tachaba de mentirosos y de hipócritas.

Esa noche decidí irme a un bar con unos amigos y emborracharme hasta decir basta, quería despejar mi mente y olvidarme de Pepe y de Ricardo, no quería estarlos comparando y mucho menos ponerme a pensar en quién me convenía porque aunque todo apuntaba a que Ricardo en verdad tenía buenas intenciones, era a Pepe a quien yo quería.

Mis amigos me hacían bromas diciéndome que me tenían como Pancho Villa, con un viejo en cada orilla (la rima original es con dos viejas en cada orilla, por supuesto) ya medio ebrio estas bromas me causaban mucha gracia, pero en el fondo sabía que la situación no ameritaba reír.

Estaba tan borracho al final de esa noche que un amigo mío me ofreció dormir en casa de sus padres con él, acepté porque estaba cerca del bar y aparte no quería manejar en ese estado.

Mi amigo me contaría después que toda esa noche solo hable de Pe-peludo de cómo me había hecho suyo en dos ocasiones y de que estaba perdidamente enamorado de él, que lo odiaba y lo amaba al mismo tiempo y que después de hacerme el amor no podía ser ya de nadie más.

Cuando llegué a mi casa a la mañana siguiente un extraño paquete me esperaba en la entrada de mi puerta.

Continuará…

Autor: Babyboy

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Profesor atractivo de 35 años, busca…

Yo lo miraba extasiado y cuando descubría alguna mirada incómoda de su parte, me disculpaba diciendo que estaba cansado, nunca noté ninguna tendencia gay en su persona y me sentía desesperado porque mis esfuerzos por conquistarlo, como los detalles que le regalaba de vez en cuando o mi rápido e “inusual” aprovechamiento en clase, resultaban fallidos.

¿Qué fuerza es lo que hace al hombre ir en diferentes direcciones?

La confusa carretera de mis emociones lucía devastada,  el sinuoso y mojado camino por el que venía conduciendo frente a mí, hacía juego con mi corazón marchito. La tarde era lluviosa y gris, a mi derecha: una verde pradera, coronada por majestuosas montañas de color azul distante, un paisaje hermoso dibujado por maestras pinceladas, a mi izquierda: una frágil presa a medio construir, y frente a mí: mis desolados pensamientos, el viejo camino y melancolía.

Las gotas de lluvia en mi parabrisas me impedían ver con claridad, y mis lágrimas tampoco eran de gran ayuda, y cuando alcé la vista un irradiante y multicolor arcoíris como pintado a mano sobre el cielo taciturno, iluminó brevemente mi interior, como un faro encendido a lo lejos en una noche de tormenta.Y entonces al igual que ese pacto divino para con los hombres que es el arcoíris, recordé la promesa que nos hicimos alguna vez, de no separarnos jamás.

Dos caminos se distinguen en la distancia, el de la derecha me lleva a una vida diferente lejos del amor frustrado de mi vida, y el de la izquierda de regreso a él, ¿qué camino debo tomar? Giré el volante en la dirección correcta, cuando de pronto un estruendo enorme abrumó el ambiente, rocas cayendo sobre mi auto, agua; muchísima agua entrando, ¡estoy asustado! ¡No puedo salir! Un golpe en mi cabeza, y de la nada, una extraña luz mucha luz….

-¿Podrías apagar esa luz por favor?- le dije a mi pareja molesto porque a la mañana siguiente debía presentar mi examen final y la luz de la computadora no me estaba ayudando a conciliar el sueño. -Claro que sí nene, no es mi intención molestarte- me respondió mi maduro amante.

Su nombre era Sergio, y había sido mi profesor de física en la universidad, era un hombre maduro, alto e interesante, con unas incipientes entradas en su frente que lo obligaban a traer el pelo casi a rapa, pero el cual le otorgaba un look, arrollador, varonil y terriblemente sexy, una hermosa piel bronceada, que recordaba el tipo de hombre italiano, su barba cerrada, unos ojos color miel, grandes y expresivos coronados por unas cejas pobladas, una boca pequeña, con un lunar debajo de su ojo izquierdo que le daba un toque inocente, y su cuerpo….no hay palabras para describir ese cuerpo que tantas noches me hizo enloquecer en la intimidad, peludo hasta los huevos, dotado de un pene más pequeño que el largo normal, tal vez de 15 cms., pero tan grueso que lo hacía lucir enorme, unos brazos marcados y un par de piernas de ciclista, con un trasero firme y socarrón, y una sonrisa burlona y retadora.

