Engaño

Bueno, aquí me tienen nuevamente después de que me cerraran la página de facebook. No estoy seguro del porqué, pero me alegra poder seguir compartiendo mis fantasías en este lugar :D

Advertencia: El siguiente relato quizás no te guste tanto si sueles ser meloso y romántico como yo, sobre todo si leíste El Hombre De Mi Vida. A mí también me gustó mucho como quedó aquel relato, pero los personajes dieron más ideas a mi cabezita, y aquí está el resultado. Si no has leído El Hombre De Mi Vida te lo recomiendo antes de que leas éste, aunque no es absolutamente necesario. Como sea, me gusta mucho este relato, porque tiene historia y no es simplemente una escena de sexo (incluso si eso lo vuelve un poco largo) ;) Espero les guste tanto como a mí me gustó.

Ahora si, sin más los dejó con lo que vinieron a buscar :P

Engaño

Había vivido los seis meses más maravillosos de mi vida en compañía de Gerardo, El Hombre De Mi Vida. Era algo extraño andar con alguien que tenía el mismo nombre que tú, pero cualquier inconveniente quedaba compensado con los momentos que vivía a su lado. Con Gerardo había disfrutado de salidas al cine, parques y museos; veladas románticas y por supuesto también de sesiones inolvidables de sexo. También nos había tocado vivir algunos momentos difíciles, como una ocasión en que su madre se había puesto mal y había terminado en el hospital. En todo momento estuve ahí para apoyarlo.

Aquel día era especial. Cumplíamos seis meses y él me había dicho que me había preparado algo especial en su casa. Yo intuía que sus planes incluían comida, una película en la comodidad de su sala y terminar con algo de sexo donde se nos ocurriera. Exceptuando el cuarto de su mamá, toda la casa estaba disponible para lo que nos placiera.

Crucé la calle con emoción. Me acababa de cortar el cabello el día anterior, y aquel día llevaba una playera azul que sabía que a le encantaba a mi novio, al igual que un pantalón de mezclilla que resaltaba ligeramente tanto mi trasero como mi pene. Y si aquello no iba a bastar para gustarle a Gerardo, llevaba aquellos bóxer rojos pegados que sabía que le encantaban, y con los cuales apenas y se enteraba que los llevaba puestos tenía una erección inmediata. Aún recordaba lo incómodo que había sido para él cuando mi playera se alzó un poco en medio de un parque público y descubrió que llevaba puesta aquella ropa interior.

Toqué la puerta de su casa y un momento después la puerta se abrió, y el rostro de Diego me recibió.

-¿Vienes a ver a Gerardo? -preguntó de una manera un tanto hosca.

-Sí -le contesté sencillamente.

La actitud de Diego me hacía sentir incómodo. Cuando había empezado a andar con Gerardo tanto él como Marcos se portaban de maravilla conmigo, pero de repente Diego se había empezado a comportar como si hubiera algo relacionado conmigo que lo molestaba profundamente.

Recordaba claramente qué día había empezado ello. Llevaba tres semanas de andar con Gerardo cuando llegué a su casa mientras Diego iba saliendo. Yo lo saludé animadamente, pero él no me regresó el saludo, si no que simplemente me volteó a ver con una mirada asesina para después voltearse. Cuando había llegado con Gerardo y le había preguntado si algo le había ocurrido a Diego él solo había suspirado y me había abrazado diciéndome “Está haciendo berrinche, ya se le pasará”. Y aunque la actitud de Diego posteriormente había sido más amable, resultaba obvio que no era de su agrado el que yo visitara muy seguido a Gerardo. Me pregunté si el berrinche habría estado relacionado con que yo fuera a la casa y si seguía en pie.

-Pasa, no sé dónde esté pero pasa -me respondió Diego mientras abría bien la puerta y me dejaba pasar.

Me pareció ver que Diego llevaba puesta la misma ropa que había llevado el día anterior, pero me despreocupé al pensar que aquello no me interesaba. No me convenía poner excesiva atención a Diego, porque si bien al que amaba era a Gerardo, no podía negar que el cuerpo de Diego seguía excitándome. Así que prefería ignorar aquello. Era algo más instintivo y carnal, poco que ver con lo que me hacía sentir Gerardo, pero que si dejaba que aflorara no sabía a dónde podría llevarme.

-¿Salió a algún lado? -le pregunté a Diego. La verdad esperaba encontrar a mi novio en la cocina.

-No lo sé -contestó Diego mientras iba al baño-. Me desperté y ya no estaba.

Aquello no me sorprendió. Si algo había aprendido es que si Diego no tenía nada que hacer era capaz de dormir más allá del mediodía. Tomé asiento para ver la televisión mientras Diego empezaba a rasurarse. Gerardo volvería, o de lo contrario me hubiera llamado a mi celular o algo para cancelar la cita.

Diego terminó de rasurarse, y aparentemente iba a meterse a bañar. Sin embargo, antes de que se encerrara en el baño el teléfono sonó y él se dirigió hacia él antes de que yo pudiera hacer algo. Bien, era su casa, aunque no me hubiera negado a contestar por él especialmente porque el teléfono estaba más cerca de mí que de él.

-Bueno -dijo él mientras contestaba-… Ah. ¿Qué pasó?… ¿Pues qué estás haciendo?… ¿Y soy yo el culpable?

Diego parecía ligeramente molesto. Me pregunté quien le estaría marcando mientras fruncía el ceño. Sin saber porque aquello llamó mi atención sobre las diferencias que existían entre él y su hermano. Si bien ambos eran de tez clara, las cejas de Diego eran más gruesas, su cara era más cuadrada mientras que la de Gerardo era más redondeada y los ojos de Diego lucían más hundidos.

-Sí, claro, como digas. Siempre he de ser el culpable… Quizás lo hubiera recordado si me hubieras dado un incentivo -continuó él diciendo al teléfono, aunque el tono de voz ya no era molesto, si no más bien un poco persuasivo y bromista-… Creo que sabes perfectamente de qué hablo… Sí, sí -dijo mientras suspiraba-. Ya sé que ahora piensas eso… Aunque antes no parecías opinar lo mismo… Sí, claro, como si fuera tan sencillo… Ahora que lo preguntas sí… Claro, yo le digo… Sí, sí… No te preocupes… Por supuesto… Adiós.

