En el cumpleaños

Empecé a moverle el culo alrededor de su mástil, entrando y saliendo una y otra vez, golpeándole con mis glúteos la cintura y su vientre, mis piernas se acalambraban de gozo, sus manos me estrujaban las colgantes tetas, él salvaje me la metía con ganas, no paraba de darme y yo jugando con mis manos sobre sus huevos peludos que como péndulos me cosquilleaban las cercanías de mi clítoris.

Ocurrió en una fiesta familiar a la que acudí con mi hijo, era el cumpleaños del esposo de mi prima, fue mucha gente y estuvo muy divertido, bebimos bailamos, bromeamos, todo fue grandioso. Casi pasada las dos de la madrugada terminó la fiesta y nos invitaron a quedarnos a descansar hasta el otro día. Llegó el momento que arrojados por el cansancio de juerga sin tregua, satisfechos nos despedimos todos a dormir, yo, lo hice más tarde pues me enfrasqué en una agradable tertulia con el concuñado de mi prima, un joven de 31 años, conversador, soltero y ocurrente, me cayó en gracias y allí ya casi solos a media luz nos pusimos a seguir conversando. Todos los demás se habían ido a descansar incluso mi hijo que le tocó dormir con su primo así como a mí me correspondió compartir cama con mi sobrinita nenita, en su habitación y que ya estaba dormida.

La conversación con el amigo este recorrió varios temas, y el más picante fue la de parejas y relaciones sentimentales, me contó varias cosas personales, y luego la magia del encantador momento me hizo vulnerable y dispuesta si fuera posible a ser besada por él, me parecía muy simpático, y yo, como si fuera una chica soltera, a pesar de mis dos hijos jóvenes, me divertía con su compañía, yo no tenía sueño y me sentía alegre, me aguantaba la risa a veces para no importunar a los que descansaban y él que no paraba por hacerme reír, luego la conversación se tornó más picara, algo así como donde me tocó dormir, que me podría invitar a su cubil, que te invadiré en la noche, que me convierto en drácula y vuelo a tu recámara a chuparte la yugular, etc, etc. y yo igual no me quedaba atrás, se me ocurrían cosas y nos retábamos, hasta que ya no sé qué hora sería, que le dije: es tarde, voy a mi cama, le di un besito en la mejilla y me fui, sucede que oímos unos ruidos y eso nos hizo darnos cuenta de la hora y por ello nos despedimos, lamenté que se termine pero estábamos en casa ajena.

Me fui despacio, me cambié, la bebe dormía profundamente, yo me senté un rato en la habitación no tenía sueño y seguía riendo con las ocurrencias del joven. Estaba sumida en mis pensamiento cuando escuché ruidos extraños, me levanté vi por la ventana y nada, quería ver qué era, estuve de pie un rato en la habitación, luego salí despacio, sin zapato, pasé por el pasadizo hasta el baño tratando de seguir la pista a ese ruido: sinceramente pensé que alguna pareja por allí hacía el amor, no sabía dónde, tal vez los vecinos, o mi prima jajaja podría ser, no sabía y trataba de afinar mi oído, y más por la ventana del segundo piso donde me encontraba, de pronto me pareció oír que alguien se acercaba, tal vez era el joven que había unido la acción a su palabra, me fui presurosa a mi habitación y me puse a temblar nerviosa y ansiosa.

Creo que en el fondo deseaba que venga a mi habitación, quería que me abrace, que me bese, pero huí asustada, emocionada pues me daba pánico saber que era él estando en una casa donde había mucha gente, incluso mi hijo dormía en otra habitación, dejé entornada la puerta y me puse de pie cerca de la ventana, esperando, de espaldas a la puerta mirando hacia fuera por la ventana como tratando de ver de dónde provenían esos gemidos de placer. Pero los pasos del caminante se dirigieron al baño, pensé que él me habría visto correr a mi habitación aunque estaba un poco oscuro se notaban las sombras, no sé con qué tropecé a oscuras cuando pasó, traté de recoger lo que había tirado, luego volví a mi posición de pie mirando por la ventana hacia fuera, yo ya me había cambiado de ropa, estaba con una falda vieja de mi prima, me había quitado toda mi ropa exterior e interior, solo lucía esa falda y una blusa de franela con botones y con manga larga, llevaba el pelo suelto y estaba sobre la alfombra descalza, la falda me llegaba hasta la rodilla, trataba de oír con más claridad esos ruidos jadeos de gozo característicos, pero era muy difuso…

Estaba atenta cuando de pronto noto que se abre la puerta de mi habitación, al que a propósito no había echado seguro, me asusté y me empezó a latir con fuerza el corazón, estaba segura que el joven oyó el ruido que hice, él sabía que yo estaba acá, prácticamente sola y ha venido, yo estaba nerviosa con mucha vergüenza, pensaba que diré, cómo le rechazaría asumiendo mi papel de señora respetable a pesar que quería por lo menos unos besos y abrazos y tal vez que me acaricie un poco?, pero sólo esperé quieta y muy excitada movía mis amplias caderas del nerviosismo. Sentí que él entró me vio así en la ventana de espaldas a él, cerró la puerta y tal vez me estuvo contemplando, quizá trataba de acostumbrar su vista a la oscuridad.

Al verme tal vez así, decidió acercarse a mí, yo no lo veía, solo sentía que se acercaba despacio, no sé que tan cerca estaba de mi, supuse que lo suficiente que sentía su calor en silencio, me despegué de la ventana y así de espaldas despacio retrocedí un paso y en medio del otro paso mi cuerpo quedó pegado al suyo, me detuve sin decir nada, él me tomó levemente por la cintura como deteniéndome, no había palabras, yo pensaba que hago, solo atiné a sentirlo cerca a mí con calidez me pegué a él y él a mí, sin tocarnos, sólo juntos pegados, luego eché la cabeza a su hombro y me movía muy sutilmente imperceptiblemente en círculos coquetamente. Él estaba con ropa ligera pues sentí claramente su bulto a la altura de mis nalgas, eso me puso colorada y expectante que hago, se notaba su cosa, no es que estuviera erecto, simplemente lo noté caliente y prominente, fue recién entonces que me rodeó desde atrás con sus brazos hacia adelante y yo eché mi cabeza a su pecho chocando con su quijada y él me agarró por el estómago despacio, tímido pero con firmeza.

Yo me pegué más a su cuerpo caliente, es inimaginable que tan placentero es lo que sentí, frente a mis sutiles movimientos en torno a su hombría sentí poco a poco experimenté sobre mis nalgas sobre el vestido, como se iba endureciendo su bulto sexual, era una sensación sumamente excitante, si se iba ese rato yo ya me sentiría gozada con ese acto de sentirle crecer sobre mis nalgas y no me quedaba más que acariciarla con mis glúteos poco a poco a través de su longitudinal erección, moviéndome despacio a lo largo de su creciente prominencia. Sin embargo él actuaba muy tímidamente, solo me tenía asida del estómago, fue recién en este instante que sus manos se aventuraron a subir despacio, asustado hacia mi pecho, su lentitud me desesperaba, subió hasta asirme fuertemente de mis pechos, ese fue un momento sublime que me hizo estremecer y le aplasté fuerte con mis nalgas su ya erecta hombría que me ofrendaba.

