Paula, mi cuñada, mi pecado.

Hará una cuestión de seis meses, sucedió algo con mi cuñada que me hizo tambalear mi cosmovisión. Mi nombre es Sergio, soy casado. Mi mujer Veronica, es unos años menor y tiene una hermana, cinco años más joven que ella, de nombre Paula. Voy a describirla: es alta, delgada, muy bella de cara, no muy exhuberante, pero aunque sus dones son discretos no dejan de ser apetecibles. Su cabello de color castaño, lo lleva lacio entre suelto y atado, según la ocasión o su humor. Siendo casi una adolescente, Paula me veía como un viejo, por lo que desde que eramos novios con mi mujer, jamás me observó más de dos veces. Esto me dejó siempre con la pregunta que me formulé mil veces. ¿Que la llevo a hacer lo que hizo esa mañana, hace seis meses?
Desde que nos mudamos juntos, mi mujer quiso que mi cuñada tuviera una copia de la llave de nuestra casa, un departamento en Buenos Aires, capital. Con la excusa de regar las plantas y cuidar los gatos que tenemos. cuando nos ibamos de vacaciones. Como mi cuñada está estudiando en la universidad en capital, pero vive en provincia, cada dos por tres se queda o pasa a hacer un alto, aunque más no sea, por nuestra casa. Paula es una joven de unos veinte, algo diferente. Es muy independiente, aunque tiene sus chiquilinadas. Su caracter dominante y su hermoso y esbelto cuerpo espanta a los hombres. Considera que son todos unos cobardes, aunque usa otras palabras. Debo reconocer que no tengo argumentos para rebatirle. Los hombres que ha conocido no son lo mejorcito de mi género. Con mi mujer son muy íntimas, pero conmigo siempre mantuvo una amistosa distancia, algo normal entre cuñados. Ni compinches, ni adversarios. Pero a partir de esa mañana la vi diferente para siempre.
Mi mujer siempre se va a trabajar más temprano que yo y regresa también más temprano. Esa mañana, yo dormía hasta tarde, aprovechando que no tenía que ir hasta la tarde a trabajar y con el agregado que la noche anterior me había desvelado terminando unas tareas atrasadas. Entre dormido y despierto, abrí apenas los ojos y escuché sonidos de llave abriendo la puerta. Creo que pensé que era Veronica que regresaba al olvidar algo. ¿Cuanto habré dormido desde eso? Lo ignoro. Creo que por esa idea de pensar que era Vero, no me sobresalté por nada. Solo duermo con boxers, por lo que estaba casi desnudo. Entre sueños, sentí como me descubrían la verga erecta, dejandola al aire. Como cada mañana, debido a las ganas de orinar de aguantar toda la noche, me desperté erecto. No se si decir que creía que era Vero que me estaba manoseando o que lo consideraba un sueño. La cuestión es que se me hacía muy placentero el roce de una mano. No recuerdo bien, creo que en ese momento seguí durmiendo, pero si me volvió la conciencia cuando sentí que alguien se posaba sobre mi. Yo estando boca arriba, sentí como mi verga entraba en algo humedo y caliente. Mi primer idea es que era mi mujer, dandome un mañanero. De haber estado conciente me habría dado cuenta de dos cosas, que mi mujer no gusta de los mañaneros y que ella sabe que con ganas de orinar no puedo acabar fácil. Hecho por el cual siempre evito hacerlo apenas me despierto, ya que termina siendo doloroso, tanto para mi como para ella. Esto no evita que estando en ese momento caliente, no quisiera seguir hasta el orgasmo.
En fin, como decía, entre somnoliento y muy caliente; sabía que estaba penetrando una humeda vulva. Mi nivel de calentura por estar semiconciente era impresionante. En la penumbra de la habitación, con la persiana baja y casi toda la casa cerrada, quise abrir los ojos. Lo hice segundos después de adelantar las dos manos y manotear la cadera encima mío. Para mi sorpresa, me encontré con una cintura algo diferente a la de mi mujer, es apenas más delgada pero si tiene una piel muy distinta. Abrí los ojos, sobresaltado, para ver ese espectaculo entre paradisiaco y terrible. Mi cuñada me montaba lentamente, intentando no despertarme como supe después, mordiendose los labios para no gemir fuerte. Al ver que ya me había despertado, pese a sus vanas precauciones, abrió la boca y soltó un gemido largo como si hubiera estado conteniendo la respiración largo tiempo. Acto seguido, aumentó la velocidad de la penetración y la furia de la cabalgata. Gemía entrecortadamente. La sorpresa no opacó mi ardor, primero quise sacarla y la apreté más de la cintura para levantarla de mi. Ella se apoyó con una mano sobre mis hombros y me miró a los ojos. No articuló sonido, excepto sus jadeos y gemidos. Esa expresión de mujer caliente, aunque muy joven, me hizo dudar. Debo reconocerlo, en ese instante dejé de pensar con la cabeza, solo me funcionaba la de abajo. Paula se movía perfectamente, haciendome delirar en cada roce. Con cada quejido de placer suyo, yo me derretía en mi voluntad. Metido en esa situación, no me detenía a pensar nada más que en gozar de su cuerpo. Ni mi mujer, ni que era mi cuñada, ningún remordimiento ya me frenó. Ella se penetraba con cada vez más fuerza, intenté bombear yo, pero apoyó sus dos manos sobre mis hombros. Eso no solo era para tener asidero, me limitaba los movimientos. Después de un par de estocadas más, me tomó las manos con las cuales yo sujetaba su cintura. Pareció que quería sacarselas de encima, pero mantuvo sus dedos sobre los míos, como distraida por el placer que recibía. Comenzó a molestarme e invadirme una calentura de otra especie, sumandose a la lujuriosa, me estaba queriendo manejar como si fuera uno de esos bobitos que ella conoce, pero a los que apenas les presta atención. Mi orgullo masculino se despertó y decidí rebelarme ante su actitud dominadora. La conocía lo suficiente como para saber que ella era así en la cama como en su vida normal, frontal, dominante, pero jamás la pensé como una tirana y egoista sexual. Me deshice de sus dedos y con mis manos me aferré a sus tetas y las tomé delicadamente. Ella hizo un amague de protestar pero luego se dejó hacer. Volví a su cintura, e intenté levantarme, ella apretó la presión en mis hombros. Casi en susurros como si no pudiera respirar me dijo que no.
-No, por favor.-rogaba en tono de muñeca dolida, entre los gemidos.
No sabría decir si no quería que me moviera o no deseaba que se la sacara. Su concha me apretaba bastante, era bien estrecha, algo que ya imaginaba. Se estremeció y casi se derrumbó sobre mi, apretando mis hombros. Había acabado. Durante un segundo, solo respiró agitadamente, pero luego volvió a retomar el ritmo del coito. Mi calentura cada vez era más grande, quería tomarla yo. No veía otra cosa que mi deseo de llenarla toda, irme dentro de ella. No tenía temor de un posible embarazo ya que se que toma pastillas, al igual que mi mujer. En posibles enfermedades no pensé, honestamente, no estaba como para pensar en eso. Igualmente, siempre había sospechado que no tenía una gran experiencia sexual, uno o dos tipos a lo sumo. Me siguió deteniendo a moverme y gimiendo, mientras yo sentía como se mojaba más, y a mi en el proceso. Esto me sorprendió, ya que era muy distinta a mi mujer, que se lubrica poco. Si sudaba como su hermana, esas comparaciones morbosas me han atormentado, angustiado y excitado desde entonces. Su piel estaba resbaladiza, creí que transpiraba por todos los poros. Continuó así bastante rato, gimiendo y sudando, aumentando cada vez más mi molestia en el vientre. Me pareció que mi próstata iba a explotar, o quizá la vejiga, no estaba seguro. En un momento dado, gritó con un estremecimiento y se derrumbó de costado, sacandome de su interior. Su respiración agitada continuaba, su cuerpo mojado al igual que su interior. La miré entre enojado y sorprendido.
-No acabé.-le dije.
-Yo si.-me respondió, como si eso fuera lo único que importaba.
En mi calentura, la aferré fuerte por las piernas y subiendo por las nalgas. Ella se negó a ser penetrada. Le dije que me dejara acabar.
-No puedo más.-me dijo, totalmente agotada.
Ahora era mi turno de usarla como muñeco. La penetré en cuatro patas y ella gimió casi en un grito. Temí hacerle daño o que lo considerara violación, pero me pareció que ella era la que deseó violarme en primer lugar. De la calentura no entendía nada más, ni pensaba en nada más. Creo que fue un agravante que por esos días mi mujer estaba indispuesta y hacía varios días que no teniamos sexo.
-Entra mucho.-me expresó entre jadeos que me parecieron de dolor.
La acosté y la penetré encimado a su espalda empapada, para evitar tanta introducción profunda. Ella dijo que era muy grande para ella. Y no entendí si me halagaba o solo le dolía. Me rogó que acabara pronto. Quise besarla de costado pero ella corrió su cara y la aplastó de costado en la almohada, mirando al lado contrario al mío. Debido a las ganas de orinar, me costó acabar, pero lo hice bestialmente. Soltaba chorros eternos de esperma, o esa era mi sensación. Casi me pareció que fue un ataque de epilepsia mi orgasmo. Casi la levanto en peso de lo que la moví. Me salí y me derrumbé a su lado. Transpirado, manchado y agotado, con un creciente cargo de conciencia.
Después de conseguir respirar normalmente. Se sentó en la cama y rebuscó la ropa que había dejado por el piso. Comencé a cuestionarle lo que hizo, le dije que me había usado, que eso era un traición a su hermana y que me había hecho complice de ello. Ella respondió con su mejor tono altanero que era cierto, me había usado y varias cosas más.
-Si, te use, mi hermana siempre se llenó la boca de lo bien que la cojías y lo mucho que disfruta. Que la tenés bastante grande y… otros detalles más.-
Debo aclarar que mi tamaño es bastante normal, tirando a largo, pero nada del otro mundo. Aunque mi mujer lo siente hasta la garganta ya que no es de una gran profundidad vaginal y muy estrecha. Algo que descubrí también en mi cuñada, aunque en menor medida. Las razones que adujo era que no podía apartar las cosas que le contaba mi mujer mientras que ella no conseguía un tipo que no terminara rápido y la dejara con las ganas. Su idea era cojerme mientras dormía y que ni me enterara, le dije que yo no tenía el sueño tan pesado o que debío drogarme. Hoy día, creo que siempre supo que una vez haciendolo y en estado de calentura, yo no iba a retroceder. Creo que ella contó con eso. Al sentarse, algo de mis jugos cayeron sobre las sábanas, el pánico me invadió y el temor a que mi mujer lo supiera.
-Esto no lo vamos a hacer nunca más. Así que no creo que lo sepa. Yo no pienso decirselo. ¿Vos si?-
Le respondí que ni borracho, ella se vistió y se fue. Para finalizar el día, me hice el buen marido y lavé las sábanas, aduciendole a Veronica que ella había dicho de cambiarlas en esos días. Ella lo creyó y no sospechó nada. Pero a partir de ahí empezó un tormento mental que se fue diluyendo con el tiempo. La culpa por lo que hicimos. Las dudas sobre lo que había sentido. Pero lo peor era el temor a que mi cuñada le confesara todo a su hermana. Esas semanas pensé mil cosas. Si me había contagiado algo al tener relaciones, si se había olvidado de tomar el anticonceptivo, si se confesaba por una irrefrenable conciencia sucia; todos escenarios horribles y posibles. Con el correr de los días y semanas, me di cuenta que ella tenía menos remordimientos que yo y que nunca hablaría. Las siguientes veces que nos vimos, había retornado a su anterior trato para conmigo, distancia amistosa. Yo era el marido de la hermana, nada más. Excepto una leve mirada fija de mutuo entendimiento, que solo yo capté, no se mencionó o trató el incidente. Por mi mujer me enteré, como el amigovio o algo así que le conociamos era más pavote que un preadolescente y encima como dijo maliciosamente mi mujer: “un maní quemado”. Con lo que fui entendiendo por donde le había salido el tiro disparado. Conforme se fue yendo el sentimiento de culpa, fue creciendo la lujuria. Cada vez más fui pensando en Paula. Muchas veces temí llamar a mi mujer por el nombre de la hermana mientras teniamos relaciones, o delatarme al hablar dormido, aunque esto último sería más fácil de disimular. Hoy, me encuentro fantaseando con un posible trio (que es imposible de hecho) entre mi mujer y mi cuñada. Mi perversión está desatada y trato de refrenarla, con cierto exito. Donde no puedo hacerlo, es en que quiero repetir con mi cuñada lo de esa vez. Me asalta la moral y la ética, pero en un punto la lujuria gana terreno. Paula cumplió sus dos promesas, que no se lo diría a la hermana y que no sucedería de nuevo. Y estoy deseando con locura que incumpla esta última.

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Engaño Confesado II

Y aquí va la continuación del relato que publiqué el año pasado ;) Engaño confesado I

Engaño confesado II

Sentí como mis ojos se humedecían ante el último pensamiento. Era solamente la verdad, Diego podía tener una mejor verga, podía tener un mejor cuerpo e incluso quizás era mucho mejor durante el sexo que Gerardo; pero eso jamás lograría llenar el espacio que Gerardo ocupaba en mi corazón. Gerardo me hacía sentir mejor solamente teniéndome contra su pecho, estrechándome entre sus brazos. No necesitaba estarme cogiendo para hacerme sentir bien.

Gerardo movió su cabeza, pude verlo de reojo, pero yo no hice mayor movimiento.

-¿Qué tienes? -preguntó preocupado.

¡Maldita fuera! Creí que desde ese ángulo no alcanzaría a ver mis lágrimas. Aunque quizás las que lo habían alertado eran las que se habían derramado sobre su pecho.

-Nada -contesté en un tono de voz que hizo de mi mentira algo muy evidente.

-No me digas que… ¡Demonios! ¿Te lastimé? Discúlpame. No debí de haberme dejado llevar por el momento. Debí de al menos haberme molestado a ir a buscar el lubricante.

¿Él creía que mis lágrimas se debían a que me había lastimado al penetrarme? ¿El chico más cuidadoso con el que había tenido sexo alguna vez se preocupaba de esa manera por mí? Aquello solo hizo que mis lágrimas se volvieran un caudal.

-Calla tonto -le dije mientras de mi pecho surgían sollozos-. Solo estás diciendo tonterías.

-¿Entonces por qué lloras? -me preguntó él mientras acariciaba suavemente mi cabello.

-Porque estoy perdiendo lo mejor que he tenido en mi vida -contesté entre mis sollozos.

Ya no me importaba retener las lágrimas. Dejé que estas se deslizaran por mi rostro hasta caer en su pecho. Él no dijo nada durante un buen rato.

-No entiendo -confesó finalmente-. Eres tú quien quiere cortarme. Yo jamás te pediría que me dejaras, especialmente si te sientes así.

Lo estreché más fuerte entre mis brazos, aunque no pude hacer que mis lágrimas se detuvieran. ¿Cómo explicarle lo que estaba sucediendo? ¿Cómo podía decirle que la razón de que lo estuviera cortando era yo y no él? Sonaría a cliché más usado que vagón del metro.

-Gerardo -me dijo él. Era realmente curioso que nos llamáramos de la misma manera, especialmente en situaciones como aquella-. Necesito una explicación.

Tomó mi barbilla con una de sus manos, obligándome a voltear a verlo.

-¿Por qué quieres cortarme si crees que soy lo mejor que has tenido en la vida? -inquirió él.

Negué levemente con la cabeza sin atrever a mirarlo a los ojos.

-¿No crees que me merezco saber al menos la razón por la cual me estás cortando? -me preguntó él.

Se merecía más que eso. Pero no tenía nada más para darle.

-Tú te mereces algo mejor que yo -le contesté.

-¿Cómo va a haber algo mejor que tú? -cuestionó él con un nudo en la garganta-. En toda mi vida jamás he encontrado a alguien que sea mejor que tú.

Comencé a negar inmediatamente con la cabeza ante aquellas palabras. Por supuesto que debía de haber encontrado a alguien mejor que yo.

-Gerardo, no tienes porque subestimarte -me dijo él.

-¡Yo no me estoy subestimando! -exclamé molesto-. Cuando digo que te mereces a alguien mejor que yo me refiero a que te mereces a alguien que no te ponga el cuerno a la menor oportunidad.

Finalmente lo vi directamente, solo para ver una expresión de sorpresa y dolor que cruzaba su rostro. No aguanté eso. Me separé de él y me senté en un espacio libre del sofá mientras hundía mi rostro entre mis manos. Había estado a punto de decirle que le había puesto el cuerno con su propio hermano, pero aquello no podía confesárselo. Jamás.

Él se quedó en su lugar quieto durante un buen rato, pero después sentí como se movía y se sentaba a mi lado.

-¿Acaso lo quieres más a él? -preguntó.

Aquella pregunta hizo que mis lágrimas se pararan de golpe. No me esperaba una pregunta como esa.

-Por supuesto que no -contesté mientras volteaba a verlo sintiéndome confundido.

-Entonces… ¿acaso es mejor que yo a la hora del sexo? -inquirió él, aparentemente también confundido.

-No, no. Tú lo superas por mucho -contesté yo. Porque aunque había sido placentero con Diego también había habido dolor y cierto sentimiento de sometimiento. Con Gerardo solo sentía placer y me sentía más bien amado.

-¿Entonces por qué estás haciendo esto? -me preguntó él.

-Ya te lo dije -le respondí mientras desviaba la mirada-. No te mereces a alguien que te haga algo como eso.

-No sé como lo veas tú, pero para mí no es tan malo -respondió él-. Entiendo que quizás tenías curiosidad por sentir que era estar con alguien más, pero no me provoca conflicto especialmente porque si estoy entendiendo bien, aquello se trató solo de sexo. Me preocuparía si tuvieras una relación más emocional con él, pero incluso si me dijeras que él es mejor que yo a la hora del sexo me sentiría conforme sabiendo que soy yo a quien tú amas.

