La caída moral VII

El segundo muchacho enterró la verga en la vagina de Alicia y esta comenzó a lamer la concha de mi esposa con mayor velocidad. Jorge tomando una de las botellas de champan la acercó a la vagina de mi mujer, le enterró el pico de la botella de champagne y batió la botella para sacarla de golpe y una catarata de burbujeante líquido salió expedido de la concha de Ana que lloraba entre orgasmos.

Se inserta nuevamente en esta parte del relato, la visión de mi marido.

La observé y mi mente recorrió en un segundo años de mi vida, De aquella Ana nada quedaba casi, me dije. Una amiga leal, una novia hermosa, una esposa fiel y amante, una madre ejemplar Y ahora tenía esto ante mí. Una mujer madura de 39 años aun muy hermosa, despeinada, ojerosa, con olor a semen en su boca llegando a casa con la fiesta de cumpleaños de su hijo ya acabada y solo deseando irse a dormir.

-Necesito dormir. Me dijo. -Anda a acostarte Ana, del niño, de guardar la torta en la heladera y de los restos de comida me encargo yo.

Sin decir una palabra más se fue a dormir, ni siquiera pasó antes por el baño. Ni para orinar ni mucho menos asearse En silencio me dediqué a mis tareas y ya con mi hijo en cama y la casa medianamente aseada, me senté en el living a pensar.

Eran las 2 y 15 de la madrugada, encendí un cigarrillo y fijé mis ojos en la oscuridad cuando sentí que Ana se movía en la cama. Mi instinto protector, aun cuando comenzaba a odiarla, me hizo apresurarme al cuarto a ver que le sucedía. Y no, no le pasaba nada, solo cambiaba de posición. Las piernas ligeramente separadas me permitieron ver que venía sin bragas. Cerré la puerta y lloré en silencio en el pasillo.

Pasaron dos días sin dirigirnos la palabra, dos días en los cuales ella llegó a casa a la hora en que solía hacerlo antes del desastre de nuestra vida. Una noche mientras cenábamos los cuatro y sin mirarme a los ojos me dijo que por motivos de trabajo debía viajar a Rosario a una convención el fin de semana, y que era una obligación hacerlo pues de ello dependía su trabajo. Los chicos comenzaron a protestar hasta que levanté la voz y muy tranquilo dije: -Está bien Ana. De la casa me encargo yo. Un plan comenzó a elaborarse en mi cabeza y sin perdida de tiempo lo puse en acción.

Esa mañana siguiente llamé a la empresa donde trabajaba mi mujer y a la encargada del conmutador le dije que era de la comisión  de relaciones públicas y quería coordinar con ellos la cantidad de gente y horario de llegada de la delegación para tener preparadas las cosas.

La secretaria inocentemente respondio – ¡Ah! Ud. llama de Rosario entonces, ¿del Hotel Continental? -Si, si…me apresuré a decirle – Bien Señor…..eh, Señor ¿cuánto?  -Albornoz es mi apellido señorita – Bien Sr Albornoz, las personas son apenas 5. Tres caballeros y dos damas entre los que se cuentan, nuestro jefe, el Sr Jorge Mandelevite, su secretaria particular la Sra. Ana y tres ejecutivos de cuenta más. -Sabe Ud. decirme a que hora llegaran por acá el sábado? – No, no, debe estar equivocado Sr Albornoz, llegaran el viernes a la noche. -Ah, gracias, bien, bien, estará todo dispuesto.

Eso alteraba mis planes, pues ya habia encargado los niños a mi hermana para el fin de semana pero ahora debía agregarle el viernes a la noche. Por suerte no hubo drama y esta aceptó gustosa que se los dejara el viernes, sin hora definida. Llamé al hotel Continental de la ciudad de Rosario y reservé una habitación en planta baja. Mi mente trabajaba a mil, pensando, pensando, pensando…

A las 5 de la tarde del viernes Ana se despidió de nosotros con la valija lista. Me ofrecí a llevarla a donde fuera pero se negó argumentando que se juntaban en el departamento de la otra chica que viajaba para delinear estrategias antes del viaje. “¡Para delinear estrategias!”

En media hora había dejado los dos niños en casa de mi hermana y en una hora estaba en la autopista Buenos Aires-Rosario a más de 120 km por hora. Llegué a Rosario cuando apenas habia anochecido, me instalé en mi habitación, me duché y sin saber en realidad que más haría, salí al lobby del hotel a pedir una copa cuando de repente escuché la voz de mi mujer en la recepción que gritaba: -¡Jorge ! ¡Nosotras con Alicia queremos dormir juntas!

Logré esconderme tras una columna y el grupo no me vio. Logré escuchar que el avión les habia parecido muy pequeño, etc, etc, etc. Así que por eso casi me pillan en el lobby, ¡llegaron tan rápido porque lo hicieron en avión! Pensé.

El botones se dirigió al ascensor y las puertas se cerraron tras Ana, Alicia y el mismo. El indicador luminoso se detuvo en el piso 7. Otro botones con el jefe de Ana, Jorge, más los dos jóvenes también subieron hasta el piso 7. Muy bien, pensé, la fiesta será en el siete.

Esperé un tiempo preventivo y le dije al conserje que deseaba cambiar de habitación que quería una en el piso 7. No hubo problema y allá fui. Al bajar del ascensor se escuchaba la música y las risas de los 5 en una de las habitaciones. Me duché, fumé y mi mente trataba de decidir entre matarla o continuar el plan. Plan que no era tal en realidad, pues lo único que quería yo era ver que hacía ella en realidad. Motivo por el cual yo solo estaba provisto de una cámara digital de excelente definición y una filmadora de mano.