En este punto él empezó a transformarse, como si despertara de su asombro, me acariciaba los pechos de abrió los botones uno a uno hasta soltarlos todos y dejar colgadas mis considerablemente grandes pechos, me las empezó a estrujar a subir y bajar me acariciaba en círculos los pechos sus dedos empezaron a jugar con mis pezones ya erectos, y de pronto empezó a besarme desde atrás la nuca, la oreja el cuello yo cerré los ojos y me dejé hacer, estiré la mano hacia atrás con una mano sobre su trasero y la otra sobre su cabeza, él en este punto bajaba asustado su mano por mi cintura, luego mis caderas y de pronto noté que temblaba, me levantó la falda y metió su mano debajo, recién se dio cuenta que yo estaba sin ropa interior, creo que esto lo volvió loquito, pues desesperado me estrujó las caras de mi culo, mis nalgas me las acariciaba con ansiedad, todas regordetas entre sus manos ávidas, me gustaba mucho, rico, luego empezó a acariciarme todo el cuerpo por adelante por atrás la cintura el pecho y presionaba sobre mi trasero su macho erecto pene. Yo no caía que esto implicaba más, para mí me bastaba que nos acariciásemos bien y luego cada uno a su cama, en realidad no pensaba en el acto sexual allí en ese lugar, la idea de mi prima y los otros allí me asustaba mucho.

Yo empecé a jadear ahogadamente, quería más caricias, tal vez ir a su encuentro pues me parecía que demoraba mucho para pasar de una acción a otra, yo al inicio tenía la firme intención de negarme a su arrebato y deseo hacer mi papel de mujer difícil pero él era muy inocente a la hora de tomar la iniciativa, eso me desesperaba, así que tímida y temblorosa bajé mi mano a la altura de su pene, despacio, dudando, hasta que llegué y por sobre su buzo, le agarré la cosa, estaba durísisima, le apreté creo que muy fuerte que reaccionó hacia atrás, luego mientras me acariciaba y besaba los hombros, se la empecé a estrujar sin animarme a meter la mano dentro y tocarle la verga caliente…

Me gustaba acariciarle sobre su ropa, le agarraba buscándole los huevos redondos y duros cuando de pronto siento que él se baja el buzo y siento caliente su fierro en mi mano y cerca de mi muslo, y oh sorpresa agradable se la agarré con fuerza abarcando toda mi mano le acaricié su verga me pareció de inmediato una gran verga, la sentí gruesa venosa, cabezona lo cual llenó de excitarme más, por alguna razón un hombre con su miembro bien proporcionado me excita y me da morbo excesivo, psicológico y este era el caso para suerte mía y él me la empujaba poquito a poquito sobre mí, de hecho yo estaba ya súper lubricada, me levantó la falda dejando al descubierto mi trasero y así desde atrás me tocó el culo con su pene….

Al sentir esa barra caliente piel con piel en medio de mis glúteos, casi se me doblan las rodillas, abrí como pude las piernas, los muslos para no caer y él aprovechó para introducir entre mis muslos su larga verga dura, comenzando a frotarme los labios vaginales desde su cabeza hasta su base yendo y viniendo como si yo se la estuviera midiendo una y otra vez toda su longitud, que no era poca.

De pronto me quitó mi blusita de franela y me besó la espalda por la espina y me volvía loquita, y luego se agachó un poco como para acomodarse y decidir ingresarme a mi estrecha profundidad con su verga gruesa, yo intuí su intención me abrí un poco más y empezó a tentar hizo uno, luego otro, y otro y otro intento cada vez con más presión y cada vez más centímetros que me calzaba, tardó en solo meterme toda la cabezota de su machote pinga, me detuve suspirando y asustada por los demás de quienes me había olvidado y de la casa donde estaba, felizmente estábamos ubicados de modo que no verían nada, además la nena dormía plácidamente no podría verme y como para evitar toda duda cerré bien las cortinas de la habitación haciéndose más oscura que al principio, luego volvimos a la carga, apoyada en la ventana me agaché un poco y él me empezó a pasar y repasar por los labios vaginales la verga y en una de esas me la metió con dificultad toda la cabezota, la sentía con nitidez. Allí rompí nuestro silencio:

-Despacio, por favor, poco a poquito te lo suplico, la tienes bien grande, hace mucho que no estoy en forma ahhhhh…

Atiné a decirle suplicante y él muy caballero y atento hizo como se lo pedí, no me la sacaba toda la pinga siempre me dejaba la cabeza adentro, me la metía unos centímetros y luego la sacaba dejando la cabeza adentro, me la metía otra vez y me la sacaba y cada vez que volvía me alojaba unos centímetros más y más y ya creo que la tenia enterrada hasta la mitad entre idas y venidas yo estaba casi doblada, con las manos apoyadas a la ventana, las piernas bien abiertas y con el culo sacado en pompa.

Allí empezó la faena, me agarró fuerte de las caderas y me la terminó de hundir toda la inmensa verga que la sentí llenarme y produje un, ¡Aaaaay! ¡Aaaaaahhhh!… de placer y poco de dolor, luego el mete y saca, riiico, riiico papi, yo le preparaba el camino por mi conducto vaginal para que ingrese como el mejor de mis invitados, lubricándole el camino para que me resbale y se anime a enterrármela toditita y ajustada a su enorme pichula gruesa, hasta sentir que sus huevos me golpeen los labios de mi chocho.

Empecé a menear la cabeza de desesperación, a moverle el culo alrededor de su mástil, entrando y saliendo una y otra vez, golpeándole con mis cachetes con mis glúteos la cintura y su vientre, se oían los ruidos de nuestros golpes de pieles, mis piernas se acalambraban de gozo, sus manos me estrujaban las colgantes tetas que me caían pesadas, él salvaje me la metía con ganas, con gusto, y no paraba de darme más y más y más, riiico…. y yo jugando con mis manos sobre sus balanceantes huevotes peludos que como péndulos me cosquilleaban las cercanías de mi clítoris.

Me alocaba sentir su aliento en la nuca su respirar en mis oídos, y sus mordiscos en mis desnudos hombros mientras sus manos me amasaban a su antojo, mis labios vaginales llenos de sangre aprisionaban a su enhiesto mástil carnoso como tratando de impedirle que se aleje y que me ingrese profundamente a pesar de la sensación de ahogo y llenura, me temblaban los muslos a cada empujón desesperado suyo, se oía el cachetear de nuestros muslos que yo trataba de evitar por el ruido, gemía sólo con voz ahogada para evitar hacer notar nuestra presencia sexual, en otras circunstancias le hubiera gritado jadeado suplicado que me de más, asiiii, riiico Paaapi, como me gusta que me dé, yo sudaba, me quería tragar con mi culo toda su carnosidad erguida que me producía gran placer, y él me bombeaba más y más, hasta cansarme.

