Fatal desenlace

El esperó hasta que mi esfínter se acostumbrara a su palo y dio la estocada final. Su tranca me había atravesado completamente. Se aferró a mis muslos levantados inclinando sus mejillas hasta tocarlos y comenzó el mete y saca. Su glande permanecía adentro, pero su tronco era como un perno que se hundía en la cavidad. Sus testículos se bamboleaban y hacían sentir su choque contra mis nalgas.

En este momento que escribo, ya se ha desencadenado un desenlace importante de la historia que vivo. Me llamo Emmanuel, y hasta ayer tenía dos amantes a la vez, con la particularidad de que ellos son padre e hijo. Hasta ayer, ninguno de los dos sabía que me acostaba con el otro. Al papá le llamo 44 y su hijo de 19 años se llama Uriel. Ellos son altos, atléticos, piel bronceada natural, ojos verdes, con una sonrisa constante que los hace alegres. Ambos tienen buenos traseros y vergas largas,  más bien gruesas.

Hace un mes que no nos veíamos con 44. Primero fue por las vacaciones que realicé con Uriel, y luego porque él se ausentó a causa de su trabajo. 30 días ¡cuánto lo extrañé! Tantas veces había ido solo al Sebastiano, nuestro departamento clandestino. En medio del silencio lo imaginaba en el esplendor de su desnudez. Viril, acercándose y amándome. Miraba esas paredes, testigos de tanta pasión. En estos días paseaba solo por la habitación, buscándole con la imaginación.

Este miércoles hice nuevamente eso. Me recosté para abrazar la almohada, la misma que nos cobijó tantas veces. Estaba allí absorto en mis pensamientos, cuando alguien me dice: “¡Qué extraña coincidencia!”. Era él, estaba parado con sus manos en el dintel de la puerta del dormitorio y con su mirada fija en mí. Su magnifica sonrisa me devolvió al presente. Me incorporé al instante y me abalancé a su cuello. Él sin dejar el dintel de la puerta permitía que me cuelgue de su cuello y recibía pasivo, pero lleno de ternura los besitos que le daba.

Lamía esos dientes que siempre me parecieron perfectos. Mientras el seguía en esa posición sin dejar de sonreír. Me desnudé con urgencia, y lo llevé a la cama, así vestido como estaba. Caí sobre él, y le llené de besos, sus ojos, sus pómulos, sus dientes, sus labios. Mordía suavemente sus orejas como así también su nariz, mientras que 44 me hacía unas leves cosquillas en la panza. “¿Cuándo llegaste?” le pregunté, y me dijo “anoche”. Le aclaré: “Pensé que volvías el jueves”, y me respondió: “eso te hice creer porque quería sorprenderte”. Entonces le dije: “gracias por este tipo de sorpresas”.

Comencé a desvestirlo, él me dejaba hacer, mientras me preguntaba acerca de mi salud, de mi ánimo. Ya estaba completamente desnudo, cuando me preguntó: “¿Me extrañaste?” y le dije “ahora te contesto” y me abalancé sobre su pene. Su pija era una barra dura y firme, partía magnífica desde unos testículos que se estremecían con las lamidas que les daba. Lo lamí, le chupé su glande. La pija de 44 estaba erguida como siempre. Su verga es poderosa, tiene gran vitalidad y tiene el poder de sacarme de control. El me rascaba la cabeza.

Entonces  observé su pene y lo comparé con el de Ricardo, aquel divorciado con el que tuve sexo ocasional en el sur, y la verga de 44 ganaba. La de Ricardo era más grande, pero ésta, que tenía frente a mi, era soberbia, era habilidosa, sabía arrancarme los placeres que nadie mejor que él pudo hacerlo. Tras la mamada que le di, 44 estaba ganado por la excitación, ahora él me besaba el cuello, los labios. Me puso de rodillas sobre la cabecera de la cama, y mi vientre, pecho y quijada sintieron el frío de la pared.

Sobre mis espaldas me quemaba apoyado sobre mí su vientre, su pecho, su quijada en mi nuca. Con sus manos me abría y cerraba las nalgas y su pene erecto se regocijaba acariciando mis glúteos, mi raja, la puertita de mi esfínter. Yo esperaba que me ensartara pero el disfrutaba cada detalle que me hacía. Hasta que la cabeza de su pija impulsada por una de sus manos ingresó desnuda como estaba en mi agujero, recorrió los pliegues de mi ano, e incursionó sobre mi recto.

