Mis sobrinas y su mami en la orgía

Ahogaba los gemidos, los estertores de mujer sometida en la posición de perrita se sucedían, no podía dejar de sacudirse con la verga ensartada en su vagina, las últimas emisiones de semen se las fui relatando al oído, gustaba que su macho le fuera relatando el desarrollo del encuentro, disfrutaba ser amada y gozada hasta el último latido del miembro de su macho.

– Esto no queda así, lo vamos a repetir… Así había terminado el relato precedente…luego vino la ducha, que como imaginaron, fue de a tres, y lo que sucedió el resto del día habría superado la más lujuriosa fantasía.   Tuvimos sexo, el trío con madre e hija fue un acto antológico, imágenes imposibles de olvidar, situaciones que nos excedieron, recuerdo increíble, aún me produce una erección que dificulta el relato.

Con ese párrafo había concluido el relato de la saga de relatos de “mis sobrinas…” que, les recuerdo durante un fin de semana había tenido relaciones con las sobrinas, Selva y Laura, y me las traje para vivieran en mi casa, obviamente las relaciones sexuales fue algo frecuente.

Como si fuera poca la gracia divina, su madre Ernestina se vino para traerme un regalo de agradecimiento: ella fue el obsequio.  Pero ni en mis momentos de lujurioso y afiebrado cerebro calentón hubiera estado ni aproximado a la realidad que me tendría como actor protagónico, acciones y sensaciones inéditas dignas del más osado guionista de un filme porno.

La casualidad de que mi esposa tuviera un imprevisto viaje dio lugar a que la madre de mis sobrinas, mi cuñada, se me entregara como exquisito regalo de la fortuna, tampoco  me extrañó demasiado cuando Laura, dieciocho primaveras recién estrenadas, nos encontró en plena faena de sexo, lejos de sorprenderse se agregó a disfrutar los placeres.

Volviendo al inicio, la ducha sirvió para suavizar el cansancio de una fragorosa relación. Ernestina, la madre de Laura, vestía tan solo con una camisa mía y Laura baby doll casi transparente.

Me sentía un Maharajá en su trono, mis dos mujeres semi desnudas prodigándome atenciones a cuerpo de rey, bocadillos y licor, dejándome ver sus maravillosas carnes, preludio del juego amoroso. Me parecía que el ambiente ameritaba ponerle algo de incentivo, coloqué un video donde la acción se iniciaba con dos muchachas mostrando las delicias del juego lésbico para deleite de su hombre que se excitaba observando.

Es probable que esta visión y el efecto del licor fuera el disparador de los hechos, pero no deja de ser menos probable que el deseo larvado de una relación lésbica estuviera latente para tener tamaña expresión y desenfreno.  La nueva ronda de licor entonó el deseo de las mujeres, la hija con las hormonas trabajando a destajo, la madre activado sus feromonas, despertando del letargo marital, estaban desatadas, liberadas, desinhibidas, el deseo se había adueñado de su voluntad.

En ese momento eran solo dos mujeres en estado de excitación increíble, las imágenes se les habían metido en el cuerpo, era algo que no podía entender, sentado en medio de dos hogueras a punto de ser derretido en la fragua de sus pasiones.   Mientras la imágenes nos llenaban los ojos, la calentura nos llenaba de deseos, las tenia tomadas del tal forma, que las tres bocas estaban en contacto, pasar de una boca a la otra sin dificultad, en un momento las tres bocas convergieron en un solo beso y las lenguas en contacto, seguramente este fue el inicio de todo: el disparo del ¡largada! en la carrera del placer.

Comenzaron a actuar para mi, el juego fue la excusa, el deseo la razón, los besos entre ellas era algo digno de elogio, el fragor e intensidad del contacto bucal asistido por el trabajo de las manos en sus respectivos sexos las estaba llevando al desenfrenado orgasmo, verla agitarse por la emoción y sin soltarse era algo que me producía una erección superlativa.

No paraban de bufar y gemir, solo se soltaron cuando intervine, las separé y la hice hincar delante de mí, ocupé la boca de Laura con mi pija y la madre fue a saciar sus labios en los pechos ansiosos de la hija. Todo salido del eje, tres pasiones girando en descontrol y mi calentura que no tenía límites, ahora era yo quien no podía controlarse. Las dos mujeres arrodilladas para adorar a la verga, que no dejaban de agitar.

Cuatro manos sacudiendo y dos bocas mamando el desiderátum de cualquier hombre, pues eso era lo que estaban haciendo, reverenciando al macho que las hacía feliz, mamaban con ansias y calentura, la joven siempre era la incitación, y la madre desenfreno, una agitaba para que la otra tragara la carne.  El “trofeo” cambiaba de boca a boca, se alternaban en gozar y hacerme gozar.   Pero… ¿cómo poder prolongar un juego de tanta intensidad?  Tomé la cabeza de Laura con mis manos y la estreché contra mí, comenzando a sacudirme en su boca, era la mejor cogida que había sentido en una boca.

–  ¡Vamos, vamos, no pares, sigue… sigue… sigue… más!  –era lo máximo que podía articular, con la voz quebrada por la agitada exigencia física y emocional. –  ¡Sí, sí, dale, vamos, chúpalo todo!  – Alentaba la madre, mientras se pegaba a mi y me besaba en la zona de los testículos.

Era la imagen vívida de la lujuria, en un instante de lucidez pude observarlas, eran dos sacerdotisas del falo, mamando y delirando en torno mío, pero al instante me perdí en un derroche de goce increíble y el semen se derramó para goce de Laura, que recibía con la alegría reflejada, sus ojos se abrieron grandes, como platos, decía con su expresión lo que su boca no podía, parte de la gloriosa corrida se le escurrió por sus labios cuando me retiré de su boca.

Haciendo gala de lo buena que era con su madre se acercó a ella, cuidando que pudiera observarlas, y se besaron, pasándole y compartiendo mi leche, asomando sus lenguas para recoger la miel masculina, mostrando el espeso néctar como pasaba de una a otra, para relamerse con deleite y gracia un “bonus track” al maravillo polvo que me habían conseguido.

Fui por un trago para recuperar el resuello, al regreso las encontré enredadas nuevamente en juego lésbico sin par, dos hambrientas mujeres, descubriendo el placer en otra mujer, sentirlas chuparse y lamer sus zonas erógenas era un regalo visual incomparable, deleitado por el espectáculo que se había iniciado conmigo y ahora era un actor desocupado, privilegio como pocos, el placer brotaba de sus cuerpos y se instalaba en mis retinas que se esforzaban por retener las más atrevidas escenas de lujuria.

