Este último verano

Me cogió de la polla, y fuimos andando hacia su habitación. Se tumbó de espaldas sobre la cama, y abrió las piernas al máximo. Me puse entre ellas, lamí su coño de nuevo, y acerqué mi rabo a su cueva. Se la metí hasta el fondo sin ningún esfuerzo, y me puse a moverme dentro y fuera. Ella suspiraba, se agarraba los pezones, y nos morreamos. Después de un buen rato así, sentí que ella llegaba al orgasmo, con los ojos como platos, y abrazándome como una posesa.

En esta historia yo ya tengo 34 años, por lo que el maduro casi podría ser yo. Pero no. No, porque la mujer en cuestión tiene 50 años, por lo que considero que entra plenamente en la sección de sexo con maduras, más que nada por la diferencia de edad.

Esto ha pasado un verano, en agosto (para los del hemisferio norte, es verano). La verdad es que fue uno de los más calurosos en 100 años, y a mí, pobre, me ha tocado trabajar. Al menos, el calor tuvo su recompensa, en forma de sexo desmesurado y experiencia única. Es verdad que he tenido muchos contactos con mujeres maduras, pero este ha sido especial. Nunca lo había hecho con una mujer de esta edad, y nunca con una mujer con tanta pasión y ganas de gozar al límite. A partir de aquí, ahora ya me inclino por mujeres de esta edad. De los 50 a los 55, queda un universo de sensualidad y placer para los que nos gustan las mujeres maduras. Es algo que debéis probar si tenéis oportunidad; y a las mujeres de esta edad las animo a practicar sexo sin tapujos con hombres jóvenes, y no van a tener ningún rechazo, al menos si se portan como la mujer que va a ser la protagonista de esta historia, de la cual no voy a dar nombre real, ni domicilio. Ella está de acuerdo en que publique nuestra historia, siempre y cuando no trascienda su identidad.

Yo trabajo en una importante empresa inmobiliaria de mi país, después de dejar mi anterior trabajo en la clínica. Me ocupaba de los contactos con los inquilinos. Cobro de recibos a domicilio, partes cuando alguna cosa de la casa se estropeaba y había que arreglarlo, quejas, etc. Un día encontré una nota en mi mesa. Decía que habían llamado de un piso donde el calentador de agua no funcionaba bien, y tenía yo que ir a comprobarlo, y dar parte a nuestro servicio de reparaciones. La verdad es que no me apetecía nada ir, porque el inmueble quedaba lejísimos, y además la casa era muy vieja, siempre había algo que reparar, y las quejas de los vecinos eran continuadas. Me esperaba una buena queja, y una buena discusión, sin duda. Miré el nombre de la nota: M… Bueno, al menos era una mujer. Eso no quería decir nada, seguro que el marido estaría ahí para que el chorreo aún fuera más grande. Me armé de resignación, y partí a ver qué pasaba con el dichoso calentador.

Llegué al inmueble, subí en ascensor al piso y llamé al timbre. Me abrió un hombre de mediana edad. Yo me sorprendí, porque esperaba a una mujer. El me explicó que el piso lo tenía alquilado su hermana, pero que por las mañanas ella trabajaba, y él había ido a esperarme, para contarme el problema. Pasamos a la cocina, y efectivamente, el calentador estaba estropeado. Le dije que el modelo era antiguo (por lo menos tenía 25 años), y que ya veríamos si habría que cambiarlo. Me despedí, llegué a la oficina, y pasé nota a nuestro servicio técnico. Pasó una semana, me olvidé del tema. Un día, casi a punto de ir a comer, me suena el teléfono. La mujer del jodido calentador. Que no se lo han cambiado, que se lo repararon de una manera chapucera, y que vuelve a estar estropeado. Dijo que a ver si podía pasar a verlo por la tarde, ya que estaría ella, y así podríamos solucionar el problema directamente, porque el problema ya pasaba de la raya.

Otra vez para allí, y para colmo, llovía a raudales, la típica tormenta de verano. Salí de la oficina de manera que luego ya no tendría que volver, e ir directamente hacia mi casa. Chaparrón en la calle, y el chaparrón que me iba a caer por parte de la señora. Toqué el timbre del piso, y me abrió la señora. Conté que debería tener unos 45 años, bien cuidada, muy guapa de cara, con un cabello rubio rizado. Vestía una bata de estar en casa, por encima de las rodillas, pero al mismo tiempo recatada. Se adivinaban unos pechos medianos, pero con la bata no se podía hacer una aproximación del tamaño real. Me dio las buenas tardes, y me hizo pasar a la cocina. Evidentemente, le habían hecho una chapuza. Me subí a una escalera y vi que la tubería superior estaba desencajada, aparte de que el calentador no recibía gas y no se encendía.

– Este calentador lo cambiaremos. Usted no debe pagar nada, ya que va a cargo del inquilino.- ¿Pero el fallo dónde está?, dijo ella.- Bueno, no recibe gas, no produce chispa, está para tirarlo.- Ya. Cerré la llave de paso al ver que olía a gas, y es que lo perdía por arriba- Justo. Súbase si quiere, y verá el tubo. Esta medio podrido.- Vale, subo, pero sujéteme la escalera.