No podía creer lo que estaba oyendo, pero no podía ver en sus ojos rastro de que estuviera mintiendo o algo así. Y por otro lado, ¿por qué me costaba tanto trabajo creer aquello? ¿No yo mismo le había dicho algo similar a Diego el día en que había tenido sexo con él? ¿No había sido un discurso bastante parecido lo que había hecho que Diego se animara a seducirme?

-Respóndeme esto con sinceridad Gerardo. ¿Soy yo el hombre al que más amas? -me preguntó él mientras tomaba nuevamente mi barbilla.

-Sí, por supuesto que sí. El único -le contesté yo mientras veía sus bellos ojos castaños.

-Pues mientras así sea no voy a permitir que me dejes -me prometió él con una esplendorosa sonrisa-. Solo hay dos formas en que puedes dejarme. Una, que dejes de amarme. La otra forma es si encuentras a alguien a quien ames más que a mí, ¿entendido? Incluso si encuentras alguien que sea mejor que yo en la cama no me puedes dejar mientras me ames más a mí que a él, ¿okey?

No sabía qué pensar de aquello. Era un acuerdo bastante extraño, ¿no? ¿Significaba aquello que me daba permiso de coger con cuanto hombre quisiera? Sin embargo, yo sabía que el único hombre con el que quería estar, tanto emocional como sexualmente, era él.

Mis ojos volvieron a humedecerse, pero esta vez era diferente. Lo abracé con fuerza y me hundí en su pecho mientras sentía una felicidad desbordante dentro de mí. Sentí su olor, aquel olor que quedaba justamente después de tener sexo, aquel olor suyo que me volvía loco. Sería mío, no tendría que despedirme de él jamás. Porque estaba convencido que nunca encontraría un chico más al que amar que a él.

Lo oí reírse mientras me estrechaba contra sí y me acariciaba la espalda. Creí que era una caricia un tanto inocente hasta que me di cuenta que su pene estaba recuperando dureza poco a poco.

-¿Se puede saber en qué estás pensando? -le pregunté mientras lo miraba fijamente con una sonrisa pícara.

-Bueno, me has tenido más de un mes con abstinencia -me dijo él-. Creo que aguantaría bastante bien un segundo round. Aunque si tú no quieres lo entenderé.

Por toda respuesta le planté un beso apasionado. Mi lengua entró en aquella boca que ahora sentía como mía mientras mis brazos se deleitaban con el cuerpo del hombre que tanto amaba. Era increíble la nueva percepción que me daba el haber renunciado a él y tenerlo nuevamente entre mis brazos sabiendo que no tendría porque hacerlo.

Él dejó que su boca se deslizara por mi barbilla y de ahí a mi cuello, mordiéndome suavemente mientras yo dejaba que una de mis manos recorriera una de sus piernas hasta llegar a su ingle. Justo a un lado ya se encontraba su amiguito totalmente despierto.

-Por cierto, te tenía una sorpresa -me dijo sin separar sus manos de mi cuello.

-¿En serio? ¿Cuál? -pregunté yo mientras tomaba su pene con mi mano, deleitándome con su tacto, disfrutando la sensación de recorrer totalmente su prepucio.

Mi novio me separó ligeramente de mí y se levantó, dejándome a mí sentado con las manos vacías.

-Si esta es la sorpresa no me gusta demasiado -le dije yo mientras lo veía de pie. Sin embargo, cuando acabé de decir eso me di cuenta que no era del todo cierto. Era una bonita imagen verlo de pie frente a mí totalmente desnudo y erecto. Aunque necesitaba un buen bronceado en las piernas aquello no hacía que se reduciera mi deseo por él.

-Esta no es la sorpresa -me dijo mientras me tomaba de la mano para jalarme.

Me dejé arrastrar por él, aunque no estaba seguro de si era su mano la que me atraía o en realidad se trataba de la atracción que me producía todo su cuerpo la que me llevó a seguirlo por su casa hasta llegar a su habitación.

No solo la sala había sido remodelada, si no que también lo había sido su habitación. Las paredes habían cambiado su tono de verde por un amarillo, lo cual me recordó sin poderlo evitar que yo le había comentado hacía tiempo que me gustaría tener mi cuarto pintado de amarillo. También había colgado una foto enmarcada de los dos. Recordaba esa foto. Habíamos cumplido un mes y habíamos ido a visitar Teotihuacán. Al fondo de la foto se veía la pirámide del Sol.

Sin embargo, lo que más me atrajo la atención fue que la cama individual que de antaño ocupaba el espacio había sido remplazada por una tamaño matrimonial. Me pregunté si aquello significaba que Gerardo quería más espacio a la hora de dormir o tenía otras implicaciones, especialmente sumándole lo de la pintura en la pared.

-¡Vaya, te conseguiste un espacio más amplio! -comenté mientras me sentaba en la cama.

-Pensé que nos merecíamos un poco más de movimiento -dijo él con una gran sonrisa.

Esperaba que él se dirigiera inmediatamente hacia mí, pero en lugar de eso fue hacia un cajón del escritorio para sacar una cajita envuelta en papel de regalo.

-Toma -me dijo él mientras se sentaba a mi lado-. He de decirte que originalmente este regalo iba a ser para celebrar cuando cumpliéramos seis meses de novios, pero bueno. Supongo que tampoco está tan mal como para celebrar los siete meses.

Miré la cajita con interés mientras intentaba desamarrar el moño que traía. ¿Qué había planeado regalarme mi novio para celebrar nuestros seis meses juntos, ahora siete?

Cuando abrí la caja me sentí ligeramente decepcionado. Solo se trataba de una botella de lubricante. Él normalmente se encargaba de tener uno siempre a mano. ¿Por qué tendría que regalármelo? ¿Era su manera de decirme que me tocaría a mí mismo prepararme?

-Lubricante -comenté en tono ambiguo.

¿Mi novio esperaba una especie de show? ¿La idea era que yo me pusiera el lubricante mientras él me veía? Sí, quizás fuera excitante; aunque debía de confesar que en lo personal prefería que él mismo me embarrara el lubricante. Pero bueno, sería egoísta de mi parte esperar que él hiciera todo siempre, ¿no?

-Pareces decepcionado -dijo él mientras me abrazaba y me jalaba para quedar los dos recostados en la cama.

-No es que sea algo que no hayamos probado antes, ¿verdad? -le dije. Ni siquiera se había conseguido un lubricante con sabor o de esos que producen otras sensaciones.

-Te equivocas. Definitivamente es algo que no hemos probado antes -me contradijo-. Solo que aún no te digo la mejor parte.

Mi imaginación no podía trabajar alguna posibilidad. ¿Acaso Gerardo pensaba en una nueva posición? ¡Mejor me hubiera regalado un kamasutra!

-¿No se te ocurre nada? -preguntó él.

-No -contesté.

Él me tomó de mi mano para dirigirla hacia su cuerpo.

-El lubricante es solo para que lo coloques aquí -dijo finalmente él mientras restregaba mi mano contra su trasero.

Aquello me sorprendió totalmente. Es decir, yo me consideraba inter, pero desde que Gerardo y yo andábamos solo la había hecho de pasivo. Pensaba que mi novio era activo, y la verdad me hacía sentir tan bien que nunca me había cuestionado que las cosas pudieran ser de otra manera.

-No me vas a decir que eres de los que solamente les gusta ser penetrados, ¿verdad? -cuestionó él, seguramente ante mi expresión de sorpresa.

-No, para nada -le respondí-. Sin embargo, después de seis meses había creído que tú eras solo de los que les gustaba penetrar.

Aquello originó una carcajada por parte de Gerardo. Yo me le quedé viendo de manera inquisitiva.

-De hecho, eso solo ha sucedido contigo -me confesó-. Antes de conocerte solo la hacía de pasivo. Pero aquel primer día contigo… no estoy seguro de como fue, solo supe que de repente tuve deseos de penetrarte, de hacerte mío, y tú pareciste disfrutarlo tanto.

-No solo “parecí” -le aclaré yo mientras dejaba que uno de mis dedos danzara sobre su pecho.

-Okey -aceptó él con una sonrisa-. Y tú lo disfrutaste tanto. Yo también, por supuesto. Y como fue pasando nuestra relación parecía algo natural, ¿no? Sin embargo, de repente no podía evitar preguntarme qué se sentiría que las cosas fueran al revés, quizás de vez en cuando, quizás una vez tú, otra vez yo. Y no sé, se me ocurrió la idea de que intentarlo sería una buena idea de celebrar nuestros seis meses, pero pasó lo de mi mamá y pues ya no se pudo.

-Bueno, tampoco es que sea tan mala idea a los siete meses, ¿no? -le dije yo intentando no pensar en lo que había sucedido el día que habíamos cumplido los seis meses-. Además, creo que también es un buen regalo después del mes de abstinencia.

-Eso espero, o de lo contrario nos encerraremos tú y yo en este cuarto durante toda la semana para compensar ese mes -dijo él en tono bromista, aunque no estaba seguro que se tratara solo de una broma.

Mis labios sellaron los suyos apasionadamente. Nuestros cuerpos se acercaron, mis manos rodearon su cuerpo y empecé a masajear su trasero. Debía aceptar que el trasero de mi novio era bueno, carnosito y resaltaba, quizás no mucho pero si algo. Físicamente era una de las cosas en que superaba a Diego, ya que Diego realmente no se podía decir que tuviera trasero. Dejé que mis manos estrujaran aquellas masas de carne y que mis dedos se perdieran por la raja que tenían en medio hasta dar con su pequeño agujerito. Nunca había estado cerca de aquel punto, a excepción de una ocasión en que haciendo un 69 me había estirado para hacer algo de rimming. Sin embargo, en aquella ocasión no había pasado de aquello, y ahora sabía que sí lo haría.

Hice que mi novio se tumbara bocabajo y me subí sobre él. Dejé que mi polla erecta se colocara justo detrás de sus glúteos mientras mi boca se deslizaba por su cuello. El juego apenas iba iniciando. Mis labios se deslizaron por cada centímetro de su cuello, dejé que el aroma de su nuca me embriagara, mordí suavemente uno de los lóbulos de sus orejas, me atreví incluso a dejar que me lengua se moviera por la línea donde terminaba su cabello…

Mientras tanto también mis manos no podían quedarse quietas. Recorrieron el contorno de los hombros de mi novio, de sus fuertes brazos, por sus antebrazos; entrelacé una de mis manos con una de las suyas mientras la otra delineaba la zona de piel que quedaba libre de su espalda. Podía sentir como Gerardo se estremecía debajo de mí y sus ligeros suspiros de satisfacción.

Mi boca se fue moviendo hacia abajo, mi lengua se deslizó lentamente por su columna vertebral mientras mis manos la acompañaban en los dos lados de su espalda. No me detuve ante nada, ni siquiera cuando la textura de mis manos cambió por algo más suave y mi lengua se hundió entre los dos montículos que se encontraban detrás de su anatomía. Solo me paré cuando mi lengua dio con aquel hoyo que marcaba la entrada (o salida, dependiendo de como se viera) del interior de su cuerpo. Lengüeteé con placer aquella zona, aquel agujero apretadito que parecía imposible de abrirse, mientras mis manos se deleitaban con sus dos nalgas.

Su ano se había contraído ante el primer contacto de mi lengua, pero poco a poco se iba relajando. Dejé que mi lengua siguiera bajando mientras ahora mis dedos dejaban sus glúteos para dirigirse hacia el hoyito que me volvía loco. Mi lengua se deslizó por su perineo hasta llegar a sus testículos.

-Ponte bocarriba -le pedí mientras me separaba ligeramente de él y tomaba la botella de lubricante.

A mi novio pareció sacarle de onda mi petición, pero no dijo nada. Con una mano hice que levantara las piernas, y con la otra llena de lubricante me dediqué a untárselo alrededor del ano.

-Copión -dijo él con una ligera risa cuando vio que dirigía mi rostro hacia sus genitales.

-Solo un poco -le contesté antes de que mi boca se apoderara de su pene.

Y así, comencé a hacerle sexo oral a mi novio mientras mis dedos se dedicaban a estimular y preparar su ano. Disfruté del sabor de su pene (el cual tenía un ligero sabor a semen debido a la eyaculación anterior y al líquido preeyaculatorio) al mismo tiempo que de la sensación que me daba su ano abriéndose lentamente para albergar uno de mis dedos. Intenté ser lo más cuidadoso que pude, intentando forzar lo menos posible su esfínter.

Su pene se introdujo totalmente en mi boca al igual que mi dedo en su interior. Sentía prácticamente las palpitaciones de su pene al igual que las de su recto mientras dejaba que mi lengua recorriera las superficies de su miembro y mi dedo las de su interior.

-Oh Gerardo -exclamó él con placer.

Introduje un segundo dedo en su interior mientras dejé que mis labios y lengua se deleitaran con toda la superficie de su pene y sus testículos. Usé más lubricante para un tercer dedo, mientras que él sostenía sus piernas con ayuda de sus manos.

-En esto no te copiaré -le dije mientras me ponía de pie-. Mantén tus piernas así.

Sabía ya donde estaban los condones. Tomé uno, lo abrí con mis dedos y lo coloqué sobre mi pene mientras mi novio me miraba con algo de expectación.

Al regresar acomodé sus piernas sobre mis hombros y después coloqué más lubricante sobre mi pene enfundado. Coloqué mi glande en la entrada de su recto y comencé a ejercer presión. No necesité mucha, y así comencé a penetrarlo lentamente mientras no me perdía detalle de la expresión de su rostro. Me detuve cuando torció el gesto y vi que sus puños se cerraban agarrando la colcha de la cama.

-No te detengas -me pidió él a media voz. Fue cuando me di cuenta que su expresión no era de dolor, ni mucho menos. Era de puro placer.

Asi que continué introduciendo mi pene dentro de él hasta que mis caderas chocaron contra su trasero. Era increíble lo bien que se estaba ahí dentro. La presión de las paredes de su recto contra mi pene resultaba sumamente placentera.

Comencé a bombear, primero suavemente, después rápidamente, luego reduje un poco la velocidad y volvía aumentar. Nunca había hecho un juego como aquel, pero es que me di cuenta que dependiendo de la velocidad eran diferentes sensaciones, pero sin embargo todas muy placenteras. Además, seguramente eso nos daría más tiempo para disfrutar que si solo acelerara hasta venirme dentro de él.

Mi novio también lo disfrutaba, bastaba ver la expresión de su rostro para saberlo. Tomé su pene entre mis manos mientras él me acariciaba el pecho. Masturbarlo me producía una sensación bastante curiosa. Me imaginé que su pene era una extensión del mío propio, como si realmente fuéramos uno solo y entonces su pene fuera otra parte de mí.

-¡Oh Gerardo! -volvió a exclamar él mientras sus piernas se deslizaban para entrelazarse detrás de mí.

-Te amo -le dije yo mientras me inclinaba hacia él.

Nuestros labios se encontraron, se movieron unos contra otros y después sus dientes se aferraron con fuerza a mi labio inferior por vez primera y aquello hizo que mi excitación subiera como la espuma. Me di cuenta que ahora realmente éramos uno solo, ambos nos pertenecíamos mutuamente sin duda alguna. Lo penetré con mayor fuerza, y poco después sentí como las paredes de su recto comenzaban a apretarme mientras sus brazos me atraían con fuerza hacia él, como si quisiéramos fundirnos más allá de lo que ya estábamos. Aquello me hizo llegar al clímax de una manera que nunca antes había llegado. Era un placer puro, absoluto. Todo rastro de pensamiento desapareció de mí, al igual que mi alrededor. Lo único que importaba era el cuerpo que se encontraba justo debajo del mío.

Fue solo un instante, pero fue el mejor instante de mi vida. El placer fue remitiendo mientras nuestros labios seguían jugando y mi lengua se abría paso en su cavidad oral.

-Fue maravilloso -dijo él cuando nuestros labios finalmente se separaron.

Fue cuando noté la humedad en el abdomen. Por supuesto, aquello había sido el origen de las contracciones que había sentido sobre mi pene. No me molestó en absoluto, y no hice ningún ademán de separarme de él ni él de apartarme. Permanecimos bastante rato así, abrazados, con un beso ocasional mientras disfrutaba de su aroma. Solo hasta que mi pene salió de su interior por sí solo fue que nos movimos para quedar ambos recostados en la cama, frente a frente. Tomé el condón y lo arrojé hacia donde sabía que se encontraba el bote de basura de su habitación, si bien parte de su contenido ya se había regado. Pero a ninguno de los dos nos importó que nuestros fluidos corporales resbalaran por nuestra piel y se embarraran cada vez que nos repegábamos el uno contra el otro, mientras mis piernas se cruzaban con las suyas y cosas así.

-¿Y bien? ¿Valió la pena o nos vamos a quedar encerrados aquí durante una semana? -le pregunté pícaramente mientras nuestros pies jugaban entre sí.

-Valió tanto la pena que estoy pensando en quedarnos encerrados en el cuarto no para compensar, si no para seguir gozando -contestó él muy sonriente-. Podría volverme adicto a tenerte dentro de mí.

-Espero que eso no signifique que no piensas volver a penetrarme -dije yo-. Digo, estuvo bastante bien, pero creo que sería mejor si variáramos la acción de vez en cuando. Porque también me encanta a mí tenerte dentro de mí.

-Mejor variaremos seguido -dijo él antes de estampar su boca contra la mía.

Aquello me sonaba estupendo.

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Engaño confesado I

Continuación de mis relatos Engaño y El Hombre De Mi Vida

Engaño Confesado I

-¿Quieres hacer algo especial mañana?

Mi novio Gerardo y yo íbamos caminando por la calle en que vivíamos. Casi habíamos llegado, y como siempre él me acompañaría hasta la puerta de mi casa.

-No lo sé -le contesté mientras me encogía de hombros.

-Mañana cumplimos siete meses -me recordó él con algo de pena en la voz.