Los gemidos eran música, las vibraciones de los cuerpos agitados en consumar este acto sexual armonía, desnudas y enredadas en un 69 maravilloso me ponía excitado e inquieto.   Por dos veces intenté participar sin éxito, estaban en su mundo, descubriéndose en una sexualidad que ni ellas mismas conocían. Laura era más avezada y experta, llevaba las riendas del carro desbocado de la lujuria desatada. La madre bramaba sin poder controlar sus orgasmos, se derretía en la boca de la joven, suplía experiencia con pasión, técnica con deseo.

– ¡Ah, ah, Lau… meee… estt..ás maaa..taaa..ndo!

Ernestina disfrutaba a destajo, recuperando un tiempo malgastado en rutina y conformismo, ahora era su tiempo, su revancha, el todo o nada, romper amarras con la mujer casada y sacar la perra que habita dentro de toda mujer calentona y que un marido poco imaginativo dejaba encerrada en ese cuerpo todo lujuria.

–  ¡No Luis!, ¡ahora es nuestro tiempo!  –responde Ernestina haciéndome a un lado ante el amague de apoyar la punta del miembro en la vagina de su hija.  Retoma a chuparle la conchita. Voy por detrás de ella, intentando meterme en su vagina con similar resultado. –  ¡Por favor!, sé buenito, déjanos gozar a nosotras.   – dúo de pasiones para la súplica.

Cansadas, y felizmente agotadas con este primer round de sexo,  se quedaron sobre la alfombra en reparador relax.   Era evidente que todo este derroche de energía sexual no sería el único, aún había más…  A la hora del sueño, las tomé de la mano dispuesto a pasar una noche en medio de las dos, pero… tan pronto traspusieron el vano de la puerta, con la mejor sonrisa me dejaron del lado de afuera diciendo: – ¡No Luis!, ¡esta es nuestra noche, solo para nosotras!, mañana es otro día… ¡bye!…

De nada servía reclamar y pedir, estaban ejerciendo su derecho al placer.   Me fui a la habitación de Laura para dormir mi soledad, tarea nada fácil después de tanta excitación, con dos hembras de tamaño calibre pasional haciéndose el amor de otro lado de la pared era de suponer que tendría la música de su juego sexual golpeando en mi deseo.

No fue fácil, había dejado la puerta abierta por si decidían cambiar de actitud, los gemidos y ruidos afirmaban que la noche iba a ser movida, que lo estaban disfrutando de maravilla, la peregrina idea de un llamado se diluía en cada gemido de placer.  Allá lejos, en la madrugada pude por fin conciliar el sueño y dormirme, las fantasías más eróticas estuvieron rondando en mis momentos de descanso.

Desperté con la verga dolorosamente enhiesta, erección pocas veces comparable, la excitación durante el sueño, sumada a la experiencia de una mamada a dúo y verlas hacerse el amor no podía menos que producir este efecto.

Con las primeras luces de la mañana ingresé al cuarto de mis mujeres, desde la puerta podía verlas con todos los signos de una dichosa noche de sexo, las feromonas esparcidas aún perfumaban el ambiente y lo hacían altamente erótico.   Ver a la madre dormir, plácida y relajada, me había puesto el deseo a tope, retiré la sábana, ver ese cuerpo solo cubierto con la biquini, era todo un manjar, una oferta pasional sin límite, el deseo de hacerla mía ya mismo se me hacía incontenible.

Fuera de la contención del bóxer, el miembro se levantó como impulsado como un resorte, me observé y compadecí al miembro que ya me estaba inquietando por el leve malestar de una erección tan intensa, era necesario poner fin a la molestia, me acerqué al cuerpo de Ernestina, acariciando su espalda con la suavidad de una pluma, remolonea entre sueños, cuando las caricias trocan en masajes,  abrió los ojos y quiso hablar, se la tape con la otra mano, sonrió, y aceptó de buen grado.   El primer beso matinal recibió la alegría de ver mis genitales dispuestos para entrar en acción, mi mano busca en su pubis, reptando por desde la cintura, ingreso al recinto aún húmedo por el trabajo sexual y la continuidad de la excitación durante el sueño.

Esa caliente humedad me catapultó a dejarla de bruces, colocarme para dársela desde atrás.   Dócil se dejó manejar y conducir por los senderos de la dominación masculina, hice a un lado la tela de la biquini.  La relación con la prenda colocada tenía el valor agregado de crear una situación mas transgresora, la cogida comenzó suave y rítmica, para no despertar a Laura, pero a medida que la calentura iba “increscendo” dejaba de a importarnos, más aún, el hecho de hacerlo de este modo y junto a la joven, como espectadora de la relación con su madre le suma morbo.  Era evidente que fingía dormida, sobre todo cuando el tremendo polvo matinal le estalló a Ernestina en sus entrañas, casi al unísono me vacié dentro de ella con toda potencia y ampulosidad de la abstinencia forzada.

Ahogaba los gemidos, los estertores de mujer sometida en la posición de perrita se sucedían, dominaban su cuerpo y anestesiaban su mente, no podía dejar de sacudirse con la verga ensartada en su vagina, el deseo se le escapaba incontenible por los poros. Las últimas emisiones de semen se las fui relatando al oído, gustaba que su macho le fuera relatando el desarrollo del encuentro, disfrutaba ser amada y gozada hasta el último latido del miembro de su macho.

Giró la cabeza y me contó en pocas palabras lo feliz que era sintiéndome en ella, que me quedara hasta el último aliento, haciéndole vivir momentos maravillosos, esos latidos le habían producido un nuevo orgasmo que disfrutaba. Los músculos vaginales transmitían en el lenguaje Morse de la carne, el resultado del orgasmo que la transitaba.