Con la otra mano, 44, me tapaba la boca porque el dolor me hacía gritar. Sin embargo fui yo el que lo incentivó: “sigue, éntrala, vacíate en mi, mi amor”. El entraba y sacaba, hasta que como quien saca un tapón, él la sacó de mí, y se tiró a la cama, me obligó a sentarme en su vientre y a cabalgarlo. De cara a cara, embelezado con sus ojos, le ayudé a su pene a ingresar en mi agujero, también me dolió de nuevo, pero a los segundos ya me llevaba galopando. Corcoveaba de arriba hacia abajo, mi esfínter iba acomodándose a esa barra en la suba y baja.

Adiviné que estaba por correrse, pero otra vez me la sacó. Me levantó de la mano y me llevó de pie contra la pared. Nuevamente toda la faz ventral se arrimaba obligada a la pared. 44 se agachó y me mordió las nalgas. Esas nalgas que habían tentado tanto al señor de la boa que conocí en el sur. 44 mordía no solo los glúteos, sino sobre todo la puerta y las paredes del esfínter. Mientras me mordía, yo repetía: “me vuelves loco, me vuelves loco”.

44 se incorporó, dobló algo las rodillas, y con una mano tanteaba mi agujero y con la otra sostenía su pija. Ésta irrumpió abruptamente, otra vez sentí el dolor que me llevó a ponerme en punta de pie mientras que él me tomaba de la cintura y pujaba hacia atrás y hacia delante. Yo chocaba contra la pared y obligado por el golpeteo de su pija tomaba distancia de la misma para que un nuevo envión colisionaba contra la mampostería. Le dije: “no quiero volcar todavía….yo también quiero penetrarte”. Pero él rugió: “la próxima pendejito, la próxima….ahora quiero bañarte por dentro bebé”.

Con una de sus manos me frotó mi verga y mi eyaculación fue instantánea. Solo estimuló la expulsión de mi semen que ya desde hacía minutos estaba evitando la explosión. Comencé a decirle: “soy tuyo papá…nadie tiene una verga como vos, nadie me hace feliz”. El bombeo que hacía 44 era intenso, y mientras yo le pedía “más”, me levantó de la cintura como siempre, me pegó a su vejiga y explotó. Su leche entró por los conductos habituales, sentí el calor de siempre en mis entrañas. Y él mordía los cabellos de mi nuca evidenciando el alivio, la descarga, el desahogo.

Después, ya serenos, nos quedamos conversando de todo lo ocurrido en el mes. Dos preguntas que me hizo me intrigan hoy: “¿Qué hacías aquí?”. Le respondí: “venía a extrañarte”. Más adelante me preguntó: “¿Cómo sabes que nadie tiene otra verga como yo?”, le respondí: “porque es única”. Después de bañarnos, 44 me invitó a cenar en su casa esa noche. Así lo hice. Cenaba con toda esa familia nuevamente. El único que faltaba a la mesa era el hijo menor, pues llegaba tarde de la facultad.

Llegó, como siempre espléndido: traía una campera de lana con figuras de arte indígena, su mochila atrás. Sus cabellos sueltos sobre la espalda y sujetos por las dos trencitas que suele hacerse a los costados. “Hola”, dijo a todos, e inmediatamente me dijo: “hola Emma” mientras le daba un beso a su mamá. Uriel en poco tiempo ganó la conversación de la cena. Como siempre su charla fue interesante y simpática. Su papá varias veces le palmeó la espalda. También varias veces Uriel me dirigió con ternura su mirada enamorada y yo con mis ojos le dije sobradamente que le amaba.

Uriel dijo en público que me quedara. Acepté, avisé en mi casa y me quedé. La noche transcurrió tranquila, 44 y Salomé en su habitación, Nicolás, el hijo mayor en la suya, Uriel se retiró a su dormitorio antes que su hermano. Yo dormí como siempre, en la pieza de huéspedes. Reinó el silencio y el sueño nos ganó a todos. Ya era de día cuando mi puerta se abrió.

Allí estaba Uriel tan solo con uno de su bóxer tentador. Me preocupé y pregunté: “¿tu familia?”, me respondió mientras entraba hacia mi cama: “todos trabajando ya”. Miré la hora. Si, era horario en el que cada uno de esa familia ya estaba en sus lugares de trabajo. Era el momento cotidiano en que acostumbrados y más atrevidos nos encontrábamos con el hijo de 44, a solas, era el momento de sexo. Uriel me había atrapado. Desde el viaje de vacaciones, vivíamos un romance cotidiano con sabor a pareja.