Mucho rato después estaba un poco agotada, sudada olorosa excitada quería que nos tumbáramos en el piso y me coja allí echado sobre mi o yo montada sobre él, creo que pensamos igual pues nuestros sexos se despegaron haciendo un sonido vicioso como un chasquido de líquidos y destapes y me saco la cosa gruesa que le colgaba lubricada por mis jugos, yo me di vuelta pero él se pegó a la pared, estaba agachado mirando su verga y no sé por qué sentí una rara sensación y escalofríos, le miré la verga no se veía casi nada…

Entonces me arrodillé frente a su verga, su olor me invadía una mezcla de mis jugos y su verga, me mareaba esa sensación y olor a sexo, empecé a husmearle los huevos la verga a olerle y jugar con mis manos en su palo, se la agarré acariciándola por lo rico que me hacía gozar, mi mano recorrió toda su longitud como explorándola, sintiéndola, sus huevotes hinchados, su glande cabezón su prepucio, sus venas que sentía con mis dedos, yo nunca había mamado una verga, es decir creo que alguna vez le di besitos a la de mi ex marido tal vez en otra ocasión a alguien pero nunca he mamado golosamente.

Él estaba quieto y me dejaba hacer y eso me gustaba mucho, yo me sentía libre de hacerle lo que gustase, y en este caso me entraron unas ganas locas de mamarle la verga, yo estaba arrodillada sin decidirme esperando que él de la iniciativa y yo se la mamaría con ansiedad deseo ganas desesperación necesidad, se la acariciaba sopesaba los huevos le daba mi aliento y él quietito, la tenía tan cerca de mi rostro que bastaba que estire la lengua, así que la segunda palabra que dije esa noche en esa habitación fue:

-Nunca antes hice el sexo oral, siento ganas de mamarte el pene, ¿tú quieres? -y antes de escuchar su respuesta, me acercó la pinga goteando húmeda por haberme penetrado… yo ya estaba arrodillada abriendo mi boca hambrienta y sacando mi lengua juguetona lista para engullírmela, lamerla, comerme sabroso manjar con leche, cuando detonó en mi cerebro:

Siiii mamá, por favor chúpamela…

Autor: Mendozajessy

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Con mi suegra y mi mujer

Mi suegra, al recibir el primer chorro en la boca, se apartó, pero viendo como Teresa lamía y engullía toda mi leche, se lanzó a imitarla, y entre las dos, devoraron hasta la última gota de mi esperma. La intensidad de los orgasmos nos dejó en un estado de relajación muy agradable y nos quedamos los tres abrazados en la cama, sin decir ni una palabra, durante un buen rato.

Soy de los afortunados que tiene una mujer de las que, sexualmente hablando, está dispuesta a probar nuevas sensaciones, siempre dentro de la propia pareja. Solo tengo una queja de ella, sus apetencias sexuales son inferiores a las mías en una proporción de 2 a 1. Pero hay que reconocer que cuando lo hacemos es fantástico.

La madre de mi mujer, mi suegra, es una mujer mayor, de más de 60 años y no se puede decir que sea una belleza, pero tampoco es fea, es una mujer más del montón, un poco regordeta y a la que los años han ido dejando su huella.

Pero es una buena persona y tiene un candor y una dulzura que siempre me han atraído. En cambio, mi suegro es un imbécil de los que se creen que son sabios y que por el hecho de ser hombre son superiores, además de egoísta, gandul y bebedor. Quizá por tener esos caracteres, siempre he estado convencido de que mi suegra ha tenido una vida sexual muy poco gratificante.

En los últimos 10 años la atracción que producía mi suegra sobre mí ha ido aumentando e, inconscientemente hacía cosas para intentar, no sé si, provocarla o excitarla. Al llegar o despedirse, le besaba lo más cerca posible de la comisura de los labios, siempre intentaba halagarla, no evitaba los roces cuando estábamos cerca y un día, en una boda, mientras bailábamos la apreté hacia mí durante todo el baile, para sentir sus grandes pechos en mi cuerpo.

Ella nunca me dio pie a nada, pero a mí me parecía que, a veces, le veía un brillo de excitación en los ojos, pero como que ella es muy tímida y yo también, nunca pasó nada. A mi mujer le comenté más de una vez que su madre me atraía bastante y, medio en broma, que sería una solución fantástica para poder paliar la falta de sexo que yo tenía, incluso haciendo un “menage a trois”, pero de ahí no pasó la cosa.

Mi suegra venía a casa de visita siempre con el imbécil de su marido y cuando lo hacía sola, el no tardaba en llegar, pero, un día, vino sola y dijo que su marido no vendría, que había ido a hablar de negocios con no sé quién y que estaría todo el día fuera (yo supuse que era un cuento y que la verdad era que se había ido de putas, y creo que no me equivoqué) por lo que ella aprovechaba para estar todo el día con nosotros. Yo me puse bastante contento por no tener que aguantar a mi suegro, que era un pelmazo, y me dispuse a pasar un día agradable con mi mujer y mi suegra.
Estuvimos hablando de diversos temas, y a medida que iban pasando las horas, cogíamos más confianza y, al no estar mi suegro, hablamos de temas que cuando estaba él nunca salían, supongo que por que a ella le daba corte.

Empezamos a hablar de sexo con segunda intención, en tono de broma y cuando estábamos todos en la cocina preparando la comida, mi mujer le cogió los pechos a su madre, sopesándolos y diciendo “que grandes los tienes y yo tan pequeños”, a lo todos respondimos con una sonrisa que llegó casi a la risa, y mirándome a mí me espetó “toca, toca” y mi suegra dijo “compara”. Yo, tímidamente, cogí un pecho en cada mano y apreté con suavidad, y noté claramente como, por debajo de la ropa, los pezones de mi suegra se erguían rápidamente, dejando en el centro de la palma de mis manos la sensación de tener un garbanzo duro.

Bajo esa sensación, no pude reprimir el acto reflejo de apretar un poco mas esos pechos que rebosaban mis manos, que no eran turgentes pero si de un tacto agradable, sin llegar a ser fláccidos.

A mi suegra le subió un ligero rubor a la cara y sus ojos destellaron con un brillo especial y a mí me recorrió un escalofrío por todo el cuerpo. Inmediatamente retiré mis manos y continuamos charlando como si no hubiera pasado nada. Después de una copiosa comida, regada con abundante vino y unas copitas de licor después de los postres, volvimos a nuestras jocosas charlas de sexo y poco a poco fuimos derivando la conversación hacia el tema de los orgasmos.