Cogió, y subió. Yo aguantaba la escalera, y no me atrevía a levantar la cabeza. Pero claro, el instinto me la hizo levantar. Lo que vi me puso malo. Debajo de la bata sólo llevaba una braguita tanga, que no tapaba ni la mitad de su peludo coño. Se le salían los labios por los lados, y apenas tapaba su lindo agujero trasero. Para mí que se dio cuenta, y juntó las piernas, que eran gruesas, pero no celulíticas, y solo pude ver sus preciosas nalgas, algo caídas, pero para nada despreciables. Bajó inmediatamente.

– Vaya, ya he visto el agujero de la tubería.- Si, respondí. Yo también lo he visto.- ¡Ya, ya! Dijo ella, poniéndose un poco roja.

Me acompañó hasta la puerta, y me preguntó cuánto iban a tardar en cambiárselo. Le dije que unos 4 días por lo menos. Ella contestó que no importaba esperar un poco, porque al fin de cuentas, estábamos en verano y tampoco dependía del calentador. Quedé que pasaría por ahí cuando los operarios le hubiesen instalado el calentador, para verificar que todo estaba bien. Me fui para mi casa con la imagen del coño de esa mujer, que, aunque solo había visto un poco, ya fantaseaba con comérmelo enterito.

Pasaron los días, y me llamó la señora, comunicándome que ya estaba puesto, y que funcionaba de maravilla. Yo le dije si hacía falta que pasara por ahí, y me dijo que sí, que me había comprado una cosita por lo atento que había sido con ella. Quedamos que saldría del trabajo a la tarde e iría a su casa. Llegué, llamé, y me abrió. Ya no iba con bata, sino con un vestido con tirantes, que le llegaba hasta un poco por debajo de la rodilla. Ahora sí que podía ver sus pechos. Eran grandes, y se marcaban los pezones. Iba con sujetador, pero los pezones se adivinaban bien. Estaba más arreglada que el otro día, y me invitó a sentarme en el sofá. Ella se aproximó con un paquete y me lo dio, sentándose enfrente de mí.

– No hacía falta que comprara nada, mujer- Si, si, que te portaste bien. Ahora ábrelo.

Lo abrí, y era una camiseta nike, de color azul marino. Le di las gracias, y ella se arrellanó un poco más en el sillón donde estaba sentada. Se le abrió un poco más el vestido por la falda, y pude ver que llevaba las mismas braguitas que el otro día. Ya me empecé a poner nervioso. Me probé la camiseta, y me iba perfecta. Le di dos besos de agradecimiento, y nos pusimos a hablar de cosas varias. Me contó que estaba separada de su marido hacía 5 años, y por eso vivía aquí sola. Me confesó que tenía 51 años, y me dejó perplejo. Yo le echaba 45, y se lo dije. Ella sonrió.

– La verdad es que me cuido todo lo que puedo, y mi trabajo me cuesta.- La verdad es que está ud., estupenda; le respondí.- Si, pues mira que mi marido me dejó para irse con una 20 años más joven que yo.- No puedo creer que la dejara.- Si, ya ves, las jóvenes son las que ahora cortan el bacalao. Las de mi edad, nada de nada.

Me dijo eso, y me levanté, y me dirigí hacia ella. Ella me miraba seria, y fijamente. Me incliné, y la cogí de los hombros, mientras ella permanecía sentada, y se los acaricié. Sabía que me estaba jugando un tortazo, pero valía la pena. Me incliné aún más, y rodeando su cuello con mis brazos, le lamí la oreja. Ella no dijo nada, y no movió ni un músculo. Luego me situé detrás del sillón, y sin dejar de atacar las orejas y el cuello con la lengua, deslicé mis manos hacia sus pechos, sobándolos por encima del vestido, notando su dureza, que no era poca a pesar de su edad, y sus pezones, que ahora ya estaban desbocados.

– ¿Ves como las mujeres como tú también son apetecibles? Le dije flojito en la oreja.- Mmmm, Mmmm… Ya veo… ¡Aaaah! No tan fuerte… suspiraba ella, poniendo sus manos encima de las mías, mientras amasaba sus tetas.- Espera… dije yo. Ahora sí que vas a suspirar de verdad.

Le desabroché la bata. Me puse delante de ella de rodillas, y ella, acercó su trasero hasta el final del sillón, de manera que su coño quedara a la altura de mi boca. Con una suavidad increíble, puse mi mano encima de sus braguitas, notando su rajita a través de ellas. Mi polla estaba que reventaba, pugnando por salir de su prisión. Separé un poco su braguita, y una raja inmensa apareció delante de mí, brillante por la humedad. Me acerqué, y olí aquel aroma de sexo, que tanto nos gusta a los hombres. Enseguida mi lengua empezó a recorrer los pliegues de aquella vagina, pasando del clítoris al interior de su agujerito.