Diego colgó y y me volteó a ver. Sin embargo, algo en él cambio al verme. Ahora lucía pensativo. Aquello me pareció tremendamente extraño.

-¿Era Gerardo? -pregunté guiado por mi intuición. Aquello me explicaría porque ahora me volteaba a ver así.

-No, era una amiga de Marcos -dijo mientras se frotaba la barbilla y comenzaba a sonreír-. ¿Quieres unas palomitas?

Su cambio de actitud me desconcertó por completo. Antes de que pudiera responder ya estaba frente al horno de microondas metiendo una bolsa de palomitas para hacerlas.

-¿Cómo van las cosas entre tú y Gerardo? -me preguntó una vez que hubo hecho funcionar el microondas.

Me tardé unos segundos en contestarle.

-Bien -fue todo lo que contesté. Ahí había algo extraño que sin embargo no alcanzaba a vislumbrar.

-¡Que bien! -exclamó él con una sonrisa.

Por extraño que pareciera, la sonrisa de Diego no me gustaba para nada. Prefería la apariencia de chico rudo que tenía cuando estaba serio. Aquello era un enorme punto a favor del porqué era mejor que dejara de pensar en Diego de una vez y me enfocara en Gerardo totalmente. La verdad es que aún había noches (especialmente cuando llevaba tiempo sin tener sexo con Gerardo) en que me masturbaba pensando en Diego y en aquella ocasión en que lo había visto solo en bóxer. Una fantasía, solo eso. A nadie dañaba con fantasear, ¿o sí?

El horno detuvo su marcha, y Diego sacó la bolsa de palomitas ya inflada del interior. La abrió y una nube de vapor salió de su interior.

-¡Perfecto! Solo las dejamos enfriar y listo. Mientras me meto a bañar, ¿te parece? -dijo él.

Yo asentí distraídamente mientras intentaba buscarle un sentido a lo que estaba pasando. No entendía porque de repente Diego parecía tan feliz. ¿Tendría que ver con la llamada de la amiga de Marcos? ¿Qué demonios le habría dicho la chica que lo puso tan feliz?

Un sonido me sacó de mis pensamientos. Una canción que provenía… ¿del baño? ¿Diego estaba acaso cantando en el baño? Me concentré en el sonido, y me di cuenta que efectivamente Diego había comenzado a cantar una canción que yo no conocía. Oí como la regadera se abría, pero aún así alcanzaba a oír la voz de Diego.

Decidí hacer caso omiso. Quizás Diego fuera bipolar. No estaba seguro bien de en qué consistía la bipolaridad, pero hasta donde entendía se refería a cambios de humor que se mantenían durante un tiempo. Quizás todo este tiempo solo había vivido un episodio de un sentimiento de enojo y había llegado el tiempo de cambiar a la felicidad. Bueno, quizás así podría llevarme mejor con mi cuñado. Al menos hasta que le llegara su próximo episodio de sentimientos negativos.

Me puse a ver la tele, un programa cualquiera de esos en que se daban cita familias con un montón de problemas y se empezaban a gritar los unos a los otros. Siempre me había preguntado cómo alguien se podía prestar a aquello, pero quizás nunca llegaría a entenderlo.

Oí que la puerta del baño se abría, pero decidí no voltear a ver. No sabía si Diego habría salido ya vestido o con una toalla o bata de baño, pero la verdad no quería averiguarlo. Si mi teoría sobre lo que Gerardo me había preparado para aquel día resultaba cierta lo último que necesitaba era tener la mente llena de imágenes sobre el cuerpo de Diego.

En ese momento se me ocurrió pensar que quizás la ausencia de mi novio estaría relacionada con lo que estaba preparando para aquel día. Quizás había salido a comprar algo. De repente, me acordé que me había negado a comprarle un regalo. Gerardo desde el principio me había dejado claro que no le gustaba que le regalaran cosas que no tenían utilidad práctica, y como yo era tan bueno eligiendo regalos la verdad no creía tener muchas esperanzas de encontrar algo que él necesitara. Sin embargo, si él llegaba con algo para regalarme quedaría mal. Quizás debí haberme tomado mi tiempo para pensar un poco que podría necesitar mi novio.

Mi mente estaba ocupada pensando en eso cuando sin previo aviso Diego se sentó a mi lado llevando la bolsa de palomitas consigo.

-¿Quieres? -me dijo mientras me ofrecía la bolsa.

Yo tenía la boca abierta, y no era para menos, pues Diego solo llevaba una toalla anudada por la cintura, dejando a la vista su cuerpo delgado y marcado. Sabía que Diego practicaba ejercicio, pero aún me sorprendía ver aquellos músculos cuando yo sabía que su hermano mayor no estaba nada marcado y era propenso a que se le empezara a hacer panza si comía de más o dejaba de hacer alguna actividad.

Diego me volteó a ver al notar que no le contestaba, y me temo que tardé en reaccionar.

-Sí, por supuesto -le respondí mientras tomaba un puñado de palomitas y agachaba la mirada.

De reojo me pareció observar que la sonrisa de Diego se ensanchaba.

-¿Vas a salir a algún lado? -inquirí yo sin animarme a verlo nuevamente. Acababa de recordar que Gerardo me había asegurado que íbamos a tener la casa para los dos solos.

-Pues planeaba dejarlos solos a mi hermano y a ti, pero no tengo inconveniente en hacerte compañía mientras él llega -contestó él mientras agarraba un puñado de palomitas.

Yo tomé más palomitas mientras rogaba que Gerardo se diera prisa, porque aparentemente la idea de acompañarme de Diego incluía quedarse solo con una toalla cubriendo su anatomía.

Nos quedamos un momento en silencio, mientras en la televisión una señora le gritaba a su marido reclamándole que le había puesto el cuerno con una chica veinte años menor.

-¿Tú qué harías si Gerardo te fuera infiel? -me preguntó Diego.

La pregunta me desconcertó, e incluso hizo que me olvidara de la semidesnudez de Diego. Lo volteé a ver mientras ladeaba la cabeza.

-No lo sé -le contesté.

-¿Lo dejarías? -preguntó él.

Medité la respuesta antes de expresarla.

-Depende de que clase de infidelidad sea -contesté finalmente.