Desmonté le la maravillosa cabalgadura y ocupé el medio del lecho, era el reposo del guerrero, desnudo con el miembro aún erecto y mirando el techo   Ernestina volviendo a respirar con más normalidad y una sonrisa dibujada en el rostro, de esas que solo consiguen los pintores del renacimiento.  Laura cruzó por encima de mí y fue a ver como había quedado su progenitora después de este fragoroso encuentro.   Las plantas de los pies apoyados en la cama, las rodillas abiertas, estaba disfrutando del éxtasis, cuando Laura se instaló en medio de ellas, primero observó pintados en la tela de la bombachita las señales de tan efusivo polvo, inspeccionó el lugar de los hechos, la abundante lechada comenzaba a escurrirse del recinto, con los ojos llenos de lujuria dijo:

– ¡La puta madre!, ¡Qué polvazo te largó Luis! Mami, la noche sin coger lo puso bárbaro… – Sí, ¿y cuánta no? , no paraba más de largarme leche, pero que rica se sentía.  No te imaginas qué bonito fue, qué bien que lo sentía, cómo latía esta pija,  -y me regala una caricia.  –Nena, qué bien coge este guacho, es maravilloso, ¿te imaginas si tu padre me regalara un polvo como este, aunque fuera una vez al año? Esto es lo que necesita una hembra como nosotras, ¿no? – se sonríen reforzando el lazo de complicidades. – Ni, que lo digas, me mordía por dentro, pero no quise interrumpir, era tan lindo sentirte gozar así. – Ahora quiero probar yo, también.   ¡Déjame, ábrete más!…

Laura se mete entre las piernas de mami, le arranca la bombachita y le da a la conchita de Ernestina un beso, boca a boca, recupera el semen que se va escurriendo, busca más con en el interior. Liba el preciado licor seminal, y se lo convida a su madre, beso profundo, intercambian fluidos.   Ahora es ella la que me pasa el testimonio del acto, un fogoso beso me transfiere el contenido, que vuelvo a su origen para que sea Laura la destinataria final, la que se lo trague, antes abre la boca, muestra por última vez mi semen enriquecido por las salivas del grupo y lo degusta, traga con exagerada muestra de placer, se acaricia la garganta como acompañando desde el exterior el tracto de la ingesta.

Las mujeres se quedan relamiéndose y sonriéndose, disfrutan viendo como aún no podía dar crédito a la sorprendente iniciativa de la joven de proponer de forma espontánea compartir mi semen, situación ésta que volvería a repetirse en el transcurso del día.

Como podrán apreciar, y me reitero, no es fácil resumir tantas emociones vividas, tanto y bueno de placer, fue algo que nos superó, que excedía en mucho mis deseos calenturientos y fantasiosos, esta visto que la realidad superaba cualquier ficción, los deseos desatados habían saltado la barrera de lo previsible, ahora el único límite eran nuestras fuerzas para gozar del sexo.

Pero… no se crean que este es el final, aun queda una última parte de las acciones de ese inolvidable día, que se iniciará luego de un restaurador desayuno, con los tres desnudos de ropa y de fantasías, todo estaba por hacer, ahora era el momento justo, la ocasión pintaba para el desenfreno y el goce total, la genial pastillita azul fue una ayuda inestimable, este momento ameritaba un “ayudín”  y  contribuyó a llenarnos a los tres de esos placeres que se quedaron por siempre en nuestro sentimiento, por eso quise dejar este testimonio como promesa de volver a repetir estos momentos con mis dos mujeres.

Apreciaré los comentarios que hubiera despertado esta historia, verídica hasta en sus mínimos detalles, siempre es enriquecedor el comentario de alguien que gusta del sexo sin hipocresía ni condicionantes de falsa moralidad.

Los espero en mi correo.

Autor: Nazareno Cruz

latinoinfiel@yahoo.com.ar

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Mi sobrina, su madre y mi hijo

De pronto los cuatro formando una sola unidad física, la madre sobre mi, ella embutida en el sexo de ésta y Lucas con el pistón ansioso de descargar su leche en ella, la calentura sube rápido a la cabeza, la eyaculación de mi hijo se hace estridente, grita el deseo en la conchita de la chica. El brama deseo y bríos en empecinado empuje, ella ahoga sus gemidos en el semen.

Es una historia de sexo, de vida que deja marcas indelebles, sobre todo cuando ninguno había transitado los caminos del sexo familiar y mucho menos a niveles de morbo solo vistos en alguna película porno, esa historia que estamos seguros jamás nos sucederá a nosotros, pero… las mujeres y el destino disponen.

Esa noche madre e hija habían tenido su noche lésbica.  Forzado a dejarles el tiempo y espacio solo para ellas, para expresarse toda su sexualidad reprimida, ni vínculo ni otra consideración moral contaba, solo eran dos hembras en celo y dispuestas a probar el placer.

En la mañana me introduje en el cuarto, tomé a Ernestina, la hice gozar mientras la hija fingía dormir,  ambos llegamos a un delicioso orgasmo, ésta despertó y entró en acción para desayunarse la abundante descarga matutina de semen, tomarlo directo de la  vagina de su madre, sacarlo con la lengua y compartírselo entre ellas.    Era algo que me superaba, despertó mis instintos y exacerbó el deseo.

Todas estas situaciones producidas en tan breve lapso habían superado mis más alocadas expectativas, la capacidad de asombro desbordada, el placer era dueño de mis sensaciones, pero como diría un presentador de espectáculos, lo más importante aún está por venir, y vaya que lo hubo…

Nos quedamos remoloneando en la cama hasta quedarnos dormidos.  Desperté, estaba solo y desnudo, con esa indumentaria natural me levanté para ir al cuarto de baño, encontré a Laura, la hija, orinando, el primer ademán fue de retirarme, pero la muchacha por el contrario le parecía muy erótico verme con la verga en la mano, listo para darle uso.   Sonrió y dijo:

-Vamos, ¡acá, conmigo!  –sorprendido, me encogí de hombros sin sabe qué hacer.

En verdad esa imagen, a punto de comenzar a orinar, las piernas abiertas y la vagina dispuesta para el acto era el erotismo en su cima.   La situación me remitía a escenas de filmes porno, insiste:

-No seas malo, ¡vamos, acá, ¿sí..?  – Las palabras, el gesto infantil de chuparse el índice, poner cara de nenita inocente, suma erotismo al cuadro.

Me gustaba el juego, subí la apuesta, cada momento supera al anterior, el ambiente cargado de morbo los hacía únicos, todo estaba dado para entrar en la espiral de locura y de sexo.

Abrió un poco más las piernas, visión plena, la mata de vello recortado aumenta la dosis de lujuria, se mira en mis ojos, da vía libre a mis necesidades, leyéndome el pensamiento dijo:  – Sí tío, así marcas el territorio, ¡vamos!

Puse manos a la obra, dirigí el chorro al pequeño espacio para sumarme al que salía de ella en ese momento.   El primer chorro rozó su muslo, corregí la puntería, objetivo cumplido, justo sobre la vagina, escurrido entre los vellos, se sumó al de la niña: dos hilos dorados se hacían uno solo.

Concluido el acto de  marcar territorio limpió con papel los genitales de ambos.

La ducha matinal fue escenario del premio, delicioso masaje, la espuma subiendo y bajando por sus curvas eran el aperitivo de un banquete, mis manos se perdían en la grieta de sus nalgas, para emerger en la herida abierta de su sexo, volver a las redondeces y subir hasta sus pechos para abarcar y esconder los pezones en la palma de mis manos, regalo de caricias por el erótico regalo sorpresa. La joven se hizo cargo de borrar rastro de agua y espuma, al mismo tiempo que escribía en la carne del deseo una nueva página de sensaciones.