– Joder… Joder… Joder… Mmmmm. –Iba repitiendo ella, muy flojito, mientras movía su cintura al mismo ritmo que yo movía la lengua. – Te gusta, ¿eh?…- dije yo, mientras con una mano no dejaba de tocar sus pechos.

Luego decidí lamer su trasero. Le quité aquellas braguitas tan tentadoras. Tal como estaba, le abrí un poco las nalgas, y le planté el primer lametón. Ella intentó apartarme con sus manos en mi cabeza, pero yo continué, y ella ya no ofreció resistencia. Con una mano se frotaba el coño, y con otra se tocaba los pezones, que habían alcanzado una medida sin igual. Cuando ella me confesó que ya se había corrido (yo ya lo había notado por los chillidos que pegó), me hizo levantar. Me desabrochó los pantalones, me bajó los calzoncillos, y me acarició los huevos con las dos manos. Luego, dejando una mano en los huevos, con la otra recorrió mi polla de abajo a arriba, y luego hizo como si me masturbara.

– Hijo, lo que me has hecho no me lo había hecho ni mi marido cuando yo era joven. ¡Qué pasada!… – Pues creo que podríamos seguir… ¿no te parece?- Si, pero… ahora me gustaría chupártela… Pero me da cosa, a mi marido sólo se la chupé una vez, y al poco, y sin avisar, se corrió como un cerdo en mi boca… Ahora me da un poco de respeto, aparte que hace mucho tiempo que no lo he hecho.- No te preocupes, que aún me queda aguante. Si veo que me haces daño, te avisaré.

Pues nada, abrió la boca y se la tragó enterita. No es que yo la tenga enorme, pero tampoco es pequeña. Sus labios, con mi polla dentro de su boca, casi tocaban mi cuerpo. Luego empezó a sacársela y a metérsela en la boca poco a poco. No era una mamada de campeonato, pero no lo hacía mal. De mientras, ella no dejaba a su coño tranquilo. Ahora un dedito, ahora dos deditos, ahora me frotó el clítoris… estaba como una perra en celo. Yo me moría de gusto, pero aún no estaba por correrme. Eso lo quería hacer en su interior. Le dije que parara, y me preguntó si lo había hecho bien. Yo, como respuesta, la besé en la boca, donde nuestras lenguas se juntaron, y no dejamos de sobarnos y lamernos un buen rato.

Le dije que pusiera su culo en pompa, y ella se puso a cuatro gatas, ofreciéndome su trasero. Puse mi lengua en el agujerito oscuro, y se la pasé de arriba abajo. Mientras, dos dedos míos entraban y salían de su vagina, llenos de flujo, que hacían que el meneo de dedos fuera suave, y la introducción, hasta el fondo. Entre jadeos y suspiros, me dijo que nadie le había lamido el ano nunca, y que no se imaginaba que fuera tan placentero.

– Desde luego, esto es una gozadaaa, mmmm… decía entre jadeo y jadeo. Pero… ¿no te da un poquito de asco?- Mujer, mientras todo esté bien limpio…- Mmmmm… Mmmmm… ¡Aaahhh!. Ahora quiero hacértelo yo a ti.

Y nos pusimos a la inversa. Yo a cuatro patas, y ella detrás. Mmm. Sentir su lengua húmeda en mi trasero, y sus manos en mis huevos, fue una pasada. Mi rabo alcanzó el máximo estiramiento, y necesitaba vaciarme inmediatamente. Después de unos minutos así…

– Bueno, querida, creo que ha llegado el momento de correrse…

No se lo tuve que decir dos veces. Me cogió de la polla, y fuimos andando hacia su habitación, ya que hasta ahora no nos habíamos movido del comedor. No se molestó ni en deshacer la cama, se tumbó de espaldas, y abrió las piernas al máximo. Me puse entre ellas, lamí su coño de nuevo, y acerqué mi rabo a su cueva. La puse hasta el fondo sin ningún esfuerzo, y me puse a moverme dentro y fuera. Ella suspiraba, se agarraba los pezones, y nos morreamos. Después de un buen rato así, sentí que ella llegaba al orgasmo, con los ojos como platos, y abrazándome como una posesa. Simplemente, se corrió. Yo aún no estaba, y , aunque quería hacerlo en su interior en un principio, le pedí que me la chupara.

– Vale, pero por favor, en la boca no te corras…- Tranquila, te avisaré…

Y así fue. Empezó a chupar y amasarme los cojones. Cuando vi que iba a correrme, la saqué, y apuntando a sus pechos, solté mi carga. Sus pechos quedaron bañados de mi esperma, y me derrumbé en la cama. Estaba hecho polvo. Ella se levantó a lavarse, y volvió a tumbarse a mi lado. Al cabo de un rato, ella me pedía más. Entre besos y meteduras de mano, volví a estar tieso. Intenté que se diera la vuelta y metérsela por el culo. Ella me dijo que no. Por ahí no pasaba. Yo tampoco insistí, porque creo que en materia de sexo, no hay que forzar a nadie a hacer cosas que no desea. No voy a presumir de haberle penetrado el culo, porque no lo penetré. Acabamos esta vez al revés. Ella se corrió de nuevo con una lamida vaginal mía, y yo me corrí en el interior de su cuerpo, vía también vaginal.