-¿A qué te refieres? -cuestionó él.

-Bueno si tuviera sexo con alguien más, pero solo eso, lo perdonaría. Digo, a veces hay alguien que te atrae y no aguantas las ganas -le confesé a Diego-. Pero si fuera algo más emocional, algo en lo que frecuenta a esa persona y la procura… Entonces creo que preferiría dejarlo con esa persona.

Diego rió leventemente con aquello. Yo no le vi el chiste, así que volví a verlo con mirada inquisitiva.

-Dudo que alguna vez procure a alguien como lo hace contigo -contestó él-. Tú no puedes saberlo porque tú fuiste el responsable del cambio, pero yo si lo veo. Él era la clase de chico que jamás se enamoraba. Marcos y yo creíamos que siempre estaría soltero. Aparecieron un par de chicos antes que tú, pero Gerardo solo salía un par de veces con ellos antes de que no volviéramos a saber de ellos. En cambio contigo ha sido totalmente diferente. Ha cambiado por completo, y a veces llega a hartar el hecho de que parezca que lo único que le importa y lo único que quiere en la vida eres tú.

El tono de voz de Diego nuevamente se había vuelto un poco hosco. Quizás no fuera bipolar, si no que realmente tuviera algo en contra de que yo anduviera con su hermano.

-¿Pero en serio no te molestaría que tuviera algo de sexo con alguien más? -me preguntó mientras la sonrisa volvía a su rostro, tan rápidamente que me asusté un poco-. ¿Incluso si ese alguien más fuera un conocido tuyo?

En ese momento Diego me pasó un brazo por detrás, como si lo estuviera recargando tranquilamente en el respaldo del sillón en el que nos encontrábamos. Su postura se había vuelto más relajada. Tenía que concentrarme o mi mente se empezaría a llenar de imágenes de mí estirando mi mano para quitarle la toalla.

“Gerardo, mi novio” fue lo que me repetí en mi mente.

-De hecho, me relajaría si ese alguien fuera un conocido -confesé-. De esa manera podría darme cuenta si realmente se trata de solo sexo o está sucediendo algo más ahí.

-¡Vaya, tienes una curiosa forma de ver las cosas! -dijo él mientras dejaba la bolsa de palomitas a un lado, en una mesita que estaba cerca del sillón, para después colocarse en la misma posición que había tomado, aunque más cerca de mí al parecer.

“Amo a Gerardo, amo a Gerardo” me obligué a pensar, pero no pude evitar que otro pensamiento se colara en mi mente: “Pero Diego siempre me ha gustado”.

No podía negar la verdad de aquello. Aunque desde que andaba con Gerardo me había dado cuenta que mi gusto por Diego no iba más allá de lo físico, eso bastaba para que mi mente volara y tuviera fantasías de sexo con él. No me interesaba una relación, porque Diego no me interesaba nada más allá del sexo.

-¿Y crees que Gerardo vería las cosas de la misma manera que tú? -me preguntó él.

Mi pulso empezó a acelerarse, pero más que sentirlo en mi corazón empecé a sentirlo en mi entrepierna. Fui incapaz de moverme, ya que en esos momentos aunque Diego acercaba su rostro al mío no pensaba con claridad las implicaciones de ello.

-La verdad no lo sé -confesé.

-Pues esperemos que sí, ¿no? -preguntó él antes de plantarme un beso.
Mi cerebro se desconectó de manera literal, y solo quedó el sentimiento y el deseo. Deseo porque llevaba deseando a Diego desde que había visto el cuerpo que se cargaba, sentimiento porque su beso me producía sensaciones difíciles de explicar. No tenía nada que ver con los besos que solía experimentar con Gerardo. Diego era más desenfrenado, rudo y pasional. No había ternura en sus besos, sus dientes apretaban salvajemente mis labios y su lengua entraba sin ningún pudor en mi cavidad oral.

Diego tomó una de mis manos, y la acercó a su entrepierna. Pude sentir la dureza de su pene por encima de la toalla, y me di cuenta con el simple tacto que el pene de Diego era más grande que el de su hermano. Aquella comparación fue la que me hizo recuperar la cabeza.

-Espera, espera -le dije mientras ponía mis manos en su pecho y lo empujaba-. ¿Qué crees que estás haciendo?

Lo cierto es que tocar sus pectorales marcados no me daba ánimos para detenerlo por mucho tiempo.

-Solo un poco de diversión para pasar el rato -respondió él con una sonrisa cínica.

-¡Soy el novio de tu hermano! -exclamé molesto.

-Bueno, eso solo quiere decir que Gerardo me conoce -dijo él-. Si siente igual que tú preferirá que tengas sexo conmigo a que lo tengas con un desconocido.

-¡Eres un…!

No tenía palabras para él. Simplemente me puse de pie, pero él me imitó en cuestión de segundos.

-¡Vamos Gerardo! ¿Me vas a decir que no te gustó el beso? -preguntó él.

Quise negarlo, pero no pude. No podía mentirle.

-Eso es irrelevante -fue mi respuesta.

-¿Entonces qué es relevante? ¿El hecho de que yo te gustaba antes de que lo hiciera Gerardo?

No pude evitar sorprenderme con aquello. ¿Cómo demonios lo sabía?

-No eras muy discreto Gerardo -dijo Diego-. Ni siquiera ahora lo eres. Te he visto mirarme algunos de los días que vienes a ver a Gerardo. Si, con él es con quien disfrutas pasar el tiempo, pero soy yo quien te sigue llamando la atención ¿Crees que no vi tu mirada cuando me senté a tu lado? Me sigues deseando. Y en este momento yo deseo que estemos juntos.

-No sabía que eras gay -le dije intentando desviar la atención a un tema que no fuera mi deseo por él.

-Si nos vamos a poner con etiquetas la verdad es que no sé lo que soy -contestó Diego desenfadadamente mientras daba un paso hacía mí para quedar prácticamente tocándonos-. Pienso que terminaré casándome con una mujer porque son ellas quienes me gustan para una relación como la que tienen tú y Gerardo, pero si se trata de sexo opino que no hay nada mejor que la boca de un hombre o su culito tragón.

Rodeó mi cuerpo con sus brazos, apretando mi trasero. Sentir sus brazos musculosos rodeándome y sentir como su pene totalmente erecto presionaba mi entrepierna me volvió a desarmar totalmente.