Me sorprendí con aquello. No podía creer que ya fuera casi un mes que me había metido con Diego.

-Sé que no estuve contigo hace un mes -comentó él con una nota de arrepentimiento-, pero me gustaría compensarlo este mes.

Se me hizo un nudo en la garganta al comprender que mi novio se echaba la culpa de mi actitud del último mes. Había estado evitando todas las invitaciones que me había hecho para ir a su casa con excusas cada vez más inverosímiles, había hecho lo posible para reunirnos siempre en lugares donde hubiera más gente; y cuando nos encontrábamos solos, como cuando estábamos en el porche de mi casa, rechazaba los contactos que fueran más allá de besos y abrazos. Y aquello no era porque no quisiera estar con él. Era el hombre de mi vida, y por lo tanto me moría porque me hiciera sentir todo aquello que me había hecho sentir durante los primeros seis meses de nuestra relación. Sin embargo, cuando él empezaba a acariciarme recordaba si poderlo evitar las caricias de Diego y me sentía indigno de cualquier cosa que me diera Gerardo, mi novio y tocayo.

-¿Vendrás a mi casa mañana? -me preguntó él mientras nos acercábamos a mi casa-. Quiero estar solo contigo.

Me dio un apretón significativo en la mano.

-¿Y tus hermanos? -le pregunté.

La verdad solo tenía interés en uno de sus hermanos. Me daba igual si Marcos se encontraba presente en la casa o no. Mi problema era Diego, el estúpido y sensual Diego que no había visto desde hacía un mes cuando me había convencido de ponerle el cuerno a su hermano mayor con él.

-Estarán fuera -contestó él-. Marcos irá a visitar a una tía y no volverá hasta pasado mañana. Y Diego se fue desde hoy con unos amigos de campamento y volverá hasta el lunes.

Bien, Diego no estaría en casa. Quizás podría…

Llegamos a la puerta de mi casa y me paré justo frente a Gerardo. Él me miraba con inmensa ternura, pero también con algo parecido al temor.

-¿Vendrás? -inquirió él mientras me acariciaba el rostro.

-Sí, creo que sí -le contesté mientras desviaba la mirada.

-Te amo -me dijo con voz temblorosa.

Aquello me sorprendió, y al voltear a verlo vi todo el miedo reflejado en sus ojos. Se me estrujo el corazón al entender que tenía miedo de perderme. Seguramente había tomado mi conducta del último mes como indicios de que pensaba dejarlo.

-Y yo a ti -le contesté mientras daba un paso hacia él para abrazarlo. Era la primera vez en un mes que yo tomaba la iniciativa para cualquier clase de contacto físico.

Pero mientras lo abrazaba me di cuenta que él no se merecía aquello. No se merecía un chico que sentía una fuerte atracción física por su hermano menor, no se merecía un chavo que le había puesto el cuerno con ese mismo hermano y que ahora no podía entregársele a él. En otras palabras, él se merecía algo mejor que yo

——☹——

La mañana del día siguiente se me hizo muy larga. Me levanté muy temprano, quizás por la ansiedad que experimentaba al saber lo que tendría que hacer en un rato. Me bañé y me vestí con lo primero que encontré, para después ponerme a pasear por las diferentes habitaciones de mi casa. Intenté leer un libro, escuchar música, ver una película… pero no podía concentrarme en nada. Una parte de mí ansiaba ir directamente donde mi novio para hablar con él, aunque sabía que habíamos quedado de vernos cuando su mamá se retirara. Además, no creía que fuera buena idea cortarlo con su madre y quizás Marcos presentes en casa.

Así que tuve que esperar hasta que diera la hora que ambos habíamos acordado. El tiempo parecía irse increíblemente lento. Cuando finalmente llegó el mediodía, ya no tenía ganas de salir. Pero debía hacerlo. Debía salir, cruzar la calle y decirle a Gerardo que ya no podía ser su novio.

Llegué a su casa extrañamente inquieto. Inhalé profundamente antes de tocar el timbre, pero antes de que pudiera hacerlo la puerta se abrió hacia dentro.

-Hola -me recibió mi novio con una sonrisa que me pareció de alivio.
Quizás él había dudado que realmente me presentara después de un mes de no pararme en su casa, cuando antes me la pasaba el mayor tiempo posible ahí con él. Tal vez por eso había estado tan cerca de la puerta de entrada esperando por mí.

-¿Estamos solos? -le pregunté después de darle un rápido beso a modo de saludo y entrar en su casa.

-Sí -me contestó él con emoción.

Caminé pausadamente hasta el centro de la sala. Habían movido los muebles desde mi última visita. Ahora el sillón grande estaba justamente frente a la televisión, además de que habían pintado las paredes con un suave color melocotón.

-Me gusta la nueva decoración -comenté.

-Me alegro -expresó él.

Me di la vuelta, y me di cuenta que él no me había seguido por la habitación como había creído en un principio. Me miraba desde la entrada, con la puerta cerrada a sus espaldas y el deseo marcado sobre su rostro.

No había contado con aquello. Creí que tendría tiempo para sincerarme, que realizaríamos alguna actividad cualquiera para entretenernos. Pero no podía tener relaciones con él si después debía terminarlo.

-Gerardo… -le dije yo mientras él caminaba hacia mí.

-Tengo una nueva cama -anunció él mientras tomaba mis manos entre las suyas-. Podemos ir a probarla.

Dirigió su rostro hacia el mío. Supe que iba a besarme, pero yo incliné la cabeza hacia abajo con el fin de evitarlo.

-¿Qué es lo que sucede? -preguntó él con cualquier rastro de emoción desvanecido.

Lo mejor sería hacer aquello limpia y rápidamente.

-No puedo hacerlo Gerardo -le dije luchando para contener el llanto, especialmente al darme cuenta que nos hallábamos en el mismo lugar y la misma posición que cuando se me había declarado por primera vez hacía siete meses-. No es justo para ti.

-Entonces estaba en lo cierto al pensar que querías cortarme.

Levanté la mirada para poder verlo. Él había cerrado los ojos y tenía una respiración más o menos regular, aunque silenciosas lágrimas resbalaban por sus mejillas.

-De verdad lo siento Gerardo -le dije mientras colocaba una mano sobre su mejilla.

-Estará bien mientras no salgas con discursos estúpidos de “soy yo, no tú” -expresó él sin abrir los ojos.

Tuve que morderme la lengua para no decir nada, porque en nuestro caso sí aplicaba esa frase aunque él no podía saberlo. Él no podía saber que él no había hecho nada, que había sido yo el idiota que se había metido con su hermano por pura calentura. Quizás lo mejor fuera que él continuara así, sin saber nada.

-Creo que sería mejor que me vaya -indiqué mientras me soltaba de su mano.

-Espera -me dijo él mientras volvía a tomar mi mano.

Lo miré una vez más fijamente. Sus ojos estaban llenos de tristeza, pero sus labios se curvaban como si quisiera sonreír.

-¿Puedo pedirte una última cosa? -me preguntó.

¿Cómo negarle algo cuando le estaba rompiendo el corazón? Se merecía que le diera aunque fuera un último motivo para sonreír.

-Lo que quieras -le contesté.

-Regálame este último día para estar juntos -me pidió él-. Dame de nuevo un momento como el que vivimos hace siete meses y te prometo que a partir de mañana será como si nunca nos hubiéramos dirigido la palabra.

Se me hizo un nudo en la garganta. Podía ver claramente cuanto deseaba estar una última vez conmigo, del mismo modo que yo me moría por estar entre sus brazos. No obstante, no sabía si eso me facilitaría las cosas cuando tuviera que alejarme de él.

Sin embargo, ya había dicho que le daría cualquier cosa que él quisiera, así que él no me iba a dejar ir sin más. Tomó mi barbilla con una mano y luego me plantó un beso lento y pausado, tal como lo había hecho por primera vez varios meses atrás.

Quizás sería mejor aprovechar el momento y preocuparme después por los corazones rotos. Subí mis manos, y mientras mi mano derecha se enredaba en los cabellos que nacían en su nuca para atraer su rostro más cerca del mío, la izquierda se deslizó por las curvas de su rostro, por aquellas facciones que había llegado a adorar y que identificaban al que yo reconocía como el chico más guapo del planeta.

Él me estrujo con fuerza por la cintura, sin dejar de ser delicado, repegando su cuerpo por completo al mío. Prácticamente podía sentir su deseo destilándose por cada uno de los poros de su piel, y había una increíble erección repegándose contra mi entrepierna. Aquello era la prueba última de que realmente Gerardo estaba lleno de ganas por estar conmigo.

Su lengua se introdujo suavemente en mi boca, permitido por la abertura de mis labios que dejaban colarse su dulce aliento dentro de mí. Acarició con suavidad ambos labios, se deslizó por mis dientes y luego buscó a la mía para enredarse en una danza acompasada pero lenta.

Sus manos comenzaron a acariciar mi espalda baja, una de ellas introduciéndose tímidamente debajo de mi playera. Si Gerardo pretendía encenderme iba por buen camino. Cuando llevábamos apenas dos meses él había descubierto que cualquier caricia en mi espalda me prendía en cuestión de segundos.

Y así fue. Sus manos moviéndose suavemente por mi espalda y ascendiendo por mi columna vertebral hicieron que mi respiración se acelerara, mi pulso se disparara y que me sintiera extrañamente acalorado en todo el cuerpo. El calor era especialmente fuerte en mi entrepierna, y era algo molesto porque mi pene no podía levantarse completamente por la forma en que estaba repegado contra Gerardo.

Gemí levemente mientras echaba la cabeza hacia atrás, movimiento que él aprovechó para poner su boca contra mi cuello, dejando que su lengua se deslizara sobre él, dejando una sensación placentera, como si un río cálido surcara mi piel. Sus labios presionaron suavemente por donde se encontraba mi yugular, mientras que mis manos bajaron acariciando el contorno de sus hombros y espalda. Por otro lado, sus manos comenzaron a levantar mi playera, una sin separarse de mi espalda y la otra acariciándome el costado.

Gerardo separó su boca de mi cuello, y separándose un poco de mí prendió sus labios de una de mis tetillas mientras mi pene quedaba libre para levantarse, o al menos tan libre como podía estarlo debajo de mi ropa.

Su lengua se movía en círculos alrededor de mi tetilla, y también de un lado a otro mientras yo acariciaba su cabello con mis manos y hundía el rostro en él. Pude percibir el dulce olor de su champú mientras con sus dientes él aplicaba una suave presión a mi pezón.

Mis manos se deslizaron por sus espalda hasta casi llegar a su trasero. Tomé el borde de la playera que llevaba puesta aquel día y comencé a jalarla. Él se dejó hacer, e incluso se separó un poco de mí para que la playera pudiera salir por completo dejando a la vista su hermoso torso plano. Me acerqué nuevamente a él, aunque sin repegarme totalmente a él para que pudiera disfrutar de lo que veía mientras acariciaba sus brazos. Me gustaba la forma en que su color se iba oscureciendo gradualmente desde el hombro hasta el codo, si bien no eran muchos tonos de diferencia.

Después de eso fue mi turno de dejarme hacer. Él tomó mi playera y con cuidado me la sacó por la cabeza. Él me miró con ternura mientras dejaba que sus dedos acariciaran mi pecho, sobre todo en la zona del esternón. Deslizó sus manos por mi abdomen, y mientras volvía a repegarse contra mí dejó que sus manos siguieran corriendo por los costados de mis genitales hasta llegar a mis piernas y rodearlas.

-Te deseo más que nada en el mundo -dijo él mientras nuestras narices estaban pegadas.

Yo solo pude devolverle una melancólica sonrisa al darme cuenta de la expresión de sus ojos. Estaba decidido a que aquella fuera el mejor día de nuestras vidas, pero no más allá de eso.

Ahora fui yo quien acercó mi boca a la suya mientras mis manos recorrían sus brazos, los cuales quizás no tuvieran músculos que resaltaran pero eran firmes al tacto. Dejé que mi lengua delineara con suavidad su labio inferior, para luego hacerlo con la línea que separaba sus labios. Después hice que mi lengua penetrara en su boca para poder tocar sus incisivos, y la estiré lo más posible para intentar tocar su paladar.

Mi lengua se retiró de su interior para poder dirigirse hacia su cuello mientras con suavidad empujaba a mi novio (o quizás debería decir ex) hacia el sillón. Lo hice sentarse mientras con pasión besaba su cuello, dejando un rastro de saliva mientras me dirigía hacia su pecho. Besé con cuidado cada una de sus tetillas, aunque no pude evitar el deseo de succionar suavemente cada una de ellas.

Me encantaba el sabor de la piel de Gerardo en cada centímetro que recorría. Era un sabor que no tenía comparación y que disfrutaba mientras mi boca se movía por su suave abdomen. Llegué a su ombligo, y mientras mis manos se afanaban por desabrochar su pantalón él comenzó a acariciar con una de las suyas mi espalda, de tal manera que cuando finalmente conseguí que el botón saliera del ojal y la bragueta abajo yo estaba más que prendidísimo.

Mi boca se deslizó por la fina línea de vellos que salían desde su ombligo hasta su pubis, haciéndose cada vez más espeso. Llegué al extremo superior de sus bóxer color negro y dejé que mi boca se moviera por encima de ellos masajeando suavemente su instrumento.

Luego de un rato aquello no nos bastó. Él levantó ligeramente sus caderas y con mi ayuda hizo que el pantalón y su ropa interior terminaran en el suelo, dejando a la vista aquellas piernas blancas pero sobre todo aquel lindo pene que se encontraba más duro que un mástil. Me iba a poner a chupárselo de inmediato, pero Gerardo me detuvo antes para poder acabar de desnudarme de tal manera que ambos estuviéramos en igualdad de condiciones.

Una vez que ambos estuvimos desnudos nos recostamos como pudimos en el sillón en posición de 69. Yo me hubiera conformado con solo tener su pene al alcance de mi boca, pero creo que él tampoco quería quedarse atrás. Yo tomé su pito entre mis manos y los empecé a acariciar mientras él introducía el mío directamente a su boca. Yo dejé que mi lengua se deslizara por sus testículos mientras la suya se movía con maestría alrededor de mi verga. Aspiré el seductor aroma que mantenían sus vellos púbicos mientras él se tragaba completamente mi pene, con lo que pude sentir mi glande rozar su campanilla.

Dejé que mi lengua abandonara sus bolas para que recorriera el camino hacia su glande, lamiendo su tronco como si se tratara de un caramelo. No fui todo el camino hacia abajo (o hacia arriba, dependiendo de la perspectiva que se utilizara), si no que a veces me regresaba antes de acercarme más a la punta.

Mientras yo hacía aquello él seguía con mi polla totalmente dentro de sí, e hizo que sus manos se deslizaran alrededor de mis caderas para llegar a mis posaderas, donde sus dedos compenzaron a aplicar ligeras presiones en forma de masaje.

Finalmente llegué a la cabeza de su pene, permitiendo que mi lengua recorriera aquella rosada cabeza. Lamí todo su alrededor para después concentrarme exclusivamente en la punta, lugar donde lengüeteé antes de introducir la punta de mi lengua por su uretra. Era una sensación curiosa la que provocaba aquello, placentera en grado sumo si le sumabas el sabor del líquido preeyaculatorio que destilaba de aquel lugar.

Al mismo tiempo, Gerardo comenzó a sacar y meter mi pene de su boca mientras sus dedos se acercaban a mi ano sin dejar de masajear mi trasero suavemente.

Cuando su boca se hundió por tercera vez en mi pubis se me ocurrió una excitante idea. Coloqué mis labios alrededor de la corona de su glande, y cuando él hizo hacia atrás su cabeza para sacar mi verga yo hice lo propio para introducir su pene en mi boca, retirándome cuando él volvía a tragarse mi polla.

Un sonido resonó en el pecho de mi novio cuando se dio cuenta de lo que estaba haciendo, quizás una risa ligera o algo parecido. Estaba haciéndole sexo oral exactamente a la misma velocidad que él me lo hacía, solo que intercalando los movimientos de dentro y fuera. La única diferencia es que mientras mis manos acariciaban sus piernas las suyas acariciaban mi culo.

Sus dedos comenzaron a jugar directamente con mi ano. Después de todo el tiempo que habíamos pasado juntos yo había aprendido a relajarme cuando empezaba a utilizar los dedos para introducirlos en mi interior llevándome cerca del clímax. Y así lo hizo en aquel momento, metiendo su dedo índica por mi abertura anal suave y lentamente, produciéndome cero dolor como la primera vez que lo hizo.

Ninguno de los dos dejó de chupar el pito del otro mientras su dedo tocaba las paredes de mi recto y su mano libre seguía masajeando mis nalgas. Un segundo dedo se abrió paso dentro de mí, haciéndome sentir lleno y con un montón de escalofríos que nacían de mi pene y mi recto y me recorrían por completo el cuerpo.

Dentro y fuera, dentro y fuera. Tanto mi pene, mi boca y mi recto estaban disfrutando con aquel juego, aunque también el resto de mi cuerpo con los roces y caricias que resultaban de nuestra posición.

Nos separamos durante un momento después de un rato. Al mirarnos a los ojos comprendimos que ninguno de los dos estaba pensando en el futuro, si no solo en el presente y las ganas que sentíamos en aquel momento. Él se sentó sobre el sillón y yo me senté sobre sus piernas, quedando ambos frente a frente. Nuestros penes quedaron uno frente a otro y yo los tomé para masturbarlos juntos mientras juntaba nuestras frentes. Visualmente no sabía si era más excitante su mirada llena de deseo dedicada hacia mí o nuestros dos penes frotándose entre sí. El mío era ligeramente más grande y grueso en el tronco que el de mi novio, pero aquél me fascinaba por ser más pálido y por su forma de champiñón marcada.

-¿Estás pensando lo mismo que yo? -me preguntó él mientras atrapaba mi labio inferior entre los suyos.