El cuerpo calentito de Uriel me contagió desde el primer contacto, traje a mi pecho su cabeza con su dorada cabellera suelta, mientras él me abrazaba. Así quedamos un momento: en silencio, en paz. Luego nuestros labios juveniles se encontraron, una, dos, decenas de veces. Uriel me mordía y lamía las tetillas y a mi se me ponía piel de gallina. De las tetillas, el chico pasó al vientre, de allí a mis testículos y pronto mi pene era su trofeo. Yo gemía mientras Uriel introducía en su boca mi falo. Con movimiento circular, su lengua hacía la delicia de mi glande, y mi cintura se elevaba espontánea.

Lo tomé de los hombros y le hice acostarse boca abajo, le puse la almohada en su vejiga, y comencé a lamerle la cola. Metí mi lengua en su culo casi adolescente. Uriel se estremecía y gemía sin pudor. Estábamos solos. Con mi dedo índice comencé a violarlo. Entraba y sacaba uno de mis dedos y Uriel reía, gemía y me decía que me detuviera. Así lo hice, pero para introducir en su cuerpo la parte genital del mío. Mi verga erecta quería perderse en su trasero abundante y generoso. Así fue, mi verga se abrió paso sobre su agujero.

Mi chiquillo gritaba como si lo estuvieran carneando. Era parte del juego. Lo tomé de los hombros y comencé a bombearlo, mientras yo empujaba con mi verga, él entraba y sacaba su culito haciendo más delicioso el coito. En un momento le dije: “allí va”, y él se quedó quietito recibiendo mi leche, pero en ella, recibía  sobretodo el amor que me reclamaba. Quedé exhausto. Él irrumpió riéndose: “Comienza la segunda parte”, me puso los pies cruzándole su cuello.

Con el culo parado como lo tenía, comenzó a meterme con cierto ritmo, el dedo índice de mano izquierda, luego lo sacaba y metía el índice de su derecha. Con su mano salivó mi agujero, y luego orientó su pene. Primero puerteó. Entró y sacó varias veces la puntita, yo, ajustaba y aflojaba la entrada de mi esfínter, lográndole un mayor disfrute. Finalmente quiso entrar y fue haciéndose paso con delicadeza. Uriel suele ser impulsivo, impaciente y quiere meterla de un solo envión, produciéndome dolor.

Esta vez, entró despacito. Primero puso todo el glande, luego con algunos movimientos de cadera, la llevó hasta la mitad del tronco. El esperó hasta que mi esfínter se acostumbrara a su palo y dio la estocada final. Su tranca me había atravesado completamente. Se aferró a mis muslos levantados inclinando sus mejillas hasta tocarlos y comenzó el mete y saca. Su glande permanecía siempre adentro, pero su tronco era como un perno que se hundía en la cavidad y salía. Sus testículos se bamboleaban y hacían sentir su choque contra mis nalgas de patito.

Hasta que sopló hacia el techo y mientras yo rasguñaba las sábanas él producía en mis entrañas una estampida de espermatozoides alocados propio de un juvenil amante. Uriel respiraba entrecortado y me decía: “Emmanuel, te amo. Nunca me decepciones, si lo haces voy a sufrir mucho. Si ahora me rechazas, me verás morir, es decir, ya no seré el chico de las bromas, el que dice ocurrencia. Habrás matado mi alegría y mi ánimo. Habrás matado mi esperanza. Emma es la primera vez que estoy enamorado. No se que será de nosotros, pero depende más de vos que de mi”.

Le respondí: “no Uri, depende de los dos. Todo se vuelve más difícil porque estamos obligados a mantenernos ocultos”. Uriel me interrumpió poniendo sus dedos sobre mis labios: “No Emma, no es así. Yo estoy dispuesto a todo. En mi disponibilidad, está también respetarte. Respetar tus tiempos. No estamos obligados a una vida oculta. Sos vos el que te obligas y me obligas. Pero no te preocupes, estoy decidido a esperarte toda la vida si así lo necesitas”. Uriel y yo nos miramos a los ojos.

Nuestras miradas lo decían todo. Desnudos en la cama comenzamos a besarnos. Mis manos rodeaban su cintura y las suyas acariciaban mis glúteos. Fue en el beso largo cuando la puerta se abrió de repente.

La puerta estaba sin llave, se abrió de golpe, sin previo aviso. Era inútil disimular o fingir. Era tarde cubrirnos. Los dos miramos hacia la puerta y allí estaba 44…su rostro visibilizaba su confusión y desconcierto. Segundos más tarde me sentía apuñalado por la mirada furiosa de su papá, de mi amante.

Autor: Emmanuel

sebastianmemoria@hotmail.com

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