-Gerardo podría llegar en cualquier momento -le dije intentando con eso convencerlo de que se alejara.

Él sonrió y volvió a besarme. Aparentemente se había dado cuenta que no intentaría alejarme de él nuevamente a menos que él lo hiciera primero.

-No hay problema -dijo mientras ponía sus manos debajo de mi playera acariciándome y me besaba el cuello-. No era ninguna amiga de Marcos. Era mi hermano diciendo que le había surgido un imprevisto y no iba a poder llegar a la casa hasta la noche. Tenemos bastante tiempo para hacer todo lo que queramos.

Volvió a atacar mis labios. La noticia de su mentira me había molestado, por lo que usé los dientes sobre sus labios intentando causarle alguna clase de daño. Sin embargo, parecía que él lo prefería así, ya que sus manos continuaron acariciándome con más fruición y me siguió el patrón en el beso.

Ya no pude pensar más. Me dejé llevar por los deseos de mi cuerpo. Mi mano izquierda recorrió su cuerpo, sus pectorales y su abdomen que me había hecho suspirar desde el primer momento en que los vi mientras mi diestra se dirigía hacia la tienda de campaña en que se había convertido su toalla a la altura de la entrepierna. Con un movimiento de sus manos él se desanudó la toalla, la cual cayó al suelo dejándolo completamente desnudo. Mi mano izquierda bajó poco a poco, sintiendo la firmeza de cada uno de los músculos de su cuerpo, su trasero, sus piernas. Mientras tanto, mi mano derecha recorría aquel tronco que debía medir unos diecinueve centímetros. Mis dedos recorrían toda su longitud, frotaban suavemente su glande y después se perdían entre los vellos que recubrían aquellas bolas que colgaban debajo. Sus testículos igualmente eran grandes y en aquel momento colgaban bastante, lo cual me permitía contemplar con el tacto aquellos perfectos depósitos de esperma.

-Mi verga se está muriendo porque la chupe tu boquita -dijo él separando su boca de la mía.

Más allá de mi voluntad me hinqué en el suelo mientras contemplaba aquel cuerpo perfecto de abdominales marcados. Vi aquel pito con el que había soñado por bastantes meses antes de andar con Gerardo, y no pude evitar que se me hiciera agua la boca. Aquello era más perfecto de lo que había creído. El pene de Diego era totalmente recto, quizás un poco delgado pero de un excelente tamaño, con su cabeza en forma de champiñón que era visiblemente más gruesa que el resto. Su piel era lisa, y juzgar por la situación el chico se encontraba circuncidado.

-Vas -dijo él mientras me jalaba con una mano de la nuca.

Solo había un camino posible, y era aquél que deseaba. Dejar que aquel trozo de carne se perdiera lentamente en mi garganta. A mí me hubiera gustado hacerlo lentamente disfrutando de cada centímetro de polla que se metiera dentro de mí, pero Diego me obligó a tragármelo rápidamente. Ni siquiera le importó cuando su pene llegó al punto en que empezaron a darme náuseas, y aunque intenté apartarlo me obligó a comerme su pedazo de chorizo entero. Con el pene de Diego hasta el fondo sentí que el vómito pugnaba por salir desde mi estómago, y también sentí como lágrimas escurrían de mis ojos.

-Respira profundo para que te acostumbres más rápido -me dijo él con evidente placer-. Piensa que es algo muy rico que te estás comiendo, porque de ninguna manera pienso sacar mi pito de esta cuevita caliente.

Sí, me daba cuenta de aquello por la presión que sus manos ejercían en la parte posterior de mi nuca. En ese momento noté que sus brazos fibrosos no solo servían para ser admirados, si no también para aplicar la fuerza necesaria para hacer aquello.

Así que decidí que lo mejor que podía hacerle era caso. Traté de relajarme y respirar para calmar las náuseas. Las lágrimas seguían saliendo, pero había de reconocer que aquello me producía un extraño placer. Por ningún chico me había dejado que me hiciera algo así jamás, prefería golpearlo y alejarme de él antes de que se aprovechara de esa manera, pero saber que quien lo estaba haciendo era Diego me daba la sensación de que aquello no era tan malo.

Y no, no lo fue. En poco más de un minuto me acostumbré a aquella monstruosidad dentro de mi boca, y empecé a disfrutar como ocupaba el espacio que había en mi garganta, rozando mi lengua, dientes, labios, paladar y campanilla. Hice algunos movimientos con mi lengua y succioné ligeramente, disfrutando del sabor que aquella herramienta tenía.

-Así que ya te acostumbraste -dijo Diego con una sonrisa perversa-. Qué bien, porque ahora viene lo bueno.

¿Algo mejor que aquello? Se me hacía difícil de imaginar algo mejor que tener la boca llena de un miembro como aquel. Claro que no se me ocurrió pensar que quizás Diego estaba pensando más en sí mismo que en mí cuando había dicho eso. Entrelazó sus dedos en mi cabello, y antes de que pudiera pensar en porqué hacía aquello movió su cadera hacia atrás.

Yo quise perseguir su pene que ahora salía de mi boca, pero cuando intenté seguirlo un dolor en mi nuca me detuvo. Él sostenía de manera firme mi cabello, así que no tenía posibilidad de mover la cabeza sin provocarme un nuevo dolor. De esa manera tuve que renunciar a mantener su pene hasta el fondo de mi garganta. El vacío resultante en mi boca de repente me resultaba molesto.

Pero no tuve que aguantarlo mucho tiempo. Cuando me estaba haciendo a la idea de que dejaría de saborear aquella hermosa verga, justo cuando solo la puntita quedaba dentro de mi boca, Diego metió su gran pene de golpe hacia dentro. No estaba preparado para aquello, y al llegar a mi garganta hizo que las náuseas amenazaran con regresar, si bien no con tanta fuerza como hacía un rato.

Su pito comenzó a salir, y luego volvió a entrar. Diego me estaba follando literalmente por la boca, sosteniéndome la cabeza con ayuda de sus manos. Eso hacía que él fuera el único responsable del movimiento y la profundidad de la penetración. Cada vez que metía su pene hasta el fondo sentía las lágrimas pugnando por salir de mis ojos, pero cuando lo sacaba deseaba que lo volviera a meter. Todo con tal de poder saborear aquel hermoso pedazo de carne.