El desayuno nudista tenía otro sabor, vernos en desnudez era poner la libido sobre la mesa, los manjares al alcance de la mano, contemplarlas moverse preparando el desayuno una deliciosa visión,  cadencia en el andar, movimiento de curvas, cada cruce daba lugar al roce intencionado, al toqueteo indecente, a la caricia impúdica, al manoseo osado, al contacto genital descarado y urgente.

Se exhibían en libertad, la excitación y el aroma de sensualidad dominaban la cocina, todos los movimientos de las mujeres estaban calurosamente calculados, las posiciones exageraban y mostraban sus atributos e invitaban al avance descarado.   Ernestina se echó hacia atrás al inclinarse sobre la mesada de la cocina, pose ampulosa, piernas levemente separadas, genitales se ofrecen abultados y brillantes por el barniz del deseo, parece que la abertura vaginal se abriera y late, gira la cabeza comprueba el llamado de la pasión.

Avanzo, despacio, el miembro empinado y turgente, las venas pletóricas de sangre en excitación producen la molestia de la erección que se diluye en el contacto; tomada de las caderas, adelanto mi pelvis, la verga tiene el ángulo adecuado para apoyarse por sí misma contra esos labios ansiosos. Empujo, ingreso suave y ajustado, echa hacia atrás su anatomía, los cuerpos se ajustan, los sexos se acoplan.   Mis vellos se humedecen en sus jugos, es el momento de entrar en acción, encender los motores para lanzar el misil en las profundidades de la pasión.

De pronto el instinto animal se nos manifiesta, el vaivén se hace constante y rítmico, los gemidos de ella se expanden, sus músculos se contraen.   La impulso con la fuerza y el movimiento alucinado de una calentura surgida del instante, sacudiendo mi cuerpo dentro del suyo marco el compás, ella ejecuta la melodía, la transporto en mi calentura, ella recibe y transforma en un resonante orgasmo:

-Ah, ah, ah.   Animal, me matas, me estás reventando.   ¡Qué calentura! ¡Qué bueno es!

La mujer modosita y pudorosa quedó sepultada por la hembra calentona, ni vale la pena recordar la sarta de obscenidades repetidas, el vocabulario más ordinario servía para expresar ese momento único.   Se impulsa hacia mí, el cuerpo se tensa y estalla en mil vibraciones y latidos, transmite su sensación, el calor jugoso de su conchita se manifiesta sobre el miembro viril que sostiene la presión interior.  Vuelve a vociferar y delirar su placer:

-Ah, qué bueno, me muero… muero de placer…   –Su vientre calienta el mármol, agarra del borde para no caer, vuelve la cabeza.   –¡Sigue, no te salgas!, ¡empuja, empuja! ¡Hijo de puta, cómo me estás poniendo!, hace tanto que necesitaba esta sorpresa, esta forma de coger me saca, me pones en el cielo y el infierno, me estás cogiendo como una puta.  ¡Me gusta, me gu…uu…sta…aaahh…! ¡Así, así… quiero… quiero se…ee…eeerr tu pu…ta…aa…aaaaaaaaaaaa!

Los latidos señalan que había entrado en un nuevo orgasmo o intensificado el anterior.   Ernestina era una fiera salvaje, la pasión desatada, la sobrecarga de excitación acababa de hacerle saltar los fusibles de su resistencia sexual, la calentura hacía estragos en ambos, tiemblan mis piernas.

Sin dejarla salirse de mí, retrocedí hasta sentarme, remolque en retroceso.   Sentada sobre mí, volví a excitarla, moverse, saltar, impulsarse en sus piernas, cabalgarme, dejarse caer para sepultar el miembro en su interior, delicioso dolor de sentir como me siente golpearla en el fondo, hasta el útero. Con mis manos ayudo a poder subir y bajar, mecerse y galoparme como una Lady Godiva, gritando su calentura, en pos de un nuevo orgasmo que explota en su conchita, el semen brota en ella, acentuando el placer.

Se mueve despacio, siente como se corre el semen por las paredes vaginales, termina de sacudirse hasta vaciarme los testículos, hasta exprimir el último resto de leche.

Los gemidos devienen a los gritos y a éstos el silencio generoso del éxtasis.   Recién notamos la presencia de Laura, callada espectadora, espera su turno para entrar en escena, se toca, frota a más no poder, pero…?, solo falta ese ingrediente, el toque de suspenso en.    En esta trama de descontrol y lujuria aún no estaba todo dicho…

Sabido es que cuando se está en el trance del goce sexual la atención y sentidos están ocupados a  full en el placer, la imagen borrosa de Laura desde la puerta tocándose no alteró nada, pero ahora,  notamos que las manos que se agitan en el sexo de la muchacha no le pertenecen?.   La inquietud supera a la sorpresa, cuando pudimos tomar conciencia que las manos que revolvían los vellos púbicos de Laura pertenecían a Lucas, ¡mi hijo!

-No paren, está todo bien, hace un buen rato que estamos disfrutando del show.  Sigan, todo bien, no ven como me tiene agarrada, estamos recalientes mirando como se dan, y estamos en lo mismo para no perdernos el espectáculo.

Se acercan, la desnudez de Laura cubre a Lucas, solo vestía la camisa, el miembro desplegado apoyado entre los glúteos de la chica, era evidente que el roce había comenzado momentos antes.

Laura avanza entra en acción, avanza y acaricia los pechos de su madre, se abrazan y la ayuda a desmontar de la empalada, pero queda descansando sobre los muslos, recostada sobre mí para recomponer del exigente galopar.

El sexo expuesto, al público, la postura y la abundante lechada exceden la retención vaginal, el fluido blanco asoma y comienza a escurrirse, Laura no permite que el vital producto se pierda, abreva para saciar su boca en el semen recién servido en su mamá.   En esa postura se ofrece a mi hijo en forma plena, exagera la postura para permitirle una entrada triunfal en ella.

El golpe le hace tragarse de un solo envión la poderosa herramienta legada por herencia familiar, se le mete hasta el fondo, el gemido no alcanzó a ser tal, incrustada en la fuente de semen que no paró de degustar mientras recibía un tratamiento sexual acorde al de su madre.