Fue un beso rápido, pero que me gustó como todos los besos que me daba Gerardo. Además, el hecho de que nuestro precum se estuviera revolviendo mientras frotaba nuestros glandes le agregaba un elemento más erótico al asunto.

Gerardo no esperó a que le respondiera, si no que me tomó de la cintura fuertemente con una mano para que no fuera a caer hacia atrás mientras nos inclinábamos para que él pudiera tomar su pantalón, de donde sacó su condonera para luego tomar el condón que llevaba dentro.

-¿En esta pose? -le pregunté mientras él volvía a recargar su espalda contra el respaldo, entendiendo a qué se estaba refiriendo.

-Por supuesto -contestó él mientras dejaba que su cadera se deslizara un poco por el sillón, de manera que yo me pudiera sentar más fácilmente sobre él.

La verdad es que la idea me gustó en sobremanera. Toda pose en que él y yo quedáramos frente a frente me encantaba. Asentí con una sonrisa, tras lo cual él abrió el condón para después colocárselo de manera rápida pero no por eso sin cuidado.

En aquel momento me percaté que aquella sería la primera vez que no usaríamos lubricante extra para la penetración. No obstante, estaba tan caliente que no me importó. Estaba seguro que después de haber tenido sus dos dedos dentro de mí no habría problema, especialmente si lo hacía lentamente. Así que levanté mis caderas y mientras me agarraba del respaldo rodeando la cabeza de mi novio con mis brazos puse mi hoyito de tal manera que hizo contacto con la punta de su pito.

Pasé una de mis manos hacia atrás para sostener la base de la verga de Gerardo para después dejar caer mis caderas ligeramente. Durante un momento no pasó nada, pero cuando la presión creció mi esfínter anal se abrió dando paso a la cabeza de aquel pene.

Había casi olvidado lo mucho que me gustaba la polla de Gerardo dentro de mí. Quizás para los fanáticos de los penes grandes eran insignificante con sus casi 14 centímetros, pero para mí era perfecta, porque siempre que me penetraba era como si se acoplara perfectamente a mi recto. Me estimulaba en los lugares precisos para provocarme en cada ocasión dosis inigualables de placer.

Y aquella ocasión no fue la excepción, si no más bien la mejor de todas. Tal vez mi retaguardia había echado de menos al intruso que se había ausentado por más de un mes, pero el caso es que cuando finalmente mis nalgas se asentaron en las caderas de Gerardo una sensación parecido al éxtasis me invadió.

-¿Qué sucede? -me preguntó él al ver la expresión de mi rostro.

-Espera, porque creo que si empezamos con el mete y saca me vengo -le dije.

-Pequeño -dijo él con una risita mientras me atraía hacia él usando sus brazos.

Los escalofríos recorrieron cada pedazo de mi cuerpo mientras intentaba respirar profundamente. No quería eyacular, al menos no todavía. Lo cierto es que las manos de Gerardo acariciándome la espada no ayudaban mucho.

Comencé a moverme con cuidado después de un momento, dispuesto a detenerme si otra vez sentía que estaba a punto de venirme. Afortunadamente pareció que todavía podía aguantar otro rato, así que empecé a mover mis caderas con más confianza, a veces con movimientos circulares y otras arriba y abajo para que el pene de mi novio saliera y volviera a entrar a mi recto.

-¡Oh sí! -exclamó él mientras echaba la cabeza hacia atrás.

-¡Gerardo! -exclamé yo mientras pasaba mis brazos por su cuello y comenzaba a saltar más rápido ayudado por sus manos que se movieron hacia mi cintura.

Cada vez estábamos más cerca, y ambos podías sentirlo. Mi respiración se aceleró al igual que la suya, él empezó a gemir con fuerza mientras yo sentía un calor demasiado agradable que se extendía por mi cuerpo.

Acabamos viniéndonos al mismo tiempo, y lo supe porque él me penetró profundamente y me sostuvo con fuerza para que dejara de saltar mientras mis chorros de leche salían con tanta fuerza que llegaron a manchar la barbilla de Gerardo.

El momento fue sumamente especial mientras nuestros cuerpos convulsionaban en el instante del orgasmo, sintiendo las contracciones de los músculos del otro. Y también fue placentero sentir como el clímax se desvanecía lentamente, dejando una especie de dulce y relajante sensación que se veía aderezada con la imagen del cuerpo de Gerardo escurriendo parte de mi semen por su barbilla y pecho.

-¡Fue genial! -expresó él mientras se acostaba en el sillón jalándome con él, aunque eso hizo que su polla saliera de mi interior-. Gracias.

Quedé recostado sobre su pecho, aspirando el aroma que desprendía su piel. Quizás Diego tuviera un mejor cuerpo y una mejor verga que Gerardo, pero sabía que jamás lograría darme la sensación de plenitud y bienestar que en esos momentos experimentaba con Gerardo.

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Engaño

Bueno, aquí me tienen nuevamente después de que me cerraran la página de facebook. No estoy seguro del porqué, pero me alegra poder seguir compartiendo mis fantasías en este lugar :D

Advertencia: El siguiente relato quizás no te guste tanto si sueles ser meloso y romántico como yo, sobre todo si leíste El Hombre De Mi Vida. A mí también me gustó mucho como quedó aquel relato, pero los personajes dieron más ideas a mi cabezita, y aquí está el resultado. Si no has leído El Hombre De Mi Vida te lo recomiendo antes de que leas éste, aunque no es absolutamente necesario. Como sea, me gusta mucho este relato, porque tiene historia y no es simplemente una escena de sexo (incluso si eso lo vuelve un poco largo) ;) Espero les guste tanto como a mí me gustó.

Ahora si, sin más los dejó con lo que vinieron a buscar :P

Engaño

Había vivido los seis meses más maravillosos de mi vida en compañía de Gerardo, El Hombre De Mi Vida. Era algo extraño andar con alguien que tenía el mismo nombre que tú, pero cualquier inconveniente quedaba compensado con los momentos que vivía a su lado. Con Gerardo había disfrutado de salidas al cine, parques y museos; veladas románticas y por supuesto también de sesiones inolvidables de sexo. También nos había tocado vivir algunos momentos difíciles, como una ocasión en que su madre se había puesto mal y había terminado en el hospital. En todo momento estuve ahí para apoyarlo.

Aquel día era especial. Cumplíamos seis meses y él me había dicho que me había preparado algo especial en su casa. Yo intuía que sus planes incluían comida, una película en la comodidad de su sala y terminar con algo de sexo donde se nos ocurriera. Exceptuando el cuarto de su mamá, toda la casa estaba disponible para lo que nos placiera.

Crucé la calle con emoción. Me acababa de cortar el cabello el día anterior, y aquel día llevaba una playera azul que sabía que a le encantaba a mi novio, al igual que un pantalón de mezclilla que resaltaba ligeramente tanto mi trasero como mi pene. Y si aquello no iba a bastar para gustarle a Gerardo, llevaba aquellos bóxer rojos pegados que sabía que le encantaban, y con los cuales apenas y se enteraba que los llevaba puestos tenía una erección inmediata. Aún recordaba lo incómodo que había sido para él cuando mi playera se alzó un poco en medio de un parque público y descubrió que llevaba puesta aquella ropa interior.

Toqué la puerta de su casa y un momento después la puerta se abrió, y el rostro de Diego me recibió.

-¿Vienes a ver a Gerardo? -preguntó de una manera un tanto hosca.

-Sí -le contesté sencillamente.

La actitud de Diego me hacía sentir incómodo. Cuando había empezado a andar con Gerardo tanto él como Marcos se portaban de maravilla conmigo, pero de repente Diego se había empezado a comportar como si hubiera algo relacionado conmigo que lo molestaba profundamente.

Recordaba claramente qué día había empezado ello. Llevaba tres semanas de andar con Gerardo cuando llegué a su casa mientras Diego iba saliendo. Yo lo saludé animadamente, pero él no me regresó el saludo, si no que simplemente me volteó a ver con una mirada asesina para después voltearse. Cuando había llegado con Gerardo y le había preguntado si algo le había ocurrido a Diego él solo había suspirado y me había abrazado diciéndome “Está haciendo berrinche, ya se le pasará”. Y aunque la actitud de Diego posteriormente había sido más amable, resultaba obvio que no era de su agrado el que yo visitara muy seguido a Gerardo. Me pregunté si el berrinche habría estado relacionado con que yo fuera a la casa y si seguía en pie.

-Pasa, no sé dónde esté pero pasa -me respondió Diego mientras abría bien la puerta y me dejaba pasar.

Me pareció ver que Diego llevaba puesta la misma ropa que había llevado el día anterior, pero me despreocupé al pensar que aquello no me interesaba. No me convenía poner excesiva atención a Diego, porque si bien al que amaba era a Gerardo, no podía negar que el cuerpo de Diego seguía excitándome. Así que prefería ignorar aquello. Era algo más instintivo y carnal, poco que ver con lo que me hacía sentir Gerardo, pero que si dejaba que aflorara no sabía a dónde podría llevarme.

-¿Salió a algún lado? -le pregunté a Diego. La verdad esperaba encontrar a mi novio en la cocina.

-No lo sé -contestó Diego mientras iba al baño-. Me desperté y ya no estaba.

Aquello no me sorprendió. Si algo había aprendido es que si Diego no tenía nada que hacer era capaz de dormir más allá del mediodía. Tomé asiento para ver la televisión mientras Diego empezaba a rasurarse. Gerardo volvería, o de lo contrario me hubiera llamado a mi celular o algo para cancelar la cita.

Diego terminó de rasurarse, y aparentemente iba a meterse a bañar. Sin embargo, antes de que se encerrara en el baño el teléfono sonó y él se dirigió hacia él antes de que yo pudiera hacer algo. Bien, era su casa, aunque no me hubiera negado a contestar por él especialmente porque el teléfono estaba más cerca de mí que de él.

-Bueno -dijo él mientras contestaba-… Ah. ¿Qué pasó?… ¿Pues qué estás haciendo?… ¿Y soy yo el culpable?

Diego parecía ligeramente molesto. Me pregunté quien le estaría marcando mientras fruncía el ceño. Sin saber porque aquello llamó mi atención sobre las diferencias que existían entre él y su hermano. Si bien ambos eran de tez clara, las cejas de Diego eran más gruesas, su cara era más cuadrada mientras que la de Gerardo era más redondeada y los ojos de Diego lucían más hundidos.

-Sí, claro, como digas. Siempre he de ser el culpable… Quizás lo hubiera recordado si me hubieras dado un incentivo -continuó él diciendo al teléfono, aunque el tono de voz ya no era molesto, si no más bien un poco persuasivo y bromista-… Creo que sabes perfectamente de qué hablo… Sí, sí -dijo mientras suspiraba-. Ya sé que ahora piensas eso… Aunque antes no parecías opinar lo mismo… Sí, claro, como si fuera tan sencillo… Ahora que lo preguntas sí… Claro, yo le digo… Sí, sí… No te preocupes… Por supuesto… Adiós.

Diego colgó y y me volteó a ver. Sin embargo, algo en él cambio al verme. Ahora lucía pensativo. Aquello me pareció tremendamente extraño.

-¿Era Gerardo? -pregunté guiado por mi intuición. Aquello me explicaría porque ahora me volteaba a ver así.

-No, era una amiga de Marcos -dijo mientras se frotaba la barbilla y comenzaba a sonreír-. ¿Quieres unas palomitas?

Su cambio de actitud me desconcertó por completo. Antes de que pudiera responder ya estaba frente al horno de microondas metiendo una bolsa de palomitas para hacerlas.

-¿Cómo van las cosas entre tú y Gerardo? -me preguntó una vez que hubo hecho funcionar el microondas.

Me tardé unos segundos en contestarle.

-Bien -fue todo lo que contesté. Ahí había algo extraño que sin embargo no alcanzaba a vislumbrar.

-¡Que bien! -exclamó él con una sonrisa.

Por extraño que pareciera, la sonrisa de Diego no me gustaba para nada. Prefería la apariencia de chico rudo que tenía cuando estaba serio. Aquello era un enorme punto a favor del porqué era mejor que dejara de pensar en Diego de una vez y me enfocara en Gerardo totalmente. La verdad es que aún había noches (especialmente cuando llevaba tiempo sin tener sexo con Gerardo) en que me masturbaba pensando en Diego y en aquella ocasión en que lo había visto solo en bóxer. Una fantasía, solo eso. A nadie dañaba con fantasear, ¿o sí?

El horno detuvo su marcha, y Diego sacó la bolsa de palomitas ya inflada del interior. La abrió y una nube de vapor salió de su interior.

-¡Perfecto! Solo las dejamos enfriar y listo. Mientras me meto a bañar, ¿te parece? -dijo él.

Yo asentí distraídamente mientras intentaba buscarle un sentido a lo que estaba pasando. No entendía porque de repente Diego parecía tan feliz. ¿Tendría que ver con la llamada de la amiga de Marcos? ¿Qué demonios le habría dicho la chica que lo puso tan feliz?

Un sonido me sacó de mis pensamientos. Una canción que provenía… ¿del baño? ¿Diego estaba acaso cantando en el baño? Me concentré en el sonido, y me di cuenta que efectivamente Diego había comenzado a cantar una canción que yo no conocía. Oí como la regadera se abría, pero aún así alcanzaba a oír la voz de Diego.

Decidí hacer caso omiso. Quizás Diego fuera bipolar. No estaba seguro bien de en qué consistía la bipolaridad, pero hasta donde entendía se refería a cambios de humor que se mantenían durante un tiempo. Quizás todo este tiempo solo había vivido un episodio de un sentimiento de enojo y había llegado el tiempo de cambiar a la felicidad. Bueno, quizás así podría llevarme mejor con mi cuñado. Al menos hasta que le llegara su próximo episodio de sentimientos negativos.

Me puse a ver la tele, un programa cualquiera de esos en que se daban cita familias con un montón de problemas y se empezaban a gritar los unos a los otros. Siempre me había preguntado cómo alguien se podía prestar a aquello, pero quizás nunca llegaría a entenderlo.

Oí que la puerta del baño se abría, pero decidí no voltear a ver. No sabía si Diego habría salido ya vestido o con una toalla o bata de baño, pero la verdad no quería averiguarlo. Si mi teoría sobre lo que Gerardo me había preparado para aquel día resultaba cierta lo último que necesitaba era tener la mente llena de imágenes sobre el cuerpo de Diego.

En ese momento se me ocurrió pensar que quizás la ausencia de mi novio estaría relacionada con lo que estaba preparando para aquel día. Quizás había salido a comprar algo. De repente, me acordé que me había negado a comprarle un regalo. Gerardo desde el principio me había dejado claro que no le gustaba que le regalaran cosas que no tenían utilidad práctica, y como yo era tan bueno eligiendo regalos la verdad no creía tener muchas esperanzas de encontrar algo que él necesitara. Sin embargo, si él llegaba con algo para regalarme quedaría mal. Quizás debí haberme tomado mi tiempo para pensar un poco que podría necesitar mi novio.

Mi mente estaba ocupada pensando en eso cuando sin previo aviso Diego se sentó a mi lado llevando la bolsa de palomitas consigo.

-¿Quieres? -me dijo mientras me ofrecía la bolsa.

Yo tenía la boca abierta, y no era para menos, pues Diego solo llevaba una toalla anudada por la cintura, dejando a la vista su cuerpo delgado y marcado. Sabía que Diego practicaba ejercicio, pero aún me sorprendía ver aquellos músculos cuando yo sabía que su hermano mayor no estaba nada marcado y era propenso a que se le empezara a hacer panza si comía de más o dejaba de hacer alguna actividad.

Diego me volteó a ver al notar que no le contestaba, y me temo que tardé en reaccionar.

-Sí, por supuesto -le respondí mientras tomaba un puñado de palomitas y agachaba la mirada.

De reojo me pareció observar que la sonrisa de Diego se ensanchaba.

-¿Vas a salir a algún lado? -inquirí yo sin animarme a verlo nuevamente. Acababa de recordar que Gerardo me había asegurado que íbamos a tener la casa para los dos solos.

-Pues planeaba dejarlos solos a mi hermano y a ti, pero no tengo inconveniente en hacerte compañía mientras él llega -contestó él mientras agarraba un puñado de palomitas.

Yo tomé más palomitas mientras rogaba que Gerardo se diera prisa, porque aparentemente la idea de acompañarme de Diego incluía quedarse solo con una toalla cubriendo su anatomía.

Nos quedamos un momento en silencio, mientras en la televisión una señora le gritaba a su marido reclamándole que le había puesto el cuerno con una chica veinte años menor.

-¿Tú qué harías si Gerardo te fuera infiel? -me preguntó Diego.

La pregunta me desconcertó, e incluso hizo que me olvidara de la semidesnudez de Diego. Lo volteé a ver mientras ladeaba la cabeza.

-No lo sé -le contesté.

-¿Lo dejarías? -preguntó él.

Medité la respuesta antes de expresarla.

-Depende de que clase de infidelidad sea -contesté finalmente.

-¿A qué te refieres? -cuestionó él.

-Bueno si tuviera sexo con alguien más, pero solo eso, lo perdonaría. Digo, a veces hay alguien que te atrae y no aguantas las ganas -le confesé a Diego-. Pero si fuera algo más emocional, algo en lo que frecuenta a esa persona y la procura… Entonces creo que preferiría dejarlo con esa persona.

Diego rió leventemente con aquello. Yo no le vi el chiste, así que volví a verlo con mirada inquisitiva.

-Dudo que alguna vez procure a alguien como lo hace contigo -contestó él-. Tú no puedes saberlo porque tú fuiste el responsable del cambio, pero yo si lo veo. Él era la clase de chico que jamás se enamoraba. Marcos y yo creíamos que siempre estaría soltero. Aparecieron un par de chicos antes que tú, pero Gerardo solo salía un par de veces con ellos antes de que no volviéramos a saber de ellos. En cambio contigo ha sido totalmente diferente. Ha cambiado por completo, y a veces llega a hartar el hecho de que parezca que lo único que le importa y lo único que quiere en la vida eres tú.

