Ascensor Fisgón

Saco la llave del bolsillo y la meto en la cerradura al abrir la puerta te encuentro en el baño, esas braguitas sexis, el sujetador que remarca tus pechos y postrada sobre el lavabo acercándote al espejo para pintarte la raya de los ojos, Con el culo hacia afuera como siempre provocándome y pidiendo guerra.
-Me ducho me arreglo y nos vamos- te digo -a mí no me queda nada- contestas.
Me meto en la ducha mientras tú acabas de vestirte y acicalarte, al salir tú ya estas lista, sólo de verte, ganas me dan de quedarme en casa y pasarlo bien los dos, pero nos esperan.

Llevas puesto este vestido gris de cuello alto de punto, que te llega a medio muslo con unas botas negras y debajo esas medias sujetas con liguero. No se te ve nada, pero deja a la fantasía lo que si se podría ver.
Yo me enfundo mis tejanos ajustados y una camisa negra me peino  y ya estamos listos para salir, aunque no sin antes, echarme esa colonia que a ti te gusta y te pone tanto.
Me dispongo a cerrar la puerta, pasas por delante mío y sin dejar de aprovechar el momento te doy un azote en el culito. Coges aire rápidamente para quejarte pero sabes que no debes hacerlo y en lugar de eso, te giras y metes tu lengua en mi boca, Me gusta que me lo agradezcas.
Cogemos el coche y vamos para Barcelona no podemos llegar tarde a la fiesta de cumpleaños de tu amiga, al llegar no tardamos en aparcar, buscamos la portería y llamamos al timbre, una cámara nos enfoca y nos saludan desde el interfono -hombre Cristina!!!!- nos abren la puerta y llamamos al ascensor.
Tú le das al botón del 6º, se cierran las puertas y el ascensor empieza a subir, me giro para mirarme en el espejo cosa que aprovechas para abrazarme por detrás.
El ascensor se para y se apagan las luces y nos quedamos con la penumbra de las luces de emergencia, esperamos unos momentos y el ascensor sigue sin funcionar.
El primer momento de pánico nos quitamos los abrigos para no sentirnos ahogados, pero poco a poco nos relajamos y todo se normaliza. Tu mano va derecha a tocar en Interfono de alarma, pero rápidamente te la cojo y evito desperdiciar una oportunidad así.
Me acerco a ti por detrás pegándome a tu espalda, notas mi miembro endureciéndose en tus nalgas y mis manos acariciando tus pechos sobre el vestido, el tacto de mis manos nota como tus pezones se ponen duros a lo que me hace suponer que ha sido buena idea.
Deslizo las dos manos por debajo del vestido, recorro tus mulos de arriba abajo tan sólo rozando tu pubis y echándote hacia atrás para que sientas mi polla en tu culo.
Te das la vuelta buscando mi boca pero aprovecho para bajar por tu abdomen hasta llegar a tus braguitas, noto con mi boca que ya están húmedas. Te las bajo y empiezo a comerte el coño estás completamente entregada, tus caderas se arquean hacia delante buscando mi lengua, tus piernas tiemblan, sueltas un gemido y  en ese momento siento un cálido chorro de flujo cayendo sobre mi boca, acabas de correrte.
Subo de nuevo, no sin antes pararme en tus pechos, esta vez eres tú la que se sube el vestido y los dejas al descubierto para qué mi boca juegue con ellos mientras tus manos desabrochan mi tejano.
Metes la mano por el pantalón y descubres que hoy no me he puesto ropa interior, empiezas a agarchate con la intención de meterte mi dura verga en la boca, pero esta vez soy yo el que te va hacer disfrutar  a ti. Te levanto y ya con mi polla fuera te pongo contra el espejo apoyando tus manos en el y empiezo a embestir. La imagen que tenemos delante es muy excitante. Una de mis manos baja hasta tu clítoris, tus caderas hacen un movimiento rítmico, una danza del placer. Con la otra mano te cojo del pelo para tener controladas mis embestidas ya no te puedes escapar, tiro de ti hacia atrás buscando meterla entera dentro de ti. Te muerdes los labios para evitar que se escuchen tus gemidos.
Un último gemido ahogado me indica que te vas a volver a correr y en ese momento de nuevo tus piernas tiemblan, y siento un líquido cálido cayendo por mis testículos. Eso me excita tanto que mi polla acaba explotando dentro de ti, unas últimas embestidas vacían nuestras tensiones.
La luz se enciende y el ascensor empieza a subir, sentimos como tu amiga nos llama desde arriba, rápidamente nos recomponemos la ropa antes de llegar arriba del todo.
Se abren las puertas y tu amiga nos espera.-¿ cómo habéis tardado tanto?-
– el ascensor se paró y no contestaban en el interfono- buena respuesta, yo no habría sabido salir mejor, del atolladero.
– ah, bueno es que ahora la compañía del ascensor ha instalado una cámara ven si hay alguien dentro y actúan más rápido, pero no sé por qué hoy han tardado más de lo normal-
nos miramos con cierto desconcierto, son unos segundos de sonrojo, pero automáticamente nos echamos a reír. -anda entremos y disfrutemos de la velada-

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Vecinos

Te desabotonaste la blusa. Te bajaste la cremallera de la falda. Te quitaste la blusa muy despacio. Te bajaste la falda. Respirabas fuego. Te latía la sien. Se te encharcaba el sexo. Te acariciaste los pechos. Te bajaste el tanga. No podías más. Tenías que liberar tensiones. Te frotaste con la palma de la mano derecha el pubis y subiste al cielo del placer

Comprendiste que te excitaba que te vieran. Provocar te ponía a mil. Adorabas ese juego de enseñar a escondidas a quien espía de igual modo.

Te miras desde niña en el espejo. No en espejillo chico. En uno en que quepa todo el cuerpo. Aprovechabas cuando salían tus padres para contemplarte en el grande del armario de su dormitorio. Pasabas horas frente a el. Ensayabas peinados imposibles, te disfrazabas con vestidos de madre que parecían agrandarse más allá de la lógica en torno a tu cuerpecillo desmedrado, te probabas zapatos de tacón en cuyo interior bailaban los pies a cada paso. El espejo grande te tomaba la mano y te guiaba por el mundo de la fantasía. Fuiste, según pasaron los años, princesa de cuento de hadas, cantante roquera, enfermera, noviecita del cantante Luis Miguel, mil cosas más frente al reflejo amigo.