No fue nada fácil hacer mi sueño realidad de dormir cada noche abrazado a su peludo pecho, ya que él alguna vez caminó por la vida como un hombre heterosexual, pero esta historia al igual que el que pensé que era el final de mi vida, no comienza aquí.

Nunca en mi existencia había sentido tal pasión por alguien, como la que sentí por Sergio en cuanto lo vi cruzar la puerta del aula de clases, la mañana de ese lunes de abril. Llegó puntual y pulcro, con unos jeans oscuros y una camisa de vestir azul celeste, y el aroma fresco a recién bañado de su elegante loción inundó mis sentidos.

Sergio había llegado de la ciudad de Monterrey Nuevo León, México a impartir la materia de Física II en mi universidad, luego de presentarse y amenizar con unos cuantos chistes nuestra primera clase, mi nuevo profesor impartió su materia, y en el transcurso de esa hora, tan sólo pude concentrarme unos minutos, porque mi mente se la pasó divagando imaginándolo desnudo. Yo era un chico de 19 años atractivo a mi manera, me llamo Gabriel, y mi fama de rompecorazones con los chicos gay, se vio destruida porque en cuanto supe de la existencia de este adonis, jamás pude ser el mismo.

Recuerdo que por aquella época no tenía definido casi ningún rasgo de mi personalidad, era inestable, rebelde e irrespetuoso, me gustaban las chicas que parecían chicos, y los chicos que parecían chicas, nada llenaba el vacío de mi interior, pero cualquier duda e inseguridad se disipaba cuando mi guapo profesor llegaba a su clase.

Las chicas de mi salón morían por él, y cuando veían entrar al “peloncito guapo” al aula, un silencio se creaba en el ambiente, varias veces las escuché decir que muchas se calentaban con él y que se imaginaban tenerlo en la cama. Yo inteligente y astuto para conseguir lo que quería, ideé un plan para estar a solas con Sergio algunas horas extras a la semana, fingiendo no entender los problemas de su clase, y él pacientemente me explicaba una y otra vez a la salida de la escuela.

Yo lo miraba extasiado y cuando descubría alguna mirada incómoda de su parte, me disculpaba diciendo que estaba cansado, nunca noté ninguna tendencia gay en su persona y me sentía desesperado porque mis esfuerzos por conquistarlo, como los detalles que le regalaba de vez en cuando o mi rápido e “inusual” aprovechamiento en clase, resultaban fallidos.

Había algo en su arrasadora personalidad que me hacía querer ser mejor persona, y pronto olvidé mis borracheras de fines de semana y comencé a tomar con más constancia mis estudios, y mi pasión más grande: el ciclismo de montaña, el cual después de llevarme la grata sorpresa de que Sergio también disfrutaba grandemente esta actividad, la realizaba con más entusiasmo.

Le dije a mi profesor que yo practicaba este deporte, por un hermoso camino en medio de un bosque pequeño y un río en mi comunidad y que estaba cordialmente invitado a acompañarme los fines de semana y él aceptó gustoso mi invitación, por lo que cada sábado en la mañana, tomábamos nuestras bicicletas y emprendíamos el camino de dos horas y media de ida y de regreso.

Por ese tiempo conocí que era divorciado y que no tenía hijos, que le gustaba la natación la caminata y el ciclismo, que nunca había sido muy noviero en su juventud, que le fascinaba el helado de chocolate con nuez y que uno de sus placeres ocultos era hacer bolitas sus mocos y aventarlos contra la ventana. Su sencillez, su imponente presencia, su sentido del humor y su elocuencia, me tenían totalmente enamorado de él, y cada noche le dedicaba una deliciosa puñeta en la soledad de mi recámara.

En una ocasión lo vi orinando detrás de un árbol y al salir de éste pude ver por unos instantes la gorda y circuncidada cabeza de su pene, de un color rosa pálido, con una mata de pelo rebelde y sensual, y cuando se subió su short el impactante bulto de su verga y sus gordas pelotas resaltaba mucho detrás de la prenda de licra para ciclista. Pero cada vez que tocaba algún tema homosexual, Sergio parecía incomodarse con la platica y rápidamente cambiaba el asunto y se las ingeniaba para convertirlo en un chiste, esta situación me confundía en ocasiones y en otras me dejaba dudando de su condición. Así seguían mis días añorando su presencia por las tardes, y anhelando que el fin de semana llegara para poder verlo en su ajustada ropa de deporte, y la visión de su pene mientras orinaba me volvía loco y seguía fresca en mi memoria.