Ya era muy de noche cuando me fui. Antes de irme estuvimos hablando de lo que había pasado, y quedamos que lo podríamos repetir. Pero esto ya es otra historia.

M… como leerás esto, verás que no he exagerado, y que he sido bastante fiel a la realidad. No voy a explicar, como mucha gente hace aquí, de haber penetrado por el culo ni nada de eso. Tengo tu permiso para publicar esto. Espero que te guste, y recuerdes nuestro primer encuentro. Te envío un beso, y hasta pronto.

Esta es mi historia. Si alguna mujer madura quiere hacer algún comentario.

Autor: Ericsson

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Una madura ardiente

Me dediqué exclusivamente a su ano, pasando la lengua suavemente por el, y con los dedos jugueteaba con su coño. Ella me dijo que le gustaba mucho, así que continué un buen rato. Luego sustituí la lengua por un dedo, que introducí en su ano muy despacio, esa mujer enloqueció de placer; se agarraba los pechos, se metía los dedos en la vagina, y ahora a grito pelado.

Esta es otra historia que les quiero contar. No la había contado hasta ahora porque consideraba que eran cosas muy personales, pero como ya me decidí a contar una historia que tuve con mi jefa (publicada en esta sección, por la firma sabréis cual es), os contaré esta que es de hace poco.

Todo empezó cuando a través del Messenger conocí a una chica, de unos 38 años, cuya dirección me dio un amigo. Vivía en EEUU. Después de varias semanas de conversaciones, algunas calientes, me dijo que iba a venir a España, en concreto a Madrid, por cuestiones laborales. Yo, al ser de Barcelona, le dije que no nos podríamos ver, por cuestiones de distancia. Y así quedó la cosa.

Cual sería mi sorpresa cuando al cabo de un mes, por Messenger, me dice que está en Madrid, y que al día siguiente viene a Barcelona a realizar una gestión por su trabajo. La gestión solo duraría unas horas por la mañana, y que no tendría que volver a Madrid hasta el día siguiente. Tendríamos toda la tarde para conocernos, y quien sabe si hasta la noche, aunque no quería hacerme ilusiones, ya que no la conocía, no sabía como era.

Dicho y hecho. Quedamos en un céntrico bar de Barcelona a las 5 de la tarde. Entonces fue cuando la vi. Uffff! No estaba nada mal esa mujer. Tenía la piel oscura, aunque no era de color. No era muy alta. Pero tenía un traserooo…Era hecho para la mano de un hombre. Sus pechos, aunque no eran muy grandes, se notaban llenos y redondos. Además, no llevaba sujetador, por lo que pude apreciar unos magníficos pezones. Tomamos una bebida en la terraza, y estuvimos hablando de su vida en EEUU, de trabajo, etc., pero yo no podía apartar mi vista de esos pezones que ella generosamente mostraba. Después fuimos a cenar, que después de tanto parloteo ya se hizo la hora.

Después de la cena, la acompañé al hotel. En la puerta me dio dos besos a modo de despedida, y yo le dije que ya la llamaría y nos veríamos otro día cuando pudiera venir. Cuando me giraba para marcharme, ella dijo:

– Oye, ¿no te apetece ver mi habitación?, es muy bonita, y todo pagado por la empresa.

Yo dije que si, y después de recoger las llaves en recepción, subimos a la habitación. La verdad es que era muy lujosa. Consistía de un recibidor, baño completo, y la estancia de la cama, que era enorme. Ella me dijo que se iba a duchar, yo me quedé sentado en la cama viendo la tele. Oía el agua y me la imaginaba desnuda, el agua deslizándose entre sus pechos y entrepierna. Estuve tentado de entrar en el baño, pero pensé que se enfadaría, y me quedé sentado con mis fantasías, aunque una erección empezaba a asomar en mis pantalones.

Al cabo de un rato salió. Estaba envuelta en una toalla blanca, que hacía resaltar su piel morena. El pelo mojado, el bulto de sus pechos, las piernas mojadas… Me quedé sin habla. Ella se aproximó y me preguntó que es lo que estaba mirando en la tele. Le dije que nada, que era para pasar el rato mientras esperaba que saliera del baño.

– Vaya programa aburrido, dijo. ¿No quieres mirar otra cosa?

Y acto seguido se quitó la toalla, dejándola caer a sus pies. El espectáculo era impresionante. Unos pechos erguidos, con pezones erectos, una entrepierna totalmente depilada, donde se adivinaban unos labios jugosos y listos para el juego del amor.

– ¿Te vas a quedar mirando? ¿O vas a probar de hacer algo más?