-¡Mira que bonito te ves comiendo verga! -dijo Diego-. Si pudieras ver lo excitante que es ver mi pene perdiéndose en tu boquita. A que te gusta, ¿verdad?

Era difícil dar una respuesta cuando él sostenía mi cabeza y su pene inundaba mi boca a cada momento, pero dejé que la expresión de mi rostro hablara por mí. Cerré los ojos para poder concentrarme en las sensaciones táctiles y de sabor que dejaba su pene cada vez que entraba en mi boca. También disfrutaba de el olor que me veía obligado a inhalar cada vez que mi nariz quedaba enterrada en su vello púbico. Olía a limpio, pero aún así quedaban trazas de un aroma más animal, un olor que me llamaba y hacía que aquel momento fuera placentero.

La velocidad del mete y saca de mi boca fue acelerándose hasta que se volvió difícil distinguir en que momento su pene estaba dentro y cuando fuera, ya que antes de que me diera cuenta que había salido ya estaba entrando nuevamente, y cuando me daba la intención de que llenaba mi garganta ya iba de salida. Además, ya no solo era que entrara y que mi boca lo esperara pacientemente, si no que prácticamente lo estaba succionando para obligarlo a quedarse el mayor tiempo posible dentro, lo cual si bien no daba el resultado que quería si hacía que de alguna manera ambos disfrutáramos más.

-Espera, espera, espera -me dijo de pronto mientras me sacaba su pene totalmente y alejaba mi cabeza de sus caderas.

Aquel jalón que me dio me dolió, así que más le valía tener una buena razón para haber hecho aquello. Levanté la mirada para poder ver su rostro, aunque por el camino mis ojos se iban por su cuerpo. ¡Aquello era mejor que el David de Miguel Ángel, o que alguna escultura de Adonis que algún día había visto! Porque además de que sus músculos estaban más definidos, aquella barra de carne que se levantaba en su entrepierna lo hacía mucho más excitante.

Diego se encontraba respirando lentamente con los ojos cerrados mientras su pene parecía latir por si mismo. Daba pequeños brincos hacia arriba, y si no fuera por las manos de Diego que me detenían me lo hubiera metido en la boca nuevamente en aquel momento.

Diego abrió sus ojos, y una sonrisa retorcida que poco tenía que ver con su sonrisa normal cruzó su rostro mientras me miraba.

-No querrás que acabe sin que mi verga haya entrado en tu culito, ¿verdad? -preguntó él mientras soltaba mi cabeza y me hacía ademanes para que me pusiera de pie.

Aquello me tenía alucinado. Nunca había dejado que un pene grande entrara en mí, ya que me daba miedo. Si descubría que mi amante tenía un pene que considerara excesivamente grande prefería limitar la actividad a sexo oral, o en todo caso hacerla de activo. Sin embargo, con Diego me excitaba enormemente la idea, incluso si una parte de mi presentía que aquello iba a ser doloroso y molesto. Pero bueno, con su forma de obligarme a hacerle sexo oral él me acababa de demostrar que con él lo molesto se volvía también placentero.

Me puse de pie, y en lo que yo me quitaba la playera él se dedicó a desabrocharme el pantalón y bajármelo. Solo tuve que mover un poco mis pies para quedar solo en ropa interior.

-¡Que lindos bóxer! -me dijo él mientras me tomaba de las caderas.

Aquello me hizo recordar que justamente aquellos eran los bóxer que tanto le gustaban a mi novio. El arrepentimiento afloró un poco, pero eso fue antes de que Diego me diera la vuelta y se hincara para pegar su rostro sobre mi trasero. Sus dientes se hincaron sobre uno de mis glúteos y eso hizo que Gerardo desapareciera nuevamente de mi cabeza.

-Ay -me quejé ligeramente.

-Que bonito culo tienes -dijo él mientras jalaba el bóxer para dejar mi trasero al descubierto-. Ya no puedo esperar para verlo comerse mi verga.

Pronto descubriría que no decía eso de manera metafórica, realmente no podía esperar. Hundió un momento su rostro en la raya que se formaba entre mis dos nalgas mientras bajaba el bóxer hasta mis pies. En cuanto hubo terminado se puso de pie, y cuando volteé a verlo me di cuenta de que estaba abriendo un condón con sus dedos. ¿De dónde lo había sacado? Fue algo que jamás llegué a averiguar.

-Vas a ver que te va a encantar -dijo él mientras hacía que recargara mis brazos en uno de los reposabrazos del sillón más cercano para que mi culito quedara parado al aire.

Sentí el látex que rozaba mi entrada, y de repente me dio miedo. ¿Se supone que me iba a penetrar sin más? Aparte de que sería el pene más grande que había entrado en mí, me costaba trabajo aceptar que fuera a penetrarme sin ningún tipo de preparación.

-Relájate -dijo él con una risa-. Si aprietas a si el culo cuando vaya entrando a mí me va a gustar, pero me temo que a ti te va a doler.

Lo mejor era hacerme a la idea de que aquello iba a ser así. Podía detenerlo y mandarlo muy lejos como debí de haber hecho desde el principio, pero la verdad una parte de mí se moría por sentir a Diego muy dentro de mí de la misma manera que lo había sentido en mi garganta. Así que decidí relajarme lo más que pudiera mientras sentía como el pene de Diego totalmente duro aplicaba presión en mi ano. Con aquella presión llegó finalmente un punto en el que sentí como mi anillo anal se abrió permitiendo la entrada de aquel intruso. Era como si me abriera en dos, porque durante el momento en que su cabeza atravesaba la primera parte de mi recto sentí dolor y quise escapar, pero Diego me tenía bien sujeto agarrándome de las caderas.

-No manches -dijo Diego con evidente placer-. ¡Lo tienes bien apretadito!

Diego hizo que su amiguito siguiera avanzando en mi interior, pero después de que entró la cabeza, el resto fue más fácil. Gracias a la forma de champiñón que tenía su pene, el tronco entró de manera extremadamente fácil después de que la cabeza se encargara de abrir el camino.

-Ya extrañaba sentir un culito así -expresó Diego una vez que sus caderas chocaron contra mi trasero.