Llegaste a esa turbadora e indecisa frontera que separa a la niña de la mujer y el espejo te vio entonces desnuda. Espiabas cada milímetro del cuerpo buscando algún signo externo de tu interna y confusa trasformación. Viste allí crecer tus pechos. Las manchitas redondas y oscuras ganaron relieve y textura de areolas. Se desperezaron los pezoncillos antes dormidos. Nacieron, como venidas en milagro, las primeras curvas en tu cuerpo anguloso. Levantabas los brazos y buscabas un oscuro atisbo de vello naciente en tus axilas. Hoy sonríes al recordarlo. Te impacientabas por tener lo que ahora eliminas. Clavabas la vista en tu vientre aguardando el despertar de los pelillos del pubis. Despertaron. Mes a mes se afinó tu cintura, se llenaron tus muslos, se redondearon tus caderas.

Años después, con diecinueve cumplidos, ya en cuerpo de mujer, te seguías contemplando, ahora en el espejo de tu cuarto. “Presumida nos ha salido la niña”, comentaba el padre. Lo que él no sabía era que, por la noche, te mirabas desnuda. Alzabas los pechos con las manos, te masajeabas los pezones para sentirlos crecer, te contoneabas, adelantabas una pierna por mejorar la perspectiva, te ponías de espaldas y volvías la cabeza en casi imposible torsión de cuello para verte por detrás. No te disgustaba tu cuerpo: altos los pechos, ni grandes ni pequeños, planos estómago y vientre, caderas quizá un puntín estrechas, los muslos largos, redondito el trasero. Los hombros un poco anchos, pero no se puede tener todo, qué caramba. No te veías fea: llena la boca, las cejas bien dibujadas, verdes los ojos, la nariz arremangada y un hoyuelo de lo más coquetón en la barbilla.

Una tarde viste una película policíaca en la tele. El detective de turno interrogaba al sospechoso en una habitación con espejo que, por la parte de detrás, permitía ver y escuchar el interrogatorio a los ocupantes del cuarto contiguo. Cuando, por la noche, te desnudaste, la escena te vino a la cabeza. ¿Y si el tuyo fuera uno de esos espejos? Instintivamente te cubriste el sexo con las manos. ¿Y si lo fuera? Menuda vergüenza. Tú desnuda y alguien mirándote. Una sacudida te recorrió el cuerpo. Quizá del otro lado del espejo dos hombres, tres, mil, te miraran y se masturbaran. Te invadió una extraña y caliente desazón. Te engolfaste en el pensamiento, fuiste repitiéndolo hasta dejarlo vacío de contenido. Te miraban. Sentiste humedad en la entrepierna. Te tocaste y mojaste el dedo de jugos.

Te miraban. Miraban tu cuerpo desnudo. Comenzaste a jadear y tu mano, sin voluntad o con voluntad propia, que ambas cosas vienen a ser lo mismo, tanteó el botoncillo carnoso del gusto. Así. Así. Ir y venir de corrientes eléctricas. Flujo y reflujo de mar. Te tocaste y había estrellas y torbellinos y algodón dulce y un placer redondo que todo lo engullía. Tú. El espejo. Ellos, desconocidos e ignorados. Sobre todo ellos.

Fue un orgasmo total que abrió nuevos caminos. Jamás habías sentido tanto. Comprendiste que te excitaba que te vieran. Provocar te ponía a mil. Adorabas ese juego de enseñar a escondidas a quien espía de igual modo. La ambigüedad. El ojo de la cerradura. Solías coincidir con el vecino de enfrente en el ascensor. Te saludaba y poco más. Quizá un comentario sobre el tiempo. Sabías que le gustabas. Estaba en esa edad difícil en que se tienen hijas de treinta años y amores imposibles de diecinueve. Se te quedaba mirando cuando os despedíais en el portal. Solía trabajar en casa. Escribía en los periódicos. Publicaba libros. Su ventana enfrentaba con la tuya, patio de luces en medio. Estuviste dándole vueltas a la idea un tiempo.

Cuando te decidiste a ponerla en práctica, el corazón daba golpetazos en la parte de dentro de tus costillas. No bajaste la persiana. No corriste la cortina. Tampoco miraste a la ventana. Te desabotonaste la blusa. Te bajaste la cremallera de la falda. ¿Se habría dado cuenta? ¿Estaría pendiente de ti? Te quitaste la blusa muy despacio. Llevabas el sujetador negro, el que mejor te sentaba, que estas cosas o se hacen bien o no se hacen. Te bajaste la falda. Un tanga a juego con el sujetador, delicioso y mínimo. ¿Y ahora qué? Fuiste al cuarto de baño y, sin encender la luz, miraste la ventana del vecino. No había luz. ¿Sería posible que no se hubiera percatado de nada? Un momento. Se había movido la cortina. Estaba allí. Seguro. A oscuras, para que no repararas en su presencia.

Respirabas fuego. Te latía la sien. Se te encharcaba el sexo. Tragaste saliva y volviste a tu cuarto. Te sentaste en la cama, frente a la ventana. Te quitaste el sujetador. Tenías los pezones endurecidos. No precisamente de frío. Enderezaste la espalda y simulaste interesarte en algo que quedaba fuera de la vista del vecino. Seguro que se estaba masturbando. Estaría tras la cortina, reteniendo la respiración, con la verga fuera de la bragueta y dale que te pego. Habías conseguido que un señor que cumpliría los cincuenta se la meneara como un crío. Por ti. A tu salud. Tenías el poder. Sabías aprovecharlo. Decidiste dar una vuelta más de tuerca. Te acariciaste los pechos. Los pellizcaste. Los amasaste. Los sobaste. Te estiraste los pezones. Subió la temperatura del patio de luces entre tu segura calentura y la más que previsible del vecino. Te bajaste el tanga. No podías más. Tenías que liberar tensiones. Te frotaste con la palma de la mano derecha el pubis en tanto seguías tocándote los pechos con la izquierda.