Luego de un tiempo de conocerlo y por azares del destino, una tarde me puse a navegar por internet, en una página de contactos personales para encontrar pareja, me gustaba leer los perfiles de hombres heterosexuales guapos, y de pronto encontré uno que me pareció muy familiar y que decía: Profesor atractivo de 35 años, tranquilo y sin vicios, amante del chocolate con nuez, del ciclismo y la vida al aire libre, busca mujer de 25 a 34 años para relación estable. No tenía fotografía, pero con esa descripción estaba casi seguro que se trataba de mi profesor de Física, y de pronto tuve la idea de hacerme pasar por una mujer y escribirle al correo que dejaba en su perfil.

Esa noche de sábado, agregué a mi mensajero la dirección de este hombre esperando que fuera mi profesor, y así poder seducirlo chateando con él haciéndome pasar por una joven mujer, conseguí fotografías de una chica común pero linda y me inventé una nueva vida afín a la de mi maduro y atractivo amor platónico. Estaba a punto de retirarme y apagar la computadora, cuando el misterioso hombre ingresó a internet, y después de presentarme y explicarle que había tomado su correo electrónico en respuesta de su anuncio, mi nuevo contacto puso su fotografía en la ventana del chat y mi corazón dio un vuelco de alegría: efectivamente se trataba de Sergio. Luego de una interminable plática, salpicada de risas, chistes y profundos temas personales y de la vida, el amanecer nos sorprendió conectados a la computadora y antes de irnos a tomar un descanso, Sergio me dijo que yo era “una mujer bella, con bonitos sentimientos, inteligente y muy agradable”

Pasaron los días y las semanas y casi todas las noches “Gaby” mi seudónimo femenino, tomaba vida y chateaba con Sergio de mil cosas y cada vez sentíamos que había mucha química entre nosotros, y cuando mi profesor y yo salíamos a hacer deporte los fines de semana, me contaba sobre Gaby y de lo bien que se sentía platicando con ella, y yo sólo podía sonreír secretamente. Una noche de verano, después de platicar algunos temas superficiales, la plática con Sergio comenzó a ponerse picante, e inocentemente yo le hacía preguntas como: -¿cómo un hombre tan viril y atractivo como tu, esta solo? me encantaría enamorarme de alguien como tu para cumplir sus fantasías más secretas cada noche en la cama-

Sergio comenzaba a excitarse, cayendo en mi trampa de mujer inocente y sumisa, cuando la plática llegó al punto de que Sergio me pregunto si tenía web cam, a lo cual respondí que no pero que si le gustaría ver unas fotos atrevidas mías. Mi maduro cyber-amante contesto que sí, y que si no me molestaba lo que íbamos a hacer, él pondría su web cam para poder masturbarse frente a mí. Afortunadamente encontré muchas fotos de la misma chica pero desnuda por la que me hacía pasar, en un blog que encontré de esta joven que vivía en otro estado de la república Mexicana. Cuando Sergio encendió su cámara, lo primero que vi fue su peludo pecho desnudo, y su fuerte y varonil mano acariciándose sensualmente, llevaba un short corto de color amarillo, que dejaba ver su verga erecta y sus peludas y musculosas piernas.

-¡Oh, mi amor! Me excité inmediatamente al verte con tu pecho desnudo, me sentí toda húmeda de mi cuevita- le escribí comenzando a sobar mi propia y erecta verga. -Envíame una foto sexy tuya mi reina, que quiero ver esa vaginita y tus hermosos pechitos de nena-  me ordenó mi profesor, y enseguida le mandé una foto donde aparecía esta chica desnuda de la cintura para arriba mostrando sus senos y sus rosados pezones, muy sonriente sentada con las piernas cruzadas sobre su cama.

-Ahhhh, ¡cosita linda! ¡Mira nada más que ricas tetitas!- fue su respuesta después de ver la fotografía, frotándose fuertemente su hinchado bulto. -¿Te gusta papi? Tengo muchísimas fotos más y más atrevidas que puedo mostrarte pero a mi también me gustaría ver más de ti- le dije adivinando que su respuesta sería quitarse su short y enseñarme por fin esa verga en total estado de erección, que tanto anhelaba ver.

Pero estaba muy equivocado ya que mi guapo profesor no solo no descubrió su paquete sino que se anudó una toalla a la cintura como esperando ver cual sería mi reacción. Yo sin dudarlo un segundo le pregunté de la manera más cachonda que pude: -¿qué haces papito? Pensé que te quitarías ese short para poder ver tus atributos de macho. Y enseguida se puso de pie y sin sacarse su toalla se quitó los shorts amarillos por debajo y con una sonrisa me los mostró por la web cam.