Yo solo estaba respirando profundamente, intentando calmar el dolor. La verdad, es que haciendo aparte el dolor era una sensación satisfactoria el sentir el pene de Diego dentro de mí, llegando a lugares donde ningún otro hombre había llegado.

Aquel pito inició su retirada lentamente, para cuando solo quedaba la cabeza dentro de mí volver a entrar igualmente de manera lenta. Diferente a la forma en que me había follado la boca, y la verdad se lo agradecía porque no creía que mi culito aguantara una cogida salvaje desde un principio.

Sentir su pene entrando en mi interior era cada vez menos molesto y más placentero. Dejé de intentar escapar, y más que eso yo mismo impulsaba mis caderas hacia atrás cada vez que Diego se clavaba en mi interior, como si de esa manera fuera a hacer posible que él entrara más adentro.

-Sabía que te acabaría gustando -dijo Diego mientras me daba una suave nalgada-. Si supieras…

No dijo nada más, pero su acción cambió. Comenzó a acelerar su mete y saca, mientras mi placer se multiplicaba. ¿Sería que su cabeza rozaba mi punto G cada vez que entraba y salía?

-Me encanta, me encanta tu culo -dijo Diego mientras se recargaba sobre mi espalda y pasaba sus brazos por debajo de tal manera que me agarró de los hombros y de esa manera podía jalarme hacia él.

-Y a mí me encanta tu verga llenando mi interior -le dije yo.

Él empezó a cogerme con fuerza, jalándome por los hombros cada vez que quería una penetración más profunda. Yo no podía hacer otra cosa que gemir con fuerza, sintiendo en ocasiones que su pene intentaba llegar nuevamente a mi garganta desde el otro lado.

Llegó un punto en el que él comenzó a reducir la velocidad. Me pregunté si se habría venido o si quizás estaba intentando contenerse nuevamente. Se irguió, y sacó su pene con cuidado de mi interior.

-Ven -me dijo mientras me jalaba para que yo también me incorporara y lo siguiera-. Quiero probar una pose que presiento te va a fascinar.
Me llevó a la pared más cercana, con su pene aún totalmente duro y recubierto por el condón. La falta de alguna mancha quería decir que no se había venido, aunque daba la impresión de que ya contenía algo de líquido preeyaculatorio.

Una vez en la pared hizo que me parara frente a él, dándole la espada en la pared. ¿Qué pretendía?

-Pásame los brazos por el cuello -me dijo él mientras me tomaba de las piernas.

Le hice caso sin estar seguro de lo que estaba planeando, y antes de que pudiera darme cuenta mis pies perdieron piso. Hubiera caído al suelo si no hubiera tenido las manos entrelazadas detrás de su cuello.

-Te va a encantar -dijo él con evidente placer mientras recargaba mi espalda contra la pared.

De repente entendí lo que quería hacer. Levantó un poco más mis piernas, y yo intenté orientar mi culito hacia donde se encontraba su pene. Debido a que seguía abierto por la reciente cogida, no tuvimos mucha dificultad para volver a meter, si bien volvió a dolerme un poco cuando la cabeza entró la primera parte.

-De esta manera puedo ver tu rostro disfrutando del placer de mi verga dentro -dijo él mientras daba un pequeño salto para acomodarme mejor.
Yo sabía que aquella pose no sería posible sin la fuerza que Diego tenía en los brazos. Yo no podría plantearme sostener a alguien de esa manera por mucho tiempo.

El pene de Diego volvió a entrar hasta el fondo de mí, mientras ahora mis bolas quedaban recargadas en su abdomen duro y marcado. La visión de aquel torso perfecto hacía que todo aquello fuera aún más placentero si cabía.

Comenzó el mete y saca, y yo volví a gemir sin ningún pudor. A Diego parecía gustarle aquello, ya que una sonrisa torcida atravesó su rostro y empezó a cogerme con mayor fuerza. A veces me daba la impresión de que con la energía de sus embistes lograría clavarme en la pared. No tenía forma de escapar de algo así, pero no es que yo quisiera escapar de eso.

Estuvimos unos cinco minutos así, hasta que Diego me estaba cogiendo a una velocidad de vértigo. Las sacadas no podían darse tan afuera en esa posición, pero sus metidas seguían siendo lo más profundas posibles. La última sacada fue hasta fuera, y en ese momento Diego soltó mis piernas con lo que yo tuve que volver a ponerlas en el suelo.

-Arrodíllate -me pidió.

Yo le hice caso, y cuando llegué a la altura de su entrepierna él ya se había quitado el condón y lo había arrojado lejos. Se masturbó salvajemente y apenas unos segundos después sus chorros de semen salieron salpicando por completo mi rostro mientras él gemía con fuerza y su cuerpo parecía temblar liegarmente. Lo único que pude hacer fue cerrar los ojos para evitar que me cayera algo dentro de ellos, pero afortunadamente sus fluidos cayeron principalmente alrededor de mi boca, mis mejillas, nariz y un solo chorro (el primero) en la frente. La verdad es que parecía que Diego no se había venido en bastante tiempo.

Diego soltó un largo suspiro, y me golpeó una mejilla con su pene. Supuse que eso significaba que él había terminado, así que abrí los ojos ya que no me parecía que lo que tenía en la frente corriera riesgo de desprenderse.

-¡Te ves endemoniadamente sexy! -dijo Diego mientras volvía a sonreír con aquella sonrisa torcida.

Yo me puse de pie, y me volteé a ver en un espejo que había en la sala. Diego tenía razón. Aquellas manchas de semen recorriendo mi rostro me excitaron como pocas cosas. Con una visión así no tendría que jalármela mucho para venirme.

-Yo te ayudo -dijo Diego mientras se ponía detrás de mí, repegaba su cuerpo y comenzaba a masturarme.

En aquella situación, viendo mi reflejo cubierto de semen, con el tacto del cuerpo de Diego por detrás y su fuerte mano masturbarme tardé unos treinta segundos en venirme de manera abundante. Algo de mi semen cayó al suelo, pero lo que Diego alcanzó a recoger con su mano lo embarró en mi abdomen. Aquella caricia era también totalmente placentera.

-Podemos repetirlo cuando quieras -dijo él con voz seductora mientras separaba su cuerpo del mío, aunque sin dejar de acariciar mi abdomen.