Mi mujer empezó a decir que era lo más maravilloso del mundo y que algunos, con su intensidad, parecían quitarte el sentido, a lo que mi suegra contestó que “no era para tanto” y que ella, eso del sexo lo hacía por cumplir con su marido. Entonces, tanto mi mujer como yo, empezamos a decirle que estaba equivocada, que era fantástico y a describirle sensaciones que sentíamos los dos. A mi suegra la cara le iba cambiando, y se le ponía una cara de incredulidad, que acabó por hacerme sospechar que mi suegra ( a la que llamaremos Pepa) no sabía, a sus más de 60 años, lo que era un orgasmo.

Mi mujer (a la que llamaremos Teresa) me miraba a mí (que me pondré el nombre de Rafael) como diciéndome “¿será posible que no sepa lo que es?”. Entonces le dije a mi suegra que me describiera un orgasmo, y después de mucho batallar, lo hizo. Dijo que era como un gustito que sentía a veces (no siempre, ni mucho menos) Y que algunas era flojito y otras un poco más intenso. Al oír esa descripción quedamos convencidos de que Pepa, mi suegra, no sabía lo que era un orgasmo, que toda su vida había estado sufriendo el sexo en lugar de disfrutarlo.

Entre Teresa y yo le intentamos aclarar que eso que ella sentía no era un orgasmo, que un orgasmo era algo totalmente diferente y placentero. Pepa decía que eso no se podía demostrar, que ella siempre había tenido ese tipo de sexo y que no había manera de saber como eran los orgasmos de otras personas. Entonces, yo le dije que si, que había una manera, probando con otra persona, a lo que ella respondió, riéndose, que “quién iba a quererse acostar con una vieja como ella”. Inmediatamente respondí, sin pensarlo y supongo que influido un poco por el alcohol que habíamos tomado en la comida, ” yo, por ejemplo”.

Se hizo un silencio sepulcral en la mesa. Teresa y Pepa se me quedaron mirando pasmadas y yo noté como el rubor invadía mi cara. Todos mis deseos y sueños eróticos me habían salido por la boca. Como ya había metido la pata, antes de que reaccionaran, me dije, “a por todas”, y le expliqué a Pepa que mi sueño erótico era ella y que hacía años que se lo había dicho a Teresa, lo cual ella reconoció.

Mi suegra empezó a esgrimir que eso era pecado, que no podía ser, que estaba casada y debía fidelidad, a lo que yo contesté que la fidelidad se le debe a quién se preocupa por ti, no a quién se aprovecha. Mientras, Teresa, mi mujer, escuchaba anonadada, sin decir palabra.

Entonces, dirigiéndome a ella le comenté las veces que habíamos hablado de la diferencia de apetito sexual que teníamos entre los dos, la cual yo arreglaba con la masturbación, y que esa podría ser una solución para nosotros y para su madre. Esas palabras hicieron cambiar la cara de Teresa, en la cual vi una cierta complicidad.

Entonces le dije a mi suegra si no le había gustado cuando le toqué los pechos, a lo que ella contestó con un silencioso rubor, y que si nunca había pensado en mí como hombre y no como yerno. Ella, balbuceante, me dijo, tímidamente, que alguna vez, pero sin sexo. Además, adujo que no lo podría hacer por que, al desnudarse delante de mí y verme desnudo, se moriría de vergüenza, y que yo era el marido de su hija, a la que quería mucho. Entonces se me ocurrió una idea.

Teresa, mi mujer, nunca había visto a nadie haciendo el amor, exceptuándonos a nosotros mismos en el espejo, y siempre me decía que era una cosa que le gustaría. Mi propuesta fue la siguiente: Mi suegra entraría en nuestra habitación y se desnudaría, se pondría en la cama y se taparía con la sábana, Entonces entraría yo, le pondría un antifaz de los que se usan para dormir con luz, para que no viera nada, le ataría suavemente manos y pies a las patas de la cama, para evitar que su pudor opusiera resistencia, retiraría la sábana y entonces me desnudaría yo.

Teresa entraría cuando todo estuviera preparado para poderlo ver detenidamente. Las dos se miraron a los ojos y una mirada de complicidad las unió. Me miraron a mí y casi con un susurro dieron su conformidad. Nos pusimos manos a la obra. Todos estábamos bastante nerviosos, pero la aventura merecía la pena.

Mi suegra se metió en la habitación y cerró la puerta. Yo cogí a Teresa y le dije que cuando entrara en la habitación, lo hiciera desnuda, que su madre no le vería, que si necesitaba masturbarse, lo hiciera y que si en un momento dado deseaba participar, me haría muy feliz. Pepa llamó suavemente, diciendo que ya estaba lista.

Abrí la puerta y la encontré estirada en el lecho tapada con la sábana. Me acerqué, me senté en la cama y acerqué mi rostro al suyo para besarla en los labios, pero ella me lo impidió, diciendo que le daba vergüenza, y que le tapara los ojos.

Así lo hice. Le tapé los ojos con el antifaz, comprobé que no veía nada y entonces si le di un suave beso en los labios, al que Pepa respondió trémulamente. Seguí besándola con dulzura en los labios, en el cuello, en las mejillas, mientras su respiración se iba agitando lentamente. Intente darle un beso más profundo introduciendo un poco mi lengua entre sus labios, a lo que ella respondió con un respingo y un “¿qué haces?”. “Besarte”, dije yo. “¿Con la lengua?” me contestó “¿No lo has hecho nunca?”, me extrañé. “No, nunca me han besado así” respondió.

¡Mi suegra no sabía besar! ¡El idiota de mi suegro ni tan solo le había dado un beso en condiciones en más de 40 años que hacía que se conocían! Aquello me hizo mirarla con más ternura e incluso quererla más. Empecé a besarla con suavidad, abriendo sus labios lentamente con mi lengua y sintiendo sus temblores. Cuando mi lengua rozó con la suya, un suspiro salió de su pecho. Nos estuvimos besando en silencio durante varios minutos, cada vez con más ardor. Nuestras lenguas ya se enroscaban y exploraban nuestras bocas. A través de la sábana se notaban sus pezones erectos, y mi pene se encontraba en un estado muy similar.

Separé mi boca de la suya y, en ese momento me dijo Pepa: “Rafael, eres maravilloso. Nunca había sentido nada igual” “Pues aún no hemos empezado” le dije. Y otro suspiro salió de ella. Me levanté de la cama, cogí la sábana y la aparté sin brusquedades. Sabía que tenía que ir con mucha delicadeza, que es lo que nunca le habían dado.