-¡Eso es jugar sucio mi amor!- le contesté muy caliente, y de este lado mi verga estaba a punto de estallar de deseo.

Volvió a sentarse sobando su hinchado paquete por encima de la toalla y de vez en vez me hacía sufrir subiendo un poco la toalla y dejándome ver sus peludos y musculosos muslos. Como no hacía nada más que sonreír, rápidamente busqué una fotografía más reveladora, donde la chica está de espaldas con sus brazos cruzados totalmente desnuda y mostrando su gran culo.

Se la envié y él al recibirla sonrió aun más complacido, y me dijo que me estaba portando muy bien y que ahora podría enseñarme un poco más de su anatomía. Ahora subió un poco más su toalla y una gorda pelota peluda se asomó por unos instantes, yo estaba que reventaba de placer masturbándome frenéticamente, y luego de volver a taparse con la toalla me dijo que tendría que enviar fotos más comprometedoras. No pude más y le envíe la foto de esta chica totalmente desnuda sentada sobre su cama con la cabeza echada hacia atrás y sus piernas abiertas mostrando en todo su esplendor la raja depilada.

Su respuesta fue un marcado ¡uff! Y después de esto se quitó lentamente la toalla y al quedar su gordo palo peludo al descubierto puso sus manos en la cintura y sonriendo me preguntó que qué me parecía. ¡No podía creer lo que estaba viendo! ¡Mi guapo profesor mostrándome su peludo cuerpo frente a mi monitor! Yo casi al punto del orgasmo comencé a tomar fotografías de tan placentero espectáculo con un programa que tengo de computadora, para poder guardar la visión de mi profesor totalmente desnudo con su verga y gordos testículos al descubierto.

-¿Es lo que esperabas mi reina? Quiero saber si te la tragarías entera por esa vaginita de nena puta insaciable que tienes-

Tan solo pude responder un larguísimo –siiiiiiiiiiiiiii- y luego sobándose sus peludos testículos se puso otra vez de pie y se puso de espaldas dejándome ver su trasero peludo y blanco, se notaba que se había bronceado ya que el color claro de sus nalgas resaltaban muchísimo más del resto de su cuerpo bronceado. Luego subió una pierna a su silla y comenzó a masturbarse, yo veía sus gordos huevos colgando entre sus piernas debajo de su hermoso culo de macho dominante. Sus bolas se tambaleaban por aquí y por allá mientras jalaba el capullo de su chica pero gruesísima verga erecta.

Yo le lanzaba frases como: -¡Estoy toda empapada de mi cuevita papito! Me estoy metiendo unos deditos en mi raja pensando que me haces el amor con esa tranca de macho que tienes mi rey… Luego de un rato bajó su pierna y volvió a ponerse de frente, y acercando mucho su verga a la cam pude ver todos los detalles de ésta, peludísima, su tronco gordo del ancho más grueso que haya visto, bolas peludas y de color rosita, era un dios griego este rico macho.

Cuando se volvió a sentar masturbándose su gordo palo, le pedí que si era posible pusiera un brazo detrás de su nuca, y que lamiera un poco su axila mientras seguía jalándose su capullo, no pareció importarle y pronto adoptó la posición solicitada tocando con la punta de su lengua los pelos de su sobaco, con los ojos cerrados y con un largo ahhhhhh anuncié mi orgasmo, los trallazos de mi leche llegaron hasta el monitor y el escritorio, me llené hasta el cabello, con tan abundante corrida.

-Papitooooooo no puedo más ayyy, mi vida ohhhhh si papito me vengo mi vida ¡me vengo!- le escribí fingiendo un orgasmo femenino y diciéndole que mis pezones estaban durísimos y que había tenido un múltiple orgasmo. Él apresurando sus movimientos tuvo una corrida increíble, llenando sus huevos, su vientre y su peludo pecho de su blanca leche de macho. Se quedó exhausto con los brazos detrás de su nuca y con una amplia sonrisa en su rostro, respirando agitadamente, y luego embarrando su leche con la mano, la esparció en todo su pecho. Me dijo que debía limpiarse y que regresaba en un momento, yo lo esperé igual de relajado sin creer todavía lo que acababan de ver mis ojos.