Ahí, cubierto de semen y viendo su hermoso cuerpo desnudo le hubiera dicho sí sin pensarlo. Sin embargo, quizás debería esperar a que mi razonamiento volviera, a que el deseo se apagara y a que mi corazón se hiciera presente para reclamarme antes de tomar una decisión.

Me gusta / No me gusta

Mi padre, mi placer prohibido

Hacía más de un año que yo había descubierto el deseo de mi padre por mí y me embargaba igual pasión por él, pero ahora habían caído todas las barreras, ya nada tenía que quitarle a mi madre, abrí mi cama y mi padre quedó a mi lado, acariciando su piel y palpando el grosor de su pene impresionante, me abrí para el hombre maravilloso y me penetró delicadamente.

Sentía mi cuerpo vibrar como si dentro de el estuviesen danzando todas las fuerzas de mis 18 años recién cumplidos. Cuando me pregunté a mi misma que me pasaba, me respondí que anhelaba tener un hombre conmigo.

Fue esa tarde de viernes durante la clase de química que mi madre había contratado para apoyarme en el estudio, que me di cuenta que ese hombre estaba a mi lado. Mi profesor tenía 25 y estudiaba ingeniería en los últimos años de su carrera. Habíamos iniciado la clase de pie frente a una pizarra, pero ahora, él estaba sentado a mi lado junto a mi escritorio y me acariciaba los muslos con calma y seguridad.

Yo lo dejaba hacer porque eso me gustaba y porque era el inicio de un camino que yo estaba dispuesta a recorrer hasta el último extremo. De modo que cuando él quiso subir su mano más arriba yo cerré los muslos dejándosela dulcemente aprisionada. Ambos quedamos estáticos. Yo fui soltando lentamente mis piernas, separando mis muslos y él continuó con su recorrido hasta alcanzar audazmente mi sexo por sobre mis pequeñas bragas blancas.

Entonces, con un movimiento brusco puse mi mano sobre su muslo derecho justo para apreciar su erección inicial que sin duda era el producto de la excitación ocasionada por sus caricias sobre mi sexo, Yo continuaba en silencio simulando resolver un problema en las hojas de papel, como en una complicidad, para ocultar lo que sucedía bajo la mesa. Hasta ese momento ninguno de los dos había pronunciado palabra alguna referida a nuestra aventura, todo era caricias subterráneas y ardientes.

Yo estaba entrando en un mundo de sensaciones violentas y dulces a la vez y todo eso era lo que yo anhelaba desde días cuando había notado en mí la explosión interna incontenible de mi deseo. Me había acomodado ligeramente en mi silla para que él pudiera acariciarme mejor y de ese modo no tuvo dificultad alguna para meter su mano bajo mi braga y acariciar con ternura mi sexo poblado. Era una sensación maravillosa sentir la mano de un hombre de verdad tratando de conocerme en esa intimidad y fue eso seguramente lo que lo alentó a desabrochar su pantalón y tomando mi mano la puso sobre el bulto duro de su pene. Fue la última iniciativa suya pues todo lo demás lo hice yo por mi voluntad y con creciente deseo.

Mientras él trataba de conocerme con delicadeza yo me apoderé de ese tronco desnudo aprisionándolo en mi mano dentro de la cual lo sentía latir. Era maravilloso. Esa consistencia dura y al mismo tiempo blanda, esa suavidad increíble, solamente parecida a la suavidad de mis pechos en medio de mis noches ardientes y solas.

Ahora era mío y lo recorrí con calma en toda su extensión, hace tiempo tuve una experiencia, pero no lo se. Me gusta así sigue por favor, búscame dentro de mi… ¿no te atreves?..Dime porque no está bien duro ¿tienes miedo?.. Ven así ya…me gusta así como está es como una masa erótica que me atrae… Mañana lo haremos… mañana iremos a mi cuarto y lo haremos… completo así como yo quiero que me tengas… ¿Me lo darás mañana? Si que te lo daré todo… todo.

Esa noche de viernes me sentía diferente porque estaba en el sendero de ser hembra completa, mi cuerpo lo adivinaba y lo sentía de modo que ya tarde me fui al cuarto de mi madre. Siempre lo hacía cuando mi padre no estaba en casa y eso era todos los viernes. Él volvía el sábado por la noche. Así le conté lo que me pasaba con mi profesor, no le conté lo que hicimos porque eso era solo mío, pero si le dije que me gustaba como hombre, que me sentía terriblemente atraída y que al día siguiente lo haríamos, que yo tenía muchos deseos de hacerlo y me parecía el hombre adecuado.

Mi madre estaba feliz con lo que yo le contaba pues ella me había dicho que deseaba que yo tuviera experiencia sexual y que esto le parecía algo controlado y normal.

Me acariciaba el cabello mientras yo reposaba mi cabeza entre sus pechos desnudos. Mi madre es una mujer hermosa y sobre todo abierta y directa. A mi me hubiese gustado ser como ella. Yo sabía lo exuberante que era en la cama porque cuando tenían sexo con mi padre nunca se preocupó de hacerlo en silencio sino que yo podía escuchar sus estallidos desde mi cuarto y muchas veces pudo ver parte de la escena cuando lo hacían, simplemente con la puerta del cuarto semi abierta.

¿No tienes miedo verdad?.. No para nada… no temo nada. Todo lo contrario solo siento unos deseos muy grandes de hacerlo… de que esté sobre mí… de que me lo haga completo… Si es delicioso ya lo verás… debes estar bien dispuesta y adoptar una buena posición… así mira.

Se había sacado la tenue camisa que vestía y entonces separó un poco sus muslos y me dijo que la montara mientras ella se extendía sobre la cama. Me senté entre sus muslos con mi sexo muy cerca del suyo. Jamás me había dado cuenta de lo idénticos que eran nuestros cuerpos… éramos iguales sino fuese porque el suyo parecía tener en cada centímetro de su piel una sabiduría táctil impresionante.

Yo era puro deseo y sus pechos ejercían sobre mi una atracción inevitable. Estiré mis manos y comencé a acariciarlos. Eran dos inmensas uvas eróticas. Ella me acomodó sobre sus muslos abiertos poniendo sus manos en mis nalgas y comenzó a moverse de una manera que nunca había imaginado posible.