Mientras subías al cielo del placer, comprendiste que no estabas hecha para que tu nombre figurara en el santoral. Mejor que estuviera, con el número del móvil, en la puerta del váter de los chicos. Fue ese el pensamiento que te llevó más alto y abrió las compuertas de tu mar interior. Mal reprimiste un jadeo hecho grito que, de no acallarlo, hubiera hecho acudir corriendo a tus padres y a los bomberos. Quedaste desmadejada, sudorosa, en paz contigo misma y con el mundo. Te pusiste el pijama y apagaste la luz. Dormiste como un bebé. Dos días después volviste a coincidir con el vecino en el ascensor. Desvió la vista. Dijo un “buenos días” en murmullo. Nada más. Le miraste con disimulo la entrepierna. Tenía un bulto enorme. Sonreíste y decidiste darle aquella misma noche más ración de nena ingenua que se desnuda.

Hay quien vive para sus grandes ambiciones. Tú vives para tus pequeños vicios. Sobre todo para encelar a los hombres. Tal vez tengas algo desteclado por dentro. Hay mujeres que son noches estrelladas de invierno, por hermosas y frías. No estás entre ellas, pero casi. Eres arco iris, próximo e imposible al tiempo, que se deja ver al descuido. Pareces a la mano y no lo estás. Decía Oscar Wilde que cuando los dioses desean castigarnos, satisfacen nuestros deseos. Contigo los dioses premian. No castigan. Provocas. Te quedas en eso. Eres un monumento al deseo continuo. Te satisfaces sabiendo que te miran. A los mirones que les den por donde amargan los pepinos.

Te has convertido en una experta. Hueles el deseo de los hombres. Trabajas en una joyería. Las demás dependientas visten discretamente. Tú no. El encargado no te dice nada. Sólo mira. Lo tienes en el bolsillo. Las demás te llaman puta a tus espaldas. ¡Ya quisieran ellas ser la mitad de putas que tú! Llevas del pico a sus novios y a sus maridos, tan es así que tus compañeras no quieren que se pasen por la tienda, porque saben que sus hombres ven en ti lo que han olvidado que vieron en ellas el primer día.

Te agrada inventar historias en que tan pronto eres la reina como la última de las esclavas. Fabulas y, haciéndolo, construyes un mundo sólo tuyo que compartes con los ojos de los hombres. Rehúyes la realidad. Mientes, no por malicia, sino porque amas la belleza y sabes que sólo se debe decir la verdad si la verdad es más hermosa que la mentira. ¡Eso ocurre tan raramente!

Porque te odio y te adoro, compré en la joyería anillos que ni quiero ni necesito y broches que nunca regalaré a nadie, sólo por verte los pechos desnudos que muestras al inclinarte sobre el mostrador con ese escote imposible que revela tan claramente que prescindes de los sujetadores cuando viene al caso. Porque me desvelas, has conseguido que el insomnio sea mi compañero de cama. Porque me obsesionas, escribo sobre ti. Sé tu nombre y tu apellido y poco más. Hemos cruzado unas cuantas palabras en el ascensor – me hago el encontradizo- y te veo sin ropa cada noche al otro lado del patio de luces. Ignoro si te mirabas de pequeña en el espejo y si, de adolescente, te desnudabas y te contemplabas. Frente a mí lo haces y, como no puedo pensar en nadie que no seas tú, he hilvanado estos folios en lugar de escribir el artículo que están esperando en el periódico.

Te he recreado, he intentado hacer de ti algo vivo e inquietante, traducir en palabras algo de mi pasión, de mi impaciencia, de mi obsesión. No sé si lo conseguí. Aguardo la hora bruja de la noche para llenarme los ojos de tu gloriosa juventud. Y me masturbo, claro que sí, en eso no te equivocas. Con desesperación. Con añoranza. Sabiendo que he alcanzado la edad en que los ojos son para quienes me rodean y la mano es para mí solo. ¡Quién iba a decirme que perdería el juicio por la vecinita de enfrente! Cosas que pasan, pechos bonitos, culo glorioso, sexo esplendoroso. Cosas que ocurren, vecina mía.

Autora: Trazada30

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Una tarde cualquiera

Se la metí por detrás, podía ver su cara de placer y ella la mía en el espejo, le tocaba los pechos y le pellizcaba los pezones, cuando yo estaba a punto de correrme paré, pero como ella tenía ganas de verme la cara mientras yo estaba de rodillas detrás de ella, fue ella la que empezó a moverse hacia delante y atrás cada vez con más fuerza hasta que al final acabé corriéndome.

Esto ocurrió una tarde del verano del pasado año, era el primer fin de semana de mis vacaciones de verano y había ido a pasar tres semanas en casa de mi novia ya que ella solo tenía vacaciones la última semana del mes. Habíamos pasado todo el día tomando el sol en la piscina, debido a que mi novia es bastante blanquita de piel y en seguida se quema,  decidimos irnos a casa para darnos una ducha y para que ella se pudiera poner alguna crema para evitar que le dolía luego por culpa del sol.

Al llegar a su casa sus padres y su hermano no estaban en casa y decidimos meternos los dos juntos en la ducha, dentro de la ducha nos íbamos besando y enjabonando el uno al otro. Una vez que dimos por terminada la ducha ella me pidió que le pusiera crema por el cuerpo, que ella sola no puede darse bien, y está claro que mi respuesta fue si sin pensarlo un solo segundo, ella se quitó la toalla que había utilizado para secarse y se quedó totalmente desnuda delante de mí, mide casi 1`70, es morena y tiene unos bonitos pechos redonditos, duros y bien arriba como a mí me encantan.