De pronto los cuatro formando una sola unidad física, la madre sobre mi, ella embutida en el sexo de ésta y Lucas compactando a joven hembra con el pistón ansioso de descargar su leche en ella.  La imagen cargada de lujuria no permite demasiadas sutilezas y juegos, la calentura sube rápido a la cabeza, la eyaculación de mi hijo se hace estridente, grita el deseo en la conchita de la chica.   El brama deseo y bríos en empecinado empuje, ella ahoga sus gemidos en el semen.

De pronto todos estamos combinados, enlazados en la vorágine, subidos a la espiral del descontrol y la pasión más primaria, más auténtica del ser humano: el sexo.

Completa la descarga seminal de Lucas, se desarma a gusto en dentro de Laura, el grupo escultórico vivo se va descomponiendo y separando.   Ahora es turno de Ernestina, que desayuna en el manantial de semen que le sirvió su hija.   La mujer aprendió rápido el placer del sexo grupal, lame y sorbe con golosa expresión, no deja de mirar a los dos cómplices de su placer.

Nada que decir, todo por hacer, todo por disfrutar, el resto del día fue más de lo mismo.   Menos urgencias, más producido y organizado pero no por eso menos placentero.

Desde ese día no hemos dejado de realizarlo cada vez que se nos presentó la oportunidad de hacerlo.

Tus experiencias y comentarios sirven para enriquecer los nuestros, saber que no estamos solos, también es un incentivo para poder comentar las historias que algunos tenemos y no nos animamos a contar…

L@s espero en mi correo.

Autor: Nazareno Cruz

latinoinfiel@yahoo.com.ar

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Mis sobrinas, la madre también

Ya la tenía metida en su conchita hasta el mango, mientras mamá frotaba el clítoris de la muchacha esta comienza el galope, ahora son dos amazonas montando a un brioso cuarentón, en pleno galope Ernestina me arrima una teta y vuelve a frotar a la niña hasta que esta se derrama en un orgasmo jugoso que llena de calor con sus jugos, agónico quejido pone el moño de placer.

La historia había comenzado un fin de semana en el campo de unos parientes de mi esposa, excursión de caza  y  disfrutar de las bondades sexuales de dos sobrinas, ahora estas jóvenes están viviendo en mi casa “becadas” para estudiar en Buenos Aires, y sus novios no son obstáculo para seguir manteniendo relaciones con ambas. Lejos estaba de saber que me deparaba el destino, ni en el momento más alto de la pirámide de mi calenturiento deseo podría haberlo supuesto, siquiera intuido lo que habría de suceder.  Afortunado de comerme a estas dos jóvenes carnes, más que agradecido, pero está visto que esta familia tan serena y apacible tenía más sorpresas, a cada paso era como abrir la caja de Pandora y nos revelara los secretos del fuego, claro del fuego pasional que parecía alimentar en todas las mujeres de esta familia…

La madre de las niñas, Ernestina, joven madre, casi llegando a los cuarenta, ese momento mágico en la vida de casi toda mujer casada, cuando sabe casi todo de la vida, sobre todo cuándo, cuánto, cómo y sólo le falta con quién.   Cuñada de mi mujer supo como agradecer las atenciones para con las niñas.   Desconozco cuanto sabe o cuanto intuye de mi relación con las jóvenes, pero estimo que estas cosas se comentan en el trato abierto que he notado mantienen entre las tres mujeres, es más creo que ella en ningún momento fue del todo ajena a nuestra actividad sexual, y casi me animaría a arriesgar que también estuvo al tanto de cómo apagamos el fuego del deseo sus dos hijas y quien escribe esta historia.

Estoy persuadido que nada es casual, sino más bien causal, casi nada sucede simplemente por obra del azar, sino que muchas veces son situaciones de coyuntura que se van interrelacionando para producir un efecto.   La llegada de la madre de las chicas, se dio justamente en el momento que mi esposa, y cuñada se había ausentado para visitar a su hermana que había sufrido un accidente de tránsito. La cuestión es que Ernestina llegó para agradecer todas las atenciones, venía con obsequios de esas exquisiteces que se producen en los establecimientos rurales y que los de los centros urbanos apreciamos sobre manera, degustar los sabrosos quesos artesanales es uno de los placeres gourmet que suelo darme y bien que lo saben.  Probarlo y compartir un poco de licor fue la excusa para el brindis, y este para el acercamiento motivado por el efecto liberador de la espirituosa bebida.

Un par de tragos hizo que Ernestina fuera dejando fluir el agradecimiento, la fluidez del agradecimiento a liberarse y poder expresar esa forma de agradecimiento que se tradujo en un abrazo espontáneo. Respondía de buen grado, y me sentía tan bien que la retuve, prologando el abrazo más de lo prudente, cuando acerqué mi boca a su cuello pude sentir entre sus cabellos ese aroma de mujer plena, casi podría decir que de ella emanaba un perfume a deseo, apretarla por el talle, fue una sensación difícil de olvidar, el suspiro producido al sentirse oprimida por mi abrazo algo estremecedor que me contagió e hizo despertar el testimonio de varón. Sosteniendo el abrazo, también ella lo notó como el efecto estremecedor era contagiado, apretó su cuerpo, adelantó la pelvis para poder apreciar como crecía el “contagio”.

No era necesario decir mucho más, casi todo estaba dicho, las bocas hicieron el resto, la lenguas firmaron las actas de capitulación, la batalla de cuerpos había llegado al armisticio.  El beso, profundo, era algo que necesitaba esta mujer, el desahogo, borrar esa existencia gris, ahora tenía el tiempo y la forma para expresar esa forma de sentir la sexualidad.  En este momento estaba consciente que ella había recibido alguna data de mis cualidades a la hora del amor, la forma inocultable de hacerme saber sus carencias estaba bien explicitada.

Casi sin desprendernos del abrazo, tomados de la cintura, como si soltarnos fuera perder el clímax de pecado y deseo, la fui llevando hacia mi dormitorio.    El silencio de la casa era caja de resonancia de los suspiros de la mujer, el soutién lleno de carne turgente pugnaba por ser liberada, era un desafío a la rapiña de esas carnes ansiosas de ser mamadas por un hambriento varón.

– Madre mía, me muero, ¡qué placer!

Más que hablar mordía las palabras, atravesadas las vocales y dando tumbos las consonantes, nada le alcanzaba para expresarse, para darme a sabe la intensidad del momento:

-Sigue, sigue, no pares, más, más, esto es lo que necesito, lo deseo con el alma, muero de placer.  Por favor, no te pares, ¡sácame la leche, exprímelas, ¡hasta que me duela!. – se detuvo a tomar aire para seguir vociferando placer.