El tono de voz de Diego nuevamente se había vuelto un poco hosco. Quizás no fuera bipolar, si no que realmente tuviera algo en contra de que yo anduviera con su hermano.

-¿Pero en serio no te molestaría que tuviera algo de sexo con alguien más? -me preguntó mientras la sonrisa volvía a su rostro, tan rápidamente que me asusté un poco-. ¿Incluso si ese alguien más fuera un conocido tuyo?

En ese momento Diego me pasó un brazo por detrás, como si lo estuviera recargando tranquilamente en el respaldo del sillón en el que nos encontrábamos. Su postura se había vuelto más relajada. Tenía que concentrarme o mi mente se empezaría a llenar de imágenes de mí estirando mi mano para quitarle la toalla.

“Gerardo, mi novio” fue lo que me repetí en mi mente.

-De hecho, me relajaría si ese alguien fuera un conocido -confesé-. De esa manera podría darme cuenta si realmente se trata de solo sexo o está sucediendo algo más ahí.

-¡Vaya, tienes una curiosa forma de ver las cosas! -dijo él mientras dejaba la bolsa de palomitas a un lado, en una mesita que estaba cerca del sillón, para después colocarse en la misma posición que había tomado, aunque más cerca de mí al parecer.

“Amo a Gerardo, amo a Gerardo” me obligué a pensar, pero no pude evitar que otro pensamiento se colara en mi mente: “Pero Diego siempre me ha gustado”.

No podía negar la verdad de aquello. Aunque desde que andaba con Gerardo me había dado cuenta que mi gusto por Diego no iba más allá de lo físico, eso bastaba para que mi mente volara y tuviera fantasías de sexo con él. No me interesaba una relación, porque Diego no me interesaba nada más allá del sexo.

-¿Y crees que Gerardo vería las cosas de la misma manera que tú? -me preguntó él.

Mi pulso empezó a acelerarse, pero más que sentirlo en mi corazón empecé a sentirlo en mi entrepierna. Fui incapaz de moverme, ya que en esos momentos aunque Diego acercaba su rostro al mío no pensaba con claridad las implicaciones de ello.

-La verdad no lo sé -confesé.

-Pues esperemos que sí, ¿no? -preguntó él antes de plantarme un beso.
Mi cerebro se desconectó de manera literal, y solo quedó el sentimiento y el deseo. Deseo porque llevaba deseando a Diego desde que había visto el cuerpo que se cargaba, sentimiento porque su beso me producía sensaciones difíciles de explicar. No tenía nada que ver con los besos que solía experimentar con Gerardo. Diego era más desenfrenado, rudo y pasional. No había ternura en sus besos, sus dientes apretaban salvajemente mis labios y su lengua entraba sin ningún pudor en mi cavidad oral.

Diego tomó una de mis manos, y la acercó a su entrepierna. Pude sentir la dureza de su pene por encima de la toalla, y me di cuenta con el simple tacto que el pene de Diego era más grande que el de su hermano. Aquella comparación fue la que me hizo recuperar la cabeza.

-Espera, espera -le dije mientras ponía mis manos en su pecho y lo empujaba-. ¿Qué crees que estás haciendo?

Lo cierto es que tocar sus pectorales marcados no me daba ánimos para detenerlo por mucho tiempo.

-Solo un poco de diversión para pasar el rato -respondió él con una sonrisa cínica.

-¡Soy el novio de tu hermano! -exclamé molesto.

-Bueno, eso solo quiere decir que Gerardo me conoce -dijo él-. Si siente igual que tú preferirá que tengas sexo conmigo a que lo tengas con un desconocido.

-¡Eres un…!

No tenía palabras para él. Simplemente me puse de pie, pero él me imitó en cuestión de segundos.

-¡Vamos Gerardo! ¿Me vas a decir que no te gustó el beso? -preguntó él.

Quise negarlo, pero no pude. No podía mentirle.

-Eso es irrelevante -fue mi respuesta.

-¿Entonces qué es relevante? ¿El hecho de que yo te gustaba antes de que lo hiciera Gerardo?

No pude evitar sorprenderme con aquello. ¿Cómo demonios lo sabía?

-No eras muy discreto Gerardo -dijo Diego-. Ni siquiera ahora lo eres. Te he visto mirarme algunos de los días que vienes a ver a Gerardo. Si, con él es con quien disfrutas pasar el tiempo, pero soy yo quien te sigue llamando la atención ¿Crees que no vi tu mirada cuando me senté a tu lado? Me sigues deseando. Y en este momento yo deseo que estemos juntos.

-No sabía que eras gay -le dije intentando desviar la atención a un tema que no fuera mi deseo por él.

-Si nos vamos a poner con etiquetas la verdad es que no sé lo que soy -contestó Diego desenfadadamente mientras daba un paso hacía mí para quedar prácticamente tocándonos-. Pienso que terminaré casándome con una mujer porque son ellas quienes me gustan para una relación como la que tienen tú y Gerardo, pero si se trata de sexo opino que no hay nada mejor que la boca de un hombre o su culito tragón.

Rodeó mi cuerpo con sus brazos, apretando mi trasero. Sentir sus brazos musculosos rodeándome y sentir como su pene totalmente erecto presionaba mi entrepierna me volvió a desarmar totalmente.

-Gerardo podría llegar en cualquier momento -le dije intentando con eso convencerlo de que se alejara.

Él sonrió y volvió a besarme. Aparentemente se había dado cuenta que no intentaría alejarme de él nuevamente a menos que él lo hiciera primero.

-No hay problema -dijo mientras ponía sus manos debajo de mi playera acariciándome y me besaba el cuello-. No era ninguna amiga de Marcos. Era mi hermano diciendo que le había surgido un imprevisto y no iba a poder llegar a la casa hasta la noche. Tenemos bastante tiempo para hacer todo lo que queramos.

Volvió a atacar mis labios. La noticia de su mentira me había molestado, por lo que usé los dientes sobre sus labios intentando causarle alguna clase de daño. Sin embargo, parecía que él lo prefería así, ya que sus manos continuaron acariciándome con más fruición y me siguió el patrón en el beso.

Ya no pude pensar más. Me dejé llevar por los deseos de mi cuerpo. Mi mano izquierda recorrió su cuerpo, sus pectorales y su abdomen que me había hecho suspirar desde el primer momento en que los vi mientras mi diestra se dirigía hacia la tienda de campaña en que se había convertido su toalla a la altura de la entrepierna. Con un movimiento de sus manos él se desanudó la toalla, la cual cayó al suelo dejándolo completamente desnudo. Mi mano izquierda bajó poco a poco, sintiendo la firmeza de cada uno de los músculos de su cuerpo, su trasero, sus piernas. Mientras tanto, mi mano derecha recorría aquel tronco que debía medir unos diecinueve centímetros. Mis dedos recorrían toda su longitud, frotaban suavemente su glande y después se perdían entre los vellos que recubrían aquellas bolas que colgaban debajo. Sus testículos igualmente eran grandes y en aquel momento colgaban bastante, lo cual me permitía contemplar con el tacto aquellos perfectos depósitos de esperma.

-Mi verga se está muriendo porque la chupe tu boquita -dijo él separando su boca de la mía.

Más allá de mi voluntad me hinqué en el suelo mientras contemplaba aquel cuerpo perfecto de abdominales marcados. Vi aquel pito con el que había soñado por bastantes meses antes de andar con Gerardo, y no pude evitar que se me hiciera agua la boca. Aquello era más perfecto de lo que había creído. El pene de Diego era totalmente recto, quizás un poco delgado pero de un excelente tamaño, con su cabeza en forma de champiñón que era visiblemente más gruesa que el resto. Su piel era lisa, y juzgar por la situación el chico se encontraba circuncidado.

-Vas -dijo él mientras me jalaba con una mano de la nuca.

Solo había un camino posible, y era aquél que deseaba. Dejar que aquel trozo de carne se perdiera lentamente en mi garganta. A mí me hubiera gustado hacerlo lentamente disfrutando de cada centímetro de polla que se metiera dentro de mí, pero Diego me obligó a tragármelo rápidamente. Ni siquiera le importó cuando su pene llegó al punto en que empezaron a darme náuseas, y aunque intenté apartarlo me obligó a comerme su pedazo de chorizo entero. Con el pene de Diego hasta el fondo sentí que el vómito pugnaba por salir desde mi estómago, y también sentí como lágrimas escurrían de mis ojos.

-Respira profundo para que te acostumbres más rápido -me dijo él con evidente placer-. Piensa que es algo muy rico que te estás comiendo, porque de ninguna manera pienso sacar mi pito de esta cuevita caliente.

Sí, me daba cuenta de aquello por la presión que sus manos ejercían en la parte posterior de mi nuca. En ese momento noté que sus brazos fibrosos no solo servían para ser admirados, si no también para aplicar la fuerza necesaria para hacer aquello.

Así que decidí que lo mejor que podía hacerle era caso. Traté de relajarme y respirar para calmar las náuseas. Las lágrimas seguían saliendo, pero había de reconocer que aquello me producía un extraño placer. Por ningún chico me había dejado que me hiciera algo así jamás, prefería golpearlo y alejarme de él antes de que se aprovechara de esa manera, pero saber que quien lo estaba haciendo era Diego me daba la sensación de que aquello no era tan malo.

Y no, no lo fue. En poco más de un minuto me acostumbré a aquella monstruosidad dentro de mi boca, y empecé a disfrutar como ocupaba el espacio que había en mi garganta, rozando mi lengua, dientes, labios, paladar y campanilla. Hice algunos movimientos con mi lengua y succioné ligeramente, disfrutando del sabor que aquella herramienta tenía.

-Así que ya te acostumbraste -dijo Diego con una sonrisa perversa-. Qué bien, porque ahora viene lo bueno.

¿Algo mejor que aquello? Se me hacía difícil de imaginar algo mejor que tener la boca llena de un miembro como aquel. Claro que no se me ocurrió pensar que quizás Diego estaba pensando más en sí mismo que en mí cuando había dicho eso. Entrelazó sus dedos en mi cabello, y antes de que pudiera pensar en porqué hacía aquello movió su cadera hacia atrás.

Yo quise perseguir su pene que ahora salía de mi boca, pero cuando intenté seguirlo un dolor en mi nuca me detuvo. Él sostenía de manera firme mi cabello, así que no tenía posibilidad de mover la cabeza sin provocarme un nuevo dolor. De esa manera tuve que renunciar a mantener su pene hasta el fondo de mi garganta. El vacío resultante en mi boca de repente me resultaba molesto.

Pero no tuve que aguantarlo mucho tiempo. Cuando me estaba haciendo a la idea de que dejaría de saborear aquella hermosa verga, justo cuando solo la puntita quedaba dentro de mi boca, Diego metió su gran pene de golpe hacia dentro. No estaba preparado para aquello, y al llegar a mi garganta hizo que las náuseas amenazaran con regresar, si bien no con tanta fuerza como hacía un rato.

Su pito comenzó a salir, y luego volvió a entrar. Diego me estaba follando literalmente por la boca, sosteniéndome la cabeza con ayuda de sus manos. Eso hacía que él fuera el único responsable del movimiento y la profundidad de la penetración. Cada vez que metía su pene hasta el fondo sentía las lágrimas pugnando por salir de mis ojos, pero cuando lo sacaba deseaba que lo volviera a meter. Todo con tal de poder saborear aquel hermoso pedazo de carne.

-¡Mira que bonito te ves comiendo verga! -dijo Diego-. Si pudieras ver lo excitante que es ver mi pene perdiéndose en tu boquita. A que te gusta, ¿verdad?

Era difícil dar una respuesta cuando él sostenía mi cabeza y su pene inundaba mi boca a cada momento, pero dejé que la expresión de mi rostro hablara por mí. Cerré los ojos para poder concentrarme en las sensaciones táctiles y de sabor que dejaba su pene cada vez que entraba en mi boca. También disfrutaba de el olor que me veía obligado a inhalar cada vez que mi nariz quedaba enterrada en su vello púbico. Olía a limpio, pero aún así quedaban trazas de un aroma más animal, un olor que me llamaba y hacía que aquel momento fuera placentero.

La velocidad del mete y saca de mi boca fue acelerándose hasta que se volvió difícil distinguir en que momento su pene estaba dentro y cuando fuera, ya que antes de que me diera cuenta que había salido ya estaba entrando nuevamente, y cuando me daba la intención de que llenaba mi garganta ya iba de salida. Además, ya no solo era que entrara y que mi boca lo esperara pacientemente, si no que prácticamente lo estaba succionando para obligarlo a quedarse el mayor tiempo posible dentro, lo cual si bien no daba el resultado que quería si hacía que de alguna manera ambos disfrutáramos más.

-Espera, espera, espera -me dijo de pronto mientras me sacaba su pene totalmente y alejaba mi cabeza de sus caderas.

Aquel jalón que me dio me dolió, así que más le valía tener una buena razón para haber hecho aquello. Levanté la mirada para poder ver su rostro, aunque por el camino mis ojos se iban por su cuerpo. ¡Aquello era mejor que el David de Miguel Ángel, o que alguna escultura de Adonis que algún día había visto! Porque además de que sus músculos estaban más definidos, aquella barra de carne que se levantaba en su entrepierna lo hacía mucho más excitante.

Diego se encontraba respirando lentamente con los ojos cerrados mientras su pene parecía latir por si mismo. Daba pequeños brincos hacia arriba, y si no fuera por las manos de Diego que me detenían me lo hubiera metido en la boca nuevamente en aquel momento.

Diego abrió sus ojos, y una sonrisa retorcida que poco tenía que ver con su sonrisa normal cruzó su rostro mientras me miraba.

-No querrás que acabe sin que mi verga haya entrado en tu culito, ¿verdad? -preguntó él mientras soltaba mi cabeza y me hacía ademanes para que me pusiera de pie.

Aquello me tenía alucinado. Nunca había dejado que un pene grande entrara en mí, ya que me daba miedo. Si descubría que mi amante tenía un pene que considerara excesivamente grande prefería limitar la actividad a sexo oral, o en todo caso hacerla de activo. Sin embargo, con Diego me excitaba enormemente la idea, incluso si una parte de mi presentía que aquello iba a ser doloroso y molesto. Pero bueno, con su forma de obligarme a hacerle sexo oral él me acababa de demostrar que con él lo molesto se volvía también placentero.

Me puse de pie, y en lo que yo me quitaba la playera él se dedicó a desabrocharme el pantalón y bajármelo. Solo tuve que mover un poco mis pies para quedar solo en ropa interior.

-¡Que lindos bóxer! -me dijo él mientras me tomaba de las caderas.

Aquello me hizo recordar que justamente aquellos eran los bóxer que tanto le gustaban a mi novio. El arrepentimiento afloró un poco, pero eso fue antes de que Diego me diera la vuelta y se hincara para pegar su rostro sobre mi trasero. Sus dientes se hincaron sobre uno de mis glúteos y eso hizo que Gerardo desapareciera nuevamente de mi cabeza.

-Ay -me quejé ligeramente.

-Que bonito culo tienes -dijo él mientras jalaba el bóxer para dejar mi trasero al descubierto-. Ya no puedo esperar para verlo comerse mi verga.

Pronto descubriría que no decía eso de manera metafórica, realmente no podía esperar. Hundió un momento su rostro en la raya que se formaba entre mis dos nalgas mientras bajaba el bóxer hasta mis pies. En cuanto hubo terminado se puso de pie, y cuando volteé a verlo me di cuenta de que estaba abriendo un condón con sus dedos. ¿De dónde lo había sacado? Fue algo que jamás llegué a averiguar.

-Vas a ver que te va a encantar -dijo él mientras hacía que recargara mis brazos en uno de los reposabrazos del sillón más cercano para que mi culito quedara parado al aire.

Sentí el látex que rozaba mi entrada, y de repente me dio miedo. ¿Se supone que me iba a penetrar sin más? Aparte de que sería el pene más grande que había entrado en mí, me costaba trabajo aceptar que fuera a penetrarme sin ningún tipo de preparación.

-Relájate -dijo él con una risa-. Si aprietas a si el culo cuando vaya entrando a mí me va a gustar, pero me temo que a ti te va a doler.

Lo mejor era hacerme a la idea de que aquello iba a ser así. Podía detenerlo y mandarlo muy lejos como debí de haber hecho desde el principio, pero la verdad una parte de mí se moría por sentir a Diego muy dentro de mí de la misma manera que lo había sentido en mi garganta. Así que decidí relajarme lo más que pudiera mientras sentía como el pene de Diego totalmente duro aplicaba presión en mi ano. Con aquella presión llegó finalmente un punto en el que sentí como mi anillo anal se abrió permitiendo la entrada de aquel intruso. Era como si me abriera en dos, porque durante el momento en que su cabeza atravesaba la primera parte de mi recto sentí dolor y quise escapar, pero Diego me tenía bien sujeto agarrándome de las caderas.

-No manches -dijo Diego con evidente placer-. ¡Lo tienes bien apretadito!

Diego hizo que su amiguito siguiera avanzando en mi interior, pero después de que entró la cabeza, el resto fue más fácil. Gracias a la forma de champiñón que tenía su pene, el tronco entró de manera extremadamente fácil después de que la cabeza se encargara de abrir el camino.

-Ya extrañaba sentir un culito así -expresó Diego una vez que sus caderas chocaron contra mi trasero.

Yo solo estaba respirando profundamente, intentando calmar el dolor. La verdad, es que haciendo aparte el dolor era una sensación satisfactoria el sentir el pene de Diego dentro de mí, llegando a lugares donde ningún otro hombre había llegado.

Aquel pito inició su retirada lentamente, para cuando solo quedaba la cabeza dentro de mí volver a entrar igualmente de manera lenta. Diferente a la forma en que me había follado la boca, y la verdad se lo agradecía porque no creía que mi culito aguantara una cogida salvaje desde un principio.