Se quedó de espaldas delante mío y me dio la crema para que empezara a dársela primero por la espalda, como comprenderéis tener esa belleza delante mío y desnuda es casi obligatorio intentar meterle mano cosa que no tardé mucho en hacer. Al principio le iba frotando la espalda con la crema y poco a poco iba bajando más mi mano y tocando su culo, primero suavemente y luego con un poco más de fuerza con una mano o con las dos, para luego, mientras le tocaba el culo con la otra, le iba tocando los pechos, todo esto delante de un espejo que tiene justo en el centro de la pared en su habitación, con lo que rápidamente me iba excitando y mi erección era bastante considerable…

Ella se dio rápidamente cuenta de lo dura que la tenía ya que estaba justo pegado a ella y solo llevaba una toalla que era la que había utilizado para secarme, se dio la vuelta y nos empezamos a besar lentamente pero rápidamente la cosa fue a más y empezamos a besarnos con fuerza, casi sin darnos cuenta estábamos en la cama tumbados besándonos y acariciándonos, yo le tocaba los pechos y cada vez bajaba más la mano hacia su pierna hasta que finalmente empecé a acariciar su sexo, primero con toda la mano, lentamente, y luego poco a poco, cuando noté que estaba húmedo (cosa que no tardó mucho en pasar) iba tocando su clítoris y sus labios con el dedo mientras le iba lamiendo el pezón que estaba ya en ese momento muy duro y erecto, finalmente le metí el dedo mientras ella me cogía la polla y la iba acariciando lentamente.

Decidí que era el momento de hacer algo más y empecé a besarle los pezones para ir bajando lentamente hacia su barriga, le besaba el ombligo hasta que finalmente llegué a su sexo, al principio besaba lentamente para luego empezar a lamerlo mientras con el dedo le acariciaba el clítoris, ella comenzó a suspirar, cosa que me encanta y hace que me ponga aún más caliente, cuando ya llevábamos un rato en esta situación me dijo que parara, que estaba a punto de correrse y aun no quería, me dijo que me tumbara que ahora era su turno.

Como buena persona que soy me tumbé y la dejé hacer, empezó besándome por todo el cuello y haciendo una de las cosas con las que sabe que me deja indefenso, iba pasando su lengua por mi oreja lentamente para ir bajando hacia el cuello y empezar a besarlo y darle pequeños mordisquitos, cada vez iba bajando más…

Primero se entretuvo en mis pezones, a los que daba besos y pequeños mordiscos, e iba bajando, hasta que finalmente llegó a mi entrepierna. Cogió mi polla con una mano y me iba masturbando lentamente hasta que finalmente se agachó del todo y empezó a pasar su lengua por la punta, yo estaba a 100 y con unas ganas locas de soltarlo todo…

Empezó luego a lamerla toda una y otra vez y finalmente se la metió en la boca y me iba masturbando lentamente para luego ir acelerando, era una pasada, ya no sabía donde meterme, cuando hacía un rato que estábamos,  le dije que se diera la vuelta y hacer un 69, ella rápidamente se la dio sin dejar de lamérmela y yo empecé a hacer lo mismo con ella, mientras se lo iba comiendo la iba masturbando con el dedo hasta que finalmente no pudo más y se corrió, cosa que me encanta, porque la oigo como suspira de placer…

En ese momento ella se dedicó por completo a mi polla, se la metía y sacaba de la boca y en algunos momentos lamía la punta con la lengua hasta que al final empezó a masturbarme también con la mano, yo ya no podía más y me corrí llenándole la cara, el pelo y el pecho de semen, fue una pasada.

Nos volvimos a meter en la ducha y nos quedamos los dos desnudos en su cama viendo un poco la tele, cuando los dos ya nos habíamos recuperado de lo anterior volvimos a empezar a besarnos, parece que esa tarde estábamos los dos muy calientes, los dos teníamos muchas ganas de hacerlo, ella bajó su mano y me cogió la polla que no tardó nada en volver a ponerse dura y me dijo que tenía ganas de hacerlo. Saqué un condón de mi neceser que le di a ella, rápidamente me lo puso y me dijo que era ella la que quería llevar la situación, yo me quedé tumbado como estaba, se colocó encima de mi y se la metió lentamente, yo notaba como iba entrando y veía su cara de placer al metérsela, al principio ella se movía lentamente, movía su culo arriba y abajo y cada vez iba acelerando más mientras yo le besaba los pechos y le acariciaba su duro culo, cosa que según ella le encanta…

Estuvimos así un rato luego me dijo que me pusiera sobre ella, después de un rato me dijo que le apetecía hacerlo delante del espejo, cosa que nos da mucho morbo a los dos, pero que quería ver mi cara en el momento de correrme (según ella que parece que me están pegando en ese momento por la cara que pongo) así que se puso de rodillas apoyando sus manos al final de la cama y se la metí por detrás, al principio lentamente, poco a poco iba acelerando mi ritmo, podía ver su cara de placer y ella la mía en el espejo, mientras se lo hacía me tumbé sobre su espalda y le tocaba los pechos y le pellizcaba un poco los pezones, cuando yo estaba a punto de correrme paré porque aun no me apetecía, pero como ella tenía ganas de verme la cara mientras yo estaba de rodillas detrás de ella, fue ella la que empezó a moverse hacia delante y atrás cada vez con más fuerza hasta que al final acabé corriéndome.

Nos quedamos después de esto un buen rato tumbados hasta que decidimos vestirnos y aprovechar el buen día para ir a cenar fuera.

Espero que os haya gustado esta historia y que si queréis dar vuestra opinión…ya sabéis, hasta otra.

Autor: Mishu

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Camisa nueva

Sentí sus huevos golpeando entre mis piernas, su aliento caliente soplando sobre mi nuca. Comencé a masturbarme mientras me esforzaba por no perder ni una sola de aquellas nuevas sensaciones. Él empujaba su verga dentro de mí como si fuera la única cosa en el mundo, y abordamos ese tren del cual es imposible bajarse. La cresta del orgasmo nos fue llevando al borde mismo del placer.

El joven estaba recargado. Parecía no mirar a nadie ni enterarse de lo que sucedía en la atestada calle llena de transeúntes. Fumaba tranquilamente, con lentas chupadas y exhalando el humo con un placer que me hizo desear volver a tener un cigarrillo entre mis dedos.