La solté casi al filo del orgasmo, en el borde de la cama, dejar que se sentara, tomada de las manos recuperando el aliento, mirarme en sus ojos chispeantes, la mirada se me asemejó a una súplica silenciosa “te necesito”.  Sin salirme del clima, saqué sus zapatos de tacón alto, las medias haciéndolas deslizar con la suavidad de una pluma sobre sus piernas, mientras la caricia accidental sube desde los tobillos hasta la ingle, roza el triángulo mágico del sexo y desciende con la prenda hasta retirarla por completo, repetir la técnica con la otra.

Sin dejar de controlar mi obra por un instante, observando cada reacción, cada movimiento que van marcando los tiempos de su excitación, ahora la falda subida introduje las manos bajo sus nalgas, tomando con firmeza y decisión el borde de la bombacha de encaje, deslizo la prenda de su anclaje, ella asiente y favorece el deslizamiento, apoya sus manos en mis hombros y deja desnudar su intimidad.  En el desplazamiento de la prenda, se deja caer hasta apoyarse en sus codos, las pierna elevadas van descubriendo una frondosa y recortada mata de vellos púbicos bien negros, un oasis de deseo en medio de tanta blancura de piel.

Absorto en tamaña belleza, no puedo apartar la vista, es un imán que cautiva mi deseo y retiene mi atención.  La bombachita queda formando un collar de encajes en mi cuello y perfumando mis sentidos.  Cuando el deseo manda las otra razones se pierden en la nada, es ahora o nunca, volcarme  a beber de esa fuente es como la tabla al naufrago, como un poco de agua en el desierto.   Ese mar salado llena el sentido del olfato de los aromas más excitantes, el gusto de los jugos más deliciosos y el tacto con la textura cálida más delicada.

Cada lamida era replicada por un gemido, cada vez que ese clítoris era asediado por la lengua fue respondido con otro más profundo.   De pronto era un concierto de gemidos y bufidos producidos por el ahogo en el mar del deseo.   Las manos de Ernestina eran tenazas aferradas a mi nuca para sostenerla en esa posición, los movimientos enérgicos de su vientre traían las claras señales de un orgasmo inminente, los gemidos estrangulados en su garganta era un fiel reflejo del tránsito al clímax.

La vibrante excitación tenía pausas de rigidez y contracción, toda ella era un trozo de acero tenso para volver al ritmo y la excitación previa, esto se repite varias veces, tantas como alcanzó a tocar el cielo con las manos, asida de mi cabeza comenzó a decir una serie de obscenidades mas propias de un peón de su campo que de una dama refinada y culta como ella, pero ahora no era ella, solo era una mujer en estado de vulnerable deseo, expresando del modo más primario y elemental una situación placentera en grado superlativo.

– ¡Ah, ah, ah, qué bueno, lo sabía, lo sabía!   -decía a modo de gemido.

La escuchaba vociferar y la deliciosa queja del placer llenaba mis oídos de goce, entendía y comprendía el alcance de ese gemido, eso explicaba que no era ajena para nada a lo sucedido con sus dos hijas fogosas. Seguramente ese conocimiento encendió la mecha detonante de su deseo y vino por el mismo tratamiento, por cierto que estaba dispuesto a no negarme en nada.   Siempre había tenido la secreta esperanza de poder hacerle el amor, desde que conocí a su hermana no podía dejar de tener ese inconfesable deseo de poder saborear a esa hembra magnífica, que suponía y ahora confirmaba no había sido del todo apreciada y degustada por su marido.

Repuesta del tamaño orgasmo y apenas vuelta del éxtasis, era recibida por este diligente amante en total desnudez, con el miembro erecto, apuntándole amenazando con atravesar esa cavidad que había secado un momento antes. Sin salirse del lecho se desprendió del resto de prendas que alejó como un lastre indeseable, quería darme toda su salvaje belleza, entregarme ese deseo que llevaba mas de ocho meses sin conocer el sexo verdadero, solo sus manos habían visitado su nido de amor, la vez que se tocó con más deseo fue cuando me espió haciendo perder la virginidad de la menor de sus hijas, y desde ahí no pudo contener ese deseo de que ella también fuera carne de mi carne, cada noche era sumar un poco más de calentura.

La tetazas de Ernestina aprietan y frotan el miembro, lo ponen de tal modo, que en cada desplazamiento sus labios pueden darle una suculenta lamida.   La saliva favorece el deslizamiento, está realizando una fabulosa masturbación, me está llevando al camino de una atroz calentura y a ella otra vez al borde de otro orgasmo que apuro haciendo un poco de acrobacia para llegar con la mano al centro de su conchita.  Una vibrante postura de 69 nos puso en el centro de la cama, con  más comodidad y facilidad para concretar una de las fantasías de la mujer, otra vez sus jugos me llenan la cara en un nuevo orgasmo, debo luchar con la tenaza de sus muslos incontrolables al momento de expresar la alegría de sentirse otra vez tan mujer.

El disgusto momentáneo de haber sido egoísta y no dejarme ir en su boca se disipó tan pronto pude colocarle el miembro entre sus piernas.   Asida de los tobillos, las piernas levantadas al extremo, formando una V, me brinda la maravillosa visión de esa mata renegrida y brillante por el jugoso orgasmo.   Me acerco despacio, hasta apoyar el miembro justo entre sus labios, arrimar el cuerpo hasta sentir como el glande apoya contra esa boca vertical, un momento de silencio y calma, la quietud que precede a la tormenta…

Sin dejar de mirarla, separo sus labios para que los vellos púbicos se abran al momento del ingreso, inspira profundo, se toma todo el aire, como para la inmersión en la profundidad del amor sexual.   El miembro se va deslizando en ella, a pesar de dos partos el canal lo siento estrecho, ella contribuye presionando en todo el recorrido, sin pausa y sin prisa llego hasta que nuestros vellos se froten, es el momento del contacto pleno. Un momento de calma, reacomodar fuerzas e intenciones, y luego la maquinaria del amor se pone en marcha, los engranajes del deseo y la pasión van moviendo lento, venciendo la inercia de la calma, suave vaivén, para ir creciendo en ritmo y movimiento, en emoción e intensidad, en profundidad y fuerza. Tácito acuerdo de partes, nuestros cuerpos fueron una maquinaria dispuesta para el amor, acompasados en la danza del sexo, nos movimos al ritmo creciente que digitaba nuestra calentura. Otra vez ella se hacía oír, no podía contener ese deseo que la vence en cada ocasión…

-¡Sí, sí, más, más!  -verbaliza pocas palabras pero dice mucho.  – Luis, me estás matando de placer, hace tanto que no disfruto, ¡más adentro, más adentro!  – los ruegos ahora eran angustiosa súplica: – Más adentro, ¡más fuerte, más fuerte!