Sentir su pene entrando en mi interior era cada vez menos molesto y más placentero. Dejé de intentar escapar, y más que eso yo mismo impulsaba mis caderas hacia atrás cada vez que Diego se clavaba en mi interior, como si de esa manera fuera a hacer posible que él entrara más adentro.

-Sabía que te acabaría gustando -dijo Diego mientras me daba una suave nalgada-. Si supieras…

No dijo nada más, pero su acción cambió. Comenzó a acelerar su mete y saca, mientras mi placer se multiplicaba. ¿Sería que su cabeza rozaba mi punto G cada vez que entraba y salía?

-Me encanta, me encanta tu culo -dijo Diego mientras se recargaba sobre mi espalda y pasaba sus brazos por debajo de tal manera que me agarró de los hombros y de esa manera podía jalarme hacia él.

-Y a mí me encanta tu verga llenando mi interior -le dije yo.

Él empezó a cogerme con fuerza, jalándome por los hombros cada vez que quería una penetración más profunda. Yo no podía hacer otra cosa que gemir con fuerza, sintiendo en ocasiones que su pene intentaba llegar nuevamente a mi garganta desde el otro lado.

Llegó un punto en el que él comenzó a reducir la velocidad. Me pregunté si se habría venido o si quizás estaba intentando contenerse nuevamente. Se irguió, y sacó su pene con cuidado de mi interior.

-Ven -me dijo mientras me jalaba para que yo también me incorporara y lo siguiera-. Quiero probar una pose que presiento te va a fascinar.
Me llevó a la pared más cercana, con su pene aún totalmente duro y recubierto por el condón. La falta de alguna mancha quería decir que no se había venido, aunque daba la impresión de que ya contenía algo de líquido preeyaculatorio.

Una vez en la pared hizo que me parara frente a él, dándole la espada en la pared. ¿Qué pretendía?

-Pásame los brazos por el cuello -me dijo él mientras me tomaba de las piernas.

Le hice caso sin estar seguro de lo que estaba planeando, y antes de que pudiera darme cuenta mis pies perdieron piso. Hubiera caído al suelo si no hubiera tenido las manos entrelazadas detrás de su cuello.

-Te va a encantar -dijo él con evidente placer mientras recargaba mi espalda contra la pared.

De repente entendí lo que quería hacer. Levantó un poco más mis piernas, y yo intenté orientar mi culito hacia donde se encontraba su pene. Debido a que seguía abierto por la reciente cogida, no tuvimos mucha dificultad para volver a meter, si bien volvió a dolerme un poco cuando la cabeza entró la primera parte.

-De esta manera puedo ver tu rostro disfrutando del placer de mi verga dentro -dijo él mientras daba un pequeño salto para acomodarme mejor.
Yo sabía que aquella pose no sería posible sin la fuerza que Diego tenía en los brazos. Yo no podría plantearme sostener a alguien de esa manera por mucho tiempo.

El pene de Diego volvió a entrar hasta el fondo de mí, mientras ahora mis bolas quedaban recargadas en su abdomen duro y marcado. La visión de aquel torso perfecto hacía que todo aquello fuera aún más placentero si cabía.

Comenzó el mete y saca, y yo volví a gemir sin ningún pudor. A Diego parecía gustarle aquello, ya que una sonrisa torcida atravesó su rostro y empezó a cogerme con mayor fuerza. A veces me daba la impresión de que con la energía de sus embistes lograría clavarme en la pared. No tenía forma de escapar de algo así, pero no es que yo quisiera escapar de eso.

Estuvimos unos cinco minutos así, hasta que Diego me estaba cogiendo a una velocidad de vértigo. Las sacadas no podían darse tan afuera en esa posición, pero sus metidas seguían siendo lo más profundas posibles. La última sacada fue hasta fuera, y en ese momento Diego soltó mis piernas con lo que yo tuve que volver a ponerlas en el suelo.

-Arrodíllate -me pidió.

Yo le hice caso, y cuando llegué a la altura de su entrepierna él ya se había quitado el condón y lo había arrojado lejos. Se masturbó salvajemente y apenas unos segundos después sus chorros de semen salieron salpicando por completo mi rostro mientras él gemía con fuerza y su cuerpo parecía temblar liegarmente. Lo único que pude hacer fue cerrar los ojos para evitar que me cayera algo dentro de ellos, pero afortunadamente sus fluidos cayeron principalmente alrededor de mi boca, mis mejillas, nariz y un solo chorro (el primero) en la frente. La verdad es que parecía que Diego no se había venido en bastante tiempo.

Diego soltó un largo suspiro, y me golpeó una mejilla con su pene. Supuse que eso significaba que él había terminado, así que abrí los ojos ya que no me parecía que lo que tenía en la frente corriera riesgo de desprenderse.

-¡Te ves endemoniadamente sexy! -dijo Diego mientras volvía a sonreír con aquella sonrisa torcida.

Yo me puse de pie, y me volteé a ver en un espejo que había en la sala. Diego tenía razón. Aquellas manchas de semen recorriendo mi rostro me excitaron como pocas cosas. Con una visión así no tendría que jalármela mucho para venirme.

-Yo te ayudo -dijo Diego mientras se ponía detrás de mí, repegaba su cuerpo y comenzaba a masturarme.

En aquella situación, viendo mi reflejo cubierto de semen, con el tacto del cuerpo de Diego por detrás y su fuerte mano masturbarme tardé unos treinta segundos en venirme de manera abundante. Algo de mi semen cayó al suelo, pero lo que Diego alcanzó a recoger con su mano lo embarró en mi abdomen. Aquella caricia era también totalmente placentera.

-Podemos repetirlo cuando quieras -dijo él con voz seductora mientras separaba su cuerpo del mío, aunque sin dejar de acariciar mi abdomen.

Ahí, cubierto de semen y viendo su hermoso cuerpo desnudo le hubiera dicho sí sin pensarlo. Sin embargo, quizás debería esperar a que mi razonamiento volviera, a que el deseo se apagara y a que mi corazón se hiciera presente para reclamarme antes de tomar una decisión.

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Ayuda al Camión (Dedo al Camión 3)

Ayuda al Camión
Por Rebelde Buey

Estaba desesperado. Había reunido a mis dos íntimos amigos, a mi primo y a un vecino de confianza para que me ayudaran, para que me dieran ideas, plata, lo que sea con tal de sacar a mi novia del emputecimiento en el que estaba sumergida.
Los miré uno a uno, tragando saliva. Resultaría difícil no quedar como el rey de los cornudos.
—Se trata de Violeta…
Me miraron preocupados.
—¿Le pasó algo?
—No. Bueno, sí. Pero nada grave. O sí, muy grave…
—¿Qué pasa, Henry? ¿Se van a separar?
Estábamos en el living de mi casa, sentados en los sillones.
—Está en problemas. Tiene un especie de… adicción…
—¿Drogas…?
Los miré. No sabía cómo decirles.
—Es adicta… al sexo.
Uno de mis amigos sonrió como si yo estuviera bromeando.
—No es lindo. Ni excitante. No es solo adicta al sexo… -me sentía tan incómodo de revelarme así delante de ellos. —Es adicta al sexo con… camioneros… Está como obsesionada… Es una historia larga, pero… Se la pasa cogiendo con camioneros…
Primero rieron. Luego vieron mi rostro destruido y entendieron que, por extraño que pareciera, era verdad.
Me eché a llorar.
—Henry, disculpá… -me dijo uno de mis amigos. —Pensé que era una joda…
—No lloro por ustedes, pero ella… Tengo que hacer algo… no quiero perderla…
—¿Te va a dejar? -quiso saber mi primo.
—No. Ella me sigue amando. Y yo también. Pero no puede salir de esa puta parrilla…
—¿Qué parrilla?
—Trabaja en una parrilla y el dueño la hace coger con los camioneros por 100 pesos… Y ella se deja…
—No puede ser…
—Hasta yo… Para cogérmela yo también tengo que pagar… Necesito ayuda…-imploré.
Todos conocían a Violeta y, aunque la veían siempre de polleritas y remeras ajustadas, con sus tetas a punto de explotar y la carita de puta alegre, les resultaba imposible de creer.
—¿Querés que le hablemos?
—Es al pedo hablar. No le importa nada. No es que no me quiera, es que no lo puede evitar… Es como una droga, no puede dejar de cogerse camioneros…
Yo estaba con la cabeza gacha, llorisqueando, y no pude ver cómo entre los cuatro se cruzaron miradas.
—¿Cómo es el sistema…? -me preguntó mi primo.
—Los camioneros comen algo, se anotan en una lista y cuando les toca el turno, pagan comida y polvo y se llevan a mi nena a su camión…
—¿Por cuánto tiempo?
—Media hora…
Se volvieron a mirar.
—¿Y hay alguna restricción… o cualquiera puede ir y…?
—Creo que cualquiera. No sé. Mientras se le pague al hijo de puta de Antonio, el parrillero…
En ese momento entró al living Violeta y nos sonrió. Ya se habían saludado antes y ella iba y venía por la casa sin saber lo que hablábamos nosotros. Llevaba puesto un mini short colorinche, enterradísimo entre las nalgas, que la exhibía demasiado. Esa era otra cosa que me molestaba de todo el asunto: el hijo de mil putas de Antonio, además de prostituirla, le había cambiado la forma de vestirse y comportarse. Ya en el barrio se rumoreaba que era una putita.
Mis amigos la siguieron con la mirada, especialmente cuando se agachó a acomodar unas cosas en una mesita. Mi primo, fanático de los culos grandes y redondos, se quedó colgado del mini short de mi novia, que casi le dejaba media cola afuera.
—¿Vieron? -les dije cuando se fue. —¿Vieron lo cambiada que está?
—Yo no la veo muy cambiada -dijo mi primo. —O por ahí un poquito más delgada, con mucho mejor cola que antes, creo está más buena que nunca…
—¡Cambiada de actitud, boludo!
—Ah, sí, sí -admitió a modo de disculpa.
Los miré a los cuatro, suplicante. Eran mi gente de mayor confianza.
—¿Y? ¿Me van a ayudar o no?
—Por supuesto, Henry. Algo se nos tiene que ocurrir. Pero decime… la parrillita esa… ¿dónde queda…?