Lo miré apenas un par de segundos, pero algo en su porte, en sus ajustados pantalones vaqueros, raídos en las rodillas me hizo girarme para darle un segundo vistazo. Creí que lo había hecho discretamente, pero sus ojos color de miel capturaron mi mirada. Se había dado cuenta de que lo miraba a él, y no el aparador de ropa que tenía delante. En vez de mirar hacia otro lado, me quedé absorto en sus mejillas hundidas y sin afeitar, en sus labios rojos, tan exquisitamente delineados como los de una mujer y en las largas pestañas por las que el humo azul parecía entretenerse.

Tal vez me excedí en mi análisis, porque el joven exhaló una nueva bocanada de humo mientras la mano que descansaba en el bolsillo de sus vaqueros hizo un imperceptible movimiento hacia su entrepierna. A lo mejor nadie más se había percatado de ese movimiento, pero yo sí. Sus dedos largos y huesudos rozaron el bulto de la entrepierna. No pude evitar mirarlo, y una sonrisa sensual y despectiva al mismo tiempo afloró en su boca al darse cuenta de que lo estaba mirando.

Los colores subieron a mi rostro. ¿Qué me estaba pasando?. Jamás había hecho algo semejante. Apreté el maletín de cuero con los papeles de mi oficina mientras entraba en la tienda de ropa, como única opción para escapar de la vergüenza de haber sido descubierto mirando el paquete de otro hombre. Dentro, una joven rubia se acerco a preguntarme si podía ayudarme. Le señalé unas camisas horribles de colores chillones que seguramente no combinarían con el severo traje gris que llevaba en ese momento. Ella no hizo ningún comentario y entro al almacén a buscarlas. Miré hacia la calle a través del aparador. El joven seguía recargado en el portal. Por si todavía me quedaba alguna duda, la sonrisa sensual y perversa aún estaba en su cara, y la mano sobaba la ahora más notoria protuberancia de su entrepierna, esta vez completamente seguro de que lo estaba mirando.

Me volteé al instante, justo cuando la vendedora regresaba con un surtido variado de camisas que bien podrían formar parte de un arco iris. Tome una al azar, tratando de discernir porque un hombre de 35 años, felizmente casado y con una vida familiar plena y feliz podía sentirse turbado ante aquel muchacho callejero.

La dependienta dio muestras de comenzar a sentirse molesta ante mi total estupidez para elegir una camisa. Yo ni siquiera miraba las prendas. Trataba de serenarme y juntar valor para mirar si el joven ya se había marchado. Una voz a mis espaldas me saco de mis infructuosos intentos.

– No creo que eso combine con tu guardarropa – dijo una voz ronca. Una voz de fumador, sin duda.

Me di la vuelta sabiendo a quien pertenecía aquella voz. Había dejado el cigarrillo afuera, pero el aroma del tabaco parecía envolverlo como un perfume. Sin pensarlo aspiré el aire como si pudiera aspirarlo a él al mismo tiempo.

– Su amigo tiene razón, -señaló la señorita – porque no me deja mostrarle algo más, ¿conservador?

Seguramente tomó mi estúpido silencio como una respuesta, pues dio media vuelta y desapareció nuevamente. Me quedé a solas con mi nuevo amigo. No supe que decirle. Sus ojos miel y su media sonrisa aun tenían el poder de adormecer mi inteligencia. El se dio media vuelta, mirando los artículos. Mis ojos le siguieron como un perro hambriento. Los desgastados jeans se ajustaban a su cuerpo delgado como una piel azul y desteñida. Llevaba una playera que había tenido sus buenos tiempos, pero que ahora solo dejaba transparentar las paletas de su espalda, por la que irremediablemente mi vista resbaló hasta su trasero. Debo reconocer que sin el poder de su mirada analizándome pude disfrutar de la vista de su cuerpo estilizado y fuerte al mismo tiempo. Se giró de repente, y de nuevo me sentí descubierto como un niño pequeño que hace una travesura. Otra vez, no pude abrir la boca, y su sonrisa, algo burlona, me llenó de vergüenza.

La mujer salió de atrás con media docena de camisas. Esta vez de colores muy tenues o blancas, y antes de que pudiera entregármelas, el muchacho las tomó.

– Necesitamos probarlas para ver como combinan – le informó, y ella nos señaló los vestidores.

El joven me indicó el camino y yo le seguí mansamente. El probador era amplio, y entré esperando que el joven me entregara las camisas. En vez de eso entró conmigo y cerró la puerta. El sonido del pestillo al correrse me hizo temblar. No entendía como podía sentirme así por la presencia de aquel joven. El, por el contrario estaba de lo más tranquilo, en completo control de la situación.

Tomó mi saco y me lo quitó. Aflojó mi corbata, mientras yo aspiraba su aroma al tenerlo tan cerca de mí. Me desabotonó la camisa con sus manos largas y finas. Vi que tenía los antebrazos cubiertos por un fino vello oscuro. Sacó los faldones de mi camisa jalándolos para liberarlos de mis pantalones, y abrió mi camisa. Pensé que me la quitaría, pero en vez de eso se inclinó y besó mis tetillas. Me sorprendió. No había siquiera imaginado lo que sucedería allí dentro cuando lo seguí, pero sentir sus labios en mi pecho me hizo sentir una oleada salvaje de calor que me recorrió todo el cuerpo y borró cualquier sentido de coherencia que aun me quedara.

Lamió mis pezones suavemente, y de pronto los mordió. Casi grito. Primero de dolor y luego de sorpresa. El me sonrió con esos labios sensuales, llenos como los de una mujer, pero masculinos por estar rodeados de duro vello sin afeitar. Me empujó contra la pared del vestidor y me acarició los pechos como si fueran los de una mujer, masajeando la carne como si pudiera exprimirlos y una mirada de deseo febril opacó sus ojos. Sus labios se acercaron a los míos y me metió la lengua en la boca de forma imperiosa y salvaje. Mi primer beso con otro hombre, pensé, al tiempo que él me quitaba la camisa y la arrojaba al piso.

Sus manos descendieron hasta mi trasero, y aun sobre la tela de los pantalones sentí la demanda de su caricia.

– Quítatelos – me dijo en un susurro.