El deseo la vence otra vez, es de llegada rápida, me agrada, disfruto mucho con estos orgasmos rápidos, pero intensos, se nota que es algo hereditario, me place sobremanera que sean multiorgásmicas, cualquier macho se siente un súper hombre cuando se topa con una mujer, es una forma de placer incomparable.   La penetración profunda y sostenida la hacen venirse varias veces, como en orgasmo único y muy largo. El hecho de haber tenido en la mañana una extensa sesión de sexo con la menor de sus hijas y los cambios de posturas después de cada orgasmo más un adecuado y estudiado manejo del sexo me han permitido prolongar mi goce, pues disfruto más del trabajo del sexo que de la corrida en sí misma, tanto ella como yo disfrutamos del proceso.

Ahora era el momento que me había reservado, la había hecho disfrutar como se merecía, también había llegado el momento del mío propio.  Ernestina se había percatado que, si bien tenía una actitud activa totalmente sentía como que me faltaba algo para coronar la faena, había sentido como mis dedos primero en juego accidental y luego en franca caricia interior habían incursionado en su culito, pero esos envites tenían como el acto reflejo de sus actitudes defensivas. Sin salirme de ella, manteniendo un mínimo movimiento como de caricia interior con la pija para gozar los estertores y remezones de su orgasmo, me miró a los ojos, hembra agradecida, buscando ser condescendiente dijo:

– Me hiciste gozar como hace mucho tiempo deseaba, las chicas me contaron de lo bien que las hiciste gozar, mi cabeza voló de deseo, y vine a verte por que no soportaba un día sin probarte.  Necesitaba esto, pero ahora es tu turno, aun no has llegado.  No soy tonta, se bien que mi culo te atrae, me lo estuviste tocando y mirando todo el tiempo, no tengo experiencia, sabes como es mi marido, tan serio, antes de conocerlo probé una vez con el padre de una amiguita de colegio, fue una buena experiencia y ahora me estoy ofreciendo, podrías hacérmelo, sé que lo deseas más que yo.

En verdad era una maravillosa invitación, lo tenía bien formado y se veía tan estrecho que era más que una tentación. Lo deseaba con todas mis fuerzas, quería que fuera la frutilla de la torta, coronar una faena sensacional.

– Espera voy por un lubricante.

Solo encontré un aceite para la piel, que serviría para hacer más delicioso el transito al sexo anal. Con todo la paciencia del mundo, me tomé el tiempo para acariciarle el anillo anal, los gemidos y las sensaciones de placer la volvieron a liberar los deseos, era algo inédito en su memoria lujuriosa, sentía como entraba a gozar con solo el dedo recorriendo ese aro mágico, que de a poco aflojaba la tensión para relajarse y manejarlo a voluntad, se había entregado a la mano sabia, me dejaba dibujar el placer con el dedo entrando y saliendo de ella.   Ahora controlaba su esfínter anal, apretando a voluntad los músculos anales, dejándome preparar el camino de la felicidad.

Se dejó conducir a la postura de perrita, arrodillada, separadas las piernas, los antebrazos apoyados en la cama, volvió la cara para verme en los aprestos de sodomizarla, sonríe cuando me acerco a sus nalgas abro con las dos manos y con movimiento pélvico coloco el glande justo en el centro del ano, ahora sostengo con firmeza el miembro y empujo en el centro. La tensión duró poco, adecuada lubricación, confianza de la mujer y calentura hicieron el resto, la cabeza se perdió en el conducto aceitado y la sensualidad me llenó de placenteras sensaciones, la caricias en las nalgas hicieron perder tensión, el lento proceso de entrar y salir se fue haciendo más constante, aún así no podía ni quería irme con todo dentro de ella.  El momento era tan delicioso que no quería que nada alterara la situación, una palmada sorpresiva aplicada en su nalga la sorprendió, desconcentrada un instante, para cuando quiso hacerlo…

-¡Ahhhh!

Fue lo único que alcanzó a decir, todo dentro de ella, era el momento tan deseado, ahora esperar conteniendo la respiración, sentir como sus latidos me aprietan, es una maravilla, el calor de conducto es una sensación nueva y distinta, nunca había sentido una sensación así, con esta intensidad. Me quedé un momento, solo escuchaba mis latidos a mil y la respiración contendida de Ernestina, ahora la tenía empalada, ensartado en su carne, metido en sus entrañas.    Volví a moverme, despacio, lento al principio, hasta darle confianza, acostumbrarla a sentirme en ella, al poco tiempo nos estábamos moviendo casi al mismo ritmo. En cada salida sentía como cerraba el anillo sobre el miembro, era como si pujara para expulsarme y al entrar en ella se relajaba y me dejaba penetrarla con suavidad.   Repetíamos este movimiento al unísono, mientras el clítoris sufría el asedio de mi mano, que no le daba paz.

– ¡Ah, ah…!  – las palabras le salían entrecortadas cuando entraba en ella. – Qué bueno, papi, sigue, sigue, qué bueno es, mmmmm, qué bueno es…

Tamaña calentura no es posible seguirla por mucho tiempo, el movimiento se fue haciendo más intenso, más profundo, más nervioso, la calentura mía había llegado a su límite, no quería ni podía demorarme más, hubiera deseado que el metisaca fuera de por vida, pero la cuenta regresiva había comenzado, el semen va en camino a las profundidades de mi mujer.

– ¡Aguántame, aguántame, me viene, me viene, vieeenneeee…!

Fue lo último que alcancé a vociferar sobre su espalda.   La tenía asida de la ingle como para dejarla adherida a mi carne, con esa fuerza incontrolable que nos transforma en una máquina de sexo, un trépano que atraviesa el cuerpo de la mujer que sometemos, el instinto animal en su fase más primaria, tal vez es el momento que nos manifestamos en forma más natural, todo instinto, todo placer. Sentí el primer chorro como que me iba la vida con él, luego otro y luego no sentí más nada, solo me derrumbé sobre la espalda de ella, la mejilla sobre el dorso de Ernestina, adheridos en el mismo sudor, dejando que mi vida fluyera dentro del conducto anal.

Sin salirme de ella, nos dejamos caen, sosteniendo la cópula, con la verga aún dentro de ella.    Así nos sorprendió Laura, la menor de sus hijas. Como me sucedió cuando ella me sorprendió haciendo el amor con su hermana, ahora se volvía a repetir la misma escena, solo que ahora estaba metido dentro de su madre.   No dijo nada, se sentó junto a la madre y sonríe, me parecía que la sorpresa no fue tal, no me animé a preguntar pero se me hacía que esto había sido totalmente “causal”, pero qué importaba, como fuere, había sido maravilloso.