Apareció su cuerpo desnudo. No era un cuerpo maravilloso. Le sobraban unos cuantos kilos, tenia barriga, los pechos un tanto caídos, la piel ya había perdido la lozanía de la juventud y el pelo de su pubis empezaba a despoblarse, pero a mí me pareció muy excitante. Tenía la piel sonrosada, unos pechos grandes con los pezones voluminosos y una aureola un poco más oscura que su piel. Al notarse desnuda, instintivamente, se tapó. Suavemente le separé los brazos y se los até a las patas de la cama con unas largas cuerdas que ya tenía para ese menester (las utilizábamos Teresa y yo). Quedó con los brazos en cruz, con una cierta movilidad, pero no la suficiente como para poderme impedir nada. Cogí otras dos cuerdas y le até los pies a las patas de abajo, con lo que quedó en cruz sobre la cama.

Entonces pude observar detenidamente su sexo. Estaba un poco abierto, con los labios hinchados y relucientes por la excitación. Me dirigí a la puerta, la abrí y me encontré con Teresa totalmente desnuda al otro lado. Estaba preciosa. A sus casi cuarenta años se conservaba muy bien, no aparentaba más de treinta.

Teresa entró en la habitación silenciosamente y se sentó en una silla del rincón, desde donde se veía la cama a la perfección. Me desnudé rápidamente y empecé a besar a mi suegra nuevamente, esta vez por todo el cuerpo. Besé todo su cuerpo, centímetro a centímetro, lentamente, lamiendo de vez en cuando, pero siempre evitando su sexo y sus pechos, que ya lucían unos pezones tremendamente erectos.

Lentamente empecé a lamerlos, titilando con mi lengua en la punta del pezón y, de golpe lo introduje en mi boca, succionándolo a la vez que mi lengua seguía titilando, a lo que Pepa respondió con un gemido. Seguí lamiendo, succionando y acariciando aquellos voluminosos pechos con fruición y Pepa iba suspirando y gimiendo continuamente.

Mientras, Teresa no se perdía detalle, mirando desde la silla, y se acariciaba suavemente los pechos, con un ritmo similar al mío con su madre. Lamiendo, besando y succionando, fui bajando de los pechos al abdomen y de allí a la entrepierna. Fui besando su monte de Venus y sus labios vulvares, que ya estaban totalmente impregnados con el zumo de su sexo. Me impresionó el hecho de que una mujer que hacía veinte años que era menopáusica se mojara de tal manera.

Le metí lentamente la lengua en el interior de la vulva, dándole un largo y lento lametón desde las cercanías de su ano hasta rozar levemente su clítoris, que ya estaba totalmente hinchado y sobresaliendo como un pequeño guisante. Al sentir mi lengua, arqueó todo su cuerpo y soltó un alarido que me hizo comprender que estaba a punto de correrse. Paré inmediatamente y ella me espetó: “¡Sigue, Rafael, por favor, no me dejes así, aaaaaaahh!” “No”, contesté, “no quiero que te corras todavía”.

Aparté mi boca de su vulva, me levanté y me arrodillé al lado de su cara. Cogí mi verga, totalmente henchida, y empecé a acariciarle el rostro con la punta del glande. Le rocé suavemente los labios y le dije “bésala”. Empezó a darle besos sin parar que, a los pocos segundos se convirtieron en lametones y, seguidamente, se introdujo la mitad de mi verga en la boca, succionándola ávidamente. Levanté la vista y encontré a Teresa mirándonos fijamente mientras se acariciaba un pecho con una mano y se frotaba delicadamente el clítoris con un dedo de la otra.

Mientras mi suegra me succionaba el falo, le dije a Teresa que se acercara y le di un profundo beso en la boca, mientras mi mano se perdía en su húmedo sexo. Saqué mi pene excitado de la boca de Pepa y volví a besarla mientras Teresa se apoderó de mi sexo y lo engulló con lujuria.

Mientras Teresa seguía lamiendo y succionando mi asta, bajé hasta el monte de Venus de Pepa y empecé a chuparlo ávidamente, a lo que ella respondió con un respingo y un sonoro “Aaaaaaaaaaah”.
Dejé de succionar mientras ella decía “¡sigue, sigue!”, saqué mi polla inhiesta de la boca de Teresa y le dije que se pusiera a horcajadas sobre la cara de su madre, pero sin llegar a tocarla, de manera que su vulva deliciosa quedara rozando la boca de mi suegra. Así lo hizo, quedando de rodillas con las piernas abiertas sobre la cara de su madre, quedando su sexo mojado y abierto a escasos milímetros de la boca jadeante de Pepa. Se apoyaba con las manos en la cama, quedando frente a mí, cara a cara, que estaba entre las piernas de mi suegra blandiendo mi rabo y preparado para entrar por el mismo sitio por donde había salido mi mujer 38 años atrás.

Entonces, preso de excitación, le espeté a mi suegra “¡saca la lengua y lame y chupa todo lo que encuentres!”, a lo que ella obedeció inmediatamente, parando momentáneamente al encontrar algo diferente a lo que ella se imaginaba, pero en ese momento, le introduje mi falo hasta los testículos, y empecé a bombear, mientras con el dedo gordo de mi mano derecha le frotaba el clítoris. Bajo esa sensación y después de un quejido de placer, aplastó su boca contra el coño de Teresa y chupó y lamió ávidamente, mientras Teresa le cogía las tetas y, entre suspiro y suspiro, me besaba a mí.

Mi suegra empezó a gemir guturalmente de manera enardecida y, viendo que su orgasmo estaba a punto de estallar, puse mis manos debajo de sus nalgas, levante su cuerpo, me enderecé todo lo que pude y, poniéndome de rodillas, las pasé por debajo de las nalgas de Pepa, con lo que conseguí quedar con el cuerpo erguido, con movilidad para seguir bombeando a placer y con el sexo de Pepa lo bastante al descubierto para poder coger a Teresa por la cabeza e invitarla a que bajara a lamer el chocho de su madre, de manera que las dos quedaron haciendo un 69, mientras yo me follaba con deleite a mi suegra.

El sentir la lengua de Teresa en su entrepierna, sumado al vaivén de mi tranca dentro de su vagina, fue lo que desencadenó la explosión orgásmica en el cuerpo de Pepa, que, con la boca pegada al coño de su hija, chupando lamiendo y sorbiendo todos los jugos más íntimos de Teresa, empezó a revolverse a un ritmo de locura, dando unos alaridos desorbitados, que solo quedaban amortiguados por el hecho de tener la boca taponada por la vulva de mi mujer. El orgasmo tuvo que ser formidable, por la duración, movimientos y sonidos que emitió mi suegra.

Una vez se hubo calmado Pepa y viendo que Teresa también estaba muy excitada, decidí cambiar de postura, para poder descansar un poco y tratar de retardar mi orgasmo, que también estaba cerca. Decidí desatar a Pepa y quitarle el antifaz. Le dije que se levantara, mientras ella solo repetía “ha sido fantástico, maravilloso” y nos iba besando a Teresa y a mí.