Idearon rápidamente un plan. Me pidieron 400 pesos, 100 para cada uno. Irían en la semana a ver cómo era el sistema ese, por el que el Antonio prostituía a Violeta. Santiago, uno de mis amigos, consiguió un camión. Pagarían, llevarían a mi novia a la cabina y tratarían de convencerla. Por supuesto, ellos no le harían nada. Eso me aliviaba. Si bien me iba a costar 400 pesos, al menos esa noche ella no sería tan usada como de costumbre.
Llegamos a la parrillita y mis amigos y mi primo se anotaron en la lista. Casi se atragantan cuando la vieron llegar de un camión con su uniforme de ese día, una mini falda tableada y cortísima, que le dejaba media cola al aire, y una tanga demasiado metida en la raya. Arriba, un top corto donde las tetotas se peleaban por salir.
—Hola, mi amor -me saludó mi novia. —¿Trajiste platita para hacerme el amor?
—N-no… -balbucí. —Pero mis amigos… -Ella giró para verlos y les sonrió. —Vienen a hablarte.
—Que se anoten en la listita, mi amor… -dijo con cierta indiferencia.
Media hora después, mi amigo Dani se llevaba a mi gordita hermosa al camión, previo pago de los 100 pesos que le había dado. Dani era el más pirata de todos, a excepción quizá de mi primo, por lo que verlos entrar a la cabina me despertó una alarma. ¿Y si se llegaba a propasar con ella?
—Tranquilo -me dijeron los otros tres. —A Dani lo conocés desde la primaria. ¿Cómo te va a hacer una cosa así?
Me calmé. Todo este asunto me estaba poniendo paranoico. Fue una media hora de chicle, nunca se terminaba. Por un lado mejor, pensé, todo este tiempo estaría tratando de convencerla.
Pero cuando regresaron, también lo hizo la paranoia. Porque conozco a Violeta y en la cara le vi que había cogido. Mi amigo venía feliz y relajado. Algo andaba mal.
—Santiago -anunció Viole con el papelito en la mano, y le sonrió a mi vecino cuando éste se levantó de un salto. Le vi el bulto que le hacía el pantalón y lo noté muy poco concentrado en su misión real.
—¡Ey! -reclamé mientras se alejaba con mi novia de la cintura y le magreaba disimuladamente las nalgas. —Tratá de convencerla…
Los vi entrar al camión y otra vez algo se me atragantó. Giré ansioso hacia Dani, el que recién había estado con Viole.
—¿Y?
—Formidable… -respondió con una sonrisa de satisfacción plena.
—¿Cómo formidable?
—Quiero decir, difícil… Mirá, traté de hablar, pero es imposible, tenías razón…
—¿Y qué hiciste media hora ahí?
No esperé a que me contestara. Fui corriendo como un loco hacia el camión. Llegué agitado y subí al estribo y me asomé por la ventanilla. Santiago estaba con los pantalones por los tobillos bombeando a mi chiquita, que lo atendía con sus piernas abiertas y abrazándolo por la cintura. ¡Se estaba cogiendo a mi novia!
—¡Santiago! -grité indignado.
Pero el hijo de puta se la seguía garchando y masajeándole las tetotas, mientras ella entrecerraba los ojitos.
—¡Santiago, dejá de cogerte a Violeta! -volví a gritar. Se ve que no me escuchaban porque mi amigo seguía dándole maza y penetrándola como una animal. Entonces golpeé el vidrio de la ventanilla. —¡Hijo de puta, largá a mi novia!
Ahí saltaron del susto. Santiago me miró con culpa pero no se salió de entre las piernas de mi amorcito. Levantó los hombros y puso cara de disculpa.
Y se dio media vuelta y continuó fifándosela.
Golpeé de nuevo, inútilmente. Decidí abrir la puerta del camión. El turro la había trabado. Forcejeé con la manija mientras miraba angustiado cómo mi amigo seguía bombeándola hacia arriba y hacia abajo, entre las piernas de ella. Su culo peludo moviéndose contra mi nenita hermosa y ella con las piernitas arriba, recibiendo verga, asiéndolo de la cintura y trayéndolo hacia sí para que la penetración fuera más profunda. Volví a forcejear.
Permanecí en el estribo del camión la media hora que duró esa cogida, asomándome angustiado por la ventana y tratando de abrir. En ningún momento Santiago dejó de cogérmela y le acabó adentro un par de veces.
Al salir de la cabina me encontró como amansado, resignado, seguramente, y con una erección que no me correspondía. Intentó explicarme algo pero yo me quedé allí, sin reacción, y él y mi novia volvieron hacia la parrillita. Nadie me vio entrar al camión. No me iban a cagar otra vez, mi primo y mi otro amigo me iban a tener adentro para evitar que me la zarpen otra vez.
Los sorprendí cuando entraron. A Violeta y a mi amigo Juanjo.
—¿Qué hacés acá? -me retó ella. —No me vengas a hacer lio al trabajo.
—Vengo a impedir que estos hijos de puta me sigan cagando.
—¿Pero qué decís? ¡Son tus amigos!
—Sí, Henry, ¿cómo te vamos a cagar? -me dijo Juanjo sorprendido, mientras se abría el cinturón del jean.
—¡Se están cogiendo a mi novia desde que llegaron, hijos de puta! ¡Se suponía que solamente iban a hablar!
—¿Y qué querés que hagan si ya le pagaron a Antonio, mi amor? -Encima mi novia los defendía.
—¿Quién te entiende, Henry? Estamos tratando de ayudarte -y luego se refirió a Violeta en otro tono: —Girá la colita más para acá, mi amor… así…
—¡Dejá a Violeta en paz! ¡No te la cojas, Juanjo!
—¡No me la voy a coger, boludo! -me quiso tranquilizar mi amigo, pero ya tenía la pija dura en la mano y a mi novia sin el culote puesto. La tomó de la mano y la guió hacia él.
—Henry, dejá de hacer papelones… ¿querés?
—Estoy tratando de ayudarte con Violeta. -Juanjo le hizo pasar la pierna por arriba y la ayudó a mi novia a ponerse por encima de él, de frente, con la conchita deliciosa a punto de clavarse.
—¡Te la vas a coger, hijo de puta! ¡Dejala!
—¡Te digo que no me la voy a coger! -prometía. Tomó de la cintura a Viole y la acomodó sobre su pija, puerteándola, y le marcó a ella el movimiento hacia abajo. Violeta solo se dejó caer sobre esa pija durísima y el entierre de la verga en esa conchita fue impecable. —Mmm…
—¡Turro de mierda, te estás cogiendo a mi novia!
—No…. No… -jadeaba el hijo de puta mientras hacía subir y bajar a Viole sobre su pija. —No me la estoy… uhhh… cogiendo…
—¡Te la estás cogiendo, hijo de puta, te estoy viendo!
—Te juro que… no me la estoy… uhhh… uhhh… síii… asíii…. -Su verga venosa salía de mi novia y volvía a entrar, y los líquidos de ella le sacaban brillo a la cogida.
—¡Henry, no seas desubicado! -me retó mi novia, que lo cabalgaba como una puta.
—Me dijeron que iban a convencerla de salir de acá. -dije a mi amigo con un nudo en la garganta.
—No, Henry. Te dijimos que íbamos a ver cómo era todo este sistema. Esto es parte del sistema… -y le gimió bajito a ella: —Uhhh… qué buena que estás, corazón…
Tuve el impulso de pegarle una trompada, pero el guacho empezó a acelerar sus embestidas y vi claramente cómo su pija horadaba una y otra vez esa conchita que era de mi propiedad. Eso me distrajo y ya no supe qué contestar. Viole fue más práctica.
—Además ya pagó, mi amor… ¿No creés que es justo que me coja un poquito…?
Ahora Viole se daba vuelta y le ofrecía la espalda, siempre sentada sobre su verga. Mi amigo la elevó un instante, con la pija en la mano.
—Correte, Henry -me regañó mientras la agarraba de la cintura a ella para bajarla y clavársela otra vez. —Estás muy cerca y no me dejás mover la pierna para mandársela bien al fondo…
Me corrí.
—Ahhhh… -comenzó a gemir mi novia cuando la pija de Juanjo le entró en esa nueva posición.
—Gracias -mi amigo finalmente empujó a mi novia hacia abajo y se la clavó hasta los huevos.
—Ay… Síii… -gimió ella. —Así, Juanjo…. ¡qué buena pija…!
—¡Viole! ¡Al menos tené la decencia de callarte!
Pero siguió gimiendo como una puta en celo mientras mi amigo se la garchaba sin compasión, disfrutando de mi novia con cada embestida, sintiéndola toda para él.
—Sostenémela un poquito de ahí para que no se me vaya para adelante -me pidió. Lo hice, ¿qué podía hacer? Mi amigo la agarró de las nalgas y con cada penetración le abría la cola para metérsela más adentro. Violeta gozaba de verdad, aunque también podía ser la actuación aprendida en este trabajo.
Lo que no era actuación, estoy seguro, fue cuando media hora después se la cogió el último de los cuatro a los que yo les estaba pagando: mi primo. Es que a ese hijo de puta mi novia siempre le había tenido ganas. Y eso lo sabía yo de una charla tonta que había tenido una vez con Violeta. Ya dentro del camión, mi primo se impuso ante mi primera queja y no me dejó margen de negociación:
—Cuerno, no me rompas las pelotas porque a tu novia le tengo ganas desde hace años y pienso darle sin asco. -Me quedé helado. —Cerrá la jeta, no hagás quilombo y portate bien.
No me sentí tan humillado como debiera. Quizá porque ya él era el cuarto que se la iría a coger y estaba claro para todos que yo era un flor de cornudo.
Mi primo puso a Violeta en cuatro patas hacia adelante, con el culazo hermoso y redondo a su total merced. Le subió la poco decente minifalda y apoyó el sobrecito del preservativo sobre su cintura, ahí donde muere la espalda. “Menos mal”, pensé. “Por lo menos éste me la va a coger con forro”
Pero lo que hizo en realidad mi primo fue quedar con sus dos manos libres, y entonces le abrió con hambre las nalgas a mi novia.
—¡Qué pedazo de culo que tenés, Violeta! No sabés cuánto hace que le quiero entrar. -Mi novia echó una risita halagada y paró más la cola. Mi primo la manoseó lujuriosamente, gozando cada centímetro de carne, y cada segundo que la tenía para sí. Agarró su pija enorme y durísima y se la fue acercando despacio hasta que comenzó a penetrarla.
Con el movimiento de pelvis que hizo mi chiquita para que la penetración fuera más adentro reparé en que el sobrecito del preservativo seguía sin abrir en su cintura.
—Uhhh… -gemía él. —Qué rica estás… Estás tan buena como siempre te imaginé…
—Primo, te la estás cogiendo sin forro. -le reclamé más resignado que firme, patético. —Ponete el forro, por favor…
—Uff, no seas escandaloso -minimizaba, y seguía meciéndose hacia ella una y otra vez, despacio, pero penetrándola cada vez más profundo. —Ahhh… Qué buena que está tu novia, cuerno…
—No seas hijo de puta, ponete el forro, aunque sea.
—Ay, mi amor -terció Violeta. —No seas tan pesado, al fin de cuentas es de la familia.
Mi primo no dejaba de enterrarle la pija hasta los huevos ni por un segundo. La sacaba casi íntegra y la volvía a meter despacio pero sin detenerse jamás. Y el hijo de puta disfrutaba ese roce húmedo y me lo demostraba con cada jadeo.
—Te voy a acabar adentro, Viole… No sabes las veces que soñé con hacerte eso…
—Ay, sí, llename de leche…
—¡Pero ustedes están locos! ¡Viole, te puede dejar embarazada!
—No estoy ovulando, mi amor… Y ya te dije que no me molestes cuando trabajo para Antonio…
—Primo, no me podés hacer esto… -le supliqué.
—No quiero, cuerno… -le abría las nalgas y miraba lascivo la penetración que él mismo le propinaba a mi novia. Y gozaba. —Pero no sé si voy a resistir la tentación… -Con cada pijazo que le clavaba jadeaba más y más. —No sabés… ahhh… lo que es … Uhhh… esto… mmm… Es el mejor polvo que me eché en mi vida…
—¡Dejate de joder, mirá si la embarazás!
—Te la lleno, cuerno, te la lleno… -anunció y comenzó a acelerar las embestidas. Mi novia jadeaba al ritmo de mi primo.
—¡No seas hijo de puta…!
—Te la lleno… Disculpame, primo, pero te la lleno de leche…
Y aceleró más y empezó a bufar sonoramente, y de pronto el recontra hijo de putas de mi primo empezó a deslecharse adentro de mi novia.
—Síiii… -se emocionó Violeta. —Llename… ¡Llename de leche, papito!
—¡Sos un hijo de puta! -le grité al borde de las lágrimas.
—¡Te la estoy llenando, cuerno! ¡Te la estoy llenando! -me anunció mi primo mientras la seguía bombeando. —¡Mirá!
Y yo miraba. ¿Cómo no iba a mirar? Me sentía furioso, indignado, contenido de violencia y a punto de explotar en un llanto, pero hipnotizado por esa imagen surrealista de la verga de mi primo latiendo dentro de la delicada conchita de mi novia. Y sabia que cada latido era un chorro de semen directo a sus entrañas, y cada quejido de ella no era otra cosa que una súplica de placer, porque también sabía que le excitaba sentir adentro la leche tibia de sus machos.
Me fui en seco sin poder evitarlo y un lamparón de humedad afloró en mi pantalón, avergonzándome. En cambio, el hijo de puta de mi primo seguía bombeando a mi chiquita mientras la asía de las nalgas con sus garras y la surtía sin compasión.
Pensé que todo iba a terminar ahí. Mi vejación no podía ser peor.
¡Qué equivocado estaba! Mi primo sacó el buen pedazo de verga del que dispone y lo apoyó sobre las nalgas de ella. Estaba brilloso de fluidos y todavía duro. El peso de esa pija sobre su cola, y el chasquido que el semen viscoso hizo contra su piel fue toda una premonición.
—Uuuy… -dijo mi novia, mimosa.
—Te voy a romper el culo, muñequita. Siempre quise hacerte esa colita hermosa que tenés.
“Já”, me ufané en mis pensamientos. “Si le quiere hacer el culo está jodido, solo le pagó 100 pesos a Antonio, y para hacerle también la cola debería haber pagado 150”
—Mmm… me encantaría, primito… -respondió mi novia.
La respuesta de Violeta no me gustó ni medio.
—Mi amor, no te puede hacer la cola -le recordé. —Él te pagó nada más que 100 pesos.
Mi primo se enojó.
—Callate, cornudo, no seas botón.
—Es que es una pija tan rica…
—¡Viole, sos una hija de puta, a mí no me dejaste!
—¡Callate, te dije, cuerno!
—Si te dejás hacer la cola por cien pesos le cuento a Antonio.
Me sentí tan extraño declamando semejante cosa. Pero ya todo estaba muy fuera de lugar. Mi primo me miró con odio. Quizá si no estuviera recomenzando la cogida a mi novia, otra vez, me habría pegado. Viole gimió al recibir esa pija, pero me sonrió y me tranquilizó:
—Nunca le fallaría a Antonio, amor… Nadie puede hacerme la cola si no paga 150.
Sonreí triunfal. Sí, le sonreí triunfal a mi primo, que estaba de rodillas detrás de mi novia, penetrándola otra vez, haciéndola gemir y pedir más pija. Sí, triunfal, aunque no sé por qué.
—¡Qué pedazo de cornudo…! -sentenció mi primo. Y mi triunfalismo flaqueó. Comenzó a ensalivar el ano de mi novia, masajeándolo, de paso, pero solo para ensalivarlo de nuevo y otra vez.
—¿Qué hacés?
—Voy a romperle el culito a la puta hermosa de tu novia…
—No podés… Ya escuchaste a Viole, tenés que pagar 150.
—Vengo acumulando ganas desde hace tres años, primo…
Me miraba y seguía dilatando el agujero de Violeta. El turro le apoyó la punta de la verga en la entrada del ano. Solo lo apoyó, y empujó casi nada, como para marcar presencia.
—Tenés que darme antes los 50 pesos que faltan, corazón -anunció mi novia, rindiendo obediencia a su proxeneta parrillero.
—Ya lo sé. -Le apoyó más fuerte la cabeza de la pija y le metió unos dedos en la conchita.
—¡No lo hagas, hijo de puta! Viole, no lo dejes, o le aviso a Antonio.
—No va a hacer falta, alcahuete… -se quejó mi primo. Le metió media cabeza de pija en el ano ya bastante dilatado de mi novia y me dijo lo más campante: —Prestame 50 pesos.
La turrísima puta se desinfló con una sonrisa de satisfacción total.
—Sos un hijo de puta… -le festejó. Yo no quería entender.
—¿Qué? ¿Cómo?
—¡Que me preses 50 pesos, cuerno! -me ordenó muy firme, casi con violencia. —Dame la guita que le quiero romper el culo a tu novia.
—¡No me digas cuerno! -fue mi reacción desesperada, confundida.
—¡Dame los 50 mangos, la re puta que te parió!
—¡Viole, decile algo!
—Ay, Henry, dejá de portarte como un chiquilín. Después te los devuelve.
No me los iba a devolver nunca, lo sabía.
—Dale, cuerno, que tengo la verga dura y el culo de tu novia a punto de caramelo… Te prometo que no le va a doler….
Violeta se rió.
Y yo me vi como un autómata sacando mi billetera despacio, incrédulo, viendo cómo mi gordita putona, culo para arriba, me miraba a los ojos y me tiraba un besito silencioso.
—Tengo un solo billete y es de cien.
—Mejor -dijo mi primo. —Así le queda de propina. No quiero que tu novia piense que soy un miserable.
Le di los 100 pesos.
—Así me gusta, cuerno.
Mi primo agarró los 100 pesos y sacó su propia billetera. Sacó de allí un billete de 50 y se guardó el de cien. Vi que tenía al menos 200 pesos más.
Vencido, vi como mi primo tomó el billete de 50 y lo enganchó en el elástico de la bombacha de mi novia, en la cintura, donde termina la espalda. El elástico hizo un chasquido y mi novia se contorsionó de placer.
—Putita… -le dedicó mi primo. —Ahora sí…
Volvió a ensalivarse la pija y el ano de ella. Lo masajeó un ratito y le fue enterrando la cabecita de a poco pero firmemente.
La buena de mi novia bufó callada y se esforzó por dilatarse. No le costó mucho. Aunque esa noche no le habían hecho la cola todavía, no le faltaba práctica. La cabeza de la pija de mi primo entró íntegra y allí descansó unos segundos. Y luego siguió perforando.
—Vení, cuerno, mirá -me invitó orgulloso.
Aunque lo odiaba, fui.
—¿Ves? -me preguntaba mientras le iba enterrando muy muy despacio la pija por el culo. Yo no daba crédito a mis ojos. Jamás había visto a mi novia penetrada desde una distancia tan corta. Y fue más corta aun: —Acercate, primo. Mirá bien de cerca cómo le lleno el culo de verga.
Le hice caso y puse mi rostro pegado a las nalgas de mi Viole, mientras la pija de mi primo seguía taladrándola a cuatro centímetros de mis narices.
—Escupile -me ordenó de pronto mi primo. Y me señaló el ano de Viole, que estaba tapado por el grosor de su miembro, metido bien adentro de ella. Yo escupí ahí donde él me dijo, y entonces él retiró la pija unos centímetros. —Escupí de nuevo, dale.
Y se la empezó a enterrar otra vez. Repetimos la acción un par de veces, yo escupiendo sobre su pija, y él sacándola y metiéndola.
—Ahora ayudame, cuerno, mantené la bombacha de tu novia al costado, que no me moleste.
Tuve que rozar la mano de él, que estaba agarrando las nalgas de mi novia como si fueran una masa, abriéndole lo más posible sus gajos para comenzar a penetrarla más seguido. Y yo le sostuve la tanguita en el costado, para que él la sodomizara más cómodo.
—Uhhh -gimió ella.
Mi primo retiró un poco la pija.
—Escupile de nuevo, cuerno.
Escupí. Y mi primo arremetió otra vez perforando el ano de mi Viole.
—Ahhhh…. Siiiii…
—Qué buen orto que tiene tu mujer… -bufó él. —¡Escupí, cornudo! Ayudá a tu novia.
Me tuvo así, lubricando su propia cogida unas cuatro o cinco veces más. Para escupir tenía que acercar mucho mi rostro, y como él nunca terminaba de sacar su pija, todo me quedaba muy cerca. Tenía un plano tan detallado de la penetración a la que sometía a mi novia que me fue inevitable despedir otro chorrito de semen dentro de mi pantalón.
Mi primo comenzó a bombearla más y más rápidamente. Yo seguía sosteniendo con una mano la bombachita para que él no estuviera incómodo mientras se la cogía. Con el correr de las estocadas, la pija de mi primo se fue tornando más y más audaz, e iba cada vez más rápido y más profundo.
Violeta jadeaba y gritaba como una puta. Bueno, lo era. Pero gozaba de verdad. La pija de mi primo la taladraba ya con violencia y le entraba y salía completa sin delicadeza, y cada envión del hijo de remil putas le enterraba la pija hasta la garganta, y la hacía gemir. La estuvo sodomizando durante diez minutos, quizá menos, en los que mi primo se solazaba con la cola de mi novia “te estoy haciendo el culo, Viole. Por fin te lo estoy haciendo…” y mi novia, bien puta: “sí, primito, sí… siempre quise saber cómo se sentiría tu pija adentro mío…”
Hasta que él anunció que se venía.
—Me voy, mi amor… Te lleno el culo de leche…
—Sí, papito, sí -suplicaba Violeta.
Mi primo cambió apenitas su posición, elevándose para lograr una penetración más profunda todavía. Y comenzó a redoblar velocidad. Ya a esa altura bufaba como una locomotora y con cada embestida que penetraba a mi novia, en el mismo movimiento le separaba las nalgas, logrando llegarle literalmente hasta los huevos.
—Te lleno el culo, Viole, te lo lleno…
—Sí, sí, sí, sí…
—Cuerno, soltá la bombacha y agárrame la pija que le acabo a tu mujer…
Quise poner una cara de ofendido pero no me salió.
—Dale, boludo, que nunca vas a tener otra chance como esta.
Solté la tanguita y con dos dedos hice un círculo sobre la pija de mi primo, ahí donde nace, que era el único lugar que no penetraba la cola de mi novia. Mis dedos quedaron como un anillo en la base de su pija, chocando constantemente contra la cola de mi amada con cada embestida con que la sodomizaba.
—Apretá, cuerno. Quiero que sientas venir la leche. -Le hice caso y apreté. —Así, así, cuerno, muy bien… Uhhh… -era puro morbo toda la situación. Yo agarraba la base de la pija de mi primo y la piel que tocaba no se movía, pero sentía cómo la carne de la pija, la que estaba dentro de esa piel, corría hacia adelante y atrás como un pistón, clavándose a mi novia. —Muy bien, Henry… sentí cómo te la cojo… -Seguía columpiándose dentro del culo de mi Violeta con violencia. —Qué buen cornudo resultaste, yo sabía… sentime, primo, sentime… -Y vaya que lo sentía. Era una barra de pija que le incrustaba a mi novia en el culo y mis dedos eran escribanos que certificaban fehacientemente la superioridad de él como macho por sobre mi patética inferioridad de cornudo.
Entonces mi primo le mostró a Violeta:
—Mirá lo que hace tu novio, preciosa.
Violeta giró y el morbo de verme anillando la pija que la estaba taladrando fue demasiado.
—Mi amor… -musitó. Y comenzó a acabar como una yegua hija de puta, y eso le disparó lo propio al turro de mi primo.
—¡Te la lleno, cuerno! -me dijo con sonrisa sádica. —Apretá más fuerte que te la lleno de leche.
Obedecí y le apreté más la pija, ya con tres dedos. De pronto sentí la pija latir con una fuerza increíble. Estaba a punto de venirse.
—Me viene la leche, primito… -al borde de acabar, trataba de erguirse un poco para penetrar a mi novia más de arriba y seguir clavándosela más profundo, si es que eso era posible. La redondez gordita de la cola de mi chiquita era de una perfección que me enloquecía. Y era mi perfección. Ver esa cosita inmaculada perforada por el pistón de mi primo me humillaba pero me excitaba como nada. —Me viene la leche, pedazo de cornudo…
Aferrado a las nalgas ya rojas de mi novia, mi primo comenzó -por fin- a llenarla literalmente de leche y yo pude ver cómo la pija se le dilataba y contraía, y sentí fluir los chorros entre mis dedos como si se tratara de un sachet de mayonesa.
—Te estoy llenando de leche, mi amor… -le decía mi primo. Violeta ya estaba acabando morbosamente mientras no dejaba de mirarme anillando a su macho.
—Te la lleno de leche, cuerno, te la lleno de leche… -me repetía mi primo mientras se la seguía bombeando y la inundaba con los últimos chorros. —Te la lleno de leche…
Se derrumbó sobre ella, empapado de sudor y exhausto. Yo quedé medio descolocado, pero con mis pantalones totalmente mojados en mi propio semen.
Un minuto después él se irguió y antes de sacarla dijo:
—¿Querés hacerla acabar vos, ahora?
Semejante compensación no me la esperaba, y asentí agradecido. Aunque no sabía si se me iba a parar, ya que recién había acabado sin tocarme. Me desabroché el pantalón.
—No, cuerno, no seas iluso… -sacó su pija del ano de mi novia, la pobre estaba totalmente dilatada, como yo nunca había visto, y embadurnada de semen, por dentro y por fuera. —Dale -me invitó. No le entendía. —Dale -me insistió.
Me tomó desde arriba de la cabeza y me empujó hacia la cola de mi novia, a ese ano explorado y explotado, cubierto de él. Violeta gimió tan encantada de placer que pensé que iba a acabar de nuevo.
—¿No querías darle placer a ella? Vas a ver que le va a encantar.
Y la hice acabar por primera vez en mi vida con solo tocarla.