No me hice de rogar. Avancé hacia ella, la rodeé con mis brazos, y la besé. Fue un beso largo y tierno, mientras mis manos se posaban en sus nalgas, duras y agradables al tacto. Ella se separó y me desabrochó los pantalones, que cayeron al suelo, y yo mismo me deshice de mis calzoncillos. Ella cogió mi nabo y lo empezó a menear de arriba abajo, mientras me besaba de nuevo. Yo acariciaba su rajita con una mano, que cada vez estaba más húmeda, y ella soltaba unos suspiros que indicaban que le gustaba aquello.

Pasamos a la cama, yo me tumbé y ella se dedicó a introducirse la polla en la boca, y a mamármela. Se notaba que no era la primera que chupaba, porque la hacía de maravilla. Ninguna mujer me la ha chupado como aquella. Sabía cuando debía parar y seguir. Yo hacía verdaderos esfuerzos para no correrme, pero ella sabía hasta que punto podía seguir o no. Luego me hizo dar la vuelta y me obsequió con un morboso beso negro. Me estaba volviendo loco.

– ¡Bueno!, dijo, dejando de chupar. Ahora te toca a ti…

Se tumbó, abrió las piernas, y se invirtieron los papeles. Introducía mi lengua en aquella vagina palpitante, y empecé a moverla, del clítoris a su vagina y a la inversa. Ella se agarraba las tetas y se pellizcaba sus pezones, suspirando. Cuando ya tenía todos los morros mojados de fluidos, le levanté las piernas, y amplié el recorrido de mi lengua. Pasaba de su clítoris a su vagina, y luego a su ano, y así sucesivamente.

Después de un rato, me dediqué exclusivamente a su ano, pasando la lengua suavemente por el, y con los dedos jugueteaba con su coño. Ella me dijo que le gustaba mucho, así que continué un buen rato. Luego sustituí la lengua por un dedo, que introducí en su ano muy despacio, para que le doliera lo menos posible, y lo sacaba y metía.

Literalmente, esa mujer enloqueció de placer; se agarraba los pechos, se metía los dedos en la vagina, y ahora a grito pelado. Gritaba tanto, que tuve que taparle la boca con una mano, porque tenía miedo que de viniera alguien, era como si la estuvieran matando, y así era pero de placer.

Luego ya se la metí en la vagina. Y fue como entrar en una cosa suave y totalmente lubricada, entraba y salía a la perfección, y luego eyaculé, pero no antes de que ella tuviera su orgasmo. Es norma de la casa, ella antes que yo. La corrida fue a parar a su ombligo y pechos, ya que no quería que lo hiciera dentro. Descansamos un rato, para recuperar fuerzas. Al cabo de ½ hora, ella se acercó a mi oído y me susurró.

– Quiero probarlo por atrás….Solo lo he hecho una vez, y me gustó, así que ahora quiero hacerlo de nuevo.

La hice poner encima del escritorio, de cara a mí. Le abrí las piernas, y se las levanté a lo máximo que pude, y ella se las agarró para que se mantuvieran en esa posición. Seguidamente, fui al baño a buscar el gel de ducha, me unté la polla con el. Luego, depositando una pequeña cantidad en mi dedo, se lo pasé por el ano para que quedara bien untado. Luego introducí el dedo en su ano un poco para lubrificar más a fondo. Cuando ya estuvo a punto, empecé la introducción.

Poco a poco fue entrando, mientras ella ponía cara de dolerle un poco. Pero el dolor terminó pronto, porque lo hice muy suavemente, parando cuando ella ponía cara de dolor, y luego empujando suavemente. Al final entró.

La tenía de cara y podía ver sus pechos y su cara perfectamente, así que me dediqué a besar tanto una cosa como la otra, mientras entraba y salía de su interior. Era una maravilla, y cuando empecé a notar que iba a eyacular la besé más fuertemente. Ella gemía y gritaba, y el beso disimuló sus gritos. Nos corrimos los dos, yo fuera.

Después de dormir un poco, yo marché. Quedamos en vernos cuando ella volviera, pero no sabemos cuando será eso. Es una mujer muy dulce, y en la cama no se corta nada, así que espero impaciente su vuelta.

Podéis enviarme vuestros comentarios, y si alguna mujer se anima, ya sabe.

Autor: Ericsson

Me gusta / No me gusta

El agujero…de la tubería

Entre besos volví a estar tieso. Intenté que se diera la vuelta y metérsela por el culo. Ella me dijo que no. Por ahí no pasaba. Yo tampoco insistí, porque creo que en materia de sexo, no hay que forzar a nadie. No voy a presumir de haberle penetrado el culo, porque no lo penetré. Acabamos esta vez al revés. Ella se corrió de nuevo con una lamida vaginal mía, y yo me corrí en el interior de su cuerpo.