Me senté en la cama apoyando la espalda en la cabecera e hice que Teresa se sentara sobre mí dándome la espalda, introduciéndose mi miembro totalmente, lo que ya le produjo un intenso placer. Me deslicé un poco hacia abajo en la cama, quedando medio acostados y le dije a Teresa que abriera bien las piernas.

No hizo falta decirle a mi suegra que le hiciera un cunnilingus a su hija, ya que viéndola penetrada y con su sexo abierto y mojado, inmediatamente se lanzó a comérselo con ganas y gratitud. Teresa, al sentirse follada y comida por su marido y su madre, empezó a gemir y a gritar de placer, empezando, casi inmediatamente, a disfrutar de un orgasmo intenso y duradero.

Cuando noté que en el cuerpo de Teresa ya desaparecían los últimos temblores de su gozo, y sintiendo que mi verga estaba a punto de explotar, extraje mi banana de la cueva del placer y les dije a las dos “chupádmela, deprisa, por favor”. Las dos se lanzaron a succionar con avidez mi tranca, casi luchando por tener mi glande entre sus labios. Yo sentía un placer inmenso. El orgasmo llegó a mí en formidables oleadas y borbotones de semen empezaron a salir de mi erecto nabo.

Mi suegra, al recibir el primer chorro en la boca, se apartó, pero viendo como Teresa lamía y engullía toda mi leche, se lanzó a imitarla, y entre las dos, devoraron hasta la última gota de mi esperma. La intensidad de los orgasmos nos dejó en un estado de relajación muy agradable y nos quedamos los tres abrazados en la cama, sin decir ni una palabra, durante un buen rato. Cuando ya estábamos totalmente relajados, Teresa acarició la cara de su madre y le dijo “Qué, mamá, ¿ya sabes lo que es un orgasmo?

Pepa, incorporándose un poco de la cama, besó suavemente en los labios a su hija y después hizo lo mismo conmigo, nos abrazó a los dos y, con voz trémula dijo “Es lo más maravilloso que me ha pasado en mi vida y me haréis la mujer más feliz del mundo si me prometéis que no será la última vez”.

No hizo falta decir nada. La mirada que nos unió a los tres en ese momento fue lo suficientemente explícita.

F I N

Autor: Amadeusex

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De como seduje a un cura

Sentí un agudo dolor, pero eso no me paró, además no era la primera vez. Yo misma me echaba hacia atrás para engullirle por completo y al poco comenzó a embestirme me una forma tan violenta que me tuve que morder el labio inferior para no gritar de puro placer, me eché a llorar cuando noté sus chorros de semen dentro de mí, y de que casi me volví loca cuando sacó su polla de mi agujerito.

Dedicado a Charles Champ D`Hiers,el marqués más seductor de la historia de la ficción y uno de los mejores escritores con los que he tenido el lujo de toparme.

Y, precisamente, como dijo Alonso Quijano:

Amigo Sancho, con la Iglesia hemos topado”…
Comencemos…

Yo, desde que he tenido uso de razón, siempre he desconfiado de la Iglesia, aunque respeto profundamente a quienes sí creen en ella.

Sin embargo, en cierta ocasión, ya fuera por obra de la caprichosa Fortuna ya por otras causas que desconozco – o al menos eso creo- , me convertí en la muchacha más beata que haya existido jamás.  Voy a contarles la historia de cómo conseguí seducir a un joven cura cuando yo tenía 18 años. Hasta el momento, jamás nadie ha sospechado de mí, ya que siempre he procurado ser una chica modelo en lo que a moral se refiere, pero… en fin, cualquiera puede decir que tiene un corazón de oro, señores… ¡hasta un huevo duro! .  Por los hechos, y no por vuestras palabras, os daréis a conocer. ¿No dice eso la Biblia?.

La cuestión está en que el cura se marchó del pueblo al poco tiempo, y claro, aquello extrañó mucho a la parroquia, porque en teoría había llegado a T*** con el firme propósito de quedarse. Pero, como ya he dicho, nadie osó señalarme a mí. Además, en realidad yo no tuve la culpa… no era yo quien tenía los votos de castidad, sino él…

Todo comenzó en la boda de mi hermana mayor. Mi familia estaba muy nerviosa porque la ceremonia no la iba a hacer don Constantino, sino un cura demasiado joven para el gusto de los más ancianos y que acababa de llegar al pueblo, llamado Nicolás.

Supongo que Nicolás no tendría más de 28 años por aquel entonces. No era demasiado alto, pero estaba muy bien formado. Tenía el pelo negro azabache – lo que contrastaba con la palidez teológica de su piel -, y los ojos… creo recordar que eran marrones. Era un hombre exquisito, tan delicado en comparación con lo rudos que eran los demás muchachos que me llamó la atención enseguida… cosa que no es censurable teniendo en cuenta que yo solo tenía 18 años y que a esa edad la libido suele andar rozando las nubes.

El caso es que Nicolás acabó casando a mi hermana. Y claro, yo debía de estar en la boda de mi hermana… en la Iglesia… que no había pisado desde que hice la primera Comunión y… allí estaba Nicolás.

Me senté, como es lo normal dado que era la boda de mi hermana, en primera fila. Casi no me podía creer que hubieran acabado por fin los preparativos de la novia, el trajín de las peluqueras, las idas y venidas de las damas de honor, los nervios (especialmente los de mi madre, que era la madrina), que si a ese vestido se le ha saltado una costura, que si la novia está más delgada y le sobra del talle, que si los anillos, que si dónde está el dichoso ramo… en fin, lo indecible. Me sentí aliviada de estar por fin acomodada en aquel banco de la Iglesia, pensando que mientras se llevaba a cabo la aburrida ceremonia (que solo es emocionante cuando los novios dan el “Sí, quiero” y cuando se produce ese intrigante silencio después de que el cura pregunta sobre si alguien se opone al enlace…), pensando, como decía, en lo prometedor que se me presentaba la fiesta del banquete, ya que habían venido unos primos por parte del novio…

Fue entonces como, por arte de magia, apareció Nicolás ante mí. No le había prestado atención hasta que, con su voz profunda y suave comenzó a dar una especie de sermón sobre el Amor, su importancia y… ¡bah!, y demás historias que por aquel entonces a mi me traían al fresco. Sin embargo quiso la Casualidad que el atril desde donde hablaba estuviera justo frente a mi lugar en el bando, y así pude observarle a mi antojo. Me di cuenta de que él también se había fijado en mí porque apenas me quitaba ojo, supongo que guiado por ese concepto retórico de concentrarse en un mismo punto cuando se habla en público. Me miraba, y eso era lo importante.