Cuando regresó se había puesto su mismo short amarillo y ya limpio seguimos platicando de lo bien que la habíamos pasado y de que sería maravilloso hacerlo en la vida real y conocernos. Yo por supuesto pensando en que eso tenía un pequeño inconveniente ya que no era quien decía ser.

En esos días seguíamos chateando y haciendo el cyber sexo de vez en cuando, y todas eran unas sesiones fantásticas, aunque debo confesar que lo que más me gustaba eran esas noches de sábado, cuando platicábamos trivialidades y cosas de la vida, haciéndonos preguntas indiscretas y riendo de chistes tontos sin sentido, nos estábamos convirtiendo en amigos muy cercanos y cómplices de sexo cibernético.

Pero al pasar el tiempo comencé a sentir celos de mi propia versión femenina ya que lo que más anhelaba no era platicar con él como “Gaby” sino como Gabriel.

A estas alturas yo ya sabía demasiadas cosas íntimas de mi maduro profesor, sabía que le gustaba y que le disgustaba, cuales eran algunos de sus planes, sobre su familia y alumnos, amigos cercanos y demás y todo esto me parecía una información demasiada valiosa para ser desperdiciada en “Gaby” así que debía aprovecharla y comenzar a acercarme más como Gabriel a mi amado profesor de física.

También me di cuenta que yo era bastante honesto en mis gustos y aficiones con él, mis conversaciones eran abiertas y sinceras, y por un momento me hizo sentir que en realidad lo que más le gustaba de mí era lo que pensaba y no tanto mi cuerpo ficticio. Por esas fechas cuando salíamos a hacer deporte en bicicleta los sábados por la mañana, y me contaba de “Gaby” mi corazón se debatía entre la tristeza y la alegría, porque el hombre que más deseaba en el planeta estaba al mismo tiempo cerca y a millones de kilómetros de distancia.

Esa era mi triste realidad, no me atrevía a confesarle mi osadía que yo en realidad era esa “mujer” de la que se estaba enamorando y compartía sus secretos y fantasías y me conformé a sentirlo mío por las noches a través de un monitor de computadora.

Una noche como cualquiera y después de tener sexo cibernético de nuevo, Sergio me pidió que necesitaba conocerme y que el viernes entrante había una reunión con sus compañeros de trabajo y alumnos y que le encantaría que lo acompañara. Yo inventando mil pretextos para no ir, me disculpé y él un poco triste me dijo que era una pena y que ojalá muy pronto pudiéramos conocernos. Esa semana noté en las clases, que mi amado profesor se encontraba algo cabizbajo y adiviné enseguida que era por culpa de mi ficticio rival de amores “Gaby”.

Como un agente secreto con súper poderes de una vida paralela, deseé tomar el lugar y el cuerpo de mi adorado y a la vez odiado seudónimo, y así poder enamorar personalmente a mi delirio masculino….creo que leo muchas historietas de cómics.

Dos noches antes del viernes día de la reunión, Sergio estaba algo serio y distante, no era el mismo de todas las madrugadas y algo notaba raro en él, chateamos menos que lo acostumbrado y al día siguiente no se conectó, lo esperé como siempre pero nunca llegó.

El viernes en la mañana no nos tocaba clases con él por lo que no podría verlo sino hasta la noche en la fiesta.

El momento de irme a la fiesta llegaba y me arreglé como nunca, con unos jeans que me quedaban a la perfección y resaltaban mucho mi trasero, una playera de moda y unos tenis convers, ansiaba llegar al lugar y ver a Sergio porque me había decidido a decirle quién era yo y que hiciera el esfuerzo por corresponderme, que no había sido mi intención engañarlo así, pero que se diera cuenta de que él sentía algo por mi por la manera en que me hablaba incluso sin ver la foto falsa de “Gaby”

Llegué al lugar de la reunión y saludé a varios amigos y profesores que estaban pasando un buen rato, me senté en uno de los sillones frente a una ventana que daba hacia fuera para ver la llegada de Sergio, y cuando vi pasar su coche mi corazón comenzó a latir muchísimo, necesitaba armarme de valor y tomándome varios “caballitos” de tequila,  esperé que entrara para decirle que necesitaba hablar a solas con él.

La puerta se abrió y un muy sonriente y animado Sergio entró, pero en vez de salir corriendo a su presencia, sentí una rabia espantosa, me levanté inmediatamente de mi asiento con cara de pocos amigos al ver que su tímida pero gran sonrisa de oreja a oreja se debía a otro motivo….

Continuará….

Autor: BABYBOY

israboston@hotmail.com

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