Minutos antes de media noche tuve suerte y escuché el ascensor que se detenía en nuestro piso y vi bajar a un mozo con 2 botellas de champagne. Abrí la puerta de mi habitación y este se sorprendió, momento en que aproveché para decirle: – Ahí adentro están dos de mis primos, me gustaría darles una sorpresa y llevarles el champagne yo mismo, pero vestido de mozo, claro que yo agradecería, si me permite Ud. hacerlo, con una propina. Y le mostré un billete de 100 dólares.

El muchacho sin decir una palabra entró a mi habitación con el carrito y comenzó a sacarse el uniforme en medio de bromas sobre la cara de sorpresa que pondrían al verme.

Me vestí en un santiamén y transpirando la frente me dirigí a la habitación. Era una suite. Golpeé y en medio de las risas logré escuchar un – ¡Adelante! Entré dispuesto a enfrentar a Ana y a quien fuera pero la escena me paralizó. Mi esposa y la otra chica con antifaces puestos yacían en uno de los sillones abiertas de piernas, totalmente desnudas y masturbándose mientras gemían como yeguas. Los tres tipos sentados a su frente reían y fumaban mientras se comenzaban a desvestir.

– Adelante chico, me dijo el jefe de Ana, Jorge, -Puedes dejar las cosas y si te gusta mirar algo que nunca olvidaras, puedes hacerlo, dijo entre las risas de los demás.

Miré a mi mujer esperando que me observara cuando me percaté que los antifaces no tenían agujeros para los ojos, por lo que su visión estaba totalmente nula.

– ¡Siéntate y descorcha las botellas! Me ordenaron. Y eso hice.

Uno de los muchachos, ya desnudo abrió una valija y comenzó a sacar de ella todo tipo de juguetes sexuales y un aparato para dar enemas, al tiempo que muy decidido comenzaba los preparativos.

Ana balbuceaba: – Jorge, quiero verga, por favor, ¿dónde estás?, quiero verga mi amor. A lo que este contestaba: -No, sos una señora casada y madre de familia. -Por favor mi amor, no me interesa eso, quiero leche, quiero verga, necesito ya mismo tener un orgasmo. -Aun no Ana. Recuerda que dijimos que sería especial esta vez y estuviste de acuerdo. – Ábrete el culo que Walter te dará una enema. Mi mujer lejos de amilanarse se acomodó y se abrió el culo mientras el otro muchacho con sus dedos le masajeaba los labios vaginales.

La otra muchacha parecía que iba a destrozarse la concha con sus propias manos. El tal Walter era un experto pues en menos de un minuto le habia colocado dos enemas a mi mujer y esta, solita sin mediar indicación alguna se colocó con el culo apuntando al techo y empezó a soltar el líquido de manera muy potente.

La escena era de una dureza extrema, restos de materia fecal volaban por el aire, entre los alaridos y los vítores de los demás presentes. Alicia se levantó y comenzó a lamer la concha de Ana mientras esta con un alarido tenía su ansiado orgasmo. El segundo muchacho enterró la verga en la vagina de Alicia y esta comenzó a lamer la concha de mi esposa con mayor velocidad.

Jorge, se incorporó y tomando una de las botellas de champan la acercó a la vagina de mi mujer, ¡cuando recordé que debía tomar fotos o algo! Encendí mi minifilmadora y nadie se dio cuenta debido a la tremenda calentura que tenían y al alcohol.

Le enterró el pico de la botella de champagne y batió la botella para sacarla de golpe y una catarata de burbujeante líquido salió expedido de la concha de Ana que lloraba entre orgasmos.

-¿Te gusta, perra? le dijo su jefe.-Si…me encanta…dejame chuparte la pija Jorge, Por favor…. -No, antes debes preguntar cómo está tu familia, Ana… -¡No, No, Eso No! respondio ella. Pero Jorge ya le alcanzaba su propio celular y esta lo tomaba. El marcó el número, pero claro, mi celular estaba apagado en mi bolsillo.

Ella lejos de sorprenderse comenzó a hablar. ¡A fingir! – Hola Germán, mientras la lengua de Alicia hacía estragos en sus pliegues y la pija de Jorge dibujaba círculos en sus mejillas.

-Hola amor, ¿cómo están los chicos? Yo estoy bien, recién llegamos y estoy con Alicia, mi compañera en una habitación para nosotras. – Bueno Germán, quedate tranquilo que estoy muy bien, dijo entre las risas sofocadas de los otros 4. Cerró el celular y lo arrojó lejos al tiempo que haciendo fuerza con su ano, liberaba los últimos restos de la enema.

-¡Listo, ya cumplí! Ahora cumplan Ustedes, gritó. Y comenzó una noche tremenda para ella. Yo filmaba con lágrimas en los ojos mientras nadie parecía percatarse de mi presencia.

Colocaron un embudo en el ano dilatado de mi esposa y todos comenzaron a orinar en el. Su culo sediento retuvo los orines de tres machos para luego expulsarlo a gran altura y con tremenda potencia. Ana y Alicia tomaban champagne del pico de la botella mientras gemían por más verga.

Comencé a retirarme y la última escena que pude ver fue a Ana empalada por el culo por el sable de Jorge mientras chupaba la concha de su compañera, que a su vez les lamia la pija a los otros dos.

-¿Como estarán tus hijos Ana? preguntó su jefe. Y esta respondió: -No me interesa en lo más mínimo. Solo dame otra enema porque me encantó…

Cerré la puerta tras de mi apagando la filmadora y me dirigí a mi habitación…

Continuara…

Autora: Ana.

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