Así que yo, que soy muy complaciente, también le miré. Pero hubiera aportado cinco a una a que mis pensamientos distaban mucho de los suyos… Aquel chico me gustaba, y fuera cura o no, era una cuestión que no consideré de mi incumbencia. Y cuando a mi me gusta algo…

Pasado un rato noté cómo se empezaba a poner nervioso y trataba a duras penas de rehuirme la vista, tratando de no mirar ni tan siquiera hacia el sitio donde yo estaba sentada, lo cual era bastante difícil, dado que estaba situada justo delante de él. Y aquello me sacó de quicio. Muchas veces he pensado que si en aquella ocasión Nicolás me hubiera sostenido la mirada, si me hubiera hecho frente, yo hubiera perdido el interés por él y desistido en la conquista. Pero no lo hizo. Y a mi me gustan los retos.

Acabada la ceremonia, mi querida víctima, santiguándose, se metió veloz como alma que lleva el diablo hacia la sacristía, en espera de que los novios firmaran con los testigos. Yo traté de quedarme allí, resuelta a no ceder un ápice, pero mi madre no tardó en tirar de mí hacia la salida para saludar a no sé quién y perdí la oportunidad.

Recuerdo que aquel día pasó como una ensoñación, y a pesar de que me enrollé con dos de los primos de mi recién estrenado cuñado, no pude quitarme de la cabeza la imagen del nuevo cura. Sus palabras, tan castamente pronunciadas, resonaban en mi cabeza como un eco intermitente. Así pasaron unos cuantos días, y yo sin poder dejar de pensar en él. Me informé cuanto pude sobre su vida y obra a través de las cotorras del pueblo (para que luego se digan que esas marujonas no valen de nada, cuando en realidad constituyen la mejor fuente de información de los pueblos), pero no conseguí calmar las ansias que me habían nacido en el estómago y que me estaban quemando por dentro.

Acabé por ir a la Iglesia todas las tardes con tal de ver a Nicolás, pero jamás conseguí sacarle más que una sonrisa y unas cuantas miradas nerviosas. Parecía como si me ignorara. Y eso me hizo pensar que tal vez… Además que siendo cura, tan joven, y con los votos de castidad tan recientes…

Así que me decidí a trazar un plan de ataque.

En la parroquia había dos curas, como ya dije: el viejo don Constantino y Nicolás. El primero solía estar casi todo el día metido en la Iglesia y era el que se ocupaba de las confesiones. Pero como yo no tenía forma de acercarme a mi cura sin levantar demasiadas sospechas (ya en la calle las viejas sospechaban de mi repentina pasión por las misas), pensé que si don Constantino no estuviera, quien se ocuparía del confesionario sería Nicolás. Solo tenía que esperar mi ocasión… o provocarla yo misma….

Me explico.

A don Constantino le gustaba el vino cosa mala. Pillaba unas borracheras de escándalo, por eso el vino de la misa a él se lo cambiaban por coca-cola, porque como aquel hombre oliera el vino se perdía. Eso era cosa sabida por todo el pueblo, peor como era el cura, pues se le perdonaba. Pues bien. Solo tuve que birlar de la bodega de mi padre unas cuantas botellas de orujo y dejárselas en la mesa de la sacristía. Me senté en uno de los bancos del fondo y adopté una postura piadosa… pero no tuve que esperar demasiado… a la media hora escasa don Constantino salió con un punto bastante considerable y, llamando a Nicolás, le dijo algo sotto voce que yo entendí como un “me largo de aquí porque estoy empipao, tu te encargas…”. Bueno, si, ya sé, es muy vulgar, pero es que aquel pobre hombre no tenía otra.

Al poco rato, creo que fue la abuela de la Manuela quien se colocó en el confesionario y claro, a falta de don Constantino… allá que fue Nicolás a confesarla. ¡¡Ya me imagino los pecados que pudiera tener aquella pobre mujer!!. Acabaron pronto y a mi me faltó tiempo para ocupar el lugar de la buena señora y, a sabiendas de que dentro estaba Nicolás y de que no tendría más remedio que oír lo que le iba a decir:

–  Ave maría purísima… – … Sin pecado concebida…- Don Constantino, tengo un problema – dije sin darle oportunidad al pobre chico de replicarme que él no era el viejo – , verá, yo no suelo venir mucho a la Iglesia, pero es que últimamente he… – dudé – sentido la “llamada de Dios”…ejem… y….verá, es que he tenido sueños impuros con Nicolás, el cura nuevo…

Y de repente no se le ocurrió nada mejor que salir del confesionario y mirarme como si yo fuera la mismísima Lilith hecha persona. Tengo que reconocer que ahí llegué a pensar que me había pasado… pero claro, ya no podía echarme atrás. No en vano llevaba a mis espaldas, con tan solo 18 años, tantas conquistas…

Así que me mostré sorprendida, como si me hubiera pillado en falta (siempre he sido muy buena actriz, aunque queda mal que yo misma lo diga) y bajando la mirada, permanecí en silencio, en espera de su sentencia. Quizás él se apiadara de verme con aquel gesto de arrepentimiento, pero era un tipo duro de roer. Me espetó que tendría que hablar con mis padres urgentemente y yo, que sabía que la ocasión hace al ladrón, cual María Magdalena sollocé que estarían en casa al día siguiente por la tarde. Quedamos en que les haría la visita sobre las 5 de la tarde y se marcho hecho una fiera.

Pero lo que él no sabía es que mis padres al día siguiente no iban a estar en mi casa…  iban a la capital a comprarle unas cuantas cosas a mi hermana, por la cosa de ser recién casada…

Al día siguiente apenas di pie con bola en clase y para cuando llegué a casa mis padres no se habían marchado aún. ¡Casi me dio algo cuando a las 4 y media todavía estaban arreglándose para irse!… pero por fin se fueron y acababa de meterme en la ducha cuando sonó el timbre de la puerta de entrada. Me envolví malamente en un albornoz y salí a abrir. Estaba tan nerviosa que por un momento me arrepentí de todo lo que iba a hacer, pero al abrir, y ver a Nicolás allí, en la puerta…Ni siquiera me saludó. En seguida me preguntó por mis padres. Le dije que habían salido pero que regresarían pronto, así que le invité a entrar. Él pareció dudar, pero accedió. Noté que echaba miradas furtivas a mi mal tapado escote, pero no me di por enterada. Le conduje hasta el salón y, ofreciéndole algo para tomar, cosa que rehusó, le pedí que esperara mientras yo acababa de ducharme. Pobre, parecía tan apocado…

Sin embargo aquella jugada me salió mal. Cometí el graso error de dejar la puerta del baño abierta, para que pudiera oír cómo me duchaba, pensando que aquello le excitaría… y para cuando regresé al salón no había nadie.Nicolás había desaparecido.Y a mi aquello me enfureció.

Cualquier persona hubiera desistido en el empeño. Pero “cualquier persona” no era yo. Así que pasada una semana, durante la cual no supe nada de él,  volví a la carga.

