Con el cura de mi pueblo

En cuanto logró encontrar mi diminuto y virginal orificio posterior, el buen padre hizo acopio de toda su experiencia para que la punta de su herramienta se incrustara en ella, no sin algunos esfuerzos y dolores iniciales. Luego todo fue cuestión de perseverancia y entusiasmo, aferrándose a mis hombros o a mis pechos desnudos para meter centímetro a centímetro todo aquello en mi interior.

A mis dieciocho años me consideraba una mujer de lo más casta y pura. Virgen, por supuesto. Educada desde muy niña en los más severos principios religiosos por una madre excesivamente autoritaria que nunca permitía que me concediera las más mínimas libertades, velando en todo momento por mí.

Debido a que mi padre murió muy joven, ella debía trabajar en la parroquia, educando a jóvenes descarriados por una paga más bien paupérrima. Esta, unida al poco dinero del estado no daba para mucho, por lo que nunca he estudiado, y me limitaba a cuidar de la casa, y a coser de vez en cuando para ayudar a la magra economía familiar.

No es que no se acercaran a mí porque fuera fea, que no lo soy, es por la ropa holgada y antigua que siempre he de vestir, siguiendo los arcaicos dictados de la conciencia de mi madre. Pues ella afirma que mi abultada y firme delantera, así como mi pétreo trasero solo pueden servir para atraer malos hombres, y que he de ocultar mis encantos hasta que encuentre al adecuado. Suceso que tenía visos de no poder ocurrir jamás.

Ese domingo el párroco me contempló de modo extraño durante la misa, supongo que por ser la primera vez que me veía con unas ropas tan livianas. Pero mi ingenuidad, y las enseñanzas recibidas, hicieron que creyera que de algún modo se veía escrita en mi cara mis malos pensamientos que no podía evitar.

Al acabar la misa decidí acudir en confesión al párroco, pues creí que era mi deber y mi obligación, no sólo como buena cristiana sino porque él me podía ayudar a aliviar mis preocupaciones. Así que acudí a su despacho y, arrodillándome ante él, le pedí confesión. Supongo que mi acción le sobresaltó, pero permaneció sentado en su silla y el buen cura accedió a que le contara lo que me pasaba.

Empecé por contarle mis pensamientos pecaminosos con un vecino, y para cuando le conté mis fantasías con el doctor ya tenía a tan solo un palmo de mi cara una elocuente muestra de cuanto afectaba al párroco mi relato. Pues el enorme bulto que veía en su sotana sólo podía deberse a lo que ya supondrá. Así que decidí relatarle mis pensamientos e ilusiones impuras describiéndole con tantos detalles que el pobre hombre terminó por desabrocharse la sotana, pidiéndome una demostración de mis fantasías y deseos.

Yo, que ya llevaba un ratito deseándolo no me lo hice repetir dos veces, y me abalancé sobre su pantalón en cuanto lo tuve a la vista. No era tan grande como había supuesto… pero sí sabroso, por lo que me di un buen atracón a su salud. El párroco, disfrutando casi tanto como yo con lo que estaba pasando, me dejó completa libertad de acción, dedicándose a liberar uno de mis pechos de su encierro para acariciarlo ansiosamente mientras yo seguía chupando y lamiendo con frenesí.

Tanta devoción tuvo su recompensa, y pronto pude saborear su espesa miel, tragándola con un hambre feroz. Lamiéndola a continuación con tantas ganas que logré su pronta recuperación para su satisfacción… y la mía.

El párroco decidió darme su penitencia particular, y llevándome ante su reclinatorio me hizo permanecer de rodillas e inclinada, situándose a mi espalda después de despojarme de las bragas y de alzarme la falda todo lo posible.

Yo pensé que el hombre era bastante inexperto, pues a pesar de estar tan encharcada, y de tener su herramienta tan resbaladiza por mis lameteos no era capaz de acertar en tan ansiosa diana… pero me equivocaba.

En cuanto logró encontrar mi diminuto y virginal orificio posterior, el buen padre hizo acopio de toda su experiencia para que la punta de su herramienta se incrustara en ella, no sin algunos esfuerzos y dolores iniciales. Luego todo fue cuestión de perseverancia y entusiasmo, aferrándose a mis hombros o a mis pechos desnudos para meter centímetro a centímetro todo aquello en mi interior.

Tanto arduo trabajo tuvo su recompensa y pronto el dolor dio paso a unos orgasmos tan intensos como largos. Cuando después de muchísimo tiempo el buen cura eyaculó en mi culito estaba tan agotada y feliz que no me importó que se quedara con mi ropa interior de recuerdo… pues sabía que este era el principio de innumerables confesiones.

Autora: doloresxxx

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