Al regreso volvíamos los seis en el camión: Violeta, mi primo al medio y yo, manejando. El resto atrás. Nadie hablaba.
Justo antes de entrar al pueblo mi novia se recostó en el asiento, apoyando su cabeza entre las piernas de mi primo, que viajaba a mi lado, y comenzó a chuparle la pija con total naturalidad, como si nada. Miré la escena de reojo. Supuestamente no debía… Antonio no la dejaba… No debía estar haciendo eso…
Pero mi primo me hizo notar un detalle, que me llenó de esperanza.
—¿Ves? -me dijo al oído. —Ya no obedece tan ciegamente a ese Antonio… Con dos o tres sesiones como la de hoy, yo creo que te la sacamos de la parrilla sin ningún problema…
—¿Qué? Pero… ¿Se la quieren seguir garchando, hijos de puta…? -le hablaba en un murmullo, mientras mi chiquita tragaba carne ahí abajo. Mi indignación era total. —¿Y encima quieren que yo lo pague?
Al otro día les di a mis amigos 400 pesos para que vayan a la parrillita a seguir convenciendo a mi novia de que abandone esa vida perdida. Y el fin de semana, otros 400. Me la cogieron dos o tres veces por semana durante un mes y medio, siempre a costas mías, que tuve que empezar a trabajar horas extras para juntar el dinero para que me la sigan cogiendo.
Pero mi primo tuvo razón porque los resultados llegaron. Un buen día él mismo me planteó una solución, algo que a mí jamás se me hubiese ocurrido y que, les debo ser franco, me daba un poco de miedo. Aunque eso, amigos, ya será historia del próximo capítulo.

Fin

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Laura

Fui desabrochándole el pantalón hasta extraerle la verga, y comencé a besarla, era la vida misma de mi amado expresándose a través de sus sentidos y yo la sentía con todo su calor, la sentía cobrar existencia y estimularse con mis caricias. Necesitaba sentirme suya y que él me sintiera a su merced, quería que me gozara, yo iba a ser feliz con su placer, aún a costa del mío.

Me llamo Laura, soy de Barcelona y tengo cuarenta y cuatro años, de los que he vivido los últimos quince con mi marido Jordi, mi gran amor. A los dos nos gusta el sexo más que comer con los dedos y a lo largo de los años hemos disfrutado de todos los placeres que nos han apetecido, sin problemas y con mucho cariño entre ambos.

Siempre he sido ardiente… De niña aprendí que podía estar tocándome la rajita con los dedos durante horas. Me gustaba mucho sentarme entre la balaustrada del balcón para rozarme con los barrotes entre las piernas y también me gustaba espiar al señor Fulgencio, un vecino viudo y muy mayor: conocía sus hábitos gracias a la disposición de las ventanas que daban al patio interior de la casa y sabía a qué hora solía desvestirse para lavarse, momento que me producía un extraño temblor placentero. Era un hombre muy elegante y ritual que en aquel año en que hice la primera comunión me dio a conocer, inconscientemente, que la cosita que tenían los niños en el lugar donde yo tenía la rajita, llegaba a crecer mucho. Pronto me di cuenta de que me gustaba tocarme mientras le veía desnudarse.

Recién cumplidos los dieciocho perdí la virginidad con un chico de veinticuatro, dotado con un miembro que aún recuerdo como gigantesco. Me parecía imposible que aquella barra de carne, tan dura y tan gruesa, pudiera deslizarse a través de mi coñito… Pero eran tales las ganas y el deseo que, pese al innegable dolor que me produjo, conseguí el objetivo: follar. Fue maravilloso… ¡Cómo no! Aquel barbudo de ideas radicales me hizo ver las estrellas, al principio por el dolor, pero conforme mi vagina iba absorbiendo, pulgada a pulgada, su ariete opresor, comencé a sentir vagas oleadas de bienestar inconcreto que poco a poco se transformaron en un definido placer que acabó electrizando todos los poros de mi piel.

Me acosté con muchos chicos y con algunos hombres mayores, y con el tiempo descubrí el placer que me causaba ponerme de rodillas ante ellos y sentir como sus pollas crecían dentro de mi boca. Adoro las pollas y ante el paquete de un hombre no puedo evitar sentir un estremecimiento íntimo. Me enamoré de Pablo, el más alto y guapo de los chicos de la pandilla. Medía un metro noventa y era fuerte y robusto como un dios romano. No tardé en comprobar que tenía un pene que, si bien no estaba en consonancia con sus proporciones corporales, tampoco estaba mal… y lo usaba bastante bien.

Por mi parte, mido un metro setenta y soy muy delgada. Tengo cuerpo atlético y no necesito usar tallas grandes de sujetador, pues no soy lo que se dice una tetona. Mi marido, que a veces me llama “muchacho”, dice que a juzgar por las miradas que detecta cuando vamos por la calle, atraigo a los jovencitos y a los muy adultos. Él dice que mi cuerpo incita al vicio y que le recuerdo a las jovencitas de los años sesenta, tal vez por la delgadez y la melena rubia.

Pocos días antes de que cumpliera veintiún años, Pablo y yo iniciamos un noviazgo que duró seis años y en el transcurso del cual hubo de todo. No llegamos a vivir juntos y conforme pasaba el tiempo yo no veía mi futuro junto a aquel golfo desaprensivo, que por otro lado era un carcamal de cuidado. ¡Ya se veía él en el bar con los amigos y a su mujercita en casa, con los rulos en la cabeza y los niños agarrados a los faldones de su bata!

Yo era un volcán y sentía que la pasión entre los dos era algo que ya pertenecía al pasado, algo que nunca, nunca podría recuperarse. Me sentía muy decepcionada. Pablo, como tantísimos hombres, quería tener a una casta esposa en casa mientras él disfrutaba del sexo con sus guarras. Me engañó todo lo que quiso y pudo, aunque en venganza y como respuesta yo tampoco me quedé manca: acabé follando con casi todos sus amigos, para hacerle cornudo con ellos y quebrarle el insoportable orgullo de gallito. Siempre sospechó que no le era fiel, pero careció del valor necesario para querer saberlo.

Llegó un momento en que Pablo sólo parecía acordarse de mí cuando no tenía a otra mujer a mano. En una ocasión, mientras estamos follando le dije: “quiero ser tu puta” y se escandalizó. Me replicó que lo que decía era una guarrada. Puedo decir que nuestra relación estaba en pleno deterioro por varios motivos que ahora no vienen al caso, y lo cierto es que el sexo, lejos de constituir un nexo de unión, se estaba convirtiendo en una rutina no del todo placentera. Recuerdo que un sábado por la noche, en aquella época, me propuso follarme el culo. Me negué y en aquel mismo instante me prometí ofrecer mis nalgas a otro hombre que no fuera él.

Un buen día Pablo conoció a Jordi, que por aquel entonces acababa de trasladarse a nuestra ciudad, y se hicieron buenos colegas, hasta el punto que cuando estábamos juntos no paraba de hablar de él. Pese a que en aquel entonces yo detestaba todo cuanto se relacionara con el mundo de mi novio, algo me hizo aceptar cuando me propuso presentarme a su amigo. Creo que me enamoré de Jordi desde el momento que le conocí. Era encantador, educado, sumamente delicado y muy alegre. En seguida supe que me acostaría con él y de hecho, no tardé más que una semana en conseguirlo. Jordi y yo nos hicimos amantes la tercera ocasión que nos vimos.

Valiéndome de una estratagema conseguí que Jordi me acompañara, con permiso de Pablo, naturalmente, a la casa que mis padres tienen en la costa barcelonesa. El viaje en coche fue muy divertido y una vez allí el tiempo parecía no transcurrir… Me sentía feliz en la compañía de Jordi y no quería separarme de él. Al atardecer de aquel mismo día le invité, sencillamente, a pegar un polvo conmigo, si a él le apetecía. Jordi se rió sorprendido y respondió que sí, que claro que le apetecía, pero ¿y Pablo? A modo de respuesta le abracé, acerqué mi boca a la suya y nos unimos en un beso largo, húmedo y cargado de una gran dosis de relajamiento, por cuando suponía en cierto modo la llegada a una meta deseada.

Desde el principio, desde aquella primera noche, hubo una unión perfecta entre los dos que se ha mantenido hasta hoy. No salimos de la habitación hasta pasado el mediodía siguiente y nos entregamos a todas las combinaciones de un enamoramiento que estaba en plena explosión, con las manifestaciones de una lujuria que ambos teníamos reprimida. Ternura, sinceridad, caricias sin prisa… Qué polla tenía el animal… la de Pablo no era despreciable, pero ésta era monumental, larga y gordísima, hermosa… Jordi era (y es), capaz de follar durante horas sin correrse, siempre con el rabo erguido, siempre caliente y a punto…

A partir de entonces yo tenía un novio y un amante y durante un tiempo me acosté con los dos. El primero llegó a sospechar, pero al igual que en otras ocasiones, tuvo miedo de conocer la verdad. Sólo tres meses más tarde, cuando quedamos en un bar para que yo le dijera que todo había terminado entre los dos y que yo me iba con Jordi, le hice una relación bastante completa de los hombres con los que le había puesto los cuernos. Quedó lívido cuando escuchó los nombres de algunos de los que él consideraba sus mejores amigos… ¡Ah!, tampoco me corté de explicarle que Jordi ya me había dado por el culo, cosa que no era técnicamente cierta, puesto que no ocurrió hasta pocas horas después, tras haberme reunido con Jordi y haber salido ambos disparados hacia el hotel de nuestros encuentros clandestinos. Así terminó mi noviazgo, con la promesa de Pablo de no volver a dirigirme la palabra en toda su vida; promesa que hasta el momento ha cumplido.

Aquella noche me sentí libre y feliz, con la sensación de que estaba saliendo de un túnel oscuro y ante mí se abría un horizonte muy luminoso… Fue idea de Jordi que en vez de ir a su casa, como en otras ocasiones, esa noche la pasáramos en aquel hotel de parejas más o menos ilegítimas al que solía llevar, o dejarme llevar, por mis amantes ocasionales. Jordi lo sabía y tal circunstancia le gustaba y hasta le excitaba, pues siempre quería saber más y todo lo que iba conociendo de mi vida le iba gustando. Nada más entrar en la habitación le dije a Jordi que me dejara hacer y que simplemente se dejara llevar, pues esta era una noche muy especial para mí. Se quedó de pie, sonriente y con un brillo muy travieso en sus ojos verdes, en el centro de la habitación; con las manos caídas a lo largo de su costado y un gesto como de allá tú, que por mí ya está bien.

Me desnudé lenta, sensualmente para él y al hacerlo iba sintiendo tanta sensibilidad en mi epidermis que a punto estuve de sentir vergüenza por tal exposición de mis sensaciones. Cuando me llevé las manos a la espalda para desabrocharme el sujetador, Jordi me lo impidió: “Déjatelos puestos; quítate las bragas, pero no el sujetador. Es el símbolo y el recordatorio de tu propio vicio y de tu sumisión a mí… ya te diré yo cuando puedas quitártelo”. Casi me corrí oyendo aquellas palabras tan ansiadas y caí de rodillas frente a él, yo prácticamente desnuda y él completamente vestido, como la ramera que me sentía y como la que quería ser tratada. Jordi me había comprendido.

Postrada frente a mi amor, fui desabrochándole nerviosamente el pantalón hasta extraerle la verga, ya en pleno esplendor y comencé a besarla y lamerla con devoción, como si del objeto más valioso se tratara. Era la vida misma de mi amado expresándose a través de sus sentidos y yo la sentía con todo su calor, la sentía cobrar existencia y estimularse con mis caricias. Lamí sus cojones, aquellos huevos deseados y soñados, pretendiendo excitarle al máximo para que tomara posesión de mí. Necesitaba sentirme suya y que él me sintiera a su merced, quería que me gozara, yo iba a ser feliz con su placer, aún a costa del mío… Sus huevos estaban hinchados, bajé, seguí bajando con la lengua por el estrecho canal que conduce hasta la entrada del ano y con una mano le masajeaba la polla deslizándola a todo lo largo, de arriba abajo. Con la otra mano me apoyaba en el suelo, ya que la postura me resultaba un poco forzada, arrodillada entre las piernas de mi hombre elegido para prodigarle las caricias más obscenas.

Él, entretanto, permanecía de pie en silencio y me acariciaba la cabeza con las manos, mesándome los cabellos. Yo me consumía en un infierno abrasador que me enajenaba y me lanzaba a desinhibirme y a presentar a mi hombre, a mi elegido, toda la desnudez de mi cabeza calenturienta y de mi sexo insaciable. Quería que me poseyera en todo el sentido de la palabra, me sentía suya y necesitaba que él también se sintiera mi dueño, mi señor… En la inverosímil postura en que me encontraba, arrodillada bajo las piernas de mi amado, lamí y lamí sus deliciosos cojones y hundí la boca y la lengua en su ano. ¡Qué digo!, la verdad es que quería comerle, besarle y lamerle el culo, esta parte tan secreta, púdica y a la vez perversa del cuerpo humano. Estaba dispuesta a ser su prostituta… y él me aceptó.

De repente noté con más fuerza la presión de sus manos sobre mi nuca, me agarró con fuerza y me obligó a separarme. “¿Qué pasa?” me preguntó. “¿Quieres rebajarte hasta el fondo del arroyo, es esto lo que deseas?” “Sí, amor mío –respondí- hazme tuya para siempre y siempre, siempre, seré tuya. Quiero ofrecerte una parte de mi virginidad, quiero que en algo seas tú el primero”. A continuación, libre ya de su duro abrazo, me di la vuelta y quedé de espaldas a él, de rodillas en el suelo y apoyada en los antebrazos. Levanté la grupa y le pedí que me hiciera añicos el culo. Estaba dispuesta a todo y mi vagina no dejaba de prodigarme espasmos incontenibles.

Me enculó. Chillé y me rebatí, intenté zafarme al no poder soportar el dolor. Pero él lo impidió y sujetándome con fuerza por las caderas consiguió introducirse completamente en mi interior. Yo no cesaba de gritar, aunque afortunadamente no sólo no me hizo caso sino que noté como mi sufrimiento estaba en relación directa con la dureza de su pene. Pasó los dedos entre el sujetador y mi espalda y tensó el elástico, lo que hizo que mis pechitos se aplastaran, y lo soltó de golpe, haciendo que sintiera un latigazo.

Me llamó puta y me derretí. Nunca me había ocurrido una cosa semejante: me corría sin cesar, era una sensación desconocida y maravillosa. Nadie hasta entonces, ninguno de mis novios ni de mis amantes me había llamado con esta palabra. Su puta… me sentía honrada y halagada… me admitía como a su puta. Folló en mi culo durante escasos minutos, que me parecieron dolorosas horas, antes de gemir y descargar toda la rabia acumulada en sus huevos. Sentí su leche devorándome las entrañas y perdí el conocimiento. ¡Ah!, lo de no quitarme el sujetador se convirtió en un rito que sigue vigente en la actualidad: es la señal de que espera de mí no ternura sino sumisión.

Me casé con Jordi dos meses después de aquel día en que había roto mi noviazgo con Pablo y que el mismo Jordi me había hecho sentir realmente suya; incluido el escozor que durante casi una semana sentí en mi pobre culito. Así comenzó una relación feliz que todavía se mantiene y en la que el sexo siempre nos ha sacado de los socavones provocados por el paso de los años, el tedio y la rutina. Aquel día marcó un cambio en mi vida y desde entonces me he dedicado a hacer feliz a mi Jordi, que de paso resultó ser un salido de madre en todo lo que tenga que ver con el sexo (y para él casi todo en la vida tiene relación con el sexo), un pervertido decadente que me ha hecho conocer y disfrutar de los placeres más insospechados.

Los primeros años de nuestra vida en común fueron pura lujuria y no dejamos de hacer nada que se nos antojara placentero. La complicidad en nuestras pequeñas perversiones nos ha mantenido siempre muy unidos, y en aquella época fue cuando nos fuimos conociendo y gustando cada vez más. Flipábamos mucho cuando nos sorprendíamos el uno al otro con miradas sórdidas o procaces hacia otras personas (cuerpos de maravilla holgazaneando bajo el sol veraniego).

A mí los hombres mayores me han atraído siempre y Jordi lo sabía, así que él no se cortaba de presentarme caballeros que creía que podían ser de mi agrado. Por mi parte, yo sabía que Jordi se ponía muy caliente cuando yo le contaba, con todo lujo de detalles, los recuerdos más escabrosos de mi vida sexual antes de conocerle. Aún hoy se sigue poniendo como una moto cada vez que aludo a una ocasión en que me acosté con el director de personal de la empresa en la que yo trabajaba como administrativa… Esto no tendría nada de particular de no ser porque lo hice para conseguirle trabajo a Pablo (mi ex – novio). El primer año que vivimos juntos dimos rienda suelta a nuestros deseos y a nuestras fantasías, de modo que me acosté con todos los hombres que me atrajeron, siempre bajo la aprobación de mi marido, que colaboraba en la preparación de mis encuentros y posteriormente se solazaba al oírme explicarle los detalles más sórdidos de mis aventuras.

Me sentía muy feliz y trataba de corresponder a mi marido proporcionándole todos los deseos y todos los placeres que pudiera sentir. Hoy, bastantes años más tarde, seguimos tan unidos como el primer día y a pesar de que ya estamos en la edad adulta seguimos cometiendo locuras… que temo contar para no aburrir, pues creo estar abusando de vuestra paciencia.

Autora: Laura

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