Un día les dije a mis padres que me iba a dormir a casa de mi mejor amiga y en lugar de eso me dirigí hacia la Iglesia. Iba vestida con una falda bastante corta y una camiseta de algodón, muy ceñida. Era ya casi de noche y hacía frío, así que mis pezones se dejaban notar mucho a través de la tela. Al llegar, me colé en la sacristía por la puerta de atrás y me oculté tras una enorme mesa de caoba que había en un rincón, entre la imagen de un Cristo resucitado y una pila bautismal del año de Maricastaña, dispuesta a esperar lo que hiciera falta con tal de sorprender a Nicolás, pero con tan mala suerte que me quedé medio dormida… el caso es que me pasé toda la noche allí. Ridículo, vaya.

Pero…

La suerte acabó por apiadarse de mí…porque serían las 5 de la mañana cuando me despertó el ruido de los goznes de una puerta al abrirse. Me incorporé y vi cómo Nicolás entraba en la sacristía y, encendiendo una luz auxiliar, volvía a cerrar con llave.Fue entonces cuando me puse de pie. Él se giró y me vio, pero para mi sorpresa, no se sorprendió de verme allí.

– Buenos días, Alicia … ¿Qué tal has pasado la noche?

Yo no tuve por menos que mirarle como si acabara de ver una aparición…

– ¿Sabías que yo estaba aquí? – Si. Te vi ayer cuando cerré la Iglesia. He querido darte una lección, pero… lo cierto es que no he podido dormir, pensando que estarías aquí, sola. – Mira qué considerado…

Se acercó a mí y… no sé. En realidad siempre he pensado que fui yo quien le sedujo, pero a veces, cuando me acuerdo de la forma en la que me miraba en aquellos momentos, he dudado. Quizás yo era el cazador cazado.

Lo cierto es que fue él, Nicolás, aquel cura recién llegado que acababa de realizar la promesa del voto de castidad, quien se abalanzó sobre mí. Me rodeó la cintura con un brazo, mientras que con una mano me agarró del pelo, y tirándome de la cabeza hacia atrás, comenzó a besarme el cuello. Yo casi no pude dar crédito a lo que me estaba pasando, así que me dejé llevar… había deseado tanto a aquel hombre… cerré los ojos para sentirle mejor, y para cuando quise darme cuenta, Nicolás me había despojado de la camiseta y de la falda, y de un tirón, me había quitado las braguitas, dejándome completamente desnuda en medio de la sacristía.

Enseguida me secundó, quitándose los pantalones. ¡Cual no sería mi sorpresa al ver que no llevaba nada debajo! Me sentí enfebrecida por el deseo… y él se dio cuenta. Se sentó sobre un desvencijado banco de madera que había contra una pared, totalmente abierto de piernas, con aquel prodigio de pene que le habían concedido la Naturaleza, o su madre, y me hizo señas para que me acercara… y yo, claro, no pude resistir la tentación. Me arrodillé entre sus piernas y en un acto inconsciente, de un bocado me la metí casi entera en la boca, y comencé  a succionarla primero muy despacio y luego, poco a poco, a mayor velocidad, chupando y lamiendo con mi lengua toda su longitud, haciendo girar mi boca sobre su enhiesta polla y acariciando con las dos manos sus huevos. Creo recordar que era la tercera vez que hacía una felación, pero aquella vez me estaba comiendo una verga de verdad, de hombre. Su polla estaba durísima. La tomé por la base con mi mano y apoyé mis labios en la punta y me la introduje en la boca hasta que no pude más, para luego subir por el tronco hasta llegar a la punta de nuevo. Pronto él empezó a gemir y pensé en el riesgo de que nos pillaran tal y como estábamos y eso, inexplicablemente, me excitó más de lo que estaba.

Pronto sentí que estaba muy empapada, me latía tanto el coño, que no pude aguantar más. Me levanté y me coloqué a horcajadas sobre él, sentándome muy lentamente sobre su erecto pene, que él mismo sujetó para facilitarme la tarea. Sentí intensamente su calor, cada centímetro que se iba metiendo, adaptándose con cierta dificultad a mi estrecha vagina, me ardía, me quemaba… pensé que me iba a morir de placer. Nicolás me agarró de la cintura y me ayudó a impulsarme. No parábamos de gemir y jadear extasiados y así, no tardó en llegarme un orgasmo increíble… me vino tan fuerte (jamás había experimentado algo así) que tuve que parar de moverme, de lo atontada que estaba.

Pero él comprendió. Me sopló suavemente en la cara, para que me espabilara, pero al ver que me costaba mucho reaccionar, me cogió en brazos y me tumbó sobre el banco, cuya frialdad me hizo bien… cuando abrí los ojos me lo encontré allí, poniéndose la camisa, mirándome con una compasión que me sorprendió:

– ¿Ya hemos acabado? – dije en tono de burla. – Ah, vaya, pero ¿quieres seguir?… ¿no te ha bastado!?… muy bien… ¡date la vuelta entonces! ¡Esto seguro que te quita las ganas de seguir!

He de reconocer que me dio miedo verle tan resuelto. Pero obedecí por lo mismo. XOX2

Me pasó su miembro por la rajita de mi culo, y después me inspeccionó, paseando el dedo índice por mi otro agujero… ¡por el ano! ¡Nicolás me iba a follar por detrás!

Me sujetó de la cadera con una mano mientras que con la otra se sujetaba su pene por la base. Sentí en mi ano el contacto de su cálido glande y creo que me eché a temblar… Lo sentí luchar contra la presión de mi culo. Me imagino que antes se había ensalivado la punta porque lo noté un tanto resbaladizo, y pronto mi esfínter empezó a expandirse al sentir que el capullo de su enorme polla por fin estaba penetrándome.

Sentí un agudo dolor, pero eso no me paró… muy al contrario. Además, no era la primera vez. Yo misma me echaba hacia atrás para engullirle por completo y al poco comenzó a embestirme me una forma tan violenta, tan desesperante, que me tuve que morder el labio inferior para no gritar de puro placer…

Recuerdo con todo claridad que me eché a llorar cuando noté sus cálidos chorros de semen dentro de mí, y de que casi me volví loca cuando sacó su polla de mi agujerito… pero estaba tan agotada que ni tan siquiera me di cuenta de que don Constantino estaba llamando a gritos a Nicolás desde la nave central de la iglesia. El cura me besó en la nuca y se vistió rápidamente, saliendo casi enseguida y cerrando la puerta tras de sí, dejándome allí sola, con las piernas temblorosas y estremecida por los espasmos del placer…

Aquella fue la última vez que vi a Nicolás. Supe por mi madre que al día siguiente se marchó de T*** sin ni siquiera haberse despedido de don Constantino.

…Y menos mal que nadie me señaló a mi como la culpable de su partida… al final todos le habíamos tomado cariño a aquel cura tan joven y tan dedicado a su parroquia… aunque algunos lo pudimos comprobar más que otros…

Autora: Aliena del Valle

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