Por supuesto que no me moví. Llevaba ya media hora bajo su hechizo y las cosas no estaban precisamente bajo mi control. El lo hizo por mí. Desabrochó mi cinturón y yo solo miré sus manos. Desabrochó mi pantalón y yo solo miré su rostro sin afeitar. Bajó el zíper y yo solo miré su boca, entreabierta y húmeda. Me bajó los pantalones hasta los tobillos, y yo solo sentí ahogarme en aquel pequeño cubículo demasiado pequeño ahora para contenernos a los dos.

Fui consciente de que mi ropa interior no ocultaba mi grado de excitación. Mis conservadores bóxers blancos mostraban una enorme protuberancia, y el joven se inclinó para deshacerse de ellos. Mi pene saltó como un resorte, gordo y tieso, con la punta roja e hinchada como en las mejores épocas de mi adolescencia. El joven tomó mi verga con una mano, mientras con la otra me mantenía pegado a la pared. De cuclillas, aproximó su rostro a mi verga. Restregó sus mejillas ásperas y rasposas contra la sensible piel del glande. La caricia pareció recorrer un camino incendiado hasta mi cerebro. Ahogué un quejido, consciente de que afuera estaba la vendedora, y me mordí los labios cuando la mano descendió hasta mis testículos y los apretó con fuerza. Mi pene pareció crecer aun más con el ataque de aquella caricia. Una gota transparente asomó por la punta y la lengua del joven asomó para lamerla. El aleteo de su lengua, apenas percibido, fue suficiente para hacerme temblar de excitación. Su boca se abrió como una cueva y me engulló por completo.

Ya antes me habían mamado la verga, pero fue como si fuera la primera vez. Tomé su cabeza con mis manos y lo empujé hacia mi entrepierna, enterrando sus ojos entre los rizos rubios de mi pubis. El mantuvo el control y mi verga salió, mojada con su saliva. Me chupó un par de minutos más y se apartó.

– Tu turno – me informó, poniéndose de pie y desabotonando sus jeans.

Me quedé tieso como una piedra. En mi inexperiencia jamás había llegado a pensar que las cosas llegarían hasta aquel punto. No me dio tiempo de pensarlo. Me obligó a inclinarme y terminó de abrir su bragueta. En apenas unos segundos el glande color melocotón estuvo frente a mi boca. El pene, a diferencia del mío, era delgado y largo. El bulbo de su cabeza goteaba también, y el característico olor del semen inundó mis fosas nasales. El vello púbico era oscuro, como el de sus brazos, y ascendía hasta su ombligo, afinándose en el camino. No quiso esperar más y guió su verga hasta mi boca. Lo acogí con una extraña mezcla de asco y placer. Aquella cosa parecía estar viva. Latía entre mis labios y entraba y salía al ritmo de su deseo. Mi boca se hizo agua y el sonido de chapoteo me pareció que podía llenar toda la tienda. Me aparté, apenas consciente del deseo que ahora nos embargaba a ambos.

Traté de incorporarme, pero él me mantuvo donde estaba. Empujó mi cabeza hasta hacer que mi frente tocara el piso. Con los pantalones arrollados en mis tobillos poco pude hacer para impedirlo. Su mano acarició mi espalda, mis riñones y llegó hasta mis nalgas separadas. En aquella posición, mi culo estaba expuesto y abierto. Sus dedos llegaron hasta aquel lugar privado y lo asaltaron sin aviso. Un rayo de sensaciones recorrió mi espina dorsal, cuando la sensible zona anal se vio de repente acariciada por sus dedos.

Nuevamente, hubo poco tiempo para analizarlo. Se posicionó detrás de mí y enfiló su verga, delgada y tiesa, al agujero de mi culo. Supe que me penetraría y una parte de mí pensó en revelarse ante lo que se avecinaba, pero otra parte, mucho más aventurera, quería probar cómo era aquello, y dejé que las cosas siguieran su curso. Con un poco de saliva, mojó mi ano, y poco después lo sentí posicionarse. La cabeza de su verga presionó el esfínter y a pesar de ser mi primera vez, pude sentirlo entrar sin dificultad. Fue mucho más sencillo de lo que esperé. Tal vez se debió a mi calentura, o a que él sabía hacerlo muy bien, pero el caso es que casi no me dolió, apenas una ligera incomodidad en un principio, y luego, la magia de saberlo y sentirlo dentro de mí, me hizo sentir que era capaz de muchas otras cosas.

Sentí en mis nalgas la caricia de su vientre velludo, sus huevos golpeando entre mis piernas, y su aliento caliente soplando sobre mi espalda. Comencé a masturbarme mientras me esforzaba por no perder ni una sola de aquellas nuevas sensaciones. Él empujaba su verga dentro de mí como si fuera la única cosa importante en el mundo, y pronto abordamos ese tren del cual es imposible bajarse. La cresta del orgasmo nos fue llevando al borde mismo del placer, y ni caso hicimos de la vendedora, que desde fuera preguntaba si todo estaba bien…Y todo estaba muy bien.

Sentí como se venía dentro de mí. Los espasmos de su pene arrojando su semen en mi interior. Los espasmos del mío llenando de semen mi camisa arrugada y tirada en el piso. Caímos desmadejados y exhaustos. Y aun con su pito en el culo, pude por fin presentarme.

– Hola, me llamo Andrés – le dije mirándolo a través del espejo del vestidor. – Yo soy Mark, o al menos así me conocen mis amigos – dijo, mientras su pene se removía en mi interior.

El pene de Mark salió de mi culo, y yo me apresuré a salir de aquel vestidor.

– ¿Encontró algo de su agrado? – preguntó la señorita al vernos salir, y como azorado y sudoroso no le respondí, agregó- si, ya veo que si – dijo al ver que llevaba puesta una de las camisas de la tienda, pues la mía estaba por el momento inservible.

Pagué la camisa y salí rápido de la tienda, al tiempo que le daba un apretón de manos a Mark, tratando de grabar en mi memoria su enigmática sonrisa. Eché a andar y no pude evitar mirar atrás. Había prendido un cigarrillo, y me hizo una señal de despedida con la mano al tiempo que se acariciaba el paquete con la otra. Le sonreí, contestándole el saludo.

Tres semanas después mi esposa me encontró rebuscando en mi guardarropa.