Debes moverte así… de ese modo sentirás mucho mejor todo lo que hará contigo… debes ofrecerte y al mismo tiempo apoderarte de él, de todo él… Tú lo haces bien… así muévete así quiero aprenderlo… eso quiero hacer mañana… Si lo harás, te saldrá natural… es lo más fácil y tienes un trasero delicioso lindo y ágil… tierno así como te lo siento… muévete junto conmigo… por favor Adriana… así … no pares… no te detengas.. No… No me detendré… así contigo… así.

Fue un encuentro diferente a otros. Y ya no fue una conversación llena de preguntas y respuestas. Este fue un encuentro de dos mujeres inmersas en el deseo en el cual yo manifesté mis ansias sin control y ella a su vez se dejó llevar por la atracción mutua y nos dimos placer como hembras sin preguntarnos nada.

Creo me quedé en silencio disfrutando de sus gritos y de sus expresiones que yo misma le había escuchado la noche anterior mientras desnudas jugábamos al sexo en su cama. Quizás estaba en la misma posición que habíamos practicado y lentamente me acerqué para mirar, pero la puerta estaba cerrada.

Con audacia giré la manilla de la chapa y vi el hermoso trasero de mi madre subiendo y bajando mientras ella misma sostenía sus pechos locos que volaban por la agitación del deseo. Su pelo rubio caía sobre su espalda y la mujer estaba en medio de un orgasmo salvaje… la escena me ocasionaba una calentura feroz que me paralizó de golpe al darme cuenta que el hombre con el cual mi madre enloquecía de placer, era mi profesor y no mi padre. Caminé lentamente hasta mi cuarto teniendo cuidado de dejar la puerta bien abierta pues quería escuchar hasta el final.

La traición me parecía burda, pero debía reconocer que lo que estaba escuchando y había visto era la más feroz escena de sexo que podría haber imaginado. Cerré los ojos y fui solo oídos: Sigue… sigue por favor no te detengas… macho tierno… entra en mi así… párteme si quieres… desármame entera y ármame de nuevo a tu medida… dame fuerte, no quiero perderme ni un centímetro tuyo… tenemos tiempo aun… nadie ha de venir… no temas, que Adriana no volverá hasta la hora en que acordaron… dame mucho que aún te quedará para darle a ella.

Me parecía vulgar y grotesco. Sin duda que habría de quedarle porque yo no estaría en esa cita pues en ese mismo momento me deslicé por la ventana de mi cuarto y me alejé de la casa para volver solamente a eso de las seis como si viniese llegando de la peluquería. El traidor simulaba haber llegado recién y la hembra promiscua entonaba una canción de moda bajo la ducha seguramente aplacada ya su calentura inaudita.

Yo por mi parte sabía con claridad meridiana lo que había de hacer. Solamente esperaba que transcurrieran los minutos. Le dije a mi profesor que postergaríamos nuestro encuentro pues me encontraba indispuesta y él muy cínico casi simuló lamentarlo y se marchó. Cuando mi madre salió de la ducha esplendorosa yo estaba en la cocina y le comenté que estaba preparándole a mi padre un plato especial que él me había pedido hacía tiempo. Después de cenar nos retiramos a dormir

Pasado la medianoche yo estaba más despierta que nunca en mi vida esperando en medio de la oscuridad. Me había metido bajo las sábanas completamente desnuda y mi cuerpo ardía cuando escuché los pasos suaves avanzando hacia mi cuarto, luego oí abrirse la puerta y en medio de la penumbra el perfil perfecto del hombre desnudo y entonces encendí todas las luces porque quería vivir lo que viviría con la máxima luminosidad.

Mi padre estaba ahora junto a mi cama y yo quedé deslumbrada por la expresión de infinita ternura y de deseo que demostraba su rostro y más aún al observar la erección más sensacional que pudiera haber imaginado. Su pene apuntaba casi vertical hacia arriba y sus bolas se habían empequeñecido bajo el grosor casi aterrador de la base de ese mástil hermoso.

Hacía más de un año que yo había descubierto el deseo de mi padre por mí si bien nunca lo había aceptado aunque me embargaba igual pasión por él, pero ahora habían caído todas las barreras y todas las máscaras ya nada tenía que quitarle a mi madre porque ella se había demostrado tal como era sin reparar en nada. Entonces abrí mi cama y mi padre quedó a mi lado, acariciando su piel y palpando el grosor de su pene impresionante, me abrí para el hombre maravilloso y me penetró delicadamente.

¿Dime que sientes?… Lo que siento es lo que soñé mil noches deteniéndome en la puerta de tu cuarto y quiero darte lo que me pidas porque soy tuyo ahora como te deseaba desde hace más de un año… mujercita increíble que me volviste loco… Deslízate a través de este suplicio duro y suave mientras mantengo tu maravilloso trasero sujeto entre mis manos.

Déjame moverme hombre perfecto, deja que mi pelo caiga por mi espalda porque es el más lindo que has visto y mi sexo lo más perfecto que pudieras tener… hombre mío disfrútame y olvida a la hembra que te daña… yo curaré todas tus heridas y tú me harás solo tuya, así como lo estás haciendo. Entra, entra,… entra más, separa todo lo que hay que separar… hazme más profunda y más ancha, más, aún más… no me hagas callar, déjame hablar fuerte, deja que ella escuche… deja que sepa que ahora eres mío y que jamás te dejaré ir porque jamás te engañaré…

Dime tú lo que sientes…. Si siento que tengo el fruto prohibido de mis sueños y de mis pesadillas y me siento latir en ti … dentro de ti allí donde ahora hay un espacio que no existía porque yo lo he abierto en ti… así muerde, muérdemelo con la fuerza y el deseo incomparable de tu sexo joven… así muerde y recíbeme agítate conmigo …Si hombre mío déjame gritar mi felicidad y mi placer prohibido por fin.

La mujer estaba mirando desde la puerta… yo no se desde cuando, pero lo había visto todo. Era lo que yo quería. Ni un solo gesto de espanto ni de rechazo… tampoco a nosotros nos importaba… teníamos lo que anhelábamos… ella… no se yo que tenía

...nunca lo supe y no quiero saberlo… ¿Para qué?

Autora: Adriana

Me gusta / No me gusta