En esta historia yo ya tengo 34 años y la mujer en cuestión tiene 50 años. Esto ha pasado este verano, en agosto (para los del hemisferio norte, es verano). La verdad es que este verano ha sido uno de los más calurosos en 100 años, y a mí, pobre, me ha tocado trabajar. Al menos, el calor tuvo su recompensa, en forma de sexo desmesurado y experiencia única. Es verdad que he tenido muchos contactos con mujeres maduras, pero este ha sido especial.

Nunca lo había hecho con una mujer de esta edad, y nunca con una mujer con tanta pasión y ganas de gozar al límite. A partir de aquí, ahora ya me inclino por mujeres de esta edad. De los 50 a los 55, queda un universo de sensualidad y placer para los que nos gustan las mujeres maduras.

Es algo que debéis probar si tenéis oportunidad; y a las mujeres de esta edad las animo a practicar sexo sin tapujos con hombres jóvenes, y no van a tener ningún rechazo, al menos si se portan como la mujer que va a ser la protagonista de esta historia, de la cual no voy a dar nombre real, ni domicilio. Ella está de acuerdo en que publique nuestra historia, siempre y cuando no trascienda su identidad.

Yo trabajo en una importante empresa inmobiliaria de mi país, después de dejar mi anterior trabajo en la clínica. Me ocupaba de los contactos con los inquilinos. Cobro de recibos a domicilio, partes cuando alguna cosa de la casa se estropeaba y había que arreglarlo, quejas, etc. Un día encontré una nota en mi mesa. Decía que habían llamado de un piso donde el calentador de agua no funcionaba bien, y tenía yo que ir a comprobarlo, y dar parte a nuestro servicio de reparaciones.

La verdad es que no me apetecía nada ir, porque el inmueble quedaba lejísimos, y además la casa era muy vieja, siempre había algo que reparar, y las quejas de los vecinos eran continuadas. Me esperaba una buena queja, y una buena discusión, sin duda. Miré el nombre de la nota: M… Bueno, al menos era una mujer. Eso no quería decir nada, seguro que el marido estaría ahí para que el chorreo aun fuera más grande. Me armé de resignación, y partí a ver que pasaba con el dichoso calentador.

Llegué al inmueble, subí en ascensor al piso y llamé al timbre. Me abrió un hombre de mediana edad. Yo me sorprendí, porque esperaba a una mujer. El me explicó que el piso lo tenía alquilado su hermana, pero que por las mañanas ella trabajaba, y él había ido a esperarme, para contarme el problema. Pasamos a la cocina, y efectivamente, el calentador estaba estropeado. Le dije que el modelo era antiguo (por lo menos tenía 25 años), y que ya veríamos si habría que cambiarlo. Me despedí, llegué a la oficina, y pasé nota a nuestro servicio técnico.

Pasó una semana, me olvidé del tema. Un día, casi a punto de ir a comer, me suena el teléfono. La mujer del jodido calentador. Que no se lo han cambiado, que se lo repararon de una manera chapucera, y que vuelve a estar estropeado. Dijo que a ver si podía pasar a verlo por la tarde, ya que estaría ella, y así podríamos solucionar el problema directamente, porque el problema ya pasaba de la raya.

Otra vez para allí, y para colmo, llovía a raudales, la típica tormenta de verano. Salí de la oficina de manera que luego ya no tendría que volver, e ir directamente hacia mi casa. Chaparrón en la calle, y el chaparrón que me iba a caer por parte de la señora. Toqué el timbre del piso, y me abrió la señora. Conté que debería tener unos 45 años, bien cuidada, muy guapa de cara, con un cabello rubio rizado. Vestía una bata de estar por casa, por encima de las rodillas, pero al mismo tiempo recatada. Se adivinaban unos pechos medianos, pero con la bata no se podía hacer una aproximación del tamaño real.

Me dio las buenas tardes, y me hizo pasar a la cocina. Evidentemente, le habían hecho una chapuza. Me subí a una escalera y vi que la tubería superior estaba desencajada, aparte de que el calentador no recibía gas y no se encendía.

– Este calentador lo cambiaremos. Usted no debe pagar nada, ya que va a cargo del inquilino. – ¿Pero el fallo dónde está?, dijo ella. – Bueno, no recibe gas, no produce chispa, está para tirarlo. – Ya. Cerré la llave de paso al ver que olía a gas, y es que lo perdía por arriba – Justo. Súbase si quiere, y verá el tubo. Esta medio podrido. – Vale, subo, pero sujéteme la escalera.

Cogió, y subió. Yo aguantaba la escalera, y no me atrevía a levantar la cabeza. Pero claro, el instinto me la hizo levantar. Lo que vi me puso malo. Debajo de la bata sólo llevaba una braguita tanga, que no tapaba ni la mitad de su peludo coño. Se le salían los labios por los lados, y apenas tapaba su lindo agujero trasero. Para mí que se dio cuenta, y juntó las piernas, que eran gruesas pero no celulíticas, y solo pude ver sus preciosas nalgas, algo caídas, pero para nada despreciables. Bajó inmediatamente.

– Vaya, ya he visto el agujero de la tubería – Si, respondí. Yo también lo he visto. – Ya, ya! Dijo ella, poniéndose un poco roja.