– Qué tanto buscas, ¿amor? – preguntó en ese tono que solo una esposa sabe desarrollar, al tiempo que continuaba atenta con su maquillaje, preparándose para irse a trabajar. – Nada – contesté estudiadamente distraído- estoy revisando mi ropa. – ¿Buscas algo en especial? – preguntó aun sin voltear a verme. – No. Creo que me hace falta renovar algunas camisas.

Ella delineaba sus labios delicadamente con un labial rojo, mientras yo estaba ya pensando en dónde iría a comprar mi nueva camisa.

Si te gustó, házmelo saber.

Autor: Altair7

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En la tienda de ropa

La visión de la chica con su culito al descubierto me dejó atónito. Mi gran sorpresa fue poder ver en el reflejo del espejo, que la parte de delante del tanga había quedado atrapada en el tejano a medio bajar, fue ella la que se quería morir de vergüenza. Pero después de unos segundos tapándose la mano con la boca, y mordiéndose el labio inferior se bajó los pantalones y el tanga hasta las rodillas.

Creo, que después de leer muchos relatos de esta página, durante meses, pensando que eran fantasías o falsedades de sus visitantes, el destino quiso demostrarme que quizás muchos de ellos sí que eran verdad.

Soy un hombre casado desde hace 6 años. Un sábado por la tarde acompañé como muchos otros sábados a mi mujer al Zara a comprar ropa. Ella tiene la costumbre de querer que entre con ella en el probador para decirle que me parece el modelito que se prueba. Siempre le pido que vayamos temprano, sobre las 4 de la tarde más o menos para evitar aglomeraciones.

Aquel día cogió bastante ropa y nos dirigimos hacia el probador. Yo ya me resigné para pasar un buen rato aburrido detrás de la cortina que debería sujetar para que nadie pudiera verla desde fuera.

Dada la hora había sólo un probador ocupado, a lo que mi mujer respondió dirigiéndose al otro extremo de los probadores. Al ver mi cara de asqueo por repetir siempre el mismo ritual y al haber un taburete en el probador, me perdonó el tener que sujetar la cortina.

-Siéntate si quieres, puede que tarde un poco y total estamos solos.- me dijo.

Tras varios cambios de prendas, y alguna exhibición de pecho por parte de mi mujer (lo hace a menudo en el interior de los probadores), pude ver como una chica joven entró en el probador de delante nuestro. Los dos probadores estaban en el extremo del fondo de un pasillo, uno delante de otro. Yo estaba sentado en un taburete en la esquina interior con la espalda apoyada en la pared que era la continuación de la del fondo del pasillo.

Mi mujer al entrar corrió la cortina lo máximo que pudo hacia la entrada del pasillo (para tapar ángulo a quienes podían entrar al pasillo), dejando cerca de un palmo descubierto por el lado de la pared del fondo. La recién llegada tuvo la misma reacción, con lo cual, al estar yo pegado a la pared, por el espacio de la cortina de mi mujer y de la recién llegada podía ver perfectamente la joven, y su reflejo en el espejo.

Cuando lo vi pensé que la chica daría cuenta de la situación y cerraría el otro lado de la cortina. El corazón me dio un vuelco cuando aquella joven me demostró que no se había percatado de mi presencia y se quitó la camiseta que llevaba. No me podía creer que podría ver una chica (que quiero pensar que era mayor de edad, si lo era, por los pelos), con un cuerpecito estupendo en ropa interior.

De repente me percaté que la chica buscaba la prenda que quería probarse. Sorpresa mayúscula: Un sujetador. Entonces pensé en la peligrosidad de lo que podía venir. Podía ser descubierto por mi mujer, y condenado a una pena que todavía desconozco. Por eso decidí ir mirando de vez en cuando a mi mujer haciendo señales y muecas, para que viera que estaba atento a los modelos.

El súper momento llegó, y reflejados en el espejo del probador de delante por el palmo libre que quedaba en la cortina pude ver los pechos bien formados, con una marca del sol dejada por un bikini, de una chica que ni se imaginaba que un señor de cerca de 30 años se estaba poniendo a mil, junto con un sentimiento de remordimiento tremendo. No puedo sacarme de la cabeza esos pechos y sus suaves y rosados pezones.

De repente quise morirme. La chica se tapó aceleradamente. Me pilló. Me puse tremendamente nervioso. Empecé a taparme la cara como si tuviera dolor de cabeza, no quería levantar la mirada.

Unos segundos más tarde volví a mirar hacia el otro probador. La joven estaba con el sujetador nuevo esperándome para cruzarme una mirada de odio y enfado terrible. No sabía como reaccionar. Tenía miedo que pudiera quejarse a las dependientas o a mi mujer.

Entonces reaccioné y pude mover mis labios disimuladamente para hacerle entender que quería decirle:

-Perdóname.-

Ella me continuó haciendo mala cara, pero entonces vi un punto de inflexión. Me hizo un movimiento con la mano como de -Te voy a zurrar-, y esbozó una leve sonrisa a la vez que movía la cabeza como diciendo que no. Entonces vi que el show acabaría porque ella se dirigió a cerrar la cortina. Pero en el último momento creo que pensó, que en definitiva ya se las había visto, y tras una expresión corporal de -¡qué carajo!- se volvió a quitar el sujetador sin cerrar la apertura de su cortina. Encima no dejó de mirarme mientras lo hacía.

Con sus perfectos pechos al descubierto y mirándome fijamente parecía preguntarme:-¿Qué te parecen?- a lo que yo respondí con un asentimiento de cabeza y movimiento de cejas. Aquí vi que la chica quería aprovechar la situación para conocer la opinión de un hombre sobre su físico, y aprovechando que era el único que podía ver el interior de su probador se giró de espaldas y se bajó sus tejanos dejándome ver un precioso tanga de color carne.

La visión de la chica con su culito con la marca del sol al descubierto me dejó atónito. Mi sorpresa fue grande al poder ver en el reflejo del espejo, que la parte de delante del tanga había quedado atrapada en el tejano a medio bajar. El principio de su incipiente, pero claramente marcado vello púbico quedó a mi vista.