– Tío, no quisiera decirlo así pero… – Laura fingía seriedad cuando habla, y sigue: – Pero… mi silencio tiene su precio…

Me quedé sorprendido, pero con cierta duda, no me animé a anticipar opinión, esperaba en silencio a que terminara su frase, pero no pude, y como siguiéndole el juego:

– Bueno, veamos ¿cual es? – ¡Este!

Sin más dilación se levantó la falda y me mostró su culito.

– ¡Este!, ¡tenés que hacérmelo si no cuento lo que presencié! – Yo diría que debes aceptar,  es un chantaje, pero… creo te conviene  -intervino la madre, ambas se miraron, otra vez  cómplices.

Luego de una reparadora ducha, bocadillos y unos tragos, la escena volvió a la cama.   Para irme poniendo a tono, comenzaron a masajearme la pija, las caricias bucales alternadas, pasándose el “chupetín” de boca a boca, en el pase sus lenguas entraban en contacto, había sido espectador de besos entre mujeres, también de ella con su hermana, pero esto de hacerlo con su madre era algo que me superaba, y hacerlo con las ambas llevaba el morbo a un punto inimaginable, está por ingresar a experimentar una sensación que mi libido no había imaginado ni en su máxima calentura.  Tal espectáculo me puso en condiciones de uso en menos tiempo del pensado, ahora tenía dos espléndidas hembras dispuestas a dejarse coger, una toda juventud y en su fase de aprendizaje, la otra lozanía de su mejor momento.  Tendidas una al lado de la otra abiertas a mi deseo.

Espero el momento del avance, la madre viene a recibir el trofeo en su boca, ponerlo a punto es su tarea, remojarlo con su lengua, su especialidad, me lleva con delicadeza maternal al cofre de la hija, acompaña hasta que me lanzo en la profundidad de su carne, mientras comenzamos el ritual del acoplamiento, solícita me acaricia la espalda y las nalgas mientras me hago dueño de su hija. Cuando los signos del orgasmo van decreciendo es el momento del cambio, Ernestina está en posición de perrita, con los pechos sobre el lecho y la vagina bien expuesta para el contacto, los labios gruesos y depilados aún conservan el intenso enrojecimiento de la cogida, tentadores como hace tan solo unos momentos, ahora van por más, ahora saben que les espera.

Nada más apoyarme, toda la herramienta se desliza por ese tobogán de placer, mis vellos se pegan a sus nalgas marcando el límite, los testículos golpean su pubis en cada embestida, agarrado a sus muslos como al borde del abismo insondable del deseo, la hago carne de mi carne.   Sentirla estremecer en cada envión es un placer que se renueva y multiplica, cada bombeo gana en salvaje deseo, las carnes se comprimen, el metisaca toma violencia pasional.   La mujer pierde la noción, aferrada a la sábana vocifera:

– Sí, sí, sí, ¡más fuerte, más fuerte! – ¡Más, más!

No para de disfrutar, sacudirse, acompañando cada embestida con acción de retroceso, dirige las acciones:

– Así Luis, dame más, métela toda, bien adentro, te siento todo, amoooorrr… qué bueno que es, esto necesito, se deja mirar por Laura que le acaricia el rostro transfigurado por el placer,  sigue hablando, qué bueno es, sí como decías es un macho sensacional, me está abriendo toda, me mata, mmeeee…mataaaaa. –fue lo último que alcanzó a decir cuando el orgasmo le cortó el contacto con el mundo.

Se dejó robar por el placer, luego de unas vibraciones y sacudidas todo su cuerpo se tensó, afloja, dejándose vencer por el éxtasis.   Acompañé en ese momento de privado de goce, escuchando esos gritos del silencio, con la boca reseca y abierta, sin aliento, los ojos fuertemente apretados, respirando a borbotones. Laura estaba complacida con ver a su madre gozar, acaricia su cara, la besa, juntan sus labios y me sonríen.

– Nena, es todo nuestro, -dice mamá, la nena, asiente.  – Necesita mimos, necesita que nosotras le demos su premio, hace mas de media hora que está dándonos y él aún esta esperando su alegría, – Laura mira y la madre le prepara mi verga para que se empale ella misma. – ¡Ah, ahhhh!

Al segundo gemido ya la tenía metida en su conchita hasta el mango, removió sus caderas frotando sus vellos con los míos, mientras mamá frotaba el clítoris de la muchacha esta comienza el galope, ahora son dos amazonas montando a un brioso cuarentón que no puede dar crédito a tamaño goce, en pleno galope Ernestina me arrima una teta como si fuera cantimplora para el caminante del desierto, y vuelve a frotar a la niña hasta que esta se derrama en un orgasmo jugoso que llena de calor con sus jugos, agónico quejido pone el moño de placer.  La mirada encendida de lujuria y la tensión de mi cuerpo es el aviso, la madre la incita para acelerar el movimiento, todo se vuelve compulsivo, un segundo orgasmo está llegando a Laura y me invita:

– Vamos, vamos, papito, ¡dame, dame!  -vuelve a pedirme que acabe, que me corra dentro de ella: – ¡Quiero, quiero!, vamos, vamos no pares, dámela ya, me voooooy…

Justo en ese ahogo, me dejé ir, sus últimas sacudidas me llevaron con ella.   El semen brotaba dentro de la vagina mientras Laura se dejaba, vencida sobre mi pecho.

Al desmontar del empalamiento, la pija aún conservaba toda la rigidez, los jugos y restos de semen dan brillo a la pija que se mantiene enhiesta.    Es el momento de la gula, dos glotonas se disputan el sabor del macho, sus lenguas compiten en robarse el sabor del semen hasta dejarla perfectamente prolija y aseada. Las miradas lascivas de las dos mujeres, relamiéndose la miel de este macho, es una imagen digna de repetirse.   Tal vez soy más previsible o me habrán leído el pensamiento por que dijeron casi a dúo:

– Esto no queda así, lo vamos a repetir.

Luego vino la ducha, que como imaginaron, fue de a tres, y lo que sucedió el resto del día también es lo que están pensando.   Sí, ahora tuvimos sexo, el trío con madre e hija fue un acto antológico para mi, imágenes de lujuria imposibles de olvidar, aún ahora me producen una erección increíble de solo volar sobre ese recuerdo.

Me gustaría intercambiar experiencias y sensaciones, puedes comunicarte en mi correo.

Aujtor: Nazareno Cruz

latinoinfiel@yahoo.com.ar

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