Me acompañó hasta la puerta, y me preguntó cuánto iban a tardar en cambiárselo. Le dije que unos 4 días por lo menos. Ella contestó que no importaba esperar un poco, porque al fin de cuentas, estábamos en verano y tampoco dependía del calentador. Quedé que pasaría por ahí cuando los operarios le hubiesen instalado el calentador, para verificar que todo estaba bien. Me fui para mi casa con la imagen del coño de esa mujer, que, aunque solo había visto un poco, ya fantaseaba con comérmelo enterito.

Pasaron los días, y me llamó la señora, comunicándome que ya estaba puesto, y que funcionaba de maravilla. Yo le dije si hacía falta que pasara por ahí, y me dijo que si, que me había comprado una cosita por lo atento que había sido con ella. Quedamos que saldría del trabajo a la tarde, e iría a su casa.

Llegué, llamé, y me abrió. Ya no iba con bata, sino con un vestido con tirantes, que le llegaba hasta un poco por debajo de la rodilla. Ahora sí que podía ver sus pechos. Eran grandes, y se marcaban los pezones. Iba con sujetador, pero los pezones se adivinaban bien. Estaba más arreglada que el otro día, y me invitó a sentarme en el sofá. Ella se aproximó con un paquete y me lo dio, sentándose enfrente mío.

– No hacía falta que comprara nada, mujer – Si, si, que te portaste bien. Ahora ábrelo.

Lo abrí, y era una camiseta nike, de color azul marino. Le di las gracias, y ella se arrellanó un poco más en el sillón donde estaba sentada. Se le abrió un poco más el vestido por la falda, y pude ver que llevaba las mismas braguitas que el otro día. Ya me empecé a poner nervioso. Me probé la camiseta, y me iba perfecta. Le di dos besos de agradecimiento, y nos pusimos a hablar de cosas varias.

Me contó que estaba separada de su marido hacía 5 años, y por eso vivía aquí sola. Me confesó que tenía 51 años, y me dejó perplejo. Yo le echaba 45, y se lo dije. Ella sonrió.

– La verdad es que me cuido todo lo que puedo, y mi trabajo me cuesta. – La verdad es que está Vd. estupenda; le respondí. – Si, pues mira que mi marido me dejó para irse con una 20 años más joven que yo – No puedo creer que la dejara a Vd. – Si, ya ves, las jóvenes son las que ahora cortan el bacalao. Las de mi edad, nada de nada

Me dijo eso, y me levanté, y me dirigí hacia ella. Ella me miraba seria, y fijamente. Me incliné, y la cogí de los hombros, mientras ella permanecía sentada, y se los acaricié. Sabía que me estaba jugando un tortazo, pero valía la pena. Me incliné aún más, y rodeando su cuello con mis brazos, le lamí la oreja. Ella no dijo nada, y no movió ni un músculo. Luego me situé detrás del sillón, y sin dejar de atacar las orejas y el cuello con la lengua, deslicé mis manos hacia sus pechos, sobándolos por encima del vestido, notando su dureza, que no era poca a pesar de su edad, y sus pezones, que ahora ya estaban desbocados.

– ¿Ves como las mujeres como tú también son apetecibles?; le dije flojito en la oreja, mmm, mmmmm…ya veo… ¡Aaaah! no tan fuerte…suspiraba ella, poniendo sus manos encima de las mías, mientras amasaba sus tetas. – Espera…dije yo. Ahora si que vas a suspirar de verdad.

Le desabroché la bata. Me puse delante de ella de rodillas, y ella, acercó su trasero hasta el final del sillón, de manera que su coño quedara a la altura de mi boca. Con una suavidad increíble, puse mi mano encima de sus braguitas, notando su rajita a través de ellas. Mi polla estaba que reventaba, pugnando por salir de su prisión. Separé un poco su braguita, y una raja inmensa apareció delante de mi, brillante por la humedad. Me acerqué, y olí aquel aroma de sexo, que tanto nos gusta a los hombres. Enseguida mi lengua empezó a recorrer los pliegues de aquella vagina, pasando del clítoris al interior de su agujerito.

– Joder…joder…joder…mmmmmm. -Iba repitiendo ella, muy flojito, mientras movía su cintura al mismo ritmo que yo movía la lengua. – Te gusta, ¿eh?…- dije yo, mientras con una mano no dejaba de tocar sus pechos.

Luego decidí lamer su trasero. Le quité aquellas braguitas tan tentadoras. Tal como estaba, le abrí un poco las nalgas, y le planté el primer lametón. Ella intentó apartarme con sus manos en mi cabeza, pero yo continué, y ella ya no ofreció resistencia. Con una mano se frotaba el coño, y con otra se tocaba los pezones, que habían alcanzado una medida sin igual.

Cuando ella me confesó que ya se había corrido (yo ya lo había notado por los chillidos que pegó), me hizo levantar. Me desabrochó los pantalones, me bajó los calzoncillos, y me acarició los huevos con las dos manos. Luego, dejando una mano en los huevos, con la otra recorrió mi polla de abajo a arriba, y luego hizo como si me masturbara.