En ese momento fue ella la que se quería morir de vergüenza. Pero después de unos segundos tapándose la mano con la boca, y mordiéndose el labio inferior, el gran final, se bajó los pantalones y el tanga hasta las rodillas. Sólo duró un segundo o dos. Después cerró definitivamente la cortina. A partir de ahí tuve que empezar a intentar bajar mi excitación. Os podéis creer que incluso temblaba.

Al final descubrí una posible pista sobre la edad. En la cola de la caja volvimos a coincidir, y pude apreciar por su cara posiblemente unos 18, una preciosidad…

Si lees este relato y eres la chica, por favor ponte en contacto conmigo. Me gustaría decirte el buen rato que me hiciste pasar. Una sensación que nunca había sentido de peligrosidad y erotismo. ¿Será indispensable decir el centro comercial donde ocurrió y población?

Si alguna chica quiere practicar estos encuentros, pongámonos de acuerdo en que probador.

Autor: ioannidis

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La tanga y el espejo

Me levanto, rompo su tanga con una tijera y comienzo a introducirme en ella, ella se tomaba con sus manos de los hierros del respaldo de la cama, su cuerpo temblaba, por primera vez empezó a gemir y gozar como si hasta ese momento no se lo hubiera querido permitir, me dice, quiero que me veas acabar. Y así sucedió mientras yo miraba a través del espejo su cara exhausta.

Luego de una noche de mucho calor me levanto a las 9 hs., preparo mi desayuno y recuerdo que había apagado mi celular, al encenderlo me encontré con una llamada perdida de una chica que había conocido unos días atrás en un bar. Su nombre era Sandra.

Al recordar su belleza y buena onda sin dudar marqué su número, me atiende una voz muy suave a la cual le digo:

-Sandra. -Si soy yo. Fue su respuesta.

Le consulté por su llamada. En un primer momento se hace la desentendida y me dice no, que quizás se había equivocado.

Ante mi sorpresa, inmediatamente oigo una risa burlona la cual fue acompañada por su voz diciendo

-Si yo te llamé porque quería encontrarme con vos, pero al no atenderme no se si tengo ganas aún.

Le explico del porqué no la pude atender y la invito a cenar ese mismo día. Por un momento se produjo un largo silencio hasta que escucho:

-¡Si quiero!

Luego de los preparativos del caso voy a su encuentro. Llegué al restaurante a las 22 hs., luego de un momento la veo entrar con una musculosa azul que hacía juego con sus ojos y una minifalda que me permitía observar sus piernas, las cuales tenían un gran entrenamiento físico.

Cenamos y al terminar le propongo llevarla a su casa en mi auto, me da la dirección y partimos juntos. Al llegar me invita a pasar a su departamento. Ni bien entramos al ascensor me da un beso en la boca, da un paso atrás y no deja de mirarme de una manera muy inocente.

Al entrar a su departamento me invita a tomar una taza de té, luego de conversar me levanto a enjuagar las tazas. Sandra viene tras de mi, ya casi estoy por terminar cuando ella se coloca de espaldas frente a mi, coloca su cuerpo contra el mío y al no poder disimular mi grado de excitación comienzo a besar su cuello, me veo sorprendido al verla retirarse dejándome solo en la cocina. Decido seguirla, pero la puerta de su habitación se cierra en forma fuerte.

Espero unos minutos hasta que la puerta se abre voy sin dudarlo y me encuentro con Sandra que solamente tenía puesto una tanga de color rosa. Y me dice:

-Esta tanga es lo único que no me podes sacar.

La tomo de la cintura y la empujo sobre la cama. Con mi boca y lengua no dejé de recorrer cada parte de su cuerpo, hasta llegar al lugar que ambos deseábamos, bajo su tanga solo hasta poder ver su vagina, la cual comienzo a besar muy suavemente, comencé a utilizar mis dedos y lengua, pero ella se levanta y oigo:

-Todavía no es el momento.

No comprendo bien lo que me quiso decir pero decido continuar.

Ella se sube la tanga la cual no me dejó quitársela por completo, me hace sentar en un sillón y coloca frente a mí un espejo de 1,5 m de altura.

Yo solo tenía colocado un bóxer, me lo quita en forma violenta, lo arroja, mientras el espejo me permitía no olvidar su culo y piernas, ella comienza a lamer mi pene de arriba hacia abajo como si se tratara de un helado, sus técnicas eran increíbles, usaba su lengua de una manera desconocida para mí. Lo lamía, besaba, lo refregaba sobre sus labios, lo tomaba con su mano y lo golpeaba fuerte contra su lengua, mientras no dejaba de mirarme a los ojos de una forma muy atrapante.

Ya no podía contenerme, me incorporé del sillón y al darse cuenta de mi estado, Sandra sacó su lengua y la colocó como si fuera una cuchara y finalmente sucedió lo que ella buscaba. Fue como destapar una gaseosa que previamente fue muy agitada. Ella lo bebía y esperaba más, hasta que empezó a utilizar su lengua como lo hace una víbora sobre la punta de mi pene.

Me tomó de la mano, me pidió que coloque el espejo detrás de la cama y me acueste, al darme cuenta que ya no tenía ningún poder sobre ella, hice lo que me pidió.

Se sentó sobre mí con su tanga rosa, la cual corrió muy lentamente hasta que mi pene entró en su vagina y comenzó a moverse de manera frenética y sonriéndose, luego de un momento sentí que su ritmo comenzó a bajar fuertemente, fue en ese instante que la tomé de su cintura y empecé a penetrarla muy rápidamente, bajé mis manos a su culo para acariciarla, ella se incorpora, se coloca boca abajo con su cintura levantada. Agotada me dice:

– ¿Y que esperas?

Me levanto, rompo su tanga (que me permitió ver sus rastros de excitación) con una tijera que vi sobre una mesa de luz y comienzo a introducirme en ella, la cual se tomaba con sus manos muy fuertemente de los hierros del respaldo de la cama, su cuerpo temblaba, por primera vez empezó a gemir y gozar como si hasta ese momento no se lo hubiera querido permitir. En ese instante me dice:

-Ahora si, quiero que me veas acabar!

Y así sucedió mientras yo miraba a través del espejo su cara exhausta.

Autor: Rob

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