– Hijo, lo que me has hecho no me lo había hecho ni mi marido cuando yo era joven. ¡Que pasada!
– Pues creo que podríamos seguir… ¿no te parece? – Si, pero…ahora me gustaría chupártela…Pero me da cosa, a mi marido solo se la chupé una vez, y al poco, y sin avisar, se corrió como un cerdo en mi boca…Ahora me da un poco de respeto, aparte que hace mucho tiempo que no lo he hecho. – No te preocupes, que aún me queda aguante. Si veo que me haces daño, te avisaré.

Pues nada, abrió la boca y se la tragó enterita. No es que yo la tenga enorme, pero tampoco es pequeña. Sus labios, con mi polla dentro de su boca, casi tocaban mi cuerpo. Luego empezó a sacársela y a metérsela en la boca poco a poco. No era una mamada de campeonato, pero no lo hacía mal. De mientras, ella no dejaba a su coño tranquilo.

Ahora un dedito, ahora dos deditos, ahora me froto el clítoris… estaba como una perra en celo. Yo me moría de gusto, pero aún no estaba por correrme. Eso lo quería hacer en su interior. Le dije que parara, y me preguntó si lo había hecho bien. Yo, como respuesta, la besé en la boca, donde nuestras lenguas se juntaron, y no dejamos de sobarnos y lamernos un buen rato.

Le dije que pusiera su culo en pompa, y ella se puso a cuatro gatas, ofreciéndome su trasero. Puse mi lengua en el agujerito oscuro, y se la pasé de arriba abajo. Mientras, dos dedos míos entraban y salían de su vagina, llenos de flujo, que hacían que el meneo de dedos fuera suave, y la introducción, hasta el fondo. Entre jadeos y suspiros, me dijo que nadie le había lamido el ano nunca, y que no se imaginaba que fuera tan placentero.

– Desde luego, esto es una gozadaaaaammm…decía entre jadeo y jadeo. Pero… ¿no te da un poquito de asco? – Mujer, mientras todo esté bien limpio… – Mmmmm…Mmmmmmmm, aaaah! Ahora quiero hacértelo yo a ti.

Y nos pusimos a la inversa. Yo a cuatro patas, y ella detrás. Mmmmm. Sentir su lengua húmeda en mi trasero, y sus manos en mis huevos, fue una pasada. Mi rabo alcanzó el máximo estiramiento, y necesitaba vaciarme inmediatamente. Después de unos minutos así…

– Bueno, querida, creo que ha llegado el momento de correrse…

No se lo tuve que decir dos veces. Me cogió de la polla, y fuimos andando hacia su habitación, ya que hasta ahora no nos habíamos movido del comedor. No se molestó ni en deshacer la cama, se tumbó de espaldas, y abrió las piernas al máximo. Me puse entre ellas, lamí su coño de nuevo, y acerqué mi rabo a su cueva. La puse hasta el fondo sin ningún esfuerzo, y me puse a moverme dentro y fuera.

Ella suspiraba, se agarraba los pezones, y nos morreamos. Después de un buen rato así, sentí que ella llegaba al orgasmo, con los ojos como platos, y abrazándome como una posesa. Simplemente, se corrió. Yo aún no estaba, y aunque quería hacerlo en su interior en un principio, le pedí que me la chupara.

– Vale, pero por favor, en la boca no te corras… – Tranquila, te avisaré…

Y así fue. Empezó a chupar y amasarme los cojones. Cuando vi que iba a correrme, la saqué, y apuntando a sus pechos, solté mi carga. Sus pechos quedaron bañados de mi esperma, y me derrumbé en la cama. Estaba hecho polvo. Ella se levantó a lavarse, y volvió a tumbarse a mi lado. Al cabo de un rato, ella me pedía más. Entre besos y meteduras de mano, volví a estar tieso. Intenté que se diera la vuelta y metérsela por el culo.

Ella me dijo que no. Por ahí no pasaba. Yo tampoco insistí, porque creo que en materia de sexo, no hay que forzar a nadie a hacer cosas que no desea. No voy a presumir de haberle penetrado el culo, porque no lo penetré. Acabamos esta vez al revés. Ella se corrió de nuevo con una lamida vaginal mía, y yo me corrí en el interior de su cuerpo, vía también vaginal.

Ya era muy de noche cuando me fui. Antes de irme estuvimos hablando de lo que había pasado, y quedamos que lo podríamos repetir. Pero esto ya es otra historia.

M…como leerás esto, veras que no he exagerado, y que he sido bastante fiel a la realidad. No voy a explicar, como mucha gente hace aquí, de haber penetrado por el culo ni nada de eso. Tengo tu permiso para publicar esto. Espero que te guste, y recuerdes nuestro primer encuentro. Te envío un beso, y hasta pronto.

Esta es mi historia.

Autor: Ericsson

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